Todo el mundo conoce la fábula de El escorpión y la rana.
El escorpión le pide a la rana que le ayude a pasar al otro lado de un río. A cambio, la rana espera que no le pique durante el trayecto. El escorpión accede. Por supuesto, el escorpión acaba picando a la rana. Y aduce en su defensa, cuando los dos se están hundiendo: "Es mi naturaleza".
Admiro de Quentin Tarantino muchas cosas. Admiro su talento tanto el técnico como el, -para mí más dífícil-, de construir historias y diálogos jugosos. Admiro su parodia constante de los géneros y su cinefilia. Incluso admiro sus excesos, y su capacidad para mantener mi interés durante tres horas, pero aún así, nunca ha logrado emocionarme.
Sí, me he hecho reír, sonreír, asombrarme, pero olvido sus películas, incluso las más atrevidas.
Tarantino ha aportado al cine mucho y lo sabe; se mueve muy bien en un mundo que conoce a la perfección, en sus subgéneros predilectos, pero, hoy al despertarme, me he preguntado: ¿Cuáles son los fantasmas de Quentin Tarantino?
Detrás de ese guión medido, concienzudo, que busca sorprendernos -incluso con su propia intervención como narrador omnisciente a mitad de película-, preparando el giro clave que nos llevará al comienzo de otra película diferente a la que hemos visto hasta entonces, detrás de la sangre, las vomitonas, la violencia explícita, el humor paródico -que convierte la épica en una farsa más-, detrás de todo esto, hay fantasmas.
Algunos críticos hablan de estancamiento; yo no diría tanto. Tarantino se gusta, es cierto, pero no defrauda a sus defensores. Les da lo que buscan.
Vuelvo a los fantasmas. Es una pena que a veces Tarantino los oculte tanto. Consciente de su genio y talento, consigue el aplauso fácil de su público, pero la sensación que me produce es que nos quiere camuflar esos fantasmas. Estos no salen; están -como uno de los personajes- debajo del entarimado. No vemos lo importante; sólo la superficie de las cosas.
En el fondo, quizá Tarantino, siempre ha gustado de ese camino. Ya sea con la verborrea inteligente de sus personajes o con la violencia explicita o implícita, Quentin Tarantino no se ha traicionado nunca a sí mismo. Quiere que sus fantasmas aparezcan de esa forma.
Aunque, admito, que me gustaría, alguna vez, que Quentin Tarantino me contara sin juegos malabares o intermediarios, sus obsesiones más profundas.
Entonces, me temo, ya no sería Quentin Tarantino..., pero, para mí, sería una experiencia mucho más interesante.
Si me quedo con una primera impresión sería esta: quedan cabos sueltos.
Guerín busca eso.
Su cine documental
se construye poco a poco; se organiza de manera autónoma, espontánea, libre… Y
no olvida el humor. Nada es posible sin él…
Partimos de una clase; desde la cátedra el profesor imparte una asignatura.
Tenemos al profesor,
varias alumnas y, en casa, a la mujer del profesor. Y aparece un tema: Petrarca y su musa, Beatriz.
Y se abren pétalos, más y más
senderos: ideas que se entrelazan. Miramos a través de los espejos. Y sin
ellos.
Tenemos la literatura: su papel en
la construcción de nuestros sueños y la realidad que nos circunda.
Tenemos la seducción: el juego de
espejos y costumbres e ideas preconcebidas que necesitamos para sobrevivir y
afrontar el mundo.
Tenemos la relación que se establece
entre el profesor y las alumnas. Que podría ser, -¿por qué no?- una historia
acerca del poder y el uso descarado y narcisista de este desde una situación de
privilegio. Y muchas cosas más también.
Y la palabra. La palabra sin la cual
no existiríamos. Sin la cual nada de lo que tenemos, podría existir.
No es Guerín alguien que busque
respuestas. Sólo hace preguntas.
Me viene a la mente la famosa definición de Aristóteles. Esa que dice que la tragedia debe provocar piedad y terror para que sea posible la "catarsis" o la exteriorización de las emociones, que libere el alma del peso que nos aplasta, y que nos purifique...
Esta mañana fui a la aseguradora. Mientras la empleada -con un buen catarro- cambiaba unos datos y actualizaba nuestro seguro de decesos, miré por la ventana. Podía ver la calle y me fije que en una mediana había varios ramos de flores, atados con un lazo a una farola. Llevo viendo ramos de flores en ese lugar, durante todo el año, desde enero, desde la muerte de mi madre; siempre pensé que debía ser por un accidente, pero sólo hoy le he preguntado a la chica el porqué de esas flores... - ¿Qué ocurrió? - Fue un tipo en una moto; atropelló a un chico y lo mató. Y lo peor de todo es que ni se detuvo. Luego le atraparon; parece que había atropellado a otro chico media hora antes. - ¿Cuándo fue eso? - Debió ser hace meses, casi un año... Hice un comentario tópico y típico, ridículo, banal, estúpido: "Espero que esté en la cárcel..."
La historia de Paulina es simple. O eso parece al principio.
Títulos de crédito iniciales. Escuchamos lo que aparenta una discusión entre un padre y su hija. Padre de clase alta, progresista, un juez prestigioso, no entiende que su hija, Paulina, deje una carrera prometedora y baje al lodo, a dar clases de política y filosofía a unos adolescentes de barriada marginal. Su comienzo como profesora no es prometedor; en dos clases no ha conseguido nada. Y, además, esa noche es violada por algunos de sus alumnos.
Y aquí viene la sorpresa. Santiago Mitre, el director, no apuesta por una historia lacrimógena o una venganza. Ni siquiera la investigación, las preguntas que Paulina responde semanas después en el despacho de una jueza, -que sólo es un buen recurso de guion para construir una estructura firme y precisa- es el tema de esta película.
Se alza, en primer lugar, un personaje gigantesco, inmenso. Y su actitud, que choca con lo que esperaríamos en una mujer violada, la convierte en una resistente, en una rebelde ante un sistema injusto. Decide detener la rueda, dice NO a continuar con el giro eterno; porque toda rebelión debe empezar con un NO.
Los personajes alrededor -su novio, su padre, su amiga- no comprenden lo que hace.
Ella no denuncia a sus violadores, aunque sabe quiénes han sido. No busca culpables, busca la verdad. Se niega a identificarles y miente, cuando los contempla en la rueda de reconocimiento, golpeados, maltratados, con una confesión conseguida a base de torturas. No está dispuesta a justificar un mundo que no lo merece.
La violencia de las torturas o de la violación -mostrada con pocos planos, de manera sobria, sin énfasis de ningún tipo- se difuminan ante los argumentos que expone delante de su padre: firmes, serenos, valientes. Como su mirada...
...mientras escribo estas líneas, una farsa con cuatro personajes despierta la atención de millones de personas. Y ni siquiera es divertida... Eso no es política, diga quien lo diga... No hay verdad allí, sólo imágenes pixeladas en movimiento de títeres que mueven los labios...
...porque SÍ, esta tragedia, Paulina, es una película política, en el sentido más amplio del término, más digno. Nos dice que ya no hay rebelión posible en estructuras huecas que tarde o temprano se caerán a pedazos, en democracias vacías que han olvidado su sentido original. Sólo queda la búsqueda individual y valiente de la verdad. Y la resistencia.
Y, en el último plano, con los títulos de crédito finales, Paulina camina a su puesto de trabajo, una escuela para adolescentes, condenados a la cárcel o a la marginación por un sistema injusto y despiadado: el que tenemos, el que tendremos. Y camina con un hijo en sus entrañas, fruto de la violación, porque ella ha elegido y ha dicho NO y, sobre todo, ha dicho SÍ...
...al salir de la asegurada, me detuve ante los ramos de flores. Me pregunto quién pone esos ramos cada semana o cada mes. ¿Su madre, su novia, sus hermanos? ¿Y el motorista? ¿Por qué lo atropelló, por qué no se detuvo? ¿Dónde estará: en la cárcel, en el metro, en un parque? ¿Pensará en lo que hizo? ¿O ni siquiera se molestará en recordar esa noche?
No, yo tampoco querría culpables, ni víctimas. Me gustaría conocer la verdad. O levantar una verdad que remueva las entrañas o nos golpeé sin piedad.
Una verdad que nos libere a través de la piedad y del terror, que nos purifique y que nos limpie del dolor y de la pérdida...
Contemplo esta fotografía: un padre, una madre, y a su primer hijo, en la esquina inferior derecha.
Mi abuelo, mi abuela, mi tío...
Ayer, a medianoche, había cuarenta muertos en París. Hoy, a las diez de la mañana, son más de ciento veinte.
Palabras, palabras, palabras en la red, en los medios de comunicación:
Niger, Beirut, París, Kobane, Chad, Bagdad, Túnez: nuestros muertos... la respuesta no puede ser restringir libertades ciudadanas... a los refugiados que no han muerto, los acaban de matar en París... paz, derechos, respeto. Matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino... ha sido una acción de guerra. Venceremos al terrorismo... jamás podrán doblegarnos... no maten más... por Dios... ni por la democracia, ni por la libertad... con toda la gente que sufre en el mundo. Acabemos con el odio, con sus causas y sus efectos...
Yo escribo otras palabras en un documento de word: Cientos de muertos en París. La guerra llega donde nos sentíamos
seguros. Cientos, miles de muertos en el Mediterráneo o en lugares lejanos.
Palabras de políticos. Odio y nacionalismo. Represión y bombardeos. Recortes de
derechos. Quizá el ser humano esté destinado a destruirse a sí mismo.
Los franceses que
salen del estadio de Saint Dennis cantan la Marsellesa. ¿Votarán al Frente
Nacional? ¿Se olvidarán de los refugiados que quieren llegar al mundo
“civilizado”?
Los pobres son
cada vez más pobres. Los ricos, más ricos. Hay desesperados y fanáticos que matan; y otros,
mueren...
Las palabras no tienen sentido; ninguno.
Las dejo, las aparto...
Contemplo una fotografía: unos jóvenes, posando ayer delante del templo de Debod.
Están vivos. La vida brilla, deslumbra en sus ojos...
También eran jóvenes los que murieron ayer; también eran jóvenes quienes los mataron. Era un joven -confiesa un testigo ante las cámaras- serio, tranquilo, frío.
Cumplió la misión que se le encomendó. ¿Por qué un hombre joven muere sin miedo y mata sin compasión?
Termino de leer Agnes de Peter Stamm. Una historia de amor; el juego entre la escritura y la realidad. Empieza con una muerte, la de Agnes y termina con un vacío: la mirada que no aparece, que no se grabó; la imagen borrada, imaginada...
Han estrenado de tapadillo y a escondidas en Madrid -no podía ser de otra manera- la película de Marc Recha, Un día perfecto para volar.
Mi hermano y yo decidimos ir a verla.
De camino comienzo a leer Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia.
Más palabras. Más palabras...
"...El lenguaje, esa frágil y enloquecida materia sin cuerpo es una hebra delgada que enlaza... las aristas y ángulos de la vida solitaria de los seres humanos... los liga, pero sólo por un instante, antes de que vuelvan a hundirse en las mismas tinieblas en las que estaban sumergidos cuando nacieron y aullaron... lanzarán su último grito antes del fin, sin que su voz llegue, por supuesto, tampoco, a nadie..."
Un grito, un grito sin fin.
"...Y pasamos por alto las cosas que nos rodean y hacemos oídos sordos al grito que no calla..."
Mi madre me enseñó a leer; con ella adquirí el placer de la lectura.
"...la primera lectura es inolvidable, porque es irrepetible y única... el descubrimiento se asocia a la infancia, pero persiste más allá de ella, a cualquier edad..."
Leía a Julio Verne en mi habitación, en la cocina, en el salón, mientras mi madre preparaba la comida. ¿Es una imagen inventada o sucedió realmente?
Mi madre me enseñó a nadar. A nadar en el mar.
"... no es lo mismo nadar en el mar que en una pileta, la misma diferencia que entre vivir y leer..."
Sueño que nado en el mar. Y me gusta. Soy feliz. Me siento libre...
Hemos llegado al cine. En segunda fila; la pantalla es pequeña, asegura mi hermano.
Las luces se apagan.
Un niño. Y una cometa. El cielo, el viento, la tierra y el aire de la comarca del Garraf y medusas y una araña y un conejo blanco con orejas rojas y un gigante y un adulto, perdido entre las cuevas, desconcertado: un fantasma. Y un padre...
"...lo maravilloso de la infancia es que todo es real. El adulto es el que vive una vida de ficción, atrapado por las ilusiones y los sueños que le ayudan a subsistir..."
Las ilusiones, los sueños, las pesadillas pueden matarnos y pueden matar...
El padre, mi abuelo, y la madre, mi abuela, miran a cámara: ficticios, sobreviven.
El niño, mi tío, contempla, asombrado, a su padre.
Un instante. Y después de apretar el disparador, de disparar y detener el tiempo,
¿qué ocurrirá?
Me encuentro en una cripta de la calle madrileña de Ferraz, en el número 72. Son las ocho de la noche.
Una suave noche de otoño.
Es un funeral: recordamos a Joaquín.
Sí, es cierto, los que estamos allí, apreciamos o amamos a
Joaquín, pero noto que al ritual católico, -al que tantas veces asistí, cuando
era pequeño, y por el que ahora siento indiferencia- le cubre una espesa y
negra capa de hollín…
Una ceremonia vacía, un ritual que debo respetar; sin embargo, al
fin y al cabo, mi madre también creía en ese ritual…
Es hueco; como algunas despedidas, a la salida del funeral: de
personas a las que no veré, con las que no he tenido en los últimos años ni tendré
demasiado trato, extrañas, cuyo único lazo en común, en muchos casos, es que
Joaquín dejó un poso, una huella, más o menos profunda, en nuestras vidas…
Hay otras despedidas, sin embargo –como con los padres de Joaquín
o la hermana de Zita, a los que ni siquiera conocía-, que logran conmoverme,
aunque sólo haya entablado con ellos un breve intercambio de frases o palabras…
Me conmueve…
Me conmueve…
…cuando el párroco, amigo personal de Joaquín, menciona que este
lugar, la cripta donde celebramos el funeral, fue el sitio donde Zita y él se
conocieron, el espacio donde se casaron: un comienzo y un final.
Me conmueve…
…cuando la hija de ambos, una adolescente de 14 años, Itziar, -que
en un gesto de rebeldía, se ha teñido el pelo de pelirrojo, hace unos días- se
dirige al altar y, con cierta timidez, -que nos despierta ternura- enciende una
vela.
Metáforas. La mano de Itziar: el futuro. La vela: Joaquín, su luz…
Me conmueve…
…cuando Zita nos agradece –su voz tiembla- que estemos allí.
Itziar y los padres de Joaquín lloran. Nosotros, también…
Me conmueve…
…cuando Zita nos confiesa que al empezar a caminar por un sendero
o una calle conocida –gesto cotidiano, el de todos los días-, le recuerda y se
le escapan las lágrimas…
2.
Hace muchos años. Me encuentro en una sidrería, un Lizarrán, el de la plaza de
Puerta Cerrada. Son las cinco de la tarde.
Una fría tarde de invierno.
Es una cálida celebración: un encuentro anual.
Hemos bajado por las escaleras a un sótano. En un espacio reservado, hay una
mesa con asientos corridos, sin respaldo. Es un lugar conocido: tenemos por costumbre celebrar
comidas allí cada cierto tiempo.
Conmigo se encuentran Joaquín, Jorge, Carlos –cuyo apodo es El
comandante-, Zita… Habría más gente, pero sus rostros los he olvidado…
Un amigo de Joaquín acaba de fallecer. Lo recordaban.
Y, entonces, Joaquín –no puedo asegurarlo, pero creo que fue él
mismo- levantó un vaso de patxarán o de sidra y dijo:
- ¡Brindemos por
él!
Es extraño.
Tuve la sensación de que en ese momento aquel amigo brindaba con nosotros…
que estaba allí.
Una pareja, un encuentro fortuito. El escritor recuerda a Jacqueline... Sólo fueron cuatro meses de su vida, cuando era joven...
¿O fueron nueve?
Me encuentro en París: boulevard Sant-Germain, rue de Dante, promenade de la Tournelle, estación de Austerlitz...
O en Barcelona: Avinguda de Gaudí, jardins del Princep de Girona, plaça del Diamant, estación de Sants...
Diez de la mañana. Mi mirada se queda fija en un punto entre las nubes. Te
dejan ciego, te nublan la vista. Las cigüeñas vuelan en círculos; buscan un
lugar dónde posarse. El reflejo te atrae; no puedes apartar la mirada. Y cuando
lo haces, notas que las cuencas de tus ojos se han llenado de luz; debes
vaciarlos, adaptarte a la oscuridad de la habitación donde te encuentras...
Jacqueline y el joven escritor roban una maleta con dos fajos de billetes. Huyen a Londres...
Estoy en Londres con ellos: Hyde Park, Notting Hill, el Támesis, estación de Waterloo...
Estoy en Madrid con ella: templo de Debod, Aranjuez, paseo de Federico García Lorca en Vallecas, estación de Atocha...
Tres de la tarde. Azul en el cielo. Se abren huecos. Las nubes, deshilachadas, pierden su consistencia. El brillo se difumina. La textura cambia; es más suave el roce de la piel. Puedes mirar; el azul no te cegará, sólo te perderás en el infinito, entre la espuma del mar y las olas que rompen en la orilla...
El escritor pierde a Jacqueline. La encuentra quince años después cerca del bosque de Boulougne: siente de nuevo los labios en su cuello y la caricia de su pelo. El tiempo se ha detenido...
Ocho de la tarde. Las gaviotas se cuelgan del lugar más alto: otean el horizonte. Las luces de neón se mezclan con los rescoldos del día. Grises. Pronto, el cielo será una masa negra e informe. Sin luna, no podremos distinguirlo de la tierra...
Tiembla entre mis brazos. La ha perdido; la ha recuperado. La he perdido; la he recuperado.
Todo ha cambiado. Nada ha cambiado... Un ojo, una lágrima...
Dejo a Modiano; tengo entre mis manos Marca de agua de Joseph Brodsky.
Es de noche.
Estoy en Venecia. Invierno.
Noto la humedad, el frío, la niebla, el olor a algas heladas.
El amor es un reflejo que se aleja de nosotros.
Viajo por el agua. El tiempo me atrapa entre sus garras. Me disuelvo...
Brissago. Allí estuvieron mis padres desde abril hasta septiembre del 69.
Me encuentro en el hotel donde trabajaron; ahora, de reformas.
En Madonna del Sasso. Hace 46 años...
Y hoy...
En Locarno, a pocos kilómetros de Brissago, sueño con
Regina, mi tía-abuela. Su rostro es el de los años 80, cuando yo era
un niño. Está sentada en un porche, delante de una casa que no logro reconocer.
Sé que mamá está dentro, aunque no la veo. Me quedo fuera de la casa, hablando
con Regina. Escucho la voz de mi madre. Me despierto…
2ª etapa:
Amanece. Estoy vivo. Un día más. En Arosa, donde vivieron
mis padres desde diciembre del 68 hasta abril del 69.
El sol entre las montañas. Nubes de terciopelo. Luz suave.
He dormido en el mismo hotel en el que trabajaron mis
padres. ¿Y si me hubiera despertado en el 69? Ahora, al bajar a la sala, para
desayunar, les vería preparar el té, los croissants, el embutido…
Hablaría con ellos, me los encontraría por las calles y les saludaría. ¿Qué les podría decir?
“No vayas a Buenos Aires nunca, mamá”; “Papá, cuídate más; cuando envejezcas, no derroches”; “Disfrutad de vuestra felicidad, mientras dure”.
No, no les diría nada. Sólo les miraría y contemplaría, en silencio, su
juventud y sus ganas de vivir…
Como era de esperar, no los encuentro. Sí vuelvo a ver a una pareja de
inmigrantes, también jóvenes, como mis padres, de Palermo, que trabajan en el mismo hotel. Mis padres tendrían su misma edad. Una nueva generación en busca de su futuro...
Me duermo. Sólo recuerdo una imagen. Veo a mis padres juntos
y felices. Les estoy presentando a unos amigos. Sonríen como lo hacían de jóvenes.
Hablan conmigo con naturalidad. Están conmigo… La luz entra por la ventana. Es
de día…
3ª etapa:
Verona. Aquí estuvieron desde septiembre de 1970 hasta mayo de 1971. Duermo en un instituto de formación profesional católico.
En la pared de la habitación, un crucifijo y el cuadro del fundador. Jóvenes, niños,
adolescentes, profesores. Todo me resulta muy familiar. La entrada a las ocho
de la mañana, la salida de las clases, la hora del recreo. Los sueños se han
diluido.
La dueña de un bar, enfrente de donde vivieron mis padres, una mujer de origen chino,
otra inmigrante, hace unas cuantas llamadas: la casa está en venta. La madre
murió hace tres años.
Los Bolla: importantes y afamados viticultores. Alguna escapada erótica:
los viajeros también tienen derecho a imaginar o a recordar…
Disfruto de Verona. Es la ciudad de Julieta y la ciudad de la Arena, uno de los más importantes anfiteatros del mundo, y la ciudad donde Giotto aprendió y enseñó a pintar...
De niño, mis padres me contaban tantas cosas de Verona, de Italia... Era un mundo que me permitía soñar, me alejaba de esa ciudad dormitorio que era entonces Móstoles, viajaba, conocía otros lugares, vivía en un mundo diferente, mágico, desconocido... Si ellos no hubieran ido allí, mi pasión por la historia antigua, por el latín o el griego nunca hubiera existido. Gracias a ellos y a la aventura que emprendieron, soy lo que soy...
4ª etapa:
Cortina d`Ampezzo. Allí estuvieron en los inviernos de 1970 y 1971.
La casa donde vivieron mis padres no ha cambiado. Nada. El guarda es muy amable. Me hace una fotografía desde el mismo balcón donde mi padre se la hizo a mi madre.Tal vez sea el vínculo con
los Bolla que buscaba. Le enviaré las fotos de mis padres, como me ha pedido...
A las siete de la
tarde ya no hay nadie en la calle. Sólo un restaurante abierto, Las tres torres -una de las montañas más conocidas de la zona recibe ese nombre-. Temporada baja.
Somos un grupo de japoneses, alemanes y un servidor. El sitio es agradable con
algunos toques rurales: la madera en el techo, un reloj de cuco, muebles
antiguos; está restaurado y es moderno sin pretensiones. El trato, amable. La comida, aceptable: unos
raviolis con espinacas, un strudel con miel delicioso y una grappa que me sienta muy
bien. Paseo por las calles del pueblo antes de ir a dormir. Cuento más de quince tiendas de ropa. No hace
falta ir a Milán; aquí están todas las multinacionales a unos precios muy
parecidos a los que encontrarías en la llanura lombarda.
Milán.
Tomo el avión. Se acabó. Un año después nací yo...
Unos días
en el festival de cine de San Sebastián.
Domingo.
Mi
hermano y yo vamos en autobús: parada en Lerma. A la espalda de la estación de
autobuses, un cementerio. La tierra seca, yerma. Colinas suaves. Graneros,
polígonos, castillos, torres de paja. El color amarillo, verde grisáceo.
Algunos
de mis personajes, los de la distopía que quiero escribir, atravesarán esa
tierra en un tiempo en el que estará quemada, abandonada. Intento imaginármela.
Burgos,
Álava.
Al entrar
en Guipúzcoa, cambio de escenario. El color ahora es un verde brillante,
protegido hoy por el azul del cielo. Ni una sola nube.
Dos y
media de la tarde. Temperatura agradable. Donosti.
Nos
cruzamos con una chica joven. No llegará a los treinta años. La miro de arriba
abajo, discretamente, como suelo hacer. Combina el rojo y el negro con
sobriedad. Es atractiva. Atraviesa, tranquila, decidida, una calle del barrio
de Amara. Sonríe, segura de sí misma. Así me recibe siempre Donosti: con una
sonrisa.
Esperamos
en la plaza Constitución, comiendo unos pinchos en la terraza. Tres chicas ensayan un número. Música de Duke Ellington: Take the A train.
Sus cuerpos en
movimiento. Sin música. Acompañadas por la música. Ensayan. Descansan. Una pareja, dos espontáneos, se lanzan
y bailan improvisadamente un minuto: ¡Cuánta vitalidad! Nos saludan.
Aplausos. También a C. y a mí nos aplaudían. No lo hacíamos mal, ¿verdad?
Fotografías
de C. en Barcelona en la playa. Siento un pinchazo en el estómago. Será un día
extraño: brillo en el agua del mar, reflejo de la luz. Melancolía.
Sunset songs: Dirección cuidada, personaje femenino fuerte. Imágenes que se quedan grabadas
en la retina. Buena adaptación. Logra emocionarme a ratos.
Pikadero: combina el
humor vasco, sobrio e irónico con un estilo a lo Kaurismaki. Los personajes se
dejan querer. Sonríes, aunque la historia no deje de ser triste. Sales
agradecido y con buen sabor de boca.
Mañana
será otro día…
Lunes.
En el
Kursal vemosAmamade Altuna: combina
con elegancia el simbolismo y un realismo suavizado. Es emotiva cuando se
centra en la relación padre e hija. El resto, atractivo, pero no logra
despertar pasión. Es muy digna, aunque me gustaba más Bertsolariak.
Aprovechamos
el último día sin nubes –se espera lluvia mañana- para hacer una visita
turística: una exposición sobre Kieslowski, sobria, muchos datos y
fotografías en el Centro Cultural de Okendo y una visita al recién inaugurado
edificio de Tabakalera –aún hay muchos huecos, oficinas vacías que se irán
llenando en los próximos meses; todavía un cascarón vacío, moderno y bien
preparado, con intención de convertirse en un centro cultural de primer orden.
Nos recuerda a la Casa Encendida-. Subimos al monte Urgull; nos perdemos por la
zona boscosa. Subidas y bajadas. Mar en calma. Mientras nos dirigimos al castillo –dejo a Raúl
muy atrás- recuerdo otra subida. La subida a Urgull, la subida al Alcazar de
Segovia. Dejó atrás a Raúl, dejo atrás a mi madre hace un año. Se mezclan las
dos subidas. Raúl, en silencio, a su ritmo. Mamá: “No vayas tan rápido, me
canso, que ya soy viejecita”. Terminamos la subida.
Cielo
brillante. Mar en calma. Llanura.
En los
cines Principe, en la sala, otra imagen paralela: la puerta de salida de la
derecha me trae a la memoria la puerta de otra sala de cine; sí, en Madrid,
en la exposición de Alejandro Magno de la fundación Canal, en Plaza de
Castilla; era una proyección en 3D de la ciudad de Alejandría. Estoy en Alejandría durante unos segundos…
Anomalisa:la idea
genial de Kaufmann –tiene y ha tenido tantas- de que todas las voces sean la
misma para el protagonista –y eso resume lo que es su vida- , desarrollada con
humor y mucha sensibilidad. No llega al nivel de Olvídate de mí, pero te atrapa. Y el personaje femenino adquiere
una entidad mayor de lo que podría esperarse en un principio.
Al salir,
las nubes están negras. Se acerca la lluvia.
Tres regalos de mi juventud: el protagonista parece decirnos que hay amores que no se
olvidan. No pueden estar juntos, pero se echan de menos. Queda el dolor de lo
que nunca podía ser. Deja un poso, una sensación amarga y dulce. ¿Es eso el
amor? Sí, it´s a losing game, C. Sens dubte.
Esa noche
hago el amor con C., sin ella...
Martes.
Aprovechamos
la mañana para visitar el Museo de San Telmo. El claustro es, estos días, un
lugar para el encuentro entre productores y distribuidores latinoamericanos. El
museo ya lo conocía: muy restaurado y bien organizado. Nos interesa más la
exposición sobre Pasolini. Quizá una de las mejores que he visto: completa,
variada. Información combinada y todo tipo de procedimientos: paneles,
entrevistas, escenas, cartas, mapas, imágenes…
Comemos de
menú en un restaurante por doce euros. Hay lista de espera: eso es buena señal.
Sopa de pescado y postre a gran altura. El resto, aceptable. Volveremos mañana.
Desde allá: Venezuela.
Dos personajes. Un pedófilo con un pasado oscuro y un padre lejano y ajeno al
que odia y no se atreve a acercarse. Y un muchacho, un superviviente. Están
lejos y se comprenden, pero no hay final feliz. Es concisa, fría, sin añadidos. No
logra emocionarme, pero funciona, se deja ver.
Mariposa: Un
divertimento. ¿Y si mi vida hubiera sido diferente…? Dos vidas paralelas. Los personajes
parecen diferentes, sus vidas lo han sido, pero, al final, acaban haciendo lo
mismo y llegando al mismo punto. No hay reflexiones profundas: es un juego de
malabares, que se sigue con interés, pero sin pasión.
Lluvia,
mientras esperamos. Alguna muestra de desorganización: nos mojamos y nadie nos
dice la razón del retraso. Cabreo entre el público.
Aparece
antes de la película una frase: "El parlamento Europeo protege los derechos
humanos". Risas. Un pensamiento me viene a la mente: sólo protegen los de algunos…
Taxi teherán: es una
buena muestra de lo que se puede hacer con pocos medios y con mucha
imaginación. La censura está ahí, la que nos imponen y la que aceptamos, pero
no debemos rendirnos. Un taxi, un director, tres cámaras, algunos personajes, y mucho humor. Poco más. Y es mucho.
Miércoles.
El rey de la habana: Es redonda. Y no emociona. La vida es dura, cruel. La adaptación recoge el
espíritu de las narraciones, pero todo es tan brutal, que no logras sentirte
cerca de ninguno de los personajes. Tal vez ese sea su objetivo.
Subimos
al monte Igeldo. El paseo por un parque de atracciones de otra época.
Descansamos
en la pensión. Mientras espero a mi hermano, que se encuentra en el baño, salgo
a la terraza. Niños que acaban de salir del colegio: uno de ellos está
enfurruñado. ¿Alguna discusión con su mejor amigo? Una niña se separa de sus
amigas y se acerca a un adulto. El padre –imagino que lo es- le da un beso en la frente. Se
me ocurre un tema para una novela. Ese debe ser el punto de partida y el punto
final. Circular…
El niño y el monstruo: agradable, majos todos los personajes. Dibujos animados manga con gracia.
Cielo
nublado con ratos de sol. De repente, sale de entre las nubes. Acaricia;
ayer, a la misma hora, lluvia racheada. Las olas rompen con fuerza; fotografiamos
el instante, lo congelamos.
Experimental, emotiva, reflexiva. Despierta miedos y sensaciones muy intensas, conocidas. La
muerte de su madre, de su perrita, su propia muerte; la muerte de mi madre, de
mi padre, mi propia muerte… Es compleja y difícil de digerir, pero es la que
más me ha removido las entrañas…
“Cuando
intentamos explicarnos qué es la vida, miramos hacia atrás. Cuando la vivimos,
miramos hacia delante...”
Jueves.
Quedan
pendientes: Paulina, High-rise, Truman,
Son of Saul, la de Recha…
Estación
de autobuses de Donosti. La misma que hace diez años. Aún sigue siendo un
espacio a la intemperie. La nueva estación, un proyecto eterno.
Estamos
en la AP1. El interior de Guipúzcoa. Un verde brillante. Lo echo de menos. Ya
lo echo de menos. Siempre quiero volver aquí. Es un lugar al que siempre quiero
regresar...