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sábado, 24 de mayo de 2025

HORMIGAS EN LA TIERRA


Cuando alguien nos recomienda un libro, sea un amigo o un compañero, nos señala un camino desconocido. Que lo sigamos o no, depende de nosotros. Que ese camino nos lleve a otros o se cierre en falso, forma parte de la vida y de las experiencias que tendremos. Siempre hay que agradecer que nos guíen en una dirección o un rumbo que, tal vez, sin ese gesto, nunca hubiéramos tomado. Nos lleve al infierno o al paraíso. Eso no importa tanto.

Dos de mis compañeros, buenos lectores, me han recomendado sendos libros. Siempre he tenido en cuenta sus gustos, porque, aunque puedan ser parciales, saben de lo que hablan. Cuando hice una selección de libros que el instituto pudiera comprar para la biblioteca del centro -esa biblioteca que nunca existirá como tal, que llevará ese nombre, pero será un espacio de libros sin lectores- les pedí listas de sugerencias. Cada uno a su manera me dio su perspectiva y amplió y mejoró un catálogo desigual. 

Gracias a M. he descubierto a Richard Ford, un autor norteamericano, de esos que saben escribir la gran novela americana sin despeinarse. A., lo hizo con El jardinero y la muerte de Gospodínov; me dijo una frase que me atrapó de inmediato.

-Hay detalles en esa novela que solo pueden comprender los que han vivido la muerte de un padre o una madre. 

El jueves, antes de asistir a una conferencia sobre el epicureísmo y el estoicismo, busqué el libro por el centro. Se había agotado en muchas de las librerías; finalmente, lo compré en La Central. Caminé hacia el museo de San Isidro, el lugar donde se celebraría la conferencia, con la bolsa de papel en la mano. Cada vez hace más calor y los días primaverales que hemos disfrutado en abril y mayo se acaban; como hacen los gatos, epicúreos por naturaleza, me dejé acariciar por esta brisa y esta luz.

Como llegué antes de tiempo, me animé a echar un vistazo al museo. En realidad, lo que buscaba era un sitio donde sentarme y descansar. Ni un solo banco; solo pasillos y objetos tras cristales en semipenumbra. Me fijé que, al otro lado de una puerta de cristal, había un pequeño jardín interior. ¡Y un banco donde podría sentarme! Y así lo hice. Dejé la bolsa de papel a un lado. Miré a mi alrededor. Enfrente tenía el exterior, o más exactamente, el ábside de la iglesia de San Andrés. El ruido de la cercana plaza de los Carros, lleno de turistas, bares y terrazas a pleno rendimiento, no llegaba hasta aquí. Esa misma mañana, durante la clase, me irritó el zumbido de los alumnos, su cháchara intranscendente. Es una tortura buscar el silencio y tener una profesión donde eso es casi imposible. Sin embargo, ahora podía escuchar el canto de los pájaros, el fluir de una fuente. Un madroño, un olivo, un majuelo; hiedra, salvia, romero... El jardín de Epicuro. ¿Estaba en Madrid, ciudad moderna donde hay manifestaciones, tráfico, movimiento perpetuo, o en una de esas islas griegas a las que me gustaría vivir, cuando me libre de la condena del trabajo? La luz suave del atardecer dejaba sus postreros guiños en las copas de los árboles. 

Podía empezar la lectura. 

Leía unas cuantas líneas. Llegué a esta: 

¿Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños?

Las imágenes se agolpan, una tras otra, una y otra vez. Cientos de palabras; no cabrían en un libro. Mucho menos en la entrada de un blog. 


Quería estar solo. Caminaba por las calles de Buenos Aires o las de Burgos. Un lunes; la gente iba a trabajar, se cruzaba conmigo. Su ritmo no era el mío. No encajaba; disonancia melódica. En mitad de la Avenida 9 de julio delante de un semáforo no puedo moverme. Me he convertido en una piedra; el dolor te convierte en una piedra. El semáforo está en verde, la gente pasa a mi lado, caminan muy rápido; ya no puedo seguirlos. Me pongo a llorar. 

Permanecer en la memoria de una niña.

Ellos morirán del todo, cuando mi hermano y yo no existamos. Es posible que ya sean inútiles las palabras que escriba, porque nuestra memoria es una sucesión de recuerdos falsos e inventados. Ellos dejaron de existir hace mucho tiempo. Cuando morimos, nuestra existencia es ligera, volátil: el vuelo de una mariposa, el llanto de un niño. Cuando mueren quienes nos conocieron, desaparecemos. Nadie nos recuerda. A no ser que antes se comparta con otros, a no ser que se deje algo por escrito. Y también desaparecerá. Engañaremos un poco más al tiempo, retrasaremos lo inevitable. Todavía escuchamos sus voces durante unos meses, pero tarde o temprano dejaremos de escucharlos. Todavía intuímos los trazos de una letra, el contorno de una palabra, antes de que se borren para siempre. 

Nunca más volvió la Navidad. Con ellos murió la Navidad. Y las llamadas de teléfono en mis cumpleaños. Y la infancia donde somos casi inmortales. 

Escribe con las manos las palabras en el aire. 

No hay palabras al final: un estertor, una mirada perdida, respiración agitada. Y, después, el frío, la descomposición, el olor acre y ácido que impregna la ropa, el aire.


Apagón en el sur de Francia. Hace unas semanas en toda España y Portugal. La oscuridad acecha al futuro.


Llamadas de madrugada. Quien llama de madrugada no trae buenas noticias. Le cerré los ojos. ¿Quién nos cierra los ojos, los que ya no ven, los que yacen, muertos, en el fondo de las pupilas?

La enterramos un día soleado de enero. Me gusta visitar los cementerios. En París, Madrid, Roma, Atenas. En Buenos Aires, San Francisco, Kioto, Pekin. En Tarancón, Ondárroa, Palermo, Nauplia. Llueve en esos cementerios. Brilla el sol allí. Bajo un árbol, en un secarral, cerca del mar o de una montaña. 

Las casas abandonadas. Murieron sus habitantes. Jardines abandonados; crece la maleza, las malas hierbas, los árboles se secan. También se mueren los jardines y las casas. Se mueren mundos, miles de mundos que ya no volverán. Del mundo antiguo, ¿qué nos ha quedado? Restos de un naufragio. Algunos nombres se conservan miles de años después, en las lápidas, en las inscripciones. Sus historias, los detalles, las pequeñas cosas que explicarían sus vidas se han perdido. Nombres. Solo los nombres. 

Soñamos con los muertos. Creamos vidas paralelas. Mi abuela estuvo viva en mis sueños años y años. Se mezclan ahora las dos vidas: la que vivió en mis sueños y la otra, la que llamamos real. Sé que C. soñó con mi madre unos meses. Su espíritu se le apareció. Y con el tiempo también se marchó. 

Lejos están la tristeza, el dolor punzante, la descarga que te aplasta, que remueve el cuerpo y lo atraviesa. A mi lado se quedó la suave ternura de la nostalgia que sobrevive al dolor y a la ausencia. Donde está el gato, ahí tienes que estar tú. He aquí el ciclo circular del mundo: transformación eterna que nos libera y nos encadena. 

Las hormigas rodean la tumba de mi madre y mis abuelos. La tierra se llena de un negro sofocante, avasallador, brutal. Quisiera aplastarlas a todas, porque sé que se acercan a ese cuerpo que se descompone, lo roban, lo devoran para que el ciclo de la Naturaleza siga su curso. Son miles. No puedo acabar con todas. Me rindo. 

"Un jardincito, higos, quesitos y tres o cuatro amigos: esa fue la opulencia de Epicuro".

Solo nos salva, solo nos salvará la escritura. O la filosofía.



martes, 24 de septiembre de 2024

MI MADRE MURIÓ DOS VECES

Mi madre murió dos veces.

La primera vez ocurrió hace diez años: en Argentina, en un cama de un barrio de cuyo nombre no quiero acordarme.

Sin embargo, como sucedió con mi abuela, mucho tiempo después de esa muerte mi madre cocinaba, paseaba, iba de compras, hablaba conmigo, hacía un crucigrama, veía en la televisión su serie favorita. Y yo sabía que había muerto: lo decían los demás; los documentos oficiales lo confirmaban. Sin embargo, estos hechos cotidianos lo desmentían. Ella seguía viva.

Un día murió por segunda vez. No sé cuándo, cómo ni por qué...


Este sábado paseamos juntos por Pacífico. Hablamos de sus niñas, de las gemelas; me pedía que les escribiera una carta. Se lo prometí…

Hace unas horas he estado en una fiesta con ella; teníamos que subir a un avión a la mañana siguiente. Y pensaba que debía escribir esto en un blog, que mi madre está bailando, riendo, que está viva, aunque yo sé que murió hace mucho tiempo, aunque yo vi su cuerpo descomponiéndose.

Está cansada; quiere irse a dormir, como la primera vez que murió. Sé que tengo que abrazarla porque tal vez sea la última vez que pueda hacerlo. La beso en la mejilla; noto el tacto de su piel, el color de sus mejillas...

Hay vidas que una y otra vez se resisten a desaparecer de nuestra memoria.

jueves, 7 de noviembre de 2019

CUANDO DESCUBRÍ QUÉ SIGNIFICA LEER


Tendría ocho, diez años quizá.
Mi madre se acababa de apuntar al Círculo de Lectores.
Creo que entonces comprar libros, leerlos, -aunque, como sucedía con mi madre, no hubieras terminado más que la educación primaria y te pusieras a trabajar enseguida-, significaba otra cosa.
Era una manera de promoción social. Pertenecer a la nueva clase media con todas las de la ley, -a pesar de que fueras, como ella, una currante que estaba fuera de casa todo el día-, no te lo daba sólo el tener dinero. También necesitabas la cultura para alcanzar ese estatus.
En fin, los tiempos han cambiado, me parece.

Por eso en mi barrio, en mi ciudad, que era Móstoles, durante los años ochenta, la generación de nuestros padres tenía en las estanterías diccionarios y enciclopedias que no leían; libros que sólo servían de telón, meramente decorativos.
Mi madre, es cierto, no era una gran lectora, pero intentaba y se esforzaba en ampliar su escasa cultura. Y nos facilitaba que nosotros la adquiriéramos. A pesar de que cometía muchos errores al escribir cualquier nota o una carta, le agradaba leer, aunque fuera a ratos. Era curiosa; no se conformaba con quedarse parada, sin hacer nada, como si sucedía, en cambio, con mi padre. Por eso, se sacó el carné de conducir o se divorció, entre otras cosas. Y también, por supuesto, leía.
Cuando fui creciendo le pedía otros libros, libros que ella nunca hojearía. Obras de Borges, Nietzsche, Virginia Woolf, James Joyce, Dostoievski, Ray Bradbury...
Cuando crecí llegamos a un acuerdo. Al venir el señor del Círculo de Lectores con la revista -creo que sucedía cada tres meses; era un hombre de mediana edad, rondaría los cuarenta, cincuenta años-, yo podría elegir uno o dos libros que no fueran muy caros. Asi que, cuando tenía la revista entre mis manos, por supuesto -lo recuerdo como si estuviera allí mismo, en la cocina o en la mesa de mi habitación-, me sentía transportado. Era un momento mágico que disfrutaba como pocas cosas a lo largo de mi vida. Todo era posible. Tenía delante de mí el mundo entero. Podría asegurar, incluso, que me sentía feliz. Lo difícil era descartar la cantidad de maravillas que encontraba entre sus páginas. Los que tenían una portada atractiva te atrapaban. A veces mi madre me regalaba alguno de estos, fuera por mi cumpleaños, o en Navidad, para Reyes.
Y al llegar, tras una espera intensa y nerviosa de días, los tenía, por fin, entre mis manos, y, es curioso, recuerdo que me encantaba su tacto. Antes de leerlos, necesitaba tocarlos. Y olerlos.
He releído muchos de ellos a lo largo de mi vida. Aún los tengo en casa. Todavía forman parte de mí.
Dicen que Círculo de Lectores desaparece. Los tiempos han cambiado, sin duda.
Sin embargo, no olvido que sin esa editorial nunca hubiera sentido la lectura ni la escritura como la siento.
Ha sido mi gran historia de amor. La amaré hasta que deje de respirar.
Gracias, mamá, por apuntarte a Círculo de Lectores. Nunca te lo agradecí. Lo sé; es demasiado tarde, lo siento.
Ahora, lo hago, con todas las letras que me enseñaste a amar.
Gracias.
Y gracias a Círculo de Lectores por darnos espíritu crítico y abrirnos a mundos a los que sólo podemos llegar con la imaginación.
Gracias.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

LA VOZ DE MI MADRE


1.

            Era ella. La reconocí. Era su voz.

            -¡Santi!

            Sólo pronunció mi nombre. No recuerdo otra cosa del sueño. Acabo de despertar…

            Las voces de otros. Se mezclan. Se definen. Nos atrapan. Nos rodean…


2.

            Voy al dentista. De camino tarareo Al alba. Aute está en coma.

            Una pareja de ancianos sale de un centro comercial; ella se cruza conmigo. No sé porqué pienso en mi madre.

            Ella murió al alba. El alba de un día de verano. Frío y cortante…


3.


            La imagen que se repite. Ella está a punto de caerse. Anda a duras penas: como una anciana. Pulmonía. Neumonía. Embolia.

            Podía haberla salvado. No lo hice. La culpabilidad. Vuelvo a esa tarde una y otra vez…


4.

            -No deberías verlo –me dice Marcos.

            No puedo evitarlo; miro al interior de la habitación. Dos enfermeros colocan su cuerpo en la camilla: ese cuerpo cubierto por un plástico. Esa mano que cae a un lado: la que cogía la mía cuando paseábamos por la playa, la que me acariciaba de niño, la suya…
         
5.

            Un libro: Muerte de un silencio de Clemence Boulouque.

            Un documental: La hija del juez de William Karel.




            "...La última vez que estábamos a su lado. Una proximidad inútil..."

            Cuenta la muerte de su padre.

            No puedo seguir leyendo. Cierro el libro. Lloro.

            Las muertes de los padres no se parecen; el dolor de los hijos, sí.


6.

            "...en las fechas resuenan desgracias pasadas… Las vidas de los muertos es un collage…"

            He soñado con ella.

            He escuchado la voz de mi madre. He visto su rostro. He recordado su última mirada, la fragilidad de su cuerpo.

            No puedo dejar de soñar con ella. No quiero que desaparezca del todo.

No. ¡No quiero!


7.

            Un niño juega con su madre. Las risas de un niño que no respeta las reglas de juego. Me imagino como un padre: el que nunca seré…

            Los ojos se abren al mundo. Los míos.


            Dedos que escriben palabras. Muchas imágenes. Algunas voces. Viajes. Movimiento…

viernes, 10 de junio de 2016

RE-FLEXIONES* SOBRE “SI FUESES PÁJARO, LO ENTENDERÍAS” DE DAVID TESTAL


RE-FLEXIONES* SOBRE “SI FUESES PÁJARO, LO ENTENDERÍAS” DE DAVID TESTAL

PARTE 1:

Acabo de leer tu libro, que ahora ya es mío.

            Yo seguía al libro, lo perseguía. No, me equivoco; es el libro el que me seguía, el que me perseguía.

            Hay libros que te llegan tras un tortuoso camino. Los rechazas, al principio; luego, aceptas su existencia. Finalmente, los lees y los haces tuyos…


PARTE 2:

            Mi padre murió hace cinco años. No besé ni abracé a mi padre tanto como deseaba. Ahora lo beso y abrazo, al acariciar la corteza de un árbol.

Hace dos años descubrí a Cristina. Por miedo a sufrir, ella sufre tanto. No pude ayudarla. No lo necesitaba. Ya no estoy con ella. Ahora está lejos, muy cerca...

            Mi madre dejó de respirar hace año y medio. He escrito palabras y palabras para calmar el dolor, he rodado imágenes en movimiento para recobrar su sonrisa, he hecho preguntas para recuperar su memoria.

Su final fue un principio.

            Hace un año pedí una excedencia. Yo era profesor de latín y griego con unas oposiciones aprobadas. La llama me quemaba; veía mis alas al otro lado, a través de la ventana del aula. Las flexiones me desviaban del camino…

Ellos, la administración, los equipos directivos, las normas me decían lo que tenía que hacer. Yo también les decía a mis alumnos lo que debían hacer. Y ellos obedecían a regañadientes; la mayoría lo hacen, aceptan las leyes escritas. Se convierten en adultos. Sobreviven. Se queman, se quedan sin alas… Otros, algunos, se hunden, caen, despreciados por el sistema, cegados, heridos…

Hastiado, me he retirado a un espacio íntimo donde escribir o leer historias imaginadas. Agotado, he viajado por mundos conocidos que nunca inventaré, porque están en mí… Mis alas ven al otro lado del espejo lo que deseo, lo que soy; aún les falta abrirse del todo…

PARTE 3:

            Me pregunto si la templanza –temperance- me define o no. Ninguna palabra puede hacerlo. Las palabras no contienen lo que somos. Las palabras nos alejan de lo que tenemos más cerca. Y nos acercan a lo que tenemos más lejos…

            Saber que todo falta hasta que tú se lo das. Saber que todo lo das cuando ella te falte.

            Gracias por tu libro, que ahora es el mío…

           

*flexio, onis: “desvío, curva, vuelta”

miércoles, 9 de marzo de 2016

LA MIRADA: AMÉLIE NOTHOMB, MIA MADRE, CAROL


Estoy en el vagón de metro. Abro el libro de Amélie Nothomb, Metafísica de los tubos. 
Leo estas palabras:

¿Qué es la mirada? Ninguna palabra puede aproximarse a su esencia. Y, sin embargo, la mirada existe... ¿Cuál es la diferencia entre los ojos que poseen una mirada y los ojos que no la poseen? Esta diferencia tiene un nombre: la vida. La vida comienza donde empieza la mirada...

Llego a la cola del cine. Me decido por Mia madre. 


Es la historia de una madre que se muere poco a poco. Sus dos hijos van preparándose para lo inevitable que, por supuesto, al final, llega...
La nieta se ha despertado; se encuentra en la cama. Escucha por teléfono la noticia: su abuela ha muerto. Yo también escuché en la cama, a oscuras, cómo mi madre recibía la noticia de la muerte de Rosa, mi tía-abuela...
El cadáver de la madre está tendido en la cama. Sus ojos están cerrados. Yo cerré los ojos de mi madre.

...los ojos que no poseen una mirada... 

Su vida terminó donde terminó su mirada...

Mi recuerdo le conserva la existencia...

La hija sueña con la madre.
Le pregunta: ¿En qué estás pensando? En que stai pensando? La madre le responde: En el futuro...
En la mirada de la hija hay miedo.
El futuro a veces nos produce estupor y temblores...

                                                             _______________

Raúl ha comprado las entradas para Carol de Todd Haynes, adaptación de una novela de Patricia Highsmith.




Dos mujeres, una joven y otra madura, se enamoran en el Nueva York de los años 50.

Se separan.

Las cosas cambian. Nadie tiene la culpa...

Unos meses después hay una posibilidad de reconciliación. La mujer madura es independiente; la mujer joven, también. Podrían vivir juntas. La mujer joven duda durante unas horas; al final, se decide.

Busca a la mujer madura en un restaurante. La encuentra; está al fondo, sentada a una mesa con algunos amigos. La mujer joven camina hacia la mesa.

Sus miradas se cruzan.
Un instante, detenido en el tiempo como una fotografía: la eternidad es posible.

Los ojos de ambas poseen una mirada: están vivas...

Un futuro lleno de temblores.
Su vida comienza con esta mirada...

lunes, 7 de diciembre de 2015

PAULINA


Me viene a la mente la famosa definición de Aristóteles. Esa que dice que la tragedia debe provocar piedad y terror para que sea posible la "catarsis" o la exteriorización de las emociones, que libere el alma del peso que nos aplasta, y que nos purifique...

Esta mañana fui a la aseguradora. Mientras la empleada -con un buen catarro- cambiaba unos datos y actualizaba nuestro seguro de decesos, miré por la ventana. Podía ver la calle y me fije que en una mediana había varios ramos de flores, atados con un lazo a una farola. Llevo viendo ramos de flores en ese lugar, durante todo el año, desde enero, desde la muerte de mi madre; siempre pensé que debía ser por un accidente, pero sólo hoy le he preguntado a la chica el porqué de esas flores...

- ¿Qué ocurrió? 

- Fue un tipo en una moto; atropelló a un chico y lo mató. Y lo peor de todo es que ni se detuvo. Luego le atraparon; parece que había atropellado a otro chico media hora antes.

- ¿Cuándo fue eso? 

- Debió ser hace meses, casi un año...

Hice un comentario tópico y típico, ridículo, banal, estúpido: "Espero que esté en la cárcel..."

La historia de Paulina es simple. O eso parece al principio.
Títulos de crédito iniciales. Escuchamos lo que aparenta una discusión entre un padre y su hija. Padre de clase alta, progresista, un juez prestigioso, no entiende que su hija, Paulina, deje una carrera prometedora y baje al lodo, a dar clases de política y filosofía a unos adolescentes de barriada marginal. Su comienzo como profesora no es prometedor; en dos clases no ha conseguido nada. Y, además, esa noche es violada por algunos de sus alumnos.

Y aquí viene la sorpresa. Santiago Mitre, el director, no apuesta por una historia lacrimógena o una venganza. Ni siquiera la investigación, las preguntas que Paulina responde semanas después en el despacho de una jueza, -que sólo es un buen recurso de guion para construir una estructura firme y precisa- es el tema de esta película.

Se alza, en primer lugar, un personaje gigantesco, inmenso. Y su actitud, que choca con lo que esperaríamos en una mujer violada, la convierte en una resistente, en una rebelde ante un sistema injusto. Decide detener la rueda, dice NO a continuar con el giro eterno; porque toda rebelión debe empezar con un NO.

Los personajes alrededor -su novio, su padre, su amiga- no comprenden lo que hace.
Ella no denuncia a sus violadores, aunque sabe quiénes han sido. No busca culpables, busca la verdad.  Se niega a identificarles y miente, cuando los contempla en la rueda de reconocimiento, golpeados, maltratados, con una confesión conseguida a base de torturas. No está dispuesta a justificar un mundo que no lo merece.

La violencia de las torturas o de la violación -mostrada con pocos planos, de manera sobria, sin énfasis de ningún tipo- se difuminan ante los argumentos que expone delante de su padre: firmes, serenos, valientes. Como su mirada...

...mientras escribo estas líneas, una farsa con cuatro personajes despierta la atención de millones de personas. Y ni siquiera es divertida... Eso no es política, diga quien lo diga... No hay verdad allí, sólo imágenes pixeladas en movimiento de títeres que mueven los labios...

...porque SÍ, esta tragedia, Paulina, es una película política, en el sentido más amplio del término, más digno. Nos dice que ya no hay rebelión posible en estructuras huecas que tarde o temprano se caerán a pedazos, en democracias vacías que han olvidado su sentido original. Sólo queda la búsqueda individual y valiente de la verdad. Y la resistencia.

Y, en el último plano, con los títulos de crédito finales, Paulina camina a su puesto de trabajo, una escuela para adolescentes, condenados a la cárcel o a la marginación por un sistema injusto y despiadado: el que tenemos, el que tendremos. Y camina con un hijo en sus entrañas, fruto de la violación, porque ella ha elegido y ha dicho NO y, sobre todo, ha dicho SÍ...

...al salir de la asegurada, me detuve ante los ramos de flores. Me pregunto quién pone esos ramos cada semana o cada mes. ¿Su madre, su novia, sus hermanos? ¿Y el motorista? ¿Por qué lo atropelló, por qué no se detuvo? ¿Dónde estará: en la cárcel, en el metro, en un parque? ¿Pensará en lo que hizo? ¿O ni siquiera se molestará en recordar esa noche?

No, yo tampoco querría culpables, ni víctimas. Me gustaría conocer la verdad. O levantar una verdad que remueva las entrañas o nos golpeé sin piedad.

Una verdad que nos libere a través de la piedad y del terror, que nos purifique y que nos limpie del dolor y de la pérdida...




viernes, 9 de octubre de 2015

APUNTES (IV): HACE 46 AÑOS/HOY. UN PRIMER VIAJE



1ª etapa:

Brissago. Allí estuvieron mis padres desde abril hasta septiembre del 69.
Me encuentro en el hotel donde trabajaron; ahora, de reformas.



En Madonna del Sasso. Hace 46 años...


 Y hoy...


En Locarno, a pocos kilómetros de Brissago, sueño con Regina, mi tía-abuela. Su rostro es el de los años 80, cuando yo era un niño. Está sentada en un porche, delante de una casa que no logro reconocer. Sé que mamá está dentro, aunque no la veo. Me quedo fuera de la casa, hablando con Regina. Escucho la voz de mi madre. Me despierto…

2ª etapa:

Amanece. Estoy vivo. Un día más. En Arosa, donde vivieron mis padres desde diciembre del 68 hasta abril del 69.
El sol entre las montañas. Nubes de terciopelo. Luz suave.


He dormido en el mismo hotel en el que trabajaron mis padres. ¿Y si me hubiera despertado en el 69? Ahora, al bajar a la sala, para desayunar, les vería preparar el té, los croissants, el embutido… Hablaría con ellos, me los encontraría por las calles y les saludaría. ¿Qué les podría decir?
“No vayas a Buenos Aires nunca, mamá”; “Papá, cuídate más; cuando envejezcas, no derroches”; “Disfrutad de vuestra felicidad, mientras dure”.
No, no les diría nada. Sólo les miraría y contemplaría, en silencio, su juventud y sus ganas de vivir…


Como era de esperar, no los encuentro. Sí vuelvo a ver a una pareja de inmigrantes, también jóvenes, como mis padres, de Palermo, que trabajan en el mismo hotel. Mis padres tendrían su misma edad. Una nueva generación en busca de su futuro...
  


                       
       
Me duermo. Sólo recuerdo una imagen. Veo a mis padres juntos y felices. Les estoy presentando a unos amigos. Sonríen como lo hacían de jóvenes. Hablan conmigo con naturalidad. Están conmigo… La luz entra por la ventana. Es de día…



3ª etapa:

Verona. Aquí estuvieron desde septiembre de 1970 hasta mayo de 1971. Duermo en un instituto de formación profesional católico. En la pared de la habitación, un crucifijo y el cuadro del fundador. Jóvenes, niños, adolescentes, profesores. Todo me resulta muy familiar. La entrada a las ocho de la mañana, la salida de las clases, la hora del recreo. Los sueños se han diluido. 

 La dueña de un bar, enfrente de donde vivieron mis padres, una mujer de origen chino, otra inmigrante, hace unas cuantas llamadas: la casa está en venta. La madre murió hace tres años.










Los Bolla: importantes y afamados viticultores. Alguna escapada erótica: los viajeros también tienen derecho a imaginar o a recordar…
Disfruto de Verona. Es la ciudad de Julieta y la ciudad de la Arena, uno de los más importantes anfiteatros del mundo, y la ciudad donde Giotto aprendió y enseñó a pintar...

 De niño, mis padres me contaban tantas cosas de Verona, de Italia... Era un mundo que me permitía soñar, me alejaba de esa ciudad dormitorio que era entonces Móstoles, viajaba, conocía otros lugares, vivía en un mundo diferente, mágico, desconocido... Si ellos no hubieran ido allí, mi pasión por la historia antigua, por el latín o el griego nunca hubiera existido. Gracias a ellos y a la aventura que emprendieron, soy lo que soy...




4ª etapa:

Cortina d`Ampezzo. Allí estuvieron en los inviernos de 1970 y 1971. 



La casa donde vivieron mis padres no ha cambiado. Nada. El guarda es muy amable. Me hace una fotografía desde el mismo balcón donde mi padre se la hizo a mi madre.Tal vez sea el vínculo con los Bolla que buscaba. Le enviaré las fotos de mis padres, como me ha pedido...




A las siete de la tarde ya no hay nadie en la calle. Sólo un restaurante abierto, Las tres torres -una de las montañas más conocidas de la zona recibe ese nombre-. Temporada baja. Somos un grupo de japoneses, alemanes y un servidor. El sitio es agradable con algunos toques rurales: la madera en el techo, un reloj de cuco, muebles antiguos; está restaurado y es moderno sin pretensiones. El trato, amable. La comida, aceptable: unos raviolis con espinacas, un strudel con miel delicioso y una grappa que me sienta muy bien. Paseo por las calles del pueblo antes de ir a dormir. Cuento más de quince tiendas de ropa. No hace falta ir a Milán; aquí están todas las multinacionales a unos precios muy parecidos a los que encontrarías en la llanura lombarda.

Milán.
Tomo el avión. Se acabó. Un año después nací yo...

Y ahora, ¿qué?


Nubes que parecen montañas en el cielo...

viernes, 11 de septiembre de 2015

APUNTES (II): QUEMA Y ACARICIA... TAMPOCO NADIE MATARÁ A MIS RUISEÑORES



"La vida nos ofrece demasiados tragos amargos y demasiados momentos en los que los malos ganan a los buenos. Demasiado crimen sin castigo y demasiado castigo sin necesidad. No es necesario que nos vayamos quedando sin lo bueno del mundo..."

El hombre que escribió estas palabras, J. , acaba de morir...

El reflejo del sol en el mar. El cielo está quemado.
El tren me muestra una imagen en movimiento, un leve destello de luz...
Lo echaré de menos. Uno siempre echa de menos el mar. Y más, este: el Mediterráneo.
He visitado Barcelona muchas veces en el último año. Y este ha sido una despedida, un adiós.
Ahora todos estos viajes me parecen un puzzle, troceado, descolocado. Desearía recoger, poner las piezas en el lugar correcto, pero no sé ni dónde ni cómo situarlas. Quizás necesite tiempo. Sí, necesito tiempo...
Se mezclan imágenes -de invierno, de primavera, de verano-, ropas diferentes, paisajes variados y, por supuesto, un rostro, una mirada, unas manos, un cuerpo que se repite, el de C., que confiere unidad a lo que no lo tiene en este momento. Y más personajes, testigos, acompañantes, observadores. Olores, sabores, imágenes fijas y en movimiento, inconexas, conectadas, deshilvanadas, ordenadas...



Se pone el sol en Barcelona. Estoy en una terraza, bebiendo un zumo de naranja: un placer, sin duda. La belleza, el equilibrio, la simetría tendrían que convertir este instante en algo único, irrepetible. No lo es; C. se aleja de mí, se ha marchado. Los pensamientos distorsionan el presente que tengo delante mío: un padre abrazando a su hijo...


J. se estaba muriendo en ese momento. La belleza es efímera, se nos escapa de entre los dedos...

Al día siguiente, un whatsapp: J. falleció ayer. Las palabras no tienen sentido, se te queman en las manos...

Un documento oficial: el padrón de 1940. Señalo la firma de mi abuelo, que murió demasiado pronto, muy joven,



y recuerdo a su hija, una niña de 8 años, vestida de primera comunión, mi madre.



Un padre al que pudo conocer tan poco... Pienso también en la hija de J. Hay padres que mueren demasiado pronto...

Vuelves a Madrid.
J. ya no está. C. ya no está. Una tromba de agua: tormenta terrible. La naturaleza juega con nosotros.
Las gotas de lluvia en los cristales de un tren...


"...porque no hay nadie más feliz en el mundo y porque me hacen sentir vivo."

El cielo es azul en Madrid. En el centro de Madrid. Un azul brillante, intenso, tan fugaz como la mirada de la persona a la que amas, tan profundo como el mar infinito...


Conocí a J. Y, aunque hace años que no sabía de él, leía sus palabras: las que escribía en su blog. Las palabras del que sabe que la vida se escapa y hay que tomarla, agarrarla, porque mañana, tal vez, ya no puedas hacerlo...

"...y siempre son buenos recuerdos, porque los malos los he olvidado."

C. y J.
Quiero olvidar los malos. Sólo quiero tener buenos recuerdos de vosotros.

Matar a un ruiseñor. Atticus Finch; un hombre amado y que amó, íntegro. Como J.

Tampoco, J, nadie matará a mis ruiseñores.

El sol de Madrid quema y acaricia...
¿No es eso la vida?

miércoles, 2 de septiembre de 2015

APUNTES (I)

Una llamada de teléfono.
Al otro lado del auricular, me hacen una pregunta sencilla.
- ¿Cuál es su nombre...?
Una funcionaria busca mi nombre en el ordenador.
- Sí, está concedida la excedencia... Desde el uno de septiembre...

Hoy, uno de septiembre, también es el cumpleaños de mi madre. Hubieran sido setenta años. No lo fueron...

Estoy en la terraza.
Ayer, de noche, a las dos de la mañana, observo a los pocos transeuntes que pasan por la calle: una mujer de mediana edad, un hombre maduro, dos chicos jóvenes. Todos regresan a su casa. Ningún coche.
Luego, silencio. La luna llena aplasta el cielo...
Han pasado las horas. Unas pocas horas de sueño. Ahora, desde la misma terraza, miro hacia el este. Amanece. El sol sale, como todos los días...
La felicito, aunque ella ya no pueda escucharme...

Paso la mañana en el instituto: los exámenes de septiembre, el encuentro con los compañeros, las vacaciones que ya pasaron, los centros a los que irán, los que se quedan allí, mi proyecto personal...
Todo me parece irreal: ni siquiera hay alumnos. La mayoría, no se ha presentado al examen.

El día se desliza, sin grandes tristezas ni alegrías.
Tengo la sensación de que en todo lo que hago o pienso, está ella. Cuando trabajo en el documental, al escribir las páginas de la novela, mientras respiro o al beber un vaso de agua. Está presente: una sombra o un acicate.

Llega la noche. Calle Mayor de Bardem. Reconozco en la protagonista los sueños e ilusiones de una mujer real. Los descubro por primera vez. La emoción continua, pero algo más ha enriquecido mi visión. Soy yo y también es ella...

Al día siguiente, buscando a Trajano en una biblioteca, encuentro a Modiano.
Para que no te pierdas en el barrio. 

Su estilo fluido, ligero...  los espacios y el tiempo se cruzan; aparecen deshilvanados, confusos en una investigación personal... el pasado que recuperamos... los nombres que nos traen el niño que fuimos, el viaje que nos marcó para siempre.
Lo que hemos perdido, lo que aún tenemos y conservamos.

Se me ocurre una idea: apuntes.
Duración: dos años.
Tema: pensamientos, sueños, reflexiones.
Y de vez en cuando, hacerlas reales: convertirlas en palabras, publicarlas en un blog, anotarlas en una hoja de papel...

Escribo el título: Apuntes.
Un número romano: I.
Y la primera frase: Una llamada de teléfono. Al otro lado del auricular, me hacen una pregunta sencilla...




sábado, 27 de junio de 2015

GRACIAS



La muerte; hay un antes y un después.
Si es la muerte de un padre, una madre o una pareja –sea a los 18 años, a los 40 o a los 60- mucho más. 
La ley de la vida se cumple, porque la muerte es parte de ella.

Hay muchas maneras de recordar a los muertos. Todas las culturas necesitan que los vivos recuperen a sus muertos, a aquellos que se fueron y que, sin embargo, siguen estando con nosotros. Hay muchas maneras: tantas, quizá, como seres humanos. Las misas, los entierros, los rituales… conforman nuestras vidas. Bien lo saben los antropólogos. Cuantos más años, más veces nos acompañan.

“Hoy empieza todo”. 
Todos buscamos una forma de empezar de nuevo. 
Están allí, pero ya no están aquí. 
Los soñamos; sólo podemos ver su sonrisa y sentir sus caricias en los sueños. 
Se nos escapan de entre los dedos, y, sin embargo, no los hemos perdido.

Mi hermano y yo estamos preparando un documental sobre la vida de nuestra madre. Es nuestra manera de recuperarla, de dejarla marchar, de homenajearla. Y cuanto más preparamos el documental, más entendemos que hablar de su vida no es sólo contar la suya: es también la de sus amigos, la de nuestros abuelos, nuestros tíos, nuestros primos, la nuestra…

Ayer una familia, -porque eso es lo que era, una familia, en el sentido más amplio del término- se despidió de un hombre llamado Ángel. Lo hizo con aquellos a los que él quería. Comida, bebida, lágrimas, sonrisas, música, palabras, silencios…
Ángel era un amigo. Y los amigos estaban allí.
Ángel era familiar, cercano. Y los familiares, los más cercanos estaban allí.
Ángel era un padre. Y sus hijos estaban allí.
Ángel era un marido, un compañero. Y ella estaba allí…

No conocí a Ángel. Sólo le vi una vez. Me hubiera gustado conocerle.
Conozco a su hija, quizá una de las mejores alumnas que he tenido y tendré.
Conozco a su pareja. Quizá una de las mejores compañeras que he tenido y tendré.

Les agradezco que me invitaran.

Agradezco la sonrisa de Sofía. Y la fuerza y la valentía de Begoña.

Dicen que los romanos dedicaban -como todas las culturas- un día a sus muertos. Ya fuera porque les temieran o porque les echaran de menos, los convertían en dioses: los Manes.

Ellos pueden ser dioses que nos persiguen; y también dioses que nos protegen en la vida que mañana nos espera.

Porque la vida continúa y continuará. Y ellos estarán con nosotros. 
Y seguirán vivos, mientras nosotros lo estemos.

¡Que la tierra te sea leve, Ángel!


Gracias, Ángel.

miércoles, 7 de enero de 2015

DÍAS EXTRAÑOS: SONRISAS Y LÁGRIMAS



Mientras esperamos en Madrid que llegue el cuerpo de mi madre, las mañanas son extrañas: es levantarme y no escuchar su voz. No entiendo porqué no escucho su voz. 
¿Habrá salido a comprar algo? No, simplemente ya no está.

Tomar conciencia de que ella ha muerto es lo primero que te devuelve a la vida cotidiana y te aleja del sueño; después descubres el lugar dónde estas, quién eres…

La noche de vísperas de Reyes en Telemadrid pusieron Sonrisas y lágrimas de Robert Wise. 
Le gustaba esa película.
Para mí fue, era y es la visión edulcorada de una realidad que merecía un tratamiento diferente, más valiente. Ella no pensaba igual, por supuesto. Debió verla por primera vez a los 20 años. 
Se parecía a ella: vitalista, ingenua, romántica.
Me emociona verla este lunes víspera de Reyes, cuando se ha quedado sola en aquella funeraria de Buenos Aires y mi hermano viaja en avión de vuelta a Madrid. Me emociona escuchar esas canciones que ella, estoy seguro, -así lo hacía cada vez que la veía- tarareaba o cómo seguía la trama –comentando una escena o la siguiente con obviedades que acababan teniendo cierta gracia o agotaban tu paciencia, criticando a la rival (una condesa) sin compasión, defendiendo a la protagonista (una monja como lo fueron sus primeras maestras) pobre y de buen corazón (un poquito de lucha de clases, no mucho) y que, -¡oh, casualidad!- se llamaba como mi madre María-. 
Una trama que ella ya conocía de memoria y que olvidaba o fingía olvidar –nunca lo tendré muy claro- volviendo a vivirla como cuando tenía 20 años.



Veo Sonrisas y lágrimas porque ella ya no podrá verla. 



La veo con sus ojos por primera vez…

viernes, 2 de enero de 2015

MI MADRE HA MUERTO. REQUIESCAT IN PACE.


Acabo de cerrar tus ojos y he acariciado tu mejilla.
Estás muerta…
La ambulancia no llega, la ambulancia no llega. La ambulancia nunca llegará…
El gato huele el miedo, la tensión en nuestras miradas. Los gatos saben cuándo la muerte se encuentra con nosotros…


Te veo a través del cristal. Estás tendida con una manta que te cubre de cuerpo entero. Sólo puedo ver tu rostro. Tus ojos están cerrados; antes de que tus músculos se agarrotaran, cerré tu boca: ya no tienes ese último estertor de dolor, de una palabra que quisiste y no pudiste pronunciar. Ahora pareces dormida, tranquila.
Vas perdiendo el calor. La ambulancia no llegaba e ibas perdiendo el calor: los pies y las manos estaban frías; aún notaba el calor en tu pecho, en tu cuello. Pronto estarías completamente fría. Ya lo estás, mamá.
Has muerto en la habitación de un piso de alquiler; con los tuyos, sí, pero lejos de tu casa, de tu tierra. Ha sido tu último viaje y no lo sabías…


El médico llega y certifica tu muerte. Un aparato electrónico demuestra que no hay constantes vitales. La ciencia adelanta… al menos, no la enterrarán viva. Un detalle. Tres cuartos de hora después. Era una ambulancia que no llegaba, porque nunca iba a llegar…
Los policías te ofrecen dos opciones: un proceso muy largo en la morgue judicial y un proceso largo. Una semana esperando que nos den el cuerpo de mi madre para poder enterrarlo; o dos o tres. “Es un favor que le estamos haciendo”. La burocracia no facilita la vida, la entorpece, la ahoga… El negocio de la muerte.
Todas las llamadas hechas; se llevan tu cuerpo. Te colocan en la camilla, tus manos cuelgan sin vida como las de un muñeco. Tapan tu rostro y te atan. Ya no nos puedes ver. Ya no te veo, mamá. ¿Dónde estás?
Es mediodía. Necesitamos respirar aire puro. Damos un paseo por Avd de Mayo, llegamos al Obelisco, teatro Colón, el parque del Retiro. El viernes estaremos por puerto Madero. ¡Cómo te hubiera gustado pasear con nosotros y disfrutar con las personas que más querías! Notamos tu ausencia, ¡nunca sabrás cuánto!Unos niños juegan al fútbol con su padre en el Retiro. ¿Recuerdas a las dos niñas que estaban en el avión cuando tú te morías poco a poco durante el viaje? Yo sí las recuerdo; una de ellas llevaba un forro polar lila; colgaba de su mano derecha un mono de felpa; con la otra mano se agarraba a su hermana mayor. Tú no las viste; mientras tu vida se apagaba, la suya empieza. Mi hermano se ducha; ojalá fuera tan fácil lavar el dolor y la tristeza.


Lo que somos Raúl y yo es gracias a ti. Tus valores están en nosotros, tu amor también se quedará con nosotros.
Ya no estás aquí, mamá. Te echaremos de menos.


Escrito el día de Navidad de 2014