Un implante baila la tarantela en mi boca: derecha, izquierda, arriba y abajo. Una motocicleta me avisa de su presencia; y otra y otra y otra. Cientos, miles encuentran su espacio, se escabullen, son las amas, señoras, diosas de Nápoles, más flexibles que los gatos, saben encontrar el sitio perfecto por donde han de pasar. Nadie les pone límites; ¿quién se atrevería? Los dioses paganos se imponen al cristiano: Totó, San Genaro, Maradona... Solo Totó era napolitano. El Vesuvio es otra divinidad; lo sería, si los cristianos no hubieran impuesto el suyo hace dos mil años. Los dioses castigan, castigan los excesos, ahí está Caravaggio, talento inmenso, ladrón, asesino, acabó sus días en Nápoles, una reyerta, herida mal curada, infección, muere Caravaggio, en las faldas del Vesuvio terminó su vida. Si estás delante de un cuadro suyo, estás perdido; todo lo que veas después será mediocre, mediano, innecesario, redundante, banal, si acaso se salve Artemisa y solo como digna compañera. ¿Y las iglesias barrocas bombardeadas por los americanos? ¿Y la pizza? ¿Y los belenes napolitanos, recargados de detalles, minucias, vida cotidiana? Aquí, el borracho, allá, la prostituta, acá, el viejo, en la mano el bacín, ¿dónde la tiro?, cae sobre un vecino, grita, las calles, las cabezas cubiertas de orín y excrementos, Juvenal vuelve a la vida, la ciudad es una tortura, no puedo dormir, la tarantela en mi boca, ruido de las carretas, de los coches, de las motos. Cientos, cientos, miles de turistas y napolitanos e inmigrantes comen, beben, compran, venden, gritan, hablan, aúllan, se desesperan. El implante baila, salta más rápido, uno, dos, tres, cuatro, unodos, trescuatro... Otra motocicleta que anuncia su existencia con habitual discreción; ¡son tan elegantes en su movimiento pélvico! y otra más y otra y otra. Los turistas visitan catatumbas, los restos de Parthenope, Neapoli, los bizantinos, los borbones, los muertos ya no están, ni siquiera San Genaro, bien enterrados sus huesos bajo la cúpula del Duomo, bien guardados en un frasco su sangre, la que protege a la ciudad hasta el fin de los tiempos. Los turistas recorren ciudades sepultadas por el lodo, el fango, las cenizas, el flujo de gases, Pompeya, Herculano, villas y gatos, sí, y gatos que esperan, pacientes, acechan ¿qué aguardan? Las pinturas se descortezan, las columnas se cuartean, se desprenden los paneles, el tiempo es implacable, obreros intentan, subidos en sus andamios, retenerlo, apresarlo: ese escriba con un pergamino en las manos, esos amantes desnudos, esos dioses escépticos, esos pájaros volando en el vacío, esas flores, creciendo en el muro. ¡Qué carajo de frío hace en Madrid! Secuestran a Maduro, Trump baila la tarantela con Putin y Xi Jinping, uno, dos, tres, cuatro, unodos, trescuatro... Arriba, abajo, izquierda, derecha. Petroleo por aquí, gas por allá, hace cincuenta años mataron a Pasolini, ¿quién lo recuerda? ¡Profeta Pasolini, va a llegar, sí, tenías razón, pronto llegará! En Nápoles el aire del mar suaviza, suaviza la crueldad y la herida, profunda. Cuatro jóvenes titiriteros hacen acrobacias en la plaza bicentenaria: una vuelta y dos y tres y cuatro, caen de pie, perfecto, gatos sonrientes, brazos en alto, drones volando, aviones bombardeando.
Me siento, descanso, agotado, en el paseo marítimo. Una pareja de jóvenes se besa al borde de la baranda; cierro los ojos. Vuelvo a abrirlos: hay otra y otra y otra, ¿de dónde salieron?, decenas de parejas enamoradas se besan y abrazan a la orilla del mar: el amor crece sin medida, ¡disfrutad de su crecimiento!, el amor morirá, llegarán las facturas, las hipotecas, las riñas, el silencio, el desprecio, el odio, la distancia, el recuerdo de su piel, pero, mientras tanto... Che cazzo fai, dice la ragazzina, ti faccio l'amore, te diría, ragazza, si fuera joven, si te tuviera entre mis brazos, si... Unodostrescuatro... Unodostrescuatro...
Se delinea al fondo, oscuro, inflexible, indiferente el Vesuvio, volcán dormido. Despertarás, lo sé. Es inevitable, pero, te lo pido, ¡deja que los jóvenes amantes se besen, se abracen, bailen, dios cruel! ¡Espera, divinidad napolitana! Llegará tu momento. Y, entonces, quitarás la vida que diste, generosa. Ahora, mientras tanto, permite, por favor, te lo ruego, que te adoren, que se besen y abracen y bailen la tarantela estas decenas y cientos y miles de jóvenes amantes.
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