lunes, 9 de noviembre de 2020

ANTIDISTURBIOS Y PATRIA

 

Imagino que serán las dos series de este año. Así que, vistas ya, puedo dar una opinión.

Lo haré desde dos perspectivas. La primera será ideológica; la segunda, artística.

Todo producto, toda obra de arte tiene una interpretación política, incluso aunque pretenda ser apolítica. Nadie es completamente objetivo, cuando elige una determinada visión de la realidad. Somos subjetivos y, además, quizá sería necesario que no lo ocultáramos. Y, sin embargo, parece conveniente hacerlo, ya sea porque queramos distanciarnos de cierto arte comprometido, o por razones económicas o sociales; quizá temiendo que ese compromiso nos ponga en un brete o limite nuestra presencia en el mundo.

Las dos series ocultan una visión, pero no lo hacen completamente. Si te fijas con atención, puedes observar lo que hay en la trastienda, los hilos que se mueven...

En Antidisturbios, a pesar de su formato de género -un thriller a la americana que se interesa más por la corrupción institucionalizada-, lo que encontramos es un mensaje muy sencillo: el sistema, el statu quo puede limpiar la podedumbre desde dentro -si no, habría que asumir algo inconcebible, que vivimos en una farsa-, aunque, está claro, tiene sus limitaciones y hay que aceptar ciertas reglas y asumir que no es posible cambiarlo del todo, si quieres medrar y sobrevivir.

Más o menos, como lo han interpretado los americanos desde hace mucho tiempo. 

Que los antidisturbios sean violentos y representantes de la represión más salvaje es sólo una excusa para hablar de otros temas. Que se les intente humanizar es loable y hasta resulta creíble -no pueden evitar ser cómo son- con algún toque de humor al final -el famoso "Piolín"-. 

Quizá hubiera faltado ver la otra parte de manera más compleja -los que luchan contra los desahucios o los inmigrantes sin papeles-, pero entonces el tono hubiera sido otro; estaríamos no ante una serie de género, sino ante otra de carácter social y tal vez, entonces, no hubiera tenido tantos espectadores.


Patria se apoya en una novela, que ya, de por sí misma, es parcial. Nos encontramos ante una perspectiva sobre el conflicto vasco tan respetable como cualquier otra. Quizá el problema es que, del Ebro para abajo es la única que existe, la que se ha alimentado en los medios durante décadas. Tampoco se plantean otras visiones, que existen, y que sería muy interesante que se difundieran. Por el momento, no interesa...

Dejo aquí la de Asier eta biok, muy diferente y, en mi opinión, más interesante. 

ASIER ETA BIOK

En cuanto a Antidisturbios, si asumimos el presupuesto ideológico, nada que objetar. Es una serie que funciona, muy bien dirigida y que se devora con placer. Me surge cierta duda en el desarrollo de alguno de los antidisturbios, pero el personaje central, la investigadora de asuntos internos, te atrapa y no creo, en el fondo, que Sorogoyen busque otra cosa que entretener, y eso lo consigue sin problemas.

En Patria se busca algo más: emocionar. Si asumes los postulados, quizá lo consiga, pero, sin haber leído la novela, lo que veo son estereotipos. Tanto en el planteamiento general sobre el conflicto -los buenos, las víctimas de ETA (que son no sólo los familiares de las víctimas directas, sino también las familias de los presos) frente a ETA, el gran mal- como en los personajes con reacciones y discursos o diálogos, que no me convencen y tampoco encajan con la realidad que conozco. Es cierto que hay otras realidades y otros personajes. Se tiende a la simplificación en el tema y eso empobrece las historias de este tipo. Los grises requieren más tiempo y venden menos... 

Hay una virtud, que, tal vez, también esté en la novela: la estructura -yendo constantemente del pasado al presente- y, además, el papel coral de todos los personajes -un intento, fallido, de que la perspectiva sea múltiple-. Y los actores que,  -sobre todo, las dos madres- hacen creíbles unos personajes que sin esa carga ideológica serían, por sí mismos, bastante interesantes y humanos, muy humanos. 

Errores de dirección artística me parecen más leves. Por supuesto, se habla de tortura - aquí, al menos, hay alguna escena-, de asesinatos del GAL, de manipulación periodística, pero, en general, no se ven. Y eso siempre dejará coja cualquier visión, ya sea porque no se atrevan a mostrarlo con toda su crudeza o porque no encaje en los intereses crematísticos de la serie. 

El discurso ideológico se reduce a estereotipos; un buen ejemplo es la conversación sobre el euskera de un cura con uno de los personajes; ¡cómo si un escritor euskaldun necesitara que le echaran ese sermón! O que no hablen euskera en un pueblo de Guipúzcoa... llamándose a sí mismos euskaldunes... Pero eso, me temo, está ya en la novela y seguramente es uno de sus defectos. Es una novela-tesis con diálogos previsibles e imposibles, ridículos y tendenciosos, si profundizas en este complejo conflicto. 

Tal vez esos diálogos sobran; hay demasiadas palabras y pocos silencios... Por eso, el final es un buen final. 

Imagino que, aunque no se difundan tanto, otros habrán de contar más historias sobre esta tragedia colectiva.

Necesitamos contarlas; porque son muchas las que aún están por llegar. Y no serán el discurso oficial como esta; esperemos que maduren y con el tiempo, sean más complejas.

Como la misma realidad... 


domingo, 18 de octubre de 2020

AYKA Y LA ROSA PURPURA DEL CAIRO

 


Recupero la última entrada. Vuelvo a los finales. 

Acabo de ver una película del 2018, Ayka. 


Es incómoda, brutal, dura. No hay ni siquiera un espacio, una mínima rendija para la esperanza. Bebe, tanto formal como temáticamente, de la tradición que abrieron en los años noventa los hermanos Dardanne, sobre todo con su Rosetta. 



Pero, al menos, allí, las lágrimas encontraban a alguien que las comprendiera, a una persona que se pusiera en su lugar. La empatía, la humanidad llegaba, tarde, pero, al menos, la teníamos al final. 

Aquí, aunque haya algún personaje que nos haga concebir esperanzas, este no puede hacer nada. Hay demasiado dolor y egoísmo; el frío de Moscú te deja helado: la supervivencia, sin más, de una mujer sin trabajo, sin derechos, sin refugio, sin familia que la pueda ayudar, acosada por mafiosos que le exigen un dinero que nunca podrá pagar, con un bebé recién nacido, al que abandona, en un primer momento. Sus lágrimas son el final. 


¿Hay una decisión moral o ética en salvar al niño en esa última escena o es puro instinto maternal, irracional, inútil? Su desesperación sólo encuentra soledad. Nadie la ayudará... 

Después de ver esta película necesito volver al final de La rosa púrpura del Cairo. ¿El cine nos puede salvar? 


Seguramente, no. Hay millones de personas que mueren, morirán en los próximos días, semanas, meses, abandonadas, solas, sin esperanza; sí, es un mundo despiadado el que tenemos, un sistema brutal que sacrifica a millones de personas en el altar de la economía de mercado. Antes y ahora. 

Y, sin embargo, necesitamos la sonrisa final de Mia Farrow, la que imaginó Woody Allen. Necesitamos pensar que el mundo que hemos creado no es tan terrible, que no es una pesadilla concebida por monstruos con rostros humanos; que tal vez la Humanidad tenga su razón de ser, un sentido. Que valga la pena que hayamos existido como especie. 

Necesitamos esa sonrisa... 


domingo, 6 de septiembre de 2020

FINALES



Los finales son importantes. Hay que saber cerrar una historia. En la vida real no es fácil hacerlo y no suelen salir tan bien como en la ficción; por eso, cuando terminan, no nos damos cuenta de que se han acabado o, si nos damos cuenta, ya no somos los mismos y te decepcionan. Tal vez por eso, prefiero el cine.
A veces los finales surgen de repente -aunque haya detrás mucho trabajo-, como en Casablanca. Otras veces se criba, tras horas y horas de una búsqueda infernal. O aparece desde el principio, antes de que haya siquiera una historia que contar.
Puede haber películas terribles con finales maravillosos -si has sido capaz de llegar hasta allí-. O películas muy interesantes o que te atrapan desde el principio con conclusiones decepcionantes, en un primer momento. Un buen ejemplo de este último sería la última película del gran guionista Charles Kaufmann, autor de Olvídate de mí, llamada, no sin retranca, Pienso en el final. Aunque es posible que, en este caso, sea intencionado... Y estemos ante una parodia de Una mente maravillosa... El final es un juego con el espectador metalingüístico, cinéfilo y atrevido.


Estaríamos ante un sueño o una pesadilla con múltiples referencias al mundo de Kaufmann y juegos espacio temporales y, como no puede ser de otra manera, el final es fallido, falso, porque la vida, parece decirnos el autor, o la ficción o el sueño son como son: una representación absurda y surrealista...

Otras veces, no muchas, el final te emociona. Elijo dos clásicos -que he vuelto a disfrutar esta semana-, pero también puede ocurrir con películas más modernas o lejos del engranaje de Hollywood. Si quieres contar algo importante y que deje huella, basta con contarlo de otra manera. Kaufmann lo hace; Wilder y Allen también supieron hacerlo. Y para eso, necesitas un buen final...

Manhattan de Woody Allen.


-"...No todo el mundo se corrompe. Tienes que tener un poco de fe en la gente..."

El apartamento de Billy Wilder.


-La adoro... 
-¡Cállese y reparta!

¡Ay, los finales! El último suspiro de la vida...

PELESJAN: EL CONFLICTO CON EL TIEMPO


El ritmo es un aliado de la memoria, dice Irene Vallejo en su interesante ensayo sobre los libros en la Antigüedad, El infinito en un junco. Aunque se refiera a Homero, encaja perfectamente en la obra del autor armenio Pelesjan.
¿Cómo se podría entender la obra de Pelesjan, sino es a través del ritmo? No hay palabras en su filmografía, sólo montaje y música.
Siempre se apoya en opuestos.
Alegría y tristeza, luz



y sombras,



distancia y unión, pasado y nostalgia -suele utilizar Pelasjan imágenes de archivo- y presente, sobre todo, en su obra más redonda, Nosotros, una mirada hacia su propio pueblo,



realismo y experimentación.



Entre la tierra



y el cielo. 

Observar la realidad es también interpretarla, darle forma, transformarla. Pelesjan lo hace. Como el tiempo.
Y así, nos transforma a nosotros también.

domingo, 30 de agosto de 2020

MIZOGUCHI: EL ÚLTIMO CRISANTEMO


Año 1888.
La película comienza con un largo plano secuencia tras la representación de una obra de teatro kabuki. Los personajes, al terminar, entre bambalinas, comienzan a hablar de un actor, el hijo adoptivo de una gran figura del teatro. Todos están de acuerdo, incluido su padre: no está a la altura; sin embargo, cuando aparece todos le mienten y lo adulan.
Esa misma noche descubre en un prostíbulo lo que piensan los demás -sus compañeros, las geishas- de su talento. Le desprecian. Es un hombre débil; se hunde y pierde la fe en sí mismo.
Cuando vuelve a su casa, -en otro maravilloso plano secuencia, a distancia, sin necesidad de acercarnos- se encuentra con una criada, Otoku, que está cuidando a su hermano menor. Y ella le dice la verdad: podría ser un buen actor, pero debe cambiar de actitud.


Habrá una historia de amor, sí, pero ella es una criada y él, pertenece a una gran familia de actores; la sociedad no les permite ser marido y mujer. Pero, a lo largo de los años, sólo ella lo mantendrá a flote y creerá en su triunfo. A costa de su propio sacrificio...

Mizoguchi la rodó en 1939, antes de sus grandes obras maestras. Una de sus grandes virtudes -ya entonces- son precisamente los planos secuencia. Aquel en el que los dos comparten una sandía; ese en el que nuestro protagonista la busca desesperadamente, abriendo y cerrando compartimentos del tren, hasta que descubre que ella se ha marchado; este otro en el que se reencuentran en una habitación, tras estar un año separados, y Mizoguchi nos muestra -de manera sencilla, con sus actos cotidianos- un reflejo de lo que será su vida en común.

Hay escenas que nos cuentan mejor que ningún diálogo el destino marcado de los dos personajes: mientras él triunfa en el escenario, a sus pies, bajo el estrado, ella reza para que todo salga bien, aunque sabe que eso significará perderlo.

Mizoguchi conocía perfectamente la psicología femenina; su madre y su hermana dejaron un poso muy profundo en su infancia. La madre sufríó la violencia sistemática de su padre; la hermana fue vendida como geisha.

El personaje masculino no es desagradable ni egoísta. La quiere y se esfuerza por ser mejor; simplemente es un hombre débil. Necesita más que una amante, a una madre; cuando ella lo arropa, como hacía con el niño pequeño, al principio de la película, ahí tenemos una definición perfecta de su relación de pareja. Al final, cuando podría hacerlo, no dejará a un lado su éxito y a su familia por el amor de Otoku; le falta una personalidad y un carácter que nunca tendrá.

Otoku, en cambio, sacrificará su vida para hacer realidad un sueño, que, en este caso, es el de convertir a este hombre inseguro en un gran actor, pero eso tiene consecuencias. En una sociedad como la japonesa -cerrada, estratificada- el sacrificio es la única opción posible. La felicidad durará muy poco.

Esta película es mucho más que un drama; tiene el perfume de una tragedia y deja un sabor amargo. Los aplausos finales, el éxito han llegado, pero un corazón está roto. Para siempre...
Sólo quedará la sublimación de este dolor a través de su arte.

sábado, 29 de agosto de 2020

JAMES ELLROY: MIS RINCONES OSCUROS


Ayer soñé con Ella; y hoy, otra vez. Se baja de un tranvía; antes me da dos besos en las mejillas. O desaparece en las escaleras mecánicas del metro, distante, sin preocuparse si la sigo; la busco en el andén, pero ya no está.

¿Es una mujer real en estos sueños? ¿Es de carne y hueso? ¿Sólo transmiten mis miedos y obsesiones: esos rincones oscuros?

En 1996 James Ellroy se decidió a escribir una especie de autobiografía tras su cuarteto de Los Ángeles. Yo, como tantos otros, le conocí por la adaptación de su novela más conocida. L. A. Confidential. 


Pero Mis rincones oscuros no es ficción, o, al menos, no lo parece... Cuatro partes diferenciadas con un estilo sobrio y frío. En la primera sólo tenemos un informe policial que refleja la investigación de un asesinato, cometido en junio de 1958, el de una pelirroja: era la madre de James Ellroy. Nunca se supo quién la violó y asesinó.
En la segunda, sin abandonar su estilo preciso y seco, el autor nos cuenta su infancia y juventud. El asesinato de su madre le lleva con el paso del tiempo a un mundo de fantasía y autodestrucción; sólo le salvará la literatura.
En la tercera contrata a un investigador, un policía jubilado, para descubrir al asesino: un MacGuffin clásico; el Hombre Moreno y la Rubia son sólo la excusa para contar otras cosas. En la cuarta descubrimos quién fue su madre.

Ellroy es despiadado; consigo mismo, con su padre y con su madre. Los disecciona; necesita hacerlo. Los tres son mentirosos y farsantes. La mentira es una constante en los personajes que aparecen: testigos, asesinos, violadores, mujeres divorciadas o casadas con hombres borrachos y violentos... El mundo de Elrroy se recrea en la obsesión, la violencia y la mentira.

Nosotros también mentimos. Mis padres mintieron. Yo, por supuesto. Ella, también. A veces la memoria nos hace creer que esas mentiras son la verdad, que eso fue lo que sucedió realmente; el paso del tiempo, nuestra percepción subjetiva, los prejuicios que nos acompañan, aunque no los aceptemos como tales, o repetirnos una y otra vez la excusa que hemos aceptado y asimilado con los años, porque nos interesaba o nos protegía, deforma los hechos. Los sueños se confunden con la realidad. Buscamos la verdad, porque mentimos. Siempre lo hacemos. Ocultamos hechos; los suavizamos, cambiamos detalles. La realidad es compleja; necesitamos la mentira para sobrevivir. Ante los otros; ante nosotros mismos.

¿Pueden unos datos constatar que esos hechos son falsos? ¿O los testimonios de otros? Sí y no. Se abren caminos que no conducen a ningún sitio; otros sólo sirven para despertar fantasías, hipótesis... Cualquier investigación, sea la de Ellroy o la mía, deja cabos sueltos. Desaparecen documentos, se destruyen. Y, aunque tuviéramos todos los números, direcciones, fechas, no nos serviría para saber quiénes eran ellos, quiénes somos nosotros.

Nos preguntamos si la búsqueda de la verdad nos pueda servir. ¿Será útil? ¿No será otra ficción, imaginada, inventada para salvarnos de nuestras propias obsesiones, una manera de sublimarlas, como hace Safo, de enfrentarnos a ellas con valor, como Atenea? El sexo, el juego, el trabajo, la literatura: formas de escapar de nuestro destino y de nuestras pesadillas...

Ayer y hoy he soñado con Ella.

La memoria es frágil; no te puedes fiar de lo que te cuente. La imaginación nos hace libres y transforma el mundo y lo deforma y lo manipula. Somos seres fallidos; y es ese detalle el que nos hace tan atractivos, tan humanos.







martes, 18 de agosto de 2020

CHEEVER, POSTEGUILLO, PETER BROWN Y... ¡CÓMO NO!, OZU

Cheever es de esos autores con el que sentimos que los acontecimientos fluyen. Y que estos no son tan importantes; es mucho más interesante lo que se oculta o no se quiere admitir que las apariencias y el mundo y la sociedad en el que estamos obligados a participar. El mundo de Cheever es el de la clase media americana, la que disfrutaba en los años cincuenta del siglo pasado de un nivel de vida privilegiado, aunque, a cambio, tuviera a los monstruos -el miedo, la soledad, la muerte, la pobreza- ocultos en el desván. El talento de Cheever lo descubrimos en la manera en cómo muestra con sutileza las obsesiones bajo esa aparente felicidad perfecta que la publicidad y la propaganda se encargaban de difundir.
Los personajes no se atreven a romper las convenciones; y, si lo hacen, no deja de ser una cana al aire, un brindis al sol. Al final del relato, el mundo no ha cambiado, sigue igual. El paisaje y el entorno -hermoso, espléndido, si describe la naturaleza; perfecto y soñado, si es el de un barrio residencial- es el mismo que al principio. Esa es precisamente la ironía; que tras contarnos e insinuar las pesadillas u obsesiones de los protagonistas, sabemos que ya nada puede ser igual. Sabemos lo que hay detrás de las máscaras... La serie Mad Men lo tomó como referencia...

                                

De entre los relatos me gustan, sobre todo, el nadador. La cura me parece un ejemplo perfecto: un mecanismo de relojería; ves a los mismos personajes de Hooper.



Adiós, hermano mío asombra porque sabe preparar un acto espontáneo de violencia y hacerlo necesario y creíble en una naturaleza paradisíaca. El marido rural podría ser una novela; al final, encontramos varias historias que se entrelazan con naturalidad. El brigadier y la viuda del golf es un relato de soledad y frustración sin medias tintas. Reunión resume la relación entre un padre y su hijo en dos páginas.


De El nadador hay una adaptación con Burt Lancaster. O como quince páginas pueden ser mejores que una hora y media de metraje. Pero, con todo, la historia te atrae -a pesar de que sobren detalles- y Lancaster es un gran actor.

A esta lectura le ha seguido otra al que también hay que dedicar un tiempo. En Por el ojo de una aguja, Peter Brown, uno de los mayores expertos en el último periodo del Imperio Romano, nos ofrece en su ensayo o investigación de más de mil páginas una visión amplia y concienzuda de cómo el cristianismo pasó de ser una religión más para convertirse en la única referencia para millones de personas. Leemos a Símaco, Ausonio, Paulino de Nola, Ambrosio y San Jerónimo. Y Peter Brown los interpreta con inteligencia.

Hay factores sociales, económicos y políticos, por supuesto. Ninguna realidad histórica se transforma por una única causa. Los siglos IV, V y VI son más complejos de lo que podríamos pensar. ¿Cambiaron tantas cosas? Sí y no. La concepción del mundo dio un vuelco, sin duda; se perdieron muchos conocimientos antiguos en el camino, pero las estructuras sociales no variaron tanto... La ideología se transformó, sin cambiar mecanismos mentales y sociales fundamentales -como el patronazgo y el clientelismo-, y el dinero de los ricos, el que construía los edificios públicos de una ciudad o servía para celebrar los munera o levantaba, en el siglo IV, esas villas suburbanas con mosaicos y mármoles espléndidos, acabó en las iglesias. Y el autor explica bien este proceso; es decir, hay un experto que conoce el material que tiene a su disposición y sabe cómo contarlo.
Tengo, casualmente, como marcapáginas de esta obra, una publicidad de la última novela de Posteguillo: la segunda parte de Julia, la emperatriz, esposa de Septimio Severo.
Posteguillo representa todo lo contrario. Hay que admirar que tenga, como dice su publicidad, cuatro millones de lectores, pero no olvidemos a cambio de qué.
Escribe con facilidad; aunque su estilo no vaya a ser recordado como el de un gran autor. Sus tramas son simples y los personajes, estereotipos; se llamen Aníbal, Escipión, Trajano o Septimio Severo. Se mueve bien en lo "políticamente correcto" y da a su público lo que pide. Ha descubierto la manera de ganar dinero, pero seamos sinceros... Esto no es novela histórica, aunque se haya documentado; sólo es un placebo. Nunca le perdonaré que convirtiera a Adriano en un "malo", un tipo perverso en la trilogía de Trajano. Adriano -según Posteguillo- me recordaba a los actores del cine mudo, los que interpretaban a un "malvado", haciendo gestos, maquillados a la sazón, iluminados de tal manera que parecían salir de las tinieblas. Esa cutrez es imperdonable en un personaje histórico complejo que Yourcenar sí supo describir con talento.
Como rima final termino con Ozu. ¡Cómo no!
Había un padre... 


En 1942, con Japón ya inmerso en la segunda guerra mundial y en un contexto de propaganda brutal, Ozu nos cuenta la historia de un padre y su hijo a lo largo de veinte años. De manera sencilla. Sin florituras ni ningún tipo de exceso. Pasan muchas cosas, sin duda, pero, como siempre, con Ozu la sensación es de que no ocurre nada especialmente importante. O sí... se muere, se envejece; hay aprendizaje -ambos son profesores-; es sólo la historia de dos personas que no pueden estar más tiempo juntos, aunque lo deseen. Como suele ser habitual en Ozu se habla del sacrificio, del sentido del deber -que en Japón, y mucho más entonces, es terrible y aplasta- y del paso del tiempo.
¿Por qué una historia tan cotidiana en manos de Ozu se convierte, cuando llegamos al final del metraje, en poesía? ¿Por qué nos emociona? No lo sé.
Y tal vez eso mismo, ese ingrediente desconocido, sea lo que hace que una obra se olvide, en cuanto terminamos de leerla o verla, y otra permanezca y sobreviva al tiempo, generación tras generación.



domingo, 16 de agosto de 2020

LA COLABORACIÓN CON EL NAZISMO Y EL FASCISMO


The sorrow and the pity es un documental de Marcel Ophuls, hijo del gran Max Ophuls. Por primera vez se trataba el tema del colaboracionismo en profundidad. La versión oficial, la interesada en mantener desde arriba, quedaba desacreditada. No habían sido unos pocos, sino que muchos franceses habían participado en esa colaboración con los nazis.


Uno de los aciertos del documental es que Ophuls decide centrarse en la ciudad de Clemont Ferrand y su región. Se parte de un lugar concreto para hacer una reflexión general sobre lo que significó la ocupación y sus consecuencias posteriores. Aparecen las dos Francias, la de Petain y la que apoyaba la Resistencia -minoritaria en el año 1940-, tanto la comunista, como la nacionalista; esta última se apropiaría, con la ayuda de los aliados, las élites y con la figura de De Gaulle, del triunfo. Tras las venganzas iniciales -muchas de ellas particulares- se prefirió pasar página. Un buen ejemplo es el general alemán, que, en la boda de su hija, luce sus medallas. O la peluquera que aún sigue pensando que Petain era lo mejor para Francia.

Formalmente las entrevistas me recuerdan a Shoah de Lanzmann, aunque el tema principal sea otro: el holocausto. Rodeado de gente o en solitario, el entrevistador -fuera de campo- va preparando el camino para que el protagonista nos cuente su experiencia. Este es un buen ejemplo del talento silencioso y lento y de cómo la verdad surge, poco a poco, si hay alguien que sabe hacer las preguntas adecuadas en el momento apropiado y tiene la paciencia para esperar que llegue.


En el contenido me recuerda más a Modiano, el escritor y Nobel de Literatura. Es de ese mismo año su famosa trilogía de la ocupación. Tanto Modiano como Ophuls comenzaban a reabrir unas heridas que la generación anterior había decidido ocultar. Como aquí, son los hijos y los nietos los que necesitan desenterrar los cadáveres, abrir las fosas comunes, diseccionar a "sus mayores": sus padres... Recuperar la memoria; no olvidar ni manipular el pasado bajo una falsa e interesada alabanza de héroes que no fueron tales o el olvido de otros que se despreciaron y apartaron.
Sobre la memoria, aunque sea un tema y una época diferente -China y Shanghai, antes de la guerra con Japón y la guerra civil-, también va el documental biopic sobre una actriz china del cine mudo, desconocida en Occidente, Ruan Lyng Yu, cuya carrera fue corta, ya que se suicidó en 1935 por la presión de los medios y la prensa. Se mezclan imágenes y fragmentos de sus películas -quedan sólo restos, mágicos- con entrevistas reales y una dramatización ficticia. El resultado es interesante; en el fondo, lo que se intenta es recuperar una memoria perdida y fragmentada. Tal vez, y sin duda, deformada. ¿No es siempre así toda memoria o recuerdo?


En los años setenta Modiano escribió el guión de Lacombe Lucien de Louis Malle. El personaje podría haber sido un héroe, con su nombre en el callejero de la ciudad natal, -como aparece alguno en el documental-, pero, al final, se convierte en un villano. ¿Por qué? La ignorancia, el ambiente, el pragmatismo, la avaricia. Humano, demasiado humano...


Nos explica muy bien la base, el origen del fascismo y cómo bien dice uno de los protagonistas del documental de Ophuls: "estamos para aquí para que no vuelva el fascismo... pero, aunque sea con otro nombre, volverá..."

Ha vuelto.

Por eso, siempre necesitamos esa memoria: para enfrentarnos al monstruo, al lado oscuro que todos tenemos, en el que podemos caer en cualquier momento, como sociedad o individuos.