domingo, 30 de agosto de 2026

WALTER TEVIS: ADAPTACIONES AL CINE

 

Walter Tevis es un escritor afortunado. Ha conseguido interesar a autores diversos y de sus seis novelas, al menos, cuatro han sido adaptadas al cine o la televisión. Si lees sus obras, te atrapan, te llevan de la mano hasta la conclusión del relato. No es un autor que te transforme, pero sí interesa lo que te cuenta. 

Tres de sus novelas se sitúan en un presente más o menos cercano. Responden a un modelo muy simple: el personaje principal con un gran talento, sea en el billar o el ajedrez, desequilibrado,  confuso, y que busca en el alcohol o en las drogas una válvula de escape, sufre una gran derrota en un duelo épico contra un rival a su altura; hundido o hundida, debe afrontar sus fantasmas y alcanzar la redención y la libertad. 

Gambito de dama, serie de Netflix, es una adaptación convencional, casi literal. Incluso lo que serían  aportaciones propias o diferencias con la novela se nos aparecen como trucos de guionista avezado: la voz en off es sustituida por diálogos con otros personajes o intervenciones de periodistas o narradores externos; el tablero mental de la protagonista, si nos centramos en la novela solo cierra los ojos, se transforma aquí en una imagen en 3D proyectada en el techo; se busca dar más peso a personajes secundarios, las dos madres, la amiga, y quiere explicar, a veces de manera innecesaria u obvia, el porqué de las paranoias de la protagonista en detrimento de los pensamientos y contradicciones, huecos mentales que Tevis con gran acierto se limita a insinuar. Como la construcción literaria de Tevis te atrapa, pero deja ese regusto de "sí, bien hecho, es un artefacto riguroso, un mecanismo eficaz, pero, ¡ay!, podría haber sido más atrevido".

El buscavidas de Rossen es uno de los clásicos del cine con derecho propio. Rossen opta por otra forma de contar la misma historia. En este caso, es un jugador de billar. La voz interior del personaje no necesita de artificios; basta con la planificación medida, precisa del director e interpretaciones soberbias; la de Paul Newman es impresionante. Es fiel al original literario, pero Rossen, con simplicidad, va mucho más allá. Si lo comparamos con la serie descubrimos, por si lo habíamos olvidado, que el cine tiene muchos recursos visuales y sonoros para mostrar el mundo interior de un personaje o su pasión, que no se aprovechan en el panorama actual. Al ver la película aparece un tema que la serie no desarrolla plenamente; no solo es la historia de un personaje al borde del precipicio, quebrado emocionalmente; es también la de una artista, un creador que encuentra en el billar, aquí, en la serie, el ajedrez, una manera de sobrevivir en un mundo, un entorno donde el dinero u otros intereses lo ensucia y corrompe todo. En realidad, no nos sorprende que Rossen, un comunista perseguido por la caza de brujas, nos haya colado una reflexión sobre el capitalismo; así, de manera sutil y elegante, tenemos una película política en el sentido más amplio del término. En la serie de Netflix ni se les pasó por la cabeza atreverse a dar ese paso, no vaya a ser que se nos escapen potenciales espectadores.

Hubo una continuación en El color del dinero dirigida por Scorsese. Es una adaptación más libre. Pierde, precisamente, en el camino a la gran pantalla, esa reflexión política, quedándose solo con la tensión narrativa, los conflictos de los personajes y algunos fuegos de artificio. Un gran Paul Newman y una dirección profesional de Scorsese no logra darle una película, en la que Tom Cruise se nos hace insoportable desde el principio hasta el final, mayor enjundia.

Las otras tres novelas de Tevis entrarían en el género de la ciencia ficción. Solo una, El hombre que cayó a la Tierra, ha sido adaptada; una, más reciente, en formato serie; ver el trailer te basta para saber cuál va a ser el tono de dicha adaptación, aunque, sin duda, será aceptable y fiel al original. 

La más antigua es toda una rareza. Volveré a mencionarla.

Sinsonte y Las huellas del sol, como sucede con toda la obra de Tevis, sin aportar nada excepcional, contienen ideas curiosas. En Sinsonte o el pájaro burlón un hombre y una mujer descubren los libros, la escritura y la lectura en una humanidad adormecida con drogas bajo la mirada consciente y dolorida de un robot que no puede suicidarse; en Las huellas del sol China ha conseguido la supremacía económica, la Tierra no tiene futuro, y un millonario norteamericano decide realizar un viaje interestelar para escapar del desastre, idea central en El hombre que cayó a la Tierra. Las distopías, ya se sabe, hablan de nuestro presente, de manera más clarificadora que cientos y miles de horas de informativos y tertulias.

El hombre que cayó a la Tierra, la primera adaptación, está protagonizada por David Bowie. En esta historia tenemos a un extraterrestre que busca en la Tierra el agua que le permitiría salvar a su familia, gana un montón de dinero para poder construir una nave espacial y regresar a su planeta, pero fracasará, cuando los humanos le internan en un centro médico; le dejan ciego y acaba como un borracho, solo y, eso sí, inmensamente rico. El capitalismo es generoso, a su manera. 

Es una rareza, sí, por muchas otras razones. 


David Bowie logra transmitir en su interpretación ese no encajar que caracteriza a su personaje; vemos a un tipo melancólico y desquiciado en un mundo que no es el suyo. El cuerpo de Bowie, muy sexualizado, acapara la pantalla; una de las diferencias con el original es que se mantiene joven, sin cambios, mientras los demás envejecen. Tiene, por otra parte, esa textura del cine de los setenta que nos devuelven, como todo lo retro, a un tiempo en el que las películas, -al contrario que ahora, tiempos homogéneos e impolutos-, no poseían ese acabado tan perfecto e irreprochable; a cambio, disfrutas de montajes delirantes y surrealistas. La imperfección es un don escasamente valorado en el mundo de hoy, el de la inteligencia artificial.

Termino con la adaptación de Rossen. El discurso final de Paul Newman no está en la novela; en realidad, sí lo está, pero solo es un esbozo en forma de diálogo que Tevis no desarrolla, lo deja ahí, para quien quiera tomarlo. Rossen sabe captar su esencia y lo convierte en un alegato poderoso por la libertad, aunque este acto le supondrá exilio y destierro: la marginación social. Es evidente que Rossen lo vivió en carne propia.


Una buena adaptación sí puede, partiendo de un buen original, impactarnos, conmovernos, perturbarnos, cambiarnos y atreverse a decirnos lo que otros nunca sabrán ni querrán contarnos.

Me agradan los finales en las novelas de Tevis. Un bedel negro baja las persianas, un camarero limpia los vasos, un anciano propone una partida de ajedrez en un parque. Personajes anónimos, observadores. La vida fluye, se extiende más allá de los dramas de sus protagonistas. Finales abiertos en los que lo cotidiano adquiere una presencia real e intensa.

sábado, 29 de agosto de 2026

ANOCHE CONQUISTÉ TEBAS

 


Acaban de estrenar Anoche conquisté Tebas. Se verá en pocos cines; tal vez se mantenga en cartel un par de semanas. Estamos ante un cine diferente. Y no solo porque en la mitad del metraje los personajes hablen en un latín fluido y creíble y en la otra parte escuchemos portugués y gallego. Hay mucho más. 


No sé si podría añadir algo a las palabras de Marta Medina del Valle que en este artículo menciona los temas e ideas fundamentales. Lo intentaré.

Podría hablar de un cine que busca algo muy alejado, lejísimos está, sí, de las grandes producciones o de las que, sin serlo, aspiran al gran público, las que el cine español, para ser industria fiable, ha acabado por rodar desde hace décadas, productos uniformes, homogéneos, nos ofrecen, así, el mismo cine de siempre, cada vez más conservador y previsible. Como ocurre con el mundo y sus conflictos, mediocridades privadas y publicas, cotidianas, egoístas, entre soldados y policías, fascistas y titiriteros, incompetentes y cobardes, estúpidos e ignorantes, nos encontramos, aunque haya quien aporte alguna reflexión inteligente, así es, ante una batalla perdida. Y como todas las batallas perdidas es la única por la que merece la pena luchar.

Hay algunos francotiradores, radicales, que pretenden, ¡qué osadía!, atrapar el ritmo del tiempo, el misterio de un lugar. No es casualidad que esta película, con largos planos secuencia, cuidando el sonido, la fotografía, se desarrolle, sobre todo, en unas aguas termales y que unas historias sencillas, la amistad de dos jóvenes, una, actual, la otra, en el siglo I, el dolor de una distancia, de una ausencia, confluyan y se solapen, se mezclen, aquí, sí, los sentidos se confunden, el sueño y la realidad, mundos paralelos y entrelazados, las sombras adquieren consistencia y se diluyen, el agua penetra en los poros, aquí, la llama de un candil, allí, la linterna de un móvil, los cuerpos se escuchan, los susurros hipnotizan. Sí, es un cine que exige atención, transforma nuestra mirada. 

Aún quedan guerrilleros que pelean por estas batallas perdidas. 


domingo, 23 de agosto de 2026

A COMPLETE UNKNOWN

 


"Realiza plenamente y a conciencia la labor de toda gran literatura: aceptar las convenciones que el pasado le transmite y que forman sus señas de identidad para abolirlas e incorporarlas en una nueva totalidad estética que satisfaga las aspiraciones de su época"

Introducción a la Eneida de Virgilio de José Carlos Fernández Corte.


A complete unknown se abre con un Bob Dylan que llega a Nueva York para visitar en el hospital a Woody Guthrie. Y se cierra con una última visita, un homenaje al maestro, al que ya ha dejado atrás. Queda claro, entonces, no lo es tanto a lo largo del metraje, y nos confunde, que el tema central es este: cómo Bob Dylan, partiendo de las convenciones del pasado -folk, country, blues- las borra y las incorpora a una forma diferente de entender la música. 

¿Consigue su objetivo? A medias. Y el intento es digno; no estamos ante un biografía al uso en el que el personaje es santificado; sería inútil, porque Bob Dylan no encajaría. 

Se esboza este aspecto en diálogos fallidos, algunos, con las protagonistas femeninas, episodios troceados de la relación que mantuvo con Sylvie Russo o Joan Baez, todos inventan su pasado, recuerdan lo que quieren y olvidan el resto... tus canciones son como un cuadro en el consultorio del dentista... yo escribo la música que ellos nunca podrán componer, insinúan caminos que no se atreven a hollar. 

Hubiera sido otra película. Como la que intentó Todd Haynes en I´m not there


Seis actores y una actriz lo interpretan en un extraño semi-documental, más interesante que A complete unknown.

Volvamos otra vez a la pregunta. ¿Quién fue Bob Dylan? Parece que esta película se rinde desde el principio; es imposible responder. Por tanto, nos decepciona. 

Hay algún intento, incomprensible para el que desconozca los datos, el guionista fracasa, en explicar cómo estas dos mujeres influyeron en Bob Dylan, que sus letras fueran más políticas, en el aspecto melódico, o cómo buscó otros caminos al incorporar la guitarra eléctrica. 

La música y sus letras se imponen; no deja espacio al desarrollo psicológico de un personaje complejo, convertido aquí solo en un tipo egoísta, que vive para su única pasión: la música, es decir, que va a lo suyo. 

Volvamos al tema central, el que interesa remarcar en esta película. Bob Dylan se nos presenta como el futuro de la música; los demás solo ven pasar la estela de un cometa que los ciega. 

Si ese era el objetivo, la película se dispersa en canciones que nos avasallan, en detalles innecesarios, en miradas de admiración e incomprensión del resto de personajes, no logra profundizar en esta propuesta, centrarse en ella. Se diluye como un azucarillo.

Bob Dylan sí supo, como Virgilio, profetas ambos, recoger la tradición para voltearla. Esta película, no. No se lo tengamos en cuenta. La genialidad, como el futuro, es un animal extraño e inquietante, difícil de interpretar o explicar. Pocos tienen ese talento.

martes, 11 de agosto de 2026

OTRAS ODISEAS: NOSTOS Y LA MIRADA DE ULISES


Nostos, el regreso, de Franco Piavoli reinterpreta la obra de Homero, experimento visual y sonoro, transmite su espíritu con mayor fidelidad que otras versiones, más comerciales, expresividad intensa y poderosa, no lo convierte en un mero vehículo narrativo, por eso, las palabras pertenecen a lenguas reconocibles, latín, griego, italiano, y, sin embargo, no podemos entender a los personajes, el director inventa una lengua para que lo racional no tenga cabida, estamos acostumbrados a otro tipo de cine, Nostos llega más lejos, no solo es el viaje geográfico, símbolo, metáfora, idea fundacional de la literatura occidental, es decir, el recorrido por innumerables lugares, unas ruinas, traslación del infierno, corre, huye, aterrado, las voces de las Sirenas, intuidas tras los reflejos de la luz del sol en el agua del Mediterráneo, el encuentro con Calipso en un entorno que recuerda al paraíso, sensualidad de dos cuerpos, un ojo, miradas, el agua de una cascada, fluye, cae, la humedad de una piedra, el pie la roza, el tacto de una flor, la gota de rocío, cuando desea abandonar a Calipso, solo necesitamos, al despertar de un sueño recurrente, un campo de trigo, un niño, jugando con un aro, que Odiseo mire al mar, nada más, un hombre, solo, el horizonte infinito, desde el acantilado Calipso le deja partir,

además, en toda la película encontramos la presencia constante de elementos de la Naturaleza, el sol, el mar, la luna, inquietantes, terribles, una tormenta es más temible que Caribdis y Escila, oníricos, transforman a Odiseo, lo devoran, lo torturan, los sonidos, sus recuerdos, después del naufragio, se convierten en una pesadilla de la que no puede escapar, estamos, sobre todo, ante un viaje interior, eso es la Odisea, ¡qué lejos está Penélope!, una sombra que teje, una mujer que espera, al otro lado, en una profunda estancia, así la contempla Odiseo en un último plano, y no recuerdo que ninguna adaptación haya sido capaz de revelárnoslo con tanta claridad.

La mirada de Ulises de Angelopoulos es una mirada al origen del cine, el viaje también es introspectivo, el tiempo lineal, el de la Historia, se quiebra, las bobinas perdidas de una película antiquísima, los inmigrantes de las guerras presentes, pasadas y futuras y los elementos permanentes: el río o el mar, siempre el agua. El sueño de un tiempo cíclico, las brumas del tiempo. 

Hay quien dice que la mejor versión de un clásico debe traicionarlo para poder recuperar el espíritu fundacional, la idea primigenia, sí, es posible, cada lenguaje, el cine, la literatura, la pintura debe encontrar caminos propios, la Odisea hace tres mil años abrió un camino que no dejamos de desbrozar.

viernes, 31 de julio de 2026

UNA IGLESIA ROMÁNICA


El calor asfixiante, atronador, dantesco aplastaba las hojas de los árboles, caídas, en el asfalto, una iglesia románica se alzaba sobre una colina arrasada por el fuego, el río Duero lamía el valle, lentamente se desperezaba la luz del sol, así que, el destino, inevitable letanía que no se apaga, me obligó a dar el paso, acaricié la piedra, alisada, trabajada por los canteros, aún sobreviven sus señales, mis manos se quemaron, vislumbré un resquicio, un hueco en la mampostería, entre guijarros molidos, sin esperanza, entré a la oscuridad, la luz de las velas iluminaban la nave central, el frío de la piedra, helada, me penetró hasta los huesos, y allí, lo vi, sí, vi en la cúpula líneas infinitas, matemáticas trenzadas por las formas simétricas del cielo, signos trazados por árabes, mozárabes, cristianos, ateos, la luz se reflejaba en los espejos de marfil, vi, sí, vi en los altares ángeles alanceando a los demonios, santos descabezados por soldados, vírgenes torturadas por sádicos, lo vi, sí, vi sobre las columnas, hojas de acanto, árboles centenarios, animales y monstruos, sí, los vi, vi cientos, miles de ahogados en el mar, sus cuerpos se pudrían, el olor a salitre, insoportable, cientos, miles atravesando fronteras, líneas deformes, ¡nos invaden!, gritaba un hombre, y los muertos se levantaban de sus tumbas, lo vi, sí, vi en los capiteles a un hijo matar a su madre y a una madre procrear con el demonio, orgasmos infinitos, castigos eternos y a Adán y Eva, desnudos, por primera vez se reconocían, vi, sí, lo vi, vi en unas pinturas de hace mil años cómo los bosques nos rodeaban y, al girar la cabeza, el olor a pino se difuminaba, el cielo se transformaba en un infierno de fuego y ceniza, animales quemados, evaporados, gritaban los árboles, bramaban, vi, sí, lo vi, vi a Satán, devoraba las almas de los pecadores y allí mismo, sí, lo vi, se alzaban hasta el cielo palmeras y desiertos de lava por donde transitaban elefantes, rinocerontes, dromedarios, sí, lo vi, vi en el altar mayor a pájaros elevándose, contemplando la tierra quemada y el mar rojo, ensangrentado, cientos, miles de cuerpos, sí, se descomponían a la vista de todos, y escuchaba aplausos indiferentes a la luz de la luna llena, sí, vi a Quimeras y sus ojos atravesando muros y de entre sus ruinas salían monstruos, portaban fuego, expulsaban llamas de su boca, sí, vi a serpientes y sus bocas mordiendo brazos y piernas, el dolor era insoportable, y no pude más, y salí de la iglesia, me encontraba sin aliento, respiré hondo, profundo y allí, fuera, lejos, a miles de años de distancia, rocas y murallas calizas, identifiqué signos de hombres y mujeres, vivieron en cuevas, labraron en la piedra mensajes que nunca descifraremos, que ya conocemos, siempre contamos las mismas historias, escuché el eco de sus pisadas, las piedras reverberaban el sonido milenario de nuestras voces, notaba cerca el agua del río Lobos, encajonado, fluía, bajaba al valle, un torrente precipitándose, desbocado, las ramas de una encina se movieron, en la tierra su sombra lo acompañó y, lo vi, sí, vi que el viento dejó de soplar, hubo un silencio, extraño, el tiempo no existía, el espacio no existía, las líneas se quebraron, vi un punto exacto, el círculo se cerró, y ya está, nada más puedo contar, eso es lo que vi, así que regresé a la plaza del pueblo, llevando sobre mis espaldas un conocimiento de milenios, acaricié la piedra, otra vez, la herida se había curado, adolescentes, jóvenes, todos, sin excepción, llamados al unísono por la música de un bar, bebían, reían, charlaban, un gato negro se refugiaba del sol bajo un coche, el río Duero se deslizaba por el valle, las sombras, alargadas, deformaban los cuerpos y sonaba una y otra vez una canción de Bob Dylan: Knockin` on Heaven`s Door.



lunes, 20 de julio de 2026

UN SECRETO REVELADO

Catarescu recuerda en una de sus obras menores, ¿Por qué nos gustan las mujeres?, situaciones de las que se avergonzaba, que le hacían sentirse a disgusto consigo mismo, imposibles de olvidar porque nos muestran, sin que podamos suavizarlas o allanarlas, esa parte mezquina y ridícula, que nos gustaría apartar y borrar de la mente; las hicimos, éramos así, tal vez, en el fondo, no hemos dejado de serlo. Me acuerdo de mi madre, de algún comentario estúpido fuera de lugar, gestos necios. Hay muchos; todos podríamos recordar momentos de este tipo. Siempre pienso en M., cuando me vienen a la mente actos que me avergüenzan.

Hace unos días, viendo un documental sobre la guerra civil, volví a pensar en M. Regresé a un tiempo muy lejano, años atrás. Estábamos tomando algo en la calle de los cines Renoir, haciendo tiempo, antes de que empezara la película; no recuerdo cuál era. Me parece que el bar estaba en una esquina; aún veo, ahora mismo, detrás de M, el cristal de la ventana, la gente pasando, echando una ojeada al interior o caminando deprisa a quién sabe dónde. M. había asistido el día anterior a la conferencia de una mujer que había sobrevivido a Auschwitz; no podía sacársela de la cabeza. Le impactó la fortaleza de su discurso; también me dijo, al mencionar el detalle de que la mujer ya rondaba los noventa años, que pronto ya no habría testigos, nadie que pudiera demostrar, avalada con su experiencia, que eso, lo innombrable, de verdad ocurrió. Acabamos hablando de la memoria histórica, las fosas comunes; es posible que la conversación se fuera calentando, ya que su posición en este punto se movía entre la equidistancia y cierta indiferencia y yo, quizá como respuesta a su actitud, buscaba el enfrentamiento dialéctico. Cansada, sin mucho interés en continuar, terminó la discusión con un argumento que pretendía ser lapidario y resumía su planteamiento: nosotros hemos conocido a personas que vivieron esa guerra y por eso se sigue tratando este tema con tanta intensidad; cuando pase el tiempo y esas personas hayan muerto, las siguientes generaciones ya no tendrán esa referencia familiar, tan personal, y solo será un acontecimiento histórico más, lejano y ajeno a sus propias experiencias. Y ahí acabó el debate; la película iba a empezar, pagamos y salimos. No logré encontrar un buen argumento que lo refutara. Nunca di por cerrada esa conversación y años después me gustaría retomarla; ella sí concluyó ese debate, nada más quería decir, y ni siquiera lo recordará, pero todavía estoy convencido de que se equivocaba. No importa que hayan muerto quienes vivieron esos acontecimientos, le diría ahora, heredamos sus recuerdos, sus ideologías, aunque no sepamos de dónde vengan o ni siquiera hayamos conocido a los que vivieron con ellos. Sí, echo de menos esas conversaciones, las que dejamos sin terminar. 

En todo caso, no es esto lo que quería contar. O tal vez, sí. 

En una ocasión me confesó que había escrito algunas palabras en una web; allí, personas que habían roto con el Opus Dei, intentaban explicar cuánto les había costado seguir un camino propio. En las palabras que escribió M. no se hablaba de la pesadilla que significa quebrar esos vínculos; más bien, era una reflexión que abogaba por una mirada diferente a la religión, una personal y libre, y no obligada por normas y reglas que la aprisionaban. Me pidió que no las utilizara en ninguno de mis escritos. No las había compartido con sus familiares; no solo porque ellos sí seguían en el entorno del Opus Dei, sino porque, además, nunca las podrían entender y, si las leyeran, la alejaría de ellos.

No pude evitarlo. Volví, en mi casa, a entrar en esa página web; copié las frases que había escrito M. Y nada más. No creo que, entonces, pensara en utilizarlas; solo me llamaron la atención y quise guardarlas en mi escritorio.

Pasó tiempo. ¿Meses, unos cuantos años? No sabría decirlo. Se me ocurrió una historia, la de un escritor polaco que acaba ganando el premio Nobel, y esas frases, ocultas hasta entonces, salieron a la luz. Las utilice como una cita. Las escribí en mi blog.

Al día siguiente nos vimos. Sabía que no lo había leído, porque estaba relajada y amable. La visité en su estudio; una parte la había acondicionado como dormitorio. Una cocina americana y un baño completaban el espacio. Era pintora, aunque en esa época vendía pocos cuadros y hacía exposiciones colectivas de cuando en cuando, mientras sobrevivía con trabajos de mierda para pagar el alquiler. Había decidido, tras dedicarse un tiempo al libro artístico, cambiar el material en el que pintaba sus cuadros: pasó de la tabla y el papel al tejido. Solo unos pocos, más oscuros y tenebrosos, insinuaron, por aquel entonces, algo diferente. Se negó a proseguir ese camino. Prefería la sutileza a la crudeza; eso me dijo. Tal vez no siempre nos atrevemos a mostrar lo que más nos hace temblar y remueve las entrañas; podría llevarnos a la locura. 

Casi al final, como un comentario sin importancia, le señalé que había escrito algo nuevo en el blog y que estaba seguro de que le interesaría. No le dije nada más. ¿Por qué lo hice? Vanidad, sentimiento de culpa. Si no se lo hubiera dicho, nunca lo hubiera leído, lo sé. Cavé mi propia tumba. Somos los responsables de nuestra desgracia. Me prometió leerlo. Nos separamos; era un bajo en el barrio de Carabanchel, entre un patio interior que le quitaba mucha luz, y la calle. Hacía mucho frío en ese estudio -techos altos, suelo de madera- y ese invierno M. había sufrido lo indecible. Solo unos cristales esmerilados la separaban del mundo. Me acompañó hasta la puerta y nos despedimos. Nunca más he vuelto a verla.

No tardó mucho tiempo en llegar la respuesta por correo electrónico. Es posible que yo, completamente obcecado, no esperara lo que ocurrió; que solo quisiera, como siempre ella hacía, recibir una crítica literaria y tal vez, como mucho, me llamará la atención por haber utilizado esas palabras sin su permiso. Las retiraría, me disculparía y asunto acabado. A veces me pregunto si yo no deseaba, en el fondo, una ruptura, porque, por supuesto, eso es lo que sucedió. Mi deseo se hizo realidad. En el mensaje me decía que se sentía traicionada, que había traspasado un límite y, por tanto, prefería distanciarse de mí. Mucho más, cuando en mi respuesta no le pedía disculpas y me ratificaba en el uso de esas palabras, ya que, como dejé muy claro, el contexto era muy diferente y difícilmente nadie podría identificarla. Todo escritor puede utilizar lo que quiera, pensé. Es el riesgo que tienes, si confiesas un secreto a un escritor, aunque este sea mediocre. Sí, un año después, le presenté esas disculpas, pero ya era tarde, y, si debo ser sincero, sonaban falsas. Si me arrepentía de haberlo hecho, era por las consecuencias y la amistad rota. Cuando leo el relato, sigo pensando, si olvido su origen, que esas palabras encajan perfectamente. La estética se impone a la ética. Comprendo que ella no lo viera así.

Por entonces me comparé con otro tipo, un escritor respetado y con numerosos libros vendidos, del que se había enamorado. Ella lo veía como una relación imposible y así me lo repetía hasta la saciedad, aunque deseaba muchísimo estar con él y, sobre todo, -me lo confesó, mientras asistíamos a una lectura poética-, deseaba ilustrar sus libros. Un día el gran escritor la llamó a unas horas intempestivas para que viniera a su casa; ella fue a encontrarse con él, sin pensárselo, dejándolo todo, sin orgullo, dispuesta a rendirse, en cuanto bebieran la primera copa. Se acostaron. La tensión sexual de los meses anteriores se liberó. En cuanto terminaron, él llamó a un taxi para que la llevara a casa. Tenía cosas que hacer. Nada de romanticismo. Se sintió humillada. Y, sin embargo, años después, me sorprendió que colaborara con él, haciéndole las ilustraciones de su último libro de poesía. El deseo, el más importante, el más duradero, se había hecho realidad. 

La comparación era absurda. Una humillación puntual de un amante ocasional, que, pasado el tiempo, llega a convertirse en un buen amigo y colaborador artístico, no es tan importante como un pacto roto y un secreto revelado.

Esas palabras, que ella compartió conmigo, ocultaban, bajo una capa sutil, -la reflexión y los argumentos racionales-, su pesadilla; atrapada en una tela de araña, escribiéndolas, recuperaba el tormento interior y, al mismo tiempo, lo exorcizaba.

Esas palabras para ella debían haber sido, como al final de Deseando amar, una de sus películas preferidas, un secreto que se murmura, se susurra, al hueco de un muro antiguo o de un árbol. El secreto necesita ser expresado con palabras, pero no puede, no debe ir más allá. Hay que cubrirlo con arena y piedras y barro: que se quede allí eternamente, que nadie lo revele. 

Sí, yo traicioné ese secreto. Y mi castigo es justo. Y mi vergüenza también.






ODISEA DE NOLAN

 

Ningún hombre, valiente o cobarde, puede eludir su destino. 


El destino se ha cumplido. Era inevitable. 

Son las dos de la mañana. Escucho un último ¡Viva España! Es el mismo vecino que ponía a Manolo Escobar en su terraza durante la pandemia para contrarrestar y replicar a otro vecino, un anarquista, que leía con la ayuda de un altavoz poemas de Miguel Hernández y Antonio Machado. Sí, no son los mismos ¡Viva España! que gritaban las tropas nacionales cuando entraban en las ciudades republicanas, conquistadas y bombardeadas hace noventa años, y son los mismos; es la misma bandera rojigualda que colgaban en los ayuntamientos, antes de ejercer una represión brutal y despiadada y, al mismo tiempo, no es la misma. Escucho de fondo el pasodoble que bailan el padre y su hija en El sur de Víctor Erice. 

Este vecino no sabrá quién es Erice. El resto de la música que pone a todo trapo ni siquiera merece ser mencionada. No comparto esta alegría colectiva. Yo y mis rarezas. 

Imagino que a alguno se le ocurrirá poner en el examen de Lengua de la próxima EVAU un texto en el que aparezca el triunfo en el Mundial. No será muy original. Muchos se escribirán en los próximos dias. Habrá quien hable de la unidad de España frente a los rifirrafes políticos, que volverán en cuanto se apague el fervor inicial; otros destacarán el papel del fútbol como aglutinador y, al mismo tiempo, evasión, bien controlada y asimilada por el poder; alguno se atreverá a criticarlo como negocio que mueve millones y denunciará sus intereses. Que de esos textos se ocupen los futuros correctores. Me ha llegado demasiado tarde. Y me entristece, pero así ha de ser. Nadie puede eludir su destino.

En su lugar, escribiré sobre la Odisea.


Nolan sabe mucho; no es un tipo que haya decidido adaptar la Odisea, sin haber hecho una búsqueda exhaustiva de material. Y es listo. Por eso, tenemos una Odisea espectáculo. Es menos reflexiva que otras versiones, como la última de Uberto Pasolini; 

menos divertida que la de Camerini y Kirk Douglas, 

y, a pesar de todo, recoge lo mejor de ambas o, al menos, lo intenta. Busca entretener y lo consigue. No aburre y se agradece. Tampoco oculta los terrores del final de una época, los de esos pueblos del Norte, que nunca aparecen, mencionados constantemente a lo largo del metraje. El mundo micénico se derrumba, tras haber destruido Troya, y Odiseo es, al mismo tiempo, el final de un mundo, salvaje, que ha quebrantado sus propias normas -la ley de Zeus, como se repite hasta la saciedad-, y el comienzo de otro, incierto y oscuro. 

Tiene defectos esta película. Muchos, inevitables, diría yo, ya que una superproducción los tendrá, aunque ni siquiera tome conciencia de ellos, ni le interese demasiado divulgarlos. Si no tenemos en cuenta a Telémaco u Odiseo, los personajes masculinos responden a prototipos. Antinoo, el pretendiente, decepciona; en el guion no deja de ser un cobarde al que podamos, en el tramo final, despreciar. Menelao es un asesino violento y esa violencia, después de Troya, la ejerce, sobre todo, con Helena, una mujer negra sometida a su poder -el color de Helena y su hermana Clitemnestra no me molesta; cada tiempo tiene sus obsesiones, sus modas y ha de reflejarlas-; el pastor Eumeo es el fiel sirviente. Agamenón es casi un semidios, cubierto por una armadura que recuerda más a una película futurista que al mundo de los guerreros griegos.

Uno tiene la sensación de que el final se precipita. Y la matanza de los pretendientes hubiera merecido un espacio más amplio. No sé si me convence que Odiseo y Penélope marchen a Occidente y dejen a Telémaco como rey en el último plano; es el final feliz que una superproducción promete, pero podría haberse hecho de otra manera. Hay que saber cerrar una historia; en el fondo, estamos delante de un final fallido. Que desaparezcan los feacios y el personaje de Nausicaa es aceptable, cuando decides que sea junto a Calipso donde Odiseo recupere la memoria; tampoco me desagrada que la flor del loto sea lo que le ha permitido mantenerlo en su isla esos largos siete años. Nolan introduce la Telemaquia -no recuerdo otra versión en que aparezca- y encaja bien. El resto de aventuras, como era de esperar, superan con creces lo que se espera. Con medios, todo es posible. La historia de Polifemo es terrorífica; los lestrigones, implacables. El silencio, cuando aparecen las Sirenas, se convierte, tras superarlas, en una atronador grito de dolor. Caribdis y Escila me recuerdan a las películas de aventuras de los años sesenta. ¡Ah, sí, siempre me emociona la muerte de Argos, el perro más fiel!

Circe, como sucede con Tiresias, es la implacable testigo de un destino que ha de cumplirse. Los dioses están ahí: Zeus con su trueno, Neptuno junto a sus tormentas y, sobre todo, Atenea, la más fiel compañera, la conciencia del héroe. La bajada a los infiernos estremece; tiemblas y así tiene que ser. Penélope no reconoce a su marido por el recuerdo que ambos comparten: la cama que fabricó con sus manos en un roble, sino por un sencillo broche. En cine las metáforas deben ser simples.

Digamos que, si esperas una radiografía de un héroe ambiguo, encontrarás desperdigadas referencias, aunque Nolan no profundice demasiado. Si acaso, un no a la guerra -el propio Odiseo comprende y así se lo confiesa a Penélope, que las razones de la guerra no fueron Helena y Paris, sino el control de las rutas marítimas; ¡Ay, Nolan no ha podido evitar decirnos que es muy listo a través de su protagonista!-, una asunción de los errores cometidos, la obligación de empezar a construir otro mundo. 

La versión de Nolan es aceptable e intenta atrapar la estructura temporal del original, pero la obra de Homero es compleja y ninguna, si lo pretendiera, podría conseguir la perfección. Toda versión está condenada a mostrar solo trazas del talento de un autor, ya por sí mismo, mítico. Me quedo con la vitalidad y el amor a la vida de Camerini -que sigue siendo mi preferida-, el espectáculo bien condimentado de Nolan, la profundidad psicológica en la de Uberto Pasolini o la dignidad, algo envarada, de la serie para televisión de los años noventa. 

Para eso, para captar toda su grandeza, lo mejor es leer directamente la Odisea

Empecemos a hacerlo. Una y otra vez. 

"Háblame, Musa, de aquel varón ingenioso que anduvo errante largo tiempo, después de haber destruido la sagrada ciudad de Troya; que vio los pueblos y conoció las costumbres de muchos hombres, y sufrió en su corazón muchas penas, sobre el mar, luchando por su vida y la vuelta de sus compañeros. Y no pudo salvarlos a pesar de...

sábado, 18 de julio de 2026

EQUIDISTANCIA, MODERNIZACIÓN, MEDIOCRIDAD, EXCELENCIA

 


Al escribir esto tengo la sensación de pertenecer a otra época. Nada más lejos que asumir el papel de viejo cascarrabias que entona el ¡O tempora, o mores! y quisiera recuperar antiguas costumbres. Hubo tiempos peores, sin duda, pero dudo de que fueran más mediocres. 

Mediodía. Vagón de Cercanías. No censuro que todos o casi todos tengan un móvil en la mano y decidan establecer un vínculo intenso con él, mientras dure su viaje, -esa batalla está perdida-, pero, al menos, se agradecería no escuchar, incluso estando a cinco metros, la última chorrada de Tik Tok, el comentario afilado de un bloguero de moda o una melodía alejada de tus gustos musicales. Creo que existe un artilugio denominado "cascos" que permite no compartir con el vecino tus preferencias, sobre todo si este vecino quisiera atesorar y gozar en su interior, por el contrario, de un respetuoso silencio que le permitiera practicar una reflexión filosófica profunda o disfrutar de una lectura sosegada. 

Noche. Historia de nuestro cine. Aprovechando que esta noche hace noventa años hubo un golpe militar que acabó con la segunda república y que fue el comienzo de una sangrienta guerra civil, tras la película de Chávarri, Las bicicletas son para el verano, -obra teatral de Fernando Fernán Gómez-, se abrió un debate que pretendía ser cinematográfico, pero, sin quererlo, se convirtió en un reflejo deprimente de nuestra mentalidad. Me sorprendió la equidistancia de algunos de los comentarios. Sí, sí, todos estamos en contra de todas las violencias, como mantra es perfecto, pero hay diferencias, antes, ahora y siempre entre levantar un puño y el saludo fascista: el primero buscaba, con sus aciertos y errores, la justicia social y la libertad; el segundo deseaba y consigue, porque ha triunfado, ¡para qué vamos a engañarnos!, la desigualdad y el autoritarismo. Imagino que es la misma equidistancia que permite que en todo el mundo la ultraderecha llegue al poder con su discurso xenófobo e intolerante. La equidistancia, si se asume como ideología, nos lleva a estos lodos. 

Al mismo tiempo en otra cadena proyectaban La España dividida en color, un documental que, en líneas generales, ofrece datos serios y contrastados. Es digno de verse. Uno de ellos me pareció interesante; sin contar la posguerra, la cifra de asesinados civiles en "paseos" o ejecuciones en el bando republicano fue de unos 50.000 y se debió al descontrol interno en los primeros meses; en el bando nacional fue de unos 100.000, sistemático y controlado y dirigido desde el poder. No se suele mencionar este dato generalmente, no sea que el discurso de la equidistancia no nos encaje. 

Y nada hubiera dicho sobre este particular, si en los comentarios posteriores de los historiadores no dedicaran los primeros minutos a justificar porqué se han coloreado las imágenes: hay que acercarlas a las nuevas generaciones repetían una y otra vez. Imagino que en mis clases tal vez debería ponerles las películas dobladas, colorear las películas en blanco y negro o, mejor, no ponerlas, y llenarlas de actividades divertidas para que no parezcan antiguas o tradicionales, una didáctica nueva y enriquecedora que acerque a los alumnos lenguas muertas adaptándose a sus intereses. Lo llaman modernizar. Uno debe encontrar los límites, que existen, o las diferencias entre dos conceptos que confundimos: empobrecer o adaptar los contenidos. Bajo la falacia del segundo, llegamos, sin darnos cuenta, muchas veces, al primero. 

Sinónimos de mediocridad: vulgaridad, medianía, adocenamiento, ramplonería. 

Nada mediocre ni ramplón me parecieron los últimos documentales de una directora gallega, Margarita Ledo. Prefiro condenarme o Nación son propuestas diferentes, ignoradas por la gran mayoría; merecerían más atención. 


Se habla de lucha sindical y feminista -el trabajo, la independencia, el derecho al divorcio, la violencia institucional-; la poesía -incluso un texto de la Antígona de Sófocles- baila con imágenes de archivo; las actrices que interpretan episodios de sus vidas se confunden con personas y vidas reales. Formal y temáticamente son experimentales y atrevidas. 

Antónimos de mediocridad: excelencia, brillantez, genialidad. 

Posdata: en el documental Nación y en la obra de Fernando Fernán Gómez aparece una frase digna de enmarcar: no se trabaja gratis, nunca trabajes gratis. Para quien quiera entender, que entienda.