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martes, 26 de diciembre de 2023

FINALES DE CINE (V) NUESTROS PADRES: MATAR A UN RUISEÑOR DE ROBERT MULLIGAN


Mi padre. 

Nunca le dije, al menos en los últimos años, que le quería. Bueno, sí, se lo dije una vez, cuando se encontraba en coma inducido, un par de años antes de morir. Y otra, tal vez, cuando le di un beso en la frente. Esa fue la última vez que le vi vivo. 

Matar a un ruiseñor me recuerda a mi padre. Para mí Atticus Finch fue el padre que nunca tuve. Me hubiera gustado un padre así: valiente, firme en sus ideas y convicciones, tierno, comprensivo, inteligente. Un hombre ideal, un padre casi perfecto. 

No, no tuve un padre así. Tenía miedo y heredamos su miedo. 

No nos dejó solo eso; soy injusto con él. Es cierto que también nos quiso. Fue imperfecto, como lo son todos los padres. ¿No es así?

El final de Matar a un ruiseñor, por tanto, me emociona, porque es una hija recordando a su padre: su amor, su ternura... 

"... En el futuro habría de pensar muchas veces en aquellos días... En Jem, En Titti, en Boo Radley, en Tom Robinson... Y en Atticus... Él se quedaría toda la noche en el cuarto de Jem y allí estaría aún cuando Jem despertase a la mañana siguiente... "

El que recibí, quizá, cuando fui un niño... 

El que no supimos darnos, cuando me hice mayor...

sábado, 22 de enero de 2022

DETALLES DE CINE

 


Vuelvo a los clásicos. No sólo he visto estrenos durante este mes de enero. Pero sólo mencionaré una escena, un instante, ese que te emociona y no sabes muy bien por qué. 

En Casablanca me sorprendió darme cuenta de que durante más de treinta segundos se mantiene el plano de Bergman, mientras escucha Time goes by. Pocas actrices superarían esta prueba de fuego.

Pues, sí, han pasado más de ochenta años y la película se disfruta como nunca. 

Vacaciones en Roma es un cuento de hadas con una princesa llamada Audrey Hepburn. Nada que objetar. Todo lo contrario; a mí me encanta. Hay una escena conocidísima en la que los personajes meten la mano en la Bocca de la Verità. Por supuesto, esto ya no se puede hacer, aunque los turistas se hagan fotos como cosacos. Pero esta escena me gusta porque, según parece, se le ocurrió a Gregory Peck y William Willer. Fue una broma que le hicieron a Audrey, que no esperaba lo del "brazo cortado". Así que el susto es real; la reacción es espontánea. Y la complicidad entre los actores se traslada a la historia. No puedes evitar reírte con ellos. 

Si pienso en la emoción, lo que me hace llorar cada vez que los veo, tengo en mente tres finales. 

El primero es el final de una de las mejores películas de John Ford, El hombre que mató a Liberty Valance. La mentira que ha servido para construir un mito y una relación de pareja. Están juntos, pero, en realidad, les separa todo. Y John Ford sólo necesita dos planos; se ve a partir del minuto 5.


El mundo sigue de Fernando Fernán Gómez es una de las mejores películas del cine español de los 60, recuperada hace pocos años. Es una disección demoledora de la sociedad franquista. Nadie queda impune.

El final es uno de los más demoledores y terribles. Brutal, como toda la película, en la que los personajes para sobrevivir son hipócritas o viven en un mundo irreal de sueños y esperanzas imposibles. La tercera opción sólo podía ser la que elige la protagonista. Los elementos elegidos, el coche y la música alegre y desenfadada son el contraste perfecto, el reflejo distorsionado y deforme del mensaje oficial de aquella época. Me pregunto si alguien será capaz de rodar ahora algo así. Creo que tardaríamos sesenta años en darnos cuenta que esos personajes somos nosotros, en realidad. 

¿Qué puedo decir de Matar a un ruiseñor? Me hubiera gustado tener un padre como Atticus Finch. Por supuesto, no lo tuve. Y, aún así, echas de menos lo que representa: la familia, el amor, el hogar. Tan lejanos... 


Duelo en la alta sierra. El Peckinpah más clásico. Un pistolero, honrado y pobre ha muerto defendiendo lo justo, aunque el mundo que le rodea hace mucho tiempo le diera la espalda y un amigo le traicionara. 

Hay que saber morir con dignidad, mirando con tristeza lo que se deja atrás: la vida. 


viernes, 11 de septiembre de 2015

APUNTES (II): QUEMA Y ACARICIA... TAMPOCO NADIE MATARÁ A MIS RUISEÑORES



"La vida nos ofrece demasiados tragos amargos y demasiados momentos en los que los malos ganan a los buenos. Demasiado crimen sin castigo y demasiado castigo sin necesidad. No es necesario que nos vayamos quedando sin lo bueno del mundo..."

El hombre que escribió estas palabras, J. , acaba de morir...

El reflejo del sol en el mar. El cielo está quemado.
El tren me muestra una imagen en movimiento, un leve destello de luz...
Lo echaré de menos. Uno siempre echa de menos el mar. Y más, este: el Mediterráneo.
He visitado Barcelona muchas veces en el último año. Y este ha sido una despedida, un adiós.
Ahora todos estos viajes me parecen un puzzle, troceado, descolocado. Desearía recoger, poner las piezas en el lugar correcto, pero no sé ni dónde ni cómo situarlas. Quizás necesite tiempo. Sí, necesito tiempo...
Se mezclan imágenes -de invierno, de primavera, de verano-, ropas diferentes, paisajes variados y, por supuesto, un rostro, una mirada, unas manos, un cuerpo que se repite, el de C., que confiere unidad a lo que no lo tiene en este momento. Y más personajes, testigos, acompañantes, observadores. Olores, sabores, imágenes fijas y en movimiento, inconexas, conectadas, deshilvanadas, ordenadas...



Se pone el sol en Barcelona. Estoy en una terraza, bebiendo un zumo de naranja: un placer, sin duda. La belleza, el equilibrio, la simetría tendrían que convertir este instante en algo único, irrepetible. No lo es; C. se aleja de mí, se ha marchado. Los pensamientos distorsionan el presente que tengo delante mío: un padre abrazando a su hijo...


J. se estaba muriendo en ese momento. La belleza es efímera, se nos escapa de entre los dedos...

Al día siguiente, un whatsapp: J. falleció ayer. Las palabras no tienen sentido, se te queman en las manos...

Un documento oficial: el padrón de 1940. Señalo la firma de mi abuelo, que murió demasiado pronto, muy joven,



y recuerdo a su hija, una niña de 8 años, vestida de primera comunión, mi madre.



Un padre al que pudo conocer tan poco... Pienso también en la hija de J. Hay padres que mueren demasiado pronto...

Vuelves a Madrid.
J. ya no está. C. ya no está. Una tromba de agua: tormenta terrible. La naturaleza juega con nosotros.
Las gotas de lluvia en los cristales de un tren...


"...porque no hay nadie más feliz en el mundo y porque me hacen sentir vivo."

El cielo es azul en Madrid. En el centro de Madrid. Un azul brillante, intenso, tan fugaz como la mirada de la persona a la que amas, tan profundo como el mar infinito...


Conocí a J. Y, aunque hace años que no sabía de él, leía sus palabras: las que escribía en su blog. Las palabras del que sabe que la vida se escapa y hay que tomarla, agarrarla, porque mañana, tal vez, ya no puedas hacerlo...

"...y siempre son buenos recuerdos, porque los malos los he olvidado."

C. y J.
Quiero olvidar los malos. Sólo quiero tener buenos recuerdos de vosotros.

Matar a un ruiseñor. Atticus Finch; un hombre amado y que amó, íntegro. Como J.

Tampoco, J, nadie matará a mis ruiseñores.

El sol de Madrid quema y acaricia...
¿No es eso la vida?