miércoles, 31 de diciembre de 2025

UNA MIRADA, UNA SONRISA


Solo sobrevive este trozo de cierta entidad; pertenece a una gran pintura mural de Cnosos. El resto son más pequeños y no permiten reconocer nada a simple vista, a no ser que seas un experto en la materia. Evans la llamó "La parisiense". Llamarla "retrato de mujer elegante" o "sacerdotisa desconocida" hubiera sido más apropiado, pero Evans sabía que, si quería conseguir financiación para sus excavaciones, debía interesar al gran público y en los años veinte del siglo pasado París era el centro del mundo.

¿Quién es esta mujer cretense? ¿Dónde está? ¿A quién mira? ¿A quién sonríe? Los arqueólogos con los escasos restos disponibles proponen sus hipótesis: o es una sacerdotisa durante una procesión o tal vez sea una cena ritual y, como más tarde harían los etruscos, está sentada en un trono o un sitial y observa y escucha embelesada a su compañera o compañero, mientras le entrega un vaso ritual. 

Nunca lo sabremos con certeza.

De camino a la Canea una sucesión de picos conforman la silueta de un rostro de gigante, mirando al cielo. Reconozco la barbilla, la boca, la nariz, el mentón. ¿Será Talos? Hay quien afirma que aquí fue donde se transformó en piedra. También aquí fue criado Zeus, ocultándolo en una cueva para que Cronos no supiera de su existencia; más tarde, dueño y señor del Olimpo, vencidos los Gigantes, viola a Europa. Y ya sabemos qué pasó después. 

Cada pico tendrá su nombre. No hay lugar que el ser humano no haya hecho suyo, dándole un nombre, marcándolo, fijando la frontera entre lo que existe y lo que no existe. 

Curvas, curvas, curvas por una carretera al costado del mar. Farallones, cabos, acantilados, barcos pequeños faenando, casas que aprovechan las colinas al borde del precipicio, incumpliendo normativas, raíces de olivos, reflejos del sol en el agua. Pinos, carrascal, encinas, alcornoques se aferran al trozo de tierra que les ha tocado. Moles que se alzan desde el mar hasta el cielo.

Extraña sincronía del tiempo. Hace frío por la mañana y por la noche, calor a mediodía. Chaparrón de repente, un poco de sol. En un mismo día los extremos se tocan.

Si avanzamos al interior, entramos en una amplia llanura, algunos cultivos, rodeados por infinitas plantaciones de olivos, poblaciones arracimadas, diseminadas.

En Rethimno las zonas residenciales se adueñan del litoral, casi todas tienen en el tejado sus dos placas solares. Verás lo mismo en cientos y cientos y miles de ciudades costeras durante el invierno: hoteles, chiringuitos y restaurantes cerrados, apartamentos con las persianas bajadas, dormidos, pistas de tenis y piscinas abandonadas.

Una cumbre destaca solitaria, nevada, el Lefkatri, más de dos mil metros de altura. Aparece la bahía perfecta, protegida de las corrientes, defendible de ataques exteriores, piratas o civilizaciones enemigas. 

En la Canea entre carteles reivindicativos de AKK, antifascistas y revolucionarios, gatos negros, anarquistas por naturaleza, que buscan refugio en sillas de paja, viviendas que se apoyan sobre murallas bizantinas, calles y muros y fachadas encaladas del barrio de Splantzia, descubres a una niña; decora el escaparate de un restaurante: sus rotuladores dibujan piruletas, molinillos de viento, escriben καλή Χρονια. Me mira: se excusa con una sonrisa; ella es una artista y tiene privilegios. ¿Quién lo duda? Concentrada, seria, sabe perfectamente lo que crea. Su mente concibe una idea; la pone en práctica, pero, ¡ay!, una familia inglesa va a sentarse a la mesa contigua; el padre de la artista, uno de los propietarios, le llama la atención: tendrás que dejarlo para después. La niña de rizos rubios, orgullosa, se retira. ¿Qué sabrá mi padre de la inspiración?, piensa. Esta niña ya ha descubierto la regla número uno de la creadora: el arte es secundario; el negocio siempre es lo primero. Quien paga, manda. 

En Heracleion nacieron el Greco y Kazantzakis. Ambos murieron lejos. Al menos, el escritor fue enterrado junto a sus murallas. "Nada quiero, nada espero, soy libre".

Las murallas son de origen veneciano. Creta fue el centro de sus rutas comerciales por el Mediterráneo: cuatro siglos que solo dejaron estas murallas, los arsenales, tres fuentes y un edificio que administraba las operaciones comerciales, la Loggia. Muros que resistieron un asedio de ventiun años. Los turcos vencieron la defensa que Mocenigo dispuso alrededor de la ciudad; sin apoyos, tuvo que rendirse. 

Un nuevo nombre para olvidar el antiguo: Kastra por Candia, los turcos explotaron a sus habitantes, echaron de menos a los venecianos. Ενωσις η Θανατος. "Unión con Grecia o muerte" . Recuperamos el antiguo nombre de Heracleion. Independencia. O casi. Los nuevos amos hacen sus cuentas en Berlin, Londres o Nueva York.  Mientras podamos comprar, gastar, abrir los negocios, bien estará, dicen los griegos. ¿Crisis? Lejos quedan los recuerdos de la anterior, de un hombre desesperado que se quemó, de una izquierda derrotada otra vez. ¿Vendrá otra crisis? ¡Que venga! Todos sabemos que solo existe el presente...

Grafitis de camino al faro en los murallones: el rapto de Europa, con ella empezó todo, sirenas y ninfas, flechas cretenses, delfines y sacerdotisas minoicas, grifos. El motor de un avión que vuela a Atenas, la sirena de un barco de pasajeros. Sentencias reflexivas a la manera de acertijos heracliteos, pintadas en griego, siempre quedan bien en el idioma que inventó la filosofía: εμπειρία μου ζεμαθε τον κόσμο, η αστραπή η ζωή μας μα προλαβαίνουμε, η αλήθεια έναντι θάνατον δίδεται. "mi experiencia calienta el mundo; el trueno: ponemos al día nuestra vida; la verdad se entrega contra la muerte".

Las sacerdotisas cabalgan sobre grifos, tres animales son llevados al altar del sacrificio en las pinturas de una tumba de Hagia Triada. El Cancerbero nos mira; descansa a los pies de Proserpina-Isis y Plutón-Serapis. Sincretismo, dicen. Al perro de tres cabezas, sin bridas, perdidas por el camino del tiempo, no hay quien lo sujete. 

Damaskinos conoció al Greco. Como él fue a Venecia. Aprendió de Tintoretto. El Greco buscó fortuna en Toledo; Damaskinos regresó a su tierra. Y pinta maravillas. Seis de ellas cuentan decenas de historias. En su Resurrección vemos en segundo plano un ángel sentado sobre la tumba vacía, como si fuera el sillón de su casa. María Magdalena gira su cuerpo, las piernas se le doblan, el terror y la sorpresa la dejan temblorosa, desfallecida. Y en primer plano dos miradas. María Magdalena fija sus ojos en Jesucristo, esperanzada, sorprendida. El cuerpo de Jesucristo es hieratico, frío, el que corresponde a un dios, pero, ¡ay! su mirada le delata, es tierna, cálida, comprensiva, solo un ser humano miraría así a otro ser humano. 

¿Jesucristo y la Parisina, mientras los observamos, nos miran a nosotros? Es posible. Las miradas suelen ser compartidas. Y suelen ser también el comienzo de una historia, de cualquier historia. 

Χρονιά πολλά, καλή χρονιά! 



lunes, 29 de diciembre de 2025

LABERINTOS

 


El 28 de diciembre de 1895, hace ciento treinta años, se celebró la primera sesión del cinematógrafo, ese nuevo invento de los hermanos Lumière. George Meliès asistió a la proyección. Tal vez solo él fue consciente de lo que los Lumière tenían entre manos.

Hace más de tres mil años, nos cuenta un mito, Pasifae se unió con un toro. Nace el Minotauro y con él su laberinto.


En invierno Cnosos es una ciudad desierta. Echa de menos tiempos mejores: el calor asfixiante, hordas de turistas; en cambio, ahora, los hoteles, las tiendas de regalos, los restaurantes están cerrados. Tres turistas despistados nos bajamos del bus que nos ha traído de Heraclion; un par de coches en el aparcamiento; a unos pocos más, que contrataron una agencia de viajes, les espera un conductor relajado: consulta mensajes en el móvil, sonríe, responde.
Una fila de olivos, uno detrás de otro, en lo alto de una colina, esperando su turno. Hay más olivos que turistas en el llano, frente a la taquilla. Un picacho imponente, observador imparcial durante milenios. Y gatos y pavos reales. 

¿Por qué aquí estos pavos reales? ¿Habrá cerca un templo de Hera que los proteja? Los gatos parecen aceptar de manera displicente esta forzada convivencia. Y estos gatos cretenses te buscan, se acercan a ti, sin que tengas que llamarles. En Atenas, huyen. Aquí maullan, comunicativos, exigen tu atención y esperan el premio a sus desvelos. ¿Será que se han adaptado al carácter de los humanos con los que conviven o es una forma autóctona de supervivencia, transmitida de generación en generación a lo largo de milenios?

¿Qué ocurriría si los humanos dejaran de alimentarlos? Si hicieran este experimento no quedarían de estas aves ni las plumas. Mientras tanto, los gatos esperan pacientemente que llegue su momento. 

Cnosos es, en gran parte, una invención de Evans, su descubridor. No le bastaban las ruinas, los trozos de pinturas o columnas; necesitaba completarlas, darles vida. La imaginación, ya se sabe, lo quiere todo; es un amante insatisfecho. Una posible cisterna no era suficiente: necesitaba que fuera una sala donde se realizaran rituales de purificación. Quería la habitación de un rey, de una reina y de un príncipe. Quería un gran patio donde jóvenes de ambos sexos lucharan contra un toro. Quería a una gran sacerdotisa, adorada por su pueblo, diosa y reina. ¿Podemos recriminárselo? Los arqueólogos profesionales, que deben seguir métodos científicos, pueden hacerlo; nosotros, que no lo somos, le agradecemos que nos hiciera creer de nuevo en un mundo que había desaparecido por completo a finales del segundo milenio antes de Cristo. 

No importa que ese mundo, cuando entró en crisis, cometiera sacrificios abominables: esclavos y niños para calmar la ira de los dioses. ¿Podemos juzgarles? 

Quien desee la realidad áspera puede visitar Festos. Se pueden contar con los dedos de la mano sus visitantes en un lunes invernal. Los gatos se aburren. Su persecución es perseverante. Solitarios acompañando a un solitario. Del mar llegaban las riquezas de Egipto, al sur, y hacia el resto del mundo conocido los minoicos enviaban las suyas: su vino, su aceite, su cerámica, sus brillantes sellos dorados, sus joyas de amatista. 

La carretera que te lleva de Heraclion a Matala es el ruido de fondo. A cada kilómetro, a un lado del arcén, capillas en miniatura: hermas protectoras de los viajeros. 

Me recoge, mientras regreso a pie desde Hagia Triada, una amable mujer de unos sesenta años. En el corto trayecto en coche a Meiras, hablamos en un griego muy básico del tiempo: κρύο πρωί και νύχτα, μεσημέρι δεν. Nos deseamos, al despedirnos, un καλή χρονιά, χρόνια πολλά. 

El olivo es el rey incontestable, cientos, miles. Algunas vides espaciadas, algún naranjo y limonero puntean el paisaje. La zona montañosa, entre barrancos, escalonada por altozanos. 

Y algunos de ellos, como Festos, sirvieron para levantar palacios minoicos, residencias reales, zonas sagradas donde se celebraban rituales que solo intuimos por las pinturas, esculturas o joyas conservadas en los museos; depositos en los que se encontraron los enormes pithoi, esos que guardaban en su interior la tríada mediterránea: aceite, vino, trigo y que enriqueció a esta primera civilización y de la que no podemos saber cómo pensaban, porque su lenguaje, oculto en las tablillas de lineal A o en el extraño disco de Festo nos es desconocido. ¿Qué ocurrió alrededor de 1450 A. C? ¿Fueron terremotos o un gran maremoto, revueltas internas, la invasión de los micénicos? Los incendios de estos palacios protegieron esas tablillas de barro, petrificaron esos apuntes de escribas, cuadernos en sucio de funcionarios, transformados en eternas memorias, incomprensibles para nosotros. 

A un día soleado, primavera adelantada, le sigue otro nublado, ventoso. La mar rizada en miles de bucles; despeinada, lleva mal la resaca de la noche anterior. 

En las calles principales tiendas, restaurantes a rebosar: luces y canciones de Navidad: capitalismo triunfante. Los aviones despegan y aterrizan pasando cerca del fuerte veneciano, las murallas bizantinas, los templos ortodoxos. En un palacete abandonado ondea la bandera anarquista. Dos gatos, uno, joven, otro, más maduro, vigilan la entrada; nuevos barqueros, portadores de almas. Debes pagar el peaje, si quieres atravesar el Aqueronte. 

Las adolescentes de aquí se parecen a las de allí: risas incontrolables; el móvil, aparato imprescindible para informarse o divertirse; gustos musicales a la moda. No hay distancia entre ellas. Una mujer de mediana edad se persigna, al pasar delante de un monasterio. 

Los Lumière hicieron del cine un espejo con el que mostrar el mundo tal cómo era o como pensaban que debía ser. Meliès comprendió que la imaginación ha de ser capaz de crear mundos alternativos. Hace ciento treinta años nacieron las dos únicas formas de interpretar y entender el cine. 

Louis Lumière, recogiendo una palabra inventada por un creador frustrado, Leon Bouly, decidió llamar a este nuevo aparato cinematógrafo : "el que escribe el movimiento". 

Acostumbrados a esas imágenes en perpetuo movimiento, tiempo que se nos escurre entre las manos, atrapados en nuestros laberintos, redes infinitas, extrañas y complejas, reflejos distorsionados de los palacios minoicos, es muy difícil explicar un mundo en el que la realidad se describía con imágenes fijas o con palabras, signos y símbolos, un universo cuyos fundamentos eran los mitos y las leyendas, los dioses y sus rituales. 

Es un mundo que ya no entendemos. El tiempo es la única frontera inalcanzable, imposible, irrevocable. Nos separa definitivamente. 


viernes, 26 de diciembre de 2025

MARIPOSAS EN EL ESTOMAGO

 


Siempre sientes mariposas en el estómago cuando empiezas un viaje. La noche anterior o esta misma mañana. No importa que hayas preparado todo: billetes, alojamiento, equipaje con mucha anticipación; no importa que vayas solo o acompañado; no importa que vayas al pueblo de tus padres o a Japón; no importa que vayas a subirte a un avión o a un autobús o a un coche o a un tren o al metro o a un barco. En un viaje puede haber imprevistos, sorpresas, descubrimientos. Esa es su esencia.

Están las largas esperas en los que se recomienda una lectura, a ser posible del lugar al que viajas, a ser posible del idioma al que vas a enfrentarte en el día a día desde el momento que llegues al destino; están los cambios de última hora, los largos pasillos, los paneles informativos -en unas horas puedes estar en Montreal, Beijing, Marrakech, Buenos Aires, Estambul-, el escáner que decide qué pasa y qué no -los líquidos a la vista, los aparatos electrónicos-; está la facturación, las puertas de embarque, los controles de seguridad, las tiendas y restaurantes, los interminables pasillos, una botella de agua, un poco de comida, eternas esperas, un buen libro, una visita al baño, colas para subir al avión, grupo 1, grupo 2, grupo 3, grupo 4.

Pronto constatas que tu nivel de griego o inglés deja mucho que desear. Escucharás mucho, dirás pocas palabras, las justas y necesarias, implorarás comprensión, cuando abras la boca. 

Si vas en avión no olvidemos el hormigueo que sientes en el despegue y el aterrizaje: la elegante entrada en la pista, el repentino incremento de la velocidad, se alza el vuelo suavemente, el avión encuentra su equilibrio natural, se aleja de la tierra firme, allá, a lo lejos; estamos a la altura de las nubes. 

Hay tiempo para dormir un rato, beber, leer, comer, y, si tienes ventanilla, echar un vistazo al horizonte, al mar, a las luces de un barco que destaca en la oscuridad o las de una ciudad costera, preludio de un encuentro. 

Se te bloquean los oídos, duele, la presión ha cambiado, descendemos, nos acercamos a esas luces que antes observabamos a distancia, un golpe brusco, el contacto con la pista, disminuye de repente la velocidad, a marchas forzadas, saltarías del asiento, si no te hubieras abrochado el cinturón, ya está, despacio, gira, elegante, hay quien aplaude, estamos a salvo. 

Llegas al alojamiento en autobús -pasa cada hora- o a pie. El aeropuerto está cerca de la ciudad de Heracleion. ¡Ay, la espalda! Uno a esta edad no está para llevar mochilas. Escuchas los motores de aviones, levantando el vuelo, desde el balcón. Buscas qué cenar, pocos sitios abiertos por los alrededores, hoy aquí es festivo, un kebab te vale, una fiesta familiar en la mesa de enfrente. 

Empecé a escribir estas líneas a cientos de kilómetros. Otra cama, otra noche. Las mariposas ya no revolotean. 

Si acaso, un mosquito, y este cabronazo sí me va a dar la tabarra. 





sábado, 20 de diciembre de 2025

EXPERIMENTACIÓN, NAVIDADES, CONVENCIONAL, HUIDA

 


Filosofía mundana. Javier Gomá y sus reflexiones sobre el amor, la vida, la muerte no son más que huecas y convencionales frases hechas. Si no hay experimentación en teatro, literatura o cine, ya no me interesa. ¿Pido demasiado? Admito todavía los clásicos tal vez porque ellos han resistido el paso del tiempo o porque experimentaban a su manera, buscaban otros caminos, caminos recorridos por ellos hace décadas, siglos, milenios y que nosotros deberíamos reinterpretar de una forma diferente: la mejor imitación, el mejor homenaje es proponer otra manera de mirar o, mucho mejor, dinamitarla. 

No soporto un teatro con ideas hueras y repetidas, que pretende ser alternativo y, sin embargo, a su pesar o a propósito -¡quién sabe!- repite ideas ya vistas; formalmente es pusilánime, cobarde. No soporto una literatura que no busque otra manera de contarme la realidad o la imaginación que nos atormenta. No hay muchos Fosse, Kang, Gospodínov, Krasznahorkai... No soporto un cine adocenado, convencional, previsible. A mi alrededor no veo otra cosa. Mi mirada ha cambiado, ha envejecido: escéptica, inconformista, agotada...

Enciendo el televisor y en los informativos identifico las mentiras y la propaganda: el héroe Zelinski, el malvado Putin, los valores europeos que ahora son el petróleo, el consumismo compulsivo, la guerra y la ultraderecha triunfante. Trump, Papá Noel, Maduro, juicios, Netanyahu, los reyes Magos, familia, corrupción, elecciones, regalos... Este documental sobre el metro de Londres me aburre: esperaba que me sorprendieran. Luces de Navidad. Me ciegan, me deslumbran, me ensordecen. Necesito silencio, oscuridad, penumbra... Decepcionado, apago el televisor.

Agnés Varda experimentó. Godard también. Todavía hay quien se aleja de las convenciones para plantear otras formas de ver el mundo: excepciones. 

Las Navidades murieron hace once años. Estoy lejos. Observo distante a compañeros decorando puertas y aulas con los alumnos, sintiéndose arrebatados por un sentimiento colectivo de "filantropía", alejando los malos espíritus, aceptando y asumiendo lo convencional: luces de Navidad, amor, buenrollismo... ¿Será verdad, como me confiesa un profesor, que mis compañeros no tienen esa curiosidad que te obliga a preguntarte si el mundo en que vives es real o imaginado, que te obliga a leer y a devorar libros, películas, porque, si no lo haces, la vida sería baldía?

Huyo, porque las Navidades para mí se terminaron hace once años. No soporto esta alegría. No soporto cientos de mensajes en wasaps de grupo. Mucha gente me abruma. Misantropía al cubo, soledad deseada; me cobijo entre mis gatos y mi hermano. Viajaré a Creta y Nápoles. 

Preparo un taller de papiros, mientras termina la carrera solidaria. Se abren las puertas. Son pocos los que entran y se sientan y dedican un rato a escribir con tinta china letras griegas y jeroglíficos egipcios. 

Un adolescente, uno de estos que se ha apartado de su grupo de amigos "hinchapelotas" -¿es valentía o aburrimiento existencial lo que le impulsa a una soledad suicida?- entra tímido y me pregunta, curioso, qué es esto. Se lo explico. Se sienta y se concentra unos minutos intentando escribir su nombre en griego. Se marcha; le entrego el papiro que había dejado encima de la mesa. Es tuyo, te lo regalo. Gracias... 

Una joven ha traído su cuaderno de dibujo; se ha entretenido hora y media dibujando jeroglíficos. Ojos, variantes de ojos, obsesiones personales... 

Otra, concentrada, mientras su amiga le pedía marcharse de allí e ir a otro taller para colocarse las gafas de realidad virtual, se ha negado con una convicción y firmeza admirables y, fuera del tiempo y el espacio, ha escrito durante una larga hora, ensimismada, en una hoja de papel las letras mayúsculas, las minúsculas griegas, una a una α β γ δ Ε Η Θ: así aprendían a escribir los niños hace miles de años. 

He despertado al gato Kenji. Araña la puerta. Le dejo entrar. Escribir me ha relajado: en papiro, en pergamino, en papel, en una pantalla pixelada. No importa si es leído, aunque mi vanidad deseé compartir estas palabras. La escritura libera el dolor por sí misma. 

Experimentación. Navidades. Convencional. Huída. 



domingo, 30 de noviembre de 2025

AL NORTE LA MONTAÑA, AL SUR EL LAGO, AL OESTE EL CAMINO, AL ESTE EL RÍO


Luces de Navidad: barroquismo y consumismo desenfrenado, inútil, innecesario, agotador. 

La mirada de improviso encuentra un número repetido, 1919, a ambos lados, en el arco de una de las bocas de metro de Gran Vía. La obra de Antonio Palacios. Sencillez, simplicidad, sobriedad. 


Tenemos un personaje: el nieto de Kenji. Busca un jardín oculto al sur de Kioto. No lo encontrará, aunque acaricie con la mano sus muros.

¿Quién es el protagonista de este libro minimalista de Krasznarhorkai? 

¿Será el espacio descrito en sus más nimios detalles? 

Hay un monasterio, abandonado, fantasmagórico; como si los seres humanos hubieran desaparecido de repente y solo el lugar tuviera entidad real. Libros en diferentes formatos, patios y pórticos, pagodas, muros y tejas; un perro apaleado que busca un árbol, un gingko, donde cobijarse, antes del final; un pájaro que alza el vuelo desde lo alto de una torre; un zorro con ojos enloquecidos que va a morir; las varillas de incienso y el humo, delgado y sutil; los Budas, esculturas en movimiento, que giran la cabeza, sorprendidos por la belleza de unas palabras; un libro que trata sobre el infinito y niega que exista el infinito, en una habitación desordenada, sobre una cama, abierto por la mitad.

¿Será, tal vez, el tiempo ese protagonista?

El monasterio aparece; desaparece. Se llega a él por un laberinto de calles que cambian, confunden al que busca el camino: esfuerzo inútil, porque nos perderemos en una pesadilla borgiana. Hay que admitir la única verdad:

Nadie lo ha visto dos veces.

No puedes entrar en el mismo río dos veces.

El nieto de Kenji baja del tren, espera el tren, camina por el monasterio y no está en la estación, no recorrió el monasterio: un monasterio que no existe. Ayer, hoy, mañana. No hay un único tiempo; ya se sabe, el tiempo se deforma; nuestra percepción se distorsiona, se altera. El espacio se difumina, se cimenta con palabras que giran sobre sí mismas. El nieto de Kenji tal vez imaginó un último viaje antes de exhalar su último suspiro. 

Y el jardín secreto. Ocho cipreses y a sus pies una capa uniforme de musgo. Un milagro que fue posible después de un largo proceso que solo la Naturaleza, paciente, selectiva, es capaz de concebir. 

Un autor lo mencionó en un libro que se pierde. Un hombre lo imagina; el hijo de Kenji lo desea. Existe; no existe. 

Sencillo, simple, perfecto. 

jueves, 27 de noviembre de 2025

JUEGO DE LUCES Y SOMBRAS

 


"Hay cosas que se viven solo a través del cuerpo. Lo que ha sido vivido por el cuerpo de los padres ya no puede ser vivido por el nuestro. Tratamos de reconstruirlo, de imaginarlo y de interpretarlo: es decir, escribimos su historia. Pero, si tanto nos apasiona la historia... es porque lo más importante de ella se nos escapa sin remedio..."

Pier Paolo Pasolini, Petróleo, apunte 67: la fascinación del fascismo.


Unas tijeras.

Su sombra.

Se recrea bajo la luz de una linterna

la forma de una mariposa.

Otras dos luces se mueven al unísono

a un lado y a otro 

y parecería

que sus alas

alzaran el vuelo.


Las palabras sobran.

¿Es inútil todo esfuerzo

que hagas

para cambiar el destino de un joven,

de un barrio,

de una ciudad, 

de un país,

de un mundo,

de un universo?

¿Y si las alas 

se transformaran

en una máscara?

¿Y si las alas

fueran, en realidad,

una máscara?

domingo, 23 de noviembre de 2025

LAS FORMAS DEL HUMO: TRAS VER A CHRISTOS PAPADOPOULOS Y ÉSKATON

 


¿Cuántas son las formas del humo? 

¿Cuáles son los ritmos del cuerpo?

El diablo nos oculta sus intenciones quemando incienso en altavoces,  transformados en botafumeiros, pronunciando sonidos guturales, cegándonos con el ruido y luces estroboscópicas navideñas, en mercados donde el pescado ya no huele y encontramos, a cambio, las salsas uniformes de las cadenas de restaurantes. Nos atrae el lado oscuro; somos mediocres. El incienso disimula el lento e inevitable proceso de descomposición de nuestros cuerpos. 

Diez jóvenes bailan, saltan; energía reunida, continua, persistente. Brazos, pelo, manos, piernas, dedos, ojos, pechos. Un, dos, tres, cuatro; un, dos, tres; un, dos... Cuerpos que se doblan, giran, vuelan, cantan, respiran, gritan...

Una mujer joven se abre paso entre las mesas de los restaurantes: sonríe, brillante, sensual, inmensa... 

El olor del incienso viaja a través del tiempo; el olor de la mantequilla de estas galletas recién hechas nos obliga a mirar la infancia. Trozos de galletas entre los dientes; y, entonces, se escuchan, como si los hubiéramos olvidado, los ritmos del cuerpo y distinguimos, al otro lado del espejo, al otro lado del cristal, entre las mesas de la cantina, sí... las formas del humo.

domingo, 16 de noviembre de 2025

BÉLA TARR, LÁZSLÓ KRASZNAHORKAI Y PETER WATKINS.

 


Béla Tarr desde el momento en que empezó a colaborar con Krasznahorkai, el nuevo premio Nobel de Literatura, planteó otra forma de hacer cine. 

Todos estamos acostumbrados a enfocar el cine como meramente narrativo: nos cuentan una historia y no importa tanto cómo nos la cuentan, aunque este último aspecto, distinga al arte del producto, el negocio o el juego diletante.

Pocos autores apuestan por el riesgo o el experimento. Saben que eso puede dejarles sin trabajo o sin espectadores o lectores. Y así, lo que encontramos en el panorama literario o cinematográfico o teatral es, en general, una eterna repetición de modelos y esquemas previsibles, conservadores, tradicionales. 

Eso no es obstáculo para admitir que hay talento para dirigir en la nueva hornada de mujeres cineastas o que las novelistas o los novelistas que triunfan no sepan mantener la atención de sus lectores, pero todos -desde Carla Simón con su Romería hasta Los domingos de Aladua, pasando por la novela histórica de Posteguillo- dejan ese sabor, ese sensación de falta de contundencia y riesgo, tanto formal como temático.

Béla Tarr y Peter Watkins -éste último fallecido hace una semana- son dos ejemplos de un tipo de cine diferente, valiente y difícil de digerir para el gran público; también imprescindible y necesario.

Peter Watkins es considerado el creador del falso documental. Su planteamiento implica aspectos formales, pero, sobre todo, una apuesta decidida por poner en tela de juicio los mecanismos de poder y violencia que se imponen en las sociedades del pasado y del presente. Eso le supuso siempre enfrentarse a numerosos problemas para terminar sus proyectos. Y a esas convenciones narrativas de la gran industria -una duración determinada, un montaje tradicional, una estructura lineal-, las llamaba "monoforma". Sus temas están ligados a un cine antisistema, que nace en los años sesenta, sin los que no se podría entender toda una generación, la de de Ken Loach y los integrantes del Free Cinema: la crueldad de la guerra y un pacifismo radical en Culloden, describiendo una batalla del siglo XVIII de una manera diferente, combativa, crítica con el clasismo y el egoísmo de los poderosos, comprensiva con los eternos perdedores de la Historia, interpelándonos;

la proliferación de las armas nucleares en The war game, 

que la BBC prohibió su proyección durante décadas -¿qué harían nuestras democracias ahora si se hiciera una película mostrando las posibles consecuencias de un incremento del gasto militar? Por ejemplo, pensemos en un falso documental que describiera una hipotética guerra con Rusia o China y viéramos en esa película miles y miles de muertos en las calles, edificios destruidos, ciudades arrasadas. Es evidente que ni siquiera podría rodarse-; en Punishment Park era la represión brutal de los derechos fundamentales en una especie de ucronía en la que los inmigrantes o los disidentes políticos acababan en campos de concentración -¿no nos suena familiar?-; dos obras sobre autores como Munch o Strindberg, que rechaza la idea de biopic, lineal y tradicional, para recrear el espíritu de sus obras; porque en estas Watkins no se interesa en contar una biografía convencional, sino en captar las emociones que esa obra nos provoca. 

Finalmente, tenemos La comuna, 

otras de esas rarezas cinematográficas en la que nos situamos en el siglo XIX, pero bajo la mirada de los medios de comunicación del siglo XX. Distopías y utopías, mezclas y experimentos formales y visuales. Valentía. La que extrañamos cuando echamos un vistazo a la cartelera actual.

Béla Tarr hizo un cine diferente, más espiritual. Es clara la influencia que tuvo el premio Nobel en este proceso. 

Su primera colaboración fue Condena. Los diálogos literarios, por un lado, profundos y existenciales; por el otro, largos planos secuencias y los trávelin que crean un ambiente hipnótico. 


Será en su siguiente obra, Sátántangó, donde en nueve horas adapte la obra de Krasznahorkai. Las diferencias entre la novela y su adaptación son interesantes para comparar y distinguir qué aportó cada uno.

El humor, presente en la novela, desaparece completamente en la película. No lo hace el absurdo, el sin sentido, otro de los ingredientes de la obra del autor húngaro, que te recuerda a los escritores latinoamericanos del realismo mágico o al surrealismo -¿cómo expresar cinematográficamente estas imágenes que describe Krasznahorkai: un gigante cayendo en el barro, cuando intenta librarse del abrazo de una niña, o un bar lleno de telarañas, que tejen incansablemente arañas que el propietario nunca puede ver?-, muy presente también en esa ballena varada en mitad de una plaza húngara: es el final de Werckmeister Harmonies.

Esa elección, seria y ascética, se ve reforzada por los largos planos secuencia. Una adaptación que hubiera querido contar, simplemente, la historia le bastaría con un par de horas. A Tarr, sin embargo, no le interesa la narrativa, sino el tiempo y el espacio. 

El espacio se hace presente en los primeros diez minutos de película, un largo plano secuencia en las que solo vemos unas vacas atravesando un lugar en decadencia que se pudre lentamente, abandonado. Es una apuesta de gran calado. Y requiere de paciencia y esfuerzo para quien lo observe por primera vez.


El tiempo, ese reflejo de lo cotidiano, que un montaje tradicional elimina, es en Béla Tarr el elemento fundamental. Un buen ejemplo es esta escena de El hombre de Londres. 


Los personajes están atrapados por el tiempo; no pueden escapar de su afilada, continua, persistente aspereza y rigor.

La presencia de los sonidos o de los diálogos -muchas veces fuera de plano, como la campana invisible y premonitoria, o resaltando lo que hay dentro del plano, como sucede con las moscas-, la cuidada planificación, el ritmo pausado, lento, hipnótico, sugestivo. La novela carece de esos aspectos, aunque en sus descripciones podamos encontrar el punto de partida. 

Hay precedentes de este tipo de cine. Lo encontramos, claramente, en Tarkovski. Esa espiritualidad que el largo plano secuencia amplifica. Bresson buscaba esa sencillez formal y es difícil no pensar también -aunque las diferencias sean muchas- en el director francés o en los planos fijos de Ozu.

El final de la novela remite al concepto de creación. Volvemos al comienzo, escrito palabra por palabra por uno de los personajes, el doctor. ¿Hemos asistido a la revelación momentánea de unos fantasmas o es la imaginación de un hombre solitario y aislado el que los hace existir? 

La naturaleza, terrible, atroz, dura, que siempre oculta el misterio, ese que Béla Tarr desea descubrir.


¡Qué importante es el fuera de campo en este tipo de cine!

En su obra posterior, otra adaptación, esta vez de una obra de Simenón, El hombre de Londres, añade la niebla a ese otro personaje incorpóreo de casi todas las películas de Béla Tarr o las novelas de Krasznarhorkai: la lluvia y el barro. 

Las paredes que sus largos trávelin recorren con un gusto por el detalle, obsesivo, alucinante, pueden terminar con una puerta cerrada. ¿Qué hay detrás de esa puerta? ¿Qué ocurre al otro lado? La espera nos deja la opción de imaginar. Y siempre será algo terrible: no puede decirse, no puede verse, como en las tragedias antiguas. 

También con una ventana cerrada; al otro lado, la lluvia, como a los diez minutos de Werckmeister Harmonies. 


En ese otro lado, los personajes se mueven, gesticulan, caen, se levantan, mientras el creador describe la escena, la conserva en formol, la retiene en la memoria. 

Los bares de estas historias son espacios decrépitos donde unos personajes abandonados, confusos, desesperados, agotados, 

reflexionan o beben o bailan o duermen. 


Los largos monólogos filosóficos, opresivos, brutales, dementes, abatidos, melancólicos. 


Y los silencios, desesperados: cuerpos vacíos,

miradas perdidas.

Oscuridad, muerte.


Fin.

"Me gusta la lluvia, me gusta mirar cómo cae el agua por la ventana. Eso siempre me calma. No pienso en nada, solo miro el agua caer... Busco la belleza... No se puede vivir sin amor ni decencia..."


martes, 4 de noviembre de 2025

IMÁGENES DE LA MEMORIA: KAPUSCINSKI, HERÓDOTO Y ANNECY

 


Elegí Viajes con Heródoto de Kapuscinski; necesitas un libro para que el tiempo se te pase más rápido en las largas esperas de los aeropuertos o en los trayectos, cuando, lejos de la ventanilla, no puedes contemplar las nubes o las altas montañas o las llanuras, punteadas de ciudades y pueblos, y atravesadas por carreteras, autopistas o caminos. 

Heródoto y Kapuscinski son excelentes guías, descubridores de mundos, amantes del conocimiento, del viaje; saben cómo contar una historia y nos conservan la memoria, que se perdería, si ellos no hubieran estado allí para contárnoslo o no hubieran decidido recopilar todas esas historias y escribirlas.

Para Kapuscinki Heródoto fue un maestro porque, cuando leemos al autor polaco, nos damos cuenta de que gracias al griego se pertrechó de los recursos necesarios para mantener la atención de sus lectores. Me agrada ese primer contacto con el Mediterráneo, el que tuvo en Argel en los años cincuenta; descubre su aroma, su olor, su luz: inconfundibles sensaciones para cualquiera que ame este mar. No había olvidado de mi primera lectura el encuentro con los dos africanos, armados hasta los dientes; teme que le van a matar y, cuando se acercan, amablemente, solo le piden tabaco. Pero, sobre todo, para Kapuscinski Heródoto es una forma de superar el tiempo, alejarse del presente, observar el mundo, como si fuera reciente, fresco, nuevo.

Y las historias de Kapuscinski y Heródoto se mezclan; no parece que más de veinticinco siglos separen a Jerjes y Louis Armstrong, a Masistes, Zósipo, Ciro, Abdou, Artabanes, Creso, Negusi, Lícidas, el Dr. Ranke... Atraen nuestra atención, sean personajes reales o míticos, inventados o transformados, porque la memoria y la Historia, la nuestra, la de otros, recrea imágenes, las reconstruye, y nunca sabrás con seguridad, si han sido vividas, soñadas o imaginadas.

¿Qué imágenes recordaré de esta última visita a Annecy? 

Si has estado tantas veces en un lugar, los tiempos se confunden. ¿Eres el niño, el adolescente, el joven veinteañero o treintañero, el cuarentón o el de hoy, el que se recupera con dificultad de los achaques?

Los espacios te devuelven imágenes. 

Mi tío Víctor me echó en cara -en voz alta para que todos lo supieran, durante uno de esos viajes, en el baño de su casa-, que no apretaba la pasta de dientes como se debía hacer; desaprovechaba la mitad y era increíble que mis padres no me lo hubieran enseñado. No he olvidado esas palabras, la vergüenza que me produjeron. Y todavía, cuando me dice que no encienda la luz del pasillo o no me deja cambiar de canal, recuerdo ese momento, aunque ese hombre camine ahora, apoyado en un bastón, frágil, inseguro, tan cerca de la muerte...

Observo las montañas que se alzan alrededor del lago de Annecy y me parece, si la memoria no me falla, que algunas las he recorrido e, incluso, he hollado su cima; allí estuve, me gustaría decir, cuando las observo, sentado en el banco, al borde del agua, rizada por el viento otoñal.

Escucho el sonido persistente de una alarma antiaerea un miércoles de septiembre; no, no nos bombardean. Solo es un aviso del pasado, de una guerra que ya nadie recuerda. 

Quedan inscripciones; aquí, los españoles que lucharon contra el fascismo; allí, los niños que murieron en campos de concentración; los fusilados de la Resistencia... Tuve hace unos años una idea: entrevistar a tres generaciones de españoles; los que lucharon contra los nazis, los que emigraron y a sus hijos y nietos. La historia de unos españoles que trabajaron y vivieron y murieron, que trabajan, viven y morirán en Annecy. Me faltó energía para hacerlo real.

Una mujer se apoya en la barandilla del puente de los Amores: "¡Jérôme! ¡Jérôme!". 

Es el comienzo de La rodilla de Clara de Rohmer.

Es la Annecy que conocí por el cine. Allí mismo, sobre el puente, grabó mi madre unas palabras mucho tiempo después; sus voces, las de la actriz, las de mi madre, se fusionan, se combinan irreconocibles.

Confusa e infinita asociación de imágenes; los tiempos y los lugares se entrelazan, se entretejen en una madeja interminable.

Infinitos son los mundos por conocer; limitado el tiempo que nos queda.

domingo, 26 de octubre de 2025

UNA HISTORIA

 


Empieza en el mar.

Un hombre grita, grita, grita; 
desesperado, grita; 
enfermo, grita.

Las raíces devoran el asfalto,
lo quiebran en miles de fragmentos.

La madera del olivo, el arco;
recuerda su tacto: una extensión de su cuerpo.
Cuerpos que se recuerdan,
cuerpos que se reconocen,
se revelan en otros cuerpos.
Ella; él.
Sus manos bailan en su espalda.
Sus dedos acarician lentamente,
se apresuran sin prisas,
brotan como raíces en su piel.

Las cimas: sombras de lechos marinos.
Los gatos, cuando duermen: círculos perfectos.

Vine aquí por una puerta;
ésta, rodeada de ruinas: 
puerta que no es límite,
madera al borde del olvido.

La historia termina en el mar. 
Siempre. 

viernes, 17 de octubre de 2025

EL MITO DE ULISES: EL REGRESO DE ULISES

 


La historia empieza en el mar... 


El mito de Ulises tal vez sea el más conocido por el gran público. Aunque un hombre o varios -o tal vez, según alguna interpretación moderna, una mujer- que llamamos tradicionalmente Homero recopilara en el siglo VIII a.C. una larga tradición que, como la de la Ilíada, se remonta a los tiempos micénicos, la figura de Odiseo, su nombre griego, es sin duda la más cercana a nosotros. 

Odiseo no es, como Aquiles, el último representante de un mundo que va a desaparecer; es el primero de otro que está naciendo. Por eso, frente a tipos como Ajax de una sola pieza, Odiseo miente, manipula, sobrevive. Y esa es su manera de afrontar el mundo, la vida. Y, por eso, nos sentimos tan identificados con un personaje que representa lo que somos, aunque no queramos reconocerlo.

Muchas han sido y serán las versiones sobre este Ulises -a la espera de la de Nolan, que podría sorprendernos o decepcionarnos-, que, como bien lo describe Homero al principio de la Odisea, es un "hombre" -esa es la primera palabra del poema- de "multiforme ingenio"/"muchas tretas" que "vio a muchos hombres y conoció ciudades y sus costumbres"... Y esa es la mejor definición de un personaje complejo y de miles de rostros, digno émulo de Atenea, la diosa de la inteligencia. 

Esta versión se ha realizado en el 2025, en pleno siglo XXI. El trailer no es un buen indicio del ritmo reposado y reflexivo que elige Uberto Pasolini -que nada tiene que ver con el gran Pasolini, pero sí con Visconti, ya que es su sobrino-

Hay quien ha dicho algo así como "me avergüenzo de un Ulises que pide perdón a Penélope". Es cierto que esa no es la visión que tuvo Homero; hasta los años sesenta sería impensable un Ulises que hiciera tal cosa. Ya no somos los mismos, sin duda. Afortunadamente. El nuevo Ulises debe aceptar que la mujer también debe ser respetada, que Penélope ha sacrificado mucho; que, ponerse en el lugar de la mujer, sometida durante milenios a los hombres, es un gesto necesario y obligado. Son nuevos tiempos: nuestros tiempos... 

Imaginemos una comedia de situación. Penelope, que se habría buscado un amante, a todas horas le estaría machacando; a Telémaco no habría quien le echara de casa, no pararía con el móvil y los videojuegos y, si no se trae a las novietas a casa, se haría a todas horas pajas; Euriclea y el abuelo, habría que cuidarlos, porque no hay residencias en condiciones ni un sistema de salud eficiente y las visitas al psicólogo para superar el estrés postraumático no le ayudarían y tendría que empastillarse. Y todos recordándole que en otros tiempos fue un gran hombre. Tal vez al final este Ulises posmoderno vuelva a abandonar su hogar y se cambie el nombre. El de Nadie le vendría al pelo...

Los personajes femeninos ya tenían entidad en la obra original. Está Penélope que, como Ulises, también sabe sobrevivir, destejiendo por la noche lo que teje por el día, manteniendo una fortaleza y una dignidad que solo se exige a sí misma y al recuerdo de su marido. Está Euriclea, la nodriza de Ulises, la primera que le reconoce -después de Argos, su fiel perro; siempre emociona ese momento tan delicado: el de un animal que ha esperado el regreso de su amo para expirar ante él-. Tenemos, entre los masculinos, a Antinoo, que en las adaptaciones, más que el líder de los pretendientes se acaba convirtiendo en un hombre enamorado, que se mueve entre la hipocresía y la sutileza, que prefiere mirar a otro lado, mientras observa como el resto ejerce una violencia cruel y despreciable.

Destaca el peso que en esta versión adquiere Telémaco. Existe la Telemaquia en Homero; mucho menos conocida que la parte de las aventuras y, por supuesto, que el regreso a Ítaca, muchos se preguntan, cuando leen por primera vez la obra de Homero, tal como se escribió, el porqué de esa parte. Tiene mucho más sentido de lo que parece. Casi siempre se reduce, en las versiones, a la mínima expresión, porque la fuerza del personaje de Ulises es tan poderosa que todo lo demás queda eclipsado. Sin embargo, el genio de Homero -o la hija de Homero, si intervino alguna mujer en su creación- no deja hilo sin puntada. Telémaco es el hijo a la sombra de un héroe inmortal; y eso, bien lo saben los adolescentes, puede ser una carga insoportable. Aquí, Telémaco se rebela ante el mito, busca su camino, intenta encontrar respuestas. Un Telémaco del siglo XXI se enfrenta a un padre ausente. Como casi todos.

Una de las alumnas con las que esta mañana he visto esta nueva adaptación me ha mencionado un detalle fundamental. "Me faltan las aventuras". Tal vez Nolan nos las proporcione... 

Sí, este Ulises es introspectivo; es el hombre que ha salido de una guerra, destrozado psicológicamente, que ha sufrido en sus viajes y llega a su Ítaca, quebrado por dentro. Tardará en curar esas heridas. Bloqueado, necesitará recuperar su identidad para reconquistar su tierra, su paternidad, su matrimonio, su reino.

Y, sin embargo, es cierto que echamos de menos a ese otro Odiseo, el que engaña al Cíclope, el que desea saber más y se ata al mástil para escuchar a las Sirenas, el que imagina trucos y trampas para alcanzar sus objetivos, el que despierta la pasión de Calipso o de Nausícaa, el que evita el hechizo de Circe, el que baja a los infiernos. Lo podemos encontrar en la versión que interpretó Kirk Douglas en los años cincuenta.

Aún así, lo intuímos también aquí en los ojos de Ralph Fiennes que, junto a Binoche interpretan a la perfección sus papeles. Es el Ulises viajero, el que ha visto demasiado y llega cansado al hogar. Y no encuentra más que miseria, crueldad y desolación.

Me gusta esa fisicidad, como contraste, del hombre que come, desesperado, la tierra, tantas veces deseada; la del que, antes de tensar el arco, huele la madera, siente su tacto y recuerda con esos gestos, una parte de sí mismo, una extensión de su propio cuerpo. Es un cuerpo que se reconoce, se revela en otros cuerpos. 

Y ahí están Fiennes y Binoche. La película mantiene el interés, pero cuando aparecen los dos, no hay nada más que decir. El primer encuentro entre ellos nos emociona; Ulises calla y escucha las quejas y el dolor de Penélope, una Penélope airada. La angustia silenciosa de este Ulises se contrapone a la desesperación de una mujer en el filo de la navaja. Tras la matanza de los pretendientes, después de esa petición de perdón, llega la reconciliación, una reconciliación entre un hombre y una mujer en el siglo XXI, que se reconocen, que se recuerdan...

"Has de contarme muchas cosas... No querrás saberlas... Deberíamos olvidarlas... Tu pasado será el mío y el mío será el tuyo... Recordaremos juntos; olvidaremos juntos... " 

Porque, seamos sinceros, si los mitos griegos nos sobrevivirán, es porque hablan de nosotros. Los tiempos cambian y el Ulises de hace tres mil años no es el mismo que el que contemplamos ahora. Y no debe serlo. El mito, como Odiseo, se adapta a la realidad que lo recrea y lo trae a la vida cotidiana de los hombres y mujeres que lo soñamos y lo hacemos nuestro, que lo soñaremos y lo mantendremos vivo, mientras existamos.


Y termina en el mar... 


lunes, 13 de octubre de 2025

GUARDÉ EL ANOCHECER EN EL CAJON

 


A (mi hijo) HYO, INVIERNO DE 2002


"¡El mar no me ha llevado!",
exclamó el niño con cara de susto.
Al ver el mar arremolinarse, arremolinarse desde lejos, creyó que no pararía de crecer hasta cubrirnos.


El mar no te ha llevado, pero cuando vuelva a arremolinarse, te parecerá otra vez que es infinito y te esconderás detrás de mí, abrazado a mis piernas, como si yo fuera capaz de protegerte de todas las cosas, incluso del mar.


Como cuando al empeorar la tos, devolviste la comida y llorando me llamaste "mamá, mamá", como si yo tuviera el poder de poner fin a tus males.


Pero pronto tú también sabrás que lo único que puedo hacer yo es recordar. Recordar que estuvimos juntos ante esa gigantesca y centelleante ola, ante el tiempo, y el crecimiento, ante todas laa cosas que desaparecen y nacen de nuevo.


Que solo podemos grabar en estos cuerpos hechos de arena esos instantes como huevos de colores, la intimidad de las horas que compartimos juntos.


No tengas miedo
que el mar todavía no ha venido,
que estaremos juntos
hasta que nos lleve,
que seguiremos recogiendo piedras y conchas blancas,
que pondremos a secar los zapatos mojados por las olas,
sacudiendonos la arena rasposa,
que de vez en cuando nos dejaremos caer al suelo y con las manos sucias
nos secaremos los ojos.


ESBOZO DEL ANOCHECER 5

Estaba reverdeciendo un árbol negro que creía muerto. 

Se hizo de noche mientras lo miraba. 

Fluyó la sangre por los nudos verdes, la lengua se sumergió en la oscuridad. 

La luz al borrarse dejó rayas transparentes. 

(Como estoy viva) estiré la mano hacia el tronco.


UN ANOCHECER YO

Un anochecer yo

miraba elevarse el vapor 

de mi cuenco de arroz blanco. 

Entonces supe

que algo se había ido para siempre. 

Que ahora también 

se estaba yendo para siempre. 


A comer. 


Y me comí el arroz. 


Han Kang, Guardé el anochecer en el cajón.

Traducción de Sunne Yon.


DIANE KEATON

 

"Es un hecho que enfada y asusta".

Eso ha dicho Woody Allen, cuando ha sabido la muerte de Diane Keaton. 

He evitado hacer obituarios en los últimos meses. A pesar de que ha muerto Verónica Echegui, Eusebio Poncela, Claudia Cardinale... 

Casi estuve a punto con Poncela o Cardinale. Un gran actor, todo un desconocido para muchos. Y una actriz, ícono de los sesenta. 

Si repaso las películas de la Cardinale, aparece en El gatopardo, Hasta que llegó su hora, 8 y medio, Rocco y sus hermanos... 

Hay dos que, aunque sean menos conocidas, te dejan un poso especial.

Una es La ragazza con la valigia. Historia de un amor adolescente es también, la de una mujer despreciada, que sobrevive en los márgenes y descubre en el protagonista una ingenuidad que nunca había conocido. 


El final es aún más doloroso, porque ella se quedará sola, cuando el joven, al darle dinero, asuma el papel que su entorno social le exige. Ella es una prostituta; él, como su hermano, la sitúa con ese gesto inconsciente en el lugar de siempre. 

También en El gran embrollo, aunque su papel es menor, da sentido a toda la película. El final, desolador, lo es por la energía de una Claudia Cardinale que hace estallar la pantalla en mil pedazos con su dolor.

De Eusebio Poncela lo pudimos disfrutar en Los gozos y las sombras, Martín Hache, La ley del deseo, Intacto... Arrebato es todo un clásico de una época en que se podían hacer películas así, extrañas, raras, en los márgenes...


Y Diane Keaton. Supo construirse un espacio y un personaje. Y lo hizo muy bien. Su vinculación con Woody Allen en su primera etapa es clave. Su frescura, un privilegio para quienes la vemos en pantalla.

También se la conoce por El padrino, claro, pero esa es otra historia. 

Así que la mejor despedida es el final de Annie Hall. ¿Por qué no?


Sí, Woody, la muerte enfada y asusta. La de los amigos, la nuestra. 


domingo, 12 de octubre de 2025

ROMERÍA DE CARLA SIMON

 


La memoria es un instrumento con dos cualidades, al menos, contradictorias. 
Por un lado, tiende a ser fragmentada; si no lo fuera, tendríamos la terrible condena de Funes, el memorioso, que no es capaz de crear nueva información y adaptarse al entorno. La acumulación excesiva de datos puede acabar bloqueando la actividad cerebral. 
Por el otro, tiende a idealizar lo vivido. Recordamos los aspectos positivos -puro instinto de supervivencia- y ocultamos los negativos, aunque estos últimos, como bien sabía Freud, no desaparecen del todo y pueden alimentar las enfermedades mentales, si se las silencia y no se las afronta cara a cara.
Si asumimos estos aspectos de la memoria -que todos los que hemos trabajado con ella, conocemos- podemos entender mejor la película de Carla Simon.

Inventamos los recuerdos, porque nos llegan troceados. Y mucho más, si estos ni siquiera los hemos vivido. Son otros los que construyen nuestra memoria, a partir de retazos que ellos mismos han transformado, sea por el paso del tiempo o por factores sociales o psicológicos.

Entiendo esa parte en la película de Carla Simon. La memoria, sea la nuestra o la de los demás, es un constructo, imaginado casi siempre, necesario para mantenernos conscientes, sin la cual sería imposible seguir caminando.

Sin embargo, como sucede con las películas de esta época tan cobarde y pusilánime en la que vivimos, suavizamos el pasado, lo convertimos en un juguete que no moleste demasiado. 

Los padres de Carla Simon, drogadictos, murieron de SIDA, cuando ella ni siquiera tenía cinco años. La protagonista -un alter ego de la directora- a los dieciocho años decide conocer a su familia paterna y descubrir secretos de la memoria familiar. 

Se pasa de la observación y la búsqueda de respuestas -que incluye la grabación con cámara de vídeo- a una "bajada" a los infiernos particular en la parte final, a una ensoñación -el viaje en barca por la ría es un trasunto de Caronte; la subida a la terraza, donde encontrará a sus padres, es una metáfora de ese viaje interior-; que la expresión formal elegida sea, de nuevo, una mezcla de los dos formatos -vídeo análogico y digital- encaja a la perfección.

Sí, si alguien espera un pero, ahora va a llegar. Carla Simon, como casi todos o todas en esta nueva generación de cineastas, edulcora la realidad. Y se contradice. Si la protagonista exige a sus abuelos en la penúltima escena que verbalicen y admitan oficialmente que sus padres murieron de SIDA, ¿por qué la propia directora no muestra esa realidad? Las imágenes que la protagonista decide inventar -sea con el diario en off o visualmente- a excepción de un plano medio en el que se chutan y otro en el que el padre rompe un vaso de cristal en la pared -que ni siquiera incomodan, porque estéticamente están demasiado cuidadas-, son, sobre todo, los momentos de felicidad de la pareja. ¿No es eso precisamente lo que Carla Simon critica de los personajes de las generaciones anteriores en su Romería y que no es capaz de ver en sí misma?

Me podría decir que mostrar la realidad brutal de toda esa generación ya lo han hecho otros. Sí, lo hicieron, sobre todo, gentes como Eloy de la Iglesia, un kamikaze del cine. No pido primeros planos de un tipo metiéndose una jeringuilla ni una escena con todo lujo de detalles en la que se nos muestre el cuerpo de un joven de treinta años al borde de la muerte, pero esa fue la realidad que vivieron miles de personas. Tampoco exijo que se hable del papel que tuvo la heroína para destruir a toda una generación y de cómo se utilizó socialmente para controlar determinadas actitudes críticas. La directora solo insinúa que los padres de la protagonista pudieron ejercer de traficantes ocasionales, sin ir más allá. Carla Simon no está interesada en esto. Lo entiendo. Sí, otros lo hicieron, pero los que ahora estrenan películas, la nueva hornada de mujeres que reciben premios a diestro y siniestro prefieren no contarlo así, ya sea porque perderían espectadores, si mostraran esa realidad, ya sea porque la estética amable, en el fondo, encubre una evidente falta de coraje. 

No sé si soy demasiado duro con Carla Simon. No es tanto ella, sino el cine actual lo que me solivianta. Estéticamente, no tengo nada que objetar; incluso, algunas ideas son atractivas y podrían ser -¡quién sabe!- caminos que Carla Simon recorra con acierto en una nueva etapa de su carrera. El guion está bien construido y nos lleva a donde Carla Simon quiere. Es cierto, no logra emocionarme, pero, tal vez, sea porque la idealización del recuerdo ya no me dice -a estas alturas de la vida-, nada. A no ser que busque hacer estallar en mil pedazos nuestra percepción falseada, en vez de ablandarnos y agradarnos con un final feliz, como se hace en Romería.

En este aspecto reconozco que prefiero el final de Sirat -a pesar de sus defectos-. 

Es posible que ahora busque en el cine planteamientos más radicales, más valientes. Y no los encuentre casi nunca.


sábado, 20 de septiembre de 2025

BORRACHOS

 


Borrachos es un ensayo de Edward Slingerland. El propósito de su obra es demostrar con argumentos genéticos, antropológicos, culturales que una ingestión moderada de alcohol y similares drogas psicotropicas no solo ha permitido el desarrollo de la civilización, de su cultura, de su creatividad, sino que también facilita la supervivencia de la especie, su cooperación y socialización. La perspectiva es anglosajona y se enfrenta -aquí en el Sur lo tendría más fácil- con el moralismo protestante. Insiste que la ingestión debe ser moderada -vino, cerveza; insta a evitar bebidas destiladas- y, sobre todo, colectiva y compartida como bien podemos disfrutar en el cuadro de Tiziano, La bacanal de los andrios. El aislamiento nos lleva al desastre. 

No se olvida de factores culturales, de los riesgos que el alcohol puede suponer -presión social, su papel en los adolescentes o entre los jóvenes, violencia sexual contra las mujeres, resacas, hígados deshechos y otras situaciones más o menos desagradables-, pero al final el tono es amable y optimista. Dionisio puede ser un dios benéfico, aunque -nos avisa-, también es capaz de destruirnos -y eso lo sabían muy bien los griegos antiguos-.

El estilo es repetitivo y podría haber resumido su tesis en la mitad de tiempo, pero se nota que sus conocimientos son amplios y contrastados. Los ejemplos que menciona van desde la China Antigua, pasando por la Grecia clásica -el simposio-, al mundo azteca o inca mezclado con estudios e investigaciones serias, apoyados en datos científicos. Sin embargo, algo ha cambiado. Antes del XIX los encuentros eran colectivos, rituales controlados por la sociedad para liberarnos o ligarnos con la divinidad o la Naturaleza; ahora, muchos de esos encuentros con las drogas y el alcohol son solitarios y destructivos: consumismo descontrolado de una sociedad desmembrada.

Mientras iba leyendo, me fueron viniendo referencias cinematográficas. La primera fue alegre: John Ford. El tema principal de las películas de Ford es cómo el individuo puede integrarse en un grupo para, así, alcanzar un trozo de felicidad. Por eso siempre aparecen como secundarios personajes que beben, se emborrachan juntos y, cuando superan la resaca, son tus amigos para toda la vida. Puede que a veces haya peleas, pero siempre habrá reconciliación. 

La pelea más conocida y larga es la de El hombre tranquilo. Por supuesto, deben terminar o no... con una cerveza. 


Otra es Entre copas. Un canto a la amistad masculina, un viaje enológico por Francia. 

También las hay en el plano femenino, pero generalmente la bebida no es el acompañante habitual. Tal vez se pueda mencionar Una mujer bajo la influencia, aunque no sea el alcohol lo que explica las reacciones de la protagonista femenina 

o Noche de estreno, ambas, curiosamente, con Gena Rowlands y la dirección de Cassavetes.

Culturalmente, admitámoslo, la bebida ha estado más ligada al género masculino... hasta el momento. 

También tenemos al Dionisio oscuro. ¿Las Bacantes de Eurípides? Sí, Dionisio puede despedazarte... 

Hay una película danesa cuyos protagonistas, profesores de instituto, convertían la ingestión de alcohol en un experimento sociológico. Si beber desarrolla nuestra creatividad, ¿por qué no hacerlo antes de dar una clase? El problema, claro, es que luego no puedas controlarlo.


En el Hollywood clásico recuerdo dos grandes películas en este tono. Días de vino y rosas es la historia de una pareja que acaba cayendo en el precipicio del alcoholismo, interpretada por un Jack Lemnon y una Lee Remick impresionantes. 


Por otro lado, está Billy Wilder con su Lost weekend. 

O Leaving Las Vegas con un Nicolas Cage desatado.

La película de Pressburger, The small backroom, tiene una escena opresiva en el que el sonido de un reloj y la pulsión por beber se convierte en una pesadilla. 

Es posible que esta insistencia tan repetida del cine anglosajón en los aspectos negativos del alcohol -que nadie puede negar en nuestras sociedades modernas; y no me refiero solo a las calles apestando a alcohol y otros líquidos subsidiarios- forme parte de una campaña moralista, puritana y prohibicionista que no tiene en cuenta los aspectos beneficiosos. 

Hay que encontrar el justo término medio, si esta sociedad consumista y capitalista nos lo permite, y, aunque nuestra querida Ayuso apueste por las terrazas y desprecie la sanidad y la educación pública, el alcohol compartido puede ser benéfico y liberador, si sabemos combinarlo con lecturas, paseos por el parque, la montaña o cerca del mar, ejercicio físico saludable, escritura, visitas a museos, teatros y cines, dormir bien, buen yantar, buen sexo - aunque esto último sea optativo y prescindible-, carreras en la calle perseguidos por antidisturbios, reflexiones filosóficas, conversaciones variadas con amigos o contemplación budista del paso del tiempo.

Dionisio es un dios con dos caras. Si lo respetas y veneras -en su justa medida y en compañía- te proporcionará grandes momentos, te sacará de ese obsesionante yo que a veces te tortura y te agota, te hará más ligera la existencia, pero, por supuesto, debes temerlo, porque también es un dios terrible y nos lo hace saber con claridad, cuando no lo hemos honrado de la manera adecuada. 

¡Evohé, Dioniso, evohé!


viernes, 19 de septiembre de 2025

MEMORIAS DE ADRIANO: YOURCENAR Y LLUIS HOMAR


Memorias de Adriano es la versión que Yourcenar construyó alrededor de unos de los emperadores más complejos que gobernaron Roma. Cualquier adaptación tendrá una ventaja y un inconveniente. La ventaja es evidente: la prosa de Yourcenar es avasalladora, sea cual sea la manera de enfocar la historia. El inconveniente: es difícil conservar tal calidad literaria en la propuesta formal que hagas.

El texto de Yourcenar está ahí, sin duda. Una adaptación supone una elección: desechar algunos aspectos; destacar otros. Aquí queda desdibujado, del personaje que modeló Yourcenar, su amor por la cultura, sus intereses artísticos, su afán viajero. Y, sobre todo, me faltan sus reflexiones filosóficas sobre la muerte, la vejez y la crueldad de la guerra, aunque aparezcan a pequeños trazos.

La apuesta camina en otra dirección. Adriano ejemplifica también las contradicciones de un poder absoluto. Y en los actuales poderosos encontraremos -con los micrófonos, las cámaras, la imagen repetida y multiplicada- los símbolos de la autoridad y la propaganda. Esa puesta en escena funciona cuando el discurso oficial, el proyecto político de Adriano -o más bien el de Yourcenar- se expone; un proyecto que destaca lo que desea resaltar y oculta lo que no ha de contarse a los otros o a la posteridad. No va tan bien cuando la voz interior muestra sus contradicciones. En estos últimos iría mejor que el personaje se quedara completamente solo. La música elegida o el juego de luces o las proyecciones de palabras en latín o la intervención de un coro de figurantes en un entorno televisivo (secretario, maquillador, realizador) o la grabación y su aparición en pantallas de televisión y sus declaraciones a la manera de un político del siglo XXI se me hacen superfluas y banales. No tanto por el contenido -el texto es impecable-, sino por el envoltorio que le acompaña. Y no estoy tan seguro de que, como ocurre a veces con las representaciones del Calígula de Camus, el Adriano de Yourcenar represente, sobre todo, la ambición y las consecuencias del poder sin límites. En esta obra -como en toda gran obra- hay muchos más temas.

Y no es casual que el mejor momento de la adaptación sea aquel en que se cuenta la relación con Antinoo. La parafernalia -con todo, bastante sencilla- da paso a un duo simple y minimalista entre Lluis Homar y un joven actor que expresa en su tramo final a través del baile el dolor de una pérdida y, al mismo tiempo, el sacrificio inútil de otro ser. 

En cuanto a Lluis Homar, ¿qué se puede decir? Es un grandísimo actor y sostiene la obra. Siempre me quedará la duda de si -dejando a un lado el baile con ese imaginado Antinoo- un monólogo solitario de principio a fin me hubiera emocionado más.

¡He leído esta obra de Yourcenar tantas veces! A los veinte años, a los treinta, a los cuarenta, a los cincuenta. Y en cada lectura me acerco más al Adriano que concibió la escritora francesa, me acerco más al hombre que envejece, al que se preparará para la muerte. 

domingo, 14 de septiembre de 2025

LA SOMBRA DE TERSITES, EL SILENCIO DE RENÉ CLAIR Y LA INVENCIÓN DE TODAS LAS COSAS DE JORGE VOLPI

 


La sombra de Tersites es alargada. 

He leído un magnífico trabajo de Santiago Blanco sobre este personaje secundario del libro segundo de la Ilíada de Homero, que enlazo por si alguien desea leerlo completo.

Como ocurre siempre cuando partes de un buen original, las ideas fluyen y se expanden. 

La figura de Tersites ha variado a lo largo del tiempo. La aristocracia homérica lo consideraba alguien risible, despreciable, tanto por su apariencia como por su comportamiento. Hasta llegar a la interpretación que encontramos en este artículo de opinión, escrito por Juan Manuel Aragüés, se han dado muchos pasos.

Algunos de ellos nos obligan a evaluar el papel de Tersites. Nos encontramos a un hombre cuya función parece ser la de criticar y denostar a los héroes, decirles lo que nadie se atreve. En la Ilíada no muere -Ulises se contenta con humillarlo-, pero en otra obra épica de un autor menor acaba sin vida a manos de Aquiles. 

Si recorremos la historia de la literatura descubrimos al esclavo plautino, la commedia dell´arte o el personaje del bufón en Shakespeare: una mirada plebeya opuesta al poder o, al menos, que lo ridiculiza, bajándolo del pedestal. 

"¿Quién me puede decir quién soy?", pregunta un rey Lear desesperado. 

El bufón le responde: "Eres la sombra de Lear".

Épocas diferentes, interpretaciones diversas. Los mitos se transforman, se actualizan, se deforman, se parecen a los monstruos, como el propio Tersites, como el insecto de Kafka, al mirarnos en el espejo.

Laia, pintora del siglo I a. C., se autorretrató con un espejo. Velazquez se mira en otro en Las Meninas. 

René Clair no abandona las conquistas del cine mudo en su primera película sonora, Bajo los techos de París. 

Aparecen diálogos, una melodía que se repite, pero lo importante se cuenta sin palabras. El final feliz es una ficción; la recreación de este París, que ya no existe, es otra ficción. ¿Tal vez en nuestro mundo el silencio es ya otra ficción?

Jorge Volpi en La invención de todas las cosas nos habla de la ficción, es decir, de nosotros mismos. ¿Somos seres ficticios? ¿Creamos ficciones -sobre todo, el arte- para sobrevivir? ¿Lo que llamamos realidad, nuestra percepción de la realidad, no será otra ficción? El recorrido por toda la Historia del arte -sobre todo, la literatura, pero también la pintura, la música, la fotografía, el cine-, de la filosofía o de la ciencia le sirve a Volpi para desentrañar y intentar comprender estas ficciones. 

Hay ficciones y mentiras. Hay ficciones criminales, ficciones literarias, científicas... 

Necesitamos ficciones que nos sostengan y nos aparten del absurdo y el sin sentido.

¿Somos el sueño de una sombra, como diría Píndaro? ¿O la sombra de un sueño? 

viernes, 5 de septiembre de 2025

LA BUENA LETRA Y ELIA SULEIMAN

 


La buena letra, la segunda película de Celia Rico, tiene un gran personaje femenino. Basada en un libro de Chirves es una película correcta, bien ambientada y una adaptación que mantiene un ritmo moroso. 

¿Sin más? No, hay algo más. 

Lo que la hace especial es la interpretación de Loreto Monleon, porque consigue mostrarnos todas las emociones de un personaje silencioso, discreto, en el que nadie se fijaría, pero que tiene, precisamente por eso, una inmensa capacidad de observación. Es un personaje que sufre, que siente envidia, que se deja llevar en algún momento por la mezquindad o la frustración, generoso también y comprensivo, que muchas veces no sabe comunicar lo que se mueve en su interior, que no puede salvar a un hombre, su marido, roto por dentro. Sí, esas fueron nuestras abuelas, las que vivieron la posguerra, olvidadas por la Historia oficial, supervivientes de una época en las que el silencio se imponía por la fuerza y el miedo. 

Y la actriz sabe acercarnos a este personaje, entenderlo, hacerlo nuestro. Hay películas que se recuerdan por un personaje, aunque no destaquen en otros aspectos: esta es una de ellas. 


Palestina es una vergüenza para todos. Somos impotentes y cobardes para asistir en directo lo que cualquiera, si no se tuviera miedo del poderoso lobby proisraelí, llamaría por su nombre: genocidio.

Y es de agradecer que existan autores como Elia Suleiman. 

Elia Suleiman huyó, siendo joven, de Palestina y, aprovechó su exilio para aprender a hacer cine, en Londres y en Nueva York. Volvió en 1993 y, desde entonces, ha dirigido siete películas. 

Su estilo es peculiar. Él mismo es el protagonista de sus obras. Es inevitable que Palestina sea su tema central, pero el planteamiento es original. Se decide por la comedia y no una comedia al uso, sino uno que bebe de Tati o Buster Keaton o Kaurimaski o Roy Anderson. No me sorprende que al principio viera en Bresson o Cassavetes referentes. 

Sus dos últimas películas profundizan en el conflicto palestino y también en su estilo.

El tiempo que queda hace un recorrido completo desde la guerra de 1948 hasta la actualidad. 

El retorno de un exiliado es el punto de partida para contarnos la historia de una familia y es, sobre todo, una mirada irónica, absurda, crítica de ese conflicto eterno en Oriente Medio. Esa sonrisa se podría quebrar; desaparecería, si pensáramos en el sufrimiento. Suleiman no nos permite caer en el pesimismo. La vida es absurda; no hay que ocultar esa realidad, sino transformarlo en un acto de rebeldía. Y la risa o el humor siempre tendría que ser un acto de rebeldía. 

Aparecen otros temas: las relaciones padre-hijo; la educación y el discurso oficial; el paso del tiempo. 

La última, De repente el paraíso, toma otro rumbo. 

Si aparece Palestina es, en este caso, como un marco. Aquí se pregunta cómo les miran desde el extranjero. El director viaja a París o a Nueva York, contempla un mundo civilizado, irreal, una realidad edulcorada, ridícula, estúpida, la que vería un turista o un tipo, como él, que vive en los bordes, en los márgenes, y la contrapone, sin que tenga que mostrarla, a la violencia cotidiana que hay en su entorno. El humor se mantiene y la distancia necesaria para sobrevivir. Este Buster Keaton palestino mira el mundo con una sonrisa, pero es una sonrisa tierna, comprensiva, amable. Nunca encontraremos cinismo o sarcasmo.

De repente, el paraíso termina con el director en Cisjordania contemplando -sabio, tranquilo, epicuro, un cínico a la antigua sin los excesos de Diogenes de Sinope-, a unos jóvenes en una discoteca, bailando y cantando una canción rebelde y reivindicativa: Palestina libre. 

Palestina merece una juventud que pueda tener un futuro. Al menos nosotros, mientras el genocidio se confirma, no deberíamos mirar a otro lado. Y que la palabra y el humor sean nuestras armas, las únicas que nos quedan.



domingo, 31 de agosto de 2025

UN PATIO

 


Es solo una pared y un trozo de cielo. Dejo de leer a Quignard. Noto una ligera brisa; a finales de agosto el calor no sofoca, solo acompaña. Al otro lado del patio suenan las campanas de una iglesia. Se está bien; ni siquiera el siseo de las moscas molesta demasiado. 

Uno podría cerrar los ojos e imaginar que al otro lado está el mar. La soledad es tentadora. Una isla y la ensoñación de un día de verano. La pared es un lienzo en blanco que puedes pintar como desees. El tiempo pasa. La sombra irá cubriendo el muro. La caricia del sol que ahora ilumina las ciruelas -esas que caen al suelo, ya maduras-, en unas horas habrá desaparecido. 

El libro de Quignard me devuelve a Roma. 

Los colores se difuminan, se desdibujan. 

Y el tiempo también. 

sábado, 30 de agosto de 2025

MUR, MURS, VARDA, SOMAI Y GABIN

 

Concluyo el verano con tres películas. No tienen nada que ver, pero en la variedad está... el gusto o la diversión. 

Gabin es uno de esos actores que cuando están en una película ocupan toda la pantalla. No pasan por ella; la hacen suya. El tiempo de los asesinos es una policiaca o de misterio; así la definen. 

En realidad, es una historia de venganza de dos mujeres. Se quieren desquitar de su pobreza, pero su frialdad es tan grande, que el espectador desea que no se salgan con la suya y sean castigadas. Al final, se convierten en víctimas de la propia trama que han maquinado.

Y por encima de la historia está Jean Gabin, un tipo que solo tenía que hablar en francés o hacer un gesto para dejarte boquiabierto. 

Uno de los grandes. 

Somai es un director japonés; consiguió sus mayores éxitos en los años ochenta y noventa y falleció en el 2001. Ha influido en la nueva generación de su país que le tiene como referente. Su tema central es la adolescencia o el paso a la madurez; en parte, también las relaciones de pareja. 

De las tres que vimos, Typhoon club, Moving y Lost chapter of the snow: pasion, es esta última la que más me sorprende. 

Visualmente te atrapa; la historia no deja de ser la relación entre un padre adoptivo y la niña huérfana a la que ha criado; cuando esta alcanza la mayoría de edad, la relación paterno-filial se transforma en otra cosa. Además hay un asesinato y un amigo del chico que también siente lo mismo por la adolescente. 

La historia podría haberse contado de otra manera. Y no hubiera sido tan interesante. Lo que llama la atención es esa estilización desde el primer plano secuencia, rodado en un estudio, o que el realismo se transforme de cuando en cuando en una puesta en escena donde se impone la imaginación, la lírica o el delirio. 

Y Varda. En Mur, murs hace un recorrido por los murales y el arte urbano que encuentra en Los Ángeles en los años ochenta. 

Es una obra sencilla, pero, como siempre, muestra muchas más cosas. Habla de los marginados -negros, hispanos-, de la explotación -sobre todo, cuando Varda nos cuenta que en un mural surrealista que rodea a un matadero de cerdos con imágenes que no sabes cómo describir, ni se menciona a los creadores, y no puede evitar soltar esta frase: "política de jefes, política de cerdos"...-, de la pobreza, de las locuras privadas y públicas, de su vida cotidiana, de las obsesiones de una época, de una belleza condenada a desaparecer por la especulación urbanística, consciente de su fugacidad. 

Varda hace de la sencillez un arte. Y eso es lo más difícil, lo más maravilloso.