miércoles, 28 de febrero de 2018

BERLINALE 2018




Subo al avión. En el viaje leo Vernon Subatex de Virgine Despentes. Distingo en el estilo poses calculadas, un lenguaje directo, monólogos cínicos, una mirada escéptica. Crea personajes con muy poco; sabe mirar... Al llegar a Berlín hace frío; la temperatura no llega ni a los dos grados...



Comerciales, más o menos...

Figlia mia es la historia de dos mujeres opuestas y una niña, su hija, en pleno aprendizaje. Sin mucho más. Nada nuevo, quizá. Y el final me parece muy forzado para que sea feliz, como desea el director.

The real state que parte de una idea curiosa –una herencia que es, más bien, un marrón, acompañada además de parientes desquiciados – se queda a medias. Al principio, parece una comedia con algún toque dramático y, finalmente, se convierte en una historia absurda sin mucha gracia. Podría haber sido una gran comedia negra en manos de un Berlanga o un Alex de la Iglesia. 

Con Grass, el director de The day after, Right now, wrong then o On the beach nos ha presentado un divertimento, en comparación con las tres anteriores; incluso es posible que sea una especie de síntesis o recopilatorio. Hay conflictos de pareja, crisis, reconciliaciones, como siempre hace en sus películas, concentrados en esta ocasión en un único espacio. Cuatro historias con diálogos breves, divertidos, dramáticos. Amable. No aspira a más; cierra un ciclo o tal vez sea el comienzo de una nueva etapa para su director: una obra de transición.

Mi hermano... es un idiota me produce desconcierto. Los personajes, dos gemelos adolescentes, hablan de filosofía; para mí, la parte más interesante. Leen textos sobre el tiempo y el azar de Agustín o Leibniz o Kant con imágenes de la naturaleza, muy atractivas visualmente. Otras veces me recuerda a una historia de iniciación con sexo y muerte. Al final, se decide por una película de psicópatas adolescentes. Y en la última secuencia todo cambia de sentido; encuentra de repente, cuando ya no había esperanza, un final perfecto y hermoso. En tres horas quiso hacer muchas películas; no siempre acierta, aunque, a veces, seduzca y atrape.


Madeline Madeline se centra en Madeline, una adolescente con graves problemas mentales y eso influye en el estilo elegido, que se adapta al personaje: confuso y desconcertante. Esta Madeline, además, es una gran actriz y esto permite hablar de la enfermedad mental, el teatro, la realidad y la imaginación. Lo mejor es la joven interprete, todo un hallazgo. Lo peor, sin duda, los dos personajes adultos, tanto la madre como la maestra o profesora de interpretación. Las actrices no logran salvarlos. Acaban siendo demasiado previsibles, simples; se quedan en la visión que Madeline tiene de ellas.


Museo, que ganó el premio a mejor guión, se podría definir como una película con actor famoso, Gael García Bernal. Es así, y también una mescolanza de apariencias. Es una road movie, una película de género, una historia de perdedores con algún toque experimental y de humor o juegos metalingüísticos. No aprovecha todas sus posibilidades; tampoco creo que lo pretenda. Sólo busca un gran público. Lo encontrará.


En Tres días en Quiberon no puedo ser objetivo. Romy Schneider siempre me emociona, aunque sólo sea un personaje. Despierta ese sentimiento de protección y ternura que forma parte de mi forma de ser. También le ocurre a su directora. Cuenta tres días de la vida de Romy en un sanatorio con sutileza y ternura y cariño. Los otros tres personajes están desarrollados y bien interpretados, pero es la actriz que interpreta a Romy quien la hace creíble: compleja, contradictoria, emotiva, tierna, torturada, cruel, infantil. Y, aún así, muy cercana. El final es optimista como si la directora le hubiera ofrecido una oportunidad para ser feliz; todos sabemos que eso no ocurrió. Hubiera preferido un final más acorde con la realidad o, por lo menos, ambigüo.


Termino este primer apartado con Utoya. Durante hora y media con una cámara en mano y un único plano secuencia seguimos a la protagonista en medio de una pesadilla: la matanza de más de ochenta chicos a manos de un ultra derechista en la isla de Utoya. Que esté basado en un hecho real, podía hacer que la película se convirtiera en un drama o algo peor, con apariencia televisiva. No es así. Es una magnífica película de un género muy concreto: el de terror. Hay detrás un excelente pulso narrativo, midiendo los tiempos, las pausas, la tensión. Además, es respetuoso. No busca la sangre; le interesa la emoción, el pánico. Te atrapa. Hubiera merecido algún premio...


Me gusta pasear por las ciudades los domingos por la mañana. Sin coches, sin tráfico; la mayoría de sus habitantes duermen. Algunos pasean, tranquilos, relajados. No es una ciudad en su estado habitual; parece como si descansara. Esa sensación la he tenido en muchas ciudades: en Nueva York, en Kyoto, en Buenos Aires, en San Francisco, en Berlín... Y siempre es la misma. Ella duerme. Y miras con otros ojos a las ciudades que duermen; como a las personas a las que amas...


Documentales ficción o algo parecido...



Treinta lumes de Diana Coucedo entraría en esta categoría. Y, aunque Con el viento otra película española, de Meritxell Corell no sea estrictamente un documental, sí se pueden comparar ambas de alguna manera.

A las dos les interesa mostrar, reflejar, antes de que desaparezca, un mundo rural. Se recuperan recuerdos y lo hace la generación de los nietos, urbanitas, volviendo al lugar de donde vinieron sus padres y abuelos. Me resulta familiar; yo también, a mi manera, lo he hecho. En las dos, el paisaje es otro personaje. Se trabaja con actores no profesionales, que, en gran parte, se interpretan a sí mismos y mezclan ficción y realidad. Tampoco olvido el papel del sonido, fundamental, en las dos películas. Las diferencias estarían más en detalles menores. Treinta lumes utiliza la voz en off como un engarce lírico con la realidad, más cotidiana, que gira alrededor del día de los difuntos. Se mueve entre el lirismo y lo mágico, lo etnológico y el día a día. Con el viento apuesta por un drama en el que la música y Pina Bausch y el baile acompañan y hacen crecer a la protagonista. Es sencilla, emotiva; se mueve mejor entre los silencios y los gestos que con las palabras. Los personajes secundarios se diluyen; sólo tienen fuerza la protagonista y su madre: dos actrices no profesionales. Y el paisaje, omnipresente, duro, terrible y hermoso, y el sonido y la música.

Footballinfinit tiene una apariencia ligera; el protagonista es un tipo excéntrico al que le gustaría cambiar la historia del fútbol. 

En realidad, sabemos que es un tipo encantador, pero condenado al fracaso desde el principio. Sin embargo, en un giro final, con ayuda, simplemente, de una voz en off y la imagen de una carretera vacía, se insinúa que tras lo que hemos visto había algo más: libertad, sueños, seguridad, deficiencias de un sistema, de unas reglas de juego. Sugiere, insinúa...


Contemplo a última hora de la tarde frente al Museo de la Topografía del terror, en el que se exponen fotografías del horror nazi, las ruinas del antiguo cuartel de la Gestapo y las S.S. A unos metros, restos del muro de Berlín. Es un lugar para el recuerdo, de los muchos que he visto en los países que he visitado: Argentina, Japón, Estados Unidos, Alemania, pero esa necesidad de recordar, de no olvidar, no se aparece con tanta claridad en todos los sitios. Algunos recuerdan a medias y optan por mirar a otro lado. España es uno de esos sitios. Se prefiere una memoria parcial a otra completa; por eso, hay dos Españas. Y las seguirá habiendo, porque no hay interés en que cambie...


Experimentales y documentales puros.

Los dos ejemplos de experimentación son valientes y, al mismo tiempo, condenados a que sólo los vean los amantes de estas propuestas alternativas. Aún así, son estas apuestas las que renuevan el cine. Siempre lo han hecho.

Notes on an apperance es atractivo por los aspectos formales: guiños metalingüísticos, uso de diferentes formatos como el vídeo casero, los recortes de periódico, el diario, planificación simple, incluso algo desaliñada. Te fijas más en esos detalles visuales, como ocurre con la conversación escuchada en off, mientras vemos cómo se llena la mesa de una cafetería con los objetos que utilizan las protagonistas de ese diálogo. O los mapas o dibujos que resumen los viajes de los personajes. O los planos fijos en las calles de Nueva York. El contenido no es más que una excusa para utilizar todos esos recursos.


The green fog es un juego metalinguïstico; parte de la historia de Vértigo, contada escena por escena, pero sólo utiliza en todo el metraje uno de sus planos. Para el resto aprovecha los planos de decenas de otras películas. Una demostración de montaje asombrosa con muchos guiños a los cinéfilos. Te obliga a llegar a una reflexión: si las películas que recordamos no son más que trozos a los que damos sentido, cuando los integramos en una narración, aunque no formen parte del mismo conjunto.

Los dos documentales puros tratan temas candentes. El Dorado habla de la inmigración ilegal.



El silencio de los otros se interesa por el robo de bebés, la memoria histórica, la transición española fallida. Ganó el premio del Público de la sección Panorama; lo entiendo, porque en la sesión que vi la mitad del público se levantó y aplaudió a los dos directores durante un minuto.

Estos dos documentales, que podríamos llamar tradicionales, adolecen del mismo defecto: buscan un espectador televisivo, desean a un público amplio. No es una decisión errónea, pero cinematograficamente no aportan nada nuevo. Me recuerda mucho al estilo del programa Salvados y, también, a sus objetivos. Denuncia social, pero no vayamos demasiado lejos, porque me podría quedar sin trabajo. Progresismo bienintencionado y, en el fondo, muy cobarde, asumible y aceptable para los que dirigen el mundo. No les hará daño. Y los espectadores de estos productos... Nada cambiará; nos irritará y, al día siguiente, seguiremos igual. Alguno pensará que ha mejorado algo y se ha transformado un poquito su realidad; en el fondo, sólo se habrá calmado su mala conciencia.

Me gusta en el Dorado que establezca, como una especie de ligazón o rima a lo largo de la narración, la historia de la niña italiana que él conoció, de pequeño, cuando ella tuvo que huir, al ser judía, a la Suiza de los años cuarenta del pasado siglo. Es un recuerdo sincero con fotografías en blanco y negro que encajan muy bien; le aporta una elegancia y una originalidad de la que carece el resto. Denuncia que gustará a los progresistas, les hará meditar sobre la injusticia del sistema, para, a continuación, olvidar que el tomate que mastican, en la comida o en la cena, ellos lo han comprado más barato porque los inmigrantes que lo han sacado de la tierra trabajaron por una miseria. Hipocresía o, simplemente, nuestras contradicciones.

En el silencio de los otros hay buenas ideas. Por ejemplo, mostrar que Aznar, Rajoy y Felipe VI nos cuentan las mismas mentiras y pertenecen a la misma élite es algo que podría llevarles a la cárcel a sus directores, tal como están las cosas.

Es posible que si la venden en España, censuren esa secuencia. Las dos abuelas que quieren recuperar la memoria de sus padres, desenterrarlos de fosas comunes, más de ochenta años después, son de una fortaleza y una dignidad que merecerían mejor suerte. Es muy didáctica; nos cuenta que la ley de Amnistía favoreció más a los herederos del franquismo que a sus rivales políticos. Y que olvidó a miles de personas que aún hoy tienen a sus familiares en fosas comunes, porque, como bien se dice, “en el pueblo el alcalde, la guardia civil, el empresario no cambiaron del franquismo a la democracia. Eran las mismas personas, los que mataron a mi madre...”. 

Y no pidieron perdón y ellos y sus herederos ponen trabas para desenterrar a los muertos. Se soslayan aspectos: se torturó en democracia, no sólo hasta el 77; los socialistas asumieron el discurso de la derecha española; los jueces son parte del problema. La herida no se cierra; y no se cerrará, porque en los vencedores y sus herederos sólo caben la humillación del otro y la soberbia propia.


Julián, el de los ojos dulces: Julian, sweeteyes. Así aparece su nombre en el móvil de una chica colombiana que se encuentra delante de mí, en la sala de cine. Tendrá unos treinta años; clase media-alta, antepasados europeos. Está nerviosa, mientras le espera, impaciente. Se levanta; sale fuera. Vuelven a los cinco minutos, se sientan. Ella no para de moverse. Aún queda un rato para el comienzo de la película. Ella se gira y no deja de mirarle; le escucha con atención, cuando él habla. Ríe cuando el chico, un europeo del Norte, rubio, con un buen conocimiento del español, hace un comentario divertido. Se toca el pelo, se apoya en su hombro, le besa, le coge de la mano. Hay otros momentos en que no para de hablar: está interesada en encontrar un proyecto de documental, producirlo. Le gusta agradar y, al mismo tiempo, ser el centro de atención. Las luces se apagan; de vez en cuando cuchichean, comentan alguna cosa. Él apoya su mano en la de ella que la ha dejado, sin ninguna intención, sobre su pierna derecha...

Cuando salgo del cine detengo mi mirada en algunos seres anónimos. Un chico en silla de ruedas pide limosna en el tren. Desprende a su alrededor un olor terrible, nauseabundo. Hay quien no puede soportarlo, como una chica joven, y se aleja; busca la puerta de salida. Su novio le pide más discreción en los gestos de asco que ella repite sin cesar. Pasa otro sin techo, con un periódico en la mano; y un tercero, duerme en uno de los asientos, desmadejado. Su cuerpo me recuerda al de un títere, al de un muñeco sin vida. Otros, muchos, duermen en la calle, protegidos por sacos de dormir de las bajas temperaturas de estos días. Víctimas del capitalismo...


Rarezas y joyas.

Touch me not ha ganado el Oso de Oro.



Sí me parece un documental ficción que arriesga. No tanto en el aspecto formal, sino en el contenido. Es atrevido y valiente. Habla de sexo, emociones y sobre las barreras mentales y físicas que nos hacen infelices. Lo cuenta con naturalidad y sencillez, jugando con el espectador, mostrándonos un doble espejo en el que no sólo contemplamos a los personajes elegidos, sino también a la directora y nosotros mismos. Me parece un digno Oso de Oro, aunque haya quien no le pueda gustar.



Lav Díaz también podría haberlo conseguido, pero era imposible. Hubiera ganado una película de cuatro horas, un musical extraño y provocador. Planos fijos larguísimos y el estilo de este director ya conocido por sus seguidores para hablar de represión y el asesinato y desaparición de dos de sus amigos, un poeta y una doctora, durante la dictadura filipina por grupos paramilitares. Consigue momentos emotivos y de gran fuerza visual. Quizá los más potentes que haya visto durante el festival, a pesar de su aparente sencillez formal.



Minatomachi. Descubrí a este documentalista, Soda, en Florencia, en un festival en octubre. Sigue a sus personajes intentando manipular lo menos posible. Consigue con muy poco que las personas que aparezcan nos sean cercanos, tiernos, reales, vivos. Los observa con cariño, sin juzgarlos. No quiere cambiar la historia del cine; le basta con reflejar la realidad que él contempla. Y lo consigue.


Termino de escribir estas líneas en Hengelo, en la casa de mi amigo José y su esposa África, a unos kilómetros de la frontera con Alemania, en Holanda. Es lunes. He estado muy a gusto con él, a solas, este fin de semana; se dice gezellig en holandés. Me ha llevado por los lugares de su infancia; donde sus padres, como los míos en Italia o Suiza, trabajaron para regresar algún día a España. Y ahora son él y su mujer, los inmigrantes. Y su hija Gabriela.
El padre de José está en estos momentos en el hospital de Móstoles, el lugar que compartimos durante nuestra juventud; tiene 82 años y se recupera de un infarto intestinal. José quiere estar con él, abrazarle, cogerle de la mano, animarle para que no se rinda y siga viviendo. También está lejos de su mujer y de su niña. Desde hace tres semanas las dos se encuentran en España; ella quiere terminar su doctorado. José, aunque, como todo solitario -y él también lo es, al igual que yo- disfrute estando solo, en su casa, tranquilo, relajado, los echa de menos. Así que se ha marchado. Me ha dejado las llaves de su casa.

La temperatura no baja de un grado bajo cero; el cielo está despejado. De vez en cuando, se acerca una nube, nieva, pero no consigue cuajar.

Aquí, lejos de mi casa, he soñado con mis padres; he soñado que volvía a una clase de instituto; he soñado que me subía a una bici y me dejaba llevar; he soñado que volvia a ser un niño...


jueves, 15 de febrero de 2018

LA ENFERMEDAD DEL DOMINGO




Conocí a Ramón Salazar en la ECAM, en el primer año de un curso de guion. Éramos una clase de diez o doce alumnos, unos privilegiados, porque teníamos la oportunidad de entrar en el mundo del cine. Yo la desaproveché o no estaba preparado. ¡Quién sabe!

Sin embargo, Ramón tenía un objetivo claro. Era un tipo que sabía lo que quería. Le gustaba ser el centro de atención, demostrar su talento, contarnos su mundo interior y decirnos con sus gestos y palabras que era el más interesante de todos los que estábamos allí. Lo era; las historias que nos leyó durante esas sesiones eran bastante atractivas y originales. Te encontrabas ante un gran manipulador que medía los tiempos; también sabía quién le podía ayudar para conseguir su objetivo: ser director de cine y quién no. Interpretaba un papel, el de rebelde al sistema, -que en esos momentos representaba Méndez Leite, el director de entonces en la ECAM-, y lo hacía muy bien. En el fondo, tenía mucho más de trepa, porque no ponía en tela de juicio las reglas de juego. Es de esos tipos que, en el momento de la verdad, aunque parezca un rebelde, apoyará al poderoso para proteger sus intereses. Eso sí, con muchísimo talento.

Por supuesto, cuando no pude pasar al segundo año, dejé de verle. Yo no era muy interesante para lo que él pretendía. Él consiguió los contactos adecuados y llegó a ser director. Lo es. Sabe hacerlo y muy bien. Lo demostró con una estética pseudoalmodovariana en Piedras Veinte centímetros. Ganó numerosos premios; se convirtió en una nueva promesa. Y, de repente, algo sucedió. ¿Descubrió las mentiras de la industria? Es posible que empezara a encontrarse con puertas cerradas o sufriera una profunda crisis interior o tal vez ambas cosas. Y tuvo que cambiar el registro. Y Ramón Salazar puede ser muchas cosas, pero es un tipo muy inteligente. Se adaptó. Diez años después rodó con muy pocos medios 10.000 noches a ninguna parte. Cuatro años después ha convencido a dos grandes actrices para hacer La enfermedad del domingo. 

Ramón Salazar ha madurado. Sí, todos lo hemos hecho. A los veinte años tendría más vanidad; la cresta sería más alta. Hoy habrá aprendido con los golpes a mirar con más humildad, pero hay aspectos en los que no cambiamos. Hace veinte años yo tenía virtudes y defectos de los que no he podido librarme. Él, tampoco.

Es una buena película esta, La enfermedad del domingo, que estrenará en una semana y que se verá en Berlín. Asistí al preestreno este martes.

Tiene grandes cualidades porque Ramón Salazar, como hace veinte años, cuando le conocí, es un director con talento. Sabe contar una historia, llevarla a su terreno, elegir con inteligencia a sus actrices, dejarlas hacer, tratarlas con respeto. Todo eso es cierto. Barbara Lennie y Susi Sánchez están magníficas y estoy seguro que es también gracias a él. La historia te atrapa; logra, sobre todo al principio, provocarte inquietud, desasosiego.

Y, sin embargo, al final, no logró emocionarme. Tiene un defecto, que, curiosamente, es su mayor virtud. Ramón sabe que es original, que tiene un mundo propio; no ignora su talento. Y, a veces, necesita demostrárnoslo. Su esteticismo -ha pasado de la rebeldía y la falsa espontaneidad de sus primeras películas a un sobrio clasicismo- me aleja. No logra conmoverme. Hay frialdad en su mirada, una enorme distancia, aunque pretenda, como lo hacía hace veinte años, contarnos sus emociones más sinceras. Representa un papel. En eso no ha cambiado.

Pasan veinte años y, aunque maduramos, no dejamos de ser quiénes somos. Ni lo dejaremos de ser, para bien o para mal.


miércoles, 10 de enero de 2018

MUJERES SUPERVIVIENTES


Me encuentro ante los testimonios de tres mujeres. Podría mencionar también la Suite francesa de Iréne Némirovsky, pero, en este caso, es un obra literaria, una creación de ficción, aunque tenga un importante valor documental; así que entraría, por tanto, en una categoría distinta.

¿Qué tienen en común estas tres obras redescubiertas, al igual que la de Némirovsky, a principios de este siglo, más de cincuenta años después de que fueran escritas: el diario de Hèlene Berr, la odisea de Françoise Frenkel y las anotaciones de una mujer alemana en el Berlín arrasado y ocupado por los rusos?

En primer lugar, es una visión femenina. Son mujeres quienes hablan y encuentran en el diario el formato adecuado para expresar lo que ven a su alrededor. Eso les proporciona una gran libertad. No están obligadas a contentar a nadie ni ocultan nada. Son, además, una voz diferente. Nos cuentan el día a día, la vida cotidiana.

Las tres tienen una gran capacidad de observación y no se contentan con unas pocas anécdotas y una mirada de soslayo; saben ver más allá, reflexionan, se preguntan sobre su propia condición y la de la sociedad en la que viven, la que surgirá después del horror. Son pesimistas -es inevitable- y, aún así, se agarran a la vida con todas sus fuerzas.

El muestrario de personajes que nos presentan las tres es muy variado. Los seres humanos, en circunstancias límite, podemos ser solidarios, y también egoístas. Unos colaboran con el mal por ignorancia; otros, para justificarse. La mayoría miran a otro lado para salvar el pellejo. Las tres tratan con gente así. En realidad, no hay héroes; sólo supervivientes. No es una visión luminosa, sino oscura.

Hèlene nos recuerda a Anna Frank. Murió como ella, en Bergen Belsen, poco antes de que llegaran los rusos. El testimonio de Hèlene sólo se publicó a principios de este siglo. Anna Frank aún es una adolescente que sueña. Hèlene, más madura, con más años, intuye que no volverá a ver a su prometido y le deja una especie de testamento que él leerá, cuando desembarque con los aliados. Y es con esas palabras, gracias a ellas, por las que ha sobrevivido. Quizá de las tres es quien tiene más talento literario, más profundidad emocional, más fuerza en las ideas que expone. Hèlene es capaz de escribir una página en la que describe con ternura y placer una tarde de primavera, a las afueras de París, un pequeño atisbo de esperanza, y, reflexiona, un poco más adelante, sobre la hipocresía de una sociedad enferma que mira a otro lado. Un buen ejemplo es cuando cuenta que una mujer mayor, buena persona -¿quién no lo era?- justifica la entrega de judíos y su transporte a campos de concentración con esa frase tan conocida y tan repetida antes, ahora y siempre: "algo habrán hecho", hasta que ve, con sus propios ojos, cómo se han llevado también a una mujer y a su niño recién nacido. Y no lo entiende. Y dice por primera vez: "Eso es injusto". Hélene no puede evitar pensar para sí misma, irónica, dolida: "¿Y antes no lo era?". 

Françoise Frenkel, también judía, no tiene tanto talento, pero sabe, con muy poco, describir a las personas que encuentra en su viaje de salvación desde París hasta Suiza. Sólo necesita dos frases, un párrafo para definir una personalidad. El carácter se demuestra con los hechos. Hay quien se arriesga por salvarla; y hay quien se aprovecha de su situación. Y quienes la traicionan o delatan. En la frontera suiza, en su primer intento fallido, Françoise Frenkel transcribe una conversación que tienen los funcionarios franceses; hablan con el grupo de judíos retenidos, a los que entregarán sin miramientos en unas horas. "Al fin y al cabo, sólo tendréis que trabajar... nos complicáis la vida... ya tenemos bastante con lo nuestro... sólo pensáis en vosotros...". Buenos funcionarios que seguirían cumpliendo las ordenes, cuando lleguen los aliados y que no sentirán ningún remordimiento. Justificarse siempre será muy fácil. Lo hacemos continuamente...

Quizá el testimonio más brutal es el de la mujer anónima que escribió "Una mujer en Berlín". Tiene una gran virtud; es despiadada con lo que ve. Los hombres alemanes son impotentes; le parecen muñecos ridículos, tiernos. "Nos merecemos lo que tenemos", se dicen las mujeres entre ellas. La autora se asombra del engranaje perfecto que crearon los nazis en los campos de concentración, el que empieza a a conocer por la radio, "tan metódico...". Hay gestos de solidaridad y egoísmo que ella observa, -¡cómo no!- en la calle, en el vecindario, en las casas. Se entierra a los muertos donde se puede. El olor de un cadáver en descomposición no es dulzón, sino "un puñetazo". Sí, sin duda, lo es. Lo sé por experiencia. Ese olor, el del cuerpo de mi madre descomponiéndose, nunca lo olvidaré. Yo diría, aún más, que es una patada en el estómago. No hay otra forma de describirlo...

A los rusos los dibuja, -no a todos- como unos salvajes, aunque luego tenga hacia ellos sentimientos encontrados. Descubre que, en el fondo, más allá del primer sentimiento de venganza, -ellas sólo han sido el chivo expiatorio de los crímenes que antes cometieron "sus soldados"-, son sólo hombres, como los demás, o niños, tan torpes y manejables como lo son todos. Mantiene la frialdad cuando describe las violaciones que sufre. No se avergüenza al decir que se siente como una prostituta; no tiene más remedio para seguir adelante. Sorprenden las conversaciones entre las mujeres, la complicidad entre ellas, cuando hablan de las violaciones, los chistes para compartir ese dolor. "En cuanto empezamos a hablar nos preguntamos: -¿Cuántas veces te han violado? -Sólo una. ¿Y a ti? -Yo he perdido la cuenta... El humor no impide que tenga algún tic obsesivo, después de ser violada por un ruso... "me gustaría frotar muy fuerte mi piel con jabón ... quizá así me sentiría mejor". O tras su primer violación doble confiesa a sus vecinos. "Estoy viva, ¿no? Todo pasa...". 

El hambre es su primera preocupación. Y la primera regla es seguir viva. El novio, que vuelve del frente, cuando la situación se está normalizando, no la entiende. "Todas habéis perdido la vergüenza". Sí, con la vergûenza no se come. Se siente helada, cuando él le abraza por primera vez, tras mucho tiempo.

Hay quien se suicida; hay quien se hunde en la depresión. Ella, no. Se sube al primer tren y al primer tranvía, al mes de terminar la guerra. Y lo disfruta. Se echa en la terraza y siente en su piel el calor del sol.

"Yo sólo sé que quiero sobrevivir...".

Y lo hizo. No hay nada más que añadir...


domingo, 7 de enero de 2018

RECUERDOS


No sé cuál fue la palabra que me impulsó a llevarme este libro de la biblioteca. ¿Sería "Miguel Hernández" o "viuda". No, no lo creo. Entonces, sería "Recuerdos". Hasta es posible que lo que me atrajera del libro fuera, más bien, esta fotografía de estudio que aparece en la portada...


Me recordaba a otras que tengo en los álbumes de mi tía-abuela Regina o de mi abuelo, hechas seguramente en la misma época, en los años treinta o cuarenta del siglo pasado.

Por supuesto, uno espera que le hablen de Miguel Hernández y sí, aparece él también, pero el que conoció Josefina, su esposa. ¿Fue el único Miguel Hernández que existió? No, claro. Ella no trató tanto con el intelectual, ni con el que viajaba a Rusia o participaba en los homenajes o lecturas en Madrid o Barcelona, pero sí conoció al Miguel Hernández más cercano, el que se moría, en una enfermería de la cárcel de Alicante, echando de menos a su hijo, o con los pies negros, heraldo de la muerte; el que caminaba o iba en bici o volvía a casa, después de sus viajes por España, durante la guerra civil, con una sonrisa en los labios; el que no podía alejarse de su Orihuela natal. Y en este libro, esta mujer, sobre todo, habla de su tierra y de su gente, que era la suya, la de ambos.

No es una intelectual ni una mujer cultivada ni tiene un estilo literario inolvidable y personal. No lo pretende. En realidad, es una sucesión de anécdotas y recuerdos deslavazados, sin una idea que los aglutine, pero esa es quizá su virtud. No hace juicios de valor ni busca moralejas o aprendizajes que nos hagan mejores, a ella o a nosotros, sus lectores. Sólo nos ofrece su testimonio: el de una mujer corriente. Y el de una época en la que la gente moría por enfermedades de las que hoy sólo conocemos el nombre, o en la que todas las familias enterraban a uno, dos o tres recién nacidos que no llegaban al año. Podría haberlo escrito mi abuela o cualquiera de mis tías-abuelas. ¿No perdieron también mis bisabuelos a tres niños de los que sólo quedan sus nombres y nada más, en un documento parroquial? ¿Rosa, otra de mis tías-abuelas, o mi propia abuela no perdieron también a algunos de sus hijos, como le ocurrió a Josefina?

Josefina nos habla de sus vecinos, sobre todo los de Cox, la pobreza del día a día -cómo se quitaban los piojos, sentados en una silla, o cómo conseguían el agua, buscándola en pozos-, los rumores en los mentideros -por ejemplo, la historia de la hermana de unos curas que se casó con un tipo más joven que ella y que, al cabo del tiempo, la dejó sin el dinero de la herencia que le correspondía y, aunque sus hermanos después no querían saber nada de esta mujer, sin embargo, la otra hermana la daba de comer, sin que estos tuvieran conocimiento-, las costumbres, la vestimenta, las tradiciones, las rencillas personales, los juegos, los juguetes de los niños, las familias del pueblo y sus vicisitudes...

Pero, sobre todo, es el testimonio de una mujer sencilla. No oculta sus defectos; se la nota rencorosa con aquellos que la utilizaron o la engañaron para hacer ediciones espurias o dijeron falsedades o mencionaron datos falsos de la vida de Miguel, sin contrastar esa información con ella. Dice sus nombres y apellidos. Y lo hace a propósito. No oculta que algunos de ellos se atrevieron a llamarla analfabeta. Y no puede evitar decirlo también. También es justa con aquellos que no abandonaron al poeta o que la trataron con respeto. Sobre todo, con Vicente Aleixandre.

Aparece su timidez y su tozudez. Su pesimismo y simplicidad. Es sincera e ingenua, resentida y desconfiada. Es orgullosa -se niega a pedir favores; no va en su carácter-. Preocupada por el qué dirán. En todos estos rasgos o en casi todos, se nota que fue muy diferente a su marido, al poeta. Y ella es consciente.

Cuenta que en una ocasión se avergonzó de Miguel, porque acababa de comprarse un par de alpargatas, un calzado de labriego, por entonces, y no lo ocultaba; incluso los llevaba atados a la espalda para que todo el mundo lo viera, -ser sirvienta, por ejemplo, según cuenta, también era un desdoro; trabajó, años después, para sobrevivir, cosiendo vestidos para una tienda y sus propietarias decían que los vestidos venían de la capital o de París, aunque era ella quien los hacía; así que tenía que ocultarse y esconderse, mientras los cosía-.

Volvamos a la anécdota con Miguel. Josefina, enfadada, se niega a pasear con él, se separan y, al final, van a casa de su madre, cada uno por su lado. Ella llega antes y, cuando ve que Miguel se está acercando a la casa, el poeta se cruza con un amigo y se entretiene un rato con él. Los dos hombres bromean y ríen. Miguel parece haberse olvidado de la rencilla. No hay ningún comentario por parte de Josefina; pasa sin solución de continuidad a otra anécdota, aunque uno imagina que ella piensa: "Yo era así y él era así. Ya está". En realidad, estos detalles la hacen más humana.

Sueña con él. Y lo abraza en sueños. Y escucha su risa. Y vislumbra a Miguel, escribiendo a máquina. Y se le acerca por detrás. Y ríen juntos. Y le gustaría no despertarse.

Creyendo morir, veinte años antes de que ocurriera, se tumba en la cama, con los brazos en cruz, sobre el pecho, para facilitarle el trabajo al enterrador. Una noche en la que su hijo se había ido a Madrid, se despierta de una pesadilla y mira debajo de la cama; tiene miedo de que se la lleven. Nos cuenta la primera vez que cocinó para su marido, preocupada porque no le saliera bien el guiso que preparaba, o describe la casa donde vivió con el suelo de tierra, sin agua, electricidad, o la muerte de una cabrita a la que cuidó, aplastada por unos niños, unos salvajes, que, en cambio, cuando sean mayores, irán todos juntos, cada año, al cementerio y llevarán flores a la tumba de su madre; detesta los toros con un comentario que hoy podría ser considerado incitación al odio "si le pasa algo al torero, se lo ha buscado, por hacer daño a un pobre animal" o cómo le contaron a Josefina el asesinato de su padre a manos de unos milicianos anarquistas, narrado, tanto una anécdota como la otra, con la misma sencillez, sin detalles superfluos.

A veces tenía la sensación que Críspula -a la que tanto se parece Josefina- o Regina o Riánsares o Rosa, cualquiera de mis tías-abuelas, me estaba contando estos recuerdos.

Hay un momento en que Josefina habla de la educación de sus padres; que en la mesa no se podía chistar y que el padre era respetado y te pegaba sin miramientos. O cuando su padre le enseña a leer y a sumar y a restar. Estoy viendo a Regina, cuando una tarde de invierno, me lo contó, con esas mismas palabras, casi...

Es el testimonio de una mujer sencilla. Y de una época. Parece lejana, pero quizá no lo estemos tanto...



domingo, 17 de diciembre de 2017

DOS SÁBADOS


Sábado 9 de diciembre 2017:

En realidad, nunca estuviste aquí. 



Un hombre atormentado, un asesino a sueldo, cuando llega a su casa acuesta a su anciana madre y la arropa.
¿Salvando a una niña, se salvará a sí mismo?

En la playa sola de noche.



Una mujer sueña y recuerda la pérdida de un amor. No acepta el final, se rebela. Sigue soñando, tumbada en una playa...

Domingo, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes... :

Conexiones invisibles. Coincidencias. Palabras por decir.
Escribo, aprendo catalán, viajo a Copenhage, leo en latín, recuerdo algunos sueños, al despertarme; punzadas en el corazón, se acerca el invierno. El 25 de diciembre será el tercer aniversario sin ella...

Sábado 16 de diciembre 2017:

Alanis.


Una prostituta se ha quedado sin casa, sin techo. Tiene que buscar un sitio para vivir con su hijo de año y medio. No hay otra opción para ella que encontrar un entorno seguro en el que ejercer la única profesión que conoce.

La vida y nada más. 


Un joven adolescente rebelde y sin referencias puede acabar como su padre, en la cárcel. Una madre luchadora, fuerte. Un padre ausente, si no es por unas cartas que su hijo recibe de vez en cuando. Eres como tu padre, le dice la madre, en medio de una discusión. Acabarás como él. Sí, esas palabras me suenan, me son familiares...

¿Puede resumirse en dos o tres frases una película? No lo creo. Y mucho menos, estas cuatro, que nos dejan un poso, una estela invisible. Horas, días después recordamos una imagen, un diálogo, una idea en la que no nos habíamos fijado, cuando las vimos. Se han quedado muy cerca, con nosotros...

No puede haber otros finales. Lo entiendes, cuando la película se acaba. Son finales abiertos. Sólo hemos visto un trozo de la vida de estos personajes. El final, casi siempre, es el principio de otra historia.

La niña y el asesino -ambos, sin familia, sin amigos- se subirán a un coche, iniciarán un viaje compartido con destino incierto.
La mujer caminará por la playa; intentará olvidar el amor perdido y dejará de soñar y atormentarse, o, al menos, lo intentará.
La prostituta cuidará a su niño en un lugar protegido, junto a otras prostitutas. El mundo no se puede cambiar, pero, a veces, encontramos un refugio.
El joven conocerá por fin a su padre; lo verá al otro lado del cristal. En una cárcel del condado. Se mirarán; descolgarán el teléfono que les permitirá comunicarse por primera vez. Hablarán... Tendrán esa oportunidad.

Somos como nuestros padres. Y no somos como ellos.












viernes, 10 de noviembre de 2017

LA REBELIÓN Y EL PODER


En la última semana, mi hermano y yo hemos estado viendo películas de Peter Watkins. Los años sesenta aportaron una explosión de ideas y frescura que, en la actualidad, se ha perdido. Y un atrevimiento formal y, también político, que ahora muy pocos creadores tienen; ni siquiera en las democracias.

Hace pocos años, la televisión francesa vetó la distribución de un falso documental que ella misma había producido, La comuna. En los años sesenta la BBC hizo lo mismo con otro falso documental, The war game. El autor de los dos es el mismo hombre, Peter Watkins, inasequible al desaliento, por lo que se ve.


Es la constatación de que la libertad de la expresión tiene unos límites, cuando pone en riesgo el modelo actual, el statu quo. Lo estamos viendo en el asunto catalán. Las democracias no eliminan físicamente a sus "enemigos interiores". No sería aceptado. Utilizan otros mecanismos: la cárcel, la amenaza, el miedo -si puedes perder tu empleo o tu libertad, ya sabes lo que debes hacer-, la ley -más o menos manipulada-, los medios de comunicación, la propaganda y, la mejor de todas, la censura económica. Si no tienes distribución ni medios, nadie te escuchará. No importará lo que digas, porque la información se puede controlar, manipular y dirigir de múltiples maneras.

Curiosamente, de todo eso habla Peter Watkins en sus películas. Incluso en las que podríamos llamar, históricas.



En Culloden, su primer falso documental, no deberíamos engañarnos. El esquema se repetirá en el resto de su filmografía. Siglo XVIII. 1746. La última revuelta escocesa. Una estructura de poder -un rey, un ejército, un Estado- que elimina físicamente a sus "enemigos", utilizando mecanismos como la propaganda, el uso de la fuerza o la desinformación. Hay una batalla -los escoceses "rebeldes" confían en un incompetente, un noble que, al final, salvará su pellejo-, pero lo que más impacta es que, tras la victoria, se elimina -ahora hablaríamos de genocidio- a una parte importante de la población escocesa con leyes y violencia indiscriminada, alimentada desde el poder, utilizando recursos sencillos como la ignorancia y la cosificación del "enemigo", repetida hasta la saciedad en las escuelas, en los periódicos. Watkins insinúa que la unidad de la Gran Bretaña se construyó con la sangre de miles de personas, eliminadas, apartadas, olvidadas por la Historia. Y nos muestra los mecanismos que utiliza siempre el poder para alcanzar ese objetivo. No es nuevo, pero hay que decirlo. Pocos lo hacen. En España, también ocurrió. Y en muchas ocasiones, a lo largo de nuestra historia, aunque algunos quieran que lo olvidemos.



En The War game Watkins se encarga de informar: esto es lo que pasaría si nos atacaran con material nuclear desde Rusia. Y pone en tela de juicio la falsa seguridad, trasmitida desde los grandes medios y los políticos, los de ahora y los de aquella época. No gustó a los poderosos de entonces. Por eso, la prohibieron.


Punishment Park se pregunta qué ocurriría si un presidente americano decidiera detener a todos los que se "rebelaran" contra el sistema. La respuesta es desoladora: juicios farsa, violencia policial y eliminación más o menos justificada de los "rebeldes". La ley, retorcida para imponer un modelo de sociedad, en el que no cabe la disidencia. Una distopía, quizá no tan lejana.




La comuna se pregunta sobre el sentido de la rebelión en el mundo actual. ¿Es posible? ¿Se tienen medios económicos y de información para poder transformar la sociedad? La revuelta popular de la Comuna de París en 1871 no es más que una excusa para hablar de nuestra realidad actual. Cualquier rebelión o revolución está condenada al fracaso, porque el control de la información es fundamental. Y si un Estado tiene los recursos de la represión se impondrá de manera brutal -como en La comuna o en Yemen o en Egipto- o más sutilmente, como en las democracias occidentales. La desmovilización de la izquierda, su incapacidad para construir un discurso alternativo, el auge de los nacionalismos de los Estados que no admiten igualdad de trato y de derechos con otras estructuras menores -el caso catalán es bastante evidente; se impone una unidad, porque se es incapaz de acordar un modelo que no sea cerrado y excluyente; el enfrentamiento superficial entre dos nacionalismos oculta una realidad más profunda en la que combaten la rebelión y las ansias de libertad frente al autoritarismo, envuelto de leyes y palabras vacías de contenido-. No olvidemos los conflictos internos y externos: la inmigración, la explotación de las multinacionales en otros países, el capitalismo feroz que recorta derechos y alimenta el consumismo acrítico, que está destruyendo la Tierra, poco a poco, la propaganda de los grandes medios; son un buen reflejo de lo que nos espera o de lo que ya tenemos.

Es posible que ya vivamos en una distopía. Hay quien nos lo dice. A veces, con mensajes subliminales -el mundo es violento, cruel y corrupto, nos cuentan en Juego de Tronos, que, al mismo tiempo, se convierte en un gran éxito y un buen negocio para el capitalismo triunfante-; otras veces, directamente, sin ocultarlo, como Peter Watkins. Al sistema, con él, sólo le queda vetarlo o despreciarlo, pero la realidad, al final, no se podrá ocultar eternamente.

Para entonces, es posible que ya sea demasiado tarde.

Para todos.




domingo, 29 de octubre de 2017

REFLEXIONES: HIPÓTESIS DE FUTURO

A principios de septiembre -es probable que antes- supe que habría un referéndum. El 2 de octubre no dudé que habría DUI y 155. Que haya acertado, me hace pensar que tengo un cierto talento para adivinar el futuro. Al menos, en este caso. Debo reconocer que a partir de ahora la situación me plantea más dudas. Con todo, haré previsiones.

En primer lugar, debo admitir que el tema catalán se utiliza para alimentar dos nacionalismos: el español y el catalán. Por supuesto, para que miremos a un lado y no nos demos cuenta de lo que hacen en secreto, por el otro. Que el Senado, después de aprobar el 155, votara el CETA, que nos quita derechos a los consumidores y ciudadanos por la puerta de atrás, no es más que uno de los ejemplos más evidentes. Que Rusia y China -que mueven los hilos, más de lo que pensamos- no hayan dicho nada me hace sospechar que, en el fondo, no les incomoda lo que está ocurriendo, si eso puede perjudicar a Europa y a EEUU.

También reconozco que mucha gente -seamos anarquistas o republicanos, (de verdad, no los de boquilla), o escépticos- admiramos la capacidad de organización y la rebeldía de una parte de Cataluña y rechazamos la incapacidad y el autoritarismo del Estado Español. En España, como bien se ha demostrado, ya no hay tal rebeldía; estamos solos los que queremos otra realidad. Esa España, en la que yo no me veo reflejado, se construye con represión y servilismo, con corrupción y mentiras. Ha demostrado su incapacidad para el diálogo. Ahora sólo quiere vencer, humillar.

Dicho esto, me atengo a las impresiones y datos que tengo a mi disposición. La intuición puede ayudar, sin duda, sobre todo, cuando se abren tantos interrogantes.

Veamos. Es evidente que pensar que esto se ha acabado y que con unas cuantas detenciones y juicios en los próximos días, todo volverá a la normalidad, es ridículo. Quien piensa que se celebrarán elecciones autonómicas con "normalidad", que Arrimadas será presidenta y los independentistas desaparecerán como por arte de magia, o es imbécil o está ciego. Sin embargo, eso es lo que se está vendiendo ahora en España. Y una mentira, aunque tengas todos los medios de comunicación, no es real, aunque la repitas una y otra vez.

Por otro lado, es evidente que el Govern -o si son detenidos- los municipios y ayuntamientos no podrán controlar el territorio. Incluso, aunque quieran normalizar la independencia.

Así que nos encontraremos con dos realidades paralelas, con dos legitimidades, con dos Cataluñas y una tercera, en medio, la de Colau, que no sabrá dónde situarse, que eligirá y haga lo que haga, se equivocará. Si acepta las elecciones autonómicas, asumirá el 155 y se convertirá en una farsante. Si se une al independentismo, otra parte de sus bases no lo entendería.

Pensar que la Cataluña independentista va a aceptar el control del Estado es ingenuo. Por supuesto, no creo que en el independentismo piensen que son libres, al menos, plenamente.

¿Cuáles son las próximas decisiones? Veamos, la convocatoria de elecciones por Rajoy será aceptada por una Cataluña; la otra, no lo hará.

El siguiente paso lo tendrá que dar el independentismo. Sólo le quedan dos opciones: aceptar esas elecciones o no aceptarlas. En realidad, sólo le queda una: no aceptarlas. Si no las acepta, tiene varias posibilidades. En primer lugar, puede apostar por la resistencia tanto en las instituciones como en la calle. Sería viable; hay gente que está dispuesta a hacerlo. ¿Todos? No, claro, hay gente en el PDCAT o en ERC que dudan; pero, a estas alturas, ¿qué les queda? ¿Aceptar unas elecciones, enmascararlas como constituyentes, con detenciones de sus dirigentes? Si el Estado Español fuera generoso, permitiría que se presentaran, pero no lo van a hacer. Como se ha visto en la manifestación de hoy y durante estos días, quieren la humillación, la derrota total. Y luego, irán a por los demás, se llamen País Vasco, Navarra, Podemos... Es absurdo, porque eso, curiosamente, es un boomerang, es un arma de doble filo. Hay que saber ganar; no ha ocurrido tal cosa, pero, si lo piensas, no puedes buscar la humillación. Es un error tremendo, que hace imposible que el independentismo pueda aceptar tal situación, aunque una parte sea pactista por naturaleza.

Bien, no hay elecciones o montas unas elecciones y consideras las "autonómicas" un referéndum participativo. O puedes construir dos legitimidades y eso, acompañado de huelgas, boicots, rebeliones pacíficas, demostraría que nadie tiene el control de Cataluña. Sería la derrota de Rajoy y una pequeña victoria para el independentismo. Pequeña, porque necesitaría reforzarse con urnas. Sean en un referéndum, unas elecciones constituyentes o otro proceso participativo. En esa situación, la otra Cataluña, se sentiría engañada. ¿No me dijisteis que todo se solucionaría?, preguntarían. Habría frustración también por la otra parte.

Pongamos que, se decide resistir y tomar decisiones. Se crea una realidad paralela, un gobierno paralelo. Bien, es evidente que Rajoy apostará por la represión. ¿Hasta qué grado? Y esta es la clave. Si se está dispuesto a humillar al oponente, convertido en enemigo -y hablamos de más de dos millones de personas- una opción inteligente sería hacer una represión parcial -alimentar el miedo contra los funcionarios, prohibir manifestaciones, control de medios-, pero tiene un problema. ¿Y si no te hacen caso? ¿Y si la gente -esos dos millones- salen a la calle? Si detienes a sus gobernantes -que ellos consideran legítimos-, lo harán. ¿Disolverás las manifestaciones? ¿Quitarás el empleo a miles de funcionarios? ¿Cerrarás los ayuntamientos que no te obedezcan? ¿Meterás en la cárcel a miles de personas? Eso se puede hacer en Turquía, en Egipto, en Rusia, pero en España, todavía hay un límite. Todavía.

El unionismo o el españolismo piensa que todo se quedará en un par de manifestaciones y luego todo el mundo aceptará la realidad, como si no hubiera ocurrido nada. Si esa Cataluña fuera Podemos, sí. Eso le vale en España, con una izquierda impotente, pero no sirve en Cataluña. Yo vi el 1 de octubre a gente que ponía su cuerpo porque quería votar, aunque les golpearan. Yo vi a gente el 1 de octubre desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, defendiendo su derecho a votar. Yo vi a gente, dispuesta a llegar hasta el final.

Si hay víctimas, aunque sólo sea una, aunque la justifiquen desde los grandes medios -la culpa es suya, dirán- se habrá acabado. Todos lo sabemos.

Dicen que esto se resuelve con unas "elecciones autonómicas". Mienten y ocultan la realidad. Nadie lo ha entendido, nadie entiende la complejidad catalana; se apuesta por maximalismos. Nosotros contra vosotros. Y ese es el problema. Porque podría ocurrir que en Cataluña, alguien cercano, que no piensa como tú, esté muerto, antes de final de año. Y, entonces, para esa persona ya no habrá futuro.

Y los demás tendrán que asumir esa carga.



viernes, 20 de octubre de 2017

FEDERICO LUPPI Y UN LUGAR EN EL MUNDO


Tendría unos veinte años. Fue entonces cuando vi Un lugar en el mundo. Descubrí a un gran actor: Federico Luppi. Luego, disfruté de muchas de sus películas, de un talento enorme, difícil de explicar, porque el talento o se tiene o no se tiene. Pero, sobre todo, construyó en mi imaginario una conciencia social y política que, con todas mis contradicciones y miedos -la realidad siempre te obliga a traicionar tus sueños-, nunca he perdido del todo. Siempre formará parte de mi memoria y de mis emociones más íntimas.

Luppi ha muerto. Y lo han insultado. Y, por eso, me he indignado. He leído comentarios en Argentina y en España, tachándole de maltratador, recordando sus amistades con Chávez o el comunismo, echando mierda sobre un muerto. No le perdonan que apoyara a los Kirchner y criticará al corrupto Macri y un sistema económico vergonzoso.




Esta es la sociedad que tenemos allí, aquí y en todos los sitios. Hay gente cobarde, inútil, estúpida, ignorante, porque hay empresarios, políticos, periodistas, jueces que los manipulan, como quieren y cuando quieren, con banderas y sin ellas. Dan asco.



Sí, sé que también hay gente con dignidad que lucha cada día por decir que este mundo es injusto y que deberíamos cambiarlo. Muchos de ellos, sólo se dan cuenta, lamentablemente, cuando les afecta directamente. Otros lo vemos todos los días. No necesitamos un 155 o el cierre de una televisión pública o que metan en la cárcel a dos de los nuestros o que quemen nuestros bosques o que levanten un muro en el centro de Murcia. No necesitamos el asesinato de un Santiago Maldonado o el recorte de derechos y libertades. Ha existido siempre. Sigue existiendo. Y seguirá existiendo, porque los cobardes, los inútiles, los estúpidos y los ignorantes mirarán a otro lado o jalearán al sistema, el mismo que los esquilma y les roba. A otros, impotentes, sólo nos quedará gritar, llorar, protestar, reflexionar o, de vez en cuando, un corte de mangas...

Un lugar en el mundo va de dignidad. De hombres y mujeres, que quieren un mundo mejor y lo encuentran, aunque sólo sea durante un breve instante.




Al final de la película, después de una carrera entre un carro y un tren, el amigo y el hijo del personaje que interpreta Federico Luppi, -simbolizan, en esa secuencia, los que luchan sin armas, con ideales, frente a los poderosos- consiguen una pequeña victoria. El carro ha vencido al tren. El joven levanta el puño; el maduro, el amigo, lo acompaña con un corte de mangas. Y grita: "¡A la mierda!"

Joder, Federico Luppi, eras un actorazo del copón. Y me hubiera gustado conocerte. Y a los que te critican, ¿sabes lo que les digo?

¡Iros a la mierda!

Seguiré buscando mi lugar en el mundo, Federico. Llevo más de veinte años haciéndolo, desde que vi tu película. Aún no lo he encontrado. Y, aunque sólo sea durante un breve instante, espero, -como le sucedió al personaje que interpretas-, poder encontrarlo algún día...