Empecé el día asistiendo a unas conferencias en el Museo del Prado sobre didáctica y arte.
Uno de los conferenciantes agradeció a casi todo el mundo -solo le faltaron su perro y su gato-. ¿A todos? No. Hubo una excepción. Mencionó todas, todas las asignaturas menos Latín y Griego. ¿Qué le habrá hecho? ¿Por qué ese olvido? Fue intencionado; no lo dudo. Para mí es un misterio.
En cuanto a la propuesta, sí, era interesante, pero esos alumnos yo no los tengo. Tres o cuatro al año puede que hayan pasado por mis clases. Él tiene más suerte, según parece. Hay clases y clases...
Por cierto, no hay que llenar de contenido una asignatura como Atención Educativa para ganarte el aplauso de tus compañeros. Hay que hacerla desaparecer.
La propuesta de más contenido giraba en torno a la Shoa. Es un tema manido -no soporto la música de La lista de Schindler para hacernos llorar, lo admito, y siempre me falta en estos trabajos el papel de colaboradores necesarios que tuvieron muchos judíos o las diferencias de estatus entre los ricos y los pobres o su comportamiento en el campo, aunque, es cierto que todo esto casi siempre podamos entenderlo como una forma de supervivencia-.
Sí, eso ya lo sabemos, pero el trabajo comparativo con las obras de arte del Prado de las dos compañeras y las actividades paralelas realizadas son excelentes. Me desagrada ver las letras fuera de sitio en un power point, pero como eso a menudo depende del ordenador que te toque, nada tengo que objetar. Sí pongo más peros a otro detalle.
Cuando se estableció una relación con la actualidad -acertadísima la comparativa entre los prejuicios hacia los judíos antes y los inmigrantes ahora-, me faltó que se dijera con claridad una palabra: Gaza. Sí, es cierto que aparecían fotografías que todos identificamos con el sufrimiento del pueblo palestino y las frases que nos recuerdan que volvemos a repetir los mismos errores están ahí. Siempre me ha gustado las palabras finales del documental Noche y Niebla de Alain Resnais, aunque no aparezcan en este trabajo: "Y hacemos oídos sordos al grito que no calla".
Sin embargo, decir que en Gaza mueren niños y mujeres de hambre; se les bombardea sin respetar sus derechos; a veces se ejecuta sin preguntar; hay fosas comunes... Parece un gran campo de concentración... Creo que decirlo es una obligación. Solo varía que quienes fueron perseguidos y asesinados durante siglos, ahora ejercen de verdugos.
Bueno, admito que quizá no fuera el lugar más adecuado para decirlo.
La voluntad de creer es una propuesta que parte de un original literario de Kaj Munk y cinematográfico. Las pocas veces que he visto Ordet de Dreyer -una en el Doré- me ha conmovido, aunque el tema sea la fe y la religión y la muerte y, además, haya una resurrección. Es creíble y emocionante.
Esta obra de teatro reflexiona sobre esos temas y algún otro como la maternidad o la pérdida o el vacío que supone la falta de hijos... Mi cuerpo no lo quiere... Se pasa de lo serio al humor con facilidad y, sin embargo, funciona muy bien. Quizá haya algún detalle como la relación entre las hermanas que queda sin desarrollar, pero la propuesta deja un poso muy profundo.
El mal no existe. Al menos, para la naturaleza. Eso parece decirnos la nueva película de Hamaguchi que se estrena este 1 de mayo.
Nada que ver con Drive my car. Y, sin embargo, no desmerece en absoluto. Con un comienzo y un final hipnótico, acompañado por una música y un sonido ambiente que te atrapa desde el primer momento, la trama es sencilla: la historia de un grupo de personas que mantienen un contacto íntimo y respetuoso con la naturaleza -que no es un locus amoenus, porque puede ser salvaje e impredecible- y otras que llegan de la ciudad para montar su chiringuito, sean ignorantes. bienintencionados o explotadores sin escrúpulos.
Quien vive con la Naturaleza tiene un tiempo muy diferente al que vive en la ciudad. Hamaguchi retrata, contempla ese ritmo. Sin embargo, el final, inesperado, descubre las aristas, la disonancia entre el hombre y su entorno.
El mal existe.
Bien lo supieron los judíos. Bien lo saben los gazatíes.
La preselección de los Óscar, de calidad bastante alta en los últimos años, es un fiel reflejo de los intereses y conflictos de nuestro presente. Así que hagamos un amplio repaso para saber quiénes somos.
De la gran favorita, Drive my car, ya he hablado en una entrada anterior. También de la película de Aranoa.
Tengo ganas de ver la de Farhadi, otra de las favoritas, con El héroe.
Aparecen los temas conocidos del director con ese conflicto entre el individuo y la sociedad y la apariencia y lo que otros piensan o creen de ti, entre la mentira y la verdad; ese suelo ético tan frágil en el que nos movemos.
No he visto ni la panameña ni la de Bután, aunque puedo imaginar que estamos ante ese guiño al localismo tan apreciado por los académicos que se encargan de la selección. No llegará a nuestras pantallas y dudo mucho de que alguna vez vaya a verlas.
La de Bután es la típica película donde encontraremos buenos sentimientos y un país exótico. El tema es conocido: un profesor va a un lugar perdido de la mano de Dios y acaba adaptándose a las peculiaridades de sus habitantes y las dificultades materiales -entre ellas, dar la clase en un establo donde se encuentra un yak-. Los paisajes son muy bonitos, admitámoslo, y para verlo un domingo lluvioso y llorar un poquito seguro que funciona.
Plaza Catedral, la opción panameña, parece más interesante. La protagonista es femenina -eso es uno de los rasgos que comparten la mayor parte de las seleccionadas- y la trama se apoya en la relación que se establece entre ella, una mujer soltera, sin hijos -otro aspecto que observo en otras obras- y un niño, un superviviente de la calle, acostumbrado a la amenaza y la violencia.
Por lo menos, existe el interés de mostrar una realidad más dura y realista y menos edulcorada, aunque la sensación que tengo es que la historia es previsible y muy poco original. Sé cómo se desarrollará, viendo el trailer, e imagino cómo terminará. Para Panamá, sin embargo, que no puede rodar muchas películas al año, es un privilegio haber sido seleccionada.
Lo mismo le pasa a Kosovo. Su película, Colmena, es un biopic, bien rodado, pero con todas sus debilidades. La protagonista -nos encontramos ante una historia real- es una mujer que vive en un pueblo perdido y que, en un mundo de hombres, decide, tras perder a su marido en la guerra contra los serbios, montar un negocio con otras vecinas. Loa a un feminismo superficial, políticamente correcto -ya sabemos, la lucha feminista por la igualdad convertida en un mensaje sin sustancia- y, al mismo tiempo, a una empresaria que se hace a sí misma. En el país del capitalismo les habrá agradado esta visión tan amable. Y como sale un poco de un conflicto local, lejano, miel sobre hojuelas -nunca mejor dicho-.
Hablando de conflictos. Seguramente alguna de Ucrania en los próximos años nos llegará; que una guerra siempre necesita de propaganda. También hay que reflejar las guerras locales. No todas han llegado. La elección de Jordania fue apartada porque en Palestina no gustó. Es un tema terrible: contrabando de esperma de prisioneros palestinos. El tratamiento tal vez quería contentar y justificar a todos. A veces pasa.
De Dinamarca sí ha llegado Flee.
Es un documental y, al mismo tiempo, animación. Y la guerra de Afganistán aparece; y el sufrimiento de un inmigrante, su éxodo, las formas de supervivencia, su soledad. Película de altura, que funciona y te cuenta, mejor que muchas otras que tienen actores en carne y hueso, sentimientos universales.
De Escandinavia también -de allí sólo Suecia no ha sido preseleccionada- llega la finlandesa Compartment número 6.
Una mujer que huye, en busca de su identidad. Una relación lésbica que la ahoga. Un viaje en tren bajo un duro invierno. El encuentro con un minero ruso en el compartimento. No la he visto; parece interesante. Se mueve en los parámetros actuales.
De Islandia tenemos una película extraña, Lamb. En el que se mezclan el mito -enseguida piensas en el Minotauro- y la realidad cruda, la obsesión enfermiza, el dolor de un hijo perdido, el egoísmo, la relación de pareja... Son emociones muy primarias en un espacio terrible, donde sobrevivir obliga a decisiones radicales. A veces recuerda a un cuento; en otras, te das cuenta de que estás viviendo una pesadilla.
En la película francesa, Titane, que no fue seleccionada, se llevaba esto hasta las últimas consecuencias. El personaje, un asesino adolescente, se transforma, sin que pueda evitarlo en un ser diferente. Me recuerda a las películas de Cronenberg donde los conflictos mentales acaban afectando al cuerpo, destruyéndolo, sin que el protagonista pueda evitarlo. Quizá demasiado salvaje y enfermiza para la sensibilidad americana o, incluso, para la nuestra.
Fue la mano de Dios tiene detrás a otro de los niños mimados de estos tiempos. Es irregular como el mismo Sorrentino. Una primera parte con un estilo felliniano -la familia, los excesos mediterráneos, el mismo Fellini como personaje aparece en una escena-; una segunda parte tras la muerte de los padres marcada por la tragedia y la confusión del protagonista.
Momentos en los que te emocionas; otros en los que te aburres y desconectas o que parecen más previsibles. Sorrentino tiene oficio, pero no es su mejor película, aunque la escena en la que le comunican la muerte de sus padres me llegó a lo más hondo. Sí, eso es lo que sientes cuando sabes que muere alguien querido. Yo mismo lo viví. Y Sorrentino lo sabe contar muy bien.
En Great Freedom, la opción austriaca, se trata la persecución contra los homosexuales.
Olvidados estos últimos años entre los temas candentes -hoy parece que estamos más interesados por historias en las que la mujer sea la protagonista; la moda es lo que tiene-, los dramas carcelarios funcionan siempre.
Termino con cuatro historias feministas. Ya he comentado que la mayor parte de las historias giran en torno a mujeres en contextos diferentes.
Playground, sería más bien la de una niña. Y la relación que establece con su hermano mayor.
El acoso escolar parece, al principio, el tema central. El papel de los adultos es, sin duda, lo más flojo de la película. Funciona, en cambio, muy bien cuando se centra en los dos niños. Los matices con los que se construye el personaje femenino -la actriz está impresionante- hacen que la película interese y atraiga hasta el final.
La segunda viene otra vez del Norte, Alemania. I´m your man me trae a la memoria uno de los episodios de Black Mirror, Be right back.
De nuevo una mujer soltera, independiente y sin hijos. Recibe un robot durante unas semanas en su casa y debe hacer un valoración al final del proceso. Ese robot tiene todas las cualidades del hombre perfecto, pero no deja de ser un robot. ¿O es más humano de lo que parece? La ciencia ficción y las distopías se abren camino en esta obra, más ambigüa de lo que pueda parecer a simple vista por este tono de comedia ligera, muy diferente al tono de Black Mirror, que nos obligaba desde el principio a pensar en las consecuencias éticas y emocionales, al recelo hacia lo desconocido y a nuestros monstruos interiores.
En La peor persona del mundo tenemos desde Noruega el modelo de mujer actual en su protagonista.
Que toma sus decisiones, que elige de manera consciente, a pesar de los vaivenes y contradicciones, su propia libertad sexual y económica. No quiere ser madre ni puede o quiere mantener una relación de pareja estable. No hay juicios de valor; otras pueden hacerlo. Ella elige ese camino o... es lo que hay y hay que pencar con ello, si quieres ser libre.
Termino con Noche de fuego. Si la comparamos con la película de Bután no hay debate. Noche de fuego se sitúa en un entorno violento.
Las mujeres trabajan en los campos de opio. No hay otra opción. Cada cierto tiempo llegan unos soldados -el mal, sin rostro y masculino- y raptan a sus hijas adolescentes. No vuelven a verlas. Las mujeres, solas, deben sobrevivir; sólo les queda la huída. El guion se centra en la relación de una de las hijas con su madre. El conflicto entre generaciones -el natural de una madre con su hija- deja de tener importancia en una realidad como esta. Al final se abre la posibilidad de una colaboración con otros poblaciones limítrofes para enfrentarse a los soldados, pero este no es un final feliz. Hay víctimas. Y nada hace pensar que vayan a cambiar las cosas de verdad. Es una película valiente. Tal vez, para algunos será demasiado realista.
Conflictos, feminismo, distopías, mitos... Esta es la visión del mundo que el cine nos ofrece en el 2022.
Si nos parecemos o no, dependerá de cada uno de nosotros.
A lo largo del mes de enero he visto con mi hermano muchos estrenos y clásicos. Por falta de tiempo no he podido escribir en el blog. Aunque sea de manera general, intentaré hacer un repaso a algunos.
Empezaré por Drive my car, la última película de Hamaguchi, un autor consolidado desde hace años y que suena para los Óscar de este año.
El director japonés ha conseguido madurar un estilo que se puede identificar con características muy definidas. Vemos historias personales en las que el recuerdo adquiere un peso fundamental. Las conversaciones entre los personajes van transformándolos en un entorno cotidiano -un bar, una vivienda de clase media, un espacio urbano-. Siempre nos encontramos ante esa sensación tan cercana e íntima, muy propia de nuestros tiempos, de no saber muy bien hacia dónde dirigirnos. Ni como sociedad ni como individuos.
Que esta vez se haya apoyado en un texto de Murakami encaja perfectamente.
Es una película que se construye con palabras; no en vano el protagonista es actor y su mujer -que sólo aparece en la primera parte del metraje- trabaja como guionista de televisión. Y, sin embargo, los silencios, las miradas acaban desvelando esa realidad profunda que los personajes no han sido capaces de aceptar, a pesar del tiempo transcurrido desde que sucediera la tragedia que les marcó. En la segunda parte la aparición de otros dos personajes -otro actor y una chófer-, más jóvenes, le obliga -a estos también- a afrontar ese cambio.
Es una de esas películas que me gustaría volver a ver, porque deja muchas incognitas, dudas y abre caminos con varios niveles de significación. ¿La realidad o la representación teatral de Tío Vania? ¿El viaje en coche como forma de conocimiento? ¿La memoria, el pasado doloroso, un espacio y un recuerdo que debe cambiar de significado para que tengamos algún futuro?
El epílogo, para mí demasiado optimista, en un mundo postpandémico, continúa la historia. Como si liberados de su carga, los personajes -o, al menos, la más joven- pudieran proseguir su camino y, con un giro sorprendente, se explicita, mostrando la realidad actual, después de haber contemplado, como si estuviéramos en el patio de butacas, la última escena de la obra representada.
Así se convierte en un reflejo contradictorio, ambigüo de ese final en el que los personajes de Sonia y Vania se consuelan. Como podemos escuchar en esta versión de la BBC, a las dos horas de metraje, en este archiconocido monólogo donde se mezclan la resignación y el dolor.
La obra de teatro es una reflexión paralela que recorre toda la película.
Como lo hacía también en esa última película de Louis Malle, Vanya en la calle 42. A pesar de la calidad de la imagen, pongo el enlace del monólogo de Sonia. Vale la pena.
Hemos sufrido y no hay salida, pero debemos seguir adelante hasta que llegue la muerte y entonces descansaremos, le dice, más o menos, Sonia a tío Vania.
Gran parte del cine contemporáneo se construye bajo los parámetros de un tema obsesivo: la incomunicación. La pareja no es más que la excusa para reflejar una realidad mucho más profunda que afecta a toda la sociedad en su conjunto. En la Historia del Cine hay numerosos ejemplos; quizá el más conocido por el cinéfilo sea casi toda la obra de Antonioni y, sobre todo, su El eclipse. Aquí tenéis dos escenas. Una, en la que el espacio nos descubre los pensamientos y emociones del personaje.
Y otro, donde las palabras ocultan esas mismas emociones.
En la actualidad tenemos a estos dos cineastas: Hamaguchi y Brac.
La opción de Brac es simple. Trabaja con actores en un taller y a partir de una idea sencilla, que repite en todas sus obras, según parece -verano, vacaciones, relaciones de pareja ocasionales- construye un juego de seducción que te recuerda a Rohmer, tanto en la forma como en el fondo. Esta escena de Contes de juillet es un buen ejemplo. Cuatro personajes, jóvenes, conociéndose un 14 de julio. Las miradas de seducción ocultan, en realidad, la incapacidad de comprender al otro.
Al final, la protagonista se queda sola, tras una discusión, y escucha por la radio los atentados ocurridos en Marsella. Un epílogo suaviza ese mal sabor de boca, dejando que la vida continúe su curso, pero ha sido suficiente para que descubramos, detrás de esa aparente superficie, conflictos más profundos.
Eso también lo vemos en su última película, Al abordaje.
Gusta de los finales felices o, al menos, de aquellos que no dejen a los protagonistas un daño irreparable. Es un aprendizaje, como suele ocurrir en este tipo de películas, pero Brac no llega o no quiere todavía profundizar en los mecanismos de incomprensión entre el hombre y la mujer, entre los seres humanos. Su planteamiento es ligero; eso no es óbice para que sus personajes sean creíbles y funcionen dentro de la estructura narrativa que el taller ha creado.
Más maduro o más complejo es Hamaguchi. De sus primeras películas poco puedo decir.
Hablaré de las tres últimas, las que han llegado a los festivales y le han convertido en un director de prestigio.
Happy hour es un título con retranca. No hay nada que haga pensar en esa "hora feliz", después de ver la película, a no ser aquellas horas que comparten las cuatro amigas protagonistas. Son cinco horas -esa es su duración- que no dejan indiferente ni aburren al espectador; más bien, al contrario, te atrapan y dejan ese poso sutil y subliminal, más allá de lo que se nos cuenta.
Podríamos decir, resumiendo en unas líneas el argumento, que es la historia de cuatro amigas de la adolescencia que tienen su crisis de los cuarenta, lo que les hace replantearse todo el mundo que han construido hasta ese momento.
Los momentos decisivos son, en primer lugar, un taller "entre el zen y el autoconocimiento" que se nos muestra en su integridad -minuto 30 a 55- y, después, la lectura de un relato corto ante un auditorio por parte de una escritora joven -desde las tres horas, 25 minutos a las tres horas 55-. A ambas situaciones les sigue un encuentro posterior en un restaurante que hace explotar las emociones que habían surgido con anterioridad, aunque fuera de manera inconsciente. Si el primero sirve para mostrar las debilidades de las protagonistas, que giran en torno a sus relaciones de pareja, la segunda les obligará a tomar una decisión y cambiar el rumbo a tres de ellas -la otra ya lo había hecho con anterioridad, y fue el desencadenante de la historia-.
El estilo elegido -lo que distingue a un autor maduro de otro que no lo es- se puede observar en esta escena que pongo a continuación; la primera mujer, que ha decidido buscar refugio en una asociación, ya que su marido la acosa y se niega a divorciarse, -aunque no haya violencia, la posición de la mujer es más frágil-, se encuentra con el hijo de una de sus amigas que ha dejado embarazada a una compañera, la cual ha tomado la decisión de abortar. A continuación, el viaje en barco de esta, y en un corte la amiga, la madre del chico, como si fuera un sueño, despierta en su casa, escuchando el ruido del mismo barco.
Tres años después, en 2018 estrenó Asako I y II. En este caso elige a una única protagonista, Asako. En la primera escena que aquí pongo, conoce al que parece, a todas luces, un gran amor. Enamoramiento instantáneo.
A los seis meses el chico desaparece. Dos años después conoce a otro de un gran parecido físico, pero muy diferente de carácter. Por supuesto, aunque estén juntos, ella no ha olvidado al primer chico que volverá a reaparecer. Y tendrá que elegir, claro.
Bajo una historia, en apariencia convencional, se esconde un tratamiento diferente con personajes verosímiles y bien construidos, cuya evolución se nos hace perfectamente creíble.
Para terminar su última película, Drive mi car, presentada en Cannes este año, aún sin estrenar, basado en un relato de Murakami. El coche se convierte en el elemento en el que los personajes desnudaran sus traumas y conflictos. El diálogo es esencial, como también el tratamiento del mundo interior de los personajes. Aquí tenemos, una detrás de otra, tres de las escenas.
Hamaguchi habla de la incomunicación: ese es el tema principal, pero tal vez también estemos hablando de otros más: la presencia del pasado y de los muertos y su reflejo en lo que somos, la necesidad de compartir y de asumir los cambios, la inconsistencia de este mundo en el que vivimos.