sábado, 12 de septiembre de 2026

¿Y SI ESTA NOVELA LA HUBIERA ESCRITO LILA?


Al final de las más de dos mil páginas de Dos amigas de Elena Ferrante el personaje de la escritora, Lenú, se obsesiona con publicar un libro que nunca existió, el que habría escrito su amiga Lila. Duda si toda su obra, la que le ha dado fama y dinero y una posición acomodada, ha sido, no solo inspirada, sino, incluso, escrita por su amiga. Sabe que a pesar de su empeño y constancia, aunque haya ascendido en la escala social desde los arrabales de Nápoles, nunca ha tenido ni tendrá el talento de Lila; dentro de cien años nadie la recordará. 

¿Y si el punto de vista no hubiera sido el de Lenú, sino el de Lila? ¿Y si esta novela la hubiera escrito Lila? Hubiera sido mucho mejor. No hubiera alcanzado premios, ni se hubiera vendido tanto, ni habrían rodado una serie de televisión, pero hubiéramos encontrado más talento; el personaje de Lila nos hubiera regalado caos, profundidad, locura. Su imagen del mundo no hubiera sido ordenada, sino inestable, fragmentada, demencial. ¿Y si, en el fondo, toda esta obra no es más que un guiño, un deje irónico y socarrón de la propia Ferrante? 

Ferrante es una buena escritora y, como su personaje Lenú, sabe construir personajes creíbles, que podemos identificar en nuestra vida cotidiana -conocemos, hemos visto en el trabajo o en la familia o en la calle a tipos como Michele, Enzo, Marcello, Adela, Alfonso, Pinuccia, Antonio, Pasquale, Nadia, Donato, Carmen, Gigliola, Stefano, Rino, Elisa, Nino, Pietro, la propia Lenú-, los hace evolucionar de manera inteligente, recrea ambientes políticos y sociales, sin que estos acaben aplastando la narración, y añade el toque de color justo y necesario para contentar tanto a los que buscan alta literatura o crítica social como a los que prefieren el folletín, que, sin duda, Ferrante domina con maestría. La historia de Italia en los últimos setenta años -desde la posguerra, pasando por las Brigadas Rojas hasta llegar al hundimiento de los partidos tradicionales- y la ciudad de Nápoles, violenta y bella, sucia y atractiva, arrabalera y corrupta, son marcos o escenarios solo para que los personajes se desenvuelvan entre descripciones precisas, diálogos vivos. Nada que objetar. Y, sin embargo, ¿por qué tengo la sensación de que muchas de las ideas que aparecen en esta obra, sobre todo, en el cuarto y último tomo, podrían haber rebasado el límite que se les ha impuesto? Como Lenú, Ferrante venderá muchos libros, ganará dinero, pero tal vez, como teme su personaje, nadie la recordará dentro de cien años. Ferrante y su anonimato me hacen pensar que detrás de esta escritora, la verdadera, sea quien sea, hay una Lila, el personaje central de la obra, el único que no podemos vislumbrar al salir a la calle o en el trabajo, el que se sale de todas las normas, una Lila que no se atreve a expresarse o tal vez Ferrante, como Lenú, desearía ser, insatisfecha, impotente, esa Lila.

Uno de los momentos clave de la obra es el terremoto. Lila entra en un estado que llama "desbordamiento". Un experto lo llamaría ataque de ansiedad o angustia existencial, pero Ferrante es inteligente, añade detalles que nos trasladan a un concepto muy diferente, difícil de definir. Lo describe de una manera surrealista, hipnótica, donde el sueño y la realidad se confunden; es como si el mundo le mostrara su rostro verdadero: nada es firme, los ángulos no son rectos, no hay sólidos, sino fluidos que se mezclan, vivimos en el caos y no nos damos cuenta. Otra revelación para la narradora y para nosotros, como lectores, nos llega cuando Lila le explica que en Nápoles debajo de sus monasterios, iglesias y bibliotecas hubo en otra época sangre, detritus, fosas comunes, asesinatos; el mal se oculta bajo los monumentos que visitan los turistas, se cubre con tierra, incienso, libros, alta cultura, se revela entre edificios que se derrumban y se reconstruyen, salpicado de corrupción y fealdad, y, da igual lo que hagamos, nos devorará.

A diferencia de Ferrante, Cartarescu, Gabriel García Márquez o Juan Rulfo lograron dar ese paso. Muestran el mal, el delirio de una mente enferma o de una sociedad escindida, parten de la realidad, sea en Macondo, en un pueblo fantasmal o en una Bucarest apocalíptica, para ir más allá; su imaginación rompe las barreras, las hace saltar en pedazos. Ellos sí liberaron a la Lila que llevaban dentro. 

viernes, 11 de septiembre de 2026

ENSEÑAR A PENSAR ES UN ACTO POLÍTICO

 


Estábamos sentados a la mesa de un bar moderno de Carabanchel, a unos metros de la calle Inmaculada Concepción, allí, a mano derecha, está el recorrido que hacíamos muchos domingos para visitar a mi abuela, comer con ella, recuerdo su bondad, su discreción, una mujer de otros tiempos, sometida, aquí, en el barrio de moda de los artistas, los precios suben como la espuma, lejos quedan esa época en que me bajaba en el metro de Marqués de Vadillo, los cines, al otro lado de la calle, donde vi la primera película de Torrente, antes de que los cerraran, te cruzabas con los vecinos que habían trabajado toda su vida para sacar a sus hijos adelante, para que tuvieran más oportunidades de las que tuvieron ellos, ¿dónde están?, muertos, las generaciones se suceden, pasan, sus hijos ahora viven en barrios periféricos, mis tíos, mis primos, en adosados, en fincas, sí, tuvieron más oportunidades, perdieron batallas, las perdimos, doblegados por la realidad, siempre se pierden, allí estábamos, habíamos escuchado a Jonás Trueba, nos había hecho reflexionar sobre su cine, la industria, la libertad creativa, sí, me siento extraño, ahora tenía a Jonás Trueba a mi derecha, le veía comer una tostada, beber una cerveza, me hubiera gustado hablar con él de cine, pero no fue posible, conversaciones posibles, hipotéticas, realidades paralelas, había más de cuatro profesores alrededor de esa mesa, nos atrae hablar de lo nuestro como a las polillas la luz, era inevitable que saliera el informe Pisa, el debate fue interesante, no dije ni una palabra, no por discreción, sino por timidez, la vanidad me salía por los poros, pero no me atrevía a darle salida, se trataron muchos temas, las nuevas tecnologías, el planteamiento educativo tradicional, el cine como motor de cambio, el esfuerzo de los docentes, nos despedimos, horas después pensé, no hablamos de política, la clave, si muchos de nuestros alumnos no saben leer o escribir o no reflexionan, aunque se deba a muchos factores, tantos, nos aplastan, el más importante, sí, es una decisión política, quien no piensa, quien no tiene criterios propios, capacidad de juicio, interés por el conocimiento puede ser manipulado y dirigido por el poder.

No nos engañemos, en las aulas vivimos muchas derrotas, aunque tengamos a veces unas pocas victorias. Todo sistema educativo prepara al alumno para integrarse en sociedad. Si este sistema con sus leyes, preocupadas por aspectos superficiales y técnicos, palabras vacías, ajenas a la realidad social, eso nos dicen, y esclavas de presiones e intereses variados, miedos y mezquindades, si ha creado alumnos de este tipo es tal vez porque interesa que así sea. Solo quienes estamos dentro intentamos protegerlo como foco de cultura, de conocimiento, un refugio frente a la ignorancia, más recursos, más inversión, desprecio de los poderosos, la Formula 1, el circo se lleva todo el dinero.

El sistema educativo nos obliga a poner notas, esas notas servirán para promocionar y situar al alumno en la rampa de salida de su futuro laboral, resultados, eficacia, éxito, dinero, nos repiten, vanidad, soberbia, y, sí, de vez en cuando interés por conocer, a veces lo descubres en un gesto, una mirada, una pregunta, un comentario, escribir una carta, hoy mismo, por ejemplo, es difícil el Latín, pero interesante, la lectura de un libro, un poema, escrito en una noche de insomnio, una reflexión, la curiosidad, hay alumnos y alumnas, sobre todo, que nos salvan y se salvan, pocos, pocas, muchas derrotas, escasas victorias, la política lo impregna todo, porque la polis es el centro de nuestras decisiones, bien lo sabían los griegos, aunque nos quieran lejos, para que no molestemos.

Sí, enseñar a leer, a escribir, a pensar siempre será un acto político, rebelde, valiente. 

Es lo único que nos queda, sembrar semillas para el futuro. 


lunes, 31 de agosto de 2026

EL SER QUERIDO DE SOROGOYEN


Aquí tenemos por fin la gran película de la temporada, la mejor interpretación de Bardem, el cine español y su industria la elogian y la ensalzan. ¿Es así? Hagamos un análisis detallado de los pros y los contra de El ser querido de Sorogoyen. 


Por un lado, pongamos los peros. No lo es que una película estrenada el año pasado, Valor sentimental, sea la misma historia en líneas generales. 


No se puede hablar de plagio; entre otras cosas, porque el planteamiento es diferente, aunque los dos planteen referencias metalingüísticas. En primer lugar, los espacios, simbólicos. Sorogoyen elige el desierto, un espacio infinito; el noruego, una casa, un lugar privado, cerrado, claustrofóbico. Por otra parte, Trier nos cuenta todo lo que sucede antes del rodaje; y eso permite que los personajes puedan encontrar un punto en común y resuelvan, al menos, el conflicto principal. El papel de la hermana, generosa e inteligente, sirve de engarce entre dos posiciones, los del padre y la hija, que parecen irreconciliables. No hay tal personaje en la película española o, por lo menos, no logra entrar con consistencia en la trama. Sorogoyen decide que durante el rodaje estalle el conflicto y la relación entre padre e hija, al final del metraje, no se ha solucionado, más allá de una toma de conciencia por parte de los dos del profundo dolor que comparten. Eso sí, sin duda, las dos películas, las que se ruedan en El ser querido y la que se grabará en Valor sentimental, serán películas de calidad o, al menos, eso nos dan a entender ambos directores. No es casualidad que esas películas imaginadas parezcan hablar de ausencias o pérdidas, sean familiares, la madre del personaje principal en Trier, o colectivas, un territorio, el Sáhara, y sentimentales, la descomposición de una pareja, en Sorogoyen. 

Pasemos a los planteamientos formales. Sorogoyen inserta planos en blanco y negro. ¿Enfatiza? Sí. ¿Funciona? Me temo que no. Hay otras elecciones de formato que no se notan tanto, más integradas, pero esta no se entiende desde el principio, si has decidido contar una historia de manera tradicional y con una narrativa convencional. No estamos ante una película experimental y esos ramalazos estéticos desentonan. ¿Para qué? Pues, eso.

La interpretación de Bardem es excelente. Sin duda, pero, a veces está al borde del ridículo, del precipicio. Sorogoyen lo contiene. Es un riesgo que logra salvar y, aún así, no sé si era necesario llegar tan lejos. ¡Este Bardem, monstruo de la naturaleza! ¿Encasillamiento? Tal vez, pero, mientras funcione y gane premios y aplausos de la crítica y el público nada habrá que objetar y él ganará dinero y prestigio.

El director admite que tuvo que quitar una escena en la que se entendía mejor la decisión que toma la directora de fotografía: abandonar el trabajo, en pleno rodaje. Es un elemento de guion importante, mal explicado. Quizá lo grave es que la decisión se tomó porque por razones de montaje había que eliminar una escena y se eligió esta. La industria tiene sus limitaciones y sus reglas son draconianas.

La película tiene virtudes. Los primeros minutos funcionan como un prólogo: dos personajes, una hija y su padre; hace años que no se ven. Él, director de prestigio, le propone ser su actriz principal en su próxima película. Sabemos que ella va a aceptar, pero la tensión seguirá, el problema no se resuelve, porque necesita de un tiempo que ninguno de los dos está dispuesto a darse. Es un cara a cara rodado en tiempo real; el montaje hace el milagro. Cumple su función y es un buen comienzo -aunque no llego a la exageración de algunos críticos que lo colocan en la maestría; no es para tanto-. 

Si olvido algunos momentos de Bardem, pocos y contenidos por el director, los dos interpretes -una gran Vicky Luengo- mantienen un duelo interpretativo soberbio. El resto de los personajes queda desdibujado, pero tampoco es un gran defecto. ¿O tal vez sí? La productora ejecutiva, la interpreta una actriz francesa, Marina Foïs, tal vez sea una excepción. En esas tres escenas donde aparece junto a Bardem, intuimos muchas más cosas de las que aparecen en el guion. Al contrario que Trier, que sí desarrolla el de la hermana de la protagonista, esta no logra influir ni cambiar el rumbo de la historia. Y es una pena. Del resto, poco más. Escenas que demuestran que conoce los entresijos del rodaje y del día a día de los actores y el equipo técnico; sirven de transición y ya está. Se admite; al fin y al cabo, la historia es esa, ¿no?

Hay partes que funcionan con un montaje sonoro y visual total. Escojo una en la que el personaje que interpreta Bardem, mientras escucha la banda sonora de su futura película con los cascos puestos, sigue el recorrido que hace su hija por el restaurante del hotel, y, cuando deja de mirarla, es ella la que lo descubre junto a sus otros hijos en un ambiente familiar que ella nunca tuvo con su propio padre. Incluso en la escena en el que Bardem se comporta como un tirano en medio del rodaje, en su parte final, dos pequeños detalles, uno de dirección -sonido y planificación- y otro de interpretación -contención de Bardem- transforman la escena, nos descubren otra realidad. Sorogoyen sabe hacerlo muy bien. 


Sorprende que en el fondo tanto Trier como Sorogoyen propongan, casi como una nota a pie de página en Sorogoyen, que por debajo de este enfrentamiento padre e hija, el tema más importante no sea este. No se engañen, aunque lo parezca, lo importante es otra cosa. Ambos artistas, directores, tiranos emocionales, encuentran en el arte, en su actividad creativa la única manera de expresar sus emociones; es, en el fondo, una carta de amor con un único destinatario. Ambos se preguntan, -con más claridad el personaje de Trier, un anciano-, si es demasiado tarde para que esa carta sea leída. Por eso Trier da una oportunidad a sus personajes para que en la vida real puedan encontrarse. Sorogoyen, en cambio, los separa, tal vez, definitivamente. 

Admito que me gusta más la elección de Trier, porque Sorogoyen no se atreve a llegar hasta el fondo, hasta la clave principal de esta historia: ¿qué dejaremos a nuestros hijos, cómo podemos hacernos perdonar por los errores que hemos cometido con ellos, antes de que muramos? La muerte, sí, la muerte, es el gran tema. Y la vida como su reverso. No hay más, aunque siempre nos estemos engañando.



domingo, 30 de agosto de 2026

WALTER TEVIS: ADAPTACIONES AL CINE

 

Walter Tevis es un escritor afortunado. Ha conseguido interesar a autores diversos y de sus seis novelas, al menos, cuatro han sido adaptadas al cine o la televisión. Si lees sus obras, te atrapan, te llevan de la mano hasta la conclusión del relato. No es un autor que te transforme, pero sí interesa lo que te cuenta. 

Tres de sus novelas se sitúan en un presente más o menos cercano. Responden a un modelo muy simple: el personaje principal con un gran talento, sea en el billar o el ajedrez, desequilibrado,  confuso, y que busca en el alcohol o en las drogas una válvula de escape, sufre una gran derrota en un duelo épico contra un rival a su altura; hundido o hundida, debe afrontar sus fantasmas y alcanzar la redención y la libertad. 

Gambito de dama, serie de Netflix, es una adaptación convencional, casi literal. Incluso lo que serían  aportaciones propias o diferencias con la novela se nos aparecen como trucos de guionista avezado: la voz en off es sustituida por diálogos con otros personajes o intervenciones de periodistas o narradores externos; el tablero mental de la protagonista, si nos centramos en la novela solo cierra los ojos, se transforma aquí en una imagen en 3D proyectada en el techo; se busca dar más peso a personajes secundarios, las dos madres, la amiga, y quiere explicar, a veces de manera innecesaria u obvia, el porqué de las paranoias de la protagonista en detrimento de los pensamientos y contradicciones, huecos mentales que Tevis con gran acierto se limita a insinuar. Como la construcción literaria de Tevis te atrapa, pero deja ese regusto de "sí, bien hecho, es un artefacto riguroso, un mecanismo eficaz, pero, ¡ay!, podría haber sido más atrevido".

El buscavidas de Rossen es uno de los clásicos del cine con derecho propio. Rossen opta por otra forma de contar la misma historia. En este caso, es un jugador de billar. La voz interior del personaje no necesita de artificios; basta con la planificación medida, precisa del director e interpretaciones soberbias; la de Paul Newman es impresionante. Es fiel al original literario, pero Rossen, con simplicidad, va mucho más allá. Si lo comparamos con la serie descubrimos, por si lo habíamos olvidado, que el cine tiene muchos recursos visuales y sonoros para mostrar el mundo interior de un personaje o su pasión, que no se aprovechan en el panorama actual. Al ver la película aparece un tema que la serie no desarrolla plenamente; no solo es la historia de un personaje al borde del precipicio, quebrado emocionalmente; es también la de una artista, un creador que encuentra en el billar, aquí, en la serie, el ajedrez, una manera de sobrevivir en un mundo, un entorno donde el dinero u otros intereses lo ensucia y corrompe todo. En realidad, no nos sorprende que Rossen, un comunista perseguido por la caza de brujas, nos haya colado una reflexión sobre el capitalismo; así, de manera sutil y elegante, tenemos una película política en el sentido más amplio del término. En la serie de Netflix ni se les pasó por la cabeza atreverse a dar ese paso, no vaya a ser que se nos escapen potenciales espectadores.

Hubo una continuación en El color del dinero dirigida por Scorsese. Es una adaptación más libre. Pierde, precisamente, en el camino a la gran pantalla, esa reflexión política, quedándose solo con la tensión narrativa, los conflictos de los personajes y algunos fuegos de artificio. Un gran Paul Newman y una dirección profesional de Scorsese no logra darle una película, en la que Tom Cruise se nos hace insoportable desde el principio hasta el final, mayor enjundia.

Las otras tres novelas de Tevis entrarían en el género de la ciencia ficción. Solo una, El hombre que cayó a la Tierra, ha sido adaptada; otra, más reciente, en formato serie; ver el trailer te basta para saber cuál va a ser el tono de dicha adaptación, aunque, sin duda, será aceptable y fiel al original. 

La más antigua es toda una rareza. Volveré a mencionarla.

Sinsonte y Las huellas del sol, como sucede con toda la obra de Tevis, sin aportar nada excepcional, contienen ideas curiosas. En Sinsonte o el pájaro burlón un hombre y una mujer descubren los libros, la escritura y la lectura en una humanidad adormecida con drogas bajo la mirada consciente y dolorida de un robot que no puede suicidarse; en Las huellas del sol China ha conseguido la supremacía económica, la Tierra no tiene futuro, y un millonario norteamericano decide realizar un viaje interestelar para escapar del desastre, idea central en El hombre que cayó a la Tierra. Las distopías, ya se sabe, hablan de nuestro presente, de manera más clarificadora que cientos y miles de horas de informativos y tertulias.

El hombre que cayó a la Tierra, la primera adaptación, está protagonizada por David Bowie. En esta historia tenemos a un extraterrestre que busca en la Tierra el agua que le permitiría salvar a su familia, gana un montón de dinero para poder construir una nave espacial y regresar a su planeta, pero fracasará, cuando los humanos le internan en un centro médico; le dejan ciego y acaba alcohólico, solo y, eso sí, inmensamente rico. El capitalismo es generoso, a su manera. 

Es una rareza, sí, por muchas otras razones. 


David Bowie logra transmitir en su interpretación ese no encajar que caracteriza a su personaje; vemos a un tipo melancólico y desquiciado en un mundo que no es el suyo. El cuerpo de Bowie, muy sexualizado, acapara la pantalla; una de las diferencias con el original es que se mantiene joven, sin cambios, mientras los demás envejecen. Tiene, por otra parte, esa textura del cine de los setenta que nos devuelven, como todo lo retro, a un tiempo en el que las películas, -al contrario que ahora, tiempos homogéneos e impolutos-, no poseían ese acabado tan perfecto e irreprochable; a cambio, disfrutas de montajes delirantes y surrealistas. La imperfección es un don escasamente valorado en el mundo de hoy, el de la inteligencia artificial.

Termino con la adaptación de Rossen. El discurso final de Paul Newman no está en la novela; en realidad, sí lo está, pero solo es un esbozo en forma de diálogo que Tevis no desarrolla, lo deja ahí, para quien quiera tomarlo. Rossen sabe captar su esencia y lo convierte en un alegato poderoso por la libertad, aunque este acto le supondrá exilio y destierro: la marginación social. Es evidente que Rossen lo vivió en carne propia.


Una buena adaptación sí puede, partiendo de un buen original, impactarnos, conmovernos, perturbarnos, cambiarnos y atreverse a decirnos lo que otros nunca sabrán ni querrán contarnos.

Me agradan los finales en las novelas de Tevis. Un bedel negro baja las persianas, un camarero limpia los vasos, un anciano ruso propone una partida de ajedrez en un parque. Personajes anónimos, observadores. La vida fluye, se extiende más allá de los dramas de sus protagonistas. Finales abiertos en los que lo cotidiano adquiere una presencia real e intensa.

sábado, 29 de agosto de 2026

ANOCHE CONQUISTÉ TEBAS

 


Acaban de estrenar Anoche conquisté Tebas. Se verá en pocos cines; tal vez se mantenga en cartel un par de semanas. Estamos ante un cine diferente. Y no solo porque en la mitad del metraje los personajes hablen en un latín fluido y creíble y en la otra parte escuchemos portugués y gallego. Hay mucho más. 


No sé si podría añadir algo a las palabras de Marta Medina del Valle que en este artículo menciona los temas e ideas fundamentales. Lo intentaré.

Podría hablar de un cine que busca algo muy alejado, lejísimos está, sí, de las grandes producciones o de las que, sin serlo, aspiran al gran público, las que el cine español, para ser industria fiable, ha acabado por rodar desde hace décadas, productos uniformes, homogéneos, nos ofrecen, así, el mismo cine de siempre, cada vez más conservador y previsible. Como ocurre con el mundo y sus conflictos, mediocridades privadas y publicas, cotidianas, egoístas, entre soldados y policías, fascistas y titiriteros, incompetentes y cobardes, estúpidos e ignorantes, nos encontramos, aunque haya quien aporte alguna reflexión inteligente, así es, ante una batalla perdida. Y como todas las batallas perdidas es la única por la que merece la pena luchar.

Hay algunos francotiradores, radicales, que pretenden, ¡qué osadía!, atrapar el ritmo del tiempo, el misterio de un lugar. No es casualidad que esta película, con largos planos secuencia, cuidando el sonido, la fotografía, se desarrolle, sobre todo, en unas aguas termales y que unas historias sencillas, la amistad de dos jóvenes, una, actual, la otra, en el siglo I, el dolor de una distancia, de una ausencia, confluyan y se solapen, se mezclen, aquí, sí, los sentidos se confunden, el sueño y la realidad, mundos paralelos y entrelazados, las sombras adquieren consistencia y se diluyen, el agua penetra en los poros, aquí, la llama de un candil, allí, la linterna de un móvil, los cuerpos se escuchan, los susurros hipnotizan. Sí, es un cine que exige atención, transforma nuestra mirada. 

Aún quedan guerrilleros que pelean por estas batallas perdidas. 


domingo, 23 de agosto de 2026

A COMPLETE UNKNOWN

 


"Realiza plenamente y a conciencia la labor de toda gran literatura: aceptar las convenciones que el pasado le transmite y que forman sus señas de identidad para abolirlas e incorporarlas en una nueva totalidad estética que satisfaga las aspiraciones de su época"

Introducción a la Eneida de Virgilio de José Carlos Fernández Corte.


A complete unknown se abre con un Bob Dylan que llega a Nueva York para visitar en el hospital a Woody Guthrie. Y se cierra con una última visita, un homenaje al maestro, al que ya ha dejado atrás. Queda claro, entonces, no lo es tanto a lo largo del metraje, y nos confunde, que el tema central es este: cómo Bob Dylan, partiendo de las convenciones del pasado -folk, country, blues- las borra y las incorpora a una forma diferente de entender la música. 

¿Consigue su objetivo? A medias. Y el intento es digno; no estamos ante un biografía al uso en el que el personaje es santificado; sería inútil, porque Bob Dylan no encajaría. 

Se esboza este aspecto en diálogos fallidos, algunos, con las protagonistas femeninas, episodios troceados de la relación que mantuvo con Sylvie Russo o Joan Baez, todos inventan su pasado, recuerdan lo que quieren y olvidan el resto... tus canciones son como un cuadro en el consultorio del dentista... yo escribo la música que ellos nunca podrán componer, insinúan caminos que no se atreven a hollar. 

Hubiera sido otra película. Como la que intentó Todd Haynes en I´m not there


Seis actores y una actriz lo interpretan en un extraño semi-documental, más interesante que A complete unknown.

Volvamos otra vez a la pregunta. ¿Quién fue Bob Dylan? Parece que esta película se rinde desde el principio; es imposible responder. Por tanto, nos decepciona. 

Hay algún intento, incomprensible para el que desconozca los datos, el guionista fracasa, en explicar cómo estas dos mujeres influyeron en Bob Dylan, que sus letras fueran más políticas, en el aspecto melódico, o cómo buscó otros caminos al incorporar la guitarra eléctrica. 

La música y sus letras se imponen; no deja espacio al desarrollo psicológico de un personaje complejo, convertido aquí solo en un tipo egoísta, que vive para su única pasión: la música, es decir, que va a lo suyo. 

Volvamos al tema central, el que interesa remarcar en esta película. Bob Dylan se nos presenta como el futuro de la música; los demás solo ven pasar la estela de un cometa que los ciega. 

Si ese era el objetivo, la película se dispersa en canciones que nos avasallan, en detalles innecesarios, en miradas de admiración e incomprensión del resto de personajes, no logra profundizar en esta propuesta, centrarse en ella. Se diluye como un azucarillo.

Bob Dylan sí supo, como Virgilio, profetas ambos, recoger la tradición para voltearla. Esta película, no. No se lo tengamos en cuenta. La genialidad, como el futuro, es un animal extraño e inquietante, difícil de interpretar o explicar. Pocos tienen ese talento.

martes, 11 de agosto de 2026

OTRAS ODISEAS: NOSTOS Y LA MIRADA DE ULISES


Nostos, el regreso, de Franco Piavoli reinterpreta la obra de Homero, experimento visual y sonoro, transmite su espíritu con mayor fidelidad que otras versiones, más comerciales, expresividad intensa y poderosa, no lo convierte en un mero vehículo narrativo, por eso, las palabras pertenecen a lenguas reconocibles, latín, griego, italiano, y, sin embargo, no podemos entender a los personajes, el director inventa una lengua para que lo racional no tenga cabida, estamos acostumbrados a otro tipo de cine, Nostos llega más lejos, no solo es el viaje geográfico, símbolo, metáfora, idea fundacional de la literatura occidental, es decir, el recorrido por innumerables lugares, unas ruinas, traslación del infierno, corre, huye, aterrado, las voces de las Sirenas, intuidas tras los reflejos de la luz del sol en el agua del Mediterráneo, el encuentro con Calipso en un entorno que recuerda al paraíso, sensualidad de dos cuerpos, un ojo, miradas, el agua de una cascada, fluye, cae, la humedad de una piedra, el pie la roza, el tacto de una flor, la gota de rocío, cuando desea abandonar a Calipso, solo necesitamos, al despertar de un sueño recurrente, un campo de trigo, un niño, jugando con un aro, que Odiseo mire al mar, nada más, un hombre, solo, el horizonte infinito, desde el acantilado Calipso le deja partir,

además, en toda la película encontramos la presencia constante de elementos de la Naturaleza, el sol, el mar, la luna, inquietantes, terribles, una tormenta es más temible que Caribdis y Escila, oníricos, transforman a Odiseo, lo devoran, lo torturan, los sonidos, sus recuerdos, después del naufragio, se convierten en una pesadilla de la que no puede escapar, estamos, sobre todo, ante un viaje interior, eso es la Odisea, ¡qué lejos está Penélope!, una sombra que teje, una mujer que espera, al otro lado, en una profunda estancia, así la contempla Odiseo en un último plano, y no recuerdo que ninguna adaptación haya sido capaz de revelárnoslo con tanta claridad.

La mirada de Ulises de Angelopoulos es una mirada al origen del cine, el viaje también es introspectivo, el tiempo lineal, el de la Historia, se quiebra, las bobinas perdidas de una película antiquísima, los inmigrantes de las guerras presentes, pasadas y futuras y los elementos permanentes: el río o el mar, siempre el agua. El sueño de un tiempo cíclico, las brumas del tiempo. 

Hay quien dice que la mejor versión de un clásico debe traicionarlo para poder recuperar el espíritu fundacional, la idea primigenia, sí, es posible, cada lenguaje, el cine, la literatura, la pintura debe encontrar caminos propios, la Odisea hace tres mil años abrió un camino que no dejamos de desbrozar.

viernes, 31 de julio de 2026

UNA IGLESIA ROMÁNICA


El calor asfixiante, atronador, dantesco aplastaba las hojas de los árboles, caídas, en el asfalto, una iglesia románica se alzaba sobre una colina arrasada por el fuego, el río Duero lamía el valle, lentamente se desperezaba la luz del sol, así que, el destino, inevitable letanía que no se apaga, me obligó a dar el paso, acaricié la piedra, alisada, trabajada por los canteros, aún sobreviven sus señales, mis manos se quemaron, vislumbré un resquicio, un hueco en la mampostería, entre guijarros molidos, sin esperanza, entré a la oscuridad, la luz de las velas iluminaban la nave central, el frío de la piedra, helada, me penetró hasta los huesos, y allí, lo vi, sí, vi en la cúpula líneas infinitas, matemáticas trenzadas por las formas simétricas del cielo, signos trazados por árabes, mozárabes, cristianos, ateos, la luz se reflejaba en los espejos de marfil, vi, sí, vi en los altares ángeles alanceando a los demonios, santos descabezados por soldados, vírgenes torturadas por sádicos, lo vi, sí, vi sobre las columnas, hojas de acanto, árboles centenarios, animales y monstruos, sí, los vi, vi cientos, miles de ahogados en el mar, sus cuerpos se pudrían, el olor a salitre, insoportable, cientos, miles atravesando fronteras, líneas deformes, ¡nos invaden!, gritaba un hombre, y los muertos se levantaban de sus tumbas, lo vi, sí, vi en los capiteles a un hijo matar a su madre y a una madre procrear con el demonio, orgasmos infinitos, castigos eternos y a Adán y Eva, desnudos, por primera vez se reconocían, vi, sí, lo vi, vi en unas pinturas de hace mil años cómo los bosques nos rodeaban y, al girar la cabeza, el olor a pino se difuminaba, el cielo se transformaba en un infierno de fuego y ceniza, animales quemados, evaporados, gritaban los árboles, bramaban, vi, sí, lo vi, vi a Satán, devoraba las almas de los pecadores y allí mismo, sí, lo vi, se alzaban hasta el cielo palmeras y desiertos de lava por donde transitaban elefantes, rinocerontes, dromedarios, sí, lo vi, vi en el altar mayor a pájaros elevándose, contemplando la tierra quemada y el mar rojo, ensangrentado, cientos, miles de cuerpos, sí, se descomponían a la vista de todos, y escuchaba aplausos indiferentes a la luz de la luna llena, sí, vi a Quimeras y sus ojos atravesando muros y de entre sus ruinas salían monstruos, portaban fuego, expulsaban llamas de su boca, sí, vi a serpientes y sus bocas mordiendo brazos y piernas, el dolor era insoportable, y no pude más, y salí de la iglesia, me encontraba sin aliento, respiré hondo, profundo y allí, fuera, lejos, a miles de años de distancia, rocas y murallas calizas, identifiqué signos de hombres y mujeres, vivieron en cuevas, labraron en la piedra mensajes que nunca descifraremos, que ya conocemos, siempre contamos las mismas historias, escuché el eco de sus pisadas, las piedras reverberaban el sonido milenario de nuestras voces, notaba cerca el agua del río Lobos, encajonado, fluía, bajaba al valle, un torrente precipitándose, desbocado, las ramas de una encina se movieron, en la tierra su sombra lo acompañó y, lo vi, sí, vi que el viento dejó de soplar, hubo un silencio, extraño, el tiempo no existía, el espacio no existía, las líneas se quebraron, vi un punto exacto, el círculo se cerró, y ya está, nada más puedo contar, eso es lo que vi, así que regresé a la plaza del pueblo, llevando sobre mis espaldas un conocimiento de milenios, acaricié la piedra, otra vez, la herida se había curado, adolescentes, jóvenes, todos, sin excepción, llamados al unísono por la música de un bar, bebían, reían, charlaban, un gato negro se refugiaba del sol bajo un coche, el río Duero se deslizaba por el valle, las sombras, alargadas, deformaban los cuerpos y sonaba una y otra vez una canción de Bob Dylan: Knockin` on Heaven`s Door.



lunes, 20 de julio de 2026

UN SECRETO REVELADO

Catarescu recuerda en una de sus obras menores, ¿Por qué nos gustan las mujeres?, situaciones de las que se avergonzaba, que le hacían sentirse a disgusto consigo mismo, imposibles de olvidar porque nos muestran, sin que podamos suavizarlas o allanarlas, esa parte mezquina y ridícula, que nos gustaría apartar y borrar de la mente; las hicimos, éramos así, tal vez, en el fondo, no hemos dejado de serlo. Me acuerdo de mi madre, de algún comentario estúpido fuera de lugar, gestos necios. Hay muchos; todos podríamos recordar momentos de este tipo. Siempre pienso en M., cuando me vienen a la mente actos que me avergüenzan.

Hace unos días, viendo un documental sobre la guerra civil, volví a pensar en M. Regresé a un tiempo muy lejano, años atrás. Estábamos tomando algo en la calle de los cines Renoir, haciendo tiempo, antes de que empezara la película; no recuerdo cuál era. Me parece que el bar estaba en una esquina; aún veo, ahora mismo, detrás de M, el cristal de la ventana, la gente pasando, echando una ojeada al interior o caminando deprisa a quién sabe dónde. M. había asistido el día anterior a la conferencia de una mujer que había sobrevivido a Auschwitz; no podía sacársela de la cabeza. Le impactó la fortaleza de su discurso; también me dijo, al mencionar el detalle de que la mujer ya rondaba los noventa años, que pronto ya no habría testigos, nadie que pudiera demostrar, avalada con su experiencia, que eso, lo innombrable, de verdad ocurrió. Acabamos hablando de la memoria histórica, las fosas comunes; es posible que la conversación se fuera calentando, ya que su posición en este punto se movía entre la equidistancia y cierta indiferencia y yo, quizá como respuesta a su actitud, buscaba el enfrentamiento dialéctico. Cansada, sin mucho interés en continuar, terminó la discusión con un argumento que pretendía ser lapidario y resumía su planteamiento: nosotros hemos conocido a personas que vivieron esa guerra y por eso se sigue tratando este tema con tanta intensidad; cuando pase el tiempo y esas personas hayan muerto, las siguientes generaciones ya no tendrán esa referencia familiar, tan personal, y solo será un acontecimiento histórico más, lejano y ajeno a sus propias experiencias. Y ahí acabó el debate; la película iba a empezar, pagamos y salimos. No logré encontrar un buen argumento que lo refutara. Nunca di por cerrada esa conversación y años después me gustaría retomarla; ella sí concluyó ese debate, nada más quería decir, y ni siquiera lo recordará, pero todavía estoy convencido de que se equivocaba. No importa que hayan muerto quienes vivieron esos acontecimientos, le diría ahora, heredamos sus recuerdos, sus ideologías, aunque no sepamos de dónde vengan o ni siquiera hayamos conocido a los que vivieron con ellos. Sí, echo de menos esas conversaciones, las que dejamos sin terminar. 

En todo caso, no es esto lo que quería contar. O tal vez, sí. 

En una ocasión me confesó que había escrito algunas palabras en una web; allí, personas que habían roto con el Opus Dei, intentaban explicar cuánto les había costado seguir un camino propio. En las palabras que escribió M. no se hablaba de la pesadilla que significa quebrar esos vínculos; más bien, era una reflexión que abogaba por una mirada diferente a la religión, una personal y libre, y no obligada por normas y reglas que la aprisionaban. Me pidió que no las utilizara en ninguno de mis escritos. No las había compartido con sus familiares; no solo porque ellos sí seguían en el entorno del Opus Dei, sino porque, además, nunca las podrían entender y, si las leyeran, la alejaría de ellos.

No pude evitarlo. Volví, en mi casa, a entrar en esa página web; copié las frases que había escrito M. Y nada más. No creo que, entonces, pensara en utilizarlas; solo me llamaron la atención y quise guardarlas en mi escritorio.

Pasó tiempo. ¿Meses, unos cuantos años? No sabría decirlo. Se me ocurrió una historia, la de un escritor polaco que acaba ganando el premio Nobel, y esas frases, ocultas hasta entonces, salieron a la luz. Las utilice como una cita. Las escribí en mi blog.

Al día siguiente nos vimos. Sabía que no lo había leído, porque estaba relajada y amable. La visité en su estudio; una parte la había acondicionado como dormitorio. Una cocina americana y un baño completaban el espacio. Era pintora, aunque en esa época vendía pocos cuadros y hacía exposiciones colectivas de cuando en cuando, mientras sobrevivía con trabajos de mierda para pagar el alquiler. Había decidido, tras dedicarse un tiempo al libro artístico, cambiar el material en el que pintaba sus cuadros: pasó de la tabla y el papel al tejido. Solo unos pocos, más oscuros y tenebrosos, insinuaron, por aquel entonces, algo diferente. Se negó a proseguir ese camino. Prefería la sutileza a la crudeza; eso me dijo. Tal vez no siempre nos atrevemos a mostrar lo que más nos hace temblar y remueve las entrañas; podría llevarnos a la locura. 

Casi al final, como un comentario sin importancia, le señalé que había escrito algo nuevo en el blog y que estaba seguro de que le interesaría. No le dije nada más. ¿Por qué lo hice? Vanidad, sentimiento de culpa. Si no se lo hubiera dicho, nunca lo hubiera leído, lo sé. Cavé mi propia tumba. Somos los responsables de nuestra desgracia. Me prometió leerlo. Nos separamos; era un bajo en el barrio de Carabanchel, entre un patio interior que le quitaba mucha luz, y la calle. Hacía mucho frío en ese estudio -techos altos, suelo de madera- y ese invierno M. había sufrido lo indecible. Solo unos cristales esmerilados la separaban del mundo. Me acompañó hasta la puerta y nos despedimos. Nunca más he vuelto a verla.

No tardó mucho tiempo en llegar la respuesta por correo electrónico. Es posible que yo, completamente obcecado, no esperara lo que ocurrió; que solo quisiera, como siempre ella hacía, recibir una crítica literaria y tal vez, como mucho, me llamará la atención por haber utilizado esas palabras sin su permiso. Las retiraría, me disculparía y asunto acabado. A veces me pregunto si yo no deseaba, en el fondo, una ruptura, porque, por supuesto, eso es lo que sucedió. Mi deseo se hizo realidad. En el mensaje me decía que se sentía traicionada, que había traspasado un límite y, por tanto, prefería distanciarse de mí. Mucho más, cuando en mi respuesta no le pedía disculpas y me ratificaba en el uso de esas palabras, ya que, como dejé muy claro, el contexto era muy diferente y difícilmente nadie podría identificarla. Todo escritor puede utilizar lo que quiera, pensé. Es el riesgo que tienes, si confiesas un secreto a un escritor, aunque este sea mediocre. Sí, un año después, le presenté esas disculpas, pero ya era tarde, y, si debo ser sincero, sonaban falsas. Si me arrepentía de haberlo hecho, era por las consecuencias y la amistad rota. Cuando leo el relato, sigo pensando, si olvido su origen, que esas palabras encajan perfectamente. La estética se impone a la ética. Comprendo que ella no lo viera así.

Por entonces me comparé con otro tipo, un escritor respetado y con numerosos libros vendidos, del que se había enamorado. Ella lo veía como una relación imposible y así me lo repetía hasta la saciedad, aunque deseaba muchísimo estar con él y, sobre todo, -me lo confesó, mientras asistíamos a una lectura poética-, deseaba ilustrar sus libros. Un día el gran escritor la llamó a unas horas intempestivas para que viniera a su casa; ella fue a encontrarse con él, sin pensárselo, dejándolo todo, sin orgullo, dispuesta a rendirse, en cuanto bebieran la primera copa. Se acostaron. La tensión sexual de los meses anteriores se liberó. En cuanto terminaron, él llamó a un taxi para que la llevara a casa. Tenía cosas que hacer. Nada de romanticismo. Se sintió humillada. Y, sin embargo, años después, me sorprendió que colaborara con él, haciéndole las ilustraciones de su último libro de poesía. El deseo, el más importante, el más duradero, se había hecho realidad. 

La comparación era absurda. Una humillación puntual de un amante ocasional, que, pasado el tiempo, llega a convertirse en un buen amigo y colaborador artístico, no es tan importante como un pacto roto y un secreto revelado.

Esas palabras, que ella compartió conmigo, ocultaban, bajo una capa sutil, -la reflexión y los argumentos racionales-, su pesadilla; atrapada en una tela de araña, escribiéndolas, recuperaba el tormento interior y, al mismo tiempo, lo exorcizaba.

Esas palabras para ella debían haber sido, como al final de Deseando amar, una de sus películas preferidas, un secreto que se murmura, se susurra, al hueco de un muro antiguo o de un árbol. El secreto necesita ser expresado con palabras, pero no puede, no debe ir más allá. Hay que cubrirlo con arena y piedras y barro: que se quede allí eternamente, que nadie lo revele. 

Sí, yo traicioné ese secreto. Y mi castigo es justo. Y mi vergüenza también.






ODISEA DE NOLAN

 

Ningún hombre, valiente o cobarde, puede eludir su destino. 


El destino se ha cumplido. Era inevitable. 

Son las dos de la mañana. Escucho un último ¡Viva España! Es el mismo vecino que ponía a Manolo Escobar en su terraza durante la pandemia para contrarrestar y replicar a otro vecino, un anarquista, que leía con la ayuda de un altavoz poemas de Miguel Hernández y Antonio Machado. Sí, no son los mismos ¡Viva España! que gritaban las tropas nacionales cuando entraban en las ciudades republicanas, conquistadas y bombardeadas hace noventa años, y son los mismos; es la misma bandera rojigualda que colgaban en los ayuntamientos, antes de ejercer una represión brutal y despiadada y, al mismo tiempo, no es la misma. Escucho de fondo el pasodoble que bailan el padre y su hija en El sur de Víctor Erice. 

Este vecino no sabrá quién es Erice. El resto de la música que pone a todo trapo ni siquiera merece ser mencionada. No comparto esta alegría colectiva. Yo y mis rarezas. 

Imagino que a alguno se le ocurrirá poner en el examen de Lengua de la próxima EVAU un texto en el que aparezca el triunfo en el Mundial. No será muy original. Muchos se escribirán en los próximos dias. Habrá quien hable de la unidad de España frente a los rifirrafes políticos, que volverán en cuanto se apague el fervor inicial; otros destacarán el papel del fútbol como aglutinador y, al mismo tiempo, evasión, bien controlada y asimilada por el poder; alguno se atreverá a criticarlo como negocio que mueve millones y denunciará sus intereses. Que de esos textos se ocupen los futuros correctores. Me ha llegado demasiado tarde. Y me entristece, pero así ha de ser. Nadie puede eludir su destino.

En su lugar, escribiré sobre la Odisea.


Nolan sabe mucho; no es un tipo que haya decidido adaptar la Odisea, sin haber hecho una búsqueda exhaustiva de material. Y es listo. Por eso, tenemos una Odisea espectáculo. Es menos reflexiva que otras versiones, como la última de Uberto Pasolini; 

menos divertida que la de Camerini y Kirk Douglas, 

y, a pesar de todo, recoge lo mejor de ambas o, al menos, lo intenta. Busca entretener y lo consigue. No aburre y se agradece. Tampoco oculta los terrores del final de una época, los de esos pueblos del Norte, que nunca aparecen, mencionados constantemente a lo largo del metraje. El mundo micénico se derrumba, tras haber destruido Troya, y Odiseo es, al mismo tiempo, el final de un mundo, salvaje, que ha quebrantado sus propias normas -la ley de Zeus, como se repite hasta la saciedad-, y el comienzo de otro, incierto y oscuro. 

Tiene defectos esta película. Muchos, inevitables, diría yo, ya que una superproducción los tendrá, aunque ni siquiera tome conciencia de ellos, ni le interese demasiado divulgarlos. Si no tenemos en cuenta a Telémaco u Odiseo, los personajes masculinos responden a prototipos. Antinoo, el pretendiente, decepciona; en el guion no deja de ser un cobarde al que podamos, en el tramo final, despreciar. Menelao es un asesino violento y esa violencia, después de Troya, la ejerce, sobre todo, con Helena, una mujer negra sometida a su poder -el color de Helena y su hermana Clitemnestra no me molesta; cada tiempo tiene sus obsesiones, sus modas y ha de reflejarlas-; el pastor Eumeo es el fiel sirviente. Agamenón es casi un semidios, cubierto por una armadura que recuerda más a una película futurista que al mundo de los guerreros griegos.

Uno tiene la sensación de que el final se precipita. Y la matanza de los pretendientes hubiera merecido un espacio más amplio. No sé si me convence que Odiseo y Penélope marchen a Occidente y dejen a Telémaco como rey en el último plano; es el final feliz que una superproducción promete, pero podría haberse hecho de otra manera. Hay que saber cerrar una historia; en el fondo, estamos delante de un final fallido. Que desaparezcan los feacios y el personaje de Nausicaa es aceptable, cuando decides que sea junto a Calipso donde Odiseo recupere la memoria; tampoco me desagrada que la flor del loto sea lo que le ha permitido mantenerlo en su isla esos largos siete años. Nolan introduce la Telemaquia -no recuerdo otra versión en que aparezca- y encaja bien. El resto de aventuras, como era de esperar, superan con creces lo que se espera. Con medios, todo es posible. La historia de Polifemo es terrorífica; los lestrigones, implacables. El silencio, cuando aparecen las Sirenas, se convierte, tras superarlas, en una atronador grito de dolor. Caribdis y Escila me recuerdan a las películas de aventuras de los años sesenta. ¡Ah, sí, siempre me emociona la muerte de Argos, el perro más fiel!

Circe, como sucede con Tiresias, es la implacable testigo de un destino que ha de cumplirse. Los dioses están ahí: Zeus con su trueno, Neptuno junto a sus tormentas y, sobre todo, Atenea, la más fiel compañera, la conciencia del héroe. La bajada a los infiernos estremece; tiemblas y así tiene que ser. Penélope no reconoce a su marido por el recuerdo que ambos comparten: la cama que fabricó con sus manos en un roble, sino por un sencillo broche. En cine las metáforas deben ser simples.

Digamos que, si esperas una radiografía de un héroe ambiguo, encontrarás desperdigadas referencias, aunque Nolan no profundice demasiado. Si acaso, un no a la guerra -el propio Odiseo comprende y así se lo confiesa a Penélope, que las razones de la guerra no fueron Helena y Paris, sino el control de las rutas marítimas; ¡Ay, Nolan no ha podido evitar decirnos que es muy listo a través de su protagonista!-, una asunción de los errores cometidos, la obligación de empezar a construir otro mundo. 

La versión de Nolan es aceptable e intenta atrapar la estructura temporal del original, pero la obra de Homero es compleja y ninguna, si lo pretendiera, podría conseguir la perfección. Toda versión está condenada a mostrar solo trazas del talento de un autor, ya por sí mismo, mítico. Me quedo con la vitalidad y el amor a la vida de Camerini -que sigue siendo mi preferida-, el espectáculo bien condimentado de Nolan, la profundidad psicológica en la de Uberto Pasolini o la dignidad, algo envarada, de la serie para televisión de los años noventa. 

Para eso, para captar toda su grandeza, lo mejor es leer directamente la Odisea

Empecemos a hacerlo. Una y otra vez. 

"Háblame, Musa, de aquel varón ingenioso que anduvo errante largo tiempo, después de haber destruido la sagrada ciudad de Troya; que vio los pueblos y conoció las costumbres de muchos hombres, y sufrió en su corazón muchas penas, sobre el mar, luchando por su vida y la vuelta de sus compañeros. Y no pudo salvarlos a pesar de...

sábado, 18 de julio de 2026

EQUIDISTANCIA, MODERNIZACIÓN, MEDIOCRIDAD, EXCELENCIA

 


Al escribir esto tengo la sensación de pertenecer a otra época. Nada más lejos que asumir el papel de viejo cascarrabias que entona el ¡O tempora, o mores! y quisiera recuperar antiguas costumbres. Hubo tiempos peores, sin duda, pero dudo de que fueran más mediocres. 

Mediodía. Vagón de Cercanías. No censuro que todos o casi todos tengan un móvil en la mano y decidan establecer un vínculo intenso con él, mientras dure su viaje, -esa batalla está perdida-, pero, al menos, se agradecería no escuchar, incluso estando a cinco metros, la última chorrada de Tik Tok, el comentario afilado de un bloguero de moda o una melodía alejada de tus gustos musicales. Creo que existe un artilugio denominado "cascos" que permite no compartir con el vecino tus preferencias, sobre todo si este vecino quisiera atesorar y gozar en su interior, por el contrario, de un respetuoso silencio que le permitiera practicar una reflexión filosófica profunda o disfrutar de una lectura sosegada. 

Noche. Historia de nuestro cine. Aprovechando que esta noche hace noventa años hubo un golpe militar que acabó con la segunda república y que fue el comienzo de una sangrienta guerra civil, tras la película de Chávarri, Las bicicletas son para el verano, -obra teatral de Fernando Fernán Gómez-, se abrió un debate que pretendía ser cinematográfico, pero, sin quererlo, se convirtió en un reflejo deprimente de nuestra mentalidad. Me sorprendió la equidistancia de algunos de los comentarios. Sí, sí, todos estamos en contra de todas las violencias, como mantra es perfecto, pero hay diferencias, antes, ahora y siempre entre levantar un puño y el saludo fascista: el primero buscaba, con sus aciertos y errores, la justicia social y la libertad; el segundo deseaba y consigue, porque ha triunfado, ¡para qué vamos a engañarnos!, la desigualdad y el autoritarismo. Imagino que es la misma equidistancia que permite que en todo el mundo la ultraderecha llegue al poder con su discurso xenófobo e intolerante. La equidistancia, si se asume como ideología, nos lleva a estos lodos. 

Al mismo tiempo en otra cadena proyectaban La España dividida en color, un documental que, en líneas generales, ofrece datos serios y contrastados. Es digno de verse. Uno de ellos me pareció interesante; sin contar la posguerra, la cifra de asesinados civiles en "paseos" o ejecuciones en el bando republicano fue de unos 50.000 y se debió al descontrol interno en los primeros meses; en el bando nacional fue de unos 100.000, sistemático y controlado y dirigido desde el poder. No se suele mencionar este dato generalmente, no sea que el discurso de la equidistancia no nos encaje. 

Y nada hubiera dicho sobre este particular, si en los comentarios posteriores de los historiadores no dedicaran los primeros minutos a justificar porqué se han coloreado las imágenes: hay que acercarlas a las nuevas generaciones repetían una y otra vez. Imagino que en mis clases tal vez debería ponerles las películas dobladas, colorear las películas en blanco y negro o, mejor, no ponerlas, y llenarlas de actividades divertidas para que no parezcan antiguas o tradicionales, una didáctica nueva y enriquecedora que acerque a los alumnos lenguas muertas adaptándose a sus intereses. Lo llaman modernizar. Uno debe encontrar los límites, que existen, o las diferencias entre dos conceptos que confundimos: empobrecer o adaptar los contenidos. Bajo la falacia del segundo, llegamos, sin darnos cuenta, muchas veces, al primero. 

Sinónimos de mediocridad: vulgaridad, medianía, adocenamiento, ramplonería. 

Nada mediocre ni ramplón me parecieron los últimos documentales de una directora gallega, Margarita Ledo. Prefiro condenarme o Nación son propuestas diferentes, ignoradas por la gran mayoría; merecerían más atención. 


Se habla de lucha sindical y feminista -el trabajo, la independencia, el derecho al divorcio, la violencia institucional-; la poesía -incluso un texto de la Antígona de Sófocles- baila con imágenes de archivo; las actrices que interpretan episodios de sus vidas se confunden con personas y vidas reales. Formal y temáticamente son experimentales y atrevidas. 

Antónimos de mediocridad: excelencia, brillantez, genialidad. 

Posdata: en el documental Nación y en la obra de Fernando Fernán Gómez aparece una frase digna de enmarcar: no se trabaja gratis, nunca trabajes gratis. Para quien quiera entender, que entienda. 


sábado, 11 de julio de 2026

DESIERTO SONORO DE VALERIA LUISELLI, THEODOROS DE CARTARESCU Y CRUZ DEL SUR DE CLAUDIO MAGRIS

 


La OTAN decide aumentar el gasto militar. Nadie sale a la calle a protestar. Nadie.


Desierto sonoro de Valeria Luiselli es una amalgama de géneros. Por un lado, es la historia de una pareja en crisis y sus dos niños, la de un viaje desde Nueva York a Arizona en coche, que remite sin ocultarlo a On the road de Kerouac o Cormac McCarthy. Los padres les cuentan durante el viaje otras historias: la del genocidio de los indios americanos; la del flujo migratorio entre las fronteras mexicana y norteamericana. Niños que mueren en el viaje; niños que mueren en el desierto; indios masacrados, olvidados sus nombres, borrados. Una mirada critica a la historia de Estados Unidos, a su presente. Las narraciones se mezclan, se difuminan los límites temporales. Los niños convierten el viaje en una aventura, se confunde la realidad y la ficción, el presente y el pasado, se experimenta con la estructura y el lenguaje. Destacan dos puntos de vista: el adulto, la madre, reflexiona sobre las relaciones de pareja, la maternidad, la Historia y la injusticia, es la voz de la autora que reconoces también en uno de sus ensayos, Papeles falsos; el niño, se mueve entre el relato, transformado desde su mirada infantil, y el juego, tan serio, porque, como bien sabemos, es un trasunto de la vida. En ambos encontramos la memoria y los vínculos con el mundo. Los padres documentan con sonidos y voces la realidad: él recoge las voces desgarradas de los muertos como hizo en Pedro Páramo Juan Rulfo; la madre graba los gritos y lamentos de los vivos. Los niños heredan esas voces, las conservarán.

Hay un aspecto curioso. Los personajes leen. Libros y libros. Decenas de referencias literarias. Se escucha música de los sesenta y setenta o un audiolibro de El señor de las moscas. El móvil es un elemento secundario. Los niños no lo piden; acostumbrados a las rarezas de sus padres, prefieren que les cuenten historias. Si aceptamos esto, como aceptaríamos que en un musical los personajes bailen y canten, no tendremos ningún problema con esta novela. Incluso lo agradeceremos. Es una ficción más. 

En Theodoros de Cartarescu podríamos hablar de biografía ficticia, aunque se apoye en hechos históricos y personajes que existieron. Un personaje imaginado, como lo fue Alejandro Magno, primera lectura del protagonista, o Aquiles u Odiseo y que podría haber sido real. Diríamos que el paisaje, sea Valaquia, el mar griego, la Israel de Salomón, Etiopía, adquiere tintes épicos. ¿Es una novela histórica de una época, el siglo XIX, donde todavía cabían las aventuras, o fantástica como El maestro y Margarita de Bulgákov de la que tanto bebe? ¿Quién la narra: Dios o un autor omnisciente? No, son los ángeles, semidioses. Es fácil distinguir entre los temas la religión y la locura. Alguien dijo que con el siglo XIX desaparecieron los grandes aventureros; fue el final de las exploraciones. El mundo había sido conquistado por Occidente, en el XX y XXI será esquilmado y explotado por las grandes corporaciones.  

Claudio Magris en Cruz del Sur nos escribe sobre tres vidas delirantes que tuvieron a la Patagonia como centro de sus vidas: la de Janez Benigar, un lingüísta esloveno; la de Orélie-Antoine de Tounens, que se proclamó, como hace Teodor en Etiopía, rey de la Araucanía; la de la monja Angele Vallese. Menciona otras y no quiero dejar de recordar alguna como la de José Font, anarquista que, como muchos otros, pelearon por un mundo más justo, esa Patagonia rebelde. Aunque Magris centre su mirada en el cono sur, es fácil establecer una relación con las obras de Luiselli y Cartarescu. 


Demencias e injusticias, voces perdidas y olvidadas, masacradas, narraciones épicas, nacidas en la infancia y transformadas, al hacerse reales, en espantosas pesadillas, genocidios y mataderos, la Historia, no tan lejana, y la actualidad, bien viva, de nuestros disparates, delirios y alucinaciones.



viernes, 10 de julio de 2026

ACTO REVOLUCIONARIO

En un vagón de metro. 

Habrá un tiempo en que los hombres y las mujeres tengan como extensión de su cuerpo una máquina que contenga todo el universo; pensarán que son libres, pero vivirán encerrados en sus límites. 

Habrá un tiempo en que abrir un libro sea un acto revolucionario. 

viernes, 19 de junio de 2026

UN CARRITO DE LA COMPRA

 

Una mujer te busca, su hijo ha suspendido Latín y Lengua, está sentada, esperando, a su lado, un carrito de compra vacío, señora, qué quiere, mi hijo necesita el título, sí, pero ha suspendido cuatro asignaturas, no, son solo dos, Latín y Lengua, no, son cuatro, Latín y Lengua de primero, Latín y Lengua de segundo, pero, incluso, así, aunque fueran dos, no puede obtener el título, ella no me entiende, las palabras se deslizan, inútiles, no nos comunicamos, la lengua no sirve para acercarnos, la idea gira, se repite, no sé cómo explicarle la distinción entre materia, asignatura, disciplina, ámbitos, el profesor de Lengua le enseñará sus pruebas, pero le dirá lo mismo, no puede tener el título, ¿quiere ver los exámenes de Latín, señora?, no entiendo Latín, ¿y su hijo?, debería estar aquí para ayudarla, está enfermo, no puede venir, hable con el profesor de Lengua, él le enseñará sus exámenes, vendrán del otro edificio, gracias. 

Pasan las horas, las diez, las once, las doce, la una, pasan los alumnos, pasan las madres y los padres, alguna reclamación, muchas matriculaciones, la señora pide ayuda, a ti, a mí, a él, a ella, a todos, quiere hacer una reclamación, no sabe cómo, sentada en un banco, pide bolígrafo, pide la hoja, no sé qué asignaturas son, solo Lengua, no entiendo Latín, te acercas a ella, ¿quiere reclamar por Latín?, no, solo Lengua, nos aleja, la lengua nos aleja, gracias, retrocedes, estás a punto de tropezar con el carro de la compra, cuidado, un carro vacío, las palabras nos separan, gracias, su hijo necesita el título, sin él se irá a Canadá, escribe la reclamación, cómo explicar que su hijo necesita el título de Bachillerato, las palabras no encajan, no me entienden, Lengua, los errores ortográficos, la morfología, la sintaxis, la redacción, ¿por qué su hijo no ha aprobado Lengua?, no lo sabe, unas pocas palabras, mi hijo necesita el título, ya está, presentada la reclamación se aleja.

Cierra secretaría, son las dos de la tarde, el pasillo despejado, ningún alumno, ninguna madre, ningún padre, ningún profesor, la señora se marcha, se lleva el carrito de la compra, vacío. 

sábado, 23 de mayo de 2026

EL TIEMPO SE QUEDA

 


Un espacio vacío, sillas a un lado y a otro, una mesa en el centro, familiares y amigos enfrente, un toldo y el equipo de sonido, la descripción de un espacio vacío no es suficiente, necesitas a los personajes, 

los protagonistas, las protagonistas se sientan, trajes, peinados, maquillaje, tacones, perfumes, soportan estoicamente el sol, treinta grados, las palabras, discursos sentimentales, humorísticos, la música rellena los silencios, los silencios son peligrosos, son sinceros, S. murió, condenada a morir joven, no la conocí ni hablé con ella, ni la dirigiría la palabra, si estuviera viva, solitaria, pero sonreía siempre, palabras, este nos hizo reír, este, muy organizado, este nos apoyó, ¿cómo serás recordado?, cómo te ven, cómo te ves, estamos todos a la sombra, han pasado dos horas, se pronuncian sus nombres, 

por la mañana un vahído, la cabeza gira, latidos del corazón, se pierde todo, el etcétera ya no importa, el final está cerca, tan cerca, estamos sujetos a interpretaciones, nos ves, nos ven, aplausos, abrazos, fotografías para el recuerdo, felicitaciones, regalos, despedidas, saludos, buenos deseos, cervezas, risas, 

volvemos al espacio vacío, las farolas iluminadas, las luces, hay quien prepara la cena en el edificio contiguo, hay quien ve la televisión en el salón del quinto piso, las sillas, la mesa en el centro, el toldo ha sido retirado, el equipo de sonido guardado, y, entonces, solo entonces, la gata sale de su escondrijo a buscar comida, ha de alimentar a sus crías, las palomas rebuscan entre la basura, es su momento, se levanta un poco de aire, el cielo plano, se escucha un ladrido a lo lejos, 

nosotros pasamos, el Tiempo se queda. 

miércoles, 20 de mayo de 2026

NOMBRES

 ¿Qué libros leerías? 

La pregunta me sorprendió al final de una clase de griego antiguo. La única alumna que viene durante estos días a repasar para la EVAU me pide una recomendación literaria.

Como leía los Once de Michon o un ensayo personal de Lauren Murat sobre la obra de Proust, se los señalé como posibles lecturas. Demasiado fácil. Prometí pensarlo. 

Hoy, mientras ella traducía un texto de Jenofonte, naves que se hunden, Lisandro embarcó, saqué un rotulador y puse tres nombres en la pizarra: Annie Ernaux, Han Kang, Patrick Modiano. 

Dicen más que miles de palabras. 

Los apuntó en su libreta. 

¿Leerá a estos escritores? 

¿Le gustarán? 

Son piedras lanzadas al mar. 

Se abrieron senderos, caminos, líneas de fuga infinitas cuando escribí esos tres nombres en una pizarra blanca. 

viernes, 15 de mayo de 2026

BANDA SONORA PARA UN GOLPE DE ESTADO

 


Última fotografía de Lumumba antes de ser asesinado.

"Lumumba y dos ministros de su recién formada gobierno independiente (que también habían sido torturados), Maurice Mpolo y Joseph Okito, fueron alineados contra un árbol y los dispararon uno por uno. Se cree que la ejecución ocurrió el 17 de enero de 1961, entre las 21:40 y las 21:43 (según el informe belga). Los belgas y sus contrapartes, los estadounidenses, querían deshacerse de los cuerpos, y lo hicieron desenterrándolos y descuartizándolos, para luego disolverlos en ácido sulfúrico mientras los huesos se trituraban y se esparcían..."

Maya Angelou, Abbey Lincoln gritan, 

llevamos en las manos la sangre de miles de muertos, manos ensangrentadas, cuando enviamos un wasap, manos cómplices, cuando respondemos la llamada de un amigo, la sangre de niños, de mujeres violadas, de hombres torturados, suenan melodías de jazz, los jugadores de tenis quieren más dinero, propaganda, Trump y Xi Jinping se dan la mano, libertad, hablamos de otros cuando no están, la responsable de un restaurante humillaba a una camarera a unos metros de la plaza de Tiananmen, ¿a dónde va nuestra riqueza?, historias de hombres y mujeres pobres, olvidados, despreciados, apartados, la angustia la deja sin palabras, vacía, hueca, Ucrania y el Congo vendidas a las grandes empresas chinas, europeas, norteamericanas, tenemos diamantes, oro, estaño, cobre, coltán, palestinos muertos, setenta y dos mil setecientos cuatro, todos miran a otro lado, desesperada, negocios eurovisivos, ¿a dónde va nuestra riqueza?

Nos miramos en los ojos de los muertos, escuchamos sus voces, hacemos oídos sordos.

Maya Angelou y Abbey Lincoln gritan:

 asesinos, asesinos,


los demás bailamos, cantamos sobre sus tumbas, libres. 


Estuvo llena de lágrimas, fuego y sangre... ¿Quién podrá olvidar los tiroteos que mataron a tantos de nuestros hermanos, o las celdas en las que eran arrojados sin piedad aquellos que no estaban dispuestos a someterse por más tiempo al régimen de injusticia, opresión y explotación usado por los colonialistas como herramienta de su dominación?... 

30 de junio de 1960. Discurso de Lumumba el día de la independencia del Congo.

domingo, 3 de mayo de 2026

GOLPES DE RAQUETA

 


Ancor oggi credo che non si dia vera letteratura rivoluzionaria se non fantastica, satirica o utopistica, revés a dos manos, se repite este ruido, irritante, un videojuego, otra vez ese ruido, desagradable, golpe profundo, en los vagones de metro se nos imponen los sonidos de otros, pensamientos, palabras, no te sabotees a ti misma, te quiero mucho, una dejada fallida, las emociones te arrastran, el vértigo, la cabeza gira, el corazón late muy deprisa, remate, acaba en la red, llueve sobre la tierra batida, la sombra de un caballo blanco, este sitio es para la criada, dormirá sentada, l´autobiografia e la descrizione dell´animo umano tendono all´informe, all´infinita approssimazione, al magma interior de ogni essere humano, a quien no vi es al hombre bajito, no la va a saludar, ¡vámonos!, subida a la red, pisitos económicos, son ficciones, líneas de fuga en el cielo, líneas difusas en la tierra, extraño, sin duda, es el mecanismo de la memoria, me gustaría tenerte cerca, tenerla cerca, la sombra de una nube, el techo retráctil quiebra el cielo, el bocadillo de tortilla te devuelve al pasado de tus padres, de los viajes en tartanas, de las vomitonas en bolsas de plástico, lejos quedan, a tu alrededor comida rápida, fritanga, pizza, bebidas isotónicas, banderas españolas y ucranianas, cuando gane no saludará a Andreeva, mercadeo, ropa de marca, dinero, fachas e hipócritas, turistas del tenis, las rusas no merecen su cortesía, selfies para colgar en Instagram, un espejo roto y un galgo que corre, se abrazan el abuelo y el nieto, la Cañada queda atrás, yo también te quiero mucho, una ciudad sin sueños, una vida por delante, el grifo del agua corriente, out, punto de campeonato, día de mayo en la Caja Mágica, día de primavera. 

jueves, 2 de abril de 2026

LILLIAN HELLMAN Y LA CALUMNIA

 


Lillian Hellman, dramaturga y guionista cinematográfica, comunista, pareja de Dashiell Hammett, entró en la famosa lista negra de Hollywood al no denunciar a sus compañeros de profesión. Sus obras más conocidas son The little fox, adaptado al cine como La loba, el guión de La jauría humana y su primer éxito en Broadway, The children`s hour, a la que debemos añadir sus dos adaptaciones cinematográficas, These three, en los años treinta, y otra en los sesenta, sin censura, arrumbado el código Hays. 

Muchos se han interesado por este primer gran éxito. Y la razón es evidente: se trataba por primera vez el conflicto que provoca una posible relación lésbica en una sociedad puritana. Sin embargo, no es ese el tema central de la obra y queda patente tanto en el original teatral como en las dos versiones cinematográficas.

Hollywood quiso enseguida, aprovechando el éxito en los escenarios, adaptarlo al cine. Hellmann aceptó, siendo consciente de que el código Hays nunca admitiría una adaptación que incluyera ni siquiera de tapadillo el lesbianismo, así que se decidió por cambiar los sentimientos del personaje de Martha; no está enamorada de Karen, sino del novio de Karen. Introdujo un comienzo que establece un aspecto interesante de la obra -el origen proletario de Martha- y da más entidad al personaje masculino -interpretado en esta primera versión por un encantador Joel McCrea-. El final feliz, en el que Martha es castigada, separándola de Karen, y reúne en Viena a la pareja, debilita esta versión, aunque tenga cierto tono Lubitsch. A Hellmann, en realidad, le interesaba resaltar otro aspecto de la obra: cómo la mentira de una niña puede destruir vidas humanas, cómo una sociedad hipócrita no es capaz de aceptar las diferencias y somete a sus integrantes a un modelo unívoco, a una violencia sutil a la que no pueden escapar. 


Es de destacar la interpretación de la niña, que William Wyler cuidó con mimo, tanto que esta recibió una nominación. Los cambios no alteran la calidad de la obra, pero, es cierto, que difuminan su fuerza e intensidad. 

En los sesenta el código Hays cayó. William Wyler y Hellman entendieron que era necesaria una versión que no ocultará el conflicto principal. Eligieron a dos grandes actrices, Audrey Hepburn y Shirley MacLaine. El actor masculino no está al nivel de Joel McCrea. como tampoco la actriz infantil, muy lejos del que alcanzó su compañera en la primera versión. Es de destacar que la actriz que interpreta a la abuela de la niña, la verdadera responsable de que se difunda la calumnia, consigue un personaje mucho más redondo que en la primera versión con detalles sencillos -la mirada final que dirige a la niña, los movimientos del cuerpo, inseguros, cayéndose o a punto de tropezar, al tomar conciencia de que se ha equivocado-, un reflejo, una metáfora corporal de su derrumbamiento moral. 

Hay diferencias menores con la obra teatral. En esta, Martha se suicida con un disparo; en la adaptación, se ahorca. El final en el original es el diálogo entre la abuela y Karen, bajo la atenta mirada de la niña, que no siente ningún tipo de remordimiento. En el cine, tras el suicidio, Karen entierra a Martha y toma una decisión que Hellman también podría haber escrito: no volverá con su novio; decide caminar sola.

En las posteriores adaptaciones que se han hecho en el teatro, encuentras a menudo la confesión de Martha a Karen. Tanta es la fama de este fragmento que incluso hay una versión paródica con los personajes de Barrio Sésamo en la que Epi y Blas interpretan a las dos protagonistas bajo el título de Ernest and Bertram. 
La escena es desoladora. Son cinco minutos de una sinceridad dolorida, atormentada, que Shirley MacLaine interpreta aquí a carne viva.


En la obra teatral Karen no logra asimilar la sinceridad de Martha; se queda sola, perdida, sin referencias; al contrario, en la versión de Hepburn y MacLaine, la dulzura y cercanía que Audrey incorpora al personaje de Karen acentúa aún más la fragilidad del de Martha, que se despide de la vida en uno de los planos, tal vez, más conmovedores que yo haya visto en el cine -minuto 21-


En la obra teatral no hay esperanza; la soledad de Karen es abismal y, además, aunque la razón esté de su parte y reciba las disculpas de la abuela, que las últimas palabras sean pronunciadas por la niña, que ha mentido y no ha sufrido, en cambio, ningun castigo, fortalece una única idea: que la honradez es vilipendiada y la mentira siempre sale indemne. Hellman no deja ninguna puerta abierta, ninguna salida.

¿Podríamos hablar de un final feliz en esta versión de los años sesenta después del suicidio de Martha? 

Sí, en la versión cinematográfica hay un final feliz, pero de una manera diferente a la de los años treinta. La soledad de Karen no es forzada, sino deseada -podría haber buscado consuelo en el chico, pero no lo hace-. Y eso transforma la tragedia y abre un camino nuevo para la protagonista.
La mentira no ha vencido del todo; Karen será libre e independiente. Martha, de alguna manera, la ha transformado. Se enfrenta, valiente, a una sociedad hipócrita, a la que ha desenmascarado; puede ahora romper los lazos que la hubieran amarrado a una existencia convencional y ficticia. La vida y la dignidad brillan en la última mirada de Audrey Hepburn.

domingo, 29 de marzo de 2026

LAS COMAS MIENTEN

 

Una imagen especular: un barrendero y su escoba, fuera; una señora de la limpieza y su fregona, dentro; los reflejos en el agua, en los lagos, en los ríos, en el mar, te ciegan, llueve y llueve y llueve, el mar se encrespa, piedras lanzadas al infinito, observación, contemplación filosófica de un gato anónimo en una playa desierta, πολύ λίγο, λίγο πολύ, es parecido, no es lo mismo, muy poco, más o menos, las palabras mienten, las comas mienten

waiting, las salas de espera, agua con limón, una alarma del banco en la esquina de esta plaza de la Canea, misiles, aviones supersónicos que cruzan el cielo hacia el Este, muertos y vivos, el petróleo alcanza el número dos, ενα, δυο, τρια..., un adolescente francés, rubio, ojos azules, ridiculiza a otro gay, moreno, confuso, para conseguir la sonrisa de una chica, sexo para hoy, hambre para mañana, colegios concertados, bien educados, día festivo en Creta, rebelión contra los Otomanos, la verdadera justicia es la revolución, dice un grafito, ¡abajo Napoleón, abajo la OTAN!, soldados marcan el paso, el pope les lanzará agua sagrada, las armas serán bendecidas, Christine es una asesina, en un TAC verás en 3 D tu dentadura, huesos que cicatrizan, heridas que se resquebrajan, memento mori, viento y agua que bloquea carreteras, yo tengo psicología, los griegos ponen su mano en el corazón, καρδία, los gestos mienten, mienten los dedos temblorosos

Las habitaciones rojas obsesionan a una modelo, la locura es no estar loco en un mundo donde estar loco es lo sensato, Netanyahu y Trump bailan, nadie sabe qué canción, una cáscara de plátano en la parte trasera de un coche de alquiler, un limón, carpe, el olor de limón en Pollirymno, tumbas junto a una ermita, las piedras protegen una iglesia ortodoxa, huelen las velas, dentro, cera que se derrite, puertas cerradas, viento que devora las piedras, fuera, Black dog, perros abandonados, perdidos, animales atropellados, cadáveres pudriéndose en la carretera cortada a Balos, no nos entendíamos, ¿a la derecha? ¿a la izquierda?, sopa de pescado, ensaladas de feta, ouzo, mousaka, postres dulces, gatos que se acercan, caricias, comida, palabras inventadas, fourogato, etimologías imaginadas, el hueco de un gato, mienten los dos puntos ¿y los signos de interrogación? 

las nuevas generaciones quieren ganar dinero, mucho dinero, se acerca el Apocalipsis, las cartas de San Pablo en griego moderno, se mezclan melodías, los rituales nos liberan de la vida, el día del teatro lees a Zeami, dos mujeres enamoradas, fantasmas que no pueden liberarse de una ausencia, bailan, cantan, melancolía del final de un viaje, los placeres del cuerpo, respiras, silencio, si contemplas una obra de arte, el estrés, abortos, vidas truncadas, vino, vermú bajo la lluvia, viene, se va, viene, se va, el cuerpo se calienta junto a una estufa, los jóvenes, cuerpos de jóvenes, bailan, giran, giran, giran, cogidos de la mano, cogidos de los hombros, Kazantzakis, Zorba nos enseña a vivir, Bernhard es un profeta, Gaddis un mártir, 

las comas mienten, siempre, el punto final, nunca.