jueves, 15 de febrero de 2018

LA ENFERMEDAD DEL DOMINGO




Conocí a Ramón Salazar en la ECAM, en el primer año de un curso de guion. Éramos una clase de diez o doce alumnos, unos privilegiados, porque teníamos la oportunidad de entrar en el mundo del cine. Yo la desaproveché o no estaba preparado. ¡Quién sabe!

Sin embargo, Ramón tenía un objetivo claro. Era un tipo que sabía lo que quería. Le gustaba ser el centro de atención, demostrar su talento, contarnos su mundo interior y decirnos con sus gestos y palabras que era el más interesante de todos los que estábamos allí. Lo era; las historias que nos leyó durante esas sesiones eran bastante atractivas y originales. Te encontrabas ante un gran manipulador que medía los tiempos; también sabía quién le podía ayudar para conseguir su objetivo: ser director de cine y quién no. Interpretaba un papel, el de rebelde al sistema, -que en esos momentos representaba Méndez Leite, el director de entonces en la ECAM-, y lo hacía muy bien. En el fondo, tenía mucho más de trepa, porque no ponía en tela de juicio las reglas de juego. Es de esos tipos que, en el momento de la verdad, aunque parezca un rebelde, apoyará al poderoso para proteger sus intereses. Eso sí, con muchísimo talento.

Por supuesto, cuando no pude pasar al segundo año, dejé de verle. Yo no era muy interesante para lo que él pretendía. Él consiguió los contactos adecuados y llegó a ser director. Lo es. Sabe hacerlo y muy bien. Lo demostró con una estética pseudoalmodovariana en Piedras Veinte centímetros. Ganó numerosos premios; se convirtió en una nueva promesa. Y, de repente, algo sucedió. ¿Descubrió las mentiras de la industria? Es posible que empezara a encontrarse con puertas cerradas o sufriera una profunda crisis interior o tal vez ambas cosas. Y tuvo que cambiar el registro. Y Ramón Salazar puede ser muchas cosas, pero es un tipo muy inteligente. Se adaptó. Diez años después rodó con muy pocos medios 10.000 noches a ninguna parte. Cuatro años después ha convencido a dos grandes actrices para hacer La enfermedad del domingo. 

Ramón Salazar ha madurado. Sí, todos lo hemos hecho. A los veinte años tendría más vanidad; la cresta sería más alta. Hoy habrá aprendido con los golpes a mirar con más humildad, pero hay aspectos en los que no cambiamos. Hace veinte años yo tenía virtudes y defectos de los que no he podido librarme. Él, tampoco.

Es una buena película esta, La enfermedad del domingo, que estrenará en una semana y que se verá en Berlín. Asistí al preestreno este martes.

Tiene grandes cualidades porque Ramón Salazar, como hace veinte años, cuando le conocí, es un director con talento. Sabe contar una historia, llevarla a su terreno, elegir con inteligencia a sus actrices, dejarlas hacer, tratarlas con respeto. Todo eso es cierto. Barbara Lennie y Susi Sánchez están magníficas y estoy seguro que es también gracias a él. La historia te atrapa; logra, sobre todo al principio, provocarte inquietud, desasosiego.

Y, sin embargo, al final, no logró emocionarme. Tiene un defecto, que, curiosamente, es su mayor virtud. Ramón sabe que es original, que tiene un mundo propio; no ignora su talento. Y, a veces, necesita demostrárnoslo. Su esteticismo -ha pasado de la rebeldía y la falsa espontaneidad de sus primeras películas a un sobrio clasicismo- me aleja. No logra conmoverme. Hay frialdad en su mirada, una enorme distancia, aunque pretenda, como lo hacía hace veinte años, contarnos sus emociones más sinceras. Representa un papel. En eso no ha cambiado.

Pasan veinte años y, aunque maduramos, no dejamos de ser quiénes somos. Ni lo dejaremos de ser, para bien o para mal.


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