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viernes, 31 de julio de 2026

UNA IGLESIA ROMÁNICA


El calor asfixiante, atronador, dantesco aplastaba las hojas de los árboles, caídas, en el asfalto, una iglesia románica se alzaba sobre una colina arrasada por el fuego, el río Duero lamía el valle, lentamente se desperezaba la luz del sol, así que, el destino, inevitable letanía que no se apaga, me obligó a dar el paso, acaricié la piedra, alisada, trabajada por los canteros, aún sobreviven sus señales, mis manos se quemaron, vislumbré un resquicio, un hueco en la mampostería, entre guijarros molidos, sin esperanza, entré a la oscuridad, la luz de las velas iluminaban la nave central, el frío de la piedra, helada, me penetró hasta los huesos, y allí, lo vi, sí, vi en la cúpula líneas infinitas, matemáticas trenzadas por las formas simétricas del cielo, signos trazados por árabes, mozárabes, cristianos, ateos, la luz se reflejaba en los espejos de marfil, vi, sí, vi en los altares ángeles alanceando a los demonios, santos descabezados por soldados, vírgenes torturadas por sádicos, lo vi, sí, vi sobre las columnas, hojas de acanto, árboles centenarios, animales y monstruos, sí, los vi, vi cientos, miles de ahogados en el mar, sus cuerpos se pudrían, el olor a salitre, insoportable, cientos, miles atravesando fronteras, líneas deformes, ¡nos invaden!, gritaba un hombre, y los muertos se levantaban de sus tumbas, lo vi, sí, vi en los capiteles a un hijo matar a su madre y a una madre procrear con el demonio, orgasmos infinitos, castigos eternos y a Adán y Eva, desnudos, por primera vez se reconocían, vi, sí, lo vi, vi en unas pinturas de hace mil años cómo los bosques nos rodeaban y, al girar la cabeza, el olor a pino se difuminaba, el cielo se transformaba en un infierno de fuego y ceniza, animales quemados, evaporados, gritaban los árboles, bramaban, vi, sí, lo vi, vi a Satán, devoraba las almas de los pecadores y allí mismo, sí, lo vi, se alzaban hasta el cielo palmeras y desiertos de lava por donde transitaban elefantes, rinocerontes, dromedarios, sí, lo vi, vi en el altar mayor a pájaros elevándose, contemplando la tierra quemada y el mar rojo, ensangrentado, cientos, miles de cuerpos, sí, se descomponían a la vista de todos, y escuchaba aplausos indiferentes a la luz de la luna llena, sí, vi a Quimeras y sus ojos atravesando muros y de entre sus ruinas salían monstruos, portaban fuego, expulsaban llamas de su boca, sí, vi a serpientes y sus bocas mordiendo brazos y piernas, el dolor era insoportable, y no pude más, y salí de la iglesia, me encontraba sin aliento, respiré hondo, profundo y allí, fuera, lejos, a miles de años de distancia, rocas y murallas calizas, identifiqué signos de hombres y mujeres, vivieron en cuevas, labraron en la piedra mensajes que nunca descifraremos, que ya conocemos, siempre contamos las mismas historias, escuché el eco de sus pisadas, las piedras reverberaban el sonido milenario de nuestras voces, notaba cerca el agua del río Lobos, encajonado, fluía, bajaba al valle, un torrente precipitándose, desbocado, las ramas de una encina se movieron, en la tierra su sombra lo acompañó y, lo vi, sí, vi que el viento dejó de soplar, hubo un silencio, extraño, el tiempo no existía, el espacio no existía, las líneas se quebraron, vi un punto exacto, el círculo se cerró, y ya está, nada más puedo contar, eso es lo que vi, así que regresé a la plaza del pueblo, llevando sobre mis espaldas un conocimiento de milenios, acaricié la piedra, otra vez, la herida se había curado, adolescentes, jóvenes, todos, sin excepción, llamados al unísono por la música de un bar, bebían, reían, charlaban, un gato negro se refugiaba del sol bajo un coche, el río Duero se deslizaba por el valle, las sombras, alargadas, deformaban los cuerpos y sonaba una y otra vez una canción de Bob Dylan: Knockin` on Heaven`s Door.