Nostos, el regreso, de Franco Piavoli reinterpreta la obra de Homero, experimento visual y sonoro, transmite su espíritu con mayor fidelidad que otras versiones, más comerciales, expresividad intensa y poderosa, no lo convierte en un mero vehículo narrativo, por eso, las palabras pertenecen a lenguas reconocibles, latín, griego, italiano, y, sin embargo, no podemos entender a los personajes, el director inventa una lengua para que lo racional no tenga cabida, estamos acostumbrados a otro tipo de cine, Nostos llega más lejos, no solo es el viaje geográfico, símbolo, metáfora, idea fundacional de la literatura occidental, es decir, el recorrido por innumerables lugares, unas ruinas, traslación del infierno, corre, huye, aterrado, las voces de las Sirenas, intuidas tras los reflejos de la luz del sol en el agua del Mediterráneo, el encuentro con Calipso en un entorno que recuerda al paraíso, sensualidad de dos cuerpos, un ojo, miradas, el agua de una cascada, fluye, cae, la humedad de una piedra, el pie la roza, el tacto de una flor, la gota de rocío, cuando desea abandonar a Calipso, solo necesitamos, al despertar de un sueño recurrente, un campo de trigo, un niño, jugando con un aro, que Odiseo mire al mar, nada más, un hombre, solo, el horizonte infinito, desde el acantilado Calipso le deja partir,
además, en toda la película encontramos la presencia constante de elementos de la Naturaleza, el sol, el mar, la luna, inquietantes, terribles, una tormenta es más temible que Caribdis y Escila, oníricos, transforman a Odiseo, lo devoran, lo torturan, los sonidos, sus recuerdos, después del naufragio, se convierten en una pesadilla de la que no puede escapar, estamos, sobre todo, ante un viaje interior, eso es la Odisea, ¡qué lejos está Penélope!, una sombra que teje, una mujer que espera, al otro lado, en una profunda estancia, así la contempla Odiseo en un último plano, y no recuerdo que ninguna adaptación haya sido capaz de revelárnoslo con tanta claridad.
La mirada de Ulises de Angelopoulos es una mirada al origen del cine, el viaje también es introspectivo, el tiempo lineal, el de la Historia, se quiebra, las bobinas perdidas de una película antiquísima, los inmigrantes de las guerras presentes, pasadas y futuras y los elementos permanentes: el río o el mar, siempre el agua. El sueño de un tiempo cíclico, las brumas del tiempo.
Hay quien dice que la mejor versión de un clásico debe traicionarlo para poder recuperar el espíritu fundacional, la idea primigenia, sí, es posible, cada lenguaje, el cine, la literatura, la pintura debe encontrar caminos propios, la Odisea hace tres mil años abrió un camino que no dejamos de desbrozar.
Ningún hombre, valiente o cobarde, puede eludir su destino.
El destino se ha cumplido. Era inevitable.
Son las dos de la mañana. Escucho un último ¡Viva España! Es el mismo vecino que ponía a Manolo Escobar en su terraza durante la pandemia para contrarrestar y replicar a otro vecino, un anarquista, que leía con la ayuda de un altavoz poemas de Miguel Hernández y Antonio Machado. Sí, no son los mismos ¡Viva España! que gritaban las tropas nacionales cuando entraban en las ciudades republicanas, conquistadas y bombardeadas hace noventa años, y son los mismos; es la misma bandera rojigualda que colgaban en los ayuntamientos, antes de ejercer una represión brutal y despiadada y, al mismo tiempo, no es la misma. Escucho de fondo el pasodoble que bailan el padre y su hija en El sur de Víctor Erice.
Este vecino no sabrá quién es Erice. El resto de la música que pone a todo trapo ni siquiera merece ser mencionada. No comparto esta alegría colectiva. Yo y mis rarezas.
Imagino que a alguno se le ocurrirá poner en el examen de Lengua de la próxima EVAU un texto en el que aparezca el triunfo en el Mundial. No será muy original. Muchos se escribirán en los próximos dias. Habrá quien hable de la unidad de España frente a los rifirrafes políticos, que volverán en cuanto se apague el fervor inicial; otros destacarán el papel del fútbol como aglutinador y, al mismo tiempo, evasión, bien controlada y asimilada por el poder; alguno se atreverá a criticarlo como negocio que mueve millones y denunciará sus intereses. Que de esos textos se ocupen los futuros correctores. Me ha llegado demasiado tarde. Y me entristece, pero así ha de ser. Nadie puede eludir su destino.
En su lugar, escribiré sobre la Odisea.
Nolan sabe mucho; no es un tipo que haya decidido adaptar la Odisea, sin haber hecho una búsqueda exhaustiva de material. Y es listo. Por eso, tenemos una Odisea espectáculo. Es menos reflexiva que otras versiones, como la última de Uberto Pasolini;
menos divertida que la de Camerini y Kirk Douglas,
y, a pesar de todo, recoge lo mejor de ambas o, al menos, lo intenta. Busca entretener y lo consigue. No aburre y se agradece. Tampoco oculta los terrores del final de una época, los de esos pueblos del Norte, que nunca aparecen, mencionados constantemente a lo largo del metraje. El mundo micénico se derrumba, tras haber destruido Troya, y Odiseo es, al mismo tiempo, el final de un mundo, salvaje, que ha quebrantado sus propias normas -la ley de Zeus, como se repite hasta la saciedad-, y el comienzo de otro, incierto y oscuro.
Tiene defectos esta película. Muchos, inevitables, diría yo, ya que una superproducción los tendrá, aunque ni siquiera tome conciencia de ellos, ni le interese demasiado divulgarlos. Si no tenemos en cuenta a Telémaco u Odiseo, los personajes masculinos responden a prototipos. Antinoo, el pretendiente, decepciona; en el guion no deja de ser un cobarde al que podamos, en el tramo final, despreciar. Menelao es un asesino violento y esa violencia, después de Troya, la ejerce, sobre todo, con Helena, una mujer negra sometida a su poder -el color de Helena y su hermana Clitemnestra no me molesta; cada tiempo tiene sus obsesiones, sus modas y ha de reflejarlas-; el pastor Eumeo es el fiel sirviente. Agamenón es casi un semidios, cubierto por una armadura que recuerda más a una película futurista que al mundo de los guerreros griegos.
Uno tiene la sensación de que el final se precipita. Y la matanza de los pretendientes hubiera merecido un espacio más amplio. No sé si me convence que Odiseo y Penélope marchen a Occidente y dejen a Telémaco como rey en el último plano; es el final feliz que una superproducción promete, pero podría haberse hecho de otra manera. Hay que saber cerrar una historia; en el fondo, estamos delante de un final fallido. Que desaparezcan los feacios y el personaje de Nausicaa es aceptable, cuando decides que sea junto a Calipso donde Odiseo recupere la memoria; tampoco me desagrada que la flor del loto sea lo que le ha permitido mantenerlo en su isla esos largos siete años. Nolan introduce la Telemaquia -no recuerdo otra versión en que aparezca- y encaja bien. El resto de aventuras, como era de esperar, superan con creces lo que se espera. Con medios, todo es posible. La historia de Polifemo es terrorífica; los lestrigones, implacables. El silencio, cuando aparecen las Sirenas, se convierte, tras superarlas, en una atronador grito de dolor. Caribdis y Escila me recuerdan a las películas de aventuras de los años sesenta. ¡Ah, sí, siempre me emociona la muerte de Argos, el perro más fiel!
Circe, como sucede con Tiresias, es la implacable testigo de un destino que ha de cumplirse. Los dioses están ahí: Zeus con su trueno, Neptuno junto a sus tormentas y, sobre todo, Atenea, la más fiel compañera, la conciencia del héroe. La bajada a los infiernos estremece; tiemblas y así tiene que ser. Penélope no reconoce a su marido por el recuerdo que ambos comparten: la cama que fabricó con sus manos en un roble, sino por un sencillo broche. En cine las metáforas deben ser simples.
Digamos que, si esperas una radiografía de un héroe ambiguo, encontrarás desperdigadas referencias, aunque Nolan no profundice demasiado. Si acaso, un no a la guerra -el propio Odiseo comprende y así se lo confiesa a Penélope, que las razones de la guerra no fueron Helena y Paris, sino el control de las rutas marítimas; ¡Ay, Nolan no ha podido evitar decirnos que es muy listo a través de su protagonista!-, una asunción de los errores cometidos, la obligación de empezar a construir otro mundo.
La versión de Nolan es aceptable e intenta atrapar la estructura temporal del original, pero la obra de Homero es compleja y ninguna, si lo pretendiera, podría conseguir la perfección. Toda versión está condenada a mostrar solo trazas del talento de un autor, ya por sí mismo, mítico. Me quedo con la vitalidad y el amor a la vida de Camerini -que sigue siendo mi preferida-, el espectáculo bien condimentado de Nolan, la profundidad psicológica en la de Uberto Pasolini o la dignidad, algo envarada, de la serie para televisión de los años noventa.
Para eso, para captar toda su grandeza, lo mejor es leer directamente la Odisea.
Empecemos a hacerlo. Una y otra vez.
"Háblame, Musa, de aquel varón ingenioso que anduvo errante largo tiempo,
después de haber destruido la sagrada ciudad de Troya; que vio los pueblos y conoció
las costumbres de muchos hombres, y sufrió en su corazón muchas penas, sobre el mar,
luchando por su vida y la vuelta de sus compañeros. Y no pudo salvarlos a pesar de...
El mito de Ulises tal vez sea el más conocido por el gran público. Aunque un hombre o varios -o tal vez, según alguna interpretación moderna, una mujer- que llamamos tradicionalmente Homero recopilara en el siglo VIII a.C. una larga tradición que, como la de la Ilíada, se remonta a los tiempos micénicos, la figura de Odiseo, su nombre griego, es sin duda la más cercana a nosotros.
Odiseo no es, como Aquiles, el último representante de un mundo que va a desaparecer; es el primero de otro que está naciendo. Por eso, frente a tipos como Ajax de una sola pieza, Odiseo miente, manipula, sobrevive. Y esa es su manera de afrontar el mundo, la vida. Y, por eso, nos sentimos tan identificados con un personaje que representa lo que somos, aunque no queramos reconocerlo.
Muchas han sido y serán las versiones sobre este Ulises -a la espera de la de Nolan, que podría sorprendernos o decepcionarnos-, que, como bien lo describe Homero al principio de la Odisea, es un "hombre" -esa es la primera palabra del poema- de "multiforme ingenio"/"muchas tretas" que "vio a muchos hombres y conoció ciudades y sus costumbres"... Y esa es la mejor definición de un personaje complejo y de miles de rostros, digno émulo de Atenea, la diosa de la inteligencia.
Esta versión se ha realizado en el 2025, en pleno siglo XXI. El trailer no es un buen indicio del ritmo reposado y reflexivo que elige Uberto Pasolini -que nada tiene que ver con el gran Pasolini, pero sí con Visconti, ya que es su sobrino-
Hay quien ha dicho algo así como "me avergüenzo de un Ulises que pide perdón a Penélope". Es cierto que esa no es la visión que tuvo Homero; hasta los años sesenta sería impensable un Ulises que hiciera tal cosa. Ya no somos los mismos, sin duda. Afortunadamente. El nuevo Ulises debe aceptar que la mujer también debe ser respetada, que Penélope ha sacrificado mucho; que, ponerse en el lugar de la mujer, sometida durante milenios a los hombres, es un gesto necesario y obligado. Son nuevos tiempos: nuestros tiempos...
Imaginemos una comedia de situación. Penelope, que se habría buscado un amante, a todas horas le estaría machacando; a Telémaco no habría quien le echara de casa, no pararía con el móvil y los videojuegos y, si no se trae a las novietas a casa, se haría a todas horas pajas; Euriclea y el abuelo, habría que cuidarlos, porque no hay residencias en condiciones ni un sistema de salud eficiente y las visitas al psicólogo para superar el estrés postraumático no le ayudarían y tendría que empastillarse. Y todos recordándole que en otros tiempos fue un gran hombre. Tal vez al final este Ulises posmoderno vuelva a abandonar su hogar y se cambie el nombre. El de Nadie le vendría al pelo...
Los personajes femeninos ya tenían entidad en la obra original. Está Penélope que, como Ulises, también sabe sobrevivir, destejiendo por la noche lo que teje por el día, manteniendo una fortaleza y una dignidad que solo se exige a sí misma y al recuerdo de su marido. Está Euriclea, la nodriza de Ulises, la primera que le reconoce -después de Argos, su fiel perro; siempre emociona ese momento tan delicado: el de un animal que ha esperado el regreso de su amo para expirar ante él-. Tenemos, entre los masculinos, a Antinoo, que en las adaptaciones, más que el líder de los pretendientes se acaba convirtiendo en un hombre enamorado, que se mueve entre la hipocresía y la sutileza, que prefiere mirar a otro lado, mientras observa como el resto ejerce una violencia cruel y despreciable.
Destaca el peso que en esta versión adquiere Telémaco. Existe la Telemaquia en Homero; mucho menos conocida que la parte de las aventuras y, por supuesto, que el regreso a Ítaca, muchos se preguntan, cuando leen por primera vez la obra de Homero, tal como se escribió, el porqué de esa parte. Tiene mucho más sentido de lo que parece. Casi siempre se reduce, en las versiones, a la mínima expresión, porque la fuerza del personaje de Ulises es tan poderosa que todo lo demás queda eclipsado. Sin embargo, el genio de Homero -o la hija de Homero, si intervino alguna mujer en su creación- no deja hilo sin puntada. Telémaco es el hijo a la sombra de un héroe inmortal; y eso, bien lo saben los adolescentes, puede ser una carga insoportable. Aquí, Telémaco se rebela ante el mito, busca su camino, intenta encontrar respuestas. Un Telémaco del siglo XXI se enfrenta a un padre ausente. Como casi todos.
Una de las alumnas con las que esta mañana he visto esta nueva adaptación me ha mencionado un detalle fundamental. "Me faltan las aventuras". Tal vez Nolan nos las proporcione...
Sí, este Ulises es introspectivo; es el hombre que ha salido de una guerra, destrozado psicológicamente, que ha sufrido en sus viajes y llega a su Ítaca, quebrado por dentro. Tardará en curar esas heridas. Bloqueado, necesitará recuperar su identidad para reconquistar su tierra, su paternidad, su matrimonio, su reino.
Y, sin embargo, es cierto que echamos de menos a ese otro Odiseo, el que engaña al Cíclope, el que desea saber más y se ata al mástil para escuchar a las Sirenas, el que imagina trucos y trampas para alcanzar sus objetivos, el que despierta la pasión de Calipso o de Nausícaa, el que evita el hechizo de Circe, el que baja a los infiernos. Lo podemos encontrar en la versión que interpretó Kirk Douglas en los años cincuenta.
Aún así, lo intuímos también aquí en los ojos de Ralph Fiennes que, junto a Binoche interpretan a la perfección sus papeles. Es el Ulises viajero, el que ha visto demasiado y llega cansado al hogar. Y no encuentra más que miseria, crueldad y desolación.
Me gusta esa fisicidad, como contraste, del hombre que come, desesperado, la tierra, tantas veces deseada; la del que, antes de tensar el arco, huele la madera, siente su tacto y recuerda con esos gestos, una parte de sí mismo, una extensión de su propio cuerpo. Es un cuerpo que se reconoce, se revela en otros cuerpos.
Y ahí están Fiennes y Binoche. La película mantiene el interés, pero cuando aparecen los dos, no hay nada más que decir. El primer encuentro entre ellos nos emociona; Ulises calla y escucha las quejas y el dolor de Penélope, una Penélope airada. La angustia silenciosa de este Ulises se contrapone a la desesperación de una mujer en el filo de la navaja. Tras la matanza de los pretendientes, después de esa petición de perdón, llega la reconciliación, una reconciliación entre un hombre y una mujer en el siglo XXI, que se reconocen, que se recuerdan...
"Has de contarme muchas cosas... No querrás saberlas... Deberíamos olvidarlas... Tu pasado será el mío y el mío será el tuyo... Recordaremos juntos; olvidaremos juntos... "
Porque, seamos sinceros, si los mitos griegos nos sobrevivirán, es porque hablan de nosotros. Los tiempos cambian y el Ulises de hace tres mil años no es el mismo que el que contemplamos ahora. Y no debe serlo. El mito, como Odiseo, se adapta a la realidad que lo recrea y lo trae a la vida cotidiana de los hombres y mujeres que lo soñamos y lo hacemos nuestro, que lo soñaremos y lo mantendremos vivo, mientras existamos.