viernes, 21 de julio de 2023

LECTURAS DE VERANO

 


Dante y su Divina Comedia continúan esperando ser leídos en el dialecto florentino. Y unos relatos cortos de Ray Bradbury. Mientras tanto, otras lecturas han llegado a mis manos de manera azarosa. 

Tenía pendiente la lectura de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Ya había leído hace unos meses algunos de sus relatos cortos; Lew y Tarkosvsky me habían llevado a este autor de ciencia ficción, quizá el más conocido entre el gran público por sus adaptaciones cinematográficas, entre ellas, por supuesto, la que nos ocupa, Blade Runner. 

Hay estudios, algunos muy sistemáticos, sobre las diferencias y semejanzas entre la obra original y su adaptación. En este caso sí se puede decir que se compenetran. En la creación fílmica destaca esa ambientación futurista, que ha influido enormemente en obras posteriores. Hay aspectos que uno echa de menos, sin embargo, tras leer la novela corta de Philip K. Dick. Quizá el principal sea el humor; en la novela hay una ironía constante que desaparece completamente en la película. Otro elemento son las reflexiones filosófico-religiosas que impregnan toda la obra del escritor americano. Tampoco vemos la crítica a los medios de comunicación y al consumismo, sustituidos en la película por una rebelión contra un creador, a la manera de un Prometeo moderno. Eso sí, gracias a ese cambio tenemos la escena mítica de un personaje irrepetible -casi inexistente en la novela; convertido, en cambio, en el antihéroe o, más bien, en el héroe de la película-

La práctica desaparición de un personaje, que en la novela es tierno y cercano, -mucho más que el protagonista, un tipo bastante cobarde y mediocre- o la de una caja que permite tener una experiencia similar a la realidad virtual -en una de esas visiones futuristas que se adelantaron a su tiempo- son otros debes que la película no aprovecha o decidió no tener en cuenta. 

Aún así estamos ante dos grandes obras, cada una en su terreno. 

Nada que ver con La llave. La obra de Tanizaki es provocadora; no solo esta, sino casi todas las que escribió. Elige dos puntos de vista: el de un marido y su mujer que a lo largo de seis meses escriben sendos diarios. Y un único tema: sus perversiones sexuales. Ante esto había dos riesgos. El primero dejarse llevar y quedarse en la superficie, ofreciéndonos un producto pornográfico. Seguramente Tinto Brass en su adaptación, La chiave, tomó ese camino -aunque reconozco en el trailer un humor peculiar-. 

Tal vez también ocurra en la más moderna, la del 2014, The Key; aquí encontramos, al menos, un intento de experimentación visual, digno de tener en cuenta. 

El segundo es añadir carga moralizante; en ese error cae la película japonesa, rodado tres años después de la publicación del libro. Las mejores ideas de Tanizaki desaparecen; solo queda el esqueleto. 

Tanizaki es un maestro en profundizar en la psicología de los personajes; sobre todo, en los femeninos. Sabe medir los tiempos y mantiene el equilibrio al narrar los hechos; nadie como él ha sido capaz de mostrarnos la zona más oscura del sexo y sus consecuencias. En este caso ninguna adaptación ha podido alcanzar el nivel de la obra original. 

Quijote en el Congo puede ser considerado un libro de viajes. Sigue la estela de autores como Kapuscinski o Javier Reverte. Es una obra que se lee con facilidad y eso siempre se agradece. Habla de primera mano; sabe describir a las personas que va encontrando y lo hace de manera sencilla y sin falsos lirismos -aunque en algún momento se deje llevar por las emociones que experimenta-. Es un país y un mundo que conoce muy bien y se nota. Reconozco su valor para hacer un viaje de ese tipo; pocos hubieran hecho algo así. 

Tiene sus defectos: a veces se hace reiterativo; pierde fuelle en la parte final. Y un último detalle: el Quijote no es la elección más afortunada como libro de compañía -Aldekoa, estoy seguro, tenía en mente las Historias de Herodoto que Kapuscinski llevaba consigo en sus viajes-; la Odisea hubiera encajado mucho mejor en este trayecto por el río Congo. 

Helga Weiss publicó hace unos años un diario, escrito, sobre todo, durante su estancia en Tezerín. Aún vive a sus 93 años. Su valor como testimonio de lo que fue el Holocausto es indudable. Se completa con una entrevista. En ella aparece una reflexión muy interesante. 

"Han salido muchas obras, memorias del Holocausto. No todas son buenas. Hay muy pocas veraces. Hay información falsa, cosas que no sucedieron o que ni siquiera pudieron pasar; muchas son ficticias o distorsionadas..."

De nuevo recuerdo esas palabras de M. 

"La guerra civil -como el Holocausto- dejará de provocar conflictos y tensiones, cuando pasen las generaciones y mueran los testigos o muramos nosotros que escuchamos esos testimonios". No creo que recuerde estas palabras. Yo, sí. Las matizaría. 

La memoria deja un poso, una huella, una impronta, incluso en generaciones que no hayan vivido directamente esos acontecimientos, incluso en aquellos que no han escuchado a sus testigos. Se heredan los conflictos. 

No hace falta que haya cientos de fosas comunes sin exhumar, como aún tenemos aquí. La memoria es vivida y contada y guardada, y cada generación la adapta a su realidad. Y como bien apunta Helga Weiss la distorsión, la falsedad ya comienza desde el momento en que esas vivencias se convierten en pasado, en recuerdos. Las guerras carlistas o la guerra de la Independencia no abren heridas en la actualidad; pero no se podría entender el nacionalismo vasco o el catalán ni la propia guerra civil ni el franquismo sin esas guerras tan lejanas. 

Los conflictos se heredan; aunque cambien su rostro.



domingo, 9 de julio de 2023

RESIDENTE PRIVILEGIADA: MARÍA CASARÈS

 


                                                                                   I

- ¿Dónde has estado este verano?

- En Galicia, en Madrid, en París, sobre todo. Un poco en Roma, Buenos Aires, Nueva York... 

Para no llevar a engaño a mi interlocutor, a ese profesor o profesora que el uno de septiembre me haya hecho esta pregunta de rigor, podría añadir:

- Me acompañaba María... Casares.

Si mi compañero no conoce quién fue, tal vez, intrigado e indiscreto, me pregunte si es mi amante o una amiga. Queriendo seguirle el juego, tal vez le diga, para darle más pistas:

- Estuve en la Galicia y el Madrid de los años 30, durante la República; en el París de la Ocupación y el de la posguerra; unos meses en el Madrid de la Transición...

Ya, a estas alturas, mi interlocutor/a se habrá arrepentido de haber empezado esta conversación y de su vacuo gesto de cortesía, se habrá alejado y habrá buscado, como me suele suceder en estos casos, a otro compañero/a que haya vivido más allá de su imaginación.


                                                                               II


Leyendo un párrafo de la autobiografía de Casares me vinieron a la mente varias fotografías de este tipo. También las famosas de Francesc Català Roca o la de Miserachs en Via Laietana. Pertenecen a otra generación. 

"En compañía de María Luisa, enriquecía mis conocimientos sexuales. Durante nuestros paseos, arrastraba detrás de ella una fila de hombres aislados, extrañamente taciturnos, cuyo comportamiento yo acechaba mientras la seguían a distancia, como perros... que la esperaban inmóviles y como embrujados a las puertas de los almacenes a los que entraba... hasta en sus paroxismos; 

cuando uno de ellos, de repente muy cerca, le rozaba el cuello con una caricia oscura, hundía las manos en su pelo, le pellizcaba un pezón o bien sopesaba una de sus nalgas con gesto breve y brutal. Todo eso amenizado con susurros salivados... competían por encontrar el piropo más raro, el mejor dicho, el más original, y lo lanzaban como un pregón, en medio de los olés de unos y los abucheos de otros... Todos estos gestos típicos, sucios o brillantes, testimonio del soberbio y profundo desprecio con que el machismo español honraba a sus mujeres... Me pregunto cómo hacían ellas para contenerse y no conducirse a la primera ocasión con sus hombres como las mantis religiosas con sus parejas..."

Es, sobre todo, en estos párrafos, donde Casares capta la psicología de una sociedad, de un colectivo. Gracias a ser una desarraigada, desde sus orígenes, -cómo olvidar aquí esa frase de su padre, que la marcó para siempre, cuando el político republicano recibía los parabienes de sus conciudadanos, a unos días de la llegada de la República: "Míralos, Gloria, en dos años me lanzarán naranjas"- puede observar el mundo con más distancia e interpretarlo con acierto. 

Aún así, no siempre podía mantenerse al margen. Durante la liberación en París, cuando iba en bicicleta a la sede del periódico le Combat para encontrarse con Camus, se topó con una multitud -"nunca me gustó la multitud ni verme formando parte de ella"-. Un hombre de las SS sale escoltado. Y la multitud se entregó "a uno de los juegos más abyectos que conozco... que en el hombre adulto solo testimonia su vileza. Insultos, risas, sarcasmos, escupitajos, pellizcos, tirones de oreja, puntapiés, zancadillas, hubo de todo, salvo valor y dignidad. Hasta el momento que un tipo que estaba fumando delante de mí, sin dejar de reír, se sacó el cigarrillo de los labios y apoyó el extremo encendido sobre la mejilla del prisionero. El gesto transgredía las reglas del juego, los fusiles apuntaron y hubo un momento de estupor: -¡Cochino cobarde! -las palabras estallaron en mi boca... pero, dadas las circunstancias, me condenaban... dos hombres se pusieron a mi lado para protegerme... de no haber estado allí, no hubiera podido escapar; y eso por haberme rebelado contra el tratamiento infligido a uno de los representantes de lo que más odio en el mundo...".


                                                                               III

Si pienso en esta autobiografía -muy bien escrita, por cierto-, me vienen a la cabeza palabras como sinceridad, energía, humor -el mismo de su padre, inteligente y resistente-... búsqueda. Me quedo con esta última. Hay una necesidad constante -hasta la obsesión- de buscar la palabra adecuada. A veces, incluso, nos abre el diccionario con todas las definiciones de un concepto. Casares se movió entre dos lenguas -un nuevo desarraigo, aceptado y asumido- y esa búsqueda, a pesar de exista siempre el riesgo de dispersión, la mantiene atenta, fija en una única dirección; así vadea los meandros de su memoria. 

De cuando en cuando su estilo se complica hasta el hartazgo; en otros, eso le permite recuperar a las personas que conoció y les infunde vida, al describirlos detalladamente, o al contar algunas de sus reacciones. Es, sin duda, su mayor conquista. Vuelven a nosotros, tal como ella los vio. 


                                                                              IV

Hace unas semanas asistí a una obra de teatro: Continente María. Se basaba, en líneas generales, en esta autobiografía. El teatro, punto de partida para volver a la vida, de la que es hermana gemela. No es casualidad. Casares, en su obra, escribe una y otra vez reflexiones sobre el acto teatral, sentidas y vividas en lo más hondo. 

En esa representación que, lo admito, me conmovió -aunque he visto muchas obras alternativas en estos dos últimos años y he apreciado su calidad, nunca me han emocionado tanto como esta; y habrá razones extrañas y profundas que aún no he logrado descubrir-, si la comparo con la obra escrita, no observo, en general, grandes diferencias. El espíritu de María está ahí: su energía, vitalidad, sinceridad, el carácter, la fragilidad, la inteligencia, su independencia. Y ahí está su gran acierto. Evita un estilo monocorde; apuesta por la variedad de formatos. 

La anécdota de la obra de Genet -en la que echó del palco solo con la mirada a un grupo de ultras-, mencionada en esta representación, no aparece en la autobiografía. Y, sobre todo, la presencia (ausencia) de Camus. O, al menos, no como se muestra en la escritura de Casares.

En la obra -tal vez por un ramalazo feminista "no voy a hablar de los hombres de mi vida"; ¿por qué? ¿Porque las mujeres somos independientes y no dependemos de ellos? ¿Tenemos que verlo como una ironía, cargada de contradicciones?- Camus es mencionado solo en dos frases y otro par de anécdotas. En la obra de Casares Camus y su padre están siempre; incluso, cuando no se mencionan.

La madre, como María confiesa, "era ella misma". Así que es convocada solo de vez en cuando, como un espíritu benefactor -una mujer de su tiempo, oculta- o como la primera mujer con la que rivalizó en el plano sexual, "al parecerse tanto". No ocurre lo mismo con Camus y Santiago Casares, que la "crearon", la construyeron, de los que bebió y aprendió. "Camus: padre, amigo, amante e hijo, a veces..."

"...Quise y quiero a Camus porque, preso de sus contradicciones que era el primero en denunciar, incluso en los momentos de diversión sin los cuales no hay hombre capaz de subsistir, empleó toda su atención en no dejarse nunca distraer de esa vena viva... la línea a la que se apegaba para mantenerse fiel a su pasión de justicia y de verdad... cuando no tenía nada que decir, se callaba. Y si su quijotismo y su santa locura se encerraban enteramente en eso; si solo podía dar testimonio mediante el silencio, si la complejidad de las circunstancias o sus propias contradicciones solo dejaban lugar a la componenda o a la mentira, antes de gritar se atrevía -aquel demente- a ponerse una mordaza en la boca y quedarse mudo..."

María Casares no oculta sus defectos. Es consciente de ellos. En Roma, durante el rodaje de La cartuja de Parma, se acostó con tres hombres, jugó con ellos, los torturó. Uno, Jean Servais -descrito con ternura y precisión, a escalpelo-, al que provocó hasta el límite de la crueldad -que, en otras ocasiones, le había amenazado con suicidarse- y con el que mantenía una relación que ahora llamaríamos tóxica, le acabó golpeando en la cara -"siempre esa mano me acarició, excepto en una sola ocasión"-; un cuarto, un personaje externo, al que se acercó para intentar provocar a otro de los tres, la intentó violar. Eran juegos, buscando la autodestrucción, que acabaron cuando volvió a encontrar a Camus... 

"Y ya no nos separamos más". 

Admite su insociabilidad, el orgullo, la violencia. Y tantos otros, que aparecen, punteadas entre sus páginas. Su obra, dispersa, experimental, lírica, caótica, habla de sí misma. Como lo hacía, según ella misma admite, en sus interpretaciones teatrales. 

La muerte de los otros es descrita con dureza; en el hospital, los dos últimos meses de su madre. En el Madrid de la guerra civil encontramos el olor de los cadáveres mezclado con esa solidaridad masculina que descubrió años después junto a Camus. En la muerte de su padre, lenta, asumida por Santiago Casares con dignidad y una resistencia condenada. La de Camus, vivida desde fuera, ajena, hueca. 

Las tres imágenes de sus muertos: el cadáver de su madre, el de su padre y el "imaginado", porque no lo pudo ver, a través de una fotografía, tal vez inventada, de Camus, destrozado, en el coche. Yo también tengo en la memoria y fotografiados, otros cadáveres, los míos...


                                                                               V

No la pueden engañar, como nos siguen engañando. 

"...Me enteré de cómo las palabras libertad, progreso, dignidad, fecundan las cárceles, las cadenas de las fábricas, las oficinas o los campos de concentración. Como esas mismas palabras son convertidas por un mal uso en clisés irrisorios. Cómo la inteligencia se pone al servicio del lavado de cerebro. Vi cómo, a través de la confusión, pueden reinar el disimulo y la mentira a plena claridad. Cómo nos vemos conducidos a denunciar no la guerra, sino una guerra y que ofrece una buena ocasión para combatir los enemigos de rellano..."

¿No nos suena?

"... Fue allí (hablando de la dramaturgia nueva) 

donde pude gritar, donde supe que, en el grito o en el silencio, no escuchan más que aquellos que quieren verdaderamente comprometerse y que, para los demás, todo se presta a malentendido...". 

(Sobre la vejez) 

"... la edad en que se reconocen los límites que uno se ha trazado, la edad de las nostalgias, de las mil y una existencias a las cuales se renunció el día en que se hizo la primera elección para adentrarse en la existencia. La edad en que las mil y una existencias que no se han vivido llenan de melancolía el sueño de las noches en que se nos presentan desconocidas, irrecuperables..."


"... Solo que... ¡tiene que haber grito!..." 


domingo, 25 de junio de 2023

LA PERLA

 


Después de leer una obra como La perla de Steinbeck, mientras cierras el libro, las palabras, es curioso, se te quedan congeladas en la garganta. 

Siempre te asombra que en unas pocas páginas o, si es una película, en unos pocos minutos, un autor sea capaz de contarlo todo. Y no estoy hablando de las obsesiones de Steinbeck -que aparecen, por supuesto, aquí-, sino de una visión completa de lo humano y de la naturaleza, de su crueldad y de su fortaleza.

Estamos ante una novela que, en principio, cuenta una historia muy sencilla. Una familia: una mujer, un bebé, un hombre. El hombre encuentra una perla; intenta venderla por un precio justo; se convierte en un paria, al rebelarse ante lo establecido; los tres huyen. Pero al destino no se le puede engañar. La tragedia, el fatum está decidido, hagan lo que hagan, como bien sabían los griegos. 

Herodoto cuenta en el libro III de sus Historias la leyenda de Polícrates: a una gran fortuna le seguirá siempre una gran desgracia. En este caso era un anillo el tesoro envenenado que el mar devolvía. Como diría Solón a Creso: 'hasta que no alcances el final de tu vida, no podrás considerarte feliz'. 

En la Perla, hay mucho más que una tradición oral con moraleja más o menos asumida, como ocurría con Policrates o Creso. Es, sí, también una historia universal –la melodía de la familia, el canto de la perla, la música del enemigo-, con la concepción y las percepciones de un autor moderno. 

Por otro lado, aquí encontramos ternura, generosidad, bondad. También orgullo, honradez, fuerza. Y está el lado oscuro, esa sombra que se cierne sobre ellos. El clasismo, una sociedad injusta, alimentada por la avaricia y el egoísmo de unos -el cura, el médico, los comerciantes, los asesinos-, por el miedo secular de otros -la gran mayoría-. El héroe de Steinbeck es el que toma conciencia de lo que le rodea, después de haber vivido, como en el mito de Platón, en una cueva; ha salido al exterior y ha descubierto la realidad: así que no le espera más que dolor. Sí, también tendrá la dignidad, abriendo los ojos, de rebelarse contra lo establecido. 

                                   Versión cinematográfica de el Indio Fernández

                                   

Y la naturaleza. ¿Es cruel? No, eso solo lo encontramos en los seres humanos. La descripción de Steinbeck del mundo circundante, del telón de fondo, de su entorno es, a ratos, lírica y conmovedora; a veces, realista y brutal. No oculta que unos mueren para que otros puedan vivir. 

Así ha sido y así es y así será. 

La diferencia es que los seres humanos lo hacemos deliberadamente; provocamos y alentamos el sufrimiento de otros por codicia y avaricia; no por supervivencia. El eterno conflicto entre el bien y el mal. 

Hay joyas que merecen ser leídas, porque nos cuentan lo que somos, dónde estamos.

Esta es una de ellas. 



domingo, 4 de junio de 2023

A LO CIORAN: AFORISMOS PARA UNA JUNTA DE EVALUACIÓN

 

"En los tiempos en que durante meses viajaba en bicicleta a través de Francia, mi mayor placer era detenerme en los cementerios rurales, tenderme entre dos tumbas y fumar durante horas. La considero la época más activa de mi vida" 

                                        E. M. Cioran, Del inconveniente de haber nacido.

Al empezar la junta:

Las cifras ya hablan por sí solas. ¡No dejemos huella, no digamos nada!¡Hagamos la mejor junta de evaluación!


Durante la junta:

"Solo el sufrimiento nos lleva al conocimiento". Las leyes educativas nunca comprenderán esta sencilla revelación.

Hay que alabar las derrotas, los fracasos o los suspensos más que los éxitos. Se aprende más de ellos; revelan nuestra naturaleza.

La mentira y la calumnia tienen un origen evidente: nuestro miedo y nuestras inseguridades; sobre todo, cuando nos mentimos a nosotros mismos.

Ahora también se sacrifica a los Dioses... No hay mayor sacrificio humano que una guerra o un suspenso. Y después están los refugiados y los aprobados de última hora para demostrar clemencia y falsa generosidad ante altares ensangrentados.

Como bien decía Cioran, cuando se juzga o critica a los demás, uno no descubre el interior del que es juzgado sino el de quien juzga.

Es un bien tan escaso encontrar la brillantez en alguien, que necesitamos hacerlo destacar con dos cifras y dos mayúsculas.


Cuando nos acercamos al final de la junta:

Todas estas cifras son ya pasado. Aunque estén impresas, escritas, han dejado de ser.

¿Dónde ha estado lo esencial? ¿Dónde el estupor, el grito, el silencio, el estallido? 


Y para terminar la junta:

Todas estas palabras, innecesarias. Todos estos deseos, superfluos. Volvamos, pues, a casa y durmamos plácidamente...


sábado, 27 de mayo de 2023

¿RESISTIR O LUCHAR? ENEAS Y PASOLINI

 


"Esta huelga es inútil".

Sí, es probable que lo fuera. Una huelga por la Sanidad y la Educación pública. Es probable que todas, incluso las más combativas -semanas y meses, como las de antes- puedan serlo, pero estoy seguro de que es mucho más inútil votar. Solo hace falta escuchar a todos los políticos -desde la derecha de Vox a la socialdemocracia suavizada de Más Madrid o Podemos- en las noches electorales. Empiezan su discurso felicitándose por la "alta participación". Esa alta participación es la que consolida el sistema y la corrupción institucional, la que sostiene a los que mueven los hilos de verdad. Votar es mucho más inútil. 

"Son muy jóvenes".

No añadí que también me parecían pijas y con sonrisa Profident. Ocurrió este miércoles. Iba a comenzar la presentación de un nuevo libro de Marcolongo: El arte de resistir. Lo que nos puede enseñar la Eneida. La acompañaba la autora de El infinito en un junco, Irene Vallejo. Nada que objetar a su discurso principal: hay que defender lo clásico. Han conseguido que se las escuche en una sociedad pragmática, superficial y que busca el beneficio económico; así que, claro, tienen mi comprensión y apoyo. Hay que abogar por lo que muchos -la gran mayoría- considera inútil: sea una huelga o una obra de Platón. Pero, desde el principio, dos detalles me chirriaron.

El primero, sin duda, fue su tono amable y almibarado. No tanto hacia Eneas -sí, se resaltaron sus virtudes y se buscó ocultar los defectos del personaje y de la obra de Virgilio, atreviéndose a criticar veladamente a Homero, Aquiles y Ulises (¡oh, cuánto atrevimiento!) y a alabar al gran Augusto, el que apoyó a Virgilio para escribir la Eneida, comparándolo con los políticos actuales (al menos, Augusto exilió a Ovidio; los de ahora, como mucho, les quitan las subvenciones)-, sino, más bien, cuando intentaron establecer una relación con la actualidad. El discurso evitaba entrar en conflicto, mostraba la situación de minusvaloración de las Humanidades, pero no criticaba el capitalismo o sí, lo hacía, pero con tiento. Apareció la guerra de Ucrania, pero no profundizaron demasiado; no vaya a ser que alguien se enfade... 

Y es que, -y este es el segundo aspecto- estoy se hacía en una sala de la Fundación Telefónica con cámaras que cuestan miles de euros y dos impresionantes pantallas croma. ¿Una cultura elitista? Sí, aquí no veremos a ciudadanos que trabajan más de doce horas al día o a mileuristas puteados y sin derecho efectivo a huelga -¡atrévete a hacerlo, machote!- o a delincuentes que sobreviven, trapicheando. Tampoco verás a deshauciados que se quedan en la calle ni a policías que golpean a manifestantes. Además, no puedes morder la mano que te da de comer. ¿Puede alguien que presente un libro allí -arrellanados en asientos amplios, como si estuviéramos en la clase Business de un avión- criticar este modelo económico brutal y despiadado sin ambages ni medias tintas o denunciar el gasto armamentístico en el que todas las grandes empresas de este país están implicadas o descubrir la propaganda que cada día nos aplasta? No, se le acusaría de hacer política. ¿Y no es eso lo que hacían Sócrates y Tucídides, Tácito y Cicerón?

Al final, eché de menos a Dido y a Turno. Una, porque consideraría a Eneas un cobarde; el otro, porque fue eliminado para que Roma fuera grande y eterna, como tantos otros pueblos y culturas. Todo eso no lo mencionaron estas dos mujeres jóvenes, sobradamente preparadas y también, ¿por qué no decirlo? conformistas -vender muchos libros también te obliga a no decir determinadas cosas-. 

Me faltó también Pasolini, un Pasolini intelectual crítico e independiente que denunciara a aquellos que mueven los hilos o a los que apuntalan los negocios de otros. Pero a estos sitios nunca serán invitados. Han sido apartados o eliminados. Vilipendiados, denigrados, olvidados. Ya no existen. 

Sí, lo admito, hemos perdido. ¿Resistir como Eneas? ¿O luchar inútilmente?

La derrota y lo inútil, sí. Y también, la lucha y el compromiso. 

¿Qué nos queda, pues?



viernes, 12 de mayo de 2023

UN SUEÑO


Estábamos en un supermercado. 

No recuerdo de qué hablábamos hasta que me doy cuenta de que estás embarazada. Y se te nota; debes de estar de cinco o seis meses. Me hablas de tu experiencia anterior, cuando abortaste, antes de que te diagnosticaron el cáncer. Sin embargo, ese recuerdo no te entristece; ahora pareces feliz, exultante, satisfecha, a gusto contigo misma. 

Me preguntas de repente qué me parece. Siento un mareo; la cabeza me da vueltas. Caigo al suelo, pierdo el conocimiento. 

Cuando me despierto -no sé cuánto tiempo he estado inconsciente-, ya no te encuentro a mi lado. Te has marchado. Les pregunto, a quienes se han acercado a ayudarme, si te han visto. Todos me dicen que estaba solo, cuando caí. Me levanto bruscamente y te busco, ansioso. No te encuentro. Salgo fuera. 

Sé dónde estoy. Es la misma calle por la que pasaba todos los días, cuando iba al colegio o al instituto. Y sí, allí había un Simago. Miró a derecha y a izquierda; tampoco estás allí. 

Y entonces pienso que tal vez no has existido nunca, que no fuiste real, que eres solo fruto de mi imaginación.

sábado, 8 de abril de 2023

CARO DIARIO: ¿HIPO...QUÉ?

 


-...Hipotiroidismo... Tiene los valores muy bajos... Deberá tomar cada día antes del desayuno una pastilla... Sí, es permanente, no podrá dejar nunca esta medicación... Aunque no haya síntomas evidentes, debe hacerlo, porque si no su situación empeorará... Tiene los medicamentos en la farmacia a su nombre...

- Perdone, ¿ha dicho hipo... qué?

Comprenderá, lector -tengo pocos, pero alguno habrá-, porqué hice la pregunta. Mis conocimientos de griego clásico me permitían saber que hipo significa "por debajo de", pero lo de la tiroides no es que me haya preocupado mucho hasta ahora, ni que conociera a alguien que la tuviera, así que las dudas eran comprensibles.

Pero, quizá, ustedes necesiten los antecedentes. ¿Por qué una médica me estaba hablando de esta enfermedad? ¿Y por qué me insistía, preocupadísima, en que de inmediato me tomara pastillas todas las mañanas? Bueno, vayamos al comienzo.

Se cumplían diez años en que me pusieron la antitetánica por última vez. Un papelito de cartón me lo recordaba y me recomendaba una nueva dosis de recuerdo. Pedí cita y la enfermera, solícita, encontró un botecito y ya está, pensé, todo terminado. Pero, al observar mi edad -venerables cincuenta años, peligrosa edad- y confirmar que hacía años no me habían hecho un análisis de sangre me aconsejó que no lo dejara pasar por más tiempo. ¿Viernes, nada más empezar las vacaciones? Perfecto.

Eran las ocho de la mañana. Nos pusimos en la cola -éramos una cincuentena; parecía que todos en el barrio habíamos elegido ese día para pincharnos-. ¡Cuanto antes, mejor! Nos iban pasando en orden de llegada. La señora mayor que me precedía llevaba un bote con orina y no sabía que hacer con él; tuve que esperar un par de minutos hasta que la médica consiguiera explicárselo. El pinchazo no dolió mucho; no hubo moratones, así que hasta ahí, miel sobre hojuelas.

Bueno, solo quedaba esperar. La cita con la médica de cabecera sería para después de Semana Santa. No tenía prisa.

Esto fue el viernes, mi primer día de vacaciones. Tranquilidad: me puse a leer a Pizarnik, Miyazawa, Paul Theroux... El lunes a última hora hubo una llamada del centro de salud, pero tenía el teléfono desconectado; pensé: Quieren adelantarme la cita... Como el martes no dieron señales de vida, me olvidé del asunto. Dediqué toda la mañana a visitar exposiciones: el museo de Bellas Artes de San Fernando, Carrington, Lucian Freud... 

Y llegó el miércoles. Nueve de la mañana. Acababa de levantarme; todavía me estaba quitando las legañas de los ojos... 

Reconozcamos que la médica fue al grano. Tenía pacientes al otro lado de la puerta y por teléfono las cosas han de decirse claras y rápido. Contestó a mis preguntas, las que se me ocurrieron a esa hora.

-... Si usted no las toma, podría acabar en coma o muerte... pero no pasa casi nunca...

Bueno, quizá no dijera muerte y mi memoria lo haya inventado -la memoria es poco fiable; es una mentirosa incorregible-, pero escuchar esa palabrita o una similar, nada más levantarse, no anima mucho.

-... Por si acaso, le haremos una ecografía; por si debemos hacerle una punción -aunque seguramente no será necesario-... Dentro de dos lunes...

Pensé en decir cáncer; ella, también, pero ya con la palabra muerte y coma, bastaba por hoy, así que ambos la evitamos con elegancia. 

La conversación duró escasos cinco minutos. Los médicos saben hablar, pero no escuchar, como diría Moretti. 

Necesito un vaso de agua...

Como comprenderán me quedé atontado. Diez minutos antes era un hombre sano -o eso creía- y ahora tenía una enfermedad permanente... Debo asimilarlo. 

Síntomas, síntomas, no tenía. ¿O sí? Bien, habrá que informarse. 

Nanni Moretti en cuanto le dijeron lo que podía tener buscó información en libros de medicina. No tuve que ir a ninguna librería o biblioteca; ahora tenemos internet. 

"... no se producen cantidad suficiente de hormonas tiroideas... pueden no presentarse síntomas y confundirse con el envejecimiento... el proceso es lento... agotamiento, cansancio muscular, irritación en garganta... el metabolismo se ralentiza... pueden derivar en colesterol alto o problemas de corazón..."

Y más. 

"...subaguda... se trata de una enfermedad poco común, resultado de una infección viral... En pocos casos puede ser permanente..."

Me pregunté si existía la posibilidad de que pudiera ser mi caso. Me surgían más dudas. ¿Y la alimentación? ¿No debería cambiar mis hábitos? Las páginas que consultaba recomendaban nueces del Brasil, frutas -sobre todo fresas-, leche, yogures... Nada de col; nada de soja... Mucho yodo... En fin, a veces había contradicciones. ¿Azúcar, sí o no? ¿Y las torrijas, qué? Eso sí que me va a doler... Con lo que me gusta el dulce... Lloro solo de pensarlo... No nos precipitemos... ¿No decían todos que el proceso es lento? Me puse a comer torrijas como un desesperado.

Bajé a la farmacia y compré el medicamento. Unos cuantos céntimos; cien pastillas de Eutirox con levotiroxina de sodio. A la farmacéutica, que no tendrá más de treinta años, se las habían prescrito, tras un embarazo. 

- Aunque tenga sus contraindicaciones y sea para toda la vida, es mejor tomarlas que no tomarlas. 

Leí el prospecto. Efectos secundarios: arritmias... Avise al médico, si tiene dudas... Arritmias, si las tomo; arritmias, si no las tomo... No hay salida, parece.

Intenté llamar al teléfono que aparecía en la memoria del móvil, pero saltaba el contestador del centro de salud. Me presenté en recepción: 

- Comunica la doctora. Le pondremos en lista de espera. 

Una hora después me llaman; no es la doctora, sino la farmacéutica. 

- En estos casos, cuando hay dudas con un medicamento, siempre os ponen cita para los dos. 

Conocía todo mi informe médico; me sorprendió. ¡Confiemos en la discreción deontológica!

- Nosotros no podemos ayudarte; es más bien, en posología y cosas así... 

- Ya, me lo imaginaba... Esperaré a que me llame la médico...

- ¡Cuídate!

El miércoles no llamó; estaría ocupada. Y ahora se presentaban cinco días festivos seguidos. Después de Semana Santa, entonces. Me leí todos los cuentos de Tabucchi. 

¿Habrá alguna alternativa a la medicación? ¿O este será el primer medicamento de muchos en la larga carrera por evitar el lento declive de mi cuerpo? ¿Ha empezado la vejez? ¿Me encontrarán alguna otra cosa?

Solo me queda esperar... No hay otra...

Que me pille bailando, si es posible...



lunes, 3 de abril de 2023

TORRELAVEGA: ADDENDA


I

Alrededor de la siete de la tarde, ya tenía hambre. Había comido un bocadillo y poco más desde que salí de Madrid. Curioseé por internet y recomendaban, entre otros, un restaurante llamado Mesón la Taberna; se encontraba en una bocacalle, muy cerca de la plaza Roja. Me presenté allí a las ocho; esa noche tenían preparado una fiesta privada en la que el hijo traía a sus amigos y pensé que me iban a decir que no, pero el propietario, antes de que pudiera decidirme, me hizo entrar en el comedor de la planta baja. En la zona de la barra tenían puesto en la televisión un partido de baloncesto; como estaba solo en la salita -no tendría más de cuatro mesas-, me preguntó si me interesaba el deporte. Le respondí que no, que el baloncesto solo me atraía, cuando jugaba Michael Jordan; así que me dejó con el concurso de Pasapalabra, mientras ellos, a unos metros, veían ganar al Madrid. Después, vino el informativo. Parecía que "la izquierda de la izquierda" quería presentarse unida a las próximas elecciones. En este asunto, tengo dos ideas claras. La primera es que no existe la izquierda de la izquierda; y que la otra mencionada dejó de ser izquierda, socialista y obrera en cuanto llegó al poder. La segunda es que ya no me volverán a tomar el pelo; el sí se puede dejó de ser tragedia para convertirse en farsa hace mucho tiempo. Y con el miedo a la derecha, a mí ya no me engañan. 

Por tanto, ajeno e indiferente a la representación, disfruté de un magnífico caldo de cocido y unas albondigas muy respetables, servidos con la sonrisa y la amabilidad de la dueña. 

Al día siguiente volví para comer. Me ofrecieron un pequeño hueco a la entrada y me pareció perfecto. Un solo comensal debe aceptar el lugar que le ofrezcan, cuando un sitio está lleno. Esta vez me decidí por la ensaladilla y una musaka. Bien hechas; me agradaron. En la televisión ponían una carrera de motociclismo. Hace años, en los noventa, eran los toros lo que se veía en los restaurantes o, así lo afirma, en los capítulos que corresponden a España, Paul Theroux en su libro de viajes Las columnas de Hércules; ahora, según parece, es el deporte. Los tiempos han cambiado; el ritual sangriento da menos dinero que la competición de alto nivel y la publicidad aneja.

Los clientes, en la barra del bar, esperaban su turno para entrar en los comedores. La entrada se fue vaciando, mientras los platos, que destacaban por su cantidad, iban pasando de una mesa a otra. Los postres estaban currados y se notaba que eran caseros. Me fijé, mientras tanto, en detalles curiosos: en unas cerámicas aparecían frases tópicas, de estas que buscaban la sonrisa, irónicas, conservadoras, reaccionarias; hacía mucho que no las veía en un restaurante. La novedad es que, entre ellas, había una de Montaigne. También había varias gorras de cuerpos policiales -locales, nacionales, europeos; incluso, el de la legión o el de los antidisturbios-, en la parte superior de la barra, encima de las botellas. 

Le pregunté al dueño: 

-Nos las regalan, cuando vienen por aquí a comer. 

Un escudo del At. Madrid destacaba, si mirabas al fondo, desde la entrada; en cambio, tenían una imagen del Bernabeú, en una esquina, tras la barra. Me sorprendió esa contradicción y se lo mencioné:

-Mi hija... -suspiró con resignación- ganas de incordiar...

II

Torrelavega no es un sitio para visitar como turista. Antes, había industria; ahora, es el sector servicios el que mantiene vivo al pueblo. Sobreviven algunas empresas, al otro lado de la estación de FEVE, y una chimenea: restos de otros tiempos. Quedan pocas casas antiguas; y las que siguen en pie tienen las huellas de lo que se ha abandonado: tejados caídos, maleza y hierbas entre las piedras y los huecos de las paredes, persianas descuidadas, algún cristal roto en las ventanas. Rodeadas, como si fueran los últimos supervivientes de un asedio, de urbanizaciones y fincas de hormigón y bloques de edificios altos de ladrillo. 

Las iglesias se llenan, más o menos, pero la media de edad ronda los cincuenta años en adelante. Los jóvenes comen en restaurantes de comida rápida y se bebe en bares de diseño. El nivel de vida es aceptable; no hay mendigos en las calles y los edificios, en general, están cuidados. Hay obras en marcha: costumbre inveterada de los ayuntamientos, meses antes de las elecciones. La vida cultural es escasa; aunque puedas encontrar algún concierto alternativo de cuando en cuando, alguna asociación que intente dinamizar el pueblo, o, cerca de la estación de FEVE, una librería que te invita a curiosear contenidos más atractivos de los que esperarías en una población de este tipo. 

III

En Santillana de las tres mentiras -que no es santa, ni llana ni hay mar- no había mucho turismo a finales de marzo. Los grupos de las agencias con sus autobuses llegaron sobre las diez. Hasta entonces la sensación era la de un pueblo bien cuidado, tranquilo y aburrido: parque temático, eso sí, con tiendas de recuerdos y restaurantes cada diez metros y palacetes antiguos y museos sencillos.

Elegí otro restaurante que recomendaban en internet. El trato fue menos personal que en el de Torrelavega, pero tanto en calidad como en cantidad no me decepcionó. Me arriesgué por un cocido montañés que me sentó muy bien. Los calamares en su tinta estuvieron a la altura. 

A mi lado dos parejas de ancianos comenzaron a hablar de sus achaques, que a su edad ya eran muchos. Luego hicieron un repaso, cuando se sentó con ellos un vecino, de la lista de fallecidos de entre sus conocidos. Aunque alguno todavía vivía, con cien años cumplidos. 

Hacía un poco de calor, así que pusieron el toldo; nosotros estábamos en una terraza acristalada. Desde donde me encontraba podía ver a quienes iban llegando al patio interior. Dos familias con sus hijos se sentaron frente a mí, al otro lado del cristal. Los primos -dos chicas, una de ellas, adolescente, y un chico- parecían algo cohibidos; se notaba que hubieran preferido estar en otro sitio, pero la obligación familiar no les permitía decir que no. Quien llevaba la voz cantante era el padre de la adolescente, la cual, nada más llegar, se había guardado el móvil en el bolso. Los demás, más o menos, aceptaban sus sugerencias, sin demasiada convicción. 

Como ya había terminado, salí del restaurante. Tomé un camino que me permitiera ver el pueblo desde más arriba. Otras perspectivas ayudan a abrir la mente. Y en mi caso, despertó recuerdos olvidados. Mientras iba alejándome, me di cuenta -en un deja vu- de que ya había estado antes aquí. En la primera etapa del Camino desde Santander, con J. Él había llegado reventado, no pudo recuperarse y a los tres días tuvo que dejarlo. Recordé el lugar donde dormimos, aunque por entonces la entrada por la calle principal estaba abierta; pude ver desde el lado posterior el patio donde lavamos la ropa, nada más llegar. ¿Dónde estaba el restaurante en el que cenamos? Recordaba también otro patio interior, similar. Y una calle ancha que daba a la entrada. Sí, no tardé en descubrir el lugar, más arriba.

Tal vez no lo había reconocido, porque, entonces, era pleno verano y la calle parecía la Gran Vía. No se podía uno ni mover. Hacía calor y estábamos agotados. Siempre es mejor visitar estos sitios en primavera y con pocos turistas. Un limonero brillaba a un lado de la calle principal. 

Recordé a J. al que no veo desde hace un año. Ninguno de los dos da su brazo a torcer y no parece que tengamos interés en reencontrarnos. 

Imagino que todo viaje invita a la melancolía. Sobre todo, si vuelves a un sitio años después. Santillana no había cambiado demasiado; sin embargo, yo, sí.