Lillian Hellman, dramaturga y guionista cinematográfica, comunista, pareja de Dashiell Hammett, entró en la famosa lista negra de Hollywood al no denunciar a sus compañeros de profesión. Sus obras más conocidas son The little fox, adaptado al cine como La loba, el guión de La jauría humana y su primer éxito en Broadway, The children`s hour, a la que debemos añadir sus dos adaptaciones cinematográficas, These three, en los años treinta, y otra en los sesenta, sin censura, arrumbado el código Hays.
Muchos se han interesado por este primer gran éxito. Y la razón es evidente: se trataba por primera vez el conflicto que provoca una posible relación lésbica en una sociedad puritana. Sin embargo, no es ese el tema central de la obra y queda patente tanto en el original teatral como en las dos versiones cinematográficas.
Hollywood quiso enseguida, aprovechando el éxito en los escenarios, adaptarlo al cine. Hellmann aceptó, siendo consciente de que el código Hays nunca admitiría una adaptación que incluyera ni siquiera de tapadillo el lesbianismo, así que se decidió por cambiar los sentimientos del personaje de Martha; no está enamorada de Karen, sino del novio de Karen. Introdujo un comienzo que establece un aspecto interesante de la obra -el origen proletario de Martha- y da más entidad al personaje masculino -interpretado en esta primera versión por un encantador Joel McCrea-. El final feliz, en el que Martha es castigada, separándola de Karen, y reúne en Viena a la pareja, debilita esta versión, aunque tenga cierto tono Lubitsch. A Hellmann, en realidad, le interesaba resaltar otro aspecto de la obra: cómo la mentira de una niña puede destruir vidas humanas, cómo una sociedad hipócrita no es capaz de aceptar las diferencias y somete a sus integrantes a un modelo unívoco, a una violencia sutil a la que no pueden escapar.
Es de destacar la interpretación de la niña, que William Wyler cuidó con mimo, tanto que esta recibió una nominación. Los cambios no alteran la calidad de la obra, pero, es cierto, que difuminan su fuerza e intensidad.
En los sesenta el código Hays cayó. William Wyler y Hellman entendieron que era necesaria una versión que no ocultará el conflicto principal. Eligieron a dos grandes actrices, Audrey Hepburn y Shirley MacLaine. El actor masculino no está al nivel de Joel McCrea. como tampoco la actriz infantil, muy lejos del que alcanzó su compañera en la primera versión. Es de destacar que la actriz que interpreta a la abuela de la niña, la verdadera responsable de que se difunda la calumnia, consigue un personaje mucho más redondo que en la primera versión con detalles sencillos -la mirada final que dirige a la niña, los movimientos del cuerpo, inseguros, cayéndose o a punto de tropezar, al tomar conciencia de que se ha equivocado-, un reflejo, una metáfora corporal de su derrumbamiento moral.
Hay diferencias menores con la obra teatral. En esta, Martha se suicida con un disparo; en la adaptación, se ahorca. El final en el original es el diálogo entre la abuela y Karen, bajo la atenta mirada de la niña, una niña que, a pesar de sus mentiras, no recibirá un castigo tan duro como el que sufren los adultos. En el cine, tras el suicidio, Karen entierra a Martha y toma una decisión que Hellman también podría haber escrito: no volverá con su novio; decide caminar sola, vivir su propia vida, despreciando con dignidad la mediocridad de una sociedad que le ha dado la espalda.
En las posteriores adaptaciones que se han hecho en el teatro, encuentras a menudo la confesión de Martha a Karen. Tanta es la fama de este fragmento que incluso hay una versión paródica con los personajes de Barrio Sésamo en la que Epi y Blas interpretan a las dos protagonistas bajo el título de Ernest and Bertram.
La escena es desoladora. Son cinco minutos de una sinceridad dolorida, atormentada, que Shirley MacLaine interpreta aquí a carne viva.
En la obra teatral Karen no logra asimilar la sinceridad de Martha; se queda sola, perdida, sin referencias; al contrario, en la versión de Hepburn y MacLaine, la dulzura y cercanía que Audrey incorpora al personaje de Karen acentúa aún más la fragilidad del de Martha, que se despide de la vida en uno de los planos, tal vez, más conmovedores que yo haya visto en el cine -minuto 21-
¿Podríamos hablar de un final feliz en esta versión después del suicidio de Martha? Lo es, pero de una manera diferente a la de los años treinta. La soledad de Karen no es forzada, sino deseada -podría haber buscado consuelo en el chico, pero no lo hace-. Y eso transforma la tragedia y abre un camino nuevo para la protagonista.
La mentira no ha vencido del todo; Karen será libre e independiente. Martha, de alguna manera, la ha transformado. Se enfrenta, valiente, a una sociedad hipócrita, a la que ha desenmascarado; puede ahora romper los lazos que la hubieran amarrado a una existencia convencional y ficticia. La vida y la dignidad brillan en la última mirada de Audrey Hepburn.
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