miércoles, 29 de julio de 2020

WYLER Y OPHULS


Ayer pusieron en la 2 La heredera de W. Wyler. Es curiosa una coincidencia: Olivia de Havilland había muerto dos días antes a los 104 años y, como homenaje, pusieron esta película cuando se cumplían treinta y nueve años de la del director. Así que William Wyler fue trending topic en twiter.

William Wyler fue uno de los mejores directores del Hollywood clásico. Y no es de los más conocidos. Sin embargo, si repasas sus películas te das cuenta del talento que tenía.
Están Jezabel, Cumbres borrascosas, La carta, la señora Míniver, Los mejores años de nuestra vida, La heredera, Carrie, Vacaciones en Roma, Horizontes de grandeza, Ben-Hur, La calumnia, El coleccionista... 
Bien es cierto que otras, la mayoría, son las que veríamos en un buen artesano. En realidad, nos encontramos ante un gran profesional que sabía aprovechar y organizar el material que tenía a su disposición: actores y actrices, guiones, medios y que aportaba él mismo a la obra artística sus cualidades. Ese es el papel de un buen director de cine y Wyler lo era.


Y eso me lleva a algunas intrahistorias o detalles; en el siguiente vídeo hay una selección de escenas. La escena final de la escalera -uno de los finales más espléndidos de la historia del cine que puede interpretarse como la venganza de una mujer, su toma de conciencia o la tragedia a la que lleva el rencor- (17:30-18:40 en el vídeo)- es muy conocida. Había olvidado su rima; la planificación es idéntica a la de la subida final -no es la única; hay varias a lo largo del metraje-. En el vídeo, 13:41-14:22 Catherine, la protagonista, tras ser abandonada, sube las escaleras. Está destrozada.
Una anécdota cuenta que Wyler le hizo subir las escaleras con una maleta llena de libros... Una y otra vez...
No sé si con de Havilland el director necesitaba un truco así, pero la historia è ben trovata...
Lo que sí está confirmado es que la idea de la escalera es de William Wyler. No es la única. Al principio de la escena en que Catherine le dice a su padre que le desprecia, nunca le mira directamente -en casi toda la escena 20:30-21:00-; incluso lo hace a través de un espejo; esta es una idea de Wyler, sin duda. Y que al final, sea ella la que le mire y el padre no lo haga (22:00-22:33), mientras Catherine le dice, Nunca lo sabrás... porque pronto te vas a morir... -estas últimas palabras no salen de su boca, pero queda bastante clara la intención- es una decisión también de planificación muy sencilla y potente -aunque quizá esta ya esté en la obra de teatro en la que se basa la adaptación de la novela Washington Square de Henry James-. La mirada cruzada, al final, es de esas que lo dicen todo. El rencor y el odio de ella; la fragilidad y la impotencia de él y su fracaso como padre.


Frente a Wyler, o más bien diría, junto a Wyler, está el genio de Ophuls. La escena que pongo a continuación es de una de sus primeras obras, Libelei; por tanto Ophuls está todavía aprendiendo. Y, sin embargo, tiene muchísimo talento. Hay que recordar que sus siete últimas películas, desde Carta a una desconocida hasta Lola Montes, entre 1947 a 1955 son obras maestras. Nadie las pone en duda.
¿Qué hay en Libelei que insinúe el genio de Ophuls? Los últimos quince minutos...


Sería largo de explicar, pero la planificación del mejor Ophuls con sus movimientos de cámara, su ritmo pausado o su elegancia ya están ahí. También sus temas: la fugacidad del tiempo, lo frágil que es la felicidad, la nostalgia por lo que se ha perdido. Y sabe con un único plano mostrar todo el drama de una situación -en este caso, una mujer a la que le dicen que su amor ha muerto en un duelo-. El resto no importa; sólo vemos cómo ella -la actriz es la madre de la futura Romy Schneider, Magda Schneider- pasa de la ilusión a la desesperación. Y es creíble. Y es emotivo, cruel. Y terrible. Y te atrapa.

Lo fácil no es tan fácil. Ni en la vida ni el arte. A veces necesita de suerte; otras -casi siempre- de mucho trabajo y esfuerzo. Y algunas veces, sólo algunas veces- es un momento de inspiración, de talento y genio.

No siempre se da, pero, cuando sucede, creo que a eso lo llamamos magia.