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martes, 4 de noviembre de 2025

IMÁGENES DE LA MEMORIA: KAPUSCINSKI, HERÓDOTO Y ANNECY

 


Elegí Viajes con Heródoto de Kapuscinski; necesitas un libro para que el tiempo se te pase más rápido en las largas esperas de los aeropuertos o en los trayectos, cuando, lejos de la ventanilla, no puedes contemplar las nubes o las altas montañas o las llanuras, punteadas de ciudades y pueblos, y atravesadas por carreteras, autopistas o caminos. 

Heródoto y Kapuscinski son excelentes guías, descubridores de mundos, amantes del conocimiento, del viaje; saben cómo contar una historia y nos conservan la memoria, que se perdería, si ellos no hubieran estado allí para contárnoslo o no hubieran decidido recopilar todas esas historias y escribirlas.

Para Kapuscinki Heródoto fue un maestro porque, cuando leemos al autor polaco, nos damos cuenta de que gracias al griego se pertrechó de los recursos necesarios para mantener la atención de sus lectores. Me agrada ese primer contacto con el Mediterráneo, el que tuvo en Argel en los años cincuenta; descubre su aroma, su olor, su luz: inconfundibles sensaciones para cualquiera que ame este mar. No había olvidado de mi primera lectura el encuentro con los dos africanos, armados hasta los dientes; teme que le van a matar y, cuando se acercan, amablemente, solo le piden tabaco. Pero, sobre todo, para Kapuscinski Heródoto es una forma de superar el tiempo, alejarse del presente, observar el mundo, como si fuera reciente, fresco, nuevo.

Y las historias de Kapuscinski y Heródoto se mezclan; no parece que más de veinticinco siglos separen a Jerjes y Louis Armstrong, a Masistes, Zósipo, Ciro, Abdou, Artabanes, Creso, Negusi, Lícidas, el Dr. Ranke... Atraen nuestra atención, sean personajes reales o míticos, inventados o transformados, porque la memoria y la Historia, la nuestra, la de otros, recrea imágenes, las reconstruye, y nunca sabrás con seguridad, si han sido vividas, soñadas o imaginadas.

¿Qué imágenes recordaré de esta última visita a Annecy? 

Si has estado tantas veces en un lugar, los tiempos se confunden. ¿Eres el niño, el adolescente, el joven veinteañero o treintañero, el cuarentón o el de hoy, el que se recupera con dificultad de los achaques?

Los espacios te devuelven imágenes. 

Mi tío Víctor me echó en cara -en voz alta para que todos lo supieran, durante uno de esos viajes, en el baño de su casa-, que no apretaba la pasta de dientes como se debía hacer; desaprovechaba la mitad y era increíble que mis padres no me lo hubieran enseñado. No he olvidado esas palabras, la vergüenza que me produjeron. Y todavía, cuando me dice que no encienda la luz del pasillo o no me deja cambiar de canal, recuerdo ese momento, aunque ese hombre camine ahora, apoyado en un bastón, frágil, inseguro, tan cerca de la muerte...

Observo las montañas que se alzan alrededor del lago de Annecy y me parece, si la memoria no me falla, que algunas las he recorrido e, incluso, he hollado su cima; allí estuve, me gustaría decir, cuando las observo, sentado en el banco, al borde del agua, rizada por el viento otoñal.

Escucho el sonido persistente de una alarma antiaerea un miércoles de septiembre; no, no nos bombardean. Solo es un aviso del pasado, de una guerra que ya nadie recuerda. 

Quedan inscripciones; aquí, los españoles que lucharon contra el fascismo; allí, los niños que murieron en campos de concentración; los fusilados de la Resistencia... Tuve hace unos años una idea: entrevistar a tres generaciones de españoles; los que lucharon contra los nazis, los que emigraron y a sus hijos y nietos. La historia de unos españoles que trabajaron y vivieron y murieron, que trabajan, viven y morirán en Annecy. Me faltó energía para hacerlo real.

Una mujer se apoya en la barandilla del puente de los Amores: "¡Jérôme! ¡Jérôme!". 

Es el comienzo de La rodilla de Clara de Rohmer.

Es la Annecy que conocí por el cine. Allí mismo, sobre el puente, grabó mi madre unas palabras mucho tiempo después; sus voces, las de la actriz, las de mi madre, se fusionan, se combinan irreconocibles.

Confusa e infinita asociación de imágenes; los tiempos y los lugares se entrelazan, se entretejen en una madeja interminable.

Infinitos son los mundos por conocer; limitado el tiempo que nos queda.

viernes, 18 de julio de 2025

VIAJES EN TREN

 


La lectura de Paisajeros de Pablo Zulaica ha despertado mis recuerdos de viajes en tren. 

Siempre que voy a un lugar nuevo, intento ir allí en tren o subirme a alguno, mientras lo visito. Lo prefiero a los autobuses o a los coches. Te permite contemplar el mundo de otra manera. Tu mirada es diferente; el paisaje se observa desde una ventanilla, cuando estás sentado, pero también puedes moverte y elegir otro lugar desde donde mirar. El ritmo, si es un tren convencional, es más humano; la interrelación es más cercana. Para mirar por la ventana, descubrir el día a día, sus miserias y sus bellezas, la velocidad no sirve. También te permite reconocer las propias, porque ya no puedes ocultarte bajo capas que te protejan; así, más desnudo tú mismo, podrás observar mejor los conflictos cotidianos del lugar que visitas. 

Sin embargo, hay sitios que ya no tienen tren. El uso del coche y, sobre todo, la falta de inversiones -sea por su carácter deficitario o el desinterés de las instituciones o por las privatizaciones o porque se prefiere la alta velocidad como reclamo turístico- condena a muchas líneas férreas al abandono y el desguace. Este hecho es una letanía que se repite en cada uno de los reportajes del libro, sea en la India o en México, en Argentina o Italia, en China o Rusia, en Jordania o California. 

Reconozco en Pablo Zulaica a un amante de los trenes. ¿Cuándo empezó mi pasión por ellos? 

Mi madre nos llevaba a muchos sitios cuando éramos pequeños -¿sería a Toledo, Ávila, Segovia?- pero el primer tren que recuerdo es el que escuchábamos pasar, mientras corregíamos ejercicios de Matemáticas o Lengua en una clase de EGB. Mi colegio, el Federico García Lorca, se encontraba junto a las vías del Cercanías, que comunicaba Móstoles, una ciudad del extrarradio, con Madrid. Y cada diez minutos pasaba uno. Sabíamos que se acercaba no sólo por el pitido, sino también por el temblor, similar a un ligero movimiento de tierra, que notábamos ya de lejos y, después, cuando llegaba a la altura del colegio, se imponía el estruendo que hacía imposible escuchar las palabras del maestro o del compañero, a no ser que tuviéramos cerradas las ventanas. Encerrados en esas cuatro paredes, todos deseábamos subirnos a ese tren para ir a Madrid y continuar el viaje, ¿quién sabe adónde?

Inter Rail, como también hizo Zulaica, nos permitió viajar a nuestra generación en tren por precios baratísimos. No siempre recuerdo las ciudades en las que estuve; pero sí muchos de los trenes en los que viajé. Un trayecto entre Roma y Florencia en el que dormí de pie en un vagón nocturno atestado de viajeros; un viaje en un tren suizo en el que me pregunté si me había colado, porque nunca había tenido tantas comodidades; largos trayectos en los trenes italianos donde ni sabías cuándo saldrías ni cuando llegaría a destino en un día de sciopero; un espacio amplísimo, casi la nave de una catedral, en la estación de Budapest a primera hora de la mañana, donde decenas de personas dormían en el suelo y lo ocupaban por completo. 

Con los años los viajes se acumulan; también los trenes en los que he estado. Y en los que no he estado. En el Peloponeso no hay trenes; tampoco en gran parte de Argentina. Quise ir de Estambul a Tesalónica, pero cuando viajé renovaban las instalaciones. Las privatizaciones, las crisis acabaron con ellos. Estaciones abandonadas o transformadas, como descubrí en una ciudad cerca de Olimpia, en bares. Crecen las hierbas entre los rieles oxidados. 

Hay viajes que duran horas o días. En uno que hice en China, desde Zhengzou a Xian, recorrió unos cuatrocientos kilómetros en doce horas. Era el único occidental. Pasillos y asientos repletos de familias, obreros o trabajadores que llevaban todos sus bártulos de vuelta a sus pueblos de origen; fardos y sacos que ocupaban mucho espacio -te preguntabas cómo eran capaces ni siquiera de levantarlos- y que, al principio, cuando el tren se llenó, provocaron algunas tiranteces y discusiones entre ellos, que lograron resolver en poco tiempo. Tiraban todo, incluso comida, al suelo, y cada media hora un empleado se encargaba de limpiarlo, pasando la escoba y el recogedor por debajo de los asientos. A los cinco minutos volvía a estar sucio. Los gritos y las voces estridentes me molestaban, pero yo había elegido ese tren. Notaba amabilidad, sin duda, y lo agradecía, aunque no pudiéramos entendernos, ya que nadie sabía inglés. En cada parada entraban vendedores ambulantes y el tren esperaba a que, tras recorrer los vagones, bajaran al andén. Me parecía haber regresado a los viajes que mis abuelos hacían en trenes de madera en los años cincuenta. A la semana siguiente me desquité haciendo la distancia entre Shanghai y Pekin, unos mil trescientos kilómetros en cuatro horas. Limpio e inmaculado, perfecto e impecable, el artefacto ideal para turistas y hombres y mujeres de negocios. Los trenes son un reflejo, un vislumbre del lugar que visitas y en China hay muchos mundos. 

En Argentina en pleno verano la gente prefería estar cerca de las puertas que dentro del vagón. Y algunos se agarraban a los pasamanos, por fuera, arriesgándose a caer, si el tren hubiera frenado de repente. Por la ventanilla, al salir de Buenos Aires, contemplabas una de las zonas más depauperadas de la ciudad. 

A veces contemplas el mar al otro lado del cristal: el Pacífico, el Atlántico y, sobre todo, el Mediterráneo; en otras ocasiones vislumbras montañas míticas: el Etna, el Vesubio, el Fuji, el Cervino, el Mulhacén. Las ciudades cambian; las poblaciones rurales dan paso a bosques impenetrables o a ríos caudalosos; al borde de un acantilado o junto a senderos o caminos; suburbios, casas prefabricadas con tejados de uralita, fincas y dúplex modernas y lujosas; calor y nieve y lluvia. 

Los viajeros que te acompañan, como tú mismo, suben y bajan, han compartido una parte del camino, nada más: como esa mujer joven, que dibujaba en un cuaderno, antes de llegar a Paestum -¿o fue entre Varsovia y Cracovia? ¿O cerca de San Petersburgo?- y muy atenta a lo que veía desde su asiento. Cuando se bajó, la esperaban dos personas mayores en el andén que la abrazaron con cariño; ¿sería su nieta o su hija? 


Es extraño cómo algunos recuerdos se fijan en tu memoria de manera tan aleatoria y otros desaparecen sin que hayan dejado ninguna huella aparente.

Pocas veces me he bajado de un tren en marcha o me he subido a otro. Cuando era joven, sí lo hice. Ahora, con los años, esperaría al próximo. 


domingo, 7 de enero de 2018

RECUERDOS


No sé cuál fue la palabra que me impulsó a llevarme este libro de la biblioteca. ¿Sería "Miguel Hernández" o "viuda". No, no lo creo. Entonces, sería "Recuerdos". Hasta es posible que lo que me atrajera del libro fuera, más bien, esta fotografía de estudio que aparece en la portada...


Me recordaba a otras que tengo en los álbumes de mi tía-abuela Regina o de mi abuelo, hechas seguramente en la misma época, en los años treinta o cuarenta del siglo pasado.

Por supuesto, uno espera que le hablen de Miguel Hernández y sí, aparece él también, pero el que conoció Josefina, su esposa. ¿Fue el único Miguel Hernández que existió? No, claro. Ella no trató tanto con el intelectual, ni con el que viajaba a Rusia o participaba en los homenajes o lecturas en Madrid o Barcelona, pero sí conoció al Miguel Hernández más cercano, el que se moría, en una enfermería de la cárcel de Alicante, echando de menos a su hijo, o con los pies negros, heraldo de la muerte; el que caminaba o iba en bici o volvía a casa, después de sus viajes por España, durante la guerra civil, con una sonrisa en los labios; el que no podía alejarse de su Orihuela natal. Y en este libro, esta mujer, sobre todo, habla de su tierra y de su gente, que era la suya, la de ambos.

No es una intelectual ni una mujer cultivada ni tiene un estilo literario inolvidable y personal. No lo pretende. En realidad, es una sucesión de anécdotas y recuerdos deslavazados, sin una idea que los aglutine, pero esa es quizá su virtud. No hace juicios de valor ni busca moralejas o aprendizajes que nos hagan mejores, a ella o a nosotros, sus lectores. Sólo nos ofrece su testimonio: el de una mujer corriente. Y el de una época en la que la gente moría por enfermedades de las que hoy sólo conocemos el nombre, o en la que todas las familias enterraban a uno, dos o tres recién nacidos que no llegaban al año. Podría haberlo escrito mi abuela o cualquiera de mis tías-abuelas. ¿No perdieron también mis bisabuelos a tres niños de los que sólo quedan sus nombres y nada más, en un documento parroquial? ¿Rosa, otra de mis tías-abuelas, o mi propia abuela no perdieron también a algunos de sus hijos, como le ocurrió a Josefina?

Josefina nos habla de sus vecinos, sobre todo los de Cox, la pobreza del día a día -cómo se quitaban los piojos, sentados en una silla, o cómo conseguían el agua, buscándola en pozos-, los rumores en los mentideros -por ejemplo, la historia de la hermana de unos curas que se casó con un tipo más joven que ella y que, al cabo del tiempo, la dejó sin el dinero de la herencia que le correspondía y, aunque sus hermanos después no querían saber nada de esta mujer, sin embargo, la otra hermana la daba de comer, sin que estos tuvieran conocimiento-, las costumbres, la vestimenta, las tradiciones, las rencillas personales, los juegos, los juguetes de los niños, las familias del pueblo y sus vicisitudes...

Pero, sobre todo, es el testimonio de una mujer sencilla. No oculta sus defectos; se la nota rencorosa con aquellos que la utilizaron o la engañaron para hacer ediciones espurias o dijeron falsedades o mencionaron datos falsos de la vida de Miguel, sin contrastar esa información con ella. Dice sus nombres y apellidos. Y lo hace a propósito. No oculta que algunos de ellos se atrevieron a llamarla analfabeta. Y no puede evitar decirlo también. También es justa con aquellos que no abandonaron al poeta o que la trataron con respeto. Sobre todo, con Vicente Aleixandre.

Aparece su timidez y su tozudez. Su pesimismo y simplicidad. Es sincera e ingenua, resentida y desconfiada. Es orgullosa -se niega a pedir favores; no va en su carácter-. Preocupada por el qué dirán. En todos estos rasgos o en casi todos, se nota que fue muy diferente a su marido, al poeta. Y ella es consciente.

Cuenta que en una ocasión se avergonzó de Miguel, porque acababa de comprarse un par de alpargatas, un calzado de labriego, por entonces, y no lo ocultaba; incluso los llevaba atados a la espalda para que todo el mundo lo viera, -ser sirvienta, por ejemplo, según cuenta, también era un desdoro; trabajó, años después, para sobrevivir, cosiendo vestidos para una tienda y sus propietarias decían que los vestidos venían de la capital o de París, aunque era ella quien los hacía; así que tenía que ocultarse y esconderse, mientras los cosía-.

Volvamos a la anécdota con Miguel. Josefina, enfadada, se niega a pasear con él, se separan y, al final, van a casa de su madre, cada uno por su lado. Ella llega antes y, cuando ve que Miguel se está acercando a la casa, el poeta se cruza con un amigo y se entretiene un rato con él. Los dos hombres bromean y ríen. Miguel parece haberse olvidado de la rencilla. No hay ningún comentario por parte de Josefina; pasa sin solución de continuidad a otra anécdota, aunque uno imagina que ella piensa: "Yo era así y él era así. Ya está". En realidad, estos detalles la hacen más humana.

Sueña con él. Y lo abraza en sueños. Y escucha su risa. Y vislumbra a Miguel, escribiendo a máquina. Y se le acerca por detrás. Y ríen juntos. Y le gustaría no despertarse.

Creyendo morir, veinte años antes de que ocurriera, se tumba en la cama, con los brazos en cruz, sobre el pecho, para facilitarle el trabajo al enterrador. Una noche en la que su hijo se había ido a Madrid, se despierta de una pesadilla y mira debajo de la cama; tiene miedo de que se la lleven. Nos cuenta la primera vez que cocinó para su marido, preocupada porque no le saliera bien el guiso que preparaba, o describe la casa donde vivió con el suelo de tierra, sin agua, electricidad, o la muerte de una cabrita a la que cuidó, aplastada por unos niños, unos salvajes, que, en cambio, cuando sean mayores, irán todos juntos, cada año, al cementerio y llevarán flores a la tumba de su madre; detesta los toros con un comentario que hoy podría ser considerado incitación al odio "si le pasa algo al torero, se lo ha buscado, por hacer daño a un pobre animal" o cómo le contaron a Josefina el asesinato de su padre a manos de unos milicianos anarquistas, narrado, tanto una anécdota como la otra, con la misma sencillez, sin detalles superfluos.

A veces tenía la sensación que Críspula -a la que tanto se parece Josefina- o Regina o Riánsares o Rosa, cualquiera de mis tías-abuelas, me estaba contando estos recuerdos.

Hay un momento en que Josefina habla de la educación de sus padres; que en la mesa no se podía chistar y que el padre era respetado y te pegaba sin miramientos. O cuando su padre le enseña a leer y a sumar y a restar. Estoy viendo a Regina, cuando una tarde de invierno, me lo contó, con esas mismas palabras, casi...

Es el testimonio de una mujer sencilla. Y de una época. Parece lejana, pero quizá no lo estemos tanto...



sábado, 24 de octubre de 2015

¡BRINDO POR TI, JOAQUÍN!





Dos espacios, dos instantes…

1.

Me encuentro en una cripta de la calle madrileña de Ferraz, en el número 72. Son las ocho de la noche. 

Una suave noche de otoño.

Es un funeral: recordamos a Joaquín.

Sí, es cierto, los que estamos allí, apreciamos o amamos a Joaquín, pero noto que al ritual católico, -al que tantas veces asistí, cuando era pequeño, y por el que ahora siento indiferencia- le cubre una espesa y negra capa de hollín…
Una ceremonia vacía, un ritual que debo respetar; sin embargo, al fin y al cabo, mi madre también creía en ese ritual…

Es hueco; como algunas despedidas, a la salida del funeral: de personas a las que no veré, con las que no he tenido en los últimos años ni tendré demasiado trato, extrañas, cuyo único lazo en común, en muchos casos, es que Joaquín dejó un poso, una huella, más o menos profunda, en nuestras vidas…

Hay otras despedidas, sin embargo –como con los padres de Joaquín o la hermana de Zita, a los que ni siquiera conocía-, que logran conmoverme, aunque sólo haya entablado con ellos un breve intercambio de frases o palabras…

Me conmueve…

Me conmueve…

…cuando el párroco, amigo personal de Joaquín, menciona que este lugar, la cripta donde celebramos el funeral, fue el sitio donde Zita y él se conocieron, el espacio donde se casaron: un comienzo y un final.

Me conmueve…

…cuando la hija de ambos, una adolescente de 14 años, Itziar, -que en un gesto de rebeldía, se ha teñido el pelo de pelirrojo, hace unos días- se dirige al altar y, con cierta timidez, -que nos despierta ternura- enciende una vela.

Metáforas. La mano de Itziar: el futuro. La vela: Joaquín, su luz…

Me conmueve…

…cuando Zita nos agradece –su voz tiembla- que estemos allí. Itziar y los padres de Joaquín lloran. Nosotros, también…

Me conmueve…

…cuando Zita nos confiesa que al empezar a caminar por un sendero o una calle conocida –gesto cotidiano, el de todos los días-, le recuerda y se le escapan las lágrimas…
                                          

2.

Hace muchos años. Me encuentro en una sidrería, un Lizarrán, el de la plaza de Puerta Cerrada. Son las cinco de la tarde. 

Una fría tarde de invierno.

Es una cálida celebración: un encuentro anual.

Hemos bajado por las escaleras a un sótano. En un espacio reservado, hay una mesa con asientos corridos, sin respaldo. Es un lugar conocido: tenemos por costumbre celebrar comidas allí cada cierto tiempo.
Conmigo se encuentran Joaquín, Jorge, Carlos –cuyo apodo es El comandante-, Zita… Habría más gente, pero sus rostros los he olvidado…

Un amigo de Joaquín acaba de fallecer. Lo recordaban.

Y, entonces, Joaquín –no puedo asegurarlo, pero creo que fue él mismo- levantó un vaso de patxarán o de sidra y dijo:

- ¡Brindemos por él!

Es extraño.
Tuve la sensación de que en ese momento aquel amigo brindaba con nosotros… que estaba allí.


¡Brindo por ti, Joaquín!




martes, 20 de octubre de 2015

UN DÍA DE OTOÑO: Más allá del olvido y Marca de agua





Más allá del olvido de Modiano.

Una pareja, un encuentro fortuito. El escritor recuerda a Jacqueline... 
Sólo fueron cuatro meses de su vida, cuando era joven... 

¿O fueron nueve?

Me encuentro en París: boulevard Sant-Germain, rue de Dante, promenade de la Tournelle, estación de Austerlitz...
O en Barcelona: Avinguda de Gaudí, jardins del Princep de Girona, plaça del Diamant, estación de Sants...


Diez de la mañana. Mi mirada se queda fija en un punto entre las nubes. Te dejan ciego, te nublan la vista. Las cigüeñas vuelan en círculos; buscan un lugar dónde posarse. El reflejo te atrae; no puedes apartar la mirada. Y cuando lo haces, notas que las cuencas de tus ojos se han llenado de luz; debes vaciarlos, adaptarte a la oscuridad de la habitación donde te encuentras...

Jacqueline y el joven escritor roban una maleta con dos fajos de billetes. Huyen a Londres...

Estoy en Londres con ellos: Hyde Park, Notting Hill, el Támesis, estación de Waterloo... 
Estoy en Madrid con ella: templo de Debod, Aranjuez, paseo de Federico García Lorca en Vallecas, estación de Atocha...



Tres de la tarde. Azul en el cielo. Se abren huecos. Las nubes, deshilachadas, pierden su consistencia. El brillo se difumina. La textura cambia; es más suave el roce de la piel. Puedes mirar; el azul no te cegará, sólo te perderás en el infinito, entre la espuma del mar y las olas que rompen en la orilla...

El escritor pierde a Jacqueline. La encuentra quince años después cerca del bosque de Boulougne: siente de nuevo los labios en su cuello y la caricia de su pelo. El tiempo se ha detenido...


Ocho de la tarde. Las gaviotas se cuelgan del lugar más alto: otean el horizonte. Las luces de neón se mezclan con los rescoldos del día. Grises. Pronto, el cielo será una masa negra e informe. Sin luna, no podremos distinguirlo de la tierra...

Tiembla entre mis brazos. La ha perdido; la ha recuperado. La he perdido; la he recuperado. 
Todo ha cambiado. Nada ha cambiado... Un ojo, una lágrima...

Dejo a Modiano; tengo entre mis manos Marca de agua de Joseph Brodsky.

Es de noche.
Estoy en Venecia. Invierno.
Noto la humedad, el frío, la niebla, el olor a algas heladas.
El amor es un reflejo que se aleja de nosotros.
Viajo por el agua. El tiempo me atrapa entre sus garras. Me disuelvo...