lunes, 1 de octubre de 2018
UN AÑO DESPUÉS
Un año. Mucho o poco tiempo; depende del punto de vista. Ya se sabe que el tiempo es flexible, subjetivo, interpretable...
Esta entrada pretende abrir reflexiones; no es propaganda. Ni independentista ni nacionalista española. Para eso ya están los medios de comunicación o los discursos políticos.
Primero contaré mi visión. Ya la narré con fotografías y comentarios, estando allí, en el barrio del Raval. No ha cambiado demasiado mi perspectiva. A lo largo de este año ya lo he comentado a amigos o gente de izquierda, que criticaban el nacionalismo -el de otros, no el suyo-, y no veían el aspecto positivo de esta manifestación popular y colectiva, independiente, paralela, y que quienes la alentaron o se vieron obligados a subirse al carro en el último momento, ese día no la controlaron. ¿Fue una revolución burguesa que duró un día? Puede ser. Pero la revolución, aunque sea burguesa, es peligrosa para el poder, para cualquier poder, aunque luego pretenda ser ella misma gobierno.
Sí, fue un momento de rebelión popular. Podemos considerar que el objetivo es erróneo. Es posible, pero, lamentablemente, el único elemento de rebeldía en esta España adormecida en los últimos 365 días han sido los catalanes y los jubilados y pensionistas. Da que pensar.
Simbólico fue un objeto: la urna. En medios catalanes y alguno vasco, hoy mismo, se cuenta cómo llegaron a Cataluña. Y fue gracias no a unos políticos ni a unas instituciones que protegen sus intereses -como bien se está viendo en estos momentos-, aunque pusieran el dinero, sino a gente normal y corriente bien organizada. Este es el artículo.
¿DÓNDE ESTÁN LAS PUTAS URNAS?
Esto debería hacernos reflexionar a los que pensamos que otro mundo es posible o debería serlo, a los que creemos que vamos de cabeza al desastre sino cambiamos este sistema de raíz, desde la raíz.
Me parece también muy interesante la reflexión que hoy en Público escriben un griego y una catalana, que el mismo Julio Anguita podría suscribir. La izquierda, dormida, adocenada, -Podemos es un buen ejemplo- debería asumir lo que significó esos dos referéndum y por qué triunfaron y, después, se convirtieron en papel mojado. Quien manda es el dinero y quién lo mueve.
LECCIONES PARA EL MOVIMIENTO POPULAR
Un referéndum no es malo per se, como repite una y otra vez un viejo amigo mío de la adolescencia, obsesionado, con razón, por el Brexit. Lo malo es el objetivo. Grecia y Cataluña, de manera diferente, buscaban más autonomía, más control del dinero, que siempre es la clave de todo o casi todo. En Grecia era la desesperación; en Cataluña y, también, en Gran Bretaña, es el que no se fía del "tutor" que le lleva las cuentas. Y se ha propuesto llevarlas por sí mismo. En la isla, desde la derecha. En Cataluña, no se sabe...
A Grecia se le impuso unas condiciones económicas férreas; a Cataluña, un "no cuela", tendréis que esperar. La pregunta es si en Cataluña, aunque el movimiento de izquierdas es bastante potente, no acabarán llevándose el gato al agua los de siempre.
Lo sabremos. Si Cataluña es independiente en unos pocos años, sólo lo será a costa de crear un Estado conservador, que protegerá sus intereses. Eso sí, se librarán de nosotros, -como Estado, no de las personas, me explico- al que considera seguramente un peso muerto. ¿Llegaría una República entonces también aquí? ¿De qué nos serviría, si es una República de derechas?
Es esa visión, demasiado parcial, sin embargo, aunque insinúe cambios, la que aparece en el siguiente artículo.
CRÓNICA DE UN RESCATE ANUNCIADO
pero olvida que un nuevo Estado no supondrá más justicia social, si los que dirigen el cotarro son los mismos.
Ni el segundo ni el tercer artículo tienen en cuenta el papel geoestratégico de las tres grandes potencias: China, Rusia y Estados Unidos. A Europa, probablemente, no le interesa la democracia, pero debe aparentar. Las otras tres potencias no lo necesitan.
Y volvemos al 1 de octubre. Si alguien, todavía, sigue leyéndome y ha terminado los tres artículos -largos, sin duda-, tal vez llegue a hacerse una pregunta: ¿Qué hacemos?
No lo sé. Veo fascismos -Brasil es un buen ejemplo- que se imponen convirtiendo la democracia en papel mojado -ya no necesitan golpes de Estado sangrientos, aunque se insinúen en Venezuela-. Veo recortes de libertades aquí y en Europa. No digamos en otros países menos respetuosos. Veo a gente que se enriquece -que Felipe VI se subiera el sueldo hace unos días o su padre salga sano y salvo de una investigación sobre corrupción, es quizá más una anécdota-.
También, es cierto, hay gestos de rebeldía. Pensemos lo que pensemos, y yendo más allá de lo que pensaban sus políticos, hace un año, los hubo en Cataluña.
Y eso es lo que viví.
Si fuéramos pesimistas, llegaríamos a la conclusión de que estamos condenados a hundirnos. Una nueva crisis económica podría acelerar el proceso, que nos podría llevar a un autoritarismo cada vez más acentuado.
Siendo optimistas, es posible que esos actos de rebeldía colectivos puedan darse más a menudo. Y surjan democracias participativas y no estructuras económicas al servicio de unos pocos, y que aceptamos, mientras no nos afecte demasiado. ¿Vender armas a un país que bombardea y mata a niños nos hace más democráticos? ¿Por qué miramos a otro lado? ¿Para no perder el empleo, la casa, pagar la hipoteca, tomarse una cerveza en el bar de la esquina, ver a nuestro equipo favorito en la televisión?
El tiempo, subjetivo, flexible, humano, nos dará la respuesta.
O quizá, como diría el poeta y cantante, esté en el viento...
viernes, 31 de agosto de 2018
PETRÓLEO: COLAPSO O TRANSFORMACIÓN
Ayer por la mañana, aprovechando los últimos días que me quedan de la excedencia voluntaria, leí en twitter una reseña de David Fernández que se encuentra en el siguiente enlace:
RESEÑA
Despertó mi interés y fui a comprar el libro esa misma tarde. En realidad, son tres conferencias que formaron parte de un seminario del MACBA. Se pueden escuchar en su página web.
SEMINARIO PETRÓLEO
Son tres perspectivas diferentes que giran alrededor de una realidad que casi nadie quiere ver ni asumir. El capitalismo, el sistema en el que vivimos se agota y nos destruye. Puede parecer que es inmortal, invencible -¿acaso no vemos a miles y miles de personas en las grandes ciudades occidentales comprar en los centros comerciales, comer en restaurantes, beber en los bares? ¿No es cierto que cada vez hay más turistas, más viajes en avión o que los beneficios y las ganancias -a pesar de que estemos hipotecados- parezcan no tener fin?-.
Sin embargo, los avisos -la crisis del 2008 fue una llamada de atención- están ahí, si queremos verlos: cambio climático, desaparición de ecosistemas, contaminación, agotamiento de los recursos y energías; la explotación de los petróleos no convencionales -fracking- no sólo afecta al ecosistema, también está demostrando poca rentabilidad; escasa viabilidad de las renovables, consumismo sin freno, deceleración de las economías, explotación turística que está llegando al límite en los cascos históricos, subida de precios de las viviendas y los alquileres, corrupción sistémica y separación cada vez mayor entre la élite económica, el 1% de la población, y los más pobres, entre los países ricos y el resto, la gran mayoría. Por poner un ejemplo, ¿sería posible mantener los viajes en avión, los más contaminantes, sin la ayuda del petróleo? ¿Hay una alternativa ecológica en un futuro cercano?
El problema, como dirían los dos Marx, -tanto Groucho como Karl- es el capitalismo, este sistema económico que nos puede llevar al desastre, a la extinción.
En un apartado, escrito por Emilio Santiago Muíño, y tomado de Íñigo Capellán y alii, se exponen cuatro hipótesis de futuro:
La primera cree que es posible un crecimiento económico infinito, que nuestro planeta -u otros planetas- nos seguirá aportando recursos de manera indefinida. No debe haber límites a su explotación.
La segunda -una perspectiva socialdemócrata -aboga por un crecimiento económico regulado, controlado. Algo así como soluciones parciales o mejoras marginales dentro del estrecho margen que permite el sistema a cambio de acuerdos. Algo así como "darnos tiempo".
En realidad, sería fácil situar cada una de estas dos en una ideología política determinada. No hace falta que yo lo haga; llevan décadas haciéndolo, con el beneplácito y la colaboración de la mayor parte de la población.
La tercera y la cuarta son más creíbles. Serían lo que yo renombro, el colapso o la transformación.
El colapso sería "una dinámica de desglobalización y repliegue alrededor de la soberanía nacional para incentivar la competencia y, finalmente, la guerra por los recursos escasos".
Es fácil ver lo que eso supone. Yemen, Siria, Ucrania, Venezuela, Irak, Afganistán, Corea del Sur, la marea conservadora en Latinoamérica, el brexit, los inmigrantes de Ceuta y el Mediterráneo, los "espaldas mojadas", el auge de la ultraderecha, las tensiones nacionales y territoriales -Cataluña sólo es uno de los posibles ejemplos-, el recorte de libertades sociales, laborales -sueldos miserables, contratos basura- o fundamentales -libertad de expresión, control o manipulación de la información, sea por saturación u ocultamiento-. Bajo estas condiciones, que ya se dan, el futuro llevaría a "una alianza de las élites con sectores populares empobrecidos, convenientemente enfrentados con otros sectores populares también empobrecidos, pero convertidos en enemigo interno". Por otro lado, "salidas de tipo dictatorial, basado en un férreo autoritarismo interior, combinado con un militarismo militar exterior... El nuevo shock energético vendrá seguido de una dura recesión económica que profundizará en la fractura social... la respuesta, como siempre, será externalizar sufrimiento social, devaluación interna y abaratamiento de la fuerza de trabajo, tensiones centrífugas entre territorios ricos y pobres, agudización del conflicto bélico en todas sus formas".
En realidad sería lo que Emilio Santiago llama "prepararse para matar". Ya lo estamos haciendo, nos dice. Nuestra cultura del weekend -usar el coche el fin de semana para escapar de nuestras ciudades, por ejemplo,- está alimentada con las guerras. ¿De dónde viene el petróleo de nuestros coches? De las guerras en Oriente Medio. "Nuestros ejércitos sí matan en nuestro nombre".
La transformación aboga por "una desglobalización cooperativa basada en la descentralización de los gobiernos, el incremento de la cooperación, el fin del crecimiento económico y el cambio masivo de estilos de vida en un sentido ecológico". O dicho de otra manera, prepararse para empobrecerse un poco; vivir bien con menos. O como dice Riechmann: "Menos segundas viviendas, más años sabáticos". Eso supone como afirma el propio Riechmann que cambiemos nuestra mentalidad, "fuera del horizonte del consumismo totalitario". O "poder aprovechar una ventaja, al precio de dañar a otro, y no hacerlo: eso es lo que nos humaniza". O, más fácil, por ejemplo, dejar el coche e ir en bici o transporte colectivo. Yayo Herrero, por su lado, desde el feminismo, habla de una actitud colaborativa frente a la estructura patriarcal y explotadora de los recursos y el medio ambiente.
El ser humano es egoísta; el capitalismo lo sabe y lo aprovecha. Si sólo fuéramos eso, los políticos, las multinacionales, los Estados y los medios de comunicación, cabalgando en el cortoplacismo nos llevarán al desastre. Tendremos guerras, hambrunas, genocidios, desastres ecológicos -más cerca de lo que pensamos- en unas pocas generaciones o quizá, en décadas. La distopía. Sin vuelta atrás.
Existe otra posibilidad; el ser humano es también generoso, colaborativo, busca el acuerdo; sabe que depende de los demás. No sólo las guerras; la ayuda mutua nos ha traído aquí como especie. ¿Seremos capaces de destruir de raíz un sistema como el capitalista y plantear alternativas viables? ¿O él nos destruirá antes a nosotros?
Quizá ha llegado el momento de ser utópicos. Todos los días.
jueves, 23 de agosto de 2018
ELISA K
Elisa K trata de una violación; la sufre una niña de once años. Es violada por el amigo de su padre, sin que éste se entere. La madre intuye que algo ha ocurrido, pero no logra que su hija lo cuente.
Elisa K olvida, se protege.
Elisa K recuerda todo catorce años después; lo vomita.
Sabemos lo que va a ocurrir: la violación, el recuerdo que vuelve de repente. La voz en off - el narrador cuenta lo que la niña no puede articular- nos avisa con antelación.
No vemos la violación; la reacción de la niña y de la mujer adulta nos hace comprender su dolor.
Es una película sensorial: los sonidos, los olores nos devuelven al pasado...
Este punto de vista es lo que distingue a esta película de otras, la que hace que sea diferente.
Hay dos escenas con el padre que me emocionaron.
En la primera, él se despide de sus hijos -incluida Elisa- en la estación de tren. El padre lo ignora; nosotros sí lo sabemos: su hija ha sido violada el día anterior. Cuando se pone el tren en marcha, les hace muecas a través de la ventanilla para que se rían...
Años después su hija le cuenta lo que ocurrió. No escuchamos gran parte de la conversación; los vemos a través de otro cristal, el de un bar. El padre se derrumba.
Elisa K. Magnífica literatura; gran cine.
domingo, 29 de julio de 2018
LOS ESPACIOS VACÍOS Y EL TIEMPO
En el 2017 Kogonada estrenó su opera prima, Columbus.
Antes había hecho vídeo-ensayos sobre directores tan conocidos como Bergman, Bresson, Ozu, Anderson, Linklater, Kubrick...
Me gusta el que se llama "Las manos de Bresson". Parece como si las manos, por sí mismas, te pidieran contar historias...
Hands of Bresson from kogonada on Vimeo.
Kogonada bebe de todos ellos en su opera prima, pero no dejo de pensar que hay una relación muy estrecha con el que dedica a Linklater y a esa trilogía tan peculiar que va de Antes del amanecer a Antes del anochecer; se incorporan, por un lado, reflexiones sobre el tiempo y, por otro, imágenes de películas que nos recuerdan la interrelación que existe entre esos dos vectores: el tiempo y el espacio.
Linklater // On Cinema & Time from kogonada on Vimeo.
Columbus se sitúa en ese marco. La historia es sencilla. Dos personajes, Casey y Jin, en una etapa diferente de sus vidas, deben asumir la relación que mantienen con sus progenitores; la amistad, por el camino, surge entre ellos. Quizá lo que la diferencia de otras películas underground es la elección intencionada de los espacios: la arquitectura modernista de Columbus.
Esos espacios se llenan con sus palabras; incluso, cuando los personajes desaparecen, no están vacíos. El tiempo se ha encargado de darles un sentido que antes no tenían.
Casualmente -o no- vi al día siguiente El árbol de las cerezas de Marc Recha.
Aunque hay otros temas -el de la infancia es una de las obsesiones de Recha en toda su obra- encuentro una idea parecida: el tiempo de los hombres y el tiempo de la naturaleza; los espacios, como hilo y laberinto. En este caso, a veces, se amalgaman; en otras, se separan.
En el documental sobre mi familia, el que me hubiera gustado hacer, los espacios y las fotografías tendrían que haber sido el único elemento visual; no sólo el esqueleto argumental. El tiempo -esa clave sin la que no se puede entender el cine- y mi voz se hubieran encargado de transformar la mirada.
Los espacios nunca están vacíos; forman parte de nuestra memoria, aunque los abandonemos.
Adquieren un significado diferente, nuevo.
¿Sobrevivirá esa mirada, cuando ya no estemos?
martes, 19 de junio de 2018
FEBRERO DEL 37. HOSPITALILLO.
Suenan las
sirenas. Se acercan aviones enemigos. Las bombas están al caer. Literalmente.
Regina durante unos segundos se ha quedado quieta, paralizada, en medio de la
calle. Como si así, convirtiéndose en una estatua de sal, nada le pudiera
pasar. Hombres y mujeres, corriendo, alejándose de los lugares despejados,
buscando protección en los refugios. Está lejos del de la estación. El del
Hospitalillo le quedaría más cerca. No sabe qué hacer hasta que una mujer, una
amiga de su madre, le grita a su derecha.
-Regina,
¡corre, sal de ahí! Te van a ametrallar.
Regina, por
fin, reacciona. Empieza a correr en dirección al Hospitalillo. En menos de un
minuto, estará en la puerta del refugio; choca, en la verja de entrada, con un
vecino. Acaba de salir de su camioneta; la ha abandonado en medio de la calle.
Regina ya puede escuchar el
sonido del motor. Los reconoce. Todo el mundo ha acabado por distinguir los
aviones del enemigo, alemanes o italianos. No son de fabricación rusa, un
Tupolev o un Polikarpov. Es un Heinkel o, tal vez, dos. Su ruido es
inconfundible; a veces el motor imita las ráfagas de la ametralladora, antes de
que estas se produzcan.
Regina alza
la vista hacia el cielo en dirección a la estación de tren. Ve caer una bomba; el
lugar donde va a estallar no estará a más de quinientos metros de allí. Regina
se echa a tierra y se cubre la cabeza con las manos. Nota la detonación. La
tierra tiembla. Vuelve a levantarse y sin girar la cabeza, busca la puerta del
refugio. La golpea con fuerza; le abren enseguida. Es una de las monjas.
-¡Pasa,
rápido!
Nada más
entrar y cerrar la puerta, hay otra fuerte explosión.
-Esa ha
sido aquí al lado, muy cerca.
Elisa ha
pronunciado estas últimas palabras. Mira, asustada, a Regina. La abraza con
fuerza. Elisa es como una hermana, aunque, en realidad, sea su prima. Tiene dos
años menos que Regina. Muchas noches han dormido juntas, cuando se quedaba sola
en casa, porque su madre había muerto de disentería, nada más nacer, y el padre
de Elisa –fuera porque no asimilaba la pérdida de su mujer o porque nunca había
sido muy responsable- se emborrachaba en la taberna, la que estaba enfrente de la
plaza del Ayuntamiento, y se perdía por las calles de Tarancón hasta altas
horas de la madrugada. Muchas veces se lo encontraban borracho, tirado en el
suelo.
Tanto Elisa, su hija, como
Fernanda, su hermana, lo daban por imposible; así que en cuanto Fernanda veía a
su sobrina en la calle, le preguntaba.
-¿Estas sola?
Elisa asentía.
-¡Ven, anda! Cenas con nosotros.
Y esta noche duermes con Regina.
Y así lo hacía. Cenaba con la
familia Solera y, luego, se subía a la habitación de Regina y dormía con ella.
-¿Qué haces aquí, Eli?
Regina acaricia la mejilla de su
prima.
-Venía a buscarte, Regi. Pensaba
que ya estabas aquí.
-No, hoy entraba más tarde.
Regina se ha ido habituando a la
oscuridad y a la escasa iluminación del habitáculo. Han empezado a escucharse
en el exterior los disparos de los antiaereos. Sólo hay dos lámparas que
funcionan con electricidad, instaladas hace un par de meses, pero que no proporcionan
suficiente luz. En el interior del refugio –bastante estrecho y en el que no
tienes más remedio que agacharte o estar en cuclillas- no habrá más de diez
personas, entre enfermeras, monjas y dos médicos. Falta el médico jefe. Esto no
le sorprende a Regina; si había enfermos, se negaba a bajar al refugio y se
quedaba con ellos en la primera planta del Hospitalillo, durante los
bombardeos. Ahora mismo no tendrían a más de tres. Seguramente después de los
bombardeos, llegarán más.
Escuchan una ráfaga de
ametralladoras, lejana, a la altura de la gasolinera. Y la explosión de otras
dos o tres bombas. Esperan un par de minutos.
-Me parece que ya podemos salir
–dice uno de los médicos.
En cuanto termina la frase, el
sonido de la sirena confirma el final oficial del bombardeo.
-Esta vez no ha sido mucho.
Desde la batalla de Madrid dos o
tres veces a la semana recibían la “visita” de estos aviones. Casi siempre
soltaban las bombas en las zonas estratégicas –la estación, la gasolinera, la
fábrica- y no volvían a aparecer en todo el día.
Cuando sale del refugio –sólo ha bajado hasta ese día unas cuatro veces- Regina
llena sus pulmones. Como si dentro se hubiera quedado sin oxígeno y necesitara
recuperarlo de golpe.
-Me voy, prima. Le diré a la tía
que estás bien.
Se besan en la mejilla. Elisa
sabe que Regina tendrá que quedarse; siempre después de un bombardeo llegan
heridos o moribundos.
El edificio del Hospitalillo tiene dos plantas. En la segunda, se sitúan los alojamientos de las monjas, internas, y que a pesar del anticlericarismo extendido en zona republicana, el capitán militar, Agustín Verno, ha decidido mantener.
La primera planta se compone de
una sala de operaciones, -en muy buen estado y con la última tecnología-, y
varias zonas para el cuidado de los heridos –habrá unas dos decenas de camas,
bien acondicionadas-. La planta baja es el espacio dedicado a cocina,
lavandería, infraestructura, servicios e intendencia. Se han colocado tablones de madera en los cristales de las ventanas para protegerlos de las explosiones.
A la entrada, los espera el
médico jefe.
-¡Preparados para lo que nos
llegue! ¡Ernesto, -está hablando con uno de los médicos- llévate a una de las
monjas en la ambulancia! ¡Ve hacia la gasolinera! Allí puede haber heridos.
Regina se limpia las manos con
jabón y alcohol en uno de los lavabos de la entrada posterior. Se coloca la
bata de enfermera y los guantes. Son gestos que ya ha acabado por sincronizar, mecánicos.
Al principio, hasta que no los has hecho tuyos, parece como si cada movimiento
fuera forzado. Ahora forman parte de un engranaje, perfectamente engrasado, que
Regina ya domina con soltura. La espera será breve. Llegan dos hombres en un
coche privado. Regina los reconoce; trabajan en las vías del ferrocarril. Han
traído a un herido desde la estación: es Juan, un jornalero.
-Los hijos de puta le han pillado en el andén,
esperando a su hermana.
El otro médico se hace cargo del
herido. Con ayuda de sus dos compañeros, lo colocan en la camilla. Es
trasladado a la sala de curas. El médico, joven, curtido, llama a una de las
monjas y a Regina.
-Vosotras, ¡ayudadme!
Regina ha adquirido pericia. Ya
no necesita órdenes de ningún tipo. Sabe lo que tiene que hacer. Los gritos –el
del herido, el de sus compañeros-, el ajetreo, los movimientos rápidos y
precisos del médico no la asustan. En noviembre y diciembre ya empezaron a
recibir a algunos heridos, de menor consideración, desde la capital, los que
los hospitales de Madrid no podían acoger. El primer día se sintió perdida,
confusa; a la semana, se comportaba como si este papel lo hubiera representado
toda su vida.
El primer paso es detener la
hemorragia. No parece grave. Al menos, a simple vista. Corta la tela
desinfectada, prepara el agua caliente. Se sitúa muy cerca del médico que ha
empezado a examinar la herida de la pierna. El hombre no ha perdido la
conciencia; responde a las preguntas del médico.
-Creo que me ha entrado alguna
esquirla. Me duele.
El médico comprueba la herida. La
limpia con mucho cuidado, examinándola detenidamente. Es meticuloso. Regina lo
conoce.
-No veo
nada. Puede que sólo te haya rozado. De todas formas, necesito más luz.
La monja, sor Remedios, se acerca
con una lámpara. La coloca cerca de la herida. Mientras tanto, Regina ya tiene
preparado y esterilizado el material, por si es necesario realizar alguna
incisión u operación. El médico aprieta la zona de la herida. El paciente no
nota dolor.
-Has tenido suerte, Juan. Sólo
te ha rozado. De todas formas, te vas a quedar un par de horas, por si acaso.
El médico se gira hacia Regina.
Hace un gesto con la mano; Regina sabe lo que significa. Puede retirarse y ver
si necesitan su ayuda en otro sitio. Con la presencia de la monja, le basta.
Al salir de la sala, entran dos
heridos, traídos de la gasolinera. Uno sólo tiene heridas superficiales en la cara y el codo.
El otro, en cambio, entra, tendido sobre una camilla. Está desangrándose. La
explosión le ha impactado en el estómago. Tiene muy mala pinta. De inmediato,
Regina recibe la orden del médico jefe.
-¡Prepárate para operar!
Se lava
concienzudamente; luego, entra en una habitación, más pequeña. El herido más
grave ya ha sido colocado de espaldas a la puerta, en el interior. Su cuerpo
está temblando; el médico le administra un tranquilizante. Cierran la puerta,
encienden los focos. Un médico y dos enfermeras. Regina y una mujer de cuarenta
años, Marisa, vecina de uno de sus tíos –ella, sí, con titulación-, acompañan
al médico jefe, que ha asumido la responsabilidad de la operación. Regina se
ocupara de la parte más sencilla: limpieza de material, higiene. Todo lo que no
pueda llevar a cabo la enfermera principal.
Aunque lo hacen
de la manera más rápida posible, tardan más de diez minutos en cortar la
hemorragia. Saben que tal vez ha perdido mucha sangre, y, además, la herida
puede ser muy profunda, sin contar los fragmentos de bala que tenga en el
cuerpo. La operación es larga: dura casi dos horas. Cuando terminan, el
paciente se ha estabilizado. Tendrán que esperar a las próximas cuarenta y ocho
horas. Han hecho todo lo posible.
-Puedes irte,
Regina. Por hoy no vamos a tener más –le dice Marisa.
Regina, en la planta baja, se ha quitado la bata y los
guantes; los tira al contenedor. Sale del edificio, a
la parte posterior; se lava las manos. Nota un poco de sangre en el
brazo derecho y a la altura de los codos.
La primera vez
que ves la sangre –y así le ocurrió a Regina- te asustas. No sabes si es la
tuya o la de otro. Es tanta. El miedo te atenaza. Hay quien lo deja y no vuelve
a ese lugar. No sirve para esto; pero Regina sabe que podría ser una gran
profesional, si la dejaran. Se siente a gusto, se mueve como pez en el agua. Había
pasado la primera prueba.
Al terminar de
secarse en el lavabo, saluda a Marina. No había advertido su presencia. Está
echando una calada, a su derecha, apoyada en un murete. Últimamente, la ve, de
vez en cuando, en el Hospitalillo. Viene con menos frecuencia que Regina. Se ha
incorporado hace un par de semanas. No se le ha dado mal en estos primeros
días. No la trató
demasiado cuando coincidieron hace años –muchos, toda una vida, si lo piensa
ahora Regina- en el colegio.
Es una chica
divertida. A Regina le hace reír muy a menudo, cuando salen de fiesta algún fin
de semana por el centro del pueblo, acompañadas por alguna carabina, la madre
de Marina o la tía de Regina. Marina le ofrece un cigarrillo. Regina lo
rechaza; le sienta mal. No le gusta fumar.
-Habéis estado
dos horas. ¿Vivirá?
Regina mueve
los hombros hacia delante. Su rostro refleja más cansancio que duda. La
respuesta podría interpretarse como un “¡quién
sabe!”, algo ambiguo. Marina no insiste. Ha aprendido a dejar espacio para
el que sale de una operación complicada. La gente en ese momento no suele tener
ganas de hablar mucho.
-Mientras
estabais dentro, han traído a la mujer de Dositeo. Dositeo Moreno, el vecino de
tus primos.
Regina lo
recordaba vagamente. Vivía en el barrio de la Cruz, frente a la iglesia. Se
había incorporado como voluntario al frente. Su mujer era achaparrada, morena,
tímida. Estaba embarazada de ocho meses.
-¿Qué le ha
ocurrido?
-Ha dado a luz
en el refugio de la estación. Ha tenido suerte; había un médico y todo ha
salido bien. Le han puesto unos puntos y le han dado el alta. La niña es
guapilla.
-¿Cómo la va a
llamar?
-La llamará
Amparo, como su abuela.
Dositeo se
encontraba, por entonces, en Valencia; luego, lo trasladarían a Cataluña. Al
hundirse el frente republicano, se exiliará en Francia, donde acabará en un
campo de refugiados. Lo alistarán, nada más empezar la segunda guerra mundial,
en un batallón de trabajadores, cuya misión será reforzar las obras de
fortificación en la frontera con Alemania. Los nazis, al hundirse el frente, lo
apresarán cerca de Dunquerque. Morirá en el campo de concentración de
Mauthausen en agosto del 42. Nunca conocerá a su hija Amparo.
-Lo acaban de
decir por la radio. –dijo Marina.
-¿El qué?
–preguntó Regina.
-Los fascistas han atacado posiciones en el Jarama. Quieren cortar las vías de
comunicación, sobre todo la nacional a Valencia.
Regina sabe lo
que eso significa. Desde mañana llegarán cientos de heridos a los hospitales de
Tarancón y Uclés. Serán días muy duros. Sí, necesitará descansar.
-He cambiado
de opinión. ¡Dame un cigarrillo!
Lo enciende y
aspira el humo. Regina mira las vías del tren; por allí llegarán los vagones y
los heridos y los muertos. Mañana habrá gritos, sangre, movimiento. Hombres
jóvenes en camillas, en las salas, en los pasillos. Verá morir a esos soldados,
que días antes marchaban al frente, ilusionados…
No imagina
Regina que ese lugar, donde se salvarán tantas vidas durante estos duros
años, será abandonado. Que habrá quien quiera
aprovecharlo –como sucede casi siempre- para ganar
dinero, vendiéndolo a una constructora o a una empresa privada. Especulación
para enriquecer a unos pocos, mientras la mayoría miran a otro lado. Que
estarán también quienes quieran convertirlo en un centro para la memoria, que
sea recuerdo de aquellos que murieron durante esos años de la guerra y los de
la posguerra, asesinados, ajusticiados, fusilados, torturados.
Y, con el tiempo, acompañado por la dejadez y la desidia,
la hipocresía y el fingimiento –camaradas inseparables- el Hospitalillo se
convertirá en un edificio en ruinas, como tantos otros. Olvidado, despreciado,
será un ejemplo de la estupidez y los intereses humanos, paradigma de la
cobardía, el miedo y el egoísmo.
Regina apaga el
cigarrillo en la pared encalada y respira profundamente. Llena sus pulmones con
todo el aire del que es capaz. Lo va a necesitar.
lunes, 14 de mayo de 2018
AINHOA: YO NO SOY ESA
Es la historia de una mujer contada por otra mujer.
"Querida Ainhoa. He querido escribirte, aunque sé que nunca leerás esta carta... Yo nací en el 75, en Chile, cuando una dictadura comenzaba y que no terminaría hasta que llegara a la adolescencia; Ainhoa nació en el 71, con un dictador que morirá cuando cumpla cuatro años. Nos separaba un océano, pero pertenecemos a la misma generación..."
Este es el comienzo.
Vamos descubriendo, con la ayuda de imágenes en Super 8 rodadas por el padre, fotografías, diarios, tanto los de la propia Ainhoa, como los de escritoras y artistas a las que la directora admira -Frida Kahlo o Pizarnik, Sylvie Plath, Susan Sontag, entre ellas-, discos, cartas no enviadas, conversaciones de teléfono grabadas, a una Ainhoa contradictoria: irónica y autodestructiva, vitalista y depresiva, terrible y divertida.
Tiene miedo a quedarse embarazada -no le baja la regla; se obsesiona-. Sueña con montar un negocio en un pueblo catalán; acaba detestando a la gente que conoce. Cuando aborta escribe a su hija, la que nunca tendrá:
"Lo siento, pero no puedo tenerte; no puedo querer a nadie. Antes tengo que quererme a mí misma"
Voces de los que la conocieron; imágenes soñadas e inventadas. Reales e imaginadas. Monta fiestas; se hace la dura, mientras su padre se muere de una enfermedad desconocida: maldición sin sentido.
Una carta a su madre que nunca leerá. Y el suicidio. Y el espacio vacío, ordenado, pulcro, ajeno a la muerte, filmado por su propio hermano.
También está la familia de Ainhoa, el dolor de la pérdida o el dolor de la misma Ainhoa: el dolor de vivir, simplemente. El reflejo brillante de una infancia o unos veranos que nunca se recuperarán. Cuando todo está destruido y los que formaron parte de esa familia están muertos, al hermano, el único que sobrevive y condenado a una enfermedad incurable, sólo le queda el recuerdo.
No me olvido de la mirada de una directora, Carolina Astudillo, respetuosa, inteligente, sensible. Demostró talento con su primer documental, El gran vuelo, sacando a la luz la vida de una militante del PSUC, que desapareció en 1943.
El gran vuelo (2014) - Tráiler from CAROLINA ASTUDILLO MUÑOZ on Vimeo.
Como, casi siempre, llega desde Barcelona, aunque naciera en Chile. Aquí está su página web.
Última escena. Una amiga de Ainhoa lleva la cámara. Está grabando. Se encuentran en un lago; la cámara se detiene en Ainhoa. La amiga le pregunta: "¿No está mal el sitio, no? Y Ainhoa pronuncia sus últimas palabras en este documental.
-¡Bah! Así, así, pero es lo que hay, ¿no?
Negro. Silencio. Títulos de crédito.
Ya no la puedo olvidar.
DOCUMENTA MADRID 2018
No podía faltar a este festival. Albergo la esperanza -quizá una ilusión absurda- de poder participar en él.
Mientras sueño, hablaré de la realidad...
En los documentales que he visto, podríamos hablar de una multiciplidad de temáticas. En el aspecto formal hay experimentación, sin duda, y, también, tratamientos más convencionales.
Sin embargo, me gustaría destacar un tema: el de la memoria.
Sí, no puedo evitarlo. Es uno de mis temas recurrentes, el de este documental, que no ignoro si terminaré, el que no sé si alguien verá algún día en una pantalla grande, en esas novelas o relatos que he escrito, sobre todo, en los últimos tres años, y que nunca veré publicadas.
No hablaré de Ainhoa, yo no soy esa. Le dedicaré una entrada especial.
Comenzaré por un cortometraje: En lugar de nada.
*en lugar de nada TRAILER from Brenda Boyer on Vimeo.
Una visión terrible sobre una madre, en la que se mezclan la admiración y el odio, a partes iguales. Queda esa sensación de que ha faltado algo, que a ella, a la niña que fue, a la mujer que es ahora, aún le queda mucho por contar. Tal vez lo haga, algún día...
Escoréu, 24 de adventu de 1937.
ESCORÉU, 24 D'AVIENTU DE 1937 [TRAILER] from De la Piedra Producciones on Vimeo.
Tres entrevistas cortas y planos largos, casi todos fijos, unos quince, de espacios que toman sentido a lo largo del metraje; descubrimos la historia que oculta, bajo la tierra. Es, simplemente, un proceso de exhumación de dos personas, asesinadas por un falangista durante la guerra civil. ¡Ochenta años después! Es objetiva, fría. Eso la hace muy difícil para el espectador medio, pero le proporciona una honradez y una veracidad de la que otras muchas, más comerciales, carecen.
El Sr. Liberto y los pequeños placeres es una pequeña delicatessen.
EL SR.LIBERTO Y LOS PEQUEÑOS PLACERES_TRAILER from Ana Serret Ituarte on Vimeo.
La directora ha querido homenajear a su padre, un padre con Alzheimer. Por supuesto, la memoria es el tema central, pero hay mucho más: la herencia, las generaciones, las relaciones emocionales entre un enfermo de Alzheimer y la persona que le cuida. Con muy poco: un único espacio, la casa familiar y una cámara, consigue mucho. Esa sencillez deja un poso de emoción.
Por otro lado, está la crítica a la realidad o el reflejo de ella en nosotros mismos.
Está el feminismo en un cortometraje Galatea, al infinito: un ensayo experimental sobre el mito de Pigmalión bajo una perspectiva femenina y muy irónica.
O el de Las mujeres que conozco.
Tódalas mulleres que coñezo (trailer) // All the Women I Know (trailer) from Walkie Talkie Films on Vimeo.
Le basta con "provocar" tres debates entre mujeres -aunque en el último aparecen también algunos chicos adolescentes en una clase de segundo de bachillerato- para revelarnos una visión diferente sobre el miedo, el miedo en que educan a las mujeres, como control social, del que, seguramente, ninguno de nosotros, los hombres, somos plenamente conscientes.
Me gusta la frescura que encuentro en este documental. Alguien podría decir que hay manipulación. Disiento; no engaña. Esas mujeres muestran sus miedos, sociales y educacionales. Y cualquier mujer podría sentirse identificada.
Un poco más manipuladora, aunque muy bien trabada ha sido la ganadora de este festival.
La grieta la verá mucho más gente. Es posible que se estrene en televisión. El tema de los desahucios sigue candente y el tratamiento combina humor y una posición ideológica muy clara; sin embargo, hay momentos en los que intuyo una manipulación con la que no me siento a gusto. La cámara oculta no es honrada y la utilizan en algún momento, quizá el más desafortunado. Es más interesante, cuando vemos a la pareja que va a ser desahuciada, discutiendo sobre el café o los huevos... Otros, como la entrada de la policía, rompiendo la puerta, me recuerda al uno de octubre en Barcelona; o escuchando en los medios de comunicación el tratamiento de estos hechos. Aquí podría haber aprovechado para hacer una reflexión crítica sobre ellos y lo que son: una representación. No llega a atreverse. Como le ocurre, aunque en este caso, sí lo insinúa, el cortometraje Improvisaciones de una ardilla. Sí es afortunado el epílogo: brutal, despiadado, como lo son los bancos y las multinacionales, cuando hablan sólo de números y olvidan a las personas.
Otro tema, el de la transexualidad ha tenido su hueco.
En Mikele, por ejemplo; una adolescente que se siente feliz, porque es apoyada por su familia y sus amigas. Quizá es una visión algo ingenua y optimista, pero es agradable. Echo de menos escuchar el euskera en un pueblecito como Huarte, pero, en fin... El largometraje Bixa Travesty es quizá el ejemplo de este tipo de cine.
Están también El proceso, centrado en el golpe de estado encubierto en Brasil, otro de los vencedores del certamen o cortometrajes como Saule Marceau o Moriviví que muestran lo cotidiano, sea en África o en una población rural del sur de Francia bajo perspectivas curiosas. O el largometraje documental Good luck, una demostración de que puedes contar la vida de dos grupos de trabajadores y hablar de muchas más cosas de las que te imaginarías en un principio. Personas con gran dignidad.
Una película, Beyond the one, que combina lo experimental y la poética me atrajo especialmente; puede parecer una reflexión sobre la pareja y el amor. Voces de personajes; imágenes de su vida cotidiana o sus espacios. Concluye con la idea de la muerte; eso que está más allá...
Ross McElwee fue homenajeado. Es un cineasta de la autobiografía; sus documentales no son más que la narración de su vida. Y nada menos. ¡Como si fuera fácil! Él lo hace con humor y mucho talento. Merecido homenaje.
En fin, gran festival. Seguiré soñando...
domingo, 6 de mayo de 2018
MI MADRE
MARÍA SOLERA MARTÍN
Madrid, 1945-Buenos Aires, 2014
Mi madre, María Fernanda Solera
Martín, Mari, hija de Víctor Solera y Pilar Martín, nació el primer día de
septiembre, unos días después de que terminara la segunda guerra mundial, en la
planta baja del número 47 de la calle Amparo, en el barrio de Lavapiés. Un
hecho –el segundo que he mencionado- que le hacía sentirse muy orgullosa, como
si el lugar donde nació le diera un título de nobleza adquirida.
Sin embargo, no hubiera debido
despreciar el primero tan a la ligera. Sin el final de esa guerra, que ganaron
los americanos y los rusos, no hubiera existido el mundo que hoy conocemos.
¿Nadie ha imaginado cómo hubiera sido nuestra vida cotidiana si los nazis y los
japoneses hubieran derrotado a sus enemigos? Muchos tiemblan sólo de pensar
cómo sería esa realidad paralela. Ni la infancia ni la juventud de María
hubiera sido la misma. O tal vez, teniendo en cuenta quien gobernó durante más
de cuarenta años en su país, quienes le sustituyeron y el modelo económico en
el que vivimos, es posible que no hubiera habido tantas diferencias...
Volviendo a
lo que para ella sí era motivo de orgullo, María nació en el barrio más castizo
de Madrid. Y aunque murió muy lejos de su tierra, fue una madrileña de pro
hasta el último día de su vida. Eso se lo puedo asegurar al lector sin ningún
género de duda. Aunque no vivió mucho tiempo en esa calle. A los pocos meses,
sus padres, Víctor y Pilar, decidieron trasladarse a una población limítrofe
que en unos años, en 1948, se integraría en Madrid: Carabanchel.
Carabanchel
fue un barrio que había sufrido los embates de la guerra civil más que ningún
otro. El río Manzanares separó de manera natural la zona republicana y la
nacional. La población no tuvo más remedio que abandonar sus casas: disparos,
obuses, bombas caídas desde el cielo, lanzadas por aviones de fabricación rusa
o alemana. Al final de la guerra en el 39 la zona estaba devastada: casas
derruidas, paredes acribilladas a balazos, huecos y huellas, memorias de sangre,
dolor y muerte.
La
reconstrucción llevó su tiempo. En el 46 todavía no había transcurrido el lapso
suficiente para que el barrio borrara completamente los restos de la masacre y
sus ruinas. Y muchas de las antiguas calles no existían. Los vecinos volvían. Y
construían casas de manera caótica y desordenada, viviendas que se diseminaban
a lo largo y ancho de la colina donde se situaba el barrio. Calles sin
asfaltar, arena y grava. Muy pocos vehículos se atrevían a pasar por zonas que
se embarraban cada dos por tres en los meses de invierno.
Los padres
de María alquilaron una casa en la calle Jacinto Benavente. En los años setenta
cambió de nombre: en la actualidad se llama Padre Oltra. En el número 52; más
tarde, el 50. Eran tres viviendas separadas por un pasillo exterior y estrecho,
sin techumbre, desprotegido de las inclemencias del tiempo y cubierto de
baldosines. Como no había baño o ducha en aquel entonces, solían lavarse allí
mismo; sobre la cuerda, que utilizaban para tender la ropa, extendían una manta
o una cortina y, así podían disfrutar de cierta privacidad. Mi madre, de
pequeña, lo hacía en una tinaja o un cubo grande de cinc; bañarse en el
Manzanares -aunque algunos, en verano, lo hicieran- estaba prohibido.
Vivían, por tanto, en espacios muy
pequeños: una sala de estar de un tamaño medio, cocina y dos
habitaciones, como mucho; en esas viviendas habitaban familias enteras. Puede
sorprendernos que eso ocurriera hace setenta años, cuando la mayoría de
nosotros vivimos en la actualidad en pisos más amplios; sin embargo, aún hoy en
día, existen ese patio, ese pasillo y esas viviendas y las ocupan familias
inmigrantes, parejas de etnia gitana o jóvenes con empleos precarios.
¿Cómo sería un domingo entonces?
Los niños jugaban; los maridos se ocupaban de tareas domésticas como reparar
algún grifo o cañería, mientras las mujeres hablaban con las vecinas de las
novedades del barrio.
Entre el río y esta calle sólo se
encontraba, en los años cuarenta, una cuesta arrasada, una campa que los niños
aprovechaban para llevar a cabo todo tipo de juegos y travesuras. Se prohibía
el baño en el Manzanares por su insalubridad, pero ya se sabe que las
prohibiciones están para quebrantarlas. Sobre todo, si eres un crío. Y el
hermano mayor de María, Víctor, nacido en el 38 en Barcelona, en alguna
ocasión, huyendo de la policía, volvió a casa sin ropa, sólo con los calzones
puestos, recibiendo una buena tunda de su madre.
Hasta los
nueve años la infancia de María fue idílica. No creo que todavía se diera
cuenta de las dificultades económicas de sus padres. Sería más tarde cuando,
tras la muerte del cabeza de familia, tomara conciencia del valor que tienen
las cosas, de la importancia del ahorro; pero esa idea se grabó en su carácter
y en el de toda una generación de una manera exagerada, obsesiva.
Víctor traía el jornal a casa;
Pilar se encargaba de los niños. Hasta aquí, el rol tradicional de la época.
Aunque el padre, en este caso, tenía un trabajo que debiera de haberle
reportado mayor seguridad económica: era policía. Desde el 34 pertenecía a la
Guardia de Asalto. En el 35 recibió una medalla por participar durante el
bienio negro en la represión de una revuelta anarquista. En julio del 36 se
encontraban en Barcelona. Allí vivieron la guerra, en zona republicana. En el
39 los que no habían huido, muerto y superaran la investigación que los
vencedores impusieron a los vencidos, se integraron en los nuevos cuerpos
policiales. Hasta finales del 43 Víctor no pudo volver a Madrid. Jerez de la
Frontera fue su primer destino, antes de que le devolvieran a la capital, donde
ya vivía el resto de la familia.
Su sueldo
era mejor que otros en esa época, pero no suficiente para alimentar a tres
criaturas. Algún conflicto –tenía mucho carácter y no podía
soportar el talante autoritario y arbitrario de sus superiores- le supuso días
de calabozo y alguna reducción en el jornal. Buscó otro trabajo en una fábrica
de pastas.
El que tuviera dos trabajos y que
en uno, seguramente, cobrara su sueldo en negro, era una tesitura en la que
muchos españoles se hallaban y, tantos años después, nos sigue resultando muy
familiar. Entre las mañanas en la comisaría, cerca de Arguelles, y las tardes
en la fábrica, Víctor llegaba a casa agotado. Y le pasó factura. Su corazón
empezó a fallarle.
Víctor era
de los pocos que tenían una cámara de fotos: una Kodak con fuelle. La compró a
mediados del 36 o en enero del 37. Sólo hacía fotos familiares –a sus hijos: a
Víctor, el mayor, a María, a Lorenzo, el menor, que nacería en el 48; al hijo
que murió de meningitis, Alejandro, a los pocos meses de nacer- o a los amigos,
aprovechando los momentos de ocio. María y su madre, Pilar, conservaron todas
esas fotografías. La madre se las enseñaba a sus hijos. Y María, años después,
se las llevó, las heredó e hizo lo mismo con los suyos. Le servían para
recordar su infancia, idealizada entre esa niebla tan particular que el olvido
se encarga de extender en nuestra memoria.
El final de
la infancia de María está ligada a la muerte de su padre y a su primera
comunión. Veintiún días –tres semanas exactas- separaron ambos acontecimientos.
Un sábado feliz. Un sábado trágico.
La mañana
del sábado 22 de mayo María hizo su primera comunión. Fue un día extraño. Las
fotos no las hacía su padre, sino uno de sus tíos. Sus tías, Regina, Riansares,
y su propia madre vestían de negro porque dos de sus hermanos, Dolores y
Severiano, habían fallecido meses antes. Dolores, en una intervención a corazón
abierto, en la misma sala de operaciones. Severiano, a causa de las esquirlas
de una bomba; desde la guerra las tuvo muy cerca de los pulmones, en la caja
torácica, y ninguno de los doctores a los que consultó fue capaz de sacarlas.
El propio movimiento del cuerpo y el paso del tiempo fueron agravando su estado
y una noche dejó de respirar.
El negro
del duelo contrastaba con el blanco del vestido de María. A esto habría que
añadir otro dato: su padre se quedó en cama. Que no pudiera ir a la primera
comunión de su hija hace sospechar el estado de salud
en el que se encontraba; un hombre que en sus años mozos disfrutaba de una
forma física envidiable. Los doctores le administraban unas pastillas para
reducir la fatiga y mejorar el ritmo cardiaco. Es probable que hubiera
necesitado algo más, pero ni la sanidad española tenía en esos momentos los
medios apropiados, ni una familia de clase media baja podía permitirse gastos
tan cuantiosos.
María
recordó siempre el momento en que volvió a casa con el traje de primera
comunión para que le viera su padre. Le hizo una fotografía, tal vez fue la
última vez en la que Víctor apretó el disparador de su cámara.
Tres
sábados después, la tarde del 12 de junio de 1954, Pilar se acercó a la cama
donde se había tumbado un par de horas antes su marido. La cena estaba
hecha.Víctor había salido con los amigos; bailaba en la verbena. Los niños,
María y Lorenzo, jugaban en el patio. Atardecía. Pilar le llamó. No hubo
respuesta. Entró en la habitación. Entre las sombras, no podía verle el rostro.
Se acercó. Tocó su cuerpo: estaba frío. Su muerte debió de ser rápida. Un
derrame masivo.
En unas
horas, los vecinos y los familiares consolarían a la viuda. Pasarían muchos por
esa habitación, iluminada en ese momento por la luz de las velas o por una
bombilla: el médico para certificar el fallecimiento, los amigos, las mujeres
que junto a Pilar se encargarían de adecentarlo, limpiarlo, vestirle con el
uniforme reglamentario. Avisarían a Mario. A las hermanas de Víctor, a sus
hermanos: unos –Regina, Riansares- vinieron del centro de Madrid donde
trabajaban como sirvientas; Críspula, con sus hijas de la calle Velázquez,
residencia familiar desde los años treinta; el resto desde Tarancón, el pueblo
de los padres de Víctor. Lo enterrarían al día siguiente en la Almudena.
Años después, cuando alzaron la losa para hacer sitio y ampliar el hueco
de la tumba, abrieron el féretro. Durante unos segundos, según le dijo Críspula
a su hija Valentina, todos se asombraron, no creían lo que estaban viendo.
Víctor se conservaba como cuando le enterraron, con su uniforme gris de
policía. Y, de repente, sopló una ráfaga de viento. Su rostro, el cuerpo, el
uniforme, todo, se convirtió en polvo. Desapareció para siempre…
María
estaría en estado de shock. Ese día vio a mucha gente que lamentaba la muerte
de su padre; a partir de ese momento toda su vida cambiaría. Nada sería lo
mismo. Huérfana a los nueve años.
Los padres
mueren antes que sus hijos; es ley de vida, pero María lo perdió demasiado
pronto. Los muertos son idealizados. Casi todos. Y
mucho más, cuando no has tenido oportunidad, ni tiempo para conocerlos.
Para María hasta que murió, -como
su padre, en la cama de una habitación, al lado de un patio interior, en una
planta baja-, su padre era perfecto. Pilar también prefirió mantener ese
recuerdo. Olvidó el carácter fuerte de su marido, las discusiones cuando ella
iba a la iglesia y la llamaba beata. Víctor, el mayor, no olvidó; simplemente,
lo perdonó. Con el tiempo dejó a un lado los roces con su padre, cuando volvía
tarde, algún golpe en la cara o con el cinturón. Era la educación de esos
tiempos: las relaciones entre un padre y su hijo, adolescente y rebelde.
Para Víctor, mi abuelo, en
cambio, su hija era la niña de sus ojos. Y para María, era el padre que se
marchó muy pronto. El padre divertido, encantador, gracioso. El que sabía
bailar y cantar como nadie. Un hombre lleno de vida. Y así lo quiso recordar
hasta el final…
La muerte de Víctor dejó a la
familia en una situación económica difícil. Pilar no tuvo más remedio que ponerse
a trabajar. Las tías Regina y Riansares no los abandonaron. La ayudaron a
encontrar un empleo. Eran las madrinas, las otras madres de María; ya tenían,
por entonces, numerosos contactos con familias adineradas, porque desde el 39
vivieron y trabajaron en muchas casas de la burguesía y la nobleza madrileña, como sirvientas.
¿Y los niños? ¿Cuál sería su
futuro? Lorenzo, aún muy pequeño, viviría en casa de su abuela materna, en
Lozoyuela, hasta que pudiera ir al colegio, a los siete años. María, en septiembre,
después del verano, fue internada en el colegio de huérfanos de la Policía.
El edificio aún existía en el
2040. Hasta los años 80 del siglo XX fue
centro educativo. Posteriormente la Policía lo aprovechó para realizar cursos
de promoción. Construido durante los años de la República, funcionó como
hospital en la guerra civil. Tras muchas dudas y varios proyectos fallidos,
finalmente en el año 53 entraron los primeros huérfanos.
El pabellón
central –hasta que un bombardeo y el incendio posterior en el 2055 obligó a su derrumbe definitivo- se
dividía en dos alas a las que se añadieron otras construcciones anexas tanto a
la entrada del recinto, como en su parte posterior. Las más cercanas a la
entrada servían de alojamiento para las monjas y algunos profesores, mientras
los de la parte posterior eran sobre todo un teatro, que servía como sala de
cine los domingos, y una capilla en la que asistían todas las mañanas y tardes
a los oficios obligatorios. Más tarde habría una piscina cubierta y una pista
de atletismo.
Nada más pasar la puerta central, te encontrabas con la zona administrativa y la sala de visitas, diminuta, con un par de ventanas que miraban a una campa, a la plaza de Carabanchel bajo y a su iglesia. Si te adentrabas en el complejo, no tenías más remedio que atravesar los pasillos, decorados con azulejos de vivos colores. Hasta el 61, en el que el colegio dejó de ser mixto, el ala izquierda fue asignado a las chicas; el derecho, para los chicos. Separados por patios y pasillos. En los dos casos, la primera planta servía para desarrollar todas las actividades lectivas y educativas y la segunda alojaba a los internos e internas. Cuando el número de huérfanos creció no tuvieron más remedio que habilitar los pasillos de esta segunda planta, llenándose de camas. Al fondo, en el lado opuesto a la entrada, se encontraban dos amplios salones, muy bien iluminados, donde se servían el desayuno, la comida y la cena.
Nada más pasar la puerta central, te encontrabas con la zona administrativa y la sala de visitas, diminuta, con un par de ventanas que miraban a una campa, a la plaza de Carabanchel bajo y a su iglesia. Si te adentrabas en el complejo, no tenías más remedio que atravesar los pasillos, decorados con azulejos de vivos colores. Hasta el 61, en el que el colegio dejó de ser mixto, el ala izquierda fue asignado a las chicas; el derecho, para los chicos. Separados por patios y pasillos. En los dos casos, la primera planta servía para desarrollar todas las actividades lectivas y educativas y la segunda alojaba a los internos e internas. Cuando el número de huérfanos creció no tuvieron más remedio que habilitar los pasillos de esta segunda planta, llenándose de camas. Al fondo, en el lado opuesto a la entrada, se encontraban dos amplios salones, muy bien iluminados, donde se servían el desayuno, la comida y la cena.
Ni siquiera entonces se veían los
chicos y las chicas. Estaba prohibido cualquier tipo de contacto entre sexos, excepto
en la misa o los domingos por la tarde, en el cine. E incluso, allí, en lugares
diferentes. Ellas, arriba; ellos, en la parte de abajo. Tampoco los hermanos
podían verse. Por supuesto, los chicos, sobre todo, buscaban tretas para poder
verlas. Y ellas facilitaban el contacto visual cuando tenían la mínima
oportunidad. Se acercaban a una esquina del patio, donde verían jugar a los
chicos. En la misa o en el cine, se pasaban mensajes en papelitos o echaban una
miradita o guiñaban el ojo, teniendo cuidado de que la monja o el profesor de turno no los
pillara. Por supuesto, ningún tipo de educación sexual. Prohibiciones que
generaciones siguientes considerarían absurdas y surrealistas. Represión hasta
límites insospechados: cartas que se censuraban, normas morales del estilo: “Nunca mirarás a un chico directamente”.
Y eso repercutía en todas las relaciones que años después entablarían como
pareja con el otro sexo. Y de alguna manera, más adelante, en la forma de
educar a sus hijos.
María, a pesar de estos
inconvenientes, conservó un buen recuerdo del centro. No sufrió esa parte
brutal y cruel, la que suponían los castigos físicos. Y otros, más sutiles y
humillantes. Los chicos recibían -más que ellas- los cachetes o los golpes en
la cabeza o en las manos con una palmeta. El más habitual era el que llamaban
“plantón”. Los obligaban a mantenerse en pie, de cara a la pared; a veces,
hasta horas. Hubo quien, a causa del calor, perdió el conocimiento y tuvo que
ser llevado a la enfermería. Lorenzo, el hermano de María, recordaba que en
alguna ocasión lo encerraron en una habitación a oscuras. Horas y horas sin
saber dónde estaba. No lo olvidó nunca. Ni los perdonó. El rencor es un
sentimiento que deja una huella muy profunda, más de lo que querríamos admitir.
Los castigos a las chicas no eran
tan duros físicamente, pero podían ser más crueles. Quien se levantara con las
sabanas mojadas, debía llevarlas a la hora de la comida por el comedor de los
chicos; no sólo las verían sus compañeras, también ellos. Las humillaban ante
todos. Para los chicos, ver a su hermana así, también era un baldón, una
vergüenza. Otros castigos como no salir un fin de semana o no ir al cine,
comparados con estos, no dejaban de ser una minucia.
María, como muchos de su
generación, se quedó con lo positivo. Se llevó bien
con las monjas. Además, en los años de posguerra, un número muy reducido
de familias podía proporcionar a sus hijos la educación que este colegio les
ofrecía. Y tenían tres comidas. Puede parecer sorprendente, si lo miramos desde
la perspectiva de un niño que haya nacido en el siglo XXI, en una Europa en
paz, pero en esa época comer con dos platos y postre era un privilegio del que
muy pocos disfrutaban.
La infancia de María, por tanto,
se desarrolló en un ambiente enclaustrado, aunque ella
se sintiera a gusto. Fue una infancia feliz. Se comportaba, seguía las reglas,
trabajaba y se esforzaba. No concluyó sus estudios, -no olvidemos que pocas
mujeres llegaban a la universidad en esos tiempos o terminaban la secundaria-, pero
aprendió las labores del hogar básicas, las que le servirían para buscar trabajo,
cuando saliera del centro.
Era alegre y extrovertida. Nunca
dejó de ser optimista; su vitalidad asombraba a todos. Mantuvo el contacto con
algunas de sus compañeras, aunque luego, el paso del tiempo las fuera alejando.
Entre los objetos que conservó hasta su muerte, tenía misales en los que
guardaba esos mensajes de amistad para toda la vida, las de la adolescente
primeriza –que casi nunca se cumplen- y algunas fotografías. Nunca tiró unos
patines que sólo debió usar por entonces. Patinar le gustaba tanto como nadar.
En la piscina cubierta aprendió todos los estilos: crol, mariposa, libre... Y
años después enseñó a sus hijos, aunque ya en un entorno distinto, a mar
abierto.
Pilar trabajaba todos los días;
incluso, a veces, los fines de semana. María y Lorenzo salían entonces para
estar con su madre o con sus tías. Si las vacaciones eran largas o en verano, se
iban a Lozoyuela o a Tarancón. Víctor trabajaba desde los catorce años en un
taller mecánico. A veces, cuando Pilar no podía, iba a recoger en moto a sus
hermanos a la puerta del centro y los llevaba a casa.
Pilar era una persona amable,
tierna, con ideas fijas, sencilla. Se sacrificaba por sus hijos. Iba a misa
todos los domingos. No ponía nada en tela de juicio ni tenía espíritu crítico. Respetaba las costumbres, cocinaba muy bien. Era buena persona. Aunque recibió
alguna proposición, nunca volvió a casarse.
Cuando las niñas fueron
trasladadas a otros centros y sólo se quedaron los chicos en el colegio, en
septiembre del 61, María ya se había puesto a trabajar. Sus funciones no eran
complicadas: se encargaría del telar, el lavado y planchado de la ropa, coser.
Eran empresas familiares, cercanas a casa, que le permitirían llevar algo de
dinero y aliviar el duro trabajo de su madre.
Los fines de semana María saldría
con las amigas y alguna prima a los bailes o guateques del barrio, ya fueran en
un salón recreativo o una sala de fiestas, como el Embarcadero, donde llegó a
ver a Antonio Machín, o en la terraza o la vivienda de algún vecino. No tuvo
novios, aunque imagino que algún chico se acercaría a ella con intenciones de
ese tipo. A veces las acompañaban a casa. Otros les pedían un baile. Ninguno le
atrajo demasiado. O no le parecieron muy serios o le aburrieron.
Muy pronto descubrió su pasión
por el viaje. Con el dinerillo extra que ganaba en tómbolas y sorteos,
-participando en cursillos de corte y confección o taquigrafía de una
asociación religiosa que organizaba viajes a sus sedes en Galicia y Cádiz-,
pasaba una parte del verano fuera de Madrid. Conoció Ceuta, Santiago de
Compostela, Oporto, Gibraltar, Fátima. En Ceuta se compró la cámara con una
funda de color carne que utilizó durante mucho tiempo hasta que las digitales
se impusieron. Con ella haría las fotografías de sus años de juventud, los de
sus primeros años de casada, las de la infancia y adolescencia de sus hijos.
Hay canciones que se te quedan
grabadas en el cerebro. Se convierten en una parte de ti misma, y ya nunca más
podrás olvidarlas. Cuando el Dúo Dinámico publicó Quince años tiene mi amor, casualmente, mi madre cumplía quince
años. Fue fiel a este grupo toda la vida. Los fines de semana, mientras
limpiaba la casa, con la música a todo trapo, a los veinte, a los treinta, a los cuarenta años; ya fuera en la radio, en un
disco de vinilo, en una casete o en un cedé, con su madre o con su marido y sus
dos hijos, cantaba y bailaba. Era todo un espectáculo verla, vestida con una
bata y llevando en la mano el plumero o el trapo del polvo, al tiempo que
tarareaba esa u otras canciones del grupo…
Hay encuentros fundamentales a lo
largo de una vida. Deciden tu destino. El encuentro con Santiago, mi padre, el
que sería su primer marido, fue uno de ellos. Ocurrió un catorce de mayo del 68.
Pasado el mediodía, dos mujeres de unos cincuenta años comparten una habitación
de hospital. Han tenido el típico accidente de hogar: una caída y algún hueso
roto. Son vecinas; viven en el mismo barrio, en la misma calle, a unos metros.
Una de ellas es Pilar; tiene enyesada la muñeca y una parte del brazo. La otra,
Bienvenida, la pierna. Reciben la visita de sus hijos. María ha llegado antes.
Conoce a Bienvenida de vista; sabe que tiene un hijo, de la misma edad que su
hermano Víctor, pero no le ha tratado mucho. Es bastante tímido; tiene pocos
amigos.
Al llegar Santiago, las madres
los presentan. Mientras esperaban a sus hijos, han estado hablando entre ellas.
Bienvenida quiere que su hijo se case; Pilar también piensa que María debería
ennoviarse con un chico trabajador y responsable. Antes de que sus hijos se
conozcan, ya han decidido hacer todo lo posible para que esa relación salga
adelante.
Las madres dieron el primer
empujón y mis padres se dejaron hacer. ¿Por qué no?, debieron pensar. Acababan
de estrenar la última de David Lynch, Dr.
Zhivago. Santiago, esa misma tarde, al salir de la habitación, donde aún
se encontraban sus madres, invitó a María a la sesión de las cinco en el cinema
España. María aceptó.
Al día siguiente era la fiesta del santo patrón,
San Isidro. A las cuatro de la tarde,
Santiago fue a buscarla a su casa. Saludó a Lorenzo. Pilar volvería del
hospital el lunes; su propia madre, el martes. Hablarían del tiempo, mientras
bajaban a la plaza de Marqués de Vadillo. Tal vez comentaran que después del
cine podrían quedar con Lorenzo y su novia para tomar algo en una de las
terrazas de la campa de San Isidro.
Caminaron despacio en dirección
al cine. No había más de seiscientos metros entre la calle donde vivían,
Inmaculada Concepción, y el antiguo Cinema España. Comprarían la entrada,
pedirían unas palomitas. Se sentarían en mitad de la sala; habría sitio
suficiente.
Se
empezaron a conocer. Aún no verían sus defectos; se irían gustando poco
a poco. Santiago era un chico amable, educado, serio, formal. María derrochaba
alegría, vitalidad. Encajaban. Santiago le comentó que estuvo en Suiza unos
meses, que quería volver. Si seguían juntos, podrían pensar en irse a trabajar
y ganar algo de dinero. María pensó en Víctor. Su hermano mayor, desde el 63,
trabajaba en Annecy. Incluso ya uno de sus hijos, el mayor, Alan, había nacido
allí. Le apetecía la idea: Suiza o Italia. Sus sueños coincidieron.
Cuando Dr. Zhivago murió otra vez
en la pantalla y la melodía de Lara se extendió por la sala, para entonces,
aunque no lo supieran, ya eran pareja. Las luces se encendieron. Mi madre
sonrió.
Durante el verano lo decidieron
todo: la boda, el viaje, el lugar donde empezarían a trabajar. Arosa, en
invierno; Brissago, en verano. Se ocuparon de todo: pasaportes, documentación,
visitas a la iglesia para preparar el enlace, al restaurante donde celebrarían
el convite –ambos en el barrio, muy cerca de donde vivían-, presentaciones a la
familia, que en el caso de la de María suponía ir a Tarancón y saludar a los primos,
tíos y amigos que eran muchos. Santiago tardó menos en cumplir este requisito.
Se casaron a finales de noviembre
del 68. En quince días, María se subía a un tren. Mientras se ponía en marcha,
María apretó con fuerza la mano de su marido.
¿Qué puedes decir de una pareja
joven y feliz, mucho más, si fueron tus padres? ¿Estaban enamorados? Sí, es
posible. Si pensamos que el amor es una reacción química que manipula nuestros
sentidos y deforma nuestra percepción de la realidad, sí, debían estar enamorados.
Alguien, evitando esta interpretación tan cínica, diría que habían encontrado a
otro ser humano que los entendía o con el que se compenetraban plenamente.
Fuera como fuera, estaban a gusto. En el fondo, quizá era lo único que
importaba.
Arosa se encuentra a unos
doscientos kilómetros de Zurich, en uno de los cantones de habla alemana más
conocidos, a unos tres cuartos de hora en coche de Chur, la capital de la
región. La única manera de llegar a Arosa desde Chur es una carretera empinada
con giros y meandros: una pesadilla para quien se suela marear en un coche,
como le ocurrió a mi hermano. Eso sí, cuando llegas al valle, el panorama
merece tal sacrificio. Otra opción, más turística, es subir a un tren de
montaña. Tardas una hora u hora y cuarto, pero si no tienes prisa, disfrutas
mucho más.
María y Santiago trabajaron
durante seis meses en un hotel que en esos momentos se llamaba Merkur. El hotel
tenía un restaurante. Ella se encargaba de la limpieza de habitaciones o de la
cocina. Él servía los platos a los clientes.
Ese invierno hizo frío, mucho
frío. María ya conocía la nieve –la primera vez que la vio fue en el colegio de
Huérfanos un día de enero; las dejaron salir al patio y jugaron con ella-, pero
nunca había contemplado metros de nieve –tres o cuatro de altura- ni que se
mantuviera durante tantos días.
María, al pensar en Arosa, años
después, recordaba cómo caía la nieve al otro lado de la ventana o, cuando se
tiraban al suelo y resbalaban por una cuesta, como si tuvieran un trineo.
Parecían dos niños con zapatos nuevos. O la casa de cuento en la que vivían con
una terraza y unas vistas a las montañas nevadas. Es posible que eso sea el
enamoramiento: sólo distingues el brillo de la persona que tienes a tu lado. La
convivencia del día a día, los defectos del otro aún no han debilitado su
relación de pareja; en esos momentos los dos piensan que será para siempre.
Al invierno de Arosa le siguió la
primavera de Brissago, al borde de un lago en uno de los cantones del sur. El
carácter y el idioma de los lugareños era más cercano al suyo. Muchos italianos
abiertos, extrovertidos. El calor suaviza las asperezas. Otro hotel con un
jardín, que como en Arosa, daba a la calle principal. Encargarse de la limpieza
y el restaurante. El ritmo de un pueblo: las campanas de la iglesia, las noches
tranquilas, el aroma de las flores.
A finales de julio o principios
de agosto conocieron a los Bolla. Se alojaban en el hotel. Él, Francesco, se
había convertido en uno de los vinicultores más conocidos de la comarca de
Verona. Ella, Sofía, había heredado de sus padres una cuantiosa fortuna. Era
una pareja agradable; sus hijos ya eran adolescentes. Uno de ellos, Carlo Bolla,
iría a la universidad al año siguiente.
La mujer y María entablaron una
relación muy cálida desde el primer momento. La Sra. Bolla les ofreció –alabó
sus ganas de trabajar, el esfuerzo, su simpatía- cuidar a sus sobrinos –que aún
eran unos niños- y encargarse de la limpieza y el mantenimiento de su casa de
campo en Cortina d´Ampezzo durante el invierno y de la de Verona, cuando
regresaran en la primavera siguiente. El pago de sus sueldos sería en negro
–eso ahorraría a los Bolla tener que hacer papeleos innecesarios y, al fin y al
cabo, todos sus amigos de clase alta lo hacían-, pero eso no les importó, al
menos entonces, a María o a Santiago. Aceptaron la oferta. Cambiarían Suiza por
Italia.
A María se le daban bien los
niños. Tenía un instinto maternal muy acusado y natural. Ella quería tener
hijos; Santiago dudaba. Es posible que hubiera preferido no tenerlos: ponía
excusas, le daba largas. “Cuando
volvamos… y tengamos dinero suficiente. Podríamos quedarnos aquí más tiempo”.
María esperó. Es cierto. Cuando
volvieran tendrían que hacerlo con dinero, no regresarían con las manos vacías.
Santiago deseaba quedarse en Italia; no había tantas cosas que le ataran a su
familia. María, en cambio, de vez en cuando, se entristecía, sentía nostalgia
porque no podía ver a su madre, a su hermano; echaba de menos a sus tías, a
Regina y Riansares, o a sus amigas. Las postales, las cartas, alguna llamada de
teléfono no aligeraban el sentimiento que despierta la ausencia de lo que
deseas. En marzo del 71 comunicaron a los Bolla que en junio volverían a
España. Santiago no pudo convencer a María. Ella quería regresar y así lo
hicieron.
Antes de volver hicieron ese
viaje de novios que habían retrasado durante tanto tiempo: Venecia y Roma.
María retornaría a esas ciudades, lugares para enamorados, que años después, yo
mismo recomendaría a un coreano, cuando me pidió, en un albergue de Barcelona,
muy cerca de la estación de Sants, que le dijera a qué ciudades de Europa
debería ir con su mujer, después de casarse.
María volvería a esos lugares con
otro hombre, su segundo marido. El tiempo es cíclico, no es lineal. Los
espacios se repiten en la memoria o en el momento que vivimos. Volvemos a
ellos, aunque ya no seamos los mismos. Veo a la joven, todavía enamorada, a
pesar de las rarezas de su marido. Y contemplo a la otra mujer, mayor,
sesentona, con arrugas y muchas vivencias en la mochila y, otra vez, enamorada.
San Marcos, el Vaticano, el
puente de los suspiros, el Panteón, el Lido, el Coliseo. Mapas que se
despliegan y se recogen. Pizza y pasta. Italianos, parejas de españoles con las
que se cruzan.
-Hemos trabajado un par de años fuera; este verano regresamos a nuestra
tierra…
-He pedido la jubilación el año pasado; estuve aquí cuando tenía
veinticinco años…
Móstoles era una de esas
poblaciones –ciudades dormitorio las llamaban por entonces- en franca expansión.
Un villorrio de dos mil personas en diez años había pasado a convertirse en una
ciudad de doscientas mil. Las transformaciones y las dificultades que eso
conlleva necesitarían de mucho más que una novela o una biografía al uso para
poderlas explicar. Miles de extremeños, andaluces, manchegos, madrileños -la
inmigración a finales del siglo XX y principios del XXI cambiaría: marroquíes,
ecuatorianos, colombianos, rumanos-. En los años sesenta y setenta, clase
obrera que busca pisos baratos donde vivir o empezar su vida. Parejas que
tienen hijos –una media de dos-; colegios que hay que levantar, uno tras otro
–diez o doce en el plazo de diez años-. Protestas vecinales. Centros médicos,
hospitales –hasta los noventa no se construiría uno en Móstoles-, tiendas,
supermercados, aparcamientos, comisarías. La mayoría trabajaba en Madrid. El
autobús –la Brasa lo llamaban, porque la empresa que se encargaba del
transporte tenía este nombre- no era suficiente; se aprovechó una antigua línea
ferroviaria que comunicaba Madrid con Navalcarnero. A finales de los setenta y
principios de los ochenta, como suele ocurrir, la expansión demográfica también
trajo marginación, pobreza, drogas e inseguridad. Encontrarse litronas en los
parques era tan habitual durante mi infancia como descubrir alguna jeringuilla
entre los escombros o en el vertedero.
Fue allí donde María y Santiago
decidieron continuar su vida en común tras el paso por Suiza e Italia.
Asentarse en un lugar, formar una familia: el objetivo de tantos y tantos españoles.
Eligieron la calle San Marcial, céntrica, a dos pasos del casco histórico –del
que ya sólo quedaban unas cuantas casas. Quizá la más importante la vivienda
del alcalde que firmó el primer decreto contra el ejército napoleónico en
1808-, y a cinco minutos andando del que, en unos años, sería la estación de
Cercanías.
El edificio en el que vivían
tenía un patio bastante grande que los niños del barrio utilizaban para sus
juegos: partidos de fútbol o baloncesto, canicas o chapas, saltar a la comba. Levantadas
en ladrillo rojo, modelo repetido hasta la saciedad en todos los barrios
periféricos del país. Era un tercero con una escalera sin ascensor. Se lo
compraron a una pareja que quería marcharse a otra zona del extrarradio.
Para María sería su hogar durante
más de veinte años. Su cocina, su salón, su habitación. Su televisor en color
–el primero que tendría- sus cubiertos, ollas, platos, el horno, el armario,
las fotografías de sus padres, tías, hermanos, sobrinos, las mesillas de noche,
lámparas, alfombras… Empapeló las paredes, cubrió de objetos todos los
espacios, los llenó de una memoria suya, compartida, sin que se diera cuenta,
sin tener conciencia de hacerlo. Santiago, por supuesto, colaboró, pero María
puso más empeño, creó un lugar seguro para ella y los hijos que vendrían. Ahora
sólo faltaba llenar de vida esos espacios. Lo intentaron durante meses:
finalmente, a principios del 72, María estaba embarazada.
Santiago encontró un trabajo de
portero en un edificio de Telefónica; también se encargaba de limpiar algún
complejo de oficinas de la localidad. Su espalda empezó a resentirse. De
naturaleza enfermiza, su cuerpo se quebró. En unos años tendría que pedir una
jubilación anticipada. María no se preocupó en exceso. Estaba acostumbrada a
trabajar. Lo había hecho desde pequeña; tenía como modelo a su propia madre o a
sus tías. Cambiarían los roles, si fuese necesario. Por el momento, habría que
pensar en el hijo que vendría. Deseaba que fuera niña, pero nací yo.
Por otro lado, la madre de Santiago,
en ese invierno del 71-72, perdía la cabeza. Mi madre la vio un par de veces.
Decía incoherencias, contaba conversaciones con muertos, escuchaba ruidos
extraños que la inquietaban. María, de manera intuitiva, se alejó de su suegra,
mantuvo las distancias. Intentaba estar el menor tiempo posible cerca de ella.
La abuela paterna no llegaría a conocer a su nieto. Una mañana de domingo sus
hijas la encontraron muerta, con los ojos abiertos, sin vida.
Abrí por primera vez los ojos el
diez de agosto del 72. María, como primeriza que era, tuvo un parto difícil.
Una noche larga de contracciones y dolores hasta que, a las seis de la mañana,
al amanecer, dio a luz. Nada más nacer me dio de mamar.
María se ocupó de su hijo. Noches
sin dormir, lloros, enfermedades, alguna visita al hospital, preocupados por
una fiebre alta de madrugada; vacunas, los primeros pasos, palabras intuidas,
pensamientos simples: comer, beber, cagar… Crecía. Y al mismo tiempo, mi padre
se encorvaba.
El médico le diagnosticó una
enfermedad crónica: dolores de espalda insoportables, lumbalgia que no fue tratada
a tiempo, trastornos musculo-esqueléticos, manipulación incorrecta de cargas
–durante sus años mozos había trabajado en el Matadero de Madrid-, lesiones
lumbares. En el 75 se le concedió la jubilación anticipada. Necesitarían un
sueldo extra.
María ya había buscado trabajo en
alguna casa de Madrid, pero no podía quedarse todo el día. Y la idea de tener
la parejita o, al menos, intentarlo, rondaba en su cabeza. A principios del 76 volvió
a quedarse embarazada. La niña tampoco llegó esta vez; en una revista del
corazón leyó un nombre, Raúl. Así lo llamaría.
Nada más nacer su segundo hijo,
encontró por fin un trabajo estable en una clínica privada, Covesa, situada en
el barrio de Serrano, en la calle Príncipe de Vergara. Se integró como
limpiadora en el equipo de mantenimiento del material sanitario: sabanas,
colchas, almohadas, cortinas. En turnos partidos. Volvía muy tarde. En
invierno, ya había anochecido. En verano, sólo le quedaba tiempo para preparar
la cena.
Santiago asumió un nuevo papel:
el de ama de casa. No supo adaptarse. La enfermedad le volvió inseguro,
dubitativo, obsesivo. Y eso repercutió en la educación de sus hijos. Trasladó
esas obsesiones, dudas e inseguridades, tanto a mí como a mi hermano. Que los
fines de semana estuviera María o que todas las noches los arropara antes de
irse a dormir no evitaron que Santiago influyera mucho más y, me temo,
negativamente en sus hijos. Lo hizo involuntariamente, pero así fue. Les
impedía salir a jugar con otros niños; les decía que podía pasarles cualquier
cosa. Que el mundo era peligroso. No quería perder el control sobre sus vidas.
Ni sobre la suya propia. Alimentó su miedo y sus dudas. Las de él mismo y las
de sus hijos.
María, en cambio, alimentaba sus
ansias de libertad. Aunque trabajaba y mucho, aprovechaba los fines de semana y
las vacaciones –aunque fuera un puente- para viajar. Y sus hijos viajarían con
ella. No tenían coche; ni Santiago ni María se atrevieron a sacarse el carné o
no tuvieron oportunidad de hacerlo, pero María, como había hecho de joven,
descubrió que en la iglesia del barrio –que conservaba una torre de origen
mudéjar, aún en pie en 2055,- organizaban viajes de todo tipo. Y se apuntaba a
los que podía. O ella los organizaba, si tenían la oportunidad de ir en
transporte público y con tiempo para volver en el mismo día.
Segovia, Ávila, Toledo, Alcalá,
El Escorial, Aranjuez, Salamanca. O más lejos, Sevilla, Cádiz, Granada,
Valencia. Iban a Gandía todos los veranos. El mar era su lugar preferido; se
sentía libre. El mar y el sol del verano. Se convertía en otra mujer.
No dejaba de volver, en el resto
del año, a los espacios familiares, a
los espacios de su infancia: Lozoyuela o Tarancón. Regina y Riansares. Bodas,
bautizos, comuniones. Nacimientos y muertes. Entierros: la tía Críspula, la tía
Rosa. Los rituales de una familia: el paso del tiempo. El ciclo de la vida…
Raúl y yo crecimos en una
infancia feliz, que María intentaba proteger a toda costa: el diente de leche
del ratoncito Pérez, las canciones de su infancia, -como Las mañanitas del rey David-, los reyes Magos; rituales mágicos que
María aprendió de boca de las monjas, en el colegio de huérfanos, y que
recreaban un misterio, cuando los llevabas a cabo, como el pitido en el oído
–si veías un objeto pasar a tu lado, en el momento en que escuchabas ese ruido,
en la inicial de ese objeto descubrirías la inicial de la persona que estaba
pensando bien en ti-, o tocar una roca, donde acababa la playa, en el espigón,
o una pared, al final del paseo marítimo, para regresar a ese mismo lugar al
día siguiente, al año siguiente…
María hizo todo lo posible para
que sus hijos no dejaran de creer en un mundo maravilloso; tal vez les dejara
como herencia ese poso ligero, suave. Imaginación y admiración ante lo que les
rodeaba que, -puedo afirmarlo-, nunca perderían del todo.
La clínica Covesa cerró. Tuvo que
buscar trabajos en casas de políticos, empresarios, médicos, profesionales de
clase alta. La trataron bien, en general. Y si no lo hacían, cerraba la puerta
y buscaba otro lugar. Nunca le faltó un sitio. Cuidaba a niñas que se hacían
mayores, limpiaba la casa, trabajaba de mañana y de tarde. Con el tiempo,
consiguió tener las tardes libres y se las dedicaba a su familia. Para entonces, había transcurrido casi una década. Sus
hijos crecieron; eran adolescentes. Se alejaban, vivían su vida. Y su marido ya
no era el hombre del que se había enamorado, veinte años atrás.
Aunque el divorcio fue legal, a
partir de los años ochenta, entre la clase obrera –la de Móstoles en particular
- aún no se había extendido como una mancha de aceite. Para que una mujer se
divorciara necesitaba de una independencia económica que muchas aún no tenían.
El rol tradicional –hombre que trabaja, mujer que cuida la casa- era más
habitual de lo que sería en la siguiente generación. Sin embargo, en este caso,
María disfrutaba de una ventaja de la que otras carecían. Era ella la que traía
el dinero a casa; la pensión de Santiago era irrisoria. Sólo le impedía tomar
esa decisión la educación católica que había recibido.
-Hay que tener paciencia… el
matrimonio es para toda la vida… harás daño a tus hijos.
Eso le decían. Retrasó su
resolución. Cuando sus hijos alcanzaron la mayoría de edad, llegó el momento de
dar el paso. Tal vez lo debió hacer antes y, aún así, recibió críticas veladas
de algunas amigas. Amigas que, en unos años, harían lo mismo.
Los divorcios son traumáticos.
Sobre todo, si una de las partes no acepta la separación. Aunque no había amor
entre ellos, Santiago puso todas las trabas posibles. Se aferró con uñas y
dientes a un contrato que ya no tenía validez. Juicios, denuncias, gritos,
peleas… Silencios, tensión, dolor, rabia…
La policía se llevó a Santiago;
lo echó de su casa. María consiguió mantenerle lejos. No era suficiente. Tenían
que marcharse de Móstoles. Su hermano, Lorenzo, vivía desde principios de los
años ochenta, en el Puente de Vallecas, con su mujer y sus dos hijos. María
encontró un piso cerca del de su hermano. Vendió el de Móstoles y repartió las
ganancias con su exmarido. Compró el de Puente de Vallecas. Se trasladó allí.
Mantuvo un cordón de seguridad
con Santiago. Rehizo su vida. Los hijos, a su vez, empezaron a construir la
suya. Convivía con ellos, les preguntaba por sus estudios o sus trabajos, pero
ya no eran niños, aunque ella siempre los viera como tales. Fue madre de las
niñas a las que cuidaba, de Irene, Rocío o de las gemelas Elena y Alicia. No
pudo dejar de serlo. Ella era así.
En Gandía conoció al que sería su
segundo marido, un hombre mayor, que nunca tuvo relaciones de pareja muy
estables y que se acababa de jubilar. Se llamaba G. Un tipo tímido, inseguro,
esquivo. Y, con todo, María supo ver detrás de esa coraza a una persona
sensible y tierna. En un año se fueron a vivir juntos a Madrid, pero ella
quería, en cuanto pudiera, establecerse en Gandía, comprarse un piso, disfrutar
del sol del verano y del clima suave del invierno.
Su madre, Pilar, murió un día de
mayo de 2002. Su avanzada edad la había obligado a vivir con su hija. Estaba
cocinando cuando notó un intenso dolor de cabeza y se sintió cansada. Se sentó,
cerró los ojos y ya no volvió a abrirlos. Fue María quien, al salir del baño
–acababa de llegar del trabajo- vio cómo se derrumbaba y perdía el
conocimiento. Era un derrame cerebral. No pudieron salvarla. Tenía ochenta y
nueve años.
La muerte de Pilar separó a Lorenzo
y a María. Dos hermanos que habían sido uña y carne, acabaron por no hablarse.
Herencias, dinero o joyas, gestos, malos entendidos. Avaricia, egoísmos
cotidianos. Y defectos que ambos tenían. María y Lorenzo no supieron proteger
sus lazos; los dinamitaron en muy poco tiempo. Sin la suavidad de su madre que
limaba asperezas, acabaron convirtiéndose en dos desconocidos. Nunca más
volvieron a hablarse.
A los sesenta años, cuando tuvo
oportunidad, María dejó de trabajar y llevó a cabo su proyecto. Se fue con G.
Sus hijos se quedaron en el piso de Madrid. Ahora tenía tiempo libre para poder
disfrutarlo. Viajes. Muchos. Por España y por Europa. Pirineos, Asturias,
Andalucía, Cataluña… Praga, Viena, París, Roma…
A G. le diagnosticaron cáncer de
próstata. A tiempo. Lo curaron. María no lo perdería. No estaría sola en sus
últimos años. Murieron sus tías. Primero, Riánsares. Luego, Regina. Recibió una
cuantiosa herencia. Aseguró su futuro. Dejó un testamento abierto, motivo de
disputas, porque pensó que no moriría tan pronto. Se equivocó.
Disfrutaba del mar, del salitre,
de la brisa, en las noches de verano. Con G., con sus hijos, cuando venían a
visitarla. Era feliz. A su manera. No olvidaba las rencillas con su hermano.
También era rencorosa. A cambio, se desvivía por aquellos a los que amaba.
Se preocupó por su hijo menor. El
mayor aprobó unas oposiciones y se convirtió en un funcionario, profesor de
secundaria. Sin embargo, Raúl no encontraba un trabajo estable. Lo ayudó
económicamente, en su viaje a México y, luego, cuando buscó trabajo en
Argentina.
Hizo un último viaje a Buenos
Aires. Pasaríamos las Navidades todos juntos. Raúl, G., ella y yo. Pilló un
resfriado común, seis días antes. El día que teníamos que subir al avión en
Madrid, notó dolor en el pecho. Dejó de toser. Se mareaba; no podía mantenerse
en pie. No la llevé a un centro médico. Ella tampoco pensó que fuera grave. O
quiso creerlo.
Estuvo entre el sueño y la
vigilia durante las doce horas del avión. No podía pensar. No recordaba los
sueños que tuvo, si es que pudo tener alguno. Se caía, perdía el equilibrio. Al
salir del avión, esperó a Raúl, de pie, sin quejarse tras un par de horas en las
largas colas de la aduana. Cuando vio a su hijo, a la salida, María sonrió.
Había envejecido diez años. Se sentía muy cansada.
Llegamos a una casa de la calle
Moreno, en una planta baja. Un patio interior, como el de su infancia. Eso
podía ver desde la ventana de su habitación. Esa misma noche, la del
veinticuatro de diciembre, no comió con nosotros. Le hicimos una tortilla; le
pelamos una manzana. Nada más. Tenía gastroenteritis. Le costaba caminar. Volvió
a la cama.
A las cinco horas y cincuenta
minutos del día de Navidad del 2014 dejó de respirar. Se llevaron su cuerpo a
una funeraria, situada al otro lado de la Avenida 9 de Julio, en el barrio de
San Telmo.
En una de las visitas que hicimos
a la funeraria, durante los días en los que intentábamos acelerar los trámites,
conversaba con el encargado un hombre de unos sesenta años, el propietario de
la empresa. Me pareció un tipo desapasionado, profesional. Achaparrado, de gestos
vivos y precisos. No sabía que me encontraba ante Abel Romero, policía chileno
que adquirió cierta fama en época de Allende y que luego, muchos años después
en 1998, siendo investigador, asesinó en Lloret de Mar a Carlos Ramírez
Hoffman, poeta nazi y torturador durante el golpe militar, con la inestimable
ayuda de un poeta chileno, alter ego de Roberto Bolaño.
Tres semanas tardó el cuerpo de
María en volar a Madrid. Trámites burocráticos, huelgas de celo, vacaciones de
Navidad. Cuando abrimos el féretro en Madrid –cerrado por normativa en
Argentina- nos encontramos con su cuerpo en descomposición y un olor podrido y
amargo que se quedó impregnado en nuestras ropas, en nuestros pensamientos, en
nuestros sueños…
En Madrid,
a miles de kilómetros, los hijos de Mari enterraron su cuerpo en el cementerio
de la Almudena. Una mañana fría de enero. Y allí descansa junto a sus padres,
Pilar y Víctor. Una vez al mes su hijo mayor deja una docena de claveles,
blancos y rojos, sobre su lápida.
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