sábado, 12 de septiembre de 2026

¿Y SI ESTA NOVELA LA HUBIERA ESCRITO LILA?


Al final de las más de dos mil páginas de Dos amigas de Elena Ferrante el personaje de la escritora, Lenú, se obsesiona con publicar un libro que nunca existió, el que habría escrito su amiga Lila. Duda si toda su obra, la que le ha dado fama y dinero y una posición acomodada, ha sido, no solo inspirada, sino, incluso, escrita por su amiga. Sabe que a pesar de su empeño y constancia, aunque haya ascendido en la escala social desde los arrabales de Nápoles, nunca ha tenido ni tendrá el talento de Lila; dentro de cien años nadie la recordará. 

¿Y si el punto de vista no hubiera sido el de Lenú, sino el de Lila? ¿Y si esta novela la hubiera escrito Lila? Hubiera sido mucho mejor. No hubiera alcanzado premios, ni se hubiera vendido tanto, ni habrían rodado una serie de televisión, pero hubiéramos encontrado más talento; el personaje de Lila nos hubiera regalado caos, profundidad, locura. Su imagen del mundo no hubiera sido ordenada, sino inestable, fragmentada, demencial. ¿Y si, en el fondo, toda esta obra no es más que un guiño, un deje irónico y socarrón de la propia Ferrante? 

Ferrante es una buena escritora y, como su personaje Lenú, sabe construir personajes creíbles, que podemos identificar en nuestra vida cotidiana -conocemos, hemos visto en el trabajo o en la familia o en la calle a tipos como Michele, Enzo, Marcello, Adela, Alfonso, Pinuccia, Antonio, Pasquale, Nadia, Donato, Carmen, Gigliola, Stefano, Rino, Elisa, Nino, Pietro, la propia Lenú-, los hace evolucionar de manera inteligente, recrea ambientes políticos y sociales, sin que estos acaben aplastando la narración, y añade el toque de color justo y necesario para contentar tanto a los que buscan alta literatura o crítica social como a los que prefieren el folletín, que, sin duda, Ferrante domina con maestría. La historia de Italia en los últimos setenta años -desde la posguerra, pasando por las Brigadas Rojas hasta llegar al hundimiento de los partidos tradicionales- y la ciudad de Nápoles, violenta y bella, sucia y atractiva, arrabalera y corrupta, son marcos o escenarios solo para que los personajes se desenvuelvan entre descripciones precisas, diálogos vivos. Nada que objetar. Y, sin embargo, ¿por qué tengo la sensación de que muchas de las ideas que aparecen en esta obra, sobre todo, en el cuarto y último tomo, podrían haber rebasado el límite que se les ha impuesto? Como Lenú, Ferrante venderá muchos libros, ganará dinero, pero tal vez, como teme su personaje, nadie la recordará dentro de cien años. Ferrante y su anonimato me hacen pensar que detrás de esta escritora, la verdadera, sea quien sea, hay una Lila, el personaje central de la obra, el único que no podemos vislumbrar al salir a la calle o en el trabajo, el que se sale de todas las normas, una Lila que no se atreve a expresarse o tal vez Ferrante, como Lenú, desearía ser, insatisfecha, impotente, esa Lila.

Uno de los momentos clave de la obra es el terremoto. Lila entra en un estado que llama "desbordamiento". Un experto lo llamaría ataque de ansiedad o angustia existencial, pero Ferrante es inteligente, añade detalles que nos trasladan a un concepto muy diferente, difícil de definir. Lo describe de una manera surrealista, hipnótica, donde el sueño y la realidad se confunden; es como si el mundo le mostrara su rostro verdadero: nada es firme, los ángulos no son rectos, no hay sólidos, sino fluidos que se mezclan, vivimos en el caos y no nos damos cuenta. Otra revelación para la narradora y para nosotros, como lectores, nos llega cuando Lila le explica que en Nápoles debajo de sus monasterios, iglesias y bibliotecas hubo en otra época sangre, detritus, fosas comunes, asesinatos; el mal se oculta bajo los monumentos que visitan los turistas, se cubre con tierra, incienso, libros, alta cultura, se revela entre edificios que se derrumban y se reconstruyen, salpicado de corrupción y fealdad, y, da igual lo que hagamos, nos devorará.

A diferencia de Ferrante, Cartarescu, Gabriel García Márquez o Juan Rulfo lograron dar ese paso. Muestran el mal, el delirio de una mente enferma o de una sociedad escindida, parten de la realidad, sea en Macondo, en un pueblo fantasmal o en una Bucarest apocalíptica, para ir más allá; su imaginación rompe las barreras, las hace saltar en pedazos. Ellos sí liberaron a la Lila que llevaban dentro. 

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