domingo, 29 de septiembre de 2019

LA POR I LA COVARDIA



Quan la por no és innocent, ja no és por, és covardia.
Joan Fuster.

Es un texto, este, el de Martin Niemöller, preciso, claro, revelador; tal vez porque sucede una y otra vez. Ahora mismo está ocurriendo, muy cerca de ti, aunque no lo sepas, aunque mires a otro lado...

La operación de la guardia civil contra el independentismo catalán, las manifestaciones y huelgas contra el cambio climático, las muertes en el Mediterráneo son un reflejo del mundo en el que vivimos. Y nos miramos en el espejo. Y sólo vemos miedo y cobardía. Somos así. Héroes y villanos, al mismo tiempo.

El capitalismo es un monstruo inteligente; o, al menos, quienes mueven sus hilos. ¿Que hay un problema global con el clima? Pues nada, unos lo negamos; otros, hacemos negocio con él. Las voces disidentes, como la de Greta Thunberg, se asimilan al discurso oficial, bien amparado por los medios de comunicación. Aunque, en el fondo, las medidas que se tomen no pondrán en peligro la esencia del modelo: explotación, consumismo, democracia dirigida.
Detener una maquinaria como esta es una empresa titánica. Sin embargo, hay que intentarlo. Los jóvenes deben hacerlo.
Recordemos que habrá quien vaya más allá y denuncie a los culpables; muchos, antes de Greta y ahora mismo, se atreven a dar nombres y señalarlos. Como Berta Cáceres. Y acaban en la cárcel o asesinados. Nadie habla de ellos.

Guardamos silencio. No protestamos.
Y a veces compramos en los negocios de sus asesinos.

Sobre el asunto catalán, dos historias paralelas.
En la primera, son terroristas. Sólo con filtraciones policiales y confesiones, que no sabemos cómo se han conseguido. Por el momento, no hay pruebas de peso. No hay bombas, no hay muertos. Sólo deseos y planes hipotéticos, inventados por no sabemos quién. Sin embargo, la propaganda ya los ha condenado.
Su objetivo es otro: provocar el miedo; controlar, mantener el modelo sin variaciones importantes. Engañarnos, para seguir haciendo lo mismo.
En la segunda, son víctimas, chivos expiatorios útiles. Ya sabes lo que te pasará si te atreves a enfrentarte a nosotros. Atente a las consecuencias.
¿Qué han hecho o dicho la gente de izquierda, preocupada por el Brexit, el cambio climático, críticos con Trump o Boris Johnson o con Vox o Salvini? Nada.
No es mi problema; no es asunto mío. Nos ponen en peligro... Son la derecha... Son egoístas, insolidarios... Hay que condenar la violencia... aunque no exista. 

Guardamos silencio. No protestamos. Por miedo, por cobardía. O por egoísmo.

Mueren miles de personas en el Mediterráneo. Se les ponen trabas para llegar a la tierra prometida de Europa. Cientos mueren. Y cuando llegan, los esperan CIES, centros de detención, explotación laboral.
No es mi problema; no es asunto mío. Nos ponen en peligro... Se aprovechan de nosotros, nos quitan lo nuestro...

Guardamos silencio. No protestamos. O los olvidamos.

En un mes y pico se nos convoca para votar. ¿Votar para qué? Que no nos engañen. No es para parar a la derecha. No es para mejorar la política. No es para cambiar el mundo.
El sistema necesita consolidarse, aunque sus pies sean de barro. Y hará todo lo posible para que ocurra. Apoyando en los medios a un nuevo partido, el de Errejón; reforzando al PSOE o al PP; tomando las medidas oportunas -155, control de la información, vendiendo humo- para que no se desmande el problema catalán o cualquier otro.
El resultado debe consolidar el modelo. Ningún cambio. Monarquía privilegiada, los mismos en las estructuras judiciales, políticas y económicas; medidas al servicio de los grandes intereses.
Quizá haya alguno decorativo, como sacar a Franco del Valle de los Caídos.
La hipocresía no tiene límites.
"Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".
"¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tentativas punteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual, pese a que todo habrá cambiado".
"Una de esas batallas que se libran para que todo siga como está".

                              

Y si unos pocos acaban en la cárcel o mueren...
No es mi problema; no es asunto mío. Nos ponen en peligro... 

Guardamos silencio. No protestamos.

... Cuando vinieron a buscarme, no había nadie que pudiera...

Aún depende de nosotros que eso no ocurra.
Todavía...









sábado, 21 de septiembre de 2019

LABORDETA Y UN PAÍS EN LA MOCHILA


Durante el mes de septiembre están reponiendo Un país en la mochila.
Veinte, treinta años nos separan.
Después Labordeta iría al Congreso, daría varias lecciones morales a unos políticos corruptos y soberbios y se retiraría para morir dos años después.

Hay en esta serie un aroma de vino añejo. De esos que dejan poso.
Técnicamente, por supuesto, se nota el paso del tiempo, pero, incluso eso se agradece. Las entrevistas duran muy poco y a veces los cortes son bruscos, pero, sin duda, sabe elegir a la persona adecuada. No son gente rica ni cultivada. Son personas normales: agricultores, pastores; jubilados, ancianas y ancianos. Parejas que huyen al campo para empezar una nueva vida. Jóvenes que heredan los oficios de sus mayores, pesimistas, la mayoría; adaptándose a los nuevos tiempos. Y con ellos bebe un vino, comparte un trozo de queso o, como invitado, come las migas que acaban de preparar.
Él es uno de ellos. Y ellos lo saben.


¿Y qué decir de Labordeta? Con su cultura y curiosidad. Serio o sonriente, cuando habla con la gente. Irónico o crítico, cuando nos describe el abandono de algunos pueblos por los que pasa o la desidia de muchos políticos. Reflexivo. Sobre un puente o en una mina abandonada. Sentado en el banco de piedra o bebiendo agua de una fuente. A veces recita un poema; otras, canta una canción o escucha a quien entona una melodía perdida. Como en este capítulo, en el que un hombre, al principio, toca una dulzaina y, en la conclusión, él mismo, al borde de un acantilado, nos recuerda una de sus composiciones más conocidas.

SANTANDER

Hay gente que no muere; está viva, con nosotros.
Y lo que hicieron, no envejece, sino que conserva lo más importante: su esencia, su dignidad, su humanidad.

martes, 10 de septiembre de 2019

IÑIGO MUGURUZA Y CAMILO SESTO


El azar ha hecho coincidir en un breve espacio de tiempo las muertes de dos cantantes que vivían en mundos paralelos, por no decir opuestos. Yo diría que hasta sus seguidores viven en dos mundos irreconciliables. Lo único en que coinciden, seguramente, es que cantan muchas de sus canciones al final de una noche de farra. Eso sí, separados.
No hubiera escrito nada, ni siquiera me hubiera planteado empezar esta entrada, si no hubiera sido por dos hechos que han sucedido esta mañana.
El primero fue la lectura de un texto de Carmen Rigalt, criticado muy duramente por una de mis "amistades" de facebook.


Melancolía de Carmen Rigalt.

Quizá pueda criticarse la falta de tacto de la periodista-escritora, pero la dureza de los comentarios me sorprendió. Entre otras cosas, porque casi todo lo que dice es verdad. Imagino que cuesta aceptar que nuestros mitos sean ridiculizados y mucho más con el cadáver presente, pero a algunos les falta el humor y el sentido crítico, cuando más conviene tenerlo. Y hay demasiada gente, aunque se digan de izquierdas, dispuesta a condenar a la hoguera a los demás,

Camilo Sesto es un mito, sobre todo, para la generación de mis padres. Hay varios nombres -sólo menciono los masculinos, porque hay muchos femeninos- que representan la canción melódica. Julio Iglesias, Raphael, Nino Bravo... Destaco al Dúo Dinámico por razones personales y sentimentales que bien conocen los que han leído este blog alguna vez.
Fue un cantante de masas, que alcanzó éxito y dinero. Y al contrario que Raphael que sí ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, los últimos años de Camilo Sesto fueron lamentables. Verle en una entrevista te provocaba pena y horror a partes iguales.
Fue uno de los cantantes de la "mayoría social" de este país.

Tanto que esta mañana, en el metro, cuando un tipo entró en el vagón con su guitarra, a todos nos pareció normal que cantara la archiconocida "Vivir así es vivir de amor" como homenaje.



Y entonces me hice una pregunta: ¿Este hombre se atrevería a cantar alguna de Iñigo Muguruza y hacerle otro merecido homenaje? Y me di cuenta de que sería imposible. Quizá en el metro de Bilbao o en el de Barcelona; con suerte... En el de Madrid, pocos le aplaudirían. Sobre todo, porque sus canciones están en euskera. Y si se atreviera a cantar Sarri, Sarri no creo que gustara a muchos de sus oyentes, si conocieran el origen de la canción. Es posible que en alguna casa okupada le aplaudieran, como mucho.

Vayamos al mundo de los Muguruza. Porque son tres hermanos. El más combativo, Fermín. El más "clásico", Jabier y el más rockero que fue Iñigo. Por poner etiquetas; que ya se sabe, las etiquetas no sirven casi nunca. Tal vez a los periodistas y a los políticos.
Los años ochenta en el País Vasco no se entenderían sin Kortatu o Negu Gorriak. Hay toda una generación, la nuestra, allí, en el Norte, que cantaba sus canciones reivindicativas. Y que las seguirá cantando. Con intentos de censura, incluso hace un año, por parte de la derecha española.
Es otro mito, sin duda, pero este pertenece a "la minoría social" de este país.


Visto así, alguien podría decir: Este país es plural.
¡Y una mierda!
Hay una España que cantará las melodías de Camilo Sesto. Y hay muchos vascos, muchos catalanes y algunos pocos españoles que bailarán las canciones de Iñigo Muguruza.

Y nadie en las necrológicas mencionará este detalle.
Un detalle que nos define mejor que ningún otro.
Lamentablemente. Trágicamente.

sábado, 31 de agosto de 2019

EL HOTEL JUNTO AL RÍO Y STONER: LA VIDA QUE PASA


Tanto en la recién estrenada Hotel by the river del director coreano Hong-Sang Soo, como en la novela de John Williams, Stoner, encuentro un vínculo, unos lazos que nos llevan de la mano, mucho más allá de lo que esperábamos al empezar.

En las dos la vida, simplemente, pasa.

Hay más, claro.
Desde el principio sabemos cómo terminará la historia: los protagonistas morirán. El final no nos sorprende; es el único posible, el que nos espera a todos.

La forma en que nos lo cuentan.
El director coreano, a su manera, con conversaciones entre los cinco personajes: dos amigas, por un lado, hablan de la ruptura de una de ellas; un padres y sus dos hijos, por el otro, aunque no sepan, se están despidiendo.



Stoner lo hace bajo una fina lluvia.
No ocurre nada extraordinario a lo largo de la vida de William Stoner. Sólo cuatro o cinco acontecimientos, vividos tal vez con mayor intensidad. Y una lejana indiferencia.

La pasión de los protagonistas.
En la película, por la poesía. En el libro, por la enseñanza y la literatura.

Poco a poco. Una lluvia fina. Pausado, gradual, paulatino.

El ritmo y el fluir de la vida.
¿No debe aspirar el arte y cualquier expresión artística a enseñárnoslo?
A veces se consigue.
Escribiendo un poema o acariciando un libro...



viernes, 30 de agosto de 2019

UNA FOTOGRAFÍA


Me gusta la sencillez.
Esta película lo es.

Si alguien viera el trailer de Una fotografía pensaría de inmediato: una película romántica melosa y sentimental. Y un servidor diría: ¡Paso, tengo cosas mejores que ver!
Se equivocaría.
La historia, sí lo sé, no es muy original. Veamos. Es el clásico chico conoce a chica; con una abuela que quiere casar al chico. Él decide pedirle a la chica que se haga pasar por su novia. Por supuesto, se enamoran durante el proceso. Nada que no hayamos visto antes en Hollywood. Como estamos en la India y siguiendo los cánones de Bollywood, el chico es pobre y la chica es universitaria y pertenece a la clase alta; es decir, un amor imposible. Y los matrimonios son concertados dentro de la misma clase social, no lo olvidemos. Visto así, lo normal es que alguien me preguntara: ¿Y estás escribiendo una entrada por esto?


Ya lo he dicho al principio. Es sencilla. Y me gusta que lo sea.
Y la forma, es decir, el ritmo y el tono lo cambian todo. No deberíamos olvidarlo.
El director, Ritesh Batra -que ha trabajado en Estados Unidos y Gran Bretaña-, se decide por la contención.
En los actores -gestos mínimos, miradas; palabras, las justas; emociones, controladas-. Los personajes no irán más allá de cogerse de la mano, una cita en el cine y otra, en casa de él, donde -no se imaginen otra cosa- sólo comerán un kebab del puesto de la esquina. Es la India y sus personajes aceptan las reglas de juego: las sociales, por supuesto.
En la forma también aparece esa contención -planos fijos en los personajes, mientras la realidad se mueve a su alrededor; se elimina lo superfluo con ayuda de elipsis inteligentes; los diálogos son simples, nos cuentan sólo lo que es necesario para que los personajes evolucionen-.


Tampoco es una obra de autor; no se confundan. El humor busca al gran público; no se pretende una profunda crítica social al sistema de castas o contarnos un amor trágico. La música acompaña las emociones de los personajes. Y los actores son conocidos en Bollywood. Ahí, está claro, perdemos guiños cinéfilos que en la India sí comprenderán.
¿Y qué decir del final? Un acierto. Se evita lo que cualquier espectador esperaría. Deja a los personajes en un punto; han cambiado y lo saben. No hay un gran final. Y termina con un sencillo flashback.
Habrá a quien no le guste; en realidad, parece que no pase nada, pero es como la lluvia fina. Piensas que no te va a mojar, pero acabarás empapado.
No todos las películas deben transformarnos o cambiar el mundo; algunas se contentan con hacerlo más amable. Esta es una de ellas.
Y se agradece.

jueves, 29 de agosto de 2019

EL FINAL DEL VERANO


Aunque es cierto que Verano Azul ha tenido muchas reposiciones, esta -la que hoy acaba de terminar- ha coincidido con el cuarenta aniversario de su rodaje. Y 40 años es ese momento de la vida en la que tomas conciencia de que empieza el lento declive. Ya no eres tan joven; y pronto llegará la vejez y la muerte. El tiempo, cuando sientes que te encuentras intelectualmente en el mejor momento de tu vida, se te empieza a escapar de las manos. Muchas personas a las que quisiste han desaparecido; están muertas.
Te hallas, como diría el poeta, en la mitad del camino...

Verano Azul es una serie diferente en muchos sentidos. Hay tres formas de verla.

En primer lugar, estéticamente. Es evidente que en ese sentido ha envejecido. Cuarenta años después, nuestra visión ha cambiado. En el tratamiento fotográfico de las escenas, en el uso de la cámara fija o el zoom. Técnicamente nadie admitiría hoy la estética de Verano Azul; es otra época y su mirada es diferente.
Además, creo que no es la mejor serie de esa época, si me ciño al contenido. Creo que La huella del crimen es mucho mejor -tiene capítulos de gran calidad-; y fuera de España, Retorno a Bridshead o Yo, Claudio -aunque estas últimas parten de obras literarias de gran envergadura- tienen más calado; sin embargo, para mí es un buen ejemplo de serie familiar de la Transición.

Y con esto, me centro en el segundo aspecto.
La serie es el discurso oficial progresista de esa época, el correcto. No en el terreno político -que se evita de manera muy inteligente; si no, no hubiera tenido tanto éxito-, sino, más bien, en el sociológico.
Y dejo a un lado, la muerte de Chanquete, que fue un hito para nuestra generación. O el No nos moverán. Que todavía dan que hablar entre risas y lágrimas.
Desde esa perspectiva podemos contemplarnos a nosotros mismos y observar cómo hemos cambiado. No siempre a mejor.
Sin móvil. Alguien se imagina a Pancho escribiendo un wasap del tipo: Chanquete ha muerto? No sería lo mismo. Existía vida antes de la explosión tecnológica de las últimas décadas.
Entonces había más negocios a pie de calle; ahora, más centros comerciales. Aunque el lugar elegido intenta representar el pueblo que todavía no ha sido devorado por el turismo de masas, ya en los ochenta ese turismo estaba teñido de corrupción, pesadillas arquitectónicas y destrucción del medio ambiente. La masificación estaba a la vuelta de la esquina. Y no lo hemos parado.
Estaba el sueño de la segunda vivienda en la playa y el coche para la familia. Ahora mucha gente es desahuciada o tiene hipotecas de treinta años. Del "ponte a trabajar" de los padres a "no hay trabajo y con los que tienes no llegas a 1000 euros" de los jóvenes actuales.
No aparecen inmigrantes -como mucho, en uno de los capítulos, un grupo de hippies que van en moto-; y mucho menos, homosexuales; así que no hay opción para hablar de racismo o homofobia o violencia de género -aunque está todavía la educación "a base de hostias"-; sin embargo, hay cierto desprecio hacia el otro -expresiones como "el del pueblo", "la divorciada", "la pintora", "los barbudos"- en los personajes adultos -los padres- de la ciudad que deja traslucir esa capa de franquismo sociológico bien asentada tras cuarenta años de dictadura y reforzada, creo, tras cuarenta años de Transición, aunque ahora los objetivos a despreciar o perseguir sean otros.
Los protagonistas van en bicicleta, pero nadie más. Las familias representan más o menos los estereotipos que se esperan; los padres de Beatriz y Tito serían los más progresistas; los de Javi, conservadores -el padre es un nuevo capitalista, el individualista que se ha hecho a sí mismo-. Las mujeres son las señoras de la casa -no trabajan; no hay espacio para el feminismo todavía-. Encontramos, por supuesto al chico del pueblo, el currante, Pancho.
Julia y Chanquete serían, un poco, como la intelectual -con sus canciones amables- y el hombre del pueblo, sabio y sensato, aunque, en este caso, los guionistas y los actores -Ferrandis y María Garralón están maravillosos- saben crear personajes que van más allá de ese estereotipo inicial. Y por eso, siguen atrayéndonos.
Algunas expresiones lingüísticas -las de los adolescentes o niños que éramos- ya no se utilizan o nos hacen gracia; tiene un regusto a tiempos pasados.
El humor era indispensable. El dúo humorístico -el de Piraña y Tito- sigue siendo impagable. Estos no han envejecido.
Hay temas tratados por primera vez para la época en un estado muy embrionario: el ecologismo, la corrupción urbanística. Y otros, ya superados o en situaciones ya superadas: el divorcio, la sexualidad del adolescente, los extraterrestres, la violencia, la maternidad sin pareja, el conflicto generacional, el peso de la fama, los medios de comunicación.
La religión -la existencia de Dios o lo que hay más allá- es tratado con respeto; a veces, a través de cuentos o fábulas. Otras, en conversaciones razonadas y sencillas; con argumentos, no impuestas.
Siendo una serie familiar los temas no podían llegar más allá de un planteamiento que sirviera para darlo a conocer, sin molestar a nadie ni profundizar en exceso. Y así se hace. Se admite el discurso moral y comprensivo -sobre todo, cuando hablan Julia o Chanquete-, pero no desentona demasiado en el tono general de la serie.

También es cierto, como conclusión, que nosotros y la sociedad, en general, en estos 40 años hemos cambiado. Somos más cínicos, más escépticos. El futuro parece más oscuro.

Finalmente, en tercer lugar, está la parte emocional. Y esta, sí nos ha sobrevivido.
Sobre todo para aquel que la vivió como una parte de su infancia o educación sentimental. Recuerdo dónde y cuándo lo vi por primera vez; los domingos por la tarde en el salón de mi casa. El espacio -el de mi infancia- está indisolublemente unido a una emoción que va mucho más allá del valor intrínseco de la serie. Dos de las personas con las que vi Verano azul, ese primer Verano azul, en el otoño-invierno del 81-82 ya no están aquí.
Por eso continúo llorando, cuando muere Chanquete o cuando el verano se acaba al son del Dúo Dinámico, el grupo preferido de mi madre.



 O me enternezco con la ingenua historia de amor entre Pancho y Beatriz. Ahora estarían follando y no pararían de soltar tacos y de drogarse, como en Euphoria.

Sus conflictos no se resolverían con una charla de Julia. Los tiempos han cambiado.

Visto ahora, tiene muchos defectos, como he dicho, pero con la mirada del adulto en que me he convertido, reconozco que hay un personaje que probablemente cuando se estrenó me resultó lejano. Chanquete era el mito. Los adolescentes o los niños éramos nosotros. ¿Y Julia? Es evidente que detrás de Julia estaban Mercero y sus guionistas. En el primer capítulo es ella quien con su voz en off nos habla del "mejor verano de su vida". En los mejores -que siguen funcionando muy bien-, Algo se muere en el alma, El final del verano o No nos moverán su papel es fundamental.

Tal vez lo que ocurre es que Julia ya soy yo mismo.
No puedo cerrar los ojos, cuando ellos piensan en Chanquete, después de enterrarle, porque no me puedo engañar.


Aunque no mueran del todo, como le dice Julia a Tito, ellos sí están muertos. No puedo verlos, no puedo oírlos, no puedo escuchar ni su acordeón, ni su voz ni su risa. Él no volverá a pescar en el mar. Él no volverá a traernos el pan. Ella no volverá a bañarse en la playa.
Y por eso, Julia tampoco cierra los ojos en ese plano final.
Aunque les diga, al final del verano, que tal vez se vuelvan a ver, todos sabemos que no ocurrirá. Olvidaremos. Nuestras vidas y las suyas se separarán.

Sin embargo, al final, entonces sí, después de ver imágenes del pueblo, desde el coche, Julia cierra los ojos.


Ha comprendido que ese verano ha pasado. Y sólo nos queda el recuerdo. Amable, triste, nostálgico. Agridulce.

"Aunque ya nada pueda devolver la gloria del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse; porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo..."

Y abrir los ojos de nuevo. 

El final del verano, de nuestro verano ha llegado. 






lunes, 12 de agosto de 2019

SERIES: CHERNOBIL, YEARS AND YEARS, MR. ROBOT, BETTER CALL SAUL


Es un hecho que desde hace más de una década las mejores ideas y algunas de las mejores historias están llegando de la televisión. Las cuatro series de las que voy a hablar -aunque lo hagan desde perspectivas que puedan parecer diferentes- son un buen ejemplo de cómo se reflejan nuestros miedos ante un presente y un futuro repleto de incognitas. Sobre todo, políticas. Y de estas voy a hablar.

Estética o artísticamente todas son de gran calidad. Los guiones son buenos, aunque haya aspectos de cierta fragilidad. Sobre todo, en la parte ideológica. Porque no lo olvidemos, toda obra artística conlleva un posicionamiento sobre la realidad. Que es también ideología y propaganda.

Por ejemplo, Years and years en el sexto y definitivo episodio no es capaz de llevar hasta las últimas consecuencias el discurso político que había iniciado. Son interesantes sus previsiones tecnológicas, pero, al final, comete varios errores de guion -sobre todo en este episodio final- que le lleva a buscar una "conclusión feliz" que no resulta creíble. Es decir, asume el discurso del sistema -los extremos se tocan- sin profundizar mucho más en los mecanismos del poder. O dicho de otra manera, promueve la equidistancia. En esto, Years and years es decepcionante.
La otra distopía, Mr. Robot, tiene más consistencia, aunque sitúa a China como el enemigo; seria una lucha de intereses en la que el sistema simplemente cambia de dueño. Nada se puede hacer para derribarlo; o, al menos, por el momento...
En ambas el planteamiento es muy similar: quien controle las nuevas tecnologías dominará el mundo. En Mr. Robot bajo el prisma de la locura del personaje -dividido en dos personalidades- es más oscura y enfermiza. Years and years, al contrario, resulta más convencional -la familia británica de clase media- y, si se aleja de su espacio, propone ideas ridículas -como que en España gobierne la extrema izquierda-. En el fondo, en una serie que critica el populismo y las políticas migratorias -la idea de los campos de concentración-, el cambio climático o la democracia, es incapaz de ir más allá, de atreverse a afrontar una visión apocalíptica o crítica hasta las raíces, sin límites que la coarten; y eso explica el decepcionante último episodio, más propio de una película americana de Hollywood que de una serie de calidad.
Mr. Robot, sin embargo, vuelve al punto de partida, como si todo hubiera sido un juego de ideas. Después de cuatro temporadas, el protagonista nos sitúa de nuevo en la casilla de salida; pero esta vez ya sabemos quién mueve los hilos. En Years and years no se habla de quién controla los mecanismos -mass media, multinacionales-; y ese es su mayor error.

Chernobil mira al pasado. Es una serie cuidada, muy bien escrita, con personajes consistentes, pero, al final, uno tiene la sensación de que sólo ha servido para justificar el uso de la energía nuclear; eso sí, con las medidas de protección adecuadas. O para reflejar el entorno comunista, en el que el miedo y la delación estaban a la orden del día. Y aquí la visión es parcial. ¿Accidentes como estos sólo pueden suceder si el sistema está esclerotizado y el miedo y las dificultades económicas impiden tomar decisiones de seguridad básicas? Es posible, pero se pierde una oportunidad para explicar más ampliamente y con seriedad el final del comunismo. Se simplifica desde la perspectiva occidental y eso siempre supone un error. Y no se atreve a afrontar que el capitalismo también podría llevarnos a ese desastre.

Better call Saul va en otra línea. Se centra en dos personajes secundarios de otra serie de éxito, Breaking bad. Gran parte del trabajo ya estaba hecho: había un entorno construido con anterioridad con la ciudad de Alburquerque como epicentro, en Nuevo México -de corrupción, droga, carteles-, y personajes atractivos. Los creadores de la serie juegan sobre seguro y sigue funcionando. Quizá lo que interesa ideológicamente de esta serie es la constatación -que se da una y otra vez en las series actuales- del nivel de corrupción, asumido y aceptado por la sociedad, como mal menor, y que, de manera más o menos sutil, se nos dice que la única posibilidad de sobrevivir para muchos es engañar; es decir, sólo nos queda manipular las reglas de juego, porque, en el fondo, éstas sólo sirven a unos pocos y consolidan un mundo injusto.
Y la respuesta, como en Mr. Robot, sólo puede ser la de utilizar esas reglas para intentar dinamitarlo. O para aprovecharse de él, sin importar las consecuencias éticas, en Better call Saul.
Las soluciones, en ambos casos, son individualistas. Y te condenan a la locura, la soledad o la autodestrucción. En Years and years, refugiarse en un pequeño entorno familiar o social que te proteja no resuelve los conflictos; sólo permite resistir durante más tiempo.
A no ser que sirvan para enfrentarse a ellos.

No es un presente ni un futuro muy halagüeño el que reflejan estas series.
Pero, según parece, es el que tenemos.


domingo, 9 de junio de 2019

ORDESA


Domingo de junio.

Hoy he dedicado todo el día a hacer dos cosas: leer un libro; escribir otro.

El libro que he leído estaba entre esas lecturas que debes hacer, te obligas a hacerlas; pero no tenía prisa. Hasta que lo he encontrado en una biblioteca. Y ha costado. Es un libro muy deseado; siempre aparecía prestado. Nunca se me pasó por la cabeza comprarlo; no era una necesidad vital.
Ha llegado a mis manos quizá un poco tarde. Creo que si hubiera sido hace un año, me hubiera conmovido mucho más.

¡Como no lo hubiera hecho! El autor habla de su padre y su madre; acaban de morir en un periodo muy corto de tiempo. Toma conciencia de que su vida ha girado, se ha transformado. Ya nunca será el mismo. Abandona su trabajo como profesor en un instituto. Siente el vacío de la existencia. Se divorcia; sus hijos continúan un legado de incomprensión. Recupera su memoria familiar; la recrea: es una condena inevitable que debe aceptar.
Sí, reconozco ese relato, ese camino. Lo he recorrido en estos cuatro años.
Por supuesto, hay diferencias. La primera es evidente. Su libro ha sido leído por miles de lectores. Mis reflexiones nadie las leerá; o muy pocos. La otra, es similar. Vila es un gran escritor, con un estilo muy definido -poético, sencillo, paciente-. El que escribe estas líneas no deja de ser un esbozo, condenado al anonimato.
Sin embargo, no me ha emocionado. Unas poesías colocadas como colofón de la obra me han tocado, es cierto. Muchas de sus metáforas e ideas te golpean, pero no me ha transmitido la intensidad que esperaba. ¿Ha sido tal vez que no pueda creer en el fracaso que tantas veces aparece como idea recurrente en este libro, cuando es un escritor invitado al Palacio Real o gana premios por cada libro que escribe? No, me parece que es un juego, que forma parte de una construcción inteligente que le permite contraponer la realidad social a la personal. Y le funciona.
Creo que el problema es mío. Durante los últimos cuatro años me he vaciado. Mi madre, mi padre, mi familia han sido temas recurrentes. Un documental, varias novelas, narraciones cortas... Estoy agotado.
En enero de este año sentí que el rumbo cambiaba. Ya no podía más. También he perdido otras cosas en estos meses...
A ratos, construyo una novela diferente en el que mi familia desaparece; yo desaparezco. Necesito alejarme.

Ordesa o Barbastre o Cambrils es el paraíso perdido, el que representan nuestros padres. Mi Ordesa es Gandía o Móstoles o, es posible que Arosa o Tarancón o Barcelona, pero, sinceramente, estoy cansado de vivir en el paraíso.

Hay libros que no llegan en el momento adecuado; tal vez, deba dejar que el tiempo siga su curso y volver a este libro, cuando yo sea diferente; cuando, al mirarme al espejo, me encuentre con otra persona.

Mientras tanto, dejemos que la vida deje su poso.

Mañana será lunes.