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miércoles, 4 de mayo de 2016

A TODOS LOS DIOSES. NUEVE DÍAS EN ROMA. DÍA 2.




20 de abril de 2016

Los museos de Roma con una única excepción -los Vaticanos- son mucho más humanos, menos mastodónticos que los de otras ciudades europeas. El Louvre, el Metropolitan de Nueva York, el Museo Británico, el Prado... No puedes contenerlos entre las manos; te agobian, te saturan. Roma tiene tanto que ha decidido sabiamente distribuirlo en espacios diferentes.

No es posible contar ni ver todo lo que estos museos contienen. Necesitarías meses, tal vez, años para profundizar, comprender, disfrutar de cada uno de los detalles, de cada escultura, pintura, cerámica... Toda una vida. Y, como es de suponer, la vida es mucho más que el interior de unos museos, aunque sean tan ricos y variados como los de Roma.

Los Museos Capitolinos.

Situados en la mismísima colina Capitolina. No rechaza su pasado; lo asume. Lo convierte en una parte del mismo. Integrados en las salas encontramos las ruinas del templo de Júpiter, el de Veoive o el de Juno Moneta, sin olvidar el Tabularium.

Del templo de Júpiter sólo queda el basamento. Y, aún así, ¡qué impresión de grandeza dejan en tu retina! Era el templo del Dios de Dioses; era el símbolo del poder de Roma, del Dios que les proporcionaba el dominio del Mediterráneo. Sólo puedes imaginar la reacción de asombro y admiración que provocaría en aquellos que pudieron verlo. Y el terror que los enemigos de Roma sentirían al contemplarlo. Pensarían: Quien es capaz de construir esto, nos someterá sin compasión. Y no se equivocaban. Aunque los partos y los germanos no se amilanaran y conservaran su independencia a pesar de todo.

Del Tabularium no queda más que un largo pasillo que aprovecha todas las posibilidades arquitectónicas que Roma había aprendido de los pueblos conquistados: el arco, la bóveda, el uso del ladrillo y el mortero. Me emociona este lugar. No por lo que veo ahora, sino por lo que estuvo aquí. Documentos oficiales, pergaminos, papiros, la recopilación sistemática y continua de siglos y siglos de historia. Todo eso se ha perdido, pero estuvo allí, ocupó ese lugar. Y su presencia no ha quedado diluida por el tiempo.

Acepto que cada uno tiene sus preferencias. Algunos recordarán a sus lectores u oyentes que pueden ver a la Loba Capitolina cuyo origen etrusco se puso en duda. O a una Medusa de Bernini, que retrata a un ser humano dolorido más que a un monstruo, o los retratos de las damas de época flavia, elegantes y refinados. ¿Qué decir de esa mano inmensa de Constantino apuntando al cielo, separada del cuerpo al que perteneció? ¿Y la estatua de un Marco Aurelio en bronce, seguro, firme, conservada sólo porque los cristianos creyeron que era de Constantino?

A mí me gusta más un mosaico, sencillo en su disposición que representa una escena cotidiana: palomas que beben de una fuente. 



O la estatua encantadora de un chico que alza su pierna izquierda y la apoya sobre la derecha para quitarse, simplemente, la espina de un pie. O la del Gálata Capitolino, un bárbaro, herido de muerte, en su último gesto, digno, sereno. O la voluptuosidad de la Venus Capitolina o púdica. 

Todos ellos aspiran a captar un momento, un instante. Y lo consiguen...

Me cruzo esa mañana con muchos grupos de estudiantes. No sé si la mejor manera de enseñarles el mundo antiguo es obligarlos a hacer visitas de este tipo. Veo caras cansadas, agotadas, ajenas al espacio en el que se encuentran o a muchachos subiendo y bajando escaleras, huyendo tal vez del profesor o del guía, aprovechando el tiempo libre que les han concedido, riendo y bromeando.

Si queremos un pueblo culto, que no sea manipulado, necesitaríamos que conocieran toda la riqueza cultural que Occidente ha aportado hasta ahora. Que la historia no se olvide y que seamos conscientes del pasado del que venimos; sin embargo, a veces, pienso que es una batalla perdida. La minoría cultivada, los pocos que descubran y adquieran esa cultura, están condenados a ser sólo eso: una inmensa minoría. En las nuevas generaciones, como en las anteriores, la mayoría acabará por olvidar y enterrar el pasado. Y, con todo, hay que despertar esa sensibilidad o, al menos, intentarlo...

La Cripta Balbi es un lugar curioso, aunque sólo lo sea para apasionados por la arqueología y las excavaciones. La evolución de ese espacio a lo largo de los siglos es un buen ejemplo de lo que ha ocurrido en toda Roma. Fue un templo pagano, luego, un templo de Isis, iglesia cristiana, viviendas medievales adosadas, palacio renacentista. Restos de todas esas épocas puedes encontrarlas en ese espacio, una sucesión de estratos, mientras subes y bajas escaleras. Incluso unas canalizaciones y las trazas de un acueducto de época augústea.

El largo Argentina es una plaza abierta, abierta en canal literalmente. Es una excavación que cualquiera que pase puede contemplar al otro lado de unas vallas. Han mejorado la información con paneles explicativos y, como era de esperar, han hecho descubrimientos en estos últimos años. Los cuatro templos, uno de ellos, circular, siguen allí, con sus restauraciones.

Eso sí, hay dos cosas que no han cambiado. Julio César fue asesinado muy cerca -eso es un hecho que nadie discute-. Las fuentes -Suetonio, Plutarco- coinciden que ocurrió en un edificio anexo al pórtico de Pompeyo que ahora se encuentra debajo del Teatro Argentina. Otra son los gatos, que los romanos protegen y alimentan. Es la colonia de gatos más numerosa de Roma, aunque he visto menos que en otras visitas. O se están domesticando o están desapareciendo.

La visita diaria del Panteón. Como siempre contemplar el interior me devuelve al ritmo lento, sereno, fluido...

En la plaza de Santa María sopra Minerva está el obelisco y el elefante de Bernini, símbolo de la inteligencia y la constancia de la fe.

Santa María sopra Minerva. Antiguo templo de Minerva, diosa de la sabiduría. En el interior otros Bernini y una obra del joven Miguel Ángel. Me conmueven los restos de Santa Catalina de Siena.

El escultor ha sabido plasmar una serenidad y tranquilidad que contrasta con la dureza y el realismo que encontraré en otra tumba similar, esa misma tarde, en la iglesia de Santa María della Victoria, la de una mujer con un vestido azul, en el instante de la muerte: la boca abierta, una herida en el cuello, ojos cerrados, la corona de flores blancas. 

                                          


Es un cuerpo conservado en formol. He visto dos veces algo así: con mi padre y con mi madre. Mis labios tiemblan. No hay serenidad alguna; sólo la constatación de que algún día nuestro cuerpo llegará a ese estado. La muerte nos espera...

O el placer o el éxtasis. La Santa Teresa de Bernini, a unos pasos solamente. 



La vida y la muerte de dos mujeres, 


una junta a la otra.






Cuando contemplas pinturas con cierta parsimonia y tranquilidad, con el paso de tiempo la mirada va adquiriendo una sensibilidad que, al principio, uno pensaba que no conseguiría. Por ejemplo, si ves en una capilla o en una sala del museo Barberini a Caravaggio y, luego, en la siguiente a Lippi, descubres las diferencias, a veces, sutiles, entre el artesano y el genio. 



Un experto podría proporcionarnos elementos de juicio que nos servirían para desentrañar la técnica utilizada. Bien sabemos que no es eso lo que los separa. ¿Por qué partiendo de temas parecidos o idénticos, uno refleja sólo una visión pálida, aunque digna, de la realidad que quiere transmitir y el otro, brilla con tanta intensidad que acabas ciego y sordo y mudo. ¿Es el punto de vista, la elección de los modelos, el tratamiento de la luz, los juegos de líneas, el uso del color? Sí y no. También es algo indefinible que ningún experto podrá explicar, que nos hace disfrutar de un cuadro más allá de la técnica; el misterio del arte que nos remueve por dentro, que nos transforma sin que podamos evitarlo.

Contemplo a la Fornarina, pintada por Rafael. 



El pintor amó a esa mujer. Y esa mujer le amó. No necesitas más. La complicidad de una pareja resumida con la mirada de una mujer.  

El Palazzo Altemps es un palacio renacentista. Como suele ocurrir, uno entra en este palacio para disfrutar de su colección de arte y escultura antigua.

El Trono Ludovisi es un buen ejemplo de la elegancia del mundo griego. Lo que es posible hacer con un trozo de mármol, si tienes talento: insuflarle vida. No hay otro bajorrelieve que me emocione de tal manera.

La parte frontal representa el nacimiento de Afrodita. 



¿Qué nos queda? El rostro de Afrodita mirando a dos mujeres, las Horas, que la ayudan a levantarse, apoyándose en ellas; sus pechos, desnudos. El resto, cubierto por un lienzo. Lo que más me gusta de esta imagen en relieve es la transparencia de las telas. ¿Cómo es posible que el escultor haya sido capaz de crear unas ropas que parecen reales y nos permiten contemplar y disfrutar de las formas de los cuerpos que hay tras ellas?

Las imagenes laterales son, por un lado, la de una mujer cubierta con un velo delante de un incensario; en la otra, una flautista desnuda, con el típico aulós, y las piernas cruzadas.



Hasta los pequeños detalles me asombran; la flautista sólo lleva un peinado en forma de moño que destaca mucho más su desnudez. Además apoya su cuerpo en lo que parece un cojín. Se la nota muy relajada, como si disfrutara de una pasión, concentrada. Notas la música, fluyendo por sus venas. Escuchas la melodía. La mujer vestida, al otro lado, prepara el incienso. Se apoya en otro cojín, paralelo al de su compañera. La mirada también es concentrada; nos encontramos ante el instante, detenido en el tiempo, de dos mujeres, captado por un artista y un escultor genial.

Otra obra del Palazzo Altemps a la que siempre dedico minutos es el relieve del sarcófago Ludovisi.




La primera impresión podría confundirnos: sólo vemos guerreros, romanos y bárbaros, mezclados, en una batalla terrible. Hay que fijarse más. Esperar, mirar los detalles, uno a uno. Es un excelente ejemplo de la iconografía militar. Los romanos, cabello corto. Los bárbaros, cabellos largos y barba poblada. El protagonista, -según los expertos, tal vez alguno de los hijos del emperador Decio- en el centro de la composición, en la parte alta. Y en un espacio que no supera los dos metros de largo y el metro de alto, bárbaros y romanos. Cada uno con su propia personalidad, con la función que le corresponde. El dolor, la dignidad, la fuerza, el movimiento. Aunque sea la muerte el tema central de este relieve, ¡cuánta vitalidad hay en las formas!


El Galo Ludovisi, frente a él, encontrado en la Domus Áurea. El suicidio de un bárbaro, tras haber matado a su esposa. La dignidad del enemigo, su valor, para resaltar el nuestro.

Villa Giulia es la zona verde más importante de Roma. Entre sus árboles y mientras disfrutamos de la primavera que se acerca, a su manera, dubitativa, sin atreverse a extender el manto de color que le caracteriza, podemos visitar algunos museos. Hay uno al que nunca dejo de ir: el Etrusco.

Hay una palabra que define a este pueblo: elegancia. 


                                             


Su sonrisa, la que nos ofrecen, más allá de la muerte, es un gesto que siempre me los ha hecho muy cercanos. Los romanos aprendieron mucho de los etruscos. La religión, muchas de sus ceremonias, incluso la lucha de gladiadores, -que en un principio no dejaba de ser un sacrificio ritual o expiatorio-, el alfabeto. Grecia, antes de ser conquistada, llegó a Roma, a través de los etruscos. La Historia de los primeros siglos del que sería el gran imperio del Mediterráneo es etrusca, no romana.

Los etruscos, al menos, su clase dirigente, tenían una sensibilidad mucho más acusada que la de los duros y rígidos romanos. Se nota que disfrutaban de la vida, porque al enterrarse, dejaban un rastro en sus pinturas, en sus esculturas, del amor que sentían por ella. 

                                           


Sus dioses sonreían; ellos sonreían. La vida se terminó, pero habia valido la pena.

Al salir del museo, sigo viendo la sonrisa en una Naturaleza que se despereza, poco a poco. Me topo con otro rodaje cerca de Villa Giulia. Algunas chicas jóvenes están ya tomando el sol; no quieren esperar al verano. Se lo quieren llevar con ellas a sus casas, aunque sólo sea un trocito pequeño.

Me da tiempo a bajar hasta Termini. En el museo de lasTermas de Diocleciano, en un pórtico, dos jóvenes, un chico y una chica, tal vez estudiantes de Arte, hacen bocetos de las estatuas antiguas, colocadas en las paredes del recinto. En el museo, lápidas funerarias y alguna reconstrucción de tumbas, salvadas de la destrucción. El entorno son las ruinas, el esqueleto de uno de los espacios termales más impresionantes de la Antigüedad. Parte de su estructura, el frigidarium, aún sobrevive en la iglesia de Santa María de los Ángeles.

En la salas veo los huesos de un gato. O los monumentos funerarios de una pareja. 



La recuerdo. Captaron mi atención en una visita anterior. Juntos, contemplan la eternidad. Y lo seguirán haciendo...

Hay alguna novedad. Tienen preparada una actividad en 3D sobre la casa de Livia, la de ad Gallinas Albas. Hay que acercarse a las nuevas generaciones; una sucesión de lápidas y estatuas puede llegar a ser agotador y aburrido, incluso para alguien tan interesado como lo pueda ser yo.

Y un Conócete a tí mismo. 



De camino al restaurante, descubro una excavación cerca del foro Trajano, enfrente de la Piazza Venezia. Los arqueólogos piensan que podría ser un auditorio, construído por Adriano.

En el restaurante Antonio, cerca del Panteón, disfruto del bacón entre la salsa de los rigatoni que he pedido. Me encanta cómo cruje el bacon al masticarlo. No sé cómo lo consiguen; es una experiencia culinaria maravillosa. Me hubiera gustado completarlo con un tiramisú. No fue posible.

El sitio responde al prototipo que voy observando en los restaurantes italianos. Fotografías de actores romanos e imágenes de películas, disfrutando de comida italiana, por supuesto; alguna fotografía de Vacaciones en Roma con Audrey Hepburn no puede faltar. Aparecen en las paredes también los propietarios haciéndose fotografías con famosos, aunque la mayoría no los reconozco.

En este restaurante -en casi todos- quienes llevan la voz cantante son las mujeres. En este caso, la propietaria y una encargada. El marido, tal vez el co-propietario, se pasea entre las mesas, pero sin que haya ningún género de dudas, intuyes que si la supervivencia del negocio dependiera de él, ya habría cerrado hace tiempo. Es simpático y, me temo, también un inútil. Ellas son el alma y el motor del negocio. En general, te acogen y te tratan bien. Y disfrutas de la comida, que es lo esencial.

No puede faltar un paseo de noche por Roma. Me gusta perderme por calles poco transitadas, vacías, silenciosas. También atravieso lugares atestados de gente: Piazza del Panteón, Piazza Navona, la Fontana di Trevi -aprovecho para tirar una moneda, como debe hacerse, de espaldas, de derecha a izquierda. Y, si es posible, echando un vistazo para ver dónde ha caído-.

Llego hasta la Plaza de España. Está en obras. No puede uno subir por las escaleras y hacer como Gregory Peck, que se encuentra por casualidad a Audrey Hepburn. Habrá que dejarlo para otra ocasión. Tal vez entonces encuentre a mi Audrey Hepburn...

De vuelta al catre, asisto a una discusión entre una pareja de españoles. Sólo escucho unas cuantas palabras.

- Ni te lo crees -replica la chica.

Es morena; tiene carácter. Él, rubio, con cierta hechura, guapo, mantiene la tranquilidad; parece consciente de que ha metido la pata y quiere arreglarlo.

La chica intenta zafarse. Él se disculpa. Han bajado el tono de voz; ya no puedo escuchar sus palabras. Ella mantiene las distancias, se apoya en la pared; le atiende. El chico tendrá una oportunidad.

Ella al escuchar unas palabras, se tapa la cara. Llora. Está pidiendo que la abracen. Él se acerca con cuidado; la toca levemente en el hombro. Nota la tensión. Aún no es el momento, piensa. Continúa hablándola; palabras tranquilas. Ella se recupera; alza el rostro. Tiene los brazos cruzados, y permanece en silencio.

Los dejo en la esquina de una calle solitaria, a dos pasos de la Plaza de España. En ese espacio, dos cuerpos se escuchan. Tal vez se reconcilien...  

domingo, 1 de mayo de 2016

A TODOS LOS DIOSES. NUEVE DÍAS EN ROMA. DÍA 1



19 de abril de 2016

I.

El viaje continúa. ¿Cómo empieza un viaje? ¿Cuándo termina?

Me adormezco en el avión. Cierro los ojos. Un gesto de ternura de mi madre; acaricia mi frente.

Te despiertas. Escuchas el ronroneo del motor. Idea fija. No se aparta. Los ojos abiertos. La lengua se te ha secado. No recuerdas el sueño; lo acabas de perder. Se te ha escapado de entre los dedos. Los oídos se llenan de aire.

Miras por la ventanilla. Azul oscuro. Mar en calma. Sólo ves remolinos, reflejos de luz, arrugas en la piel del mar. Una capa fina y brillante separa el cielo del agua. Se vislumbra el horizonte.

La mano escribe. Un círculo de luz ilumina tu muñeca. Los dedos permanecen en la sombra, las palabras fluyen, se graban en la hoja del cuadernillo…

Una amable azafata recorre el pasillo. Tendrá unos cuarenta años; lleva recogido el pelo en una cola de caballo, tiene patas de gallo alrededor de los ojos y arrugas, marcadas en el cuello. El paso del tiempo no se puede ocultar. Se ha quedado sin café y hace un mohín, encantador; es su respuesta a la contrariedad.

Un niño aupado por su madre en volandas. Espera a entrar en el baño. Imágenes opuestas del vuelo de Buenos Aires, el último vuelo de mi madre: niños jugando por el pasillo, gestos de desprecio de la azafata. Las aparto. Lejanas y cercanas.

Allí, aquí. El pasado no existe. El futuro aún no ha llegado. Presente. El que viene ahora mismo. El que recordaré cuando pase a limpio estos apuntes en el salón de mi casa.

Los oídos se abren. Los tímpanos se quiebran en mil trozos. El motor ruge. Nos acercamos a la orilla. Sombras de nubes cubren la vegetación y las ruinas de Ostia Antica, el antiguo puerto de Roma.

El avión golpea la tierra.


II.

El tren rápido Leonardo da Vinci me acerca a Termini. Reconozco en el trayecto detalles de la ciudad: árboles en forma de cono invertido, arquitectura de barrio periférico, muy propia de los años sesenta o setenta. Sí, estoy en Roma, por si tenía alguna duda. Despierto, con los sentidos a flor de piel, abiertos a las sensaciones que lleguen. Un hombre, a mi izquierda, bien trajeado, habla por el móvil. Parece que con un compañero de trabajo.

Al otro lado de la ventanilla logro distinguir a un guardia de seguridad; se ha apartado y entre las vías, en un descampado, también habla por teléfono. ¿Con un amigo, una esposa, un amante?

Noto, al llegar a la estación central, más seguridad de la habitual. Y no sólo allí, también en las calles. Observo la presencia de soldados –siempre, en pareja-, con fusiles en la mano. Forman parte de una operación especial llamada “Calles seguras”. Los atentados de París y Bruselas, imagino, han sido la causa de esta singular vigilancia. Al principio tengo una sensación extraña e incómoda: me inquieta encontrarme con hombres armados a la vuelta de la esquina o al bajar al andén; nunca sabes qué pueden hacer con sus armas. Con el tiempo y a lo largo de los días, iré olvidando que te puedes tropezar con ellos en algunas zonas, -las más transitadas de la ciudad- o en las bocas de metro. Como si pasaran a ser cotidianos, corrientes y, al igual que algunos animales, acabaran formando parte del ecosistema urbano, camuflándose, discretos, sin hacer ruido. Debería preocuparnos la facilidad con la que asumimos una situación tan anormal: unos soldados, que patrullan en tiempos de paz por las calles de una ciudad moderna y europea. Todo ha cambiado; ellos nos están cambiando. El miedo. El miedo mueve los hilos. Y no nos damos cuenta.

Atravieso a toda velocidad los metros, semáforos, pasos de cebra que me separan del alojamiento que he reservado en la calle Cavour. Aprecio el tráfico habitual de un día de diario. Nada que le diferencie de Madrid o Barcelona.

Llego al Bed and Breakfast. Chiara, una de las dueñas, me recomienda un par de restaurantes de la zona. La comida será mi primer objetivo...

III.

Amatriciana. La pasta al dente. En España, solemos cocerla más tiempo. Me encanta el sabor del tomate. Añado al plato, un cuarto de litro del vino de la casa, guardado, protegido en una jarrita de cristal. Me sienta bien; alcanzo ese “puntito” justo en el que la sangre fluye y baila por tu cuerpo. Es agradable la temperatura a esta hora, la una de la tarde. El cielo no está demasiado cubierto.

El restaurante, La vaca embriagada, se encuentra en la Vía Urbana, paralela a Cavour. Hace más de veinte años, viví en el número 96 durante dos semanas en una habitación alquilada. Tengo recuerdos parciales y muy desvaídos de esa primera mirada a Roma. Era joven, muy joven. Estaba perdido...

Al llegar a las puertas de las iglesias de San Pietro in Vincoli y San Clemente, me las encuentro cerradas. Volveré otro día. A unos metros de San Pietro está la facultad de Arquitectura. Hoy es día laborable, así que los universitarios pululan por los alrededores.

Primeras impresiones de un día primaveral. Grupos de mujeres, parejas cogidas de la mano. Un beso. Fotografías con el Coliseo al fondo. Piernas al aire, sin nada que las oculte; piel que brilla, reflejo de la luz en la carne. Tentaciones.

Hay más inmigrantes que hace veinte años: africanos, paquistaníes, chinos... En el Esquilino copan todas las tiendas de ultramarinos. Y no digamos los que se sitúan cerca de los grandes monumentos de la ciudad en busca y captura del turista.

Observo carteles electorales en los muros. O ha habido o habrá elecciones municipales. En uno de ellos una frase que me hace temblar: Roma para los romanos. Fuera inmigrantes. Uno espera que sólo sea una excepción: el cartel electoral de un partido minoritario; sin embargo, los hechos de estos días en los que Europa levanta muros en las fronteras del Mediterráneo, presagia nubes muy oscuras sobre nuestro futuro. Roma, como ha sido siempre, es un reflejo de nosotros mismos.

Espero unos minutos para entrar en la Basílica de Santa María Maggiore. Medidas de seguridad para evitar posibles atentados. La paciencia que hay que tener en los aeropuertos me la encuentro ahora a plena luz del día, ante la fachada de una de las iglesias más importantes de Roma. El interior no me enamora. Siempre he preferido las iglesias en las que la intimidad del espacio devuelve tu propia mirada. En estas otras, te sientes muy pequeño y, al mismo tiempo, muy distante, lejos del Dios único. Incitan más al ateísmo que a una fe sincera.

Un hombre, un japonés dispara su cámara de fotos a todas las esquinas, sin descanso, sin pausa. ¿Disfrutará por el simple hecho de apretar el botón? Sus fotografías no tendrán vida. Para hacer una foto, primero debes mirar. Después, apretar el botón. Y a continuación, tienes que volver a mirar de otra manera. Este hombre no sabe hacer fotografías. Podrá enseñarlas para afirmar que ha estado en Roma, pero no habrá estado... sólo habrá pasado por Roma.

De nuevo me hallo delante del Panteón. En el interior del Panteón. Protegido por el Panteón. Debajo de su óculo, del ojo que todo lo ve, del ojo que nos permite ver más allá de nosotros mismos. Es el centro del mundo. Desde aquí la Tierra, en movimientos concéntricos, elípticos, se mueve hacia las estrellas...

En San Luis de los Franceses están restaurando un cuadro de Caravaggio, La vocación de San Mateo. Si ves un cuadro de Caravaggio, todo lo demás te parecerá mediocre y vulgar.

Caravaggio no era un buen tipo. O era un anarquista. ¿Quién sabe? Hay opiniones para todos los gustos. Amigo de prostitutas e indigentes; los utilizaba en sus cuadros como modelos. Los convertía en santos o vírgenes. Les proporcionaba la inmortalidad. Mató a un hombre en una pelea callejera. Tenía esa pasión capaz de crear una obra de arte y, al mismo tiempo, destruir salvajemente todo lo que encontrara a su paso.

Y esa pasión nos atrae y nos repele. Ese es su talento. Y pocos lo tienen.

En la Piazza Navona un mimo actúa en la calle. La Piazza Navona fue un circo, el de Domiciano. Las carreras de carros han sido sustituidas por representaciones de todo tipo. Los mimos en la antigua Roma solían ser una de las actividades preferidas por la plebe. Sus temas, a menudo, soeces, despertaban la risa y la burla. A veces, la crítica de las escenas representadas llegaban a tocar al poder establecido o a personas influyentes. Algo de eso queda en la estatua del Paschino, a unos metros de la Piazza. Voces escritas en un papel que protestan, en los tiempos de internet, por las injusticias. Voces en el desierto. Voces calladas. Gritos sordos.

Paso al otro lado del Tíber, al Trastevere. Santa María de Trastevere me agrada. Sus mosaicos relajan la mirada, la suavizan. Tal vez ayude a tener esa impresión el entorno: el barrio conserva un aire de sencillez que otras zonas de Roma han perdido.

Siento la humedad del Tíber en la piel. Respiro el aire del mar, que llega por los huecos del río. Las gaviotas, en busca de comida, vienen de allí, y se paran ante nosotros en busca de un pedazo, un alimento que las mantenga en pie. Hago una parada. Bebo un zumo de naranja junto a la orilla. Al otro lado de la calle, en un palacio, propiedad, tal vez, en otro tiempo de nobles o vicarios de Cristo, una mujer joven baila. Aparece y desaparece de la ventana. ¿Será un fantasma, un reflejo? Al otro lado del espejo, una vida desconocida salta, baila, vive...

Atravieso la isla Tiberina, refugio de enfermos en otro tiempo. He vuelto a la Roma de este lado del Tíber. Me encuentro con un rodaje frente el Templo de Vesta -mal llamado de Hércules- y el de la Fortuna Viril. Son unos diez estudiantes. Debe ser un corto de ficción. Un hombre mayor, con canas -puede que sea el profesor-, les marca determinadas pautas. Al actor, a la chica que lleva la cámara...

A unos metros, la fachada del teatro de Marcelo. El primer heredero de Octavio, muerto prematuramente. A unos metros, el pórtico de Octavia, la hermana del emperador, la madre de Marcelo. Una madre y un hijo. Los monumentos que los recuerdan. Octavia, al morir su hijo, se retiró de la vida publica. Cuando Virgilio leyó un trozo de la Eneida, en el que mencionaba el fallecimiento, la madre se emocionó y no pudo soportar su dolor, desmayándose. No puedo dejar de pensar que Livia también estaba allí, en esa misma lectura, junto al emperador, su marido. Eran dos mujeres muy diferentes. Livia era mucho más astuta; no permitía que las emociones le apartaran de su objetivo.

Ahora entre las ruinas de los monumentos dedicados a la madre y al hijo no veo más que roca, y ruinas. Y amapolas rojas...

El foro republicano al atardecer. Luz y sombras en el Capitolio. La luz ilumina el pelo de las mujeres; las convierte en diosas o santas. Diosas y santas a mi lado. Despierto. Es sólo un delirio romano. Sin duda, necesito ya llenar el estómago...

Ceno alcachofas a la romana y pido macedonia de postre en la Osteria della Suburra, de nuevo en la Vía Urbana. No logra convencerme del todo. Las alcachofas nunca han sido mi comida preferida.

El cuerpo está agotado. Que descanse. El de mañana será otro día...