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domingo, 16 de febrero de 2025

GOYA Y ÓSCAR: BANALIDAD Y COMPROMISO y ANORA


Son extraños o, tal vez, previsibles los derroteros por los que transita el cine actual, la literatura, la novela, la poesía, la pintura o cualquier arte. Si nos olvidamos de lo que no llega al gran público -con pocos medios o experimental-, nos movemos entre la banalidad y un compromiso que no vaya demasiado lejos ni moleste demasiado. Como escribe Marta Sanz en su autobiografía literaria Los íntimos: "un líquido edulcorado que te hace cosquillitas en el paladar". 

En los Goya tendríamos La infiltrada, por un lado, y el 47, por el otro. En los Óscar, Emilia Pérez o La sustancia pertenecerían al primer ámbito en géneros tan clásicos como el musical o el gore. El compromiso amable lo encontramos en The brutalist, la obra épica que Hollywood busca para justificarse a sí misma cada año.


Si nos fijáramos en estos ejemplos podríamos concluir que solo la Historia o mirar hacia atrás con espíritu crítico nos salva un poco de la mediocridad, porque las reflexiones sobre el presente se convierten en una farsa sin sustancia, fuegos de artificio, placebos inconsistentes y ridículos. Y son décadas yendo en esta dirección.

Las modas forman parte de nuestra vida cotidiana. Siempre han influido en todo tipo de creación artística. Es más, sin ellas no existiría el arte. También sabemos que el tiempo es un juez implacable. Las modas pasan; las obras de calidad, los genios, los talentos que destacan en todos los periodos artísticos, los que se nutren de la tradición y lo actual para llegar más allá, si logran superar el paso del tiempo hasta nosotros, sobreviven y continúan emocionándonos. 

Sí, a veces también hay espacio para películas con buenas historias o que, por lo menos, podamos admirar o disfrutar de personajes maduros, complejos, sin necesidad de sangre, vísceras o espectáculos pirotécnicos o digitales. 

No dediqué a Anora ninguna entrada, porque la primera impresión que tuve al verla no me dejó con la sensación de que fuera una película redonda o magistral. Viendo el panorama de este año mis recuerdos, mi mirada la ha transformado. Y para mejor.


Tal vez porque nos encontramos ante un buen guion que busca simplemente contar una historia; aquí sí hallamos lo que deseamos los amantes del buen cine o, al menos, del clásico. 

Los personajes -al menos, los dos principales en una primera parte del metraje- son banales y superficiales: desean dinero, un buen nivel de vida, disfrutar sin responsabilidades. Inmadurez en estado puro. Como el arte o el ocio del que disfrutamos todos los días. La realidad es otra. En la segunda parte aparecen otros personajes -sobre todo, uno de ellos, un joven ruso que tiene que cumplir una misión bastante desagradable- que dan la vuelta a la tortilla. Y la narración cambia de dirección. No necesitamos parodias sanguinolentas como en La sustancia o espectáculos superficiales al estilo Emilia Pérez. 

A veces la sencillez es suficiente. El ruso se ha ganado nuestro respeto y el de la protagonista. En la escena final -no hay nadie que la haya visto que no la destaque- solo tenemos a dos actores en un espacio muy reducido; basta para dejarnos sorprendidos e impactados, para que nos quedemos con un nudo en el estómago. Transmite ese poso que solo encontramos en buenas películas. Y, aunque al principio, no nos llame la atención, no la olvidamos. Otras que obtienen un éxito tan perecedero como momentáneo, ni siquiera recordaremos en unos años por qué concitaron tanto interés. Los medios influyen, por supuesto, la publicidad, la propaganda y una intensa y profunda campaña de banalización. 

Tenemos todavía la sencillez: la única forma de supervivencia y de compromiso real que nos queda. 

domingo, 26 de enero de 2025

BANDA SONORA PARA UN GOLPE DE ESTADO


Entre los nominados al Oscar este año en la categoría de documental encontramos reportajes televisivos sobre la guerra de Ucrania o Palestina, el abuso infantil, las agresiones sexuales: propaganda hueca al servicio de intereses, los mismos que patrocinan esas guerras o estos temas; palabras vacías que entonan bien con el discurso oficial, el que asumimos todos los días, el que aceptamos para no ser apartados; mentiras que nos contamos a nosotros mismos. 

Banda sonora para un golpe de estado es otra cosa. Es un manual de cómo dar un golpe de estado. 


Construye un relato en el que aparecen el colonialismo, los derechos de la población negra de EEUU, la explotación sistemática de los recursos de todo un continente, África; los intereses económicos de las grandes potencias durante la guerra fría, la corrupción de las élites indígenas, la hipocresía de Occidente y de sus representantes y de sus democracias y de una ONU inoperante y cómplice. 

¿No nos suena? El asesinato de Lumumba sucedió en el año 1961. Y vuelve a ocurrir una y otra vez. En África, en Latinoamerica, en Asia, en Europa Oriental. Los rituales son los mismos; podemos ver, si nos fijamos un poco, ahora mismo los hilos de los títeres entre las bambalinas. 

La base sonora es el jazz, instrumento de propaganda, elemento de distracción; como puede ser la televisión o la boda de Balduino y Fabiola o el deporte. O el mundo virtual. Panem et circenses. Dinero -litio, petróleo, gas, cobre, uranio- y espectáculo y representación. Y sangre. ¡Ay, qué importante es mover los hilos y controlar la información! Y distraer al ciudadano para que no moleste. 

Sí, este documental es otra cosa.
Es contar la verdad de manera rigurosa y fiel. Es cine documental serio, valiente, original, atrevido, comprometido, veraz, contundente. Es historia y presente. 

No lo vean. Descubrirán que vivimos en una gran mentira. 


martes, 26 de diciembre de 2023

SÍ, PERO...: LA MEMORIA INFINITA DE MAITE ALBERDI Y LOS ASESINOS DE LA LUNA DE SCORSESE

 

Sí, pero... 

Hay películas u obras de teatro o de danza -estoy pensando en la última a la que asistí, el ballet de Lucia Lacarra, con unos últimos minutos impresionantes-, que, cuando las acabas de ver, te dejan una sensación como esta... Sí, está bien; incluso, yo diría que muy bien, pero... Y ese pero me despierta dudas...

Ambas ganarán premios y Oscars, seguro. Tendrán mucho público y emocionarán y entretendrán y ¿acaso no es eso lo que buscamos quienes intentamos o queremos contar historias? 

Sí, pero...

La memoria infinita nos habla del lento declive de un hombre al que le han diagnosticado Alzheimer, pero no solo desde su punto de vista, sino también el de su pareja. El que ella fuera ministra de Cultura con Bachelet y, sobre todo, actriz y él, un periodista que durante la dictadura y, más tarde, al llegar la democracia, contara lo que nadie se atrevía a contar, no es un detalle sin importancia. 


Alberdi sabe enlazar ambas memorias. La individual, que diluye su identidad, y la colectiva, que, en Chile, también, como en tantos otros sitios, prefiere la desmemoria. Es uno de sus grandes aciertos. Además, ambos nos regalan sus emociones; esa valentía, sin duda, nos acerca a ellos. Es una triste historia de amor, muy tierna y, sin embargo... 

Pensé en Amor de Haneke. 

¿Por qué esta me emocionó más? Sí, La memoria infinita nos ofrece momentos de ternura y amor; también de impotencia y dolor, cuando él se desespera, se pierde, no se reconoce a sí mismo y ella no sabe qué hacer. Sin embargo... No llega más allá. 

Recuerdo que, cuando mi tía abuela o mi tío abuelo perdieron la memoria, lo más desgarrador para mí, no era tanto que no me reconocieran o no supieran ni dónde ni quiénes eran o éramos, sino el deterioro físico, el olor que desprendían al no poder retener sus esfínteres. Esa fisicidad, brutal, terrible no logro captarla en esta película. 

¿Qué opciones tenía Alberdi, la directora de este documental, y la pareja del enfermo? ¿Mostrarlo  directamente, sin tapujos, no suavizándolo, sin medias tintas? ¿Que asistiéramos a las reflexiones y los pensamientos de ella, las que no le puede contar a él, porque no le ayudarían, porque le harían daño o porque no la entendería -hay alguna escena que va en esa línea- y que, sin embargo, todo el que vive esta experiencia tiene la necesidad de compartir con alguien? 

Es como si Maite Alberdi y, con ella, también los protagonistas, no hubieran querido ir más allá, porque hubiera sido demasiado doloroso o no hubiera gustado al gran público. Y, sin embargo, eso es lo que yo les pedía...

Sí, pero...

Scorsese mantiene el pulso. Tres horas y media de Los asesinos de la luna y ni nos enteramos. La historia está bien contada; Scorsese nos lleva en volandas; no aburre. 

Los diálogos entre el tío y su sobrino y los que mantienen el sobrino y su mujer construyen relaciones de dependencia que, sin duda, son lo mejor de la película y lo hace a un ritmo pausado y bien trabado. El final -un programa de radio a la manera antigua- es una variante muy inteligente para contarnos lo que ocurrió después. 

Sí, pero...

Esto podría ser una historia de gansters y no nos sorprenderíamos. Cambiamos algunos detalles y nos encontraríamos algo que ya conocemos, porque lo hemos visto muchas veces. No hay grandes novedades con respecto a sus últimas películas. No hay ningún riesgo y Scorsese lo sabe. 

Tal vez me hubiera gustado también que me atraparan; que no solo me entretengan o me cuenten una historia desconocida u olvidada, sino que también me emocionen, me destrocen, me atraviesen las entrañas o que encuentren nuevas maneras de mostrarnos una realidad tan cruel como la que nos narran. 

Tal vez sea yo... que les pido mucho más de lo que pueden darme.

jueves, 29 de diciembre de 2022

EL SALVAJISMO Y LA CIVILIZACIÓN

 

Dibujar es trazar ideas, metáforas de la realidad... Civilizar lo que nos aterra...


¿Es casualidad que las favoritas para los Goya y los Óscar del próximo año aporten su granito de arena en esa lucha eterna, en esa reflexión inmemorial desde el comienzo de la filosofía, entre el salvaje y el hombre civilizado, entre el caos y el orden? Quizá nos sentimos atraídos en estos tiempos, antes de que la catástrofe nos avasalle, por un dilema moral sin salida. 

¡Qué mayor grado de civilización que un mundial de fútbol en el que Argentina se ha impuesto en estadios construidos con el "sacrificio" de cientos de obreros muertos y para mayor gloria de una élite de tiranos amparados por los petrodolares y de unos empresas sin conciencia moral alguna, mientras en Perú dan un golpe de estado y matan en las calles a decenas de personas, sin que nos importe en absoluto! ¡Qué civilizado es esta guerra de Ucrania que enriquece a las grandes empresas armamentísticas, mientras las de reconstrucción esperan su momento, cuando ese país que ya no existe, se divida oficialmente en dos! Un nuevo telón de acero, aunque esta vez, sean dos sistemas capitalistas, ansiosos por controlar los recursos, los que se disputan la riqueza y el poder, bajo falsas premisas de democracia y libertad. Pero nos lo merecemos; somos cómplices, cuando los votamos o preferimos el mal menor o disfrutamos del panem et circenses... 

Me viene a la memoria la imagen inicial de la película de Peckinpah, Grupo salvaje.

Somos escorpiones y, rodeados por las llamas, nos clavaremos el aguijón. La Tierra, si sobrevive, estará mejor sin nosotros...


Mientras tanto, hacemos preguntas. El arte se encarga de hacerlas, plantea dudas... Y algunos, -directores o productores-, ganarán premios y dinero. Que el sistema, hasta que se clave el aguijón, se adaptará y sobrevivirá, incluso, a sus críticos o a sus artistas, más o menos amoldados al statu quo, es un hecho.

Me sorprende el tono ingenuo, casi bucólico de Almas en pena de Isherin, y la carga de violencia que aparece de manera puntuada. La sencillez de la trama, la simplicidad de los personajes no oculta el mensaje profundo que recorre toda la película.

Principios del siglo XX. Irlanda.
Al otro lado, en la costa, hay una guerra civil. A este lado, dos hombres, -hasta hace unos días, amigos-, se acabarán odiando. Uno busca dar sentido a su vida, civilizarse; el otro se siente a gusto en su entorno natural, no desea más que el terruño, sus animales y la pinta de cerveza diaria. ¿Por qué debería cambiar?
¿Quién es el salvaje? ¿Quién es el civilizado? La violencia, dicen, nos hace progresar. Sin ella, no habría evolución, nos quedaríamos en el mismo punto. No habría Mozart ni Einstein.
El salvaje pide “amabilidad”; el civilizado, como respuesta, se corta los dedos...

En A bestas, encontramos algo parecido. El civilizado es un francés -¿quién podría serlo, si no? ¿No es allí donde nacieron nuestras normas sociales de comportamiento y la democracia moderna, tras unas cuantas cabezas cortadas en la guillotina y varias revoluciones aplastadas a sangre y fuego?-; quiere llevar solidaridad y revitalizar una zona empobrecida; se esfuerza y trabaja como lo haría un Hesíodo amable y optimista que desea volver a la utópica Edad de oro. Pero los pobres no son buenos salvajes; no quieren seguir trabajando como bestias; prefieren el dinero que les ofrece una multinacional de la energía eólica.
Aquí, el salvaje, quiere civilizarse, conduciendo un taxi, convirtiéndose en un empresario autónomo, un emprendedor, aceptado por el sistema capitalista; rico o pobre, el salvaje 
detesta al nuevo inmigrante, sea elegante, cultivado y educado o nos venga en harapos, tras sobrevivir a una vallas en Melilla, a las palizas de un policía o a las olas del Mediterráneo: fronteras de una Europa en declive. Así que, el civilizado desea volver a nuestras raíces, ecologista de nueva planta, un Rousseau que no busca el beneficio inmediato. Las leyes no protegen la civilización, aunque, al principio de los tiempos, esa fuera su objetivo, como pensaría un Solón o un Voltaire, un Montesquieu o un Tiberio Graco; miran a otro lado o son impotentes.

En Alcarrás, el motivo es similar –una multinacional eólica (¿casual o es una realidad que no aparece en las crónicas oficiales de nuestros regímenes democráticos, preocupados porque el petróleo o el gas sea demasiado caro, despierte al pueblo narcotizado y les obligue a buscar alternativas?) ofrece dinero por las tierras-, pero aquí el documental se impone a la ficción, sin apartarla del todo. El conflicto se transforma en algo más íntimo, familiar: otra guerra civil entre hermanos. Los niños no entienden el lenguaje de los mayores. El mundo rural se transforma, pero no se sabe en qué dirección.

El monstruo en Mantícora o en Tar no es colectivo, sino individual. Ni siquiera él/ella sabe que lo es o no quiere admitirlo. Un hombre amable, tierno, educado/una mujer genial, arrogante, influyente esconden al salvaje que sueña con devorar al inocente niño/a. El monstruo solo puede sobrevivir, si, por un lado, él, el protagonista de Mantícora se convierte en un enfermo, impotente, atendido por una mujer “madre” que se transforma, a su vez, en una devoradora de almas, en una cruel y tierna cuidadora. O por otro, ella, Tar en una desterrada, una exiliada, paria y olvidada por un mundo hipócrita que antes la adoraba y ahora la ha expulsado del paraíso.

¿La película de Spielberg, The Fabelmans, responde a este paradigma? Tal vez no, aunque, si quitamos los conflictos familiares de clase media norteamericana -recurrente en todo el cine de Spielberg- y las pesadillas diarias que vive un adolescente de instituto, ¿no podríamos decir que el cine, en este caso, revela, ilumina los monstruos que nos acosan?

El cine le sirve al protagonista para afrontar sus miedos, deteniéndolos en el tiempo, repitiéndolos una y otra vez; también para descubrir la verdad, la que sus padres prefieren no ver. La sala de montaje se convierte en un lugar donde el mundo, el verdadero, - no el que creemos que es real-, se revela. El arte nos convierte en parias, como al tío materno; nos aleja de los seres queridos, pero nos descubre el horizonte que busca John Ford, interpretado por un gran David Lynch.

Debemos elegir: entre el arte o la vida. Entre ser salvajes o civilizados.

Sabemos que eso es imposible.


Escribir es trazar líneas con tinta para que sobrevivan al tiempo... 





sábado, 22 de enero de 2022

MEJOR PELÍCULA EXTRANJERA EN LOS OSCAR 2022


La preselección de los Óscar, de calidad bastante alta en los últimos años, es un fiel reflejo de los intereses y conflictos de nuestro presente. Así que hagamos un amplio repaso para saber quiénes somos. 

De la gran favorita, Drive my car, ya he hablado en una entrada anterior. También de la película de Aranoa.

Tengo ganas de ver la de Farhadi, otra de las favoritas, con El héroe.

Aparecen los temas conocidos del director con ese conflicto entre el individuo y la sociedad y la apariencia y lo que otros piensan o creen de ti, entre la mentira y la verdad; ese suelo ético tan frágil en el que nos movemos. 

No he visto ni la panameña ni la de Bután, aunque puedo imaginar que estamos ante ese guiño al localismo tan apreciado por los académicos que se encargan de la selección. No llegará a nuestras pantallas y dudo mucho de que alguna vez vaya a verlas. 

La de Bután es la típica película donde encontraremos buenos sentimientos y un país exótico. El tema es conocido: un profesor va a un lugar perdido de la mano de Dios y acaba adaptándose a las peculiaridades de sus habitantes y las dificultades materiales -entre ellas, dar la clase en un establo donde se encuentra un yak-. Los paisajes son muy bonitos, admitámoslo, y para verlo un domingo lluvioso y llorar un poquito seguro que funciona.

Plaza Catedral, la opción panameña, parece más interesante. La protagonista es femenina -eso es uno de los rasgos que comparten la mayor parte de las seleccionadas- y la trama se apoya en la relación que se establece entre ella, una mujer soltera, sin hijos -otro aspecto que observo en otras obras- y un niño, un superviviente de la calle, acostumbrado a la amenaza y la violencia. 

Por lo menos, existe el interés de mostrar una realidad más dura y realista y menos edulcorada, aunque la sensación que tengo es que la historia es previsible y muy poco original. Sé cómo se desarrollará, viendo el trailer, e imagino cómo terminará. Para Panamá, sin embargo, que no puede rodar muchas películas al año, es un privilegio haber sido seleccionada. 

Lo mismo le pasa a Kosovo. Su película, Colmena, es un biopic, bien rodado, pero con todas sus debilidades. La protagonista -nos encontramos ante una historia real- es una mujer que vive en un pueblo perdido y que, en un mundo de hombres, decide, tras perder a su marido en la guerra contra los serbios, montar un negocio con otras vecinas. Loa a un feminismo superficial, políticamente correcto -ya sabemos, la lucha feminista por la igualdad convertida en un mensaje sin sustancia- y, al mismo tiempo, a una empresaria que se hace a sí misma. En el país del capitalismo les habrá agradado esta visión tan amable. Y como sale un poco de un conflicto local, lejano, miel sobre hojuelas -nunca mejor dicho-.

Hablando de conflictos. Seguramente alguna de Ucrania en los próximos años nos llegará; que una guerra siempre necesita de propaganda. También hay que reflejar las guerras locales. No todas han llegado. La elección de Jordania fue apartada porque en Palestina no gustó. Es un tema terrible: contrabando de esperma de prisioneros palestinos. El tratamiento tal vez quería contentar y justificar a todos. A veces pasa.

De Dinamarca sí ha llegado Flee. 


Es un documental y, al mismo tiempo, animación. Y la guerra de Afganistán aparece; y el sufrimiento de un inmigrante, su éxodo, las formas de supervivencia, su soledad. Película de altura, que funciona y te cuenta, mejor que muchas otras que tienen actores en carne y hueso, sentimientos universales. 

De Escandinavia también -de allí sólo Suecia no ha sido preseleccionada- llega la finlandesa Compartment número 6. 

Una mujer que huye, en busca de su identidad. Una relación lésbica que la ahoga. Un viaje en tren bajo un duro invierno. El encuentro con un minero ruso en el compartimento. No la he visto; parece interesante. Se mueve en los parámetros actuales. 

De Islandia tenemos una película extraña, Lamb. En el que se mezclan el mito -enseguida piensas en el Minotauro- y la realidad cruda, la obsesión enfermiza, el dolor de un hijo perdido, el egoísmo, la relación de pareja... Son emociones muy primarias en un espacio terrible, donde sobrevivir obliga a decisiones radicales. A veces recuerda a un cuento; en otras, te das cuenta de que estás viviendo una pesadilla. 

En la película francesa, Titane, que no fue seleccionada, se llevaba esto hasta las últimas consecuencias. El personaje, un asesino adolescente, se transforma, sin que pueda evitarlo en un ser diferente. Me recuerda a las películas de Cronenberg donde los conflictos mentales acaban afectando al cuerpo, destruyéndolo, sin que el protagonista pueda evitarlo. Quizá demasiado salvaje y enfermiza para la sensibilidad americana o, incluso, para la nuestra. 

Fue la mano de Dios tiene detrás a otro de los niños mimados de estos tiempos. Es irregular como el mismo Sorrentino. Una primera parte con un estilo felliniano -la familia, los excesos mediterráneos, el mismo Fellini como personaje aparece en una escena-; una segunda parte tras la muerte de los padres marcada por la tragedia y la confusión del protagonista. 

Momentos en los que te emocionas; otros en los que te aburres y desconectas o que parecen más previsibles. Sorrentino tiene oficio, pero no es su mejor película, aunque la escena en la que le comunican la muerte de sus padres me llegó a lo más hondo. Sí, eso es lo que sientes cuando sabes que muere alguien querido. Yo mismo lo viví. Y Sorrentino lo sabe contar muy bien. 

En Great Freedom, la opción austriaca, se trata la persecución contra los homosexuales. 

Olvidados estos últimos años entre los temas candentes -hoy parece que estamos más interesados por historias en las que la mujer sea la protagonista; la moda es lo que tiene-, los dramas carcelarios funcionan siempre. 

Termino con cuatro historias feministas. Ya he comentado que la mayor parte de las historias giran en torno a mujeres en contextos diferentes. 

Playground, sería más bien la de una niña. Y la relación que establece con su hermano mayor. 

El acoso escolar parece, al principio, el tema central. El papel de los adultos es, sin duda, lo más flojo de la película. Funciona, en cambio, muy bien cuando se centra en los dos niños. Los matices con los que se construye el personaje femenino -la actriz está impresionante- hacen que la película interese y atraiga hasta el final. 

La segunda viene otra vez del Norte, Alemania. I´m your man me trae a la memoria uno de los episodios de Black Mirror, Be right back.

De nuevo una mujer soltera, independiente y sin hijos. Recibe un robot durante unas semanas en su casa y debe hacer un valoración al final del proceso. Ese robot tiene todas las cualidades del hombre perfecto, pero no deja de ser un robot. ¿O es más humano de lo que parece? La ciencia ficción y las distopías se abren camino en esta obra, más ambigüa de lo que pueda parecer a simple vista por este tono de comedia ligera, muy diferente al tono de Black Mirror, que nos obligaba desde el principio a pensar en las consecuencias éticas y emocionales, al recelo hacia lo desconocido y a nuestros monstruos interiores. 

En La peor persona del mundo tenemos desde Noruega el modelo de mujer actual en su protagonista.

Que toma sus decisiones, que elige de manera consciente, a pesar de los vaivenes y contradicciones, su propia libertad sexual y económica. No quiere ser madre ni puede o quiere mantener una relación de pareja estable. No hay juicios de valor; otras pueden hacerlo. Ella elige ese camino o... es lo que hay y hay que pencar con ello, si quieres ser libre.

Termino con Noche de fuego. Si la comparamos con la película de Bután no hay debate. Noche de fuego se sitúa en un entorno violento. 

Las mujeres trabajan en los campos de opio. No hay otra opción. Cada cierto tiempo llegan unos soldados -el mal, sin rostro y masculino- y raptan a sus hijas adolescentes. No vuelven a verlas. Las mujeres, solas, deben sobrevivir; sólo les queda la huída. El guion se centra en la relación de una de las hijas con su madre. El conflicto entre generaciones -el natural de una madre con su hija- deja de tener importancia en una realidad como esta. Al final se abre la posibilidad de una colaboración con otros poblaciones limítrofes para enfrentarse a los soldados, pero este no es un final feliz. Hay víctimas. Y nada hace pensar que vayan a cambiar las cosas de verdad. Es una película valiente. Tal vez, para algunos será demasiado realista. 

Conflictos, feminismo, distopías, mitos... Esta es la visión del mundo que el cine nos ofrece en el 2022. 

Si nos parecemos o no, dependerá de cada uno de nosotros. 





sábado, 23 de febrero de 2019

LOS OSCAR: REFLEJO DE ESTOS TIEMPOS AMBIGUOS Y CONVULSOS


A un par de días de la ceremonia parece que en Venezuela se prepara una invasión militar de Estados Unidos apoyado por la ultraderecha latinoamericana y una parte de esta nuestra Europa frágil y desnortada que necesita del petróleo a precios más baratos. Cuando nos llegue el oro negro y el dinero manchado de sangre, miraremos a otro lado, votaremos a los de siempre y compraremos en los centros comerciales.
Sanders encabezará una apuesta liberal y socialista; ¿llegará a calar en una sociedad como la americana, conservadora y reaccionaria? La socialdemocracia en Europa o la derecha liberal, alimenta el miedo al coco, a la ultraderecha o a los nacionalismos periféricos -que no dejan de ser un reflejo de la insatisfacción de millones de personas-; engordando sus propios nacionalismos -Estados en perpetua crisis y descomposición- para mantener un modelo económico injusto y que no han querido ni quieren cambiar. El objetivo es que todo siga igual. Los medios y los que mueven los hilos se encargarán de enviarnos esos mensajes, los que calarán en nuestro subconsciente en las próximas elecciones. Seguramente a corto plazo lo conseguirán aquí y en otros lugares.
Pero la gente sale a la calle; ¿se rebelará? Feminismo, crisis humanitarias, inmigrantes que caminan miles de kilómetros, que mueren en el mar, crisis ecológicas, cambio climáticos, desinterés y desconfianza hacia los modelos tradicionales.
La historia vuelve; los nietos y bisnietos heredan o asumen el legado de sus mayores. Hace ochenta años hubo gente que murió por la libertad. Se equivoca quien piense que en tres generaciones la gente se olvida; sobre todo, si los muertos no están bien enterrados.
El pasado vuelve; no es idéntico. Lo volvemos a interpretar, lo transformamos, lo manipulamos, lo adaptamos a nuestra realidad. Así es la memoria: nos miente, nos permite sobrevivir. Preferimos escondernos y ocultarnos a afrontarla cara a cara; pero esta sale, como un escupitajo, a su manera, por donde menos lo esperamos: un dolor de espalda, una muela picada, un pinzamiento, una crisis de angustia. Los fantasmas no desaparecen, aunque les demos la espalda.

Las películas americanas, las que compiten en los Óscares no son ajenas a este mundo en perpetua crisis.
Es difícil saber quién será la ganadora en unos días.
Hay bastante variedad y de gran calidad. Ya se sabe que tienen muchos recursos y capacidad para demostrarnos que asimilan con rapidez los cambios y aportaciones formales y temáticas que nacen en Europa, Latinoamérica o Asia.

Veo en Vice, una pseudobiografía de Dick Cheney, cierto paralelismo con nuestra El rey, con dos cualidades de las que la española carecía: humor y mezcla de ficción y documental.
No nos creemos una ficción -en Vice se ironiza con esto en alguna de las escenas, como la del falso final- ni un documental que nos hable desde el púlpito con un discurso "liberal". Parece que lo único que nos quedara en un mundo en el que cuatro personas deciden la vida de millones es el humor, muchas veces, sangrante y doloroso.

Roma, aunque también refleja una época de conflicto, como es el México de los años sesenta, y la situación de las mujeres inmigrantes, indefensas y sometidas, es más nostálgica. El punto de vista se suaviza, porque es el del director, un niño de clase media-alta que elige ponerse en la piel de una mujer pobre, una criada. Estéticamente es la mejor, a la altura de Cold War -que también muestra el ambiente de los años sesenta, aunque esta vez del otro lado del telón de acero-, pero se adapta mucho mejor a lo que se espera de una película para un gran público.

La favorita es más sutil. Película de época, -se desarrolla en el siglo XVIII-, sí, pero habla de corrupción, de lucha por el poder, de la manipulación en los entresijos de un gobierno, ajeno a la mayor parte de la gente. Su cáscara formal, impecable, oculta un mensaje subliminal mucho más profundo, que no sé si muchos espectadores captarán.

La cuota para la comunidad negra la tenemos con Spike Lee en su Infiltrados en el Ku Klux Kan -la ultraderecha ha llegado para quedarse; es más, está ya en el poder o decide los temas a tratar y cómo se deben tratar- o Black Panther. Incluso en la amable The green book; aquí tenemos un recorrido por el sur americano en los años sesenta -de nuevo esa época clave para entender dónde nos encontramos en estos momentos-, un road movie con dos personajes opuestos que acaban siendo amigos.
¿Podrás perdonarme algún día? es también agradable, aunque el tema del engaño -al amigo o a uno mismo- y la escritura se mezclen como una parte indispensable de la sociedad en la que nos movemos.

Es posible que el sistema no se pueda cambiar. Quizá estemos condenados a desaparecer como especie, tarde o temprano. Quizá nos lo merezcamos.
Mientras tanto, es posible que sólo nos quede seguir lanzando botellas al mar.
Y en el futuro, tal vez, alguien lea los mensajes desesperados que estamos enviando.

viernes, 14 de febrero de 2014

NO SIEMPRE HAY FELICIDAD NI PERFECCIÓN, LOVERS


Hay obras maestras, películas que dejan una huella intensa y profunda en nosotros; con otras, disfrutamos y nada más. Que está bien, por supuesto.
Me ha ocurrido con dos películas recientes.
Las dos son películas de carretera, al menos, entran en ese género. Las dos ganan premios; las dos reciben el aplauso de los críticos. Las dos están bien... y punto.
Una es Nebraska, una de las favoritas de los Oscares -en mi opinión, debería ser esta la vencedora, pero ya se sabe con los premios-, de Payne. La historia de un padre y su hijo, con un personaje secundario, el de la madre, fantástico.


Otra es la de Trueba, reciente vencedor de los Goya, con Es fácil vivir con los ojos cerrados, la historia de un profesor que quiere conocer a Lennon y se hace un viaje con dos adolescentes. Trueba es un ejemplo de seriedad profesional e inteligencia en un mundo como el nuestro donde siempre tienes la sensación -sobre todo si ves la televisión o lees la prensa- de que hay muchos estúpidos o se lo hacen, cuando les interesa.



La vida no siempre nos proporciona momentos de felicidad; suelen ser pocos y escasos. Algunos, en soledad; otros, compartidos.
Luego vienen los desencuentros, los "yo no sabía que robabas millones de euros, cariño", "no aguanto a tu padre y sus aventuras africanas" o cosas parecidas.
No siempre hay felicidad plena ni perfección, enamorados.