miércoles, 31 de diciembre de 2025

UNA MIRADA, UNA SONRISA


Solo sobrevive este trozo de cierta entidad; pertenece a una gran pintura mural de Cnosos. El resto son más pequeños y no permiten reconocer nada a simple vista, a no ser que seas un experto en la materia. Evans la llamó "La parisiense". Llamarla "retrato de mujer elegante" o "sacerdotisa desconocida" hubiera sido más apropiado, pero Evans sabía que, si quería conseguir financiación para sus excavaciones, debía interesar al gran público y en los años veinte del siglo pasado París era el centro del mundo.

¿Quién es esta mujer cretense? ¿Dónde está? ¿A quién mira? ¿A quién sonríe? Los arqueólogos con los escasos restos disponibles proponen sus hipótesis: o es una sacerdotisa durante una procesión o tal vez sea una cena ritual y, como más tarde harían los etruscos, está sentada en un trono o un sitial y observa y escucha embelesada a su compañera o compañero, mientras le entrega un vaso ritual. 

Nunca lo sabremos con certeza.

De camino a la Canea una sucesión de picos conforman la silueta de un rostro de gigante, mirando al cielo. Reconozco la barbilla, la boca, la nariz, el mentón. ¿Será Talos? Hay quien afirma que aquí fue donde se transformó en piedra. También aquí fue criado Zeus, ocultándolo en una cueva para que Cronos no supiera de su existencia; más tarde, dueño y señor del Olimpo, vencidos los Gigantes, viola a Europa. Y ya sabemos qué pasó después. 

Cada pico tendrá su nombre. No hay lugar que el ser humano no haya hecho suyo, dándole un nombre, marcándolo, fijando la frontera entre lo que existe y lo que no existe. 

Curvas, curvas, curvas por una carretera al costado del mar. Farallones, cabos, acantilados, barcos pequeños faenando, casas que aprovechan las colinas al borde del precipicio, incumpliendo normativas, raíces de olivos, reflejos del sol en el agua. Pinos, carrascal, encinas, alcornoques se aferran al trozo de tierra que les ha tocado. Moles que se alzan desde el mar hasta el cielo.

Extraña sincronía del tiempo. Hace frío por la mañana y por la noche, calor a mediodía. Chaparrón de repente, un poco de sol. En un mismo día los extremos se tocan.

Si avanzamos al interior, entramos en una amplia llanura, algunos cultivos, rodeados por infinitas plantaciones de olivos, poblaciones arracimadas, diseminadas.

En Rethimno las zonas residenciales se adueñan del litoral, casi todas tienen en el tejado sus dos placas solares. Verás lo mismo en cientos y cientos y miles de ciudades costeras durante el invierno: hoteles, chiringuitos y restaurantes cerrados, apartamentos con las persianas bajadas, dormidos, pistas de tenis y piscinas abandonadas.

Una cumbre destaca solitaria, nevada, el Lefkatri, más de dos mil metros de altura. Aparece la bahía perfecta, protegida de las corrientes, defendible de ataques exteriores, piratas o civilizaciones enemigas. 

En la Canea entre carteles reivindicativos de AKK, antifascistas y revolucionarios, gatos negros, anarquistas por naturaleza, que buscan refugio en sillas de paja, viviendas que se apoyan sobre murallas bizantinas, calles y muros y fachadas encaladas del barrio de Splantzia, descubres a una niña; decora el escaparate de un restaurante: sus rotuladores dibujan piruletas, molinillos de viento, escriben καλή Χρονια. Me mira: se excusa con una sonrisa; ella es una artista y tiene privilegios. ¿Quién lo duda? Concentrada, seria, sabe perfectamente lo que crea. Su mente concibe una idea; la pone en práctica, pero, ¡ay!, una familia inglesa va a sentarse a la mesa contigua; el padre de la artista, uno de los propietarios, le llama la atención: tendrás que dejarlo para después. La niña de rizos rubios, orgullosa, se retira. ¿Qué sabrá mi padre de la inspiración?, piensa. Esta niña ya ha descubierto la regla número uno de la creadora: el arte es secundario; el negocio siempre es lo primero. Quien paga, manda. 

En Heracleion nacieron el Greco y Kazantzakis. Ambos murieron lejos. Al menos, el escritor fue enterrado junto a sus murallas. "Nada quiero, nada espero, soy libre".

Las murallas son de origen veneciano. Creta fue el centro de sus rutas comerciales por el Mediterráneo: cuatro siglos que solo dejaron estas murallas, los arsenales, tres fuentes y un edificio que administraba las operaciones comerciales, la Loggia. Muros que resistieron un asedio de ventiun años. Los turcos vencieron la defensa que Mocenigo dispuso alrededor de la ciudad; sin apoyos, tuvo que rendirse. 

Un nuevo nombre para olvidar el antiguo: Kastra por Candia, los turcos explotaron a sus habitantes, echaron de menos a los venecianos. Ενωσις η Θανατος. "Unión con Grecia o muerte" . Recuperamos el antiguo nombre de Heracleion. Independencia. O casi. Los nuevos amos hacen sus cuentas en Berlin, Londres o Nueva York.  Mientras podamos comprar, gastar, abrir los negocios, bien estará, dicen los griegos. ¿Crisis? Lejos quedan los recuerdos de la anterior, de un hombre desesperado que se quemó, de una izquierda derrotada otra vez. ¿Vendrá otra crisis? ¡Que venga! Todos sabemos que solo existe el presente...

Murales de camino al faro en los murallones: el rapto de Europa, con ella empezó todo, sirenas y ninfas, flechas cretenses, delfines y sacerdotisas minoicas, grifos. El motor de un avión que vuela a Atenas, la sirena de un barco de pasajeros. Sentencias reflexivas a la manera de acertijos heracliteos, pintadas en griego, siempre quedan bien en el idioma que inventó la filosofía: εμπειρία μου ζεμαθε τον κόσμο, η αστραπή η ζωή μας μα προλαβαίνουμε, η αλήθεια έναντι θάνατον δίδεται. "mi experiencia calienta el mundo; el trueno: ponemos al día nuestra vida; la verdad se entrega contra la muerte".

Las sacerdotisas cabalgan sobre grifos, tres animales son llevados al altar del sacrificio en las pinturas de una tumba de Hagia Triada. El Cancerbero nos mira; descansa a los pies de Proserpina-Isis y Plutón-Serapis. Sincretismo, dicen. Al perro de tres cabezas, sin bridas, perdidas por el camino del tiempo, no hay quien lo sujete. 

Damaskinos conoció al Greco. Como él fue a Venecia. Aprendió de Tintoretto. El Greco buscó fortuna en Toledo; Damaskinos regresó a su tierra. Y pinta maravillas. Seis de ellas cuentan decenas de historias. En su Resurrección vemos en segundo plano un ángel sentado sobre la tumba vacía, como si fuera el sillón de su casa. María Magdalena gira su cuerpo, las piernas se le doblan, el terror y la sorpresa la dejan temblorosa, desfallecida. Y en primer plano dos miradas. María Magdalena fija sus ojos en Jesucristo, esperanzada, sorprendida. El cuerpo de Jesucristo es hieratico, frío, el que corresponde a un dios, pero, ¡ay! su mirada le delata, es tierna, cálida, comprensiva, solo un ser humano miraría así a otro ser humano. 

¿Jesucristo y la Parisina, mientras los observamos, nos miran a nosotros? Es posible. Las miradas suelen ser compartidas. Y suelen ser también el comienzo de una historia, de cualquier historia. 

Χρονιά πολλά, καλή χρονιά! 



lunes, 29 de diciembre de 2025

LABERINTOS

 


El 28 de diciembre de 1895, hace ciento treinta años, se celebró la primera sesión del cinematógrafo, ese nuevo invento de los hermanos Lumière. George Meliès asistió a la proyección. Tal vez solo él fue consciente de lo que los Lumière tenían entre manos.

Hace más de tres mil años, nos cuenta un mito, Pasifae se unió con un toro. Nace el Minotauro y con él su laberinto.


En invierno Cnosos es una ciudad desierta. Echa de menos tiempos mejores: el calor asfixiante, hordas de turistas; en cambio, ahora, los hoteles, las tiendas de regalos, los restaurantes están cerrados. Tres turistas despistados nos bajamos del bus que nos ha traído de Heraclion; un par de coches en el aparcamiento; a unos pocos más, que contrataron una agencia de viajes, les espera un conductor relajado: consulta mensajes en el móvil, sonríe, responde.
Una fila de olivos, uno detrás de otro, en lo alto de una colina, esperando su turno. Hay más olivos que turistas en el llano, frente a la taquilla. Un picacho imponente, observador imparcial durante milenios. Y gatos y pavos reales. 

¿Por qué aquí estos pavos reales? ¿Habrá cerca un templo de Hera que los proteja? Los gatos parecen aceptar de manera displicente esta forzada convivencia. Y estos gatos cretenses te buscan, se acercan a ti, sin que tengas que llamarles. En Atenas, huyen. Aquí maullan, comunicativos, exigen tu atención y esperan el premio a sus desvelos. ¿Será que se han adaptado al carácter de los humanos con los que conviven o es una forma autóctona de supervivencia, transmitida de generación en generación a lo largo de milenios?

¿Qué ocurriría si los humanos dejaran de alimentarlos? Si hicieran este experimento no quedarían de estas aves ni las plumas. Mientras tanto, los gatos esperan pacientemente que llegue su momento. 

Cnosos es, en gran parte, una invención de Evans, su descubridor. No le bastaban las ruinas, los trozos de pinturas o columnas; necesitaba completarlas, darles vida. La imaginación, ya se sabe, lo quiere todo; es un amante insatisfecho. Una posible cisterna no era suficiente: necesitaba que fuera una sala donde se realizaran rituales de purificación. Quería la habitación de un rey, de una reina y de un príncipe. Quería un gran patio donde jóvenes de ambos sexos lucharan contra un toro. Quería a una gran sacerdotisa, adorada por su pueblo, diosa y reina. ¿Podemos recriminárselo? Los arqueólogos profesionales, que deben seguir métodos científicos, pueden hacerlo; nosotros, que no lo somos, le agradecemos que nos hiciera creer de nuevo en un mundo que había desaparecido por completo a finales del segundo milenio antes de Cristo. 

No importa que ese mundo, cuando entró en crisis, cometiera sacrificios abominables: esclavos y niños para calmar la ira de los dioses. ¿Podemos juzgarles? 

Quien desee la realidad áspera puede visitar Festos. Se pueden contar con los dedos de la mano sus visitantes en un lunes invernal. Los gatos se aburren. Su persecución es perseverante. Solitarios acompañando a un solitario. Del mar llegaban las riquezas de Egipto, al sur, y hacia el resto del mundo conocido los minoicos enviaban las suyas: su vino, su aceite, su cerámica, sus brillantes sellos dorados, sus joyas de amatista. 

La carretera que te lleva de Heraclion a Matala es el ruido de fondo. A cada kilómetro, a un lado del arcén, capillas en miniatura: hermas protectoras de los viajeros. 

Me recoge, mientras regreso a pie desde Hagia Triada, una amable mujer de unos sesenta años. En el corto trayecto en coche a Meiras, hablamos en un griego muy básico del tiempo: κρύο πρωί και νύχτα, μεσημέρι δεν. Nos deseamos, al despedirnos, un καλή χρονιά, χρόνια πολλά. 

El olivo es el rey incontestable, cientos, miles. Algunas vides espaciadas, algún naranjo y limonero puntean el paisaje. La zona montañosa, entre barrancos, escalonada por altozanos. 

Y algunos de ellos, como Festos, sirvieron para levantar palacios minoicos, residencias reales, zonas sagradas donde se celebraban rituales que solo intuimos por las pinturas, esculturas o joyas conservadas en los museos; depositos en los que se encontraron los enormes pithoi, esos que guardaban en su interior la tríada mediterránea: aceite, vino, trigo y que enriqueció a esta primera civilización y de la que no podemos saber cómo pensaban, porque su lenguaje, oculto en las tablillas de lineal A o en el extraño disco de Festo nos es desconocido. ¿Qué ocurrió alrededor de 1450 A. C? ¿Fueron terremotos o un gran maremoto, revueltas internas, la invasión de los micénicos? Los incendios de estos palacios protegieron esas tablillas de barro, petrificaron esos apuntes de escribas, cuadernos en sucio de funcionarios, transformados en eternas memorias, incomprensibles para nosotros. 

A un día soleado, primavera adelantada, le sigue otro nublado, ventoso. La mar rizada en miles de bucles; despeinada, lleva mal la resaca de la noche anterior. 

En las calles principales tiendas, restaurantes a rebosar: luces y canciones de Navidad: capitalismo triunfante. Los aviones despegan y aterrizan pasando cerca del fuerte veneciano, las murallas bizantinas, los templos ortodoxos. En un palacete abandonado ondea la bandera anarquista. Dos gatos, uno, joven, otro, más maduro, vigilan la entrada; nuevos barqueros, portadores de almas. Debes pagar el peaje, si quieres atravesar el Aqueronte. 

Las adolescentes de aquí se parecen a las de allí: risas incontrolables; el móvil, aparato imprescindible para informarse o divertirse; gustos musicales a la moda. No hay distancia entre ellas. Una mujer de mediana edad se persigna, al pasar delante de un monasterio. 

Los Lumière hicieron del cine un espejo con el que mostrar el mundo tal cómo era o como pensaban que debía ser. Meliès comprendió que la imaginación ha de ser capaz de crear mundos alternativos. Hace ciento treinta años nacieron las dos únicas formas de interpretar y entender el cine. 

Louis Lumière, recogiendo una palabra inventada por un creador frustrado, Leon Bouly, decidió llamar a este nuevo aparato cinematógrafo : "el que escribe el movimiento". 

Acostumbrados a esas imágenes en perpetuo movimiento, tiempo que se nos escurre entre las manos, atrapados en nuestros laberintos, redes infinitas, extrañas y complejas, reflejos distorsionados de los palacios minoicos, es muy difícil explicar un mundo en el que la realidad se describía con imágenes fijas o con palabras, signos y símbolos, un universo cuyos fundamentos eran los mitos y las leyendas, los dioses y sus rituales. 

Es un mundo que ya no entendemos. El tiempo es la única frontera inalcanzable, imposible, irrevocable. Nos separa definitivamente. 


viernes, 26 de diciembre de 2025

MARIPOSAS EN EL ESTOMAGO

 


Siempre sientes mariposas en el estómago cuando empiezas un viaje. La noche anterior o esta misma mañana. No importa que hayas preparado todo: billetes, alojamiento, equipaje con mucha anticipación; no importa que vayas solo o acompañado; no importa que vayas al pueblo de tus padres o a Japón; no importa que vayas a subirte a un avión o a un autobús o a un coche o a un tren o al metro o a un barco. En un viaje puede haber imprevistos, sorpresas, descubrimientos. Esa es su esencia.

Están las largas esperas en los que se recomienda una lectura, a ser posible del lugar al que viajas, a ser posible del idioma al que vas a enfrentarte en el día a día desde el momento que llegues al destino; están los cambios de última hora, los largos pasillos, los paneles informativos -en unas horas puedes estar en Montreal, Beijing, Marrakech, Buenos Aires, Estambul-, el escáner que decide qué pasa y qué no -los líquidos a la vista, los aparatos electrónicos-; está la facturación, las puertas de embarque, los controles de seguridad, las tiendas y restaurantes, los interminables pasillos, una botella de agua, un poco de comida, eternas esperas, un buen libro, una visita al baño, colas para subir al avión, grupo 1, grupo 2, grupo 3, grupo 4.

Pronto constatas que tu nivel de griego o inglés deja mucho que desear. Escucharás mucho, dirás pocas palabras, las justas y necesarias, implorarás comprensión, cuando abras la boca. 

Si vas en avión no olvidemos el hormigueo que sientes en el despegue y el aterrizaje: la elegante entrada en la pista, el repentino incremento de la velocidad, se alza el vuelo suavemente, el avión encuentra su equilibrio natural, se aleja de la tierra firme, allá, a lo lejos; estamos a la altura de las nubes. 

Hay tiempo para dormir un rato, beber, leer, comer, y, si tienes ventanilla, echar un vistazo al horizonte, al mar, a las luces de un barco que destaca en la oscuridad o las de una ciudad costera, preludio de un encuentro. 

Se te bloquean los oídos, duele, la presión ha cambiado, descendemos, nos acercamos a esas luces que antes observabamos a distancia, un golpe brusco, el contacto con la pista, disminuye de repente la velocidad, a marchas forzadas, saltarías del asiento, si no te hubieras abrochado el cinturón, ya está, despacio, gira, elegante, hay quien aplaude, estamos a salvo. 

Llegas al alojamiento en autobús -pasa cada hora- o a pie. El aeropuerto está cerca de la ciudad de Heracleion. ¡Ay, la espalda! Uno a esta edad no está para llevar mochilas. Escuchas los motores de aviones, levantando el vuelo, desde el balcón. Buscas qué cenar, pocos sitios abiertos por los alrededores, hoy aquí es festivo, un kebab te vale, una fiesta familiar en la mesa de enfrente. 

Empecé a escribir estas líneas a cientos de kilómetros. Otra cama, otra noche. Las mariposas ya no revolotean. 

Si acaso, un mosquito, y este cabronazo sí me va a dar la tabarra. 





sábado, 20 de diciembre de 2025

EXPERIMENTACIÓN, NAVIDADES, CONVENCIONAL, HUIDA

 


Filosofía mundana. Javier Gomá y sus reflexiones sobre el amor, la vida, la muerte no son más que huecas y convencionales frases hechas. Si no hay experimentación en teatro, literatura o cine, ya no me interesa. ¿Pido demasiado? Admito todavía los clásicos tal vez porque ellos han resistido el paso del tiempo o porque experimentaban a su manera, buscaban otros caminos, caminos recorridos por ellos hace décadas, siglos, milenios y que nosotros deberíamos reinterpretar de una forma diferente: la mejor imitación, el mejor homenaje es proponer otra manera de mirar o, mucho mejor, dinamitarla. 

No soporto un teatro con ideas hueras y repetidas, que pretende ser alternativo y, sin embargo, a su pesar o a propósito -¡quién sabe!- repite ideas ya vistas; formalmente es pusilánime, cobarde. No soporto una literatura que no busque otra manera de contarme la realidad o la imaginación que nos atormenta. No hay muchos Fosse, Kang, Gospodínov, Krasznahorkai... No soporto un cine adocenado, convencional, previsible. A mi alrededor no veo otra cosa. Mi mirada ha cambiado, ha envejecido: escéptica, inconformista, agotada...

Enciendo el televisor y en los informativos identifico las mentiras y la propaganda: el héroe Zelinski, el malvado Putin, los valores europeos que ahora son el petróleo, el consumismo compulsivo, la guerra y la ultraderecha triunfante. Trump, Papá Noel, Maduro, juicios, Netanyahu, los reyes Magos, familia, corrupción, elecciones, regalos... Este documental sobre el metro de Londres me aburre: esperaba que me sorprendieran. Luces de Navidad. Me ciegan, me deslumbran, me ensordecen. Necesito silencio, oscuridad, penumbra... Decepcionado, apago el televisor.

Agnés Varda experimentó. Godard también. Todavía hay quien se aleja de las convenciones para plantear otras formas de ver el mundo: excepciones. 

Las Navidades murieron hace once años. Estoy lejos. Observo distante a compañeros decorando puertas y aulas con los alumnos, sintiéndose arrebatados por un sentimiento colectivo de "filantropía", alejando los malos espíritus, aceptando y asumiendo lo convencional: luces de Navidad, amor, buenrollismo... ¿Será verdad, como me confiesa un profesor, que mis compañeros no tienen esa curiosidad que te obliga a preguntarte si el mundo en que vives es real o imaginado, que te obliga a leer y a devorar libros, películas, porque, si no lo haces, la vida sería baldía?

Huyo, porque las Navidades para mí se terminaron hace once años. No soporto esta alegría. No soporto cientos de mensajes en wasaps de grupo. Mucha gente me abruma. Misantropía al cubo, soledad deseada; me cobijo entre mis gatos y mi hermano. Viajaré a Creta y Nápoles. 

Preparo un taller de papiros, mientras termina la carrera solidaria. Se abren las puertas. Son pocos los que entran y se sientan y dedican un rato a escribir con tinta china letras griegas y jeroglíficos egipcios. 

Un adolescente, uno de estos que se ha apartado de su grupo de amigos "hinchapelotas" -¿es valentía o aburrimiento existencial lo que le impulsa a una soledad suicida?- entra tímido y me pregunta, curioso, qué es esto. Se lo explico. Se sienta y se concentra unos minutos intentando escribir su nombre en griego. Se marcha; le entrego el papiro que había dejado encima de la mesa. Es tuyo, te lo regalo. Gracias... 

Una joven ha traído su cuaderno de dibujo; se ha entretenido hora y media dibujando jeroglíficos. Ojos, variantes de ojos, obsesiones personales... 

Otra, concentrada, mientras su amiga le pedía marcharse de allí e ir a otro taller para colocarse las gafas de realidad virtual, se ha negado con una convicción y firmeza admirables y, fuera del tiempo y el espacio, ha escrito durante una larga hora, ensimismada, en una hoja de papel las letras mayúsculas, las minúsculas griegas, una a una α β γ δ Ε Η Θ: así aprendían a escribir los niños hace miles de años. 

He despertado al gato Kenji. Araña la puerta. Le dejo entrar. Escribir me ha relajado: en papiro, en pergamino, en papel, en una pantalla pixelada. No importa si es leído, aunque mi vanidad deseé compartir estas palabras. La escritura libera el dolor por sí misma. 

Experimentación. Navidades. Convencional. Huída.