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miércoles, 7 de enero de 2026

TARANTELA

 

Un implante baila la tarantela en mi boca: derecha, izquierda, arriba y abajo. Una motocicleta me avisa de su presencia; y otra y otra y otra. Cientos, miles encuentran su espacio, se escabullen, son las amas, señoras, diosas de Nápoles, más flexibles que los gatos, saben encontrar el sitio perfecto por donde han de pasar. Nadie les pone límites; ¿quién se atrevería? Los dioses paganos se imponen al cristiano: Totó, San Genaro, Maradona... Solo Totó era napolitano. El Vesuvio es otra divinidad; lo sería, si los cristianos no hubieran impuesto el suyo hace dos mil años. Los dioses castigan, castigan los excesos, ahí está Caravaggio, talento inmenso, ladrón, asesino, acabó sus días en Nápoles, una reyerta, herida mal curada, infección, muere Caravaggio, en las faldas del Vesuvio terminó su vida. Si estás delante de un cuadro suyo, estás perdido; todo lo que veas después será mediocre, mediano, innecesario, redundante, banal, si acaso se salve Artemisa y solo como digna compañera. ¿Y las iglesias barrocas bombardeadas por los americanos? ¿Y la pizza? ¿Y los belenes napolitanos, recargados de detalles, minucias, vida cotidiana? Aquí, el borracho, allá, la prostituta, acá, el viejo, en la mano el bacín, ¿dónde la tiro?, cae sobre un vecino, grita, las calles, las cabezas cubiertas de orín y excrementos, Juvenal vuelve a la vida, la ciudad es una tortura, no puedo dormir, la tarantela en mi boca, ruido de las carretas, de los coches, de las motos. Cientos, cientos, miles de turistas y napolitanos e inmigrantes comen, beben, compran, venden, gritan, hablan, aúllan, se desesperan. El implante baila, salta más rápido, uno, dos, tres, cuatro, unodos, trescuatro... Otra motocicleta que anuncia su existencia con habitual discreción; ¡son tan elegantes en su movimiento pélvico! y otra más y otra y otra. Los turistas visitan catatumbas, los restos de Parthenope, Neapoli, los bizantinos, los borbones, los muertos ya no están, ni siquiera San Genaro, bien enterrados sus huesos bajo la cúpula del Duomo, bien guardados en un frasco su sangre, la que protege a la ciudad hasta el fin de los tiempos. Los turistas recorren ciudades sepultadas por el lodo, el fango, las cenizas, el flujo de gases, Pompeya, Herculano, villas y gatos, sí, y gatos que esperan, pacientes, acechan ¿qué aguardan? Las pinturas se descortezan, las columnas se cuartean, se desprenden los paneles, el tiempo es implacable, obreros intentan, subidos en sus andamios, retenerlo, apresarlo: ese escriba con un pergamino en las manos, esos amantes desnudos, esos dioses escépticos, esos pájaros volando en el vacío, esas flores, creciendo en el muro. ¡Qué carajo de frío hace en Madrid! Secuestran a Maduro, Trump baila la tarantela con Putin y Xi Jinping, uno, dos, tres, cuatro, unodos, trescuatro... Arriba, abajo, izquierda, derecha. Petroleo por aquí, gas por allá, hace cincuenta años mataron a Pasolini, ¿quién lo recuerda? ¡Profeta Pasolini, va a llegar, sí, tenías razón, pronto llegará! En Nápoles el aire del mar suaviza, suaviza la crueldad y la herida, profunda. Cuatro jóvenes titiriteros hacen acrobacias en la plaza bicentenaria: una vuelta y dos y tres y cuatro, caen de pie, perfecto, gatos sonrientes, brazos en alto, drones volando, aviones bombardeando. 

Me siento, descanso, agotado, en el paseo marítimo. Una pareja de jóvenes se besa al borde de la baranda; cierro los ojos. Vuelvo a abrirlos: hay otra y otra y otra, ¿de dónde salieron?, decenas de parejas enamoradas se besan y abrazan a la orilla del mar: el amor crece sin medida, ¡disfrutad de su crecimiento!, el amor morirá, llegarán las facturas, las hipotecas, las riñas, el silencio, el desprecio, el odio, la distancia, el recuerdo de su piel, pero, mientras tanto... Che cazzo fai, dice la ragazzina, ti faccio l'amore, te diría, ragazza, si fuera joven, si te tuviera entre mis brazos, si... Unodostrescuatro... Unodostrescuatro...

Se delinea al fondo, oscuro, inflexible, indiferente el Vesuvio, volcán dormido. Despertarás, lo sé. Es inevitable, pero, te lo pido, ¡deja que los jóvenes amantes se besen, se abracen, bailen, dios cruel! ¡Espera, divinidad napolitana! Llegará tu momento. Y, entonces, quitarás la vida que diste, generosa. Ahora, mientras tanto, permite, por favor, te lo ruego, que te adoren, que se besen y abracen y bailen la tarantela estas decenas y cientos y miles de jóvenes amantes. 


miércoles, 31 de diciembre de 2025

UNA MIRADA, UNA SONRISA


Solo sobrevive este trozo de cierta entidad; pertenece a una gran pintura mural de Cnosos. El resto son más pequeños y no permiten reconocer nada a simple vista, a no ser que seas un experto en la materia. Evans la llamó "La parisiense". Llamarla "retrato de mujer elegante" o "sacerdotisa desconocida" hubiera sido más apropiado, pero Evans sabía que, si quería conseguir financiación para sus excavaciones, debía interesar al gran público y en los años veinte del siglo pasado París era el centro del mundo.

¿Quién es esta mujer cretense? ¿Dónde está? ¿A quién mira? ¿A quién sonríe? Los arqueólogos con los escasos restos disponibles proponen sus hipótesis: o es una sacerdotisa durante una procesión o tal vez sea una cena ritual y, como más tarde harían los etruscos, está sentada en un trono o un sitial y observa y escucha embelesada a su compañera o compañero, mientras le entrega un vaso ritual. 

Nunca lo sabremos con certeza.

De camino a la Canea una sucesión de picos conforman la silueta de un rostro de gigante, mirando al cielo. Reconozco la barbilla, la boca, la nariz, el mentón. ¿Será Talos? Hay quien afirma que aquí fue donde se transformó en piedra. También aquí fue criado Zeus, ocultándolo en una cueva para que Cronos no supiera de su existencia; más tarde, dueño y señor del Olimpo, vencidos los Gigantes, viola a Europa. Y ya sabemos qué pasó después. 

Cada pico tendrá su nombre. No hay lugar que el ser humano no haya hecho suyo, dándole un nombre, marcándolo, fijando la frontera entre lo que existe y lo que no existe. 

Curvas, curvas, curvas por una carretera al costado del mar. Farallones, cabos, acantilados, barcos pequeños faenando, casas que aprovechan las colinas al borde del precipicio, incumpliendo normativas, raíces de olivos, reflejos del sol en el agua. Pinos, carrascal, encinas, alcornoques se aferran al trozo de tierra que les ha tocado. Moles que se alzan desde el mar hasta el cielo.

Extraña sincronía del tiempo. Hace frío por la mañana y por la noche, calor a mediodía. Chaparrón de repente, un poco de sol. En un mismo día los extremos se tocan.

Si avanzamos al interior, entramos en una amplia llanura, algunos cultivos, rodeados por infinitas plantaciones de olivos, poblaciones arracimadas, diseminadas.

En Rethimno las zonas residenciales se adueñan del litoral, casi todas tienen en el tejado sus dos placas solares. Verás lo mismo en cientos y cientos y miles de ciudades costeras durante el invierno: hoteles, chiringuitos y restaurantes cerrados, apartamentos con las persianas bajadas, dormidos, pistas de tenis y piscinas abandonadas.

Una cumbre destaca solitaria, nevada, el Lefkatri, más de dos mil metros de altura. Aparece la bahía perfecta, protegida de las corrientes, defendible de ataques exteriores, piratas o civilizaciones enemigas. 

En la Canea entre carteles reivindicativos de AKK, antifascistas y revolucionarios, gatos negros, anarquistas por naturaleza, que buscan refugio en sillas de paja, viviendas que se apoyan sobre murallas bizantinas, calles y muros y fachadas encaladas del barrio de Splantzia, descubres a una niña; decora el escaparate de un restaurante: sus rotuladores dibujan piruletas, molinillos de viento, escriben καλή Χρονια. Me mira: se excusa con una sonrisa; ella es una artista y tiene privilegios. ¿Quién lo duda? Concentrada, seria, sabe perfectamente lo que crea. Su mente concibe una idea; la pone en práctica, pero, ¡ay!, una familia inglesa va a sentarse a la mesa contigua; el padre de la artista, uno de los propietarios, le llama la atención: tendrás que dejarlo para después. La niña de rizos rubios, orgullosa, se retira. ¿Qué sabrá mi padre de la inspiración?, piensa. Esta niña ya ha descubierto la regla número uno de la creadora: el arte es secundario; el negocio siempre es lo primero. Quien paga, manda. 

En Heracleion nacieron el Greco y Kazantzakis. Ambos murieron lejos. Al menos, el escritor fue enterrado junto a sus murallas. "Nada quiero, nada espero, soy libre".

Las murallas son de origen veneciano. Creta fue el centro de sus rutas comerciales por el Mediterráneo: cuatro siglos que solo dejaron estas murallas, los arsenales, tres fuentes y un edificio que administraba las operaciones comerciales, la Loggia. Muros que resistieron un asedio de ventiun años. Los turcos vencieron la defensa que Mocenigo dispuso alrededor de la ciudad; sin apoyos, tuvo que rendirse. 

Un nuevo nombre para olvidar el antiguo: Kastra por Candia, los turcos explotaron a sus habitantes, echaron de menos a los venecianos. Ενωσις η Θανατος. "Unión con Grecia o muerte" . Recuperamos el antiguo nombre de Heracleion. Independencia. O casi. Los nuevos amos hacen sus cuentas en Berlin, Londres o Nueva York.  Mientras podamos comprar, gastar, abrir los negocios, bien estará, dicen los griegos. ¿Crisis? Lejos quedan los recuerdos de la anterior, de un hombre desesperado que se quemó, de una izquierda derrotada otra vez. ¿Vendrá otra crisis? ¡Que venga! Todos sabemos que solo existe el presente...

Murales de camino al faro en los murallones: el rapto de Europa, con ella empezó todo, sirenas y ninfas, flechas cretenses, delfines y sacerdotisas minoicas, grifos. El motor de un avión que vuela a Atenas, la sirena de un barco de pasajeros. Sentencias reflexivas a la manera de acertijos heracliteos, pintadas en griego, siempre quedan bien en el idioma que inventó la filosofía: εμπειρία μου ζεμαθε τον κόσμο, η αστραπή η ζωή μας μα προλαβαίνουμε, η αλήθεια έναντι θάνατον δίδεται. "mi experiencia calienta el mundo; el trueno: ponemos al día nuestra vida; la verdad se entrega contra la muerte".

Las sacerdotisas cabalgan sobre grifos, tres animales son llevados al altar del sacrificio en las pinturas de una tumba de Hagia Triada. El Cancerbero nos mira; descansa a los pies de Proserpina-Isis y Plutón-Serapis. Sincretismo, dicen. Al perro de tres cabezas, sin bridas, perdidas por el camino del tiempo, no hay quien lo sujete. 

Damaskinos conoció al Greco. Como él fue a Venecia. Aprendió de Tintoretto. El Greco buscó fortuna en Toledo; Damaskinos regresó a su tierra. Y pinta maravillas. Seis de ellas cuentan decenas de historias. En su Resurrección vemos en segundo plano un ángel sentado sobre la tumba vacía, como si fuera el sillón de su casa. María Magdalena gira su cuerpo, las piernas se le doblan, el terror y la sorpresa la dejan temblorosa, desfallecida. Y en primer plano dos miradas. María Magdalena fija sus ojos en Jesucristo, esperanzada, sorprendida. El cuerpo de Jesucristo es hieratico, frío, el que corresponde a un dios, pero, ¡ay! su mirada le delata, es tierna, cálida, comprensiva, solo un ser humano miraría así a otro ser humano. 

¿Jesucristo y la Parisina, mientras los observamos, nos miran a nosotros? Es posible. Las miradas suelen ser compartidas. Y suelen ser también el comienzo de una historia, de cualquier historia. 

Χρονιά πολλά, καλή χρονιά! 



lunes, 29 de diciembre de 2025

LABERINTOS

 


El 28 de diciembre de 1895, hace ciento treinta años, se celebró la primera sesión del cinematógrafo, ese nuevo invento de los hermanos Lumière. George Meliès asistió a la proyección. Tal vez solo él fue consciente de lo que los Lumière tenían entre manos.

Hace más de tres mil años, nos cuenta un mito, Pasifae se unió con un toro. Nace el Minotauro y con él su laberinto.


En invierno Cnosos es una ciudad desierta. Echa de menos tiempos mejores: el calor asfixiante, hordas de turistas; en cambio, ahora, los hoteles, las tiendas de regalos, los restaurantes están cerrados. Tres turistas despistados nos bajamos del bus que nos ha traído de Heraclion; un par de coches en el aparcamiento; a unos pocos más, que contrataron una agencia de viajes, les espera un conductor relajado: consulta mensajes en el móvil, sonríe, responde.
Una fila de olivos, uno detrás de otro, en lo alto de una colina, esperando su turno. Hay más olivos que turistas en el llano, frente a la taquilla. Un picacho imponente, observador imparcial durante milenios. Y gatos y pavos reales. 

¿Por qué aquí estos pavos reales? ¿Habrá cerca un templo de Hera que los proteja? Los gatos parecen aceptar de manera displicente esta forzada convivencia. Y estos gatos cretenses te buscan, se acercan a ti, sin que tengas que llamarles. En Atenas, huyen. Aquí maullan, comunicativos, exigen tu atención y esperan el premio a sus desvelos. ¿Será que se han adaptado al carácter de los humanos con los que conviven o es una forma autóctona de supervivencia, transmitida de generación en generación a lo largo de milenios?

¿Qué ocurriría si los humanos dejaran de alimentarlos? Si hicieran este experimento no quedarían de estas aves ni las plumas. Mientras tanto, los gatos esperan pacientemente que llegue su momento. 

Cnosos es, en gran parte, una invención de Evans, su descubridor. No le bastaban las ruinas, los trozos de pinturas o columnas; necesitaba completarlas, darles vida. La imaginación, ya se sabe, lo quiere todo; es un amante insatisfecho. Una posible cisterna no era suficiente: necesitaba que fuera una sala donde se realizaran rituales de purificación. Quería la habitación de un rey, de una reina y de un príncipe. Quería un gran patio donde jóvenes de ambos sexos lucharan contra un toro. Quería a una gran sacerdotisa, adorada por su pueblo, diosa y reina. ¿Podemos recriminárselo? Los arqueólogos profesionales, que deben seguir métodos científicos, pueden hacerlo; nosotros, que no lo somos, le agradecemos que nos hiciera creer de nuevo en un mundo que había desaparecido por completo a finales del segundo milenio antes de Cristo. 

No importa que ese mundo, cuando entró en crisis, cometiera sacrificios abominables: esclavos y niños para calmar la ira de los dioses. ¿Podemos juzgarles? 

Quien desee la realidad áspera puede visitar Festos. Se pueden contar con los dedos de la mano sus visitantes en un lunes invernal. Los gatos se aburren. Su persecución es perseverante. Solitarios acompañando a un solitario. Del mar llegaban las riquezas de Egipto, al sur, y hacia el resto del mundo conocido los minoicos enviaban las suyas: su vino, su aceite, su cerámica, sus brillantes sellos dorados, sus joyas de amatista. 

La carretera que te lleva de Heraclion a Matala es el ruido de fondo. A cada kilómetro, a un lado del arcén, capillas en miniatura: hermas protectoras de los viajeros. 

Me recoge, mientras regreso a pie desde Hagia Triada, una amable mujer de unos sesenta años. En el corto trayecto en coche a Meiras, hablamos en un griego muy básico del tiempo: κρύο πρωί και νύχτα, μεσημέρι δεν. Nos deseamos, al despedirnos, un καλή χρονιά, χρόνια πολλά. 

El olivo es el rey incontestable, cientos, miles. Algunas vides espaciadas, algún naranjo y limonero puntean el paisaje. La zona montañosa, entre barrancos, escalonada por altozanos. 

Y algunos de ellos, como Festos, sirvieron para levantar palacios minoicos, residencias reales, zonas sagradas donde se celebraban rituales que solo intuimos por las pinturas, esculturas o joyas conservadas en los museos; depositos en los que se encontraron los enormes pithoi, esos que guardaban en su interior la tríada mediterránea: aceite, vino, trigo y que enriqueció a esta primera civilización y de la que no podemos saber cómo pensaban, porque su lenguaje, oculto en las tablillas de lineal A o en el extraño disco de Festo nos es desconocido. ¿Qué ocurrió alrededor de 1450 A. C? ¿Fueron terremotos o un gran maremoto, revueltas internas, la invasión de los micénicos? Los incendios de estos palacios protegieron esas tablillas de barro, petrificaron esos apuntes de escribas, cuadernos en sucio de funcionarios, transformados en eternas memorias, incomprensibles para nosotros. 

A un día soleado, primavera adelantada, le sigue otro nublado, ventoso. La mar rizada en miles de bucles; despeinada, lleva mal la resaca de la noche anterior. 

En las calles principales tiendas, restaurantes a rebosar: luces y canciones de Navidad: capitalismo triunfante. Los aviones despegan y aterrizan pasando cerca del fuerte veneciano, las murallas bizantinas, los templos ortodoxos. En un palacete abandonado ondea la bandera anarquista. Dos gatos, uno, joven, otro, más maduro, vigilan la entrada; nuevos barqueros, portadores de almas. Debes pagar el peaje, si quieres atravesar el Aqueronte. 

Las adolescentes de aquí se parecen a las de allí: risas incontrolables; el móvil, aparato imprescindible para informarse o divertirse; gustos musicales a la moda. No hay distancia entre ellas. Una mujer de mediana edad se persigna, al pasar delante de un monasterio. 

Los Lumière hicieron del cine un espejo con el que mostrar el mundo tal cómo era o como pensaban que debía ser. Meliès comprendió que la imaginación ha de ser capaz de crear mundos alternativos. Hace ciento treinta años nacieron las dos únicas formas de interpretar y entender el cine. 

Louis Lumière, recogiendo una palabra inventada por un creador frustrado, Leon Bouly, decidió llamar a este nuevo aparato cinematógrafo : "el que escribe el movimiento". 

Acostumbrados a esas imágenes en perpetuo movimiento, tiempo que se nos escurre entre las manos, atrapados en nuestros laberintos, redes infinitas, extrañas y complejas, reflejos distorsionados de los palacios minoicos, es muy difícil explicar un mundo en el que la realidad se describía con imágenes fijas o con palabras, signos y símbolos, un universo cuyos fundamentos eran los mitos y las leyendas, los dioses y sus rituales. 

Es un mundo que ya no entendemos. El tiempo es la única frontera inalcanzable, imposible, irrevocable. Nos separa definitivamente. 


viernes, 26 de diciembre de 2025

MARIPOSAS EN EL ESTOMAGO

 


Siempre sientes mariposas en el estómago cuando empiezas un viaje. La noche anterior o esta misma mañana. No importa que hayas preparado todo: billetes, alojamiento, equipaje con mucha anticipación; no importa que vayas solo o acompañado; no importa que vayas al pueblo de tus padres o a Japón; no importa que vayas a subirte a un avión o a un autobús o a un coche o a un tren o al metro o a un barco. En un viaje puede haber imprevistos, sorpresas, descubrimientos. Esa es su esencia.

Están las largas esperas en los que se recomienda una lectura, a ser posible del lugar al que viajas, a ser posible del idioma al que vas a enfrentarte en el día a día desde el momento que llegues al destino; están los cambios de última hora, los largos pasillos, los paneles informativos -en unas horas puedes estar en Montreal, Beijing, Marrakech, Buenos Aires, Estambul-, el escáner que decide qué pasa y qué no -los líquidos a la vista, los aparatos electrónicos-; está la facturación, las puertas de embarque, los controles de seguridad, las tiendas y restaurantes, los interminables pasillos, una botella de agua, un poco de comida, eternas esperas, un buen libro, una visita al baño, colas para subir al avión, grupo 1, grupo 2, grupo 3, grupo 4.

Pronto constatas que tu nivel de griego o inglés deja mucho que desear. Escucharás mucho, dirás pocas palabras, las justas y necesarias, implorarás comprensión, cuando abras la boca. 

Si vas en avión no olvidemos el hormigueo que sientes en el despegue y el aterrizaje: la elegante entrada en la pista, el repentino incremento de la velocidad, se alza el vuelo suavemente, el avión encuentra su equilibrio natural, se aleja de la tierra firme, allá, a lo lejos; estamos a la altura de las nubes. 

Hay tiempo para dormir un rato, beber, leer, comer, y, si tienes ventanilla, echar un vistazo al horizonte, al mar, a las luces de un barco que destaca en la oscuridad o las de una ciudad costera, preludio de un encuentro. 

Se te bloquean los oídos, duele, la presión ha cambiado, descendemos, nos acercamos a esas luces que antes observabamos a distancia, un golpe brusco, el contacto con la pista, disminuye de repente la velocidad, a marchas forzadas, saltarías del asiento, si no te hubieras abrochado el cinturón, ya está, despacio, gira, elegante, hay quien aplaude, estamos a salvo. 

Llegas al alojamiento en autobús -pasa cada hora- o a pie. El aeropuerto está cerca de la ciudad de Heracleion. ¡Ay, la espalda! Uno a esta edad no está para llevar mochilas. Escuchas los motores de aviones, levantando el vuelo, desde el balcón. Buscas qué cenar, pocos sitios abiertos por los alrededores, hoy aquí es festivo, un kebab te vale, una fiesta familiar en la mesa de enfrente. 

Empecé a escribir estas líneas a cientos de kilómetros. Otra cama, otra noche. Las mariposas ya no revolotean. 

Si acaso, un mosquito, y este cabronazo sí me va a dar la tabarra. 





martes, 4 de noviembre de 2025

IMÁGENES DE LA MEMORIA: KAPUSCINSKI, HERÓDOTO Y ANNECY

 


Elegí Viajes con Heródoto de Kapuscinski; necesitas un libro para que el tiempo se te pase más rápido en las largas esperas de los aeropuertos o en los trayectos, cuando, lejos de la ventanilla, no puedes contemplar las nubes o las altas montañas o las llanuras, punteadas de ciudades y pueblos, y atravesadas por carreteras, autopistas o caminos. 

Heródoto y Kapuscinski son excelentes guías, descubridores de mundos, amantes del conocimiento, del viaje; saben cómo contar una historia y nos conservan la memoria, que se perdería, si ellos no hubieran estado allí para contárnoslo o no hubieran decidido recopilar todas esas historias y escribirlas.

Para Kapuscinki Heródoto fue un maestro porque, cuando leemos al autor polaco, nos damos cuenta de que gracias al griego se pertrechó de los recursos necesarios para mantener la atención de sus lectores. Me agrada ese primer contacto con el Mediterráneo, el que tuvo en Argel en los años cincuenta; descubre su aroma, su olor, su luz: inconfundibles sensaciones para cualquiera que ame este mar. No había olvidado de mi primera lectura el encuentro con los dos africanos, armados hasta los dientes; teme que le van a matar y, cuando se acercan, amablemente, solo le piden tabaco. Pero, sobre todo, para Kapuscinski Heródoto es una forma de superar el tiempo, alejarse del presente, observar el mundo, como si fuera reciente, fresco, nuevo.

Y las historias de Kapuscinski y Heródoto se mezclan; no parece que más de veinticinco siglos separen a Jerjes y Louis Armstrong, a Masistes, Zósipo, Ciro, Abdou, Artabanes, Creso, Negusi, Lícidas, el Dr. Ranke... Atraen nuestra atención, sean personajes reales o míticos, inventados o transformados, porque la memoria y la Historia, la nuestra, la de otros, recrea imágenes, las reconstruye, y nunca sabrás con seguridad, si han sido vividas, soñadas o imaginadas.

¿Qué imágenes recordaré de esta última visita a Annecy? 

Si has estado tantas veces en un lugar, los tiempos se confunden. ¿Eres el niño, el adolescente, el joven veinteañero o treintañero, el cuarentón o el de hoy, el que se recupera con dificultad de los achaques?

Los espacios te devuelven imágenes. 

Mi tío Víctor me echó en cara -en voz alta para que todos lo supieran, durante uno de esos viajes, en el baño de su casa-, que no apretaba la pasta de dientes como se debía hacer; desaprovechaba la mitad y era increíble que mis padres no me lo hubieran enseñado. No he olvidado esas palabras, la vergüenza que me produjeron. Y todavía, cuando me dice que no encienda la luz del pasillo o no me deja cambiar de canal, recuerdo ese momento, aunque ese hombre camine ahora, apoyado en un bastón, frágil, inseguro, tan cerca de la muerte...

Observo las montañas que se alzan alrededor del lago de Annecy y me parece, si la memoria no me falla, que algunas las he recorrido e, incluso, he hollado su cima; allí estuve, me gustaría decir, cuando las observo, sentado en el banco, al borde del agua, rizada por el viento otoñal.

Escucho el sonido persistente de una alarma antiaerea un miércoles de septiembre; no, no nos bombardean. Solo es un aviso del pasado, de una guerra que ya nadie recuerda. 

Quedan inscripciones; aquí, los españoles que lucharon contra el fascismo; allí, los niños que murieron en campos de concentración; los fusilados de la Resistencia... Tuve hace unos años una idea: entrevistar a tres generaciones de españoles; los que lucharon contra los nazis, los que emigraron y a sus hijos y nietos. La historia de unos españoles que trabajaron y vivieron y murieron, que trabajan, viven y morirán en Annecy. Me faltó energía para hacerlo real.

Una mujer se apoya en la barandilla del puente de los Amores: "¡Jérôme! ¡Jérôme!". 

Es el comienzo de La rodilla de Clara de Rohmer.

Es la Annecy que conocí por el cine. Allí mismo, sobre el puente, grabó mi madre unas palabras mucho tiempo después; sus voces, las de la actriz, las de mi madre, se fusionan, se combinan irreconocibles.

Confusa e infinita asociación de imágenes; los tiempos y los lugares se entrelazan, se entretejen en una madeja interminable.

Infinitos son los mundos por conocer; limitado el tiempo que nos queda.

viernes, 18 de julio de 2025

VIAJES EN TREN

 


La lectura de Paisajeros de Pablo Zulaica ha despertado mis recuerdos de viajes en tren. 

Siempre que voy a un lugar nuevo, intento ir allí en tren o subirme a alguno, mientras lo visito. Lo prefiero a los autobuses o a los coches. Te permite contemplar el mundo de otra manera. Tu mirada es diferente; el paisaje se observa desde una ventanilla, cuando estás sentado, pero también puedes moverte y elegir otro lugar desde donde mirar. El ritmo, si es un tren convencional, es más humano; la interrelación es más cercana. Para mirar por la ventana, descubrir el día a día, sus miserias y sus bellezas, la velocidad no sirve. También te permite reconocer las propias, porque ya no puedes ocultarte bajo capas que te protejan; así, más desnudo tú mismo, podrás observar mejor los conflictos cotidianos del lugar que visitas. 

Sin embargo, hay sitios que ya no tienen tren. El uso del coche y, sobre todo, la falta de inversiones -sea por su carácter deficitario o el desinterés de las instituciones o por las privatizaciones o porque se prefiere la alta velocidad como reclamo turístico- condena a muchas líneas férreas al abandono y el desguace. Este hecho es una letanía que se repite en cada uno de los reportajes del libro, sea en la India o en México, en Argentina o Italia, en China o Rusia, en Jordania o California. 

Reconozco en Pablo Zulaica a un amante de los trenes. ¿Cuándo empezó mi pasión por ellos? 

Mi madre nos llevaba a muchos sitios cuando éramos pequeños -¿sería a Toledo, Ávila, Segovia?- pero el primer tren que recuerdo es el que escuchábamos pasar, mientras corregíamos ejercicios de Matemáticas o Lengua en una clase de EGB. Mi colegio, el Federico García Lorca, se encontraba junto a las vías del Cercanías, que comunicaba Móstoles, una ciudad del extrarradio, con Madrid. Y cada diez minutos pasaba uno. Sabíamos que se acercaba no sólo por el pitido, sino también por el temblor, similar a un ligero movimiento de tierra, que notábamos ya de lejos y, después, cuando llegaba a la altura del colegio, se imponía el estruendo que hacía imposible escuchar las palabras del maestro o del compañero, a no ser que tuviéramos cerradas las ventanas. Encerrados en esas cuatro paredes, todos deseábamos subirnos a ese tren para ir a Madrid y continuar el viaje, ¿quién sabe adónde?

Inter Rail, como también hizo Zulaica, nos permitió viajar a nuestra generación en tren por precios baratísimos. No siempre recuerdo las ciudades en las que estuve; pero sí muchos de los trenes en los que viajé. Un trayecto entre Roma y Florencia en el que dormí de pie en un vagón nocturno atestado de viajeros; un viaje en un tren suizo en el que me pregunté si me había colado, porque nunca había tenido tantas comodidades; largos trayectos en los trenes italianos donde ni sabías cuándo saldrías ni cuando llegaría a destino en un día de sciopero; un espacio amplísimo, casi la nave de una catedral, en la estación de Budapest a primera hora de la mañana, donde decenas de personas dormían en el suelo y lo ocupaban por completo. 

Con los años los viajes se acumulan; también los trenes en los que he estado. Y en los que no he estado. En el Peloponeso no hay trenes; tampoco en gran parte de Argentina. Quise ir de Estambul a Tesalónica, pero cuando viajé renovaban las instalaciones. Las privatizaciones, las crisis acabaron con ellos. Estaciones abandonadas o transformadas, como descubrí en una ciudad cerca de Olimpia, en bares. Crecen las hierbas entre los rieles oxidados. 

Hay viajes que duran horas o días. En uno que hice en China, desde Zhengzou a Xian, recorrió unos cuatrocientos kilómetros en doce horas. Era el único occidental. Pasillos y asientos repletos de familias, obreros o trabajadores que llevaban todos sus bártulos de vuelta a sus pueblos de origen; fardos y sacos que ocupaban mucho espacio -te preguntabas cómo eran capaces ni siquiera de levantarlos- y que, al principio, cuando el tren se llenó, provocaron algunas tiranteces y discusiones entre ellos, que lograron resolver en poco tiempo. Tiraban todo, incluso comida, al suelo, y cada media hora un empleado se encargaba de limpiarlo, pasando la escoba y el recogedor por debajo de los asientos. A los cinco minutos volvía a estar sucio. Los gritos y las voces estridentes me molestaban, pero yo había elegido ese tren. Notaba amabilidad, sin duda, y lo agradecía, aunque no pudiéramos entendernos, ya que nadie sabía inglés. En cada parada entraban vendedores ambulantes y el tren esperaba a que, tras recorrer los vagones, bajaran al andén. Me parecía haber regresado a los viajes que mis abuelos hacían en trenes de madera en los años cincuenta. A la semana siguiente me desquité haciendo la distancia entre Shanghai y Pekin, unos mil trescientos kilómetros en cuatro horas. Limpio e inmaculado, perfecto e impecable, el artefacto ideal para turistas y hombres y mujeres de negocios. Los trenes son un reflejo, un vislumbre del lugar que visitas y en China hay muchos mundos. 

En Argentina en pleno verano la gente prefería estar cerca de las puertas que dentro del vagón. Y algunos se agarraban a los pasamanos, por fuera, arriesgándose a caer, si el tren hubiera frenado de repente. Por la ventanilla, al salir de Buenos Aires, contemplabas una de las zonas más depauperadas de la ciudad. 

A veces contemplas el mar al otro lado del cristal: el Pacífico, el Atlántico y, sobre todo, el Mediterráneo; en otras ocasiones vislumbras montañas míticas: el Etna, el Vesubio, el Fuji, el Cervino, el Mulhacén. Las ciudades cambian; las poblaciones rurales dan paso a bosques impenetrables o a ríos caudalosos; al borde de un acantilado o junto a senderos o caminos; suburbios, casas prefabricadas con tejados de uralita, fincas y dúplex modernas y lujosas; calor y nieve y lluvia. 

Los viajeros que te acompañan, como tú mismo, suben y bajan, han compartido una parte del camino, nada más: como esa mujer joven, que dibujaba en un cuaderno, antes de llegar a Paestum -¿o fue entre Varsovia y Cracovia? ¿O cerca de San Petersburgo?- y muy atenta a lo que veía desde su asiento. Cuando se bajó, la esperaban dos personas mayores en el andén que la abrazaron con cariño; ¿sería su nieta o su hija? 


Es extraño cómo algunos recuerdos se fijan en tu memoria de manera tan aleatoria y otros desaparecen sin que hayan dejado ninguna huella aparente.

Pocas veces me he bajado de un tren en marcha o me he subido a otro. Cuando era joven, sí lo hice. Ahora, con los años, esperaría al próximo. 


viernes, 27 de diciembre de 2024

VIAJE A GRECIA (III): EFESO

 


'Por tu cabeza, quiero ser por siempre virgen, nunca domada, cazadora en las cimas de montes solitarios. ¡Vamos, pues, y confírmalo como un don para mí... Dioses u hombres la llaman Virgen y Cazadora y Flechadora de ciervos, μέγα επωνυμιον... '
Poema 31, Safo.

Cuentan que en Efeso existió una de las siete maravillas del mundo: el Artemision. Era un templo colosal, magnífico, consagrado a una diosa oriental, una diosa madre llamada, dependía dónde estuviéramos, Cibeles, Isis o Artemisa. No es casualidad que la Virgen María muriera según la tradición aquí. Se necesitaba seguir adorándola. 

Dicen que San Juan terminó de escribir aquí su evangelio y, al morir a los cien años, fue enterrado en una colina, Ayasuluk, a unos metros del Artemision. El cristianismo más tarde levantó una iglesia bizantina, de la que ahora no quedan más que restos de su antigua grandeza. Como le ocurrió a su hermana gemela las piedras se reutilizaron para construir las casas o mezquitas de Selcuk. Puedo imaginar la historia de esta columna que toco con mis manos: vio a fieles que adoraron a Artemisa, a Jesucristo y a Alá. Y hoy al poderoso Dinero. 

En otra colina, en un barrio periférico, cientos de pisos, que me recuerdan a Benidorm, altos y terribles y modernos, se alzan como los nuevos templos del progreso. 

¿Qué ha sobrevivido del templo a Artemisa? Columnas y ruinas dispersas y un gato mimoso que busca las caricias y la comida de los turistas. 


Efeso está lleno de turistas y de vendedores y de negocios a la caza del visitante... y de perros y de gatos... Como los animales salvajes hace mucho que huyeron de aquí solo estos rinden un tributo indirecto a la diosa de la Naturaleza. No viven mal. Si los comparamos con los de la ciudad están bien alimentados, son acariciados por guías y gente de paso


y saben buscar sitios cómodos y abrigados, cuando el tiempo lo requiere; 


puede ser un hueco donde antes había una estatua o un sillón de felpa, cuando los humanos los dejan vacíos para patear las antiguas calles. 

Esta ciudad tiene una larga historia. El puerto antiguo ya no tiene mar; los aluviones y sedimentos de los ríos cercanos acabaron por alejarlo varios kilómetros. Todos los hombres importantes desde Alejandro Magno hasta Adriano quisieron dejar su huella, restaurando o construyendo edificios públicos. La biblioteca de Celso conserva sólo la fachada; sus pergaminos y papiros hace mucho desaparecieron. Se encontraron unas casas romanas en un excelente estado de conservación y eso nos permite disfrutar de pinturas parietales de gran calidad. 


No hay ruinas que no despierten en mí cierta tristeza; tristeza de lo que fue, de lo que pudo ser, de lo que nunca será...

Inscripciones desechadas, apartadas, en griego y latín, de hombres y mujeres que han sido olvidados. 

El paso del tiempo es inevitable. Nadie puede cambiar esto. 

Los terremotos, las invasiones y el abandono terminaron con Efeso. El turismo lo transforma en un sitio lleno de ruido. ¿Dónde está el silencio? 

Es posible que sólo los gatos y perros, cuando por la noche se quedan solos entre las ruinas, escuchen los pasos de los fieles a Artemisa, la que tal vez espere el momento oportuno. 

Y entonces, regresará. Y se vengará.
 



jueves, 26 de diciembre de 2024

VIAJE A GRECIA (II): DIA DE TRANSICION

'... Todo es uno: la lengua griega... y esta luz, este mar y estas rocas de donde fueron desprendiendose sus primeras palabras... sonido de guijarros, consonantes que chocan entre sí, sustantivos mojados por las olas, raíces semánticas, raíces de frigana, huesos, caparazones, el sol que reverbera sobre el mar, nombres que imitan un rumor eterno, verbos que nacieron de un gesto, preposiciones que son una seña, sílabas que son cuernos que embisten, letras que insinúan el flujo del aire y del agua, palabras que han salido del mar como la vida...' 

Pedro Olalla, Palabras del Egeo. 


Cinco de la mañana. El nocturno se llena de currantes. El día de Navidad pasó y hay que volver al trabajo. Se suben como yo en Vallecas y se bajan en Atocha: guardas de seguridad, taquilleros, mozos de carga, limpiadoras, vendedoras... 

Los que subimos al AVE dormimos la mayor parte del trayecto. A la altura de Zaragoza dos jóvenes universitarias hablan de sus experiencias como estudiantes, antes de tomar el avión que les llevará a Londres. Me entretengo escuchando cómo una de ellas le cuenta el juego de miradas que mantiene con un chico en una biblioteca. La seducción no ha perdido su encanto rodeado de libros en los tiempos de Tik Tok.

El viaje en avión se hace largo. Son tres horas y ni siquiera la lectura de Safo o de Olalla logra hacerla más amena. Las piernas, agarrotadas; el cuerpo, agotado. 

Turistas y turcos, jóvenes y parejas. Un par de turbulencias. 

Llega el momento del aterrizaje. Una niña pequeña, de unos cuatro años, que ha caminado por el pasillo durante el viaje, obligada de repente a estar sentada con el cinturón puesto, se pone a llorar.

¡No llores, niña, que ya llegamos!

Desde la ventanilla la costa se recorta como los rizos de tu cabello o los pasillos de un laberinto; surgen acantilados y montes, se alzan de golpe; vislumbro poblaciones pequeñas arracimadas al abrigo de un bosque. 

Y la luz, sí, reconozco esta luz...  Aunque la lengua sea otra... 

Son las siete de la tarde. El metro de Esmirna se llena de currantes que vuelven a casa.

Nuestras vidas son círculos y símiles, metáforas y onomatopeyas, tópicos y arquetipos. 

Hoy es mañana y ayer. 


martes, 24 de diciembre de 2024

VIAJE A GRECIA (I): DOS FRASES

He recordado dos frases tuyas. La primera la escribiste; la otra me la dijiste la última vez que nos vimos.

"La dulce melodía de una rutina que se sintió a gusto a mi lado...".

"No puedo evitar alejarme de las personas a las que quiero..."

No me atrevo a interpretarlas; porque sé que mi interpretación hablaría más de mí que de ti. 

Puedo hacerlas mías, porque, sin duda, como tú, he buscado y he encontrado a veces esa melodía deslizándose junto a mí, lejos de las mezquindades diarias: al leer y al disfrutar de imágenes en movimiento o al inventar historias con palabras, imágenes o sonidos. 

Y a veces he huido del contacto con otros, porque es más perfecta una felicidad posible, aunque sea solitaria, que la realidad compartida, siempre decepcionante. ¿No es mejor imaginar una vida con alguien a quien quieres, los hijos que hubieras tenido, los viajes que hubieras hecho, las experiencias que hubieras compartido o la ternura que le hubieras dado a que, en cambio, acabes odiando a esa persona, porque el día a día y la oscura rutina ha arruinado esas ensoñaciones e ilusiones?

¿La imaginación nos hace libres o nos encadena?

Hace diez años murió mi madre. No siento dolor; solo una suave, dulce y tranquila añoranza.

Viajo a la Grecia clásica: a Esmirna, Éfeso, Lesbos, Atenas. 


Viajar siempre es arriesgarse.


No sé porqué hoy recuerdo estas frases tuyas. 

Todo viaje empieza mirando hacia atrás...

martes, 9 de julio de 2024

APUNTES DE UN VIAJE

 

Un turista inglés, cuerpo sin alma, acaba de vomitar en la estación de tren de Chamartín. Nadie se sienta a su lado. Sus compañeros no saben qué hacer, piden disculpas a quienes los miran con desagrado, ponen la mano en el hombro del amigo. Es inútil. La felicidad se ha marchado.

Torrelavega. "La educación cambia a los que cambian el mundo". Frase escrita en los muros de un colegio. Cuando se escriben, el tópico y la utopía se vuelven ingenuos y ridículos. 

Niños jugando al escondite en pleno siglo XXI sin ningún tipo de tecnología; un gorrión muerto al borde de la carretera.

En los bares a veces ponen videoclips musicales como fondo, si no hay partidos de fútbol de la Eurocopa. Tienen muchos planos y el montaje es electrizante; no quieren que pienses. Hay excepciones: You`re beautiful de James Blunt me recuerda, salvando las distancias, al de Hardy. Solo tres planos de un muchacho joven y hermoso que a veces roza la abstracción. Con eso basta...

Viérnoles. Un jardín descuidado, abandonado; figuras mitológicas y un Neptuno, olvidado, rodeado de malas hierbas, se alza, orgulloso, sobre un mundo decadente. A unos metros, en el muro del patio de un instituto, una interpretación en clave feminista por parte de dos alumnas del mito de Medusa: rompe el tridente en pedazos, se rebela. Nos mira fijamente: "No, no soy un monstruo".

El Sardinero. Brisa del mar. Olor a salitre. La voz de un niño. Tiemblo; mis ojos enrojecen. Nostalgia de la infancia. Pies descalzos caminan sobre la arena, se mojan en la orilla, nadas; eres libre. Es suficiente estar aquí, escuchar el rumor de las olas, contemplar el infinito...

Un refugio entre los edificios de Torrelavega: bancos, mesas de madera, recipientes, plantas, dos puertas colocadas en el muro divisorio para darnos la impresión de que estamos en un hogar. Unos pocos vecinos han ocupado el solar. Antes este lugar fue un bar y aún se conservan sus baldosas; enfrente, había un prostíbulo. Esos clientes se fueron. Ahora es una empresa colectiva: desde hace nueve años. 

Contemplo una herida, la huella de una operación en la cabeza, una recta casi perfecta; el pelo que crece no la oculta. 

Los soportales de "Calle Mayor" se encuentran en Logroño. Planos fijos, fotografías convertidas en imágenes en movimiento; presente y pasado.  

"Las letras vuelan, se escapan", me asegura un vecino. Los franceses fracasaron y no conquistaron Logroño para que los turistas en sus calles se emborrachen con vinos y devoren tapas de diseño. 

Una escalera de color naranja que no lleva a ninguna parte. 

Garray: casas y fincas. Fervor constructivo. Dinero a espuertas, trabajadores y menús a quince euros. Excesos capitalistas a los pies de Numancia. Sus ruinas no protegen esta locura. El Duero es ajeno. 

Un hombre se arrodilla antes de entrar en la ermita del Mirón. Hay en Soria portadas románicas que lo merecen. No sería mala idea que todo turista lo hiciera y que, incluso, lamiera las piedras, mientras los demás les hacen fotografías. No descarto que alguien haga realidad algún día esta delirante ensoñación. 

Machado, a unos pasos, empujaba la silla de ruedas de Leonor. Un ganadero de la Mesta enriquecido, unos metros más abajo, construyó un palacio a imitación del Escorial que ocupa cientos de metros cuadrados. Mis dientes mastican los torreznos, los trituran. 

En el Duero un corzo se esconde entre las murallas; los arcos templarios de San Juan resisten el tiempo y el olmo reverdece. En la plaza Mayor la comunidad ecuatoriana celebra una fiesta: bailan, beben, comen y ríen. 

Cipreses enmarcan el cementerio de Las Casas, un barrio de Soria. En un muro de piedra fueron fusilados una decena de hombres en 1936, enterrados en una fosa común, desenterrados hace un año. En este tiempo ha crecido el trigo; oculta el muro. No quedan huellas, ni sangre, ni se escuchan voces ni gritos ni susurros. 

Suenan campanas. La llanura se extiende lejos, muy lejos. Campos segados o a punto de serlo. Nostalgia de mar. 



martes, 15 de agosto de 2023

APUNTES PARA UN VIAJE (IV): COLMENAR VIEJO

 


El jueves pasado supe -casualmente, buscando en internet- que en Colmenar Viejo están llevando a cabo una exhumación de fusilados. 

Sucedió en el 39, nada más llegar los franquistas. Fueron echados a una fosa común sin que los familiares pudieran enterrarlos dignamente. Hay todavía cientos de fosas en este país que en noventa años todavía siguen sin excavarse. Hay una derecha que se niega a permitirlo o lo dificulta; hay una izquierda que hasta hace poco no ha tenido la valentía de abrir esas fosas.

El viernes fui allí y conocí a Almudena, la responsable de la excavación; a Carmen, que organiza el proyecto y a Luis, presidente de la Asociación Comisión de la Verdad de San Sebastián de los Reyes. Me dieron permiso para grabar. El lunes me presenté allí y durante hora y media me dediqué a ello. 

Parece que nuestro documental, cuyo eje y origen es una historia familiar, un viaje, como ya comenté, está virando hacia la memoria histórica, pero, como bien sé, el documental es un animal vivo. La idea de la excavación, la de remover la tierra, la de descubrir nuestra memoria, cavando más y más profundamente, es una idea que puede llevarme a muchos sitios. Por el momento, es este el camino que está tomando...

Cada vez quedan menos hijos de represaliados. La mayoría son nietos. Una mujer de 92 años, la única superviviente de cinco hermanos, espera que su padre esté entre los restos que se están sacando. En su caso, le quemaron vivo, antes de matarle. 

En teoría fueron más de cien, pero hubo familias que consiguieron desenterrar a los suyos y otros ya fueron exhumados en las excavaciones del curso pasado. Es posible que algunos se encuentren en otra zona del cementerio.

El hueco, un pasillo en la tierra, donde trabajan en estos días, se llama "el paseo". Se encontraba entonces en el exterior del muro, el que separaba el cementerio de una propiedad de la iglesia, tal vez un huerto. Más tarde sirvió para la ampliación del cementerio y ese camino de tierra se convirtió en un paso entre tumbas; tal vez de ahí el nombre. Todo el mundo sabía que allí había una fosa común. Los vencedores imponían su silencio; los vencidos callaban y esperaban.

La ley de memoria histórica ha permitido que Aranzadi, una asociación privada especializada en excavaciones, haya puesto en marcha este proyecto en su segundo año. 

Los descubrimientos sorprenden a los investigadores. Usaron féretros; lo habitual era echarles una manta, un saco y poco más. Tal vez que fuera un juicio, aunque fuera una farsa, les obligó a enterrarles con algo más de dignidad. El procedimiento era sencillo: eran fusilados a unos metros, junto a la capilla. Después se los transportaba al otro lado del muro. Hay varias capas. Por lo menos, han descubierto tres filas de cadáveres, una sobre otra. Es posible que fueran enterrando en oleadas sucesivas ya que los  fusilamientos se produjeron en fechas diferentes. Al final se cubrió todo con cemento. Los expertos esperan todavía alguna sorpresa. 

Tras dar su ADN los nietos y los pocos hijos que quedan, también esperan. Que estos esqueletos sean los de sus padres y abuelos. Que puedan enterrarles con dignidad. Muchos miles, cientos no podrán hacerlo, no lo verán. No tendrán tiempo. 

Y aquí hay una responsabilidad que todos deberíamos admitir. Los que aceptaron una transición desmemoriada, los que tardaron en poner en marcha medidas como estas, los que callan o miran para otro lado, los que impiden con trabas burocráticas o legales. 

domingo, 6 de agosto de 2023

APUNTES PARA UN VIAJE (III): LLEIDA Y TÁRREGA


Lleida a principios de agosto es irreconocible. Muy pocos turistas.
¿Dónde están los leridanos de pura cepa? Uno imagina que en el mar o en la montaña, en el pueblo de sus padres y abuelos. Algunos, los que no han podido escaparse, sea por trabajo o por falta de dinero, se pasean por la calle Mayor, haciendo compras en las tiendas y, si se tercia, tomando su cervecita en los bares. 

La gran mayoría de los que viven por Lleida en estas fechas son inmigrantes. Hay dos zonas donde la concentración es más numerosa: entre la calle Mayor y la Seu Vella, en la parte alta del casco histórico, y en las calles aledañas a la estación de tren. Alquileres baratos, escasa infraestructura, un sutil abandono. Nos encontramos, sin duda, en Black Town: la mayoría son subsaharianos. Algunos, pocos, marroquíes.

Latinoamericanos, más escasos. Y los chinos que regentan algunos bares y que no paran de trabajar.

Así que tenemos a la clase media leridana paseando por la calle Mayor, como en los viejos tiempos. 

De vez en cuando, a los pies de las tiendas, encuentras en un letrero, que asemeja una baldosa dorada, un nombre, dos apellidos, una fecha y lugar de nacimiento -"aquí nació" y de muerte; está última, en un campo de concentración nazi. Nadie se fija en ella. 

Y, por otro lado, a unos metros, al este y al norte de la calle Mayor de Lleida, decenas de inmigrantes, en grupos o solos, matando el tiempo. O al sur, en la rambla, tomando un café, o bajo los árboles de un parque, al otro lado del río Segre. Ahora no hacen nada; consumen poco. Algunos son recogidos por furgonetas a primera hora de la mañana; les dejan de vuelta por la tarde: otros van y vienen en el tren regional o el bus, pero la gran mayoría espera a septiembre, para cuando les llamen para trabajar en el campo como temporeros.

La presencia de marroquíes era mayor en Tárrega; la plaza del pueblo era el lugar de encuentro de grupos más reducidos. 

Tárrega tiene sus edificios antiguos, pero, en general, ha perdido mucho de su encanto. 

Como en tantos pueblos, las casas viejas no se cuidan, se abandonan y, cuando llega el momento, se venden para tirarlas abajo y construir otras nuevas y deplorables. Aún así, en Tárrega aún hay calles que recuerdan su pasado medieval o algún palacete modernista. Nada que ver con Tarancón, por ejemplo, que ha acabado con casi todas. El que tenga estación de tren le da cierta vidilla a esta ciudad leridana: en media hora te plantas en Lleida y en una hora en Barcelona. 

Los judíos tenían su barrio. Y como en otras partes fueron el chivo expiatorio, cuando las cosas iban mal dadas. En 1247, en medio de guerras, impuestos y hambrunas, fueron asesinados en una noche, más de 300 judíos en Tarrega. Hace una década se realizaron excavaciones, al otro lado del río Ondara, donde los expertos situaban un cementerio judío. Allí se descubrieron los cuerpos de niños y mujeres, algunas de las víctimas de esa matanza. Años después en Lleida y otras ciudades del reino de Aragon se repetirían las persecuciones. 

Tuvieron, a principios del siglo XX, una fábrica de harina, que, incluso, poseía una estación propia, a unos metros de la oficial. Otra fábrica se ocupaba de producir materiales y maquinaria agrícola; era un terreno bastante amplio a las afueras.

Fue por aquí, por donde pasaron, en agosto del 36, Críspula y sus hijas. Por eso, estoy aquí, grabando unos planos. Ya veremos si salen o no el documental.

Según parece un beato fue asesinado por un grupo de la CNT en esas mismas fechas. Tenían previsto recordarle este 13 de agosto, con una misa y una caminata al cementerio. Es la única lápida de una víctima de esta guerra con nombre y apellidos que he podido encontrar en este camposanto. Allí, como pude comprobar, no hay ningún monumento a los enterrados en fosas comunes, sea por bombardeos o fusilamientos de la otra parte. Y los restos siguen allí, bajo tierra, sin nombres, en dos fosas comunes.

Cuando llegaron a Tárrega a Críspula y sus hijas las interceptaron en uno de esos controles que la CNT hacía a la entrada de los pueblos por la carretera, como en Tarancón. Allí, en la población meseteña, si mal no recuerdo, retuvieron a varios ministros anarquistas, que huían de la Madrid asediada, de camino a Valencia, amenazándoles con ejecutarles, sin juicio ni nada, como traidores y cobardes. Se salvaron y los dejaron en libertad... En el fondo, los anarquistas no eran tan duros. 

También les ocurrió a Críspula y sus hijas. Según me dijeron las metieron en un camión junto a otras mujeres y niños para llevárselas quién sabe dónde; lograron escapar. Es posible que los anarquistas cambiaran de opinión o que las mujeres aprovecharan un descuido. 

En Lleida hay un museo local bastante moderno y aceptable para el baremo actual. Las explicaciones son claras y sencillas y cualquier profesor podría traer a sus alumnos y proporcionarles una mañana instructiva para así sacarles de la monotonía de sus clases. Quizá el único pero es que hay poco conservado de la propia ciudad. De Roma, por ejemplo, no hay ninguna excavación que hayan mantenido -lo habitual es destrozarlas- y la única que les permitiría montar un museo, la de unas termas, a unos metros de la estación de tren, lleva más de veinte años, cubierta por la hierba, sin que se decidan a invertir unos cuantos milloncejos. 

También, además de la desidia o los intereses urbanísticos, algunas obras se han perdido por una destrucción intencionada o el saqueo. En 1711 las tropas de Felipe V arrasaron con Lleida. Los franquistas en 1938 hicieron lo mismo. También le ocurrió a esta Virgen con José y el niño, la que abre esta entrada. 

¿Dónde está San José y la cara rechoncha del niño? Los de la CNT quemaron la otra parte en el 36, de camino al frente de Aragón. Sin embargo, es difícil no sentir asombro, cuando contemplas la mitad del rostro y el pelo de esta virgen. Como sucede con muchas obras que han superado el paso del tiempo, te preguntas cómo es posible que algo tan hermoso haya sobrevivido y el resto, no. ¿En el último momento un tipo duro, un anarquista con cierta sensibilidad, se arrepintió y la salvó de la quema? ¿El azar? ¡Quién sabe!

A unos metros, detrás del museo, casi por casualidad descubrí una joya desconocida del último románico y el primer gótico: la iglesia de San Lorenzo. A oscuras pude intuir en dos retablos sus imágenes, a medio camino hacia la plena expresividad del Renacimiento. 

Volviendo al museo, hay una pared, en la parte medieval, dedicada a todos los presos políticos de este país. Los mantendrán, hasta que vengan todos los exiliados y liberen a sus presos.

Me gusta la idea. Es parcial, pero no está mal que los museos reflejen la realidad política. 

Eso sí, reconozco que en una hora y media recorrí el museo yo solo -los bedeles, aburridos, se paseaban de vez en cuando y me saludaban, por si se me ocurría tocar algún cristal o llevarme algún sílex, una madona o una terra sigilata-; así que muy frecuentado, no es, la verdad. Como ya dije, turistas no había muchos en estas fechas. 

Los bares, no sé si lo he comentado antes, estaban llenos. Así que, si quieres reflexionar sobre el sentido de la vida, es mejor pasarse por aquí. Los museos, ya se sabe, son lugares tranquilos y silenciosos. 

Prometen tirar lo que parece una antigua fábrica cerrada y abandonada -un edificio que merecería, al menos, por su fachada, que se conservara- y convertirlo en la nueva estación de autobuses. No dudo que merezcan una estación mejor -en Bilbao, Iruña y Donosti las consiguieron tras décadas en las que los buses paraban en garajes de mala muerte, oscuros y asfixiantes, como aquí, o sin techo, al albur de la variable meteorología-, pero ¡qué manía de echarlo todo abajo! 

O de cerrar centros ocupados. ¿Para qué? ¿Propiedad de un banco? 

Un poco más de imaginación no les vendría mal. Y menos obsesión por la ganancia rápida. 

¡Ay, el capital!


Un hombre, de unos treinta años, -aunque aparenta más-, drogadicto, recorre, se arrastra por todas las terrazas de la Rambla y la calle Mayor, caminando a un lado y a otro, entre las dos estaciones, la del tren y la de bus. Nadie le da dinero, ni los catalanes de pura cepa ni los inmigrantes.

Es un cadáver que anda. 


lunes, 3 de abril de 2023

TORRELAVEGA: ADDENDA


I

Alrededor de la siete de la tarde, ya tenía hambre. Había comido un bocadillo y poco más desde que salí de Madrid. Curioseé por internet y recomendaban, entre otros, un restaurante llamado Mesón la Taberna; se encontraba en una bocacalle, muy cerca de la plaza Roja. Me presenté allí a las ocho; esa noche tenían preparado una fiesta privada en la que el hijo traía a sus amigos y pensé que me iban a decir que no, pero el propietario, antes de que pudiera decidirme, me hizo entrar en el comedor de la planta baja. En la zona de la barra tenían puesto en la televisión un partido de baloncesto; como estaba solo en la salita -no tendría más de cuatro mesas-, me preguntó si me interesaba el deporte. Le respondí que no, que el baloncesto solo me atraía, cuando jugaba Michael Jordan; así que me dejó con el concurso de Pasapalabra, mientras ellos, a unos metros, veían ganar al Madrid. Después, vino el informativo. Parecía que "la izquierda de la izquierda" quería presentarse unida a las próximas elecciones. En este asunto, tengo dos ideas claras. La primera es que no existe la izquierda de la izquierda; y que la otra mencionada dejó de ser izquierda, socialista y obrera en cuanto llegó al poder. La segunda es que ya no me volverán a tomar el pelo; el sí se puede dejó de ser tragedia para convertirse en farsa hace mucho tiempo. Y con el miedo a la derecha, a mí ya no me engañan. 

Por tanto, ajeno e indiferente a la representación, disfruté de un magnífico caldo de cocido y unas albondigas muy respetables, servidos con la sonrisa y la amabilidad de la dueña. 

Al día siguiente volví para comer. Me ofrecieron un pequeño hueco a la entrada y me pareció perfecto. Un solo comensal debe aceptar el lugar que le ofrezcan, cuando un sitio está lleno. Esta vez me decidí por la ensaladilla y una musaka. Bien hechas; me agradaron. En la televisión ponían una carrera de motociclismo. Hace años, en los noventa, eran los toros lo que se veía en los restaurantes o, así lo afirma, en los capítulos que corresponden a España, Paul Theroux en su libro de viajes Las columnas de Hércules; ahora, según parece, es el deporte. Los tiempos han cambiado; el ritual sangriento da menos dinero que la competición de alto nivel y la publicidad aneja.

Los clientes, en la barra del bar, esperaban su turno para entrar en los comedores. La entrada se fue vaciando, mientras los platos, que destacaban por su cantidad, iban pasando de una mesa a otra. Los postres estaban currados y se notaba que eran caseros. Me fijé, mientras tanto, en detalles curiosos: en unas cerámicas aparecían frases tópicas, de estas que buscaban la sonrisa, irónicas, conservadoras, reaccionarias; hacía mucho que no las veía en un restaurante. La novedad es que, entre ellas, había una de Montaigne. También había varias gorras de cuerpos policiales -locales, nacionales, europeos; incluso, el de la legión o el de los antidisturbios-, en la parte superior de la barra, encima de las botellas. 

Le pregunté al dueño: 

-Nos las regalan, cuando vienen por aquí a comer. 

Un escudo del At. Madrid destacaba, si mirabas al fondo, desde la entrada; en cambio, tenían una imagen del Bernabeú, en una esquina, tras la barra. Me sorprendió esa contradicción y se lo mencioné:

-Mi hija... -suspiró con resignación- ganas de incordiar...

II

Torrelavega no es un sitio para visitar como turista. Antes, había industria; ahora, es el sector servicios el que mantiene vivo al pueblo. Sobreviven algunas empresas, al otro lado de la estación de FEVE, y una chimenea: restos de otros tiempos. Quedan pocas casas antiguas; y las que siguen en pie tienen las huellas de lo que se ha abandonado: tejados caídos, maleza y hierbas entre las piedras y los huecos de las paredes, persianas descuidadas, algún cristal roto en las ventanas. Rodeadas, como si fueran los últimos supervivientes de un asedio, de urbanizaciones y fincas de hormigón y bloques de edificios altos de ladrillo. 

Las iglesias se llenan, más o menos, pero la media de edad ronda los cincuenta años en adelante. Los jóvenes comen en restaurantes de comida rápida y se bebe en bares de diseño. El nivel de vida es aceptable; no hay mendigos en las calles y los edificios, en general, están cuidados. Hay obras en marcha: costumbre inveterada de los ayuntamientos, meses antes de las elecciones. La vida cultural es escasa; aunque puedas encontrar algún concierto alternativo de cuando en cuando, alguna asociación que intente dinamizar el pueblo, o, cerca de la estación de FEVE, una librería que te invita a curiosear contenidos más atractivos de los que esperarías en una población de este tipo. 

III

En Santillana de las tres mentiras -que no es santa, ni llana ni hay mar- no había mucho turismo a finales de marzo. Los grupos de las agencias con sus autobuses llegaron sobre las diez. Hasta entonces la sensación era la de un pueblo bien cuidado, tranquilo y aburrido: parque temático, eso sí, con tiendas de recuerdos y restaurantes cada diez metros y palacetes antiguos y museos sencillos.

Elegí otro restaurante que recomendaban en internet. El trato fue menos personal que en el de Torrelavega, pero tanto en calidad como en cantidad no me decepcionó. Me arriesgué por un cocido montañés que me sentó muy bien. Los calamares en su tinta estuvieron a la altura. 

A mi lado dos parejas de ancianos comenzaron a hablar de sus achaques, que a su edad ya eran muchos. Luego hicieron un repaso, cuando se sentó con ellos un vecino, de la lista de fallecidos de entre sus conocidos. Aunque alguno todavía vivía, con cien años cumplidos. 

Hacía un poco de calor, así que pusieron el toldo; nosotros estábamos en una terraza acristalada. Desde donde me encontraba podía ver a quienes iban llegando al patio interior. Dos familias con sus hijos se sentaron frente a mí, al otro lado del cristal. Los primos -dos chicas, una de ellas, adolescente, y un chico- parecían algo cohibidos; se notaba que hubieran preferido estar en otro sitio, pero la obligación familiar no les permitía decir que no. Quien llevaba la voz cantante era el padre de la adolescente, la cual, nada más llegar, se había guardado el móvil en el bolso. Los demás, más o menos, aceptaban sus sugerencias, sin demasiada convicción. 

Como ya había terminado, salí del restaurante. Tomé un camino que me permitiera ver el pueblo desde más arriba. Otras perspectivas ayudan a abrir la mente. Y en mi caso, despertó recuerdos olvidados. Mientras iba alejándome, me di cuenta -en un deja vu- de que ya había estado antes aquí. En la primera etapa del Camino desde Santander, con J. Él había llegado reventado, no pudo recuperarse y a los tres días tuvo que dejarlo. Recordé el lugar donde dormimos, aunque por entonces la entrada por la calle principal estaba abierta; pude ver desde el lado posterior el patio donde lavamos la ropa, nada más llegar. ¿Dónde estaba el restaurante en el que cenamos? Recordaba también otro patio interior, similar. Y una calle ancha que daba a la entrada. Sí, no tardé en descubrir el lugar, más arriba.

Tal vez no lo había reconocido, porque, entonces, era pleno verano y la calle parecía la Gran Vía. No se podía uno ni mover. Hacía calor y estábamos agotados. Siempre es mejor visitar estos sitios en primavera y con pocos turistas. Un limonero brillaba a un lado de la calle principal. 

Recordé a J. al que no veo desde hace un año. Ninguno de los dos da su brazo a torcer y no parece que tengamos interés en reencontrarnos. 

Imagino que todo viaje invita a la melancolía. Sobre todo, si vuelves a un sitio años después. Santillana no había cambiado demasiado; sin embargo, yo, sí. 



viernes, 31 de marzo de 2023

APUNTES PARA UN VIAJE (II): TORRELAVEGA

 

El muro del cementerio grita. Se extiende, fluye la sangre de los muertos. Palabras como cuchillos que preceden a los disparos.

 Una mujer y dos niñas, protegidas por la oscuridad, huyen. A lo lejos, gritos, disparos, silencio.

 Un comienzo.


I

La llanura, los sauces llorones y los ávidos riachuelos: antesala de valles, colinas suaves o ríos colmados. 

Charlie, -lo conocí en el tren- se denomina a sí mismo como "el hombre más peligroso del Sur". Intuímos drogas y noches insomnes en las arrugas de su rostro. Las palabras, en cambio, son las de un bufón. Intenta ligar con una joven latinoamericana; ella se divierte, juega con él. Charlie, despistado, debe bajarse en Torrelavega; el tren se va a poner en marcha. 

"No mires atrás", le dice ella, con sorna, al despedirse. 


Torrelavega: el origen mítico de una odisea. Pretendo versificar una historia épica. La realidad, hoy, un viernes por la tarde, es prosaica, más banal: los adolescentes en la plaza "Roja" -las baldosas del suelo han perdido su color primigenio- se hacen selfies o escuchan música; otros, con más poder adquisitivo, toman un café o beben su cerveza bajo la terraza del Carpe Diem

Al día siguiente el cielo recupera un tono azul y brillante, el de la infancia olvidada que mitificamos. 

Al bajar del monte Dobra, volviendo a Torrelavega, comparto un trecho del camino con dos jóvenes de Viernoles y Tano. Atravesamos bosques de eucaliptos. Los temas de conversación fluyen: la cantera, la corrupción en la que están implicados una constructora, Rucecan, y el político de turno... El lobo es un asunto delicado. Los ganaderos pierden ovejas; cuando cobran por las que mueren, prefieren alimentar con ese dinero a sus mastines: monstruos cuyos cuellos, erizados de pinchos, nos amenazan. 


"Una cosa es apostar en juegos y otra hacerlo en la vida real". 

Me cruzo, a unos pasos de un Ayuntamiento en obras, con dos compañeros de parranda que acaban de comenzar su recorrido por los bares del pueblo. El que va detrás ha pronunciado estas palabras. El otro, al escuchar a su amigo, ha suspirado... 

Entre las dos iglesias principales de Torrelavega sobrevive un espacio hueco, zona sin edificar; tal vez, en otro tiempo, aquí hubiera una casa antigua, abandonada y que se terminó de caer a pedazos; ahora, en vez de levantar un edificio sin personalidad, alguien, aprovechando el vacío, lo ha transformado en un refugio al aire libre. Se comparten libros; tras un cristal, abierto al paseante, ese mecenas nos ha dejado mundos desconocidos, universos alternativos para quien quiera llevárselos. A su alrededor, mesas y sillas de piedra, plantas y un pequeño huerto. 

Una adolescente, que debería a estas horas recibir las lecciones de sus esforzados profesores y aprender, disfrutando de metodologías activas, ha decidido, en cambio, saltarse las clases. Se sienta en uno de los bancos, sin dirigirme la palabra; quiere estar sola. Necesita pensar qué va a hacer con su futuro; así que... cierra los ojos.

Entro a la iglesia mayor del pueblo, cuando las temperaturas refrescan. Están interpretando varias obras corales del renacimiento español. Mi sangre despierta, mis músculos se tensan, mis ojos brillan y tiemblan, en cuanto suena Tenebrae factae sunt de Tomas Luis de Victoria. Sus pausas y silencios atrapan el tiempo. 

Esa noche, las paredes hablan: una pareja hace el amor en una habitación de hotel. 

"Así, así...". La maestra repite la lección a su discípulo. No afirma con un "sí, sí...", ni aspira a alcanzar la iluminación divina, "Dios, Dios..."; se conforma con marcar el camino. Satisfecha con el alumno, tras el orgasmo compartido, se mezclan risas y juegos, cosquillas y susurros.

"No seas... hijoputa". "No seas malo" hubiera sido más apropiado o elegante para una mujer enamorada, pero ella se crió en un barrio de gitanos. Las palabras nos traicionan; delatan de dónde venimos...


II

Los domingos, a primera hora, todos duermen. Duermen los borrachos, duermen los amantes, duermen los ancianos, duermen los solitarios insomnes. La ciudad está vacía. 

En los anaqueles de un bar de estación descansan, sin que nadie se atreva a leerlos, los cuentos de Poe o el Retrato de un artista adolescente de Joyce. 

Los capiteles del claustro de la Colegiata de Santillana del Mar me asombran. Un contador de historias nos habla, saltándose nueve siglos. ¿Quién sería este artista? Aquí aparece un ángel; allá, un hombre y una mujer, cogiéndose de la mano; detrás, una serpiente se enrosca alrededor de una columna; cerca de esta última, un caballero atraviesa con su lanza a enemigos inermes. 

Otros, monstruos de la Antigüedad, interpretados por la imaginación delirante de artistas medievales, renacen de sus cenizas. 

En sus calles sobrevive un fotógrafo caminero, Adolfo. 


Ya no va por los caminos; deja frente a la Colegiata su cámara -siempre con el miedo de que el viento se la tire-, esa que compró su padre en los años cuarenta; la coloca sobre un trípode y espera a los clientes. Aprieta el disparador, y, allí mismo, revela la fotografía, la amplia, limpia los líquidos que han quedado en el papel fotográfico con el agua del lavadero y se la ofrece, como un regalo, a los hombres del presente: la imagen es fiel reflejo de un pasado perdido, fidedigna materia de los sueños, verdad recuperada de memorias olvidadas.

"Si le das el dinero a un hombre para que se lo de a otra mujer o para que se lo gaste en juegos, eres poca mujer, eres una mierda de mujer".

Después de enviar este mensaje de voz, la venezolana, tal vez una inmigrante que limpia las fincas de algunos cántabros de buena posición, cambia el tono y la melodía con su hija, que, ajena al complejo mundo de los adultos, se mueve, nerviosa, en el carrito de bebé. Ahora su voz es diferente: la crueldad y la firmeza han desaparecido; las caricias y la ternura abrazan, en su lugar, a la niña. 


III

¿Por qué el abuelo de Fernando, un montador al que he conocido en Torrelavega, a los meses de empezar la guerra civil huyó a Francia? ¿Algún trapicheo económico? Los misterios familiares aumentan de grosor con el paso del tiempo; la memoria los deforma. 


Aún resisten casas de otros tiempos; 

las voces de sus fantasmas no encuentran el camino entre los hierbajos, las malezas y las grietas. 

Esa chimenea, cenizas y rescoldos de una Torrelavega obrera, se vislumbra más allá de un inesperado arco iris. 


"Sobre tu pelo recogido se enrosca un rayo de luz. Las despedidas nos hacen envejecer..."







domingo, 26 de febrero de 2023

APUNTES PARA UN VIAJE: TARANCÓN (I)


Volver al principio. 

Un círculo o una elipsis: la perfección imperfecta. 

De un sistema solar, de una sociedad, de un ser vivo, de ti o de mí...

Perales de Tajuña. Irregular. En sus colores: desvaídos, dispersos; en sus estructuras: fincas de urbanitas con pasado rural, ermitas -aisladas durante siglos, ahora, sitiadas por casas nuevas-, fábricas, talleres, polígonos de escasa entidad, mataderos, vaquerías, casas tradicionales de una sola planta; en su material: piedra, yeso encalado, ladrillo rojo de los institutos y colegios, como los de mi infancia y adolescencia... Terrazas de arcilla, campos arados, monte bajo, arbustos. Grises y ocres. 

Una mujer y dos niñas ocultándose de los soldados en oquedades de las montañas; tal vez, las de la sierra de Ayllón; en los pajares; dormían de día, caminaban de noche; riachuelos, senderos, campos sembrados... 

Las gruyas vuelven al Norte; llega el buen tiempo. El frío aún no se ha ido...

En Tarancón, este sábado del Carnaval, lucen sus disfraces por las calles: es la fiesta de los sesenta. Música que no moleste; pantalones campana, pañuelos de hippie, chaquetas rockeras, minifaldas de chica ye-ye. Melifluo, inocuo, más bien. No problem; nada de crítica social, asimilable por los señores de la muerte...

Uclés; hospital donde los heridos se curaban y donde morían hombres hambrientos de justicia. Cárcel franquista: donde los presos, hombres y algunas mujeres, morían de hambre y eran ejecutados; enterrados en fosas comunes sin nombre. Familias sin cuerpo al que llorar. Se fusilaba a las afueras, donde dos caminos se cruzaban. La sangre de los muertos llegaba hasta un riachuelo seco. 

Los señores han dejado el hueco; se han llevado el agua. La sangre sigue debajo de las piedras. 

Comemos en un restaurante de Saelices. Me fijo en paragüero antiguo, a la entrada, en un descansillo; tiene en la parte superior una inscripción; me recuerda a una serpiente enroscada: objeto que tenía mi madre, perdido hace tiempo, en esa casa a la que no volvimos. El sol puede dejarte ciego; sus flechas pueden matarte. Hay algunas fotografías de Segóbriga ampliadas; más de treinta años han pasado desde que se hicieron: los espacios cambian.

¿Por qué no inventar un recorrido posible? ¿Por qué no recorrerlo noventa años después? Un mito familiar contado a un niño. Conversaciones al calor de un fuego o en la sobremesa. Ellas hablaban y recordaban. Las historias nos llegan a retazos, deshilachadas... ¿Qué hacer con los restos de un naufragio? ¿O con las ruinas de una ciudad bombardeada? ¿O con un pueblo abandonado? Ya no son suyos; tampoco son nuestros... Nos llevamos las piedras para construir otras casas que nos refugiarán del desastre. Los mitos adoptan formas extrañas, nuevas, irreconocibles, cuando son heredadas por otras generaciones.

Las huellas quedan; ellos estuvieron aquí. Hay que saber leerlas... pero, primero, tienes que querer leerlas. Después, has de transformarlas...

El esparto y el yeso; una vía romana hecha para el comercio. Minas de lapis specularis; tierras explotadas por terratenientes desde hace miles de años. Un camino empedrado desde Carthago Nova a Complutum pasando por Segóbriga. Crecen agujeros donde se hunden las ruedas. 

Villa Paz y Castillejo; el coto de caza de una élite, hospital militar, psiquiátrico durante la guerra. Edificios en derrumbados; otros, restaurados sin gracia, impolutos, sin la mugre del tiempo, sin el musgo que ennoblece. 

A la salida de Segóbriga, de camino a Pozorrubio de Santiago, en una encrucijada entre dos carreteras comarcales, se encuentra un abedul solitario. Es elegante, joven, recién plantado. Allí -dicen los que conocen su historia-, fue violada y asesinada una joven, hace unos años. Sus padres han levantado una cruz y, junto al árbol. celebran todos los años una misa. Nada se sabe de sus asesinos... 

Hay que limpiar la sangre de los inocentes; hay que calmar el dolor de los olvidados muertos... 

Se me aparece un personaje secundario: la condesa de Retamoso. La misma que alentó y protegió al guardia civil y torturador de los inocentes del crimen de Cuenca; la misma que participó en el golpe de julio del 36 en la provincia; la misma que, al fracasar, fue fusilada por milicianos de la CNT; la misma para la que trabajó como doncella, en los años veinte del siglo pasado, esa mujer a la que no conocí, que con sus dos niñas camina por los campos, se oculta en los montes, se esconde para que la sangre de los muertos no envenene a sus hijas, no se las lleve lejos.

"También a nosotros nos deslumbra el poder y el dinero... nos hace olvidar que en el gueto estamos todos, que gueto es recinto vallado, que fuera de lo cercado, viven los señores de la muerte y que, no muy lejos, espera el tren".

Invento historias o, tal vez, solo las recojo... 

No quiero morir del todo.