lunes, 20 de julio de 2026

UN SECRETO REVELADO

Catarescu recuerda en una de sus obras menores, ¿Por qué nos gustan las mujeres?, situaciones de las que se avergonzaba, que le hacían sentirse a disgusto consigo mismo, imposibles de olvidar porque nos muestran, sin que podamos suavizarlas o allanarlas, esa parte mezquina y ridícula, que nos gustaría apartar y borrar de la mente; las hicimos, éramos así, tal vez, en el fondo, no hemos dejado de serlo. Me acuerdo de mi madre, de algún comentario estúpido fuera de lugar, gestos necios. Hay muchos; todos podríamos recordar momentos de este tipo. Siempre pienso en M., cuando me vienen a la mente actos que me avergüenzan.

Hace unos días, viendo un documental sobre la guerra civil, volví a pensar en M. Regresé a un tiempo muy lejano, años atrás. Estábamos tomando algo en la calle de los cines Renoir, haciendo tiempo, antes de que empezara la película; no recuerdo cuál era. Me parece que el bar estaba en una esquina; aún veo, ahora mismo, detrás de M, el cristal de la ventana, la gente pasando, echando una ojeada al interior o caminando deprisa a quién sabe dónde. M. había asistido el día anterior a la conferencia de una mujer que había sobrevivido a Auschwitz; no podía sacársela de la cabeza. Le impactó la fortaleza de su discurso; también me dijo, al mencionar el detalle de que la mujer ya rondaba los noventa años, que pronto ya no habría testigos, nadie que pudiera demostrar, avalada con su experiencia, que eso, lo innombrable, de verdad ocurrió. Acabamos hablando de la memoria histórica, las fosas comunes; es posible que la conversación se fuera calentando, ya que su posición en este punto se movía entre la equidistancia y cierta indiferencia y yo, quizá como respuesta a su actitud, buscaba el enfrentamiento dialéctico. Cansada, sin mucho interés en continuar, terminó la discusión con un argumento que pretendía ser lapidario y resumía su planteamiento: nosotros hemos conocido a personas que vivieron esa guerra y por eso se sigue tratando este tema con tanta intensidad; cuando pase el tiempo y esas personas hayan muerto, las siguientes generaciones ya no tendrán esa referencia familiar, tan personal, y solo será un acontecimiento histórico más, lejano y ajeno a sus propias experiencias. Y ahí acabó el debate; la película iba a empezar, pagamos y salimos. No logré encontrar un buen argumento que lo refutara. Nunca di por cerrada esa conversación y años después me gustaría retomarla; ella sí concluyó ese debate, nada más quería decir, y ni siquiera lo recordará, pero todavía estoy convencido de que se equivocaba. No importa que hayan muerto quienes vivieron esos acontecimientos, le diría ahora, heredamos sus recuerdos, sus ideologías, aunque no sepamos de dónde vengan o ni siquiera hayamos conocido a los que vivieron con ellos. Sí, echo de menos esas conversaciones, las que dejamos sin terminar. 

En todo caso, no es esto lo que quería contar. O tal vez, sí. 

En una ocasión me confesó que había escrito algunas palabras en una web; allí, personas que habían roto con el Opus Dei, intentaban explicar cuánto les había costado seguir un camino propio. En las palabras que escribió M. no se hablaba de la pesadilla que significa quebrar esos vínculos; más bien, era una reflexión que abogaba por una mirada diferente a la religión, una personal y libre, y no obligada por normas y reglas que la aprisionaban. Me pidió que no las utilizara en ninguno de mis escritos. No las había compartido con sus familiares; no solo porque ellos sí seguían en el entorno del Opus Dei, sino porque, además, así me aseguró, nunca las podrían entender y, si las leyeran, la alejaría de ellos definitivamente.

No pude evitarlo. Volví, en mi casa, a entrar en esa página web; copié las frases que había escrito M. Y nada más. No creo que, entonces, pensara en utilizarlas; solo me llamaron la atención y quise guardarlas en mi escritorio.

Pasó tiempo. ¿Meses, unos cuantos años? No sabría decirlo. Se me ocurrió una historia, la de un escritor polaco que acaba ganando el premio Nobel, y esas frases, ocultas hasta entonces, salieron a la luz. Las utilice como una cita. Las escribí en mi blog.

Al día siguiente nos vimos. Sabía que no lo había leído, porque estaba relajada y amable. La visité en su estudio; una parte la había acondicionado como dormitorio. Una cocina americana y un baño completaban el espacio. Era pintora, aunque en esa época vendía pocos cuadros y hacía exposiciones colectivas de cuando en cuando, mientras sobrevivía con trabajos de mierda para pagar el alquiler. Había decidido, tras dedicarse un tiempo al libro artístico, cambiar el material en el que pintaba sus cuadros: pasó de la tabla y el papel al tejido. Solo unos pocos, más oscuros y tenebrosos, insinuaron, por aquel entonces, algo diferente. Se negó a proseguir ese camino. Prefería la sutileza a la crudeza; eso me dijo. Tal vez no siempre nos atrevemos a mostrar lo que más nos hace temblar y remueve las entrañas; podría llevarnos a la locura. 

Casi al final, como un comentario sin importancia, le señalé que había escrito algo nuevo en el blog y que estaba seguro de que le interesaría. No le dije nada más. ¿Por qué lo hice? Vanidad, sentimiento de culpa. Si no se lo hubiera dicho, nunca lo hubiera leído, lo sé. Cavé mi propia tumba. Somos los responsables de nuestra desgracia. Me prometió leerlo. Nos separamos; era un bajo en el barrio de Carabanchel, entre un patio interior que le quitaba mucha luz, y la calle. Hacía mucho frío en ese estudio -techos altos, suelo de madera- y ese invierno M. había sufrido lo indecible. Solo unos cristales esmerilados la separaban del mundo. Me acompañó hasta la puerta y nos despedimos. Nunca más he vuelto a verla.

No tardó mucho tiempo en llegar la respuesta por correo electrónico. Es posible que yo, completamente obtuso, no esperara lo que ocurrió; que solo quisiera, como siempre ella hacía, recibir una crítica literaria y tal vez, como mucho, me llamará la atención por haber utilizado esas palabras sin su permiso. Las retiraría, me disculparía y asunto acabado. A veces me pregunto si yo no deseaba, en el fondo, una ruptura, porque, por supuesto, eso es lo que sucedió. En el mensaje me decía que se sentia traicionada, que había traspasado un límite y, por tanto, prefería distanciarse de mí. Mucho más, cuando en mi respuesta no la pedía disculpas y me ratificaba en el uso de esas palabras, ya que, como reiteré, el contexto era muy diferente y difícilmente nadie podría identificarla. Todo escritor puede utilizar lo que quiera, pensé. Es el riesgo que tienes, si confiesas un secreto a un escritor, aunque este sea mediocre. Sí, un año después, le presenté esas disculpas, pero ya era tarde, y, si debo ser sincero, sonaban falsas. Si me arrepentía de haberlo hecho, era por las consecuencias y la amistad rota. Cuando leo el relato, sigo pensando, si olvido su origen, que esas palabras encajan perfectamente. La estética se impone a la ética. Comprendo que ella no lo viera así.

Por entonces me comparé con otro tipo, un escritor respetado y con numerosos libros vendidos, del que se había enamorado. Ella lo veía como una relación imposible y así me lo repetía hasta la saciedad, aunque deseaba muchísimo estar con él. Un día el gran escritor la llamó a unas horas intempestivas para que viniera a su casa; ella fue a encontrarse con él, sin pensárselo, dejándolo todo, sin orgullo, dispuesta a rendirse, en cuanto bebieran la primera copa. Se acostaron. La tensión sexual de los meses anteriores se liberó. En cuanto terminaron, él llamó a un taxi para que la llevara a casa. Tenía cosas que hacer. Nada de romanticismo. Se sintió humillada. Y, sin embargo, años después, me sorprendió que colaborara con él, haciéndole las ilustraciones de su último libro de relatos.

La comparación era absurda. Una humillación puntual de un amante ocasional no es tan importante como un pacto roto entre amigos, y un secreto revelado.

Esas palabras, que ella compartió conmigo, ocultaban, bajo una capa sutil, -la reflexión y los argumentos racionales-, su pesadilla; atrapada en una tela de araña, escribiéndolas, recuperaba el tormento interior y, al mismo tiempo, lo exorcizaba.

Esas palabras para ella debían haber sido, como al final de Deseando amar, una de sus películas preferidas, un secreto que se murmura, se susurra, al hueco de un muro antiguo o de un árbol. El secreto necesita ser expresado con palabras, pero no puede, no debe ir más allá. Hay que cubrirlo con arena y piedras y barro: que se quede allí eternamente, que nadie lo revele. 

Sí, yo traicioné ese secreto. Y mi castigo es justo. Y mi vergüenza también.






ODISEA DE NOLAN

 

Ningún hombre, valiente o cobarde, puede eludir su destino. 


El destino se ha cumplido. Era inevitable. 

Son las dos de la mañana. Escucho un último ¡Viva España! Es el mismo vecino que ponía a Manolo Escobar en su terraza durante la pandemia para contrarrestar y replicar a otro vecino, un anarquista, que leía con la ayuda de un altavoz poemas de Miguel Hernández y Antonio Machado. Sí, no son los mismos ¡Viva España! que gritaban las tropas nacionales cuando entraban en las ciudades republicanas, conquistadas y bombardeadas hace noventa años, y son los mismos; es la misma bandera rojigualda que colgaban en los ayuntamientos, antes de ejercer una represión brutal y despiadada y, al mismo tiempo, no es la misma. Escucho de fondo el pasodoble que bailan el padre y su hija en El sur de Víctor Erice. 

Este vecino no sabrá quién es Erice. El resto de la música que pone a todo trapo ni siquiera merece ser mencionada. No comparto esta alegría colectiva. Yo y mis rarezas. 

Imagino que a alguno se le ocurrirá poner en el examen de Lengua de la próxima EVAU un texto en el que aparezca el triunfo en el Mundial. No será muy original. Muchos se escribirán en los próximos dias. Habrá quien hable de la unidad de España frente a los rifirrafes políticos, que volverán en cuanto se apague el fervor inicial; otros destacarán el papel del fútbol como aglutinador y, al mismo tiempo, evasión, bien controlada y asimilada por el poder; alguno se atreverá a criticarlo como negocio que mueve millones y denunciará sus intereses. Que de esos textos se ocupen los futuros correctores. Me ha llegado demasiado tarde. Y me entristece, pero así ha de ser. Nadie puede eludir su destino.

En su lugar, escribiré sobre la Odisea.


Nolan sabe mucho; no es un tipo que haya decidido adaptar la Odisea, sin haber hecho una búsqueda exhaustiva de material. Y es listo. Por eso, tenemos una Odisea espectáculo. Es menos reflexiva que otras versiones, como la última de Uberto Pasolini; 

menos divertida que la de Camerini y Kirk Douglas, 

y, a pesar de todo, recoge lo mejor de ambas o, al menos, lo intenta. Busca entretener y lo consigue. No aburre y se agradece. Tampoco oculta los terrores del final de una época, los de esos pueblos del Norte, que nunca aparecen, mencionados constantemente a lo largo del metraje. El mundo micénico se derrumba, tras haber destruido Troya, y Odiseo es, al mismo tiempo, el final de un mundo, salvaje, que ha quebrantado sus propias normas -la ley de Zeus, como se repite hasta la saciedad en el metraje-, y el comienzo de otro, incierto y oscuro. 

Tiene defectos esta película. Muchos, inevitables, diría yo, ya que una superproducción los tendrá, aunque ni siquiera tome conciencia de ellos, ni le interese demasiado divulgarlos. Si no tenemos en cuenta a Telémaco u Odiseo, los personajes masculinos responden a prototipos. Antinoo, el pretendiente, decepciona; en el guion no deja de ser un cobarde al que podamos, en el tramo final, despreciar. Menelao es un asesino violento y esa violencia, después de Troya, la ejerce, sobre todo, con Helena, una mujer de raza negra sometida a su poder; el pastor Eumeo es el fiel sirviente. Agamenón es casi un semidios, cubierto por una armadura que recuerda más a una película futurista que al mundo de los guerreros griegos.

Uno tiene la sensación de que el final se precipita. Y la matanza de los pretendientes hubiera merecido un espacio más amplio. No sé si me convence que Odiseo y Penélope marchen a Occidente y dejen a Telémaco como rey en el último plano; es el final feliz que una superproducción promete, pero podría haberse hecho de otra manera. Y hay que saber cerrar una historia; no deja de ser, en el fondo, un final fallido. Que desaparezcan los feacios y el personaje de Nausicaa es aceptable, cuando decides que sea junto a Calipso donde Odiseo recupere la memoria; tampoco me desagrada que la flor del loto sea lo que le ha permitido mantenerlo en su isla esos largos siete años. Nolan introduce la Telemaquia -no recuerdo otra versión en que aparezca- y encaja bien. El resto de aventuras, como era de esperar, superan con creces lo que se espera. Con medios, todo es posible. La historia de Polifemo es terrorífica; los lestrigones, implacables. El silencio, cuando aparecen las Sirenas, se convierte, tras superarlas, en una atronador grito de dolor. Caribdis y Escila me recuerdan a las películas de aventuras de los años sesenta. ¡Ah, sí, siempre me emociona la muerte de Argos, el perro más fiel!

Circe, como sucede con Tiresias, es la implacable testigo de un destino que ha de cumplirse. Los dioses están ahí: Zeus con su trueno, Neptuno junto a sus tormentas y, sobre todo, Atenea, la más fiel compañera, la conciencia del héroe. La bajada a los infiernos estremece; tiemblas y así ha de ser.

Digamos que, si esperas una radiografía de un héroe ambiguo, encontrarás desperdigadas referencias, aunque Nolan no profundice demasiado. Si acaso, un no a la guerra -el propio Odiseo comprende y así se lo confiesa a Penélope, que las razones de la guerra no fueron Helena y Paris, sino el control de las rutas marítimas; ¡Ay, Nolan no ha podido evitar decirnos que es muy listo a través de su protagonista!-, una asunción de los errores cometidos, la obligación de empezar a construir otro mundo. 

La versión de Nolan es aceptable e intenta atrapar la estructura temporal del original, pero la obra de Homero es compleja y ninguna, si lo pretendiera, podría conseguir la perfección. Toda versión está condenada a mostrar solo trazas del talento de un autor, ya por sí mismo, mítico. Me quedo con la vitalidad y el amor a la vida de Camerini -que sigue siendo mi preferida-, el espectáculo bien condimentado de Nolan, la profundidad psicológica en la de Uberto Pasolini o la dignidad, algo envarada, de la serie para televisión de los años noventa. 

Para eso, para captar toda su grandeza, lo mejor es leer directamente la Odisea

Empecemos a hacerlo. Una y otra vez. 

"Háblame, Musa, de aquel varón ingenioso que anduvo errante largo tiempo, después de haber destruido la sagrada ciudad de Troya; que vio los pueblos y conoció las costumbres de muchos hombres, y sufrió en su corazón muchas penas, sobre el mar, luchando por su vida y la vuelta de sus compañeros. Y no pudo salvarlos a pesar de...

sábado, 18 de julio de 2026

EQUIDISTANCIA, MODERNIZACIÓN, MEDIOCRIDAD, EXCELENCIA

 


Al escribir esto tengo la sensación de pertenecer a otra época. Nada más lejos que asumir el papel de viejo cascarrabias que entona el ¡O tempora, o mores! y quisiera recuperar antiguas costumbres. Hubo tiempos peores, sin duda, pero dudo de que fueran más mediocres. 

Mediodía. Vagón de Cercanías. No censuro que todos o casi todos tengan un móvil en la mano y decidan establecer un vínculo intenso con él, mientras dure su viaje, -esa batalla está perdida-, pero, al menos, se agradecería no escuchar, incluso estando a cinco metros, la última chorrada de Tik Tok, el comentario afilado de un bloguero de moda o una melodía alejada de tus gustos musicales. Creo que existe un artilugio denominado "cascos" que permite no compartir con el vecino tus preferencias, sobre todo si este vecino quisiera atesorar y gozar en su interior, por el contrario, de un respetuoso silencio que le permitiera practicar una reflexión filosófica profunda o disfrutar de una lectura sosegada. 

Noche. Historia de nuestro cine. Aprovechando que esta noche hace noventa años hubo un golpe militar que acabó con la segunda república y que fue el comienzo de una sangrienta guerra civil, tras la película de Chávarri, Las bicicletas son para el verano, -obra teatral de Fernando Fernán Gómez-, se abrió un debate que pretendía ser cinematográfico, pero, sin quererlo, se convirtió en un reflejo deprimente de nuestra mentalidad. Me sorprendió la equidistancia de algunos de los comentarios. Sí, sí, todos estamos en contra de todas las violencias, como mantra es perfecto, pero hay diferencias, antes, ahora y siempre entre levantar un puño y el saludo fascista: el primero buscaba, con sus aciertos y errores, la justicia social y la libertad; el segundo deseaba y consigue, porque ha triunfado, ¡para qué vamos a engañarnos!, la desigualdad y el autoritarismo. Imagino que es la misma equidistancia que permite que en todo el mundo la ultraderecha llegue al poder con su discurso xenófobo e intolerante. La equidistancia, si se asume como ideología, nos lleva a estos lodos. 

Al mismo tiempo en otra cadena proyectaban La España dividida en color, un documental que, en líneas generales, ofrece datos serios y contrastados. Es digno de verse. Uno de ellos me pareció interesante; sin contar la posguerra, la cifra de asesinados civiles en "paseos" o ejecuciones en el bando republicano fue de unos 50.000 y se debió al descontrol interno en los primeros meses; en el bando nacional fue de unos 100.000, sistemático y controlado y dirigido desde el poder. No se suele mencionar este dato generalmente, no sea que el discurso de la equidistancia no nos encaje. 

Y nada hubiera dicho sobre este particular, si en los comentarios posteriores de los historiadores no dedicaran los primeros minutos a justificar porqué se han coloreado las imágenes: hay que acercarlas a las nuevas generaciones repetían una y otra vez. Imagino que en mis clases tal vez debería ponerles las películas dobladas, colorear las películas en blanco y negro o, mejor, no ponerlas, y llenarlas de actividades divertidas para que no parezcan antiguas o tradicionales, una didáctica nueva y enriquecedora que acerque a los alumnos lenguas muertas adaptándose a sus intereses. Lo llaman modernizar. Uno debe encontrar los límites, que existen, o las diferencias entre dos conceptos que confundimos: empobrecer o adaptar los contenidos. Bajo la falacia del segundo, llegamos, sin darnos cuenta, muchas veces, al primero. 

Sinónimos de mediocridad: vulgaridad, medianía, adocenamiento, ramplonería. 

Nada mediocre ni ramplón me parecieron los últimos documentales de una directora gallega, Margarita Ledo. Prefiro condenarme o Nación son propuestas diferentes, ignoradas por la gran mayoría; merecerían más atención. 


Se habla de lucha sindical y feminista -el trabajo, la independencia, el derecho al divorcio, la violencia institucional-; la poesía -incluso un texto de la Antígona de Sófocles- baila con imágenes de archivo; las actrices que interpretan episodios de sus vidas se confunden con personas y vidas reales. Formal y temáticamente son experimentales y atrevidas. 

Antónimos de mediocridad: excelencia, brillantez, genialidad. 

Posdata: en el documental Nación y en la obra de Fernando Fernán Gómez aparece una frase digna de enmarcar: no se trabaja gratis, nunca trabajes gratis. Para quien quiera entender, que entienda. 


sábado, 11 de julio de 2026

DESIERTO SONORO DE VALERIA LUISELLI, THEODOROS DE CARTARESCU Y CRUZ DEL SUR DE CLAUDIO MAGRIS

 


La OTAN decide aumentar el gasto militar. Nadie sale a la calle a protestar. Nadie.


Desierto sonoro de Valeria Luiselli es una amalgama de géneros. Por un lado, es la historia de una pareja en crisis y sus dos niños, la de un viaje desde Nueva York a Arizona en coche, que remite sin ocultarlo a On the road de Kerouac o Cormac McCarthy. Los padres les cuentan durante el viaje otras historias: la del genocidio de los indios americanos; la del flujo migratorio entre las fronteras mexicana y norteamericana. Niños que mueren en el viaje; niños que mueren en el desierto; indios masacrados, olvidados sus nombres, borrados. Una mirada critica a la historia de Estados Unidos, a su presente. Las narraciones se mezclan, se difuminan los límites temporales. Los niños convierten el viaje en una aventura, se confunde la realidad y la ficción, el presente y el pasado, se experimenta con la estructura y el lenguaje. Destacan dos puntos de vista: el adulto, la madre, reflexiona sobre las relaciones de pareja, la maternidad, la Historia y la injusticia, es la voz de la autora que reconoces también en uno de sus ensayos, Papeles falsos; el niño, se mueve entre el relato, transformado desde su mirada infantil, y el juego, tan serio, porque, como bien sabemos, es un trasunto de la vida. En ambos encontramos la memoria y los vínculos con el mundo. Los padres documentan con sonidos y voces la realidad: él recoge las voces desgarradas de los muertos como hizo en Pedro Páramo Juan Rulfo; la madre graba los gritos y lamentos de los vivos. Los niños heredan esas voces, las conservarán.

Hay un aspecto curioso. Los personajes leen. Libros y libros. Decenas de referencias literarias. Se escucha música de los sesenta y setenta o un audiolibro de El señor de las moscas. El móvil es un elemento secundario. Los niños no lo piden; acostumbrados a las rarezas de sus padres, prefieren que les cuenten historias. Si aceptamos esto, como aceptaríamos que en un musical los personajes bailen y canten, no tendremos ningún problema con esta novela. Incluso lo agradeceremos. Es una ficción más. 

En Theodoros de Cartarescu podríamos hablar de biografía ficticia, aunque se apoye en hechos históricos y personajes que existieron. Un personaje imaginado, como lo fue Alejandro Magno, primera lectura del protagonista, o Aquiles u Odiseo y que podría haber sido real. Diríamos que el paisaje, sea Valaquia, el mar griego, la Israel de Salomón, Etiopía, adquiere tintes épicos. ¿Es una novela histórica de una época, el siglo XIX, donde todavía cabían las aventuras, o fantástica como El maestro y Margarita de Bulgákov de la que tanto bebe? ¿Quién la narra: Dios o un autor omnisciente? No, son los ángeles, semidioses. Es fácil distinguir entre los temas la religión y la locura. Alguien dijo que con el siglo XIX desaparecieron los grandes aventureros; fue el final de las exploraciones. El mundo había sido conquistado por Occidente, en el XX y XXI será esquilmado y explotado por las grandes corporaciones.  

Claudio Magris en Cruz del Sur nos escribe sobre tres vidas delirantes que tuvieron a la Patagonia como centro de sus vidas: la de Janez Benigar, un lingüísta esloveno; la de Orélie-Antoine de Tounens, que se proclamó, como hace Teodor en Etiopía, rey de la Araucanía; la de la monja Angele Vallese. Menciona otras y no quiero dejar de recordar alguna como la de José Font, anarquista que, como muchos otros, pelearon por un mundo más justo, esa Patagonia rebelde. Aunque Magris centre su mirada en el cono sur, es fácil establecer una relación con las obras de Luiselli y Cartarescu. 


Demencias e injusticias, voces perdidas y olvidadas, masacradas, narraciones épicas, nacidas en la infancia y transformadas, al hacerse reales, en espantosas pesadillas, genocidios y mataderos, la Historia, no tan lejana, y la actualidad, bien viva, de nuestros disparates, delirios y alucinaciones.



viernes, 10 de julio de 2026

ACTO REVOLUCIONARIO

En un vagón de metro. 

Habrá un tiempo en que los hombres y las mujeres tengan como extensión de su cuerpo una máquina que contenga todo el universo; pensarán que son libres, pero vivirán encerrados en sus límites. 

Habrá un tiempo en que abrir un libro sea un acto revolucionario. 

viernes, 19 de junio de 2026

UN CARRITO DE LA COMPRA

 

Una mujer te busca, su hijo ha suspendido Latín y Lengua, está sentada, esperando, a su lado, un carrito de compra vacío, señora, qué quiere, mi hijo necesita el título, sí, pero ha suspendido cuatro asignaturas, no, son solo dos, Latín y Lengua, no, son cuatro, Latín y Lengua de primero, Latín y Lengua de segundo, pero, incluso, así, aunque fueran dos, no puede obtener el título, ella no me entiende, las palabras se deslizan, inútiles, no nos comunicamos, la lengua no sirve para acercarnos, la idea gira, se repite, no sé cómo explicarle la distinción entre materia, asignatura, disciplina, ámbitos, el profesor de Lengua le enseñará sus pruebas, pero le dirá lo mismo, no puede tener el título, ¿quiere ver los exámenes de Latín, señora?, no entiendo Latín, ¿y su hijo?, debería estar aquí para ayudarla, está enfermo, no puede venir, hable con el profesor de Lengua, él le enseñará sus exámenes, vendrán del otro edificio, gracias. 

Pasan las horas, las diez, las once, las doce, la una, pasan los alumnos, pasan las madres y los padres, alguna reclamación, muchas matriculaciones, la señora pide ayuda, a ti, a mí, a él, a ella, a todos, quiere hacer una reclamación, no sabe cómo, sentada en un banco, pide bolígrafo, pide la hoja, no sé qué asignaturas son, solo Lengua, no entiendo Latín, te acercas a ella, ¿quiere reclamar por Latín?, no, solo Lengua, nos aleja, la lengua nos aleja, gracias, retrocedes, estás a punto de tropezar con el carro de la compra, cuidado, un carro vacío, las palabras nos separan, gracias, su hijo necesita el título, sin él se irá a Canadá, escribe la reclamación, cómo explicar que su hijo necesita el título de Bachillerato, las palabras no encajan, no me entienden, Lengua, los errores ortográficos, la morfología, la sintaxis, la redacción, ¿por qué su hijo no ha aprobado Lengua?, no lo sabe, unas pocas palabras, mi hijo necesita el título, ya está, presentada la reclamación se aleja.

Cierra secretaría, son las dos de la tarde, el pasillo despejado, ningún alumno, ninguna madre, ningún padre, ningún profesor, la señora se marcha, se lleva el carrito de la compra, vacío. 

sábado, 23 de mayo de 2026

EL TIEMPO SE QUEDA

 


Un espacio vacío, sillas a un lado y a otro, una mesa en el centro, familiares y amigos enfrente, un toldo y el equipo de sonido, la descripción de un espacio vacío no es suficiente, necesitas a los personajes, 

los protagonistas, las protagonistas se sientan, trajes, peinados, maquillaje, tacones, perfumes, soportan estoicamente el sol, treinta grados, las palabras, discursos sentimentales, humorísticos, la música rellena los silencios, los silencios son peligrosos, son sinceros, S. murió, condenada a morir joven, no la conocí ni hablé con ella, ni la dirigiría la palabra, si estuviera viva, solitaria, pero sonreía siempre, palabras, este nos hizo reír, este, muy organizado, este nos apoyó, ¿cómo serás recordado?, cómo te ven, cómo te ves, estamos todos a la sombra, han pasado dos horas, se pronuncian sus nombres, 

por la mañana un vahído, la cabeza gira, latidos del corazón, se pierde todo, el etcétera ya no importa, el final está cerca, tan cerca, estamos sujetos a interpretaciones, nos ves, nos ven, aplausos, abrazos, fotografías para el recuerdo, felicitaciones, regalos, despedidas, saludos, buenos deseos, cervezas, risas, 

volvemos al espacio vacío, las farolas iluminadas, las luces, hay quien prepara la cena en el edificio contiguo, hay quien ve la televisión en el salón del quinto piso, las sillas, la mesa en el centro, el toldo ha sido retirado, el equipo de sonido guardado, y, entonces, solo entonces, la gata sale de su escondrijo a buscar comida, ha de alimentar a sus crías, las palomas rebuscan entre la basura, es su momento, se levanta un poco de aire, el cielo plano, se escucha un ladrido a lo lejos, 

nosotros pasamos, el Tiempo se queda. 

miércoles, 20 de mayo de 2026

NOMBRES

 ¿Qué libros leerías? 

La pregunta me sorprendió al final de una clase de griego antiguo. La única alumna que viene durante estos días a repasar para la EVAU me pide una recomendación literaria.

Como leía los Once de Michon o un ensayo personal de Lauren Murat sobre la obra de Proust, se los señalé como posibles lecturas. Demasiado fácil. Prometí pensarlo. 

Hoy, mientras ella traducía un texto de Jenofonte, naves que se hunden, Lisandro embarcó, saqué un rotulador y puse tres nombres en la pizarra: Annie Ernaux, Han Kang, Patrick Modiano. 

Dicen más que miles de palabras. 

Los apuntó en su libreta. 

¿Leerá a estos escritores? 

¿Le gustarán? 

Son piedras lanzadas al mar. 

Se abrieron senderos, caminos, líneas de fuga infinitas cuando escribí esos tres nombres en una pizarra blanca.