sábado, 7 de octubre de 2023

O CORNO Y LAS OTRAS VÍCTIMAS

Hay temas que pocos se animan a tratar. Hasta hace poco el aborto clandestino fue uno de ellos. La tortura es otro. ¿Quién se atrevería a hacer una película de ficción donde viéramos a policías o guardias civiles torturando? Y eso ha sucedido en este país. De manera sistemática y estructural, al menos, hasta los años noventa. 

Pilar Miró en El crimen de Cuenca situó la acción a principios del siglo pasado. Solo eran un par de minutos de torturas. Aún así, secuestraron su película y tuvo que pasar por los juzgados. Algunos documentales -vascos y catalanes- lo han intentando. Por supuesto, han recibido escasa difusión. Y si alguno llegara a las grandes pantallas, la presión mediática de las grandes asociaciones de víctimas del terrorismo lo condenaría. 

Recuerdo sólo una miniserie muy reciente de Barroso, donde uno de los personajes era Meliton Manzanas; el tratamiento, suavizado y justificativo, daba, en mi opinión, vergüenza ajena. Y, con todo, Covite protestó y puso una cruz a la serie, porque otro de los personajes, Etxebarria, el primer muerto integrante de ETA, había sido humanizado. 

Pero la autocensura actualmente es más sutil de lo que pensamos. Si alguien escribe sobre la amnistía en el País -ayer mismo, sin ir más lejos-, pone ejemplos en Chile o Gran Bretaña, pero no se atreve a decir que aquí en 1977 miles de policías fueron perdonados y que a otros muchos no solo se les indultó, sino que incluso se les condecoró. Hay miles de víctimas de segunda o de tercera olvidadas.

Un alto cargo de la judicatura habló ayer de igualdad ante la ley. No sé si la palabra hipócrita le podría definir. A veces me pregunto si hay libertad cuando muchos no se atreven a decir determinadas cosas, porque eso les podría dejar sin trabajo y sin medios de subsistencia. Las democracias modernas no siempre son tan modélicas como pretenden hacernos creer. China y Rusia son menos sutiles, pero Europa y Estados Unidos también saben controlar a sus ciudadanos.

Las otras víctimas: la violencia policial durante la Transición de David Ballester es un estudio serio y concienzudo que merecería ser más difundido. Poca gente sabe que hubo, al menos, más de 150 muertos, ya fuera por "gatillo fácil", en manifestaciones o dependencias policiales en el periodo 1975-1982. 

En este enlace, podemos leer sus historias. Vale la pena dedicarles un poco de nuestro tiempo para conocerlos, para no olvidarlos. 

La tortura, como bien explica el autor, se extendió durante mucho más tiempo. No hubo limpieza ni depuración ni intención de hacerla en los cuerpos de la Benemérita o la Policía Nacional. No parece que importe demasiado. Esa Transición modélica tuvo muchos muertos que, como los de las cunetas de la guerra civil, se esconden bajo la alfombra. Quien manipula la Historia, construye el futuro con pies de barro.

Mientras esperamos una película directa y atractiva sobre la tortura de alguien valiente o de un "suicida", sí tenemos en los últimos años el tratamiento del aborto clandestino. Fuera de nuestras fronteras gran número de escritoras han tratado el tema desde diferentes perspectivas. Recuerdo, sin ir más lejos, la reciente premio Nobel de Literatura, Annie Ernaux, en su libro El acontecimiento. Muchas han escrito sobre esa experiencia. El aborto era peligroso, te podía costar la vida, pero existía, aunque se ocultara. 

Jaione Camborda ha situado su historia en 1971, a las puertas de la Transición. Silvia Munt, el año pasado, en Las buenas compañías, también ponía el foco en sus consecuencias. 

Por cierto, dejo claro que ahora mismo el cine español más interesante llega del País Vasco, Galicia o Cataluña y se rueda en gallego, euskera o catalán. El resto del panorama es desolador. O grandes producciones o películas de género -necesarias para la industria, rodadas profesionalmente, pero previsibles-. El cine que busca otros caminos llega de la periferia. 


Así que tenemos la segunda película de Jaione, que ha conseguido la Concha de Oro en San Sebastian. Se estrenará en unos días. Vale la pena verla, aunque pondré algunos peros. 

Jaione Camborda no ha nacido de la nada. Lleva trabajando en esto mucho tiempo. Ha sido diseñadora de producción y directora de arte antes de ponerse a escribir y dirigir sus películas. En Arima, su primer largometraje, asistíamos a un protagonismo coral. El estilo que le caracteriza -diálogos breves y concisos, personajes femeninos en un entorno rural, cierta frialdad o distanciamiento estético que oculta pasiones y emociones intensas-, ya aparece en esta opera prima. 

Los primeros diez minutos, que han despertado cierta controversia, no son para tanto. Me explico. Asistimos a un parto en tiempo real. Al menos, a su última parte. Se centra en el dolor y, sí, es muy físico y animal. Sin embargo, pocos han visto una película japonesa de un director de la nueva ola rodada en la década de los setenta, Kazuo Hara, Extreme private Eros: love song. Es una obra irregular, pero es imposible de olvidar el parto de su mujer. Mucho más realista que el de O corno. Vemos la sangre, el niño saliendo de la vagina. Literalmente. Jaione es más sutil. 

Incomoda el aborto, por supuesto, donde también apuesta por la fisicidad, aunque, al final, nos regale una imagen hermosa en su simplicidad; lírica, en su sentido más amplio: dos gotas de sangre. 

Hay una mirada, como no podía ser de otra manera, al placer femenino, un par de escenas más tarde. Ya tenemos todo: nacimiento, muerte y sexo. Sí, hay esa necesidad de querer contar todas las experiencias de una mujer -partera, abortera, libre sexualmente-, en muy poco tiempo. ¿Forzado? Podría ser, aunque no se nota mucho, mientras lo ves.

No hay interés por desarrollar personajes masculinos. Los que hay son sólo estereotipos, figuras externas: el marido de la mujer que pare y el padre de la que aborta, el amante, el contrabandista, el barquero, el propietario de una finca. No los necesitamos o no se atreve a darles más entidad. Es una elección. 

Tenemos después la historia de una huida. 

Quizá todo es previsible. Sabes perfectamente qué va a ocurrir. Lo importante, no obstante, es cómo se cuenta. 

Y aquí debo objetar que O corno podría haber sido más experimental. Jaione quiere un público -nunca será el gran público, pero necesita llegar, al menos, a las salas de cine- y pienso que no se atreve a romper completamente la baraja. Construye una historia sencilla, centrada en un solo personaje -este único punto de vista solo se aparta en tres ocasiones, y muy brevemente, con la chica joven que aborta, la familia que vive del contrabando en la frontera y la prostituta portuguesa, que la acoge en la parte final del metraje- y apostando por un tratamiento formal medido y casi documental. Sin embargo, en cada una de las escenas, siempre podría haber ido más lejos. Si lo hubiera hecho, es cierto, muy poca gente lo hubiera visto. Entiendo que, como hizo Erice, solo el cortometraje te permite esa libertad. 

El final, el último plano, me sobra. Reitera una idea que ya quedaba clara en el plano anterior, mucho más hermoso y sutil, pero también entiendo que quiera cerrar su historia de manera circular. 

En realidad, lo que me gusta más de O corno es que es una promesa. La promesa de un cine diferente. Espero que Jaione nunca busque al gran público. Su mirada, íntima, sensible, personal no debería hacerlo. El tiempo nos dirá. 



sábado, 30 de septiembre de 2023

CERRAR LOS OJOS Y VÍCTOR ERICE

 


Anteayer tuve un largo sueño. Me encontraba en una sala de profesores. No había nadie más. Miré hacia el pasillo. Por delante de la puerta pasó una mujer a la que he amado, a la que aún quiero. Se deslizaba como si fuera un fantasma. Me sonreía. Y desapareció, sin dejar de mirarme. No la perseguí, ni la llamé. Me pareció inútil. Porque yo también era un fantasma...


Tal vez sea innecesario decir que Cerrar los ojos de Víctor Erice no es una obra maestra, como sí ocurre con El espíritu de la colmena o El Sur y, de otra forma más experimental en El sol del membrillo o en sus cortometrajes. Hay aspectos del guión perfectamente prescindibles. No los mencionaré. Cualquiera que vea la película se dará cuenta de cuáles son. 

Todos los actores y actrices están perfectos. Eso es algo que Erice siempre ha tenido: su extraordinaria capacidad para sacar, con ayuda del actor, lo más profundo, lo más íntimo de cualquier personaje. 

Sí, también es posible que algunos diálogos me sobren. Me gustan más los momentos en que el protagonista no dice nada: cuando trabaja en una traducción que le agota o llama a un teléfono que no existe. 

Las canciones, elegidas con gran acierto, te acercan a los personajes. Sin embargo, a veces cuando intenta dar un sentido a sus acciones o construir un relato realista, yerra. 

En realidad, a pesar de sus defectos, la película me ha despertado emociones que resultan muy difíciles de describir con precisión. Las palabras, en este caso, demuestran su impotencia.

Y es con Ana Torrent, sobre todo, cuando la película adquiere una intensidad mayor. 

"Soy Ana". 

Todas las películas de Erice vuelven a nosotros. El sur lo vislumbramos en pequeños detalles, como en el padre que desaparece, o esa escena rodada de una película fallida en la que retornan lejanos fantasmas de un personaje atormentado. Pero es inevitable que sea precisamente El espíritu de la colmena la que se insinúe o se refleje, de manera obvia, cuando ella, Ana Torrent, aparece en la pantalla.

Los ojos que se cierran para soñar o recordar o para recuperar la infancia o a la persona querida que hemos perdido o para inventar o imaginar qué pudo sucederle a un amigo.

"Lo que más recuerdo de mi padre es su voz".

Sin embargo, delante de la pantalla de cine uno ha de mantener los ojos abiertos. Aunque solo cuando los cerramos, la imagen tenga la posibilidad de conservarse para siempre. Esas fotografías, ese celuloide con fantasmas que son observados y que observan. Que nos miran y a los que miramos. 

Ellos son nosotros. Nosotros somos ellos. 


Hace poco tuve otro sueño. Solo recuerdo la voz de mi madre. La reconocí; era inconfundible. 

Cuando abrí los ojos, aún escuchaba el eco de sus palabras. 


martes, 29 de agosto de 2023

UN ÚLTIMO PLANO: VIDAS PASADAS, 20.000 ESPECIES DE ABEJAS Y NO BEARS


Tres películas que terminan con un plano similar: un coche y en su interior el personaje principal. Sin embargo, no pueden ser más diferentes.

Vidas pasadas, que se estrenará en noviembre en las salas, y 20.000 especies de abejas, que estuvo ya en los cines esta primavera, coinciden en varios puntos. 

En primer lugar es la primera película de dos mujeres que tendrán, con toda seguridad, un gran futuro: Celine Song y Estíbaliz Urresola. Conscientes de que era una primera película se decidieron por tocar temas cercanos. Song echó un vistazo al entorno que conoce: Corea y Nueva York. Estíbaliz también: el País Vasco. Ambas se adaptan a las necesidades comerciales, pero dejando en sus obras una parte de su propia identidad. Saben medir sus fuerzas y buscan al gran público. Por tanto, no podían ni, seguramente, querían arriesgar en exceso. Sus historias están bien contadas y técnicamente irreprochables. Es cierto que no logran emocionarme del todo -aunque sienta cierta ternura por los dos personajes de la película de Song-, pero los personajes y la trama son sólidos en ambos casos.

Song prefiere contarnos una historia de amor imposible, cuyos protagonistas están separados por miles de kilómetros. Su estética es elegante, made in Hollywood, como bien se aprecia en este trailer.

Song construye con enorme delicadeza una historia que podría ser demasiado melosa o ridícula en otras manos. Para nada. Hay además en muchos de sus planos una reflexión de cómo la memoria interpreta la realidad o la transforma con el paso del tiempo. 

Estíbaliz, en cambio, apuesta por lo familiar; reflexiona sobre la identidad sexual durante la infancia. Es más realista, aunque, eso sí, con muchas buenas intenciones y un objetivo políticamente correcto. Gira alrededor de dos personajes: la madre y una de las hijas. Más convencional y tal vez menos arriesgada de lo que uno podría exigir a una novata.

En la de Song quizá el último plano debería haber sido otro: ella, apoyándose en el hombro del marido y entrando en su casa. Elige el del chico, yendo al aeropuerto en un Uber, contemplando los rascacielos de Nueva York desde el interior del coche, haciendo tal vez una rima visual con el momento que ellos recuerdan como el más hermoso de su infancia.

La película española termina con la niña, mirando por la ventanilla. Y una canción en euskera de fondo.

En ambos casos, una nueva vida. La niña, que se llama Aitor, tendrá, incluso, un nuevo nombre: Lucía. El futuro es suyo, parece decirnos la directora. 

El chico, en cambio, deberá aceptar que esa vida es pasada. Hay más melancolía y nostalgia. Sin duda, es una película muy madura y nos descubre un talento, el de Song, que deberemos tener en cuenta para los próximos años.

Frente a estos dos finales, más o menos optimistas, tenemos el de Panahi. Este director iraní vive una situación muy diferente. No puede salir de Irán. No le permiten rodar o, si lo hace, se topa con muchas dificultades. 

Esta película, No bears, se estrenó hace unos meses. Son dos historias paralelas en las que el propio Panahi interpreta un personaje que sirve de enlace entre ambos relatos. Por un lado, tenemos una pareja que quiere salir de Irán con pasaportes falsos; ella, ha sido torturada, ha estado en la cárcel, pero no quiere irse sin él. Panahi los graba como si fuera un documental. El director no puede estar en el rodaje, pero sí busca un lugar cercano, un pueblo a dos pasos de la frontera. Y allí se convierte en observador de otra historia de amor, condenada desde principio, a causa de un matrimonio concertado. El miedo al poder y a las tradiciones son el centro de una historia que conduce con naturalidad, un realismo simple y escasos medios a un final inevitable: la muerte de tres de los personajes.

Por eso, el último plano es muy diferente. En las dos primeras películas el coche está en movimiento. La vida sigue. 

En el de Panahi, en cambio, el director para el coche; apaga el motor. Hay una rebelión, un gesto político en esa decisión, un grito silencioso. El personaje nos dice: ¡Basta ya!

Fundido en negro; se escuchan claramente los sonidos de una Naturaleza ajena a las tragedias humanas. La muerte se ha impuesto. 

No hay salida; no hay esperanza. 

viernes, 25 de agosto de 2023

SENDEROS DE GLORIA: POR SI SE DA EL CASO


Si uno se quedara solo con la entrada anterior se le pasaría por la cabeza una idea: al género humano ningún ser vivo le echaría de menos, si desapareciera, Bueno, sí, un poco los gatitos... Los perros, sin duda. Algunos otros, como los caballos o los burros... Poco más. Y lo tendríamos merecido. 

Pero también es cierto que el ser humano es capaz de actos maravillosos. Imagino que así somos, grandes contradicciones vivientes. 

Uno de los finales más hermosos de la historia del cine es del Senderos de gloria. Una película antimilitarista, que, por sí misma, es una obra maestra. Fue censurada en Francia hasta los años setenta; decía cosas que no gustaban o irritaban por el país de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

El epílogo es un respiro, una bolsa de aire, una esperanza.

Unos soldados franceses de a pie, los mismos que morirán en unas semanas, en unos meses en el campo de batalla, se encuentran en una taberna. Borrachos, quieren diversión. Y la van a tener. A falta de profesionales, prostitutas o cabareteras, el propietario -o el director de un teatrillo- les ha traído una chica alemana, atrapada, seguramente, en medio del conflicto. Es el símbolo de la inocencia. 

Esos hombres, seguramente, muchos de ellos, si se la hubieran encontrado en un pueblo conquistado o en medio de la batalla, la violarían, la matarían, sin dudarlo. Todos piensan en el sexo, al verla. Ella está incómoda; es probable que, si la cosa no va bien, el propietario se deshaga de ella. Sin embargo, cuando empieza a cantar, todo cambia. Vale la pena ver la escena entera.

Nadie entiende la letra de la canción. No importa. La música los ha transformado. Los hombres ya no son unos salvajes. Lloran, recuerdan a sus esposas, a sus hijas, a sus madres. El hogar, que tal vez nunca volverán a ver. Esa chica alemana ya no es un objeto al que deban odiar o humillar. Es otro ser humano. Y tararean junto a ella...

Si hubiera un Dios o una raza superior de alienígenas, decidieran acabar con nosotros y debiéramos darles alguna razón para que no nos eliminaran, tal vez podríamos presentar una escena como esta. 

Por si se da el caso...


VIVIMOS EN UNA GRAN FARSA

 


Mientras escuchaba el discurso de Rubiales pensé que me encontraba en el comienzo de una campaña electoral. ¿Vox le fichará para las próximas elecciones? Sin embargo, había algo en su defensa lamentable, surrealista, absurda, suicida que me resultó familiar. 

A Trump en EEUU le han hecho una fotografía policial; podría ser perfectamente un cartel electoral. Tiene fuerza, garra... Y le dará votos. 

Putin -que en esto es más clásico-, ha eliminado físicamente al jefe de Wagner. Eso dicen los ucranianos y sus amigos americanos. Es posible. Otros utilizan los medios de comunicación y las campañas de desprestigio; las democracias deben aparentar legalidad, aunque el objetivo sea el mismo. Mientras alimentan una guerra que solo favorece a las grandes empresas armamentísticas. Y preparan otra guerra en África. Y quizá otra, con más tiempo, cerca de Taiwan...

Estas han sido las tres noticias en los medios de comunicación generalistas. Y el planteamiento ha sido el mismo. Nosotros representamos los grandes valores; ellos -Rubiales, Trump, Putin- el pasado y el mal. Una gran farsa, pero nadie parece verla... Ahora recuerdo porqué me niego a ver informativos desde hace años... 

Hubo aspectos en el discurso de Rubiales que me parecieron curiosos. Que Vilda, el entrenador de la selección femenina, le apoyara no me sorprendió. Fueron y son uña y carne. Que le suba el sueldo, tampoco. Que algunas mujeres -entre ellas, todo el equipo técnico-, estuvieran allí y aplaudieran -es cierto que con caras largas- me dejó pensativo. Que Rubiales le prometiera a una de ellas, la segunda en el banquillo, el puesto de directora deportiva nadie lo mencionará. Que sus hijas le apoyaran, también me dio que pensar.

La campaña de desprestigio de medios de comunicación con "intereses económicos y empresariales". Rubiales olvida que hace un año esos mismos medios "desprestigiaron" a las jugadoras. Tuvieron que humillarse y pedir perdón, porque las dejaron solas. Y ahora van a por él... Pero Rubiales es como Trump; se rebela contra el que le permitió llegar tan alto.

Nadie se pregunta porque tipos como Rubiales, Trump o Bolsonaro -todos hombres y machistas, ¡quién lo duda!- llegan al poder. Podría incluir a Zelensky, pero a esta le quedan todavía unos cuantos telediarios... Y porque los mismos que los auparon, luego deciden quitarlos de en medio. Y les cuesta; con Trump, para eliminarlo y poner un títere en su lugar: sea Biden u otro, necesitarán muchos juicios. Putin sigue la larga tradición de los Césares; y no le va mal. Otros han de ocultarlo con grandes farsas. 

Sí, en ese aspecto sí tiene razón Rubiales. El machismo es el dedo que señala la luna. La luna, los intereses económicos, nadie los mencionará en esos medios de comunicación que dirigen lo que debemos pensar y cómo debemos hacerlo. 

Que nadie se engañe. Detrás de todo esto no está la violencia contra las mujeres, ni la defensa de la democracia, ni la legalidad, ni los valores, ni un valiente Rubiales que luchará contra la injusticia. 

¡Una mierda!

Detrás de esto solo está el jodido dinero. 



jueves, 24 de agosto de 2023

EN LO ALTO

 


Hong Sang Soo es un director que, bajo una apariencia sencilla, simple, cotidiana, oculta otras capas más profundas. Mañana se estrenará su última película, En lo alto. 

Largas conversaciones en las que los personajes beben, comen y nos muestran sus debilidades y obsesiones. Y lo hacen sin que nos demos cuenta. 

Hong Sang Soo habla del tiempo, sutilmente, con elegancia; sus elipsis -algunas, incluso, son ¡en el mismo plano!- tienen el sello de años y años de trabajo. 

Como suele hacer una, dos y hasta tres películas al año, con muy poco presupuesto y con los mismos actores, es difícil hacer aquí una selección de sus películas. Todas parecen la misma; pero no lo son. 

Hay quien recuerda En la playa, sola, de noche. O Ahora, sí, antes, no. 

En las que la idea del tiempo paralelo, cíclico, se encuentra, de manera espontánea y nada artificiosa, con las segundas oportunidades. Me gustan sus personajes femeninos y cómo las actrices les dan un toque melancólico y, al mismo tiempo, moderno y con carácter. Como sucede también en La mujer que escapó o In front of your face o cómo despedirse, antes de dejar la escena -y no solo literalmente-.

Los hombres, sobre todo, los maduros, podrían ser un trasunto del mismo director, mirando al pasado con nostalgia, viviendo el presente intensamente, dubitativos ante un futuro incómodo. 

La sencillez. Es una de sus grandes cualidades. Ya se sabe, para ser sencillo, hay que trabajar mucho. Y la simplicidad es el arte al que todos deberíamos tender. 

Si el tiempo es circular -empieza con una idea y acaba con la misma-, el espacio también lo es. Sin embargo, sabemos que, aunque los espacios parezcan los mismos, los personajes han cambiado. Los acontecimientos los han transformado y, de alguna manera, el espacio junto a ellos. 


Tengo la sensación de estar utilizando demasiadas palabras para contar el talento de Hong Sang Soo y el de sus películas. Hay que verlas, sin más, y disfrutar de su sencillez. Y dejarán un poso. Siempre lo dejan. 

martes, 15 de agosto de 2023

APUNTES PARA UN VIAJE (IV): COLMENAR VIEJO

 


El jueves pasado supe -casualmente, buscando en internet- que en Colmenar Viejo están llevando a cabo una exhumación de fusilados. 

Sucedió en el 39, nada más llegar los franquistas. Fueron echados a una fosa común sin que los familiares pudieran enterrarlos dignamente. Hay todavía cientos de fosas en este país que en noventa años todavía siguen sin excavarse. Hay una derecha que se niega a permitirlo o lo dificulta; hay una izquierda que hasta hace poco no ha tenido la valentía de abrir esas fosas.

El viernes fui allí y conocí a Almudena, la responsable de la excavación; a Carmen, que organiza el proyecto y a Luis, presidente de la Asociación Comisión de la Verdad de San Sebastián de los Reyes. Me dieron permiso para grabar. El lunes me presenté allí y durante hora y media me dediqué a ello. 

Parece que nuestro documental, cuyo eje y origen es una historia familiar, un viaje, como ya comenté, está virando hacia la memoria histórica, pero, como bien sé, el documental es un animal vivo. La idea de la excavación, la de remover la tierra, la de descubrir nuestra memoria, cavando más y más profundamente, es una idea que puede llevarme a muchos sitios. Por el momento, es este el camino que está tomando...

Cada vez quedan menos hijos de represaliados. La mayoría son nietos. Una mujer de 92 años, la única superviviente de cinco hermanos, espera que su padre esté entre los restos que se están sacando. En su caso, le quemaron vivo, antes de matarle. 

En teoría fueron más de cien, pero hubo familias que consiguieron desenterrar a los suyos y otros ya fueron exhumados en las excavaciones del curso pasado. Es posible que algunos se encuentren en otra zona del cementerio.

El hueco, un pasillo en la tierra, donde trabajan en estos días, se llama "el paseo". Se encontraba entonces en el exterior del muro, el que separaba el cementerio de una propiedad de la iglesia, tal vez un huerto. Más tarde sirvió para la ampliación del cementerio y ese camino de tierra se convirtió en un paso entre tumbas; tal vez de ahí el nombre. Todo el mundo sabía que allí había una fosa común. Los vencedores imponían su silencio; los vencidos callaban y esperaban.

La ley de memoria histórica ha permitido que Aranzadi, una asociación privada especializada en excavaciones, haya puesto en marcha este proyecto en su segundo año. 

Los descubrimientos sorprenden a los investigadores. Usaron féretros; lo habitual era echarles una manta, un saco y poco más. Tal vez que fuera un juicio, aunque fuera una farsa, les obligó a enterrarles con algo más de dignidad. El procedimiento era sencillo: eran fusilados a unos metros, junto a la capilla. Después se los transportaba al otro lado del muro. Hay varias capas. Por lo menos, han descubierto tres filas de cadáveres, una sobre otra. Es posible que fueran enterrando en oleadas sucesivas ya que los  fusilamientos se produjeron en fechas diferentes. Al final se cubrió todo con cemento. Los expertos esperan todavía alguna sorpresa. 

Tras dar su ADN los nietos y los pocos hijos que quedan, también esperan. Que estos esqueletos sean los de sus padres y abuelos. Que puedan enterrarles con dignidad. Muchos miles, cientos no podrán hacerlo, no lo verán. No tendrán tiempo. 

Y aquí hay una responsabilidad que todos deberíamos admitir. Los que aceptaron una transición desmemoriada, los que tardaron en poner en marcha medidas como estas, los que callan o miran para otro lado, los que impiden con trabas burocráticas o legales. 

A UNA AMIGA

A una amiga...


Cuando muere un padre, una madre o cualquier persona querida la vida adquiere una entidad distinta, una forma diferente. Aunque sea durante unas horas o unos días, tu ritmo no es el mismo que el de los demás. Puedes esperarlo o que te venga de improviso, pero sea como sea, tu mundo ha cambiado y tu cuerpo y tu mente debe adaptarse a ese cambio. 

Agradeces los ánimos y los abrazos, pero no estás aquí. El mundo es algo ajeno y extraño. No lo entiendes. O, más bien, es el mundo ficticio, el que hemos creado para convivir en sociedad, el que no comprendes. El otro, el real, es más intenso que nunca. 

Entiendes que eres mortal. No es un conocimiento racional -eso ya lo sabías-. Ahora es un hecho vivido en tu sangre, en tus carnes. Cuando tenías veinte o treinta años morían tus abuelos. A los cuarenta, cincuenta y sesenta, mueren tus padres. Pronto llegará tu momento. Ya lo sabes. Ahora, sí. 

La ausencia. Cuando recuperas el ritmo cotidiano, comienza el duelo. ¿Dónde está su voz? Sus palabras o su imagen, sus gestos aún no se han desdibujado. Aparecen en los sueños muy a menudo, como si ese fuera el último vínculo entre los vivos y los muertos. 

Las punzadas de dolor se van espaciando. Mientras tanto, hay que ocuparse de los rituales: donar su ropa o tirarla, repartir los objetos que le pertenecieron, firmar más y más papeles que agotan tu paciencia. Para la sociedad un muerto es un nombre y apellidos con derechos y deberes, un ciudadano con propiedades y una herencia. Para ti es mucho más y esa contradicción no deja de sorprenderte. Hasta que te acostumbras.

Hay quien escribe. Alguno se atreve a hacer un documental: no te aconsejo esto; es muy caro. Otros prefieren centrarse en el trabajo. Volvemos a comenzar; otra vez. La sociedad te lo exige; la vida, también. Los familiares y los amigos ayudan. Si necesitas hablar, estarán allí. Si necesitas un abrazo, también. Algunos desaparecen; pocos. A ciertas edades la selección ya la habías hecho antes. 

Las imágenes y los recuerdos se diluyen. El cuerpo y la mente se adaptan. A veces surge una sensación, un sueño, un destello que te devuelve al padre o a la madre perdidos. Aparecen en el momento más inesperado: cuando estás dando clases, cuando dos compañeros hablan de un tema intrascendente, cuando paseas por un bosque o por las calles de una gran ciudad o cuando un amigo o amiga pierde también a su padre y a su madre. 

Se quedan un momento contigo y luego se vuelven a marchar. 

Siempre estarán, mientras estés viva; tu cuerpo lo sabe.