domingo, 25 de junio de 2023

LA PERLA

 


Después de leer una obra como La perla de Steinbeck, mientras cierras el libro, las palabras, es curioso, se te quedan congeladas en la garganta. 

Siempre te asombra que en unas pocas páginas o, si es una película, en unos pocos minutos, un autor sea capaz de contarlo todo. Y no estoy hablando de las obsesiones de Steinbeck -que aparecen, por supuesto, aquí-, sino de una visión completa de lo humano y de la naturaleza, de su crueldad y de su fortaleza.

Estamos ante una novela que, en principio, cuenta una historia muy sencilla. Una familia: una mujer, un bebé, un hombre. El hombre encuentra una perla; intenta venderla por un precio justo; se convierte en un paria, al rebelarse ante lo establecido; los tres huyen. Pero al destino no se le puede engañar. La tragedia, el fatum está decidido, hagan lo que hagan, como bien sabían los griegos. 

Herodoto cuenta en el libro III de sus Historias la leyenda de Polícrates: a una gran fortuna le seguirá siempre una gran desgracia. En este caso era un anillo el tesoro envenenado que el mar devolvía. Como diría Solón a Creso: 'hasta que no alcances el final de tu vida, no podrás considerarte feliz'. 

En la Perla, hay mucho más que una tradición oral con moraleja más o menos asumida, como ocurría con Policrates o Creso. Es, sí, también una historia universal –la melodía de la familia, el canto de la perla, la música del enemigo-, con la concepción y las percepciones de un autor moderno. 

Por otro lado, aquí encontramos ternura, generosidad, bondad. También orgullo, honradez, fuerza. Y está el lado oscuro, esa sombra que se cierne sobre ellos. El clasismo, una sociedad injusta, alimentada por la avaricia y el egoísmo de unos -el cura, el médico, los comerciantes, los asesinos-, por el miedo secular de otros -la gran mayoría-. El héroe de Steinbeck es el que toma conciencia de lo que le rodea, después de haber vivido, como en el mito de Platón, en una cueva; ha salido al exterior y ha descubierto la realidad: así que no le espera más que dolor. Sí, también tendrá la dignidad, abriendo los ojos, de rebelarse contra lo establecido. 

                                   Versión cinematográfica de el Indio Fernández

                                   

Y la naturaleza. ¿Es cruel? No, eso solo lo encontramos en los seres humanos. La descripción de Steinbeck del mundo circundante, del telón de fondo, de su entorno es, a ratos, lírica y conmovedora; a veces, realista y brutal. No oculta que unos mueren para que otros puedan vivir. 

Así ha sido y así es y así será. 

La diferencia es que los seres humanos lo hacemos deliberadamente; provocamos y alentamos el sufrimiento de otros por codicia y avaricia; no por supervivencia. El eterno conflicto entre el bien y el mal. 

Hay joyas que merecen ser leídas, porque nos cuentan lo que somos, dónde estamos.

Esta es una de ellas. 



domingo, 4 de junio de 2023

A LO CIORAN: AFORISMOS PARA UNA JUNTA DE EVALUACIÓN

 

"En los tiempos en que durante meses viajaba en bicicleta a través de Francia, mi mayor placer era detenerme en los cementerios rurales, tenderme entre dos tumbas y fumar durante horas. La considero la época más activa de mi vida" 

                                        E. M. Cioran, Del inconveniente de haber nacido.

Al empezar la junta:

Las cifras ya hablan por sí solas. ¡No dejemos huella, no digamos nada!¡Hagamos la mejor junta de evaluación!


Durante la junta:

"Solo el sufrimiento nos lleva al conocimiento". Las leyes educativas nunca comprenderán esta sencilla revelación.

Hay que alabar las derrotas, los fracasos o los suspensos más que los éxitos. Se aprende más de ellos; revelan nuestra naturaleza.

La mentira y la calumnia tienen un origen evidente: nuestro miedo y nuestras inseguridades; sobre todo, cuando nos mentimos a nosotros mismos.

Ahora también se sacrifica a los Dioses... No hay mayor sacrificio humano que una guerra o un suspenso. Y después están los refugiados y los aprobados de última hora para demostrar clemencia y falsa generosidad ante altares ensangrentados.

Como bien decía Cioran, cuando se juzga o critica a los demás, uno no descubre el interior del que es juzgado sino el de quien juzga.

Es un bien tan escaso encontrar la brillantez en alguien, que necesitamos hacerlo destacar con dos cifras y dos mayúsculas.


Cuando nos acercamos al final de la junta:

Todas estas cifras son ya pasado. Aunque estén impresas, escritas, han dejado de ser.

¿Dónde ha estado lo esencial? ¿Dónde el estupor, el grito, el silencio, el estallido? 


Y para terminar la junta:

Todas estas palabras, innecesarias. Todos estos deseos, superfluos. Volvamos, pues, a casa y durmamos plácidamente...


sábado, 27 de mayo de 2023

¿RESISTIR O LUCHAR? ENEAS Y PASOLINI

 


"Esta huelga es inútil".

Sí, es probable que lo fuera. Una huelga por la Sanidad y la Educación pública. Es probable que todas, incluso las más combativas -semanas y meses, como las de antes- puedan serlo, pero estoy seguro de que es mucho más inútil votar. Solo hace falta escuchar a todos los políticos -desde la derecha de Vox a la socialdemocracia suavizada de Más Madrid o Podemos- en las noches electorales. Empiezan su discurso felicitándose por la "alta participación". Esa alta participación es la que consolida el sistema y la corrupción institucional, la que sostiene a los que mueven los hilos de verdad. Votar es mucho más inútil. 

"Son muy jóvenes".

No añadí que también me parecían pijas y con sonrisa Profident. Ocurrió este miércoles. Iba a comenzar la presentación de un nuevo libro de Marcolongo: El arte de resistir. Lo que nos puede enseñar la Eneida. La acompañaba la autora de El infinito en un junco, Irene Vallejo. Nada que objetar a su discurso principal: hay que defender lo clásico. Han conseguido que se las escuche en una sociedad pragmática, superficial y que busca el beneficio económico; así que, claro, tienen mi comprensión y apoyo. Hay que abogar por lo que muchos -la gran mayoría- considera inútil: sea una huelga o una obra de Platón. Pero, desde el principio, dos detalles me chirriaron.

El primero, sin duda, fue su tono amable y almibarado. No tanto hacia Eneas -sí, se resaltaron sus virtudes y se buscó ocultar los defectos del personaje y de la obra de Virgilio, atreviéndose a criticar veladamente a Homero, Aquiles y Ulises (¡oh, cuánto atrevimiento!) y a alabar al gran Augusto, el que apoyó a Virgilio para escribir la Eneida, comparándolo con los políticos actuales (al menos, Augusto exilió a Ovidio; los de ahora, como mucho, les quitan las subvenciones)-, sino, más bien, cuando intentaron establecer una relación con la actualidad. El discurso evitaba entrar en conflicto, mostraba la situación de minusvaloración de las Humanidades, pero no criticaba el capitalismo o sí, lo hacía, pero con tiento. Apareció la guerra de Ucrania, pero no profundizaron demasiado; no vaya a ser que alguien se enfade... 

Y es que, -y este es el segundo aspecto- estoy se hacía en una sala de la Fundación Telefónica con cámaras que cuestan miles de euros y dos impresionantes pantallas croma. ¿Una cultura elitista? Sí, aquí no veremos a ciudadanos que trabajan más de doce horas al día o a mileuristas puteados y sin derecho efectivo a huelga -¡atrévete a hacerlo, machote!- o a delincuentes que sobreviven, trapicheando. Tampoco verás a deshauciados que se quedan en la calle ni a policías que golpean a manifestantes. Además, no puedes morder la mano que te da de comer. ¿Puede alguien que presente un libro allí -arrellanados en asientos amplios, como si estuviéramos en la clase Business de un avión- criticar este modelo económico brutal y despiadado sin ambages ni medias tintas o denunciar el gasto armamentístico en el que todas las grandes empresas de este país están implicadas o descubrir la propaganda que cada día nos aplasta? No, se le acusaría de hacer política. ¿Y no es eso lo que hacían Sócrates y Tucídides, Tácito y Cicerón?

Al final, eché de menos a Dido y a Turno. Una, porque consideraría a Eneas un cobarde; el otro, porque fue eliminado para que Roma fuera grande y eterna, como tantos otros pueblos y culturas. Todo eso no lo mencionaron estas dos mujeres jóvenes, sobradamente preparadas y también, ¿por qué no decirlo? conformistas -vender muchos libros también te obliga a no decir determinadas cosas-. 

Me faltó también Pasolini, un Pasolini intelectual crítico e independiente que denunciara a aquellos que mueven los hilos o a los que apuntalan los negocios de otros. Pero a estos sitios nunca serán invitados. Han sido apartados o eliminados. Vilipendiados, denigrados, olvidados. Ya no existen. 

Sí, lo admito, hemos perdido. ¿Resistir como Eneas? ¿O luchar inútilmente?

La derrota y lo inútil, sí. Y también, la lucha y el compromiso. 

¿Qué nos queda, pues?



viernes, 12 de mayo de 2023

UN SUEÑO


Estábamos en un supermercado. 

No recuerdo de qué hablábamos hasta que me doy cuenta de que estás embarazada. Y se te nota; debes de estar de cinco o seis meses. Me hablas de tu experiencia anterior, cuando abortaste, antes de que te diagnosticaron el cáncer. Sin embargo, ese recuerdo no te entristece; ahora pareces feliz, exultante, satisfecha, a gusto contigo misma. 

Me preguntas de repente qué me parece. Siento un mareo; la cabeza me da vueltas. Caigo al suelo, pierdo el conocimiento. 

Cuando me despierto -no sé cuánto tiempo he estado inconsciente-, ya no te encuentro a mi lado. Te has marchado. Les pregunto, a quienes se han acercado a ayudarme, si te han visto. Todos me dicen que estaba solo, cuando caí. Me levanto bruscamente y te busco, ansioso. No te encuentro. Salgo fuera. 

Sé dónde estoy. Es la misma calle por la que pasaba todos los días, cuando iba al colegio o al instituto. Y sí, allí había un Simago. Miró a derecha y a izquierda; tampoco estás allí. 

Y entonces pienso que tal vez no has existido nunca, que no fuiste real, que eres solo fruto de mi imaginación.

sábado, 8 de abril de 2023

CARO DIARIO: ¿HIPO...QUÉ?

 


-...Hipotiroidismo... Tiene los valores muy bajos... Deberá tomar cada día antes del desayuno una pastilla... Sí, es permanente, no podrá dejar nunca esta medicación... Aunque no haya síntomas evidentes, debe hacerlo, porque si no su situación empeorará... Tiene los medicamentos en la farmacia a su nombre...

- Perdone, ¿ha dicho hipo... qué?

Comprenderá, lector -tengo pocos, pero alguno habrá-, porqué hice la pregunta. Mis conocimientos de griego clásico me permitían saber que hipo significa "por debajo de", pero lo de la tiroides no es que me haya preocupado mucho hasta ahora, ni que conociera a alguien que la tuviera, así que las dudas eran comprensibles.

Pero, quizá, ustedes necesiten los antecedentes. ¿Por qué una médica me estaba hablando de esta enfermedad? ¿Y por qué me insistía, preocupadísima, en que de inmediato me tomara pastillas todas las mañanas? Bueno, vayamos al comienzo.

Se cumplían diez años en que me pusieron la antitetánica por última vez. Un papelito de cartón me lo recordaba y me recomendaba una nueva dosis de recuerdo. Pedí cita y la enfermera, solícita, encontró un botecito y ya está, pensé, todo terminado. Pero, al observar mi edad -venerables cincuenta años, peligrosa edad- y confirmar que hacía años no me habían hecho un análisis de sangre me aconsejó que no lo dejara pasar por más tiempo. ¿Viernes, nada más empezar las vacaciones? Perfecto.

Eran las ocho de la mañana. Nos pusimos en la cola -éramos una cincuentena; parecía que todos en el barrio habíamos elegido ese día para pincharnos-. ¡Cuanto antes, mejor! Nos iban pasando en orden de llegada. La señora mayor que me precedía llevaba un bote con orina y no sabía que hacer con él; tuve que esperar un par de minutos hasta que la médica consiguiera explicárselo. El pinchazo no dolió mucho; no hubo moratones, así que hasta ahí, miel sobre hojuelas.

Bueno, solo quedaba esperar. La cita con la médica de cabecera sería para después de Semana Santa. No tenía prisa.

Esto fue el viernes, mi primer día de vacaciones. Tranquilidad: me puse a leer a Pizarnik, Miyazawa, Paul Theroux... El lunes a última hora hubo una llamada del centro de salud, pero tenía el teléfono desconectado; pensé: Quieren adelantarme la cita... Como el martes no dieron señales de vida, me olvidé del asunto. Dediqué toda la mañana a visitar exposiciones: el museo de Bellas Artes de San Fernando, Carrington, Lucian Freud... 

Y llegó el miércoles. Nueve de la mañana. Acababa de levantarme; todavía me estaba quitando las legañas de los ojos... 

Reconozcamos que la médica fue al grano. Tenía pacientes al otro lado de la puerta y por teléfono las cosas han de decirse claras y rápido. Contestó a mis preguntas, las que se me ocurrieron a esa hora.

-... Si usted no las toma, podría acabar en coma o muerte... pero no pasa casi nunca...

Bueno, quizá no dijera muerte y mi memoria lo haya inventado -la memoria es poco fiable; es una mentirosa incorregible-, pero escuchar esa palabrita o una similar, nada más levantarse, no anima mucho.

-... Por si acaso, le haremos una ecografía; por si debemos hacerle una punción -aunque seguramente no será necesario-... Dentro de dos lunes...

Pensé en decir cáncer; ella, también, pero ya con la palabra muerte y coma, bastaba por hoy, así que ambos la evitamos con elegancia. 

La conversación duró escasos cinco minutos. Los médicos saben hablar, pero no escuchar, como diría Moretti. 

Necesito un vaso de agua...

Como comprenderán me quedé atontado. Diez minutos antes era un hombre sano -o eso creía- y ahora tenía una enfermedad permanente... Debo asimilarlo. 

Síntomas, síntomas, no tenía. ¿O sí? Bien, habrá que informarse. 

Nanni Moretti en cuanto le dijeron lo que podía tener buscó información en libros de medicina. No tuve que ir a ninguna librería o biblioteca; ahora tenemos internet. 

"... no se producen cantidad suficiente de hormonas tiroideas... pueden no presentarse síntomas y confundirse con el envejecimiento... el proceso es lento... agotamiento, cansancio muscular, irritación en garganta... el metabolismo se ralentiza... pueden derivar en colesterol alto o problemas de corazón..."

Y más. 

"...subaguda... se trata de una enfermedad poco común, resultado de una infección viral... En pocos casos puede ser permanente..."

Me pregunté si existía la posibilidad de que pudiera ser mi caso. Me surgían más dudas. ¿Y la alimentación? ¿No debería cambiar mis hábitos? Las páginas que consultaba recomendaban nueces del Brasil, frutas -sobre todo fresas-, leche, yogures... Nada de col; nada de soja... Mucho yodo... En fin, a veces había contradicciones. ¿Azúcar, sí o no? ¿Y las torrijas, qué? Eso sí que me va a doler... Con lo que me gusta el dulce... Lloro solo de pensarlo... No nos precipitemos... ¿No decían todos que el proceso es lento? Me puse a comer torrijas como un desesperado.

Bajé a la farmacia y compré el medicamento. Unos cuantos céntimos; cien pastillas de Eutirox con levotiroxina de sodio. A la farmacéutica, que no tendrá más de treinta años, se las habían prescrito, tras un embarazo. 

- Aunque tenga sus contraindicaciones y sea para toda la vida, es mejor tomarlas que no tomarlas. 

Leí el prospecto. Efectos secundarios: arritmias... Avise al médico, si tiene dudas... Arritmias, si las tomo; arritmias, si no las tomo... No hay salida, parece.

Intenté llamar al teléfono que aparecía en la memoria del móvil, pero saltaba el contestador del centro de salud. Me presenté en recepción: 

- Comunica la doctora. Le pondremos en lista de espera. 

Una hora después me llaman; no es la doctora, sino la farmacéutica. 

- En estos casos, cuando hay dudas con un medicamento, siempre os ponen cita para los dos. 

Conocía todo mi informe médico; me sorprendió. ¡Confiemos en la discreción deontológica!

- Nosotros no podemos ayudarte; es más bien, en posología y cosas así... 

- Ya, me lo imaginaba... Esperaré a que me llame la médico...

- ¡Cuídate!

El miércoles no llamó; estaría ocupada. Y ahora se presentaban cinco días festivos seguidos. Después de Semana Santa, entonces. Me leí todos los cuentos de Tabucchi. 

¿Habrá alguna alternativa a la medicación? ¿O este será el primer medicamento de muchos en la larga carrera por evitar el lento declive de mi cuerpo? ¿Ha empezado la vejez? ¿Me encontrarán alguna otra cosa?

Solo me queda esperar... No hay otra...

Que me pille bailando, si es posible...



lunes, 3 de abril de 2023

TORRELAVEGA: ADDENDA


I

Alrededor de la siete de la tarde, ya tenía hambre. Había comido un bocadillo y poco más desde que salí de Madrid. Curioseé por internet y recomendaban, entre otros, un restaurante llamado Mesón la Taberna; se encontraba en una bocacalle, muy cerca de la plaza Roja. Me presenté allí a las ocho; esa noche tenían preparado una fiesta privada en la que el hijo traía a sus amigos y pensé que me iban a decir que no, pero el propietario, antes de que pudiera decidirme, me hizo entrar en el comedor de la planta baja. En la zona de la barra tenían puesto en la televisión un partido de baloncesto; como estaba solo en la salita -no tendría más de cuatro mesas-, me preguntó si me interesaba el deporte. Le respondí que no, que el baloncesto solo me atraía, cuando jugaba Michael Jordan; así que me dejó con el concurso de Pasapalabra, mientras ellos, a unos metros, veían ganar al Madrid. Después, vino el informativo. Parecía que "la izquierda de la izquierda" quería presentarse unida a las próximas elecciones. En este asunto, tengo dos ideas claras. La primera es que no existe la izquierda de la izquierda; y que la otra mencionada dejó de ser izquierda, socialista y obrera en cuanto llegó al poder. La segunda es que ya no me volverán a tomar el pelo; el sí se puede dejó de ser tragedia para convertirse en farsa hace mucho tiempo. Y con el miedo a la derecha, a mí ya no me engañan. 

Por tanto, ajeno e indiferente a la representación, disfruté de un magnífico caldo de cocido y unas albondigas muy respetables, servidos con la sonrisa y la amabilidad de la dueña. 

Al día siguiente volví para comer. Me ofrecieron un pequeño hueco a la entrada y me pareció perfecto. Un solo comensal debe aceptar el lugar que le ofrezcan, cuando un sitio está lleno. Esta vez me decidí por la ensaladilla y una musaka. Bien hechas; me agradaron. En la televisión ponían una carrera de motociclismo. Hace años, en los noventa, eran los toros lo que se veía en los restaurantes o, así lo afirma, en los capítulos que corresponden a España, Paul Theroux en su libro de viajes Las columnas de Hércules; ahora, según parece, es el deporte. Los tiempos han cambiado; el ritual sangriento da menos dinero que la competición de alto nivel y la publicidad aneja.

Los clientes, en la barra del bar, esperaban su turno para entrar en los comedores. La entrada se fue vaciando, mientras los platos, que destacaban por su cantidad, iban pasando de una mesa a otra. Los postres estaban currados y se notaba que eran caseros. Me fijé, mientras tanto, en detalles curiosos: en unas cerámicas aparecían frases tópicas, de estas que buscaban la sonrisa, irónicas, conservadoras, reaccionarias; hacía mucho que no las veía en un restaurante. La novedad es que, entre ellas, había una de Montaigne. También había varias gorras de cuerpos policiales -locales, nacionales, europeos; incluso, el de la legión o el de los antidisturbios-, en la parte superior de la barra, encima de las botellas. 

Le pregunté al dueño: 

-Nos las regalan, cuando vienen por aquí a comer. 

Un escudo del At. Madrid destacaba, si mirabas al fondo, desde la entrada; en cambio, tenían una imagen del Bernabeú, en una esquina, tras la barra. Me sorprendió esa contradicción y se lo mencioné:

-Mi hija... -suspiró con resignación- ganas de incordiar...

II

Torrelavega no es un sitio para visitar como turista. Antes, había industria; ahora, es el sector servicios el que mantiene vivo al pueblo. Sobreviven algunas empresas, al otro lado de la estación de FEVE, y una chimenea: restos de otros tiempos. Quedan pocas casas antiguas; y las que siguen en pie tienen las huellas de lo que se ha abandonado: tejados caídos, maleza y hierbas entre las piedras y los huecos de las paredes, persianas descuidadas, algún cristal roto en las ventanas. Rodeadas, como si fueran los últimos supervivientes de un asedio, de urbanizaciones y fincas de hormigón y bloques de edificios altos de ladrillo. 

Las iglesias se llenan, más o menos, pero la media de edad ronda los cincuenta años en adelante. Los jóvenes comen en restaurantes de comida rápida y se bebe en bares de diseño. El nivel de vida es aceptable; no hay mendigos en las calles y los edificios, en general, están cuidados. Hay obras en marcha: costumbre inveterada de los ayuntamientos, meses antes de las elecciones. La vida cultural es escasa; aunque puedas encontrar algún concierto alternativo de cuando en cuando, alguna asociación que intente dinamizar el pueblo, o, cerca de la estación de FEVE, una librería que te invita a curiosear contenidos más atractivos de los que esperarías en una población de este tipo. 

III

En Santillana de las tres mentiras -que no es santa, ni llana ni hay mar- no había mucho turismo a finales de marzo. Los grupos de las agencias con sus autobuses llegaron sobre las diez. Hasta entonces la sensación era la de un pueblo bien cuidado, tranquilo y aburrido: parque temático, eso sí, con tiendas de recuerdos y restaurantes cada diez metros y palacetes antiguos y museos sencillos.

Elegí otro restaurante que recomendaban en internet. El trato fue menos personal que en el de Torrelavega, pero tanto en calidad como en cantidad no me decepcionó. Me arriesgué por un cocido montañés que me sentó muy bien. Los calamares en su tinta estuvieron a la altura. 

A mi lado dos parejas de ancianos comenzaron a hablar de sus achaques, que a su edad ya eran muchos. Luego hicieron un repaso, cuando se sentó con ellos un vecino, de la lista de fallecidos de entre sus conocidos. Aunque alguno todavía vivía, con cien años cumplidos. 

Hacía un poco de calor, así que pusieron el toldo; nosotros estábamos en una terraza acristalada. Desde donde me encontraba podía ver a quienes iban llegando al patio interior. Dos familias con sus hijos se sentaron frente a mí, al otro lado del cristal. Los primos -dos chicas, una de ellas, adolescente, y un chico- parecían algo cohibidos; se notaba que hubieran preferido estar en otro sitio, pero la obligación familiar no les permitía decir que no. Quien llevaba la voz cantante era el padre de la adolescente, la cual, nada más llegar, se había guardado el móvil en el bolso. Los demás, más o menos, aceptaban sus sugerencias, sin demasiada convicción. 

Como ya había terminado, salí del restaurante. Tomé un camino que me permitiera ver el pueblo desde más arriba. Otras perspectivas ayudan a abrir la mente. Y en mi caso, despertó recuerdos olvidados. Mientras iba alejándome, me di cuenta -en un deja vu- de que ya había estado antes aquí. En la primera etapa del Camino desde Santander, con J. Él había llegado reventado, no pudo recuperarse y a los tres días tuvo que dejarlo. Recordé el lugar donde dormimos, aunque por entonces la entrada por la calle principal estaba abierta; pude ver desde el lado posterior el patio donde lavamos la ropa, nada más llegar. ¿Dónde estaba el restaurante en el que cenamos? Recordaba también otro patio interior, similar. Y una calle ancha que daba a la entrada. Sí, no tardé en descubrir el lugar, más arriba.

Tal vez no lo había reconocido, porque, entonces, era pleno verano y la calle parecía la Gran Vía. No se podía uno ni mover. Hacía calor y estábamos agotados. Siempre es mejor visitar estos sitios en primavera y con pocos turistas. Un limonero brillaba a un lado de la calle principal. 

Recordé a J. al que no veo desde hace un año. Ninguno de los dos da su brazo a torcer y no parece que tengamos interés en reencontrarnos. 

Imagino que todo viaje invita a la melancolía. Sobre todo, si vuelves a un sitio años después. Santillana no había cambiado demasiado; sin embargo, yo, sí. 



viernes, 31 de marzo de 2023

APUNTES PARA UN VIAJE (II): TORRELAVEGA

 

El muro del cementerio grita. Se extiende, fluye la sangre de los muertos. Palabras como cuchillos que preceden a los disparos.

 Una mujer y dos niñas, protegidas por la oscuridad, huyen. A lo lejos, gritos, disparos, silencio.

 Un comienzo.


I

La llanura, los sauces llorones y los ávidos riachuelos: antesala de valles, colinas suaves o ríos colmados. 

Charlie, -lo conocí en el tren- se denomina a sí mismo como "el hombre más peligroso del Sur". Intuímos drogas y noches insomnes en las arrugas de su rostro. Las palabras, en cambio, son las de un bufón. Intenta ligar con una joven latinoamericana; ella se divierte, juega con él. Charlie, despistado, debe bajarse en Torrelavega; el tren se va a poner en marcha. 

"No mires atrás", le dice ella, con sorna, al despedirse. 


Torrelavega: el origen mítico de una odisea. Pretendo versificar una historia épica. La realidad, hoy, un viernes por la tarde, es prosaica, más banal: los adolescentes en la plaza "Roja" -las baldosas del suelo han perdido su color primigenio- se hacen selfies o escuchan música; otros, con más poder adquisitivo, toman un café o beben su cerveza bajo la terraza del Carpe Diem

Al día siguiente el cielo recupera un tono azul y brillante, el de la infancia olvidada que mitificamos. 

Al bajar del monte Dobra, volviendo a Torrelavega, comparto un trecho del camino con dos jóvenes de Viernoles y Tano. Atravesamos bosques de eucaliptos. Los temas de conversación fluyen: la cantera, la corrupción en la que están implicados una constructora, Rucecan, y el político de turno... El lobo es un asunto delicado. Los ganaderos pierden ovejas; cuando cobran por las que mueren, prefieren alimentar con ese dinero a sus mastines: monstruos cuyos cuellos, erizados de pinchos, nos amenazan. 


"Una cosa es apostar en juegos y otra hacerlo en la vida real". 

Me cruzo, a unos pasos de un Ayuntamiento en obras, con dos compañeros de parranda que acaban de comenzar su recorrido por los bares del pueblo. El que va detrás ha pronunciado estas palabras. El otro, al escuchar a su amigo, ha suspirado... 

Entre las dos iglesias principales de Torrelavega sobrevive un espacio hueco, zona sin edificar; tal vez, en otro tiempo, aquí hubiera una casa antigua, abandonada y que se terminó de caer a pedazos; ahora, en vez de levantar un edificio sin personalidad, alguien, aprovechando el vacío, lo ha transformado en un refugio al aire libre. Se comparten libros; tras un cristal, abierto al paseante, ese mecenas nos ha dejado mundos desconocidos, universos alternativos para quien quiera llevárselos. A su alrededor, mesas y sillas de piedra, plantas y un pequeño huerto. 

Una adolescente, que debería a estas horas recibir las lecciones de sus esforzados profesores y aprender, disfrutando de metodologías activas, ha decidido, en cambio, saltarse las clases. Se sienta en uno de los bancos, sin dirigirme la palabra; quiere estar sola. Necesita pensar qué va a hacer con su futuro; así que... cierra los ojos.

Entro a la iglesia mayor del pueblo, cuando las temperaturas refrescan. Están interpretando varias obras corales del renacimiento español. Mi sangre despierta, mis músculos se tensan, mis ojos brillan y tiemblan, en cuanto suena Tenebrae factae sunt de Tomas Luis de Victoria. Sus pausas y silencios atrapan el tiempo. 

Esa noche, las paredes hablan: una pareja hace el amor en una habitación de hotel. 

"Así, así...". La maestra repite la lección a su discípulo. No afirma con un "sí, sí...", ni aspira a alcanzar la iluminación divina, "Dios, Dios..."; se conforma con marcar el camino. Satisfecha con el alumno, tras el orgasmo compartido, se mezclan risas y juegos, cosquillas y susurros.

"No seas... hijoputa". "No seas malo" hubiera sido más apropiado o elegante para una mujer enamorada, pero ella se crió en un barrio de gitanos. Las palabras nos traicionan; delatan de dónde venimos...


II

Los domingos, a primera hora, todos duermen. Duermen los borrachos, duermen los amantes, duermen los ancianos, duermen los solitarios insomnes. La ciudad está vacía. 

En los anaqueles de un bar de estación descansan, sin que nadie se atreva a leerlos, los cuentos de Poe o el Retrato de un artista adolescente de Joyce. 

Los capiteles del claustro de la Colegiata de Santillana del Mar me asombran. Un contador de historias nos habla, saltándose nueve siglos. ¿Quién sería este artista? Aquí aparece un ángel; allá, un hombre y una mujer, cogiéndose de la mano; detrás, una serpiente se enrosca alrededor de una columna; cerca de esta última, un caballero atraviesa con su lanza a enemigos inermes. 

Otros, monstruos de la Antigüedad, interpretados por la imaginación delirante de artistas medievales, renacen de sus cenizas. 

En sus calles sobrevive un fotógrafo caminero, Adolfo. 


Ya no va por los caminos; deja frente a la Colegiata su cámara -siempre con el miedo de que el viento se la tire-, esa que compró su padre en los años cuarenta; la coloca sobre un trípode y espera a los clientes. Aprieta el disparador, y, allí mismo, revela la fotografía, la amplia, limpia los líquidos que han quedado en el papel fotográfico con el agua del lavadero y se la ofrece, como un regalo, a los hombres del presente: la imagen es fiel reflejo de un pasado perdido, fidedigna materia de los sueños, verdad recuperada de memorias olvidadas.

"Si le das el dinero a un hombre para que se lo de a otra mujer o para que se lo gaste en juegos, eres poca mujer, eres una mierda de mujer".

Después de enviar este mensaje de voz, la venezolana, tal vez una inmigrante que limpia las fincas de algunos cántabros de buena posición, cambia el tono y la melodía con su hija, que, ajena al complejo mundo de los adultos, se mueve, nerviosa, en el carrito de bebé. Ahora su voz es diferente: la crueldad y la firmeza han desaparecido; las caricias y la ternura abrazan, en su lugar, a la niña. 


III

¿Por qué el abuelo de Fernando, un montador al que he conocido en Torrelavega, a los meses de empezar la guerra civil huyó a Francia? ¿Algún trapicheo económico? Los misterios familiares aumentan de grosor con el paso del tiempo; la memoria los deforma. 


Aún resisten casas de otros tiempos; 

las voces de sus fantasmas no encuentran el camino entre los hierbajos, las malezas y las grietas. 

Esa chimenea, cenizas y rescoldos de una Torrelavega obrera, se vislumbra más allá de un inesperado arco iris. 


"Sobre tu pelo recogido se enrosca un rayo de luz. Las despedidas nos hacen envejecer..."







sábado, 11 de marzo de 2023

SOLARIS: LEM, TARKOVSKY Y SODERBERGH



"El ser humano ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos o sus oscuras puertas atrancadas...". 

La ciencia ficción quiere contarnos un futuro hipotético, aunque, en realidad, hable de nosotros mismos, en este aquí y este ahora. 

Solaris es una novela de Lem, autor reconocido en este género tan peculiar y tan contemporáneo, en el fondo. La primera versión de calidad -hubo otra anterior, pero ha sido olvidada-, la de Tarkovsky, consiguió recoger, aunque a su manera, el espíritu general de la obra. La de Soderbergh, más reciente, la vulgariza, aunque consiga una atmósfera sutil y seductora. 

La obra gira en torno a un planeta, Solaris, cubierto por un mar que funciona como una mente consciente. El personaje central Klein llega a una estación espacial, situada sobre Solaris; allí se encuentra con situaciones preocupantes y actitudes absurdas, en apariencia. Un conocido experto en el planeta, amigo de Klein, se acaba de suicidar y los dos científicos supervivientes se comportan de manera extravagante. Pronto descubrirá en sí mismo la razón de esta actitud: Solaris construye, durante los sueños, seres que parecen reales, productos de la imaginación o los recuerdos. Klein "recrea" a una mujer, Herder, a la que amó y que se suicidó diez años atrás. 

Es fácil ver las diferencias entre la novela y las dos versiones cinematográficas. 

Empecemos por la de Hollywood. Desde el principio no esconde su intención: quiere contarnos una historia de amor. Al contrario que la novela, en donde la historia de esa pareja es solo un elemento secundario que sirve de excusa para la idea central: la necesidad de comunicación o su imposibilidad y el ansia de conocimiento. Aquí, sin embargo, la trama romántica se impone. La referencia literaria es Dylan Thomas. El tema central: el amor más allá de la muerte. Los personajes que interpretan a los compañeros científicos de Klein quedan muy desdibujados -es curioso que uno de ellos, Sartorius, sea interpretadopor una mujer negra en vez de por un hombre (en la novela la mujer negra es el primer "visitante" que encuentra el protagonista, sustituido en la de Hollywood por un niño, otro "fantasma" de la obra literaria; en esta, el niño es un "gigante" de cuatro metros, surgido tras la muerte de un piloto en medio del mar, que parece representar también al mismo Océano en su inocencia creadora); el otro, Snaut, que tiene un papel muy importante en la novela y en la versión rusa, se convierte casi en un parodia-. 
El meollo de Solaris se insinúa con trazos muy suaves y puntuales en alguna conversación. Desaparece el universo del planeta, convirtiéndose en un fondo o en un escenario extraño, eso sí, dispuesto y condimentado para el gran público. Su gran acierto es la creación de un atmósfera sutil, una tela de araña bien urdida, pero le falta la profundidad que sí tienen la novela y la adaptación de Tarkovsky. Visualmente hay aciertos destacables: me gustan la mirada perdida de Herder, cuando va tomando conciencia de su no-identidad; o su "muerte" final, que recuerda mucho a la misma escena del director ruso, de la que bebe Soderbergh, sin duda. La conclusión, a su manera, también es un acierto, como luego contaré. 

Tarkovsky interpreta Solaris con su mirada particular. Aparecen sus obsesiones personales: algunos motivos recurrentes en su filmografía como el caballo salvaje, la naturaleza y su panteísmo místico -la pieza de Bach-; las referencias literarias beben del Quijote, la literatura rusa o el Fausto de Goethe -la inmortalidad no deseada de esos visitantes fantasmales-. Es fiel a los personajes y al planteamiento de la novela, pero no puede evitar dar al amor un peso muy potente en la narración. Su humanismo parece defender el romper con una tecnología que nos ha alejado de nuestras raíces. Así se explica el prólogo -que no existe en la novela-, situado en un entorno natural, casi un paraíso, donde el agua estancada o en movimiento es observada por un Klein triste y meditabundo, 


a la que sigue más tarde un viaje por los túneles de una ciudad deshumanizada. Tras ese prólogo que aprovecha el director ruso para explicar las complejidades de Solaris en una proyección de 16mm -la novela, en cambio, lo hace por medio de la lectura de libros y tesis escritas por científicos o grabaciones de radiocasetes-, desde la llegada a Solaris Tarkovsky es muy fiel, tanto en los personajes y diálogos como en los hechos de la narración. Rompe esa fidelidad, de cuando en cuando, como en una escena que no encontramos en la novela, situada en la biblioteca. Allí, mientras Herder pide humanidad y amor a los que la consideran "algo no humano" -su monólogo y la interpretación de la actriz es impresionante-, el científico Snaut reflexiona sobre la incapacidad de comunicarse con ese "Otro", sea extraterreste o parecido o similar a nuestra propia naturaleza. Es tal vez la clave de la versión tarkovskiana. También nos muestra un sueño -en la novela quien se le aparece es su amigo científico- donde la visita de la madre -no es casual el parecido con Herder- le devuelve a la infancia, otro de los motivos recurrentes de Tarkovsky. Visualmente, con escasos medios técnicos, nos encontramos ante una película inmensa. 
La presencia de ese Océano de Solaris es constante y opresiva. Es ahí donde Tarkovsky logra atrapar al verdadero personaje de la obra y mostrárnoslo en toda su belleza y complejidad. Aunque la obra literaria abra más puertas, que Tarkovsky sólo insinúa -y hay que reconocer su esfuerzo en ese sentido-, la adaptación cinematográfica es, con todo, de una gran intensidad.

El final en las tres es circular. La escena inicial se repite en todas, pero el sentido, evidentemente, difiere y mucho. Coinciden en un punto clave: que el personaje prefiera quedarse en Solaris. 
Soderbergh da una oportunidad a Klein y Herder para que puedan recuperar ese amor en una especie de mundo paralelo -al cual el "niño" Océano se encargará de llevar a nuestro protagonista-; ni muertos ni vivos, se atreve a decir el guión, para que así el espectador de palomitas pueda comprender el simbolismo elegido. 
Tarkovsky, apoyándose en la idea de una isla -que también está en la novela- vuelve al prólogo; el paraíso en la Tierra, que vimos al principio, es recreado de nuevo, rodeado por ese Océano vivo y pensante al que se añade una idea mística de perdón y arrepentimiento, dirigido tal vez -arrodillándose y abrazando a su "padre" -a ese otro ente vivo que es la Tierra. 

Lem, que criticó educadamente las dos versiones, tiene una percepción diferente. Klein se queda en Solaris; sí, admite que desea volver a ver a Herder, pero, en realidad, lo que quiere es conocer. Por eso, sale de la estación espacial en una nave -así empezó la novela, llegando a esa misma estación- y desembarca en una isla, en medio de ese Océano. Juega con las olas; intenta contactar con ellas. Y, después, reflexiona. Espera que Solaris vuelva a sorprenderles, que sea posible comunicarse algún día con ese Otro, ajeno, o tan cercano, porque nos refleje, como en un espejo. 

Si las versiones cinematográficas parecen asumir que no hay más opción que refugiarse en un mundo soñado o recreado -en una visión conservadora, reaccionaria y, quizá, pesimista; aunque Tarkovsky sea ambiguo y Soderbergh prefiera la idealización romántica-, Lem, más optimista o confiado en el progreso y las posibilidades que todavía nos ofrece este, piensa que la Humanidad aún puede encontrar nuevos caminos, si está dispuesta a asumir riesgos. 

Pero como dicen tantos expertos solaristas: "cada lector encontrará y recreará su propia visión e interpretación de Solaris".