jueves, 30 de diciembre de 2021

ÚLTIMAS PELÍCULAS DEL AÑO


En estos últimos días he podido ver algunas películas; todas han ganado ya premios este año y conseguirán unos cuantos más en el próximo. Algunas se acaban de estrenar; otras las veremos en el cine en poco tiempo.

Aunque comenzaré por la de Almodóvar, Madres paralelas, que se puede ver desde septiembre. 


Reconozco que esta vez he podido verla... sin pensar que era Almodóvar su director. Y eso es tal vez su mayor defecto y debilidad. Dejo a un lado la trama paralela que intenta explicarnos la ley de memoria histórica y que nos cuenta, en escenas que son discursos ideológicos y políticos -hubiera sido mejor rodar un documental sobre el tema que soltarnos ese "rollo" a través de los personajes-, la incapacidad que tiene este país de ponerla en marcha. Para los que ya sabemos la vergüenza que supone que seamos el único país que tenga a miles de muertos en las cunetas sin un entierro digno ochenta años después se agradece el gesto de Almodóvar. Para los desmemoriados o a los que no les interesa es, sin duda -y estaría de acuerdo con ellos-, la parte más floja del guión. Me pasa lo mismo con alguna referencia a la violencia de género, muy puntual, o la relación lésbica que surge entre sus dos protagonistas; son gestos de cara a la galería, que intentan acercarse al público y a sus preocupaciones actuales. Y se nota demasiado. 

La historia central que gira en torno a la maternidad, la pérdida de un hijo, se sostiene con dos buenas interpretaciones; sobre todo, la de una Penélope Cruz, contenida, en un personaje que es complejo y ambiguo; y aún así, no logra que te identifiques plenamente con ella. Todo es convencional. Y el final "feliz", al menos para los protagonistas, es forzado. Tienes la sensación de que Almodóvar ha perdido chispa. Cualquier otro podría haber hecho esta película y no hubiera habido demasiadas diferencias. Y eso, si hablamos de Almodóvar, debería preocuparle. 

Algo diferente debo decir de otros dos directores con amplia trayectoria. El contador de cartas de Paul Schrader y el poder del perro de Jane Campion. 


Paul Schrader se apoya en una puesta de escena sobria; y es todo un reto teniendo en cuenta que el argumento se mueve en un mundo, el de los casinos, que podría haberle llevado a movimientos de cámara compulsivos y a planos generales al estilo de su productor y amigo Scorsese. Los hay; son inevitables, pero el mayor acierto del guión está en un personaje encerrado en sí mismo. Y esas son las mejores escenas. La cárcel se convierte en una metáfora que recorre toda la película -tanto la de Abu Ghraib como las militares, sin olvidar las habitaciones de hotel en las que se encierra el personaje-. No puede evitar cierto tratamiento convencional, sobre todo, en los otros dos personajes secundarios, pero el protagonista y Schrader te atrapan hasta el tramo final. 

Antes de terminar con Campion, incluyo a Sorrentino que ha estrenado Fue la mano de Dios. 


Hay grandes aciertos; la primera media hora felliniana por los cuatro costados es agradable; incluso, divertida. Es brutal cómo nos cuenta lo que fue el punto de partida de la historia; según parece los padres de Sorrentino murieron asfixiados por un escape de gas y él se salvó, porque fue a ver un partido de Maradona. Quien ha perdido de manera repentina a un ser querido, como a mí me ocurrió hace siete años, reconoce ese dolor. Y Sorrentino sabe contarlo muy bien. Algún personaje, como el director teatral, provocador, un maestro espontáneo, vale su peso en oro. Pero hay otros momentos en que Sorrentino se recrea demasiado en sí mismo y, entonces, a ratos, me alejo de la historia. 

De mayor complejidad es el retorno de Jane Campion. 


El punto de partida es una gran novela, un clásico norteamericano, según parece, y eso se nota. Campion lo aprovecha, construyendo personajes retorcidos, contradictorios, crueles. Tanto la madre, que se casa con un rico terrateniente, como el hijo adolescente lo son y, en este último caso, su evolución es magistral; y también el vaquero, hermano del terrateniente, que no es capaz de adaptarse a ese nuevo mundo que se avecina; nunca es consciente ni quiere admitir que su masculinidad es frágil y eso le condena. Una trama que al comienzo se apoya claramente en el enfrentamiento entre la madre y el vaquero, al final acaba girando en una dirección muy distinta, cuando se nos coloca en primer plano al adolescente. Jane Campion sabe dar, además, al espacio una entidad propia. Sin duda, mantiene el interés hasta el final, dejando ese sabor amargo que siempre te deja quien ha sabido mostrarte el lado oscuro que todos tenemos y que no somos capaces de admitir, ni siquiera ante nosotros mismos. 



jueves, 23 de diciembre de 2021

STEFAN ZWEIG: EL MUNDO DE AYER

 


"... pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad".

El mundo de ayer, Stefan Zweig.

Supe de Zweig hace tiempo, siendo adolescente, porque es el escritor de algunas biografías apasionantes. La de María Antonieta, la de Erasmo -casi una autobiografía espiritual-, María Estuardo... También de ensayos, novelas y narraciones cortas -la que más destaca es Carta de una desconocida, cuya versión cinematográfica de Ophuls, logra emocionarnos todavía-. 



                              

Hay una película sobre sus últimos años, Farewell to Europe. He olvidado gran parte de ella, pero recuerdo, sobre todo, el final: un plano secuencia de diez minutos que nos permite entrar en la habitación donde se suicidaron él y su esposa a la mañana siguiente. Me dejó impactado.

El final de El mundo de ayer de Stefan Zweig cierra una autobiografía muy peculiar por muchas y variadas razones.

La primera es el hombre; un judío, gran escritor, que trató y fue íntimo amigo de grandes personalidades de su época -Freud, Richard Strauss, Rilke...-, europeísta y humanista en un mundo en el que la concordia y el diálogo fueron arrastrados y pisoteados por el salvajismo y la crueldad, donde él mismo se convirtió en un "paria", un "exiliado", un inmigrante.

La segunda es la calidad literaria de lo escrito. 

Podemos recuperar en sus páginas a personajes que él conoció; sus descripciones nos traen una visión de ellos tan real que nos sorprende, tal vez porque sólo hemos leído sus obras y no imaginamos ni remotamente las personas de carne y hueso que había tras ellas. Algunas son tan vívidas, sobre todo al definir su carácter, que nos parece estar allí mismo junto a Zweig. Las de Freud, Croce, Gorki, Richard Strauss o las de sus amigos Rolland o Verhoeven nos dejan esa sensación, ese poso.

Es capaz como pocos de describir un ambiente. Lo hace cuando nos traslada a la época "dorada", anterior a la primera guerra mundial. Esa Viena y esa Europa confiada, ingenua, encorsetada en ámbitos tan decisivos como la educación o la sexualidad, ligera y despreocupada en sus teatros y tabernas y que acabará por desaparecer. Consigue llevarnos al periodo de "entreguerras", el de las hambrunas y las "revoluciones" y revueltas de nazis y comunistas; el de la ilusión breve de una prosperidad trufada de peligros y terrores, el que llevó a Hitler y Stalin al poder. Fue testigo de cómo el último emperador de los Habsburgo abandonaba Austria y de cómo los nazis se hacían dueños de las mentes y corazones de sus contemporáneos.

Ningún libro de historia es capaz de contarnos tanto y tan bien como lo hace Zweig con su prosa sobria y sencilla. 

No hay nada que sobre en este libro. Las anécdotas y detalles nos ayudan a entender ese mundo mejor que los grandes acontecimientos históricos o la propaganda o las narraciones ficticias o novelas históricas.

Su pasión por los grandes artistas del pasado y su interés por conocer el origen de la creación -el misterio de la creación como él lo llama-, le llevó a coleccionar sus manuscritos; tenía los de Balzac, Beethoven, Mozart, Goethe... 

¿Tal vez los suyos, -en la imagen inicial tenemos el de sus Diarios- nos ayudarían a comprender su talento, su espíritu?

Por último, mientras leemos el libro, nos damos cuenta que ese mundo del que habla, el nuevo mundo en el que se había impuesto la desconfianza y en el que la libertad individual quedaba constreñida y pisoteada, donde el desastre se veía venir, aunque todos negaran su existencia, es también el nuestro. 

Y como sus contemporáneos no queremos verlo. 

Por eso Zweig es tan moderno.