lunes, 20 de julio de 2026

UN SECRETO REVELADO

Catarescu recuerda en una de sus obras menores, ¿Por qué nos gustan las mujeres?, situaciones de las que se avergonzaba, que le hacían sentirse a disgusto consigo mismo, imposibles de olvidar porque nos muestran, sin que podamos suavizarlas o allanarlas, esa parte mezquina y ridícula, que nos gustaría apartar y borrar de la mente; las hicimos, éramos así, tal vez, en el fondo, no hemos dejado de serlo. Me acuerdo de mi madre, de algún comentario estúpido fuera de lugar, gestos necios. Hay muchos; todos podríamos recordar momentos de este tipo. Siempre pienso en M., cuando me vienen a la mente actos que me avergüenzan.

Hace unos días, viendo un documental sobre la guerra civil, volví a pensar en M. Regresé a un tiempo muy lejano, años atrás. Estábamos tomando algo en la calle de los cines Renoir, haciendo tiempo, antes de que empezara la película; no recuerdo cuál era. Me parece que el bar estaba en una esquina; aún veo, ahora mismo, detrás de M, el cristal de la ventana, la gente pasando, echando una ojeada al interior o caminando deprisa a quién sabe dónde. M. había asistido el día anterior a la conferencia de una mujer que había sobrevivido a Auschwitz; no podía sacársela de la cabeza. Le impactó la fortaleza de su discurso; también me dijo, al mencionar el detalle de que la mujer ya rondaba los noventa años, que pronto ya no habría testigos, nadie que pudiera demostrar, avalada con su experiencia, que eso, lo innombrable, de verdad ocurrió. Acabamos hablando de la memoria histórica, las fosas comunes; es posible que la conversación se fuera calentando, ya que su posición en este punto se movía entre la equidistancia y cierta indiferencia y yo, quizá como respuesta a su actitud, buscaba el enfrentamiento dialéctico. Cansada, sin mucho interés en continuar, terminó la discusión con un argumento que pretendía ser lapidario y resumía su planteamiento: nosotros hemos conocido a personas que vivieron esa guerra y por eso se sigue tratando este tema con tanta intensidad; cuando pase el tiempo y esas personas hayan muerto, las siguientes generaciones ya no tendrán esa referencia familiar, tan personal, y solo será un acontecimiento histórico más, lejano y ajeno a sus propias experiencias. Y ahí acabó el debate; la película iba a empezar, pagamos y salimos. No logré encontrar un buen argumento que lo refutara. Nunca di por cerrada esa conversación y años después me gustaría retomarla; ella sí concluyó ese debate, nada más quería decir, y ni siquiera lo recordará, pero todavía estoy convencido de que se equivocaba. No importa que hayan muerto quienes vivieron esos acontecimientos, le diría ahora, heredamos sus recuerdos, sus ideologías, aunque no sepamos de dónde vengan o ni siquiera hayamos conocido a los que vivieron con ellos. Sí, echo de menos esas conversaciones, las que dejamos sin terminar. 

En todo caso, no es esto lo que quería contar. O tal vez, sí. 

En una ocasión me confesó que había escrito algunas palabras en una web; allí, personas que habían roto con el Opus Dei, intentaban explicar cuánto les había costado seguir un camino propio. En las palabras que escribió M. no se hablaba de la pesadilla que significa quebrar esos vínculos; más bien, era una reflexión que abogaba por una mirada diferente a la religión, una personal y libre, y no obligada por normas y reglas que la aprisionaban. Me pidió que no las utilizara en ninguno de mis escritos. No las había compartido con sus familiares; no solo porque ellos sí seguían en el entorno del Opus Dei, sino porque, además, así me aseguró, nunca las podrían entender y, si las leyeran, la alejaría de ellos definitivamente.

No pude evitarlo. Volví, en mi casa, a entrar en esa página web; copié las frases que había escrito M. Y nada más. No creo que, entonces, pensara en utilizarlas; solo me llamaron la atención y quise guardarlas en mi escritorio.

Pasó tiempo. ¿Meses, unos cuantos años? No sabría decirlo. Se me ocurrió una historia, la de un escritor polaco que acaba ganando el premio Nobel, y esas frases, ocultas hasta entonces, salieron a la luz. Las utilice como una cita. Las escribí en mi blog.

Al día siguiente nos vimos. Sabía que no lo había leído, porque estaba relajada y amable. La visité en su estudio; una parte la había acondicionado como dormitorio. Una cocina americana y un baño completaban el espacio. Era pintora, aunque en esa época vendía pocos cuadros y hacía exposiciones colectivas de cuando en cuando, mientras sobrevivía con trabajos de mierda para pagar el alquiler. Había decidido, tras dedicarse un tiempo al libro artístico, cambiar el material en el que pintaba sus cuadros: pasó de la tabla y el papel al tejido. Solo unos pocos, más oscuros y tenebrosos, insinuaron, por aquel entonces, algo diferente. Se negó a proseguir ese camino. Prefería la sutileza a la crudeza; eso me dijo. Tal vez no siempre nos atrevemos a mostrar lo que más nos hace temblar y remueve las entrañas; podría llevarnos a la locura. 

Casi al final, como un comentario sin importancia, le señalé que había escrito algo nuevo en el blog y que estaba seguro de que le interesaría. No le dije nada más. ¿Por qué lo hice? Vanidad, sentimiento de culpa. Si no se lo hubiera dicho, nunca lo hubiera leído, lo sé. Cavé mi propia tumba. Somos los responsables de nuestra desgracia. Me prometió leerlo. Nos separamos; era un bajo en el barrio de Carabanchel, entre un patio interior que le quitaba mucha luz, y la calle. Hacía mucho frío en ese estudio -techos altos, suelo de madera- y ese invierno M. había sufrido lo indecible. Solo unos cristales esmerilados la separaban del mundo. Me acompañó hasta la puerta y nos despedimos. Nunca más he vuelto a verla.

No tardó mucho tiempo en llegar la respuesta por correo electrónico. Es posible que yo, completamente obtuso, no esperara lo que ocurrió; que solo quisiera, como siempre ella hacía, recibir una crítica literaria y tal vez, como mucho, me llamará la atención por haber utilizado esas palabras sin su permiso. Las retiraría, me disculparía y asunto acabado. A veces me pregunto si yo no deseaba, en el fondo, una ruptura, porque, por supuesto, eso es lo que sucedió. En el mensaje me decía que se sentia traicionada, que había traspasado un límite y, por tanto, prefería distanciarse de mí. Mucho más, cuando en mi respuesta no la pedía disculpas y me ratificaba en el uso de esas palabras, ya que, como reiteré, el contexto era muy diferente y difícilmente nadie podría identificarla. Todo escritor puede utilizar lo que quiera, pensé. Es el riesgo que tienes, si confiesas un secreto a un escritor, aunque este sea mediocre. Sí, un año después, le presenté esas disculpas, pero ya era tarde, y, si debo ser sincero, sonaban falsas. Si me arrepentía de haberlo hecho, era por las consecuencias y la amistad rota. Cuando leo el relato, sigo pensando, si olvido su origen, que esas palabras encajan perfectamente. La estética se impone a la ética. Comprendo que ella no lo viera así.

Por entonces me comparé con otro tipo, un escritor respetado y con numerosos libros vendidos, del que se había enamorado. Ella lo veía como una relación imposible y así me lo repetía hasta la saciedad, aunque deseaba muchísimo estar con él. Un día el gran escritor la llamó a unas horas intempestivas para que viniera a su casa; ella fue a encontrarse con él, sin pensárselo, dejándolo todo, sin orgullo, dispuesta a rendirse, en cuanto bebieran la primera copa. Se acostaron. La tensión sexual de los meses anteriores se liberó. En cuanto terminaron, él llamó a un taxi para que la llevara a casa. Tenía cosas que hacer. Nada de romanticismo. Se sintió humillada. Y, sin embargo, años después, me sorprendió que colaborara con él, haciéndole las ilustraciones de su último libro de relatos.

La comparación era absurda. Una humillación puntual de un amante ocasional no es tan importante como un pacto roto entre amigos, y un secreto revelado.

Esas palabras, que ella compartió conmigo, ocultaban, bajo una capa sutil, -la reflexión y los argumentos racionales-, su pesadilla; atrapada en una tela de araña, escribiéndolas, recuperaba el tormento interior y, al mismo tiempo, lo exorcizaba.

Esas palabras para ella debían haber sido, como al final de Deseando amar, una de sus películas preferidas, un secreto que se murmura, se susurra, al hueco de un muro antiguo o de un árbol. El secreto necesita ser expresado con palabras, pero no puede, no debe ir más allá. Hay que cubrirlo con arena y piedras y barro: que se quede allí eternamente, que nadie lo revele. 

Sí, yo traicioné ese secreto. Y mi castigo es justo. Y mi vergüenza también.






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