miércoles, 10 de enero de 2018

MUJERES SUPERVIVIENTES


Me encuentro ante los testimonios de tres mujeres. Podría mencionar también la Suite francesa de Iréne Némirovsky, pero, en este caso, es un obra literaria, una creación de ficción, aunque tenga un importante valor documental; así que entraría, por tanto, en una categoría distinta.

¿Qué tienen en común estas tres obras redescubiertas, al igual que la de Némirovsky, a principios de este siglo, más de cincuenta años después de que fueran escritas: el diario de Hèlene Berr, la odisea de Françoise Frenkel y las anotaciones de una mujer alemana en el Berlín arrasado y ocupado por los rusos?

En primer lugar, es una visión femenina. Son mujeres quienes hablan y encuentran en el diario el formato adecuado para expresar lo que ven a su alrededor. Eso les proporciona una gran libertad. No están obligadas a contentar a nadie ni ocultan nada. Son, además, una voz diferente. Nos cuentan el día a día, la vida cotidiana.

Las tres tienen una gran capacidad de observación y no se contentan con unas pocas anécdotas y una mirada de soslayo; saben ver más allá, reflexionan, se preguntan sobre su propia condición y la de la sociedad en la que viven, la que surgirá después del horror. Son pesimistas -es inevitable- y, aún así, se agarran a la vida con todas sus fuerzas.

El muestrario de personajes que nos presentan las tres es muy variado. Los seres humanos, en circunstancias límite, podemos ser solidarios, y también egoístas. Unos colaboran con el mal por ignorancia; otros, para justificarse. La mayoría miran a otro lado para salvar el pellejo. Las tres tratan con gente así. En realidad, no hay héroes; sólo supervivientes. No es una visión luminosa, sino oscura.

Hèlene nos recuerda a Anna Frank. Murió como ella, en Bergen Belsen, poco antes de que llegaran los rusos. El testimonio de Hèlene sólo se publicó a principios de este siglo. Anna Frank aún es una adolescente que sueña. Hèlene, más madura, con más años, intuye que no volverá a ver a su prometido y le deja una especie de testamento que él leerá, cuando desembarque con los aliados. Y es con esas palabras, gracias a ellas, por las que ha sobrevivido. Quizá de las tres es quien tiene más talento literario, más profundidad emocional, más fuerza en las ideas que expone. Hèlene es capaz de escribir una página en la que describe con ternura y placer una tarde de primavera, a las afueras de París, un pequeño atisbo de esperanza, y, reflexiona, un poco más adelante, sobre la hipocresía de una sociedad enferma que mira a otro lado. Un buen ejemplo es cuando cuenta que una mujer mayor, buena persona -¿quién no lo era?- justifica la entrega de judíos y su transporte a campos de concentración con esa frase tan conocida y tan repetida antes, ahora y siempre: "algo habrán hecho", hasta que ve, con sus propios ojos, cómo se han llevado también a una mujer y a su niño recién nacido. Y no lo entiende. Y dice por primera vez: "Eso es injusto". Hélene no puede evitar pensar para sí misma, irónica, dolida: "¿Y antes no lo era?". 

Françoise Frenkel, también judía, no tiene tanto talento, pero sabe, con muy poco, describir a las personas que encuentra en su viaje de salvación desde París hasta Suiza. Sólo necesita dos frases, un párrafo para definir una personalidad. El carácter se demuestra con los hechos. Hay quien se arriesga por salvarla; y hay quien se aprovecha de su situación. Y quienes la traicionan o delatan. En la frontera suiza, en su primer intento fallido, Françoise Frenkel transcribe una conversación que tienen los funcionarios franceses; hablan con el grupo de judíos retenidos, a los que entregarán sin miramientos en unas horas. "Al fin y al cabo, sólo tendréis que trabajar... nos complicáis la vida... ya tenemos bastante con lo nuestro... sólo pensáis en vosotros...". Buenos funcionarios que seguirían cumpliendo las ordenes, cuando lleguen los aliados y que no sentirán ningún remordimiento. Justificarse siempre será muy fácil. Lo hacemos continuamente...

Quizá el testimonio más brutal es el de la mujer anónima que escribió "Una mujer en Berlín". Tiene una gran virtud; es despiadada con lo que ve. Los hombres alemanes son impotentes; le parecen muñecos ridículos, tiernos. "Nos merecemos lo que tenemos", se dicen las mujeres entre ellas. La autora se asombra del engranaje perfecto que crearon los nazis en los campos de concentración, el que empieza a a conocer por la radio, "tan metódico...". Hay gestos de solidaridad y egoísmo que ella observa, -¡cómo no!- en la calle, en el vecindario, en las casas. Se entierra a los muertos donde se puede. El olor de un cadáver en descomposición no es dulzón, sino "un puñetazo". Sí, sin duda, lo es. Lo sé por experiencia. Ese olor, el del cuerpo de mi madre descomponiéndose, nunca lo olvidaré. Yo diría, aún más, que es una patada en el estómago. No hay otra forma de describirlo...

A los rusos los dibuja, -no a todos- como unos salvajes, aunque luego tenga hacia ellos sentimientos encontrados. Descubre que, en el fondo, más allá del primer sentimiento de venganza, -ellas sólo han sido el chivo expiatorio de los crímenes que antes cometieron "sus soldados"-, son sólo hombres, como los demás, o niños, tan torpes y manejables como lo son todos. Mantiene la frialdad cuando describe las violaciones que sufre. No se avergüenza al decir que se siente como una prostituta; no tiene más remedio para seguir adelante. Sorprenden las conversaciones entre las mujeres, la complicidad entre ellas, cuando hablan de las violaciones, los chistes para compartir ese dolor. "En cuanto empezamos a hablar nos preguntamos: -¿Cuántas veces te han violado? -Sólo una. ¿Y a ti? -Yo he perdido la cuenta... El humor no impide que tenga algún tic obsesivo, después de ser violada por un ruso... "me gustaría frotar muy fuerte mi piel con jabón ... quizá así me sentiría mejor". O tras su primer violación doble confiesa a sus vecinos. "Estoy viva, ¿no? Todo pasa...". 

El hambre es su primera preocupación. Y la primera regla es seguir viva. El novio, que vuelve del frente, cuando la situación se está normalizando, no la entiende. "Todas habéis perdido la vergüenza". Sí, con la vergûenza no se come. Se siente helada, cuando él le abraza por primera vez, tras mucho tiempo.

Hay quien se suicida; hay quien se hunde en la depresión. Ella, no. Se sube al primer tren y al primer tranvía, al mes de terminar la guerra. Y lo disfruta. Se echa en la terraza y siente en su piel el calor del sol.

"Yo sólo sé que quiero sobrevivir...".

Y lo hizo. No hay nada más que añadir...


domingo, 7 de enero de 2018

RECUERDOS


No sé cuál fue la palabra que me impulsó a llevarme este libro de la biblioteca. ¿Sería "Miguel Hernández" o "viuda". No, no lo creo. Entonces, sería "Recuerdos". Hasta es posible que lo que me atrajera del libro fuera, más bien, esta fotografía de estudio que aparece en la portada...


Me recordaba a otras que tengo en los álbumes de mi tía-abuela Regina o de mi abuelo, hechas seguramente en la misma época, en los años treinta o cuarenta del siglo pasado.

Por supuesto, uno espera que le hablen de Miguel Hernández y sí, aparece él también, pero el que conoció Josefina, su esposa. ¿Fue el único Miguel Hernández que existió? No, claro. Ella no trató tanto con el intelectual, ni con el que viajaba a Rusia o participaba en los homenajes o lecturas en Madrid o Barcelona, pero sí conoció al Miguel Hernández más cercano, el que se moría, en una enfermería de la cárcel de Alicante, echando de menos a su hijo, o con los pies negros, heraldo de la muerte; el que caminaba o iba en bici o volvía a casa, después de sus viajes por España, durante la guerra civil, con una sonrisa en los labios; el que no podía alejarse de su Orihuela natal. Y en este libro, esta mujer, sobre todo, habla de su tierra y de su gente, que era la suya, la de ambos.

No es una intelectual ni una mujer cultivada ni tiene un estilo literario inolvidable y personal. No lo pretende. En realidad, es una sucesión de anécdotas y recuerdos deslavazados, sin una idea que los aglutine, pero esa es quizá su virtud. No hace juicios de valor ni busca moralejas o aprendizajes que nos hagan mejores, a ella o a nosotros, sus lectores. Sólo nos ofrece su testimonio: el de una mujer corriente. Y el de una época en la que la gente moría por enfermedades de las que hoy sólo conocemos el nombre, o en la que todas las familias enterraban a uno, dos o tres recién nacidos que no llegaban al año. Podría haberlo escrito mi abuela o cualquiera de mis tías-abuelas. ¿No perdieron también mis bisabuelos a tres niños de los que sólo quedan sus nombres y nada más, en un documento parroquial? ¿Rosa, otra de mis tías-abuelas, o mi propia abuela no perdieron también a algunos de sus hijos, como le ocurrió a Josefina?

Josefina nos habla de sus vecinos, sobre todo los de Cox, la pobreza del día a día -cómo se quitaban los piojos, sentados en una silla, o cómo conseguían el agua, buscándola en pozos-, los rumores en los mentideros -por ejemplo, la historia de la hermana de unos curas que se casó con un tipo más joven que ella y que, al cabo del tiempo, la dejó sin el dinero de la herencia que le correspondía y, aunque sus hermanos después no querían saber nada de esta mujer, sin embargo, la otra hermana la daba de comer, sin que estos tuvieran conocimiento-, las costumbres, la vestimenta, las tradiciones, las rencillas personales, los juegos, los juguetes de los niños, las familias del pueblo y sus vicisitudes...

Pero, sobre todo, es el testimonio de una mujer sencilla. No oculta sus defectos; se la nota rencorosa con aquellos que la utilizaron o la engañaron para hacer ediciones espurias o dijeron falsedades o mencionaron datos falsos de la vida de Miguel, sin contrastar esa información con ella. Dice sus nombres y apellidos. Y lo hace a propósito. No oculta que algunos de ellos se atrevieron a llamarla analfabeta. Y no puede evitar decirlo también. También es justa con aquellos que no abandonaron al poeta o que la trataron con respeto. Sobre todo, con Vicente Aleixandre.

Aparece su timidez y su tozudez. Su pesimismo y simplicidad. Es sincera e ingenua, resentida y desconfiada. Es orgullosa -se niega a pedir favores; no va en su carácter-. Preocupada por el qué dirán. En todos estos rasgos o en casi todos, se nota que fue muy diferente a su marido, al poeta. Y ella es consciente.

Cuenta que en una ocasión se avergonzó de Miguel, porque acababa de comprarse un par de alpargatas, un calzado de labriego, por entonces, y no lo ocultaba; incluso los llevaba atados a la espalda para que todo el mundo lo viera, -ser sirvienta, por ejemplo, según cuenta, también era un desdoro; trabajó, años después, para sobrevivir, cosiendo vestidos para una tienda y sus propietarias decían que los vestidos venían de la capital o de París, aunque era ella quien los hacía; así que tenía que ocultarse y esconderse, mientras los cosía-.

Volvamos a la anécdota con Miguel. Josefina, enfadada, se niega a pasear con él, se separan y, al final, van a casa de su madre, cada uno por su lado. Ella llega antes y, cuando ve que Miguel se está acercando a la casa, el poeta se cruza con un amigo y se entretiene un rato con él. Los dos hombres bromean y ríen. Miguel parece haberse olvidado de la rencilla. No hay ningún comentario por parte de Josefina; pasa sin solución de continuidad a otra anécdota, aunque uno imagina que ella piensa: "Yo era así y él era así. Ya está". En realidad, estos detalles la hacen más humana.

Sueña con él. Y lo abraza en sueños. Y escucha su risa. Y vislumbra a Miguel, escribiendo a máquina. Y se le acerca por detrás. Y ríen juntos. Y le gustaría no despertarse.

Creyendo morir, veinte años antes de que ocurriera, se tumba en la cama, con los brazos en cruz, sobre el pecho, para facilitarle el trabajo al enterrador. Una noche en la que su hijo se había ido a Madrid, se despierta de una pesadilla y mira debajo de la cama; tiene miedo de que se la lleven. Nos cuenta la primera vez que cocinó para su marido, preocupada porque no le saliera bien el guiso que preparaba, o describe la casa donde vivió con el suelo de tierra, sin agua, electricidad, o la muerte de una cabrita a la que cuidó, aplastada por unos niños, unos salvajes, que, en cambio, cuando sean mayores, irán todos juntos, cada año, al cementerio y llevarán flores a la tumba de su madre; detesta los toros con un comentario que hoy podría ser considerado incitación al odio "si le pasa algo al torero, se lo ha buscado, por hacer daño a un pobre animal" o cómo le contaron a Josefina el asesinato de su padre a manos de unos milicianos anarquistas, narrado, tanto una anécdota como la otra, con la misma sencillez, sin detalles superfluos.

A veces tenía la sensación que Críspula -a la que tanto se parece Josefina- o Regina o Riánsares o Rosa, cualquiera de mis tías-abuelas, me estaba contando estos recuerdos.

Hay un momento en que Josefina habla de la educación de sus padres; que en la mesa no se podía chistar y que el padre era respetado y te pegaba sin miramientos. O cuando su padre le enseña a leer y a sumar y a restar. Estoy viendo a Regina, cuando una tarde de invierno, me lo contó, con esas mismas palabras, casi...

Es el testimonio de una mujer sencilla. Y de una época. Parece lejana, pero quizá no lo estemos tanto...



domingo, 17 de diciembre de 2017

DOS SÁBADOS


Sábado 9 de diciembre 2017:

En realidad, nunca estuviste aquí. 



Un hombre atormentado, un asesino a sueldo, cuando llega a su casa acuesta a su anciana madre y la arropa.
¿Salvando a una niña, se salvará a sí mismo?

En la playa sola de noche.



Una mujer sueña y recuerda la pérdida de un amor. No acepta el final, se rebela. Sigue soñando, tumbada en una playa...

Domingo, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes... :

Conexiones invisibles. Coincidencias. Palabras por decir.
Escribo, aprendo catalán, viajo a Copenhage, leo en latín, recuerdo algunos sueños, al despertarme; punzadas en el corazón, se acerca el invierno. El 25 de diciembre será el tercer aniversario sin ella...

Sábado 16 de diciembre 2017:

Alanis.


Una prostituta se ha quedado sin casa, sin techo. Tiene que buscar un sitio para vivir con su hijo de año y medio. No hay otra opción para ella que encontrar un entorno seguro en el que ejercer la única profesión que conoce.

La vida y nada más. 


Un joven adolescente rebelde y sin referencias puede acabar como su padre, en la cárcel. Una madre luchadora, fuerte. Un padre ausente, si no es por unas cartas que su hijo recibe de vez en cuando. Eres como tu padre, le dice la madre, en medio de una discusión. Acabarás como él. Sí, esas palabras me suenan, me son familiares...

¿Puede resumirse en dos o tres frases una película? No lo creo. Y mucho menos, estas cuatro, que nos dejan un poso, una estela invisible. Horas, días después recordamos una imagen, un diálogo, una idea en la que no nos habíamos fijado, cuando las vimos. Se han quedado muy cerca, con nosotros...

No puede haber otros finales. Lo entiendes, cuando la película se acaba. Son finales abiertos. Sólo hemos visto un trozo de la vida de estos personajes. El final, casi siempre, es el principio de otra historia.

La niña y el asesino -ambos, sin familia, sin amigos- se subirán a un coche, iniciarán un viaje compartido con destino incierto.
La mujer caminará por la playa; intentará olvidar el amor perdido y dejará de soñar y atormentarse, o, al menos, lo intentará.
La prostituta cuidará a su niño en un lugar protegido, junto a otras prostitutas. El mundo no se puede cambiar, pero, a veces, encontramos un refugio.
El joven conocerá por fin a su padre; lo verá al otro lado del cristal. En una cárcel del condado. Se mirarán; descolgarán el teléfono que les permitirá comunicarse por primera vez. Hablarán... Tendrán esa oportunidad.

Somos como nuestros padres. Y no somos como ellos.












viernes, 10 de noviembre de 2017

LA REBELIÓN Y EL PODER


En la última semana, mi hermano y yo hemos estado viendo películas de Peter Watkins. Los años sesenta aportaron una explosión de ideas y frescura que, en la actualidad, se ha perdido. Y un atrevimiento formal y, también político, que ahora muy pocos creadores tienen; ni siquiera en las democracias.

Hace pocos años, la televisión francesa vetó la distribución de un falso documental que ella misma había producido, La comuna. En los años sesenta la BBC hizo lo mismo con otro falso documental, The war game. El autor de los dos es el mismo hombre, Peter Watkins, inasequible al desaliento, por lo que se ve.


Es la constatación de que la libertad de la expresión tiene unos límites, cuando pone en riesgo el modelo actual, el statu quo. Lo estamos viendo en el asunto catalán. Las democracias no eliminan físicamente a sus "enemigos interiores". No sería aceptado. Utilizan otros mecanismos: la cárcel, la amenaza, el miedo -si puedes perder tu empleo o tu libertad, ya sabes lo que debes hacer-, la ley -más o menos manipulada-, los medios de comunicación, la propaganda y, la mejor de todas, la censura económica. Si no tienes distribución ni medios, nadie te escuchará. No importará lo que digas, porque la información se puede controlar, manipular y dirigir de múltiples maneras.

Curiosamente, de todo eso habla Peter Watkins en sus películas. Incluso en las que podríamos llamar, históricas.



En Culloden, su primer falso documental, no deberíamos engañarnos. El esquema se repetirá en el resto de su filmografía. Siglo XVIII. 1746. La última revuelta escocesa. Una estructura de poder -un rey, un ejército, un Estado- que elimina físicamente a sus "enemigos", utilizando mecanismos como la propaganda, el uso de la fuerza o la desinformación. Hay una batalla -los escoceses "rebeldes" confían en un incompetente, un noble que, al final, salvará su pellejo-, pero lo que más impacta es que, tras la victoria, se elimina -ahora hablaríamos de genocidio- a una parte importante de la población escocesa con leyes y violencia indiscriminada, alimentada desde el poder, utilizando recursos sencillos como la ignorancia y la cosificación del "enemigo", repetida hasta la saciedad en las escuelas, en los periódicos. Watkins insinúa que la unidad de la Gran Bretaña se construyó con la sangre de miles de personas, eliminadas, apartadas, olvidadas por la Historia. Y nos muestra los mecanismos que utiliza siempre el poder para alcanzar ese objetivo. No es nuevo, pero hay que decirlo. Pocos lo hacen. En España, también ocurrió. Y en muchas ocasiones, a lo largo de nuestra historia, aunque algunos quieran que lo olvidemos.



En The War game Watkins se encarga de informar: esto es lo que pasaría si nos atacaran con material nuclear desde Rusia. Y pone en tela de juicio la falsa seguridad, trasmitida desde los grandes medios y los políticos, los de ahora y los de aquella época. No gustó a los poderosos de entonces. Por eso, la prohibieron.


Punishment Park se pregunta qué ocurriría si un presidente americano decidiera detener a todos los que se "rebelaran" contra el sistema. La respuesta es desoladora: juicios farsa, violencia policial y eliminación más o menos justificada de los "rebeldes". La ley, retorcida para imponer un modelo de sociedad, en el que no cabe la disidencia. Una distopía, quizá no tan lejana.




La comuna se pregunta sobre el sentido de la rebelión en el mundo actual. ¿Es posible? ¿Se tienen medios económicos y de información para poder transformar la sociedad? La revuelta popular de la Comuna de París en 1871 no es más que una excusa para hablar de nuestra realidad actual. Cualquier rebelión o revolución está condenada al fracaso, porque el control de la información es fundamental. Y si un Estado tiene los recursos de la represión se impondrá de manera brutal -como en La comuna o en Yemen o en Egipto- o más sutilmente, como en las democracias occidentales. La desmovilización de la izquierda, su incapacidad para construir un discurso alternativo, el auge de los nacionalismos de los Estados que no admiten igualdad de trato y de derechos con otras estructuras menores -el caso catalán es bastante evidente; se impone una unidad, porque se es incapaz de acordar un modelo que no sea cerrado y excluyente; el enfrentamiento superficial entre dos nacionalismos oculta una realidad más profunda en la que combaten la rebelión y las ansias de libertad frente al autoritarismo, envuelto de leyes y palabras vacías de contenido-. No olvidemos los conflictos internos y externos: la inmigración, la explotación de las multinacionales en otros países, el capitalismo feroz que recorta derechos y alimenta el consumismo acrítico, que está destruyendo la Tierra, poco a poco, la propaganda de los grandes medios; son un buen reflejo de lo que nos espera o de lo que ya tenemos.

Es posible que ya vivamos en una distopía. Hay quien nos lo dice. A veces, con mensajes subliminales -el mundo es violento, cruel y corrupto, nos cuentan en Juego de Tronos, que, al mismo tiempo, se convierte en un gran éxito y un buen negocio para el capitalismo triunfante-; otras veces, directamente, sin ocultarlo, como Peter Watkins. Al sistema, con él, sólo le queda vetarlo o despreciarlo, pero la realidad, al final, no se podrá ocultar eternamente.

Para entonces, es posible que ya sea demasiado tarde.

Para todos.




domingo, 29 de octubre de 2017

REFLEXIONES: HIPÓTESIS DE FUTURO

A principios de septiembre -es probable que antes- supe que habría un referéndum. El 2 de octubre no dudé que habría DUI y 155. Que haya acertado, me hace pensar que tengo un cierto talento para adivinar el futuro. Al menos, en este caso. Debo reconocer que a partir de ahora la situación me plantea más dudas. Con todo, haré previsiones.

En primer lugar, debo admitir que el tema catalán se utiliza para alimentar dos nacionalismos: el español y el catalán. Por supuesto, para que miremos a un lado y no nos demos cuenta de lo que hacen en secreto, por el otro. Que el Senado, después de aprobar el 155, votara el CETA, que nos quita derechos a los consumidores y ciudadanos por la puerta de atrás, no es más que uno de los ejemplos más evidentes. Que Rusia y China -que mueven los hilos, más de lo que pensamos- no hayan dicho nada me hace sospechar que, en el fondo, no les incomoda lo que está ocurriendo, si eso puede perjudicar a Europa y a EEUU.

También reconozco que mucha gente -seamos anarquistas o republicanos, (de verdad, no los de boquilla), o escépticos- admiramos la capacidad de organización y la rebeldía de una parte de Cataluña y rechazamos la incapacidad y el autoritarismo del Estado Español. En España, como bien se ha demostrado, ya no hay tal rebeldía; estamos solos los que queremos otra realidad. Esa España, en la que yo no me veo reflejado, se construye con represión y servilismo, con corrupción y mentiras. Ha demostrado su incapacidad para el diálogo. Ahora sólo quiere vencer, humillar.

Dicho esto, me atengo a las impresiones y datos que tengo a mi disposición. La intuición puede ayudar, sin duda, sobre todo, cuando se abren tantos interrogantes.

Veamos. Es evidente que pensar que esto se ha acabado y que con unas cuantas detenciones y juicios en los próximos días, todo volverá a la normalidad, es ridículo. Quien piensa que se celebrarán elecciones autonómicas con "normalidad", que Arrimadas será presidenta y los independentistas desaparecerán como por arte de magia, o es imbécil o está ciego. Sin embargo, eso es lo que se está vendiendo ahora en España. Y una mentira, aunque tengas todos los medios de comunicación, no es real, aunque la repitas una y otra vez.

Por otro lado, es evidente que el Govern -o si son detenidos- los municipios y ayuntamientos no podrán controlar el territorio. Incluso, aunque quieran normalizar la independencia.

Así que nos encontraremos con dos realidades paralelas, con dos legitimidades, con dos Cataluñas y una tercera, en medio, la de Colau, que no sabrá dónde situarse, que eligirá y haga lo que haga, se equivocará. Si acepta las elecciones autonómicas, asumirá el 155 y se convertirá en una farsante. Si se une al independentismo, otra parte de sus bases no lo entendería.

Pensar que la Cataluña independentista va a aceptar el control del Estado es ingenuo. Por supuesto, no creo que en el independentismo piensen que son libres, al menos, plenamente.

¿Cuáles son las próximas decisiones? Veamos, la convocatoria de elecciones por Rajoy será aceptada por una Cataluña; la otra, no lo hará.

El siguiente paso lo tendrá que dar el independentismo. Sólo le quedan dos opciones: aceptar esas elecciones o no aceptarlas. En realidad, sólo le queda una: no aceptarlas. Si no las acepta, tiene varias posibilidades. En primer lugar, puede apostar por la resistencia tanto en las instituciones como en la calle. Sería viable; hay gente que está dispuesta a hacerlo. ¿Todos? No, claro, hay gente en el PDCAT o en ERC que dudan; pero, a estas alturas, ¿qué les queda? ¿Aceptar unas elecciones, enmascararlas como constituyentes, con detenciones de sus dirigentes? Si el Estado Español fuera generoso, permitiría que se presentaran, pero no lo van a hacer. Como se ha visto en la manifestación de hoy y durante estos días, quieren la humillación, la derrota total. Y luego, irán a por los demás, se llamen País Vasco, Navarra, Podemos... Es absurdo, porque eso, curiosamente, es un boomerang, es un arma de doble filo. Hay que saber ganar; no ha ocurrido tal cosa, pero, si lo piensas, no puedes buscar la humillación. Es un error tremendo, que hace imposible que el independentismo pueda aceptar tal situación, aunque una parte sea pactista por naturaleza.

Bien, no hay elecciones o montas unas elecciones y consideras las "autonómicas" un referéndum participativo. O puedes construir dos legitimidades y eso, acompañado de huelgas, boicots, rebeliones pacíficas, demostraría que nadie tiene el control de Cataluña. Sería la derrota de Rajoy y una pequeña victoria para el independentismo. Pequeña, porque necesitaría reforzarse con urnas. Sean en un referéndum, unas elecciones constituyentes o otro proceso participativo. En esa situación, la otra Cataluña, se sentiría engañada. ¿No me dijisteis que todo se solucionaría?, preguntarían. Habría frustración también por la otra parte.

Pongamos que, se decide resistir y tomar decisiones. Se crea una realidad paralela, un gobierno paralelo. Bien, es evidente que Rajoy apostará por la represión. ¿Hasta qué grado? Y esta es la clave. Si se está dispuesto a humillar al oponente, convertido en enemigo -y hablamos de más de dos millones de personas- una opción inteligente sería hacer una represión parcial -alimentar el miedo contra los funcionarios, prohibir manifestaciones, control de medios-, pero tiene un problema. ¿Y si no te hacen caso? ¿Y si la gente -esos dos millones- salen a la calle? Si detienes a sus gobernantes -que ellos consideran legítimos-, lo harán. ¿Disolverás las manifestaciones? ¿Quitarás el empleo a miles de funcionarios? ¿Cerrarás los ayuntamientos que no te obedezcan? ¿Meterás en la cárcel a miles de personas? Eso se puede hacer en Turquía, en Egipto, en Rusia, pero en España, todavía hay un límite. Todavía.

El unionismo o el españolismo piensa que todo se quedará en un par de manifestaciones y luego todo el mundo aceptará la realidad, como si no hubiera ocurrido nada. Si esa Cataluña fuera Podemos, sí. Eso le vale en España, con una izquierda impotente, pero no sirve en Cataluña. Yo vi el 1 de octubre a gente que ponía su cuerpo porque quería votar, aunque les golpearan. Yo vi a gente el 1 de octubre desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, defendiendo su derecho a votar. Yo vi a gente, dispuesta a llegar hasta el final.

Si hay víctimas, aunque sólo sea una, aunque la justifiquen desde los grandes medios -la culpa es suya, dirán- se habrá acabado. Todos lo sabemos.

Dicen que esto se resuelve con unas "elecciones autonómicas". Mienten y ocultan la realidad. Nadie lo ha entendido, nadie entiende la complejidad catalana; se apuesta por maximalismos. Nosotros contra vosotros. Y ese es el problema. Porque podría ocurrir que en Cataluña, alguien cercano, que no piensa como tú, esté muerto, antes de final de año. Y, entonces, para esa persona ya no habrá futuro.

Y los demás tendrán que asumir esa carga.



viernes, 20 de octubre de 2017

FEDERICO LUPPI Y UN LUGAR EN EL MUNDO


Tendría unos veinte años. Fue entonces cuando vi Un lugar en el mundo. Descubrí a un gran actor: Federico Luppi. Luego, disfruté de muchas de sus películas, de un talento enorme, difícil de explicar, porque el talento o se tiene o no se tiene. Pero, sobre todo, construyó en mi imaginario una conciencia social y política que, con todas mis contradicciones y miedos -la realidad siempre te obliga a traicionar tus sueños-, nunca he perdido del todo. Siempre formará parte de mi memoria y de mis emociones más íntimas.

Luppi ha muerto. Y lo han insultado. Y, por eso, me he indignado. He leído comentarios en Argentina y en España, tachándole de maltratador, recordando sus amistades con Chávez o el comunismo, echando mierda sobre un muerto. No le perdonan que apoyara a los Kirchner y criticará al corrupto Macri y un sistema económico vergonzoso.




Esta es la sociedad que tenemos allí, aquí y en todos los sitios. Hay gente cobarde, inútil, estúpida, ignorante, porque hay empresarios, políticos, periodistas, jueces que los manipulan, como quieren y cuando quieren, con banderas y sin ellas. Dan asco.



Sí, sé que también hay gente con dignidad que lucha cada día por decir que este mundo es injusto y que deberíamos cambiarlo. Muchos de ellos, sólo se dan cuenta, lamentablemente, cuando les afecta directamente. Otros lo vemos todos los días. No necesitamos un 155 o el cierre de una televisión pública o que metan en la cárcel a dos de los nuestros o que quemen nuestros bosques o que levanten un muro en el centro de Murcia. No necesitamos el asesinato de un Santiago Maldonado o el recorte de derechos y libertades. Ha existido siempre. Sigue existiendo. Y seguirá existiendo, porque los cobardes, los inútiles, los estúpidos y los ignorantes mirarán a otro lado o jalearán al sistema, el mismo que los esquilma y les roba. A otros, impotentes, sólo nos quedará gritar, llorar, protestar, reflexionar o, de vez en cuando, un corte de mangas...

Un lugar en el mundo va de dignidad. De hombres y mujeres, que quieren un mundo mejor y lo encuentran, aunque sólo sea durante un breve instante.




Al final de la película, después de una carrera entre un carro y un tren, el amigo y el hijo del personaje que interpreta Federico Luppi, -simbolizan, en esa secuencia, los que luchan sin armas, con ideales, frente a los poderosos- consiguen una pequeña victoria. El carro ha vencido al tren. El joven levanta el puño; el maduro, el amigo, lo acompaña con un corte de mangas. Y grita: "¡A la mierda!"

Joder, Federico Luppi, eras un actorazo del copón. Y me hubiera gustado conocerte. Y a los que te critican, ¿sabes lo que les digo?

¡Iros a la mierda!

Seguiré buscando mi lugar en el mundo, Federico. Llevo más de veinte años haciéndolo, desde que vi tu película. Aún no lo he encontrado. Y, aunque sólo sea durante un breve instante, espero, -como le sucedió al personaje que interpretas-, poder encontrarlo algún día...


miércoles, 18 de octubre de 2017

QUIERO VIVIR EN UN INTENSO PRESENTE



No pude evitarlo. Vi tres películas en Florencia. Coincidí con un festival de documentales; así que aproveché para ver dos de ellos y el estreno de una película italiana, La ciambra, nominada a los Oscar por Italia.


Empecemos por esta, producida por Martin Scorsese.


Me gusta el trailer; creo que cuenta muy bien de qué va la historia. Gitanos desarraigados, fuera del sistema, roban para sobrevivir. Están solos. Y ellos mismos se encierran. No pueden salir, no pueden escapar. Es denuncia social, bien contada y dirigida. Con actores muy preparados. La pude entender, porque estaba subtitulado en italiano. Los personajes, -el realismo lo exige- hablaban en una jerga, mezcla de italiano, romaní y lenguaje callejero.


Son la hez y lo saben. Nunca escaparán de su espacio, de su pequeño mundo. Hay momentos para el humor y la ternura -pocos, quizá una manera de suavizar la dureza del tema y eso debilita la fuerza de la película-, pero, en general, están condenados a la cárcel o a la muerte.

"Somos nosotros contra todos", dice el abuelo, el paterfamilias, reflejo y nostalgia de un mundo, muy lejano, en el que se sentían libres.


Elegí ver un documental sobre la pesca de crustaceos -ostras- en Japón, Oyster factory, porque asistí a una rueda de preguntas con su director Kazuhiro Soda. Su planteamiento me pareció interesante.  Difícilmente se estrenará en España algo suyo. No quiere juzgar; sólo mostrar. Va con una cámara y rueda. Y punto. Por supuesto, todo montaje es una selección, pero, me atrajo la idea.




















La sigue al pie de la letra. Aunque hay temas en los que podría haber profundizado -la situación de muchos trabajadores que tuvieron que dejar sus casas y sus trabajos por culpa del tsunami y el peligro nuclear o el racismo insinuado entre los japoneses y chinos que llegan para trabajar-, Soda se niega a hacer juicios de valor. Sólo rueda y deja que la realidad hable por sí sola. Y, a veces, reconozco que lo cotidiano, la repetición de gestos -que nunca son iguales, porque nada es igual- te muestra aspectos que nunca hubieras imaginado. El presente siempre es diferente, aunque parezca que se repite.


Volví a ver En un intenso presente. Me emocionó. Su madre y el 68. La primavera de Praga, mayo del 68.La nostalgia de lo perdido. Lo que nunca fue, lo que nunca pudo ser. El final del sueño. La represión, la desilusión. Las víctimas olvidadas. El dolor. La ilusión de una juventud, lejana. Me encuentro ante una reflexión -una voz en off constante que acompaña, explica, dirige las imágenes de archivo, las rodadas en la calle o ocultos, al otro lado de un visillo, con una cámara profesional o una casera-. Hay felicidad y tristeza. Un pájaro que se quema, tan rápido...



Morir a los treinta años de Roumain Goupil. Goupil conoció a su mejor amigo en el 68. Su amigo se suicidó años después. Goupil hizo un documental en el 82 para recordarle. La nostalgia. El dolor.


Mourir à trente ans from Le Liberté, scène nationale on Vimeo.

En un intenso presente termina con las primeras imágenes documentales rodadas: la salida de los obreros de la fábrica de los Lumiere. ¿Un homenaje al espíritu obrero o al documental? Y con un fado...

Última imagen. Una mujer sonríe. Es una joven que vive mayo del 68, vive ese presente maravilloso, donde todo parecía posible. Y sonríe y ríe. La ilusión, la esperanza que, más tarde, se truncará. No quiero leyes ni prohibiciones que me impidan imaginar o hacer realidad mi sueño, podrían decir también los jóvenes, los que protestan, sea donde sea, a unos pasos de nosotros, en Cataluña o en Galicia, o en lugares lejanos, que nunca veremos.

Se escucha un fado. Nao quero rosas vermelhas... "No quiero rosas rojas... sobre mi tumba..." 

Quiero sentirlas, vivirlas, mientras esté vivo... en este intenso presente...




viernes, 6 de octubre de 2017

L´ART DE VOLAR


"Yo soy mi padre. Mi padre soy yo".

Altarriba escribe estas palabras, al principio de L´art de volar...

El padre de Altarriba se suicidó desde un cuarto piso de una residencia de ancianos. Enseguida, su hijo entendió que fue un acto de libertad. El único que le quedaba, porque me he encontrado, al leerla, ante la historia de un perdedor. A lo largo de su vida este hombre fue perdiendo batallas, una tras otra. Traicionó sus ideales, eligió sobrevivir.

Hay una visión crítica, dura de la Historia de España. Habla de las ilusiones, de la crueldad humana, de las contradicciones que te obligan a apartar los sueños, de la miseria moral, de las pequeñas traiciones, del miedo. Habla de una época esperanzadora y conflictiva, la de la República y la Guerra Civil; de otra, oscura, terrible, la del franquismo, y de una última, hipócrita, la democrática, que cercena la libertad de manera más sutil.

Hay lirismo y poesía -la fuerza visual de Kim, el dibujante de este cómic, en algunas de sus páginas, es abrumadora- y también, un poquito de humor.

Y culpa. La culpa de su padre, que fue vencido, sometido. La culpa de un hijo que no supo conceder a su padre un último deseo. ¿La culpa de un hijo que no entendió a su padre?

Hay historias que no tienes más remedio que escribir. Si algo define esta última década es que los nietos y los hijos de aquellos que vivieron la II República, la guerra civil y la posguerra, necesitamos contar estas historias. El silencio se ha roto. El miedo, tras dos generaciones, desentierra los cuerpos, se rebela frente a viejas leyes e instituciones podridas, recupera la memoria.

El padre de Altarriba, en su juventud, tuvo ideales y sueños, aunque se viera obligado a traicionarlos. Como tantos otros. Como nosotros mismos. ¿No le ocurrió también a mi padre, aunque sus sueños no fueran la justicia social y la libertad? La libertad. Sí, los dos dejaron de ser libres, aceptaron la esclavitud del día a día, se corrompieron y, al final, se hundieron en la depresión y la desesperación. Mi padre no tuvo ese gesto final, heroico, pero buscó la muerte, la deseó. Y la encontró.

Es difícil aceptar que eres hijo de tu padre. Que eres como tu padre. Que eres tu padre.

Quizá cuando aceptas las limitaciones del hombre que te dio la vida y comienzas a perdonarlo, a entenderlo, encuentras respuestas a las preguntas que te has hecho toda la vida. Hay quien lo consigue, cuando aún ese hombre está vivo. Y están los que necesitamos años, cuando ya han desaparecido o muerto, para que asumamos lo que fueron.

Para aceptar lo que somos.

Yo soy mi padre. Mi padre soy yo.