jueves, 24 de agosto de 2023

EN LO ALTO

 


Hong Sang Soo es un director que, bajo una apariencia sencilla, simple, cotidiana, oculta otras capas más profundas. Mañana se estrenará su última película, En lo alto. 

Largas conversaciones en las que los personajes beben, comen y nos muestran sus debilidades y obsesiones. Y lo hacen sin que nos demos cuenta. 

Hong Sang Soo habla del tiempo, sutilmente, con elegancia; sus elipsis -algunas, incluso, son ¡en el mismo plano!- tienen el sello de años y años de trabajo. 

Como suele hacer una, dos y hasta tres películas al año, con muy poco presupuesto y con los mismos actores, es difícil hacer aquí una selección de sus películas. Todas parecen la misma; pero no lo son. 

Hay quien recuerda En la playa, sola, de noche. O Ahora, sí, antes, no. 

En las que la idea del tiempo paralelo, cíclico, se encuentra, de manera espontánea y nada artificiosa, con las segundas oportunidades. Me gustan sus personajes femeninos y cómo las actrices les dan un toque melancólico y, al mismo tiempo, moderno y con carácter. Como sucede también en La mujer que escapó o In front of your face o cómo despedirse, antes de dejar la escena -y no solo literalmente-.

Los hombres, sobre todo, los maduros, podrían ser un trasunto del mismo director, mirando al pasado con nostalgia, viviendo el presente intensamente, dubitativos ante un futuro incómodo. 

La sencillez. Es una de sus grandes cualidades. Ya se sabe, para ser sencillo, hay que trabajar mucho. Y la simplicidad es el arte al que todos deberíamos tender. 

Si el tiempo es circular -empieza con una idea y acaba con la misma-, el espacio también lo es. Sin embargo, sabemos que, aunque los espacios parezcan los mismos, los personajes han cambiado. Los acontecimientos los han transformado y, de alguna manera, el espacio junto a ellos. 


Tengo la sensación de estar utilizando demasiadas palabras para contar el talento de Hong Sang Soo y el de sus películas. Hay que verlas, sin más, y disfrutar de su sencillez. Y dejarán un poso. Siempre lo dejan. 

martes, 15 de agosto de 2023

APUNTES PARA UN VIAJE (IV): COLMENAR VIEJO

 


El jueves pasado supe -casualmente, buscando en internet- que en Colmenar Viejo están llevando a cabo una exhumación de fusilados. 

Sucedió en el 39, nada más llegar los franquistas. Fueron echados a una fosa común sin que los familiares pudieran enterrarlos dignamente. Hay todavía cientos de fosas en este país que en noventa años todavía siguen sin excavarse. Hay una derecha que se niega a permitirlo o lo dificulta; hay una izquierda que hasta hace poco no ha tenido la valentía de abrir esas fosas.

El viernes fui allí y conocí a Almudena, la responsable de la excavación; a Carmen, que organiza el proyecto y a Luis, presidente de la Asociación Comisión de la Verdad de San Sebastián de los Reyes. Me dieron permiso para grabar. El lunes me presenté allí y durante hora y media me dediqué a ello. 

Parece que nuestro documental, cuyo eje y origen es una historia familiar, un viaje, como ya comenté, está virando hacia la memoria histórica, pero, como bien sé, el documental es un animal vivo. La idea de la excavación, la de remover la tierra, la de descubrir nuestra memoria, cavando más y más profundamente, es una idea que puede llevarme a muchos sitios. Por el momento, es este el camino que está tomando...

Cada vez quedan menos hijos de represaliados. La mayoría son nietos. Una mujer de 92 años, la única superviviente de cinco hermanos, espera que su padre esté entre los restos que se están sacando. En su caso, le quemaron vivo, antes de matarle. 

En teoría fueron más de cien, pero hubo familias que consiguieron desenterrar a los suyos y otros ya fueron exhumados en las excavaciones del curso pasado. Es posible que algunos se encuentren en otra zona del cementerio.

El hueco, un pasillo en la tierra, donde trabajan en estos días, se llama "el paseo". Se encontraba entonces en el exterior del muro, el que separaba el cementerio de una propiedad de la iglesia, tal vez un huerto. Más tarde sirvió para la ampliación del cementerio y ese camino de tierra se convirtió en un paso entre tumbas; tal vez de ahí el nombre. Todo el mundo sabía que allí había una fosa común. Los vencedores imponían su silencio; los vencidos callaban y esperaban.

La ley de memoria histórica ha permitido que Aranzadi, una asociación privada especializada en excavaciones, haya puesto en marcha este proyecto en su segundo año. 

Los descubrimientos sorprenden a los investigadores. Usaron féretros; lo habitual era echarles una manta, un saco y poco más. Tal vez que fuera un juicio, aunque fuera una farsa, les obligó a enterrarles con algo más de dignidad. El procedimiento era sencillo: eran fusilados a unos metros, junto a la capilla. Después se los transportaba al otro lado del muro. Hay varias capas. Por lo menos, han descubierto tres filas de cadáveres, una sobre otra. Es posible que fueran enterrando en oleadas sucesivas ya que los  fusilamientos se produjeron en fechas diferentes. Al final se cubrió todo con cemento. Los expertos esperan todavía alguna sorpresa. 

Tras dar su ADN los nietos y los pocos hijos que quedan, también esperan. Que estos esqueletos sean los de sus padres y abuelos. Que puedan enterrarles con dignidad. Muchos miles, cientos no podrán hacerlo, no lo verán. No tendrán tiempo. 

Y aquí hay una responsabilidad que todos deberíamos admitir. Los que aceptaron una transición desmemoriada, los que tardaron en poner en marcha medidas como estas, los que callan o miran para otro lado, los que impiden con trabas burocráticas o legales. 

A UNA AMIGA

A una amiga...


Cuando muere un padre, una madre o cualquier persona querida la vida adquiere una entidad distinta, una forma diferente. Aunque sea durante unas horas o unos días, tu ritmo no es el mismo que el de los demás. Puedes esperarlo o que te venga de improviso, pero sea como sea, tu mundo ha cambiado y tu cuerpo y tu mente debe adaptarse a ese cambio. 

Agradeces los ánimos y los abrazos, pero no estás aquí. El mundo es algo ajeno y extraño. No lo entiendes. O, más bien, es el mundo ficticio, el que hemos creado para convivir en sociedad, el que no comprendes. El otro, el real, es más intenso que nunca. 

Entiendes que eres mortal. No es un conocimiento racional -eso ya lo sabías-. Ahora es un hecho vivido en tu sangre, en tus carnes. Cuando tenías veinte o treinta años morían tus abuelos. A los cuarenta, cincuenta y sesenta, mueren tus padres. Pronto llegará tu momento. Ya lo sabes. Ahora, sí. 

La ausencia. Cuando recuperas el ritmo cotidiano, comienza el duelo. ¿Dónde está su voz? Sus palabras o su imagen, sus gestos aún no se han desdibujado. Aparecen en los sueños muy a menudo, como si ese fuera el último vínculo entre los vivos y los muertos. 

Las punzadas de dolor se van espaciando. Mientras tanto, hay que ocuparse de los rituales: donar su ropa o tirarla, repartir los objetos que le pertenecieron, firmar más y más papeles que agotan tu paciencia. Para la sociedad un muerto es un nombre y apellidos con derechos y deberes, un ciudadano con propiedades y una herencia. Para ti es mucho más y esa contradicción no deja de sorprenderte. Hasta que te acostumbras.

Hay quien escribe. Alguno se atreve a hacer un documental: no te aconsejo esto; es muy caro. Otros prefieren centrarse en el trabajo. Volvemos a comenzar; otra vez. La sociedad te lo exige; la vida, también. Los familiares y los amigos ayudan. Si necesitas hablar, estarán allí. Si necesitas un abrazo, también. Algunos desaparecen; pocos. A ciertas edades la selección ya la habías hecho antes. 

Las imágenes y los recuerdos se diluyen. El cuerpo y la mente se adaptan. A veces surge una sensación, un sueño, un destello que te devuelve al padre o a la madre perdidos. Aparecen en el momento más inesperado: cuando estás dando clases, cuando dos compañeros hablan de un tema intrascendente, cuando paseas por un bosque o por las calles de una gran ciudad o cuando un amigo o amiga pierde también a su padre y a su madre. 

Se quedan un momento contigo y luego se vuelven a marchar. 

Siempre estarán, mientras estés viva; tu cuerpo lo sabe. 



domingo, 6 de agosto de 2023

APUNTES PARA UN VIAJE (III): LLEIDA Y TÁRREGA


Lleida a principios de agosto es irreconocible. Muy pocos turistas.
¿Dónde están los leridanos de pura cepa? Uno imagina que en el mar o en la montaña, en el pueblo de sus padres y abuelos. Algunos, los que no han podido escaparse, sea por trabajo o por falta de dinero, se pasean por la calle Mayor, haciendo compras en las tiendas y, si se tercia, tomando su cervecita en los bares. 

La gran mayoría de los que viven por Lleida en estas fechas son inmigrantes. Hay dos zonas donde la concentración es más numerosa: entre la calle Mayor y la Seu Vella, en la parte alta del casco histórico, y en las calles aledañas a la estación de tren. Alquileres baratos, escasa infraestructura, un sutil abandono. Nos encontramos, sin duda, en Black Town: la mayoría son subsaharianos. Algunos, pocos, marroquíes.

Latinoamericanos, más escasos. Y los chinos que regentan algunos bares y que no paran de trabajar.

Así que tenemos a la clase media leridana paseando por la calle Mayor, como en los viejos tiempos. 

De vez en cuando, a los pies de las tiendas, encuentras en un letrero, que asemeja una baldosa dorada, un nombre, dos apellidos, una fecha y lugar de nacimiento -"aquí nació" y de muerte; está última, en un campo de concentración nazi. Nadie se fija en ella. 

Y, por otro lado, a unos metros, al este y al norte de la calle Mayor de Lleida, decenas de inmigrantes, en grupos o solos, matando el tiempo. O al sur, en la rambla, tomando un café, o bajo los árboles de un parque, al otro lado del río Segre. Ahora no hacen nada; consumen poco. Algunos son recogidos por furgonetas a primera hora de la mañana; les dejan de vuelta por la tarde: otros van y vienen en el tren regional o el bus, pero la gran mayoría espera a septiembre, para cuando les llamen para trabajar en el campo como temporeros.

La presencia de marroquíes era mayor en Tárrega; la plaza del pueblo era el lugar de encuentro de grupos más reducidos. 

Tárrega tiene sus edificios antiguos, pero, en general, ha perdido mucho de su encanto. 

Como en tantos pueblos, las casas viejas no se cuidan, se abandonan y, cuando llega el momento, se venden para tirarlas abajo y construir otras nuevas y deplorables. Aún así, en Tárrega aún hay calles que recuerdan su pasado medieval o algún palacete modernista. Nada que ver con Tarancón, por ejemplo, que ha acabado con casi todas. El que tenga estación de tren le da cierta vidilla a esta ciudad leridana: en media hora te plantas en Lleida y en una hora en Barcelona. 

Los judíos tenían su barrio. Y como en otras partes fueron el chivo expiatorio, cuando las cosas iban mal dadas. En 1247, en medio de guerras, impuestos y hambrunas, fueron asesinados en una noche, más de 300 judíos en Tarrega. Hace una década se realizaron excavaciones, al otro lado del río Ondara, donde los expertos situaban un cementerio judío. Allí se descubrieron los cuerpos de niños y mujeres, algunas de las víctimas de esa matanza. Años después en Lleida y otras ciudades del reino de Aragon se repetirían las persecuciones. 

Tuvieron, a principios del siglo XX, una fábrica de harina, que, incluso, poseía una estación propia, a unos metros de la oficial. Otra fábrica se ocupaba de producir materiales y maquinaria agrícola; era un terreno bastante amplio a las afueras.

Fue por aquí, por donde pasaron, en agosto del 36, Críspula y sus hijas. Por eso, estoy aquí, grabando unos planos. Ya veremos si salen o no el documental.

Según parece un beato fue asesinado por un grupo de la CNT en esas mismas fechas. Tenían previsto recordarle este 13 de agosto, con una misa y una caminata al cementerio. Es la única lápida de una víctima de esta guerra con nombre y apellidos que he podido encontrar en este camposanto. Allí, como pude comprobar, no hay ningún monumento a los enterrados en fosas comunes, sea por bombardeos o fusilamientos de la otra parte. Y los restos siguen allí, bajo tierra, sin nombres, en dos fosas comunes.

Cuando llegaron a Tárrega a Críspula y sus hijas las interceptaron en uno de esos controles que la CNT hacía a la entrada de los pueblos por la carretera, como en Tarancón. Allí, en la población meseteña, si mal no recuerdo, retuvieron a varios ministros anarquistas, que huían de la Madrid asediada, de camino a Valencia, amenazándoles con ejecutarles, sin juicio ni nada, como traidores y cobardes. Se salvaron y los dejaron en libertad... En el fondo, los anarquistas no eran tan duros. 

También les ocurrió a Críspula y sus hijas. Según me dijeron las metieron en un camión junto a otras mujeres y niños para llevárselas quién sabe dónde; lograron escapar. Es posible que los anarquistas cambiaran de opinión o que las mujeres aprovecharan un descuido. 

En Lleida hay un museo local bastante moderno y aceptable para el baremo actual. Las explicaciones son claras y sencillas y cualquier profesor podría traer a sus alumnos y proporcionarles una mañana instructiva para así sacarles de la monotonía de sus clases. Quizá el único pero es que hay poco conservado de la propia ciudad. De Roma, por ejemplo, no hay ninguna excavación que hayan mantenido -lo habitual es destrozarlas- y la única que les permitiría montar un museo, la de unas termas, a unos metros de la estación de tren, lleva más de veinte años, cubierta por la hierba, sin que se decidan a invertir unos cuantos milloncejos. 

También, además de la desidia o los intereses urbanísticos, algunas obras se han perdido por una destrucción intencionada o el saqueo. En 1711 las tropas de Felipe V arrasaron con Lleida. Los franquistas en 1938 hicieron lo mismo. También le ocurrió a esta Virgen con José y el niño, la que abre esta entrada. 

¿Dónde está San José y la cara rechoncha del niño? Los de la CNT quemaron la otra parte en el 36, de camino al frente de Aragón. Sin embargo, es difícil no sentir asombro, cuando contemplas la mitad del rostro y el pelo de esta virgen. Como sucede con muchas obras que han superado el paso del tiempo, te preguntas cómo es posible que algo tan hermoso haya sobrevivido y el resto, no. ¿En el último momento un tipo duro, un anarquista con cierta sensibilidad, se arrepintió y la salvó de la quema? ¿El azar? ¡Quién sabe!

A unos metros, detrás del museo, casi por casualidad descubrí una joya desconocida del último románico y el primer gótico: la iglesia de San Lorenzo. A oscuras pude intuir en dos retablos sus imágenes, a medio camino hacia la plena expresividad del Renacimiento. 

Volviendo al museo, hay una pared, en la parte medieval, dedicada a todos los presos políticos de este país. Los mantendrán, hasta que vengan todos los exiliados y liberen a sus presos.

Me gusta la idea. Es parcial, pero no está mal que los museos reflejen la realidad política. 

Eso sí, reconozco que en una hora y media recorrí el museo yo solo -los bedeles, aburridos, se paseaban de vez en cuando y me saludaban, por si se me ocurría tocar algún cristal o llevarme algún sílex, una madona o una terra sigilata-; así que muy frecuentado, no es, la verdad. Como ya dije, turistas no había muchos en estas fechas. 

Los bares, no sé si lo he comentado antes, estaban llenos. Así que, si quieres reflexionar sobre el sentido de la vida, es mejor pasarse por aquí. Los museos, ya se sabe, son lugares tranquilos y silenciosos. 

Prometen tirar lo que parece una antigua fábrica cerrada y abandonada -un edificio que merecería, al menos, por su fachada, que se conservara- y convertirlo en la nueva estación de autobuses. No dudo que merezcan una estación mejor -en Bilbao, Iruña y Donosti las consiguieron tras décadas en las que los buses paraban en garajes de mala muerte, oscuros y asfixiantes, como aquí, o sin techo, al albur de la variable meteorología-, pero ¡qué manía de echarlo todo abajo! 

O de cerrar centros ocupados. ¿Para qué? ¿Propiedad de un banco? 

Un poco más de imaginación no les vendría mal. Y menos obsesión por la ganancia rápida. 

¡Ay, el capital!


Un hombre, de unos treinta años, -aunque aparenta más-, drogadicto, recorre, se arrastra por todas las terrazas de la Rambla y la calle Mayor, caminando a un lado y a otro, entre las dos estaciones, la del tren y la de bus. Nadie le da dinero, ni los catalanes de pura cepa ni los inmigrantes.

Es un cadáver que anda. 


lunes, 24 de julio de 2023

SHOAH Y OTRAS VISIONES DEL HOLOCAUSTO

 


Hace unos años estuve en Auschwitz y Birkenau. Era invierno. 

Es un lugar terrible; aún notas, sientes, respiras, cuando entras al campo de concentración, la muerte. Sin embargo, es evidente: hay un turismo del dolor. No lo vi tanto en Birkenau -construido en 1941, a unos kilómetros del primer campo-, ya que la mayoría de los grupos de turistas visitaban solo Auschwitz. Lo agradecí. Era un día frío -la noche anterior había nevado-. El silencio y la soledad en Birkenau invitaban a la reflexión. 

La lectura de un ensayo de Lanzmann -un estudio amplio sobre su obra- que saqué de la biblioteca para preparar un documental propio -aún en mantillas-, me ha animado a volver a ver Shoah. 

El ensayo es crítico con la obra de Lanzmann; también con Shoah, su opus magnum, más de nueve horas. 

Quizá no es este el espacio adecuado para desarrollar su argumentación. Tanto sus aspectos positivos -que son muchos, visuales y de contenido, y que la han convertido en una obra de referencia- como los negativos -algunos que tocan el aspecto ético; un elemento que siempre hay que tener en cuenta, cuando nos enfrentamos a testimonios de personas vivas-.

Shoah abrió un camino necesario. Lanzmann buscó testimonios y los ha conservado. Otras generaciones, más allá de la muerte de los que vivieron esos acontecimientos, podremos verlos. 

Hasta ese momento pocas obras habían intentado trasladar, más allá del reportaje, esas emociones a la gran pantalla. Y solo la de Resnais, Noche y Niebla, con un planteamiento muy diferente, había alcanzado tal nivel de calidad. 


Mucho más tarde llegaría las versiones de Hollywood, la lista de Schindler o El pianista. Lanzmann la criticó -sobre todo, la primera-: para él Spielberg prefirió distorsionar la realidad, deformarla para llegar al gran público. 

Nada hay que objetar a ninguna de las dos películas, magníficas creaciones artísticas. Que refleje la realidad histórica o tienda a falsear los hechos, bueno, ahí entramos en uno de esos debates eternos: ¿testimonio o arte?

¿Acaso el documental no es, como bien decía Lanzmann, una ficción de la realidad

Lanzmann fue más generoso al hablar de El hijo de Saúl. 

Una de las críticas que ha recibido Lanzmann, además de la escasa presencia de mujeres, es la manipulación de algunas entrevistas donde evitó -algo que intentó enmendar en obras posteriores- criticar el colaboracionismo de los propios judíos en el exterminio: esa zona gris de la que habló Primo Levi. El protagonista de El hijo de Saúl formaba parte de esos Comandos de judíos que se encargaban del trabajo sucio -trasladar los cuerpos, quemarlos-, a cambio de tener ciertos privilegios. El hijo de Saúl evita esa parte esteticista de Spielberg; es directa como un puñetazo y también nos emociona.

Vuelvo a Shoah. Uno de los mejores ejemplos de cómo debe hacerse una entrevista es esta. Aquí está el mejor Lanzmann. Es cierto; hay quien podría decir que Lanzmann fuerza el testimonio del superviviente. Le propone una teatralización -él cortaba el pelo a las mujeres que entraban en la cámara de gas; ese pelo luego sería vendido-; Bomba acepta -ese es el límite ético, en principio-, pero, cuando llega a un recuerdo doloroso, durante más de un minuto no es capaz de seguir. El silencio es impresionante. Y Lanzmann espera; sabe que este momento es cinematográfico, intenso, brutal. Y le pide, le exige que continúe. 

Lanzmann aquí es un cazador. Su objetivo está claro: ese testimonio es un deber. ¿Debemos aceptar el silencio, aunque eso suponga que ese momento pueda ser olvidado? ¿El testigo tiene derecho a guardarse ese dolor? ¿El entrevistador debe ir más allá o debe respetar unos límites? 


viernes, 21 de julio de 2023

HIROSHIMA, MON AMOUR

 


¿Por qué tenemos esa necesidad de recordar?


El azar me ha traído a Hiroshima, mon amour. Sentí curiosidad por leer el comentario sobre el Halcón Maltés -acababa de volverla a ver- en una enciclopedia sobre la Historia del cine. 

"Te ahorcarán... Te echaré de menos..."

"El material con el que están hechos los sueños..."

Unas páginas más adelante estaba el de la película de Resnais.

A Resnais lo descubrí, siendo un joven veinteañero, por una película curiosa, On connait le chanson. Un musical que no es tal. Un juego de referencias constante que divierte: vitalista, optimista. 

Mi interés por el Holocausto y por la memoria me llevó años después a Noche y Niebla, que sigo manteniendo, más de setenta años después, su fuerza visual y narrativa. No hay curso escolar que no haya aprovechado para ponérselo, fuera en una tutoría o en una clase de Educación para la Ciudadanía, a algunos de mis alumnos. 


"Pasamos por alto las cosas que nos rodean; hacemos oídos sordos al grito que no calla"

No olvidemos que Resnais empezó en el documental de la mano de otro autor excepcional, Chris Marker. Ambos colaboraron también en otro, Las estatuas también mueren, una reflexión sobre el arte africano y su papel estético o ritual. 

Al que siguió Toda la memoria del mundo, un recorrido por la Biblioteca Nacional de París: scripta manent, como diría el clásico. 

El año pasado en Marienbad, basado en un relato de Adolfo Bioy Casares, rompe las convenciones tradicionales de la narrativa fílmica, aspira a confundir el espacio y el tiempo en una memoria fragmentada. 

En un grado aún incipiente encontramos estas mismas obsesiones e intereses en Hiroshima, mon amour. Me siento más cerca de esta primera aproximación; tal vez, porque las interpretaciones son más realistas o porque los espacios, los de Hiroshima o Nevers, exteriores, me seducen. O tal vez sea el guion literario de Margarite Duras. O la voz en off de los protagonistas. O la interpretación de Emmanuelle Riva. 

La Nouvelle Vague no nace de la nada. Orfeo de Jean Cocteau, en 1949, recogía la tradición surrealista de principios de siglo. 

"Los espejos son las puertas por donde accede la muerte; mírese en un espejo durante toda su vida y verá la muerte trabajando..."

Así que llegamos a Hiroshima, mon amour. 

Y al comienzo o al final de dos historias de amor imposibles.


Los espacios se confunden. ¿Dónde estamos? ¿En Nevers o Hiroshima? ¿En 1944, en 1945 o en 1959?


Lo más importante del espacio es el tiempo...




LECTURAS DE VERANO

 


Dante y su Divina Comedia continúan esperando ser leídos en el dialecto florentino. Y unos relatos cortos de Ray Bradbury. Mientras tanto, otras lecturas han llegado a mis manos de manera azarosa. 

Tenía pendiente la lectura de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Ya había leído hace unos meses algunos de sus relatos cortos; Lew y Tarkosvsky me habían llevado a este autor de ciencia ficción, quizá el más conocido entre el gran público por sus adaptaciones cinematográficas, entre ellas, por supuesto, la que nos ocupa, Blade Runner. 

Hay estudios, algunos muy sistemáticos, sobre las diferencias y semejanzas entre la obra original y su adaptación. En este caso sí se puede decir que se compenetran. En la creación fílmica destaca esa ambientación futurista, que ha influido enormemente en obras posteriores. Hay aspectos que uno echa de menos, sin embargo, tras leer la novela corta de Philip K. Dick. Quizá el principal sea el humor; en la novela hay una ironía constante que desaparece completamente en la película. Otro elemento son las reflexiones filosófico-religiosas que impregnan toda la obra del escritor americano. Tampoco vemos la crítica a los medios de comunicación y al consumismo, sustituidos en la película por una rebelión contra un creador, a la manera de un Prometeo moderno. Eso sí, gracias a ese cambio tenemos la escena mítica de un personaje irrepetible -casi inexistente en la novela; convertido, en cambio, en el antihéroe o, más bien, en el héroe de la película-

La práctica desaparición de un personaje, que en la novela es tierno y cercano, -mucho más que el protagonista, un tipo bastante cobarde y mediocre- o la de una caja que permite tener una experiencia similar a la realidad virtual -en una de esas visiones futuristas que se adelantaron a su tiempo- son otros debes que la película no aprovecha o decidió no tener en cuenta. 

Aún así estamos ante dos grandes obras, cada una en su terreno. 

Nada que ver con La llave. La obra de Tanizaki es provocadora; no solo esta, sino casi todas las que escribió. Elige dos puntos de vista: el de un marido y su mujer que a lo largo de seis meses escriben sendos diarios. Y un único tema: sus perversiones sexuales. Ante esto había dos riesgos. El primero dejarse llevar y quedarse en la superficie, ofreciéndonos un producto pornográfico. Seguramente Tinto Brass en su adaptación, La chiave, tomó ese camino -aunque reconozco en el trailer un humor peculiar-. 

Tal vez también ocurra en la más moderna, la del 2014, The Key; aquí encontramos, al menos, un intento de experimentación visual, digno de tener en cuenta. 

El segundo es añadir carga moralizante; en ese error cae la película japonesa, rodado tres años después de la publicación del libro. Las mejores ideas de Tanizaki desaparecen; solo queda el esqueleto. 

Tanizaki es un maestro en profundizar en la psicología de los personajes; sobre todo, en los femeninos. Sabe medir los tiempos y mantiene el equilibrio al narrar los hechos; nadie como él ha sido capaz de mostrarnos la zona más oscura del sexo y sus consecuencias. En este caso ninguna adaptación ha podido alcanzar el nivel de la obra original. 

Quijote en el Congo puede ser considerado un libro de viajes. Sigue la estela de autores como Kapuscinski o Javier Reverte. Es una obra que se lee con facilidad y eso siempre se agradece. Habla de primera mano; sabe describir a las personas que va encontrando y lo hace de manera sencilla y sin falsos lirismos -aunque en algún momento se deje llevar por las emociones que experimenta-. Es un país y un mundo que conoce muy bien y se nota. Reconozco su valor para hacer un viaje de ese tipo; pocos hubieran hecho algo así. 

Tiene sus defectos: a veces se hace reiterativo; pierde fuelle en la parte final. Y un último detalle: el Quijote no es la elección más afortunada como libro de compañía -Aldekoa, estoy seguro, tenía en mente las Historias de Herodoto que Kapuscinski llevaba consigo en sus viajes-; la Odisea hubiera encajado mucho mejor en este trayecto por el río Congo. 

Helga Weiss publicó hace unos años un diario, escrito, sobre todo, durante su estancia en Tezerín. Aún vive a sus 93 años. Su valor como testimonio de lo que fue el Holocausto es indudable. Se completa con una entrevista. En ella aparece una reflexión muy interesante. 

"Han salido muchas obras, memorias del Holocausto. No todas son buenas. Hay muy pocas veraces. Hay información falsa, cosas que no sucedieron o que ni siquiera pudieron pasar; muchas son ficticias o distorsionadas..."

De nuevo recuerdo esas palabras de M. 

"La guerra civil -como el Holocausto- dejará de provocar conflictos y tensiones, cuando pasen las generaciones y mueran los testigos o muramos nosotros que escuchamos esos testimonios". No creo que recuerde estas palabras. Yo, sí. Las matizaría. 

La memoria deja un poso, una huella, una impronta, incluso en generaciones que no hayan vivido directamente esos acontecimientos, incluso en aquellos que no han escuchado a sus testigos. Se heredan los conflictos. 

No hace falta que haya cientos de fosas comunes sin exhumar, como aún tenemos aquí. La memoria es vivida y contada y guardada, y cada generación la adapta a su realidad. Y como bien apunta Helga Weiss la distorsión, la falsedad ya comienza desde el momento en que esas vivencias se convierten en pasado, en recuerdos. Las guerras carlistas o la guerra de la Independencia no abren heridas en la actualidad; pero no se podría entender el nacionalismo vasco o el catalán ni la propia guerra civil ni el franquismo sin esas guerras tan lejanas. 

Los conflictos se heredan; aunque cambien su rostro.



domingo, 9 de julio de 2023

RESIDENTE PRIVILEGIADA: MARÍA CASARÈS

 


                                                                                   I

- ¿Dónde has estado este verano?

- En Galicia, en Madrid, en París, sobre todo. Un poco en Roma, Buenos Aires, Nueva York... 

Para no llevar a engaño a mi interlocutor, a ese profesor o profesora que el uno de septiembre me haya hecho esta pregunta de rigor, podría añadir:

- Me acompañaba María... Casares.

Si mi compañero no conoce quién fue, tal vez, intrigado e indiscreto, me pregunte si es mi amante o una amiga. Queriendo seguirle el juego, tal vez le diga, para darle más pistas:

- Estuve en la Galicia y el Madrid de los años 30, durante la República; en el París de la Ocupación y el de la posguerra; unos meses en el Madrid de la Transición...

Ya, a estas alturas, mi interlocutor/a se habrá arrepentido de haber empezado esta conversación y de su vacuo gesto de cortesía, se habrá alejado y habrá buscado, como me suele suceder en estos casos, a otro compañero/a que haya vivido más allá de su imaginación.


                                                                               II


Leyendo un párrafo de la autobiografía de Casares me vinieron a la mente varias fotografías de este tipo. También las famosas de Francesc Català Roca o la de Miserachs en Via Laietana. Pertenecen a otra generación. 

"En compañía de María Luisa, enriquecía mis conocimientos sexuales. Durante nuestros paseos, arrastraba detrás de ella una fila de hombres aislados, extrañamente taciturnos, cuyo comportamiento yo acechaba mientras la seguían a distancia, como perros... que la esperaban inmóviles y como embrujados a las puertas de los almacenes a los que entraba... hasta en sus paroxismos; 

cuando uno de ellos, de repente muy cerca, le rozaba el cuello con una caricia oscura, hundía las manos en su pelo, le pellizcaba un pezón o bien sopesaba una de sus nalgas con gesto breve y brutal. Todo eso amenizado con susurros salivados... competían por encontrar el piropo más raro, el mejor dicho, el más original, y lo lanzaban como un pregón, en medio de los olés de unos y los abucheos de otros... Todos estos gestos típicos, sucios o brillantes, testimonio del soberbio y profundo desprecio con que el machismo español honraba a sus mujeres... Me pregunto cómo hacían ellas para contenerse y no conducirse a la primera ocasión con sus hombres como las mantis religiosas con sus parejas..."

Es, sobre todo, en estos párrafos, donde Casares capta la psicología de una sociedad, de un colectivo. Gracias a ser una desarraigada, desde sus orígenes, -cómo olvidar aquí esa frase de su padre, que la marcó para siempre, cuando el político republicano recibía los parabienes de sus conciudadanos, a unos días de la llegada de la República: "Míralos, Gloria, en dos años me lanzarán naranjas"- puede observar el mundo con más distancia e interpretarlo con acierto. 

Aún así, no siempre podía mantenerse al margen. Durante la liberación en París, cuando iba en bicicleta a la sede del periódico le Combat para encontrarse con Camus, se topó con una multitud -"nunca me gustó la multitud ni verme formando parte de ella"-. Un hombre de las SS sale escoltado. Y la multitud se entregó "a uno de los juegos más abyectos que conozco... que en el hombre adulto solo testimonia su vileza. Insultos, risas, sarcasmos, escupitajos, pellizcos, tirones de oreja, puntapiés, zancadillas, hubo de todo, salvo valor y dignidad. Hasta el momento que un tipo que estaba fumando delante de mí, sin dejar de reír, se sacó el cigarrillo de los labios y apoyó el extremo encendido sobre la mejilla del prisionero. El gesto transgredía las reglas del juego, los fusiles apuntaron y hubo un momento de estupor: -¡Cochino cobarde! -las palabras estallaron en mi boca... pero, dadas las circunstancias, me condenaban... dos hombres se pusieron a mi lado para protegerme... de no haber estado allí, no hubiera podido escapar; y eso por haberme rebelado contra el tratamiento infligido a uno de los representantes de lo que más odio en el mundo...".


                                                                               III

Si pienso en esta autobiografía -muy bien escrita, por cierto-, me vienen a la cabeza palabras como sinceridad, energía, humor -el mismo de su padre, inteligente y resistente-... búsqueda. Me quedo con esta última. Hay una necesidad constante -hasta la obsesión- de buscar la palabra adecuada. A veces, incluso, nos abre el diccionario con todas las definiciones de un concepto. Casares se movió entre dos lenguas -un nuevo desarraigo, aceptado y asumido- y esa búsqueda, a pesar de exista siempre el riesgo de dispersión, la mantiene atenta, fija en una única dirección; así vadea los meandros de su memoria. 

De cuando en cuando su estilo se complica hasta el hartazgo; en otros, eso le permite recuperar a las personas que conoció y les infunde vida, al describirlos detalladamente, o al contar algunas de sus reacciones. Es, sin duda, su mayor conquista. Vuelven a nosotros, tal como ella los vio. 


                                                                              IV

Hace unas semanas asistí a una obra de teatro: Continente María. Se basaba, en líneas generales, en esta autobiografía. El teatro, punto de partida para volver a la vida, de la que es hermana gemela. No es casualidad. Casares, en su obra, escribe una y otra vez reflexiones sobre el acto teatral, sentidas y vividas en lo más hondo. 

En esa representación que, lo admito, me conmovió -aunque he visto muchas obras alternativas en estos dos últimos años y he apreciado su calidad, nunca me han emocionado tanto como esta; y habrá razones extrañas y profundas que aún no he logrado descubrir-, si la comparo con la obra escrita, no observo, en general, grandes diferencias. El espíritu de María está ahí: su energía, vitalidad, sinceridad, el carácter, la fragilidad, la inteligencia, su independencia. Y ahí está su gran acierto. Evita un estilo monocorde; apuesta por la variedad de formatos. 

La anécdota de la obra de Genet -en la que echó del palco solo con la mirada a un grupo de ultras-, mencionada en esta representación, no aparece en la autobiografía. Y, sobre todo, la presencia (ausencia) de Camus. O, al menos, no como se muestra en la escritura de Casares.

En la obra -tal vez por un ramalazo feminista "no voy a hablar de los hombres de mi vida"; ¿por qué? ¿Porque las mujeres somos independientes y no dependemos de ellos? ¿Tenemos que verlo como una ironía, cargada de contradicciones?- Camus es mencionado solo en dos frases y otro par de anécdotas. En la obra de Casares Camus y su padre están siempre; incluso, cuando no se mencionan.

La madre, como María confiesa, "era ella misma". Así que es convocada solo de vez en cuando, como un espíritu benefactor -una mujer de su tiempo, oculta- o como la primera mujer con la que rivalizó en el plano sexual, "al parecerse tanto". No ocurre lo mismo con Camus y Santiago Casares, que la "crearon", la construyeron, de los que bebió y aprendió. "Camus: padre, amigo, amante e hijo, a veces..."

"...Quise y quiero a Camus porque, preso de sus contradicciones que era el primero en denunciar, incluso en los momentos de diversión sin los cuales no hay hombre capaz de subsistir, empleó toda su atención en no dejarse nunca distraer de esa vena viva... la línea a la que se apegaba para mantenerse fiel a su pasión de justicia y de verdad... cuando no tenía nada que decir, se callaba. Y si su quijotismo y su santa locura se encerraban enteramente en eso; si solo podía dar testimonio mediante el silencio, si la complejidad de las circunstancias o sus propias contradicciones solo dejaban lugar a la componenda o a la mentira, antes de gritar se atrevía -aquel demente- a ponerse una mordaza en la boca y quedarse mudo..."

María Casares no oculta sus defectos. Es consciente de ellos. En Roma, durante el rodaje de La cartuja de Parma, se acostó con tres hombres, jugó con ellos, los torturó. Uno, Jean Servais -descrito con ternura y precisión, a escalpelo-, al que provocó hasta el límite de la crueldad -que, en otras ocasiones, le había amenazado con suicidarse- y con el que mantenía una relación que ahora llamaríamos tóxica, le acabó golpeando en la cara -"siempre esa mano me acarició, excepto en una sola ocasión"-; un cuarto, un personaje externo, al que se acercó para intentar provocar a otro de los tres, la intentó violar. Eran juegos, buscando la autodestrucción, que acabaron cuando volvió a encontrar a Camus... 

"Y ya no nos separamos más". 

Admite su insociabilidad, el orgullo, la violencia. Y tantos otros, que aparecen, punteadas entre sus páginas. Su obra, dispersa, experimental, lírica, caótica, habla de sí misma. Como lo hacía, según ella misma admite, en sus interpretaciones teatrales. 

La muerte de los otros es descrita con dureza; en el hospital, los dos últimos meses de su madre. En el Madrid de la guerra civil encontramos el olor de los cadáveres mezclado con esa solidaridad masculina que descubrió años después junto a Camus. En la muerte de su padre, lenta, asumida por Santiago Casares con dignidad y una resistencia condenada. La de Camus, vivida desde fuera, ajena, hueca. 

Las tres imágenes de sus muertos: el cadáver de su madre, el de su padre y el "imaginado", porque no lo pudo ver, a través de una fotografía, tal vez inventada, de Camus, destrozado, en el coche. Yo también tengo en la memoria y fotografiados, otros cadáveres, los míos...


                                                                               V

No la pueden engañar, como nos siguen engañando. 

"...Me enteré de cómo las palabras libertad, progreso, dignidad, fecundan las cárceles, las cadenas de las fábricas, las oficinas o los campos de concentración. Como esas mismas palabras son convertidas por un mal uso en clisés irrisorios. Cómo la inteligencia se pone al servicio del lavado de cerebro. Vi cómo, a través de la confusión, pueden reinar el disimulo y la mentira a plena claridad. Cómo nos vemos conducidos a denunciar no la guerra, sino una guerra y que ofrece una buena ocasión para combatir los enemigos de rellano..."

¿No nos suena?

"... Fue allí (hablando de la dramaturgia nueva) 

donde pude gritar, donde supe que, en el grito o en el silencio, no escuchan más que aquellos que quieren verdaderamente comprometerse y que, para los demás, todo se presta a malentendido...". 

(Sobre la vejez) 

"... la edad en que se reconocen los límites que uno se ha trazado, la edad de las nostalgias, de las mil y una existencias a las cuales se renunció el día en que se hizo la primera elección para adentrarse en la existencia. La edad en que las mil y una existencias que no se han vivido llenan de melancolía el sueño de las noches en que se nos presentan desconocidas, irrecuperables..."


"... Solo que... ¡tiene que haber grito!..."