martes, 24 de septiembre de 2024

MI MADRE MURIÓ DOS VECES

Mi madre murió dos veces.

La primera vez ocurrió hace diez años: en Argentina, en un cama de un barrio de cuyo nombre no quiero acordarme.

Sin embargo, como sucedió con mi abuela, mucho tiempo después de esa muerte mi madre cocinaba, paseaba, iba de compras, hablaba conmigo, hacía un crucigrama, veía en la televisión su serie favorita. Y yo sabía que había muerto: lo decían los demás; los documentos oficiales lo confirmaban. Sin embargo, estos hechos cotidianos lo desmentían. Ella seguía viva.

Un día murió por segunda vez. No sé cuándo, cómo ni por qué...


Este sábado paseamos juntos por Pacífico. Hablamos de sus niñas, de las gemelas; me pedía que les escribiera una carta. Se lo prometí…

Hace unas horas he estado en una fiesta con ella; teníamos que subir a un avión a la mañana siguiente. Y pensaba que debía escribir esto en un blog, que mi madre está bailando, riendo, que está viva, aunque yo sé que murió hace mucho tiempo, aunque yo vi su cuerpo descomponiéndose.

Está cansada; quiere irse a dormir, como la primera vez que murió. Sé que tengo que abrazarla porque tal vez sea la última vez que pueda hacerlo. La beso en la mejilla; noto el tacto de su piel, el color de sus mejillas...

Hay vidas que una y otra vez se resisten a desaparecer de nuestra memoria.

domingo, 15 de septiembre de 2024

LIDDELL Y BERGMANN

 

Es la segunda vez que veo a Liddell en un escenario. Ya sabemos que nada de lo que hacemos o experimentamos es como la primera vez. 

La primera vez que se descubre a Liddell nos fijamos en su energía, su talento para llenar el escenario de un teatro, sus largos monólogos-homilías, el humor sarcástico en el que nadie sale bien parado -sobre todo, los críticos franceses porque "los españoles ni siquiera merecen que se les mencione"-. Ya se sabe, los españoles "solo entierran y destierran, entierran y destierran". "España es una enfermedad mental".

Sea porque es la segunda vez o porque Liddell ha cambiado el registro me he fijado en un aspecto que destaca mucho más en este "homenaje" a Bergmann: su extraordinario talento en la puesta en escena. 

Al principio de Dämon Liddell ofrece lo que su público espera: un acto de provocación. En esta obra se lava el coño, rellena un hisopo con el agua sucia y se la tira al público. Estaba en la fila cinco; pero el agua solo llegó a la fila tercera, así que no fui bendecido. 

Después viene la larga perorata en la que todos salimos mal parados -sobre todo los críticos-. 

Y hasta aquí la Liddell que se espera en un constante juego metalingüístico donde la lengua y el tema son ella misma. Es difícil que no te toque, sea con el humor o con el dolor. Puede cansar y aburrir, sin duda, y también puede impactar. ¿Quién no morirá cagándose, meándose? Sí, nuestros padres cuando mueren se cagaron y se mearon. Nosotros también lo haremos. Ese es el tono, pero Liddell combina, como siempre, lo escatológico y lo metafísico. Son sus reglas: o las aceptas o no. 

Sin embargo, el resto de la obra busca otros caminos. A partir de una duda lanzada al vacío "¿Cuál es la pregunta más importante?" pasa a una escena en la que persigue y es perseguida por unos hombres de negro que empujan una camilla, la misma que nos llevará al tanatorio. Y Liddell repite una y otra vez: "¿Habéis sentido algo? ¿Habéis sentido algo?"

Y a partir de aquí la creadora, la artista se convierte en una maestra de ceremonias donde el espacio, los objetos, los personajes mudos y el sonido son elementos indispensables para entender su mundo y, de manera paralela, el de Bergmann o Strindberg. Su talento es extraordinario. Sus temas, los de siempre: la religión, el arte, el miedo, el sexo y, sobre todo, la muerte. 

Pasadas estas escenas en las que se insinúa alguna referencia al director sueco -hay una parodia-homenaje con ancianos, un Papa casi en cueros, los cuatro hombres de negro, un hombre desnudo y cuatro jóvenes mujeres desnudas de la danza de la muerte que te recuerda a la de El séptimo sello 



"No siempre hay que alegrar a la gente; conviene asustarla de vez en cuando", nos dice el pintor de murales.

o asistimos a la interpretación sobria de una escena de una obra de Strindberg, la preferida por el director sueco; menciona Persona o la habitación roja de Gritos y susurros- Bergmann es enterrado en una ceremonia o representación convencional donde la música alta devora las palabras y el silencio. 

Y llega el final. Liddell se confiesa junto al féretro de Bergmann. Le pide matrimonio, reflexiona sobre la muerte: su propia muerte, nuestra muerte. 

Hay un momento en este último monólogo en que Liddell calla. Y alarga el silencio. 

No hay nada más revolucionario en un teatro ni más provocador que un largo silencio. 

Y Liddell lo sabe. 

Liddell se retira. Y el espacio, como al principio, se queda vacío. No hay personajes. Solo el féretro de Bergmann. La muerte nos ha dejado sin palabras. Solo nos queda el vacío. 



viernes, 6 de septiembre de 2024

VOLVERÉIS

 

Si algo define a Jonás Trueba es su originalidad. Rodeado de un cine español comercial de factura técnica intachable, pero que ha asumido determinados estereotipos en películas de género o productos mascados para contentar al gran público, este director ha sabido con su estilo contarnos de otra forma, "francesa" en el fondo y en la forma, las relaciones de pareja. 

Siempre me han agradado las películas de Jonás. No solo por su frescura sino, sobre todo, porque sabe con muy pocos medios contarnos historias sencillas y atractivas. No busca al gran público, sino a una minoría cinéfila, "cultureta", afrancesada que preferimos la elegancia y la inteligencia al exceso, lo superficial y convencional. 

Un buen ejemplo de esto último es Paco Roca y todas las adaptaciones de sus obras, incluida La casa. Acaban aburriéndome, porque no aportan nada nuevo y, además, caen en la sensiblería y el sentimentalismo. Quiero que me traten como un igual, no que me manipulen a la manera de Spielberg. 

Así que aquí tenemos a Jonás; un Jonás que está orgulloso de las influencias recibidas: Truffaut o Godard o Rohmer, el gran cine francés. 

Y es aquí donde tal vez yo le pida más. En esta película, como en muchas de las últimas, además de contar una historia simple que parte de una idea excéntrica del tío Trueba -que interpreta al padre de la protagonista-, experimenta, juega con la "forma". Hay un doble juego de miradas, se divierte con las posibilidades del cine dentro del cine -Truffaut está ahí- o con el montaje discontinuo -Godard es la referencia, sin duda-. 

¿Y por qué no va más allá? Truffaut y Godard sí lo hicieron; sin embargo, Jonás Trueba, simplemente, se divierte. Me sorprende que no quiera explorar nuevos caminos. Tal vez haga bien; si alguien va más lejos, puede perderse. Y Jonás está a gusto moviéndose en su pequeño mundo. 

Sea como sea, frente a una industria del cine español que apuesta por más de lo mismo -señal de mediocridad-, Jonás Trueba propone otra manera de mirar. Y eso siempre lo agradeceré. 

sábado, 24 de agosto de 2024

GENA ROWLANDS Y ALAIN DELON

 

Esta semana fallecieron dos grandes actores. 

Una de ellas es más conocida por los cinéfilos, Gena Rowlands. Actriz de carácter y fuertes connotaciones teatrales hizo sus mejores interpretaciones en las décadas de los años sesenta y setenta, sobre todo, con su marido Cassavettes. Su cine -porque, aunque los guiones eran de Cassavettes, es difícil imaginar a otra actriz que no fuera Gena Rowlands- es el punto de partida de un manera de ver el mundo independiente de la gran maquinaría de Hollywood y encontró su público y dejó herederos en las generaciones posteriores. 

Actores desconocidos, escaso presupuesto, improvisación: aspectos que los relacionan con la Nouvelle Vague. 

Su película más conocida es Una mujer bajo la influencia, un papel enorme, lleno de aristas que cualquier actriz hubiera querido interpretar. Y ella lo hace magníficamente. 

Woody Allen la dirigió en Otra mujer. Es más, estoy seguro que escribió este papel a lo Bergmann para Gena Rowlands. Demuestra en esta escena con Mia Farrow por qué era una gran actriz. 

Por otro lado tenemos a Alain Delon. Sorprenderá a quien no me conozca que haya puesto como fotografía de entrada un fotograma de La piscina. Mi admiración por Romy Schneider supera el tiempo y el espacio y no podía dejar de mencionarla. Y esta es una de las pocas películas en las que coincidió una de las parejas más icónicas del cine. 

La piscina es una película de género -cine negro con un cielo azul y un verano tórrido- y cuatro personajes. Los dos devoran la pantalla y sus personajes se devoran mutuamente y destruyen lo que les rodea. Si esta película sigue atrayéndonos es gracias a ellos. 

Alain Delon tiene otras obras en su larga filmografía. Las mejores, en general, las hizo en los años sesenta. 

La mejor versión de Ripley -y la última es bastante digna- la interpretó Delon en una de sus primeras apariciones en la gran pantalla. A pleno sol juega con la ambigüedad que el actor sabía expresar a la perfección. 

Es difícil sospechar que bajo ese rostro tan atractivo se esconda un hombre retorcido y un asesino. Que lo haga creíble es la gran baza de esta película.

Rocco y sus hermanos le consagró, sin duda. Aquí interpreta su opuesto: un hombre bueno y generoso. Quizá una de las mejores escenas de la película es esta: dos personas perdidas, agotadas se descubren y sueñan; tal vez puedan tener un futuro mejor. Las palabras que dice Rocco son hermosas; la lágrima de ella, Annie Girardot, Nadia, esa que se resiste a caer, siempre me ha emocionado. 

En El gatopardo, también de Visconti, interpreta a un joven arribista que sustituirá a los amos de otros tiempos. El noble deja paso a los jóvenes cachorros para que todo cambie, para que todo siga igual. Claudia Cardinale es su pareja perfecta. 

Antonioni lo dirigió en El eclipse. Bajo la excusa de una relación de pareja la película habla de temas como la incomunicación o el vacío existencial. 


Añadimos un policiaco, El silencio de un hombre de Melville. Interpreta a un asesino a sueldo, frío y metódico. 


Alain Delon es uno de esos actores que se convirtieron ya hace mucho en mito. Su muerte no va a cambiar el lugar que ocupa en el imaginario de todos nosotros. 








LA IMATGE PERMANENT

 

Si el buen cine se distingue del mediocre es que arriesga o, al menos, cuenta las historias de siempre de una manera diferente. El nuevo cine catalán con directoras, la mayoría, que salen de la ESCAC, han conseguido el beneplácito de la crítica y un determinado público. 

El primer largometraje de Laura Ferrés va en esa línea. Planos largos, sobriedad expresiva y actores no profesionales, movimientos precisos, cierta sequedad para contar la relación de dos mujeres que podrían ser madre e hija o podrían también no serlo. Tal vez no importe tanto. 

Es posible que exista -y lo vemos en algunas escenas- un humor soterrado en esa actuación tan extraña para lo que estamos acostumbrados y que te puede hacer recordar a Tati. Es tal vez la parte menos interesante; la he visto antes en otros directores jóvenes y no me aporta nada. Por otro lado, los personajes secundarios no dejan de ser comparsas de las dos protagonistas, fantasmas que acompañan la historia central.

El tono general busca otra cosa, como si a través de ese planteamiento formal la directora quisiera profundizar en los gestos repetidos, esos que la vinculan a otro director francés, Bresson. 

Como no podía ser de otra manera las entrevistas a personas corrientes en las que se pregunta por el primer recuerdo cuando llegaron a Barcelona sirven de hilo conductor y construyen un cierto tono documental en una película inclasificable. 

Imagino que Laura Ferrés tendrá más oportunidades de bucear y experimentar visualmente en el futuro. 


jueves, 15 de agosto de 2024

DESCONOCIDOS

 

¿Es esta una historia de fantasmas? Sin duda, pero seguramente va más allá. En realidad, ya sabemos que las historias de fantasmas siempre sirven para hablar de otros temas. Por supuesto, de la muerte, pero también del pasado, de los traumas que no podemos superar, de la soledad, y del amor. 

Ya he mencionado un par de veces en este blog que para mí Otra vuelta de tuerca de Henry James y la adaptación de Jack Clayton Suspense es la obra fundacional en este sentido del género de fantasmas bajo un prisma moderno y psicológico -aunque siempre, incluso en la Antigüedad, haya habido historias de fantasmas y los japoneses tienen un amplio repertorio-.

Los cuentos de la luna pálida de agosto de Mizoguchi recoge, por ejemplo, esa tradición. No profundiza, como si hace Henry James, en las complejidades de la mente de la protagonista, pero, a cambio, nos descubre ese extraño y misterioso mundo paralelo: el que vivimos en los sueños. 

La adaptación de la novela de Taichi Yamada, Desconocidos, escrita en los años setenta, cambia dos detalles importantes, -además del final- dos detalles que curiosamente también Eloy de la Iglesia decidió incorporar en su adaptación de Otra vuelta de tuerca. Uno es que se desarrolla en Londres; el otro, la orientación sexual del protagonista, en este caso, homosexual. No son baladíes, porque con ellos se construye toda la trama, una trama que solo tiene cuatro personajes -el resto del mundo no existe o como si no existiera, el personaje no establece ninguna relación con nadie más; solo conoceremos su mundo interior-.

La historia se mueve entre lo real y lo imaginado, entre lo ficticio y lo soñado. ¿Es la historia de un hombre solitario que imagina, mientras la escribe -es guionista-, un encuentro con sus padres fallecidos y una primera historia de amor vivida con intensidad? ¿Es tal vez también él mismo un fantasma que, atrapado en un edificio vacío, necesita restañar heridas del pasado? ¿Es una mente enferma que necesita recuperar, en sueños o en una realidad alternativa, a su padre y a su madre? ¿No es el sueño el único lugar, el único tiempo en el que podemos recuperarlos, abrazarlos, decirles lo que no pudimos decirles en su momento?

El director Andrew Haigh crea un ambiente onírico, nos traslada a la mente del protagonista, que se descubre a sí mismo, que se libera de sus traumas. También hay una trama amorosa, sin duda, y cerrada de una manera muy diferente a la novela, y, sin embargo, bien traída y encajada, porque las mejores historias de amor -no todas, pero casi todas- son de amores imposibles o soñados o imaginados o irreales. 

No sabría decir si el final es feliz o desesperado. Estamos ante un personaje que ha logrado superar sus miedos, pero, a cambio, solo le es posible vivir plenamente, ser feliz en ese mundo irreal, imaginado o soñado que ha recreado a lo largo del metraje.

Así que, y esto es una certeza que no admite dudas, solo cuando nos encontramos entre el sueño y la realidad podemos saber realmente quiénes somos.

lunes, 12 de agosto de 2024

GUERRA CIVIL, LA PELÍCULA DEL REY, EL LIBRO DE LAS SOLUCIONES Y EL MAL HIJO DE SAUTET

 

El abrazo de un padre. Nunca fuimos capaces de decirnos lo que sentíamos. Siempre me quedará esa herida... 

Tendría que buscar relación entre estas cuatro películas, ya que he decidido ponerlas en el mismo enlace, y alguna hay, sin duda. Por ejemplo, tanto El rey de la Araucania como la película de Gondry, El libro de las soluciones, se atienen al subgénero de "cómo hacer una película y sobrevivir". Que decidas que sea una comedia delirante y absurda, como hace Gondry, 

o un drama que se mueve con soltura entre el realismo y un cierto aire místico, como la película argentina, 

depende del punto de vista que elijas. En ambos casos hablamos de locura, porque hay que estar muy mal de la cabeza para poner en marcha una película, y todos los que lo hemos intentado lo sabemos. En ambas opciones la locura o la obsesión conduce al protagonista al desastre, a la soledad o al aislamiento, pero parece imprescindible para que los personajes, con toda su carga de genio romántico, se sientan vivos. La película del rey se centra en un rodaje condenado desde el principio; El libro de las soluciones está más interesado en el proceso de montaje y postproducción y en el mundo interior del director. El final de la película de Carlos Sorín es un guiño a Don Quijote y Sancho Panza donde el Sancho actual es un paciente director de producción. En Gondry la directora de producción huye, agobiada por las manías y locuras del protagonista que, tras ver el montaje en una sala de cine, acompañada de su pareja, con la que van a tener a un hijo, y su mejor amiga, la montadora, se volatiliza. 

De Guerra civil poco bueno que decir. Sí, claro, es una película de Hollywood, bien armada, que te arrastra; sin embargo, al terminar de ver la película te das cuenta de que te han querido contar una historia de aprendizaje en un viaje de cuatro personajes -reporteros de guerra- con un entorno violento. Bueno, puedes aceptarlo. Menos te gusta que esa violencia sea no solo justificada, sino convertida en un gran espectáculo, idealizada: fuegos de artificio superficiales en su tramo final que podrían haber transitado un camino diferente, mucho más interesante. 

Hay un discurso fascista que la película, tal vez sin proponérselo o sí, defiende. Lo que podía haber sido una reflexión sobre la violencia -y hay películas que lo han hecho a lo largo de la historia del cine de gran calidad-, deja de serlo cuando los conflictos y la complejidad desaparecen y solo encontramos un discurso simple y hueco: acción sin reflexión. Yo, al menos, no puedo entender a los personajes, pero mucho menos que lo interesante sea hacer una fotografía de acción de un soldado sin profundizar en la realidad que les rodea. Al final la ideología que hay detrás de esto es la que permite simplificar la realidad y cometer todo tipo de atrocidades. Y esta película las alienta y las justifica como tantas otras de Hollywood.

El mal hijo de Sautet, en cambio, tiene casi todo lo que busco en el cine: personajes interesantes y una historia que me emocione. 

No es nada original lo que cuenta: el conflicto entre un padre y su hijo, incapaces de expresar sus emociones. Cuesta ponerse en su lugar; es mucho más fácil cuando los personajes femeninos son el centro de la historia o si está Romy Schneider. Sin embargo, los actores cumplen su papel con solvencia y el guion esta construido milimétricamente desde el principio; por ejemplo, cuando descubrimos el conflicto del protagonista con dos preguntas rutinarias sobre la fecha de nacimiento de sus padres. 

Siempre lo mejor en Sautet son los detalles, porque lo más importante no es lo que se cuenta -casi siempre hablamos de lo mismo- sino cómo lo contamos. Sautet sabía convertir lo cotidiano, esos detalles, en una manera de profundizar en la vida y sus contradicciones. 

Aquí, el trabajo, las acciones diarias y repetitivas, los bares, las casas, los objetos, las miradas, los silencios tienen muchísima más intensidad que la violencia espectacular de la película anterior, deja mucho más poso, preparan el camino sutilmente, sin énfasis. 

¿Cómo olvidar la forma en que su padre le cuenta cómo murió su mujer? Es seca, brutal y, sin embargo, también íntima. Los intentos de acercamiento del hijo se mueven entre la torpeza y la incomodidad; el padre los recibe, tenso y rencoroso. Y, más allá de los diálogos, lo vemos en sus gestos, el tono de voz, las miradas. 

El final parece feliz: cierras tus propias heridas, aceptando a tu padre tal cómo es y aceptándote a ti mismo. Los personajes no pueden ir más allá. Sí, es demasiada cercana a mi propia experiencia y, por eso, me llega tanto. Pero también es un final abierto, porque la vida fluye y no puedes detenerla; no hay felicidad, sino fugacidad. Y eso Sautet lo sabía contar muy bien. 

miércoles, 7 de agosto de 2024

JUEGOS OLÍMPICOS: ENTRE EL NACIONALISMO, LA GUERRA FRÍA Y LAS LIMITACIONES HUMANAS

 

Los griegos hace casi tres mil años inventaron una manera de consolidar lo que les unía: los juegos panhelénicos. Entre ellos destacaban los de Olimpia. Así que decidieron bajo la protección de Zeus no matarse durante el periodo en el que sus atletas competían por su polis. 

Los juegos modernos heredaron esta idea, pero lo de la tregua olímpica no suele funcionar. En los juegos de Munich varios atletas israelíes fueron asesinados, si mal no recuerdo. En estas dos semanas Israel -que ha participado en las competiciones al contrario que Rusia y Bielorrusia, vetadas- ha matado a varios líderes de Hamas y, también, aunque no se hable de ellos, a cientos de palestinos, mujeres y niños. ¿Alguien les ha recordado durante los Juegos? Irán prepara su venganza en un plato frío. La guerra de Ucrania continúa, aunque parece que, aquí sí, han preferido intercambio de espías hasta el miércoles que abrieron un nuevo frente. En Venezuela Rusia y China apoyan a Maduro; Estados Unidos y sus aliados alientan un golpe de Estado. La segunda guerra fría está en marcha y no puede detenerse ni siquiera durante unos días.

Un buen reflejo de la realidad sociopolítica son estos juegos. Siempre son una borrachera de nacionalismo y patriotismo. Hitler supo aprovecharlo muy bien. Y no solo él. Rusia y Estados Unidos alimentaron a lo largo de la primera guerra fría un enfrentamiento deportivo. Bajo la protección del deporte con esos valores tan manoseados del esfuerzo y la superación de los límites, la impresionante inversión económica ha tenido siempre un objetivo fundamental: alimentar la intensidad emocional que permitirá con posterioridad más gasto militar, más guerras por el control de los recursos -sea el agua, el gas, el petróleo, el litio-. Los dos grandes bloques, liderados por China y Estados Unidos, y la geoestrategia de un mundo al borde del precipicio. Francia olvida sus disputas internas. Volverá a ellas, cuando terminen los juegos. Ha conseguido alejar a los mendigos del centro, militarizando la ciudad de la luz, mientras la xenofobia ha hecho acto de presencia en el país vecino, al otro lado del Canal de la Mancha. Objetivo cumplido: turismo de masas, dinero a espuertas. Y por aquí, más de lo mismo, aunque siempre está Puigdemont para recordarnos que somos un país contradictorio, absurdo y de pandereta. 

Como hay seres humanos, los Juegos también tienen una parte más interesante para un observador imparcial de la naturaleza humana. En algunos deportes, sobre todo en el fútbol, se impone la competitividad y la agresividad; nada queda de ese mantra: lo importante es participar. No, en este deporte con atletas de primera, entrenados con mucho dinero, ganar es lo primero. Tu país, lo segundo. El resto, depende. 

Hay amistades y solidaridad, por supuesto, entre los protagonistas de estas historias. La gimnasia, la natación y el atletismo me parecen los deportes más atractivos. Su belleza, su estética; cuerpos que se exigen límites imposibles. Llegan las lesiones o las retiradas antes de competir, los problemas mentales. Hay atletas de cuarenta años que no han sabido retirarse a tiempo. Biles entendió que es mejor sonreír a ganar más medallas: sabiduría oriental o epicúrea.

Duplantis salta 6,25 metros. Un nadador chino, Pan Zhanle recorre 100 metros en 44 segundos. Se duda. Poco. En los años 80 atletas de Alemania Oriental batían récords, que aún se mantienen, con ayudas extras. Todavía tenemos los records de Florence Griffith que murió prematuramente. Forzar los límites también tiene sus consecuencias. 

Estos héroes despiertan nuestra admiración porque superan nuestras propias limitaciones, pero también muestran su fragilidad, sus debilidades: su humanidad. 

Termina el espectáculo, la gran fiesta, el circo. ¿La última gran fiesta antes del desastre? Las bolsas del mundo han temblado. Terremoto doble en Tokyo. ¿Es un aviso?

Como sucedía con los griegos habrá Píndaros que, bien pagados por sus polis o Estados, escribirán poemas o, en nuestro caso, reportajes que loarán las virtudes de sus atletas. Y después se seguirán matando, como hacían los griegos. Somos humanos, ya se sabe.