lunes, 23 de abril de 2018

LUCKY


Sin duda una de las cosas más difíciles de conseguir es la sencillez.

Acostumbramos a complicar la vida y las historias con una acumulación de elementos superfluos e innecesarios. Demasiada información, demasiadas opiniones... Es el mundo en el que vivimos, este sistema que nos devora, nos succiona, nos aplasta.

Nos alejamos de la verdad.

Esta película me ha traído a la memoria otras dos: Una historia verdadera y Smoke. Incluso notas el mismo aroma que en Paterson. 

A veces el cine independiente americano te trae joyas como estas. No son pretenciosas, son sólo un trocito, un pedazo de realidad, sutil, simple, elegante. Estamos ante una historia cotidiana, la de un anciano que asume su propia muerte, su soledad;  la acepta porque es parte de la vida. Que el actor, Harry Dean-Stanton muriera unos meses después, que esta fuera su última interpretación, su testamento, le añade una emoción complementaria: lo convierte en un último gesto, un último acto de dignidad.

Hay varias escenas que se te quedan grabadas, espacios vacíos, conversaciones con personajes que aparecen y no volvemos a ver más. Una canción de mariachis. Y un monólogo que termina así...

-...Tú, tú, tú, yo, desapareceremos. Y acabaremos en la nada. Esa es la verdad...

¿Y ante eso qué hacemos?, le preguntan a nuestro protagonista.

- Sonreir...




sábado, 21 de abril de 2018

UNA VIDA NUEVA


ALEJANDRO SOLERA MATEO
Tarancón, 1956-Tokyo, 2028

            Descubro estos apuntes en una libreta de color rojo. Debí escribirlos en el 2015.

            “…Recuperé el contacto con Loly, una prima de mi madre, hace unos meses. Me descubrió historias de mi familia que yo había olvidado y otras de las que ni siquiera tenía constancia. Una de ellas fue la de este familiar lejano, Alejandro Solera Mateo…

-Conocí a Alejandro, claro... Era uno de los primos con los que tenía más contacto de pequeña. En nuestra familia hemos tenido muchos Alejandros... Ya lo sabes, Santi… Tu bisabuelo, mi abuelo, el que fue peón caminero… ¿Qué que es peón caminero? Te explico. Antes para hacer carreteras se utilizaba piedra y arenisca. Y del mantenimiento se ocupaban hombres con pico y pala, y que físicamente tenían que ser fuertes. Era una profesión dura y exigente. El abuelo era uno de estos. Entró a trabajar como peón el día antes del estallido del motín de la patata… Por cierto, a una de mis tías-abuelas por parte paterna la mataron por entonces. Lucía se llamaba. No condenaron a nadie. Salieron de rositas… Siempre salen de rositas… En fin, como te iba diciendo, Alejandro entró en Obras Públicas y le destinaron enseguida a un tramo cercano a Huelves. Allí se llevó a toda la familia; vivieron en una casilla al borde de la carretera unos cuatro años hasta que la abuela Fernanda, le convenció para pedir el traslado a otro tramo más cercano a Tarancón. Echaba de menos a su familia…

Antes de proseguir, Loly da de comer a sus animales de compañía: una gata mayor, lenta de reflejos, algo distante y un perro terrier, más joven y activo. Me ofrece un refresco. Hace calor y acepto encantado. Se vuelve a sentar y continúa recordando…

-¿Por dónde iba?... Sí, estábamos en Huelves. Bueno, pues allí vivieron en una casilla. Era una de esas casas sencillas, en medio del campo. No tenían agua corriente; debían caminar unos kilómetros para recogerla de un pozo. A Alejandro no le veían hasta última hora de la tarde. Comían todos juntos. Como no podían ir al colegio, Alejandro les enseñaba a leer y a escribir. Había sido el primero de la familia en aprender y no quería que sus hijos fueran iletrados. Conservo -no sé dónde- una especie de calendario o agenda donde el abuelo apuntó las fechas de nacimiento de todos sus hijos. Y aquí tengo una carta, escrita de su puño y letra…

Me la enseña. La leo; Alejandro pide unos días en el trabajo por asuntos propios. Su letra es firme, cuidada, tensa, la que se espera de alguien que ha aprendido a escribir, siendo adulto. Loly guarda la carta en una cajita.

-Era de mucho carácter, aunque no más que la abuela. Un poco seco de trato; eso me han dicho. Cuando nací, él había muerto quince años atrás. El otro Alejandro fue uno de sus hijos, mi tío. El tercero de los hermanos, después de Críspula y Víctor. Antes de la guerra trabajó de jornalero y, luego, con un camión traía anís y vino de Valdepeñas. Cuando pasaba por Tarancón, siempre nos dejaba alguna caja. Se pasaba horas y horas en la carretera. Cuando dejó el trabajo y se jubiló, empecé a verle menos... Y ya llego al Alejandro del que querías saber… Era, como ya te he dicho, mi primo, el hijo mayor de Saturnino… Tuvo cinco. Era seis años mayor que yo. Yo soy del 58; él del 52…

Loly hace una pausa. Me ofrece un aperitivo: queso y jamón. Se lo agradezco.

-Tengo muchos recuerdos de cuando éramos niños… Jugábamos en la era, a unos metros de aquí. Ellos vivían en la casa, la que había sido de los abuelos, en Marqués de Remisa. Riansares estaba al lado, en la del callejón. Íbamos al mismo colegio y muchas veces, antes de volver a casa, me iba con mis primos y comía con los tíos. O ellos venían aquí y mi madre les hacía la comida. No estudiábamos mucho, la verdad. En cuanto podíamos, salíamos a la calle y nos poníamos a jugar. Espera, tengo unas fotografías suyas de esa época o de unos años más tarde…

Coloca otra caja, más grande, sobre la mesa. La abre; no las tiene ordenadas en álbumes, sino mezcladas, descolocadas. Las va extendiendo en la mesa sobre el mantel de hule.

-¡Mira! En esta, nos encontramos en la campa de la ermita de Riansares. ¿Te acuerdas? Alguna vez estuviste allí con tus padres…

Asiento de manera mecánica. En realidad, no recuerdo mucho de esa época. Sí, retazos sueltos: visitas al patio de Riansares con Regina y mis padres, alguna salida al campo, un bautizo o una primera comunión. Muy poco.

-Estos son algunos de mis primos; ahí tendría unos quince años. Tiene que ser a finales de los sesenta… Mira, aquí en el cine en el que trabajaba mi padre de encargado…Se llamaba Cinema Avenida. Se encontraba a la altura del actual Centro Cultural, en la calle Cervantes. La fachada era muy típica de esa época; la taquilla estaba a la derecha, aprovechando la esquina, en forma de triángulo. Mira, este es el bar. Lo tenían en la parte interior, después de atravesar el pasillo de entrada, con los afiches de las películas que estaban clavados en un tablón de madera. Lo derribaron a finales de los setenta y construyeron ese edificio feo de seis plantas, que ves al pasar la segunda rotonda, viniendo de Madrid, a mano derecha… Allí vi cientos de películas. Mi madre y dos de los hermanos de mi padre trabajaban en la taquilla y de acomodadores. Por supuesto, mis primos y yo entrábamos gratis. En verano, cuando empezaba a hacer menos calor, allí nos reuníamos, por lo menos, medio Tarancón. No había muchos sitios donde divertirse por aquel entonces. Cuando tuvimos más años, poníamos esas sillas de madera, ¡qué incómodas eran! ¿Te acuerdas?...

Sí, las recuerdo. En los años ochenta, en Gandía, en otro cine de verano, las sufrí. Me viene a la memoria el olor de las palomitas, los siseos y los murmullos, las risas espontáneas de una parte del público y el cielo negro, las estrellas, retazos de nubes, el ruido de los abanicos, el olor penetrante del perfume que se ponía mi madre…

-Vi casi todas las de Manolo Escobar, Lola Flores, Antonio Molina, Sara Montiel o seriales como los de Fumanchú, Alí y el camello, Simbad y el Marino…

Las mías fueron E.T., la Guerra de las Galaxias, Parchís, Indiana Jones…

-Le empecé a perder la pista cuando Alejandro se fue a estudiar a Madrid: Idiomas y Económicas. En la universidad conoció a un chico de Santander, un tal Viota, de apellido; no me viene a la cabeza su nombre. Se hicieron muy amigos. Se dedicaba al cine y Alejandro le echó algún cable como ayudante de dirección o script en alguno de sus proyectos… Fue durante la transición, en los primeros años de la democracia… ¿Que qué hizo? Me parece que primero fue algo en súper 8 y, luego, una película de 16mm. Cuando se pasó a los 35 mm., Alejandro ya trabajaba en la empresa de compraventa y tenía poco tiempo. En los ochenta ya ni se hablaban. Alejandro había cambiado mucho…

-¿Cambiado? ¿En qué sentido?

-No sé. Se alejó de todos; de nosotros también. Estuvo en Londres, casi cinco años, como encargado de la empresa. No me pidas que te diga en qué exactamente, porque no me acuerdo. Ropa interior femenina, me parece, pero no te lo puedo asegurar… Cuando volvía, lo hacía con desgana. No sé. Ganaba mucho dinero fuera y aquí se encontraba a los viejos amigos y a la familia que no hacían más que pedirle dinero o favores o querían aprovecharse de sus contactos. Imagino que se hartó. Le debíamos parecer unos pueblerinos; él tratando con gente de postín y nosotros éramos lo que más despreciaba…

-¿Sólo eso?

-Hubo algo más. Discutía con sus padres. Le decían una y otra vez que si se iba a casar, que cuándo tendría novia. Y él, al principio, echaba balones fuera. Al final, con los años, se irritaba en cuanto le sacaban el tema. Los padres nunca lo supieron o prefirieron ignorarlo, pero Alejandro, desde que se fue a Madrid, salía con hombres. Eso siempre lo tuvo claro…Tampoco es que nos contara mucho. Lo intuíamos por algunos de sus amigos, un comentario malicioso del vecino, que le habían dicho esto o lo otro, sus reacciones, cuando tocábamos el tema… Cosas así, ya sabes… A mí, con quien te acuestes, chico, me da igual.

Loly prefiere no seguir; tampoco tiene más información. Le pregunto cuándo supo de él por última vez.

-¿Lo último? Que a finales de los noventa lo enviaron a Tokyo. Y ahí le perdimos la pista. También sus padres. Dejó de escribir; no llamó por teléfono. Se enteró por una de sus hermanas de la muerte del tío, pero no vino al entierro. Envió a un abogado para ocuparse de la herencia. Mi tía se recluyó en una residencia y allí ha estado hasta que murió, hace unos meses. Hemos estado buscándole para avisarle de la muerte de su madre, pero no ha habido manera. Es como si se hubiera volatilizado. Tal vez tú tengas más suerte…

Hasta aquí llega el testimonio de Loly. Acepté el reto. Busqué rastros o huellas que hubiera dejado Alejandro desde su partida en Tokyo. No encontré muchas. Intenté conocer las razones que llevaron a este hombre a romper todos los vínculos con su familia.

Descubrí –como ya imaginaba- que, a mediados de los setenta, Alejandro era un chico abierto a cualquier tipo de experiencias, fueran sexuales o políticas. Estuvo muy metido en lo que podríamos llamar los albores de la movida madrileña; conoció a mucha gente, descubrió su sexualidad. En ese periodo no tuvo una pareja estable. Lejos de Tarancón, vivió una juventud alocada. Con su amigo Paulino Viota colaboró en un par de proyectos cinematográficos que intentaban reflejar los conflictos sociales del momento en películas experimentales, muy valientes, que dejaron de hacerse cuando se asentó la democracia. No participó en muchas manifestaciones de carácter político, aunque sí asistía a conferencias y debates acalorados en la universidad. Y, aún así, no se implicó tanto, como sí lo hicieron algunos de sus compañeros, en el partido comunista o en asociaciones sindicales. Incluso entonces, mantuvo las distancias. De manera discreta, con pequeños gestos, evitando a sus primeros amigos, se fue alejando de ellos.

Todo eso terminó, de manera brusca, cuando al finalizar sus estudios, le ofrecieron un trabajo en Londres. Reuniones de empresa, comidas y cenas, jornadas de diez horas. Descubrió que para ganar dinero y trepar en la escala social no hacía falta ser muy inteligente; sólo necesitaba mantener contactos con las personas adecuadas. La realidad que había vivido en Madrid durante la transición o la que recuperaba en Tarancón, cuando visitaba a su familia, le parecía un juego de marionetas ridículo, indigno de sus dotes y cualidades. Odiaba a su país, lo despreciaba; cuando volvía, sólo veía a farsantes, corruptos y payasos. Le incomodaba el contacto con su familia. Sus padres habían envejecido mal; sus hermanos no le entendían. Los viejos amigos le consideraban, a veces, una fuente de ingresos y, en otras ocasiones, liberaban en charlas de bar sus frustraciones y decepciones generacionales. Alejandro no los soportaba.

Viota, a principios de los ochenta, le pidió dinero para su nuevo proyecto. No conseguía financiación. Los tiempos pedían productos y obras menos politizados y Viota no supo adaptarse. Alejandro le echó en cara su falta de seriedad; le llamó cantamañanas. Viota lo tildó de explotador y egocéntrico. En resumen, en el fondo, todos sus viejos amigos lo veían como un estirado, en el mejor de los casos, o como un burgués capitalista. En Londres se sentía, sin duda, mucho más a gusto.

Fue allí donde conoció al que sería su pareja más estable. Se llamaba Hachiro. Era más joven que él. Alejandro rondaría los cuarenta años; Hachiro tenía veintiocho. Compartían muchas cosas. Y eso fortaleció su relación. Hachiro, al contrario que Alejandro, sí quería volver a Japón. Su madre y su hermana le tenían mucho cariño, y aunque su padre era un hombre estricto, incapaz de comprender la elección sexual de su hijo, Hachiro los echaba de menos. Cuando falleció el padre de Hachiro, propuso a Alejandro trasladarse a la sede de Tokyo. Y Alejandro no dudó. Se marchó con él. La aclimatación en los dos primeros años fue difícil. Tuvo en Hachiro y en su madre y hermana a grandes aliados. De alguna manera y sin que fuera algo premeditado, empezó a olvidar a su propia familia y a sentirse adoptado por la de Hachiro…”

No obtuve más información; no pude entrevistarme con Alejandro. Perdí su pista en un barrio de Tokyo. Y, con el paso del tiempo, me olvidé de él, hasta que en otro viaje que hice a Japón conseguí atar los cabos que había dejado sueltos…

Alejandro cambió de familia. Hubo un hecho clave que influyó en que los acontecimientos evolucionaran en esa dirección. Una tarde de mayo Alejandro se mareó. Lo llevaron al hospital. ¿Anemia? No, era más grave. Tenía una dolencia cardíaca. Y fue entonces, cuando Alejandro encontró en Hachiro no sólo a una pareja, sino a un compañero. No le abandonó ni un solo momento durante el proceso de recuperación. Crearon unos vínculos tan fuertes que nadie pudo romperlos en dos décadas, excepto la muerte. Coincidió esta crisis de salud con el fallecimiento de su padre. Por supuesto, no dijo a nadie de su familia lo que le ocurría. Contrató abogados para que se ocuparan de los asuntos de la herencia. Y poco a poco se dio cuenta de que ya no le importaba lo que ocurriera en España. Su vida era la que tenía con Hachiro y los suyos.

Logró sobrevivir, aunque su salud quedó maltrecha. Pidió una reducción de jornada que años después se convirtió en una jubilación con la que podría vivir relativamente bien, a la que se añadía la venta de algún inmueble de Tarancón, que le había correspondido en el reparto de la herencia familiar. Buscó ocupar su tiempo en otras tareas más livianas. Tenía un don y talento para los idiomas. Dominaba el inglés, el francés, el alemán y el japonés. Se dedicó a traducir obras de autores occidentales al japonés para una editorial de prestigio. Le gustaban, sobre todo, las autoras francesas del tipo Anni Ernaux, De Vigan o Nothomb, aunque le pagaban más por escritores ingleses, fueran best sellers –era el traductor de Rowling en Japón o el mismísimo Ken Follet-, o de obras más experimentales como las de Zsalay o McGowan o Pietro Lendanowski. Lo hacía, sobre todo, con un pseudónimo: Alex Martin. Aunque a veces utilizaba otros nombres orientales que dieran confianza al lector japonés: Yasujiro, Akira, Kenji. No creía que se interesaran en España por sus traducciones, pero prefería que nadie supiera dónde se encontraba. Era un hombre nuevo, sin pasado.

Nunca tuvo conocimiento de la muerte de su madre. La había olvidado.

En la primavera del año 2028, una mañana de abril, como todos los días, salió a primera hora de la mañana, a dar un paseo por el parque más cercano a su domicilio, en el barrio de Asakura. Los almendros estaban en flor. Miles y miles de pétalos blancos giraban, mecidos por el viento. Se sintió algo cansado. Decidió recuperarse en un banco, situado frente al museo de Arte Occidental. Algunos turistas entraban a ver en esa primavera una exposición de Rubens. Cerró los ojos. Escuchó en un templo cercano el sonido de los rituales tradicionales, los que purifican al creyente: el fluir del agua, un golpe seco en el madero, el gong. Olor a incienso, a hierba recién cortada. 

Una imagen de repente volvió a su memoria. Era joven. No tendría más de doce años. Sería verano, muy de mañana; estaba en Tarancón, y descansaba, tendido sobre la tierra, refrescada por el rocío. Escuchaba las voces de sus hermanos que gritaban a unos metros, y el canto de un jilguero, lejano, distante. Dejó que esas sensaciones lo llevaran suavemente, lentamente hacia un sueño profundo.

No volvió a despertar. Sufrió un derrame cerebral.

Hachiro lo lloró. Fue enterrado en el cementerio de Hakone, el pueblo de la madre de Hachiro, en la tumba familiar, con vistas al monte Fuji.


Allí estuve en el otoño del 2030. Las hojas de los cerezos, caídas en los días anteriores, cubrían el suelo y las tumbas. Sentí un ligero estremecimiento. De repente una suave brisa se había levantado, buscando las colinas y el cielo. Dejé una piedrecita sobre su lápida y me marché.


jueves, 12 de abril de 2018

RETRATOS


VIDAS DE AL FAYUM
Siglo I a.C.-siglo III d.C.

            El Fayum es una de las regiones del país del Nilo, situada en el Alto Egipto, a más de cien kilómetros al sudoeste del Cairo, en la orilla izquierda del río. Parece un oasis en medio del desierto. Es uno de los lugares más fértiles de la comarca; proporciona cáñamo, lino, arroz, algodón, caña de azúcar, rosas, naranjas, higos, aceitunas, uvas, melocotones, granadas. Significa en copto, “lago, mar o tierra pantanosa”.

Y son esas condiciones naturales –un clima cálido y seco- las que han permitido la conservación de casi mil retratos de momias. Son naturalistas, reflejan en cada uno de sus detalles los rasgos de las personas que fueron enterradas hace veinte siglos. Se explica porque la religión egipcia pensaba que para poder llegar al otro mundo, era necesario que los dioses los identificaran. ¡Y qué manera mejor que un retrato realista! Influye también seguramente el talante del romano, poco proclive a idealizaciones.

Los retratos cubrían la momia, se colocaban sobre el rostro del difunto, entre las telas y el cartonaje. Sólo aparecen sus caras, que, en su mayor parte, son de hombres y mujeres de origen greco-romano. El formato es el de pintura en tabla, sea encaústica –con cera-, o al temple.
                                     
En la actualidad, separados de sus momias, los retratos han viajado por el mundo. Las he visto en casi todos los lugares que he visitado, sea en exposiciones temporales o entre sus fondos, en grupos de cuatro u ocho retratos. En Londres, en el British Museum, en el Metropolitan de Nueva York, en el Louvre de París, en el Museo Egipcio de Berlín, en los Museos Vaticanos, en el Museo Nacional y Karlova de Praga, en el Museo Arqueológico de Atenas, en Florencia, en el Hermitage de San Petersburgo, Cracovia, Lisboa, la Glyptoteca de Copenhague, en el De Young en San Francisco, en Los Ángeles, Kyoto, Tokyo, México D.F., Madrid…

En ningún otro caso, he sentido como en estos retratos, una impresión tan profunda de universalidad, esa intensa evocación de inmortalidad. Aunque no de la manera en que ellos creían, sí han alcanzado un más allá, sin proponérselo.

Dedicaba varios minutos, desde la primera vez que los vi en un museo –tal vez el de Londres, no lo puedo asegurar-, en contemplarlos, mirarlos cara a cara, descubrir sus historias, pasiones, desgracias, mezquindades, sueños. Me gustaba imaginar cómo había sido su vida hasta el momento en que fueron pintados, tal como los recordaban sus familiares o amigos.

A finales del XIX y hasta bien entrado el siglo XX, muchas familias que acababan de perder a un ser querido y que no disponían de cámaras fotográficas, pedían al fotógrafo del pueblo o del barrio que hiciera una fotografía, fotografía que les serviría para recordarlo “tal como era”, sin las deformaciones, alteraciones o distorsiones que la memoria provoca con el paso del tiempo en todos nosotros. Normalmente solían ser niños, aunque también adultos o jóvenes que nunca hubieran podido hacerse una fotografía de estudio.

Incluso yo mismo hice un retrato de mi madre, nada más morir. Y otro, dos semanas después, con la intención de denunciar el estado en que se encontraba su cuerpo. No son retratos que quiera volver a ver, aunque sé que están aquí, en este ordenador, en lo más profundo de una carpeta, en un archivo de imagen.

Al hermano de mi padre también se lo hicieron. Murió a los diecisiete años de una enfermedad pulmonar y los padres se la pidieron a un fotógrafo profesional. Mi abuelo, tal vez arrepentido de haber insultado a su hijo, pensando que no iba al trabajo porque era un vago redomado; la abuela, destrozada, incapaz de entender y asimilar su muerte. Se hizo la fotografía: posición cenital, ojos semicerrados, mirada perdida. Parecía un fantasma…

            He recorrido los rostros de los hombres y mujeres de El Fayum, como si sus miradas, sus gestos, los ojos abiertos, los objetos que llevaban con ellos, pudieran contarme los secretos que todos guardamos en cajas cerradas y que serán enterrados con nosotros o quemados, cuando llegue ese último momento.

            Collares, pendientes, coronas, peinados, ropas, barbas, cejas, mejillas hundidas, nariz angulada o apretada, bocas sensuales o secas, la belleza de una joven o la decrepitud de una anciana, la ingenuidad de una niña o la rudeza de un hombre.

            Todos son diferentes, aunque respondan al mismo patrón. ¿No es acaso esa la mejor descripción de cualquier ser humano en cualquier época? El tiempo y el espacio han dejado de existir, dejaban de existir, cuando contemplaba estos retratos, estuviera donde estuviese...


           



Ella se llama Antínoe. Pelo corto, peinado hacia atrás, orejas grandes de las que cuelgan unos pendientes, en la que se combinan dos piedras blancas y una negra, central; cejas tupidas, nariz fina, boca pequeña que esboza una leve sonrisa. Lleva una diadema muy sencilla, alrededor del pelo, coronada por una media luna dorada, y un broche circular. Tiene un pequeño hoyuelo entre la nariz y la boca, hoyuelo que volvería loco a los jóvenes que la amaron. Es una mujer muy joven; ni siquiera habrá cumplido los veinte años.

            Imaginé su vida. Infancia feliz en una familia de clase alta. Su padre, bien situado en los puestos de gobierno del Egipto de Trajano o Adriano. ¡Quién sabe si no llegaría a conocer al emperador viajero en una de sus visitas a la provincia o al mismo Antinoo, antes de que muriera en extrañas circunstancias! Su madre pertenecía a una familia noble; sus antepasados fueron griegos llegados a estas tierras cuatro siglos antes, junto a Alejandro Magno.

            La prometieron con un hombre de mediana edad, un terrateniente de la zona. Su primogénito –fruto de un primer matrimonio-, tendría la misma edad que nuestra Antínoe. Barba incipiente, pelo enmarañado. Es posible que se prendara de ella; ¿por qué no? Los dos eran jóvenes; la naturaleza los llama. El marido la trató bien; no era un mal hombre, aunque, como veremos, estaba condenado a perder a sus mujeres demasiado pronto. La primera murió en el parto; Antínoe sufriría el mismo destino.

            Se quedó embarazada enseguida. Mientras el marido se ocupaba de sus asuntos, los jóvenes entablaron una estrecha relación. Se prometieron amor eterno. Pensaron que harían después del parto de Antínoe.

            El parto se complicó. Antínoe perdió mucha sangre. El niño nació sano, pero la fiebre de su madre no bajaba. Un proceso infeccioso que la llevó a la muerte.

            Los dos, padre e hijo, la lloraron. Colocaron sobre su momia el retrato. La diadema, el broche, los pendientes eran regalos de su marido. El hijo insistió en que llevara, además, un chal o bufanda sobre la ropa. Se la había regalado meses antes el día de su cumpleaños. No tardaría en acompañarla al otro mundo..


                             


           
            Cario, duumviro de la ciudad de Alejandría, alcanzó los honores, después de una larga trayectoria en el gobierno de su ciudad. De origen egipcio, supo moverse en los intrincados mecanismos de la política local.

Sin embargo, la fortuna que tanto le ayudó en su carrera política, le fue esquiva en su vida familiar. Se casó con una mujer de familia romana, asentada desde hacía treinta años en Egipto. Se llamaba Julia. Tenía lejanos vínculos con la famosa dinastía de emperadores, aunque su familia carecía de las riquezas y el poder que habían adquirido sus homólogos.

Tuvieron dos hijos, Demetrio y Alejandra. Demetrio heredó tanto la pasión política de su padre, como sus amistades. Se supo desenvolver, pero nunca tuvo una relación muy estrecha con él; su infancia coincidió con el periodo en el que Cario se alejó de su familia, y esa sensación de haber sido desatendido nunca le abandonó.

Al año del nacimiento de Alejandra, su esposa murió de unas fiebres. Cario se arrepintió de no haber dedicado más tiempo a su esposa y a su hijo mayor. Con Demetrio ya era tarde; se esforzó en enmendar sus errores con Alejandra. La cuidó con todo el cariño del que fue capaz. Disfrutaba de todos sus avances y esperaba de ella grandes éxitos en su vida adulta: un feliz matrimonio, si así lo deseaban los dioses.

Todo se torció, cuando Alejandra cayó desde una terraza, mientras jugaba con unos primos. Se rompió la columna; no sobrevivió más que unas horas. Lo único que pudo hacer Cario fue estar con Alejandra, cuando su hija dejaba de respirar.

Sus dos retratos nos miran directamente a los ojos. La tez aceitunada de él; la tez blanca de su hija, tan parecida a la de su madre. La vida breve de la niña; las arrugas del cuello del padre. Miradas que se cruzan con la nuestra...

           
                                          


Demetria y Taoutem eran dos primas maternas. Las madres, de origen griego y romano, a partes iguales, pertenecían a la clase alta senatorial. Se casaron con hombres bien situados en la élite dirigente de Egipto.

Desde pequeñas las dos primas fueron muy diferentes. Demetria era hermosa, tenía el encanto de una mujer sensual y atrevida. Taoutem, en cambio, tímida, insegura, se sentía incómoda en el cuerpo que le había tocado en suerte. Aún así, eran amigas, o tal vez, precisamente por eso mismo.

Parecía que el matrimonio sería el único objetivo para ambas y, es cierto, pronto se casaron. Aunque su camino tomó rumbos distintos. Demetria se dedicó más a disfrutar de las ventajas de su posición social. Participaba en eventos, fiestas, actividades lúdicas, asistencia a teatros o juegos circenses.

En cambio, Taoutem, que perdió a su marido, al año de casarse, y sin tener hijos, heredó una cuantiosa fortuna que le sirvió para recluirse en su espacio privado –nunca más se casó-, aunque, al mismo tiempo, proporcionara ayudas económicas a escritores, artistas, creadores y comprara y adquiriera ingentes cantidades de libros que formaron parte de su biblioteca privada y que, más tarde, donaría a la gran biblioteca de Alejandría.

Su relación no se rompió, a pesar de tener vidas tan diferentes. Se llevaban muy bien y Demetria se sentía a gusto, cuando, agotada, buscaba en Taoutem un refugio a una vida tan activa. Por otro lado, la prima, gustaba de escuchar a Demetria, cuando hablaba de sus escarceos amorosos –muchos de ellos, idealizados-.

Demetria se quedó embarazada a los cuatro años de casada. Tuvo a su hijo, un niño. Quedó muy débil. Enfermó. Murió. A partir de ese momento Taoutem se dedicó a su sobrino y quiso hacer de él un hombre culto. Su esfuerzo no fue inútil. Llegó a dirigir la biblioteca de Alejandría.

Taoutem, cuando falleció, pidió que su cuerpo y su retrato estuvieran junto al de su prima, a la que llamaba “su hermana”...



            Cuando murió mi abuela paterna, se repartieron entre las hermanas y mi padre las pocas pertenencias que aún conservaba. Él sólo se quedó con la fotografía de su hermano. La llevó con él, junto a la de sus hijos, hasta que en una de sus mudanzas, la perdió, poco antes de morir…

            Me aparto. Comienzo a imaginar una historia, la de Antínoe, en París que concluyó en el Vaticano, a unos metros del Laoconte. La siguiente fue concebida en una sala del Metropolitan de Nueva York. La última, surgió en Kyoto, a unos metros del templo, el santuario sintoísta de Heian Shrine, y de su jardín, en un día otoñal, con la luz, reflejada en el lago sereno y plácido.

            Una de las miradas aún me acompaña, mientras me alejo de allí y abandono la sala.
























miércoles, 11 de abril de 2018

UN ASESINO


ALEXIS IVANOV FOMÍN
Moscú, 1983-Nueva York, 2039
           
            Frío por fuera, apasionado por dentro, como el paisaje nevado de Polonia o Rusia. Asesino al servicio del Estado. Hombre de negocios brutal. Algunos dicen que mató más como empresario que ejerciendo de asesino. Es difícil asegurarlo.

            Se podría decir que no conoció el comunismo ni el post-capitalismo. Fue, sin duda, un hombre de su tiempo, reflejo de una época en el que el capitalismo fue voraz y despiadado, sutil y manipulador.

            Hijo de Vladimir y Samsa. Detestó a su padre, al que consideraba un tipo débil, incapaz de sacar a su familia de la pobreza, en la que se encontraba desde la caída del muro y la Perestroika. Su infancia fue dura; se forjó en las calles de un barrio humilde en Moscú. Formó parte de una banda de criminales de baja estofa –ya muy joven, a los quince años-, convirtiéndose enseguida en su líder. Su padre murió muy joven, cuando Alexis no había cumplido los catorce. Nuestro Alexis hubiera sido un vulgar criminal, apuñalado en una pelea a navajazos, dentro de la trena o en las calles del extrarradio moscovita. Sin embargo, su decisión de entrar en el ejército en 1999 –convencido por su madre- y el traslado a la provincia separatista de Chechenia –donde acababa de empezar la segunda guerra chechena-, cambió su vida.

            Conoció allí al que siempre consideró su maestro, Ramzan Kadyrov. Se integró en su grupo paramilitar y allí se formó en técnicas que le resultarían útiles en muchas de sus acciones posteriores. Pronto destacó en el trato inhumano: violaciones, saqueos, torturas. Aprendió como el mejor alumno las técnicas de tortura más sofisticadas. No era un cabeza cuadrada; tenía inteligencia y sabía aprovecharla.

            Kadyrov ­–que llegó a ser el brazo derecho de Putin en la provincia, convirtiéndose en su presidente en el 2007- presentó las credenciales de Alexis a uno de los altos cargos del régimen de Putin. Se llamaba Ivan Bortnikov, jefe del servicio de seguridad nacional ruso. Era un hombre cercano a Putin y Kadyrov intuyó en Alexis un potencial, digno de mejor causa. Fue trasladado de Chechenia a Rusia, pero su misión no iba a cambiar; seguiría siendo un asesino frío y despiadado.

            Su primer crimen –sería su prueba de fuego- fue eliminar a un disidente de escasa importancia, Yegor Mazrov. Midió todos sus pasos, lo preparó concienzudamente; no cometió ningún error. Dos disparos limpios en la cabeza. Fue una noche, cuando Yegor salía de la casa de un amigo opositor.

A excepción de algún medio afín, nadie se interesó mucho por la muerte de este hombre. Los jueces, comprados, archivaron el caso enseguida. De todas formas, no se encontraron pruebas que pudieran incriminar a nadie. Alexis había cometido casi un crimen perfecto. Los resultados fueron tan elegantes y el trabajo tan fino que desde ese momento se convirtió en uno de los puntales de la guerra sucia contra la oposición que llevó a cabo Putin durante las dos primeras décadas del siglo XXI.

            Participó en el grupo que tiroteó a Anna Politkóvskaya en el ascensor de su casa, el siete de octubre del 2006. Nunca lograron implicarle en ninguno de los juicios que intentaron dilucidar la identidad de sus asesinos. Ni siquiera fue mencionado su nombre, a no ser en un anexo, olvidado, incluso por los abogados opositores, aunque se supo tras la desclasificación de documentos oficiales, una década después de su muerte, que había sido el hombre que había planificado el asesinato en todos sus detalles.

            Se cruzó conmigo en tres ocasiones. Nuestras vidas difícilmente hubieran podido encontrarse; vivíamos en mundos paralelos, pero a veces esos mundos coinciden en los lugares más insospechados.

En Atenas, en el verano del 2011, -mientras yo disfrutaba de los museos de la ciudad- Alexis se encontraba con su esposa –de una familia cercana a los Medvédev-, Alejandra Medvédev, en el viaje de novios. Varias veces tanto yo como Alexis coincidimos en la plaza Syntagma, aunque, por supuesto, no nos dirigimos la palabra.

En cuanto al matrimonio de Alejandra y Alexis, fue lo que llamaríamos, vulgarmente, un “braguetazo”. Se casó para medrar y, en parte, obligado por las circunstancias –la había dejado embarazada-. Matrimonio condenado al desastre, pero que le sirvió para conseguir múltiples contactos en las esferas del poder. Los dos, marido y mujer, se odiaron hasta el último día de sus vidas, pero, en el fondo, se necesitaban. Alejandra reconocía que su marido era un hombre despiadado, que no se pararía en barras para hacerla rica. Los dos tuvieron amantes, pero mantenían su matrimonio, porque sus intereses eran comunes.

            No era un derrochador, aunque disfrutaba, si tenía ocasión, de los placeres de la vida, fueran sexuales o culinarios. Se cuenta que en alguna ocasión, en una fiesta de cumpleaños, gastó millones de rublos para agasajar a sus invitados. Las mayores exquisiteces pasaron por las manos de sus comensales: ostras, carne de iguana, armadillo o aleta de tiburón, traídas de todas las partes del mundo. Bebidas desconocidas por esos lares, aunque, por supuesto, no faltó el vodka. Ni siquiera el mismo Trimalción, creación literaria de Petronio, hubiera imaginado nada parecido.

Sin embargo, una parte de su dinero lo dedicó a cuidar a su madre; le compró una finca en una de las zonas más ricas de San Petersburgo. Tampoco su mujer y sus dos hijos tuvieron razones para quejarse. Ellos le odiaban, pero, en el fondo, admiraban su talento para eliminar todos los obstáculos –sobre todo, los seres humanos- que se le pudieran interponer en su camino hacia el éxito. Se le conocen decenas de amantes. Muchas de ellas no estaban con él más de dos semanas. Se olvidaba de ellas, enseguida. Sobre su talento sexual hay opiniones encontradas. Algunas le consideraban un gran amante, brutal, violento, un hombre que atraía a cierto tipo de mujer. Cuentan que nunca se acostó con alguna prostituta, al menos, que profesionalmente se dedicara a ello. Otras confesaban que era como abrir una botella de champán: la fuerza se le iba enseguida. ¿Envidia por no recibir suficiente atención, sinceridad al no tener nada que perder?

            La segunda vez que me crucé con Alexis fue en San Petersburgo a principios de julio del 2014. Le pregunté en inglés por una calle céntrica. Alexis, que cuando estaba de buen humor, era un hombre encantador, me lo indicó en un mapa. Estaba esperando allí, en la esquina de la avenida Nevski con la calle Sadovaya, a un viejo conocido, Borkikov. Entre julio y noviembre del 2014, Alexis mantuvo importantes reuniones con él o sus lugartenientes. Comían en un famoso restaurante, a dos pasos del Ermitage.

Dos meses después de la última reunión, en febrero del 2015, asesinaron a un importante opositor a Putin, Boris Nemtsov, con cuatro disparos en la espalda. Tanto Putin como sus ministros lamentaron la muerte y prometieron mano dura contra los criminales. Por supuesto, nadie fue juzgado y condenado por estos hechos. Los papeles desclasificados demuestran que la planificación corrió a cargo de Alexis.

También se le acusó del envenenamiento de varios opositores, -entre ellos, Litvinenko-, incluso más allá de las fronteras, -en el asesinato de Arafat es poco probable que él mismo participara, aunque no es descartable que alguien cercano, conocedor de sus métodos, lo llevara a cabo- con lo que se denominaba eufemísticamente, “sustancias tóxicas desconocidas”, o polonio 210, aunque en este caso, no hay pruebas concluyentes. Tal vez las eliminara sin dejar huella visible.

En Cracovia, en 2017, se produjo nuestro último encuentro. Coincidimos en el mismo hotel. Me hallaba en la habitación 231. Alexis, en la contigua, la 232. El 3 de febrero folló varias veces con su amante. Escuché cada una de sus embestidas; me costó dormir esa noche. Al día siguiente, como su amante se puso enferma, aprovechó para follarse en las cocinas, a medianoche, a una de las camareras del restaurante –era delgada, sus pechos tenían una forma de pera que le encantaban; al menos debo reconocer su buen gusto-.

Para entonces era un hombre de negocios favorecido por Putin y su camarilla. Aún sabía, al mismo tiempo, elegir a aquellos que asesinaran a un político ucraniano o georgiano o a líderes de la oposición y, por otro lado, les aconsejaba que permitieran e hicieran la vista gorda para que terroristas separatistas o musulmanes atentaran con cierta impunidad en estaciones de metro o lugares turísticos y, a continuación, intensificaran la represión contra unos y otros, sistema  que -él mismo aseguraba entre sus íntimos-, también llevaban a cabo en Estados Unidos y los países europeos, aunque, como respetaban más los derechos humanos, los resultados no eran tan exitosos como en Rusia.

Según insinuó con pruebas consistentes -en unos papeles secretos que pocos han visto- la metodología era sencilla. En primer lugar, se creaba un grupo fanático –Al Quaeda, ISIS-; a continuación, se incrementaba el gasto militar. Se permitía que algunas células durmientes –dirigidas convenientemente- atentaran en Europa, Rusia y Estados Unidos. La muerte de occidentales permitía que los gobiernos, después de condenas, manifestaciones y minutos de silencio, fortalecieran a la élite política y económica, recortaran derechos fundamentales y vendieran armas a los países aliados o a otros grupos insurgentes, que sustituirían a los terroristas, en décadas posteriores. El control de la información era clave. Los medios de comunicación se manipulaban sin ningún pudor. Fue un modus operandi que funcionó como un engranaje bien engrasado durante las primeras décadas del siglo XXI.

Con todo, Alexis fue distanciándose de estos crímenes, sin dejar de aprovechar sus ganancias. Creó una empresa que blanqueaba el dinero negro obtenido de sus actividades secretas. Sus productos eran, en apariencia, ecológicos, y fue uno de los primeros en Rusia, en ver las posibilidades que ofrecía un negocio de estas características. Explotaba a sus trabajadores con sueldos miserables, eso sí, ateniéndose a la ley. Hundió a muchas empresas, dejando en la calle a cientos de trabajadores. 

Fue nombrado empresario del año en el 2022 junto a Florentino Pérez y Donald Trump Junior. Siguió recibiendo los parabienes de Putin y sus sucesores, sin que pareciera que su estrella fuera a apagarse nunca. Le temían y le odiaban. Le propusieron en una ocasión formar parte del parlamento. Su respuesta fue contundente.

-No me gusta ser un títere. Prefiero mover los hilos.

Y los siguió moviendo hasta la crisis bursátil de octubre del 2039. Se encontraba en Nueva York, apostando fuerte por un producto que le llevó a la bancarrota.

            Las circunstancias de su muerte no quedaron aclaradas. Nadie esperaba un suicidio. Cayó –alguno consideró esta palabra un eufemismo- desde un vigésimo piso de una de sus oficinas en Manhattan. Es cierto que la puerta estaba cerrada, pero había detalles extraños que no encajaban con un suicidio y hacían pensar más bien en un asesinato. Algunos aseguran que amenazó con difundir secretos, si no le ayudaban a recuperar sus grandes pérdidas. Otros, que descubrió en el último momento una forma extraña de redención.

            Pocos le lloraron. Se encontraron algunos papeles que más tarde sirvieron para publicar una biografía que hizo aún más ricos a sus hijos y esposa. Sin embargo, en esa biografía no aparecían nombres muy comprometedores. Muchos afirmaron que otros papeles habían desaparecido, curiosamente, la misma noche en la que Alexis voló sobre Manhattan.

            Lo único seguro –se tirara o le tiraran- es que Alexis cayó por la misma ventana por la que ciento diez años antes, en 1929, se lanzó un corredor de bolsa americano. Nadie comentó este curioso detalle en su funeral.

martes, 10 de abril de 2018

UN SUPERVIVIENTE


SANTIAGO DÍAZ GARCÍA, “EL SANTI” o “EL MORTA”
Vallecas, Madrid, 1964-Vallecas, Madrid, 2022

            El hijo de Úrsula y Mario fue el último de tres hermanos. Llegó tarde, cuando nadie lo esperaba. Su madre había cumplido los cuarenta años. La relación entre los padres ya se había deteriorado por entonces. Mario no dejaba de humillar a su mujer; en cuanto salía del trabajo –un taller mecánico- se marchaba con los amigos, se emborrachaba o se iba de putas. Y ni siquiera necesitaba justificarse.

Lo haré por él. Era un hombre que se sentía encerrado, agobiado; no veía escapatoria. Hubiera preferido no tener hijos. Sus padres lo abandonaron nada más nacer. Traer hijos al mundo era inútil, un desperdicio. Dejó embarazada a Úrsula, al mes de conocerse, y, obligado por las circunstancias o, quizá porque tuvo un momento de compasión o debilidad, se casó con ella. A los cinco meses, no podía soportarla, ni a ella, ni a sí mismo. La humillaba, la insultaba, la trataba con condescendencia. No había más que desprecio. Ella pasó de la obediencia debida –la educación marca y mucho- al asco y a la rabia. Las explosiones de furia eran cada vez más continuas. Una segunda hija no sirvió para calmar los ánimos.

            Sorprendió que Úrsula tuviera un tercer hijo y, además varón, a edad tan tardía, dada la situación del matrimonio. Algunos se preguntaron si el padre era Mario. Sin embargo, sorprendentemente, él no tuvo dudas. Le dio su apellido. Tal vez, Santiago, -recibió además el nombre de su abuelo materno-, hubiera preferido no llevarlo.

            Desde pequeño Úrsula se refugió en su hijo. Y él creció muy rápido. Sus hermanas escaparon enseguida de casa con el primer noviete que tuvieron. Podría haber salido “enmadrado”, pero Santiago se buscó las castañas en un tris tras. Hizo amigos –no eran buenas compañías-; las referencias que no tenía en casa las encontró en la calle. Comenzó a sobrevivir.

            Las borracheras de Mario continuaban, pero, a los catorce años, Santiago defendió a su madre. Lo había hecho muchas veces, recibiendo alguna paliza a cambio, pero esta vez, su padre salió peor parado. No volvió a hacerlo. Tampoco tuvo muchas oportunidades; un año después, diagnosticaron a su padre un cáncer de páncreas. En dos meses, ya estaba muerto. La familia no lo lloró, pero quedaron en una situación complicada. La pensión de viudedad no proporcionaba suficientes ingresos; las hermanas no quisieron ayudarlos. Santiago, aunque consiguió algún trabajo, como camarero o caddy en los campos de golf de La Moraleja, se dio cuenta enseguida de que obtendría más dinero haciendo trapicheos, robando coches, atracando bancos.

            Formó una banda con dos hermanos, unos vecinos a los que conocía desde siempre: el Carlos y el Xavi. Perros callejeros, quinquis. La realidad imitaba a la ficción. El Xavi una noche de parranda le puso un mote: “El Morta”. Sería para todos los del barrio el Mortadelo; siempre tuvo una constitución delgada y fina. A la que se añadían unas gafas, que llevaba desde los nueve años. Tenía su encanto, mucha labia y algunas chicas se sentían atraídas por su verborrea y esa seguridad en sí mismo que ocultaba otras taras. Se enrolló con una chica, Sara, un par de meses antes de cumplir los diecisiete. Ella se quedó embarazada de una niña, a la que llamarían Clara.

            Por entonces la banda ya había adquirido suficiente experiencia. El modus operandi era siempre el mismo. El Xavi los esperaba con el coche robado y el motor en marcha. Santiago se ocupaba del guardia y, a continuación, junto al Carlos, sacaban el dinero de las cajas de seguridad. Evitaba hacer daño tanto a los clientes como a los empleados. No los obligaba a echarse al suelo; prefería llevarlos a una esquina o que se sentaran tranquilamente en los bancos de la sala de espera. Llevaban pistola, pero sólo en un par de ocasiones tuvo que utilizarla, disparando al aire. Al principio, se ponían gafas de sol para ocultar su identidad; pronto, acabarían por colocarse pasamontañas.

            Ganaban mucho dinero y lo gastaban. Gran parte de lo que robaban acababa en los tipos que les proporcionaban cocaína o “chocolate” en las Vistillas, el Pozo o Santa Eugenia. Otra parte se la daban a sus madres. La de Carlos y Xavi era insaciable; los obligaba a salir una y otra vez. La de Santiago, más inteligente, justificaba a su hijo, pero tampoco lo alentaba.

            A los dieciocho, lo llamaron a filas. No tuvo más remedio que integrarse en el ejército. Fue allí cuando supo que habían matado al Carlos. La madre de los dos hermanos no dejaba de decirles que necesitaba dinero, cada vez más. Comenzaron a arriesgar. Encontraron a un sustituto de Santiago, Pablo, que no estuvo a la altura. En uno de los robos, el guardia de seguridad sacó la pistola y disparó a Carlos. La bala le entró por la femoral. Llegó muerto al hospital.

            Aunque no participara en este robo, la confesión de Pablo –Xavi nunca le delató, a pesar de los golpes y las palizas que recibió en la comisaría- facilitó que encerraran a Santiago en una cárcel militar. Fue su primera experiencia entre rejas. Recordaba las visitas de Sara y Clara y las de su madre. Y el trato que recibía –mucho más estricto que el de otras cárceles por las que pasaría a lo largo de su vida-. Terminó el servicio militar, cumpliendo su condena.

            Ya sin Carlos, volvió con Xavi a las andadas. Se profesionalizó. A veces, si pensaban que no era muy complicado, lo hacían solos. Así se quedaban con más y repartían menos. Si el golpe lo requería, entonces sí, se buscaban a otro, que fuera de confianza. Llegaron en esos años a robar tres bancos por semana. Y la misma sucursal, tres veces al mes. Un golpe, al comenzar; otro, a mediados de mes y el último, antes de que se acabara. Conocían todos los bancos de la zona –el Atlántico, El Vizcaya, El Bilbao, Caja Madrid, el Santander-.

            En ocasiones, acumuló en sus manos varios millones de pesetas, que gastaba en drogas, comprándose coches –tuvo tres- y en diversiones de todo tipo. Otra parte se lo daba a su familia –tuvo un segundo hijo, Pedro- y, sobre todo, a su madre. Ella no derrochaba tanto; se daba cuenta de que no pasaría mucho tiempo hasta que lo detuvieran. Lo guardaba en maletas o debajo de la cama. Las hermanas, cuando la visitaban, se llevaban, sin que lo supiera Santiago, una parte del botín. Cuando Santiago se enteró, le dijo a su madre que no volviera a permitirlo.

Habían logrado hasta el año noventa y uno evitar penas graves. Los habían trincado por hurtos menores –el robo de un coche- o trapicheos sin importancia, pero nada que tuviera que ver con los atracos. El Xavi conducía muy bien y en las persecuciones sabía desembarazarse de los coches de policía y, con más dificultad, del helicóptero. En un robo, coincidieron a la salida con un general del ejército y sus guardaespaldas. Se miraron. Santiago sabía que si se ponían a disparar, era hombre muerto. Se apartó del general y evitó tocarlo; los guardaespaldas comprendieron el gesto. No se buscaron complicaciones; le dejaron marchar.

Santiago debió pensar que nada le podría ocurrir, que era intocable, que tenía una flor en el culo, vamos. Hasta que un día, se les acabó la suerte. Una persecución acabó en la nacional II. Habían dejado atrás a los coches, pero no al helicóptero, que los continuaba persiguiendo. Al salir, en una rotonda, el Xavi perdió el control del vehículo y chocaron contra un muro. No sufrieron daños físicos de importancia –aparte de algún arañazo-, pero fueron detenidos.

Se les incomunicó en la Dirección General, en la puerta del Sol. El Santi recuerda las torturas. Sobre todo, se ensañaba con él una mujer, que le retorcía los testículos. Le ataban a una silla y dos policías se encargaban de apretarle por la espalda y de frente. Le colocaban un casco o una bolsa y le golpeaban en la cabeza con una vara. Las confesiones vinieron solas; recuerda que coincidió con un par de terroristas de ETA. Por lo que supo, lo que le hicieron a él no fue nada comparado con lo que sufrieron los otros. Lo denunciaron ante el juez, pero este, como hacía siempre de manera sistemática, no los escuchó.

No saldría de la cárcel en diecisiete años. Conoció muchas: Puerto, Aranjuez, Burgos, Meco, Alicante, Picassent. “La cárcel –siempre lo decía- te enseña a ser duro”. O te haces fuerte o mueres. No hay opciones intermedias. Muchos de sus antiguos amigos durante esos años habían acabado mal: con una jeringuilla en el brazo o una puñalada en el estómago. A él no le pasaría lo mismo. Buscaba en los módulos que le asignaban –siempre los más complicados, del uno al cinco, donde metían a los presos más peligrosos- a los que pudieran protegerlo. Respetaba a los narcotraficantes y a los de ETA y evitaba mezclarse con ellos o tener enfrentamientos. Podía salir mal parado. En una ocasión, uno de los terroristas, un tipo con boina, fortachón, le mandó de un puñetazo, a cinco metros de distancia. Aprendió la lección; a partir de ese día, mantuvo las distancias.

Él también sabía defenderse. Lo llamaban “el loquillo”. Trapicheaba con droga y sabía moverla entre los compañeros. Se la traían su pareja y, en alguna ocasión, su propia madre. Y con la colaboración de algún funcionario, montaba el negocio. A cambio, conseguía protección. Si había que marcar el territorio, lo hacía: con puños, golpes –a uno lo remató, partiéndole los dientes en la taza de un váter- o, incluso, si las cosas se complicaban, con puñales. En un asunto de drogas, mal resuelto, terminó peleando con tres tipos –“mala gente, peligrosa”, según sus palabras-. Los apuñaló en el tórax y el estómago. Sobrevivieron, pero casi no lo cuentan.

Por supuesto, todos estos conflictos le convirtieron en uno de esos presos que nunca disfrutaba de salidas. No conoció el tercer grado; casi siempre estuvo en primer grado, incomunicado o con el régimen FIES. En la cárcel llegó a ser responsable de limpieza –en la de Meco- o en el economato –Burgos o Puerto-. En las horas que no podían salir al patio, leyó muchos libros y pintó bastantes cuadros. Dejó de hacer ambas tareas, cuando salió de la cárcel. Se sacó la educación básica, mientras estuvo en el talego.

Su mujer acabó divorciándose. Había encontrado otra pareja. Sus hijos le visitaban, pero en escasas ocasiones. Fue su madre, la que a pesar de su avanzada edad y las enfermedades, nunca le abandonó. Si no iba a visitarle, lo llamaba.

La condena concluyó en el 2007. Adaptarse a la vida fuera de la cárcel, reintegrarse no es fácil. Sus enfermedades –tenía el SIDA; su cuerpo se había debilitado por las drogas-, le impedían cualquier tipo de trabajo que supusiera esfuerzo físico prolongado. Consiguió con el tiempo una jubilación anticipada.

La pensión era escasa; así que trapicheó con hachís y marihuana en el barrio. Llegó a ser muy conocido entre los jóvenes. Tenía a unos doscientos, como clientes habituales. Les pasaba cien gramos a la semana. Los policías lo vigilaban; cuando tuvo choques con uno de ellos, supo que había llegado el momento de dejarlo. Si seguía, acabaría de nuevo en la cárcel. Además, su madre tenía ya, por entonces, ochenta y cinco años. No podía hacerle eso; tenía que estar con ella y cuidarla. No la abandonaría, como habían hecho sus hermanas. Era el año 2012.

Para ocupar el tiempo libre que tenía, adoptó a una perrita terrier, a la que llamó Xena. Muy inteligente, tranquila, marcó el ritmo diario de Santiago. Cuidar de la perrita y de su madre fueron sus prioridades. Al bajarla al parque, que tenía enfrente de casa, entabló amistad con un grupo de mujeres de clase media que también paseaban a sus perros. Una de ellas se llamaba Silvia. Había trabajado en la sede del PP de la calle Génova, en los tiempos de mayor corrupción, e incluso se había casado con uno de los Marichalar. Hastiada del mundo, como una monja, se había recluido en Vallecas e intentaba sobrevivir como secretaria, en una oficina de abogados, especializados en herencias. Congeniaron. Santiago intentó ligar con ella, pero Silvia le puso firme. El Morta aceptó que sólo serían amigos. Las diferencias de clase, a veces, son insalvables.

Se llevaba bien con Sara, su hija mayor. A sus hermanas hace mucho que no las trataba. Con Pedro, su segundo hijo, tuvo una pelea, por culpa de una mujer. Se dejaron de hablar durante más de cinco años, hasta la muerte de la abuela. A los noventa y seis años, en diciembre de 2020, Úrsula falleció.

Esa muerte lo dejó solo. Estuvo muchas veces, a punto de aceptar una oferta –de las muchas que le hicieron desde su salida de la cárcel- para dar un golpe en un chalet o en un banco. Desconfiaba de los rumanos o los del Este –eran muy violentos y se manchaban las manos de sangre-;  finalmente, aceptaría la de un grupo, formado por tres vecinos a los que conocía de los años ochenta y un par de jovencitos que no llegarían a los veinte años. Facilitó su decisión el que su cuerpo dijera: basta. Primero, fueron operaciones –de piel, hernia-; luego, una dolencia cardiaca. Finalmente, los riñones.

Todo estaba perdido. Aceptó el golpe. Sabía que si las cosas salían mal, no sobreviviría, porque no estaba dispuesto a acabar de nuevo en la cárcel. Y así fue. El atraco no fue limpio; más de treinta disparos en el enfrentamiento con la policía. Uno de ellos le atravesó la garganta. Murió a las pocas horas de ser ingresado en el hospital Leonor de Vallecas el 24 de abril de 2022.

Una semana antes, había preparado su testamento. No tenía mucho que legar. El piso de su madre se lo repartieron sus hijos. Quiso que su perra Xena se quedara con Silvia.


Dicen que sus hijos no lo echaron mucho de menos. Silvia, en cambio, le lloró.

domingo, 8 de abril de 2018

UNA LEYENDA


ABEL ROMERO BUENDÍA
Santiago de Chile, 1948-Montevideo, 2032
           
            Es difícil de contar la vida de este hombre, Abel Romero Buendía. ¿Fue un policía al servicio de Allende? ¿Un exiliado? ¿Un asesino a sueldo? ¿El responsable de una funeraria de prestigio? ¿Un kirchneriano de pro? Sí, fue todo eso, y también, es posible que no lo fuera. ¡Quién puede conocer la vida de otro!

            Poco se sabe de su infancia; dicen que su madre, Andrea, era de la Patagonia y su padre, Ramiro, del Boca. No hay más datos sobre sus orígenes. Se ignora por qué se encargó de hacerlos desaparecer, incluso de los archivos. ¿Qué motivos podría tener? ¿Económicos, vergüenza? Alguno asegura que su padre era un antiguo nazi que robó un apellido para integrarse mejor en la sociedad bonaerense –a la que llegó, nada más terminar la guerra, desde Alemania- y, posteriormente, cuando se trasladaron al otro lado de los Andes, en la de Santiago de Chile. Otros, que su madre, en su juventud, fue amante de Carlos Gardel. No dejan de ser suposiciones sin ningún fundamento. Acabaron los dos viviendo en Chile, gracias a que un amigo muy cercano de su madre, en otro tiempo, pareja y amante de grato recuerdo, les proporcionó a los dos un trabajo en la Administración.

            Los primeros datos que tenemos es que, cuando cumplió los veinte años, entró en el cuerpo de la policía. Un año después, sus padres murieron en un accidente de tráfico, en circunstancias que quedaron sin aclarar. Hay quien asegura que su padre, en realidad, asesinó a su madre en un arrebato de celos. Y que Abel ocultó ese hecho a las autoridades, borrando todas las pruebas, recreando un falso accidente.

Al llegar Allende al poder era ya inspector de la policía en uno de los distritos más populosos de la ciudad. Dicen que su afiliación al partido comunista –afiliación que nunca conocieron sus padres- ayudó, pero Abel era inteligente y concienzudo. Investigó dos asesinatos peculiares que se hicieron famosos en los periódicos de la época. La resolución era de sentido común en ambos casos, pero, aún así, le sirvió para alcanzar una gloria inmerecida.

            El golpe de estado le pilló en un día que libraba. Cuando escuchó la voz de Allende en la radio, supo que si se quedaba, no saldría vivo. Se enrolló el petate, se subió a la máquina y, buscando las rutas más complicadas, llegó a la frontera esa misma noche y se pasó a la Argentina. Nunca más volvió a Chile, al menos, oficialmente.

            Su vida en el exilio fue rocambolesca y, probablemente, la parte más desconocida de su biografía, -si olvidamos su infancia-. Se asegura que estuvo en casi todos los países del Sur de América: Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia, Uruguay. Era un hombre práctico. Evitaba cualquier tipo de encuentro con grupos de izquierda, aunque mantenía con algunos de ellos muy buenas relaciones. Y, con todo, también sabía moverse en las altas esferas de las democracias corruptas o las dictaduras en ciernes. Nunca fue detenido.

            ¿En qué trabajaba? Algunos consideran que fue entonces, cuando comenzó su carrera como asesino a cambio de cuantiosas pagas. Podía ser una mujer que deseaba la muerte del marido para heredar su fortuna o un amante que quería eliminar a su rival. Evitaba los asesinatos políticos; eso, curiosamente, le permitió moverse con mayor libertad. En aquellos tiempos, el poder estaba más interesado en grupos insurgentes. Un asesino “privado” concitaba menos interés e, incluso, hasta indiferencia.

            Sus métodos eran muy profesionales; no solía dejar huellas de ningún tipo y abandonaba el lugar, en cuanto cometía el crimen. Eso explicaría el número de países en los que estuvo durante esos años. Él, sin embargo, negaba los hechos: sólo se dedicaba a la compra y venta de objetos de segunda mano, según aseguró a sus más allegados.

            Cuando las dictaduras argentina y chilena cayeron, nuevos clientes llamaron a su puerta. Le ofrecieron mucho dinero si encontraba y eliminaba a antiguos torturadores, que se habían ocultado en Europa. Aceptó, porque, en el fondo, sentía cierta aversión hacia este tipo de monstruos, a la par que fascinación por algunos. Estuvo en Francia, Grecia, Italia, Marruecos, España. Era un hombre concienzudo; ninguno de ellos supo nunca quien lo ejecutaba. No sintió ningún tipo de remordimiento.

            En cierta ocasión se detuvo a comer en una cantina muy cerca de la carretera nacional que lleva a Buenos Aires. Le habían asignado días antes un caso peculiar. El hombre al que tenía que encontrar y ejecutar era no sólo un torturador y un asesino, sino también un poeta, Carlos Ramírez Hoffmann. Había desaparecido, pero dejaba pistas en revistas literarias especializadas, poemas extraños e incoherentes. Ese sería el hilo que seguiría Abel ya que en una semana tenía pensado trasladarse a Europa para iniciar su investigación.

            Se sentó en una mesa de caoba, cerca de la puerta, y pidió el menú más sencillo. No esperaba mucho. El lugar era oscuro y lúgubre; no invitaba a quedarse demasiado tiempo. Cuando comenzaba el primer plato, unas papas grasientas y sin sustancia, se sentó a su lado un hombre mayor; tendría alrededor de unos setenta años. Manos callosas, pelo blanco, arrugas infinitas. Le dejó hablar. Llevaba horas en la carretera y escuchar una voz humana, pensó, no le vendría mal. No sabe cómo pero la conversación derivó de improviso en una historia que despertó el interés de Abel.

            A pocas millas de la cantina había una pequeña población rural que atesoraba, como tantas otras de la zona, atractivas leyendas. Una de ellas contaba que en tiempos de los españoles o de la Independencia –había división de opiniones en este aspecto- se enterraron lingotes de oro en cuevas, agujeros, recovecos; es decir, que debajo de las calles del pueblo, los suelos de las casas y las piedras de las iglesias, se escondía un tesoro. Algunos aseguraban que aún estaba allí para quien quisiera desenterrarlo.

Hace unos años un periodista, un escritor que colaboraba en la gaceta local comenzó a publicar varios artículos en los que demostraba con hechos, datos y testimonios anónimos que esos lingotes existían. Todo el pueblo esperaba los artículos con impaciencia; querían saber más. Muchos creyeron a pies juntillas lo que el periodista contaba. En realidad, sólo era una creación literaria. Cuando el asunto escapó de su control, decidió revelar la verdad. Muchos se sintieron decepcionados y no le perdonaron.

            Abel quiso conocer a este escritor. Le preguntó al anciano dónde podría encontrarle.

            - Murió… -dudó, antes de continuar-… bueno, se suicidó. Asuntos personales… ¡Quien sabe lo que hay dentro de cada uno de nosotros! ¿No cree?

            Abel no dejó de dar vueltas a esta historia en los meses siguientes. Una noche, en una pensión de Barcelona, a unos pasos de las Ramblas, en pleno barrio del Raval, tomó la decisión de retirarse. Había conseguido el dinero suficiente para levantar una funeraria. Le parecía un negocio floreciente –Abel Romero siempre conservó un fino sentido del humor- y quería legar a su familia algo más que un recuerdo difuso y lejano.

            Se había casada con una uruguaya de la ciudad de Montevideo, Clara. Mujer paciente, silenciosa, nunca preguntaba demasiado. Eso siempre le agradó a Abel. Tuvieron un hijo y una hija. Serían sus herederos. Su apellido no se perdería como el de sus padres. Partía de cero. Era un hombre nuevo, sin pasado. Le gustaba esa idea.

            Abel no se equivocó. El negocio que empezó en una de las calles más sucias de Buenos Aires se extendió con filiales en cada uno de los barrios de la ciudad y, por supuesto, con alguna en Montevideo. Él prefería vivir en Buenos Aires –era una ciudad más viva y dinámica que la de su mujer-, pero los veranos se pasaba al otro lado y disfrutaba de unas semanas de vacaciones en una finca que había comprado para su familia, a unos kilómetros de la capital uruguaya. Llegó a ser vecino de José Mújica y, cuando los dos se jubilaron –alrededor del 2015, el político; en el 2017, Abel- intercambiaban largas conversaciones, al calor del fuego o en una terraza, acariciando a sus gatos, disfrutando de un buen mate…


Conocí a Abel en diciembre del 2014. Mi madre había muerto en Buenos Aires por esas fechas de manera imprevista. Se llevaron su cuerpo a una funeraria, situada al otro lado de la Avenida 9 de Julio, en el barrio de San Telmo.

En una de las visitas que hicimos mi hermano y yo, durante los días en los que intentábamos acelerar los trámites, observé cómo un tipo achaparrado, de gestos vivos y precisos, hablaba con el encargado. Supe enseguida que era el propietario de la empresa. Me pareció un tipo desapasionado, un verdadero profesional. No sabía que me encontraba ante Abel Romero, policía chileno que adquirió cierta fama en época de Allende y que luego, muchos años después en 1998, siendo investigador, asesinó en Lloret de Mar a Carlos Ramírez Hoffmann, poeta nazi y torturador durante el golpe militar, con la inestimable ayuda de un poeta chileno, alter ego de Roberto Bolaño.

Con el dinero que recibió por este último servicio, había levantado una empresa funeraria cerca del barrio de la Boca, donde tenía algunos contactos; luego, con las ganancias obtenidas, decidió ampliar su negocio a otros barrios de la capital. Esta que hacía era una visita rutinaria y ni siquiera se fijó en nosotros; nos preguntó si éramos españoles, comentó que conocía Barcelona y dejó que su empleado se ocupara del asunto por el que veníamos, sentándose, mientras tanto, en la mesa y revisando algunos papeles.

            Volvió a saber de nosotros cuando recibió una queja –más bien, era una petición de explicaciones- por parte de la aseguradora española con la que mantenían un convenio que les reportaba pingües beneficios. Su encargado le había comentado problemas en esta aseguradora –no eran nuevos en los últimos años: trabajaban con becarios que tenían sueldos miserables y los recortes, como era de suponer, incidían en la calidad del servicio-, pero le sorprendió saber que parte de esas quejas también les afectaba a ellos. Leyó el documento.

Nosotros asegurábamos que el cadáver no había sido embalsamado adecuadamente. Respondió de inmediato con una sarta de argumentos seudocientíficos y tópicos enrevesados que se sabía al dedillo. Nadie le replicaría; las pruebas a estas alturas se habrían borrado. Estuvo en lo cierto; no presentamos más quejas. Sin embargo, Abel Romero sabía que tal fraude sí existió. Era habitual. Para conservar los cadáveres solían utilizar un líquido especial, pero como era caro, casi siempre reducían la cantidad. Prometían al cliente que el cuerpo se conservaría meses; por supuesto, en condiciones como las de aquel diciembre bonaerense –temperaturas que superaban los treinta o cuarenta grados- a los siete días el cuerpo empezaría a descomponerse, pero nadie era enterrado con tanto retraso. En este caso, ocurrió.

            Abel Romero era un hombre serio. Despidió al encargado. Por incompetencia. Por no saber distinguir entre un cliente al que engañar y otro que merecía más atención y que desconfiaría, si hacían lo de siempre. No pensó en cambiar la norma de la empresa –seguirían utilizando menos líquido del necesario; en eso no transigiría. Los tiempos no estaban para derroches y, además, todo el mundo lo hacía-; pero necesitaba a alguien que supiera adelantarse a los problemas o, al menos, que le consultara a él, en caso de duda. Colocó a su nieto, que acababa de salir de la universidad, en el puesto y, a continuación, preparó las maletas. Ese fin de semana tenía que asistir al Congreso de Funerarias que se celebraba en Montevideo.


            Abel era un kirchnerista convencido: de ella, no de él. Siempre pensó que Cristina era más inteligente que su marido y la apoyó en todos las aventuras políticas que emprendió, proporcionando dinero a sus campañas. La llegada de Macri coincidió con el principio de su jubilación; así que, Abel, un hombre pragmático como pocos, se retiró, dejando a su hija la responsabilidad de un inmenso imperio funerario.

            Como la Kirchner volvió a la política, Abel volvió a apoyarla, aunque en este caso, lo hizo más moviendo hilos entre las bambalinas del poder, desprestigiando a sus rivales, sacando a la luz los negocios oscuros del partido de Macri.

            Decidió escribir una biografía en la que revelaba sus secretos, incluso hasta los más turbios, proporcionando nombres y apellidos de personajes influyentes que, en otro tiempo, habían sido sus clientes. Se decía que entre ellos había presidentes, ministros y funcionarios de la judicatura de varios países de Latinoamérica y alguno europeo. Insinuaba en esa biografía que gran parte de las ganancias de sus últimos años las había adquirido teniéndolos bajo cuerda. Bastaba con una ligera amenaza de que saldrían a la luz papeles comprometedores y en unos días conseguía una contrata donde otros necesitaban meses.

            A su muerte, se publicó una edición espurgada, corregida. Sus hijos recibieron presiones y decidieron sacar a la luz sólo aquello que no les hubiera costado pérdidas millonarias en los juzgados o que pudieran afectar a su salud personal. Aún así, en internet se filtró la versión original, muy leída y comentada en las redes.

            Fue un tipo peculiar hasta en su muerte. Cuando enfermó de cáncer y le confirmaron que no viviría más de un par de meses, cerró todos sus asuntos, se despidió de su familia –con una cena opípara, vino y un postre exquisito bañado en dulce de leche-, se encerró en el baño, disfrutó de un mate, y, mientras leía un opúsculo de Séneca, se cortó las venas. Fue una muerte dulce…


            A principios de este siglo en un pueblo de la Pampa una empresa petrolífera –o eso decía ser- comenzó unas prospecciones. Decían que estaba detrás un chavo de Buenos Aires o de Montevideo; hay división de opiniones sobre este particular. Muchos creían que lo que buscaba en realidad era “el tesoro”. A los cuatro meses la empresa se evaporó…

            Hay quienes piensan que encontró los lingotes y que con ese dinero se construyeron hospitales públicos, centros sociales y se dieron miles de becas durante los gobiernos de los Kirchner en Argentina y de José Mújica en Uruguay. Se dice… Tal vez sólo sea eso: otra leyenda.

           

           

           

           
           

















VÍCTIMAS


FRIEDL-DICKER BRANDELS
Viena, 1898-Auschwitz-Birkenau, 1944

Me hubiera gustado conocer a la Sra. Brandels. Dicen que, cuando llegó a Auschwitz, se negó a marcharse con los “útiles”, aunque tuvo oportunidad, y no quiso separarse de los niños a los que había dedicado los últimos años de su vida. Ni siquiera entró en el campo; la enviaron directamente a las cámaras de gas. ¿La conocí en el tren, o al salir, entre las vías? No puedo asegurarlo; éramos miles de personas. ¡Quién sabe! Sí conocí a Hélène Berr en la “marcha de la muerte”. Nos dimos calor mutuamente. O tal vez me confunda. Los muertos tenemos ese privilegio; podemos mentir, si queremos.

            Si yo hubiera sobrevivido, hubiera escrito sobre sus vidas, sobre la mía. Cuando entré en el campo de concentración tenía muchos sueños: ser periodista, conocer América. Sí, sin duda, hubiera escrito muchos libros y los hubiera publicado.

            Entonces el destino de mi padre hubiera sido muy diferente. Nunca hubiera dedicado su vida a reivindicar mi memoria. Yo lo hubiera hecho por mí misma. No fue posible.

            Ahora sólo soy un personaje más en manos de un escritor; soy un fantasma. Un personaje que necesita contar en primera persona lo que vivió, porque sólo yo misma puedo narrar lo que vi en esos últimos meses de mi vida. Y, al mismo tiempo, contar la vida de Friedl-Dicker Brandels, una compañera de cautiverio, con la que quizá me hubiera cruzado en alguna ocasión, al venir del campo de trabajo, si no la hubieran enviado, nada más llegar, a las cámaras de gas, o narrar las vivencias que no pudo escribir en su diario Hélène Berr, de ese duro invierno de 1944, que fue el último para las tres.


            Friedl-Dicker Brandels nació en Viena a finales del XIX en el seno de una familia humilde. Hija de Simon Dicker y Karolina Fanta. Su madre murió cuando Friedl sólo tenía cuatro años de edad. No puedo imaginar lo que supuso para ella la temprana pérdida de su madre. Es un vacío y hueco que nunca pudo llenar, sólo tal vez en sus últimos años dedicándose, como lo hizo, apasionadamente, a cientos de niños, como maestra en Terezín.

Su infancia sería como la de mis padres –la que años después recordarían con nostalgia, en sus obras o películas, hombres a los que no conocí: Max Ophuls o Stefan Zweig-, pero ella fue una mujer independiente desde muy joven. Y en esos tiempos, como en todos, pero mucho más en aquellos, una mujer no puede serlo, si no tiene una familia o, al menos, un padre o una madre o un familiar cercano, que desde sus primeros años le haga tomar conciencia de su valía. Sé lo que digo; yo la tuve. Hélène Berr, también. Fuimos afortunadas.

El padre de Friedl trabajaba en una papelería. Al volver de la escuela pública imagino a Friedl, aburrida, esas largas tardes de inviernos. Y el padre la entretendría sacando lapiceros, pinceles, acuarelas. Los tenía a mano. Sería en esa tienda donde Friedl comenzaría a desarrollar un talento natural para la pintura. En septiembre de 1914, poco después de que estallara la primera guerra mundial, convence a su padre para que le inscriba en un curso de fotografía en el Instituto de Investigación de Artes Gráficas de Viena. Tuvo su apoyo, el primer empujón.

Mientras estudiaba, la gran guerra siguió su curso. Aprovechaba su tiempo libre para colaborar junto a algunos compañeros en un teatro callejero de marionetas –escribía obras, hacía los decorados y el vestuario-, con el que ganó un poco de dinero. El siguiente paso fue apuntarse en el departamento de textil de la escuela de Artes y Oficios. En 1914 conoció al que sería su primer maestro: Franz Cizek. El que se fomentara la creatividad libre en ese lugar dejó una huella profunda en lo que serían más tarde sus propios métodos de enseñanza. En el 1916 ingresó en la escuela privada de Johannes Itten. Aquí creó vínculos afectivos con Anny Wottitz, el arquitecto Franz Singer y los músicos Viktor Ulmann y Stefan Wolpe. En el 1919 no dudó, junto a casi todos sus amigos, en acompañar a Itten a la escuela de la Bauhaus en Weimar, donde sería estudiante y profesora.

Allí se dedicó al diseño textil, encuadernación y tipografía –sin olvidar su gusto por las marionetas- y mantuvo relaciones profesionales con Gropius, Schlemmer y Paul Klee. Hubo una relación extramatrimonial con Franz Singer. Quedó embarazada un par de veces, pero en ningún caso tuvo hijos, ya que él le pidió siempre que abortara. La muerte del hijo que Franz tuvo con su mujer, Emmy Heim, los separó como pareja, aunque no rompieron completamente una relación profesional que mantendrían durante muchos años.

En 1925 Friedl regresó a Viena. Junto a Singer crearon un estudio de arquitectura y diseño que consiguió muchos premios y contratos: encuadernaciones, decorados y vestuario de obras teatrales, creación de juguetes infantiles, mobiliario, diseño de interiores. Desde el 31 –separada ya profesionalmente de Singer- comenzó a abrirse en la mente de Friedl un nuevo interés, tras llevar a cabo un curso para profesores de preescolar: el de la enseñanza.

Siguiendo la metodología de sus maestros, investigó la manera de desarrollar la creatividad de los niños en el campo que ella dominaba: la creación artística. Al mismo tiempo, se implicó en el partido comunista, asistiendo a manifestaciones, condenando los actos de barbarie que se cometían en Alemania, denunciando al régimen nazi. Un año después de que Hitler llegara al poder, en 1934, fue detenida y expulsada a Praga por este motivo.

Allí retomó la relación con su tía materna, la hermana de su madre, Adela Fanta Brandeis. Tenía tres hijos. Friedl se enamoró del menor, Pavel, un contable. Un amor que decidiría su destino. Se casaron en 1936.

Siguió ocupándose del diseño textil y dedicó parte de su tiempo a la pintura, más figurativa que constructivista durante esta época. Combinó en estos años de preguerra, por una parte, el trabajo educativo con cientos de niños y, por otro lado, su participación activa en la vida política de Praga, colaborando en todas las actividades posibles contra un fascismo en alza.

En 1938 la entrada de las tropas alemanas en Checoslovaquia obligó a su marido y a ella a retirarse discretamente a la población de Hronov. Pudo haberse ido a Palestina –una amiga había conseguido un visado para ella-, pero no quiso abandonar a su marido. Consiguió algún premio como diseñadora en 1938 y expuso en Londres en 1940, a pesar de las limitaciones que la guerra imponía.

En 1941 comenzaron las deportaciones. La familia de su marido acabó en campos de concentración; no sobrevivirían. Friedl dejó de pintar y gran parte de sus obras se perdieron o fueron destruidas. En 1942 les tocó el turno a ellos. En diciembre llegaron al campo de Terezín. Comparado con otros, Terezín era un lugar amable. La propaganda nazi lo utilizó para demostrar a la opinión pública internacional que trataba con dignidad a sus presos. Friedl y otros artistas lo aprovecharon para convertirlo, al principio, de manera clandestina, y luego, con el beneplácito de sus captores, en un centro educativo para los cientos de niños, separados de sus familias y hogares.

Friedl les enseñó a pintar, a reflejar sus experiencias con total libertad, les hizo participar en el vestuario y decoración de obras de teatro que preparaban conjuntamente, concibió exposiciones para que tomaran conciencia de sus cualidades creativas. Incluso llegó a decorar las habitaciones de los niños para que se sintieran como en casa. Se han conservado más de cinco mil dibujos de unos seiscientos sesenta niños. Podrían haberse perdido, pero afortunadamente, como ocurrió con mi diario o el de Hélène, no sucedió. Muy pocos de esos niños –unos cincuenta- sobrevivieron al Holocausto.

En septiembre del 44 su marido fue deportado a Auschwitz. A la primera oportunidad que Brenda tuvo, a primeros de octubre, de manera voluntaria, se apuntó en la lista del siguiente transporte. Quería estar con él. Antes de marcharse guardó en dos maletas todos los dibujos que había logrado recuperar y se las entregó a Raja, una de las encargadas, para que se las hiciera llegar a Hana Brady. Acabarían en manos de una asociación judía y, en la actualidad, una parte de esos dibujos pueden verse en la sinagoga Pinkas.

Junto a otros sesenta niños fue trasladada el día 6 de octubre en el transporte EO-167 hacia Birkenau. Llegaron seguramente entre el 8 o el 9 de octubre, a última hora de la noche o al amanecer. Murió unas horas después en las cámaras de gas…


Esa mañana, lo recuerdo, caminé hacia el campo de trabajo con un nuevo calzado. Me lo había conseguido mi madre la tarde anterior; lo había intercambiado por dos raciones de pan. El viejo estaba tan desgastado, que ya no tenía ni suela. El que ahora llevaba había pertenecido a un chico joven al que habían reventado de una paliza dos guardias de las SS.

Al volver nos pusieron en fila de tres. No nos tuvieron mucho tiempo: sólo una hora. Es posible que alguno de ellos quisiera celebrar su cumpleaños o tuvieron prisa por acostarse con las judías ucranianas que usaban como prostitutas. Ni Margot ni yo nos sentimos bien esta tarde; tendremos que ir a la enfermería. Si no fuera por mamá, me daría igual, pero se preocupará por nosotras. ¡Pobre!

Nos encontramos a los “nuevos” en el pabellón. Algunos de ellos conocían personalmente a Friedl. Este, que voy a contar, fue su final: no es muy diferente a otros miles. La obligaron a desnudarse; les dijeron, como a todos, que iban a ducharse. ¿Sabría lo que le esperaba? No creo. Y si lo intuyó por el trato vejatorio que recibían, engañaría a los niños. El gas Cyclon comenzó a salir de entre los orificios de ventilación. Cientos de personas se aplastaban. Eran cuerpos desnudos que intentaban sobrevivir. En unos minutos, el silencio. Cuando encontraron su cadáver, Friedl-Dicker Brandels apretaba contra sí a dos de “sus niñas”…

Invierno de 1944-45.

            Los bombardeos han inutilizado las vías del tren. Nos hicieron bajar y casi todo el camino –tres días y tres noches- lo hemos hecho a pie. Recorremos regiones arrasadas. Marchamos, casi descalzas, entre la nieve y el fango, ateridas de frío. Miles de personas han muerto por el camino. He visto cadáveres, tendidos, boca abajo o boca arriba. Parecían muñecos, carne descompuesta, ojos abiertos, bocas crispadas. He visto a moribundos que no volvían a levantarse, agotados. No tenemos casi nada; un poco de ropa, alguna manta. Los pies nos queman.

            Por las noches, en las escasas horas en las que nos dejan descansar, nos protegemos del frío con las ramas que encontramos a unos pasos o nos calentamos con nuestros cuerpos, pegados los unos a los otros. Una muchacha de veintitantos años -Hélène se llama, es parisina- ha dormido junto a Margot y yo. Nos hemos dado calor. No nos quedan fuerzas. He sabido, en lo poco que he hablado con ella, que le gusta escribir; a mí, también. Me pregunto si sobreviviremos. Si ella volverá a ver a su novio, Jean, y yo, a mis padres. Heridas en los pies que no supuran; no he podido dormir.

            Nos ordenan, antes de que amanezca, que nos pongamos de nuevo en pie. Quien no se levanta es abandonado. Otros han muerto, mientras dormían, como la mujer mayor, que estaba tumbada, a mi izquierda. Ni siquiera me he dado cuenta de que había dejado de respirar. Aún está caliente. Es una buena forma de morir la suya: mientras duermes. Tengo tiempo de cogerle los guantes, antes de que un soldado me golpeé con la punta de su fusil. Otro, a unos metros, ha disparado a bocajarro a un hombre que ya no podía levantarse. Después del disparo, sólo se escucha el sonido de nuestras pisadas en la nieve...


¿Dónde estoy? ¿Y mi madre? Camastros, suciedad. Dormimos sobre paja. Los piojos nos devoran. Un barracón provisional de tiendas. Los cadáveres se amontonan a la entrada, en el suelo, en los pasillos…

No es el mismo lugar; no es Polonia. Margot y yo estamos solas. Mamá ya no está con nosotras. Papá. ¿Dónde estará papá? ¿Se habrá salvado? ¿Estará vivo?  No quiero engañarme. Ambos están muertos; sólo estamos vivos Margot y yo.

Margot se ha derrumbado; se encuentra muy enferma; no se ha levantado de la litera desde que llegó al campo. Yo también he enfermado. No nos han dado de comer desde hace días. El agua escasea. Hambre, sed, frío. Estamos desnudas. Sólo tengo una manta que me cubre. Tiemblo. Discuto con Margot.

-Tienes que comer, levántate, no te rindas.

Margot no me escucha, refunfuña, gira el cuerpo, me da la espalda, se queda en silencio.

Ayer rompí a llorar.

Me dijeron que una vieja amiga, Hannah, estaba en el campo, al otro lado, en el campamento permanente. Cogí la manta que aún me queda, llena de piojos y garrapatas, y fui para allá. Hablamos; tuvo que notar que me estoy muriendo. Me trajo un poco de comida; me la lanzó desde el otro lado de la valla y, cuando estaba en el suelo e iba a recogerla, una mujer, más delgada incluso que yo, me la quito de las manos. Echó a correr; no tenía fuerzas para perseguirla. Me puse a llorar, me sentía tan impotente. Hannah desde el otro lado, intentó consolarme; me prometió mañana más comida.

Nos dicen que los aliados están cerca, pero no creo que lleguen a tiempo. No para nosotras… Hélène, la chica que conocimos en esa marcha de la muerte, también ha enfermado. Quejidos, el maullido de un gato. Ladridos de perros. Disparos. Ya no hay humo; aquí no hay cámaras de gas. Nos han abandonado; moriremos lentamente, despacio. La vida de Hélène, la de Margot se evaporan; la mía, también…

Me muero. Todos, mi hermana, mi madre, mi padre han muerto. Me muero. Estoy sola. Delgada, con piojos, fiebre: tifus. El mal olor de mi cuerpo; ya no lo noto. No noto la orina, ni las defecaciones, ni la sangre, ni los vómitos. Ni el sudor, ni el crujir de los huesos, ni la carne que se me pudre.

Estoy en un camastro. Veo al otro lado de la ventana cómo amontonan los cadáveres y los queman. Pronto yo también estaré allí. Mi cuerpo estará allí. Tengo fiebre. Estoy quemándome, pido agua. Una mujer desconocida me seca el sudor de la frente. No sé quién es. Es mi madre; me cuida. La llamo: mamá. ¿Llora?
 
Cierro los ojos; sueño que estoy jugando cerca de un riachuelo, que vamos, un domingo de primavera, mi padre, mi hermana, mi madre al bosque y recogemos setas; nos tendemos junto al río y saboreamos la comida que mamá preparó la noche anterior. Mamá cocina muy bien. Es pollo con confituras; huele deliciosamente. Lo pruebo. Parece como si estuviera recién hecho. Saboreo el tomate, la lechuga del huerto de nuestros vecinos, las patatas cocidas, el pastel de manzana…

El estómago lleno. ¡Qué bien se está junto al río! Una suave brisa, la caricia del sol. Sentados en la hierba, reímos…

Estoy soñando mi propia muerte.

La luz ha cambiado; una nube acaba de cubrir el sol. Cierro los ojos; imagino que estoy fuera, en un parque. Se ha levantado una ligera brisa.

Si sobrevivimos, me gustaría visitar los parques de atracciones en todos los países a los que vaya. La alegría debe ser diferente. Dependerá de las personas o los lugares; la alegría donde se ha sufrido y donde no se ha sufrido, la felicidad de quien ha sufrido tanto y de quien no lo ha hecho…

Hace calor en la celda. El sol calienta, quema a mediodía. Un niño llora en la plaza del parque.

¿Tendré hijos algún día? ¿Saldré con un chico? ¿Me invitará al cine? ¿Qué podríamos ver? ¿Una de Ginger Rogers? ¿Cuál será la última que habrá hecho? ¿Y Greta Garbo? ¿Volverá al cine o lo ha dejado para siempre? Echaré de menos las revistas de cine…

Estamos en Nueva York. Paseo con un chico por el Central Park. ¡Está tan bonito en otoño! Me invitará a un helado o, mejor, me invitará a cenar. Una cena en un restaurante de lujo, porque el chico pertenece a una familia de la alta sociedad. Está muy guapo con su traje negro. Mi vestido es largo, amplio, brilla a la luz de las velas. Me ha dicho que estoy muy guapa; yo me he ruborizado. Hablamos de nuestras vidas. Le cuento que me han contratado en el Times. Soy periodista. He escrito varios libros. Me escucha con atención, me ruborizo. Le pregunto cómo ha sido su vida. Me dice que está harto de esas chicas superficiales y egoístas. Le gusta la tristeza de mis ojos.

Paseamos. Me lleva a casa, a unos pasos del Central Park, en Manhattan. En el portal nos detenemos. Quiero que me bese. ¿Lo hará? Le miro a los ojos, me aparta un mechón de pelo. Se acerca. Me va a besar. Sí, lo hace. Besa bien…

No quiero abrir los ojos…

Los abro…

Estoy delante de una cámara fotográfica de fuelle, la que tenía mi padre antes de la guerra. ¿Cuándo me hicieron una fotografía estando libre, sin miedo a que nos detuvieran? Fue hace tanto tiempo. Antes de que llegáramos a Bergen Belsen o estuviéramos en Auschwitz. Antes de que nos encerráramos en la casa de al lado. Sí, he vuelto a ese momento.

Es domingo. Estamos todos de punta en blanco. A papá se le ve muy elegante y mamá está muy guapa. Margot tiene esa belleza tan serena que no ha podido conservar. Yo soy una niña todavía. Hay baile en la plaza del barrio. Mamá nos dice que podemos comprar caramelos. Tenemos de muchos tipos: de menta, de fresa, de limón.

La música suena; las parejas bailan. ¡Qué guapa está Tania!

-¡Qué vestido tan feo lleva Sara! ¡Qué creída es Sara! ¡Qué mal ha tratado a la pobre Tania! ¿Nos dejas subir al tiovivo, mamá?

El tiovivo parece un tobogán. Subimos y bajamos. Reímos y gritamos. Nos bajamos.

-¿Nos hacemos una fotografía?

El hombre nos coloca. Papá y mamá detrás, cogidos de la mano. Nosotras, delante. Papá está muy elegante y mamá, muy guapa. Margot tiene esa belleza tan serena…Yo soy una niña todavía…


8 de agosto de 1944. Ámsterdam.

…Entramos en el vagón; nos pusimos en la parte más cercana a la salida. Me senté junto a la ventanilla; fuera, hacía calor… Cuando quise abrirla, no pude. Papá pidió permiso con un gesto al guardia que teníamos asignado; este se lo concedió. Entonces, mi padre se levantó y consiguió forzar el cierre.

El tren se alejaba de Ámsterdam, de las gaviotas, del mar. Aunque parecía una excursión, todos sabíamos que seguramente nos esperaba la muerte… Estábamos en silencio. Sin embargo, en ese momento yo disfrutaba del paisaje, observaba todo lo que me rodeaba con una sonrisa.

Los campos de trigo aún no se habían secado... Respiraba el aire fresco, disfrutaba del cosquilleo del sol en la cara. Una ligera brisa agitaba mi pelo y el cielo, sin nubes, era azul...