Estábamos sentados a la mesa de un bar moderno de Carabanchel, a unos metros de la calle Inmaculada Concepción, allí, a mano derecha, está el recorrido que hacíamos muchos domingos para visitar a mi abuela, comer con ella, recuerdo su bondad, su discreción, una mujer de otros tiempos, sometida, aquí, en el barrio de moda de los artistas, los precios suben como la espuma, lejos quedan esa época en que me bajaba en el metro de Marqués de Vadillo, los cines, al otro lado de la calle, donde vi la primera película de Torrente, antes de que los cerraran, te cruzabas con los vecinos que habían trabajado toda su vida para sacar a sus hijos adelante, para que tuvieran más oportunidades de las que tuvieron ellos, ¿dónde están?, muertos, las generaciones se suceden, pasan, sus hijos ahora viven en barrios periféricos, mis tíos, mis primos, en adosados, en fincas, sí, tuvieron más oportunidades, perdieron batallas, las perdimos, doblegados por la realidad, siempre se pierden, allí estábamos, habíamos escuchado a Jonás Trueba, nos había hecho reflexionar sobre su cine, la industria, la libertad creativa, sí, me siento extraño, ahora tenía a Jonás Trueba a mi derecha, le veía comer una tostada, beber una cerveza, me hubiera gustado hablar con él de cine, pero no fue posible, conversaciones posibles, hipotéticas, realidades paralelas, había más de cuatro profesores alrededor de esa mesa, nos atrae hablar de lo nuestro como a las polillas la luz, era inevitable que saliera el informe Pisa, el debate fue interesante, no dije ni una palabra, no por discreción, sino por timidez, la vanidad me salía por los poros, pero no me atrevía a darle salida, se trataron muchos temas, las nuevas tecnologías, el planteamiento educativo tradicional, el cine como motor de cambio, el esfuerzo de los docentes, nos despedimos, horas después pensé, no hablamos de política, la clave, si muchos de nuestros alumnos no saben leer o escribir o no reflexionan, aunque se deba a muchos factores, tantos, nos aplastan, el más importante, sí, es una decisión política, quien no piensa, quien no tiene criterios propios, capacidad de juicio, interés por el conocimiento puede ser manipulado y dirigido por el poder.
No nos engañemos, en las aulas vivimos muchas derrotas, aunque tengamos a veces unas pocas victorias. Todo sistema educativo prepara al alumno para integrarse en sociedad. Si este sistema con sus leyes, preocupadas por aspectos superficiales y técnicos, palabras vacías, ajenas a la realidad social, eso nos dicen, y esclavas de presiones e intereses variados, miedos y mezquindades, si ha creado alumnos de este tipo es tal vez porque interesa que así sea. Solo quienes estamos dentro intentamos protegerlo como foco de cultura, de conocimiento, un refugio frente a la ignorancia, más recursos, más inversión, desprecio de los poderosos, la Formula 1, el circo se lleva todo el dinero.
El sistema educativo nos obliga a poner notas, esas notas servirán para promocionar y situar al alumno en la rampa de salida de su futuro laboral, resultados, eficacia, éxito, dinero, nos repiten, vanidad, soberbia, y, sí, de vez en cuando interés por conocer, a veces lo descubres en un gesto, una mirada, una pregunta, un comentario, escribir una carta, hoy mismo, por ejemplo, es difícil el Latín, pero interesante, la lectura de un libro, un poema, escrito en una noche de insomnio, una reflexión, la curiosidad, hay alumnos y alumnas, sobre todo, que nos salvan y se salvan, pocos, pocas, muchas derrotas, escasas victorias, la política lo impregna todo, porque la polis es el centro de nuestras decisiones, bien lo sabían los griegos, aunque nos quieran lejos, para que no molestemos.
Sí, enseñar a leer, a escribir, a pensar siempre será un acto político, rebelde, valiente.
Es lo único que nos queda, sembrar semillas para el futuro.
Aquí tenemos por fin la gran película de la temporada, la mejor interpretación de Bardem, el cine español y su industria la elogian y la ensalzan. ¿Es así? Hagamos un análisis detallado de los pros y los contra de El ser querido de Sorogoyen.
Por un lado, pongamos los peros. No lo es que una película estrenada el año pasado, Valor sentimental, sea la misma historia en líneas generales.
No se puede hablar de plagio; entre otras cosas, porque el planteamiento es diferente, aunque los dos planteen referencias metalingüísticas. En primer lugar, los espacios, simbólicos. Sorogoyen elige el desierto, un espacio infinito; el noruego, una casa, un lugar privado, cerrado, claustrofóbico. Por otra parte, Trier nos cuenta todo lo que sucede antes del rodaje; y eso permite que los personajes puedan encontrar un punto en común y resuelvan, al menos, el conflicto principal. El papel de la hermana, generosa e inteligente, sirve de engarce entre dos posiciones, los del padre y la hija, que parecen irreconciliables. No hay tal personaje en la película española o, por lo menos, no logra entrar con consistencia en la trama. Sorogoyen decide que durante el rodaje estalle el conflicto y la relación entre padre e hija, al final del metraje, no se ha solucionado, más allá de una toma de conciencia por parte de los dos del profundo dolor que comparten. Eso sí, sin duda, las dos películas, las que se ruedan en El ser querido y la que se grabará en Valor sentimental, serán películas de calidad o, al menos, eso nos dan a entender ambos directores. No es casualidad que esas películas imaginadas parezcan hablar de ausencias o pérdidas, sean familiares, la madre del personaje principal en Trier, o colectivas, un territorio, el Sáhara, y sentimentales, la descomposición de una pareja, en Sorogoyen.
Pasemos a los planteamientos formales. Sorogoyen inserta planos en blanco y negro. ¿Enfatiza? Sí. ¿Funciona? Me temo que no. Hay otras elecciones de formato que no se notan tanto, más integradas, pero esta no se entiende desde el principio, si has decidido contar una historia de manera tradicional y con una narrativa convencional. No estamos ante una película experimental y esos ramalazos estéticos desentonan. ¿Para qué? Pues, eso.
La interpretación de Bardem es excelente. Sin duda, pero, a veces está al borde del ridículo, del precipicio. Sorogoyen lo contiene. Es un riesgo que logra salvar y, aún así, no sé si era necesario llegar tan lejos. ¡Este Bardem, monstruo de la naturaleza! ¿Encasillamiento? Tal vez, pero, mientras funcione y gane premios y aplausos de la crítica y el público nada habrá que objetar y él ganará dinero y prestigio.
El director admite que tuvo que quitar una escena en la que se entendía mejor la decisión que toma la directora de fotografía: abandonar el trabajo, en pleno rodaje. Es un elemento de guion importante, mal explicado. Quizá lo grave es que la decisión se tomó porque por razones de montaje había que eliminar una escena y se eligió esta. La industria tiene sus limitaciones y sus reglas son draconianas.
La película tiene virtudes. Los primeros minutos funcionan como un prólogo: dos personajes, una hija y su padre; hace años que no se ven. Él, director de prestigio, le propone ser su actriz principal en su próxima película. Sabemos que ella va a aceptar, pero la tensión seguirá, el problema no se resuelve, porque necesita de un tiempo que ninguno de los dos está dispuesto a darse. Es un cara a cara rodado en tiempo real; el montaje hace el milagro. Cumple su función y es un buen comienzo -aunque no llego a la exageración de algunos críticos que lo colocan en la maestría; no es para tanto-.
Si olvido algunos momentos de Bardem, pocos y contenidos por el director, los dos interpretes -una gran Vicky Luengo- mantienen un duelo interpretativo soberbio. El resto de los personajes queda desdibujado, pero tampoco es un gran defecto. ¿O tal vez sí? La productora ejecutiva, la interpreta una actriz francesa, Marina Foïs, tal vez sea una excepción. En esas tres escenas donde aparece junto a Bardem, intuimos muchas más cosas de las que aparecen en el guion. Al contrario que Trier, que sí desarrolla el de la hermana de la protagonista, esta no logra influir ni cambiar el rumbo de la historia. Y es una pena. Del resto, poco más. Escenas que demuestran que conoce los entresijos del rodaje y del día a día de los actores y el equipo técnico; sirven de transición y ya está. Se admite; al fin y al cabo, la historia es esa, ¿no?
Hay partes que funcionan con un montaje sonoro y visual total. Escojo una en la que el personaje que interpreta Bardem, mientras escucha la banda sonora de su futura película con los cascos puestos, sigue el recorrido que hace su hija por el restaurante del hotel, y, cuando deja de mirarla, es ella la que lo descubre junto a sus otros hijos en un ambiente familiar que ella nunca tuvo con su propio padre. Incluso en la escena en el que Bardem se comporta como un tirano en medio del rodaje, en su parte final, dos pequeños detalles, uno de dirección -sonido y planificación- y otro de interpretación -contención de Bardem- transforman la escena, nos descubren otra realidad. Sorogoyen sabe hacerlo muy bien.
Sorprende que en el fondo tanto Trier como Sorogoyen propongan, casi como una nota a pie de página en Sorogoyen, que por debajo de este enfrentamiento padre e hija, el tema más importante no sea este. No se engañen, aunque lo parezca, lo importante es otra cosa. Ambos artistas, directores, tiranos emocionales, encuentran en el arte, en su actividad creativa la única manera de expresar sus emociones; es, en el fondo, una carta de amor con un único destinatario. Ambos se preguntan, -con más claridad el personaje de Trier, un anciano-, si es demasiado tarde para que esa carta sea leída. Por eso Trier da una oportunidad a sus personajes para que en la vida real puedan encontrarse. Sorogoyen, en cambio, los separa, tal vez, definitivamente.
Admito que me gusta más la elección de Trier, porque Sorogoyen no se atreve a llegar hasta el fondo, hasta la clave principal de esta historia: ¿qué dejaremos a nuestros hijos, cómo podemos hacernos perdonar por los errores que hemos cometido con ellos, antes de que muramos? La muerte, sí, la muerte, es el gran tema. Y la vida como su reverso. No hay más, aunque siempre nos estemos engañando.
Walter Tevis es un escritor afortunado. Ha conseguido interesar a autores diversos y de sus seis novelas, al menos, cuatro han sido adaptadas al cine o la televisión. Si lees sus obras, te atrapan, te llevan de la mano hasta la conclusión del relato. No es un autor que te transforme, pero sí interesa lo que te cuenta.
Tres de sus novelas se sitúan en un presente más o menos cercano. Responden a un modelo muy simple: el personaje principal con un gran talento, sea en el billar o el ajedrez, desequilibrado, confuso, y que busca en el alcohol o en las drogas una válvula de escape, sufre una gran derrota en un duelo épico contra un rival a su altura; hundido o hundida, debe afrontar sus fantasmas y alcanzar la redención y la libertad.
Gambito de dama, serie de Netflix, es una adaptación convencional, casi literal. Incluso lo que serían aportaciones propias o diferencias con la novela se nos aparecen como trucos de guionista avezado: la voz en off es sustituida por diálogos con otros personajes o intervenciones de periodistas o narradores externos; el tablero mental de la protagonista, si nos centramos en la novela solo cierra los ojos, se transforma aquí en una imagen en 3D proyectada en el techo; se busca dar más peso a personajes secundarios, las dos madres, la amiga, y quiere explicar, a veces de manera innecesaria u obvia, el porqué de las paranoias de la protagonista en detrimento de los pensamientos y contradicciones, huecos mentales que Tevis con gran acierto se limita a insinuar. Como la construcción literaria de Tevis te atrapa, pero deja ese regusto de "sí, bien hecho, es un artefacto riguroso, un mecanismo eficaz, pero, ¡ay!, podría haber sido más atrevido".
El buscavidas de Rossen es uno de los clásicos del cine con derecho propio. Rossen opta por otra forma de contar la misma historia. En este caso, es un jugador de billar. La voz interior del personaje no necesita de artificios; basta con la planificación medida, precisa del director e interpretaciones soberbias; la de Paul Newman es impresionante. Es fiel al original literario, pero Rossen, con simplicidad, va mucho más allá. Si lo comparamos con la serie descubrimos, por si lo habíamos olvidado, que el cine tiene muchos recursos visuales y sonoros para mostrar el mundo interior de un personaje o su pasión, que no se aprovechan en el panorama actual. Al ver la película aparece un tema que la serie no desarrolla plenamente; no solo es la historia de un personaje al borde del precipicio, quebrado emocionalmente; es también la de una artista, un creador que encuentra en el billar, aquí, en la serie, el ajedrez, una manera de sobrevivir en un mundo, un entorno donde el dinero u otros intereses lo ensucia y corrompe todo. En realidad, no nos sorprende que Rossen, un comunista perseguido por la caza de brujas, nos haya colado una reflexión sobre el capitalismo; así, de manera sutil y elegante, tenemos una película política en el sentido más amplio del término. En la serie de Netflix ni se les pasó por la cabeza atreverse a dar ese paso, no vaya a ser que se nos escapen potenciales espectadores.
Hubo una continuación en El color del dinero dirigida por Scorsese. Es una adaptación más libre. Pierde, precisamente, en el camino a la gran pantalla, esa reflexión política, quedándose solo con la tensión narrativa, los conflictos de los personajes y algunos fuegos de artificio. Un gran Paul Newman y una dirección profesional de Scorsese no logra darle una película, en la que Tom Cruise se nos hace insoportable desde el principio hasta el final, mayor enjundia.
Las otras tres novelas de Tevis entrarían en el género de la ciencia ficción. Solo una, El hombre que cayó a la Tierra, ha sido adaptada; otra, más reciente, en formato serie; ver el trailer te basta para saber cuál va a ser el tono de dicha adaptación, aunque, sin duda, será aceptable y fiel al original.
La más antigua es toda una rareza. Volveré a mencionarla.
Sinsonte y Las huellas del sol, como sucede con toda la obra de Tevis, sin aportar nada excepcional, contienen ideas curiosas. En Sinsonte o el pájaro burlón un hombre y una mujer descubren los libros, la escritura y la lectura en una humanidad adormecida con drogas bajo la mirada consciente y dolorida de un robot que no puede suicidarse; en Las huellas del sol China ha conseguido la supremacía económica, la Tierra no tiene futuro, y un millonario norteamericano decide realizar un viaje interestelar para escapar del desastre, idea central en Elhombre que cayó a la Tierra. Las distopías, ya se sabe, hablan de nuestro presente, de manera más clarificadora que cientos y miles de horas de informativos y tertulias.
El hombre que cayó a la Tierra, la primera adaptación, está protagonizada por David Bowie. En esta historia tenemos a un extraterrestre que busca en la Tierra el agua que le permitiría salvar a su familia, gana un montón de dinero para poder construir una nave espacial y regresar a su planeta, pero fracasará, cuando los humanos le internan en un centro médico; le dejan ciego y acaba alcohólico, solo y, eso sí, inmensamente rico. El capitalismo es generoso, a su manera.
Es una rareza, sí, por muchas otras razones.
David Bowie logra transmitir en su interpretación ese no encajar que caracteriza a su personaje; vemos a un tipo melancólico y desquiciado en un mundo que no es el suyo. El cuerpo de Bowie, muy sexualizado, acapara la pantalla; una de las diferencias con el original es que se mantiene joven, sin cambios, mientras los demás envejecen. Tiene, por otra parte, esa textura del cine de los setenta que nos devuelven, como todo lo retro, a un tiempo en el que las películas, -al contrario que ahora, tiempos homogéneos e impolutos-, no poseían ese acabado tan perfecto e irreprochable; a cambio, disfrutas de montajes delirantes y surrealistas. La imperfección es un don escasamente valorado en el mundo de hoy, el de la inteligencia artificial.
Termino con la adaptación de Rossen. El discurso final de Paul Newman no está en la novela; en realidad, sí lo está, pero solo es un esbozo en forma de diálogo que Tevis no desarrolla, lo deja ahí, para quien quiera tomarlo. Rossen sabe captar su esencia y lo convierte en un alegato poderoso por la libertad, aunque este acto le supondrá exilio y destierro: la marginación social. Es evidente que Rossen lo vivió en carne propia.
Una buena adaptación sí puede, partiendo de un buen original, impactarnos, conmovernos, perturbarnos, cambiarnos y atreverse a decirnos lo que otros nunca sabrán ni querrán contarnos.
Me agradan los finales en las novelas de Tevis. Un bedel negro baja las persianas, un camarero limpia los vasos, un anciano ruso propone una partida de ajedrez en un parque. Personajes anónimos, observadores. La vida fluye, se extiende más allá de los dramas de sus protagonistas. Finales abiertos en los que lo cotidiano adquiere una presencia real e intensa.
Acaban de estrenar Anoche conquisté Tebas. Se verá en pocos cines; tal vez se mantenga en cartel un par de semanas. Estamos ante un cine diferente. Y no solo porque en la mitad del metraje los personajes hablen en un latín fluido y creíble y en la otra parte escuchemos portugués y gallego. Hay mucho más.
No sé si podría añadir algo a las palabras de Marta Medina del Valle que en este artículo menciona los temas e ideas fundamentales. Lo intentaré.
Podría hablar de un cine que busca algo muy alejado, lejísimos está, sí, de las grandes producciones o de las que, sin serlo, aspiran al gran público, las que el cine español, para ser industria fiable, ha acabado por rodar desde hace décadas, productos uniformes, homogéneos, nos ofrecen, así, el mismo cine de siempre, cada vez más conservador y previsible. Como ocurre con el mundo y sus conflictos, mediocridades privadas y publicas, cotidianas, egoístas, entre soldados y policías, fascistas y titiriteros, incompetentes y cobardes, estúpidos e ignorantes, nos encontramos, aunque haya quien aporte alguna reflexión inteligente, así es, ante una batalla perdida. Y como todas las batallas perdidas es la única por la que merece la pena luchar.
Hay algunos francotiradores, radicales, que pretenden, ¡qué osadía!, atrapar el ritmo del tiempo, el misterio de un lugar. No es casualidad que esta película, con largos planos secuencia, cuidando el sonido, la fotografía, se desarrolle, sobre todo, en unas aguas termales y que unas historias sencillas, la amistad de dos jóvenes, una, actual, la otra, en el siglo I, el dolor de una distancia, de una ausencia, confluyan y se solapen, se mezclen, aquí, sí, los sentidos se confunden, el sueño y la realidad, mundos paralelos y entrelazados, las sombras adquieren consistencia y se diluyen, el agua penetra en los poros, aquí, la llama de un candil, allí, la linterna de un móvil, los cuerpos se escuchan, los susurros hipnotizan. Sí, es un cine que exige atención, transforma nuestra mirada.
Aún quedan guerrilleros que pelean por estas batallas perdidas.
"Realiza plenamente y a conciencia la labor de toda gran literatura: aceptar las convenciones que el pasado le transmite y que forman sus señas de identidad para abolirlas e incorporarlas en una nueva totalidad estética que satisfaga las aspiraciones de su época"
Introducción a la Eneida de Virgilio de José Carlos Fernández Corte.
A complete unknown se abre con un Bob Dylan que llega a Nueva York para visitar en el hospital a Woody Guthrie. Y se cierra con una última visita, un homenaje al maestro, al que ya ha dejado atrás. Queda claro, entonces, no lo es tanto a lo largo del metraje, y nos confunde, que el tema central es este: cómo Bob Dylan, partiendo de las convenciones del pasado -folk, country, blues- las borra y las incorpora a una forma diferente de entender la música.
¿Consigue su objetivo? A medias. Y el intento es digno; no estamos ante un biografía al uso en el que el personaje es santificado; sería inútil, porque Bob Dylan no encajaría.
Se esboza este aspecto en diálogos fallidos, algunos, con las protagonistas femeninas, episodios troceados de la relación que mantuvo con Sylvie Russo o Joan Baez, todos inventan su pasado, recuerdan lo que quieren y olvidan el resto... tus canciones son como un cuadro en el consultorio del dentista... yo escribo la música que ellos nunca podrán componer, insinúan caminos que no se atreven a hollar.
Hubiera sido otra película. Como la que intentó Todd Haynes en I´m not there.
Seis actores y una actriz lo interpretan en un extraño semi-documental, más interesante que A complete unknown.
Volvamos otra vez a la pregunta. ¿Quién fue Bob Dylan? Parece que esta película se rinde desde el principio; es imposible responder. Por tanto, nos decepciona.
Hay algún intento, incomprensible para el que desconozca los datos, el guionista fracasa, en explicar cómo estas dos mujeres influyeron en Bob Dylan, que sus letras fueran más políticas, en el aspecto melódico, o cómo buscó otros caminos al incorporar la guitarra eléctrica.
La música y sus letras se imponen; no deja espacio al desarrollo psicológico de un personaje complejo, convertido aquí solo en un tipo egoísta, que vive para su única pasión: la música, es decir, que va a lo suyo.
Volvamos al tema central, el que interesa remarcar en esta película. Bob Dylan se nos presenta como el futuro de la música; los demás solo ven pasar la estela de un cometa que los ciega.
Si ese era el objetivo, la película se dispersa en canciones que nos avasallan, en detalles innecesarios, en miradas de admiración e incomprensión del resto de personajes, no logra profundizar en esta propuesta, centrarse en ella. Se diluye como un azucarillo.
Bob Dylan sí supo, como Virgilio, profetas ambos, recoger la tradición para voltearla. Esta película, no. No se lo tengamos en cuenta. La genialidad, como el futuro, es un animal extraño e inquietante, difícil de interpretar o explicar. Pocos tienen ese talento.
Nostos, el regreso, de Franco Piavoli reinterpreta la obra de Homero, experimento visual y sonoro, transmite su espíritu con mayor fidelidad que otras versiones, más comerciales, expresividad intensa y poderosa, no lo convierte en un mero vehículo narrativo, por eso, las palabras pertenecen a lenguas reconocibles, latín, griego, italiano, y, sin embargo, no podemos entender a los personajes, el director inventa una lengua para que lo racional no tenga cabida, estamos acostumbrados a otro tipo de cine, Nostos llega más lejos, no solo es el viaje geográfico, símbolo, metáfora, idea fundacional de la literatura occidental, es decir, el recorrido por innumerables lugares, unas ruinas, traslación del infierno, corre, huye, aterrado, las voces de las Sirenas, intuidas tras los reflejos de la luz del sol en el agua del Mediterráneo, el encuentro con Calipso en un entorno que recuerda al paraíso, sensualidad de dos cuerpos, un ojo, miradas, el agua de una cascada, fluye, cae, la humedad de una piedra, el pie la roza, el tacto de una flor, la gota de rocío, cuando desea abandonar a Calipso, solo necesitamos, al despertar de un sueño recurrente, un campo de trigo, un niño, jugando con un aro, que Odiseo mire al mar, nada más, un hombre, solo, el horizonte infinito, desde el acantilado Calipso le deja partir,
además, en toda la película encontramos la presencia constante de elementos de la Naturaleza, el sol, el mar, la luna, inquietantes, terribles, una tormenta es más temible que Caribdis y Escila, oníricos, transforman a Odiseo, lo devoran, lo torturan, los sonidos, sus recuerdos, después del naufragio, se convierten en una pesadilla de la que no puede escapar, estamos, sobre todo, ante un viaje interior, eso es la Odisea, ¡qué lejos está Penélope!, una sombra que teje, una mujer que espera, al otro lado, en una profunda estancia, así la contempla Odiseo en un último plano, y no recuerdo que ninguna adaptación haya sido capaz de revelárnoslo con tanta claridad.
La mirada de Ulises de Angelopoulos es una mirada al origen del cine, el viaje también es introspectivo, el tiempo lineal, el de la Historia, se quiebra, las bobinas perdidas de una película antiquísima, los inmigrantes de las guerras presentes, pasadas y futuras y los elementos permanentes: el río o el mar, siempre el agua. El sueño de un tiempo cíclico, las brumas del tiempo.
Hay quien dice que la mejor versión de un clásico debe traicionarlo para poder recuperar el espíritu fundacional, la idea primigenia, sí, es posible, cada lenguaje, el cine, la literatura, la pintura debe encontrar caminos propios, la Odisea hace tres mil años abrió un camino que no dejamos de desbrozar.
El calor asfixiante, atronador, dantesco aplastaba las hojas de los árboles, caídas, en el asfalto, una iglesia románica se alzaba sobre una colina arrasada por el fuego, el río Duero lamía el valle, lentamente se desperezaba la luz del sol, así que, el destino, inevitable letanía que no se apaga, me obligó a dar el paso, acaricié la piedra, alisada, trabajada por los canteros, aún sobreviven sus señales, mis manos se quemaron, vislumbré un resquicio, un hueco en la mampostería, entre guijarros molidos, sin esperanza, entré a la oscuridad, la luz de las velas iluminaban la nave central, el frío de la piedra, helada, me penetró hasta los huesos, y allí, lo vi, sí, vi en la cúpula líneas infinitas, matemáticas trenzadas por las formas simétricas del cielo, signos trazados por árabes, mozárabes, cristianos, ateos, la luz se reflejaba en los espejos de marfil, vi, sí, vi en los altares ángeles alanceando a los demonios, santos descabezados por soldados, vírgenes torturadas por sádicos, lo vi, sí, vi sobre las columnas, hojas de acanto, árboles centenarios, animales y monstruos, sí, los vi, vi cientos, miles de ahogados en el mar, sus cuerpos se pudrían, el olor a salitre, insoportable, cientos, miles atravesando fronteras, líneas deformes, ¡nos invaden!, gritaba un hombre, y los muertos se levantaban de sus tumbas, lo vi, sí, vi en los capiteles a un hijo matar a su madre y a una madre procrear con el demonio, orgasmos infinitos, castigos eternos y a Adán y Eva, desnudos, por primera vez se reconocían, vi, sí, lo vi, vi en unas pinturas de hace mil años cómo los bosques nos rodeaban y, al girar la cabeza, el olor a pino se difuminaba, el cielo se transformaba en un infierno de fuego y ceniza, animales quemados, evaporados, gritaban los árboles, bramaban, vi, sí, lo vi, vi a Satán, devoraba las almas de los pecadores y allí mismo, sí, lo vi, se alzaban hasta el cielo palmeras y desiertos de lava por donde transitaban elefantes, rinocerontes, dromedarios, sí, lo vi, vi en el altar mayor a pájaros elevándose, contemplando la tierra quemada y el mar rojo, ensangrentado, cientos, miles de cuerpos, sí, se descomponían a la vista de todos, y escuchaba aplausos indiferentes a la luz de la luna llena, sí, vi a Quimeras y sus ojos atravesando muros y de entre sus ruinas salían monstruos, portaban fuego, expulsaban llamas de su boca, sí, vi a serpientes y sus bocas mordiendo brazos y piernas, el dolor era insoportable, y no pude más, y salí de la iglesia, me encontraba sin aliento, respiré hondo, profundo y allí, fuera, lejos, a miles de años de distancia, rocas y murallas calizas, identifiqué signos de hombres y mujeres, vivieron en cuevas, labraron en la piedra mensajes que nunca descifraremos, que ya conocemos, siempre contamos las mismas historias, escuché el eco de sus pisadas, las piedras reverberaban el sonido milenario de nuestras voces, notaba cerca el agua del río Lobos, encajonado, fluía, bajaba al valle, un torrente precipitándose, desbocado, las ramas de una encina se movieron, en la tierra su sombra lo acompañó y, lo vi, sí, vi que el viento dejó de soplar, hubo un silencio, extraño, el tiempo no existía, el espacio no existía, las líneas se quebraron, vi un punto exacto, el círculo se cerró, y ya está, nada más puedo contar, eso es lo que vi, así que regresé a la plaza del pueblo, llevando sobre mis espaldas un conocimiento de milenios, acaricié la piedra, otra vez, la herida se había curado, adolescentes, jóvenes, todos, sin excepción, llamados al unísono por la música de un bar, bebían, reían, charlaban, un gato negro se refugiaba del sol bajo un coche, el río Duero se deslizaba por el valle, las sombras, alargadas, deformaban los cuerpos y sonaba una y otra vez una canción de Bob Dylan: Knockin` on Heaven`s Door.
Catarescu recuerda en una de sus obras menores, ¿Por qué nos gustan las mujeres?, situaciones de las que se avergonzaba, que le hacían sentirse a disgusto consigo mismo, imposibles de olvidar porque nos muestran, sin que podamos suavizarlas o allanarlas, esa parte mezquina y ridícula, que nos gustaría apartar y borrar de la mente; las hicimos, éramos así, tal vez, en el fondo, no hemos dejado de serlo. Me acuerdo de mi madre, de algún comentario estúpido fuera de lugar, gestos necios. Hay muchos; todos podríamos recordar momentos de este tipo. Siempre pienso en M., cuando me vienen a la mente actos que me avergüenzan.
Hace unos días, viendo un documental sobre la guerra civil, volví a pensar en M. Regresé a un tiempo muy lejano, años atrás. Estábamos tomando algo en la calle de los cines Renoir, haciendo tiempo, antes de que empezara la película; no recuerdo cuál era. Me parece que el bar estaba en una esquina; aún veo, ahora mismo, detrás de M, el cristal de la ventana, la gente pasando, echando una ojeada al interior o caminando deprisa a quién sabe dónde. M. había asistido el día anterior a la conferencia de una mujer que había sobrevivido a Auschwitz; no podía sacársela de la cabeza. Le impactó la fortaleza de su discurso; también me dijo, al mencionar el detalle de que la mujer ya rondaba los noventa años, que pronto ya no habría testigos, nadie que pudiera demostrar, avalada con su experiencia, que eso, lo innombrable, de verdad ocurrió. Acabamos hablando de la memoria histórica, las fosas comunes; es posible que la conversación se fuera calentando, ya que su posición en este punto se movía entre la equidistancia y cierta indiferencia y yo, quizá como respuesta a su actitud, buscaba el enfrentamiento dialéctico. Cansada, sin mucho interés en continuar, terminó la discusión con un argumento que pretendía ser lapidario y resumía su planteamiento: nosotros hemos conocido a personas que vivieron esa guerra y por eso se sigue tratando este tema con tanta intensidad; cuando pase el tiempo y esas personas hayan muerto, las siguientes generaciones ya no tendrán esa referencia familiar, tan personal, y solo será un acontecimiento histórico más, lejano y ajeno a sus propias experiencias. Y ahí acabó el debate; la película iba a empezar, pagamos y salimos. No logré encontrar un buen argumento que lo refutara. Nunca di por cerrada esa conversación y años después me gustaría retomarla; ella sí concluyó ese debate, nada más quería decir, y ni siquiera lo recordará, pero todavía estoy convencido de que se equivocaba. No importa que hayan muerto quienes vivieron esos acontecimientos, le diría ahora, heredamos sus recuerdos, sus ideologías, aunque no sepamos de dónde vengan o ni siquiera hayamos conocido a los que vivieron con ellos. Sí, echo de menos esas conversaciones, las que dejamos sin terminar.
En todo caso, no es esto lo que quería contar. O tal vez, sí.
En una ocasión me confesó que había escrito algunas palabras en una web; allí, personas que habían roto con el Opus Dei, intentaban explicar cuánto les había costado seguir un camino propio. En las palabras que escribió M. no se hablaba de la pesadilla que significa quebrar esos vínculos; más bien, era una reflexión que abogaba por una mirada diferente a la religión, una personal y libre, y no obligada por normas y reglas que la aprisionaban. Me pidió que no las utilizara en ninguno de mis escritos. No las había compartido con sus familiares; no solo porque ellos sí seguían en el entorno del Opus Dei, sino porque, además, nunca las podrían entender y, si las leyeran, la alejaría de ellos.
No pude evitarlo. Volví, en mi casa, a entrar en esa página web; copié las frases que había escrito M. Y nada más. No creo que, entonces, pensara en utilizarlas; solo me llamaron la atención y quise guardarlas en mi escritorio.
Pasó tiempo. ¿Meses, unos cuantos años? No sabría decirlo. Se me ocurrió una historia, la de un escritor polaco que acaba ganando el premio Nobel, y esas frases, ocultas hasta entonces, salieron a la luz. Las utilice como una cita. Las escribí en mi blog.
Al día siguiente nos vimos. Sabía que no lo había leído, porque estaba relajada y amable. La visité en su estudio; una parte la había acondicionado como dormitorio. Una cocina americana y un baño completaban el espacio. Era pintora, aunque en esa época vendía pocos cuadros y hacía exposiciones colectivas de cuando en cuando, mientras sobrevivía con trabajos de mierda para pagar el alquiler. Había decidido, tras dedicarse un tiempo al libro artístico, cambiar el material en el que pintaba sus cuadros: pasó de la tabla y el papel al tejido. Solo unos pocos, más oscuros y tenebrosos, insinuaron, por aquel entonces, algo diferente. Se negó a proseguir ese camino. Prefería la sutileza a la crudeza; eso me dijo. Tal vez no siempre nos atrevemos a mostrar lo que más nos hace temblar y remueve las entrañas; podría llevarnos a la locura.
Casi al final, como un comentario sin importancia, le señalé que había escrito algo nuevo en el blog y que estaba seguro de que le interesaría. No le dije nada más. ¿Por qué lo hice? Vanidad, sentimiento de culpa. Si no se lo hubiera dicho, nunca lo hubiera leído, lo sé. Cavé mi propia tumba. Somos los responsables de nuestra desgracia. Me prometió leerlo. Nos separamos; era un bajo en el barrio de Carabanchel, entre un patio interior que le quitaba mucha luz, y la calle. Hacía mucho frío en ese estudio -techos altos, suelo de madera- y ese invierno M. había sufrido lo indecible. Solo unos cristales esmerilados la separaban del mundo. Me acompañó hasta la puerta y nos despedimos. Nunca más he vuelto a verla.
No tardó mucho tiempo en llegar la respuesta por correo electrónico. Es posible que yo, completamente obcecado, no esperara lo que ocurrió; que solo quisiera, como siempre ella hacía, recibir una crítica literaria y tal vez, como mucho, me llamará la atención por haber utilizado esas palabras sin su permiso. Las retiraría, me disculparía y asunto acabado. A veces me pregunto si yo no deseaba, en el fondo, una ruptura, porque, por supuesto, eso es lo que sucedió. Mi deseo se hizo realidad. En el mensaje me decía que se sentía traicionada, que había traspasado un límite y, por tanto, prefería distanciarse de mí. Mucho más, cuando en mi respuesta no le pedía disculpas y me ratificaba en el uso de esas palabras, ya que, como dejé muy claro, el contexto era muy diferente y difícilmente nadie podría identificarla. Todo escritor puede utilizar lo que quiera, pensé. Es el riesgo que tienes, si confiesas un secreto a un escritor, aunque este sea mediocre. Sí, un año después, le presenté esas disculpas, pero ya era tarde, y, si debo ser sincero, sonaban falsas. Si me arrepentía de haberlo hecho, era por las consecuencias y la amistad rota. Cuando leo el relato, sigo pensando, si olvido su origen, que esas palabras encajan perfectamente. La estética se impone a la ética. Comprendo que ella no lo viera así.
Por entonces me comparé con otro tipo, un escritor respetado y con numerosos libros vendidos, del que se había enamorado. Ella lo veía como una relación imposible y así me lo repetía hasta la saciedad, aunque deseaba muchísimo estar con él y, sobre todo, -me lo confesó, mientras asistíamos a una lectura poética-, deseaba ilustrar sus libros. Un día el gran escritor la llamó a unas horas intempestivas para que viniera a su casa; ella fue a encontrarse con él, sin pensárselo, dejándolo todo, sin orgullo, dispuesta a rendirse, en cuanto bebieran la primera copa. Se acostaron. La tensión sexual de los meses anteriores se liberó. En cuanto terminaron, él llamó a un taxi para que la llevara a casa. Tenía cosas que hacer. Nada de romanticismo. Se sintió humillada. Y, sin embargo, años después, me sorprendió que colaborara con él, haciéndole las ilustraciones de su último libro de poesía. El deseo, el más importante, el más duradero, se había hecho realidad.
La comparación era absurda. Una humillación puntual de un amante ocasional, que, pasado el tiempo, llega a convertirse en un buen amigo y colaborador artístico, no es tan importante como un pacto roto y un secreto revelado.
Esas palabras, que ella compartió conmigo, ocultaban, bajo una capa sutil, -la reflexión y los argumentos racionales-, su pesadilla; atrapada en una tela de araña, escribiéndolas, recuperaba el tormento interior y, al mismo tiempo, lo exorcizaba.
Esas palabras para ella debían haber sido, como al final de Deseando amar, una de sus películas preferidas, un secreto que se murmura, se susurra, al hueco de un muro antiguo o de un árbol. El secreto necesita ser expresado con palabras, pero no puede, no debe ir más allá. Hay que cubrirlo con arena y piedras y barro: que se quede allí eternamente, que nadie lo revele.
Sí, yo traicioné ese secreto. Y mi castigo es justo. Y mi vergüenza también.