miércoles, 17 de abril de 2019

PALMARÉS DE VISION DU REEL

Aprovechando mi acreditación, a lo largo de estos días he podido ver los premios de este año por internet. Aunque hay gran variedad temática, sorprende encontrar similares influencias y planteamientos comunes. Vivimos en un mundo interconectado; nos alimentamos los unos de los otros. O nos copiamos, depende de cómo lo queramos ver.
Empezaré por los cortometrajes y mediometrajes.
Me sorprende no encontrarme entre los premiados con A los vivos. Un poderoso mensaje de denuncia, necesario en estos tiempos. Hace veinte años una inmigrante murió en manos de la policía, cuando iba a ser deportada. Las imágenes y los testimonios son brutales.
O con En las ruinas. Las ruinas de Pompeya y los recuerdos de un padre perdido.


Y, entretanto, algunos esbozos de vida cotidiana alrededor de la directora. O sus reflexiones y pensamientos.
En cambio, uno de los vencedores fue un documental boliviano, Compañía. Su comienzo hipnótico te atrapa. El resto del relato son episodios, sobre todo, de carácter etnográfico. De vez en cuando, aparece una mirada tierna, personal; por ejemplo, las palabras en off, los sueños narrados por los habitantes de La Compañía o los planos fijos que parecen insinuar siempre algo más, pero no llegó ni de lejos a impactarme como los dos anteriores.
El otro, Akaboum, pasa de la realidad a un final, convertido en una fantasía utópica deformada. Quizá es una visión demasiado optimista de la juventud actual -¿o eso aparenta?-. Está bien rodada y estructurada, pero me parece distante.
God, en cambio, es más atractiva. El tema es la visita del papa a Chile. Aunque a mí, personalmente, me resulta indiferente, está muy bien montado y tiene un sentido del humor muy sutil; a veces, cerca del surrealismo -algunos planos fijos son impagables-. Nos muestra, al mismo tiempo, una realidad contradictoria donde las visiones opuestas chocan entre sí constantemente. El documental nos dice una y otra vez que vivimos en un mundo en el que la imagen -deformada, transformada- sustituye y falsea una realidad muy compleja.
Aunque The outer space forest es un experimento curioso -una distopía en forma de documental- y en Camps on the wind´s road me impacta la sequedad y la rudeza -del paisaje, de los personajes, de los rituales- flaquean y no logran mantenerme atento.
Aunque sólo se presentara en Nyon, me gustó Behind our eyes. Es una apuesta experimental, visualmente muy poderosa.

DERRIÈRE NOS YEUX (EXTRAITS) from Anton Bialas on Vimeo.

En largometrajes The house tuvo dos premios. Una casa no sólo es el espacio, sino también las personas que lo hacen posible, que la mantienen en pie. En la sencillez de esta propuesta estriba su mayor cualidad. Elegante y sobria. Se enlazan perfectamente la experiencia personal de los personajes con el objetivo principal: construir el hogar en un lugar abandonado por otros.
Entre los documentales suizos fueron premiados, Taste of hope. 
Pequeñas ventanas de esperanza. Después de crear una cooperativa -tras casi cuatro años de lucha, 1336 días-, sus trabajadores deben sobrevivir y la empresa -especializada en el procesamiento y empaquetado de té- ha de competir con otros productos en un mercado que les obliga a tomar decisiones difíciles. Todos somos conscientes de los problemas que supone cambiar un sistema económico tan jerarquizado, mediatizado e injusto, pero son imprescindibles, si queremos un futuro para nosotros mismos y las generaciones que vengan. Aunque también te preguntas, al ver este documental, si no será necesario partir de cero completamente: hacer tabla rasa de todo el sistema. Incluidos nosotros mismos y nuestra percepción del mundo.
El otro, Lucky hours. Partiendo de unas bobinas encontradas, se nos cuenta la historia de un psiquiátrico, el hospital de St. Alban, convertido en modelo de institución pública desde 1936, durante la segunda guerra mundial y en los años cincuenta y sesenta -mientras en otros morían a cientos, aquí se salvaba a gente: se protegía a judíos y miembros de la Resistencia, se trataba con dignidad a los enfermos; se facilitaba el trabajo y la creación artística, como sucedió con Auguste Forestier, un ejemplo del llamado arte bruto-. Sólo fue necesario solidaridad y tratamientos modernos. Si hubo horas felices, fue gracias a la bondad de mucha gente y el esfuerzo de grandes profesionales. Y hoy en día, con graves recortes, -nos lo recuerda el último plano- se está olvidando.
En Midnight traveler, la denuncia. Si se quiere saber todo la odisea que deben superar los inmigrantes para llegar a Europa, este es un gran documento. Una familia, la del director, es ejemplo de otras muchas. Tres años en campos de refugiados, cruzando fronteras con miedo a ser disparados, recibiendo el rechazo de algunos. Esperando. Hecha con pocos medios -tres teléfonos móviles- no deja de lado las pequeñas alegrías de la vida cotidiana. Veracidad y sinceridad. Con una perspectiva muy parecida estaba I have seen nothing, I have seen all, olvidada entre los premios al cortometraje. Sólo con una imágenes y las grabaciones de varias llamadas de teléfono abre y cierra una historia dolorosa : ni siquiera los muertos de una guerra -en este caso su hermano- pueden descansar en la tierra donde fueron enterrados.
Looking for the man with the camera me atrajó porque construye la búsqueda de un hombre secuestrado y asesinado por Al Assad en Siria, con imágenes y reflexiones sobre su propia vida, tan similares a las nuestras, a veces.
                              
Quizá esa es la parte más interesante; la otra, adolece de falta de ritmo.
De los tres vencedores a mejor largometraje, no logra convencerme, When the persimonns grew. El espacio familiar -la casa, el paisaje- recreado en el presente; la vida cotidiana teñido de pasado. Los silencios adquieren un peso fundamental. La relación entre una madre y su hijo: compleja. Podría haber sido más conciso y hubiera ganado en intensidad.
Aunque es incluido, de manera tangencial en un premio menor, me emocionó más Norie. 



Un plano del padre, hablando de los recuerdos que duelen, de la mujer amada y perdida hace tanto tiempo, directamente a cámara, te deja sin respiración. Sabe moverse en ese ritmo tan delicado que sólo un oriental es capaz de hacer. Creo que hubiera merecido más.
El segundo premio -al menos, si consideramos la cuantía económica- sería para That which does not kill. Lo que no te mata...


Testimonios directos y valientes. Parte de un hecho concreto -una violación, en el fondo, aunque según la "justicia" de La Manada, no podría ser juzgada como tal- para, desde el principio con su elección formal, transformarlo en una denuncia colectiva. La historia no la cuenta una sola mujer -quien sufre esta violación-, sino muchas, reflexionando sobre este relato concreto y sobre sus propias experiencias. Y ese es su mayor acierto. La sencillez de este planteamiento y la veracidad de sus testimonios te golpean de lleno.
Finalmente, Heimat is a space in time.

                              

Es la obra de toda una vida, de un país: Alemania. Del siglo XX. Imágenes y una voz en off hipnóticas, poéticas. Abuelos, padres, hermano. Nazismo, holocausto, guerra, comunismo, capitalismo y libre mercado. Cartas, fotografías y, cuando llega su turno, recuerdos y reflexiones personales, correspondencia de su madre con Christa Wolf. Los espacios son reflejo y consecuencia del paso del tiempo;

                          

 el tiempo -las palabras y las voces recuperadas- completan esos espacios. Todo termina con la muerte de su madre. O comienza... Casi tres horas de buen cine.

Aún tengo tiempo hasta julio de disfrutar de otros documentales. Les echaré un vistazo.
Sí es cierto que nos movemos en una realidad compartida. Inmigración, feminismo, familia, capitalismo, recuerdos. El pasado, el presente y nuestro futuro. La voz propia -en la mayor parte aparecen voces en off, como en el nuestro-.
El documental, sin duda, está vivo. En mi opinión, mucho más que la ficción.


viernes, 1 de marzo de 2019

EL CUERPO QUE BAILA Y CANTA: LA ALEGRÍA DE VIVIR


Muchas veces, abrumados por el estrés del día a día, olvidamos lo más importante: ¡Vivir, coño, vivir!
Pasear como hoy he hecho, acariciado por los rayos del sol. Disfrutar de amigos o amigas a los que puedes perder en cualquier momento, cuando menos lo esperas. Contemplar a unos niños mientras juegan en un parque.
Durante estos dos meses, agotado por un resfriado y un problema de garganta que no he logrado superar del todo, por la preparación de dos viajes que haré en abril: uno, a Roma con cuarenta y tres alumnos y el otro, a Nyon para conseguir una más que difícil distribución del documental; o por los exámenes y las clases y el ajetreo diario, no he podido recordar como merecían a artistas que me hicieron soñar, llorar o reír, que consiguieron que mi tristeza desapareciera cuando escuchaba su música o veía sus películas.
Dos músicos.
Michel Legrand y André Previn.
De Legrand, ¿qué podría elegir? ¿Los paraguas de Cherburgo o las señoritas de Rochefort? Amante del jazz, trabajó con Miles Davis o Coltrane.
Me decido, aunque sea tan nostálgica -o precisamente, por ello- con la música de Verano del 42. 


De André Previn es la música de Gigí, de Irma la dulce. Me quedo con My fair lady, aunque sea una adaptación de Broadway.
Siempre que he escuchado esta melodía, me he sentido feliz. Yo tampoco podía dormir.


La casualidad ha hecho que Albert Finney, un gran actor, con títulos memorables y Stanley Donen hayan muerto con una diferencia de pocas semanas. Coincidieron con Audrey en una de esas películas que marcan mi memoria sentimental. Dos en la carretera. 
Recuerdo haberla visto con otro catarro de traca en una habitación de Calatayud junto a una amiga a la que hace mucho tiempo que no veo. Y en un cine de barrio cuando era un veinteañero confuso. Siempre me ha admirado su guion de Frederic Raphael: maravilloso; un rompecabezas preciso, irónico, cínico y romántico.


¿Qué decir de Stanley Donen? Es cine y música. Un día en New York, Cantando bajo la lluvia, Siete novias para siete hermanos, Una cara con ángel, Bodas Reales...

También está Charada, por supuesto. Con baile incluido.


Es imposible colgar en una sola entrada los mejores números musicales de este director. No hay uno, ni dos, ni diez; son decenas.
Gene Kelly, Fred Astaire.
Bailando bajo la lluvia, A funny face, New York, New York... Interminable. Infinito. A Donen le emocionó ver a Fred Astaire bailar en París.


A mí, Good morning. ¡Cuántas veces he bailado a solas con esta canción!


La felicidad sólo es posible cuando el cuerpo se olvida de que es mortal. Cuando ama, ríe, baila, vuela... Aunque llueva, lo demás no importa.


¡No, joder! No dejo de bailar ni de cantar. No dejaré de hacerlo, mientras esté vivo.

sábado, 23 de febrero de 2019

LOS OSCAR: REFLEJO DE ESTOS TIEMPOS AMBIGUOS Y CONVULSOS


A un par de días de la ceremonia parece que en Venezuela se prepara una invasión militar de Estados Unidos apoyado por la ultraderecha latinoamericana y una parte de esta nuestra Europa frágil y desnortada que necesita del petróleo a precios más baratos. Cuando nos llegue el oro negro y el dinero manchado de sangre, miraremos a otro lado, votaremos a los de siempre y compraremos en los centros comerciales.
Sanders encabezará una apuesta liberal y socialista; ¿llegará a calar en una sociedad como la americana, conservadora y reaccionaria? La socialdemocracia en Europa o la derecha liberal, alimenta el miedo al coco, a la ultraderecha o a los nacionalismos periféricos -que no dejan de ser un reflejo de la insatisfacción de millones de personas-; engordando sus propios nacionalismos -Estados en perpetua crisis y descomposición- para mantener un modelo económico injusto y que no han querido ni quieren cambiar. El objetivo es que todo siga igual. Los medios y los que mueven los hilos se encargarán de enviarnos esos mensajes, los que calarán en nuestro subconsciente en las próximas elecciones. Seguramente a corto plazo lo conseguirán aquí y en otros lugares.
Pero la gente sale a la calle; ¿se rebelará? Feminismo, crisis humanitarias, inmigrantes que caminan miles de kilómetros, que mueren en el mar, crisis ecológicas, cambio climáticos, desinterés y desconfianza hacia los modelos tradicionales.
La historia vuelve; los nietos y bisnietos heredan o asumen el legado de sus mayores. Hace ochenta años hubo gente que murió por la libertad. Se equivoca quien piense que en tres generaciones la gente se olvida; sobre todo, si los muertos no están bien enterrados.
El pasado vuelve; no es idéntico. Lo volvemos a interpretar, lo transformamos, lo manipulamos, lo adaptamos a nuestra realidad. Así es la memoria: nos miente, nos permite sobrevivir. Preferimos escondernos y ocultarnos a afrontarla cara a cara; pero esta sale, como un escupitajo, a su manera, por donde menos lo esperamos: un dolor de espalda, una muela picada, un pinzamiento, una crisis de angustia. Los fantasmas no desaparecen, aunque les demos la espalda.

Las películas americanas, las que compiten en los Óscares no son ajenas a este mundo en perpetua crisis.
Es difícil saber quién será la ganadora en unos días.
Hay bastante variedad y de gran calidad. Ya se sabe que tienen muchos recursos y capacidad para demostrarnos que asimilan con rapidez los cambios y aportaciones formales y temáticas que nacen en Europa, Latinoamérica o Asia.

Veo en Vice, una pseudobiografía de Dick Cheney, cierto paralelismo con nuestra El rey, con dos cualidades de las que la española carecía: humor y mezcla de ficción y documental.
No nos creemos una ficción -en Vice se ironiza con esto en alguna de las escenas, como la del falso final- ni un documental que nos hable desde el púlpito con un discurso "liberal". Parece que lo único que nos quedara en un mundo en el que cuatro personas deciden la vida de millones es el humor, muchas veces, sangrante y doloroso.

Roma, aunque también refleja una época de conflicto, como es el México de los años sesenta, y la situación de las mujeres inmigrantes, indefensas y sometidas, es más nostálgica. El punto de vista se suaviza, porque es el del director, un niño de clase media-alta que elige ponerse en la piel de una mujer pobre, una criada. Estéticamente es la mejor, a la altura de Cold War -que también muestra el ambiente de los años sesenta, aunque esta vez del otro lado del telón de acero-, pero se adapta mucho mejor a lo que se espera de una película para un gran público.

La favorita es más sutil. Película de época, -se desarrolla en el siglo XVIII-, sí, pero habla de corrupción, de lucha por el poder, de la manipulación en los entresijos de un gobierno, ajeno a la mayor parte de la gente. Su cáscara formal, impecable, oculta un mensaje subliminal mucho más profundo, que no sé si muchos espectadores captarán.

La cuota para la comunidad negra la tenemos con Spike Lee en su Infiltrados en el Ku Klux Kan -la ultraderecha ha llegado para quedarse; es más, está ya en el poder o decide los temas a tratar y cómo se deben tratar- o Black Panther. Incluso en la amable The green book; aquí tenemos un recorrido por el sur americano en los años sesenta -de nuevo esa época clave para entender dónde nos encontramos en estos momentos-, un road movie con dos personajes opuestos que acaban siendo amigos.
¿Podrás perdonarme algún día? es también agradable, aunque el tema del engaño -al amigo o a uno mismo- y la escritura se mezclen como una parte indispensable de la sociedad en la que nos movemos.

Es posible que el sistema no se pueda cambiar. Quizá estemos condenados a desaparecer como especie, tarde o temprano. Quizá nos lo merezcamos.
Mientras tanto, es posible que sólo nos quede seguir lanzando botellas al mar.
Y en el futuro, tal vez, alguien lea los mensajes desesperados que estamos enviando.

domingo, 3 de febrero de 2019

NUBES DISPERSAS




Todo cinéfilo en Occidente conoce a Mizoguchi, a Kurosawa o a Ozu. Sin embargo, hay un cuarto nombre que casi nadie menciona: Mikio Naruse. Quizá porque siempre se ha pensado que un autor de melodramas no estaba a la altura de los otros tres. Es un error. Es también uno de los grandes.
Muchos, al ver sus películas, pensarán en otro gran director de melodramas, Douglas Sirk. Es comparable, sin duda, en muchos aspectos, aunque no se puede olvidar la procedencia de ambos. Sirk es americano de adopción, aunque de origen europeo; pertenece a la industria de Hollywood, con sus luces y sus sombras y a Occidente. Naruse era japònés y su cultura está ahí, presente en cada una de las decisiones que toman sus personajes.

10 essential films
                                                                                                                           


En su última película, Scattered clouds, Nubes dispersas, la historia no podría ser más sencilla.
Una mujer pierde a su marido en un accidente de tráfico. El hombre que lo ha matado, sintiéndose culpable, intenta ayudarla económicamente, pero ella no le perdona. Acaban coincidiendo en el mismo lugar, intentando rehacer sus vidas. No pueden evitar enamorarse, pero el pasado está ahí; no son capaces de olvidarlo. El suyo será un amor imposible...

Hay pocos que sepan narrar como Naruse, que consigan que comprendamos a los personajes, los sintamos cerca. Y Naruse nos lleva hasta el final, aunque sepamos que, como mucho, sólo les quedará el recuerdo de lo que pudo ser.

Ella, a mitad de película, recuerda momentos, instantes de felicidad, vividos con su marido en el lago.

Otros surgen, más tarde, en ese mismo lago, entre ella y el hombre del que se ha enamorado.

Cuando los dos se separan -seguramente, para siempre-, nuestros protagonistas en los últimos planos de la película se quedan solos. Él mira por la ventanilla de un tren; ella, camina al borde del lago.

Sabemos que ambos recordarán esos pocos momentos que han vivido juntos, en los que dos personas se han comprendido y se han amado.

Vuelvo a Dostoievski.

"Creo en la vida eterna en este mundo; hay momentos en que el tiempo se detiene de repente para dar lugar a la eternidad".



sábado, 26 de enero de 2019

EL GRAN CARNAVAL: JULEN Y VENEZUELA; BILLY WILDER Y TUCÍDIDES


Esta semana los medios de comunicación han decidido contarnos su realidad. Que en Venezuela hay un tirano; hay que apoyar a una derecha venezolana, la que Trump ha elegido para llevar la "democracia" al país latinoamericano. Por otro lado, que todos somos muy solidarios, intentando salvar a un niño, que sabíamos que estaba muerto desde hacía mucho tiempo.

He pensado en esta gran película de Billy Wilder.

                  

Un minero queda atrapado en un pozo. Nadie se interesa mucho por su rescate hasta que un periodista empieza a convertirlo en un espectáculo. Su objetivo: ganar dinero. A su alrededor se monta un gran negocio: dinero a espuertas para muchos. Al final, el minero muere. La gente llora y se marcha. Los medios buscan carnaza en otro lugar.
Eso ha sido el caso de Julen. Un gran espectáculo para que no miremos a otro lado. Hay gente, otros niños, que mueren todos los días en el Mediterráneo. ¿Dónde están los medios para ver cómo se ahogan? ¿Por qué no salen barcos en su busca o se impide que zarpen? En Palestina hay gente, niños, a quien les están quitando todo, su casa, sus padres, su libertad, hoy mismo. ¿Dónde están los medios para denunciarlo?

Y sobre Venezuela me venía a la mente Tucídides. Es un historiador griego del siglo V a. C. Cuando comienza su obra Guerra del Peloponeso nos dice que va a hablar no sólo de las justificaciones de los dos bandos, sino de las causas reales del conflicto, lo que él llama, ἀιτίαι. Toda la basura mediática que nos ha llegado en estos días no hace más que ocultar la razón verdadera del problema: el petróleo. Lo demás, la panoplia de palabras que se repiten hasta la saciedad -democracia, pobreza, justicia, derechos humanos, unidad- son conceptos vacíos y manipulados que los medios, los políticos y las empresas usan para proteger sus propios intereses. Ni más ni menos.

Con el juicio a los políticos catalanes en febrero pasará lo mismo. Y con tantos otros temas.

Ya hace mucho que no creo en los grandes medios. Sus intereses no coinciden con los míos. Nunca lo harán. Ya no me engañan.

Pero todos somos hipócritas. Yo, el primero. No siempre la verdad es cómoda y amable.

Tell the truth. 
La verdad está en otro lugar. Y hay que buscarla, porque sin la verdad, no podremos construir nada nuevo y estaremos condenados a repetir una y otra vez este gran carnaval y acabaremos destruyéndonos a nosotros mismos.

Me pregunto si seremos capaces de encontrarla... O preferiremos vivir con nuestras mentiras, en una realidad virtual a la medida, aunque a veces el dolor y la angustia, en medio de la noche, nos recuerde que hay asuntos sin resolver, que ocultamos, que no afrontamos. Y que nos pasarán factura.

Jonas Mekas, fallecido hace poco a los 96 años, aunque aseguraba que tenía 27, director de cine underground, en una entrevista reciente dijo:
"Es como esa cita de Dostoievski: vivimos para esos momentos en que dos personas se conocen y congenian. En el fondo, la vida consiste en esos momentos".

Quizá ahí esté la verdad.




sábado, 5 de enero de 2019

PRIMER COMENTARIO DEL AÑO


Se terminan mis vacaciones.
Las Navidades son un periodo extraño. Deseo que pasen rápido -sobre todo, el día de Navidad-, porque me traen recuerdos que quiero olvidar. Me gustan los turrones. Me agrada el fin de año; uno mira hacia atrás y se compromete a ser mejor persona. En vano. Al final, pocas cosas cambiarán: serás cobarde, egoísta, amable o generoso. Conseguirás esto; fracasarás en eso otro; pero, de primeras, te ilusionas y piensas que es posible una transformación profunda y real. De los Reyes, sólo espero disfrutar de un buen roscón de nata.
He tenido días de relajación -leyendo libros; paseando en la bici, quedando con amigos, acariciando a Yume-, pero he dedicado más horas al trabajo -preparar exámenes, actividades para el curso; o escribiendo, revisando novelas o relatos cortos-.
Y por las noches he visto muchas películas con mi hermano.
Entre las más recientes son de destacar Roma de Cuarón y Cold war de Pawel Pawlikovski, tal vez, las grandes favoritas para llevarse el Óscar a la mejor película extranjera. Curiosamente, las dos rodadas en blanco y negro.
Roma es una mirada a la infancia de Cuarón, pero el gran acierto es el punto de vista: elige a una empleada del hogar. Cuaron ha preferido que sea Neflix quien la distribuya al estreno en miles de cines. Los tiempos han cambiado. El dinero llega por otras vías.



Todos los personajes tienen entidad; incluso, la madre burguesa. Es una mirada tierna y elegante.
La de Cold war no le va a la zaga; es una historia de amor; por supuesto, con referencias políticas a la guerra fría.



Sin duda, estamos ante dos de los mejores directores actuales en su momento de madurez creativa.

Terminamos también de ver la filmografía de Agnes Varda. Me gustaron sus últimas películas, autorreferenciales. Miradas a su propio cine; como si quisiera decir, "no estuvo mal".
Entre las otras, me atraparon sus clásicos:
Cleo, de 5 a 7. Un ejercicio de libertad creativa de la nouvelle vague, divertido, caótico, vitalista.
Sans toi ni loi  Una mirada cuasi-documental, teniendo como protagonista a una vagabunda que acaba congelada en el fango; la directora vuelve hacia atrás y recrea sus últimas semanas. Los personajes que aparecen son un mosaico de la sociedad francesa y europea.
Jacquot de Nantes. Con un Jacques Demy, aún vivo, Varda recrea la infancia de su marido, mientras él se muere, poco a poco, de una enfermedad incurable -el SIDA, aunque no se supo hasta años después-. Esa mezcla de ficción biográfica -el amor al cine de Demy desde niño- con los planos de un rostro y unas manos enfermas -más propias del género documental-, le dan una veracidad y una fuerza que pocas obras tienen, aunque dispongan de enormes medios a su disposición.
Vimos también algunas películas japonesas y las de un director taiwanés, Edward Yang, ya fallecido; poseía un gran talento visual y narrativo. Y otras chinas.
De entre estas destaco la de Hu Bo, An elephant sitting still, su primer largometraje. Estuvo en Berlín y Donostia. Se ha estrenado en diciembre en Inglaterra y en enero se podrá ver en Francia. En España, quizá con suerte, en alguna filmoteca o cine alternativo. ¿Por qué? Dura cuatro horas.
Además, su director, escritor de dos novelas, se suicidó a los 29 años, durante la posproducción.


Tiene todas las papeletas para convertirse en un clásico. Además de la temprana muerte de su joven director, es una historia bien contada -ha ganado post mortem algún premio al mejor guión- con personajes muy potentes; rodada con cámara en mano y planos secuencia. Y si alguien quiere conocer la China oculta, la que no aparece en los medios, la de las víctimas del capitalismo, aquí las encontrará.

Y algún clásico, Los paraguas de Cherburgo del mencionado Demy con la música -romántica hasta saciarse- de Michel Legrand.


Concluyo con Chantal Akermann. Su cine era exigente, radical. Y lo era, en el significado más profundo del término: buscaba la verdad en las raíces del cine. Planos largos y fijos. Que la cámara reflejara la realidad. Toda su obra es claramente autobiográfica. Aunque sepamos que es una elección y sea parcial, su valentía siempre queda fuera de toda duda. Hay pocas mujeres -u hombres- que te muestren así su visión del mundo, su propia vida.
Antes de suicidarse, rodó No home movie.

                                      


Su última película cuenta paso a paso el deterioro físico y mental de su propia madre, que moriría meses antes que Chantal. Y es la forma de contarlo, a través de los espacios vacíos y los silencios -sean los de su casa o las de un desierto, que le sirve de engarces y elipsis- los que atrapan tu mirada.

No hay salida. No hay hogar.

Mientras tanto, vivimos...








sábado, 22 de diciembre de 2018

LA DESCOMPOSICIÓN DE UN SISTEMA


Me encanta la Historia. A veces mucho más que las lenguas clásicas o el cine, mis otras dos pasiones.
La Historia es un proceso muy largo, llena de recovecos. Y nosotros, que vivimos tan poco tiempo, inmersos en ella, no somos conscientes de sus cambios y transformaciones, hasta que se han producido. Aún así, tenemos la capacidad de salir del cascarón en el que vivimos y reflexionar desde fuera.

No siempre es posible. La vida cotidiana nos arrastra; es difícil ver desde arriba, como si tuviéramos un mapa. Me encanta observar el mundo desde esa perspectiva; a ras de suelo, es cierto, puedes ver lo más pequeño, pero se te escapa una visión general, imprescindible. Y con este mapa, aunque sólo sea la imaginación la que nos lo proporcione, podrías tener a tu disposición el conjunto de los elementos que influyen en nosotros. De todas formas, aunque los conociéramos, mucho más difícil sería cambiarlos.

A mis alumnos les doy clases de Historia a la par que les enseño Latín. En diciembre ya he hecho una introducción; en enero les hablaré de la descomposición del sistema republicano en la Antigua Roma. Hubo muchos factores que lo explican, conocidos por los investigadores: ante la expansión de Roma se produjo un empobrecimiento de las clases medias rurales, llegada de mano de obra esclava, riquezas que acabaron en pocas manos, creación de una clase media ecuestre que necesitaba de un nuevo sistema político que favoreciera sus intereses. Más de cien años y tres guerras civiles fueron necesarias para que la República moribunda pasara a ser un Imperio. Hubo intentos democratizadores -Los Graco-; rebeliones -tres guerras serviles: la de Espartaco es la más conocida-, una guerra social. Al final, una familia, un solo hombre apoyado en las nuevas clases emergentes y un ejército "popular", en una sociedad agotada, sedienta de paz social, consolidó un nuevo sistema. Quien vivió estos acontecimientos, desde dentro, no creo que fuera consciente de los cambios, como sí lo somos nosotros, pasados tantos siglos.

Nos ocurre lo mismo; está claro. El capitalismo, aunque tuvo precedentes en la Holanda del siglo XVII, nace con sus rasgos característicos en el siglo XIX: explotación, universalidad, clase media burguesa, mecanización. Necesitaba muros de contención. El socialismo y el comunismo funcionaron, con sus contradicciones, en ese papel. Las guerras -fueran mundiales o concentradas en lugares concretos- formaban y forman parte del mecanismo. El capitalismo las necesita para sobrevivir.
La caída del muro, el final del comunismo hacía pensar que el capitalismo había triunfado. En realidad, en estas tres décadas lo que ha hecho es agudizar sus propias y complejas contradicciones. Sin muros de contención que lo limiten el capitalismo muestra todos sus garras. La socialdemocracia y la izquierda, el estado de bienestar, el ecologismo, el desarrollo económico fueron los mecanismos que las democracias formales en un sistema bipartidista encontraron para suavizar sus aristas y ofrecer a la clase media una alternativa diferente al comunismo. Ahora se diluyen, se debilitan y no pueden detener al monstruo.

Es cierto que podríamos pensar que no hay problemas, si nos paseáramos por los grandes centros comerciales y turísticos del mundo. Yo lo he hecho. Allí no parece que haya conflictos, sea en Argentina, en Los Ángeles o en Tokio. Si te alejas un poco, otra realidad se te muestra: pobreza, marginación, violencia... Allí están los votantes de extrema derecha o los que, decepcionados, ya no votan: el origen o la excusa de los conflictos, aunque no queramos verlos.
Existen realidades paralelas: la de los medios de comunicación, controlados por las grandes empresas con sus intereses; la de facebook o twiter, en la que, encapsulados, preferimos movernos en mundos pequeños, sólo con los nuestros. La realidad no es unívoca; pero lo parece, a no ser que nos fijemos más detenidamente.
Además, el planeta se queja; es explotado. No sólo mueren miles de personas buscando un mundo mejor -nadie se ha interesado por la muerte de diez inmigrantes en una patera esta semana-, también mueren cientos de seres vivos. El agotamiento de las energías fósiles es ya una realidad. Su sustitución requeriría de un modelo económico en el que primara el ahorro y no los gastos superfluos. El capitalismo y la Humanidad continúa su marcha progresiva hacia el desastre. El consumismo tiene sus límites. Podemos pensar en otras generaciones, decelerar el proceso o detenerlo. O no hacer nada.

Todos sabemos que habrá nuevas crisis económicas. Las deudas de los Estados son inmensas. No podremos pagarlas. ¿Y entonces, qué ocurrirá?
Cada país -aunque estemos interconectados- tiene sus conflictos. Estados Unidos necesita mantenerse como superpotencia, pero eso supone unos gastos que quizá no sea capaz de sostener. Rusia ha asumido, como China, que los derechos humanos queden en un segundo plano; el desarrollo ecónomico y la unidad del Estado se impone. Europa aún se mueve en esa contradicción: mantener los derechos sociales adquiridos por las generaciones precedentes y su historia compartida y, al mismo tiempo, la disgregación y los sentimientos nacionales que con nuevas crisis económicas se irán agudizando. Francia es un buen ejemplo de esta situación.
Europa, como entidad supranacional, es un cadáver que se niega a morir. El Brexit, la llegada de los partidos de ultraderecha, las políticas migratorias son sólo muescas de esta descomposición. Y como ocurrió con la República romana el proceso puede ser largo. Aunque, en este mundo en el que vivimos, se pueden acelerar a un ritmo vertiginoso.
España tiene sus contradicciones sin resolver. La transición del 78 -la creación de una democracia formal- dejó un régimen que también se descompone de manera más elocuente en los últimos años. No sé si el 11 M fue un primer aviso de debilidad. La anterior crisis económica abrió la espita: el 15 M y el encaje de Cataluña fueron sus síntomas visibles.

La violencia no resolvió el problema en Cataluña; y el diálogo vacío de contenido tampoco lo hará. Vivimos en una situación de transición. Ni Cataluña puede ser independiente -necesitaría de estructuras que aún no tiene y recursos de los que carece- ni puede aceptar volver a un autonomismo o un Estatuto que desde Madrid se volvería a recortar, cuando la derecha esté en el poder. Emocionalmente la mitad de Cataluña no se siente parte de este Estado. Y en el País Vasco creo que sólo el concierto económico los mantiene tranquilos. Si lo perdieran o se les quitara desde Madrid, también querrán marcharse.
Por otro lado, las válvulas de escape nacidas -Podemos, la Colau y la Carmena, por un lado, y Ciudadanos y Vox, por el otro, partidos y nombres creados desde el sistema para regenerarse, o la dimisión de Juan Carlos I y su sustitución por el hijo- no solucionan el grave problema de corrupción estructural del modelo del 78. Es más; el sistema los ha fagocitado, los ha convertido en meros comparsas, en farsantes.
El nacionalismo español, del que Vox sólo es la punta de lanza -que, incluso hasta gentes de izquierda, que se dicen republicanas, defienden y justifican, criticando a los catalanes, porque son insolidarios, mientras ellos sólo se miran el ombligo, aunque sólo los catalanes hayan salido a la calle para protestar, mientras esa izquierda española está dormida y anestesiada-, esa unidad del Estado, protegida por la violencia legal, es, en el fondo, sólo un mecanismo de defensa ante una enfermedad degenerativa.
Y los muertos, de tapadillo, los que estaban en fosas comunes, los del 39, se desentierran, o se cambian de lugar. No se puede esconder la mierda debajo de la alfombra; no se puede huir del pasado ni dejar de afrontarlo, como hacen tantos otros. Al final, sale de nuevo y se vuelve incontrolable.

No sé si hay alternativas. La naturaleza humana y, en general, los sistemas tienden a buscar dos salidas, como ocurrió en la República romana. O el autoritarismo, sea dentro de una democracia o república formal, -Octavio Augusto, a su manera, eligió esta opción- o un modelo político sin derechos de ningún tipo - la dictadura o las propuestas que leemos en las obras de ciencia ficción, esas distopías- o una extensión de la democracia -aunque pueda derivar hacia un enfrentamiento con las élites que utilizarán la violencia legal para mantener su status quo, lo que incluirá guerras civiles-.
No invita al optimismo...

Dejo el mapa y regreso a mi vida cotidiana. Miro mi sueldo en el banco. Acaricio a Yume. Vuelvo a la escritura de mi novela. Es lo único que ahora mismo, hoy, en esta fría mañana de invierno puedo hacer. Esperaremos. Aún no ha llegado el momento.






sábado, 15 de diciembre de 2018

SALVAR EL HOSPITALILLO


Hoy he estado ayudando a unos cuantos taranconeros que se han puesto a medio y largo plazo un objetivo muy digno: salvar un edificio abandonado y convertirlo en un espacio para la memoria.
Intereses de todo tipo, cobardías, excusas han llevado a una situación de deterioro grave para un lugar que debería ser preservado, si hubiera un cierto respeto a nuestro pasado.

Se ha presentado una exposición de fotografías en el que se muestra el estado actual del Hospitalillo.


Y otra exposición con fotografías que se hicieron durante la Guerra Civil, acompañadas de algunos testimonios y datos.


Y una escultura. Una cepa: símbolo de algo que si no se cuida, muere. Como nuestra memoria.









También se ha repartido un relato escrito por mí: Febrero de 1937 en el que Regina, mi tía-abuela, es la protagonista. Estoy orgulloso de haber hecho esta aportación. Gracias por contar conmigo. Quien quiera volver a leerlo, lo encontrará en este ENLACE:
                                                             

Se ha limpiado y podado parte de la zona y se ha pintado la valla. Queda trabajo por hacer, pero esto no ha hecho nada más que empezar. Y ellos lo saben. Llevan toda una vida luchando por causas justas.

Al final somos las personas las que podemos poner en marcha cualquier cosa, si nos unimos. No basta con que nos quejemos: hay que moverse, implicarse, mojarse, mancharse... 

Entré por primera vez en el interior del Hospitalillo. Estar en las mismas salas donde Regina, mi tía-abuela, vivió una parte importante de su vida, es emocionante, aunque el edificio esté tan deteriorado. También pude comprobar que merece una oportunidad; debería convertirse en un lugar que los taranconeros puedan disfrutar como un bien común, compartiendo un pasado, aceptando lo que fue.


                                        



Así que ¡ánimo! Yo también me esfuerzo, aunque sea a través de la escritura, en recuperar ese pasado, compartirlo, devolverle la vida. Porque algo sólo muere, si lo abandonamos y lo olvidamos. 
No lo hagamos...