'... por qué la civilización empezó con el logos... empezó a fluir entre nosotros ese río en el que se funden pensamiento y lenguaje. Gracias a su existencia concebimos el mundo, lo exploramos, lo comunicamos, lo utilizamos para nuestro provecho, lo modificamos, buscamos su sentido, tratamos de entendernos a nosotros mismos. Gracias a su existencia conocemos el tiempo, la memoria, la experiencia. Gracias al logos, vivimos en un flujo de luz, y no en la reclusión de nuestras pequeñas calaveras'.
Palabras del Egeo, Pedro Olalla.
Esmirna es una ciudad que remonta su fundación a milenios, pero la actual ubicación le corresponde a Alejandro Magno. La leyenda escrita, o tal inventada por su historiador oficial, menciona un sueño y la respuesta de un oráculo y gracias a estos decidieron situarla en el centro de la bahía.
El grande tuvo mucho interés en construir un ágora que de inmediato estableciera relaciones comerciales con otras poleis griegas.
Ha sido puerto comercial y eso lo notas en su forma de ser, muy occidentalizada - pocas mujeres llevaban pañuelo, al menos, en el centro, en Konrak; alguna que otra iba cubierta completamente- en la presencia de diferentes credos -además de la mezquitas, tenemos sinagogas y algunas iglesias-.
No olvidemos que aquí nació el logos, la filosofía occidental. Y el comercio fue su vector y su impulso.
Una zona del barrio céntrico, el Kemeralti, es un gran bazar o mercadillo.
Se puede encontrar de todo -incluidas algunas multinacionales de ropa, aunque para eso es mejor acercarse al puerto-. No es comparable al de Marrakech, pero es menos turístico, sobre todo ahora en invierno.
Hay un paseo marítimo, que me recuerda el de Tesalónica, tocando el mar. Ataturk, el fundador del actual estado turco, nacido en la ciudad griega, cada vez que venía aquí tal vez sintiera nostalgia de su infancia.
Sus museos no destacan mucho, aunque el Arqueológico tenga notables esculturas;
una de ellas un atleta de bronce.
Un parque en el centro de la ciudad combina el entretenimiento con el solaz; es curioso el pequeño parque de atracciones, vacío en diciembre.
Y gatos y perros abandonados. Los gatos sobreviven mejor. Los perros parecen almas en pena necesitados de cariño. Me ocurrió también en Grecia. Son alimentados por la gente, pero vivir en la calle siempre es duro.
Algunos gestos, sutiles, me despiertan curiosidad. A primera hora de la mañana vi a dos hombres dar dinero en mano a sendas mujeres jóvenes. No se miraron; era esperado por ambos. Sin que tenga más referencias, podría interpretarse de muchas maneras. Me falta un conocimiento mejor del idioma o de la cultura para descubrir señales que se nos escapan a los que sólo estamos de paso.
Está la tradición de tomar el té, a cualquier hora; el canto del almuédano, llamando a oración. El idioma es gutural, pero tiene cierto acento eslavo que me recuerda al ruso.
Algo debí tomar que me revolvió el estómago; así que para limpiarlo no comí nada en veinte y cuatro horas. El cuerpo rechazaba de manera natural cualquier alimento y uno con los años ha aprendido a escuchar a su propio cuerpo. En estas situaciones el oído o el olfato se intensifican. Como si volviéramos a recuperar los sentidos que ese tirano, la vista, nos había arrebatado.
Fueron dos días nublados. El sol hizo acto de presencia muy pocas veces y la luz del Mediterráneo me devolvía la esperanza.
Es una ciudad viva, dinámica. Alejandro Magno fue bien guiado por los dioses. Supo ver el instinto comercial de sus habitantes. Y lo conservan, aunque ya no se hable griego ni haya judíos. Huellas e improntas de un lejano pasado.
Anochece pronto en invierno. Hoy es domingo.
Los últimos compradores salen de un bazar que ha cerrado sus tiendas. Luces navideñas en el centro: recuerdan al turista occidental sus tradiciones y al turco le sirven para iluminar un poco las calles. Nada ver con nuestro exceso.
Varios indigentes y cartoneros arrastran sus pesados carros; los primeros llevan allí todas las pertenencias y para los otros es su manera de ganarse la vida. Un hombre, tras una transacción comercial, cuenta las liras turcas como si lo fuera en ello la vida. Han montado un mercadillo ilegal en una calle que da a la principal, oscura, a una distancia prudencial de varios coches de policía.
Olor a hachís y a castañas asadas. Y a narguile con sabor a manzana. Dos chicos jóvenes corren para que el ferry o el tranvía no se les escape. Mañana el tráfico será insoportable.
Una niña posa con su vestidito nuevo para que su madre le haga las fotos de rigor. Otra, más mayorcita, está harta de posar.
Dos orquestinas tocan música tradicional en los bar-restaurante para un público mayoritariamente turco.
Los gatos y los perros sobreviven.
Si contemplas la bahía puedes ver, arracimadas en las colinas que rodean Esmirna, miles de casas. El amarillo chillón de las farolas, el azul cálido de los hogares.
Hay muchos mundos en Esmirna que yo nunca conoceré.
'Por tu cabeza, quiero ser por siempre virgen, nunca domada, cazadora en las cimas de montes solitarios. ¡Vamos, pues, y confírmalo como un don para mí... Dioses u hombres la llaman Virgen y Cazadora y Flechadora de ciervos, μέγα επωνυμιον... '
Poema 31, Safo.
Cuentan que en Efeso existió una de las siete maravillas del mundo: el Artemision. Era un templo colosal, magnífico, consagrado a una diosa oriental, una diosa madre llamada, dependía dónde estuviéramos, Cibeles, Isis o Artemisa. No es casualidad que la Virgen María muriera según la tradición aquí. Se necesitaba seguir adorándola.
Dicen que San Juan terminó de escribir aquí su evangelio y, al morir a los cien años, fue enterrado en una colina, Ayasuluk, a unos metros del Artemision. El cristianismo más tarde levantó una iglesia bizantina, de la que ahora no quedan más que restos de su antigua grandeza. Como le ocurrió a su hermana gemela las piedras se reutilizaron para construir las casas o mezquitas de Selcuk. Puedo imaginar la historia de esta columna que toco con mis manos: vio a fieles que adoraron a Artemisa, a Jesucristo y a Alá. Y hoy al poderoso Dinero.
En otra colina, en un barrio periférico, cientos de pisos, que me recuerdan a Benidorm, altos y terribles y modernos, se alzan como los nuevos templos del progreso.
¿Qué ha sobrevivido del templo a Artemisa? Columnas y ruinas dispersas y un gato mimoso que busca las caricias y la comida de los turistas.
Efeso está lleno de turistas y de vendedores y de negocios a la caza del visitante... y de perros y de gatos... Como los animales salvajes hace mucho que huyeron de aquí solo estos rinden un tributo indirecto a la diosa de la Naturaleza. No viven mal. Si los comparamos con los de la ciudad están bien alimentados, son acariciados por guías y gente de paso
y saben buscar sitios cómodos y abrigados, cuando el tiempo lo requiere;
puede ser un hueco donde antes había una estatua o un sillón de felpa, cuando los humanos los dejan vacíos para patear las antiguas calles.
Esta ciudad tiene una larga historia. El puerto antiguo ya no tiene mar; los aluviones y sedimentos de los ríos cercanos acabaron por alejarlo varios kilómetros. Todos los hombres importantes desde Alejandro Magno hasta Adriano quisieron dejar su huella, restaurando o construyendo edificios públicos. La biblioteca de Celso conserva sólo la fachada; sus pergaminos y papiros hace mucho desaparecieron. Se encontraron unas casas romanas en un excelente estado de conservación y eso nos permite disfrutar de pinturas parietales de gran calidad.
No hay ruinas que no despierten en mí cierta tristeza; tristeza de lo que fue, de lo que pudo ser, de lo que nunca será...
Inscripciones desechadas, apartadas, en griego y latín, de hombres y mujeres que han sido olvidados.
El paso del tiempo es inevitable. Nadie puede cambiar esto.
Los terremotos, las invasiones y el abandono terminaron con Efeso. El turismo lo transforma en un sitio lleno de ruido. ¿Dónde está el silencio?
Es posible que sólo los gatos y perros, cuando por la noche se quedan solos entre las ruinas, escuchen los pasos de los fieles a Artemisa, la que tal vez espere el momento oportuno.
'... Todo es uno: la lengua griega... y esta luz, este mar y estas rocas de donde fueron desprendiendose sus primeras palabras... sonido de guijarros, consonantes que chocan entre sí, sustantivos mojados por las olas, raíces semánticas, raíces de frigana, huesos, caparazones, el sol que reverbera sobre el mar, nombres que imitan un rumor eterno, verbos que nacieron de un gesto, preposiciones que son una seña, sílabas que son cuernos que embisten, letras que insinúan el flujo del aire y del agua, palabras que han salido del mar como la vida...'
Pedro Olalla, Palabras del Egeo.
Cinco de la mañana. El nocturno se llena de currantes. El día de Navidad pasó y hay que volver al trabajo. Se suben como yo en Vallecas y se bajan en Atocha: guardas de seguridad, taquilleros, mozos de carga, limpiadoras, vendedoras...
Los que subimos al AVE dormimos la mayor parte del trayecto. A la altura de Zaragoza dos jóvenes universitarias hablan de sus experiencias como estudiantes, antes de tomar el avión que les llevará a Londres. Me entretengo escuchando cómo una de ellas le cuenta el juego de miradas que mantiene con un chico en una biblioteca. La seducción no ha perdido su encanto rodeado de libros en los tiempos de Tik Tok.
El viaje en avión se hace largo. Son tres horas y ni siquiera la lectura de Safo o de Olalla logra hacerla más amena. Las piernas, agarrotadas; el cuerpo, agotado.
Turistas y turcos, jóvenes y parejas. Un par de turbulencias.
Llega el momento del aterrizaje. Una niña pequeña, de unos cuatro años, que ha caminado por el pasillo durante el viaje, obligada de repente a estar sentada con el cinturón puesto, se pone a llorar.
¡No llores, niña, que ya llegamos!
Desde la ventanilla la costa se recorta como los rizos de tu cabello o los pasillos de un laberinto; surgen acantilados y montes, se alzan de golpe; vislumbro poblaciones pequeñas arracimadas al abrigo de un bosque.
Y la luz, sí, reconozco esta luz... Aunque la lengua sea otra...
Son las siete de la tarde. El metro de Esmirna se llena de currantes que vuelven a casa.
Nuestras vidas son círculos y símiles, metáforas y onomatopeyas, tópicos y arquetipos.
He recordado dos frases tuyas. La primera la escribiste; la otra me la dijiste la última vez que nos vimos.
"La dulce melodía de una rutina que se sintió a gusto a mi lado...".
"No puedo evitar alejarme de las personas a las que quiero..."
No me atrevo a interpretarlas; porque sé que mi interpretación hablaría más de mí que de ti.
Puedo hacerlas mías, porque, sin duda, como tú, he buscado y he encontrado a veces esa melodía deslizándose junto a mí, lejos de las mezquindades diarias: al leer y al disfrutar de imágenes en movimiento o al inventar historias con palabras, imágenes o sonidos.
Y a veces he huido del contacto con otros, porque es más perfecta una felicidad posible, aunque sea solitaria, que la realidad compartida, siempre decepcionante. ¿No es mejor imaginar una vida con alguien a quien quieres, los hijos que hubieras tenido, los viajes que hubieras hecho, las experiencias que hubieras compartido o la ternura que le hubieras dado a que, en cambio, acabes odiando a esa persona, porque el día a día y la oscura rutina ha arruinado esas ensoñaciones e ilusiones?
¿La imaginación nos hace libres o nos encadena?
Hace diez años murió mi madre. No siento dolor; solo una suave, dulce y tranquila añoranza.
Viajo a la Grecia clásica: a Esmirna, Éfeso, Lesbos, Atenas.
"En la vida como en la literatura solo callarse es sincero. Cuando hablamos, representamos un papel..."
Sandor Márai, Confesiones de un burgués.
Tal vez excepto Juventud no hay película de Sorrentino que no despierte el aplauso de la crítica. Su estética nada tiene que ver con lo que espero de una película, pero, al menos, no me aburre como Almodóvar. Sin embargo, hay varios aspectos que sí comparten.
Ambos construyen un mundo artificial; tal vez la diferencia -y eso salva a Sorrentino- es que parte de una realidad barroca, exagerada, excesiva y esta siempre permanecerá, es una presencia constante en el arte y, mucho más importante, en la vida; Almodóvar, en cambio, prefiere mirar al espejo del cine y la literatura para levantar su teatro de marionetas.
Por otro lado, tenemos a personajes excéntricos, que nada tienen de convencionales. Sorrentino los construye a partir de esa realidad que cualquiera que visite Italia puede encontrar en sus iglesias o en sus palacios, en sus barrios y calles. En Almodóvar es un preciosismo que nace de la imaginación, del teatro y la representación.
Pero mi intención no era hablar de Almodóvar, un director muy sobrevalorado, a pesar de su talento, y que ya está, a su manera, despidiéndose del cine. Prefiero hablar de Sorrentino. Aunque haya partes de sus películas que me alejen como los movimientos de cámara laterales o circulares que se convierten en rimas -en esta Parthenope son metáforas del deseo o del amor- o esa cámara lenta preciosista e irónica, -un guiño o parodia de la estética del videoclip- nadie puede negar que las imágenes delirantes entre el surrealismo y lo estrambótico, fellinianas en estado puro -un lecho a la manera de un baldaquino que abre la película, un camión cisterna delante de un funeral con coche de caballos decimonónico y que vuelve a aparecer al final transformado en un autobús con banderolas del Nápoles- siempre te atrapan y logran mantener la atención.
Me parece que todas las películas de Sorrentino viven de esas imágenes e ideas brillantes -a veces condensadas en una frase genial "cuando llegué a los 65 años descubrí que no puedo perder el tiempo en cosas que no me apetece hacer" (a mí me gustaría haberlo descubierto antes), "la belleza como la guerra: abre puertas" - y que son el punto de partida de todo; más tarde, se estructuran en un guion coherente o una historia.
Como en La gran belleza, donde las palabras son huecas y vacías y los silencios esenciales y primordiales, donde el arte se eleva sobre la mediocridad y banalidad de las fiestas nocturnas, donde las jirafas aparecen y desaparecen mágicamente entre las ruinas antiguas, las aves zancudas descansan de su migración en una terraza y las fotografías diarias de una vida entera detienen el tiempo,
reconoces su estilo y también sus temas: la soledad, la juventud y el paso del tiempo, el dolor, la nostalgia o la saudade -aunque en el sur de Italia se lleve al extremo, al límite, y en Portugal o Galicia se acepte, aparentemente, con más calma-; la melancolía, los trampantojos, -metáforas de la simulación y la falsificación que nuestra mirada construye en la relación con el mundo que nos rodea-, la superficie barroca que se amalgama con el escenario natural o la ciudad milenaria, sea Roma, en La gran belleza, o Nápoles, en Parthenope:las termas de Caracalla y la bahía de Nápoles, el Vesubio y los palacios decadentes, transformados en un escenario teatral y, al mismo tiempo, espejos del Tiempo. También el recuerdo, donde se encuentran emociones vividas con otras, imaginadas y soñadas. Y la belleza, por supuesto. Una percepción de la belleza -que no excluye el sexo, aunque no sea su fundamento, porque como en el mundo de las Ideas platónico aspira a llegar más allá de lo sensible, de la piel y la primera mirada a un cuerpo desnudo de mujer; desea alcanzar las "raíces"-, una belleza que solo puede entenderse desde el Mediterráneo, porque nació aquí hace miles de años, en las costas de Grecia o de Italia o de Turquía, de Argelia, España o Egipto y, que, a pesar de la capa de cristianismo -representación y ritual teatralizado, milagro o misterio interpretado y representado, espectáculo de formas y colores- o del Islam -represión y ceremonial solemne y uniforme-, se mantiene pagana, vital, excesiva.
Y Sorrentino nos la muestra; aún más, nos la revela como un misterio, como lo era hace miles de años. Y es ese misterio el que deja poso en nosotros cuando Sorrentino nos cuenta una historia. Sí, es el misterio de los mitos, el de lo eterno que sobrevive a la superficie de las cosas y a las modas, el de los profundos y circulares ciclos del Tiempo.
"Los escuálidos e inconstantes destellos de belleza... en el fondo es solo un truco".
En las fiestas que se han celebrado hoy en tantos institutos y colegios no encontraríamos, aunque lo intentáramos, nada más que banalidad. Ni siquiera muestran la muerte como una celebración de la vida. Nada tiene que ver con los bailes medievales o los rituales de otras culturas. No, es una forma de ocultar lo que la muerte es. Veremos solamente una representación mediocre, infantil, repetitiva; una torpe imitación, ridícula y lamentable: una memez.
Si lees una biografía de Pizarnik o ves el documental ligeramente ficcionado de Mona Achache, Little girl blue, llegarías a la misma conclusión. Es posible que hayan influido en mi perspectiva.
El documental tiene como protagonista a su madre, Carole Achache, suicida como Pizarnik, interpretada por una inmensa Cotillard. Asistes a momentos conmovedores que te remueven por dentro. A veces, la madre se transforma en un alter ego de su propia hija; en otras, Mona consigue recuperar su fantasma, resucitarla, para poder abrazarla, perdonarla o, simplemente, escucharla. La voz grabada de la madre o sus fotografías encuentran un cuerpo real en la actriz y la actriz permite que su cuerpo sea poseído por una mujer escindida.
Las dos mujeres, madre e hija, sienten que repiten los mismos patrones y no pueden evitarlo, como una maldición: son violadas o manipuladas por hombres con talento -entre los que destacan Juan Goytisolo y Jean Genet-; ambas detestan a sus madres, porque no se enfrentaron a ellos.
Una amiga de la madre de Carole Achache, Marguerite Duras, dijo que cuando el vacío te arrastra y estás al borde del precipicio solo te quedan dos opciones: suicidarte o escribir.
Nombrar a la muerte y llamarla por su verdadero nombre es un acto de valor. Halloween no deja de ser una cobardía colectiva, un suicidio social, que intenta suavizar lo que no debemos contar, porque no nos agrada la verdad, y lo políticamente correcto, ya se sabe, nos impone sus reglas. No es la ingenuidad de un niño lo que he visto esta mañana -así se engañan muchos, cuando se disfrazan y participan en esta gran chorrada y bobería- sino la estupidez de los adultos.
Como ya he dicho, la sombra de Pizarnik es alargada.
Sí, los alumnos más interesantes, los que miran y mirarán el mundo de otra manera no estaban allí. Solitarios o solitarias que habían huido. Lo que yo también hubiera hecho, pero tenía que cumplir el horario.
Por eso acabé hablando con un compañero en una sala de profesores vacía -mientras a unos metros se gritaba y se aplaudía- de Han Kang, de la obra de Ketchum, de la maldad, del terror real: el que está dentro de nosotros mismos, el que llevó al suicidio a Pizarnik y a Carole Achache, el que nos recuerda que la muerte no es una farsa, sino la vida misma.
La primera vez ocurrió hace diez años: en Argentina, en un cama de un barrio de cuyo nombre no quiero acordarme.
Sin embargo, como sucedió con mi abuela, mucho tiempo después de esa muerte mi madre cocinaba, paseaba, iba de compras, hablaba conmigo, hacía un crucigrama, veía en la televisión su serie favorita. Y yo sabía que había muerto: lo decían los demás; los documentos oficiales lo confirmaban. Sin embargo, estos hechos cotidianos lo desmentían. Ella seguía viva.
Un día murió por segunda vez. No sé cuándo, cómo ni por qué...
Este sábado paseamos juntos por Pacífico. Hablamos de sus niñas, de las gemelas; me pedía que les escribiera una carta. Se lo prometí…
Hace unas horas he estado en una fiesta con ella; teníamos que subir a un avión a la mañana siguiente. Y pensaba que debía escribir esto en un blog, que mi madre está bailando, riendo, que está viva, aunque yo sé que murió hace mucho tiempo, aunque yo vi su cuerpo descomponiéndose.
Está cansada; quiere irse a dormir, como la primera vez que murió. Sé que tengo que abrazarla porque tal vez sea la última vez que pueda hacerlo. La beso en la mejilla; noto el tacto de su piel, el color de sus mejillas...
Hay vidas que una y otra vez se resisten a desaparecer de nuestra memoria.
Es la segunda vez que veo a Liddell en un escenario. Ya sabemos que nada de lo que hacemos o experimentamos es como la primera vez.
La primera vez que se descubre a Liddell nos fijamos en su energía, su talento para llenar el escenario de un teatro, sus largos monólogos-homilías, el humor sarcástico en el que nadie sale bien parado -sobre todo, los críticos franceses porque "los españoles ni siquiera merecen que se les mencione"-. Ya se sabe, los españoles "solo entierran y destierran, entierran y destierran". "España es una enfermedad mental".
Sea porque es la segunda vez o porque Liddell ha cambiado el registro me he fijado en un aspecto que destaca mucho más en este "homenaje" a Bergmann: su extraordinario talento en la puesta en escena.
Al principio de Dämon Liddell ofrece lo que su público espera: un acto de provocación. En esta obra se lava el coño, rellena un hisopo con el agua sucia y se la tira al público. Estaba en la fila cinco; pero el agua solo llegó a la fila tercera, así que no fui bendecido.
Después viene la larga perorata en la que todos salimos mal parados -sobre todo los críticos-.
Y hasta aquí la Liddell que se espera en un constante juego metalingüístico donde la lengua y el tema son ella misma. Es difícil que no te toque, sea con el humor o con el dolor. Puede cansar y aburrir, sin duda, y también puede impactar. ¿Quién no morirá cagándose, meándose? Sí, nuestros padres cuando mueren se cagaron y se mearon. Nosotros también lo haremos. Ese es el tono, pero Liddell combina, como siempre, lo escatológico y lo metafísico. Son sus reglas: o las aceptas o no.
Sin embargo, el resto de la obra busca otros caminos. A partir de una duda lanzada al vacío "¿Cuál es la pregunta más importante?" pasa a una escena en la que persigue y es perseguida por unos hombres de negro que empujan una camilla, la misma que nos llevará al tanatorio. Y Liddell repite una y otra vez: "¿Habéis sentido algo? ¿Habéis sentido algo?"
Y a partir de aquí la creadora, la artista se convierte en una maestra de ceremonias donde el espacio, los objetos, los personajes mudos y el sonido son elementos indispensables para entender su mundo y, de manera paralela, el de Bergmann o Strindberg. Su talento es extraordinario. Sus temas, los de siempre: la religión, el arte, el miedo, el sexo y, sobre todo, la muerte.
Pasadas estas escenas en las que se insinúa alguna referencia al director sueco -hay una parodia-homenaje con ancianos, un Papa casi en cueros, los cuatro hombres de negro, un hombre desnudo y cuatro jóvenes mujeres desnudas de la danza de la muerte que te recuerda a la de El séptimo sello
"No siempre hay que alegrar a la gente; conviene asustarla de vez en cuando", nos dice el pintor de murales.
o asistimos a la interpretación sobria de una escena de una obra de Strindberg, la preferida por el director sueco; menciona Persona o la habitación roja de Gritos y susurros- Bergmann es enterrado en una ceremonia o representación convencional donde la música alta devora las palabras y el silencio.
Y llega el final. Liddell se confiesa junto al féretro de Bergmann. Le pide matrimonio, reflexiona sobre la muerte: su propia muerte, nuestra muerte.
Hay un momento en este último monólogo en que Liddell calla. Y alarga el silencio.
No hay nada más revolucionario en un teatro ni más provocador que un largo silencio.
Y Liddell lo sabe.
Liddell se retira. Y el espacio, como al principio, se queda vacío. No hay personajes. Solo el féretro de Bergmann. La muerte nos ha dejado sin palabras. Solo nos queda el vacío.
Si algo define a Jonás Trueba es su originalidad. Rodeado de un cine español comercial de factura técnica intachable, pero que ha asumido determinados estereotipos en películas de género o productos mascados para contentar al gran público, este director ha sabido con su estilo contarnos de otra forma, "francesa" en el fondo y en la forma, las relaciones de pareja.
Siempre me han agradado las películas de Jonás. No solo por su frescura sino, sobre todo, porque sabe con muy pocos medios contarnos historias sencillas y atractivas. No busca al gran público, sino a una minoría cinéfila, "cultureta", afrancesada que preferimos la elegancia y la inteligencia al exceso, lo superficial y convencional.
Un buen ejemplo de esto último es Paco Roca y todas las adaptaciones de sus obras, incluida La casa. Acaban aburriéndome, porque no aportan nada nuevo y, además, caen en la sensiblería y el sentimentalismo. Quiero que me traten como un igual, no que me manipulen a la manera de Spielberg.
Así que aquí tenemos a Jonás; un Jonás que está orgulloso de las influencias recibidas: Truffaut o Godard o Rohmer, el gran cine francés.
Y es aquí donde tal vez yo le pida más. En esta película, como en muchas de las últimas, además de contar una historia simple que parte de una idea excéntrica del tío Trueba -que interpreta al padre de la protagonista-, experimenta, juega con la "forma". Hay un doble juego de miradas, se divierte con las posibilidades del cine dentro del cine -Truffaut está ahí- o con el montaje discontinuo -Godard es la referencia, sin duda-.
¿Y por qué no va más allá? Truffaut y Godard sí lo hicieron; sin embargo, Jonás Trueba, simplemente, se divierte. Me sorprende que no quiera explorar nuevos caminos. Tal vez haga bien; si alguien va más lejos, puede perderse. Y Jonás está a gusto moviéndose en su pequeño mundo.
Sea como sea, frente a una industria del cine español que apuesta por más de lo mismo -señal de mediocridad-, Jonás Trueba propone otra manera de mirar. Y eso siempre lo agradeceré.
Una de ellas es más conocida por los cinéfilos, Gena Rowlands. Actriz de carácter y fuertes connotaciones teatrales hizo sus mejores interpretaciones en las décadas de los años sesenta y setenta, sobre todo, con su marido Cassavettes. Su cine -porque, aunque los guiones eran de Cassavettes, es difícil imaginar a otra actriz que no fuera Gena Rowlands- es el punto de partida de un manera de ver el mundo independiente de la gran maquinaría de Hollywood y encontró su público y dejó herederos en las generaciones posteriores.
Actores desconocidos, escaso presupuesto, improvisación: aspectos que los relacionan con la Nouvelle Vague.
Su película más conocida es Una mujer bajo la influencia, un papel enorme, lleno de aristas que cualquier actriz hubiera querido interpretar. Y ella lo hace magníficamente.
Woody Allen la dirigió en Otra mujer. Es más, estoy seguro que escribió este papel a lo Bergmann para Gena Rowlands. Demuestra en esta escena con Mia Farrow por qué era una gran actriz.
Por otro lado tenemos a Alain Delon. Sorprenderá a quien no me conozca que haya puesto como fotografía de entrada un fotograma de La piscina. Mi admiración por Romy Schneider supera el tiempo y el espacio y no podía dejar de mencionarla. Y esta es una de las pocas películas en las que coincidió una de las parejas más icónicas del cine.
La piscina es una película de género -cine negro con un cielo azul y un verano tórrido- y cuatro personajes. Los dos devoran la pantalla y sus personajes se devoran mutuamente y destruyen lo que les rodea. Si esta película sigue atrayéndonos es gracias a ellos.
Alain Delon tiene otras obras en su larga filmografía. Las mejores, en general, las hizo en los años sesenta.
La mejor versión de Ripley -y la última es bastante digna- la interpretó Delon en una de sus primeras apariciones en la gran pantalla. A pleno sol juega con la ambigüedad que el actor sabía expresar a la perfección.
Es difícil sospechar que bajo ese rostro tan atractivo se esconda un hombre retorcido y un asesino. Que lo haga creíble es la gran baza de esta película.
Rocco y sus hermanos le consagró, sin duda. Aquí interpreta su opuesto: un hombre bueno y generoso. Quizá una de las mejores escenas de la película es esta: dos personas perdidas, agotadas se descubren y sueñan; tal vez puedan tener un futuro mejor. Las palabras que dice Rocco son hermosas; la lágrima de ella, Annie Girardot, Nadia, esa que se resiste a caer, siempre me ha emocionado.
En El gatopardo, también de Visconti, interpreta a un joven arribista que sustituirá a los amos de otros tiempos. El noble deja paso a los jóvenes cachorros para que todo cambie, para que todo siga igual. Claudia Cardinale es su pareja perfecta.
Antonioni lo dirigió en El eclipse. Bajo la excusa de una relación de pareja la película habla de temas como la incomunicación o el vacío existencial.
Añadimos un policiaco, El silencio de un hombre de Melville. Interpreta a un asesino a sueldo, frío y metódico.
Alain Delon es uno de esos actores que se convirtieron ya hace mucho en mito. Su muerte no va a cambiar el lugar que ocupa en el imaginario de todos nosotros.
Si el buen cine se distingue del mediocre es que arriesga o, al menos, cuenta las historias de siempre de una manera diferente. El nuevo cine catalán con directoras, la mayoría, que salen de la ESCAC, han conseguido el beneplácito de la crítica y un determinado público.
El primer largometraje de Laura Ferrés va en esa línea. Planos largos, sobriedad expresiva y actores no profesionales, movimientos precisos, cierta sequedad para contar la relación de dos mujeres que podrían ser madre e hija o podrían también no serlo. Tal vez no importe tanto.
Es posible que exista -y lo vemos en algunas escenas- un humor soterrado en esa actuación tan extraña para lo que estamos acostumbrados y que te puede hacer recordar a Tati. Es tal vez la parte menos interesante; la he visto antes en otros directores jóvenes y no me aporta nada. Por otro lado, los personajes secundarios no dejan de ser comparsas de las dos protagonistas, fantasmas que acompañan la historia central.
El tono general busca otra cosa, como si a través de ese planteamiento formal la directora quisiera profundizar en los gestos repetidos, esos que la vinculan a otro director francés, Bresson.
Como no podía ser de otra manera las entrevistas a personas corrientes en las que se pregunta por el primer recuerdo cuando llegaron a Barcelona sirven de hilo conductor y construyen un cierto tono documental en una película inclasificable.
Imagino que Laura Ferrés tendrá más oportunidades de bucear y experimentar visualmente en el futuro.
¿Es esta una historia de fantasmas? Sin duda, pero seguramente va más allá. En realidad, ya sabemos que las historias de fantasmas siempre sirven para hablar de otros temas. Por supuesto, de la muerte, pero también del pasado, de los traumas que no podemos superar, de la soledad, y del amor.
Ya he mencionado un par de veces en este blog que para mí Otra vuelta de tuerca de Henry James y la adaptación de Jack Clayton Suspense es la obra fundacional en este sentido del género de fantasmas bajo un prisma moderno y psicológico -aunque siempre, incluso en la Antigüedad, haya habido historias de fantasmas y los japoneses tienen un amplio repertorio-.
Los cuentos de la luna pálida de agosto de Mizoguchi recoge, por ejemplo, esa tradición. No profundiza, como si hace Henry James, en las complejidades de la mente de la protagonista, pero, a cambio, nos descubre ese extraño y misterioso mundo paralelo: el que vivimos en los sueños.
La adaptación de la novela de Taichi Yamada, Desconocidos, escrita en los años setenta, cambia dos detalles importantes, -además del final- dos detalles que curiosamente también Eloy de la Iglesia decidió incorporar en su adaptación de Otra vuelta de tuerca. Uno es que se desarrolla en Londres; el otro, la orientación sexual del protagonista, en este caso, homosexual. No son baladíes, porque con ellos se construye toda la trama, una trama que solo tiene cuatro personajes -el resto del mundo no existe o como si no existiera, el personaje no establece ninguna relación con nadie más; solo conoceremos su mundo interior-.
La historia se mueve entre lo real y lo imaginado, entre lo ficticio y lo soñado. ¿Es la historia de un hombre solitario que imagina, mientras la escribe -es guionista-, un encuentro con sus padres fallecidos y una primera historia de amor vivida con intensidad? ¿Es tal vez también él mismo un fantasma que, atrapado en un edificio vacío, necesita restañar heridas del pasado? ¿Es una mente enferma que necesita recuperar, en sueños o en una realidad alternativa, a su padre y a su madre? ¿No es el sueño el único lugar, el único tiempo en el que podemos recuperarlos, abrazarlos, decirles lo que no pudimos decirles en su momento?
El director Andrew Haigh crea un ambiente onírico, nos traslada a la mente del protagonista, que se descubre a sí mismo, que se libera de sus traumas. También hay una trama amorosa, sin duda, y cerrada de una manera muy diferente a la novela, y, sin embargo, bien traída y encajada, porque las mejores historias de amor -no todas, pero casi todas- son de amores imposibles o soñados o imaginados o irreales.
No sabría decir si el final es feliz o desesperado. Estamos ante un personaje que ha logrado superar sus miedos, pero, a cambio, solo le es posible vivir plenamente, ser feliz en ese mundo irreal, imaginado o soñado que ha recreado a lo largo del metraje.
Así que, y esto es una certeza que no admite dudas, solo cuando nos encontramos entre el sueño y la realidad podemos saber realmente quiénes somos.
El abrazo de un padre. Nunca fuimos capaces de decirnos lo que sentíamos. Siempre me quedará esa herida...
Tendría que buscar relación entre estas cuatro películas, ya que he decidido ponerlas en el mismo enlace, y alguna hay, sin duda. Por ejemplo, tanto El rey de la Araucania como la película de Gondry, El libro de las soluciones, se atienen al subgénero de "cómo hacer una película y sobrevivir". Que decidas que sea una comedia delirante y absurda, como hace Gondry,
o un drama que se mueve con soltura entre el realismo y un cierto aire místico, como la película argentina,
depende del punto de vista que elijas. En ambos casos hablamos de locura, porque hay que estar muy mal de la cabeza para poner en marcha una película, y todos los que lo hemos intentado lo sabemos. En ambas opciones la locura o la obsesión conduce al protagonista al desastre, a la soledad o al aislamiento, pero parece imprescindible para que los personajes, con toda su carga de genio romántico, se sientan vivos. La película del rey se centra en un rodaje condenado desde el principio; El libro de las soluciones está más interesado en el proceso de montaje y postproducción y en el mundo interior del director. El final de la película de Carlos Sorín es un guiño a Don Quijote y Sancho Panza donde el Sancho actual es un paciente director de producción. En Gondry la directora de producción huye, agobiada por las manías y locuras del protagonista que, tras ver el montaje en una sala de cine, acompañada de su pareja, con la que van a tener a un hijo, y su mejor amiga, la montadora, se volatiliza.
De Guerra civil poco bueno que decir. Sí, claro, es una película de Hollywood, bien armada, que te arrastra; sin embargo, al terminar de ver la película te das cuenta de que te han querido contar una historia de aprendizaje en un viaje de cuatro personajes -reporteros de guerra- con un entorno violento. Bueno, puedes aceptarlo. Menos te gusta que esa violencia sea no solo justificada, sino convertida en un gran espectáculo, idealizada: fuegos de artificio superficiales en su tramo final que podrían haber transitado un camino diferente, mucho más interesante.
Hay un discurso fascista que la película, tal vez sin proponérselo o sí, defiende. Lo que podía haber sido una reflexión sobre la violencia -y hay películas que lo han hecho a lo largo de la historia del cine de gran calidad-, deja de serlo cuando los conflictos y la complejidad desaparecen y solo encontramos un discurso simple y hueco: acción sin reflexión. Yo, al menos, no puedo entender a los personajes, pero mucho menos que lo interesante sea hacer una fotografía de acción de un soldado sin profundizar en la realidad que les rodea. Al final la ideología que hay detrás de esto es la que permite simplificar la realidad y cometer todo tipo de atrocidades. Y esta película las alienta y las justifica como tantas otras de Hollywood.
El mal hijo de Sautet, en cambio, tiene casi todo lo que busco en el cine: personajes interesantes y una historia que me emocione.
No es nada original lo que cuenta: el conflicto entre un padre y su hijo, incapaces de expresar sus emociones. Cuesta ponerse en su lugar; es mucho más fácil cuando los personajes femeninos son el centro de la historia o si está Romy Schneider. Sin embargo, los actores cumplen su papel con solvencia y el guion esta construido milimétricamente desde el principio; por ejemplo, cuando descubrimos el conflicto del protagonista con dos preguntas rutinarias sobre la fecha de nacimiento de sus padres.
Siempre lo mejor en Sautet son los detalles, porque lo más importante no es lo que se cuenta -casi siempre hablamos de lo mismo- sino cómo lo contamos. Sautet sabía convertir lo cotidiano, esos detalles, en una manera de profundizar en la vida y sus contradicciones.
Aquí, el trabajo, las acciones diarias y repetitivas, los bares, las casas, los objetos, las miradas, los silencios tienen muchísima más intensidad que la violencia espectacular de la película anterior, deja mucho más poso, preparan el camino sutilmente, sin énfasis.
¿Cómo olvidar la forma en que su padre le cuenta cómo murió su mujer? Es seca, brutal y, sin embargo, también íntima. Los intentos de acercamiento del hijo se mueven entre la torpeza y la incomodidad; el padre los recibe, tenso y rencoroso. Y, más allá de los diálogos, lo vemos en sus gestos, el tono de voz, las miradas.
El final parece feliz: cierras tus propias heridas, aceptando a tu padre tal cómo es y aceptándote a ti mismo. Los personajes no pueden ir más allá. Sí, es demasiada cercana a mi propia experiencia y, por eso, me llega tanto. Pero también es un final abierto, porque la vida fluye y no puedes detenerla; no hay felicidad, sino fugacidad. Y eso Sautet lo sabía contar muy bien.
Los griegos hace casi tres mil años inventaron una manera de consolidar lo que les unía: los juegos panhelénicos. Entre ellos destacaban los de Olimpia. Así que decidieron bajo la protección de Zeus no matarse durante el periodo en el que sus atletas competían por su polis.
Los juegos modernos heredaron esta idea, pero lo de la tregua olímpica no suele funcionar. En los juegos de Munich varios atletas israelíes fueron asesinados, si mal no recuerdo. En estas dos semanas Israel -que ha participado en las competiciones al contrario que Rusia y Bielorrusia, vetadas- ha matado a varios líderes de Hamas y, también, aunque no se hable de ellos, a cientos de palestinos, mujeres y niños. ¿Alguien les ha recordado durante los Juegos? Irán prepara su venganza en un plato frío. La guerra de Ucrania continúa, aunque parece que, aquí sí, han preferido intercambio de espías hasta el miércoles que abrieron un nuevo frente. En Venezuela Rusia y China apoyan a Maduro; Estados Unidos y sus aliados alientan un golpe de Estado. La segunda guerra fría está en marcha y no puede detenerse ni siquiera durante unos días.
Un buen reflejo de la realidad sociopolítica son estos juegos. Siempre son una borrachera de nacionalismo y patriotismo. Hitler supo aprovecharlo muy bien. Y no solo él. Rusia y Estados Unidos alimentaron a lo largo de la primera guerra fría un enfrentamiento deportivo. Bajo la protección del deporte con esos valores tan manoseados del esfuerzo y la superación de los límites, la impresionante inversión económica ha tenido siempre un objetivo fundamental: alimentar la intensidad emocional que permitirá con posterioridad más gasto militar, más guerras por el control de los recursos -sea el agua, el gas, el petróleo, el litio-. Los dos grandes bloques, liderados por China y Estados Unidos, y la geoestrategia de un mundo al borde del precipicio. Francia olvida sus disputas internas. Volverá a ellas, cuando terminen los juegos. Ha conseguido alejar a los mendigos del centro, militarizando la ciudad de la luz, mientras la xenofobia ha hecho acto de presencia en el país vecino, al otro lado del Canal de la Mancha. Objetivo cumplido: turismo de masas, dinero a espuertas. Y por aquí, más de lo mismo, aunque siempre está Puigdemont para recordarnos que somos un país contradictorio, absurdo y de pandereta.
Como hay seres humanos, los Juegos también tienen una parte más interesante para un observador imparcial de la naturaleza humana. En algunos deportes, sobre todo en el fútbol, se impone la competitividad y la agresividad; nada queda de ese mantra: lo importante es participar. No, en este deporte con atletas de primera, entrenados con mucho dinero, ganar es lo primero. Tu país, lo segundo. El resto, depende.
Hay amistades y solidaridad, por supuesto, entre los protagonistas de estas historias. La gimnasia, la natación y el atletismo me parecen los deportes más atractivos. Su belleza, su estética; cuerpos que se exigen límites imposibles. Llegan las lesiones o las retiradas antes de competir, los problemas mentales. Hay atletas de cuarenta años que no han sabido retirarse a tiempo. Biles entendió que es mejor sonreír a ganar más medallas: sabiduría oriental o epicúrea.
Duplantis salta 6,25 metros. Un nadador chino, Pan Zhanle recorre 100 metros en 44 segundos. Se duda. Poco. En los años 80 atletas de Alemania Oriental batían récords, que aún se mantienen, con ayudas extras. Todavía tenemos los records de Florence Griffith que murió prematuramente. Forzar los límites también tiene sus consecuencias.
Estos héroes despiertan nuestra admiración porque superan nuestras propias limitaciones, pero también muestran su fragilidad, sus debilidades: su humanidad.
Termina el espectáculo, la gran fiesta, el circo. ¿La última gran fiesta antes del desastre? Las bolsas del mundo han temblado. Terremoto doble en Tokyo. ¿Es un aviso?
Como sucedía con los griegos habrá Píndaros que, bien pagados por sus polis o Estados, escribirán poemas o, en nuestro caso, reportajes que loarán las virtudes de sus atletas. Y después se seguirán matando, como hacían los griegos. Somos humanos, ya se sabe.
Si, escuchando una canción que le recuerda a un ser querido -El final del verano, por ejemplo, le puede recordar a su madre, como me sucede a mí- o contemplando por última vez lugares donde ha sido feliz o aceptando que nunca volverá a vivir ciertas experiencias; -así le ocurre al protagonista de El regreso de las golondrinas al final del metraje
o a mí mismo, cuando descubro que la felicidad frugal y sencilla, construida poco a poco, como la casa de adobe que levantan juntos, ligada a la tierra y a la naturaleza, y la intimidad de los dos personajes de esta película china, tan amables y bondadosos, es fugaz y efímera-; entonces, si siente que le cuesta respirar porque el dolor y la tristeza profunda que el recuerdo ha despertado en usted ha alcanzado un alto nivel de intensidad es recomendable seguir los siguientes pasos.
En primer lugar, tome aire, respire profundamente y cierre los ojos; a continuación ha de echar la cabeza hacia atrás. Conserve la calma y permita que el dolor siga su curso. Si necesita llorar, puede hacerlo. También puede sonreír. La nostalgia, que forma parte indisoluble de la vida, es amarga y dulce.
Tenga en cuenta, además, que ese dolor es necesario. Sin él no seríamos nosotros, no estaríamos aquí. Sin él no tendríamos este presente, porque no habría ni pasado ni futuro.
Ozu la consideraba una película fallida. No deja de ser, es cierto, un melodrama convencional: una mujer se ve obligada a prostituirse para salvar la vida de su hijo; cuando su marido regresa, terminada la guerra, debe perdonarla para poder empezar de cero. Y sí, los personajes hablan a veces demasiado, hay mucha carga moral, un poco de sentimentalismo y un mucho de patriarcado tradicional.
A pesar de estos mimbres, Ozu ya domina todos los recursos, ha creado un estilo propio que se encuentra a la justa distancia. El exceso y el melodrama simplón es transformado en sencillez y elegancia.
Hay momentos en que sabe con muy pocos medios -un par de planos y gestos de una violencia extrema- describirnos una violación en un matrimonio o un "accidente" en el hogar. Es de tal brutalidad y simplicidad que nos deja helados.
El mismo personaje masculino es también capaz de tener un gesto de ternura con una desconocida, otra prostituta a la que conoce, cuando va al lugar donde trabajó su mujer. ¿Por qué va allí? Para mí es evidente. Necesita estar en la habitación donde ella se prostituyó; ese espacio adquiere una entidad física y así, piensa, podrá descargar su rabia y su dolor. Sin embargo, la prostituta que le presentan, muy humana, comparte con él un recuerdo de infancia y, más tarde, en otro lugar -un descampado donde el protagonista busca estar solo y ella suele ir para comer- Ozu nos mostrará con delicadeza un encuentro, un instante de comprensión y entendimiento entre dos personas.
Pero por encima de todo están esos planos "vacíos" o, más bien, sin personajes, pero llenos de un espíritu difícil de definir que forman parte del estilo de Ozu: el plano del lugar donde ella se ha prostituido -lo conocemos después de la acción, completamente elidida-; los planos de su casa, los del barrio, la casa de un amigo del marido, las nubes del cielo... Cada plano vacío nos cuenta una historia o muchas historias, las que allí han ocurrido, las que podrán suceder.
Esos planos nos dicen lo más importante, lo que todas las historias cuentan, lo que todas tienen dentro de sí: el paso del tiempo.
Títulos de crédito: se escucha la tierna y elegante música de George Delerue mientras una mujer desde su asiento del autobús contempla un desolado páramo castellano.
Desde el primer momento uno se pregunta cómo Bardem va a encajar cosas tan dispares. George Delerue representa como nadie el cine de la Nouvelle Vague; las imágenes de una Castilla seca y dura nos recuerdan, en cambio, la mirada de la generación del 98, la de Calle Mayor o Muerte de un ciclista, sus dos películas más reconocidas.
Hay a veces un tono documental que podemos apreciar en esta secuencia en la que el personaje, una actriz francesa de variedades, hace compras, mientras es perseguida por las miradas entre curiosas e indiscretas, agresivas, muy sexualizadas de los habitantes de un pueblo por cuya calle mayor pasan de noche decenas de camiones.
A continuación, como se puede observar en las dos escenas siguientes, encuentra a dos personas que hablan francés. Un joven profesor, del que luego hablaré, y en el bar del pueblo a un camionero que estuvo en Francia en un campo de concentración en el 39. En realidad, como ella, dos inadaptados que no encajan en un lugar como este.
Volvamos al meollo de la historia.
Al principio los dos personajes centrales son una pareja casada desde hace más de veinte años. No se quieren, están solos, no son felices. Los interpretan con solvencia Julia Gutiérrez Caba y Antonio Casas. Torturados y oscuros. Representan el pasado. Es una sociedad hipócrita donde solo caben los rumores y las malas lenguas y una forma de pensar anclada en normas opresivas, sobre todo, para las mujeres.
Están condenados a vivir una vida incompleta, conscientes, al contrario que sus vecinos, de que han desaprovechado las pocas oportunidades que han tenido; aceptarán y asumirán, eso sí, el papel social que les corresponde, como siempre han hecho. Un buen reflejo de esto aparece en esta discusión en el que por primera vez se dicen claramente lo que piensan. Pertenece a otra época, afortunadamente, muy lejana. O tal vez, no tanto...
Por otro lado, tenemos dos personajes que durante casi todo el metraje giran alrededor de los anteriores, interpretados ambos por actores franceses, mucho más cercanos; los entendemos, porque son como nosotros o como nos gustaría ser. Ella es una mujer libre, sin ataduras, que por una operación de apendicitis ha tenido que quedarse en este pueblo y que se liará con el marido; él, un chico joven, profesor de francés, poeta en sus ratos libres y amigo por carta de Vicente Alexandre, sensible e inseguro, enamorado de la mujer madura que interpreta Julia Gutiérrez Caba. Son la juventud, la esperanza de un futuro nuevo, la vitalidad.
Y es aquí donde reencontramos el tono lírico y tierno de Delerue. Aislados, el idioma francés es su forma de liberarse y entenderse. Las relaciones que mantienen con la pareja de casados no tienen salida, así que se comprende que en las últimas escenas ambos construyan una tierna complicidad, sus personajes adquieran más peso y sean capaces de compartir un amor y un afecto que ninguno de los demás personajes puede expresar.
Así que, si una parte de la película te recuerda a Calle Mayor, opresiva y oscura, estos dos jóvenes te permiten pensar en un futuro diferente, más libre y feliz.
Sí, al final, Delerue y el desolado páramo castellano han encajado. Y bastante bien.
Powell y Pressburger formaron una pareja creativa a lo largo de más de una década, entre los años 40 y los 50. Pressburger trabajó en la UFA alemana hasta que Hitler llegó al poder; Powell colaboró con Hitchcock durante su etapa británica. Suyas son obras de una altísima calidad estética y visual: los cuentos de Hoffmann y, sobre todo, Las zapatillas rojas.
Hay obras menores que merecen también ser tenidas en cuenta.
Recuerdo con placer Vida y muerte del coronel Blimp, donde podemos encontrar otro de los aspectos que no han envejecido de sus películas: el de crear personajes muy cercanos con la inestimable ayuda y colaboración de actores ingleses de gran talento y acompañados de un humor británico elegante y sutil.
A veces contaban con actores y dinero de Hollywood y lo aprovechaban para explotar visualmente todas las posibilidades del color como sucede en Narciso negro o Corazón salvaje. En esta última, una mezcla extraña entre Cumbres borrascosas y Duelo al sol, el paisaje adquiere tintes violentos y cuasi míticos dentro de una narración que recuerda y mucho a un cuento tradicional. La protagonista se debate entre lo civilizado y lo salvaje en un entorno configurado con elementos tradicionales y convencionales quebrados por una Naturaleza que es presentada con una fotografía y una estética brillantes.
Hay una primera etapa de carácter propagandístico, rodadas, algunas de ellas, durante la segunda guerra mundial. Una de las primeras del tándem fue Paralelo 49. La idea no es nueva: un grupo de alemanes quedan aislados en Canada; su único objetivo será volver a casa. Lo encontramos ya en la Anábasis de Jenofonte. En la pantalla esa tensión del soldado que sobrevive en territorio enemigo se ha visto reflejada con gran acierto en obras como El submarino o En tierra hostil.
En el primer caso también son alemanes, pero la tensión se incrementa al estar encerrados durante casi todo el metraje en un espacio tan claustrofóbico como un submarino. La otra es una película de Hollywood con todos los medios a su disposición.
La película de Powell y Pressburger falla en este aspecto porque los personajes, a pesar de algún intento de matizarlos, no dejan de representar al nazismo en su versión más fanática y convencional y la parte propagandística lo devora todo. Sin embargo, puedes descubrir pequeños detalles en esa odisea que salvan el conjunto: el polvo de los caminos, el hambre que sienten delante de unos escaparates, el viaje en aeroplano, la tensión de ser descubiertos.
Es una película tesis que opone los valores de la democracia al fascismo. Esos valores son representados por personajes tipo que reflejan dichos valores: la tolerancia entre diferentes, la libertad de culto, la civilización, la libertad de expresión. Lo que sobrevive a esos personajes son los actores que los interpretan -entre los que destacan Leslie Howard o Laurence Olivier-; transforman personajes que en un guión serían cartón y piedra en seres de carne y hueso, creíbles, cercanos.
Sorprende encontrar entre estas obras menores una joya como The small black room. No es una película tan impresionante como las que harían en color, pero esa sencillez oculta mucho más talento de lo que parece, mucho más contenido de lo que podría pensarse de un primer vistazo.
Por un lado tenemos la historia de un personaje atormentado que no es capaz de superar sus problemas si no es bebiendo. Tal vez esta forma de contar una obsesión resulte arcaica y nadie utilizaría tales trucos técnicos en la actualidad, pero continúa manteniendo nuestra atención. Solo dos elementos: una botella y un reloj. Y un montaje asfixiante.
Por el otro, tenemos una relación de pareja más compleja de lo que era habitual en este tipo de cine. Asombra que, no estando casados y siendo su noviazgo ocultado a los demás, se asuma con naturalidad que vivan juntos. Recordemos que es una película de los años cuarenta. El personaje femenino, es cierto, no deja de ser el apoyo del protagonista y gira a su alrededor, pero tiene una entidad y una fuerza mucho mayor de lo que aparenta.
Finalmente la escena en la que debe demostrarse a sí mismo y a los demás que está a la altura se desarrolla en una playa. Es todo un tratado de cómo desmontar una bomba. Y se hace con sencillez y manteniendo la tensión.
No falta el humor británico en detalles: cuando un ministro visita la sala de pruebas y demuestra su ignorancia delante de una calculadora o mostrando los ronquidos de un soldado o, por ejemplo, el ruido de unas obras que interrumpe constantemente a los personajes, mientras intentan explicar en una sala de juntas temas de gran importancia estratégica.
Siendo una obra menor, es, seguramente, en estas creaciones donde podemos descubrir mucho mejor el talento de estos dos directores británicos, poco conocidos entre el gran público.
La estrella azul tiene ideas muy interesantes. La primera es contar la historia de un tipo peculiar, Mauricio Aznar, integrante de un grupo de rock en los años noventa, que desapareció demasiado pronto. La segunda es intentar hacerlo de una manera diferente, intercalando elementos semi-documentales y rupturas de la cuarta pared. Y es aquí donde el atrevimiento no llega tan lejos y decepciona.
La parte ficcional se deja ver y es agradable, bien rodada y documentada, bien interpretada. Nos encontramos con un tono amable; no hay que herir sensibilidades y debes agradar al espectador medio. No criticas en exceso el entorno de las grandes discográficas; se idealiza el mundo de Santiago del Estereo como lo haría un europeo. Cuentas la vida de un personaje utópico e idealista. ¿Quién no se puede sentir cercano? Todo el mundo es bueno, ya se sabe. El director ha hecho su primera película; quiere rodar más, por supuesto.
Sin embargo, ¿por qué no va más lejos en el planteamiento documental? Solo rompe definitivamente con la cuarta pared al final, pero ¿podría haberlo hecho antes? Nos va preparando, por supuesto, por medio de diferentes ensoñaciones que tiene el protagonista -tal vez lo más valioso de la película-: entra en la televisión convirtiéndose en personaje de un reportaje, asegura que va a morir en tres escenas -como así será- y le pide al funcionario de turno que cambie sus prioridades, recibe un par de veces la visita de la Muerte -bajo diferentes formas, incluida la de una joven, tentación que no puede controlar, o difuminando la imagen con cámara subjetiva-.
En el epílogo descubrimos que algunos de los actores que han intervenido en la parte de Argentina, como era previsible porque se nota en el tono, lo conocieron; el director, aquí, se decide por una entrevista colectiva que intercala preguntas convencionales y previsibles. El baile final con el equipo técnico es amable y nos deja una sonrisa, pero... ¿Por qué no se ha decidido antes por presentárnoslos? ¿Por qué no ha roto antes con esa cuarta pared de manera radical, intercalando esta ficción con un documental, introduciendo la realidad, mezclándola desde el principio, confundiéndonos, arriesgando en el envite? Tenía muchas maneras de hacerlo, pero no ha tomado ese camino.
La estrella azul se queda en una idea atractiva que busca al gran público o, al menos, al público cinéfilo. Podría haber sido mejor, pero siempre hay prioridades.
Los hijos de los otros -estrenada hace dos años- encaja con un subgénero bien asentado: mujeres de clase media, trabajadoras, con más de cuarenta años, que tienen su última oportunidad de ser madres.
El tono y el planteamiento me recuerdan al de La peor persona del mundo. No creo que sea casualidad. Si en la película noruega de Trier hay una evolución a lo largo de dos décadas, en este caso, son solo unos meses el meollo de la historia.
Es realista, se realza lo cotidiano con diálogos y situaciones creíbles, plausibles. El personaje es complejo; debe enfrentarse a contradicciones diarias. Es cierto que, si tienes algún bagaje cinéfilo, piensas en las películas que Sautet hizo con la maravillosa Romy Schneider y esa influencia siempre va a ser productiva. Es evidente en el plano en que la protagonista cierra los ojos, disfrutando de un rayo de sol, como lo hace Romy en el final de Une historie simple. No he logrado encontrar ese final, pero aquí tenemos el principio para disfrutar de Romy. Hay pocas actrices que logren con un único plano decir tanto...
Lo irónico es que el personaje de Romy, al final, está embarazada y decidirá tenerlo; la de Los hijos de los otros no lo va a estar nunca y tendrá que aceptarlo.
Volviendo a Los hijos de los otros. Te crees lo que ves, porque tú mismo has vivido o conoces ese día a día. Es profesora de instituto y puedo asegurar que esas escenas y esos diálogos -sean en una junta o en una clase- se dan. E igual podríamos decir cuando la directora y guionista nos habla de la relación de pareja o de los lazos que se crean con una niña que no es tu hija.
El último plano -otro homenaje a Sautet-, como suele ser habitual en estos tiempos, es una mujer caminando hacia delante, sola, sin hijos, pero satisfecha con la vida que ha elegido. ¿Es un final feliz? ¿O podríamos hablar de un final ambiguo? Plantea preguntas, pero, como suele ocurrir en la vida o en el arte, nunca hay respuestas claras.
Un turista inglés, cuerpo sin alma, acaba de vomitar en la estación de tren de Chamartín. Nadie se sienta a su lado. Sus compañeros no saben qué hacer, piden disculpas a quienes los miran con desagrado, ponen la mano en el hombro del amigo. Es inútil. La felicidad se ha marchado.
Torrelavega. "La educación cambia a los que cambian el mundo". Frase escrita en los muros de un colegio. Cuando se escriben, el tópico y la utopía se vuelven ingenuos y ridículos.
Niños jugando al escondite en pleno siglo XXI sin ningún tipo de tecnología; un gorrión muerto al borde de la carretera.
En los bares a veces ponen videoclips musicales como fondo, si no hay partidos de fútbol de la Eurocopa. Tienen muchos planos y el montaje es electrizante; no quieren que pienses. Hay excepciones: You`re beautiful de James Blunt me recuerda, salvando las distancias, al de Hardy. Solo tres planos de un muchacho joven y hermoso que a veces roza la abstracción. Con eso basta...
Viérnoles. Un jardín descuidado, abandonado; figuras mitológicas y un Neptuno, olvidado, rodeado de malas hierbas, se alza, orgulloso, sobre un mundo decadente. A unos metros, en el muro del patio de un instituto, una interpretación en clave feminista por parte de dos alumnas del mito de Medusa: rompe el tridente en pedazos, se rebela. Nos mira fijamente: "No, no soy un monstruo".
El Sardinero. Brisa del mar. Olor a salitre. La voz de un niño. Tiemblo; mis ojos enrojecen. Nostalgia de la infancia. Pies descalzos caminan sobre la arena, se mojan en la orilla, nadas; eres libre. Es suficiente estar aquí, escuchar el rumor de las olas, contemplar el infinito...
Un refugio entre los edificios de Torrelavega: bancos, mesas de madera, recipientes, plantas, dos puertas colocadas en el muro divisorio para darnos la impresión de que estamos en un hogar. Unos pocos vecinos han ocupado el solar. Antes este lugar fue un bar y aún se conservan sus baldosas; enfrente, había un prostíbulo. Esos clientes se fueron. Ahora es una empresa colectiva: desde hace nueve años.
Contemplo una herida, la huella de una operación en la cabeza, una recta casi perfecta; el pelo que crece no la oculta.
Los soportales de "Calle Mayor" se encuentran en Logroño. Planos fijos, fotografías convertidas en imágenes en movimiento; presente y pasado.
"Las letras vuelan, se escapan", me asegura un vecino. Los franceses fracasaron y no conquistaron Logroño para que los turistas en sus calles se emborrachen con vinos y devoren tapas de diseño.
Una escalera de color naranja que no lleva a ninguna parte.
Garray: casas y fincas. Fervor constructivo. Dinero a espuertas, trabajadores y menús a quince euros. Excesos capitalistas a los pies de Numancia. Sus ruinas no protegen esta locura. El Duero es ajeno.
Un hombre se arrodilla antes de entrar en la ermita del Mirón. Hay en Soria portadas románicas que lo merecen. No sería mala idea que todo turista lo hiciera y que, incluso, lamiera las piedras, mientras los demás les hacen fotografías. No descarto que alguien haga realidad algún día esta delirante ensoñación.
Machado, a unos pasos, empujaba la silla de ruedas de Leonor. Un ganadero de la Mesta enriquecido, unos metros más abajo, construyó un palacio a imitación del Escorial que ocupa cientos de metros cuadrados. Mis dientes mastican los torreznos, los trituran.
En el Duero un corzo se esconde entre las murallas; los arcos templarios de San Juan resisten el tiempo y el olmo reverdece. En la plaza Mayor la comunidad ecuatoriana celebra una fiesta: bailan, beben, comen y ríen.
Cipreses enmarcan el cementerio de Las Casas, un barrio de Soria. En un muro de piedra fueron fusilados una decena de hombres en 1936, enterrados en una fosa común, desenterrados hace un año. En este tiempo ha crecido el trigo; oculta el muro. No quedan huellas, ni sangre, ni se escuchan voces ni gritos ni susurros.
Suenan campanas. La llanura se extiende lejos, muy lejos. Campos segados o a punto de serlo. Nostalgia de mar.