sábado, 31 de agosto de 2019

EL HOTEL JUNTO AL RÍO Y STONER: LA VIDA QUE PASA


Tanto en la recién estrenada Hotel by the river del director coreano Hong-Sang Soo, como en la novela de John Williams, Stoner, encuentro un vínculo, unos lazos que nos llevan de la mano, mucho más allá de lo que esperábamos al empezar.

En las dos la vida, simplemente, pasa.

Hay más, claro.
Desde el principio sabemos cómo terminará la historia: los protagonistas morirán. El final no nos sorprende; es el único posible, el que nos espera a todos.

La forma en que nos lo cuentan.
El director coreano, a su manera, con conversaciones entre los cinco personajes: dos amigas, por un lado, hablan de la ruptura de una de ellas; un padres y sus dos hijos, por el otro, aunque no sepan, se están despidiendo.



Stoner lo hace bajo una fina lluvia.
No ocurre nada extraordinario a lo largo de la vida de William Stoner. Sólo cuatro o cinco acontecimientos, vividos tal vez con mayor intensidad. Y una lejana indiferencia.

La pasión de los protagonistas.
En la película, por la poesía. En el libro, por la enseñanza y la literatura.

Poco a poco. Una lluvia fina. Pausado, gradual, paulatino.

El ritmo y el fluir de la vida.
¿No debe aspirar el arte y cualquier expresión artística a enseñárnoslo?
A veces se consigue.
Escribiendo un poema o acariciando un libro...



viernes, 30 de agosto de 2019

UNA FOTOGRAFÍA


Me gusta la sencillez.
Esta película lo es.

Si alguien viera el trailer de Una fotografía pensaría de inmediato: una película romántica melosa y sentimental. Y un servidor diría: ¡Paso, tengo cosas mejores que ver!
Se equivocaría.
La historia, sí lo sé, no es muy original. Veamos. Es el clásico chico conoce a chica; con una abuela que quiere casar al chico. Él decide pedirle a la chica que se haga pasar por su novia. Por supuesto, se enamoran durante el proceso. Nada que no hayamos visto antes en Hollywood. Como estamos en la India y siguiendo los cánones de Bollywood, el chico es pobre y la chica es universitaria y pertenece a la clase alta; es decir, un amor imposible. Y los matrimonios son concertados dentro de la misma clase social, no lo olvidemos. Visto así, lo normal es que alguien me preguntara: ¿Y estás escribiendo una entrada por esto?


Ya lo he dicho al principio. Es sencilla. Y me gusta que lo sea.
Y la forma, es decir, el ritmo y el tono lo cambian todo. No deberíamos olvidarlo.
El director, Ritesh Batra -que ha trabajado en Estados Unidos y Gran Bretaña-, se decide por la contención.
En los actores -gestos mínimos, miradas; palabras, las justas; emociones, controladas-. Los personajes no irán más allá de cogerse de la mano, una cita en el cine y otra, en casa de él, donde -no se imaginen otra cosa- sólo comerán un kebab del puesto de la esquina. Es la India y sus personajes aceptan las reglas de juego: las sociales, por supuesto.
En la forma también aparece esa contención -planos fijos en los personajes, mientras la realidad se mueve a su alrededor; se elimina lo superfluo con ayuda de elipsis inteligentes; los diálogos son simples, nos cuentan sólo lo que es necesario para que los personajes evolucionen-.


Tampoco es una obra de autor; no se confundan. El humor busca al gran público; no se pretende una profunda crítica social al sistema de castas o contarnos un amor trágico. La música acompaña las emociones de los personajes. Y los actores son conocidos en Bollywood. Ahí, está claro, perdemos guiños cinéfilos que en la India sí comprenderán.
¿Y qué decir del final? Un acierto. Se evita lo que cualquier espectador esperaría. Deja a los personajes en un punto; han cambiado y lo saben. No hay un gran final. Y termina con un sencillo flashback.
Habrá a quien no le guste; en realidad, parece que no pase nada, pero es como la lluvia fina. Piensas que no te va a mojar, pero acabarás empapado.
No todos las películas deben transformarnos o cambiar el mundo; algunas se contentan con hacerlo más amable. Esta es una de ellas.
Y se agradece.

jueves, 29 de agosto de 2019

EL FINAL DEL VERANO


Aunque es cierto que Verano Azul ha tenido muchas reposiciones, esta -la que hoy acaba de terminar- ha coincidido con el cuarenta aniversario de su rodaje. Y 40 años es ese momento de la vida en la que tomas conciencia de que empieza el lento declive. Ya no eres tan joven; y pronto llegará la vejez y la muerte. El tiempo, cuando sientes que te encuentras intelectualmente en el mejor momento de tu vida, se te empieza a escapar de las manos. Muchas personas a las que quisiste han desaparecido; están muertas.
Te hallas, como diría el poeta, en la mitad del camino...

Verano Azul es una serie diferente en muchos sentidos. Hay tres formas de verla.

En primer lugar, estéticamente. Es evidente que en ese sentido ha envejecido. Cuarenta años después, nuestra visión ha cambiado. En el tratamiento fotográfico de las escenas, en el uso de la cámara fija o el zoom. Técnicamente nadie admitiría hoy la estética de Verano Azul; es otra época y su mirada es diferente.
Además, creo que no es la mejor serie de esa época, si me ciño al contenido. Creo que La huella del crimen es mucho mejor -tiene capítulos de gran calidad-; y fuera de España, Retorno a Bridshead o Yo, Claudio -aunque estas últimas parten de obras literarias de gran envergadura- tienen más calado; sin embargo, para mí es un buen ejemplo de serie familiar de la Transición.

Y con esto, me centro en el segundo aspecto.
La serie es el discurso oficial progresista de esa época, el correcto. No en el terreno político -que se evita de manera muy inteligente; si no, no hubiera tenido tanto éxito-, sino, más bien, en el sociológico.
Y dejo a un lado, la muerte de Chanquete, que fue un hito para nuestra generación. O el No nos moverán. Que todavía dan que hablar entre risas y lágrimas.
Desde esa perspectiva podemos contemplarnos a nosotros mismos y observar cómo hemos cambiado. No siempre a mejor.
Sin móvil. Alguien se imagina a Pancho escribiendo un wasap del tipo: Chanquete ha muerto? No sería lo mismo. Existía vida antes de la explosión tecnológica de las últimas décadas.
Entonces había más negocios a pie de calle; ahora, más centros comerciales. Aunque el lugar elegido intenta representar el pueblo que todavía no ha sido devorado por el turismo de masas, ya en los ochenta ese turismo estaba teñido de corrupción, pesadillas arquitectónicas y destrucción del medio ambiente. La masificación estaba a la vuelta de la esquina. Y no lo hemos parado.
Estaba el sueño de la segunda vivienda en la playa y el coche para la familia. Ahora mucha gente es desahuciada o tiene hipotecas de treinta años. Del "ponte a trabajar" de los padres a "no hay trabajo y con los que tienes no llegas a 1000 euros" de los jóvenes actuales.
No aparecen inmigrantes -como mucho, en uno de los capítulos, un grupo de hippies que van en moto-; y mucho menos, homosexuales; así que no hay opción para hablar de racismo o homofobia o violencia de género -aunque está todavía la educación "a base de hostias"-; sin embargo, hay cierto desprecio hacia el otro -expresiones como "el del pueblo", "la divorciada", "la pintora", "los barbudos"- en los personajes adultos -los padres- de la ciudad que deja traslucir esa capa de franquismo sociológico bien asentada tras cuarenta años de dictadura y reforzada, creo, tras cuarenta años de Transición, aunque ahora los objetivos a despreciar o perseguir sean otros.
Los protagonistas van en bicicleta, pero nadie más. Las familias representan más o menos los estereotipos que se esperan; los padres de Beatriz y Tito serían los más progresistas; los de Javi, conservadores -el padre es un nuevo capitalista, el individualista que se ha hecho a sí mismo-. Las mujeres son las señoras de la casa -no trabajan; no hay espacio para el feminismo todavía-. Encontramos, por supuesto al chico del pueblo, el currante, Pancho.
Julia y Chanquete serían, un poco, como la intelectual -con sus canciones amables- y el hombre del pueblo, sabio y sensato, aunque, en este caso, los guionistas y los actores -Ferrandis y María Garralón están maravillosos- saben crear personajes que van más allá de ese estereotipo inicial. Y por eso, siguen atrayéndonos.
Algunas expresiones lingüísticas -las de los adolescentes o niños que éramos- ya no se utilizan o nos hacen gracia; tiene un regusto a tiempos pasados.
El humor era indispensable. El dúo humorístico -el de Piraña y Tito- sigue siendo impagable. Estos no han envejecido.
Hay temas tratados por primera vez para la época en un estado muy embrionario: el ecologismo, la corrupción urbanística. Y otros, ya superados o en situaciones ya superadas: el divorcio, la sexualidad del adolescente, los extraterrestres, la violencia, la maternidad sin pareja, el conflicto generacional, el peso de la fama, los medios de comunicación.
La religión -la existencia de Dios o lo que hay más allá- es tratado con respeto; a veces, a través de cuentos o fábulas. Otras, en conversaciones razonadas y sencillas; con argumentos, no impuestas.
Siendo una serie familiar los temas no podían llegar más allá de un planteamiento que sirviera para darlo a conocer, sin molestar a nadie ni profundizar en exceso. Y así se hace. Se admite el discurso moral y comprensivo -sobre todo, cuando hablan Julia o Chanquete-, pero no desentona demasiado en el tono general de la serie.

También es cierto, como conclusión, que nosotros y la sociedad, en general, en estos 40 años hemos cambiado. Somos más cínicos, más escépticos. El futuro parece más oscuro.

Finalmente, en tercer lugar, está la parte emocional. Y esta, sí nos ha sobrevivido.
Sobre todo para aquel que la vivió como una parte de su infancia o educación sentimental. Recuerdo dónde y cuándo lo vi por primera vez; los domingos por la tarde en el salón de mi casa. El espacio -el de mi infancia- está indisolublemente unido a una emoción que va mucho más allá del valor intrínseco de la serie. Dos de las personas con las que vi Verano azul, ese primer Verano azul, en el otoño-invierno del 81-82 ya no están aquí.
Por eso continúo llorando, cuando muere Chanquete o cuando el verano se acaba al son del Dúo Dinámico, el grupo preferido de mi madre.



 O me enternezco con la ingenua historia de amor entre Pancho y Beatriz. Ahora estarían follando y no pararían de soltar tacos y de drogarse, como en Euphoria.

Sus conflictos no se resolverían con una charla de Julia. Los tiempos han cambiado.

Visto ahora, tiene muchos defectos, como he dicho, pero con la mirada del adulto en que me he convertido, reconozco que hay un personaje que probablemente cuando se estrenó me resultó lejano. Chanquete era el mito. Los adolescentes o los niños éramos nosotros. ¿Y Julia? Es evidente que detrás de Julia estaban Mercero y sus guionistas. En el primer capítulo es ella quien con su voz en off nos habla del "mejor verano de su vida". En los mejores -que siguen funcionando muy bien-, Algo se muere en el alma, El final del verano o No nos moverán su papel es fundamental.

Tal vez lo que ocurre es que Julia ya soy yo mismo.
No puedo cerrar los ojos, cuando ellos piensan en Chanquete, después de enterrarle, porque no me puedo engañar.


Aunque no mueran del todo, como le dice Julia a Tito, ellos sí están muertos. No puedo verlos, no puedo oírlos, no puedo escuchar ni su acordeón, ni su voz ni su risa. Él no volverá a pescar en el mar. Él no volverá a traernos el pan. Ella no volverá a bañarse en la playa.
Y por eso, Julia tampoco cierra los ojos en ese plano final.
Aunque les diga, al final del verano, que tal vez se vuelvan a ver, todos sabemos que no ocurrirá. Olvidaremos. Nuestras vidas y las suyas se separarán.

Sin embargo, al final, entonces sí, después de ver imágenes del pueblo, desde el coche, Julia cierra los ojos.


Ha comprendido que ese verano ha pasado. Y sólo nos queda el recuerdo. Amable, triste, nostálgico. Agridulce.

"Aunque ya nada pueda devolver la gloria del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse; porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo..."

Y abrir los ojos de nuevo. 

El final del verano, de nuestro verano ha llegado. 






lunes, 12 de agosto de 2019

SERIES: CHERNOBIL, YEARS AND YEARS, MR. ROBOT, BETTER CALL SAUL


Es un hecho que desde hace más de una década las mejores ideas y algunas de las mejores historias están llegando de la televisión. Las cuatro series de las que voy a hablar -aunque lo hagan desde perspectivas que puedan parecer diferentes- son un buen ejemplo de cómo se reflejan nuestros miedos ante un presente y un futuro repleto de incognitas. Sobre todo, políticas. Y de estas voy a hablar.

Estética o artísticamente todas son de gran calidad. Los guiones son buenos, aunque haya aspectos de cierta fragilidad. Sobre todo, en la parte ideológica. Porque no lo olvidemos, toda obra artística conlleva un posicionamiento sobre la realidad. Que es también ideología y propaganda.

Por ejemplo, Years and years en el sexto y definitivo episodio no es capaz de llevar hasta las últimas consecuencias el discurso político que había iniciado. Son interesantes sus previsiones tecnológicas, pero, al final, comete varios errores de guion -sobre todo en este episodio final- que le lleva a buscar una "conclusión feliz" que no resulta creíble. Es decir, asume el discurso del sistema -los extremos se tocan- sin profundizar mucho más en los mecanismos del poder. O dicho de otra manera, promueve la equidistancia. En esto, Years and years es decepcionante.
La otra distopía, Mr. Robot, tiene más consistencia, aunque sitúa a China como el enemigo; seria una lucha de intereses en la que el sistema simplemente cambia de dueño. Nada se puede hacer para derribarlo; o, al menos, por el momento...
En ambas el planteamiento es muy similar: quien controle las nuevas tecnologías dominará el mundo. En Mr. Robot bajo el prisma de la locura del personaje -dividido en dos personalidades- es más oscura y enfermiza. Years and years, al contrario, resulta más convencional -la familia británica de clase media- y, si se aleja de su espacio, propone ideas ridículas -como que en España gobierne la extrema izquierda-. En el fondo, en una serie que critica el populismo y las políticas migratorias -la idea de los campos de concentración-, el cambio climático o la democracia, es incapaz de ir más allá, de atreverse a afrontar una visión apocalíptica o crítica hasta las raíces, sin límites que la coarten; y eso explica el decepcionante último episodio, más propio de una película americana de Hollywood que de una serie de calidad.
Mr. Robot, sin embargo, vuelve al punto de partida, como si todo hubiera sido un juego de ideas. Después de cuatro temporadas, el protagonista nos sitúa de nuevo en la casilla de salida; pero esta vez ya sabemos quién mueve los hilos. En Years and years no se habla de quién controla los mecanismos -mass media, multinacionales-; y ese es su mayor error.

Chernobil mira al pasado. Es una serie cuidada, muy bien escrita, con personajes consistentes, pero, al final, uno tiene la sensación de que sólo ha servido para justificar el uso de la energía nuclear; eso sí, con las medidas de protección adecuadas. O para reflejar el entorno comunista, en el que el miedo y la delación estaban a la orden del día. Y aquí la visión es parcial. ¿Accidentes como estos sólo pueden suceder si el sistema está esclerotizado y el miedo y las dificultades económicas impiden tomar decisiones de seguridad básicas? Es posible, pero se pierde una oportunidad para explicar más ampliamente y con seriedad el final del comunismo. Se simplifica desde la perspectiva occidental y eso siempre supone un error. Y no se atreve a afrontar que el capitalismo también podría llevarnos a ese desastre.

Better call Saul va en otra línea. Se centra en dos personajes secundarios de otra serie de éxito, Breaking bad. Gran parte del trabajo ya estaba hecho: había un entorno construido con anterioridad con la ciudad de Alburquerque como epicentro, en Nuevo México -de corrupción, droga, carteles-, y personajes atractivos. Los creadores de la serie juegan sobre seguro y sigue funcionando. Quizá lo que interesa ideológicamente de esta serie es la constatación -que se da una y otra vez en las series actuales- del nivel de corrupción, asumido y aceptado por la sociedad, como mal menor, y que, de manera más o menos sutil, se nos dice que la única posibilidad de sobrevivir para muchos es engañar; es decir, sólo nos queda manipular las reglas de juego, porque, en el fondo, éstas sólo sirven a unos pocos y consolidan un mundo injusto.
Y la respuesta, como en Mr. Robot, sólo puede ser la de utilizar esas reglas para intentar dinamitarlo. O para aprovecharse de él, sin importar las consecuencias éticas, en Better call Saul.
Las soluciones, en ambos casos, son individualistas. Y te condenan a la locura, la soledad o la autodestrucción. En Years and years, refugiarse en un pequeño entorno familiar o social que te proteja no resuelve los conflictos; sólo permite resistir durante más tiempo.
A no ser que sirvan para enfrentarse a ellos.

No es un presente ni un futuro muy halagüeño el que reflejan estas series.
Pero, según parece, es el que tenemos.


domingo, 9 de junio de 2019

ORDESA


Domingo de junio.

Hoy he dedicado todo el día a hacer dos cosas: leer un libro; escribir otro.

El libro que he leído estaba entre esas lecturas que debes hacer, te obligas a hacerlas; pero no tenía prisa. Hasta que lo he encontrado en una biblioteca. Y ha costado. Es un libro muy deseado; siempre aparecía prestado. Nunca se me pasó por la cabeza comprarlo; no era una necesidad vital.
Ha llegado a mis manos quizá un poco tarde. Creo que si hubiera sido hace un año, me hubiera conmovido mucho más.

¡Como no lo hubiera hecho! El autor habla de su padre y su madre; acaban de morir en un periodo muy corto de tiempo. Toma conciencia de que su vida ha girado, se ha transformado. Ya nunca será el mismo. Abandona su trabajo como profesor en un instituto. Siente el vacío de la existencia. Se divorcia; sus hijos continúan un legado de incomprensión. Recupera su memoria familiar; la recrea: es una condena inevitable que debe aceptar.
Sí, reconozco ese relato, ese camino. Lo he recorrido en estos cuatro años.
Por supuesto, hay diferencias. La primera es evidente. Su libro ha sido leído por miles de lectores. Mis reflexiones nadie las leerá; o muy pocos. La otra, es similar. Vila es un gran escritor, con un estilo muy definido -poético, sencillo, paciente-. El que escribe estas líneas no deja de ser un esbozo, condenado al anonimato.
Sin embargo, no me ha emocionado. Unas poesías colocadas como colofón de la obra me han tocado, es cierto. Muchas de sus metáforas e ideas te golpean, pero no me ha transmitido la intensidad que esperaba. ¿Ha sido tal vez que no pueda creer en el fracaso que tantas veces aparece como idea recurrente en este libro, cuando es un escritor invitado al Palacio Real o gana premios por cada libro que escribe? No, me parece que es un juego, que forma parte de una construcción inteligente que le permite contraponer la realidad social a la personal. Y le funciona.
Creo que el problema es mío. Durante los últimos cuatro años me he vaciado. Mi madre, mi padre, mi familia han sido temas recurrentes. Un documental, varias novelas, narraciones cortas... Estoy agotado.
En enero de este año sentí que el rumbo cambiaba. Ya no podía más. También he perdido otras cosas en estos meses...
A ratos, construyo una novela diferente en el que mi familia desaparece; yo desaparezco. Necesito alejarme.

Ordesa o Barbastre o Cambrils es el paraíso perdido, el que representan nuestros padres. Mi Ordesa es Gandía o Móstoles o, es posible que Arosa o Tarancón o Barcelona, pero, sinceramente, estoy cansado de vivir en el paraíso.

Hay libros que no llegan en el momento adecuado; tal vez, deba dejar que el tiempo siga su curso y volver a este libro, cuando yo sea diferente; cuando, al mirarme al espejo, me encuentre con otra persona.

Mientras tanto, dejemos que la vida deje su poso.

Mañana será lunes.

sábado, 8 de junio de 2019

COMENTARII, MEMORIAS.


Agripina escribió unos commentarii, lo que llamamos ahora memorias; se han perdido. Y es una pena, porque, aunque nos quedan restos que Tácito y otros autores seleccionaron para contarnos la historia de su época, son sólo impresiones deformadas y tergiversadas por hombres que convirtieron a Agripina en la responsable de todos los males. Una mujer que se atrevió a mandar. Ya se sabe. Eso no encajaba en el mundo romano; todavía hoy mismo no encaja. Emma Southon habla en su favor.
L'agulla daurada es la narración de un viaje, el de la autora, Montserrat Roig; su objetivo inicial era recoger testimonios del cerco de Leningrado. Entre esas vivencias terribles se intercalan reflexiones sobre Pushkin, Rasputín o Dostoievski y una mirada comprensiva sobre la URSS antes de la caída del muro. 

La antigua Roma imperial y la Leningrado soviética. Commentarii. Memorias. 

Entre bambalinas se mueven los hilos de nuestras vidas. Si en un instituto se nos escapan los mecanismos de poder e influencias, no digamos en estructuras más complejas, sean comunidades, países o imperios. 

Escucho conversaciones de profesores. 

Ya no hay izquierda y derecha; son conceptos que no existen... 
En realidad, esta compañera, española de pro, orgullosa de sus deportistas y de su bandera -me emociono con Nadal y siento mi país-, no va mal encaminada, pero, como todos, equivoca el foco. 
Sólo están los que asumen el sistema, -ya sea aplaudíéndolo (la derecha o el centro), suavizándolo (Podemos) o lo que es peor, haciendo una cosa y aparentando otra (PSOE)- y, por otro lado, los que quieren acabar con el sistema. Es un buen ejemplo el juego de cambalaches al que asistimos estos días para mantenerse en el poder municipal, autonómico o nacional. Todos representan lo mismo; la única diferencia es que unos son más sutiles que los otros; estos, más hipócritas; aquellos, más inútiles o ingenuos. 

Aunque estaba de baja, la directora la llamaba para darle ordenes... 
El poder es un mecanismo muy poderoso; y es díficil mantener la distancia necesaria para que no te devore. Siempre puedes como Colau o Carmena sostener que lo haces para suavizar un sistema injusto. Hay que ser pragmático, abandonar maximalismos. Los discursos oficiales, sean los de una alcaldesa, un presidente o una directora de instituto son huecos; los medios dirigen a la plebe. Me pregunto si, en el fondo, no podemos vivir sin mentirnos y mentir a los demás, interpretando un papel. En cualquier espacio, sea pequeño o grande. 
El 15 M no es más que un recuerdo. Una derrota; otra más. Sus herederos no son más que marionetas al servicio de los poderes de siempre. O "trepas", recibiendo el aplauso de los que antes los consideraban un peligro; ya dejaron de serlo. 
Pero les votan; nos merecemos lo que tengamos. Siempre nos engañan; el miedo a la ultraderecha, perder derechos sociales... Somos esclavos que votamos cada cuatro años para cambiar de amo.
El 1-O fue también un momento de rebelión. Fallido, por supuesto, porque los que lo alentaron sólo buscaban conseguir una posición mejor o un nuevo sistema que ellos controlaran. Sin embargo, ese día el sistema, el que se construyó en el 78, se vio en peligro. Después ha vuelto a recuperar el control de la situación. Por el momento...
Soy cobarde y pusilánime. Admiro a aquellos que luchan contra este sistema, aunque pierdan todas las batallas, pero yo no soy capaz de hacer mucho más que escribir unas cuantas líneas. Y ni siquiera estoy seguro de que tengan demasiado valor; líneas robadas a otros, muertos o vivos, conocidos o desconocidos. 

Viernes. Doy las notas; recibo de los alumnos agradecimientos -pocos, aunque me emocionan: un abrazo, una sonrisa; un "¿estarás el próximo año?"-. Indiferencia, en general. Y algún desprecio. Hay profesores que tienen más empatía; yo no la tengo. Soy demasiado serio o, bajo una capa de firmeza y frialdad, me protejo. No es una buena actitud para recibir el aprecio de los alumnos. 

Martes. Discurso de graduación: les hablé de la imaginación. Tomando como punto de partida una de las anécdotas del cerco de Leningrado -un guía turístico del Ermitage que describía los cuadros, aunque ya no estaban allí, en visitas nocturnas a la luz de las velas- este tema se me apareció como el más apropiado. Me hubiera gustado añadir que el sistema educativo, como cualquier otro, coarta la imaginación, la aplasta. No me atreví a tanto. Simplemente les dije que no la olvidaran, hagan lo que hagan. No sé si lo conseguirán. Es posible que sea otra derrota más: la suya.

Sábado. En el examen de catalán me divierto. No tengo un buen nivel, pero, al menos, experimenté el placer de jugar. Y de imaginar. En un ejercicio asumí, como si fuese un actor, el papel de un vecino, harto de los ruidos nocturnos. Conseguí la sonrisa de una de las examinadoras. 
Unas horas después, hablo con Assumpta; le regalo una fotografía en papel: aparece delante de su puerta. Me habla de su vida; memoria cristalina, cuando me cuenta momentos concretos, vivencias tan personales como la caída de una bomba a unos metros o la última vez que vio a su padre o la imagen de una madre fuerte y generosa en la habitación donde nos encontramos en ese momento. 

Estamos acabando con el mundo. El Mediterráneo es un basurero... 
Recordar el pasado es importante: son nuestras raíces, me dice en catalán. 
Me espera una obra de teatro: El dolor de Marguerite Duras, interpretado por Ariadna Gil. Agota tanto sufrimiento concentrado en una hora. No puedes respirar. 
A la salida, unos currantes toman cervezas en un bar regentado por chinos. El Liverpool gana la Copa de Europa, mientras seis chicos se pasan una pelota de fútbol. 

Jueves. Una salida de profesores y alumnos a la sierra -concretamente, a Cercedilla-; uno de los alumnos tiene un mareo. El profesor responsable toma decisiones inteligentes, medidas, sin precipitarse. Veo ahí a un productor; me asombra y admiro esa capacidad que yo no tengo ni tendré. Que Agripina, por ejemplo, sí poseía, si hay que creer en la versión que Emma Southon nos ofrece en su biografía. Mirada parcial, pero, ¿acaso Tácito, Suetonio, Séneca, Dión no la tenían también? Cada uno, según le interesa, interpreta los fragmentos supervivientes de nuestro pasado en ruinas . 

Sábado. Un vecino en el ascensor me habla del calor que pasó en Murcia cuando hizo la mili. Nos hacían dormir dos horas... Los ejercicios eran absurdos... 
Con la bicicleta llego al cementerio; visito la tumba de mis abuelos y de mi madre. Al volver, disfruto al bajar por una pendiente. Sin ningún esfuerzo, un cuerpo en movimiento. 

Estos párrafos podrían ser memorias o commentarii. Caóticos, desordenados, extraños. 
Me esperan otros libros...

Vaya, estás aquí, preparando material, leyendo libros. Eso es lo mejor de ser profesor. ¡Ojalá pudiéramos estar así siempre, aprendiendo, enseñando!

Y no tener que hacer de carcelero, podría haber añadido, como en las guardias o en las clases... 
Hay que tenerles en el centro hasta las dos y veinte... ¡Guarda el móvil! ¡Bajad al patio!

A veces me gustaría desaparecer: sólo leer un libro, escribir un relato, acariciar a Yume, ver una película, montar en bici. Pequeños placeres. 
Pero la libertad absoluta es imposible. Somos seres sociales. 
Vivimos en un sistema, en un mundo, en esta realidad.

Aunque siempre nos queda la imaginación... 






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domingo, 26 de mayo de 2019

ASSUMPTA


Al final de la rambla de Poble Nou, antes de llegar al paseo marítimo, -ese que levantaron para el 92 y cambió Barcelona, para lo bueno y para lo malo; en el que te cruzas con extranjeros dispuestos a emborracharse o pasas por delante de negocios que son ejemplos de un turismo cada vez más masificado e impersonal-, allí, en el lugar en el que menos lo esperarías, te encuentras de repente con una casa antigua de dos plantas, cuidada con mimo.


A su alrededor, edificios altos, rascacielos en comparación. Es una superviviente.


Ese edificio esconde una historia. Como todos, si nos paramos y preguntamos a los hombres y mujeres que viven y vivieron allí.
Puedes aún encontrarte, si tienes tiempo, junto a la puerta, a una anciana de 90 años. Es su propietaria. Dispuesta a contarte esa historia. Y te la cuenta, porque la historia de la casa es también la de su propia vida.
Aunque nació en el 32 -"en el antiguo carrer mayor-, en el 36 sus padres ya se vinieron a vivir aquí. La segunda planta la levantó su progenitor; después él mismo tuvo que irse a la guerra.
Si sigues atento a sus palabras, te dice, con un ligero temblor, que su abuelo murió en otra parte de la casa; esa habitación desapareció, cuando ampliaron la rambla. Sin embargo, cuando te lo cuenta, tienes la sensación de que en su memoria aún se encuentra en pie. O que esta casa estaba rodeada de un huerto; que tenían un caballo; que construyeron casitas provisionales a su lado, después de la guerra y duraron más de treinta años. Y luego, en los años 50 alzaron las moles que la rodean. Sólo ha quedado la suya.
Si continúas escuchando te da su opinión sobre el desastre a donde nos dirigimos -"antes uno se podía bañar en el mar; ahora, no sé cómo se meten allí con toda la basura que hay"-, las guerras -"¿por qué la guerra? Y la nuestra sólo fueron dos años; ¿cómo puede haber algunas que duran diez o quince?- los alimentos ecológicos -"ni siquiera te libras; si la tierra está envenenada, también esos alimentos lo estarán"...
Y concluye, antes de despedirse y cerrar la puerta.
"No podría vivir en un apartamento... me ahogaría... Aquí, sólo con salir a la puerta, ya hablo con quien quiera, como con vosotros..."
Es una mujer amable; te regala su memoria, su testimonio, su simpatía, su inteligencia, su coraje. Vale la pena detenerse un rato y, simplemente, escucharla...

jueves, 16 de mayo de 2019

DOCUMENTA MADRID 2019 (II)


Continúo.

Para la guerra.  

                     

Estamos ante el retrato de un ex-soldado cubano de la guerra de Angola y Guatemala. Se mueve entre la locura y la dignidad. Es un gran personaje que, colaborando con el director de tú a tú, ha querido jugar con su cuerpo y algunos de sus recuerdos. El planteamiento es sencillo; muestra, sin más. No le juzga, aunque haya un ligero toque de ironía; no le ridiculiza, sino que le respeta.
Tampoco profundiza y ese es, tal vez, su mayor defecto. ¿Es suficiente lo que hemos visto? Tal vez. Aunque, insisto, podría haber dado más de sí, llegando mucho más lejos: tanto si hubiera hablado más del personaje -hay aspectos personales que se decidió no montar y hubieran hecho más complejo el retrato- como del espacio en el que se encuentra -lo cual hubiera ampliado la perspectiva.

Charleroi, le pays aux 60 montagnes podría definirse como la reflexión histórica, sociológica y sentimental sobre una ciudad.

                     

No es casual que sea la ciudad de su infancia, aunque el director habla de una trilogía que, según parece, terminará con el bable, aquí, en Asturias.
Tres espacios, tres ciudades que construyen una memoria colectiva.
El documental ofrece dos miradas. La primera -más convencional, con entrevistas a habitantes, expertos y hasta el alcalde- me interesa menos. Hay alguna intervención que sí vale la pena -cómo cuando un historiador cuenta la manera en que se salvaron miles de judíos durante la persecución nazi, por ejemplo-, pero, en general, me parece que esta parte podía haberse eliminado y la mejora hubiera sido evidente. Tal vez porque deseaba llegar a un tipo de público más amplio.
Sin embargo, la voz en off, sugerente, medida, bien organizada, -a veces, descriptiva y reflexiva; otras, personal y emocional- y las imágenes elegidas para acompañarla -a veces, realistas; otras, experimentales- son, sin duda, lo mejor del documental. Es una pena que el director no se decidiera por este camino, rechazando el otro; hubiera sido más arriesgado y más atractivo.

By the name of Tania no sé si considerarlo un documental. Si acaso es un documental ficcionado.

                      

Perú. Una mujer en voz en off nos cuenta su historia, historia terrible de prostitución y trata de blancas. Impresiona porque, tanto en la forma de contarlo como en las imágenes que se eligen para enmarcar esa voz no hay drama ni tragedia. Sí una representación muy sutil. La actriz -no profesional- encarna perfectamente a todas las mujeres que han sufrido esa explotación: forma de esclavitud en pleno siglo XXI.
Una historia oculta, lacra de nuestro tiempo y del sistema, nos llega sin exageración ni sentimentalismos. Sobria, elegante, brillante.

Journal de septembre entraría dentro del documental ensayo.


Bajo el formato de un diario nos encontramos con retratos, imágenes, sonidos, reflexiones sobre el arte, relatos... El documentalista belga esboza a sus amigos, su entorno, sus pensamientos y vivencias cotidianas con gran sencillez. Es un canto a la vida y al paso del tiempo que ha compartido con nosotros. A uno le gustaría hacer lo mismo con su propia vida, al salir del cine...

Y termino con Apuntes para una herencia. 


                     
De nuevo, la memoria. Aunque esta vez la memoria sea incómoda... Admito haberme sentido identificado con su búsqueda. Me he visto como él, en las entrevistas que aparecen, inseguro; he intuido una relación similar con el padre; busca respuestas e indaga en su pasado familiar. En su caso, el punto de partida fueron los recuerdos de su abuelo, soldado del bando franquista, durante la guerra civil. De ahí llegamos a otros conflictos: la memoria familiar; la responsabilidad que preferimos no asumir o aceptar. Es irregular, con un guion indefinido -son eso, apuntes, y no lo niega-, pero deja un poso al menos.
Me atrae la idea de contactar con él y hablar de experiencias que sólo nosotros podríamos entender, porque, sin conocernos, hemos compartido situaciones parecidas durante estos últimos años.
Un documental es, a veces, o siempre, un proyecto vital y personal.