viernes, 20 de octubre de 2017

FEDERICO LUPPI Y UN LUGAR EN EL MUNDO


Tendría unos veinte años. Fue entonces cuando vi Un lugar en el mundo. Descubrí a un gran actor: Federico Luppi. Luego, disfruté de muchas de sus películas, de un talento enorme, difícil de explicar, porque el talento o se tiene o no se tiene. Pero, sobre todo, construyó en mi imaginario una conciencia social y política que, con todas mis contradicciones y miedos -la realidad siempre te obliga a traicionar tus sueños-, nunca he perdido del todo. Siempre formará parte de mi memoria y de mis emociones más íntimas.

Luppi ha muerto. Y lo han insultado. Y, por eso, me he indignado. He leído comentarios en Argentina y en España, tachándole de maltratador, recordando sus amistades con Chávez o el comunismo, echando mierda sobre un muerto. No le perdonan que apoyara a los Kirchner y criticará al corrupto Macri y un sistema económico vergonzoso.




Esta es la sociedad que tenemos allí, aquí y en todos los sitios. Hay gente cobarde, inútil, estúpida, ignorante, porque hay empresarios, políticos, periodistas, jueces que los manipulan, como quieren y cuando quieren, con banderas y sin ellas. Dan asco.



Sí, sé que también hay gente con dignidad que lucha cada día por decir que este mundo es injusto y que deberíamos cambiarlo. Muchos de ellos, sólo se dan cuenta, lamentablemente, cuando les afecta directamente. Otros lo vemos todos los días. No necesitamos un 155 o el cierre de una televisión pública o que metan en la cárcel a dos de los nuestros o que quemen nuestros bosques o que levanten un muro en el centro de Murcia. No necesitamos el asesinato de un Santiago Maldonado o el recorte de derechos y libertades. Ha existido siempre. Sigue existiendo. Y seguirá existiendo, porque los cobardes, los inútiles, los estúpidos y los ignorantes mirarán a otro lado o jalearán al sistema, el mismo que los esquilma y les roba. A otros, impotentes, sólo nos quedará gritar, llorar, protestar, reflexionar o, de vez en cuando, un corte de mangas...

Un lugar en el mundo va de dignidad. De hombres y mujeres, que quieren un mundo mejor y lo encuentran, aunque sólo sea durante un breve instante.




Al final de la película, después de una carrera entre un carro y un tren, el amigo y el hijo del personaje que interpreta Federico Luppi, -simbolizan, en esa secuencia, los que luchan sin armas, con ideales, frente a los poderosos- consiguen una pequeña victoria. El carro ha vencido al tren. El joven levanta el puño; el maduro, el amigo, lo acompaña con un corte de mangas. Y grita: "¡A la mierda!"

Joder, Federico Luppi, eras un actorazo del copón. Y me hubiera gustado conocerte. Y a los que te critican, ¿sabes lo que les digo?

¡Iros a la mierda!

Seguiré buscando mi lugar en el mundo, Federico. Llevo más de veinte años haciéndolo, desde que vi tu película. Aún no lo he encontrado. Y, aunque sólo sea durante un breve instante, espero, -como le sucedió al personaje que interpretas-, poder encontrarlo algún día...


miércoles, 18 de octubre de 2017

QUIERO VIVIR EN UN INTENSO PRESENTE



No pude evitarlo. Vi tres películas en Florencia. Coincidí con un festival de documentales; así que aproveché para ver dos de ellos y el estreno de una película italiana, La ciambra, nominada a los Oscar por Italia.


Empecemos por esta, producida por Martin Scorsese.


Me gusta el trailer; creo que cuenta muy bien de qué va la historia. Gitanos desarraigados, fuera del sistema, roban para sobrevivir. Están solos. Y ellos mismos se encierran. No pueden salir, no pueden escapar. Es denuncia social, bien contada y dirigida. Con actores muy preparados. La pude entender, porque estaba subtitulado en italiano. Los personajes, -el realismo lo exige- hablaban en una jerga, mezcla de italiano, romaní y lenguaje callejero.


Son la hez y lo saben. Nunca escaparán de su espacio, de su pequeño mundo. Hay momentos para el humor y la ternura -pocos, quizá una manera de suavizar la dureza del tema y eso debilita la fuerza de la película-, pero, en general, están condenados a la cárcel o a la muerte.

"Somos nosotros contra todos", dice el abuelo, el paterfamilias, reflejo y nostalgia de un mundo, muy lejano, en el que se sentían libres.


Elegí ver un documental sobre la pesca de crustaceos -ostras- en Japón, Oyster factory, porque asistí a una rueda de preguntas con su director Kazuhiro Soda. Su planteamiento me pareció interesante.  Difícilmente se estrenará en España algo suyo. No quiere juzgar; sólo mostrar. Va con una cámara y rueda. Y punto. Por supuesto, todo montaje es una selección, pero, me atrajo la idea.




















La sigue al pie de la letra. Aunque hay temas en los que podría haber profundizado -la situación de muchos trabajadores que tuvieron que dejar sus casas y sus trabajos por culpa del tsunami y el peligro nuclear o el racismo insinuado entre los japoneses y chinos que llegan para trabajar-, Soda se niega a hacer juicios de valor. Sólo rueda y deja que la realidad hable por sí sola. Y, a veces, reconozco que lo cotidiano, la repetición de gestos -que nunca son iguales, porque nada es igual- te muestra aspectos que nunca hubieras imaginado. El presente siempre es diferente, aunque parezca que se repite.


Volví a ver En un intenso presente. Me emocionó. Su madre y el 68. La primavera de Praga, mayo del 68.La nostalgia de lo perdido. Lo que nunca fue, lo que nunca pudo ser. El final del sueño. La represión, la desilusión. Las víctimas olvidadas. El dolor. La ilusión de una juventud, lejana. Me encuentro ante una reflexión -una voz en off constante que acompaña, explica, dirige las imágenes de archivo, las rodadas en la calle o ocultos, al otro lado de un visillo, con una cámara profesional o una casera-. Hay felicidad y tristeza. Un pájaro que se quema, tan rápido...



Morir a los treinta años de Roumain Goupil. Goupil conoció a su mejor amigo en el 68. Su amigo se suicidó años después. Goupil hizo un documental en el 82 para recordarle. La nostalgia. El dolor.


Mourir à trente ans from Le Liberté, scène nationale on Vimeo.

En un intenso presente termina con las primeras imágenes documentales rodadas: la salida de los obreros de la fábrica de los Lumiere. ¿Un homenaje al espíritu obrero o al documental? Y con un fado...

Última imagen. Una mujer sonríe. Es una joven que vive mayo del 68, vive ese presente maravilloso, donde todo parecía posible. Y sonríe y ríe. La ilusión, la esperanza que, más tarde, se truncará. No quiero leyes ni prohibiciones que me impidan imaginar o hacer realidad mi sueño, podrían decir también los jóvenes, los que protestan, sea donde sea, a unos pasos de nosotros, en Cataluña o en Galicia, o en lugares lejanos, que nunca veremos.

Se escucha un fado. Nao quero rosas vermelhas... "No quiero rosas rojas... sobre mi tumba..." 

Quiero sentirlas, vivirlas, mientras esté vivo... en este intenso presente...




viernes, 6 de octubre de 2017

L´ART DE VOLAR


"Yo soy mi padre. Mi padre soy yo".

Altarriba escribe estas palabras, al principio de L´art de volar...

El padre de Altarriba se suicidó desde un cuarto piso de una residencia de ancianos. Enseguida, su hijo entendió que fue un acto de libertad. El único que le quedaba, porque me he encontrado, al leerla, ante la historia de un perdedor. A lo largo de su vida este hombre fue perdiendo batallas, una tras otra. Traicionó sus ideales, eligió sobrevivir.

Hay una visión crítica, dura de la Historia de España. Habla de las ilusiones, de la crueldad humana, de las contradicciones que te obligan a apartar los sueños, de la miseria moral, de las pequeñas traiciones, del miedo. Habla de una época esperanzadora y conflictiva, la de la República y la Guerra Civil; de otra, oscura, terrible, la del franquismo, y de una última, hipócrita, la democrática, que cercena la libertad de manera más sutil.

Hay lirismo y poesía -la fuerza visual de Kim, el dibujante de este cómic, en algunas de sus páginas, es abrumadora- y también, un poquito de humor.

Y culpa. La culpa de su padre, que fue vencido, sometido. La culpa de un hijo que no supo conceder a su padre un último deseo. ¿La culpa de un hijo que no entendió a su padre?

Hay historias que no tienes más remedio que escribir. Si algo define esta última década es que los nietos y los hijos de aquellos que vivieron la II República, la guerra civil y la posguerra, necesitamos contar estas historias. El silencio se ha roto. El miedo, tras dos generaciones, desentierra los cuerpos, se rebela frente a viejas leyes e instituciones podridas, recupera la memoria.

El padre de Altarriba, en su juventud, tuvo ideales y sueños, aunque se viera obligado a traicionarlos. Como tantos otros. Como nosotros mismos. ¿No le ocurrió también a mi padre, aunque sus sueños no fueran la justicia social y la libertad? La libertad. Sí, los dos dejaron de ser libres, aceptaron la esclavitud del día a día, se corrompieron y, al final, se hundieron en la depresión y la desesperación. Mi padre no tuvo ese gesto final, heroico, pero buscó la muerte, la deseó. Y la encontró.

Es difícil aceptar que eres hijo de tu padre. Que eres como tu padre. Que eres tu padre.

Quizá cuando aceptas las limitaciones del hombre que te dio la vida y comienzas a perdonarlo, a entenderlo, encuentras respuestas a las preguntas que te has hecho toda la vida. Hay quien lo consigue, cuando aún ese hombre está vivo. Y están los que necesitamos años, cuando ya han desaparecido o muerto, para que asumamos lo que fueron.

Para aceptar lo que somos.

Yo soy mi padre. Mi padre soy yo.

miércoles, 4 de octubre de 2017

ZINEMALDIA 2017


Tres días en Donostia. Como era de esperar, siempre me encuentro con dos días de lluvia y uno de sol. Nunca falla. Es la media por estos parajes.

Donostia. ¡Ay!, sé que es pija, pero me encanta esta ciudad. No sé porqué. O tal vez, sí... Su cielo, su mar, sus montañas, su gente...

Disfruté de trece películas, aunque, en algún caso, tuve que salir un poco antes para poder ver la siguiente. Casi todas estuvieron a la altura del festival. Entre ellas, cuatro documentales. Empecemos por aquí. Este género se ha puesto de moda; es como si quisiéramos -me incluyo, aunque nuestro documental esté a medias y ¡quién sabe cuándo lo terminaremos!-, o no tuviéramos más remedio que reflejar la realidad, documentarla, interpretarla, manipularla, contar lo que ocurre en el presente o en el pasado. Es un rasgo de nuestra época. Desconfiamos del pasado, temblamos en el presente, no sabemos qué nos deparará el futuro. Debe ser la crisis. Época de crisis... Muchas...


Varda ha hecho Caras, lugares. Encantadora. Varda, ahora, es una abuelita de noventa años, que nos enseña que se puede ser libre y jugar hasta el final. Es una niña que investiga, inventa, se divierte. Cuando mueran, ella y Godard, echaremos de menos a una generación, la Nouvelle Vague, que experimentó y no dejó de hacerlo. La nuestra, cada vez, lo hace menos. Varda dice de Godard, al final de su documental: "No me quiere ver, pero yo le sigo queriendo... El cine necesita gente como él". Y como tú, Varda; a ti también te necesitamos...Y, sobre todo, te queremos.


Muchos hijos, un mono y un castillo es la primera película de un actor español, Gustavo Salmerón. Es una película familiar, rodada con pocos medios y la complicidad de toda su familia. La protagonista, su madre. Es una estrella cómica y ella lo sabe -en algunos aspectos, se parece a mi madre, porque está obsesionada con acumular objetos y es vitalista y optimista, pero esta mujer me parece más exagerada y surrealista que mi propia madre-. Y nos divierte, sin duda, pero te queda la sensación de que podría haber sido mucho más. Hay temas que insinúa -la crisis económica, la dictadura, la educación, la religión- y en los que podría haber profundizado. Ha apostado por no arriesgar; consigue una comedia, pero desaprovecha posibilidades.

Muy diferente en su percepción es otro documental, mucho más interesante, Conversos. También se proyectó en San Sebastíán, aunque yo la vi en Madrid, semanas antes. Aquí sí, se atreve el director, David Arratibel, a hurgar en la herida, una herida abierta. Esa herida es la religión y el conflicto que eso supone en la relación con sus hermanas y su madre. Y acierta. No llega hasta el final, no se rompe del todo, se protege; queda algo por contar y lo notas, pero es comprensible. Lo entiendo. En los dos casos.




Sus madres, sus hermanos y hermanas están vivas. Yo nunca grabé a la mía, ni mi hermano. Perdimos esa oportunidad. Sólo cuando murió empecé a escarbar, pero cuando están aquí, con nosotros, es muy difícil meter el dedo en la llaga, en las heridas familiares. No quieres hacer daño o no sabes cómo contarlo. Tienes que ser muy valiente. Sólo El desencanto lo consiguió, porque la familia Panero ya estaba hecha trizas, y, además, se hizo desde fuera. Conversos -sobre todo en su parte final- se ha acercado a la fuerza de El desencanto. Muchos hijos, un mono y un castillo no se ha atrevido. En cuanto a mí, no sé si aportaremos algo, cuando terminemos el nuestro, que valga la pena. Ya se verá...





In intenso agora sería un documental histórico clásico, si no añadiera un elemento personal. Narra con imágenes de archivo y una voz en off, muy cuidada, tanto mayo del 68, como el final de la primavera de Praga. Lo que la distingue es que utiliza como transiciones, a lo largo del metraje, imágenes caseras, grabadas por su madre. Y esa idea, tan simple, convierte lo que sería un documental interesante, reflexivo sobre lo que significó el año 68, en un poema apasionante sobre la Historia y su familia.



El último es 12 días. Admito que me afectó. Se muestran las audiencias en las que un juez debe decidir, en presencia de su abogado, si un enfermo mental, ingresado durante doce días, sin su voluntad, debe continuar o puede salir del centro psiquiátrico. Puedo decirlo. No sale ni uno. Y eso te deja la sensación de que el sistema no permite ningún tipo de adaptación. Son cárceles para evitar que se hagan daño y nos hagan daño. Como ocurre en In intenso agora, las transiciones le dan un tono lírico y poético: los espacios, el interior y exterior del centro, los pasillos, los patios, esquizofrénicos girando sobre sí mismos, sentados, sin saber qué hacer. Terrible. Y necesaria denuncia.

El resto fue ficción. Un poco de todo. Películas de género, bien hechas, como La cordillera -thriller político- o 120 pulsaciones por minuto -cine gay que descubre una realidad poco conocida: la de los grupos de presión que, en Francia, cuando morían por culpa del sida, hacían escraches a políticos o empresarios para denunciar su situación-, Tres anuncios en las afueras de Ebbing -aunque hay algún personaje estereotipado que no me convence del todo, reconozco que tiene una buena historia y actores americanos que dan vida a personajes, como pocos saben hacerlo-.

Dos españolas, Handia y El autor, se mueven bien en el campo de juego que han elegido, pero no lograron emocionarme. Handia -la "película" en euskera del festival-, está muy bien hecha, pero la evolución de los personajes no funciona. Veo los hilos. Y eso no es bueno. El autor, por otro lado, es un juego y un divertimento. Y una reflexión sobre la creación y la literatura. Superficial, pero curiosa.

Dos películas argentinas. Las olas es un experimento peculiar que no logra cuajar. Tiene ideas interesantes, pero también grandes defectos. Lo ha intentado y hay que reconocérselo. En cambio, Una especie de familia, no ha arriesgado tanto.



Apostó por centrarse en el personaje principal y ese es su acierto. Podría haber hablado de las mafias que aprovechan la pobreza de la gente y que busca el dinero de aquellos que quieren un hijo, cueste lo que cueste. No lo hace, pero lo que le interesa es contar lo que vive y siente su protagonista, interpretada por Barbara Lenny de manera magistral. Me recordó a Paulina. No juzga a sus personajes; sólo los retrata. Y consigue que te emocione.

Al salir del cine, -la vi en el Kursaal-, me sentía tranquilo, sereno. Había dejado de llover. El sol te acariciaba el rostro. Era feliz. No sé porqué. ¿Es necesario saberlo?

The day after te atrapa, despacio, poco a poco. Es la historia de un trío, tal como la contaría un Rohmer, y dirigida por un coreano. Es una mezcla peculiar, pero te dejas llevar.

                                    

Finalmente, Cuerpo y alma. La historia podría haber sido ridícula. Un hombre y una mujer, que trabajan en la misma empresa, cuando duermen, tienen los mismos sueños. Es una idea maravillosa; se enamoran, en los sueños. Nunca se hubieran acercado el uno al otro, en la realidad. Sus problemas de comunicación son terribles, pero los sueños les permiten tener una oportunidad para ser felices. Es tratado con mucha sencillez, sobriedad y ternura.

Paseo por Donosti. Este año veo más esteladas que ikurriñas. ¿Me habré equivocado de país? Cerca del mercado de la Bretxa, en el patio de una ikastola, un niño se agarra a los barrotes. Tal vez haya descubierto que está en una cárcel. Una cuidadora -tendrá unos treinta años- rubia, ojos azules, guapísima, abre la puerta y se dispone a salir del recinto. Habla con el niño, le sonríe.

Me pregunto si el niño recordará esa sonrisa toda su vida...



martes, 3 de octubre de 2017

YA SE HAN IDO


Ya se han ido. Tardarán semanas o meses, pero los catalanes ya no forman parte de España. Emocionalmente. De facto, habrá declaraciones oficiales, detenciones, tensiones, amenazas y procesos constituyentes, pero sólo confirmarán lo que se ha producido.

Hay culpables, por supuesto. El principal ha sido una derecha española rancia e incapaz de darse cuenta de los cambios políticos que se avecinaban. Esa misma derecha que ahora intenta movilizar a la gente contra Cataluña, la que justifica una violencia brutal. Nos engañan. Ellos son los máximos responsables.

Hay otros que supieron ver, que intentaron buscar soluciones -con mayor o menor fortuna-; el PSC, gente del PSOE -poca, lo admito-, Podemos e IU, pero o no tenían el suficiente apoyo social o no fueron capaces de enfrentarse a un sistema corrupto. Porque, sí, este es un sistema corrupto, nacido en el 78, en circunstancias difíciles, que podría haber salido adelante, si hubiera habido gente que cambiara el modelo económico y político. Un modelo económico y político que intentaba sobrevivir dando dinero a las élites, para callar las bocas de los nacionalismos, mientras les quitaba derechos, a ellos y a los demás, modelo que además, controla los medios de comunicación, la judicatura. Todos son culpables. Culpables, los periodistas, que han formado parte del sistema y que ahora alimentan el odio hacia Cataluña. Culpables, los jueces, que sostenían una justicia intolerante e incapaz. Culpables, los políticos, porque no han aportado soluciones. Culpable, un rey títere del gobierno, representante y heredero de un régimen en descomposición.

Este es un sistema que viene de atrás, de los años sesenta, en pleno franquismo. Pero lo que servía para entonces, ya no sirve en el siglo XXI. Se está viniendo abajo, se pudre...

El 15 M fue un aviso que no se quiso escuchar. La gente salió a la calle para decir que el sistema no funcionaba, que había que cambiar cosas. No se cambió nada. La corrupción ha seguido en el poder en España. Pensaron que una mejoría económica haría olvidar las grietas del sistema. Y ha sido en Cataluña, donde supieron verlo muy bien. La crisis aceleró el proceso; los corruptos de CIU perdieron el control. Los independentistas,  -ERC, sobre todo, y también, la CUP-, subieron como la espuma. La sociedad catalana desconectó poco a poco de España. Y lo hizo pacíficamente. Ese es su gran triunfo.

En otras sociedades, la respuesta hubiera sido inteligente, pero la derecha española, no ha sabido, porque no podía. Es incapaz de darse cuenta que la solución no es el 155, ni el estado de sitio; la solución era dialogar, aceptar un referéndum. No tenía cultura democrática. Nunca la tuvo. Se negó a dialogar, porque eso significaba asumir cambios. Por eso, ha enviado a la policía a dar golpes; por eso, ha perdido. Y si utiliza el 155 o el estado de sitio, la independencia se acelerará. Cuando se den cuenta, Cataluña se habrá ido y el País Vasco -ya sin la violencia de ETA- será el siguiente.

No olvido que esto también es una crisis europea. El Brexit fue también un aviso. Europa ha sido incapaz de resolver los problemas de este nuevo siglo y este también le ha superado. Es posible que España deje de existir; Europa, la que conocemos, me temo, también. Alguien diría que, en el fondo, esto ha sido dirigido desde EEUU o desde China o, sobre todo, desde Rusia, para debilitar Europa. Es posible; no lo descarto, pero sería una visión simplista. Hay más elementos.

¿Qué ocurrirá ahora? España necesita una regeneración completa. Probablemente, será sin Cataluña. La opción es derechizarse más -eso me parece un suicidio- o aceptar cambios estructurales. Y aquí incluyo el final de la monarquía. Europa también debe hacerlo. El Brexit y Cataluña son puntos de inflexión. Si no sabe verlo, también la historia le pasará por delante. O se regenera o la ultraderecha, en todas sus formas, -incluidas las grandes multinacionales y sus intereses-, acabará con ella. El tiempo dirá.

Estoy triste, porque nuestro mundo está cambiando, y la violencia puede ser la respuesta. Pero, -yo soy optimista, por naturaleza, no lo puedo evitar-, creo que aún hay esperanza. Ojalá...

martes, 29 de agosto de 2017

UNA TRISTE SEPARACIÓN


En este blog suelo evitar la política tradicional, esa que separa a las personas y se apoya en intereses económicos. Sin embargo, vienen meses terribles en los que la palabra será un arma de manipulación. Aunque, ¿cuándo no lo ha sido? Los medios de comunicación lanzarán andanadas, misiles, bombas de racimo. La guerra de propaganda, a partir de ahora, será brutal -esta vez, al contrario que en la guerra civil, ¡menos mal!, sin armas ni muertos-, y no sabemos qué quedará al final del combate.

¿Cuándo empezó este principio de divorcio? Algunos irían a un pasado lejano: Reyes Católicos, Borbones y Felipe V, Reinaxença, guerra civil, franquismo, transición fallida, estatuto recortado... Sí, son muescas, piedras. Una a una han ido alimentado la separación.

Otros acusarían al independentismo y al catalanismo, en general, de pesetero, interesado, insolidario, chantajista, victimista, fanático. Es una larga retahíla que he escuchado desde niño, incluso en personas que se llamaban progresistas.


Cuando la palabra se convierte en ruido, sólo nos queda el silencio...


La relación actual entre España y Cataluña me recuerda al divorcio de mis padres -salvando las distancias, por supuesto-.

Principio de la década del 90. Mi padre se amparaba en el contrato de matrimonio; mi madre, en cambio, decía que ya no lo quería. Mi madre tenía un objetivo claro. Mi padre sólo repetía una palabra, una y otra vez: no. Por supuesto, se divorciaron. Como no podía ser de otra manera. ¿Qué hubiera ocurrido si, cuando mi madre le pedía cambios, soluciones, a finales de los ochenta, mi padre hubiera sido capaz de dárselas? Tal vez no se hubieran separado. Pero mi padre se negó, no cambió. Y mi madre se cansó...

Por supuesto, no es lo mismo. Es más complejo, pero encuentro una similitud. El nacionalismo catalán y el independentismo está mejor organizado, tiene claros sus objetivos y su proyecto. Saben lo que quieren y, a estas alturas, no van a detenerse. Quien lo pensara, se ha equivocado.

Sin embargo, el nacionalismo español, tanto el de derechas -con una idea de España cerril y reaccionaria- como el de izquierdas -acobardada, por el miedo a perder votos-, sólo responde con la amenaza y la prohibición. A veces, me pregunto si, en el fondo, muchos españoles no desean que Cataluña se marche. No son capaces de promover un proyecto ilusionante de país en el que Cataluña se sienta a gusto. Se amparan en la ley -la constitución-, una ley viciada, que han hecho inflexible. Ahora es una cadena, no una mano tendida.

Como mi padre, España es un títere sin cabeza, incapaz de comprender por qué muchos catalanes desean romper con ella. No escuchan; no han escuchado. Ni siquiera lo han intentado. Es posible que como hizo mi madre con mi padre, los independentistas hayan convertido a España en la raíz de todos sus males, ocultando que algunos de entre sus filas, han colaborado en las desgracias propias.

No sé lo que pasará el uno de octubre. Creo que la gente votará. No sé lo que votarán. Ellos decidirán su futuro; no, nosotros. Creo que los políticos españoles no cometerán el error de impedir esa votación con soldados o guardia civil o policías, quitando las urnas, deteniendo a gente o prohibiendo partidos o con el artículo 155. Y, si lo hacen, sería un grave error, porque ya no habrá marcha atrás.

Me temo que Cataluña se irá, a no ser que se sea flexible e inteligente. Quizá pido demasiado para un país que es en Europa el quinto por la cola en inversión educativa. Un país que no ha sabido en cientos de años contruir un proyecto común. Quizá merezcamos que se vayan.

Si así ocurre, yo los echaré de menos.






lunes, 28 de agosto de 2017

UNA JUSTIFICACIÓN


Empecé a leer este libro porque -salvando las distancias- me pareció que encontraría elementos comunes con una novela corta que he terminado de escribir hace unos meses.

Toda investigación sobre una familia y que tiene como referencia la guerra civil y la inmediata posguerra tiene similitudes. ¿Cómo no habría de haberlas? Reconozco las llamadas de teléfono, las entrevistas, las visitas a archivos, los viajes a aquellos lugares en donde sucedieron los acontecimientos que se narran, las historias que me contaron mis familiares. Y la posición política. Eso está en las dos novelas, sin duda. Son experiencias que hemos compartido, aunque él sea el gran Javier Cercas y yo, sólo un aficionado.

La madre -en su caso, viva-, la familia y el héroe/antihéroe aparecen. Incluso, la entrevista que le permite convertir al héroe/antihéroe en un hombre de carne y hueso, también está en la mía.

Eso sí, como no podía ser de otra manera, hay perspectivas diferentes. Yo construyo mi novela a partir de un descubrimiento, como una recuperación. Él, como una justificación. Mi héroe fue un hombre olvidado, enterrado en una fosa común. El suyo fue un héroe falangista. Mi familia estuvo en el bando de los perdedores, pero lograron evitar la represión, porque no tenían delitos de sangre. La suya, estuvo en el bando de los vencedores y eso -quizá la mejor idea de la novela- le avergonzaba.

No voy a juzgar los defectos de mi novela. Ni siquiera sé si alguna vez conseguiré que alguien la publique. Yo sí puedo hacerlo con la suya.

Aparecen personas reales; también, en la mía. Quizá el problema es que hablan demasiado y se nota el discurso que hay detrás de cada parlamento. Son huecos; mucho más, cuando David Trueba conversa con su amigo Javier Cercas de un tema intrascendente: su separación de Ariadna Gil. Es innecesario y absurdo. Tal vez hasta ridículo.

Comparar a Aquiles con su tío-abuelo, su héroe o antihéroe, podría haber sido interesante, pero no consigue cuajar. ¿Por qué? ¿Tal vez porque no es comparable una leyenda griega con la realidad histórica? El franquismo, desde el 36, mató a miles de personas. Y sólo tres generaciones nos separan de esos crímenes. El símbolo podría valer, pero... ¿Los aqueos y los franquistas y, en frente, los troyanos y los republicanos? ¿El autor quería hacer historia o literatura? Esa indefinición podría ser una virtud, si Cercas hubiera dado un paso más. Compararlo con Aquiles, tal vez, no es un gran acierto.

Se esboza una relación con la madre que podría haber dado más juego, pero no la desarrolla. O no se atreve. Tal vez, porque aún está viva. Aquí le entiendo. Comprendo la dificultad. Yo tampoco pude hacerlo, mientras ella lo estuvo... Sería una novela interesante, si alguna vez se atreve a escribirla.

Las batallas están bien contadas -aquí se nota el trabajo de campo, sin duda-; sin embargo, las reflexiones históricas se hacen largas y, sobre todo, desprenden un tufillo: el de la justificación. En esas reflexiones sí queda claro que la República tenía la razón, a pesar de sus debilidades. Y que el franquismo fue injusto y criminal, aunque, a veces, algún adjetivo o alguna frase, te haga dudar de la posición de Cercas y te venga a la cabeza la palabra equidistancia.

Pero quizá el momento más revelador y contradictorio es cuando habla de su abuelo paterno. Se puede aceptar -a regañadientes, la verdad- que tuviera armas escondidas a principios del 36 -" tenía que defenderse de los grupos izquierdistas", dice Cercas. Incluso se insinúa que salvó a un par de republicanos en los primeros meses de la guerra -es posible; quizá lo hiciera; aunque eso sí, mientras miraba a otro lado, cuando mataban a otros trece en su pueblo-. Sin embargo, cuando Cercas nos dice que su abuelo recibió una delación de un convecino y lo denunció a las autoridades franquistas en el 39 -el hombre fue fusilado meses después, sólo con el testimonio de esa delación, sin más pruebas- lo justifica diciendo que "si alguien sabe que se cometió un asesinato debe decirlo, esté en una democracia o una dictadura".

La debilidad de este libro está quizá en el propio autor. Ha querido justificarse. Ante su madre, ante su familia, ante los que le acusaban de equidistancia, ante los que le criticaban por sus amistades e influencias. Y esas son sus contradicciones. Las del libro y las suyas.





jueves, 17 de agosto de 2017

APEGOS FEROCES Y MEMORIAS POR CORRESPONDENCIA


Ayer me preguntaba - después de leer la entrevista de un artista, Serra, en El País- si es posible una actitud apolítica. No, no es posible, a no ser que seas un hipócrita -como el propio Serra- o prefieras vivir en la ignorancia. ¿Acaso si aceptas una entrevista en un medio como El País y te llamas apolítico, no te conviertes en un hipócrita? No es posible cuando ves a Trump justificando el nazismo -como lo hizo el País en su vomitivo titular de hace dos días- o cuando ocultas, como ha hecho el País, que han desahuaciado a una familia en Barcelona en pleno mes de agosto. O cuando ves a un sindicalista, Rafa Díez, que ha estado seis años en la cárcel, por su apuesta por la paz. O cuando te fijas en una mujer y sus hijos, convertidas en un espectáculo mediático, donde no se busca la solidaridad, sino el negocio y la información tergiversada y manipulada...

O cuando contemplas a una mujer drogada, desquiciada, pidiendo su ropa a un tipo impresentable en la playa de la Barceloneta...

Ayer también leí este libro de Vivian Gornick. Se la conoce como una feminista, luchadora por los derechos de las mujeres, pero pocos saben que, además de numerosos artículos y ensayos, escribió una autobiografía.

Comparado con el libro que hoy he empezado a leer, Comunidad, de Ann Pachett, no noto las mismas vibraciones. El libro de Ann Patchett está mejor escrito, sin duda. Sus personajes se han desarrollado con más talento y el libro tiene una estructura compleja; sin embargo, me deja frío. Ya he visto antes lo que me cuenta. No despierta mis fantasmas, ni siquiera, mi risa.


Aunque no he leído el libro, o, mejor dicho, las cartas de Emma Reyes, no dudo de su fuerza, aunque esté mal escrita y sin intención estética. Es la misma que encuentras en Apegos feroces.

Hay en esta novela, la de Vivian, un personaje terrible, brutal, gigantesco, el de su madre. Sólo con ese personaje la novela valdría la pena. Una mujer a la que temes y admiras, a la que detestas y de la que Vivian no puede liberarse. Los hilos entre madres e hijas son finos o, como aquí, pueden ser sogas que te asfixian o anclas que te despeñan.

Hay otros personajes de su infancia -en el Nueva York de los años cuarenta-, que, con pocos trazos, adquieren vida. Mujeres. Mujeres en medio de la pobreza. Mujeres, violadas y golpeadas por sus maridos. Mujeres liberadas por la locura o el sexo, que se convierten en modelos a seguir o a rechazar por la niña o adolescente Vivian. Anécdotas vívidas, auténticas. La realidad es explosiva, cuando la cuentas sin aderezos. Y un humor ácido, judío. Como no podía ser de otra manera. La risa, a veces, no es más que una manera de afrontar el dolor. Y el dolor o acaba contigo o te hace más fuerte.

La novela pierde garra, cuando intenta explicar el fracaso de sus relaciones con el otro sexo. Sus parejas -como su padre, curiosamente- son sólo pálidos reflejos. Se recupera, cuando al final del libro, vuelve su madre, el bucle, el ojo del huracán que la succiona.

Hay madres que te destruyen. Y otras, que alimentan tus pesadillas.

La clave del libro, en el fondo, está a mitad del libro. Vivian se da cuenta de que sólo el arte le proporciona felicidad. Escribir la ilumina. La salva. Ni el sexo, ni la relación con hombres, ni las conversaciones catárticas con su madre; no, lo único que llena su cuerpo de luz -una imagen brillante, por cierto,- es la literatura.

¿Vivian fue apolítica? ¿Lo fue Emma Reyes, que buscó también en la pintura -otra expresión artística-, un refugio para curar sus recuerdos de infancia? No lo creo. En su vida, en su escritura o pintura, mostraron su realidad, y, en el fondo, la realidad de su tiempo, la de los seres humanos que conocieron. Una realidad que siempre ha sido y será injusta y luminosa, maravillosa y cruel...

Como la vida.