viernes, 16 de septiembre de 2022

JEAN-LUC GODARD: EL CINE

 


Hubo un tiempo en que toda una joven generación en Francia buscó nuevas formas de hacer cine. Se les llamó la Nouvelle Vague. Fueron Agnès Varda -una de las pocas mujeres-, Claude Chabrol, Louis Malle, Jacques Rivette, Éric Rohmer, François Truffaut, Roger Vadim... Y Jean-Luc Godard.

La mayoría, con el paso del tiempo, sin perder su talento -que era mucho-, fue asumiendo las reglas de la industria. Godard nunca las aceptó. Con sus luces y sus sombras -que las tiene- desde su primera película, la sorprendente e iconoclasta A bout de soufle, experimentó, jugó, se divirtió: siempre. Hizo lo que quiso. En fondo y forma. El montaje -de sonido e imagen- se transforma en un elemento de ruptura; contar una historia es importante, pero es mucho mejor cómo la cuentas. 

Sus películas de los años sesenta son divertidas. Y lo son porque tienes la impresión de que el que las hace está pasándoselo bien. Rompe las convenciones, se ríe con nosotros y de nosotros. Transforma los géneros, los dinamita. Bande apart es el mejor ejemplo. ¿Cine de gansters, musical, comedia loca? Todo eso y nada de eso. 


Si alguien me preguntara: ¿en qué películas sientes que la vitalidad se sale de la pantalla, sin hipocresías ni velos? Sin duda, las de Godard de esa época. Están vivos; estás vivo. 

Parece serio; lo parece. En realidad, no puedes dejar de sonreír, aunque los personajes reflexionen sobre el sentido de la vida y el estado del mundo. Bergman era serio y profundo en Persona; ¿Godard se divierte y rompe las reglas en Alphaville?


La cuarta pared se rompe en mil pedazos. No hay límites para que la realidad múltiple y poliédrica atraviese la pantalla. Los finales han de ser explosivos o no han de ser...

O para adaptar a Cortazar, como debe hacerse, traicionándole y siéndole fiel en el fondo y en la forma.

Después la política, en los setenta y ochenta, lo llevó por otros derroteros. El 68 no le vino bien, en mi opinión; se espesó, quiso ponerse serio. Aunque, eso sí, lo hizo a su manera, provocando a las buenas conciencias, a esa máscara de lo políticamente correcto, tan peligroso para cualquier tipo de creación artística; y lo hizo sin normas ni coerciones. 

Je te salue, Maria

Los demás las habían aceptado; él, no. 

En sus últimos años con los medios digitales no traicionó sus convicciones. Siguió siendo un creador único, ajeno a las modas, buscando nuevos caminos, abriendo fronteras. 


¿Qué autor ha hecho más por el cine que Jean-Luc Godard? Los contaríamos con los dedos de una mano.

¿Qué autor ha ido más allá en su búsqueda de la Verdad? Aquí están las manos, el punto de partida de nuestra humanidad.


Godard es el cine. 


martes, 2 de agosto de 2022

MUJER EN EL SIGLO XXI: EN MOVIMIENTO

 

¿Un final puede servir para construir una teoría? Sí, claro.

Las películas donde una mujer es protagonista, ¿cómo terminan? Sería interesante hacer una detallada investigación partiendo de este supuesto. Esto que sigue solo es una ligera tentativa de una idea que podría llevarnos mucho más lejos.

Empecemos por la vida de Adèle. Se confirma el presupuesto inicial: Adèle está en movimiento, se aleja de nosotros, nos da la espalda. Está en el momento más bajo de su vida, pero no se queda a llorar desconsolada, sino que camina. ¿Otra vida es posible?


En Girl de Lukas Dhont la protagonista también camina, pero esta vez de frente y sonriendo. 

No hace falta decir lo que eso significa. De nuevo, en movimiento.

¿Y qué podemos decir de La peor persona del mundo? Si en Girl la protagonista ha decidido ser mujer, física y mentalmente hablando, en la otra ha sacrificado su maternidad y relación de pareja para centrarse en su profesión. Vivir sola es posible.

Está sentada, trabajando con el ordenador. Sí, aunque no lo parezca, también hay movimiento.

Nada que ver, si lo comparamos con el final de Calle Mayor. No hay esperanza para una mujer que ha decidido rendirse. Nos encontramos ante un rostro convertido en estatua. Podría ser la sombra de Pigmalión o la condena de Medusa. Esta soledad es impuesta. 

Pero los tiempos han cambiado. Las mujeres no están dispuestas a detenerse.

En Retrato de una mujer en llamas el final, como no podía ser de otra manera, es pictórico. Tanto la penúltima como la última escena. En la penúltima, por medio de un cuadro. En la última, sin embargo, el retrato, la mirada de la artista desde el palco de enfrente, tiene como fondo la música de Rossini, Las cuatro estaciones. Ella está parada, sentada, obligada por las convenciones, pero no paralizada.

Sí, hay también movimiento. La mirada, el rostro, el cuerpo entero, la melodía, las lágrimas y... la cámara. 


De alguna manera, la cámara acompaña a una mujer del siglo XVIII que no puede moverse. 


Aunque en su interior ría, llore, baile, salte, corra, vuele... 



RIBEIRA SACRA

 


Dicen que un benedictino a principios del siglo XVII transcribió erróneamente un documento del siglo XII. En el original ponía Rovoyra Sacrata, algo así como "robledal sagrado". El roble siempre ha sido en las culturas celtas un árbol divino. El monje escribió, en cambio, Rivoyra sacra y así es como ha llegado a nosotros. 

El Sil y el Miño han creado valles profundos, cañones ricos en tierra cultivable. Los viñedos se agrupan en terrazas con pendientes, en algún caso, bastante empinadas. 

¿Llegó el vino con los romanos? ¿O fue más tarde, cuando los monasterios descubrieron un negocio que les proporcionaría cuantiosos beneficios? Los historiadores no se ponen de acuerdo. O eso nos dice una guía de uno de los paseos en ferry por el Sil. Nos confiesa que quiere presentarse a las oposiciones de secundaria para la pública; pocas plazas para muchos pretendientes. Nihil novum sub sole.

De entre esos monasterios destaca el de San Esteve. La iglesia tiene dos retablos; el renacentista preside el coro. Hay otro en piedra, románico, más atractivo: representan en una figuras esquemáticas, estilizadas a Jesucristo rodeado de sus discípulos. 


Transformado el resto del edificio en un parador aún conserva tres de los claustros. Dos son renacentistas y el último combina el románico con el gótico tardío. En las paredes de este hay unas pinturas; difícil distinguir cuál es tema. Aún quedan restos del color. 


Estos monasterios se enriquecieron en la Edad Media; fueron abandonados en el XIX. Entre las dos fechas podrían contarse muchas historias. 

En los altos de estas colinas puedes encontrar restaurantes. Además de la vista de los valles, disfrutarás de cocina casera. Sus propietarios suelen ser familias: verás al padre, la madre y los hijos. En O cova, mientras contemplas el cañón del río Miño, te ofrecerán carne a la parrilla. Los postres caseros no quedan a la zaga. 

Se cuenta que el fuego está quemando los bosques de estas tierras; aquí, al menos, por lo que he observado, todavía no ha llegado. ¡Al tiempo!

Estuve en Orense hace casi veinte años. No recordaba la Catedral y es extraño, porque no te deja indiferente. A la entrada un cartel nos agradece el que hayamos dejado un donativo; sorprende, porque el pago es obligatorio para poder visitarla. Debe de ser el sentido del humor gallego. 

Tenemos un gótico elegante, pero que conserva ejemplos de otras tendencias. Esculturas románicas, sobrias, distantes; portadas románicas que recuerdan a la del maestro Mateo; una capilla barroca, la del Santo Cristo, brillante: necesitas salir para poder recuperar el aliento. ¡Tanta es la riqueza y el esplendor que atesora! El altar mayor se mueve más en el Renacimiento. Las figuras del coro no desmerecen. 

Recordaba un museo arqueológico; me agradó porque era sencillo y aprovechaba con pocos medios el espacio que tenía. Me lo he encontrado en proceso de restauración con una fachada cubierta de andamios.

Había también una calle llena de bares. Si es la misma que he visto ahora, los bares se han transformado en restaurantes y han ocupado la calle con terrazas que no dejan sitio a los paseantes. El turismo lo devora todo. 

Para salir del centro está el puente romano, bañado por el Miño. En este siglo XXI también tenemos el puente al estilo "Calatrava". Lo podían haber llamado del "descubrimiento"; aquí recibe el nombre de "el Milenio". Es curiosa la pasarela peatonal en forma de anillo; un hilo muy fino y elegante. Al otro lado, subiendo una cuesta pronunciada, llegas a la estación de tren.

El AVE te llevará a cuatrocientos kilómetros por hora -en su tramo más rápido- hasta Madrid en dos horas. Visto y no visto. Más bien, lo segundo. 

Los viajes, ¡ay!, ya no son lo que eran.





lunes, 1 de agosto de 2022

VILACAIZ (y II)

 

Se escucha el canto de un gallo, ladridos de perros, algún mugido ocasional. Son los sonidos con los que comienza una mañana aquí. 

Mi amigo sabe que necesitará mucho tiempo y trabajo para levantar todo esto de nuevo. Aunque, como yo, es un urbanita, su mirada ya no es la misma que pueda tener yo. "Ahora soy un terrateniente", me dice con sorna. En estos días, por las tardes, ha hecho una zanja para dirigir un reguero de agua que uno de los vecinos ha dejado libre dejándole una parte de la finca anegada. También ha cortado las malas hierbas, arreglado la lavadora o el horno. Está dispuesto a tomarse muy en serio este tipo de vida. 

Le acompaña Luka, una perrita de trece años. Una "viejita", como la llama mi amigo cariñosamente. Casi siempre está durmiendo; sólo cuando intuye que le van a dar de comer, sus ojos brillan. También cuando persigue a unas ovejas alocadamente. Es como si despertara de repente su instinto natural de cazadora. 

Nos dicen que en los alrededores han llegado a ver a algún lobo. También jabalíes o zorros. Uno de ellos fue quizá quien debió dejarnos su tarjeta de visita en forma de deposición una noche en la escalera. 

En Vilacaiz, aldea la llaman por estos andurriales, no hay más de veinte vecinos. Y la mayoría vienen o los fines de semana o en verano. La carretera comarcal, la que te lleva a Currelos, el pueblo más cercano, separa las fincas de unos y otros. A nuestro lado de la frontera asfaltada tenemos la iglesia y el cementerio. En la iglesia, en la que sólo se celebra misa el primer domingo de cada mes, quedan algunas lápidas, colocadas en los muros que la protegen. Son las más antiguas que he logrado encontrar; no van más allá de los años cuarenta. Imagino que los demás huesos de antiguos parroquianos o fueron trasladados o se encuentran bajo el campo de margaritas. 


Todos los caminos aquí tienen un sentido. El asfalto no llega más allá de unos metros, los que necesite el propietario para el coche. Enseguida se convierten en senderos de tierra firme y bien asentada, que separan los terrenos y comunican a unos propietarios con otros. En las fincas encuentras desperdigadas, en paquetes bien atados, la paja o el forraje; a veces está cubierta por un plástico para que conserve la humedad y el sabor. 

Es importante llevarse bien con los vecinos, pero no siempre es posible. Ya se sabe: conflictos con los linderos y los límites de este o el otro, que si ese camino es privado, que si las ramas del árbol te pertenecen y el tronco, no. También se piden favores. Así que los vecinos son amables con mi amigo; no solo es el carácter abierto del gallego, que también, sino sentido común. Nunca sabes cuándo puedes necesitarle. Hay interés, por supuesto. Llegar a acuerdos y no arrastrar litigios es importante; o que tus ovejas puedan pastar en otra finca; o que tengas una salida para el coche más cómoda. Y a mi amigo en estos primeros encuentros le llueven los pepinos, tomates y lechugas del huerto de este; o el albariño o el orujo casero de aquel. Quid pro quo. La gente del campo es práctica. Le va en ello la vida. Alguno da consejos que mi amigo no ha pedido o atraviesa la finca sin pedirle permiso. Tendrá que poner los límites y saber moverse en este nuevo lenguaje con sus reglas y su vocabulario particular.

Currelos es el pueblo más cercano. Tampoco es que haya mucho que ver: farmacia, un bar, un albergue privado, alguna tienda de ultramarinos. Si quieres ir al médico o empadronarte debes ir más lejos, a Vilasante. Y para asuntos de mayor enjundia como juzgado u hospitales, Monforte. El coche es imprescindible para moverse por aquí. Así que se entiende que llevarse bien con los vecinos sea tan importante.

Una pareja, con la que mi amigo tiene vecindad, nos invita a tomar pulpo en Currelos. Han recibido a mi amigo con los brazos abiertos. Él es un hombre cabal, directo, gusta del vino y la buena comida; es trabajador. Lleva sus vacas a pastar, hace la matanza, se ocupa de los terrenos. Le cuesta hablar en castellano; enseguida le sale un gallego cerrado y a veces nos cuesta entenderle. Ella, sin embargo, habla un castellano perfecto con acento y palabras gallegas bien condimentadas. Trabaja en otro pueblo de cocinera; se ocupa también del huerto. Habla, sí, por los codos. Si alguien nos ha informado de casi todo es ella. Debe conocer todos los secretos de la aldea; es una magnífica fuente de información. 

Hoy en Currelos, como todos los días veintiséis de cada mes, hay mercadillo. Y en una plaza han montado un tenderete con mesas y bancos corridos. El pulpo está muy bien hecho. En general, la comida gallega es sencilla y contundente. Y el nivel de vida de Galicia te permite vivir con cierta holgura, en general. 

Por la tarde escuchas el coro de perros, aullidos que se responden unos a otros. Las vacas y terneros del vecino, cuando dejan de pastar, nos miran sorprendidos. En un año esos terneros serán filetes; no lo saben, claro, así que ahora, inconscientes, degustan el pasto. 


Las ovejas, tras ser perseguidas por Luka, más tranquilas, devoran con fruición la hierba. 

Se levanta de vez en cuando una ligera brisa. 

domingo, 31 de julio de 2022

VILACAIZ (I)

 

Un amigo se ha comprado un terreno en Vilacaiz, a una hora de Lugo y Orense. Me invita a pasar unos días. Acepto de inmediato. Me aburro aquí, aplatanado, con temperaturas que no bajan de los cuarenta. 

El lunes, el día de mi onomástica, me subo al bus. Como no he salido de casa en una semana, me crece de inmediato una ligera irritación, fruto obligado de un contacto humano no deseado. Se me pasará, es una primera reacción alérgica que no me dura demasiado tiempo. Cuesta adaptarse al ajetreo de una estación, a los ruidos, los olores, a las maletas que van de un lado a otro, a las mochilas y sus espaldas. Uno huiría de lugares así, a no ser que no tenga más remedio que viajar; la asfixia podría con uno y te aplastaría inmisericorde, pero aún conservo resistencia física suficiente para sobrellevar la antítesis de lo que busco: soledad, tranquilidad, un clima suave y amable. 

Por las ventanillas pasa a toda velocidad el paisaje de Castilla y sus colores: el amarillo ceniciento y el verde apagado. Llanuras amplias, diminutas colinas. Trigo y algún campo de girasoles puntúan una línea recta y definida de un horizonte ilimitado. Cuando las colinas se transforman en montes o bosquecillos, los tejados de pizarra cubren las casas y el verde brillante sustituye a los colores apagados, ya sabemos que nos encontramos en Galicia o muy cerca. Los contornos se definen mucho mejor. Molinos de viento en las cimas de las colinas; paneles solares a la entrada de los caserones. 

Desde Lugo el camino a Vilacaiz es una sucesión regular de valles y colinas boscosas. Las poblaciones diseminadas, terrenos de pasto, bosques de eucaliptos y pinos o, más autóctonos, de castaños y tejos. Algún erizo muerto en la carretera; no conocía el lenguaje de los hombres. Los gatos, asilvestrados, rehuyen el contacto humano. Los perros ladran o ahuyan; muchos de ellos, atados, pierden la cabeza, prisioneros, anhelando la libertad. Las ovejas devoran la hierba en un gesto repetido y obsesivo; los terneros y sus madres, vigilan al paseante, cuando este se detiene a observarlas. 

Mi amigo y yo, entre las historias que nos han contado los vecinos y algunos documentos, descubiertos en el cajón de un armario, hemos ido desentrañando la vida del antiguo propietario de esta finca. 

Un tal Camilo, que nació en el mismo Vilacaiz, muy pronto, joven, se marchó a trabajar a Madrid. Allí consiguió un puesto de guardia de asalto, como mi abuelo; pero tuvo más suerte o más contactos, porque enseguida obtuvo un puesto entre los guardaespaldas de Franco y, cuando este murió, de Juan Carlos I: la Transición en estado puro. Rebuscando entre los objetos que no se tiraron, encontramos una revista fechada en noviembre de 1975. El titular dice: "Franco se despide de España". En la fotografía el dictador, como un padre amoroso, sonriente, mueve las manos, como si se alejara de nosotros, con tristeza. 

Mientras pasaba el tiempo, echando de menos su pueblo, imagino, se acostó con una chica toledana; sería una de tantas, debió pensar. Pero está se quedó embarazada y le dijo que iba a tenerlo y que se tenía que casar con él, sí o sí. Fue un mal comienzo para el matrimonio. Tuvieron otra hija y la relación se consolidó de cara a la galería -entre engaños por una parte y recriminaciones por la otra-, pero él, seamos sinceros, nunca la amó. 

En los años ochenta se compró la parcela y construyó la casa. La cocina y el baño son de esa época; se nota que debió de haber alguna reforma posterior, pero no se cambió casi nada. La familia, más o menos avenida, venía en verano al pueblo; en invierno se quedaban en Madrid.

A mediados de los noventa a la madre le diagnosticaron cáncer. Camilo no tuvo ningún reparo en apartarse de ella en sus últimos meses de vida. No fue a verla al hospital; tal vez ni siquiera asistió al entierro. Sus hijas no se lo perdonaron. Nunca volvieron a pisar este sitio. Así que Camilo vivió sus últimos años solo, entre su casa de Madrid, en Aluche, y su terreno de Vilacaiz. Su carácter seco y distante se agrió más; tuvo algún conflicto con algún vecino del pueblo que llegó hasta los juzgados. 

Un día de otoño en Madrid notaron el olor de su cadáver en descomposición. Había muerto tres días antes. 

Este hombre compró años atrás una tumba familiar en el cementerio del pueblo; es un lugar pequeño, sencillo. Las sepulturas, modernas, de granito pulido, están bien cuidadas; no hay caminos asfaltados, a no ser uno que rodea el cementerio por su parte interna. En el centro, han dejado crecer las hierbas y algunas flores: margaritas, sobre todo. 

No enterró allí a su mujer. Tampoco él está enterrado. Su tumba es una tumba vacía, sin letras, sin fechas. 

En la franja superior aparece desleído, como si el tiempo se hubiera encargado de borrarlo, el nombre y apellidos de nuestro personaje y el del pueblo que le vio nacer, cincelados tímidamente en el granito.

La finca que ha comprado mi amigo es grande: tiene espacio, si así lo quiere, para un huerto, un invernadero, para que pasten ovejas o terneros; hay plantados árboles frutales: manzanos, perales...  picoteados por los pájaros. Algún castaño. La casa, en el centro de la finca, necesita de algunas reformas. A la parte habitable se llega por una escalera. Debajo hay un establo que guarda decenas de aparejos para el campo; incluso hay un carro de madera, carcomido; tal vez un recuerdo familiar de Camilo. 

Se pone el sol. Los atardeceres aquí se me hacen tardíos y trágicos, sanguinolentos. El cielo se cubre de un rojo brillante y espléndido. 



martes, 12 de julio de 2022

OMNIA VINCIT AMOR: WEST SIDE STORY Y VIVIR EN SEVILLA

 


Las cosas irán encajando poco a poco en su sitio, R. Es posible que ahora no lo veas así, pero tienes que confiar en la vida... Llegarán dos días de felicidad que valdrán por años enteros de dolor y llegarán, R., créeme que siempre llegan... Como dice el poeta cubano Silvio Rodríguez, lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida. 

Creo conocer tu preocupación como conozco tu silencio. No lamentes nunca el amor que das. Aunque creas que nadie lo recibe, no se pierde, no se pierde... Lo importante es amar mucho. Hay que ser capaz de amar sin medida. Y también hay que estar preparado para recibir amor, que puede venir por cualquier lado, y a veces, incluso, por donde queremos que venga. Al final el amor que recibes es siempre igual al que has dado. A veces creemos que no nos dan lo que pensamos que nos merecemos o que no merecemos lo que nos dan, pero hay momentos en que recibimos cosas muy importantes y, si llegan a nosotros, debemos aceptarlas. 

Muchas cosas que nos rodean no tienen para ti sentido ahora, pero llegará el día que un olor, una luz, una voz, un poema, una palabra, una imagen te asombrará. Verás que cuatro horas con la persona a la que se ama valen cuatro meses o cuatro años de espera. 

Solo el amor importa, R.


"-No creí en tu amor lo suficiente... 

-Con amar basta..."



OMNIA VINCIT AMOR?





viernes, 8 de julio de 2022

BARDEM: CALLE MAYOR Y MUERTE DE UN CICLISTA

 

Volviendo a ver las dos películas de Bardem, sólo separadas por un año, es fácil descubrir que estamos ante dos hermanos gemelos, dos miradas críticas a la sociedad de su tiempo y perspectivas paralelas.

Admito mi preferencia por Calle Mayor. 

Como ejemplo, pongo la secuencia previa al final. El personaje, Isabel Osorio, feliz, ingenuo hasta ese momento, descubre la verdad -se han reído de ella, una solterona, mientras se enamoraba, aferrándose desesperadamente a su última oportunidad, de un pobre tipo compinchado con los bromistas, que nunca la ha querido-. El dolor es terrible. ¡Y cuánta dignidad! Me sigue emocionando, aunque ya la haya visto decenas de veces.

Es cierto que en ambas, como ya hemos visto en la escena anterior y apreciaremos en la siguiente, encontramos una planificación cuidada, exquisita: profundidad de campo, juego de luces y sombras y un montaje hilado a la perfección. 

Aquí tenemos, como rima, el comienzo de Muerte de un ciclista; funciona como un mecanismo de relojería, sobrio y sin elementos accesorios. No necesitamos más para saber por qué actúan así los personajes.

En las dos, también es cierto que el discurso moral -la moraleja de la historia- chirría, resulta superflua con el paso de los años; pero no se nota tanto en Calle Mayor. Tal vez porque el personaje que interpreta Betsy Blair -una gran actriz y muy desconocida, con una historia personal de compromiso político que la obligó a dejar Hollywood- nos atrapa y emociona desde el primer momento. 

En Muerte de un ciclista -no dejo de pensar que estamos ante una película de cine negro; está el héroe, Alberto Closas, que desea purificarse; la mujer malvada y egoísta, interpretada magistralmente por Lucía Bosé, que le lleva a la perdición- la crítica va dirigida a la élite franquista y su hipocresía social; 

en Calle Mayor los dardos van dirigidos a la vida provinciana, a su hastío y aburrimiento. Sin embargo, el tema de la primera podría ser también la toma de conciencia, la asunción de responsabilidades. En Calle Mayor es, sobre todo, en mi opinión, la crueldad. Y el papel de la mujer en una sociedad que no la permite más libertad que la que encaje con el modelo imperante. 

De los defectos que no podemos evitar como seres humanos tal vez el que me parece más detestable es este, el de la crueldad. Y todavía más, si es innecesaria. Pongo dos ejemplos.

En una guardia de recreo en la que estuve hace un mes, unos cuantos adolescentes -los típicos "malotes"-, aburridos, empezaron a molestar a sus compañeros. Al final -como les "reprimía" sus intentos de "montarla"-, acabaron imitándome, haciendo los mismos gestos que yo. Ningún problema: un parte a uno de ellos y al día siguiente, no les pasé ni una. Me fije en uno espigado, el más retorcido, el que marcaba el ritmo del grupo. Una semana más tarde, antes de entrar al cine a ver la película de Jonás Trueba, hablé con una compañera, S. de él. Me dijo que, al menos, si lo comparaba con el que había recibido el parte, este tenía un espíritu rebelde. El otro no era más que un "armario". Sin embargo, en el "rebelde" hubo algo que no podía soportar; detrás de esa careta de provocación a la autoridad, lo que encontrabas era solo crueldad. 

La misma que en esa historia, al principio de la guerra de Ucrania, en la que dos viejecitos, pensando que llegan las tropas rusas, los reciben con una bandera comunista. Los militares, en realidad, son ucranianos; los graban con un móvil, se ríen de ellos y, finalmente, los humillan. Tal vez con esa grabación -difundida por ellos mismos- pensaban que ridiculizaban al enemigo; sin embargo, lo que hicieron fue mostrar una crueldad prescindible que luego intentaron ocultar con propaganda y entrevistas a la protagonista, controladas -no olvidemos que en una guerra nada es inocente-, respondiendo a la rusa, que ya la había convertido en un símbolo interesado. Es curioso que de todas las crueldades de esta guerra, las que se han visto y las que nunca conoceremos, esta me parezca la peor, la más despreciable. 

¿Por qué me sigue emocionando una y otra vez Calle Mayor? 

El débil siempre me merecerá más respeto y afecto, más cercanía. Suele ser así, si no convertimos al otro en un "enemigo" o un títere que merezca ser humillado. Eso también forma parte de la naturaleza humana. 

Blanche, la protagonista de Un tranvia llamado deseo, como Isabel, un personaje frágil, necesitado de afecto y de un mundo ilusorio, despreciaba también la crueldad sin motivo. Y siempre agradecía, como dice al final, quebrada psicológicamente para siempre, "la amabilidad de un desconocido". 


Al final preferiré siempre esa ingenuidad al sarcasmo. Uno también tiene sus defectos y no los puede evitar.



jueves, 7 de julio de 2022

NADAL, FERLOSIO, EL CAPITALISMO Y LA LIBERTAD

 


En un artículo de opinión publicado en El País el 31 de mayo de 1997, Ferlosio, el escritor del Jarama, el testimonio de Yarfoz o Non olet decía lo siguiente:

"...Creo que hay otro factor más profundo y relevante para que los Estados democráticos fomenten el culto y el cultivo del deporte agónico de masas: su valor pedagógico para la educación moral y para las exigencias de adaptación social que mejor se adecuan al liberalismo y a la economía de mercado..."

Y más adelante:

"...y (esa mentalidad agonista) que el deporte enseña y alimenta ocupa un lugar central entre las capacidades que hacen triunfar al individuo en el mercado de libre competencia..."

las cuales enumera ampliamente al final de ese mismo párrafo:

"retahíla de virtudes: la voluntad de autoafirmación y autorrealización, el afán de superación, la aspiración a la excelencia, el ardor competitivo, el amor por el trabajo, el espíritu de sacrificio, la impavidez y resistencia ante el esfuerzo y el dolor... todas ellas, en fin, simples perversiones funcionales comunes a las culturas helénica y cristiana o tomadas la una de la otra..."

A estas se ha añadido de manera tangencial -en el caso que nos ocupa, el de Nadal-, un sentimiento de identidad nacional, el de un españolismo simplista y popular, más artificial de lo que aparenta, que encaja perfectamente con la necesidad de un Estado, cualquiera que sea, de encontrar referentes para consolidar su ideología e intereses. 

Cualquiera se preguntaría cuáles pueden ser esos intereses. Algunos podemos contemplarlos en la imagen que encabeza esta entrada. Nadal es un producto que vende en una economía de mercado; es difícil saber si, cuando deje el tenis -las lesiones tarde o temprano, a pesar de su calidad y resistencia, le obligarán a hacerlo y como bien dice un amigo "el autosacrificio demencial al que además se está sometiendo es un estupendo símbolo del neoliberalismo actual: se acelera la marcha, aunque nos lleve al desastre por no saber parar"-, elegirá los negocios o la política, pero su futuro parece llevarle, elija el camino que elija, hacia una élite de poder que no sólo ahora le proporciona cuantiosos beneficios, sino que, además, incrementa los de sus empresas patrocinadoras. El nacionalismo español no deja de ser un añadido, una motivación emocional que atrae a posibles compradores y clientes. 

Vuelvo a Ferlosio, al escritor, no al cantautor, aunque en este último también podíamos encontrar reflexiones parecidas, más ingenuas, líricas o combativas. ¿No podemos interpretar así -es mi interpretación, no la que el propio Chicho tuviera en principio al escribirla, aunque no creo que estuviera en desacuerdo con ella, si estuviera vivo- su conocido Gallo negro, gallo rojo? 

"El gallo negro era grande, pero el rojo era valiente"


Decía Rafael, su hermano, en uno de sus pecios:

"Llenando el lugar vacío de la impotencia, el hastío y el nihilismo, el deporte es desde siempre lo que más cabalmente cumple la función primaria de toda cultura como instrumento de control social".

Y esto me lleva a la libertad. ¿Somos libres? Dicen que hay libertad de elección: está el liberalismo económico -podemos comprar y vender sin límites- y las democracias -podemos votar y elegir a nuestros representantes- o la educación y la sanidad -podemos ir a la escuela o a la sanidad pública o, mejor, si tienes dinero, a la concertada o la privada-. Eso nos aseguran en los grandes medios.

"Suelo decir que no sé lo que es la libertad, pero como en muchas otras cosas el argumento más sólido que tengo no es más que una alegoría: la de las cuerdas de la marioneta: cuantas más, más libertad". 

Apariencia de libertad, deberíamos decir. Y ambos Ferlosios eran muy conscientes.