miércoles, 4 de abril de 2018

UN ESCRITOR


PIETRO LENDANOWSKI
Cracovia, 1955-Giverny, 2026

            Soñé a Pietro entre las fiebres de una gripe el diecinueve de febrero del año 2017. ¿Lo soñé o lo recordé? Uno ya no sabe si los personajes son reales o, acaban siéndolo, al formar parte de nuestros sueños…



            Pietro nació en la ciudad de Cracovia. Hijo de un padre liberal y una madre católica. De su infancia tenemos pocos datos, a no ser los que él ha ido contando en sus libros. Recuerda los juegos con su madre, la biblioteca de su padre, las misas de los domingos, los discursos comunistas. Son visiones parciales en los que se mezclan la nieve del invierno con el interior de las iglesias, frescas en verano. 

            Cracovia es una ciudad fría, distante, cruel.

Su padre murió joven: cáncer de páncreas. Pietro no tendría más de quince años. Recuerda la imagen de su padre, en el féretro, “un trozo de hielo dorado”, como lo describe en su última obra. Su madre, a partir de entonces, buscó refugio en la religión. 

Pietro no entendía el mundo de su madre, conservador y opresivo, ni se sentía a gusto en la realidad política de la Polonia de los años setenta. Se inscribió en un curso de cine en Lodz y en otro de literatura en Varsovia. Fue allí donde conoció a Kieslowski durante el rodaje de su primera película, El pasaje subterráneo, en 1973, -aún era un gran desconocido para el gran público; sólo había realizado documentales de obreros-. En una conversación que Pietro recordó toda su vida, Kieslowski le recomendó salir de Polonia. Ya había terminado los estudios obligatorios y deseaba –como todo joven- marcharse y conocer otros lugares.

A los veinte años, en 1975, consiguió escapar de su patria y llegó a París. No contó cómo lo hizo, aunque algunos amigos aseguran que entró a Occidente por Austria, con ayuda de un grupo que facilitaba el paso por la frontera. Los primeros meses en Francia fueron duros. Hubo días que durmió en la calle. Afortunadamente, una mujer madura, Marie Schelling, secretaria de una editorial, lo acogió y le presentó a varias personas del mundo literario. Fueron amantes durante un periodo breve de tiempo; después, conservaron una amistad que duraría hasta la muerte de Marie en el 2002. Superado ese mal momento, consiguió una beca que le permitió, entre trabajos eventuales, sobrevivir durante más de una década.

            Sus primeras obras como escritor giran en torno a la conciencia, la incomodidad de no sentirse a gusto en ningún sitio. No sólo hay veladas críticas al comunismo, sino también al capitalismo que ya le había decepcionado. Desde el principio revela un gusto muy personal por el estilo sobrio y la frase simple y concisa.

            La obra que le consolidaría, su cuarta novela, es Marcas (1985), quizá su creación más autobiográfica. En ella, muestra un talento sorprendente en el uso de la primera persona y un sentido del humor peculiar. Mezcla referencias literarias con experiencias y anécdotas personales. Aparece la figura de un padre querido y ausente y la de una madre opresiva y compleja. Ganó el premio de la Crítica francesa.

No volvió a recuperar una temática tan íntima. Si bien es cierto que en muchas de sus obras se pueden extraer anécdotas de su vida privada, nunca lo hizo de manera tan directa como en esta obra. A partir de Marcas buscó más ocultar, insinuar, recrear una realidad paralela.

            Ese cambio de rumbo ya aparece en su siguiente obra, Dirección prohibida (1988). Obra de madurez en la que refleja un gran talento visual, cercano a la expresión cinematográfica, pero sin perder la profundidad literaria ni metafórica de su novela anterior.

            Fue en esas fechas cuando conoció a la que sería su única pareja conocida, con la que contraería matrimonio un año después. Sally Jacob era una mujer decidida, segura de sí misma. Artista conceptual que atraía interés no sólo por sus obras, sino también con sus extravagancias y provocaciones. Ella, como muchas mujeres de esta época, independientes y liberadas, tras siglos de silencio impuesto, necesitaba expresar su visión del mundo. Era su forma de reivindicarse a sí misma como mujer y como artista. Su opuesto era Pietro, mucho más serio, cohibido, introvertido, discreto. Encajaron muy bien. En los años noventa tuvieron dos hijos, un niño y una niña, a los que llamaron Charles y Tina.

            Con la caída del muro, Pietro volvió en dos ocasiones a Polonia. Confirmó lo que ya esperaba. Al dios comunista le había sustituido una idea similar: la de un capitalismo frío y despiadado, al que se le añadía un catolicismo trasnochado y conservador. Encontró un buen ejemplo del carácter polaco en su propia madre. Lograron suavizar las aristas que había entre ellos, pero Pietro también fue consciente de la distancia insalvable entre madre e hijo. Ella le visitaría todos los inviernos en París para disfrutar de sus nietos, pero Pietro se negaría a volver a Polonia, hasta muchos años después, cuando tuvo que enterrarla, en la tumba de su padre.

            Mantuvo con Kieslowski una amistad por carta que se profundizó cuando el director de cine comenzó a rodar en Francia La doble vida de Verónica y su trilogía: Azul, Blanco y Rojo. Kieslowski y Pietro mostraban una clara tendencia en sus obras hacia la comprensión del género humano. Pietro, incidía, en las suyas -eso también sucede en Kieslowski, aunque, al final, haya un poso de esperanza-, en la incapacidad del hombre para comprender al semejante y en su soledad, “condena irremediable”, según sus propias palabras.

Incluso, Pietro aseguraba en sus entrevistas, que tarde o temprano, desapareceríamos como especie. Kieslowski, en cambio, pensaba que las crisis son el fondo de una curva que vuelve a alzarse y a caer, indefinidamente. Compartían un profundo pesimismo y escepticismo sobre la realidad y la política. Ambos creían que el más allá es un secreto que debe permanecer en el misterio. Y que el arte, sea literatura o cine, es no saber e intentar comprender.

Su amistad terminó con la muerte repentina de Kieslowski. Pietro había entendido su retiro meses antes. Su amigo estaba agotado, harto, enfermo. No le sorprendió su muerte. La lamentó y la lloró, más que muchos de sus aduladores.

Escribió un opúsculo contra la religión. 

            No volvió a ser tan explícito. Su propia madre le reprochó un discurso tan duro y no le habló en varios meses y, cuando recuperó el contacto con su hijo, lanzaba dardos envenenados, para que Pietro se sintiera culpable. Era como un niño que hubiera cometido una travesura y su madre, por supuesto, le echaba un rapapolvo. Lo superó. No se retractó. Aprendió a convivir con los sutiles comentarios y críticas de su progenitora y de los más fanáticos defensores de la pureza religiosa, fuera la cristiana o la del Islam.

            En sus obras literarias, en cambio, su estilo se depuró. Un buen ejemplo es su descripción de una gota o de un rayo de luz, al modo de un haiku, quizá una de las mayores joyas literarias del conjunto de su novelística. Los expertos lo llamaron realismo simbólico o poesía concentrada.

            Se le aparecía por entonces todas las noches, mientras dormía, un artista chino, pintor de acuarelas, Fing Mao. Fing se ofrecía a Pietro para describirle, como nadie lo había hecho antes, lo que la naturaleza regala a nuestros sentidos; pero lo que le mostraría no sería sólo un mero reflejo del mundo sensible, sino que iría más allá y profundizaría en sus claroscuros. Alcanzaría con su ayuda la realidad profunda de las cosas. Al despertar, Pietro sentía tristeza; echaba de menos a un amigo.

            Durante la primera década del siglo XXI dio clases semestrales en Estados Unidos, sobre todo en la costa Este: Washington, Boston, Nueva York. Al mismo tiempo, su esposa Sally vendía sus obras por precios desorbitados; triunfaba como deseaba, siendo el centro de atención. Los éxitos de Pietro eran más humildes. Tenía a muchos lectores fieles que disfrutaban de sus obras y eso le permitía vivir, sin necesidad de grandes gastos. Su relación de pareja funcionaba quizá precisamente, porque eran muy diferentes.

            En 2018, publicó Placas, la obra en la que resumía toda su concepción vital. Quinientas páginas en las que construía un edificio inmenso, equilibrado y sencillo. Algunos críticos la comparaban con la obra de Paul Auster, 4, 3, 2, 1…, pero la perspectiva de Pietro era sutil; su melodía, el tono de la obra buscaba más la sugerencia. Toda la crítica lo aplaudió. Ganó el Goncourt. 

            Ese mismo año, su madre murió. La vio en el féretro, como había visto a su padre, cuarenta y cinco años atrás. Cuando la besó en la frente, notó “el mismo trozo de hielo”, pero ya no era dorado, sino gris ceniza.

            Paseó por Cracovia, en febrero del 2019, al asistir a un homenaje que le hizo un amigo en la Universidad. No participaron más de cuarenta personas. Los medios de comunicación le ignoraron. La única mención fue la de un crítico que le consideró un autor “pretencioso y henchido de vanidad”. La parte final del artículo explicaba mucho mejor la razón de este desprecio. “Es un autor ajeno a nuestras esencias, un traidor a su pueblo y sus valores”.

            Tras la conferencia, se despidió de su amigo y paseó, en solitario, por las calles de Cracovia, las que había conocido de niño. Notó muchos cambios. No había más que monumentos, placas, carteles que convertían al fallecido papa polaco en un modelo de virtud y santidad. Y un capitalismo enfermizo, devorado por los jóvenes polacos con los que se cruzaba en ese sábado noctámbulo. Se sorprendió al ver una iglesia abierta, la de Santa Ana. Entró en su interior. Se encontraba casi vacía. Sólo una mujer, al fondo, en el lado derecho, arrodillada, rezaba. Pietro hizo lo mismo. Cerró los ojos y deseó que Dios lo mirara y lo comprendiera
           
            En el año 2022 ganó el premio Nobel. En su discurso tomó prestado muchas de las referencias de su viejo opúsculo. 

            Su hija se dedicó a la enseñanza en institutos públicos del extrarradio parisino. Pietro, por esto, pensaba que era una heroína; siempre fue su preferida. Su hijo siguió más la rama materna y entró en la facultad de Artes para renegar enseguida de las normas de una escuela –en eso se parecía a su padre- y buscar un estilo muy personal, entre la abstracción y el simbolismo.

            En el 2025 publicó la que sería su última obra, Huecos. Grado de estilización máximo. Palabras, sílabas, letras, sonidos… Imágenes visuales y verbales que, a veces, recuerdan al dadaísmo, con su vena rebelde y transgresora, y, en otros casos, recoge una larga tradición del siglo XX que recibe un nombre muy apropiado entre los críticos: la “sospecha de la palabra”. Se intuye en estas últimas líneas que escribió bajo la influencia de autores como Heimrad Bäcker o filósofos como Walter Benjamin o Wittgenstein. Lendanowski asumió que la palabra y el uso que se estaba haciendo de ella –en los medios de comunicación, en la vida diaria- la había convertido en un elemento manipulable y carente de sentido.

Sólo quedaba callarse y recuperar la magia del lenguaje, los “huecos” entre las palabras, los espacios en blanco. “El silencio se transforma en el único “sonido” posible, la única rebelión aceptable, el único refugio”. Como demuestra en esta última novela-ensayo, al contrario que otros escritores e intelectuales, que acaban limitándose y aceptando el statu quo, viviendo de las rentas de sus primeras novelas de juventud, Lendanowski nunca dejó de experimentar hasta el final de su vida.

            Cinco años antes de su muerte Pietro convenció a su mujer y se retiraron a una casa de campo, a las afueras de Paris, en un pueblo llamado Giverny, conocido por ser también el refugio del pintor impresionista Monet.

            No pudo disfrutarlo mucho tiempo. Se le diagnosticó cáncer de colon. Le dieron unos pocos meses de vida. El dolor era insoportable. Pidió a su mujer y a sus hijos que lo ayudaran a morir. Lo llaman eutanasia. Aún no era legal, por entonces, en Francia, pero Sally no dudó. Sus hijos, tampoco. Lo hicieron. Encontraron a una mujer, una amiga de su hija Tina, que les facilitó el material necesario para llevarlo a cabo.

Allí, en su cama, escuchando una melodía de Mozart, junto a las personas que más amaba –sus hijos y su mujer-, Pietro Lendanowski, ganador del Nobel, escritor de prestigio, amigo de Fing Mao, murió sedado, plácidamente, una mañana de marzo, cuando los brotes de su jardín se asomaban con timidez y sus cerezos y almendros comenzaban a florecer.

Relato escrito por Santiago Solera. 
Febrero 2017-abril 2018.


2 comentarios:

  1. Con estos pigmentos semánticos: Marcas, Dirección prohibida, Placas y Huecos, has conseguido hacer un excelente retrato de este escritor, sólo superado por las acuarelas oníricas de Fing Mao.

    Magnífico relato, enhorabuena, Santiago.

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  2. Muchas gracias, Ilkhi. Iré subiendo más de estas biografías. Un abrazo.

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