domingo, 6 de mayo de 2018

DOS RECUERDOS DIFUSOS


MERCEDES MARTÍNEZ SANTISTEBAN
Madrid, 1978-Granada, 2055

AINHOA OTXANDIANO CARRANZA
Madrid, 1978-Ainhoa, Iparralde, 2055

            Recuerdo e imagino -¿no es lo mismo muchas veces?- las vidas de dos mujeres a las que amé. Las de Mercedes y Ainhoa. Dos vidas muy diferentes. O similares.

            Mercedes, del barrio de Moratalaz; Ainhoa, del de Fuencarral. Ambas de clase media. Sus padres murieron, cuando las dos cumplían veinticinco años.

Ainhoa lo supo, cuando volvía de Toledo, donde daba clases de arte en un instituto. Contestó la llamada de su hermana en una gasolinera.

            -Un ataque al corazón… Lo han llevado al hospital… Está muy grave…

            Mercedes, de vacaciones, en Granada, con una amiga. Otra llamada al móvil.

            -Se cayó de un andamio… Ha muerto…

            Y las lágrimas de su madre. Se subió al primer autobús de vuelta. Llegó a tiempo para enterrarle; nada más.

            Ninguna de las dos tuvo hijos; ni quiso tenerlos. Sus hermanas, sí. Cuidaron bien de sus sobrinos, pero ellas se negaron a ser madres. O no encontraron al hombre adecuado o, simplemente, el instinto maternal no iba con ellas.

            Hay diferencias, por supuesto.

            Mercedes tenía un carácter retraído, tímido, inseguro, podríamos decir que obsesivo. Le costaba girar en redondo, si la vida le llevaba por determinados derroteros. Ainhoa, por el contrario, necesitaba interpretar un papel; que fuera consciente o no, eso es ya otra historia. Encajaba la personalidad de ambas con su forma de vestir. Merce llevaba ropa sobria, colores suaves. Ainhoa destacaba como una mariposa en primavera: colores brillantes y luminosos. Mercedes era de una constitución delgada; Ainhoa, año tras año, fue engordando y llegó a tener unas piernas muy gruesas, característica que hacía prever la enfermedad que le llevaría a la muerte.

            En la elección de sus parejas también tomaron caminos diferentes. Ainhoa estuvo con un chico, profesor de instituto, como ella, durante más de cinco años. Luego, rompió con él y vivió un periodo de libertad, con varios amantes o parejas ocasionales, sin que se ligara a ellos demasiado.

Mercedes, en cambio, se obsesionó con un hombre casado –estuvo con él más de seis años-, hasta que decidió terminar esa relación y buscar algo con más futuro. Lo encontró en un hombre, mayor que ella, viudo, aunque eso no fue obstáculo para que también lo abandonara.

            El final coincide. Las dos prefirieron vivir sus últimos años, en soledad, sin que eso suponga que fueran infelices. Les bastaban los amigos y las parejas puntuales que iban teniendo a lo largo de sus vidas. Y la familia, con la que mantenían contactos, aunque se marcharan de sus casas y vivieran a cientos de kilómetros, en el sur.

            Mercedes eligió Granada, porque conocía a un grupo de amigas, que se habían instalado allí. Colaboró en colegios e institutos dentro de los departamentos de orientación. Ainhoa, por otro lado, vivió en Córdoba, y allí trabajó en la escuela de arte Mateo Inurria. Se sintió a gusto, a pesar de sus dificultades de movilidad –el sobrepeso y su constitución física fueron empeorando su salud- y que le obligaron a jubilarse anticipadamente.

Muertes peculiares. Un verano, Ainhoa, al visitar por segunda vez en su vida el pueblo que le daba el nombre, al sur de Francia, tropezó y cayó al río. Un accidente como otro cualquiera. Quedó paralítica. No podía moverse. Cuatro años en una cama hasta que su cuerpo dijo: ¡basta! La de Mercedes fue más rápida e imprevista. Estaba leyendo, sentada en una mecedora. Y perdió la conciencia. No volvió a recuperarla.

Recuerdo la última vez que las vi. A Ainhoa, en un pasillo del instituto, un poco antes de presentarme al examen de las oposiciones. Gestos de incomodidad, sonrisas forzadas. Bueno, no es cierto. Años después, cuando visitaba Córdoba, la volví a ver, a la salida de un bar, junto a unos compañeros, cerca del Mateo Inurria. Tenía entre sus brazos a un niño pequeño; era el hijo de una amiga. No sabía cómo cogerlo. Ella no advirtió mi presencia.

A Mercedes, la recuerdo cerca de una boca de metro, con la mirada pérdida, disculpándose. Incómoda, desorientada; no había encontrado aún la puerta de salida.

Las perdí de vista. No supe más de ellas.

            Alguna vez, entre las fotografías, recuperaba una que le hice a Ainhoa, cerca de Marrakech; era un contraluz, con el desierto, al fondo. U otra de Mercedes, en Donosti, junto a la barandilla del paseo de la Concha; tenía el pelo enmarañado por el viento huracanado de ese día de invierno y una sonrisa tímida.

            Las miraba, volvía a guardarlas en el cajón y continuaba con mi vida.
















sábado, 5 de mayo de 2018

LA ACTRIZ Y LA BAILARINA


ANNA MAY WONG
Los Ángeles, 1905-Santa Mónica, 1961

XIN WOO
San Francisco, 1985-Hong Kong, 2065

            1923. 2023.

            Son exactamente cien años los que separan el comentario de Xin Woo, ese que se encuentra bajo una vitrina acristalada en el que una bailarina china mueve su traje con una sorprendente ligereza, y el documento identificativo que confirma la llegada de su bisabuela, Anna May Wong, al puerto de San Francisco. Cien años y sólo un kilómetro, el que hay entre el Museo Oriental y una exposición en Chinatown.

Sin embargo, a pesar de ese documento, Anna May Wong no era una extranjera; había nacido en Los Ángeles y sus padres regentaban una lavandería. Sus abuelos habían llegado desde Hong Kong para colonizar California –con ellos se construyó gran parte de la vía férrea del estado-, pero carecían de derechos fundamentales; eran ciudadanos de segunda, en muchos aspectos. Por ejemplo, no podían casarse con hombres blancos y esa legislación se mantuvo hasta 1947.

            Desde pequeña sintió un gran interés en el cine –al salir de la escuela se metía en las salas provisionales que fueron creciendo por San Francisco y devoraba todas las sesiones que podía- y quiso participar en los rodajes que en las primeras décadas del siglo XX se realizaban en la soleada California. Encontró su primera oportunidad como extra en 1919 cerca de su propio barrio. Había cumplido catorce años. Su padre lo permitió, pero manteniendo un control estricto sobre su hija –si era la única asiática, la encerraba en una habitación- y repitiendo como una letanía: “cada vez que te hacen una fotografía, pierdes una parte de tu alma”.

            Su primer éxito le llegó en 1922, The toll of the sea. Aunque es más conocida por la película con Douglas Fairbanks, en 1924, El ladrón de Bagdad. Consciente de que en Hollywood nunca podría hacer un papel en el que no estuviera encasillada como actriz oriental, buscó en Europa en los años treinta, otras oportunidades, sobre todo en Inglaterra. Dominaba varias lenguas: inglés, francés, alemán.

            Volvió a Estados Unidos donde interpretó junto a Marlene Dietrich, Shangai Express. Fue considerada una de las mujeres más hermosas de su época -tenía las manos más bonitas del cine, según una revista de la época-, pero eso no le ayudó a encontrar papeles más atractivos. Una representación de cabaret la permitió viajar por el mundo, incluso a Australia. En sus últimos años, en la década de los cincuenta, trabajó en la televisión, en interpretaciones esporádicas.

            Tuvo muchas aventuras, pero nunca se casó. Lo pensó con Marshall Neilan, conocido director de la época muda. Las leyes lo impedían –él era blanco; ella, china-, por tanto, no lo llevaron a efecto.

            Resulta paradójico que ambos tuvieran problemas con el alcoholismo. Y, sin embargo, aunque aceleró sus tempranas muertes, la causa real –la que apareció en los certificados de defunción- no fue la cirrosis, en ninguno de los dos casos. A Neilan le diagnosticaron un cáncer de garganta; Anna falleció tras un ataque al corazón. Acababa de cumplir, un mes antes, los cincuenta y seis años, en febrero de 1961.

No tuvo hijos; sí, en cambio, su hermana y su hermano. En los periodos en los que volvía a California, tras sus numerosos viajes, traía regalos para toda la familia. Los colmaba de chucherías y afecto; primero, a sus sobrinos, y después, a los sobrinos-nietos que tuvo tiempo de conocer.

Trató a la madre de Xin Woo; Lee Woo tenía cuatro años, cuando Anna murió. Por supuesto, ella no recordaba casi nada de ella; sólo conserva una imagen, aunque tal vez sea imaginada –“a esa edad, ¡como voy a recordarlo! No es posible; me lo habré inventado”, decía a su hija, cada vez que se lo preguntaba-.

-Era una mano muy hermosa, fina, elegante, que me ofrecía un regalo. Y mientras abría el regalo, esa mano me acariciaba el pelo…

           

Xin Woo nació en San Francisco. Fue la primera hija del matrimonio formado por Wong y Lee –curiosamente, aunque sus apellidos variaban, estos también eran los nombres de sus tatarabuelos-.

            Los tiempos en los que se movió Xin Woo fueron muy diferentes a los de su tía-bisabuela –ignoro si existe este término, pero esta sería la relación familiar que mantenían; aunque para la familia era una de las bisabuelas-.

            Como sucedió con Anna y el cine, desde pequeña Xin Woo sintió una fuerte pasión por el baile al que dedicó muchísimas horas. Sus padres supieron protegerla y no permitieron que perdiera ni olvidara los juegos propios de la infancia, pero, si quería alcanzar un nivel alto, sabían que debía sacrificar una parte de esta.

            Pronto fue admitida en la prestigiosa Escuela de Arte de la ciudad, que le abriría las puertas del ballet de San Francisco, a la edad de diecinueve años, siendo una de las mujeres más jóvenes en ser admitida. En ese momento era solista Yuan Yuan Tan, que, aunque sólo les separaban ocho años, fue su maestra y compañera, apoyo fundamental en los momentos de duda y crisis. Había sido alumna de Pina Bausch y esa impronta la encontramos tanto en Yuan como en Xin Woo.

            Xin Woo tuvo un gran amor a lo largo de toda su vida; una mujer norteamericana llamada Lenny Randall. Trabajaba como ayudante de producción en la Opera de San Francisco. Aunque allí Xin Woo no hubiera tenido ningún problema en que se conociera esta relación, la mantuvo en secreto, porque no quería herir a sus padres, muy tradicionales, y que, a partir de cierta edad, no dejaban de insistirle que debía casarse con un hombre bueno y razonable. Xin Woo evitaba el tema, respondiendo que su trabajo era lo primero.

            Lenny Randall quería tener un hijo, pero era estéril. La inseminación artificial se presentaba como la mejor opción, pero Xin Woo dudaba. Cuando Xin Woo sustituyó a Yuan Yuan como primera solista en 2010, decidieron retrasarlo.

Lenny insistió, entonces, que no estaba a gusto, ocultando su relación a los ojos de todos, y quería que Xin se lo dijera a sus padres. Xin Woo sabía que para conservar junto a ella a Lenny, debía hacerlo. Respiró hondo, y dio el primer paso. Presentó a Lenny. La madre, Lee, enseguida, aceptó la relación que mantenían, pero su padre la rechazó. Se negó a hablar con su hija durante años.

            Xin Woo consiguió grandes éxitos en el panorama internacional. A los treinta y dos años, en 2017, se retiró del escenario. Había llegado el momento de tener un hijo. En tres años, fueron madres de dos niños, a los que llamaron, Anna –en honor de su bisabuela- y Peter –por el abuelo de Lenny-.

            El padre no es que aceptara con naturalidad la relación con Lenny, pero cogió afecto a sus nietos, y, de una manera u otra, acabó por consentir el vínculo entre ellas.

            Una visita a Hong Kong en esa época influyó de manera muy importante en los años posteriores de Xin. Descubrió un mundo lleno de posibilidades, aunque en ese momento, aún no se planteara dejar San Francisco. Eso llegaría más tarde.

            En el 2025 Lenny murió en un accidente de coche. Xin Woo se hundió en una fuerte depresión. Su padre había muerto un año antes. Sólo la ayuda de su madre y sus dos hijos le permitió salir del profundo pozo en el que se hallaba.

            Fue entonces cuando empezó a mantener contactos más intensos con Hong Kong, la patria de sus antepasados, aquella que abandonaron sobre 1850 para marchar a California y a la que ella regresaba casi dos siglos después, tras seis generaciones.

            Creó una nueva compañía y dedicó todo su esfuerzo a promocionar a bailarinas chinas –sobre todo a aquellas que tuvieran dificultades económicas, con la ayuda de becas- y difundir la pasión que sentía por el baile.

            Su hija fue su heredera; no sólo en el aspecto empresarial, años después. Sería una gran bailarina y participó en la década de los treinta y cuarenta del siglo XXI en numerosos musicales, alcanzando la categoría de estrella. Lo dejó y, a partir de ese momento, sustituyó a su madre en la organización y sostenimiento de la compañía. China -más preparada que Europa, en plena desintegración, y que Estados Unidos, encerrada en sí misma-, superó la crisis económica del 39 mucho mejor que sus rivales.
           
            Se cuenta que la noche antes de morir Xin Woo vio en un canal de televisión a su bisabuela, Anna May Wong, interpretar su papel en El ladrón de Bagdad. Era su película favorita.









OPUESTOS


RORY LONG
Pittsburgh, 1952-Laguna Beach, 2017.

BALDWIN ROCHA
Los Ángeles, 1992-Laguna Beach 2017

Rory Long era hijo de Marcus Long; discípulo de Charles Olson. Poeta. Un representante de la llamada poesía oral, bíblica, abierta… Predicador y fundador de varias Iglesias. Alcanzó cierta gloria literaria con un poema en el que aparecíz Leni Riefenstahl haciendo el amor con Jünger. Creía en la renovación de una nueva América. Viajaba a Italia muy a menudo. Decía que su ciudad preferida estaba en Sicilia; se llamaba Agrigento. Amaba esas piedras; más que a sus semejantes. En el último año de vida se destaca por su apoyo incondicional a Donald Trump. Ganó mucho dinero. Fama, abogados, contactos en el Senado y en la administración republicana. Una salud de hierro. En marzo de 2017, un mediodía, recibe dos disparos en la cabeza. El asesino se llamaba Baldwin Rocha y era un joven negro y anarquista.

Me crucé con Rory Long en los Ángeles, un día antes del asesinato. Hacía calor. La temperatura rondaba los treinta grados por el día; de noche, se suavizaba y no pasaba de los diez. En Sunset Boulevard a la altura del Vista Theater, esperaba en un paso de cebra a que el semáforo se pusiera en verde. Pensé, al principio, que el tipo era una estrella de cine, porque una pareja de mediana edad, a unos metros, lo saludó y entabló con él una breve conversación. Estaba claro que no se conocían y que la pareja –más incluso ella que él- admiraba a Rory Long, un tipo de sesenta años, obeso, de nariz afilada y rasgos muy marcados. Fue al día siguiente cuando supe su verdadera identidad.

El semáforo cambió de color. Rory Long prosiguió su camino. Giré la cabeza y me dispuse a cruzar al otro lado de la calle. Noté en ese momento un golpe en el hombro. Un chico negro, joven, de unos veintidós años, acababa de chocar conmigo. Era Baldwin Rocha.

No se disculpó. Ni se había fijado en mí; continuó su persecución, sin inmutarse. Ignoraba que este muchacho seguía desde hacía un par de semanas a Rory Long. Me fijé en algunos detalles de este chico, que luego pude recordar con claridad. Escondía las manos en los bolsillos de una sudadera. Llevaba pantalones vaqueros y una cadenita alrededor del cuello, tal vez un crucifijo. Su mirada estaba llena de odio.

Hijo de un viejo “pantera negra”, que conoció las cárceles y su represión. I`m not your nigger. Su padre James Rocha no se conformó con denunciar las condiciones en las que vivía su raza; fue mucho más lejos. Quiso demostrar que el verdadero enemigo del hombre negro es el capitalismo. Sus posiciones fueron criticadas por algunos de los suyos, aunque admiraran su coherencia. Cuando Baldwin tenía un año, su padre fue asesinado por un ultraderechista, afín a las tesis más radicales del partido conservador.

Su madre quiso proteger a su hijo; intentó evitar que acabara como su padre. Se alejó de los círculos políticos en los que se movía su marido, pero, aún así, cuando Baldwin creció, comenzó a preguntar a sus familiares por su progenitor. Y descubrió a un hombre al que podía admirar. Y a un enemigo al que deseaba eliminar.

A los dieciocho años, con todo, su plan no estaba más que insinuado en su cabeza. Entró en la universidad de Nueva York para estudiar ciencias políticas y filosofía. Se implicó en grupos de presión, participó en todas las movilizaciones de Occupy Wall Street. Estuvo en varias ocasiones en la cárcel. Quema de contenedores, uso de material inflamable, concentraciones ilegales fueron los motivos que adujeron para condenarlo a unos meses de prisión y trabajos para la comunidad.

Al terminar la carrera, buscó empleo en Harlem, sin conseguir que ninguno le durara más de un mes. Los grupos de lucha se fueron dispersando; Occupy Wall Street se transformó en un movimiento sin garra, pacifista. Baldwin propugnaba volver a la violencia como única forma de presión frente a unas multinacionales voraces y crueles. La revolución sería sangrienta o no existiría. Había que acabar con el capitalismo. No tuvo muchos adeptos. Fue aislado, incluso, entre sus propios compañeros. Sintió decepción, rabia, tristeza. Decidió regresar a Los Ángeles. Se apuntó a un curso en la UCLA.

En esas fechas, murió su madre. Era tal vez el único hilo que le mantenía cuerdo. A partir de ese momento, aseguran sus conocidos, entró en una fase diferente, se hundió en un bucle del que ya no saldría con vida.

            Encontró un chivo expiatorio para sus frustraciones y culpas: Rory Long. Era un nazi conocido en las altas esferas, que había sabido adaptarse a los nuevos tiempos. Rory esperó su oportunidad y favoreció la campaña de Trump. No dudaba –así se lo confió a los suyos- de que el tal Trump era un cantamañanas, un bocazas, pero, al mismo tiempo, fue consciente, casi desde el principio de la campaña presidencial –en enero del 2016- de dos claves. La primera es que Trump iba a ganar en las elecciones de noviembre de ese año; lo creyó antes de que lo pensara siquiera la mayor parte de su propio equipo de campaña. La segunda es que sería un hombre muy fácil de manipular y dirigir.

            Así que Rory Long apostó por Trump desde el primer momento. Se convirtió en su mayor valedor en California, aunque era consciente de que allí tendría pocas posibilidades, pero sus contactos en Texas o Florida, sabía que serían claves para su victoria, como así ocurrió.

            Trump se lo agradeció. Colocó a algunos de sus lugartenientes en puestos claves en Washington y desde allí, Rory Long comenzó a mover los hilos. En los pocos meses que disfrutó del gobierno de Trump, llegó a embolsarse con negocios de todo tipo –petróleo, inmobiliarias, gaseoductos- más de mil millones de dólares. Sus herederos supieron ocultar las huellas de estos negocios y aprovecharse de ellos en los años posteriores.

            Fue entonces, cuando se convirtió en el objetivo de Baldwin Rocha, mientras Rory Long blanqueaba su pasado. Aunque era anglosajón puro, su acendrado nazismo debía ser suavizado ante sus nuevos competidores; otros compañeros podrían abanderar, como así lo hicieron meses después en Charlottesville, su ideología; él, como hombre de negocios, moderó su discurso.

            Fue un plan medido, preparado durante meses. Baldwin hizo un seguimiento cuidado y minucioso de Rory Long. Se apartó de cualquier grupo que pudiera permitir un rastreo por parte del FBI. Se veía con muy pocos amigos; no contó hasta el último momento, unos minutos antes de cometer el crimen, el objetivo de sus desvelos. El plan perfecto de un suicida. No esperaba sobrevivir; no volvería a la cárcel. Moriría como su padre, pero esta vez, matando antes.

Rory Long se iba a reunir esa mañana, en la que se cruzó conmigo, con un importante empresario vinculado a Trump, cercano a la Cienciología, a unos pocos metros de su sede central, situada en la misma Sunset Boulevard. Al día siguiente, Rory había quedado con un amigo de ambos, en Laguna Beach. Siempre lo hacía; todos los miércoles a mediodía. Baldwin lo esperaba a unos pasos del restaurante donde solía comer; supo tras muchas dudas que ese era el lugar perfecto para cometer el crimen. Se acercó al famoso empresario y predicador y le descerrajó dos tiros en la cabeza.

Reconocí al joven con el que había chocado, cuando vi su foto en una gran pantalla de video en Union Station, al día siguiente, el jueves. Seguramente el martes también llevaría el revólver guardado en la chaqueta, pensé en ese momento. Un hombre de mediana edad tocaba en un piano de cola una melodía de Schubert. Eso escuchaba de fondo, mientras atendía a la noticia. Aseguraban los testigos que Baldwin no dejó de gritar mientras pateaba el cadáver de Rory Long: “Muerte a Trump, muerte al fascismo”. Cinco minutos después dos policías acabaron con la vida de Baldwin Rocha. Quince tiros. Rocha no disparó ninguna bala.

El jueves, cuando subí al tren de vuelta a San Francisco, noté en la estación más vigilancia. Algunos hablaron de terrorismo islámico, aunque no se encontraron vinculaciones de Rocha con ninguna organización de este tipo o su financiación. Era un joven estudiante de UCLA, obsesivo, sin amigos. Parecía un lobo solitario y encontró en Rory Long un objetivo: nazi, racista, defensor de los valores que él detestaba.

Trump habló de violencia y ataque a la democracia. Lo aprovechó e intentó impulsar su ley contra la inmigración ilegal, incrementó el gasto militar y su participación en Oriente Medio, con una presencia mayor en zonas como Afganistán o Irak, comenzó una campaña para bombardear Siria y aislar a Rusia, declaró que Jerusalén era la capital de Israel, despreciando a los palestinos, y dio los primeros pasos para rechazar el acuerdo de París sobre el cambio climático.

Hubo quienes convirtieron a Rocha en un héroe. Un mes después todo el mundo lo había olvidado. Atentados en Londres, Bélgica, Nueva York, Hamburgo, Barcelona. Guerra en Siria, Yemen, Irak, Afganistán. La gente tenía otros problemas a los que enfrentarse.

A los dos meses, levantaron un monolito conmemorativo en el lugar donde Rory Long fue asesinado. El dinero llegó –o eso se aseguró en algún medio de comunicación- de una de las empresas de Trump. Algunas mañanas el monumento suele aparecer con pintadas anarquistas o de ideología afín que desaparecen, eliminadas pulcramente por los servicios de limpieza, un par de horas después.







MENTIRAS DE FAMILIA


CARLO BOLLA
Verona, 1951-Cortina d’Ampezzo, 2028

            Los Bolla colgaron en su web oficial una fotografía de familia, hecha a principios de los años noventa. Allí está Sofía, la madre, en silla de ruedas; sus hijos, Giuseppe y Carlo y María Elena, y todos sus nietos, niños y adolescentes: Andrea, Mario, Marina, Carlota. Francesco, el abuelo, había muerto hacía más de diez años. Es Navidad. El salón está decorado, como cualquier otro de clase alta. Los adultos, en segunda fila; los niños y jóvenes, arrodillados, en la primera. La mamma, Sofía Bolla, en el centro, orgullosa de su prole, sonríe.

            Cuando la contemplo, no puedo olvidar todas las mentiras que oculta. Conozco sus secretos; son sonrisas de farsantes que no me engañan. Me pregunto si, en el fondo, ellos mismos creen, al hacerse esta fotografía, en sus embustes. Seguramente, así es.

            Hoy, Carlo Bolla, es un paria, despreciado por aquellos que le encumbraron o que se aprovecharon de su ascenso, pero Carlo fue un hombre importante, poderoso, amigo de políticos corruptos, fueran de la Democracia Cristiana o del Partido Socialista y, más tarde, del partido de Berlusconi o del centro izquierda del Partido Democrático. Su hijo ha heredado esos hilos y los sigue moviendo, tras haber apartado a su padre convenientemente. La herencia en Italia es una tradición consolidada. Se heredan los negocios, todos, aunque no sean legales. Se hereda el carácter, aunque suponga enterrar a tu propio padre. El apellido está por encima. Siempre.

            Carlo Bolla fue hijo de Francesco y Sofía. Francesco levantó junto a su hermano, Pietro, una importante empresa vinícola en la provincia del Véneto que llevó su apellido. Verona fue el centro de operaciones; era su pueblo, su gente. Los italianos son personas muy apegadas a la tierra, a los suyos. Es comprensible que los favoreciera desde el primer momento y que estos se lo agradecieran.

            Francesco y Pietro supieron desenvolverse muy bien. Ganaron mucho dinero. Sabían quién podía ayudarlos y quién no. Ese es el asunto más importante, si quieres que tu negocio funcione. Por supuesto, también trabajaron mucho e consiguieron la mejor uva de la región. Nadie se lo niega. Tampoco nadie niega que en los años sesenta y setenta explotaron a sus trabajadores, pagándoles mucho menos de lo que el convenio les prometía. Eran tiempos convulsos. La familia de Francesco estuvo en la lista negra del grupo terrorista de izquierdas, Brigadas Rojas. Los Bolla recibieron el apoyo de las autoridades. Se callaron bocas, las justas y necesarias. Con dinero o con una bala. Como ya he dicho, eran tiempos duros que requerían hombres a la altura.

            Mis padres trabajaron para los Bolla, o más bien, para la hermana de Sofía, cuidando a sus dos niños de ocho y seis años; vivían en la propiedad vecina a la que los Bolla tenían en la vía Valverde, a unos quinientos metros de la plaza del Anfiteatro. También se ocupaban de los herederos de Francesco, pero entre el año 69 al 71, en el que convivieron con la familia, Carlo ya era universitario y Giuseppe iba a serlo.

            Les pagaron en negro; todo el mundo lo hacía. Ni tenían seguridad social ni cobrarían futuras pensiones. ¿Quién piensa en ellas, cuando es joven? En los años noventa, mi padre exigiría compensaciones a la familia, pero, como no tenía pruebas, le dieron con la puerta en las narices. A esas alturas, Sofía era una mujer decrépita, en silla de ruedas. No reconocía a nadie o prefería “hacerse la tonta”, como me dijo él alguna vez, cuando habló de este asunto con nosotros. Muy lejanos eran los tiempos de bonanza de los Bolla; sin embargo, aún llegaría una época de triunfos para sus retoños, aunque la matriarca no llegara a disfrutarlo.

            Pietro falleció de un cáncer linfático en mayo del 72. No dejó herederos, por lo que Francesco asumió toda la responsabilidad, pero muchas cosas habían cambiado. Las grandes multinacionales, sobre todo las americanas, querían no sólo una porción del negocio en la distribución del vino en América; también deseaban convertirse en propietarias. Mientras vivió Francesco, lo impidió. A su muerte, tras un infarto, presionados por las deudas, cada vez más cuantiosas, sus hijos aceptaron la oferta de la empresa, con dos condiciones: que una parte de los dividendos pasaran a sus herederos, al ser socios minoritarios, y que el negocio continuara manteniendo el nombre de la familia, como así fue.

            Las vidas de los hermanos se separan durante los años siguientes. Supieron reciclarse. Giuseppe inició una aventura personal en la Toscana con un tipo de uva ecológica que, al principio, no le generó muchos beneficios. Fue constante y, con el tiempo, no sólo mejoró la calidad de su producto, sino que consiguió exportarlo fuera de Italia.

             Carlo marchó por otros derroteros. Aupado por las amistades de la familia y apoyándose en apuestas económicas muy arriesgadas, a principios del siglo XXI obtuvo grandes éxitos. El mayor de todos en octubre del 2015: se convirtió en el presidente del banco más importante en la región del Véneto.

             Era muy consciente de lo que había hecho para adquirir ese puesto de responsabilidad. Ahora todo el mundo lo sabe, pero entonces, el hombre sonriente, el que estrechaba la mano de políticos, empresarios, autoridades internacionales o besaba la del Papa Benedicto o la de su sucesor, Francisco, el que recibía los parabienes de los medios de comunicación que le convertían en el modelo de empresario, reflejo y émulo de triunfadores, hombre hecho a sí mismo, era también el que firmaba los cheques sin fondo, el que mantenía conversaciones con políticos corruptos para construir unos apartamentos en espacios protegidos, quemados convenientemente en el verano anterior, el hombre que hacía callar a todo aquel que pudiera amenazar su imperio, dejándole sin trabajo o apartándole de la vida pública, el que “untaba” a senadores de Berlusconi o del partido de Renzi o los de la Liga Norte y esa misma noche, llegaba a acuerdos con abogados, vinculados a la mafia.

            Eran los tiempos de esa fotografía. María Elena, la hermana, la colocó en la portada de su libro, libro en el que los Bolla eran alabados, ensalzados. Hay también un ligero perfume de nostalgia entre sus páginas. Bien es cierto que la escribió “un negro”, pero María Elena se encargó de revisarlo y, como todos sabemos, es en los detalles, donde el autor deja su impronta, aunque no haya escrito ni una sola línea y sólo se encargue de firmar el material.

            Por supuesto, en esta biografía familiar, no se comentaban los asuntos turbios, que muchos en Verona conocían, aunque pocos se atrevían a mencionar. Las redes de Carlo, sus ramificaciones podían acabar con tu carrera, fuera política, empresarial o periodística.

            Nada se decía de los “cuernos” que Carlo y Giuseppe ponían a sus esposas –aunque la cónyuge de Giuseppe hacía lo propio con un joven jinete, ganador de medallas olímpicas,- ni se mencionaban los accidentes y las visitas a la comisaría que el hijo menor, Mario, había perpetrado en esos mismos años. Se pagaba a las víctimas y estas callaban. El dinero lo ocultaba todo. Tenían a una nómina de periodistas a su servicio en el Véneto, a los que llamaban, los Bolliconi.

            Eran tiempos de vacas gordas. Al año de la publicación del libro, en el 2010, Carlo y Giuseppe Colta, recuperaron el negocio familiar. La posición de Carlo y el dinero de ambos, junto a los contactos que mantenían con las autoridades de Roma, hicieron el resto.

            Fueron dos décadas prodigiosas. El dinero y las influencias llovían a espuertas. La crisis financiera no les afectó; más bien, al contrario, la familia aumentó sus beneficios. Italia llegaba a acuerdos con Bruselas y el FMI. Berlusconi, en coalición con Forza Italia, regresaba por sus fueros. Y si era necesario pactar con los “radicales” del Movimiento Cinco Estrellas también se hacía; sin que nadie lo notara, por supuesto.

El mundo seguía girando y las mismas familias controlaban el negocio, utilizando incluso, como en los viejos tiempos, matrimonios entre sus hijos, como ocurrió en mayo del 2017 con Mario que, trasformado en un buen chico, se casó con Eleonora, la primogénita del máximo responsable de los Carabineros en la región. Como siempre había sido, como siempre sería.

            Sin embargo, en 2022, alguien filtró una serie de datos que poco a poco fueron extendiéndose como la brea. Eran conocidos en la red, en medios independientes, pero nadie los había tenido en cuenta. Sólo cuando apareció en un gran medio nacional, Carlo supo que iban a por él. Nunca descubrió al responsable de esas filtraciones. En alguna ocasión, sospechó de su hermano; incluso de su propio hijo. Lo descartó. Ellos se aprovecharon, sin duda, pero debió de ser alguien que estuviera fuera de la familia. Alguien que lo aupó y le hizo caer, cuando decidió que podía ser peligroso para sus intereses. Había demasiada mierda que barrer. Era un hombre viejo y corrupto; necesitaban “carne fresca y limpia”. Ocurre en muchas familias, también en algunas monarquías o en partidos políticos, como bien saben los españoles.

            Las acusaciones son conocidas por todos: un caso de corrupción en la Banca que él preside y explotación laboral de inmigrantes. El primero le obligó a dimitir de su puesto de privilegio; el segundo, le apartó del negocio familiar y estuvo a punto de arrastrarlo a la cárcel. Su dimisión coincidió con el comienzo de la grave crisis financiera y política que afectó a Italia y Europa a lo largo de esa década, y que, como todos sabemos, acabó con la Unión Europea, al menos, con el modelo económico y mercantil que se había construido desde el pasado siglo. Aunque esa es otra historia.

            Su hermano asumió el control de la compañía, aunque fue su hijo, Mario, el chico conflictivo, al que salvó varias veces de la cárcel, el que acabaría por dirigir el negocio en las dos décadas siguientes.

            Carlo fue elegante en la derrota. Le diagnosticaron, por entonces, un cáncer de pulmón. Se apartó. Vivió lejos, en Cortina d´Ampezzo, en una finca, la misma en la que mis padres trabajaron y cuidaron a sus primos.

            Escribió en sus últimos años una biografía cruel, despiadada, un envés, un negativo de la que dos décadas antes había escrito su hermana. En ella no deja títere con cabeza. Ni siquiera su hermano ni su hijo quedan bien parados. Ya no tenía nada que perder. Aunque intentaron impedir su publicación, fue un gran éxito de ventas, cuyas ganancias decidió donar a la Santa Iglesia Católica, por el perdón de sus numerosos pecados, como él mismo afirmaba.

            A pesar de los dolores intensos de su último año de vida –dicen que sólo quedaban de él huesos, tras los intentos de alargarle la vida con quimioterapia y transfusiones- saboreó los frutos de su venganza.

            Expiró un día de octubre del 2028. La lluvia arrasaba los campos. Pronto llegarían a los Alpes las primeras nieves.

           

































APEGADA A LA TIERRA


ANNA POZZANA MATTOLINI
Nápoles, 1955-Paestum, 2035

            Anna, napolitana del barrio histórico de San Ferdinando, aunque naciera y viviera durante sus primeros años en una de las ciudades más caóticas y ruidosas de Italia, sintió desde pequeña un vínculo especial con la tierra. Esto sólo se explica porque en su infancia pasaba los veranos en el pueblo de su abuela materna, Francesca. Esta población se encontraba muy cerca de Amalfi, a escasos diez kilómetros.

            Anna nunca podrá olvidar ese lugar, clavado en su memoria. Campos de naranjos y limones, terrazas de vides, huertos que aprovechan la pendiente y miran, al mismo tiempo, al mar y la montaña. El espacio desde los años sesenta ha cambiado, pero esa imagen no la ha olvidado. Sabe que será la última que tenga, cuando deje de recordar, cuando muera.

            Sus padres eran respetables y buena gente. Tenían un restaurante en el casco viejo; era la trattoria El rayo del sol, y, según cuentan, hacían la mejor pizza de Nápoles. Sus hijos, Anna y Cósimo, aprendieron las artes culinarias en este local. En los setenta era un negocio popular que salía a flote –aunque tuvieran que pagar el impuesto de protección a la mafia-; posteriormente, Cósimo asumió el mando. Perdió parte de su encanto, transformándose en un restaurante de cinco estrellas, con una cocina dirigida a turistas o a napolitanos que tuvieran mayor nivel adquisitivo. En esa etapa Anna ya había abandonado Nápoles.

            Fue a principios de los setenta, a los quince o dieciséis años, cuando conoció al que sería su marido, Giorgio. Otro hombre, apegado a la tierra como ella. En este caso, todavía mucho más, porque trabajaba en la de sus padres y para las multinacionales o latifundistas de la zona –muchos de ellos, conocidos mafiosos; antes de que se centraran en otros negocios más lucrativos, como el de las drogas-. Ambos sabían que si querían hacer realidad su sueño -tener un trozo de tierra que pudieran trabajar como quisieran y que les permitiera tener unos recursos aceptables-, necesitaban partir con una suma de dinero más grande de la que podrían obtener en Italia. Tomaron la decisión de marcharse al extranjero, aunque fuera sólo durante un periodo corto de tiempo.

            A los veinte años, en septiembre de 1975, y por mediación de unos amigos que tenían un restaurante italiano, en los Alpes franceses, en Sallanches, entre el Mont Blanc y el lago de Annecy, comenzaron su aventura. En esos tiempos había una amplia y bien asentada comunidad de inmigrantes, mayoritariamente italianos, portugueses y españoles. Sus clientes eran suizos y franceses y algún turista alemán o italiano. Se adaptaron a sus costumbres, aunque echaban de menos las de su tierra natal. Aprendieron aspectos básicos como la adquisición de los ingredientes adecuados, la importancia de los huertos ecológicos, la preparación del material y el trato con el cliente, que más tarde introducirían en su propio negocio. Los dos tuvieron claro que este sólo sería un primer paso. El objetivo final era volver a Italia y dedicarse al trabajo de la tierra, la suya.

            Ese momento llegó en la década de los ochenta. Muchos de sus amigos y familiares se quedaron allí, en Francia, y aún siguen visitándolos de vez en cuando. Ellos regresaron. No eran tiempos fáciles. La crisis del petróleo no ayudó. Tampoco el cambio de tendencia; muchos pequeños y medianos propietarios tuvieron que vender sus tierras, en ese momento, a grandes multinacionales o empresas, favorecidas por grupos mafiosos más o menos conocidos, que, como ya he comentado, durante las siguiente dos décadas convirtieron terrenos de cultivo familiares en amplios e infinitos invernaderos, donde contrataban a los hijos de esos antiguos propietarios. Ni Francesco ni Anna se arredraron. No habían trabajado más de diez años en el extranjero para rendirse ante los primeros inconvenientes. Mucho antes de que se pusiera de moda, se esforzaron en levantar un pequeño huerto ecológico, un restaurante y un terreno en el que pudieran cultivar alimentos básicos.

            Mientras tanto, Anna se quedó embarazada en dos ocasiones. Un niño y una niña: Francesco y Francesca. Francesco, cuando creció, trabajaba en los invernaderos, pero también ayudaba en el terreno familiar. Francesca estudió agronomía. Estaba claro que habían heredado de sus progenitores la pasión por la tierra.

            En los invernaderos se apostaba por verduras –sobre todo el tomate y la lechuga- y por frutas, fuera de temporada -como el mango, la lima, el kiwi, o menos exóticas, como la uva, la manzana, la naranja o el limón- y, tras recogerlas, se exportaban a los países del Norte de Europa. Sin embargo, ningún producto era más valorado que la mozzarella de búfala. Nadie podía competir con los precios de estas multinacionales, así que sólo quedaba trabajar para ellos y dedicar el resto del tiempo a consolidar un negocio pequeño, buscando un tipo de cliente diferente, más exigente y respetuoso con el medio ambiente. Fue una labor ardua, pero a finales de los noventa, tras momentos en que estuvieron a punto de tirar la toalla, las modas cambiaron, lo ecológico –como forma de vida- comenzó a encontrar su espacio en la economía de mercado –aunque fuera reducido- y Giorgio y Anna pudieron mantenerse.

            Habían elegido una zona cuya tierra es rica. Siempre lo ha sido. Podían ver a lo lejos el Vesuvio, aunque es cierto que estaban a la suficiente distancia para que la larga mano de los intereses urbanísticos no les afectara tanto. Giorgio había comprado un terreno a las afueras de Paestum, entre las montañas y las ruinas de los templos, una tierra fértil, bien alimentada por riachuelos, que bajaban repletos de agua en primavera y que nunca se secaban.

            Sólo abrían el restaurante en verano –el resto del año hubiera sido una pérdida de tiempo y dinero- y apostaban por una comida popular y sencilla –la misma que hacían los padres de Anna-. Consiguieron una clientela fija y fiel. Además, Anna convenció a Giorgio para acoger a lo largo del año –sobre todo en primavera, verano y otoño- a parejas o familias de turistas que visitaban Paestum por los templos o la playa. Para ello acondicionó dos casetas y las transformó en habitaciones con sus respectivos baños. Estuve en uno de aquellos habitáculos a finales de abril del 2017.

Las personas alojadas fueron una buena fuente de ingresos. Giorgio los trataba poco; era un hombre más seco y adusto. Anna, en cambio, era una gran anfitriona y le gustaba hablar con ellos y conocer sus historias y saber de sus experiencias vitales.

            Era un matrimonio feliz. Por la mañana se levantaban temprano. El hijo y la hija se marchaban a sus respectivos trabajos –él, cerca de Salerno; ella, en Nápoles-; Giorgio, se encargaba de alimentar a los animales –gallinas, cabras, cerdos, al que se añadían dos perros y varios gatos- y roturar el trozo de tierra o cuidar del huerto ecológico. Anna se ocupaba de sus clientes –preparando el desayuno o limpiando las habitaciones-. Por las tardes, en verano, todos colaboraban en el restaurante, que, sobre todo, los fines de semana, se llenaba. Los inviernos eran más aburridos y menos productivos, pero siempre encontraban alguna tarea que hacer.

            No buscaban nada más, ni deseaban otra cosa que disfrutar de su tierra y de la vida que habían elegido. Visitaban a sus amigos de Francia o a sus familiares de Nápoles. Era una vida tranquila. Llegaron los nietos. Francesco vivía en una finca vecina con su mujer y sus hijos. Francesca se movía entre Nápoles y Paestum; no tenía pareja y tampoco deseaba hijos.

            Francesco falleció en el 2030. Anna le echó de menos, pero no por ello, dejó su tierra. No estaba dispuesta a morir en una residencia de ancianos. Y así fue. En el 2035 enfermó gravemente. Pidió a sus hijos que no la llevaran a un hospital. Y murió en su cama, cerca de su huerto, sus animales, sus plantas, una mañana de otoño.


                                                                                         

















REGINA

REGINA SOLERA PÉREZ
Tarancón, 1917-Gandía, 2010

            Hija de Alejandro Caballero y Fernanda Pérez, Regina fue la quinta de nueve hermanos. De los primeros años en Tarancón no recordaba nada. Alguna imagen suelta, que tal vez confundía con otras más tardías, en las mismas calles o casas. En 1921 la familia se trasladó a una casilla de Huelves; el padre, peón caminero, trabajaba por los alrededores.

Y es entonces, cuando ella tendría cinco, seis años, es allí, a ese momento, a ese lugar al que vuelve al final de su vida. Imágenes de felicidad, pobreza compartida, idealizada. Todos jóvenes, juntos, unidos. Le venía a la mente como un flash la imagen de la carretera. Riánsares, Víctor, Severiano y ella jugaban a unos metros de una casilla, que no tenía ni agua, ni luz, ni electricidad. Su madre los llamaba la atención para que no se acercaran demasiado al camino, cuando pasaba un carro o algún vehículo. En ese momento, no dejaba de ser un proyecto, un esbozo de lo que sería la A-40 o la nacional 400. Jugaban con alguna pepona, muñecas de porcelana o de cartón. Regina recordaba un pequeño huerto donde plantaban lechugas o tomates.

            Se lavaban en cubos de agua, traídos del pozo. No tenían retrete. Hacían sus necesidades a unos metros, en el campo, en un diminuto cubículo de madera. Se quitaban los piojos y las liendres con paciencia. Se sentaban en una silla y la madre o la hermana, por detrás, iba cogiéndolas una a una y aplastándolas, a continuación, con el dedo gordo.

            Los niños no veían a su padre en todo el día. Su madre, cuando podía, le llevaba la comida al marido. Cuando Alejandro volvía del trabajo, montado en bici, si le trasladaban a unos cuantos kilómetros, o a pie, si estaba cerca, solía traerles, dependiendo de la temporada, nueces, higos o almendras, estrujados en la cartera.

Mi bisabuelo se ocupaba de limpiar las cunetas y de apartar a un lado la vegetación o malezas que estorbaran en el tramo que le asignaban. Entonces, las carreteras estaban hechas de piedra machacada o piedra caliza, que en el caso de Cuenca llegaban de zonas limítrofes como el Cerro Molino, Fuente Pinilla, Cepo Negro, Monte Aragón y para el recebo, es decir, lo que servía para igualar el firme, utilizaban piedra sílice, generalmente de El Cantorral, Magadallano y Cepo Negro. Las dimensiones de la piedra debían ser de entre cinco y ocho centímetros para la caliza y de tres a cuatro para la sílice. El contratista tenía entre tres y cuatro años para terminar el tramo. El agua para todas estas obras venía del río Giguela, Fuente de Uclés y el Arroyo.

Los peones camineros debían, además, arreglar cualquier tipo de desperfecto, fueran hoyos o socavones, que rellenaban con arena o cantos rodados. A su disposición tenían un pico, una azada y un cesto de mimbre para las tareas de mantenimiento. Les asignaban, generalmente, un tramo de entre cuatro a ocho kilómetros. Su labor era dura: “desde que salga el sol hasta que se ponga, se decía.

Cuando terminaban de comer, a media tarde, los niños se ponían a estudiar. Aprendían a leer y a escribir. Su madre les solía ayudar en las tareas. O su padre, después de cenar. Les enseñaban también los números romanos, a sumar y a restar, los días de la semana, los meses del año, los nombres de los dedos de la mano…

Regina me dijo que por las noches cenaban todos juntos. En familia. La emocionaba verlos otra vez, aunque sólo fuera en el recuerdo. En silencio, sin rechistar. Si no se portaban bien en la mesa, recibían un sopapo o una colleja. El padre era muy estricto. Eran otros tiempos”, me confesó, “recibíamos una educación diferente; tratábamos de Usted a los padres, no como ahora…

Todos comían de la misma olla. Recordaba la alimentación: patatas, algo de verdura, gachas, una hogaza de pan. Otras veces, ensalada con tomate, fruta, pan, caldo, potaje, con suerte. Escasa carne y pescado… “agua y… a dormir”, como se decía. Echaba de menos las patatas guisadas. No tendrían más que unos platos y cucharas. Algunas sillas o un banco de piedra corrido, alrededor de la mesa de madera. Y llevarían ropa con decenas de costurones y descolorida a causa del uso y el paso del tiempo.

Los hermanos solían dormir juntos en la misma cama. Ella, con Riánsares. Regina recordaba como a veces escuchaba a un ratoncito por las noches. Roía el serrín de la madera. A la mañana siguiente había desaparecido. Pensaba en el ratoncito Pérez, el que dejaba regalos a cambio de un diente de leche.

María, su sobrina, mi madre, años después, me tranquilizaba, cuando yo perdía uno de estos dientes, con esta historia infantil. Me dormía, entonces, ilusionado, y a la mañana siguiente, en lugar del diente, encontraba siempre un dulce o un chocolate del mismo tamaño.

A finales del 1923 y principios del 1924 volvieron a Tarancón. Allí pasó el resto de su infancia en la calle Marqués de Remisa, en el número 21. El sueldo del cabeza de familia facilitó que pudieran comprar un patio, a unos metros de la casa familiar, en el que tendrían algún burro, conejos, cerdos. Allí se llevarían a cabo muchas comidas familiares. Iban al cine; veían películas mudas, los domingos por la tarde, sobre todo las de Chaplin. Trabajaban como costureras en los días de diario.

La llegada de la República supondría en Tarancón para miles de personas, como en muchas zonas agrícolas, una esperanza de que hubiera repartos de tierra más justos. No sería hasta bien entrada la guerra civil cuando se produjo una colectivización de las propiedades con una evidente fecha de caducidad.

En el 1936 Regina tenía dieciocho años. Trabajaba por entonces en alguna fábrica textil o en telares privados o familiares. La parte más cuantiosa de lo que llegaba a la familia lo traían el padre y el tercer hijo, Alejandro, como jornalero. Los dos mayores ese año ya vivían lejos de Tarancón. La mayor, Críspula, en Madrid. El segundo, Víctor, mi abuelo, en Barcelona.

El estallido del conflicto coincidió con ese momento en que los hijos empiezan a salir del cascarón familiar y buscan su propio camino. Regina fue al frente de Teruel, nada más empezar la guerra. Marchó con milicias anarquistas a la sierra, al límite entre Teruel y Guadalajara, a la zona de Valdemeca; querían evitar que bajaran los nacionales desde allí. Es posible, que ella fuera, como apoyo, en calidad de enfermera.

Regina ayudó desde el principio en los hospitales de la zona. Hizo “labores de campo”, y algo de propaganda, aunque no mucha, pero, sobre todo, curó a cientos de soldados heridos. Intentó hacer cursillos y obtener la titulación necesaria para hacer realidad su sueño: ser enfermera. Le gustaba, como ella apuntó en un informe oficial, “el trabajo sanitario”. En el verano del 1938 con la ayuda económica que le proporcionaba su afiliación al partido comunista –desde finales del 37- fue a Cuenca para obtener una acreditación oficial y sacarse la educación primaria. No era buena estudiante, pero se esforzó. Tampoco las circunstancias económicas y sociales que vendrían en los años posteriores, le ayudarían. Sería un sueño frustrado.

El final de la guerra la obligó a buscar un trabajo en Madrid. Quedarse en Tarancón, por otros motivos, -aunque su implicación política no había pasado de colaboraciones puntuales, las rencillas personales podían acabar señalándola- sería peligroso, así que Madrid fue el siguiente paso. No sólo para ella, sino para miles de hombres y mujeres: instinto de supervivencia en unos tiempos muy duros. Allí, en Madrid, vivía su hermana Críspula y la acogió en su casa junto a sus hijas Valentina y María y su marido. A Regina no le fue difícil encontrar un puesto de sirvienta. Críspula conocía a mucha gente y vivía en el centro de la capital, en la calle Velázquez, en pleno barrio de Serrano.

La vida de Regina cambió, cuando conoció a José Sinde Gómez y se enamoró de  él. ¿Cómo contar una historia de amor trágica? No lo sé. A lo mejor basta hacerlo de manera sencilla, con los datos en la mano. Sí, así será suficiente.

Los Sinde, los tíos de Pepe, vivían desde finales de los años veinte en el bajo de la calle Velázquez, en el número 26. Los Solera, Críspula y su familia, en el ático, desde los años treinta. Dos nuevos inquilinos ocuparon las viviendas a partir de la caída de la República, en abril del 39: Regina y Pepe.
Saludos, sonrisas amables, educadas. Los Sinde y los Daguerre-Solera habían sido vecinos durante más de una década y ninguno de ellos se había involucrado durante la guerra en organizaciones políticas, sindicales o tenía delitos de sangre; así que su relación sería respetuosa y cordial. Pepe tenía su encanto; era simpático y bondadoso. También terco, riguroso, perfeccionista y obsesivo. Por otro lado, no era tímido ni seco de trato; más bien, todo lo contrario. El carácter de Regina, en ese tiempo, aún sería el de una jovencita algo ingenua. No tendría la dureza que observo más adelante en otras fotografías. Aunque eso sí, no dudo que, como todos los Solera, no daría su brazo a torcer en ningún momento. Eran fuertes, independientes y muy testarudos y lo siguen siendo, con pocas excepciones.
Al principio, holas y adioses; después, conversaciones más largas. Hablarían de la familia, del trabajo. Él le hablaría de su Galicia natal; ella, de Tarancón. Seguramente todo esto en la portería, delante de su tío o de Críspula, que estarían atentos a todos los detalles o gestos de los dos jóvenes.
Pasaron meses hasta que Regina dio el sí a una primera cita. Pepe se lo plantearía una tarde, al volver del trabajo. Regina lo hablaría con su hermana esa misma noche. La tarde del domingo doce de noviembre de 1939 fue “la primera salida con Regi”. Así lo escribió Pepe en un trozo de papel. Un paseo por el Retiro. ¿Se subirían a la barca del lago? ¿La invitaría a algún dulce o a castañas asadas? Chocolate caliente. Sí, seguramente. Aún no se cogerían de la mano. Críspula estaría allí con las niñas, seguramente, ojo avizor.
Un día de otoño en Madrid. Los conozco. La luz tiene un pálpito especial. Las hojas del Retiro han cambiado de color. Muchas de ellas ya se encuentran en el suelo. El barrendero se encarga de limpiar a primera hora de la mañana toda la hojarasca. La temperatura no superará los diez grados; no hace mucho frío. Aún así, es conveniente llevar un abrigo. Un mal resfriado o una pulmonía en estos tiempos, cuando las vacunas escasean o alcanzan precios desorbitados en el mercado del estraperlo pueden ser muy peligrosos. La simpatía del chico, la vitalidad de Regina. Nacía una historia de amor. Como tantas otras. Todos querían olvidar la guerra, que la vida continuara…
Llegó el diez de febrero. Un sábado. Eran las seis de la tarde y treinta minutos. A esa hora, seguramente, Pepe y Regina volvían del Retiro. Tal vez los acompañaran Críspula y sus dos hijas. No hay constancia oficial, pero estoy seguro de que fue detenido delante del portal. Es posible que su tío le señalara al policía, Don Domiciano Valle, quién era su sobrino. Críspula apartaría a las niñas y se las llevaría dentro. José Sinde no intentó escapar; esperaba este momento. Regina no sabría qué hacer. Pepe intentaría tranquilizarla, le diría que todo se solucionaría.
El número de presos a lo largo de 1940 superó los tres mil. Una epidemia de tifus exantemático, transmitida por los piojos, se extendió en el invierno de ese año por la cárcel. Fue necesario reubicar a los penados en los centros de internamiento de otras provincias. En cualquier momento podía llegar la orden de traslado. Pepe lo sabía. Eso le alejaría de Regina.
Ella le visitaba casi todos los días, en los meses que Pepe estuvo en la cárcel de Santa Rita. ¿Cómo serían esas visitas? Entre rejas, trayéndole mantas, ropa, comida. Quizá se pudieran tocar, cogerse de la mano. Palabras de consuelo. Promesas en las que se hablaba de esperar, de tener paciencia y valor.
En noviembre de 1940, fue llevado lejos, a cientos de kilómetros de Regina, a la cárcel del Dueso, en la provincia de Santander. Allí permaneció dos años y medio hasta que el catorce de mayo de 1943 fue trasladado de nuevo a Santa Rita. Veintisiete de enero de 1944. Se le concede la libertad condicional. Se domicilia en la calle Velázquez, número 26, en el sotabanco.
Pepe tenía a Regina, afortunadamente. Regina trabajaba como sirvienta. Críspula y Juan lo acogieron en su casa. Ellos serían su nueva familia. Su felicidad fue corta; Pepe estaba muy enfermo. José Sinde Gómez fue ingresado el martes doce de junio del 45, sobre las dos de la tarde. Fue colocado en la sala diez, cama nueve.
Escribió una carta de amor a lápiz, en sucio, carta que debió leer Regina.
“…solo estoy con mi conciencia y, una vez más, hecho el examen de conciencia deduzco lo que sigue: que mi amor por Regi es noble y puro; que su vida es la mía; que mi corazón jamás latirá por ninguna otra mujer; que su felicidad será la mía; que si su amor me fallara, mi vida terminaría al día siguiente; que jamás podré ser feliz si tú estás triste; en fin, que prefiero la muerte mas cruel a la pérdida de su amorHoy, cuando mi salud falla y temo no recuperarla, juro que si mi vida se extingue, no así ocurra a mi amor y con un solo pensamiento bajaré a la tumba: Regi, mi amor y mi vida.”
José Sinde Gómez fallece a las cuatro de la tarde del martes diecinueve de junio de 1945 a la edad de veintiocho años. Regina se ocupó de adecentarlo un poco, limpiarlo, lavarlo. Cuando alguien se muere, suelta todos los gases, la orina, los excrementos. Es una tarea ingrata. Quiso encargarse ella sola, sin ayuda de las monjas. Ya lo había hecho antes, muchas veces durante la guerra civil, con los soldados que morían desangrados o por infecciones en el Hospitalillo de Tarancón.
Pepe fue enterrado, de manera provisional, según se puede leer en un documento oficial, el veinte de junio de 1945. Ahora, allí, hay un montículo de tierra, sin nombre. Es un lugar melancólico con lápidas de más de cien años. La maleza, la hierba, el moho han devorado la piedra y el mármol. Esas son las marcas que deja el tiempo. El dieciséis de abril de 1956 sus restos acabaron en una fosa común.
La vida de Regina no acabó aquí. Vivió sesenta años más.
Siguió trabajando de sirvienta; entre sus señores tuvo a la familia de los Borbones. Contaba que alguna vez dio de desayunar al que sería luego el rey Juan Carlos. Era una monárquica convencida. Recuerdo los cientos de revistas y recortes que tenía en su casa, en los que aparecían las bodas, bautizos y comuniones de los reyes y sus hijos. Mi madre heredó este vicio.
En 1946 los juzgados especiales para la represión de la masonería y del comunismo, buscando entre papeles, encuentran datos sobre las actividades de Regina en la guerra civil. En marzo del 46, como ocurrió con Pepe en 1940, estaban muy interesados en descubrir su paradero. Sin embargo, en junio, de repente, todo el procedimiento es archivado. ¿Qué sucedió? Creo que un fiscal del Tribunal Supremo, José González Donoso, para el que trabajaba como sirvienta por esas fechas, tomó cartas en el asunto y presionó para que Regina no fuera a la cárcel. ¿Por qué lo hizo? Nunca lo sabremos. Pudo ser para no comprometerse –era un alto cargo y tenía desde hacía varios años a Regina-, que lo considerara innecesario –ella no tuvo ninguna implicación política desde la guerra civil- o tal vez porque pensara que Regina ya había sufrido suficiente.
Gracias a sus contactos, consiguió en los años sesenta, seguramente en el verano del 64 –conservo un carné fechado en julio-, un puesto de portera en el centro de Madrid, muy cerca de la calle Hortaleza, a unos minutos de la Gran Vía. Se asentó en la capital, pero no olvidó sus raíces. Volvía frecuentemente a Tarancón para visitar a sus hermanos; sobre todo a Riánsares y a Rosa.
Regina no pudo tener hijos, aunque los deseó y mucho. Su última oportunidad llegó con Ángel. Era taxista. Se casaron el 3 de octubre de 1957; Regina iba a cumplir en ese mismo mes de noviembre los cuarenta años. Acto desesperado, inútil. Demasiado tarde. El sueño no se hará realidad. Me hablaron de dos abortos naturales. A los pocos meses de embarazo, en ambos casos. Vientre vacío, muerto. Aceptación. No los tendrá. No habrá maternidad. Con Pepe podría haber sido, pero él murió. Pudo ser. No fue. Olvidemos. Sigamos hacia delante.
La relación con Ángel debió deteriorarse. Ángel buscó a una mujer más joven. Y esta sí le dio un niño. Todo ha terminado cuando Regina decide volver a trabajar como portera. Busca su espacio. Ángel ya es pasado. Aunque no podían divorciarse legalmente, -esa hipocresía de la España franquista, alimentada por una moralidad enfermiza; estaban separados, pero legalmente seguían casados- a finales de los sesenta, cada uno tomó su propio camino.
Cuando venía de la casa de Críspula, que todavía vivía en la calle Velázquez, e iba a su trabajo, se solía bajar en la estación de metro más cercana, la de José Antonio, la actual Gran Vía. El taquillero con el que coincidía se llamaba José Luis. Era un hombre atrevido, agradable, de constitución fuerte y robusta. La piropeaba como se hacía entonces –a veces, con poco tacto-, y le propuso salir juntos. Había un problema; él estaba casado. Su mujer, muy enferma.
Regina buscó consejo, como siempre, en Críspula. Le confesó a su hermana que le gustaba, le parecía atractivo, pero que no le agradaba demasiado la idea de ser una amante o un lío pasajero. Y empezaba a agobiarle la insistencia de José Luis. Críspula escuchó. Y al día siguiente bajó a la calle, se dirigió a la estación de metro, preguntó por José Luis y habló seriamente con él. Fue una conversación en la que Críspula le dejó las cosas claras. José Luis se apartó. Cuando murió su esposa, meses después, José Luis volvió a hablar con Regina. Encontró a una confidente. Y a los pocos meses volvió a proponerle otra cita. Esta vez no había ningún impedimento. Aceptó.

Cuando el hijo de José Luis, José, se independizó, y los dos se jubilaron, Regina se fue a vivir a la casa de él. Mis padres, mi hermano y yo, los días de fiesta y muchos fines de semana, íbamos a su casa de la calle de Dr. Esquerdo. Además, pasábamos juntos los veranos en Gandía. En una ocasión, después de comer, José Luis llamó a mi hermano.

-¡Ven aquí, Raúl! Te voy a enseñar una cosa.

José Luis estaba sentado en una hamaca de la terraza; desde allí se veía la primera línea de playa. Tenía un periódico en las manos.

-¿Qué crees que es verdad en este periódico?

Raúl lo miró; le dijo, sin mucha convicción que las noticias internacionales, las de deportes, sociedad…

-No. Lo único verdadero es esto –y señaló la fecha del periódico-. Y ni siquiera estoy seguro. Todo lo que cuentan es mentira.

Pasaron los años. Regina y José Luis fueron felices, en una vejez tranquila, sin sobresaltos, hasta que él, cuando llegó a los ochenta y cinco años, empezó a abandonarse. Un día volvió de su paseo por el Retiro. Le dijo a Regina que ya no saldría más. Y cumplió su promesa. Después, dejó de hablar, de recordar. Se convirtió en un cadáver ambulante que Regina intentaba desesperadamente mantener con vida.

José Luis murió en su cama, junto a Regina. Ella me contó que esa noche lo habían traído de una residencia -a donde lo habían trasladado un mes antes para cuidarle mejor- y que ya estaba muerto o muriéndose, cuando lo dejaron en su cama; que de noche sintió que su cuerpo se había enfriado.

Ocurrió en la mañana del 8 de julio del 2006. Regina se ocupó de adecentarlo un poco, lavarlo, limpiarlo. Había soltado todos los gases, la orina, los excrementos. Es una tarea ingrata. Lo hizo ella sola. Otra vez. Hubo que abrir todas las puertas para que el olor a podredumbre y muerte –agrio, irritante- desapareciera. Cuando levantaron el cadáver, Regina lo abrazó. Y lloró.
En cuanto José Luis murió, a los seis meses, fue incapaz de valerse por sí misma. Dejó de cocinar y limpiar la casa. Estaba agotada, cansada, desconectada del mundo. Ya no podía más. Ella también se había rendido… Perdió la memoria.

Cuando mi madre y yo la visitábamos en la residencia donde fue ingresada –al no poder ya mi madre ocuparse de ella-, siempre nos confundía con sus hermanos, con Riánsares, Saturnino, Rosa, o se preguntaba, de repente, por qué no la llamaban sus padres; se obsesionaba con personas que ya hacía mucho que habían muerto y con llamadas de teléfono que nunca llegarían.
Volvía a su infancia. Creía estar de nuevo en Tarancón.
Allí le hice una fotografía, la última que conserva de ella. Las arrugas cubren todo su rostro. Mira a un lugar indefinido. Ya no hay memoria en el interior de sus pupilas. Ahora su memoria soy yo.











PEPE


JOSÉ SINDE GÓMEZ
Doniños, El Ferrol, 1917-Madrid, 1945

            Conocí a Valentina hace un par de años. Bueno, no fue exactamente entonces la primera vez. Tuvimos encuentros esporádicos en esas celebraciones familiares que nos sitúan en el tiempo, mucho mejor, a veces, que los grandes momentos históricos colectivos: el 11M, el 23F, el 15M, el 11S…

            Ella me recordaba, bailando en una esquina como Michael Jordan, apartado. Tímido, no quería que nadie se fijara en mí. Y, cuando me di cuenta de que Valentina me estaba observando, dejé de bailar, avergonzado. No tendría más de diez años.

            Volví a verla hace poco. Tras el fallecimiento de mi madre, había encontrado unas fotografías y deseaba saber quiénes eran los familiares que aparecían en ellas. Y Valentina, como demostró enseguida, tenía muy buena memoria...

            Al principio, no me puso pegas, aunque le hice cientos de preguntas. Imagino que le pareció curioso mi interés: que alguien –un desconocido, al que no veía desde hace más de treinta años- quisiera saber tanto de sus padres o de sus tíos. Es cierto que tenía una forma muy elegante y elusiva de decirme que deseaba terminar las conversaciones que manteníamos por teléfono.
-Estoy en el pasillo y aquí hace mucho frío. Me voy a congelar.
O recordaba, de repente, sus dolencias.
-Me empiezan a molestar las articulaciones de estar así, tanto tiempo con el teléfono.
No insistía.
-Ya te llamo otro día.
En cualquier momento podría decirme –y lo acabó haciendo- que ya no querría contestar más preguntas sobre el pasado. Mientras tanto, estuvo dispuesta a contarme todo lo que recordara. A su manera.
-¿Dormía Regina con vosotros, con él, en la casa?
Valentina piensa que le ha preguntado si dormían Pepe –así llama siempre a José Sinde Gómez -y Regina en la misma cama.
-¿Dormir juntos? Entonces las mujeres éramos decentes –me dice, enfadándose – antes del matrimonio no nos acostábamos con el novio; no como ahora.
Sonrío. No voy ahora a defender las ventajas de conocerse antes del matrimonio. Los tiempos eran otros…
Valentina recuerda a un Pepe –así le llama siempre- tierno, muy cercano.
-¿José? No, para nosotros era Pepe.
Valentina continúa escarbando entre sus recuerdos.
-Llegaba a casa y era el único que me preguntaba qué había hecho en la escuela. Me sentaba en el borde de su cama y hablábamos un rato…
El primer recuerdo que tiene de Pepe es de cuando estaba en la cárcel.
-Lo visitamos en la cárcel de Carabanchel. La estaban construyendo. Le llevábamos chorizo y pan. Yo estaba impresionada…
-¿Cómo era la visita? ¿De qué te acuerdas?...
-Había que pasar una verja y luego nos hacían esperar. No podíamos tocarle. Le pasábamos lo que le traíamos, pero no había ningún tipo de contacto. No lo permitían.
Era gallego. ¿Se le notaría?
-No, no tenía acento. Lo que sí recuerdo ahora es que dibujaba muy bien. Era amable, cálido, simpático… buena persona. Por eso murió tan pronto…
Le pregunto si Regina lo olvidó. No nos hablaba mucho de él.
-No. Nunca le olvidó. De eso estoy seguro. Eso nunca se olvida.
-¿El qué?
-El primer amor… Sí, luego se casó con su marido, Ángel. Tuvo los dos abortos. Él se buscó a otra. Después vino José Luis, pero el primer amor es el primero. Y más si termina de esa manera tan triste… ¡Pobre hombre! Se lo llevaron un poco antes de que muriera. No querían que nosotras, que éramos unas niñas, lo viéramos morir…

José Sinde Gómez nació a las dieciséis horas del 5 de mayo de 1917 en la parroquia de Doniños, anexa a la localidad de Serantes, a unos kilómetros de El Ferrol, provincia de la Coruña. Hijo de Benito, labrador, y de Josefa, y hermano de Eduardo y Celestina. No tengo datos sobre su infancia; el único, el lugar donde vivieron, en la calle Cabana, número cuatro, en una casa que aún se conserva y desde donde se puede ver el puerto de El Ferrol. Eduardo, el hermano mayor, seguiría viviendo allí hasta los años setenta.
Como muchos de sus contemporáneos, Pepe, de joven, a los diecisiete años, en septiembre de 1934, decidió incorporarse al ejército; Eduardo, años antes, había hecho el servicio militar y, seguramente, conservaba algunos contactos y amistades; eso le permitió a Pepe conseguir un puesto relativamente tranquilo en la banda de música del regimiento de infantería.
Se encontraba en el Ferrol cuando estalló la guerra civil. Su ideología era republicana, pero los mandos se unieron a los golpistas y él tuvo que callar sus inclinaciones, al menos, hasta que tuviera la ocasión de cruzar al otro lado. Es posible que si tuviera dudas, desaparecieran cuando vio la represión brutal del bando franquista en el Ferrol o en Galicia. En las primeras semanas fueron ejecutados –muchos, sin juicio previo- más de tres mil personas. Sintió asco y rabia.
Y llegó esa oportunidad el 23 de enero de 1937. Su regimiento había sido trasladado del norte al frente de Madrid; se comenzaban a cavar trincheras. Madrid había resistido el ataque franquista; la guerra sería larga. Ese día buscó la colaboración de dos compañeros, Emilio y Benito, y una noche fría y húmeda, por la zona de Villanueva de la Cañada, se pasó a las filas republicanas. Tres hombres arriesgaban su vida... Se puede imaginar la tensión, los silencios, la respiración, algún disparo lejano, oscuridad... En dos días, en Alcalá colaboraba en el interrogatorio, facilitando todos los datos sobre las posiciones del enemigo. Disfrutó de unas semanas de descanso.
Fue trasladado a Valencia, al regimiento número diez. Ascendió a sargento en agosto de 1937, interviniendo, al año siguiente, en los sectores de Morata de Tajuña, Aranjuez y, finalmente, en la Ciudad Universitaria de Madrid. Al terminar la guerra se refugió en la portería de su tío, José Ramón, situada en la calle de Velázquez, número 26, de Madrid. Este vivía allí con su esposa e hijas desde 1927. Su tío negó en el posterior juicio militar conocer las circunstancias de su sobrino y que hubiera desertado del bando nacional. Tal vez prefiriera no saberlo.
Allí vivió nuestro José Sinde Gómez, esperando que se olvidaran de él, y sin que tuviera ninguna posibilidad de escapar ni de volver a el pueblo para ver a los suyos. En cualquier momento, podrían detenerlo. Vería los fusilamientos; escucharía, como todos, los disparos, en los muros de los cementerios. La venganza de los vencedores había comenzado.
Seguramente en el descansillo o en las escaleras conoció a Regina Solera Pérez, nacida en Tarancón, provincia de Cuenca, el 17 de octubre de 1917, hija de Alejandro, peón caminero, y de Fernanda y hermana de Severiano, Saturnino, Riansares, Dolores, Rosa, Víctor y Críspula.
Durante la guerra civil había sida enfermera en el Hospitalillo de Tarancón. El final de la guerra hizo imposible que pudiera estudiar una carrera de medicina o enfermería, lo que hubiera sido su deseo. Tuvo que entrar como empleada de hogar en una casa de Madrid. Críspula, su hermana mayor, que se había casado en 1930 con Juan Daguerre y que tenía dos hijos, vivía en el piso cuarto o sotabanco -lo que ahora llamaríamos ático- exterior, izquierda de la calle Velázquez, en el número 26. Y allí fue acogida por la familia, mientras encontraba un sitio mejor.
Imagino los primeros saludos entre Regina y José. Tímidos, educados, tranquilos. Algunas palabras: “Buenos días, buenas tardes, buenas noches, ¿cómo está? ¿qué tal el día?”, miradas de reconocimiento, sonrisas amables. Eran jóvenes, de la misma edad. Tenían veinte años.
El domingo 12 de noviembre de 1939 Regina y Pepe salieron juntos. ¿Verían alguna película? ¿Pasearían por el Retiro? ¿Tomarían chocolate en la churrería de la esquina? Se hicieron novios. Tres meses de salidas y citas, probablemente, sólo los fines de semana, cuando ella tenía tiempo libre.
Él no podía encontrar un trabajo estable, dada su situación. Le saldría alguna faena como pintor de brocha gorda o ayudaría a su tío en la portería. Oficialmente aparece como estudiante. Regina no ignoraba el pasado de Pepe; él debió contárselo, desde el principio. Aún así, se arriesgó, aceptó el compromiso. Le debió atraer el romanticismo que destilaban sus cartas, los regalos que le hacía –sencillos poemas con un estilo algo rebuscado, muy propio de esa época-, el idealismo, la seguridad de sus convicciones...
A las dieciocho horas y treinta minutos del día 10 de febrero de 1940, un sábado, José Sinde Gómez fue detenido por la policía. ¿Estaría con Regina? Tal vez volvían de dar un paseo por el Retiro. Unos minutos antes, ella se apoyaría en su hombro o él la abrazaría con ternura o se cogían de la mano. Los separaban.
Tres días después, el trece de febrero, José Sinde hizo la declaración ante el juzgado permanente número 22, situado en la plaza Mayor, número cinco, y delante del juez instructor, Mariano Lela. Su número de expediente sería el 59.726. Se atiene a los hechos y no intenta ocultar nada. Es conducido de inmediato a la cárcel de Santa Rita.
Sería de noche. Lo suben a un camión junto a otros detenidos. Se dirigen a Carabanchel. Un pensamiento fugaz pasaría por la mente de todos. Tal vez nos lleven al cementerio; tal vez nos fusilen. No, el camión toma otra dirección. Al poco tiempo, el vehículo reduce la velocidad. Se han parado en una calle larga y estrecha, frente a un edificio de grandes dimensiones. Del portalón sale un grupo de soldados que rodea el camión. Van sacando a los detenidos, de uno en uno; traspasan la puerta, les quitan las esposas. En el patio en el que se encuentran, escasamente iluminado, han colgado en las paredes, unos retratos de José Antonio y Franco y una panorámica del Alcázar de Toledo.
Están rodeados de altos muros: ladrillo rojo, rematado por alambres de cuchillas. Esos muros aún se conservan, son los del colegio de Santa Rita. El edificio, en los años cincuenta, volvió a ser un centro católico de la fundación de los Amigonianos; algunos de sus sacerdotes habían sido fusilados al comienzo de la guerra. Una placa los recuerda. En cambio, no hay ninguna mención a los que fueron encerrados o murieron entre sus muros, años después. La memoria siempre es parcial.
El 24 de febrero, fue fusilado un tío de José Sinde, que como él, se llamaba Pepe. El 12 de marzo su tía Gloria fue condenada a treinta años de cárcel. En la de Santa Rita, Pepe estuvo durante todo el año de 1940, esperando el traslado. Regina y él se verían a través de las rejas; tal vez, en las visitas que le hacía ella, se acariciaban el rostro o la mano...
El treinta de marzo, fue juzgado y condenado a la última pena bajo la acusación de auxilio a la rebelión, aunque, finalmente, el doce de mayo firmó veinte años de prisión mayor. El doce de septiembre, Pepe escribe una carta a Regina, enviada a escondidas junto a un paquete, en el que hace una declaración política en toda regla: lo llama su última voluntad.
Llama asesinos a los Nacionales y se siente orgulloso de todo lo que hizo con la República. Le dice a Regina que tenga cuidado y sea discreta, que recoja una maleta, dejada en casa de sus tíos, y se quede con la máquina fotográfica de marca Poker Kodak y envíe las fotografías y el resto de la documentación a casa de sus padres; en cuanto a la ropa, “que hagan con ella lo que quieran”.
El número de presos a lo largo de 1940 superó los tres mil. Una epidemia de tifus exantemático, transmitida por los piojos, se extendió en el invierno de ese año por las numerosas cárceles provisionales de la capital; se fue reubicando a los penados en los centros de internamiento de otras provincias. En cualquier momento podía llegar la orden de traslado. Pepe lo sabía. Eso le alejaría de Regina.
Regina, mientras tanto, durante los meses que Pepe estuvo en Santa Rita, intentaba visitarle casi todos los días. ¿Cómo serían esas visitas? Pasándose paquetes con ropa, mantas, comida y cartas, sin que los vigilantes, que estaban a un metro o dos escasos, los vieran o mientras miraban a otro lado. Gritaban para hacerse entender. Decenas de presos, a un lado; decenas de familiares, al otro. Una reja los separaba. Quizá se pudieran tocar, cogerse de la mano. Que les trajeran una comida mejor de la que tenían en la cárcel que era un mejunje asqueroso, y, si era posible, caliente, sería la primera petición que les hacían los presos a sus familias. Pepe comería pan, leche, arroz, caldo, ponches de huevo, preparados por Regina o Críspula.
Tal vez tuviera suerte y los dos se pudieran ver en alguna comunicación semanal, los martes, en una sala donde había más tranquilidad. Miradas de tristeza. Dolor. Palabras de consuelo.
Lo trasladaron a cientos de kilómetros de Regina, a la cárcel del Dueso, cerca de Santoña, en noviembre de 1940. Ignoro si Regina pudo visitarle en alguna ocasión; es posible, aunque lo dudo, porque el viaje supondría un gran desembolso de dinero.

En el Dueso, los fusilamientos de los penados, se llevaban a cabo en la tapia del cementerio de Berria y, más tarde, en Santander. Por otro lado, la alimentación en esos primeros años fue escasa e irregular. Los testimonios aseguran que “por las mañanas recibíamos un caldo de simiente de algarroba molida y hervida con harina o de huesos de animales cocidos, que llamaban café… por encima, una capa blancuzca maloliente de gusanillos”.

A mediodía y por la noche, un cazo con lechugas hervidas, coles, remolacha ozanahoria, cubierto de tierra, sin limpiar y con algún animalejo, que identificaban como babosas. No comían ni patatas, ni cereales ni legumbres. Ni pan y, si lo recibían, de un tamaño insignificante.

Golpes, abandono generalizado, desprecio; no se les proporcionaba ni ropanueva ni calzado. El hacinamiento producía chinches, piojos, pulgas y ladillas. Y todo tipo de enfermedades entre las que destacaban pulmonías y bronquitis que acababan con la vida de los más débiles.
Ha sobrevivido una carta, la del diez de octubre de 1942, escrita desde allí. Menciona a Regina, a su hermana Dolores, a la que llama Lolita, que tendría en ese momento veinte años. Habla de la libertad, de gozar de las delicias del amor y que “nadie tenga que señalarnos con el dedo”. Le pide a Regina que no pierda el humor ni decaiga en su ánimo, “estamos en el último peldaño y muy pronto seremos completamente felices”.
Durante ese periodo, el padre de Pepe murió. No creo que ni su madre ni sus hermanos pudieran visitarle; sí hay constancia de que les escribió cartas y mantuvo el contacto con ellos. La familia de Pepe, al menos, mientras estuvo en la cárcel, también se carteaba con Regina.
Fue trasladado de nuevo a Santa Rita el catorce de mayo de 1943, a petición propia. Su salud se había deteriorado tras su paso por la cárcel. Tenía una enfermedad crónica llamada lupus eritematoso sistémico. Se le formaban costras en la piel que se extendían por todo el cuerpo; además, padecía de problemas en la vista. Al no ser tratado convenientemente, empezó a extendérsele a los órganos internos, más concretamente, a sus riñones.
El 26 de enero de 1944, seguramente, por dichas razones de salud, consiguió la libertad condicional. Debía presentarse cada mes en la comisaría de Buenavista. Su tío no volvió a acogerlo. Regina ya no vivía en el cuarto con su hermana y la familia, así que Críspula habilitó una habitación para Pepe. Críspula y Juan lo acogieron en su casa. Ellos serían su nueva familia.
Veintisiete de enero de 1944. Se domicilia en la calle Velázquez, número 26, en el sotabanco. Pepe y Regina se hicieron fotografías, acompañados de otra pareja, Severiano, el hermano de Regina y su esposa, en marzo de 1944, probablemente cerca de la calle Velázquez. Pepe llevaba un bastón; se encontraba visiblemente demacrado y muy delgado, pero los dos sonreían. Estaban otra vez juntos.
La alegría de los primeros días se fue disipando. Pepe estaba muy enfermo. El 13 de mayo de 1944, un sábado, ingresó por primera vez en el Hospital de San Juan, el que luego, tras ser demolido, se convertiría en el Gregorio Marañón. A lo largo de un mes, le hicieron numerosas pruebas. A esas alturas sus riñones no podían soportar mucho más.
Tengo unas palabras, escritas apresuradamente, en un pequeño cuadernillo, en el que Pepe asegura que su corazón, más allá de la muerte, será para Regina. Aún así, en esa ocasión, fue dado de alta.
Escribió otra carta de amor a lápiz, en sucio, carta que debió leer Regina.
“…Hoy, cuando mi salud falla y temo no recuperarla, juro que si mi vida se extingue, no así ocurra a mi amor y con un solo pensamiento bajaré a la tumba: Regi, mi amor y mi vida.”
Me pregunto cómo serían los últimos meses de su vida. Sólo conservo una fotografía. Es un día de invierno. Distingo a Pepe y Regina, muy abrigados, rodeados por la nieve. Se la enseño a Valentina.
-Es donde ahora está el palacio de deportes, el de Goya. Antes había un descampado… Hacía mucho frío. Jugábamos a tirarnos bolas de nieve… Estuvimos esa mañana con ellos…
-¿Quiénes?
-Mi madre, mi hermana María y yo. Imagino que mi madre pensaría que no podían estar solos y que era mejor acompañarlos. O nos sacaron para que nos divirtiéramos…
¿Tal vez creían que cuando se casaran, vivirían allí, en los nuevos pisos que se construían? Los dos posan. Regina lleva un abrigo negro, el mismo del año anterior. Ninguno de los dos sonríe; están muy serios. Él la abraza y se sostiene, se apoya en ella.
Tres meses antes de que naciera mi madre, el doce de junio de 1945, sobre las dos de la tarde, fue ingresado por última vez en el Hospital de San Juan. Se le colocó en la sala diez, cama nueve. Falleció de nefritis crónica, seis días después, el 19 de junio. Al día siguiente fue enterrado en el cementerio de la Almudena, en la zona antigua. Años después, sus restos acabaron en una fosa común.

De niño, íbamos a la casa de Regina muy a menudo. Después de comer, mi madre y ella, alguna vez, nos contaban la historia de un chico muy enfermo, al que Regina amó, cuando era joven. Pasaron los años y olvidé su nombre…
Cuando murió mi madre, descubrí entre los objetos y recuerdos que Regina había guardado, una cámara fotográfica, marca Poker Kodak. Volví a utilizarla; la hice mía, le devolví la vida. Encontré también algunos recuerdos y anotaciones de un hombre al que nunca conocí. Regina los protegió para que hoy les cuente su historia, la de José Sinde Gómez, la de Pepe, la de una vida corriente que no quiero que quede sepultada por el tiempo y el olvido…