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jueves, 7 de julio de 2022

NADAL, FERLOSIO, EL CAPITALISMO Y LA LIBERTAD

 


En un artículo de opinión publicado en El País el 31 de mayo de 1997, Ferlosio, el escritor del Jarama, el testimonio de Yarfoz o Non olet decía lo siguiente:

"...Creo que hay otro factor más profundo y relevante para que los Estados democráticos fomenten el culto y el cultivo del deporte agónico de masas: su valor pedagógico para la educación moral y para las exigencias de adaptación social que mejor se adecuan al liberalismo y a la economía de mercado..."

Y más adelante:

"...y (esa mentalidad agonista) que el deporte enseña y alimenta ocupa un lugar central entre las capacidades que hacen triunfar al individuo en el mercado de libre competencia..."

las cuales enumera ampliamente al final de ese mismo párrafo:

"retahíla de virtudes: la voluntad de autoafirmación y autorrealización, el afán de superación, la aspiración a la excelencia, el ardor competitivo, el amor por el trabajo, el espíritu de sacrificio, la impavidez y resistencia ante el esfuerzo y el dolor... todas ellas, en fin, simples perversiones funcionales comunes a las culturas helénica y cristiana o tomadas la una de la otra..."

A estas se ha añadido de manera tangencial -en el caso que nos ocupa, el de Nadal-, un sentimiento de identidad nacional, el de un españolismo simplista y popular, más artificial de lo que aparenta, que encaja perfectamente con la necesidad de un Estado, cualquiera que sea, de encontrar referentes para consolidar su ideología e intereses. 

Cualquiera se preguntaría cuáles pueden ser esos intereses. Algunos podemos contemplarlos en la imagen que encabeza esta entrada. Nadal es un producto que vende en una economía de mercado; es difícil saber si, cuando deje el tenis -las lesiones tarde o temprano, a pesar de su calidad y resistencia, le obligarán a hacerlo y como bien dice un amigo "el autosacrificio demencial al que además se está sometiendo es un estupendo símbolo del neoliberalismo actual: se acelera la marcha, aunque nos lleve al desastre por no saber parar"-, elegirá los negocios o la política, pero su futuro parece llevarle, elija el camino que elija, hacia una élite de poder que no sólo ahora le proporciona cuantiosos beneficios, sino que, además, incrementa los de sus empresas patrocinadoras. El nacionalismo español no deja de ser un añadido, una motivación emocional que atrae a posibles compradores y clientes. 

Vuelvo a Ferlosio, al escritor, no al cantautor, aunque en este último también podíamos encontrar reflexiones parecidas, más ingenuas, líricas o combativas. ¿No podemos interpretar así -es mi interpretación, no la que el propio Chicho tuviera en principio al escribirla, aunque no creo que estuviera en desacuerdo con ella, si estuviera vivo- su conocido Gallo negro, gallo rojo? 

"El gallo negro era grande, pero el rojo era valiente"


Decía Rafael, su hermano, en uno de sus pecios:

"Llenando el lugar vacío de la impotencia, el hastío y el nihilismo, el deporte es desde siempre lo que más cabalmente cumple la función primaria de toda cultura como instrumento de control social".

Y esto me lleva a la libertad. ¿Somos libres? Dicen que hay libertad de elección: está el liberalismo económico -podemos comprar y vender sin límites- y las democracias -podemos votar y elegir a nuestros representantes- o la educación y la sanidad -podemos ir a la escuela o a la sanidad pública o, mejor, si tienes dinero, a la concertada o la privada-. Eso nos aseguran en los grandes medios.

"Suelo decir que no sé lo que es la libertad, pero como en muchas otras cosas el argumento más sólido que tengo no es más que una alegoría: la de las cuerdas de la marioneta: cuantas más, más libertad". 

Apariencia de libertad, deberíamos decir. Y ambos Ferlosios eran muy conscientes. 

lunes, 4 de julio de 2022

EL CAPITALISMO Y LA GUERRA: EL CONTROL DE LOS RECURSOS



Estoy leyendo los ensayos de Rafael Sánchez Ferlosio; él pensaba que era lo mejor que había escrito.

"El capitalismo lo destruye todo; por dentro y por fuera. El final no vendrá por una guerra, sino por una catástrofe económico-ecológica. El mundo no va a sobrevivir..."

Sin embargo, el capitalismo necesita de las guerras; es su forma de regenerarse. O tal vez sea una característica del ser humano. El control de los recursos -agua, petróleo, gas- se convierte en el motivo principal de todas. Sí, también puede haber otras razones: étnicas, sociales, geoestratégicas, políticas, emocionales, pero no dejan de ser justificaciones que los bandos enfrentados han propagado a diestro y siniestro desde el principio de los tiempos.

Hay quien compara la situación actual con la primera guerra mundial; es decir, hay un aumento del gasto armamentístico y ese excedente debe ser utilizado. ¿Serán guerras locales -India contra Pakistán, Taiwan contra China, Latinoamérica contra Estados Unidos, Corea del Sur contra el Norte, Ucrania contra Rusia-, como sucedió durante la guerra fría? ¿O decidirán que África y Oriente Medio se conviertan en los principales teatros de operaciones? ¿Habrá un enfrentamiento directo entre las grandes potencias? 

"La guerra es el momento de plenitud, de exaltación y euforia de los pueblos, de su autoafirmación y cumplimiento, pues es el antagonismo la raíz de toda identidad..."

¿Es una de las causas de estos preparativos el alto endeudamiento de algunos países -sobre todo, Europa- y los esbozos de una nueva crisis económica que ya se veía venir? ¿Es una forma de control social -ya se sabe, mientras tengamos un enemigo exterior o interior nadie se rebelará contra las medidas que tomemos, sean recortes de libertades, represión policial, subida de impuestos o la escalada de los precios de productos de primera necesidad o de la electricidad, el gas o el petróleo-? ¿Por eso Europa ha decidido someterse al "amigo americano"? ¿Las empresas de armamento y las de construcción -porque, ya se sabe, después de destruir hay que "reconstruir"- tienen intereses en esta escalada? ¿También las empresas tecnológicas desean esta guerra porque necesitan materiales como el litio?

Las dos grandes potencias -China y Estados Unidos- saben que el control de los recursos será decisivo para su supervivencia y desarrollo. ¿Dónde pondrán el límite? 

"... aquel en el que el bueno y el malo aparecen absolutizados y encarnados en figuras ontológicas..."

No importa el ecologismo ni la sostenibilidad. Son solo palabras que el capitalismo sabe usar, cuando le conviene. El capitalismo necesita el crecimiento indefinido, la explotación de los recursos ilimitada. Solo así sobrevive. Le queda bien hablar de consumo responsable; pero es voraz e insaciable. El ecologismo es una farsa que solo retrasará lo inevitable. 

No importa la Verdad; los medios de comunicación, controlados, decidirán qué es o no la realidad. La palabra se oculta, se deforma. Es difícil reconocer la mentira. La mayor parte de la población acepta la información que recibe; no la pone en duda.

"...las guerras no como conflictos de intereses, sino por su poder catártico, purificador y santificador..."

Por supuesto, los países pobres no importan. Nunca han importado. Seguirán siendo esquilmados, explotados. Y los que se acerquen a nuestros "paraísos" morirán ahogados, aplastados en las vallas, disparados en las fronteras... O serán explotados, si logran alcanzar las costas...

¿Somos seres inteligentes? 

El poder se viene concentrando cada vez más en otra parte, cada vez más lejos de ellos, y ellos -a semejanza de los grafistas que van embadurnando de infinitos letreros, tan consentidos como despreciados, las infinitas paredes marginales de los márgenes del mundo- no tienen ya nada que hacer ni que decir, como no sea anticipar con su estrépito inútil y vacío el fragor de la catástrofe". 

Antes del final, sin embargo, aún nos quedan refugios. 

Licet iacere modo sub antiqua ilice, modo in tenaci gramine.

¿Y después? 

"A la Humanidad, a la especie, que la den por saco"

La Tierra sobrevivirá sin nosotros; no nos echará de menos.

lunes, 24 de enero de 2022

SOBRE LO CLÁSICO

 

En un momento en que lo clásico es recortado y apartado en los sistemas educativos aparecen cada cierto tiempo autores que intentan establecer puntos de encuentro entre nuestro mundo y aquel del que venimos. 

Sobre todo, esta recuperación se debe al éxito sorprendente, teniendo en cuenta que hablamos de ensayos, de autoras como la italiana Andrea Marcolongo o la española Irene Vallejo. Parece que hay un público interesado, aunque las leyes vayan arrinconando el griego y el latín poco a poco, por aquí y por allá. 

He empezado este año planteando un aprendizaje de las lenguas diferente, aprovechando que me dieron la plaza fija. No es nuevo el método Orberg o similares; hace décadas que llegó a algunas aulas. Es un experimento, lo admito; en mi caso, parece estar funcionando con un grupo bueno. Con otros, que no hacen nada o casi nada, el resultado es el mismo que con la metodología tradicional. ¿La conclusión es que sin trabajo da igual la metodología que utilices? Al menos, pienso, en el peor de los casos, si se confirman estas primeras impresiones, puedo arrastrar a alumnos, interesarlos más que con la traducción en bruto y, así, sobrevivir en este ambiguo y frágil entramado en el que la música, el dibujo, la filosofía o el francés desaparecen aplastados por los nuevos señores: la tecnología, el inglés y la educación física. Hay una intención ideológica, sin duda, en estas decisiones políticas y cada vez es menos sutil. 

Bueno, por lo menos, me divierto planteando las clases, hablando con ellos en latín o en griego clásico, jugando a recuperar una lengua muerta... 

Volviendo a las reflexiones sobre lo clásico, he estado leyendo dos obras que han llegado el año pasado a las librerías. 

Las Odiseicas de Carmen Estrada es una reflexión sobre el papel de las mujeres en la Odisea. Todos sabemos que la Odisea nada tiene que ver con la Ilíada y hay quien prefiere una o quien gusta de la otra. Yo soy de los que piensan que la Odisea es muchísimo más interesante. Tal vez ayuden los personajes femeninos. Y, sin duda, Odiseo que es demasiado parecido a nosotros frente a esos héroes tan de una sola pieza: Aquiles o Héctor. 

La primera parte del ensayo nos presenta a las mujeres y su relación con el personaje masculino. Una Calipso dependiente; una Circe inteligente; la astucia de Penélope; la reivindicación de Helena...

Aparece la idea de que pudo haber una Homero femenina. Se estable una relación entre el alfabeto escrito a la manera de los bueyes -brustofedón- y el telar. ¿Y si los escribas pensaron primero en el telar y sólo después prefirieron para describir la escritura la actividad masculina? Dos hipótesis curiosas, lanzadas al viento. ¡Quién sabe!

En la segunda parte ellas mismas nos hablan en una especie de monólogos literarios. No están tan bien traídos. En este caso tengo la sensación de encontrarme ante mujeres actuales y el estilo no alcanza excesiva altura literaria. 

En El hilo de oro David Hernández de la Fuente establece paralelismos entre nuestra realidad y la de Grecia y Roma. Las explicaciones a veces se nos hacen repetitivas; este es un aspecto que ya había notado en alguna obra suya. Nada tengo que decir sobre sus conocimientos en esta materia que son excelentes y que ya conocía de Oráculos griegos. 

Es muy decepcionante el capítulo tercero y resume bien las sensaciones que me quedan tras la lectura de este libro. Las comparaciones entre la democracia griega antigua y la española, su elogio al patriotismo constitucional o la moderación frente a los nacionalismos identitarios -Cataluña y los referéndums son anatemas para nuestro autor- sorprenden y te hacen pensar si no estás ante un intelectual al servicio del poder establecido o a alguien cegado por sus prejuicios e ideas preconcebidas. A veces tenía la sensación de escuchar a Aznar y, como defensa de su persona, no creo que tengan nada que ver. De vez en cuando vuelve a aparecer esta visión ideológica -su elogio a la tauromaquia o considerar como exempla colectivos a la Transición o el 12 de octubre- u oculta ciertos aspectos -habla de torturas y no menciona Intxaurrondo; habla de fascismos y Franco no aparece-. Es más convincente cuando la comparación la establece al hablar de epidemias, de feminismo o de aspectos de índole económico. 

En general, es como si echara de menos una idea de España grande y unida, pero se apoya, erróneamente, en conceptos simples y agotados de los que, me temo, no es consciente. O prefiere no darse cuenta. 

No niego sus amplios conocimientos en la materia; sin embargo, al final, su ideología deja el libro en un intento de reflexión superficial, fallido y baldío, con frases tópicas y manidas. Una gran decepción. 

Seguiremos hablando de los clásicos. Por eso lo son, ¿verdad?