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martes, 4 de noviembre de 2025

IMÁGENES DE LA MEMORIA: KAPUSCINSKI, HERÓDOTO Y ANNECY

 


Elegí Viajes con Heródoto de Kapuscinski; necesitas un libro para que el tiempo se te pase más rápido en las largas esperas de los aeropuertos o en los trayectos, cuando, lejos de la ventanilla, no puedes contemplar las nubes o las altas montañas o las llanuras, punteadas de ciudades y pueblos, y atravesadas por carreteras, autopistas o caminos. 

Heródoto y Kapuscinski son excelentes guías, descubridores de mundos, amantes del conocimiento, del viaje; saben cómo contar una historia y nos conservan la memoria, que se perdería, si ellos no hubieran estado allí para contárnoslo o no hubieran decidido recopilar todas esas historias y escribirlas.

Para Kapuscinki Heródoto fue un maestro porque, cuando leemos al autor polaco, nos damos cuenta de que gracias al griego se pertrechó de los recursos necesarios para mantener la atención de sus lectores. Me agrada ese primer contacto con el Mediterráneo, el que tuvo en Argel en los años cincuenta; descubre su aroma, su olor, su luz: inconfundibles sensaciones para cualquiera que ame este mar. No había olvidado de mi primera lectura el encuentro con los dos africanos, armados hasta los dientes; teme que le van a matar y, cuando se acercan, amablemente, solo le piden tabaco. Pero, sobre todo, para Kapuscinski Heródoto es una forma de superar el tiempo, alejarse del presente, observar el mundo, como si fuera reciente, fresco, nuevo.

Y las historias de Kapuscinski y Heródoto se mezclan; no parece que más de veinticinco siglos separen a Jerjes y Louis Armstrong, a Masistes, Zósipo, Ciro, Abdou, Artabanes, Creso, Negusi, Lícidas, el Dr. Ranke... Atraen nuestra atención, sean personajes reales o míticos, inventados o transformados, porque la memoria y la Historia, la nuestra, la de otros, recrea imágenes, las reconstruye, y nunca sabrás con seguridad, si han sido vividas, soñadas o imaginadas.

¿Qué imágenes recordaré de esta última visita a Annecy? 

Si has estado tantas veces en un lugar, los tiempos se confunden. ¿Eres el niño, el adolescente, el joven veinteañero o treintañero, el cuarentón o el de hoy, el que se recupera con dificultad de los achaques?

Los espacios te devuelven imágenes. 

Mi tío Víctor me echó en cara -en voz alta para que todos lo supieran, durante uno de esos viajes, en el baño de su casa-, que no apretaba la pasta de dientes como se debía hacer; desaprovechaba la mitad y era increíble que mis padres no me lo hubieran enseñado. No he olvidado esas palabras, la vergüenza que me produjeron. Y todavía, cuando me dice que no encienda la luz del pasillo o no me deja cambiar de canal, recuerdo ese momento, aunque ese hombre camine ahora, apoyado en un bastón, frágil, inseguro, tan cerca de la muerte...

Observo las montañas que se alzan alrededor del lago de Annecy y me parece, si la memoria no me falla, que algunas las he recorrido e, incluso, he hollado su cima; allí estuve, me gustaría decir, cuando las observo, sentado en el banco, al borde del agua, rizada por el viento otoñal.

Escucho el sonido persistente de una alarma antiaerea un miércoles de septiembre; no, no nos bombardean. Solo es un aviso del pasado, de una guerra que ya nadie recuerda. 

Quedan inscripciones; aquí, los españoles que lucharon contra el fascismo; allí, los niños que murieron en campos de concentración; los fusilados de la Resistencia... Tuve hace unos años una idea: entrevistar a tres generaciones de españoles; los que lucharon contra los nazis, los que emigraron y a sus hijos y nietos. La historia de unos españoles que trabajaron y vivieron y murieron, que trabajan, viven y morirán en Annecy. Me faltó energía para hacerlo real.

Una mujer se apoya en la barandilla del puente de los Amores: "¡Jérôme! ¡Jérôme!". 

Es el comienzo de La rodilla de Clara de Rohmer.

Es la Annecy que conocí por el cine. Allí mismo, sobre el puente, grabó mi madre unas palabras mucho tiempo después; sus voces, las de la actriz, las de mi madre, se fusionan, se combinan irreconocibles.

Confusa e infinita asociación de imágenes; los tiempos y los lugares se entrelazan, se entretejen en una madeja interminable.

Infinitos son los mundos por conocer; limitado el tiempo que nos queda.

domingo, 12 de octubre de 2025

ROMERÍA DE CARLA SIMON

 


La memoria es un instrumento con dos cualidades, al menos, contradictorias. 
Por un lado, tiende a ser fragmentada; si no lo fuera, tendríamos la terrible condena de Funes, el memorioso, que no es capaz de crear nueva información y adaptarse al entorno. La acumulación excesiva de datos puede acabar bloqueando la actividad cerebral. 
Por el otro, tiende a idealizar lo vivido. Recordamos los aspectos positivos -puro instinto de supervivencia- y ocultamos los negativos, aunque estos últimos, como bien sabía Freud, no desaparecen del todo y pueden alimentar las enfermedades mentales, si se las silencia y no se las afronta cara a cara.
Si asumimos estos aspectos de la memoria -que todos los que hemos trabajado con ella, conocemos- podemos entender mejor la película de Carla Simon.

Inventamos los recuerdos, porque nos llegan troceados. Y mucho más, si estos ni siquiera los hemos vivido. Son otros los que construyen nuestra memoria, a partir de retazos que ellos mismos han transformado, sea por el paso del tiempo o por factores sociales o psicológicos.

Entiendo esa parte en la película de Carla Simon. La memoria, sea la nuestra o la de los demás, es un constructo, imaginado casi siempre, necesario para mantenernos conscientes, sin la cual sería imposible seguir caminando.

Sin embargo, como sucede con las películas de esta época tan cobarde y pusilánime en la que vivimos, suavizamos el pasado, lo convertimos en un juguete que no moleste demasiado. 

Los padres de Carla Simon, drogadictos, murieron de SIDA, cuando ella ni siquiera tenía cinco años. La protagonista -un alter ego de la directora- a los dieciocho años decide conocer a su familia paterna y descubrir secretos de la memoria familiar. 

Se pasa de la observación y la búsqueda de respuestas -que incluye la grabación con cámara de vídeo- a una "bajada" a los infiernos particular en la parte final, a una ensoñación -el viaje en barca por la ría es un trasunto de Caronte; la subida a la terraza, donde encontrará a sus padres, es una metáfora de ese viaje interior-; que la expresión formal elegida sea, de nuevo, una mezcla de los dos formatos -vídeo análogico y digital- encaja a la perfección.

Sí, si alguien espera un pero, ahora va a llegar. Carla Simon, como casi todos o todas en esta nueva generación de cineastas, edulcora la realidad. Y se contradice. Si la protagonista exige a sus abuelos en la penúltima escena que verbalicen y admitan oficialmente que sus padres murieron de SIDA, ¿por qué la propia directora no muestra esa realidad? Las imágenes que la protagonista decide inventar -sea con el diario en off o visualmente- a excepción de un plano medio en el que se chutan y otro en el que el padre rompe un vaso de cristal en la pared -que ni siquiera incomodan, porque estéticamente están demasiado cuidadas-, son, sobre todo, los momentos de felicidad de la pareja. ¿No es eso precisamente lo que Carla Simon critica de los personajes de las generaciones anteriores en su Romería y que no es capaz de ver en sí misma?

Me podría decir que mostrar la realidad brutal de toda esa generación ya lo han hecho otros. Sí, lo hicieron, sobre todo, gentes como Eloy de la Iglesia, un kamikaze del cine. No pido primeros planos de un tipo metiéndose una jeringuilla ni una escena con todo lujo de detalles en la que se nos muestre el cuerpo de un joven de treinta años al borde de la muerte, pero esa fue la realidad que vivieron miles de personas. Tampoco exijo que se hable del papel que tuvo la heroína para destruir a toda una generación y de cómo se utilizó socialmente para controlar determinadas actitudes críticas. La directora solo insinúa que los padres de la protagonista pudieron ejercer de traficantes ocasionales, sin ir más allá. Carla Simon no está interesada en esto. Lo entiendo. Sí, otros lo hicieron, pero los que ahora estrenan películas, la nueva hornada de mujeres que reciben premios a diestro y siniestro prefieren no contarlo así, ya sea porque perderían espectadores, si mostraran esa realidad, ya sea porque la estética amable, en el fondo, encubre una evidente falta de coraje. 

No sé si soy demasiado duro con Carla Simon. No es tanto ella, sino el cine actual lo que me solivianta. Estéticamente, no tengo nada que objetar; incluso, algunas ideas son atractivas y podrían ser -¡quién sabe!- caminos que Carla Simon recorra con acierto en una nueva etapa de su carrera. El guion está bien construido y nos lleva a donde Carla Simon quiere. Es cierto, no logra emocionarme, pero, tal vez, sea porque la idealización del recuerdo ya no me dice -a estas alturas de la vida-, nada. A no ser que busque hacer estallar en mil pedazos nuestra percepción falseada, en vez de ablandarnos y agradarnos con un final feliz, como se hace en Romería.

En este aspecto reconozco que prefiero el final de Sirat -a pesar de sus defectos-. 

Es posible que ahora busque en el cine planteamientos más radicales, más valientes. Y no los encuentre casi nunca.


viernes, 20 de junio de 2025

CARTA A UN/A ALUMNO/A

 

Estimado/a A.:

Vivimos en un mundo donde las palabras han perdido su significado. Tucídides decía en su obra Historia de la guerra del Peloponeso que "los hombres cambiaron incluso, para justificarse, el ordinario valor de las palabras...".

Así, bombardear a población civil o incrementar gasto militar lo denominan paz -si vis pacem, para bellum, dirían los latinos-; éxito es acumular dinero o alcanzar tus objetivos, sin que importe qué hayas aprendido o los medios de los que te has servido; una entrada en Instagram lo llaman conocimiento.

Necesitamos las palabras, A. Y necesitamos comunicarlas y que perduren. Hemos escritos miles y miles de palabras; sobre papiros y pergaminos, en papel y piedra, bronce o plomo, sobre madera o cerámica, arcilla, seda o bambú: nombres escritos en la arena de una playa o sobre el agua. La imprenta revolucionó el conocimiento; los píxeles nos llevan a donde nadie pensó que llegaríamos. Y, sin embargo, ¿de qué nos sirve si las palabras dejan de tener sentido, si se prostituyen o, ni siquiera las utilizamos, porque no interesa ni la paz ni el conocimiento ni lo que es inútil ni lo que no sirva a nuestros intereses más crematísticos o cortoplacistas. 


Voy a hacer un canto a la curiosidad: absurdo, inconveniente, inapropiado, anacrónico...

ΜΗΝΙΝ ΑΕΙΔΕ ΘΕΑ...

Sin curiosidad no hay aprendizaje. Es el punto de partida. ¡Bien lo sabían los filósofos presocráticos! "Todos los hombres por naturaleza desean saber", dijo Aristóteles. 

Curiosidad viene del latín cura, que significa "preocuparse por algo, tener atención". Περιέργεια es el concepto griego para curiosidad; es decir, "actuar alrededor de algo". Así que curiosear sería mirar el mundo e influir en él, mientras te va transformando. ¿No te parece, A., una manera mucho mejor de descubrir el mundo? ¡Ojalá la mantengas y acrecientes!

Olalla en su obra Palabras del Egeo, mientras espera la llegada de su hijo a una pequeña isla griega, Kímolos, escribe una larga carta donde recoge palabras griegas, mediterráneas, porque quiere desvelar, revelar nuestra Historia, porque quiere contarnos, como hizo Heródoto en el siglo V a. C., miles de historias. 

"Háblame, Musa, de ese hombre... " cantó un aedo hace miles de años.


Somos seres con memoria. Sin palabras no hay memoria. Sin memoria solo seremos cáscaras vacías. Necesitamos contar historias.

Estudiar debería ser una pasión, un afán, un empeño, un afecto. De ti depende, A., que lo sea.

Te deseo unas buenas vacaciones, muchos viajes, grandes lecturas; tranquilidad o experiencias fascinantes e intensas, compartidas o en soledad.

Cura ut valeas, A.! Χαιρε!

¡Cuida que estés bien!, dirían los antiguos. 

domingo, 25 de mayo de 2025

COPOS DE NIEVE

 

Memorias colectivas.

Fosas comunes, miles de cuerpos enterrados, olvidados. 

En 1949 treinta mil personas de la isla de Jeju, fueron asesinadas: hombres, mujeres, niños pequeños. Comandos de ultraderechistas, reclutados por el gobierno prooccidental, llevaron a cabo la masacre. En 1950, iniciada la guerra contra Corea del Norte, más de 200.000 personas fueron ejecutadas sin juicio previo; sus familias no pudieron lamentar su muerte ni llorarles durante décadas. Los aliados y EEUU lo permitieron porque el objetivo era acabar con los comunistas, eliminarlos, a cualquier precio. Solo en los años noventa, cuando la dictadura militar en Corea del Sur cayó, comenzaron las inhumaciones. Quedan miles de cuerpos sin identificar. 

Entre 1944 y 1949 en Grecia hubo una guerra civil. Los ultraderechistas, los mismos que habían colaborado con los alemanes, amparados por los aliados, prohibieron el comunismo y laminaron toda oposición. Quienes sobrevivieron, o callaron o se exiliaron. 

Entre 1936 y 1945 miles de españoles acabaron en fosas comunes o fueron fusilados. Muchos todavía continúan enterrados. 

Y así podría seguir hasta el infinito. Todas las sociedades han cometido masacres; también las nuestras, esas tan orgullosas de sus democracias liberales. Todos construyen una historia oficial, una memoria falsa. A veces es la indiferencia; otras, es el cansancio o el miedo lo que permite que el olvido o la mentira se imponga. 

¿Por qué nos rebelamos? ¿Por qué nos repetimos que es Imposible decir adiós? ¿Por qué nos negamos a que las huellas en la nieve o en la arena desaparezcan? 

Han Kang recupera esa voces; lo hace en Actos humanos. También en Imposible decir adiós. 

Copos de nieve, cayeron, caen y siguen cayendo, aunque no queramos verlo. Copos de nieve que recogemos en la mano. Podemos ver su estructura molecular, hexagonal, síntesis matemática de la perfección, antes de que se diluyan y se disuelvan y se mezclen y se evaporen y se alejen de nosotros para siempre.


sábado, 16 de diciembre de 2023

CALETA PALACE Y NOMINADOS A PREMIOS GOYA MEJOR DOCUMENTAL

 

Caleta Palace está nominado a la categoría de mejor documental en los próximos premios Goya. 

Antes de exponer mi opinión sobre ella, daré un repaso a los otros candidatos. No los he podido ver, aunque admito que los temas que tocan -en algunos casos-, me parecen, al menos, interesantes. 

De Iberia, naturaleza infinita, tengo la sensación de que encaja con el típico documental de la 2 a las cinco de la tarde. Seguramente los medios técnicos serán extraordinarios y nos mostrará con todo lujo de detalles la fauna y flora de un ecosistema y todos los peligros a los que está expuesto. Además, servirá para que sintamos, cuando terminemos de verla, la necesidad de proteger la Naturaleza. Luego, olvidaremos esas buenas intenciones, pero, al menos, habremos disfrutado de bellas imágenes.

De Tangana y su Esta ambición desmedida, el favorito en teoría -porque el músico es conocido-, imagino que gustará a los fans de esta estrella mediática. Como no me despierta ningún interés, no puedo decir mucho más. No parece que las críticas le hayan situado a la altura de las películas de los Beatles, ni que rompa moldes, aunque su factura será, estoy seguro, impecable. Dinero tenía a espuertas, así que más le valía...

Me atraen más las otras dos. Aquí y ahora tiene como protagonista a una actriz a la que le acaban de diagnosticar Alzheimer; va a perder su memoria y lo sabe. Y antes de que eso ocurra, se pone delante de una cámara. Solo ese gesto, tan valiente y honrado, me pone de su lado. Y de nuevo, la memoria, tema que me obsesiona... Ignoro si luego los resultados serán tan atractivos como este punto de partida. 

En Contigo, contigo y sin mí la protagonista-directora hace un recorrido por las cuatro relaciones de pareja que ha tenido a lo largo de su vida. La propuesta me parece muy similar a ¿Qué hicimos mal?. 

La idea es atractiva y también arriesgada, hecho con vídeos personales y escasos medios. La de Tangana es una superproducción; esta es una apuesta personal. No hace falta decir que estoy de su lado, aunque no tenga demasiadas opciones. De humor, por lo menos, no carece...

Y está finalmente Caleta Palace, la única que he visto. El tema de la memoria histórica me interesa mucho -en mi documental aparecía; en el proyecto que tengo en mente también-; así que ya, desde el principio, me tiene ganado. 

Tratar una anécdota de la guerra civil -en apariencia- como fue el periodo entre el golpe de Estado de Franco y la toma de Málaga, desde la mirada objetiva de unos ingleses que lo vivieron in situ es un punto de vista interesante, diferente y se agradece. Puede que esa memoria a algunos les desagrade, pero es indispensable. Hay quien le interesa seguir ocultándola. Y pone trabas. Noventa años después. Por algo será...

Una producción de cinco años. Paciencia y llamar a muchas puertas. Todo eso lo vemos en Caleta Palace. 

Estéticamente encaja con lo que esperamos de un documental histórico, serio y profesional. El director ha decidido que sean actores -como si estuvieran siendo entrevistados- quienes interpreten los testimonios de los intelectuales y periodistas que vivieron esos acontecimientos. Funciona: son creíbles y se hace ameno. No me parece arriesgado -mi apuesta estética sería muy diferente-, pero tiene un valor didáctico muy digno y admirable, combinando esas declaraciones con imágenes de archivo o escenas rodadas en las calles y barrios donde se desarrollaron los hechos. 

En la parte ideológica no dudo de su actitud crítica, pero tal vez se dedica demasiado a la parte de los revolucionarios y sus tropelías. Es evidente que esta fue la mirada que los "tranquilos" ingleses tuvieron de estas barrabasadas, pero, como al final, no vemos por completo -solo se esboza, se insinúan con algunos detalles- la represión de los franquistas, nos queda una sensación de falta de equilibrio. Es ese discurso de: "la guerra es terrible; todos son culpables". Sí y no. La Transición impuso ese discurso falseado. Los revolucionarios hicieron cosas terribles, pero solo durante un periodo muy limitado. Los republicanos moderados no supieron controlarlos y después, huyeron a la menor dificultad, cierto, pero los hubo que intentaron organizar una resistencia digna, ante la falta de medios -que en el documental se refleja, cuando dos periodistas visitan el frente-. Y los revolucionarios no solo cometieron asesinatos; como bien explica el documental, también hubo ilusión y esperanza. Me hubiera gustado que también se hubieran contado esas acciones -inútiles, ilusorias, desorganizadas, pero también liberadoras y constructivas- y que se les hubiera dedicado más tiempo. El anarquismo fue mucho más que "paseos". Habría que evitar una visión estereotipada de un movimiento político muy complejo. 

Además, los franquistas tuvieron cuarenta años y las hicieron mucho mayores. Y si bien es cierto que aparecen los bombardeos, echo de menos ver no solo las ejecuciones tras la entrada de las tropas italianas -aparecen en dos imágenes, un comentario y poco más-, sino la masacre sobre la población civil que huía por la carretera a Almería, la Desbandá. Esta solo se insinúa, pero no se cuenta. 

Es cierto que todo eso necesitaría otra película. Y otros cinco años de trabajo. Tal vez, cuando se haga -y ojalá se haga, porque me parece muy necesario- tengamos una visión más equilibrada. Pero, insisto, lo echo de menos.

Aún así, me parece una interesante aportación a la memoria histórica. Valiente en unos tiempos en los que interesa más un documental sobre Tangana. Tiempos, los nuestros, superficiales, y, aunque no lo parezca, muy oscuros. 


viernes, 21 de julio de 2023

LECTURAS DE VERANO

 


Dante y su Divina Comedia continúan esperando ser leídos en el dialecto florentino. Y unos relatos cortos de Ray Bradbury. Mientras tanto, otras lecturas han llegado a mis manos de manera azarosa. 

Tenía pendiente la lectura de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Ya había leído hace unos meses algunos de sus relatos cortos; Lew y Tarkosvsky me habían llevado a este autor de ciencia ficción, quizá el más conocido entre el gran público por sus adaptaciones cinematográficas, entre ellas, por supuesto, la que nos ocupa, Blade Runner. 

Hay estudios, algunos muy sistemáticos, sobre las diferencias y semejanzas entre la obra original y su adaptación. En este caso sí se puede decir que se compenetran. En la creación fílmica destaca esa ambientación futurista, que ha influido enormemente en obras posteriores. Hay aspectos que uno echa de menos, sin embargo, tras leer la novela corta de Philip K. Dick. Quizá el principal sea el humor; en la novela hay una ironía constante que desaparece completamente en la película. Otro elemento son las reflexiones filosófico-religiosas que impregnan toda la obra del escritor americano. Tampoco vemos la crítica a los medios de comunicación y al consumismo, sustituidos en la película por una rebelión contra un creador, a la manera de un Prometeo moderno. Eso sí, gracias a ese cambio tenemos la escena mítica de un personaje irrepetible -casi inexistente en la novela; convertido, en cambio, en el antihéroe o, más bien, en el héroe de la película-

La práctica desaparición de un personaje, que en la novela es tierno y cercano, -mucho más que el protagonista, un tipo bastante cobarde y mediocre- o la de una caja que permite tener una experiencia similar a la realidad virtual -en una de esas visiones futuristas que se adelantaron a su tiempo- son otros debes que la película no aprovecha o decidió no tener en cuenta. 

Aún así estamos ante dos grandes obras, cada una en su terreno. 

Nada que ver con La llave. La obra de Tanizaki es provocadora; no solo esta, sino casi todas las que escribió. Elige dos puntos de vista: el de un marido y su mujer que a lo largo de seis meses escriben sendos diarios. Y un único tema: sus perversiones sexuales. Ante esto había dos riesgos. El primero dejarse llevar y quedarse en la superficie, ofreciéndonos un producto pornográfico. Seguramente Tinto Brass en su adaptación, La chiave, tomó ese camino -aunque reconozco en el trailer un humor peculiar-. 

Tal vez también ocurra en la más moderna, la del 2014, The Key; aquí encontramos, al menos, un intento de experimentación visual, digno de tener en cuenta. 

El segundo es añadir carga moralizante; en ese error cae la película japonesa, rodado tres años después de la publicación del libro. Las mejores ideas de Tanizaki desaparecen; solo queda el esqueleto. 

Tanizaki es un maestro en profundizar en la psicología de los personajes; sobre todo, en los femeninos. Sabe medir los tiempos y mantiene el equilibrio al narrar los hechos; nadie como él ha sido capaz de mostrarnos la zona más oscura del sexo y sus consecuencias. En este caso ninguna adaptación ha podido alcanzar el nivel de la obra original. 

Quijote en el Congo puede ser considerado un libro de viajes. Sigue la estela de autores como Kapuscinski o Javier Reverte. Es una obra que se lee con facilidad y eso siempre se agradece. Habla de primera mano; sabe describir a las personas que va encontrando y lo hace de manera sencilla y sin falsos lirismos -aunque en algún momento se deje llevar por las emociones que experimenta-. Es un país y un mundo que conoce muy bien y se nota. Reconozco su valor para hacer un viaje de ese tipo; pocos hubieran hecho algo así. 

Tiene sus defectos: a veces se hace reiterativo; pierde fuelle en la parte final. Y un último detalle: el Quijote no es la elección más afortunada como libro de compañía -Aldekoa, estoy seguro, tenía en mente las Historias de Herodoto que Kapuscinski llevaba consigo en sus viajes-; la Odisea hubiera encajado mucho mejor en este trayecto por el río Congo. 

Helga Weiss publicó hace unos años un diario, escrito, sobre todo, durante su estancia en Tezerín. Aún vive a sus 93 años. Su valor como testimonio de lo que fue el Holocausto es indudable. Se completa con una entrevista. En ella aparece una reflexión muy interesante. 

"Han salido muchas obras, memorias del Holocausto. No todas son buenas. Hay muy pocas veraces. Hay información falsa, cosas que no sucedieron o que ni siquiera pudieron pasar; muchas son ficticias o distorsionadas..."

De nuevo recuerdo esas palabras de M. 

"La guerra civil -como el Holocausto- dejará de provocar conflictos y tensiones, cuando pasen las generaciones y mueran los testigos o muramos nosotros que escuchamos esos testimonios". No creo que recuerde estas palabras. Yo, sí. Las matizaría. 

La memoria deja un poso, una huella, una impronta, incluso en generaciones que no hayan vivido directamente esos acontecimientos, incluso en aquellos que no han escuchado a sus testigos. Se heredan los conflictos. 

No hace falta que haya cientos de fosas comunes sin exhumar, como aún tenemos aquí. La memoria es vivida y contada y guardada, y cada generación la adapta a su realidad. Y como bien apunta Helga Weiss la distorsión, la falsedad ya comienza desde el momento en que esas vivencias se convierten en pasado, en recuerdos. Las guerras carlistas o la guerra de la Independencia no abren heridas en la actualidad; pero no se podría entender el nacionalismo vasco o el catalán ni la propia guerra civil ni el franquismo sin esas guerras tan lejanas. 

Los conflictos se heredan; aunque cambien su rostro.



domingo, 5 de abril de 2020

EL SILENCIO, LA FELICIDAD


He terminado Memorias de Adriano. 
Es la cuarta vez que lo leo.
La primera, muy joven, me dejó una buena impresión, pero no creo que entendiera la mayor parte; sólo lo atisbé o intuí. Con el paso del tiempo, año tras año, me siento más cerca de este hombre: un viejo, que ha amado, que ha vivido y que se prepara para la muerte.
Cierro el libro. Salgo a la terraza.
Calor tibio de una mañana de primavera.
Cierro los ojos. Caricias de luz. Sólo se escucha el canto acompasado de los pájaros.
Filas, delante del ultramarinos, respetando la distancia de seguridad escrupulosamente. Hombres y mujeres con mascarilla. Parques vacíos; tiendas y bares, cerrados.
Silencio. Extraño, inquietante y, al mismo tiempo, amable.
Serenidad, tranquilidad.
Acepto el mundo que me rodea; incluso, voy más allá y me confundo con él.
Mis deseos, mis preocupaciones -el trabajo, la escritura, el amor no correspondido, la soledad, la muerte- se diluyen. No dejan de existir; simplemente, se mezclan con el fluir de la vida y el paso del tiempo.
Un atisbo de felicidad, tierna y suave. Los males se evaporan; son intrascendentes. Siento, como ella escribió hace una semana, el dulce rumor, la dulce melodía de una rutina que se sintió a gusto a mi lado... 
Solo yo puedo entenderla, a pesar de la distancia.
"...Vendrán las catástrofes y las ruinas; el desorden triunfará, pero también, de tiempo en tiempo, el orden... Las palabras libertad, humanidad y justicia recobrarán aquí y allá el sentido que hemos tratado de darles..."
Me siento bien.
Equilibrado, sereno, feliz.



sábado, 8 de junio de 2019

COMENTARII, MEMORIAS.


Agripina escribió unos commentarii, lo que llamamos ahora memorias; se han perdido. Y es una pena, porque, aunque nos quedan restos que Tácito y otros autores seleccionaron para contarnos la historia de su época, son sólo impresiones deformadas y tergiversadas por hombres que convirtieron a Agripina en la responsable de todos los males. Una mujer que se atrevió a mandar. Ya se sabe. Eso no encajaba en el mundo romano; todavía hoy mismo no encaja. Emma Southon habla en su favor.
L'agulla daurada es la narración de un viaje, el de la autora, Montserrat Roig; su objetivo inicial era recoger testimonios del cerco de Leningrado. Entre esas vivencias terribles se intercalan reflexiones sobre Pushkin, Rasputín o Dostoievski y una mirada comprensiva sobre la URSS antes de la caída del muro. 

La antigua Roma imperial y la Leningrado soviética. Commentarii. Memorias. 

Entre bambalinas se mueven los hilos de nuestras vidas. Si en un instituto se nos escapan los mecanismos de poder e influencias, no digamos en estructuras más complejas, sean comunidades, países o imperios. 

Escucho conversaciones de profesores. 

Ya no hay izquierda y derecha; son conceptos que no existen... 
En realidad, esta compañera, española de pro, orgullosa de sus deportistas y de su bandera -me emociono con Nadal y siento mi país-, no va mal encaminada, pero, como todos, equivoca el foco. 
Sólo están los que asumen el sistema, -ya sea aplaudíéndolo (la derecha o el centro), suavizándolo (Podemos) o lo que es peor, haciendo una cosa y aparentando otra (PSOE)- y, por otro lado, los que quieren acabar con el sistema. Es un buen ejemplo el juego de cambalaches al que asistimos estos días para mantenerse en el poder municipal, autonómico o nacional. Todos representan lo mismo; la única diferencia es que unos son más sutiles que los otros; estos, más hipócritas; aquellos, más inútiles o ingenuos. 

Aunque estaba de baja, la directora la llamaba para darle ordenes... 
El poder es un mecanismo muy poderoso; y es díficil mantener la distancia necesaria para que no te devore. Siempre puedes como Colau o Carmena sostener que lo haces para suavizar un sistema injusto. Hay que ser pragmático, abandonar maximalismos. Los discursos oficiales, sean los de una alcaldesa, un presidente o una directora de instituto son huecos; los medios dirigen a la plebe. Me pregunto si, en el fondo, no podemos vivir sin mentirnos y mentir a los demás, interpretando un papel. En cualquier espacio, sea pequeño o grande. 
El 15 M no es más que un recuerdo. Una derrota; otra más. Sus herederos no son más que marionetas al servicio de los poderes de siempre. O "trepas", recibiendo el aplauso de los que antes los consideraban un peligro; ya dejaron de serlo. 
Pero les votan; nos merecemos lo que tengamos. Siempre nos engañan; el miedo a la ultraderecha, perder derechos sociales... Somos esclavos que votamos cada cuatro años para cambiar de amo.
El 1-O fue también un momento de rebelión. Fallido, por supuesto, porque los que lo alentaron sólo buscaban conseguir una posición mejor o un nuevo sistema que ellos controlaran. Sin embargo, ese día el sistema, el que se construyó en el 78, se vio en peligro. Después ha vuelto a recuperar el control de la situación. Por el momento...
Soy cobarde y pusilánime. Admiro a aquellos que luchan contra este sistema, aunque pierdan todas las batallas, pero yo no soy capaz de hacer mucho más que escribir unas cuantas líneas. Y ni siquiera estoy seguro de que tengan demasiado valor; líneas robadas a otros, muertos o vivos, conocidos o desconocidos. 

Viernes. Doy las notas; recibo de los alumnos agradecimientos -pocos, aunque me emocionan: un abrazo, una sonrisa; un "¿estarás el próximo año?"-. Indiferencia, en general. Y algún desprecio. Hay profesores que tienen más empatía; yo no la tengo. Soy demasiado serio o, bajo una capa de firmeza y frialdad, me protejo. No es una buena actitud para recibir el aprecio de los alumnos. 

Martes. Discurso de graduación: les hablé de la imaginación. Tomando como punto de partida una de las anécdotas del cerco de Leningrado -un guía turístico del Ermitage que describía los cuadros, aunque ya no estaban allí, en visitas nocturnas a la luz de las velas- este tema se me apareció como el más apropiado. Me hubiera gustado añadir que el sistema educativo, como cualquier otro, coarta la imaginación, la aplasta. No me atreví a tanto. Simplemente les dije que no la olvidaran, hagan lo que hagan. No sé si lo conseguirán. Es posible que sea otra derrota más: la suya.

Sábado. En el examen de catalán me divierto. No tengo un buen nivel, pero, al menos, experimenté el placer de jugar. Y de imaginar. En un ejercicio asumí, como si fuese un actor, el papel de un vecino, harto de los ruidos nocturnos. Conseguí la sonrisa de una de las examinadoras. 
Unas horas después, hablo con Assumpta; le regalo una fotografía en papel: aparece delante de su puerta. Me habla de su vida; memoria cristalina, cuando me cuenta momentos concretos, vivencias tan personales como la caída de una bomba a unos metros o la última vez que vio a su padre o la imagen de una madre fuerte y generosa en la habitación donde nos encontramos en ese momento. 

Estamos acabando con el mundo. El Mediterráneo es un basurero... 
Recordar el pasado es importante: son nuestras raíces, me dice en catalán. 
Me espera una obra de teatro: El dolor de Marguerite Duras, interpretado por Ariadna Gil. Agota tanto sufrimiento concentrado en una hora. No puedes respirar. 
A la salida, unos currantes toman cervezas en un bar regentado por chinos. El Liverpool gana la Copa de Europa, mientras seis chicos se pasan una pelota de fútbol. 

Jueves. Una salida de profesores y alumnos a la sierra -concretamente, a Cercedilla-; uno de los alumnos tiene un mareo. El profesor responsable toma decisiones inteligentes, medidas, sin precipitarse. Veo ahí a un productor; me asombra y admiro esa capacidad que yo no tengo ni tendré. Que Agripina, por ejemplo, sí poseía, si hay que creer en la versión que Emma Southon nos ofrece en su biografía. Mirada parcial, pero, ¿acaso Tácito, Suetonio, Séneca, Dión no la tenían también? Cada uno, según le interesa, interpreta los fragmentos supervivientes de nuestro pasado en ruinas . 

Sábado. Un vecino en el ascensor me habla del calor que pasó en Murcia cuando hizo la mili. Nos hacían dormir dos horas... Los ejercicios eran absurdos... 
Con la bicicleta llego al cementerio; visito la tumba de mis abuelos y de mi madre. Al volver, disfruto al bajar por una pendiente. Sin ningún esfuerzo, un cuerpo en movimiento. 

Estos párrafos podrían ser memorias o commentarii. Caóticos, desordenados, extraños. 
Me esperan otros libros...

Vaya, estás aquí, preparando material, leyendo libros. Eso es lo mejor de ser profesor. ¡Ojalá pudiéramos estar así siempre, aprendiendo, enseñando!

Y no tener que hacer de carcelero, podría haber añadido, como en las guardias o en las clases... 
Hay que tenerles en el centro hasta las dos y veinte... ¡Guarda el móvil! ¡Bajad al patio!

A veces me gustaría desaparecer: sólo leer un libro, escribir un relato, acariciar a Yume, ver una película, montar en bici. Pequeños placeres. 
Pero la libertad absoluta es imposible. Somos seres sociales. 
Vivimos en un sistema, en un mundo, en esta realidad.

Aunque siempre nos queda la imaginación... 






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