Jano, el dios de las dos caras lo sabía. Somos como el ave fenix; mientras respiremos, mientras nuestro corazón lata y nuestro cerebro imagine palabras y emociones.
Hay finales que son comienzos.
Fue la última película de Clark Gable y Marilyn Monroe: The Misfits; escrita por Arthur Miller como un regalo para ella: un regalo envenenado, porque el personaje que interpreta es, sin duda, la Norma Jean vulnerable y frágil que acabaría suicidándose. Es una historia de perdedores -Gable moriría a la semana de rodaje por un infarto; Clift, alcoholizado; y sus personajes son un reflejo de ese dolor y esa tristeza-. Por eso, tal vez, un final tan esperanzador te emociona tanto.
El sur de Víctor Erice empieza por el final.
¿Qué le espera en el sur a la protagonista después del suicidio de su padre? ¿Un aprendizaje vital? No lo sabemos; Erice hubiera querido contarlo, pero no pudo. Tal vez nos baste con imaginarlo...
En El sol del membrillo el final es luz y crecimiento. El cine que alimenta los sueños y refleja el paso del tiempo. Y la primavera, que siempre llega.
El mundo de Apu es la tercera parte de una trilogía de Ray. La vida de Apu comienza con una infancia en la que la figura de la madre es esencial; luego, llega la adolescencia donde se imponen las ansias de libertad. Finalmente, en esta tercera, asistimos a la madurez del personaje.
Sin quererlo, se casa con una mujer a la que acabará amando, pero en el parto ella muere. Apu culpa al niño de la muerte de su amada y lo abandona junto a sus abuelos. Sin embargo, unos años después, vuelve. Quiere cerrar heridas. Sin darse cuenta, ha regresado, para asumir su paternidad, pero, por un lado, él tiene que perdonarse a sí mismo y, por otro, debe ser el niño quien le acepte como padre.
Apu espera, desea que el niño se acerque. El niño duda. El padre lo anima. Se abrazan; ya no volverán a separarse.
Los Dardenne dan a Rosetta una oportunidad. Una vida en la marginalidad ha convertido a nuestra protagonista en un monstruo que solo sobrevive, con escasos medios, tras una coraza insensible, llena de ira. Las lágrimas finales la convierten en un ser humano.
Hay un comienzo en la sonrisa y la mirada de esa joven a la que Marcelo no puede escuchar en La dolce vita de Fellini: la ingenuidad y la inocencia y, al otro lado, una sociedad superficial y corrompida.
No olvido el buen consejo de Nanni Moretti en Caro diario. Un vaso de agua se transforma en un canto a la vida.
En Antes del atardecer dirigido por Linklater y colaboración en el guión de ambos actores, tenemos a Julie Delpy marcándose un baile, seduciendo a su compañero.
Vas a perder el avión -dice ella-.
Lo sé -responde él-...
En Eternal sunshine of the spot de Michel Gondry y Charlie Kaufmann, tras intentar olvidar su fracasada relación -borrando sus recuerdos; ¡qué ilusos!, ¿no sabemos todos que sin memoria no tenemos identidad?-, de nuevo los dos protagonistas, reconociéndose a su pesar, volverán a intentarlo. El Ok final es una apuesta. ¿No es eso siempre amar: arriesgar?
En la calumnia de William Wyler, basada en la obra de teatro de Lillian Hellman, el personaje que interpreta Audrey Hepburn ha perdido a su mejor amiga, que se suicidó: víctima de los rumores de una sociedad pacata e hipócrita, víctima de sí misma, incapaz de aceptar sus emociones y su identidad sexual. ¡Solo dos generaciones nos separan de estas tragedias que eran, no hace tanto tiempo, cotidianas!
La mirada de Audrey Hepburn, su dignidad, despreciando a todos, caminando sola, orgullosa, segura de sí misma, no es un final, sino un comienzo brillante, espléndido.
De Woody Allen hay muchos finales que recordar. La despedida y Manhattan con la música de Gershwin es inolvidable. Solo por ese final Woody Allen formará parte para siempre de la historia del cine.
También me gustan los de Macht point o el de Annie Hall...
O el de Septiembre, con cierto parecido al Tío Vania de Chejov o su adaptación de Malle o el Drive my car...
Pero el que más me emociona termina en una pantalla de cine.
El lugar que, en muchos malos momentos, me permitió, como a la protagonista de La rosa púrpura del Cairo, sonreír, seguir adelante y comenzar de nuevo...
El año 2023 se muere. Y la muerte, siempre es un buen final; es el final, al menos, para quien no cree que haya algo más allá del último estertor.
Vuelvo al Hollywood clásico. En él destacaron Kubrick y John Huston.
Hicieron de todo, se movieron como pez en el agua en cualquier género. Kubrick seleccionó más. Se consideraba, seguramente, un autor. Todos conocemos el final de Senderos de Gloria, que se desarrollaen medio de una las mayores masacres que ha llevado a cabo el género humano: la primera guerra mundial. No hay más que decir sobre él; solo, disfrutarlo.
Pero no era este final del que quería hablar, aunque me conmueva y mucho.
Ya que estoy, menos lírico es el final de Eyes Wide Shut, su última película, aunque, eso sí, mucho más realista. Un matrimonio está haciendo aguas. Amarse para siempre, dice él; ella prefiere variar los términos...
-Hay algo que tenemos que hacer cuanto antes..., dice ella. -¿El qué?... -pregunta él.
-Follar...
La última palabra de la filmografía de Kubrick, sin duda, no deja indiferente.
John Huston es un clásico y hizo muchas películas de encargo. En algunas dejaba su sello personal. No creo que se considerara un autor; tal vez pensara en sí mismo como un profesional, pero demostró siempre saber mirar lo que tocaba con un punto de vista diferente. La jungla de asfalto es una de esas películas de género que dicen mucho más de lo que parece. Su final, después de un argumento donde ningún personaje se salva de ser o un asesino o un buscavidas, te sorprende por un lirismo soberbio. El asesino, un pobre diablo que siempre ha estado fuera de lugar en la ciudad, quiere regresar, con una bala en el cuerpo, desangrándose, a la tierra donde fue un niño y es allí, junto a los caballos a los que amó, donde morirá...
Quiero pensar que Peckinpah era muy consciente, cuando escribió el final para su primera película, Duelo en la alta sierra, de este de Huston. El resto de su filmografía es mucho más violenta y rompe los esquemas del western tradicional, pero en esta se atiene a sus reglas. Y los temas de Peckinpah ya están ahí. El final establece una relación entre la Naturaleza y un mundo que se termina. El de una amistad recuperada; tal vez, lo más importante. Hay dignidad en esa muerte, aunque su vida haya sido inútil.
"...He visto cosas que vosotros no creeríais... Atacar naves en llamas más allá de Orión; rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhäuser... Todos esos recuerdos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia...". No es estrictamente el final de Blade Runner de Ridley Scott, pero como si lo fuera... Demasiado manido, pero sigue funcionando; algo tendrá...
Si los muertos son fantasmas o los delirios de una mujer reprimida, entonces, no puede haber otro final que este. La mejor versión de la historia de Henry James, dirigida por Jack Clayton, Los inocentes.
La primera película que recuerdo y que me marcó profundamente en mi infancia es otra de Jack Clayton, El increíble hombre menguante. Recuerdo el miedo a desaparecer como le ocurría al protagonista. En su final hay un canto a la infinitud del universo y la constatación de nuestra insignificancia.
Chantal Akerman en Jeanne Dielman, 23 quai de commerce da una lección de cómo la locura puede llegar hasta en los momentos más cotidianos, cuando la realidad social y los rituales diarios te someten a unas normas que coartan la libertad, sin que nos demos cuenta. Y la manera en que lo narra, te deja sin palabras.
La pena de muerte y un musical con Bjork en Dancer in the dark de Lars Von Trier. Y, después de la música, el silencio...
Y más sobre la pena de muerte. Los últimos minutos de No matarás de Kieslowski -hay un hermoso epílogo, sí, pero este es el final- te hacen odiar. Odias el asesinato que lleva a cabo el protagonista y odias, aún mucho más, la ejecución del asesino: brutal, sucia, cruel, despiadada, fría...
El verdugo de Azcona y Berlanga tiene un epílogo en el que contrasta la diversión de los turistas en Mallorca con la historia central: un pobre hombre que se hace verdugo para sobrevivir. El final es otro: es el del verdugo, un exenterrador, que tiene que ser arrastrado para que cumpla su misión. El horror que vimos en No matarás -los mismos gestos-, aquí se convierten, como en un espejo deformante, en sátira, esperpento y humor negro.
Los samuráis muertos, los que han sacrificado su vida por aldeanos que nunca se lo agradecerán, son el último homenaje de Akira Kurosawa en Los siete samurais.
El final de Vértigo de Hitchcock no admite medias tintas. La soledad del protagonista ya es absoluta; no le queda nada, ni siquiera la esperanza de un futuro. Está curado; ha descubierto la verdad, sí, pero eso solo le ha llevado al borde de un precipicio.
¿Y no estamos todos en estos tiempos, como Scottie, sin salida, mirando el vacío?
La música de Leonard Bernstein en West side story de Robert Wise con una extraordinaria interpretación de Natalie Wood cierra una historia de sangre y dolor.
Te adoro, Anton...
En El Gatopardo Visconti recupera la memoria de su clase social, los recuerdos de su infancia, los relatos de sus antepasados. Es el final de un mundo, en el que todo cambiará, para que todo siga igual, como dijo Lampedusa.
Décadas después Bertolucci en El cielo protector le da un papel secundario a su autor, Paul Bowles. Y, aunque nada tienen que ver Lampedusa con Bowles, al final de sus vidas se reconocen. La última reflexión de Bowles, mientras nos mira, es la de aquel que espera la muerte y la acepta como una parte indispensable de la vida.
"¿Cuántas veces pensamos en ese momento de la infancia que fue tan importante? ¿Tres, quizá cuatro? Y, sin embargo, creemos que todo es ilimitado..."
Donnie Darco decide cambiar el destino de sus seres queridos y les regala la vida, aunque eso suponga su propia muerte. ¿Es la historia de un loco o de un viajero del tiempo? Lo importante es la sensación, la intuición que nos queda, la que sienten los personajes, mientras escuchas la melodía de Madworld, de que lo vivido por el protagonista ha sido real, aunque nadie lo recuerde.
Nadie puede curar la desesperación que siente el personaje de Shirley MacLaine en La calumnia de William Wyler. Ni siquiera el afecto de la persona que tanto la quiere, a la que tanto ama. Su última mirada, vulnerable, tierna, doliente es la más hermosa despedida, el más desolador adiós a la vida...
La última película de Huston fue Dublineses, una adaptación del relato de James Joyce. Era difícil, pero, en mi opinión, no solo consigue reflejar el espíritu de la novela; llega mucho más allá.
La mujer de la protagonista ha recordado un viejo amor, tras escuchar una canción tradicional irlandesa. Se lo confiesa a su marido. Mientras ella descansa, él reflexiona sobre el amor y el paso del tiempo. El último plano de la filmografía de un director que fue mucho más que un artesano.
"...Sí, la nieve está cubriendo toda Irlanda, cae sobre toda la llanura central, sobre las colinas despobladas, suavemente cae sobre los pantanos de Allen y, más lejos, hacia el oeste, cae suavemente sobre las oscuras y revueltas aguas del Shanon. Uno a uno, todos nos convertiremos en sombras... ¡Cuánto tiempo has guardado en tu corazón la imagen de los ojos de tu amado, diciéndote que no deseaba vivir! Yo no he sentido nada así por ninguna mujer, pero sé que ese sentimiento debe ser amor. ¡Piensa en todos los que alguna vez han vivido desde el principio de los tiempos, y en mí, transeúnte como ellos, fluctuando también hacia su mundo gris, como todo lo que me rodea. Este mismo sólido mundo en el que ellos se criaron y vivieron se desmorona y se disuelve.
Cae la nieve. Cae sobre ese solitario cementerio en el que Michael Furey yace enterrado.
Cae lánguidamente en todo el Universo y, lánguidamente cae, como en el descenso de su último final, sobre todos los vivos y los muertos..."
El cine ruso o, más bien, el soviético es uno de los grandes desconocidos. Siempre lo fue, ya desde la guerra fría. Pero de allí surgió un Eisenstein durante el periodo mudo.
Solo con el final de La huelga -y tiene también Octubre y El acorazado Potemkim- entraría en la Historia del cine.
Después hubo nombres que destacaron, sin duda. Tarkovsky salió de allí y huyó a Occidente, pero no pudo negar que aprendió y mucho de sus compañeros, aunque estos se quedaran en Rusia.
Quizá el final que más me gusta de sus películas es el de Stalker. Obra de ciencia ficción que, como en toda su filmografía, acaba teniendo implicaciones filosóficas más profundas.
No me alejo mucho, si menciono La ascensión. No es el final, pero para mí, el epílogo que viene después, es un añadido innecesario de una directora rusa escasamente conocida, Larisa Shepitko. Es una ejecución de unos inocentes -del 1:33:00 a una 1:38:00- por parte de los nazis para atemorizar a las gentes de un pueblo ucraniano invadido. Toda la planificación te pone los pelos de punta.
Sin alejarnos mucho -Suecia está al lado- podemos pensar en Bergman. Tiene otras obras más conocidas, pero el final de El manantial de la doncella, por su sencillez, me emociona.
La hora del lobo, también...
Cuando pasan las cigüeñas sorprende, porque una historia de amor se transforma en un canto colectivo a la lucha contra el nazismo de todo un pueblo. Se alcanza el paroxismo estético hasta el imposible. Conocida es esta escena: una grúa, que ni en los mejores sueños húmedos de Spielberg -por cierto, un director que no sabe hacer un buen final, a pesar de su talento; siempre le salen sentimentales o ñoños-.
El final de esta película tendría que ser trágico. El chico ha muerto; ella se ha quedado sin el hombre al que amaba, pero, no, los rusos han vencido. Los nazis perderán. Y todo el pueblo saluda a sus héroes.
La tristeza individual no tiene importancia, cuando todos unidos hemos conseguido librarnos de la tiranía y el fascismo.
En los años sesenta se experimentó y mucho. Se buscaron nuevos caminos que desde el cine mudo nadie se había atrevido a transitar.
Fue, sobre todo, el cine francés quien lo intentó con mejores resultados.
Les precedieron grandes nombres: Carné, Claire, Tourneur, Jean Vigo y Renoir.
En Atalante, la última película de Jean Vigo, encontramos algunos elementos experimentales que aún suscitan nuestro interés.
Zero en conduit de Vigo es un alegato contra la educación tradicional decimonónica: no hay más camino, entonces, que la rebelión y el caos.
El último plano, la última secuencia de la filmografía de Jean Renoir -podría haber elegido Un día en el campo, un maravilloso canto a la alegría, o La regla del juego, una crítica feroz a la burguesía o La gran ilusión, un alegato antimilitarista-, terminó en la India. El río se convierte en una reflexión elegante sobre la vida y el paso del tiempo.
La siguiente generación bebió de estos clásicos y, aunque muchos asumieron con el tiempo las convenciones tradicionales y participaron en la industria, nunca olvidaron sus orígenes, ofreciéndonos grandes obras: Truffaut, Rohmer, Malle, Varda...; otros continuaron por ese camino, entre ellos, en la Novelle Vague, Jean Luc Godard o Chris Marker.
A bout de souffle abrió la veda.
Rohmer apostó por la sencillez. Tan fácil como contemplar Un rayo verde, si quieres ser feliz...
¿Lo era su protagonista en Los cuatrocientos golpes de Truffaut cuando nos mira, tras una carrera infinita, al llegar al mar?
Vania on 42 street de Louis Malle. Las últimas palabras de Sonia escritas por Chejov. Aceptar la derrota con dignidad.
Revisitado en Drive my car de Murakami.
En Italia estaba Antonioni. El final de La aventura, sencillo, sobrio, contundente es un buen ejemplo de sus obsesiones y de su talento.
Pero es en El eclipse donde encontramos su final más experimental.
Varda que nos sorprendió siempre hasta el final, conservando un aire juvenil y atrevido en sus documentales, hizo una primera película de ficción, Cleo de 5 a 7. Allígritó un inmenso sí a la vida, porque la muerte siempre está muy cerca...
El Hiroshima, mon amour de Resnais y Yourcenar lleva lo experimental a un nuevo nivel. El pasado se mezcla con el presente en una historia de amor que se repite como un bucle, en un espacio que se desdobla, en Nevers, en Hiroshima, con múltiples aristas.
Al final, el nombre se convierte en una forma de reconocerse a sí mismo y al otro, de aceptar la memoria y no olvidar...
Olvidar es lo que no puede suceder cuando hablamos del Holocausto. El final del documental Noche y Niebla de Alain Resnais nos recuerda que ahora mismo, mientras estás leyendo esto, está ocurriendo...
"Mientras ahora les hablo, la gélida agua de los estanques y ruinas llenan los huecos de las fosas comunes, así como un agua fría y opaca como nuestra mala memoria. La guerra se adormila, con un ojo siempre abierto. La hierba fiel ha regresado de nuevo al patio de formar, en torno a los bloques. Un pueblo abandonado, aún lleno de amenaza. El crematorio ya no se usa. La astucia nazi está pasada de moda. Nueve millones de muertos en ese paisaje. ¿Quiénes de entre nosotros vigila desde esta extraña atalaya para advertir de la llegada de nuevos verdugos? ¿Son sus caras en verdad diferentes a las nuestras? En alguna parte entre nosotros, afortunados capos aún sobreviven, reincorporando oficiales o desertores desconocidos. Hay quienes no lo creen, o sólo de vez en cuando. Con nuestra sincera mirada examinamos estas ruinas, como si el viejo monstruo yaciese bajos los escombros. Pretendemos llenar de nuevas esperanzas, como si las imágenes retrocediesen al pasado, como si fuésemos curados de una vez por todas de la peste de los campos de concentración, como si de verdad creyésemos que todo esto ocurrió en una época y en un solo país.
Y pasamos por alto las cosas que nos rodean y hacemos oídos sordos al grito que no calla".
Chris Marker colaboró en el guión de Noche y Niebla.La jetée de Chris Marker es, sin duda, una de las obras experimentales más conocidas por los cinéfilos. Los escasos veinticinco minutos que dura el cortometraje no dejan indiferente a nadie. Es una película de ciencia ficción y una extraordinaria historia de amor, más allá del tiempo. Son solo fotografías y una voz en off que nos atrapan hasta el final.
Y ese final, circular, y, al mismo tiempo, necesario. La infancia y la muerte, unidas en un instante. El recuerdo, antes de ser vivido.
El amor que se rebela contra el único final que nos espera a todos.
El amor es un sentimiento muy complejo. Nos destruye, nos hace daño y también nos descubre lo que somos; abre caminos de felicidad... Estamos vivos y por tanto, amamos... Amamos y, por tanto, estamos vivos.
Las relaciones de pareja siempre han sido un filón. En los últimos años esas relaciones se han ampliado más allá del convencional hombre-mujer. El matrimonio o las relaciones y su definición ha variado.
Dos finales, escritos por mujeres y que, además, las convierten en protagonistas, me emocionaron no hace mucho.
La primera fue Carol, una novela de juventud, escrita por Patricia Highsmith, que más tarde se especializó en el género de misterio. Sin embargo, Carol, dirigida por Todd Haynes, es solo una historia de amor entre dos mujeres, una madura y otra que empieza a vivir sus primeras experiencias en la Nueva York de los años cincuenta. En este final la joven ha decidido arriesgar: cambiará la vida de mujer tradicional, con novio, por otra muy diferente; busca a su amante en un restaurante. La música oculta el ruido de fondo; el violín de la orquesta y el piano abren el camino, nos despiertan la emoción, acompañan los latidos de su corazón, nos muestran sus dudas. De repente, cruzan sus miradas, sonríen: se abre un futuro lleno de interrogantes, pero, sin duda, apasionante.
En Una mujer en llamas de Céline Sciama la visión es plenamente femenina; también nos encontramos en un mundo de hombres, en el siglo XVIII o XIX, donde las mujeres no pueden casarse con quien quieran y dependen de otros -marido, padre- para poder ser artistas. Hacía años que las dos no se veían. La protagonista, según nos confiesa en una voz en off, vio a su amante por última vez en la opera. Y mientras la otra escucha la obra de Vivaldi, todas las emociones -dolor, alegría, pasión, desesperación, aceptación- atraviesan como un huracán su rostro y su cuerpo.
David Lean es tal vez el que mejor supo contar las historias de amor. Dr. Zhivago, la primera cita de mis padres, es un buen ejemplo. Sin ella, yo no estaría aquí. En Breve encuentro tenemos un final precioso. Ella ya no volverá a ver al hombre que ama; ha elegido a su marido, al que también quiere. Este intuye su tristeza y la arropa. Y le dice: "Gracias por volver conmigo". David Lean podía haber terminado con la despedida de los amantes, pero esta secuencia, sin duda, es un hermoso broche.
Un amor puede estar condenado desde el principio. En El tercer hombre, ella nunca le perdonará que traicionara a su amigo, aunque fuera un asesino; nunca le perdonará que colaborara con los vencedores; por eso continúa su camino y nuestro protagonista debe aceptarlo con elegancia...
Como antítesis perfecta de El tercer hombre tenemos a Charlie Chaplin en Tiempos modernos, la despedida de Charlot, una creación cinematográfica que ha superado el paso del tiempo.
La soledad puede ser una opción, si el entorno o las circunstancias no permiten otra salida. Además, la venganza se sirve en un plato muy frío. El personaje que interpreta Olivia de Havilland en La heredera de William Wyler, basada en el relato Washington Square de Henry James, cierra todas las puertas. Ya no es una mujer inocente y vulnerable; ahora es brutal y despiadada.
-"Antes quería mi dinero; ahora también quiere mi amor...
-¿Cómo puedes ser tan cruel?...
-He tenido muy buenos maestros..."
Es una mujer independiente, un témpano de hielo la que sube en el plano final las escaleras; escucha los gritos desesperados de su amante. Sonríe.
En Stromboli de Rossellini, en cambio, la soledad es impuesta. Ella huye de los hombres y mujeres que la han aislado -eligió amar a un hombre para escapar de la prisión y ahora es una paria y una extranjera, despreciada por todos-, busca refugio en una Naturaleza terrible, dura; se arrastra, desesperada, tropieza, cae, vuelve a levantarse, en una escena que dura casi diez minutos; al final, pide ayuda a un Dios que no la escucha.
El grito final de Ingrid Bergman, en inglés.
Este final me recuerda, salvando las distancias, al de Duelo al sol de King Vidor. Ella también se arrastra, se destroza las manos, para morir junto a su amor y su enemigo... Amor fou en estado puro.
En La vida de Adéle, Blue is the warmest color, la protagonista se aleja de nosotros; la historia de amor que cambió su vida, que le permitió descubrir quién era ha terminado. Imaginamos que otra comienza, cuando gire la esquina...
En los últimos veinte, treinta años -al menos, en el cine occidental-, este final se repite bastante a menudo. Como sucede en la obra de Lillian Hellmann La calumnia -escrita en los años treinta- o en Casa de muñecas de Ibsen -a finales del siglo XIX-, la protagonista toma una decisión que rompe con la idea tradicional de lo que debía o no debía hacer una mujer. Y encontramos así a una mujer que camina hacia nosotros, a otra que se aleja; la encontramos sentada, pensando, o trabajando en su despacho o bailando. Siempre sola, satisfecha, decidida, aunque el futuro esté repleto de incertidumbres. Las relaciones de pareja ya no acaban en matrimonio e hijos, ni ellas deben amoldar su vida a la del hombre, como antes; pero, está claro, tener una vida independiente supone sacrificios en esta sociedad competitiva nuestra y la mujer ha de elegir un camino propio, como se cuenta en dos planos y de manera muy sencilla en La peor persona del mundo. Toda elección supone perder y ganar algo.
En Gloria de Sebastian Lelio, como también ocurre en Un amor de Coixet, el baile es liberador.
Por eso la Jackie Brown de Tarantino intuye, adivina, mientras canta, que la libertad es siempre solitaria. Tiene sus pros y sus contras y hay que pencar con ello.
Puede haber, a veces, otra oportunidad.
Aunque pueda acusársele de suavizar la novela, sin duda, el final de Desayuno con diamantes de Blake Edwards, emociona gracias a Mancini y a una Audrey tan vulnerable y tan tierna...
No siempre se puede recuperar ese amor de juventud. El tiempo ha pasado. Y un asomo de tristeza se vislumbra, cuando escuchamos la música de Legrand en Los paraguas de Cherburgo de Demy.
Hay quien como Will Penny piensa que ya es demasiado tarde. It´s too late for me... confiesa a su amada; conmovedora y desoladora despedida con su trágica vulnerabilidad.
Hay quien, al descubrir que alguien le ha amado de verdad, se dirige a la muerte con una sonrisa en los labios. El protagonista de Carta de una desconocida de Ophuls, reconociendo que su vida ha sido un fracaso, afronta su muerte con dignidad y valor. Ha sido amado; la vida valió la pena.
¿Y el amor más allá de la muerte? El fantasma y la Sr. Muir por fin podrán vivir su amor para toda la eternidad....
El último gesto de amor puede ser matar al ser amado -porque no hay otro remedio- y ser enterrados juntos donde caiga una flecha; es una de las escenas finales más hermosas de la historia del cine y una declaración de amor maravillosa. Te amo más que... a Dios, dice Audrey Hepburn en el papel de lady Marian. Y Sean Connery, como Robin, lo entiende. ¡Quién no lo entendería!
Y junto a Audrey Hepburn en mi corazón está Romy Schneider. En Lo importante es amar tenemos otra declaración de amor desesperada... Esta vez, sin palabras. No son necesarias...
El final de Amor de Haneke es desolador. El sufrimiento de los dos es tan terrible que deseamos que se acabe ya... Matar a alguien que sufre tanto es la única manera que tienes de escapar de tanto dolor.
Recuerdo después un epílogo. Él desaparece; ha muerto con ella. Y nos quedamos en las habitaciones vacías, el hueco que los espacios nos dejan: la ausencia...
En No amarás Kieslowski salva a su protagonista. En la versión televisiva la condenaba en la última secuencia con un gesto de desprecio y de indiferencia por parte del joven; ella le había humillado y él intentó suicidarse. Sin embargo, en la película imagina una caricia, un gesto sencillo. Ella también es capaz de amar y de ser amada... Cierra los ojos.
Solo el amor nos puede salvar del infierno... El ratero en Pickpocket de Bresson lo comprende en el plano final...
También hay amores que pueden surgir por carta. La carta final. 84 Charing Cross Road es la dirección de la librería en la que trabaja un Anthony Hopkins contenido y elegante y a donde la cliente, una Anne Bancroft espontánea y vital, le envía una y otra vez cartas pidiéndole libros descatalogados. Las cartas que se leen a lo largo de los años desde Nueva York a Londres construyen piedra a piedra una relación íntima, imposible de catalogar. Los libros -su olor, su tacto- son el material físico con los que ese amor se realiza. Aunque hay un epílogo -ella finalmente visitará la librería, pero para entonces él está muerto-, este, para mí, es el final. Es la última carta que se escriben. La complicidad que hay entre ellos me emociona.
Una pareja viaja a Italia. La relación no va bien, naufraga. Ambos, aunque no lo digan, piensan que el divorcio es la mejor solución. Mientras dudan qué decisión tomar, visitan museos, recorren las calles de Nápoles. Una mañana visitan Pompeya. Discuten. Parece que es el final. Un guía italiano les comenta que en una excavación han encontrado dos cuerpos, el de un hombre y una mujer. Asisten a la excavación. Los dos están abrazados.
Hanno trovato la morte insieme, uniti...
Ella, Ingrid Bergmann, no puede soportarlo más y se marcha.
Ci sono tante cose que non t´ho detto.
Y llega el final. Se topan con una fiesta, una celebración religiosa. Entre la muchedumbre, se separan; se llaman, se necesitan, se reencuentran. ¿Tendrán una segunda oportunidad?
Quizá lo importante sea esa luz, esa energía que el lugar les transmite. Un plano final, puro documental, cierra la película. Italia y el Mediterráneo: una celebración de la vida, del amor...
Nunca debemos arrepentirnos de amar, aunque fracasemos una y otra vez; es eso lo que nos hace humanos.
Estuve en Tokyo y Kyoto hace unos años, poco después de que muriera mi madre. En Kyoto reservé un alojamiento cerca del centro, a unos pasos del río. Era una habitación bastante amplia y muy cómoda, en un bajo.
Tras una mampara corrediza, contiguo a la habitación, había un jardín japonés semiabandonado, descuidado; estaba separado de la calle por un muro de unos cuatro o cinco metros. Uno de los mayores placeres de ese viaje fue este: cuando me despertaba, echaba un vistazo al jardín, abría la mampara, salía afuera, paseaba un rato, me sentaba en un banco ocultado por la hiedra, cerraba los ojos... Tanto los senderos como las linternas de piedra se habían cubierto de matorrales. Algunos gatos solían visitarlo; en cuando notaban mi presencia, desaparecían.
En ese lugar mágico, cada vez que me dormía, ocurría algo muy extraño: se me aparecía mi madre. No hubo sueño en el que no la sintiera. Durante esa semana, la tuve muy cerca. Era un espíritu benéfico; me protegía. Así, al menos, me lo pareció.
Cuentos de Tokyo recoge la mejor tradición japonesa. Es un cine intimista y su ritmo es el de la vida, el de la reflexión, el del paso del tiempo.
Algo de ese aliento y delicadeza -que sentí cuando visité Kyoto y que no he vuelto a encontrar en ninguno de mis viajes- la observamos en otro final, el de Cuentos de la luna pálida de Mizoguchi. Y sí, veo paralelismo en estos dos finales, aunque los argumentos se desarrollen en siglos diferentes. Los muertos protegen a los vivos y todos formamos parte de un mismo universo.
Ozu nos regaló una última secuencia extraordinaria en su película póstuma. El padre ha casado a su hija; debe aceptar que a partir de ahora vivirá solo. Sin enfatizarlo, sutilmente -por medio de espacios vacíos-, nos muestra esa tristeza, ese dolor, esa pérdida, esa ausencia.
En el final de In the mood for love de Wong Kar Wai también me parece observar un detalle que lo une a una larga tradición oriental. Lo táctil -y las miradas y silencios que durante toda la película han unido a los protagonistas- acaba transformando un secreto, un amor que no pudo ser en parte del ciclo de la vida. No se podría entender este final sin el budismo y su influencia en la vida cotidiana de China o Japón.
La historia de Tokyo monogatari relata el último viaje de una pareja de ancianos; quieren ver a sus hijos, que viven en la gran ciudad. Ella intuye que va a morir. Sus hijos, sin embargo, están más interesados en sus problemas cotidianos que en la visita; para ellos, incómoda y un incordio. Así que los ancianos durante casi toda la estancia pasarán la mayor parte del tiempo con su nuera, la mujer de su hijo mayor, muerto en la guerra. Solo ella y la hija menor, que aún vive con ellos y trabaja en una población costera como profesora, establecen, después de la muerte de la anciana, una relación que supera los intereses económicos y los egoísmos a los que nos empuja la presión social.
-La vida es decepcionante...
-Sí, con frecuencia lo es...
Aquí podemos hablar de dos finales. El primero, emocional. Las dos mujeres, ahora amigas, se despiden en la distancia. Secuencias paralelas. La una piensa en la otra.
El segundo es metafísico. El anciano, solo, acepta su nueva vida. Recuerda lo perdido. Y sí, todo continúa, sin nosotros. El sintoísmo y el budismo. El espíritu oriental. La huella que dejemos será tan ligera como el agua que pasa. Todo fluye, nada permanece.
Si acaso, quizá, la emoción, la melodía, el silencio...
Nunca le dije, al menos en los últimos años, que le quería. Bueno, sí, se lo dije una vez, cuando se encontraba en coma inducido, un par de años antes de morir. Y otra, tal vez, cuando le di un beso en la frente. Esa fue la última vez que le vi vivo.
Matar a un ruiseñor me recuerda a mi padre. Para mí Atticus Finch fue el padre que nunca tuve. Me hubiera gustado un padre así: valiente, firme en sus ideas y convicciones, tierno, comprensivo, inteligente. Un hombre ideal, un padre casi perfecto.
No, no tuve un padre así. Tenía miedo y heredamos su miedo.
No nos dejó solo eso; soy injusto con él. Es cierto que también nos quiso. Fue imperfecto, como lo son todos los padres. ¿No es así?
El final de Matar a un ruiseñor, por tanto, me emociona, porque es una hija recordando a su padre: su amor, su ternura...
"... En el futuro habría de pensar muchas veces en aquellos días... En Jem, En Titti, en Boo Radley, en Tom Robinson... Y en Atticus... Él se quedaría toda la noche en el cuarto de Jem y allí estaría aún cuando Jem despertase a la mañana siguiente... "
La mentira y la verdad son conceptos, a veces, muy difíciles de distinguir. ¿Nos mentimos a nosotros mismos o a los demás? ¿Dónde están la verdad y la mentira?, nos preguntamos desde Tales o, incluso, desde Homero. ¿Dónde están la verdad y la mentira?, nos preguntamos, cuando vemos a Netayanhu, a Putin, a Zelenski o a Biden hablar de democracia y de libertad.
A los veinte años descubrí en el cine Un lugar en el mundo de Adolfo Aristaráin. No sé si he encontrado mi lugar en el mundo... Como le ocurre al protagonista, tal vez no lo encuentre nunca. Sí, al menos, sé lo que es justo y lo que no lo es. Y como los personajes de esta historia me gustaría algún día luchar por lo que merece la pena y estar a la altura de mis convicciones.
El final de Lone Star de John Sayles cierra dos tramas: la de los dos hermanos que se amaban, sin saber que lo eran;
y la de historia de Texas, construida con mitos y leyendas en las que no todos caben, en las que la verdad no siempre es bien recibida. No hay respuestas delante de un muro -y no es simbólico, como todos sabemos- para las preguntas que los protagonistas se hacen: solo seguir viviendo y cambiar estereotipos y prejuicios raciales...
Escuchar a Trump o a Biden en la precampaña, con sus juegos de poder e influencias, demuestra que Lone Star nos hablaba a nosotros, que esos conflictos no se han resuelto ni se resolverán...
En El apartamento de Billy Wilder, en cambio, ser un hombre, ein Mensch -o una mujer, seamos modernos-, significa decir no a hipocresías sociales, negarse a aceptar el juego en el que el capitalismo nos obliga a participar, negarse a vivir mentiras que no conducen a ningún sitio. Cuando ambos personajes han hecho ese gesto liberador, solo entonces un futuro diferente, aunque sea complejo, es posible.
Mankiewicz construyó toda su filmografía con esa reflexión entre la verdad y la mentira. La ambigüedad de las respuestas no contenta a nadie. Cada uno tiene una percepción diferente de lo que sucedió. Tal vez la única posibilidad es reírse, cuando lo has perdido todo... porque, cuando nos miramos a un espejo, como en Eva al desnudo, ¡quién sabe lo que está reflejando de nosotros mismos!
En Sed de mal de Orson Welles el personaje que interpreta una Marlene Dietrich madura y espléndida contempla el cadáver de un policía corrupto que la amó.
"¿Qué importa lo que se diga de la gente?"
La verdad es poliédrica, podría añadir... Marlene se aleja de nosotros.
En Calle Mayor de Bardemlas mentiras y una broma cruel de unos cantamañanas destruyen las ilusiones de una solterona. Solo le queda llorar detrás de una ventana... Una sociedad, la franquista, a la altura del betún...
En ElPadrino de Coppola, en su segunda parte, Michael Corleone recuerda una familia unida. Alcanzar el poder y todo lo que supone tiene también sus consecuencias: la soledad.
¿Y las mentiras que un ex-boxeador se cuenta a sí mismo delante de un espejo? Toro salvaje de Scorsese.
De todos es conocido el final de The searchers.
Hemos seguido durante todo el metraje -excepto, al principio, cuando visitó a la mujer a la que amó, casada con su hermano- a un personaje racista, violento, vengativo. Al final, acaba redimiéndose; sin embargo, está condenado a no tener familia. Siempre será un vaquero solitario. O como decir con un único plano, sin palabras, todo.
Menos conocen el de Siete mujeres, la última película de Ford; ¡impresionante el personaje que encarna Anne Bancroft y su desesperación!
El hombre que mató a Liberty Valance es la historia de un abogado, interpretado por James Stewart, que llega al salvaje Oeste para civilizarlo. Todos piensan que él mató a un asesino, Liberty Valance, y gracias a eso construyó su carrera política. No es cierto; quien lo hizo fue un vaquero, interpretado, ¡cómo no!, por John Wayne. No solo eso; también se quedó con la mujer a la que amaba. Conocidos son la escena en que Wayne le dice a Valance: "Ese es mi filete" con la mano en el arma. O el del asesinato de Valance, visto desde dos puntos de vista.
El final -los últimos ocho minutos- con ese conocido "En el Oeste se imprime la leyenda" se completa con un cactus -los regalos de amor que Wayne le traía a ella- y un último plano de la pareja.
Su relación se ha basado en una mentira y es como una lámina de hielo que se quedará con ellos, hagan lo que hagan.
John Ford no solo hacía westerns. Llegaba hasta el fondo más oscuro de la naturaleza humana.
Aprovechando que esta noche es Nochebuena y mañana..., vamos a recordar algún final navideño. El mejor, como todo cinéfilo sabe, es el de Plácido. Una película que no deja títere sin cabeza. Si alguien creía en los valores de la Navidad, ya se puede ir olvidando.
Ni Angelica Lidell en este monólogo lo podría decir mejor:
"Y cada vez que me siento a una cena (de bodas, dice Lidell, pero podría ser de Navidad), imagino a todos con un disparo en la cabeza, y aún así ninguno deja de hablar, de ocultar, de mentir, siguen hablando y hablando y hablando, incluso con un tiro en la frente, y entonces me imagino yo misma con un tiro en la frente, y tampoco dejo de hablar, de ocultar, de mentir, sostenemos el pacto social, y sobrevivimos perfectamente al aburrimiento de la diversión, al tedio de la hipocresía, participamos, pertenecemos, nos reunimos..."
Plácido de Berlanga y Azcona nos cuenta lo mismo con humor. En pleno franquismo, con lo que añade una carga política de amplio calado.
Y la sonrisa se nos congela en la comisura de los labios... porque en esta tierra ya no hay caridad, nunca la ha habido y nunca la habrá...
Otra cena sería la de los pobres en Viridiana, aunque el final es aún mejor. El censor le dio una idea genial a Buñuel y él la aprovechó.
Un trío siempre es mejor que una pareja y, sin duda, infinitamente mejor que una cena familiar.
A los veinte años vi esta película de Sautet. Quizá es uno de los autores franceses más desconocidos, al menos, por el gran público. No tanto en Francia, pero sí aquí. En los años setenta hizo unas cuantas obras maestras: Max y los chatarreros, Las cosas de la vida, Una historia simple.
Podía haber elegido cualquiera de estos finales.Comoel de Las cosas de la vida, con un plano secuencia en el que le dicen a la protagonista que el hombre al que amaba acaba de morir en un accidente de tráfico.
Una historia simple, en el que, tras muchas dudas, ella ha decidido tener a su hijo y disfruta, simplemente, con la caricia del sol.
Oel de Max y los chatarreros, donde en un gesto inesperado, el policía verdugo se convierte en una víctima, en un hombre enamorado que es capaz de matar, y ella, cuando le trasladan a la cárcel, le "ve" por primera vez.
Romy Schneider está maravillosa.
En los noventa volvió al candelero con Nelly y el Sr. Arnaud y Un corazón en invierno, ambas interpretadas por Emmanuelle Béart. Y es entonces, cuando lo descubrí.
En ambas películas el juego de miradas, los silencios y lo que no se dice es casi más importante que los diálogos. Eso me atrapó en las dos películas. Reconozco que, además, me sentí identificado con el personaje de Un corazón en invierno; cómo era incapaz de expresar sus emociones; cómo las ocultaba. Tal vez con el paso de los años un servidor aún siga haciéndolo...
La historia es sencilla. Un artesano genial, un luthier, se encarga de vender violines de calidad a artistas de prestigio. Su amigo y socio en la empresa -con mucho menos talento- tiene como pareja a una violinista en ascenso. Poco a poco, y a través de la música y de ese objeto que comparten -el violín-, ella se enamora de él y está dispuesta a dejar a su pareja. El, sin embargo, niega sus emociones hasta el final, y, de manera muy torpe -con mucho de soberbia-, la humilla y la desprecia. Cuando se da cuenta de su error, ya es demasiado tarde.
Y este es el final. Es una despedida, ya que tanto su amigo como ella se marcharán lejos. Él se quedará con su arte, pero solo.
Es el mejor Sautet. No es tanto lo que se dice, sino lo que no se dice. Las miradas y los silencios nos cuentan mucho más que las palabras.
No hay segundas oportunidades. En la vida, generalmente, ya no se puede volver atrás...
Y el mundo sigue moviéndose, al fondo de la escena, ajeno a nuestras pequeñas tragedias cotidianas...
Abro un apartado hasta final de año de algunos finales que me gustan, que me han dejado huella. Escribiré uno o dos al día.
Comienzo con El mundo sigue de Fernando Fernán-Gómez. Ayer la pusieron en la 2.
La historia, basada en una novela de Zunzunegui, no deja respiro. El autor era falangista, pero su perspectiva, como la de muchos intelectuales de la Falange, era muy crítica con el mundo que le había tocado vivir. Su visión de la posguerra española y del franquismo es desoladora. La versión que hizo Fernando Fernán Gómez de su obra elimina algunos detalles, pero muestra la podredumbre de una sociedad machista, corrupta e hipócrita en todos sus estratos sociales. Me pregunto si ahora se podría hacer algo así en el cine español. Aunque en aspectos más superficiales -el sexo, por ejemplo- tenemos más libertad para mostrar la realidad actual, sin embargo, en lo fundamental, sea por buscar al gran público o por no molestar demasiado, hay mucha menos valentía.
Aquí hay algunos fragmentos seleccionados sobre el machismo de unos tiempos no tan lejanos...
La historia es la de dos hermanas, nacidas en el barrio de Maravillas en Madrid, que sobreviven, cada una a su manera, durante la posguerra. Una de ellas se convierte en prostituta de altos vuelos y finalmente logra casarse con un gran empresario. La otra convive con un ludópata, que la maltrata física y psicológicamente, y acaba fregando suelos y planchando la ropa de los ricos, sola y con tres hijos a la espalda.
Las dos hermanas se odian. De una manera salvaje, irracional. Una ha elegido ganar dinero; la otra, se atiene a las normas que someten a las mujeres y eso la lleva poco a poco al aislamiento y a la locura.
El final, que no abandona el tono documental de toda la película, es terrible.
La hermana que ha alcanzado un estatus social privilegiado se pasea por el barrio con un coche de alta gama -símbolo de riqueza y poder-; la otra, no puede soportarlo más y se lanza al vacío... La música que suena en la radio en el último plano hace que el contraste entre lo que la sociedad muestra y lo que oculta -y que nosotros hemos estado viendo durante dos horas sin ningún tipo de censura- nos resulte aún más doloroso.
¿Un final puede servir para construir una teoría? Sí, claro.
Las películas donde una mujer es protagonista, ¿cómo terminan? Sería interesante hacer una detallada investigación partiendo de este supuesto. Esto que sigue solo es una ligera tentativa de una idea que podría llevarnos mucho más lejos.
Empecemos por la vida de Adèle. Se confirma el presupuesto inicial: Adèle está en movimiento, se aleja de nosotros, nos da la espalda. Está en el momento más bajo de su vida, pero no se queda a llorar desconsolada, sino que camina. ¿Otra vida es posible?
En Girl de Lukas Dhont la protagonista también camina, pero esta vez de frente y sonriendo.
No hace falta decir lo que eso significa. De nuevo, en movimiento.
¿Y qué podemos decir de La peor persona del mundo? Si en Girl la protagonista ha decidido ser mujer, física y mentalmente hablando, en la otra ha sacrificado su maternidad y relación de pareja para centrarse en su profesión. Vivir sola es posible.
Está sentada, trabajando con el ordenador. Sí, aunque no lo parezca, también hay movimiento.
Nada que ver, si lo comparamos con el final de Calle Mayor. No hay esperanza para una mujer que ha decidido rendirse. Nos encontramos ante un rostro convertido en estatua. Podría ser la sombra de Pigmalión o la condena de Medusa. Esta soledad es impuesta.
Pero los tiempos han cambiado. Las mujeres no están dispuestas a detenerse.
En Retrato de una mujer en llamas el final, como no podía ser de otra manera, es pictórico. Tanto la penúltima como la última escena. En la penúltima, por medio de un cuadro. En la última, sin embargo, el retrato, la mirada de la artista desde el palco de enfrente, tiene como fondo la música de Rossini, Las cuatro estaciones. Ella está parada, sentada, obligada por las convenciones, pero no paralizada.
Sí, hay también movimiento. La mirada, el rostro, el cuerpo entero, la melodía, las lágrimas y... la cámara.
De alguna manera, la cámara acompaña a una mujer del siglo XVIII que no puede moverse.
Aunque en su interior ría, llore, baile, salte, corra, vuele...