sábado, 31 de diciembre de 2022

LA CARCAJADA

Estaba leyendo la parte en la que Vila-Matas o su personaje intenta dormir en una habitación de hotel de Cascais. Al otro lado de la pared, en el cuarto vecino, tiene a Jean Pierre Leaud que no deja de reír; no sabe muy bien porqué. Las "cuatrocientas carcajadas", se dice a sí mismo. Recibe una llamada de su hermano; su padre acaba de morir... 

Sí, yo intentaba leer este trozo de Montevideo, pero se me hacía muy difícil.

En la calle, en el parque que hay enfrente de mi casa, medio barrio se emborracha, bailando al ritmo de un DJ incansable, que lleva horas y horas poniendo música electrónica, repetitiva y agotadora. Gritan, beben, ríen. Me pregunto si se irán a cenar en algún momento. ¿Acabarán tomando las uvas allí?

Marco el número de R. Me contesta: "Estoy ovulando; te llamo luego". Ha colgado. 

¿Soy un personaje de Vila-Matas? ¿Existo? 

Se escucha el motor de una motocicleta a cien revoluciones. Sé que Vila-Matas está riéndose ahora, mientras escribe estas líneas, las que traza un personaje de su obra. 

Hace ocho años no celebré el fin de año; ¿cómo hacerlo con el cadáver de mi madre a miles de kilómetros, en Buenos Aires, al otro lado del Mar de la Plata, a un paso de Montevideo?

Me pregunto si este es el "lenguaje olvidado, el sendero perdido" que busca, mientras me está creando en su realidad paralela el mismo Vila-Matas.

Sólo me queda una cosa como personaje: soltar una sonora carcajada.


 

FLORILEGIOS

 

Llegan las vacaciones y leo libros como si no hubiera un mañana. El trabajo no me deja disfrutar de una lectura continua y sosegada, así que es un hambre infinita la que me devora...

Dicen que Philiph K. Dick es "el creador de la ciencia ficción moderna". Sin duda, si nos atenemos a las innumerables versiones cinematográficas de sus historias, lo es. Más allá del género, descubres, leyendo sus relatos cortos, un autor capaz de inventar una realidad alternativa, un mundo nuevo que, como suele ocurrir, es el nuestro, si lo miráramos de otra manera. Las historias te atrapan y es difícil destacar alguna de ellas, pero siempre hay alguna que nos despierta un ligero temblor... Algunas peculiaridades de los ojos es un juego metalingüístico, una diversión que oculta mucho más. La paga sabe jugar con seis, siete objetos en un entramado perfecto dentro de un viaje en el tiempo. Hay más, algunos conocidos, como Minority Report, o humorísticos, como El mundo que ella deseaba, más aterrador de lo que puede parecer a simple vista, a pesar de su banalidad. Me faltan historias por leer; sobre todo, sus novelas...

En Tabú, un autor joven, Ferdinand von Schirach narra una biografía ficticia; tras ella, se nos descubre los juegos entre la realidad y el arte, esos que, a veces, hacen imposible que los podamos distinguir. 

Esos juegos de los que Vila-Matas es ya un avezado experto. Montevideo, como tantas otras de sus novelas o ensayos literarios, se explaya, desarrolla ideas, imágenes, recuerdos llevándonos a Montevideo, Paris, Cascais, Barcelona o Reikyavik. Metaliteratura o metalingüística en estado puro.

En Serge Yasmine Reza construye una historia que podríamos considerar banal: tres hermanos judíos con sus relaciones de pareja pierden a su madre y hacen una visita a Auschwitz. Los personajes que deambulan por sus páginas son divertidos, ridículos; la ironía y el humor transita por las páginas con ligereza, pero sin olvidar cargas de profundidad que, a veces, te hacen temblar. Como ya conocía por su mínima, pero intensa obrita experimental, Ninguna parte -que me prestó una amiga a la que seguramente nunca más volveré a ver-, la obsesión por una identidad está presente durante toda la obra.

Japón ha vuelto de manera extraña. 

R. -lejana y distante, bloqueada y tierna- me llevó hace un par de semanas a un restaurante japonés; un amigo de mi hermano me regaló El libro del té de Okakura. 

Sandrine Bailly -si buscas en google este nombre la mayor parte de las entradas te envía a una conocida deportista-, es también una escritora, atrapada por ese país elegante y refinado de colores y trazos suaves. Japón es un libro donde encontramos poemas, dibujos, fotografías, reflexiones... Respiras una realidad, un mundo ajeno, paralelo, gemelo... 

Viajas, aunque solo tengas en tus manos un libro. Tocas con tus manos las finas líneas de un trazo de tinta. Hueles un papel satinado que te recuerda que eres frágil, vulnerable.

Frente a mi casa, en un parque, junto a un bar, medio barrio celebra el fin de año. Beben cerveza, toman aperitivos, ponen música discotequera y los altavoces no permiten que te libres de su mal gusto. A medianoche, petardos y fuegos artificiales hasta las dos de la mañana con los que querrán ahuyentar los malos espíritus, como hacían sus antepasados. 

A todos el tiempo se nos escapa... 




jueves, 29 de diciembre de 2022

EL SALVAJISMO Y LA CIVILIZACIÓN

 

Dibujar es trazar ideas, metáforas de la realidad... Civilizar lo que nos aterra...


¿Es casualidad que las favoritas para los Goya y los Óscar del próximo año aporten su granito de arena en esa lucha eterna, en esa reflexión inmemorial desde el comienzo de la filosofía, entre el salvaje y el hombre civilizado, entre el caos y el orden? Quizá nos sentimos atraídos en estos tiempos, antes de que la catástrofe nos avasalle, por un dilema moral sin salida. 

¡Qué mayor grado de civilización que un mundial de fútbol en el que Argentina se ha impuesto en estadios construidos con el "sacrificio" de cientos de obreros muertos y para mayor gloria de una élite de tiranos amparados por los petrodolares y de unos empresas sin conciencia moral alguna, mientras en Perú dan un golpe de estado y matan en las calles a decenas de personas, sin que nos importe en absoluto! ¡Qué civilizado es esta guerra de Ucrania que enriquece a las grandes empresas armamentísticas, mientras las de reconstrucción esperan su momento, cuando ese país que ya no existe, se divida oficialmente en dos! Un nuevo telón de acero, aunque esta vez, sean dos sistemas capitalistas, ansiosos por controlar los recursos, los que se disputan la riqueza y el poder, bajo falsas premisas de democracia y libertad. Pero nos lo merecemos; somos cómplices, cuando los votamos o preferimos el mal menor o disfrutamos del panem et circenses... 

Me viene a la memoria la imagen inicial de la película de Peckinpah, Grupo salvaje.

Somos escorpiones y, rodeados por las llamas, nos clavaremos el aguijón. La Tierra, si sobrevive, estará mejor sin nosotros...


Mientras tanto, hacemos preguntas. El arte se encarga de hacerlas, plantea dudas... Y algunos, -directores o productores-, ganarán premios y dinero. Que el sistema, hasta que se clave el aguijón, se adaptará y sobrevivirá, incluso, a sus críticos o a sus artistas, más o menos amoldados al statu quo, es un hecho.

Me sorprende el tono ingenuo, casi bucólico de Almas en pena de Isherin, y la carga de violencia que aparece de manera puntuada. La sencillez de la trama, la simplicidad de los personajes no oculta el mensaje profundo que recorre toda la película.

Principios del siglo XX. Irlanda.
Al otro lado, en la costa, hay una guerra civil. A este lado, dos hombres, -hasta hace unos días, amigos-, se acabarán odiando. Uno busca dar sentido a su vida, civilizarse; el otro se siente a gusto en su entorno natural, no desea más que el terruño, sus animales y la pinta de cerveza diaria. ¿Por qué debería cambiar?
¿Quién es el salvaje? ¿Quién es el civilizado? La violencia, dicen, nos hace progresar. Sin ella, no habría evolución, nos quedaríamos en el mismo punto. No habría Mozart ni Einstein.
El salvaje pide “amabilidad”; el civilizado, como respuesta, se corta los dedos...

En A bestas, encontramos algo parecido. El civilizado es un francés -¿quién podría serlo, si no? ¿No es allí donde nacieron nuestras normas sociales de comportamiento y la democracia moderna, tras unas cuantas cabezas cortadas en la guillotina y varias revoluciones aplastadas a sangre y fuego?-; quiere llevar solidaridad y revitalizar una zona empobrecida; se esfuerza y trabaja como lo haría un Hesíodo amable y optimista que desea volver a la utópica Edad de oro. Pero los pobres no son buenos salvajes; no quieren seguir trabajando como bestias; prefieren el dinero que les ofrece una multinacional de la energía eólica.
Aquí, el salvaje, quiere civilizarse, conduciendo un taxi, convirtiéndose en un empresario autónomo, un emprendedor, aceptado por el sistema capitalista; rico o pobre, el salvaje 
detesta al nuevo inmigrante, sea elegante, cultivado y educado o nos venga en harapos, tras sobrevivir a una vallas en Melilla, a las palizas de un policía o a las olas del Mediterráneo: fronteras de una Europa en declive. Así que, el civilizado desea volver a nuestras raíces, ecologista de nueva planta, un Rousseau que no busca el beneficio inmediato. Las leyes no protegen la civilización, aunque, al principio de los tiempos, esa fuera su objetivo, como pensaría un Solón o un Voltaire, un Montesquieu o un Tiberio Graco; miran a otro lado o son impotentes.

En Alcarrás, el motivo es similar –una multinacional eólica (¿casual o es una realidad que no aparece en las crónicas oficiales de nuestros regímenes democráticos, preocupados porque el petróleo o el gas sea demasiado caro, despierte al pueblo narcotizado y les obligue a buscar alternativas?) ofrece dinero por las tierras-, pero aquí el documental se impone a la ficción, sin apartarla del todo. El conflicto se transforma en algo más íntimo, familiar: otra guerra civil entre hermanos. Los niños no entienden el lenguaje de los mayores. El mundo rural se transforma, pero no se sabe en qué dirección.

El monstruo en Mantícora o en Tar no es colectivo, sino individual. Ni siquiera él/ella sabe que lo es o no quiere admitirlo. Un hombre amable, tierno, educado/una mujer genial, arrogante, influyente esconden al salvaje que sueña con devorar al inocente niño/a. El monstruo solo puede sobrevivir, si, por un lado, él, el protagonista de Mantícora se convierte en un enfermo, impotente, atendido por una mujer “madre” que se transforma, a su vez, en una devoradora de almas, en una cruel y tierna cuidadora. O por otro, ella, Tar en una desterrada, una exiliada, paria y olvidada por un mundo hipócrita que antes la adoraba y ahora la ha expulsado del paraíso.

¿La película de Spielberg, The Fabelmans, responde a este paradigma? Tal vez no, aunque, si quitamos los conflictos familiares de clase media norteamericana -recurrente en todo el cine de Spielberg- y las pesadillas diarias que vive un adolescente de instituto, ¿no podríamos decir que el cine, en este caso, revela, ilumina los monstruos que nos acosan?

El cine le sirve al protagonista para afrontar sus miedos, deteniéndolos en el tiempo, repitiéndolos una y otra vez; también para descubrir la verdad, la que sus padres prefieren no ver. La sala de montaje se convierte en un lugar donde el mundo, el verdadero, - no el que creemos que es real-, se revela. El arte nos convierte en parias, como al tío materno; nos aleja de los seres queridos, pero nos descubre el horizonte que busca John Ford, interpretado por un gran David Lynch.

Debemos elegir: entre el arte o la vida. Entre ser salvajes o civilizados.

Sabemos que eso es imposible.


Escribir es trazar líneas con tinta para que sobrevivan al tiempo... 





ZIGZAGUEOS

 

Contemplo el cielo nublado desde la ventana de la habitación de mi hermano. Ayer Yume tomaba el sol; hoy se refugia en la oscuridad, sobre un cojín, oculto, ovillo, círculo imperfecto. 

Fácil decepciona. Mucho más, si leíste el libro de Cristina Morales. La serie ha podado todo lo que pueda herir o molestar; incluso, incluye a dos personajes "normales" para que el espectador medio se diga a sí mismo: "sí, sí, los entiendo". ¿Política? Ni mentarla; si acaso, solo como fondo de armario, en las noticias del telediario. Uno se pregunta si la complacencia o lo políticamente correcto no es una forma sutil de censura. 

Mientras busco mensajes más profundos e inquietantes, No me gusta conducir se agradece. Alguien podría pedirle a Borja Cobeaga algo más de enjundia. ¿Qué podríamos decir de las relaciones entre padres e hijos? Están condenadas desde el principio. La vis cómica nos hace olvidar que somos, como dijo hace siglos un poeta griego, el sueño de una sombra. Sacarse el carné o no sacárselo, nos hace reír, mientras tanto...

Exterior Noche nos habla de un pasado reciente. Aldo Moro es la víctima que debe ser sacrificada; todos le quieren muerto: los americanos, las Brigadas Rojas, su partido. Los puntos de vista se multiplican y convergen. En Italia bucean en su pasado; aquí, nos negamos a afrontarlo.

Lars Von Trier recupera una idea de los años noventa. Un hospital da para muchas historias; este, ocupado por espíritus y demonios, nos arrastra al surrealismo. The Kingdom se mueve entre un humor delirante y un realismo espectral. No hay nada igual, ni lo habrá. 

Es la hora de comer; el nuevo invitado, Kenji, un gato, joven y pesado, se lanza sobre el plato. Yume, más pausado, lo observa. Yume San, sin duda. 

Observo los dibujos de Hiroshige. 

Los colores nos llenan de vida; las líneas y los trazos se pierden en el tiempo. 

domingo, 6 de noviembre de 2022

ERNAUX, ANNIE

 

"La memoria de los otros nos ubica en el mundo..."

Descubrí a Annie Ernaux, la reciente nobel de Literatura, en los años de excedencia. No fue la única autora que leí por entonces. También pasaron por mis manos la obra de Despentes, de Vivian Gornick o la desgarradora y atormentada Violette Leduc. Todas se miraban o se miran a sí mismas y, al hacerlo, nos enseñan la sociedad de su tiempo, la que construyó su forma de ser y estar en el mundo. Un feminismo que precede al actual, lleno de contradicciones, dudas e inseguridades, diferentes o similares al actual.

Leí casi toda su obra. Suele ocurrirme, cuando un autor me atrapa. Me pasó con otro nobel reciente, Modiano. O en mi adolescencia con Nietzsche o Virginia Woolf. Me impactaron, por supuesto, El acontecimiento, La mujer helada o La vergüenza, radiografías a carne viva de una sexualidad liberada y sometida o -en esta última- de la relación que mantiene una hija con unos padres de los que empieza a distanciarse, avergonzada. No he salido de mi noche es la melodía final: la hija se despide de una madre con Alzheimer, que ya ha olvidado quién es, quién fue. Las palabras de Ernaux sirven para que esa memoria, la suya, la de otros, no se pierda para siempre.

Las versiones cinematográficas han sido afortunadas. El cine francés ha comprendido la fuerza visual de esta escritora. Tanto en Pura pasión 

como en El acontecimiento, los directores y guionistas, siendo fieles al original, han sabido interpretarla con acierto e independencia, aportando aspectos nuevos que Ernaux sólo había insinuado o que aparecen en otras obras, como, por ejemplo, su obsesión por ser escritora o la relación compleja con su madre.


Sin embargo, por encima de los temas que se destacan en estas dos versiones -la sexualidad femenina, la liberación, el aborto, la represión sexual-, pienso que el tema central de la obra de Ernaux es la memoria, como también ocurría con Modiano. 

Si en el autor francés, de origen judío, la guerra, por un lado, -con la imagen obsesiva de un padre al que desprecia y admira a partes iguales- y el 68, por otro, -esa juventud idealizada y manipulada por el paso del tiempo-,  son los dos marcos en los que se recrea una realidad imaginada, inventada o transformada por la memoria, en Ernaux la realidad que nos muestra es, en primer lugar, una confrontación con otra generación de mujeres, la de su madre, que aceptó unas reglas que ya no pueden asumirse. Pero también es una manera de exorcizar demonios, los propios y los de otros -a veces, son los mismos- o de recuperar, en una visión más amplia, lo que se perderá "en un segundo".

En Los años, las imágenes, las fotografías familiares le sirven para mostrar los detalles que estas no cuentan, esos que forman parte de nuestro día a día, como el sonido de la orina al caer en el orinal o como una mujer, tras mear en un apartado, se pone las bragas y se alisa la falda o las esperas en el supermercado o el hastío de los domingos. U otros más complejos, los olores, sabores, las canciones, el sexo, las reuniones familiares, la violencia cotidiana, la guerra de Algeria, las frases hechas que conforman nuestra manera de hablar, la forma de vestir, "lo que no nos contaban" , los juegos, las lecturas, lo prohibido, las películas, la sumisión, los objetos olvidados... 

"Salvar algo del tiempo en el que ya no estaremos nunca más..."



KAREN Y CRISTINA ROSENVIGE

 


Casualmente se me han cruzado en esta última semana dos obras que tienen un denominador común: Cristina Rosenvige. 

La película Karen, recupera a Karen Blixen, la conocida escritora danesa. Nada que ver con la edulcorada Memorias de África. No creo que tampoco aquí veamos a la verdadera Blixen, aunque, seguramente, se parecerá mucho más que la versión de Streep. 

En realidad más que de Karen se habla de la relación que establece con su criado, Farah Aden: una relación de dependencia, teñida de un afecto muy peculiar. La mujer que aparece en esta versión, -rodada no en África, sino en Extremadura; los medios son escasos, pero bien aprovechados y apoyándose en extractos y anécdotas contadas por la misma Blixen y por su hermano en una biografía- no es perfecta, ni lo pretende. Se siente sola y abandonada por su marido, confusa y perdida; intenta mantener sus propiedades, pero se endeuda. A veces se comporta como una niña que se aburre; otras, toma decisiones que no admiten réplica. Busca el apoyo del co-protagonista, pero no siempre lo trata como un igual -ella es la ama, la occidental y se lo hace saber de vez en cuando-, aunque, en general, le respete y lo aprecie. 

Es una película sencilla y sobria, con ideas visuales y argumentales interesantes y dos interpretaciones muy medidas. Cristina Rosenvige borda un papel complejo y para nada idealiza a su personaje; es más, nos lo acerca, cuando otros habrían apostado por una hagiografía: nos lo muestra como alguien real, de carne y hueso, con defectos visibles.

Hace unos días volvió de repente, mientras escuchaba una canción en la radio del coche, otra Cristina Rosenvige. Ahí estaba la cantante de Chas! y aparezco a tu lado. De repente, en un flashback de cuarenta años, la mujer madura que interpreta en Karen se había transformado en una veinteañera juguetona. 

No sabría decir si esto resume la carrera de Cristina Rosenvige, una artista, alejada y mucho del star system, independiente hasta la médula, que tal vez merecería más difusión en los grandes medios. 

Aunque también es una elección. La calidad y, sobre todo, la independencia, a veces tiene sus riesgos y ella los asumió hace mucho tiempo, desde el principio de su larga, coherente y fructífera carrera. 

REFUGIOS EN ALMERIA: ENTRADAS AL INFRAMUNDO

 

En Almería se conserva un refugio diseñado por Langle durante la guerra civil. Son cientos de metros bajo uno de los paseos más concurridos de la ciudad. 

Aquí, en este enlace, podéis encontrar más información.

Hay una curiosidad añadida. Al finalizar la guerra, se decidió bloquear las salidas. Se pidió al mismo Lange que las ocultara y lo hizo de manera muy elegante: construyendo unos kioskos que aún se conservan. 

Las entradas al inframundo no deben ser vistas. Arriba, el consumismo de nuestros tiempos. A doce metros de profundidad, el infierno o un recuerdo lejano de tiempos oscuros. 

Un tejo, de más de cien años, comunica el mundo de los vivos con el de los muertos. Sus raíces llegan hasta las profundidades del submundo; una plancha de metal las contiene desde hace unos pocos años. 

La naturaleza se rebela, destruye las fronteras que los seres humanos intentamos levantar... en vano. Las del pasado y el presente, las de la vida y la muerte. 

viernes, 16 de septiembre de 2022

JEAN-LUC GODARD: EL CINE

 


Hubo un tiempo en que toda una joven generación en Francia buscó nuevas formas de hacer cine. Se les llamó la Nouvelle Vague. Fueron Agnès Varda -una de las pocas mujeres-, Claude Chabrol, Louis Malle, Jacques Rivette, Éric Rohmer, François Truffaut, Roger Vadim... Y Jean-Luc Godard.

La mayoría, con el paso del tiempo, sin perder su talento -que era mucho-, fue asumiendo las reglas de la industria. Godard nunca las aceptó. Con sus luces y sus sombras -que las tiene- desde su primera película, la sorprendente e iconoclasta A bout de soufle, experimentó, jugó, se divirtió: siempre. Hizo lo que quiso. En fondo y forma. El montaje -de sonido e imagen- se transforma en un elemento de ruptura; contar una historia es importante, pero es mucho mejor cómo la cuentas. 

Sus películas de los años sesenta son divertidas. Y lo son porque tienes la impresión de que el que las hace está pasándoselo bien. Rompe las convenciones, se ríe con nosotros y de nosotros. Transforma los géneros, los dinamita. Bande apart es el mejor ejemplo. ¿Cine de gansters, musical, comedia loca? Todo eso y nada de eso. 


Si alguien me preguntara: ¿en qué películas sientes que la vitalidad se sale de la pantalla, sin hipocresías ni velos? Sin duda, las de Godard de esa época. Están vivos; estás vivo. 

Parece serio; lo parece. En realidad, no puedes dejar de sonreír, aunque los personajes reflexionen sobre el sentido de la vida y el estado del mundo. Bergman era serio y profundo en Persona; ¿Godard se divierte y rompe las reglas en Alphaville?


La cuarta pared se rompe en mil pedazos. No hay límites para que la realidad múltiple y poliédrica atraviese la pantalla. Los finales han de ser explosivos o no han de ser...

O para adaptar a Cortazar, como debe hacerse, traicionándole y siéndole fiel en el fondo y en la forma.

Después la política, en los setenta y ochenta, lo llevó por otros derroteros. El 68 no le vino bien, en mi opinión; se espesó, quiso ponerse serio. Aunque, eso sí, lo hizo a su manera, provocando a las buenas conciencias, a esa máscara de lo políticamente correcto, tan peligroso para cualquier tipo de creación artística; y lo hizo sin normas ni coerciones. 

Je te salue, Maria

Los demás las habían aceptado; él, no. 

En sus últimos años con los medios digitales no traicionó sus convicciones. Siguió siendo un creador único, ajeno a las modas, buscando nuevos caminos, abriendo fronteras. 


¿Qué autor ha hecho más por el cine que Jean-Luc Godard? Los contaríamos con los dedos de una mano.

¿Qué autor ha ido más allá en su búsqueda de la Verdad? Aquí están las manos, el punto de partida de nuestra humanidad.


Godard es el cine. 


martes, 2 de agosto de 2022

MUJER EN EL SIGLO XXI: EN MOVIMIENTO

 

¿Un final puede servir para construir una teoría? Sí, claro.

Las películas donde una mujer es protagonista, ¿cómo terminan? Sería interesante hacer una detallada investigación partiendo de este supuesto. Esto que sigue solo es una ligera tentativa de una idea que podría llevarnos mucho más lejos.

Empecemos por la vida de Adèle. Se confirma el presupuesto inicial: Adèle está en movimiento, se aleja de nosotros, nos da la espalda. Está en el momento más bajo de su vida, pero no se queda a llorar desconsolada, sino que camina. ¿Otra vida es posible?


En Girl de Lukas Dhont la protagonista también camina, pero esta vez de frente y sonriendo. 

No hace falta decir lo que eso significa. De nuevo, en movimiento.

¿Y qué podemos decir de La peor persona del mundo? Si en Girl la protagonista ha decidido ser mujer, física y mentalmente hablando, en la otra ha sacrificado su maternidad y relación de pareja para centrarse en su profesión. Vivir sola es posible.

Está sentada, trabajando con el ordenador. Sí, aunque no lo parezca, también hay movimiento.

Nada que ver, si lo comparamos con el final de Calle Mayor. No hay esperanza para una mujer que ha decidido rendirse. Nos encontramos ante un rostro convertido en estatua. Podría ser la sombra de Pigmalión o la condena de Medusa. Esta soledad es impuesta. 

Pero los tiempos han cambiado. Las mujeres no están dispuestas a detenerse.

En Retrato de una mujer en llamas el final, como no podía ser de otra manera, es pictórico. Tanto la penúltima como la última escena. En la penúltima, por medio de un cuadro. En la última, sin embargo, el retrato, la mirada de la artista desde el palco de enfrente, tiene como fondo la música de Rossini, Las cuatro estaciones. Ella está parada, sentada, obligada por las convenciones, pero no paralizada.

Sí, hay también movimiento. La mirada, el rostro, el cuerpo entero, la melodía, las lágrimas y... la cámara. 


De alguna manera, la cámara acompaña a una mujer del siglo XVIII que no puede moverse. 


Aunque en su interior ría, llore, baile, salte, corra, vuele... 



RIBEIRA SACRA

 


Dicen que un benedictino a principios del siglo XVII transcribió erróneamente un documento del siglo XII. En el original ponía Rovoyra Sacrata, algo así como "robledal sagrado". El roble siempre ha sido en las culturas celtas un árbol divino. El monje escribió, en cambio, Rivoyra sacra y así es como ha llegado a nosotros. 

El Sil y el Miño han creado valles profundos, cañones ricos en tierra cultivable. Los viñedos se agrupan en terrazas con pendientes, en algún caso, bastante empinadas. 

¿Llegó el vino con los romanos? ¿O fue más tarde, cuando los monasterios descubrieron un negocio que les proporcionaría cuantiosos beneficios? Los historiadores no se ponen de acuerdo. O eso nos dice una guía de uno de los paseos en ferry por el Sil. Nos confiesa que quiere presentarse a las oposiciones de secundaria para la pública; pocas plazas para muchos pretendientes. Nihil novum sub sole.

De entre esos monasterios destaca el de San Esteve. La iglesia tiene dos retablos; el renacentista preside el coro. Hay otro en piedra, románico, más atractivo: representan en una figuras esquemáticas, estilizadas a Jesucristo rodeado de sus discípulos. 


Transformado el resto del edificio en un parador aún conserva tres de los claustros. Dos son renacentistas y el último combina el románico con el gótico tardío. En las paredes de este hay unas pinturas; difícil distinguir cuál es tema. Aún quedan restos del color. 


Estos monasterios se enriquecieron en la Edad Media; fueron abandonados en el XIX. Entre las dos fechas podrían contarse muchas historias. 

En los altos de estas colinas puedes encontrar restaurantes. Además de la vista de los valles, disfrutarás de cocina casera. Sus propietarios suelen ser familias: verás al padre, la madre y los hijos. En O cova, mientras contemplas el cañón del río Miño, te ofrecerán carne a la parrilla. Los postres caseros no quedan a la zaga. 

Se cuenta que el fuego está quemando los bosques de estas tierras; aquí, al menos, por lo que he observado, todavía no ha llegado. ¡Al tiempo!

Estuve en Orense hace casi veinte años. No recordaba la Catedral y es extraño, porque no te deja indiferente. A la entrada un cartel nos agradece el que hayamos dejado un donativo; sorprende, porque el pago es obligatorio para poder visitarla. Debe de ser el sentido del humor gallego. 

Tenemos un gótico elegante, pero que conserva ejemplos de otras tendencias. Esculturas románicas, sobrias, distantes; portadas románicas que recuerdan a la del maestro Mateo; una capilla barroca, la del Santo Cristo, brillante: necesitas salir para poder recuperar el aliento. ¡Tanta es la riqueza y el esplendor que atesora! El altar mayor se mueve más en el Renacimiento. Las figuras del coro no desmerecen. 

Recordaba un museo arqueológico; me agradó porque era sencillo y aprovechaba con pocos medios el espacio que tenía. Me lo he encontrado en proceso de restauración con una fachada cubierta de andamios.

Había también una calle llena de bares. Si es la misma que he visto ahora, los bares se han transformado en restaurantes y han ocupado la calle con terrazas que no dejan sitio a los paseantes. El turismo lo devora todo. 

Para salir del centro está el puente romano, bañado por el Miño. En este siglo XXI también tenemos el puente al estilo "Calatrava". Lo podían haber llamado del "descubrimiento"; aquí recibe el nombre de "el Milenio". Es curiosa la pasarela peatonal en forma de anillo; un hilo muy fino y elegante. Al otro lado, subiendo una cuesta pronunciada, llegas a la estación de tren.

El AVE te llevará a cuatrocientos kilómetros por hora -en su tramo más rápido- hasta Madrid en dos horas. Visto y no visto. Más bien, lo segundo. 

Los viajes, ¡ay!, ya no son lo que eran.





lunes, 1 de agosto de 2022

VILACAIZ (y II)

 

Se escucha el canto de un gallo, ladridos de perros, algún mugido ocasional. Son los sonidos con los que comienza una mañana aquí. 

Mi amigo sabe que necesitará mucho tiempo y trabajo para levantar todo esto de nuevo. Aunque, como yo, es un urbanita, su mirada ya no es la misma que pueda tener yo. "Ahora soy un terrateniente", me dice con sorna. En estos días, por las tardes, ha hecho una zanja para dirigir un reguero de agua que uno de los vecinos ha dejado libre dejándole una parte de la finca anegada. También ha cortado las malas hierbas, arreglado la lavadora o el horno. Está dispuesto a tomarse muy en serio este tipo de vida. 

Le acompaña Luka, una perrita de trece años. Una "viejita", como la llama mi amigo cariñosamente. Casi siempre está durmiendo; sólo cuando intuye que le van a dar de comer, sus ojos brillan. También cuando persigue a unas ovejas alocadamente. Es como si despertara de repente su instinto natural de cazadora. 

Nos dicen que en los alrededores han llegado a ver a algún lobo. También jabalíes o zorros. Uno de ellos fue quizá quien debió dejarnos su tarjeta de visita en forma de deposición una noche en la escalera. 

En Vilacaiz, aldea la llaman por estos andurriales, no hay más de veinte vecinos. Y la mayoría vienen o los fines de semana o en verano. La carretera comarcal, la que te lleva a Currelos, el pueblo más cercano, separa las fincas de unos y otros. A nuestro lado de la frontera asfaltada tenemos la iglesia y el cementerio. En la iglesia, en la que sólo se celebra misa el primer domingo de cada mes, quedan algunas lápidas, colocadas en los muros que la protegen. Son las más antiguas que he logrado encontrar; no van más allá de los años cuarenta. Imagino que los demás huesos de antiguos parroquianos o fueron trasladados o se encuentran bajo el campo de margaritas. 


Todos los caminos aquí tienen un sentido. El asfalto no llega más allá de unos metros, los que necesite el propietario para el coche. Enseguida se convierten en senderos de tierra firme y bien asentada, que separan los terrenos y comunican a unos propietarios con otros. En las fincas encuentras desperdigadas, en paquetes bien atados, la paja o el forraje; a veces está cubierta por un plástico para que conserve la humedad y el sabor. 

Es importante llevarse bien con los vecinos, pero no siempre es posible. Ya se sabe: conflictos con los linderos y los límites de este o el otro, que si ese camino es privado, que si las ramas del árbol te pertenecen y el tronco, no. También se piden favores. Así que los vecinos son amables con mi amigo; no solo es el carácter abierto del gallego, que también, sino sentido común. Nunca sabes cuándo puedes necesitarle. Hay interés, por supuesto. Llegar a acuerdos y no arrastrar litigios es importante; o que tus ovejas puedan pastar en otra finca; o que tengas una salida para el coche más cómoda. Y a mi amigo en estos primeros encuentros le llueven los pepinos, tomates y lechugas del huerto de este; o el albariño o el orujo casero de aquel. Quid pro quo. La gente del campo es práctica. Le va en ello la vida. Alguno da consejos que mi amigo no ha pedido o atraviesa la finca sin pedirle permiso. Tendrá que poner los límites y saber moverse en este nuevo lenguaje con sus reglas y su vocabulario particular.

Currelos es el pueblo más cercano. Tampoco es que haya mucho que ver: farmacia, un bar, un albergue privado, alguna tienda de ultramarinos. Si quieres ir al médico o empadronarte debes ir más lejos, a Vilasante. Y para asuntos de mayor enjundia como juzgado u hospitales, Monforte. El coche es imprescindible para moverse por aquí. Así que se entiende que llevarse bien con los vecinos sea tan importante.

Una pareja, con la que mi amigo tiene vecindad, nos invita a tomar pulpo en Currelos. Han recibido a mi amigo con los brazos abiertos. Él es un hombre cabal, directo, gusta del vino y la buena comida; es trabajador. Lleva sus vacas a pastar, hace la matanza, se ocupa de los terrenos. Le cuesta hablar en castellano; enseguida le sale un gallego cerrado y a veces nos cuesta entenderle. Ella, sin embargo, habla un castellano perfecto con acento y palabras gallegas bien condimentadas. Trabaja en otro pueblo de cocinera; se ocupa también del huerto. Habla, sí, por los codos. Si alguien nos ha informado de casi todo es ella. Debe conocer todos los secretos de la aldea; es una magnífica fuente de información. 

Hoy en Currelos, como todos los días veintiséis de cada mes, hay mercadillo. Y en una plaza han montado un tenderete con mesas y bancos corridos. El pulpo está muy bien hecho. En general, la comida gallega es sencilla y contundente. Y el nivel de vida de Galicia te permite vivir con cierta holgura, en general. 

Por la tarde escuchas el coro de perros, aullidos que se responden unos a otros. Las vacas y terneros del vecino, cuando dejan de pastar, nos miran sorprendidos. En un año esos terneros serán filetes; no lo saben, claro, así que ahora, inconscientes, degustan el pasto. 


Las ovejas, tras ser perseguidas por Luka, más tranquilas, devoran con fruición la hierba. 

Se levanta de vez en cuando una ligera brisa. 

domingo, 31 de julio de 2022

VILACAIZ (I)

 

Un amigo se ha comprado un terreno en Vilacaiz, a una hora de Lugo y Orense. Me invita a pasar unos días. Acepto de inmediato. Me aburro aquí, aplatanado, con temperaturas que no bajan de los cuarenta. 

El lunes, el día de mi onomástica, me subo al bus. Como no he salido de casa en una semana, me crece de inmediato una ligera irritación, fruto obligado de un contacto humano no deseado. Se me pasará, es una primera reacción alérgica que no me dura demasiado tiempo. Cuesta adaptarse al ajetreo de una estación, a los ruidos, los olores, a las maletas que van de un lado a otro, a las mochilas y sus espaldas. Uno huiría de lugares así, a no ser que no tenga más remedio que viajar; la asfixia podría con uno y te aplastaría inmisericorde, pero aún conservo resistencia física suficiente para sobrellevar la antítesis de lo que busco: soledad, tranquilidad, un clima suave y amable. 

Por las ventanillas pasa a toda velocidad el paisaje de Castilla y sus colores: el amarillo ceniciento y el verde apagado. Llanuras amplias, diminutas colinas. Trigo y algún campo de girasoles puntúan una línea recta y definida de un horizonte ilimitado. Cuando las colinas se transforman en montes o bosquecillos, los tejados de pizarra cubren las casas y el verde brillante sustituye a los colores apagados, ya sabemos que nos encontramos en Galicia o muy cerca. Los contornos se definen mucho mejor. Molinos de viento en las cimas de las colinas; paneles solares a la entrada de los caserones. 

Desde Lugo el camino a Vilacaiz es una sucesión regular de valles y colinas boscosas. Las poblaciones diseminadas, terrenos de pasto, bosques de eucaliptos y pinos o, más autóctonos, de castaños y tejos. Algún erizo muerto en la carretera; no conocía el lenguaje de los hombres. Los gatos, asilvestrados, rehuyen el contacto humano. Los perros ladran o ahuyan; muchos de ellos, atados, pierden la cabeza, prisioneros, anhelando la libertad. Las ovejas devoran la hierba en un gesto repetido y obsesivo; los terneros y sus madres, vigilan al paseante, cuando este se detiene a observarlas. 

Mi amigo y yo, entre las historias que nos han contado los vecinos y algunos documentos, descubiertos en el cajón de un armario, hemos ido desentrañando la vida del antiguo propietario de esta finca. 

Un tal Camilo, que nació en el mismo Vilacaiz, muy pronto, joven, se marchó a trabajar a Madrid. Allí consiguió un puesto de guardia de asalto, como mi abuelo; pero tuvo más suerte o más contactos, porque enseguida obtuvo un puesto entre los guardaespaldas de Franco y, cuando este murió, de Juan Carlos I: la Transición en estado puro. Rebuscando entre los objetos que no se tiraron, encontramos una revista fechada en noviembre de 1975. El titular dice: "Franco se despide de España". En la fotografía el dictador, como un padre amoroso, sonriente, mueve las manos, como si se alejara de nosotros, con tristeza. 

Mientras pasaba el tiempo, echando de menos su pueblo, imagino, se acostó con una chica toledana; sería una de tantas, debió pensar. Pero está se quedó embarazada y le dijo que iba a tenerlo y que se tenía que casar con él, sí o sí. Fue un mal comienzo para el matrimonio. Tuvieron otra hija y la relación se consolidó de cara a la galería -entre engaños por una parte y recriminaciones por la otra-, pero él, seamos sinceros, nunca la amó. 

En los años ochenta se compró la parcela y construyó la casa. La cocina y el baño son de esa época; se nota que debió de haber alguna reforma posterior, pero no se cambió casi nada. La familia, más o menos avenida, venía en verano al pueblo; en invierno se quedaban en Madrid.

A mediados de los noventa a la madre le diagnosticaron cáncer. Camilo no tuvo ningún reparo en apartarse de ella en sus últimos meses de vida. No fue a verla al hospital; tal vez ni siquiera asistió al entierro. Sus hijas no se lo perdonaron. Nunca volvieron a pisar este sitio. Así que Camilo vivió sus últimos años solo, entre su casa de Madrid, en Aluche, y su terreno de Vilacaiz. Su carácter seco y distante se agrió más; tuvo algún conflicto con algún vecino del pueblo que llegó hasta los juzgados. 

Un día de otoño en Madrid notaron el olor de su cadáver en descomposición. Había muerto tres días antes. 

Este hombre compró años atrás una tumba familiar en el cementerio del pueblo; es un lugar pequeño, sencillo. Las sepulturas, modernas, de granito pulido, están bien cuidadas; no hay caminos asfaltados, a no ser uno que rodea el cementerio por su parte interna. En el centro, han dejado crecer las hierbas y algunas flores: margaritas, sobre todo. 

No enterró allí a su mujer. Tampoco él está enterrado. Su tumba es una tumba vacía, sin letras, sin fechas. 

En la franja superior aparece desleído, como si el tiempo se hubiera encargado de borrarlo, el nombre y apellidos de nuestro personaje y el del pueblo que le vio nacer, cincelados tímidamente en el granito.

La finca que ha comprado mi amigo es grande: tiene espacio, si así lo quiere, para un huerto, un invernadero, para que pasten ovejas o terneros; hay plantados árboles frutales: manzanos, perales...  picoteados por los pájaros. Algún castaño. La casa, en el centro de la finca, necesita de algunas reformas. A la parte habitable se llega por una escalera. Debajo hay un establo que guarda decenas de aparejos para el campo; incluso hay un carro de madera, carcomido; tal vez un recuerdo familiar de Camilo. 

Se pone el sol. Los atardeceres aquí se me hacen tardíos y trágicos, sanguinolentos. El cielo se cubre de un rojo brillante y espléndido. 



martes, 12 de julio de 2022

OMNIA VINCIT AMOR: WEST SIDE STORY Y VIVIR EN SEVILLA

 


Las cosas irán encajando poco a poco en su sitio, R. Es posible que ahora no lo veas así, pero tienes que confiar en la vida... Llegarán dos días de felicidad que valdrán por años enteros de dolor y llegarán, R., créeme que siempre llegan... Como dice el poeta cubano Silvio Rodríguez, lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida. 

Creo conocer tu preocupación como conozco tu silencio. No lamentes nunca el amor que das. Aunque creas que nadie lo recibe, no se pierde, no se pierde... Lo importante es amar mucho. Hay que ser capaz de amar sin medida. Y también hay que estar preparado para recibir amor, que puede venir por cualquier lado, y a veces, incluso, por donde queremos que venga. Al final el amor que recibes es siempre igual al que has dado. A veces creemos que no nos dan lo que pensamos que nos merecemos o que no merecemos lo que nos dan, pero hay momentos en que recibimos cosas muy importantes y, si llegan a nosotros, debemos aceptarlas. 

Muchas cosas que nos rodean no tienen para ti sentido ahora, pero llegará el día que un olor, una luz, una voz, un poema, una palabra, una imagen te asombrará. Verás que cuatro horas con la persona a la que se ama valen cuatro meses o cuatro años de espera. 

Solo el amor importa, R.


"-No creí en tu amor lo suficiente... 

-Con amar basta..."



OMNIA VINCIT AMOR?





viernes, 8 de julio de 2022

BARDEM: CALLE MAYOR Y MUERTE DE UN CICLISTA

 

Volviendo a ver las dos películas de Bardem, sólo separadas por un año, es fácil descubrir que estamos ante dos hermanos gemelos, dos miradas críticas a la sociedad de su tiempo y perspectivas paralelas.

Admito mi preferencia por Calle Mayor. 

Como ejemplo, pongo la secuencia previa al final. El personaje, Isabel Osorio, feliz, ingenuo hasta ese momento, descubre la verdad -se han reído de ella, una solterona, mientras se enamoraba, aferrándose desesperadamente a su última oportunidad, de un pobre tipo compinchado con los bromistas, que nunca la ha querido-. El dolor es terrible. ¡Y cuánta dignidad! Me sigue emocionando, aunque ya la haya visto decenas de veces.

Es cierto que en ambas, como ya hemos visto en la escena anterior y apreciaremos en la siguiente, encontramos una planificación cuidada, exquisita: profundidad de campo, juego de luces y sombras y un montaje hilado a la perfección. 

Aquí tenemos, como rima, el comienzo de Muerte de un ciclista; funciona como un mecanismo de relojería, sobrio y sin elementos accesorios. No necesitamos más para saber por qué actúan así los personajes.

En las dos, también es cierto que el discurso moral -la moraleja de la historia- chirría, resulta superflua con el paso de los años; pero no se nota tanto en Calle Mayor. Tal vez porque el personaje que interpreta Betsy Blair -una gran actriz y muy desconocida, con una historia personal de compromiso político que la obligó a dejar Hollywood- nos atrapa y emociona desde el primer momento. 

En Muerte de un ciclista -no dejo de pensar que estamos ante una película de cine negro; está el héroe, Alberto Closas, que desea purificarse; la mujer malvada y egoísta, interpretada magistralmente por Lucía Bosé, que le lleva a la perdición- la crítica va dirigida a la élite franquista y su hipocresía social; 

en Calle Mayor los dardos van dirigidos a la vida provinciana, a su hastío y aburrimiento. Sin embargo, el tema de la primera podría ser también la toma de conciencia, la asunción de responsabilidades. En Calle Mayor es, sobre todo, en mi opinión, la crueldad. Y el papel de la mujer en una sociedad que no la permite más libertad que la que encaje con el modelo imperante. 

De los defectos que no podemos evitar como seres humanos tal vez el que me parece más detestable es este, el de la crueldad. Y todavía más, si es innecesaria. Pongo dos ejemplos.

En una guardia de recreo en la que estuve hace un mes, unos cuantos adolescentes -los típicos "malotes"-, aburridos, empezaron a molestar a sus compañeros. Al final -como les "reprimía" sus intentos de "montarla"-, acabaron imitándome, haciendo los mismos gestos que yo. Ningún problema: un parte a uno de ellos y al día siguiente, no les pasé ni una. Me fije en uno espigado, el más retorcido, el que marcaba el ritmo del grupo. Una semana más tarde, antes de entrar al cine a ver la película de Jonás Trueba, hablé con una compañera, S. de él. Me dijo que, al menos, si lo comparaba con el que había recibido el parte, este tenía un espíritu rebelde. El otro no era más que un "armario". Sin embargo, en el "rebelde" hubo algo que no podía soportar; detrás de esa careta de provocación a la autoridad, lo que encontrabas era solo crueldad. 

La misma que en esa historia, al principio de la guerra de Ucrania, en la que dos viejecitos, pensando que llegan las tropas rusas, los reciben con una bandera comunista. Los militares, en realidad, son ucranianos; los graban con un móvil, se ríen de ellos y, finalmente, los humillan. Tal vez con esa grabación -difundida por ellos mismos- pensaban que ridiculizaban al enemigo; sin embargo, lo que hicieron fue mostrar una crueldad prescindible que luego intentaron ocultar con propaganda y entrevistas a la protagonista, controladas -no olvidemos que en una guerra nada es inocente-, respondiendo a la rusa, que ya la había convertido en un símbolo interesado. Es curioso que de todas las crueldades de esta guerra, las que se han visto y las que nunca conoceremos, esta me parezca la peor, la más despreciable. 

¿Por qué me sigue emocionando una y otra vez Calle Mayor

El débil siempre me merecerá más respeto y afecto, más cercanía. Suele ser así, si no convertimos al otro en un "enemigo" o un títere que merezca ser humillado. Eso también forma parte de la naturaleza humana. 

Blanche, la protagonista de Un tranvia llamado deseo, como Isabel, un personaje frágil, necesitado de afecto y de un mundo ilusorio, despreciaba también la crueldad sin motivo. Y siempre agradecía, como dice al final, quebrada psicológicamente para siempre, "la amabilidad de un desconocido". 


Al final preferiré siempre esa ingenuidad al sarcasmo. Uno también tiene sus defectos y no los puede evitar.



jueves, 7 de julio de 2022

NADAL, FERLOSIO, EL CAPITALISMO Y LA LIBERTAD

 


En un artículo de opinión publicado en El País el 31 de mayo de 1997, Ferlosio, el escritor del Jarama, el testimonio de Yarfoz o Non olet decía lo siguiente:

"...Creo que hay otro factor más profundo y relevante para que los Estados democráticos fomenten el culto y el cultivo del deporte agónico de masas: su valor pedagógico para la educación moral y para las exigencias de adaptación social que mejor se adecuan al liberalismo y a la economía de mercado..."

Y más adelante:

"...y (esa mentalidad agonista) que el deporte enseña y alimenta ocupa un lugar central entre las capacidades que hacen triunfar al individuo en el mercado de libre competencia..."

las cuales enumera ampliamente al final de ese mismo párrafo:

"retahíla de virtudes: la voluntad de autoafirmación y autorrealización, el afán de superación, la aspiración a la excelencia, el ardor competitivo, el amor por el trabajo, el espíritu de sacrificio, la impavidez y resistencia ante el esfuerzo y el dolor... todas ellas, en fin, simples perversiones funcionales comunes a las culturas helénica y cristiana o tomadas la una de la otra..."

A estas se ha añadido de manera tangencial -en el caso que nos ocupa, el de Nadal-, un sentimiento de identidad nacional, el de un españolismo simplista y popular, más artificial de lo que aparenta, que encaja perfectamente con la necesidad de un Estado, cualquiera que sea, de encontrar referentes para consolidar su ideología e intereses. 

Cualquiera se preguntaría cuáles pueden ser esos intereses. Algunos podemos contemplarlos en la imagen que encabeza esta entrada. Nadal es un producto que vende en una economía de mercado; es difícil saber si, cuando deje el tenis -las lesiones tarde o temprano, a pesar de su calidad y resistencia, le obligarán a hacerlo y como bien dice un amigo "el autosacrificio demencial al que además se está sometiendo es un estupendo símbolo del neoliberalismo actual: se acelera la marcha, aunque nos lleve al desastre por no saber parar"-, elegirá los negocios o la política, pero su futuro parece llevarle, elija el camino que elija, hacia una élite de poder que no sólo ahora le proporciona cuantiosos beneficios, sino que, además, incrementa los de sus empresas patrocinadoras. El nacionalismo español no deja de ser un añadido, una motivación emocional que atrae a posibles compradores y clientes. 

Vuelvo a Ferlosio, al escritor, no al cantautor, aunque en este último también podíamos encontrar reflexiones parecidas, más ingenuas, líricas o combativas. ¿No podemos interpretar así -es mi interpretación, no la que el propio Chicho tuviera en principio al escribirla, aunque no creo que estuviera en desacuerdo con ella, si estuviera vivo- su conocido Gallo negro, gallo rojo? 

"El gallo negro era grande, pero el rojo era valiente"


Decía Rafael, su hermano, en uno de sus pecios:

"Llenando el lugar vacío de la impotencia, el hastío y el nihilismo, el deporte es desde siempre lo que más cabalmente cumple la función primaria de toda cultura como instrumento de control social".

Y esto me lleva a la libertad. ¿Somos libres? Dicen que hay libertad de elección: está el liberalismo económico -podemos comprar y vender sin límites- y las democracias -podemos votar y elegir a nuestros representantes- o la educación y la sanidad -podemos ir a la escuela o a la sanidad pública o, mejor, si tienes dinero, a la concertada o la privada-. Eso nos aseguran en los grandes medios.

"Suelo decir que no sé lo que es la libertad, pero como en muchas otras cosas el argumento más sólido que tengo no es más que una alegoría: la de las cuerdas de la marioneta: cuantas más, más libertad". 

Apariencia de libertad, deberíamos decir. Y ambos Ferlosios eran muy conscientes. 

lunes, 4 de julio de 2022

EL CAPITALISMO Y LA GUERRA: EL CONTROL DE LOS RECURSOS



Estoy leyendo los ensayos de Rafael Sánchez Ferlosio; él pensaba que era lo mejor que había escrito.

"El capitalismo lo destruye todo; por dentro y por fuera. El final no vendrá por una guerra, sino por una catástrofe económico-ecológica. El mundo no va a sobrevivir..."

Sin embargo, el capitalismo necesita de las guerras; es su forma de regenerarse. O tal vez sea una característica del ser humano. El control de los recursos -agua, petróleo, gas- se convierte en el motivo principal de todas. Sí, también puede haber otras razones: étnicas, sociales, geoestratégicas, políticas, emocionales, pero no dejan de ser justificaciones que los bandos enfrentados han propagado a diestro y siniestro desde el principio de los tiempos.

Hay quien compara la situación actual con la primera guerra mundial; es decir, hay un aumento del gasto armamentístico y ese excedente debe ser utilizado. ¿Serán guerras locales -India contra Pakistán, Taiwan contra China, Latinoamérica contra Estados Unidos, Corea del Sur contra el Norte, Ucrania contra Rusia-, como sucedió durante la guerra fría? ¿O decidirán que África y Oriente Medio se conviertan en los principales teatros de operaciones? ¿Habrá un enfrentamiento directo entre las grandes potencias? 

"La guerra es el momento de plenitud, de exaltación y euforia de los pueblos, de su autoafirmación y cumplimiento, pues es el antagonismo la raíz de toda identidad..."

¿Es una de las causas de estos preparativos el alto endeudamiento de algunos países -sobre todo, Europa- y los esbozos de una nueva crisis económica que ya se veía venir? ¿Es una forma de control social -ya se sabe, mientras tengamos un enemigo exterior o interior nadie se rebelará contra las medidas que tomemos, sean recortes de libertades, represión policial, subida de impuestos o la escalada de los precios de productos de primera necesidad o de la electricidad, el gas o el petróleo-? ¿Por eso Europa ha decidido someterse al "amigo americano"? ¿Las empresas de armamento y las de construcción -porque, ya se sabe, después de destruir hay que "reconstruir"- tienen intereses en esta escalada? ¿También las empresas tecnológicas desean esta guerra porque necesitan materiales como el litio?

Las dos grandes potencias -China y Estados Unidos- saben que el control de los recursos será decisivo para su supervivencia y desarrollo. ¿Dónde pondrán el límite? 

"... aquel en el que el bueno y el malo aparecen absolutizados y encarnados en figuras ontológicas..."

No importa el ecologismo ni la sostenibilidad. Son solo palabras que el capitalismo sabe usar, cuando le conviene. El capitalismo necesita el crecimiento indefinido, la explotación de los recursos ilimitada. Solo así sobrevive. Le queda bien hablar de consumo responsable; pero es voraz e insaciable. El ecologismo es una farsa que solo retrasará lo inevitable. 

No importa la Verdad; los medios de comunicación, controlados, decidirán qué es o no la realidad. La palabra se oculta, se deforma. Es difícil reconocer la mentira. La mayor parte de la población acepta la información que recibe; no la pone en duda.

"...las guerras no como conflictos de intereses, sino por su poder catártico, purificador y santificador..."

Por supuesto, los países pobres no importan. Nunca han importado. Seguirán siendo esquilmados, explotados. Y los que se acerquen a nuestros "paraísos" morirán ahogados, aplastados en las vallas, disparados en las fronteras... O serán explotados, si logran alcanzar las costas...

¿Somos seres inteligentes? 

El poder se viene concentrando cada vez más en otra parte, cada vez más lejos de ellos, y ellos -a semejanza de los grafistas que van embadurnando de infinitos letreros, tan consentidos como despreciados, las infinitas paredes marginales de los márgenes del mundo- no tienen ya nada que hacer ni que decir, como no sea anticipar con su estrépito inútil y vacío el fragor de la catástrofe". 

Antes del final, sin embargo, aún nos quedan refugios. 

Licet iacere modo sub antiqua ilice, modo in tenaci gramine.

¿Y después? 

"A la Humanidad, a la especie, que la den por saco"

La Tierra sobrevivirá sin nosotros; no nos echará de menos.

domingo, 26 de junio de 2022

AMOR FATI: HERZBERG Y "BIEN RESUELTO"

 


"Recuerdo un barracón del Altersheim desalojado a las bravas no por los nazis, sino por los prisioneros políticos, que arrojaban violentamente a ancianas moribundas desde lo alto de literas de tres alturas -no sin antes robarles su último trozo de pan-, sin prestar atención a una viejecita desnuda de cintura para abajo que agonizaba en medio de un caos de cazuelas, platos, tazas de metal, esquirlas, ropa sucia, zapatos medio raídos, trapos rotos, maletas mohosas, mochilas destrozadas y pilas de todo tipo de porquerías pestilentes. 

Dos oficiales de las SS se acercaron a ver cómo iba la cosa. 

Die sache hat geklappt, sonrieron satisfechos. 

"Asunto resuelto".

Amor fati, Abel J. Herzberg. 


Herzberg escribió estas líneas en septiembre de 1945. Meses antes había escapado vivo del campo de concentración de Bergen Belsen. En unos artículos, que hasta 1999 solo se habían publicado en holandés, nos dejó su testimonio. Intentaba comprender cómo fue posible que los seres humanos fueran capaces de tamaña atrocidad. 

Hay quien dice -un político mediocre y trepa, como tantos otros, sean de derechas o de pseudoizquierdas- que en Melilla el asunto fue "bien resuelto". Políticos elegidos por ciudadanos en democracias consolidadas; ciudadanos que lo justifican en terrazas y en barras de bar, porque "hay que impedir que nos invadan" o que "la ultraderecha llegue al poder".

Los pobres, explotados y rechazados por un capitalismo salvaje, mueren junto a las vallas. Nosotros, los ricos -la OTAN y el BRICS-, nos preparamos para una larga guerra económica y militar de resultado incierto. 

Homo homini lupus... 

Hay palabras dichas hace tiempo que a veces riman en el presente. 

Y la rima es de un sarcasmo doloroso. 

sábado, 18 de junio de 2022

VIDAS PARALELAS: JONAS TRUEBA Y J. G. PERIOT (TENÉIS QUE VENIR A VERLA Y RETOUR A REIMS)

 

Jonas Trueba:

Me gusta su sencillez, sus deseos de experimentar, de jugar, de observar y contemplar la realidad. Evita juzgar a sus personajes. Los deja libres. 

Me gusta cómo nos muestra un espejo de nosotros mismos, o, al menos, de la generación a la que pertenezco -o de una parte de esa generación, la cultivada y leída-; y lo hace sin pretensiones. Mantiene un diálogo fluido y divertido con el espectador minoritario que encuentra en las salas de cine... 

El trailer o pseudo-trailer es un buen ejemplo de lo dicho hasta ahora...


pero... Sí, hay un pero. 

Querría que Jonás Trueba fuera más lejos. No lo hizo en su anterior experimento, el documental Quien lo impide. No quiere ni le interesa, me temo. Y es una pena, porque tiene mucho talento... 

A veces podemos pensar que hemos apostado por la sencillez, siempre digna de alabanza y poco transitada en general, y no darnos cuenta de que en cualquier momento puede transformarse en conformismo. Si no llevamos el experimento y el juego más allá, hasta el límite, nos traicionamos, nos acomodamos a unas reglas, asumimos precisamente aquello que queríamos evitar. No rompemos la baraja, sólo hacemos la vida más amable. Aunque tal vez ese sea el propósito de Jonás. 

¿O es el de no molestar? ¿O quizá el de tener libertad para hacer lo que quiera, disfrutando de la vida y de sus amigos, sin aspiraciones de gran altura? Pero ese espacio de libertad le puede llevar a la nada. O tal vez, precisamente, es eso lo que busque: la felicidad, la ataraxia, el nirvana... Que, sin duda, puede ser un objetivo muy encomiable y difícil de alcanzar en estos tiempos... 

Me gustan sus actores; sobre todo, Itsaso Arana. Su personaje es el más definido y completo. El resto, no tanto...

Como todo experimento, hallamos fragmentos, esbozos, ideas pergeñadas. Al principio, cuando sostiene cuatro planos de actores que, simplemente, escuchan una composición de jazz no puedes decir otra cosa que: ¡¡¡Bravo!!! Es interesante lo que se insinúa en los silencios y diálogos, más que lo que muestra. El corte final, rompiendo la tercera pared, cierra muy bien la historia. Y sin embargo... 

Sí, es un esbozo de película. Y tal vez por eso tiene su encanto... Pero...

J. G. Periot:

Me gusta de Periot su mirada al pasado como ya hizo en su anterior película Nuestras derrotas. El sí fue más lejos que Trueba en su Quien lo impide; mostró el lado oscuro de la juventud actual, su ignorancia y apoliticismo, el callejón sin salida en el que se encuentran. Trueba ahí, seamos sinceros, se quedó en la superficie... 

https://www.rtve.es/play/videos/dias-de-cine/nuestras-derrotas/5630932/

No es la mirada de Periot sobre el pasado condescendiente ni acrítica; no hay idealización, sino una reflexión, a veces dura y seca, sobre aquello que nos ha traído al presente. Me gusta su visión del documental como algo vivo, que juega con el tiempo y el espacio, con la imagen y los recuerdos, en el que la palabra y la rima visual se convierten en un espejo en el que mirarnos. Pero no basta con contemplar nuestro reflejo; debemos romperlo en mil pedazos. Y Periot lo hace. 

La primera parte es una reflexión sobre nuestros abuelos y padres, condenados a formar parte de los explotados, que fueron obligados a trabajar, a abandonar la educación a edad temprana, a morir jóvenes, a ser humillados. Te emociona y te obliga a pensar sobre lo que significó para esas generaciones el trabajo y la, hoy perdida, conciencia de clase.

La segunda parte quizá sea difícil de asimilar; se nos hace más árida. Me recuerda a un ensayo -no olvidemos que es una adaptación de una obra de Dedier Eribon-. Periot construye un discurso político bastante coherente: una reflexión sobre el auge de la extrema derecha entre los desfavorecidos. Tal vez hubiera necesitado más tiempo para desarrollar todas las ideas que aparecen.

A Periot le gustaría que el epílogo fuera un aldabonazo de esperanza: es posible que la izquierda retome el rumbo y el discurso y a sus votantes, si se hace más radical, si recupera sus raíces. 

Puedes ser escéptico ante esa ingenua reflexión final, -sobre todo, cuando observamos la  fragmentación de luchas y objetivos, tan claramente visible en los planos finales, frente al discurso simple y eficaz de la derecha-, pero eso no disminuye el valor de esta película combativa y radical, en su sentido más digno.

Jonás Trueba y J. G. Periot.

Si hay algo que ambos autores comparten, sin duda, es una mirada particular. Les gusta experimentar, buscan un espacio propio, que saben minoritario, y una libertad que les aleje de los grandes engranajes de poder en la industria.

Investigan en el fragmento y lo caótico la verdad del mundo. Lo construyen con esos fragmentos, conscientes de que ya no podemos confiar ni creer en Verdades absolutas. 

Son sencillos y directos; su discurso es claro y preciso, aunque sus objetivos y estilos difieran. Si Trueba prefiere insinuar, Periot se decanta por el puñetazo en la cara. 

Trueba no deja de ser un burgués, un intelectual de clase media. Y sus historias bucean en los sentimientos de las relaciones de pareja. Nunca profundizará en los grandes dramas colectivos, porque su búsqueda es individual; yo diría, incluso, que íntima, fuera del tiempo... Me gustaría que alguna vez rompiera el espejo... pero no sé si podrá o querrá hacerlo.

Periot, en cambio, es hijo de obreros. Su conciencia es colectiva; su mirada es hegeliana. La Historia familiar es un fragmento de la Historia de un país o de todos los países, de la Humanidad. Seguirá rompiendo espejos. El único riesgo es que pierda el vínculo con las emociones vitales y construya un discurso alejado de ellas. 

Vidas paralelas.

Me pregunto si algún día volverán a contemplarse... 


domingo, 22 de mayo de 2022

LE EVENEMENT

 


Descubrí a Annie Ernaux hace unos años. Si la escritura o el arte, en su mayor parte, es la investigación y el descubrimiento de uno mismo y saber comunicarlo a los demás, ella lo ha convertido, sin lugar a dudas, en su quehacer diario. Incluso en su primera novela Los armarios vacíos, reeditada este mes, es fácil distinguirla en su personaje central.

Los temas de Ernaux giran alrededor de su infancia y adolescencia, vivida en un pueblo francés, en plena posguerra. Toma conciencia de la clase social a la que pertenecía, de la vergüenza que sentía hacia sus padres y que ellos asumían como parte de las normas no escritas de una sociedad en plena transformación, de la libertad sexual, de la relación con su madre, compleja, entre el amor y el odio. 

Hubo un momento que marcó su vida más que ningún otro. Se quedó embarazada; no quería tener ese hijo. Pero el aborto estaba prohibido. Si colaborabas o abortabas, la cárcel. Si no querías convertirte en un ama de casa con un hijo no deseado, la única opción que quedaba era hacerlo ilegalmente, con los riesgos que eso suponía. 

De eso va Le evenement. 

Hay algunas diferencias con la novela original. La presencia de los padres se diluye en la película. Hay referencias puntuales en la obra literaria a películas u obras de teatro a las que asistió, mientras intentaba buscar una salida, que desaparecen en la adaptación, pero, en líneas generales, la trama principal es la misma. Y, sobre todo, es fiel a las emociones primarias, al tema central: la evolución psicológica de una mujer, su toma de conciencia. 

Aparece el miedo del entorno, las normas y leyes que someten a la mujer y todos a una injusticia y brutalidad de la que la gran mayoría no quieren tener nada que ver. Está la cobardía y la costumbre, dos de las claves que nos someten, sin que nos demos cuenta, a una servidumbre voluntaria. 

Es la historia de una mujer que sobrevive a un aborto. Y en ese proceso, se transforma; ya no será la misma. Es libre. Y contará esa historia para que otros sepamos que hubo un tiempo en Francia, en Europa, y que hay un tiempo ahora, en otros lugares del mundo, en que abortar te puede costar la vida. 

Sí, se habla de libertad. 

sábado, 21 de mayo de 2022

MÁSCARAS

 


No hay nada más convencional que yo sepa que una graduación. En los últimos años bajo influencia americana se ha extendido entre los estudiantes de segundo bachillerato y ya es una tradición que todos aceptamos.  

Ayer me encontraba en una de esas. De sesenta alumnos, sólo conocía a cinco. Para mí eso era una ventaja; nadie me tendría en cuenta y podría disfrutar observando la representación. 

En estas circunstancias siempre tengo la conciencia, muy intensa, de que interpretamos una obra teatral. La máscara social: los alumnos, los padres, los profesores... Como no se me da bien representar ese papel o me resulta incómodo, suelo evitarlas. Aunque soy curioso y aprovecho para mirar y observar, si asisto a dichos eventos. 

Sí, como en cualquier graduación que se precie de serlo, tuvimos las frases convencionales, algún poema de Benedetti muy sencillo, un intento de karaoke fallido y torpe, algún maestro o maestra de ceremonias más divertido y muchos nervios. Música de fondo que acompañe, amable como el Stand by me; discursos, premios, orlas...

Sin embargo, por debajo de las máscaras, entre la piel y la máscara, como dice Murakami en uno de sus cuentos, Carnaval, podías adivinar algo mucho más real. Aparecía a veces, como una herida abierta...

Una de las tutoras había perdido a su hermana hacía dos semanas. Cáncer terminal; semanas dolorosas vividas entre hospitales y sedaciones. Para el día de ayer se había puesto la máscara y el maquillaje. El duelo, aunque lo llevara por dentro, estaba ahí y lo verbalizaba. Nos pusimos a hablar, mientras ella explicaba su pérdida, de la de nuestros seres queridos. Vuelven en los sueños; y a veces esa realidad se solapa con la otra. 

En uno de los discursos, concluido con el tópico "esto no es el final, sino el comienzo", una de las alumnas, al principio, hizo una lista de situaciones divertidas, dignas de recordar. En todas, el profesor era burlado o engañado: apagar el proyector con el móvil, quedarse en el baño, perder tiempo en los pasillos, hacer que hablen de su vida privada para que no den clase, poner chinchetas en la silla del profesor... Se suele olvidar en estas galas que los alumnos, incluso los que llegan a la graduación, han dedicado gran parte de sus horas a reírse de los profesores o a criticarlos. Fue un momento sincero. "Nos lo pasamos bien"... Sólo le faltó decir "riéndonos de ellos". Pero, al final, tras este comienzo tan prometedor, como ya he dicho, se plegó a los tópicos de siempre. 

En los aplausos a los mejores de su promoción los alumnos no ocultaron sus preferencias. Los profesores debemos mantener la compostura y aplaudir a todos por igual, pero ellos todavía no tienen esa hipocresía social tan marcada. Los alumnos de Ciencias eran mayoritarios y, por supuesto, ellos fueron los más aplaudidos. Un chico, ese tipo que destaca por su brillantez y que atrae multitudes por el desparpajo, recibió ovaciones. La chica, gótica, tímida, aplausos correctos, sin demasiado énfasis. Los profesores divertidos, los de Educación Física, gritos de apoyo y risas. Las profesoras y las alumnas, vestidas como si fueran a una boda, palabras de halago y admiración: "¡guapas!". 

Pero, tal vez, lo más interesante fue un detalle, ajeno a la organización del evento. La graduación se hizo en el patio del instituto, en medio de un barrio popular del extrarradio, el de Moratalaz. A un lado y a otro teníamos edificios levantados en los años ochenta, envejecidos, con fachadas desgastadas, abandonados al paso del tiempo. No hay dinero para una reforma. La belleza exterior no cabe, cuando hay pobreza. 

Justo detrás del escenario, nos fijamos en unos espectadores inesperados. Unos chicos y un par de chicas de segundo o tercero de la ESO, repetidores, se colocaron detrás de las rejas y asistieron a casi toda la ceremonia. Habían entendido, mejor que ninguno de los que nos encontrábamos allí, que estaban ante una obra de teatro. Ninguno de ellos irá mucho al teatro el resto de su vida; así que, asistían a ella, encandilados, con esa sonrisa escéptica y chulesca que encuentras en cualquier grupo de "malotes" que esté a la altura. Sin embargo, fueron respetuosos. Sólo se agarraban a las rejas o se sentaban delante del portal y, en silencio, haciendo comentarios entre ellos, con esa sonrisa en los labios, asistían atentos y curiosos. 

Esa reja, pensé, no era física. Ellos nunca se graduarán. Con suerte, harán una FP o un grado medio y, tal vez, encuentren un trabajo en el que no les exploten demasiado o cobren un sueldo que les permita llegar a fin de mes. Alguno acabará viendo rejas todos los días, si se pone a robar coches o a vender droga. Otro, si es avispado, se hará policía o militar. 

La representación terminó. Los chicos del barrio buscaron otro entretenimiento. 

Cuando volvimos a casa, nos quitamos las máscaras.