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viernes, 6 de mayo de 2016

A TODOS LOS DIOSES DE ROMA. NUEVE DÍAS EN ROMA. DÍAS 4 Y 5.


I

22 de abril de 2016

Noto vibraciones en la habitación. ¿Será la resaca por la borrachera de anoche? ¿La reminiscencia de un sueño erótico nocturno o por una noche loca con una mujer de bandera?

No, no es nada de eso. Ni bebo tanto ni mis sueños son tan interesantes. Y de conquistas, mejor pasemos un tupido velo por el asunto.

No puedo asegurarlo, pero debe ser el metro. Las obras de la línea C se hacen eternas. Sólo hay dos líneas de metro, porque en cuanto las excavadoras levantan un poco de terreno, se encuentran con piedras de incalculable valor arqueológico y todo se paraliza y hay que volver a planificar un nuevo recorrido.

Me ducho y desayuno. En dos paradas estoy frente a las ruinas de las termas de Caracalla. Se alzan como un esqueleto, orgulloso, gallardo. Caracalla quiso pasar a la posteridad levantando un monumento público del que disfrutaron generaciones. Sus termas responden al planteamiento convencional: los baños fríos, templados, calientes. Y espacios para el ocio: bibliotecas, saunas, jardines...

                                                      


Caracalla asesinó a su hermano delante de su madre. Fue brutal y despiadado. Eran tiempos duros, que requerían de mano de hierro para mantenerse en el poder. No le sirvió de mucho; se granjeó poderosos enemigos, incluso, en el ejército. Su asesinato estuvo a la altura de sus crímenes; mientras hacía sus necesidades, -no hay muerte más humillante que la que tuvo- un hombre de su guardia, probablemente pagado por los verdaderos conspiradores, lo apuñaló. A continuación, mataron al asesino con una jabalina, cuando intentaba huir. Una conspiración en toda regla, vamos. Como Kennedy y Lee Harvey Oswald.

Las cornejas, los cuervos levantan el vuelo entre las cúpulas y los arcos que han sobrevivido al paso del tiempo. Las lagartijas encuentran un escondite entre los huecos y las junturas. El ruido del tráfico, a lo lejos, de un viernes por la mañana.

Hoy quiero ir al campo. Y sí, con que camines un rato sales de Roma y retornas a las viejas raíces en las que Roma se fundó. Tal como Cincinato la conoció. O casi...

Salgo del caos circulatorio. Para dirigirte a la Vía Appia Antica debes superar un cruce. Los semáforos ayudan; que la luz verde sólo dure cinco segundos, no tanto. Tras hacerte una buena carrera y demostrarte a ti mismo unas dotes de atleta que desconocías, encaminas tus pasos hacia la puerta de San Sebastián. Dudas en esperar al autobús 118. Tarda demasiado tiempo y aún eres joven y con buena disposición para el esfuerzo físico; tu ánimo ha decidido: ¡Viva el camino!

El día acompaña. El tiempo es primaveral. En sombra, una ligera brisa. Bajo el sol, un picorcillo alegre. A un lado y a otro, fincas o chalets de personajes influyentes. El Mausoleo de los Escipiones como único reclamo turístico.

La puerta de San Sebastián te devuelve a la Via Appia Antica. Hay un grupo numeroso de alumnos, acompañado de cuatro profesores. Parecen dispuestos a caminar.

El primer tramo no es muy alentador. La frecuencia del tráfico es muy alta. Y el espacio para el peatón, escaso. Vamos en fila de a uno. Como mi ritmo es más animado que el de estos muchachos, tengo que estar atento cuando los adelanto a los coches que me vienen de frente. Caminar exige estar con todos los sentidos alerta.

Llegamos al lugar donde Jesús le dijo a Pedro: Quo vadis? Es un cruce de caminos. Probablemente lo fue hace dos mil años. La Vía Appia continúa por la izquierda. La carretera se estrecha; la acera, también. Mi constitución -soy bastante delgado- permite que sobreviva a los carros con motor; el caminante atisba la salvación. Uno no sabe cómo ha llegado a la primera parada del recorrido: las catacumbas de San Calixto.

Lo tienen muy bien organizado. Hay visitas guiadas en italiano, español, alemán, francés. Elijo la de italiano; tengo que practicar. El grupo lo formamos tres amigos de Perugia, un servidor y un grupo de alumnos de Bachillerato de Ciencias de Siena. El recorrido es rápido. Nos detenemos puntualmente en alguna tumba o capilla. La guía se para ante una lápida escrita en latín. Los estudiantes no tienen ni idea de latín. La guía lo intenta.

- Esto es nominativo. Y esto es dativo. Números romanos seguido de annis. Entonces, ¿cómo se traduce?... Bene merenti, que significa...

Silencio. Los chicos italianos de Ciencias no saben latín. Estamos perdidos...

A unos metros están las catacumbas de San Sebastián. Mucho menos interesantes. Destaca un cenotafio subterráneo, construido por un senador para toda su familia, incluidos sus libertos.

La carretera se acabó. Encontraré algún coche que se cuela -dos turistas se hacen una fotografía, subidos a un coche; siempre podrán decir que “caminaron” por la Vía Appia-, pero a partir de este momento, el camino es peatonal. Sólo me cruzaré con ciclistas y parejas de caminantes.



A un lado y a otro vas encontrando lugares en los que detener tu mirada. El circo de Majencio y la tumba que construyó para su hijo Rómulo. La tumba de Cecilia Metella. La tumba de los Veti.

                                                 

Hay zonas más restauradas, con baldosas, colocadas como si no hubiera pasado el tiempo por ellas. Otras torturan tus maltrechos pies.


La Villa Quintili o de Cómodo será la parada final. Cómodo se enamoró de la villa y se la “compró” a sus propietarios. Comprar es una forma sutil de decir que se la quitó. 





Cómodo, sin duda, sabía cómo convencer a la gente. Parece que en verano disfrutaba de las ventajas que le ofrecía vivir lejos de Roma y que allí entrenaba con gladiadores -una de sus grandes pasiones-.

Cuando salgo de la villa, me encuentro con un grupo numeroso de cabras. ¿No querías ir al campo? Pues, aquí lo tienes. 

                                                

Un pastor alemán surge de repente en el horizonte y empieza a perseguirlas; al principio, pienso que es el perro del pastor o pastora que aparecerá de repente con su flauta en la mano, pero no... pronto escucho la voz de su propietario, llamándole insistentemente. El pastor alemán se obsesiona con una cabrita; al final, la deja escapar y obedece la voz de su amo. La cabra se queda quieta, mirándole, mientras se marcha. Las otras se han alejado de la Vía Appia. La cabrita, sola, descolgada, vuelve con sus compañeras.

Vuelvo a verlo más tarde. El propietario, que aprovecha para hacer footing. El pastor alemán abriendo el camino. Y otro perrito, más lanudo, con la lengua fuera, intentando no perderlos de vista.

La vuelta a la ciudad es más cansada. Una siesta y una ducha siempre es de agradecer, después de una ardua caminata.

Promocionan una fiesta de la Naturaleza en Villa Giulia. Hago una escapada. Encuentro tenderetes con comida y bebida vegetariana y un concierto de pop. Todo muy políticamente correcto. Me aburre; así que prefiero pasear por Roma.

Ya es de noche.

En Vía del Corso me cruzo con parejas que han hecho sus compras. Ellas, con las bolsas de tiendas de marca, apoyándose en los brazos de sus compañeros.

Un indigente me dice que quiere enseñarme algo. Se lo agradezco, pero rechazo su oferta. ¿Qué querría mostrarme? Siempre me quedará la duda...

Rastros del pasado. La sede del PCI, Partido Comunista Italiano, ahora pertenece a la coalición de izquierdas que detenta el poder. Gramsci sustituido por Renzi; es la música de nuestros tiempos.



Sólo queda una placa que lo recuerda.

En la antigua Suburra el ambiente nocturno está en su punto álgido. Parece una zona de marcha. Vendedores ambulantes meditan en las escaleras sobre el sentido de la existencia. Un tipo duerme su borrachera, apoyado en la barandilla.

Vuelvo a notar las vibraciones en la habitación. Cierro los ojos...


II.

...Llegamos a la cúpula, el tercer nivel del espacio interior, el elemento que distingue al Panteón.

Se compone de cinco filas de casetones, que decrecen a medida que se acercan al punto más alto, el centro, donde encuentran un óculo de nueve metros de diámetro. Se piensa que estarían forrados de bronce.

En el exterior se arranca desde una sobreelevación del muro con siete anillos superpuestos. El primer anillo debía estar cubierto de mármol; el resto, con bronce, perdido a excepción de la zona del óculo.

¿Cómo se sostiene la cúpula? Hay varios elementos arquitectónicos que lo explican.

En primer lugar, los muros de opera latericia, -hormigón y ladrillos- ocultos en un primer nivel tras los nichos, pero que cumplen una función más importante, la de sostener el peso de la cúpula a través de arcos de descarga, visibles en la parte posterior del edificio en la actualidad.

Por otro lado, los anillos están construídos de manera parcial y sucesiva, sosteniendo cada uno de ellos al otro. Y la abertura de casetones, los nichos, las ventanas e, incluso, el óculo, además de su aparente función decorativa -aunque se hayan perdido con el paso del tiempo los elementos que los integraban- aligeraban el peso de los anillos.

El material utilizado también tiene su importancia. Hormigón, tufo y escoria volcánica. Es un hormigón mezclado con agua y los elementos señalados. Eso permitía más resistencia y más porosidad al ser mezclado con otros materiales. Se disminuyó el espesor utilizando piedra pómez en lugar de la piedra travertina más pesada y, para concluir, se reduce el peso de los materiales de manera progresiva desde la base hasta el óculo.

Son procedimientos que se utilizaban ya en los edificios termales de la época y que los ingenieros romanos habían aprendido tras largos siglos de experiencia constructiva. Es Adriano quien toma la decisión de que se utilicen por primera vez en la construcción de un templo.


III.

Una noche.

El sueño es ligero; no logro que sea continuo y profundo.

Tu respiración es un leve parpadeo, un hilo fino que se rompe, se diluye. Una ligera punzada cerca del corazón. Imágenes que se evaporan. Aire que se escapa. Susurros. Oscuridad intuída a través de la luz.

Amanece. La vida sigue, continúas vivo...


IV.

23 de abril de 2016.

Para llegar a Villa Adriana, has de subir al metro y a un autobús interurbano; me deja a unos diez minutos de la entrada.

Hoy es un día nuboso; amenaza lluvia. Invita a la nostalgia. Muy apropiado, porque las ruinas de la Villa de Adriano son las ruinas de un tiempo perdido, desaparecido, aniquilado...

Adriano eligió bien el lugar, cerca de las montañas, lejos de los conflictos de una Roma que le despreciaba.

Han descubierto recientemente un complejo constituido por templos y pórticos. Parecen ligados a Antinoo y su culto.

El Canopo es el límite. Más allá, se encuentra la zona que Adriano concedió y reservó para su esposa, Sabina. No se puede visitar; es propiedad privada.



A un lado y otro del Canopo, me fijo en una chica que se hace selfies. Y en un chico, que se sienta y reflexiona sobre la caducidad del mundo. O eso parece.

Recorro los espacios que Adriano levantó como homenaje a lo que más amaba y que no pudo ver terminar. Teatro, termas, habitaciones privadas, salones de recepción, bibliotecas... 

                                                 

Una ciudad construida a su medida, aislada de todo y de todos. Le imaginamos caminando por las noches. Un viejo solitario, acercándose a la muerte, asumiéndola con entereza y desesperación.

Unas gotas de lluvia caen al salir de Villa Adriana.

De camino decido visitar Santa Constanza. Como Santa Agnese ambas iglesias están vinculadas a la figura de Constantino y su madre. La iglesia está abierta; coincido con un duelo y una misa en memoria de un fallecido. Ropas negras, rostros serios y meditabundos. Un mosaico brillante que promete la resurreción de los muertos y un juicio final a todos los hombres.

El Museo Nacional Romano es una delicia. No sólo te ofrece escultura -encuentras las mejores aportaciones y copias de época romana-, o mosaico. Además en la planta segunda tienes la mejor pintura parietal que se ha podido conservar.

Por supuesto, entre las esculturas, están Augusto como Pontífice Máximo o una copia del Discóbolo o Níobide moribunda. Prefiero una Musa con el hombro al descubierto o una koré que lleva un peplo muy sugerente.

                                     

De la pintura destacan los de la Villa de Livia. La Naturaleza en su faceta más delicada y elegante.

Que también aparece en una tumba en la zona del Vaticano.

                                                


Más variadad temática observamos en las que se encontraron en la Villa de la Farnesina; son de una riqueza sorprendente. Se piensa que pudo ser una residencia de verano de Augusto y su familia en la zona del Trastevere.


Las dos son reconstrucciones que aprovechan un amplio espacio para acercarnos, aunque sólo sea de manera tímida, lo que pudieron ver los romanos que la visitaron o habitaron.

También podemos admirar una máscara crisoelefantina o la explicación extensa de una historia desconocida por el gran público: la de los barcos del lago Nemi, recuperados en los años 30, del fondo del lago 



-fueron verdaderos palacios flotantes para uso y disfrute del emperador Calígula, de los que se hace eco Suetonio en La vida de Calígula, XXXVII.2- y, lamentablemente, destruidos durante la segunda guerra mundial durante un bombardeo o un incendio provocado.



                        



V.

Llueve al otro lado del cristal. 
En los sueños se cuelan las gotas de lluvia: tal vez sean resquicios de felicidad. 
Las noches primaverales en Roma arrullan tu sueño.


jueves, 5 de mayo de 2016

A TODOS LOS DIOSES. NUEVE DÍAS EN ROMA. DÍA 3



21 de abril de 2016
2769 Aniversario de la fundación de Roma.

En el desayuno coincido con Tuba, una chica de Estambul. Es morena, independiente, agradable de trato. No la volveré a ver... una pena. La ayudé con la cafetera, ya que no conseguía introducir las capsulas sin que se le estropearan. Demostré una pericia sorprendente, teniendo en cuenta mi incapacidad para asuntos prácticos de esta índole.

Esperaba un día festivo. No noté menos tráfico; parecía un día laborable como cualquier otro. Y mucho más, cuando decidí dedicar esa mañana a visitar las ruinas del antiguo puerto de Roma, Ostia Antica.

Coincidía con una huelga parcial -sólo por la mañana- de transporte público en la región. Si no hubiera sido por los carteles que especificaban los servicios mínimos, y algún aviso por megafonía, ni me hubiera enterado. Las huelgas ya no golpean como las de antes; no paralizan el mundo, no detienen el engranaje del capitalismo: son inútiles.

En el tren, de camino a las ruinas, a mi lado se encuentra una pareja de franceses con un niño y una niña de unos ocho, diez años. Miran las fotografías que se acaban de hacer junto a la Pirámide de Cestio. Envían mensajes, consultan datos. La comunicación entre generaciones se establece a través de las nuevas tecnologías.

Se nos unen a la entrada grupos de alumnos de todas las edades. Cuando compro la entrada, en la taquilla, las profesoras, obligadas a esperar, lamentan las dificultades que encuentran para entrar, aunque han hecho la reserva con antelación. Algún fallo técnico de última hora. Entro sin pagar un duro con la Roma Card.

Vuelvo a Ostia Antica casi veinte años después. Desde el principio me doy cuenta de que hay más zonas excavadas en un espacio, ya de por sí, inmenso. Mosaicos, pinturas, esculturas. Zonas menos transitadas. Algunas, muy protegidas; otras, no tanto.

Tengo en la memoria las fotos que hice la última vez que vine, con la cámara analógica, una Zenit. Recorro esos mismos espacios: el teatro, el templo de Ceres, el de Augusto, el Capitolio.



Esta vez hay mucho más. Atravieso de Este a Oeste la ciudad. La Vía Ostiense, de un lado a otro de la muralla, la decumanus máxima, donde se situaban los comerciantes y vendedores. 






Un adolescente alemán sube a una pared y empieza a hacer el equilibrista; risas de sus compañeros. Miro a otro lado, sonrío.

Llego al final de la ciudad. Descubro lo que se ha interpretado como un termopolium y, junto a él, una caupona, lo que ahora llamaríamos un establecimiento de alimentos pre-cocinados y un alojamiento para viajeros agotados y exhaustos. Sin duda, bien elegido el lugar, a dos pasos de la playa donde desembarcarían los marineros y comerciantes.

                                                   


Me acerco al límite de la zona arqueológica. Una valla nos separa de la carretera. Hace dos mil años en ese mismo lugar podrías escuchar el sonido de las olas del mar. Ahora se encuentran a más de dos kilómetros.
Estoy solo. Nadie llega tan lejos. Monumentos funerarios -estamos a las afueras de Ostia Antica, no lo olvidemos- y unas termas, también muy bien situadas, para calmar y relajar a todo aquel que llegara de una larga y peligrosa travesía marítima.

Disfruto unos minutos de la soledad. 



Una ligera brisa mueve las briznas de hierba, las amapolas rojas que florecen entre las ruinas. Los motores de los automóviles se transforman en olas que rompen en la orilla. Un avión acaba de despegar del cercano aeropuerto de Fiumicino.

Vuelvo a la ciudad y a la realidad cotidiana. Nada más traspasar la puerta de la muralla, me encuentro con un grupo de alemanes que, acompañados por dos guías entran en una casa, situada en una calle lateral, paralela a la decumanus. No puedo entrar en la domus, pero curioseo por los alrededores, para saber qué hay en su interior.

Atravieso una zona sin excavar -tal vez fuera un peristilo o un jardín, por la distribución del resto de las habitaciones- y, tras rodear el edificio, al otro lado de la valla, puedo distinguir habitaciones con pinturas parietales. Conservan el color original.



Otras, a unos metros, no están tan protegidas. Puedo acercarme a ellas, incluso, tocarlas. Sentir el tacto de una pintura es un placer que los museos -me parece normal, si lo hiciéramos todos, en unos meses, no quedaría nada de las Meninas- no nos permiten. Con mucho cuidado -aunque la pintura no sea muy especial, sólo es una figura femenina, tal vez una Venus- mis dedos recorren sus formas. Es un tacto seco, árido. No es más que una pared pintada. 

                                        





Tal vez si cierras los ojos, puedes imaginarte en el interior de una habitación, un triclinium. A tu alrededor está preparado todo; el propietario aún no ha llegado y, mientras lo esperas, has empezado a recorrer con la vista el espacio al que los esclavos te han llevado.



Te has levantado; sientes curiosidad. Llegas a la Venus. La acaricias; es tan realista. Los colores te ciegan. No estás acostumbrado a colores tan chillones: rojo, amarillo...


Escuchas una voz a tu espalda.

-¿Te gusta la decoración?

Abro los ojos. No hay nadie más allí. Sólo unos gritos lejanos de niños...

Atravieso otras termas. Hay más de diez en Ostia Antica. Existía demanda, sin duda. En un pasillo, dos pinturas de aurigas, protegidas por un cristal. A su lado, una piscina; al fondo, un nacimiento de Venus.



 El calor de la conversación, el agua templada; el marinero se relaja y medita si tiene dinero suficiente para pagar a la prostituta que ejerce a dos calles. Columba -ese es su apodo-...

-¿Columba habrá subido los precios? ¿Me recordará de la última vez?

Tal vez sea un romántico nuestro marinero; o tal vez, simplemente quiera follar sin más. Dejo a nuestro joven chicuelo, aventurero en ciernes, con sus pensamientos...

                                                    


Cuanto más te acercas al Capitolio, más grupos encuentras. Una pareja de argentinos está rodando un reportaje sobre Ostía Antica. Se han subido a lo que debía ser el segundo piso de una tienda que da al Cardo, la vía que llevaba de Norte a Sur y que comunicaba el Capitolio con una zona portuaria.

                                                   

Desde esa atalaya podemos contemplar la desembocadura del Tíber. Aún hoy puedes ver barcos y algunas lanchas en ese lugar.

Me cruzo con varios grupos de niños.

En una taberna restaurada, la guía les explica, colocándose a un lado del mostrador, qué se vendían en estos establecimientos. Los niños se divierten; hasta piden un refresco. Un avituallamiento, un poco de sólido tampoco me vendría mal. La tabernera hoy no está. Tal vez otro día...



Atravieso el Capitolio. Tres niños se han adelantado al resto.
Palabras de uno de ellos; tendrá unos catorce años, serio, la mirada seca. Me sorprenden esas palabras. Se dirige a los otros dos.

- Lei parla da sola. “Ella habla sola... yo no hablo con ella... Está loca”

Me asustan no tanto las frases que ha pronunciado, sino el tono. Es de un desprecio brutal, despiadado, cortante. Sé lo que ese niño quiere decir en el fondo. “Yo no soy raro; ella lo es. Hago como si la escuchara, pero me da pena”. No es un niño el que habla; es un adulto que aparta a quien pone en peligro su supervivencia social.

Recojo de una domus -debía ser de personajes importantes de la ciudad, porque se encuentra detrás del templo a Augusto y a dos pasos de las Termas Principales- unas teselas, despegadas de un mosaico, abandonado. Son un regalo para una amiga, que colecciona piedras de viajeros. Las introduzco en el bolsillo de la chaqueta; han comenzado su viaje...

Estoy en el tren. Una madre que tendrá unos treinta años, habla por el móvil con una amiga; está muy preocupada. De pie, su conversación está llena de gestos de impotencia, ira, nervios; la voz es la de una mujer fuerte, que no encuentra salidas fáciles a los problemas que le acucian. Se queja de otra persona -no identifico si es del trabajo o un familiar-; entiendo más su situación cuando veo a su lado, sentados, junto a una mujer de cincuenta años -tal vez la abuela- a tres niños de entre uno a ocho años. Está pidiendo ayuda a gritos...

Me tomo un refrigerio frente a la pirámide de Cestio. Cestio era un panadero y decidió al estilo faraónico -Cleopatra y la victoria de Augusto sobre Egipto lo había puesto de moda- construirse una tumba a su medida. Son curiosos los relieves que describen la vida diaria del panadero. Como réplica, a la manera de una rima, a su lado se encuentra el cementerio no católico. Ahí están las tumbas de escritores románticos: las del hijo de Goethe, Keats -su nombre está escrito en el agua- Shelley, la de Gramsci....

Me enternece la tumba del hijo de Shelley. 



Dos fechas, la del nacimiento y la de su fallecimiento. Un nombre y sus dos apellidos. Hijo del poeta y de Mary Shelley, la autora de Frankestein. Murió de malaria a los tres años. Sólo es una lápida en el suelo; nada más.

Por la tarde, me apetece dar una vuelta por el centro. Hoy, por el día que es, hay entrada libre al Mercado de Trajano.

Recorro los espacios del primer centro comercial de la historia. Ahora sus tiendas son utilizadas para exposiciones de arte contemporáneo o para contarnos la historia y los descubrimientos arqueológicos del cercano foro de Augusto. Desconocía que Augusto tuviera un espacio dedicado a él, a un lado del templo de Marte Ultor, junto a los pórticos.

Un coro canta soul donde en otro tiempo venderían joyas y gemas. En el pórtico principal se nos ofrece una representación de mimos. Una pareja. El actor mueve las piernas y manos de la chica como si fuera una muñeca. ¿Tal vez es el mito de Pigmalión? Lo hacen con mucha gracia y desparpajo. Detrás del escenario esperan un grupo de chicas, vestidas como romanas. Imagino un desfile de modas o tal vez un baile. No podré verlo; he reservado una visita guiada.

Es una domus de un senador cerca del foro Trajano. En realidad son dos, aunque separadas por el muro de un palacio renacentista. Se conserva una calle romana, sin salida, e, incluso, dos columnas del antiguo templo de Trajano del que no se tenían noticias, aunque se pensaba -como así ha sido- que se encontraban bajo el edificio que actualmente ocupa el Palazzo Valentini.

Ayuda para que la visita se te haga corta que aprovechen las nuevas tecnologías -proyecciones, vídeos- que introducen más fácilmente los descubrimientos arqueológicos al gran público. Así sí es atractivo el mundo antiguo...


Tomo un fettucine -exquisito- y un tiramisú.

Aprovecho que tengo entrada libre al metro -la Roma Card la incluye- y me voy a la otra punta de Roma, al Vaticano. Es de noche. Aún recuerdo de ese primer encuentro con Roma, hace más de veinte años, cuando después de caminar un par de horas, giré en una esquina y me encontré sin esperármelo, de sopetón -iba sin mapa, me dejaba llevar sin más- la impresionante plaza de San Pedro. Eran las dos de la mañana. 



No lo he olvidado. Nunca lo olvidaré.

Camino hacia el centro: Castillo de Sant'Angelo, Piazza Navona, Panteón, columna de Trajano, foro republicano.

                                               


Me siento muy cansado. Me dejó arrastrar por Morfeo.