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jueves, 2 de abril de 2026

LILLIAN HELLMAN Y LA CALUMNIA

 


Lillian Hellman, dramaturga y guionista cinematográfica, comunista, pareja de Dashiell Hammett, entró en la famosa lista negra de Hollywood al no denunciar a sus compañeros de profesión. Sus obras más conocidas son The little fox, adaptado al cine como La loba, el guión de La jauría humana y su primer éxito en Broadway, The children`s hour, a la que debemos añadir sus dos adaptaciones cinematográficas, These three, en los años treinta, y otra en los sesenta, sin censura, arrumbado el código Hays. 

Muchos se han interesado por este primer gran éxito. Y la razón es evidente: se trataba por primera vez el conflicto que provoca una posible relación lésbica en una sociedad puritana. Sin embargo, no es ese el tema central de la obra y queda patente tanto en el original teatral como en las dos versiones cinematográficas.

Hollywood quiso enseguida, aprovechando el éxito en los escenarios, adaptarlo al cine. Hellmann aceptó, siendo consciente de que el código Hays nunca admitiría una adaptación que incluyera ni siquiera de tapadillo el lesbianismo, así que se decidió por cambiar los sentimientos del personaje de Martha; no está enamorada de Karen, sino del novio de Karen. Introdujo un comienzo que establece un aspecto interesante de la obra -el origen proletario de Martha- y da más entidad al personaje masculino -interpretado en esta primera versión por un encantador Joel McCrea-. El final feliz, en el que Martha es castigada, separándola de Karen, y reúne en Viena a la pareja, debilita esta versión, aunque tenga cierto tono Lubitsch. A Hellmann, en realidad, le interesaba resaltar otro aspecto de la obra: cómo la mentira de una niña puede destruir vidas humanas, cómo una sociedad hipócrita no es capaz de aceptar las diferencias y somete a sus integrantes a un modelo unívoco, a una violencia sutil a la que no pueden escapar. 


Es de destacar la interpretación de la niña, que William Wyler cuidó con mimo, tanto que esta recibió una nominación. Los cambios no alteran la calidad de la obra, pero, es cierto, que difuminan su fuerza e intensidad. 

En los sesenta el código Hays cayó. William Wyler y Hellman entendieron que era necesaria una versión que no ocultará el conflicto principal. Eligieron a dos grandes actrices, Audrey Hepburn y Shirley MacLaine. El actor masculino no está al nivel de Joel McCrea. como tampoco la actriz infantil, muy lejos del que alcanzó su compañera en la primera versión. Es de destacar que la actriz que interpreta a la abuela de la niña, la verdadera responsable de que se difunda la calumnia, consigue un personaje mucho más redondo que en la primera versión con detalles sencillos -la mirada final que dirige a la niña, los movimientos del cuerpo, inseguros, cayéndose o a punto de tropezar, al tomar conciencia de que se ha equivocado-, un reflejo, una metáfora corporal de su derrumbamiento moral. 

Hay diferencias menores con la obra teatral. En esta, Martha se suicida con un disparo; en la adaptación, se ahorca. El final en el original es el diálogo entre la abuela y Karen, bajo la atenta mirada de la niña, que no siente ningún tipo de remordimiento. En el cine, tras el suicidio, Karen entierra a Martha y toma una decisión que Hellman también podría haber escrito: no volverá con su novio; decide caminar sola.

En las posteriores adaptaciones que se han hecho en el teatro, encuentras a menudo la confesión de Martha a Karen. Tanta es la fama de este fragmento que incluso hay una versión paródica con los personajes de Barrio Sésamo en la que Epi y Blas interpretan a las dos protagonistas bajo el título de Ernest and Bertram. 
La escena es desoladora. Son cinco minutos de una sinceridad dolorida, atormentada, que Shirley MacLaine interpreta aquí a carne viva.


En la obra teatral Karen no logra asimilar la sinceridad de Martha; se queda sola, perdida, sin referencias; al contrario, en la versión de Hepburn y MacLaine, la dulzura y cercanía que Audrey incorpora al personaje de Karen acentúa aún más la fragilidad del de Martha, que se despide de la vida en uno de los planos, tal vez, más conmovedores que yo haya visto en el cine -minuto 21-


En la obra teatral no hay esperanza; la soledad de Karen es abismal y, además, aunque la razón esté de su parte y reciba las disculpas de la abuela, que las últimas palabras sean pronunciadas por la niña, que ha mentido y no ha sufrido, en cambio, ningun castigo, fortalece una única idea: que la honradez es vilipendiada y la mentira siempre sale indemne. Hellman no deja ninguna puerta abierta, ninguna salida.

¿Podríamos hablar de un final feliz en esta versión de los años sesenta después del suicidio de Martha? 

Sí, en la versión cinematográfica hay un final feliz, pero de una manera diferente a la de los años treinta. La soledad de Karen no es forzada, sino deseada -podría haber buscado consuelo en el chico, pero no lo hace-. Y eso transforma la tragedia y abre un camino nuevo para la protagonista.
La mentira no ha vencido del todo; Karen será libre e independiente. Martha, de alguna manera, la ha transformado. Se enfrenta, valiente, a una sociedad hipócrita, a la que ha desenmascarado; puede ahora romper los lazos que la hubieran amarrado a una existencia convencional y ficticia. La vida y la dignidad brillan en la última mirada de Audrey Hepburn.

domingo, 18 de enero de 2026

COMIDA Y TEATRO CON AMIGOS

 


Los huesos crujen. Ha llegado el momento. Cuesta sostener el stilum entre los dedos agarrotados por el frío y los años, escribe letras, las acaricia...

La Zaranda, los ángeles caídos, el dolor, bofetadas en la cara, Caronte y Shakespeare, nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto, nada de sentimentalismo pequeño burgués, La buena estrella, Ricardo Franco, Joaquin Jorda, a la mierda las cursiladas para el gran público, desaparecen en las sombras, nos dan la espalda, perdónanos, señor, desprecian los aplausos, no les gusta a la salida a los pequeño burgueses, lejos del teatro el sabor se intensifica, es más consistente, La distancia, el padre en la Tierra, la hija en Marte, queremos borrar los recuerdos de lo que hicisteis con el fuego, hemos carbonizado el mundo, hemos llevado el planeta al infierno, hemos alimentado nuestra propia destrucción, padre e hija comparten una melodía, los dedos se mueven en su cadencia, rítmicamente, 

una cena en Roma, Viestad, Sofía Loren, adolescente, cuelga la ropa en el tendedero y hace pizza, un napolitano en mangas de camisa les busca un aperol en las esquinas, los jóvenes se besan y abrazan a la sombra del Vesuvio y el mar, en Sevilla también llueve, los hermafroditas no tenían futuro, roer una chuleta de cordero, quitarle la cáscara al langostino, tocar los alimentos, manipularlos, recuperar la relación que tenemos con ellos desde que los cocinamos, lavamos, cortamos, ponemos en la sartén, cocemos, separamos, mezclamos sabores y olores, comida mexicana, comida italiana, raviolis con calabaza, quiches de pollo, empanada, interminable, a la milanesa, cervezas, vermú, agua, picantes, la pimienta, despierta nuestras papilas gustativas, el sabor se multiplica, se expande, la curiosidad de algo diferente, aunque nos cueste la vida, no bebas agua tras tomar chile, leche y vino, si quieres contarlo, filosofía mundana, Madrid, interior, Madrid, exterior, exterior del susurro del tiempo, Aro berria, nunca hemos estado en Grecia, ciento diez entre seis, calculadora, dieciocho, me pasa, por favor, los platos, los cubiertos, los vasos...

No queda tiempo, a oscuras se levanta, este hombre, un anciano, Marco Tulio Tirón, las sombras ocupan todo el tablinium, solo un hueco de luz, alrededor de la mesa de mármol, el pergamino desenrollado, qué hay al otro lado, más allá de las letras que bailan y sobreviven al paso del tiempo...

Almodóvar y Trueba y el joven hijo de Trueba van al teatro, minoría selecta, mayoría silenciosa e iletrada, compraré plantas, ¿y si se las comen los gatos?, puedes aprender unos pasos de baile, toca la banda de música, si no os movéis no vais a ningún sitio, y sin embargo, se mueven, ¿tienes frío?, si estuvieras en León, ya verías lo que es el frío, un eclipse solar en agosto, las estrellas se mueven, giran, se abrazan, se besan, recuerdos, pensamientos, sensaciones, mescolanza de ideas, emociones, caóticas, irregulares, el orden de las palabras no cabe, ¿es esa una biografía? ¿su biografía?, imágenes, olores, sabores, sonidos, atonales, arrítmicos, ¿cómo explicar la vida de este anciano de manos temblorosas?, Bach nos salvará, se escucha un preludio y una fuga del Clave bien temperado, matemáticas, números, equilibrio pitagórico, exactos, si cierras los ojos, Krasnorharkai, La melancolía de la resistencia, notarás el sabor del chile más intenso, el caos desaparece, las lágrimas de la hija y del padre, de las prostitutas, del chulo, del convicto, del profeta fluyen, las de Eszter y Valuska, las de Bela Tarr, 

la muerte se acerca, mientras los pensamientos se atropellan y vas al teatro y cenas en un restaurante y, sí, escuchas a Bach y ahora, solo ahora, aunque no lo creas... estás salvado. 

domingo, 23 de noviembre de 2025

LAS FORMAS DEL HUMO: TRAS VER A CHRISTOS PAPADOPOULOS Y ÉSKATON

 


¿Cuántas son las formas del humo? 

¿Cuáles son los ritmos del cuerpo?

El diablo nos oculta sus intenciones quemando incienso en altavoces,  transformados en botafumeiros, pronunciando sonidos guturales, cegándonos con el ruido y luces estroboscópicas navideñas, en mercados donde el pescado ya no huele y encontramos, a cambio, las salsas uniformes de las cadenas de restaurantes. Nos atrae el lado oscuro; somos mediocres. El incienso disimula el lento e inevitable proceso de descomposición de nuestros cuerpos. 

Diez jóvenes bailan, saltan; energía reunida, continua, persistente. Brazos, pelo, manos, piernas, dedos, ojos, pechos. Un, dos, tres, cuatro; un, dos, tres; un, dos... Cuerpos que se doblan, giran, vuelan, cantan, respiran, gritan...

Una mujer joven se abre paso entre las mesas de los restaurantes: sonríe, brillante, sensual, inmensa... 

El olor del incienso viaja a través del tiempo; el olor de la mantequilla de estas galletas recién hechas nos obliga a mirar la infancia. Trozos de galletas entre los dientes; y, entonces, se escuchan, como si los hubiéramos olvidado, los ritmos del cuerpo y distinguimos, al otro lado del espejo, al otro lado del cristal, entre las mesas de la cantina, sí... las formas del humo.

domingo, 15 de septiembre de 2024

LIDDELL Y BERGMANN

 

Es la segunda vez que veo a Liddell en un escenario. Ya sabemos que nada de lo que hacemos o experimentamos es como la primera vez. 

La primera vez que se descubre a Liddell nos fijamos en su energía, su talento para llenar el escenario de un teatro, sus largos monólogos-homilías, el humor sarcástico en el que nadie sale bien parado -sobre todo, los críticos franceses porque "los españoles ni siquiera merecen que se les mencione"-. Ya se sabe, los españoles "solo entierran y destierran, entierran y destierran". "España es una enfermedad mental".

Sea porque es la segunda vez o porque Liddell ha cambiado el registro me he fijado en un aspecto que destaca mucho más en este "homenaje" a Bergmann: su extraordinario talento en la puesta en escena. 

Al principio de Dämon Liddell ofrece lo que su público espera: un acto de provocación. En esta obra se lava el coño, rellena un hisopo con el agua sucia y se la tira al público. Estaba en la fila cinco; pero el agua solo llegó a la fila tercera, así que no fui bendecido. 

Después viene la larga perorata en la que todos salimos mal parados -sobre todo los críticos-. 

Y hasta aquí la Liddell que se espera en un constante juego metalingüístico donde la lengua y el tema son ella misma. Es difícil que no te toque, sea con el humor o con el dolor. Puede cansar y aburrir, sin duda, y también puede impactar. ¿Quién no morirá cagándose, meándose? Sí, nuestros padres cuando mueren se cagaron y se mearon. Nosotros también lo haremos. Ese es el tono, pero Liddell combina, como siempre, lo escatológico y lo metafísico. Son sus reglas: o las aceptas o no. 

Sin embargo, el resto de la obra busca otros caminos. A partir de una duda lanzada al vacío "¿Cuál es la pregunta más importante?" pasa a una escena en la que persigue y es perseguida por unos hombres de negro que empujan una camilla, la misma que nos llevará al tanatorio. Y Liddell repite una y otra vez: "¿Habéis sentido algo? ¿Habéis sentido algo?"

Y a partir de aquí la creadora, la artista se convierte en una maestra de ceremonias donde el espacio, los objetos, los personajes mudos y el sonido son elementos indispensables para entender su mundo y, de manera paralela, el de Bergmann o Strindberg. Su talento es extraordinario. Sus temas, los de siempre: la religión, el arte, el miedo, el sexo y, sobre todo, la muerte. 

Pasadas estas escenas en las que se insinúa alguna referencia al director sueco -hay una parodia-homenaje con ancianos, un Papa casi en cueros, los cuatro hombres de negro, un hombre desnudo y cuatro jóvenes mujeres desnudas de la danza de la muerte que te recuerda a la de El séptimo sello 



"No siempre hay que alegrar a la gente; conviene asustarla de vez en cuando", nos dice el pintor de murales.

o asistimos a la interpretación sobria de una escena de una obra de Strindberg, la preferida por el director sueco; menciona Persona o la habitación roja de Gritos y susurros- Bergmann es enterrado en una ceremonia o representación convencional donde la música alta devora las palabras y el silencio. 

Y llega el final. Liddell se confiesa junto al féretro de Bergmann. Le pide matrimonio, reflexiona sobre la muerte: su propia muerte, nuestra muerte. 

Hay un momento en este último monólogo en que Liddell calla. Y alarga el silencio. 

No hay nada más revolucionario en un teatro ni más provocador que un largo silencio. 

Y Liddell lo sabe. 

Liddell se retira. Y el espacio, como al principio, se queda vacío. No hay personajes. Solo el féretro de Bergmann. La muerte nos ha dejado sin palabras. Solo nos queda el vacío. 



domingo, 14 de enero de 2024

EL BOSQUE

 


¿Por qué llevaban calcetines los bailarines?

¿Por razones prácticas? ¿Para evitar perder el equilibrio en un suelo de linóleo? ¿Si hubieran bailado con los pies desnudos, nos hubiera emocionado más? Esta duda existencial no me deja vivir...

¿Qué hacía en esta obra -que busca la intimidad- una parte tan extensa, donde se impone la música disco y tecno con gestos, ideas o movimientos que me recordaban a Crepúsculo? ¿Querían provocar desagrado? En ese momento deseé tener fiebre y no solo tos; lo hubiera llevado mejor... 

Allí estaba Orfeo. Si aparece un músico en un bosque es que es Orfeo, aunque toque con un piano y una guitarra electrónica... Y los tres espíritus se dejaban llevar por esa melodía o la escuchaban extasiados... Hubo un momento en que pensé que el músico sería devorado por los espíritus, pero luego recordé que no, que fueron mujeres, seres humanos, quienes lo descuartizaron. 

Nos evitamos ese epílogo tan cruento. Aunque a mí no me hubiera importado... Le hubiera dado muchísima intensidad dramática...

Hay un trabajo y una preparación brutal en esta obra. Notas y observas el sudor de los bailarines y todos los detalles, hasta los más nimios, para expresar a lo largo de una hora ideas o emociones primarias. 

A mí me pareció un bosque gallego; pero es mi percepción... en mi opinión solo los bosques gallegos conservan ese hálito de misterio y fantasía. 

Así que dicen que el fin del mundo está cerca. 

Que en dos meses subirán los precios -más, todavía-; que Gaza y Yemen solo es el comienzo de una conflagración mundial; que hay meteoritos en camino... 

Quizá tengamos que recibirlo bailando... 

domingo, 17 de diciembre de 2023

LOS GESTOS: PASOLINI, MINA Y LA HERIDA


Un mal gesto. Cae una copa de vino; se rompe en pedazos. Al intentar evitarlo, noto el roce del cristal con la piel. Una pequeña herida en el dedo anular que no logra cuajar; la sangre no sale, se queda retenida. 

¿Los gestos de Pablo Messiez es una obra que recuerda a Cinco personajes en busca de autor

El autor-personaje, que viaja a Roma en avión, tal vez imagina a sus personajes, cuando la azafata le dice "Prego" y él pide un "succo de pera". O los inventa en un bar de Roma, antes o después de una representación. 

Los personajes, soñados, imaginados, recreados, imitan los gestos de Mina Mazzini, cantan sus canciones. Mina se retiró en 1979. Les dijo a todos: ¡A la mierda! y se ocultó en su finca. Nadie la ha vuelto a ver. En 2018 hizo un concierto; envió un holograma que se encargó de cantar sus canciones. ¿No sería, en verdad, el holograma quien cantaba en los años sesenta y setenta? 

Los personajes interpretan a Bach, bailan con una sonata de Schubert. Los personajes leen extractos de una poesía de Pasolini; interpretan los gestos de una de sus películas, Teorema. Se proyecta una escena al fondo, en una mampara que simula un cristal por donde, si no corren las cortinas, contemplamos una panorámica de Roma. Escuchamos los sonidos de las cigarras, esas que quisieron emular, imitar a las Musas y, por eso, nunca dejan de cantar. 

Vivere è tremare. Solo l`amare, solo il conoscere conta, non l`aver amato, no l`aver conosciuto... con quel passo blando da cui più l`anima era invasa, quando veramente amavo, quando veramente volevo capire... rivolgersi a un altro homo senza tremare...

-Comincio a tremare... -Per quello che ti voglio fare... e ti farò? -Si... tremo per questo... -E sai quello che ti voglio fare... e ti farò? -Si... lo so... -E non mi chiedi di non farlo? -No. -Ti piace dunque... tremare, tremare sapendo...


Miro el dedo; busco en él la huella del gesto. No hay herida; solo la recuerdo. Siento el roce del cristal, escucho el estallido de la copa que se rompe en pedazos y al camarero que nos recomienda nombres de vinos desconocidos. Tiemblo... R. hoy cumple cuarenta y cinco años. ¿Inventé a R.?

¿La herida formó parte de la obra? ¿La imaginó el autor? ¿Mis amigos vieron el gesto o lo soñaron? 

¿Somos todos, sin saberlo, parte de una obra? 

domingo, 26 de noviembre de 2023

LES MALAÏDES

 

Les malaïdes, Las malditas de Baos es una obra muy bien trabada. Te lleva sin respiro, combinando comedia y momentos dramáticos; acompañamos en este recorrido a cuatro personajes que, aunque puedan partir de estereotipos que enseguida reconocemos, crecen con diálogos e intérpretes a gran altura. 

Como suele ocurrir en obras que parten de un buen texto, la puesta en escena se simplifica lo más posible y los mismos actores interpretan algún papel secundario que permite un desarrollo más dinámico de la acción. 

Este ritmo tan ágil te sorprende en el tramo final con una inmensa bofetada, inesperada y que nos conmueve. Lo que parecía una road movie surrealista con monjas y prostitutas que se apuntan al viaje o, sobre todo, el encuentro y la búsqueda de una hija y una madre, acaba transformándose en una tragedia que nos recuerda que la violencia contra las mujeres en el entorno familiar es más habitual de lo que pensamos. 

La diferencia es que Baos ha sabido contarlo de otra manera. Nos ha atrapado y ha evitado sentimentalismos o planteamientos previsibles. La religión se convierte en el vehículo o, más bien, en el refugio para no recordar un dolor terrible. Y el humor, presente en toda la obra, a nosotros, cuando se apagan las luces, no nos hace olvidar esa herida abierta en canal. 

El último tramo, la petición desesperada de la hija a un dios que no nos escucha, me recordó -aunque esta es mucho más reposada- a la escena de resurrección en Ordet de Dreyer. Tal vez una de las más conmovedoras de la historia del Cine. Un trasunto, en el fondo, de la historia mitológica de Alcestis o Eurídice. ¿Quién no querría poder devolver a la vida a las personas que amamos?

sábado, 25 de noviembre de 2023

INK DE DIMITRIS PAPAIOANNOU

 


"En cuanto al número y la forma del principio de todas las cosas, Tales, el iniciador de este tipo de filosofía, afirma que es el agua, por lo que también declaró que la tierra está sobre el agua..." 

Aristóteles, Metafísica 983b6. Traducción de Alberto Bernabé. 


El Ink de Dimitris Papaioannou no es danza ni teatro, tal como lo interpretamos habitualmente; sería, más bien, una "performance" artística. 

¿Hay una narrativa? Sí, nos podríamos arriesgar a decirlo; en el encuentro entre los dos personajes -uno vestido de negro, interpretado ayer por el propio coreógrafo; el otro, desnudo- veríamos -teniendo mucha imaginación, y el que va a estos saraos suele tenerla- una relación tóxica de una pareja o nos encontraríamos, quizá, con la historia de dos desconocidos que quieren imponerse el uno sobre el otro, o nos hablaría del desdoblamiento de un yo en dos seres, enfrentados y condenados a entenderse. Sin embargo, esta narrativa -en la que podemos intuir otros temas como la paternidad-maternidad, la ecología, la crueldad humana o la supervivencia-, no pienso que sea el aspecto central de la creación artística de Papaionannou.

Como, según parece, es habitual -sus orígenes son los que son, los de un artista visual-, su impresionante fuerza plástica nos apabulla durante más de una hora. En un escenario minimalista (un aspersor que cubre un espacio cubierto de agua, una bola que recuerda a una pecera, el gran telón de fondo, paneles de plástico al que se añaden otros objetos de manera puntual) acompañado o destacado -depende del momento- por una iluminación precisa y contundente, el creador griego, que gusta del desnudo masculino a la manera clásica, aprovecha todos los recursos a su disposición. 

Y deja el impacto. Nos atrapa, sin duda. Aunque no se pronuncia ninguna palabra, ni haya danza y solo algunos momentos de música, el juego de luces y sombras con el agua y contra ella, construyen una hilera de imágenes que permanecen en nosotros más allá de la representación. 

Somos agua y no podemos sobrevivir sin ella. Pero, al mismo tiempo, la contaminamos. Y también, conscientes de que si no pisamos la tierra, somos seres vulnerables y frágiles. 

¿Y si, al final, solo hemos asistido a la pesadilla que tiene un hombre, junto al Mediterráneo? ¿Similar a la de Mayorga en La gran cacería? ¿Como las que yo tenía, cuando subía y subía por las escaleras de mi casa y nunca alcanzaba el destino que deseaba?

Heráclito dijo: 

"Muerte es cuanto vemos despiertos; cuanto vemos dormidos, visiones reales". 

miércoles, 22 de noviembre de 2023

LIDDELL Y LA CANTATA 21 DE J. S. BACH

 


"Desayuno todos los días con la cantata 21 de J. S. Bach. Me ayuda a desarrollar un sentimiento de aceptación y resignación, casi de clausura". 

Liddell ha estrenado su nueva obra en Gerona, Vudu (3318) Blixen. Llegará a Madrid en febrero. Las entradas están ya agotadas. 

Según parece, al final, después de seis horas, oficia su propio entierro. Suena la música de Bach. 101 cañonazos. Un cuervo picotea sobre su ataúd. Y baila...

Silencio. Aplausos.
                                                          

Por encima de mezquindades, estupideces y naderías, representaciones y medias verdades, más allá del vacío de nuestras vidas, como ocurre con Bach, Liddell es inexplicable. 



El arte nos sobrevive. Afortunadamente.




domingo, 19 de noviembre de 2023

LA GRAN CACERÍA DE MAYORGA

 

"Quería entablar relaciones con las cosas sin intención"

Goethe refiriéndose a su viaje por Italia.


Goethe, a pesar de estar dos semanas en Palermo, no visitó los mosaicos de la catedral de Monreale. O, por lo menos, no los menciona en su libro, Viaje por Italia. Llegó a Sicilia con un nombre supuesto; no quería ser reconocido como el autor de Werther...

Más de siglo y medio después, se descubrieron los mosaicos de una villa romana: los de Casale. En uno de ellos, llamado la gran cacería, aparecen decenas de animales; capturados para ser transportados en un barco que se encuentra en el centro de la escena. Serán sacrificados en los anfiteatros del Imperio Romano; su muerte servirá para que miles de ciudadanos disfruten y olviden su pobreza o cualquier asomo de rebeldía...

Un hombre, que ha visitado tanto Monreale como Casale, vuelve en un barco a Nápoles. No puede dormir. No puede hablar con su hijo. Se obsesiona con Goethe, con Monreale, con Casale, con Noé y el diluvio, con los animales capturados y enjaulados, con el saqueo de África y Asia... La Divina Comedia de Dante, Platón, los campos de concentración, un esclavo que va a ser golpeado por un funcionario romano... 


La palabra es el instrumento que Mayorga utiliza para contarnos algo más que historias. Y las palabras se enlazan una tras otra, ligan, encadenan ideas. Desfilan ante nosotros círculos de palabras y junto a ellas los gestos, unos extraños compañeros... Los gestos riman, armonizan con los conceptos y también, se rebelan, buscan un camino paralelo. 

¿Qué sentido tiene el largo monólogo, el sueño y la pesadilla de un hombre insomne, encerrado en el camarote de un barco, confuso, desconcertante? ¿Somos nosotros mismos, condenados a buscar en detalles, a primera vista insignificantes, el significado de lo que nos rodea? ¿Somos responsables de la crueldad que ejerce el poder sobre los más débiles? ¿El Mare Nostrum es un símbolo de nuestra confusión y extravío?

En la última parte de la obra, el monólogo deja paso a una historia paralela y surrealista, toma un rumbo diferente; se transforma en la representación de una catástrofe, en una alegoría del fin del mundo o, más bien, el de nuestra especie. Los animales enjaulados se rebelan: son ahora dos personajes que quieren salvarse, pero... es inútil. Como nosotros, están condenados. 

Sí, nos encontramos ante una fábula apocalíptica, pero esta vez no habrá moraleja, no tendremos respuestas... 

Si bien, en ese tramo final, pierde algo de fuelle, la obra es un exponente del mejor Mayorga: el que conoce, mima y cuida las palabras, porque sabe que no solo comunican ideas o emociones, aunque sean imperfectas: pueden ir mucho más allá... 

Nos revelan nuestro futuro...


Y Mayorga nos pregunta: 

¿Se pueden entablar relaciones con las palabras sin intención?

sábado, 18 de noviembre de 2023

WHO KILLED MY FATHER: LOUIS EDOUARD, IVO HAN HOVE, HANS KESTING

 

Salíamos mi hermano, mi padre y yo de un restaurante; nos acababa de invitar a comer. 

Nos despedimos y cada uno siguió su camino. Cuando llevaba unos pasos, me di la vuelta y le miré. Me fijé en sus pies. Los arrastraba. 

En ese momento supe, no tuve ninguna duda, de que mi padre moriría muy pronto. Ocurrió a los cuatro meses. 

La obra de Louis Edouard, un autor francés de escasos treinta años, se ha empezado a construir recreando literariamente su infancia y adolescencia. Su estilo es directo, punzante, sin medias tintas. Poco importa que parte de esa memoria personal sea o no inventada; la literatura acepta esas mentiras, si están bien contadas. 

Ivo Van Hove ha adaptado al teatro algunas de sus obras. Hans Kesting se ha encargado de interpretarlas. De la adaptación de esta última, estrenada en el festival de Otoño, Who kill my father, podría poner algún pero... No lo haré. En realidad, me gusta esta versión, porque, sobre todo, destaca por su minimalismo. Sabe aprovechar con escasos elementos -una televisión, una cama- las posibilidades del texto. Los elementos externos -el humo, la música elegida (muy propia de los años noventa)- se adaptan perfectamente al tono. 

Sin embargo, lo que más me asombra y admiro es al actor. Hans Kesting está impresionante. No solo porque interprete varios papeles -sobre todo, el del padre o el autor, pero también el de la madre o la abuela-, sino también porque sabe darles una corporeidad que solo los grandes intérpretes son capaces de expresar con sus gestos, su voz y su presencia en el escenario. 

Las relaciones entre padre e hijo es uno de los grandes temas del teatro. Complejas, repletas de conflictos: odio y amor, incomprensión, decepción, miedo, respeto, admiración, ternura, rechazo... O de vergüenza: porque el hijo no es lo que deseábamos; porque el padre no llega a la altura de lo que imaginamos.

Los hijos solo entendemos a los padres, cuando nos hacemos mayores. O, al menos, los aceptamos, los comprendemos. No son perfectos; nunca lo fueron. Cuando mueren o cuando intuimos que pronto dejaremos de verlos, buscamos una manera de reconciliarnos con su memoria, que también, aunque no quisiéramos admitirlo cuando éramos jóvenes, es la nuestra. 

Encontramos en el discurso final de esta obra una reflexión política. Aunque más que reflexión debería decir un grito de dolor y de venganza: ellos, los poderosos, son responsables del dolor y las injusticias del mundo. Así que... voy a gritar sus nombres...

"Sí, dice el padre de Edouard, que ha tomado conciencia de las causas reales de su frustración, de su muerte, de su desesperación, tenías razón. Vendría bien que algún día hubiera una revolución..."


A veces, cuando veía a Hans Kesting arrastrar los pies, reconocí a mi padre... 

Estaba allí... 

Solo un gran actor puede resucitar a los muertos... 



domingo, 12 de noviembre de 2023

VILLA DE GUILLERMO CALDERÓN: MEMORIA Y OLVIDO

 


No existimos ni como sociedad ni como individuos sin memoria y sin olvido.

Guillermo Calderón ha basado su obra teatral en estos dos conceptos. El asesinato sistemático que Pinochet y los suyos llevaron a cabo durante dos décadas es una sombra larga y profunda que vuelve una y otra vez a nuestra memoria y a la suya. Pero Chile no es una excepción. Toda sociedad tiene que lidiar con las contradicciones en los que todos nos movemos cuando debemos tomar partido. Porque si no lo hacemos, otros construirán nuestra memoria. 

Es una obra que emociona; con grandes actrices. Aunque admito que, después de ver a Lidell el día anterior, notaba más las costuras. Removía, pero a veces me parecía previsible. Sí, no hay sorpresas, ya que la memoria, aunque sea compleja y laberíntica, no admite medias tintas. 

El punto de partida es una villa que sirvió para torturar, matar y violar a miles de mujeres. ¿Lo dejamos tal como está -ruinas-, montamos un museo que dulcifique el dolor o lo mostramos tal como fue o, mejor dicho, como lo recordamos? Tres víctimas o, más bien, tres herederas de ese dolor, trasmitido a la siguiente generación, deben decidir. Y la decisión supone mojarse; las heridas no han supurado. 

La memoria completa sería, como bien nos explicó Borges, una pesadilla. Sobrevivir nos obliga a olvidar, aunque sea parcialmente. Sin embargo, el poder siempre desea un olvido más amplio, si es posible, un olvido completo de sus crímenes, un punto final hipócrita. Y tendrá a muchos que preferirán girar la cabeza, porque el dolor de los demás, si no es vivido, acaba siendo incómodo. 

En Argentina decidieron en un barrio de Buenos Aires, en un lugar donde se torturó a muchísima gente, concebir un lugar mixto. Allí, gracias a los Kirchner, podemos encontrar un espacio para la memoria, pero también un museo de arte contemporáneo y talleres de todo tipo y pelaje. En Auschwitz se conservaron los edificios; en su interior podemos ver restaurados los lugares donde estuvieron las víctimas y también -todo dolor en exceso llega a ser insoportable- salas de exposiciones con calefacción central, blancas e inmaculadas. El turismo de los campos de concentración puede alejarnos de una memoria reflexiva. 

Milei hoy puede convertirse en nuevo presidente de Argentina. Chile en unas semanas votará una Constitución más regresiva, incluso, que la que Pinochet impuso. Hay dos Chiles y dos Argentinas. Una quiere recordar; la otra, por indiferencia o convicción, impone el olvido bajo el paraguas de un capitalismo salvaje.

Nuestro país también debe plantearse qué memoria quiere. Hay una España que olvida a los miles de fusilados en fosas comunes, a los torturados en las comisarías durante la Transición, a las víctimas por disparos de la policía. Sí, recuerda a las víctimas del terrorismo, pero, a veces, las convierte en las únicas, porque, por supuesto, son "las nuestras". 

La memoria es plural. En Cataluña y, sobre todo, en el País Vasco, el esfuerzo es mayor. Y, aún así, las divergencias son profundas. Al día de la Memoria, celebrado hace unos días, estuvieron todos, desde Bildu al PSOE, menos la derecha y ultraderecha española, que hizo su propia conmemoración. No quería recordar a los "otros", muertos o torturados. La izquierda abertzale, además, homenajeó paralelamente a las víctimas de la dispersión. Sin embargo, allí, hay más avances. Tal vez, porque no tienen más remedio. La convivencia, cuando existen tantas sensibilidades, exige acuerdos. 

La obra también habla de la necesidad de construir una memoria compartida y de cómo legar esa memoria a las generaciones futuras, esas mismas que heredan, aunque sea inconscientemente, los relatos de sus padres y abuelos. 

Y así, el futuro se alza sobre capas y capas de dolor y mierda, de olvidos y desprecios, de indiferencia e ignorancia. 

La memoria es un asunto muy serio. Somos lo que recordamos y olvidamos. 



sábado, 11 de noviembre de 2023

ANGÉLICA LIDELL: LIEBESTOD Y MÁS ALLÁ

 

La primera vez que descubres a alguien siempre es algo especial, sea quien sea. Y si es Angelica Lidell no puedes dejar de admitir que te encuentras delante de un talento inmenso. Es una actriz impresionante, domina todos los registros; su voz llega más allá del escenario, llena el teatro, agrede y acaricia, cuando le conviene; su energía, incansable, nos traspasa y agota. Y, como artista, poeta, creadora teatral rompe esquemas. 

Dicho esto, también hay que dejar claro que todo talento es un don de los dioses y que, si no lo sabemos cuidar, nos llevará al precipicio y al vacío o a un falso refugio, en donde la estrella consagrada se sienta a gusto repitiendo moldes e ideas agotadas. Aunque tal vez Lidell sea mucho más consciente de esos peligros que sus espectadores y seguidores más fanáticos. La hibris era bien conocida por los antiguos... Las historias teatrales no existirían sin ella. 

Hay una vertiente espiritual en su obra que no logra convencerme del todo, aunque la comprendo. Admito la necesidad de recuperar esa parte de nosotros mismos, tan agostada por nuestra contemporaneidad, pero, en su caso, existe el peligro -tantas veces transitado por otros muchos antes que ella- de acabar en una religiosidad convencional y dogmática, solo superficialmente iconoclasta. El tiempo dirá...

Bien es cierto que el artista debe provocar y poner en tela de juicio los rituales tradicionales: es claro el simbolismo religioso en la escena de los cuatro hombres con sus bebés -imaginados en Madrid, ya que, según nos dijeron, no les permitieron tener bebes en un escenario (¿o tal vez esta declaración formaba parte de la representación y buscaba así una primera reacción del público?)-. Por otro lado es constante esa simbología religiosa en toda la relación entre el torero -Belmonte-, y la artista -Lidell- con el toro, siempre vinculado desde tiempos inmemoriales -en Creta, recordemos, hace más de cinco mil años- al sacrificio y los rituales de paso, en las catábasis y viajes del alma al Más Allá. 

Sus amplios conocimientos literarios, aún así, me plantean dudas. ¿Cómo será la evolución de Lidell en el futuro en este aspecto? ¿Buscará en la religión -una religiosidad personal, asimilada a sus propias vivencias- un refugio a sus obsesiones? No sería la primera ni la última que alguien que buscaba la provocación hacia las instituciones religiosas, llegue a ser más papista que el Papa, pasando de la rebeldía heterodoxa a un dogmatismo férreo y conservador. Aunque, siempre es posible que conserve esa actitud iconoclasta toda su vida, como hizo Buñuel, un claro referente para Lidell, tanto en este aspecto como en sus imágenes surrealistas -en algunas, como la carne colgada, es imposible no pensar en el gran director aragonés-. Otras siguen su estela, aunque con variantes sorprendentes y paródicas: al principio de la obra, unos gatos, atados con cuerdas hacen pensar en Cibeles o en diosas de la fertilidad; al final, esos mismos gatos, acompañando a un muerto en un féretro de cristal, te recuerdan a las tumbas medievales de nobles y reyes junto a los perros de caza a sus pies.

No sorprenderé a nadie afirmando que el gran tema de Lidell es el amor y no tanto el sexo y sus perversiones -esto sería más propio de Buñuel-. El amor es, tal vez, el único elemento que puede, si no salvarnos, si, al menos, ayudarnos a enfrentarnos a la muerte con dignidad y valor, a la manera de Tristán e Isolda, mencionados en la parte final de la obra. Belmonte, el gran renovador de la tauromaquia -un personaje muy interesante, que en esta obra solo aparece como punto de partida o motivo inicial, y en algunos detalles, como la tartamudez en una parte del monólogo o el gesto de dispararse a la sien- pensaba lo mismo. Belmonte, como el poeta y torero Sánchez Mejías, pertenecían a una generación -por eso, se codearon con la intelectualidad, poetas y escritores de la generación del 98 y del 27- que buscaba en la cultura una manera de entender su pasión y obsesión por la muerte; la que sentían, cuando salían a la plaza de toros. Sánchez Mejías -Lidell pone en la pantalla del fondo uno de sus poemas- logró encontrarse con ella, cara a cara. Lorca le escribió otro poema impresionante, a la estela de Manrique. Belmonte tuvo que buscarla, lejos de los ruedos, cuando todos los amigos estaban lejos, exiliados, o habían muerto. 

El monólogo central de Liebestod, que combina el humor, directo, desagradable, incómodo, paródico y momentos de ternura y lirismo que logran emocionarte -"esas mujeres se reían, mientras llevaban las cenizas de mi madre"-, podría servir para resumir el bagaje teórico de Lidell. Convertido en un discurso agresivo contra todos, incluso contra sí misma, parecería decirnos, sin demasiados subterfugios, que estamos condenados a desaparecer como especie y que, además, nos lo merecemos. Y, aunque quiera dejar una esperanza, afirmando que solo el amor nos puede salvar, el tono y la agresividad te hacen pensar en lo contrario. También uno podría pensar que es una forma de evitar el orgullo, el endiosamiento en que su figura e imagen podría terminar tarde o temprano, si no la rompe en mil pedazos con un mazo, como harían los devotos con las estatuas de dioses paganos. ¿Lidell preferiría ser un Prometeo -castigado a ser devorado por un águila-, o un profeta -que debe sacrificarse y no ser escuchado o comprendido-, a ser una diosa -venerada y adorada- como Isis?

Su talento para el diálogo o para el discurso monologuista es brutal. Combina lo soez, el insulto, la provocación y un lirismo, en el que se intuyen referencias literarias muy variadas, que nacen en Aristófanes y acaban junto a Cioran. A veces te dejarías llevar por esa verborrea, nacida de la desesperación y el dolor de vivir. En otras, notas dentro de ti el rechazo, aunque es posible que Lidell busque también, sutilmente o sin ambages, en nosotros esa respuesta. 

Siempre queda la duda de si Lidell en el fondo juega, como los dioses, con nosotros. En el monólogo nadie se salva: ni los profesores, ni los funcionarios, ni los responsables teatrales -"quieren hacer un Sade sin Sade, un Pasolini sin Pasolini, un Fassbinder sin Fassbinder"-, ni los jóvenes -"que solo hacen manifestaciones para cobrar una pensión que no tendrán"-, ni siquiera las actrices -"si he de elegir entre una actriz y una puta, prefiero a la puta"-; sin embargo, de manera más o menos velada, Lidell tal vez nos quiera decir que el artista es el único que puede ver más allá; no hay elección moral entre una vida humana y el arte -"si tengo que elegir entre salvar una vida y un Caravaggio, salvo a Caravaggio"-. Y que es también el único que puede conseguir que nosotros, durante el breve espacio en que una obra se represente, alcancemos ese conocimiento, como afirmaban las religiones mistéricas o los románticos en el siglo XIX o los aedos, cuando hablaban en nombre de los dioses y las generaciones que les precedieron.

Más de dos mil cuatrocientos años han pasado desde que los griegos en Atenas inventaron el teatro, tal como lo conocemos. Lidell es consciente del largo camino que hemos transitado desde entonces. Y sabe, como muy pocos, transformarnos, a la manera de los antiguos. Porque Lidell intuye que el teatro fue, es y ha de seguir siendo, si quiere sobrevivir, una experiencia religiosa y colectiva en el que el incienso penetre en nosotros como lo hacía la divinidad hace tanto tiempo, cuando aún no había muerto. 

Lidell, consciente o inconscientemente, vuelve a los clásicos. Y estos, se ven reflejados -como diría Valle-Inclán, gran amigo de Belmonte-, en su espejo deformante. 



domingo, 9 de julio de 2023

RESIDENTE PRIVILEGIADA: MARÍA CASARÈS

 


                                                                                   I

- ¿Dónde has estado este verano?

- En Galicia, en Madrid, en París, sobre todo. Un poco en Roma, Buenos Aires, Nueva York... 

Para no llevar a engaño a mi interlocutor, a ese profesor o profesora que el uno de septiembre me haya hecho esta pregunta de rigor, podría añadir:

- Me acompañaba María... Casares.

Si mi compañero no conoce quién fue, tal vez, intrigado e indiscreto, me pregunte si es mi amante o una amiga. Queriendo seguirle el juego, tal vez le diga, para darle más pistas:

- Estuve en la Galicia y el Madrid de los años 30, durante la República; en el París de la Ocupación y el de la posguerra; unos meses en el Madrid de la Transición...

Ya, a estas alturas, mi interlocutor/a se habrá arrepentido de haber empezado esta conversación y de su vacuo gesto de cortesía, se habrá alejado y habrá buscado, como me suele suceder en estos casos, a otro compañero/a que haya vivido más allá de su imaginación.


                                                                               II


Leyendo un párrafo de la autobiografía de Casares me vinieron a la mente varias fotografías de este tipo. También las famosas de Francesc Català Roca o la de Miserachs en Via Laietana. Pertenecen a otra generación. 

"En compañía de María Luisa, enriquecía mis conocimientos sexuales. Durante nuestros paseos, arrastraba detrás de ella una fila de hombres aislados, extrañamente taciturnos, cuyo comportamiento yo acechaba mientras la seguían a distancia, como perros... que la esperaban inmóviles y como embrujados a las puertas de los almacenes a los que entraba... hasta en sus paroxismos; 

cuando uno de ellos, de repente muy cerca, le rozaba el cuello con una caricia oscura, hundía las manos en su pelo, le pellizcaba un pezón o bien sopesaba una de sus nalgas con gesto breve y brutal. Todo eso amenizado con susurros salivados... competían por encontrar el piropo más raro, el mejor dicho, el más original, y lo lanzaban como un pregón, en medio de los olés de unos y los abucheos de otros... Todos estos gestos típicos, sucios o brillantes, testimonio del soberbio y profundo desprecio con que el machismo español honraba a sus mujeres... Me pregunto cómo hacían ellas para contenerse y no conducirse a la primera ocasión con sus hombres como las mantis religiosas con sus parejas..."

Es, sobre todo, en estos párrafos, donde Casares capta la psicología de una sociedad, de un colectivo. Gracias a ser una desarraigada, desde sus orígenes, -cómo olvidar aquí esa frase de su padre, que la marcó para siempre, cuando el político republicano recibía los parabienes de sus conciudadanos, a unos días de la llegada de la República: "Míralos, Gloria, en dos años me lanzarán naranjas"- puede observar el mundo con más distancia e interpretarlo con acierto. 

Aún así, no siempre podía mantenerse al margen. Durante la liberación en París, cuando iba en bicicleta a la sede del periódico le Combat para encontrarse con Camus, se topó con una multitud -"nunca me gustó la multitud ni verme formando parte de ella"-. Un hombre de las SS sale escoltado. Y la multitud se entregó "a uno de los juegos más abyectos que conozco... que en el hombre adulto solo testimonia su vileza. Insultos, risas, sarcasmos, escupitajos, pellizcos, tirones de oreja, puntapiés, zancadillas, hubo de todo, salvo valor y dignidad. Hasta el momento que un tipo que estaba fumando delante de mí, sin dejar de reír, se sacó el cigarrillo de los labios y apoyó el extremo encendido sobre la mejilla del prisionero. El gesto transgredía las reglas del juego, los fusiles apuntaron y hubo un momento de estupor: -¡Cochino cobarde! -las palabras estallaron en mi boca... pero, dadas las circunstancias, me condenaban... dos hombres se pusieron a mi lado para protegerme... de no haber estado allí, no hubiera podido escapar; y eso por haberme rebelado contra el tratamiento infligido a uno de los representantes de lo que más odio en el mundo...".


                                                                               III

Si pienso en esta autobiografía -muy bien escrita, por cierto-, me vienen a la cabeza palabras como sinceridad, energía, humor -el mismo de su padre, inteligente y resistente-... búsqueda. Me quedo con esta última. Hay una necesidad constante -hasta la obsesión- de buscar la palabra adecuada. A veces, incluso, nos abre el diccionario con todas las definiciones de un concepto. Casares se movió entre dos lenguas -un nuevo desarraigo, aceptado y asumido- y esa búsqueda, a pesar de exista siempre el riesgo de dispersión, la mantiene atenta, fija en una única dirección; así vadea los meandros de su memoria. 

De cuando en cuando su estilo se complica hasta el hartazgo; en otros, eso le permite recuperar a las personas que conoció y les infunde vida, al describirlos detalladamente, o al contar algunas de sus reacciones. Es, sin duda, su mayor conquista. Vuelven a nosotros, tal como ella los vio. 


                                                                              IV

Hace unas semanas asistí a una obra de teatro: Continente María. Se basaba, en líneas generales, en esta autobiografía. El teatro, punto de partida para volver a la vida, de la que es hermana gemela. No es casualidad. Casares, en su obra, escribe una y otra vez reflexiones sobre el acto teatral, sentidas y vividas en lo más hondo. 

En esa representación que, lo admito, me conmovió -aunque he visto muchas obras alternativas en estos dos últimos años y he apreciado su calidad, nunca me han emocionado tanto como esta; y habrá razones extrañas y profundas que aún no he logrado descubrir-, si la comparo con la obra escrita, no observo, en general, grandes diferencias. El espíritu de María está ahí: su energía, vitalidad, sinceridad, el carácter, la fragilidad, la inteligencia, su independencia. Y ahí está su gran acierto. Evita un estilo monocorde; apuesta por la variedad de formatos. 

La anécdota de la obra de Genet -en la que echó del palco solo con la mirada a un grupo de ultras-, mencionada en esta representación, no aparece en la autobiografía. Y, sobre todo, la presencia (ausencia) de Camus. O, al menos, no como se muestra en la escritura de Casares.

En la obra -tal vez por un ramalazo feminista "no voy a hablar de los hombres de mi vida"; ¿por qué? ¿Porque las mujeres somos independientes y no dependemos de ellos? ¿Tenemos que verlo como una ironía, cargada de contradicciones?- Camus es mencionado solo en dos frases y otro par de anécdotas. En la obra de Casares Camus y su padre están siempre; incluso, cuando no se mencionan.

La madre, como María confiesa, "era ella misma". Así que es convocada solo de vez en cuando, como un espíritu benefactor -una mujer de su tiempo, oculta- o como la primera mujer con la que rivalizó en el plano sexual, "al parecerse tanto". No ocurre lo mismo con Camus y Santiago Casares, que la "crearon", la construyeron, de los que bebió y aprendió. "Camus: padre, amigo, amante e hijo, a veces..."

"...Quise y quiero a Camus porque, preso de sus contradicciones que era el primero en denunciar, incluso en los momentos de diversión sin los cuales no hay hombre capaz de subsistir, empleó toda su atención en no dejarse nunca distraer de esa vena viva... la línea a la que se apegaba para mantenerse fiel a su pasión de justicia y de verdad... cuando no tenía nada que decir, se callaba. Y si su quijotismo y su santa locura se encerraban enteramente en eso; si solo podía dar testimonio mediante el silencio, si la complejidad de las circunstancias o sus propias contradicciones solo dejaban lugar a la componenda o a la mentira, antes de gritar se atrevía -aquel demente- a ponerse una mordaza en la boca y quedarse mudo..."

María Casares no oculta sus defectos. Es consciente de ellos. En Roma, durante el rodaje de La cartuja de Parma, se acostó con tres hombres, jugó con ellos, los torturó. Uno, Jean Servais -descrito con ternura y precisión, a escalpelo-, al que provocó hasta el límite de la crueldad -que, en otras ocasiones, le había amenazado con suicidarse- y con el que mantenía una relación que ahora llamaríamos tóxica, le acabó golpeando en la cara -"siempre esa mano me acarició, excepto en una sola ocasión"-; un cuarto, un personaje externo, al que se acercó para intentar provocar a otro de los tres, la intentó violar. Eran juegos, buscando la autodestrucción, que acabaron cuando volvió a encontrar a Camus... 

"Y ya no nos separamos más". 

Admite su insociabilidad, el orgullo, la violencia. Y tantos otros, que aparecen, punteadas entre sus páginas. Su obra, dispersa, experimental, lírica, caótica, habla de sí misma. Como lo hacía, según ella misma admite, en sus interpretaciones teatrales. 

La muerte de los otros es descrita con dureza; en el hospital, los dos últimos meses de su madre. En el Madrid de la guerra civil encontramos el olor de los cadáveres mezclado con esa solidaridad masculina que descubrió años después junto a Camus. En la muerte de su padre, lenta, asumida por Santiago Casares con dignidad y una resistencia condenada. La de Camus, vivida desde fuera, ajena, hueca. 

Las tres imágenes de sus muertos: el cadáver de su madre, el de su padre y el "imaginado", porque no lo pudo ver, a través de una fotografía, tal vez inventada, de Camus, destrozado, en el coche. Yo también tengo en la memoria y fotografiados, otros cadáveres, los míos...


                                                                               V

No la pueden engañar, como nos siguen engañando. 

"...Me enteré de cómo las palabras libertad, progreso, dignidad, fecundan las cárceles, las cadenas de las fábricas, las oficinas o los campos de concentración. Como esas mismas palabras son convertidas por un mal uso en clisés irrisorios. Cómo la inteligencia se pone al servicio del lavado de cerebro. Vi cómo, a través de la confusión, pueden reinar el disimulo y la mentira a plena claridad. Cómo nos vemos conducidos a denunciar no la guerra, sino una guerra y que ofrece una buena ocasión para combatir los enemigos de rellano..."

¿No nos suena?

"... Fue allí (hablando de la dramaturgia nueva) 

donde pude gritar, donde supe que, en el grito o en el silencio, no escuchan más que aquellos que quieren verdaderamente comprometerse y que, para los demás, todo se presta a malentendido...". 

(Sobre la vejez) 

"... la edad en que se reconocen los límites que uno se ha trazado, la edad de las nostalgias, de las mil y una existencias a las cuales se renunció el día en que se hizo la primera elección para adentrarse en la existencia. La edad en que las mil y una existencias que no se han vivido llenan de melancolía el sueño de las noches en que se nos presentan desconocidas, irrecuperables..."


"... Solo que... ¡tiene que haber grito!..."