Aranoa nunca llegó a superar Familia, su primera película. Esa es una realidad incuestionable, aunque es difícil saber el porqué.
Es cierto que desde el 2012 y su Los lunes al sol no conseguía un gran éxito de público; con El buen patrón parece que ha vuelto al candelero y los Goya caerán solos.
Pero no nos engañemos; su última película no alcanza el nivel de su bautizo cinematográfico.
Es cierto que en El buen patrón hay una historia bien contada y no aburre; tampoco, para ser sinceros, me despierta demasiado interés. Los personajes son estereotipos, aunque estén bien interpretados. Sus intenciones, si las había, de realizar una crítica a nuestro entorno sociológico y político no llegan demasiado lejos. Se queda ahí, en la superficie y eso para un director que, al principio, traía sus películas a casas okupadas me parece un fracaso. Como con Podemos uno podría pensar que el sistema le ha devorado.
En Familia, que, según me comenta mi hermano es un remake de Dulces horas de Carlos Saura, -nunca se menciona este detalle, cuando se habla de la película de Aranoa-, la crítica a un determinado modelo familiar iba mucho más allá, jugando con las apariencias y la realidad, la representación teatral y el espejo en el que nos reflejamos o que deseamos alcanzar. Se abría a muchas interpretaciones bajo esa primera impresión que podíamos tener de parodia o humor irónico y ácido. En El buen patrón, aunque Aranoa mantenga el tema de la apariencia frente a la realidad, lo políticamente correcto y lo comercial se ha impuesto. El empobrecimiento de nuestra cinematografía, al menos de la comercial, es evidente.
Quizá sean estos tiempos en los que, si quieres tener al gran público, debes sacrificar la crítica dura y seca, adaptarte a un modelo establecido y presentar un producto aceptable, sin que moleste demasiado a las grandes empresas, a los monopolios, a determinada élite política, mediática, judicial o policial. Sólo lo justo.
¿Alguien se atrevería hoy a mostrar la tortura como Pilar Miró en El crimen de Cuenca? Podría quedarse sin dinero para futuros proyectos. Demasiados riesgos.
La ganadora de los Goya 2022 es un ejemplo de lo que somos.
A lo largo del mes de enero he visto con mi hermano muchos estrenos y clásicos. Por falta de tiempo no he podido escribir en el blog. Aunque sea de manera general, intentaré hacer un repaso a algunos.
Empezaré por Drive my car, la última película de Hamaguchi, un autor consolidado desde hace años y que suena para los Óscar de este año.
El director japonés ha conseguido madurar un estilo que se puede identificar con características muy definidas. Vemos historias personales en las que el recuerdo adquiere un peso fundamental. Las conversaciones entre los personajes van transformándolos en un entorno cotidiano -un bar, una vivienda de clase media, un espacio urbano-. Siempre nos encontramos ante esa sensación tan cercana e íntima, muy propia de nuestros tiempos, de no saber muy bien hacia dónde dirigirnos. Ni como sociedad ni como individuos.
Que esta vez se haya apoyado en un texto de Murakami encaja perfectamente.
Es una película que se construye con palabras; no en vano el protagonista es actor y su mujer -que sólo aparece en la primera parte del metraje- trabaja como guionista de televisión. Y, sin embargo, los silencios, las miradas acaban desvelando esa realidad profunda que los personajes no han sido capaces de aceptar, a pesar del tiempo transcurrido desde que sucediera la tragedia que les marcó. En la segunda parte la aparición de otros dos personajes -otro actor y una chófer-, más jóvenes, le obliga -a estos también- a afrontar ese cambio.
Es una de esas películas que me gustaría volver a ver, porque deja muchas incognitas, dudas y abre caminos con varios niveles de significación. ¿La realidad o la representación teatral de Tío Vania? ¿El viaje en coche como forma de conocimiento? ¿La memoria, el pasado doloroso, un espacio y un recuerdo que debe cambiar de significado para que tengamos algún futuro?
El epílogo, para mí demasiado optimista, en un mundo postpandémico, continúa la historia. Como si liberados de su carga, los personajes -o, al menos, la más joven- pudieran proseguir su camino y, con un giro sorprendente, se explicita, mostrando la realidad actual, después de haber contemplado, como si estuviéramos en el patio de butacas, la última escena de la obra representada.
Así se convierte en un reflejo contradictorio, ambigüo de ese final en el que los personajes de Sonia y Vania se consuelan. Como podemos escuchar en esta versión de la BBC, a las dos horas de metraje, en este archiconocido monólogo donde se mezclan la resignación y el dolor.
La obra de teatro es una reflexión paralela que recorre toda la película.
Como lo hacía también en esa última película de Louis Malle, Vanya en la calle 42. A pesar de la calidad de la imagen, pongo el enlace del monólogo de Sonia. Vale la pena.
Hemos sufrido y no hay salida, pero debemos seguir adelante hasta que llegue la muerte y entonces descansaremos, le dice, más o menos, Sonia a tío Vania.
En estos últimos días he podido ver algunas películas; todas han ganado ya premios este año y conseguirán unos cuantos más en el próximo. Algunas se acaban de estrenar; otras las veremos en el cine en poco tiempo.
Aunque comenzaré por la de Almodóvar, Madres paralelas, que se puede ver desde septiembre.
Reconozco que esta vez he podido verla... sin pensar que era Almodóvar su director. Y eso es tal vez su mayor defecto y debilidad. Dejo a un lado la trama paralela que intenta explicarnos la ley de memoria histórica y que nos cuenta, en escenas que son discursos ideológicos y políticos -hubiera sido mejor rodar un documental sobre el tema que soltarnos ese "rollo" a través de los personajes-, la incapacidad que tiene este país de ponerla en marcha. Para los que ya sabemos la vergüenza que supone que seamos el único país que tenga a miles de muertos en las cunetas sin un entierro digno ochenta años después se agradece el gesto de Almodóvar. Para los desmemoriados o a los que no les interesa es, sin duda -y estaría de acuerdo con ellos-, la parte más floja del guión. Me pasa lo mismo con alguna referencia a la violencia de género, muy puntual, o la relación lésbica que surge entre sus dos protagonistas; son gestos de cara a la galería, que intentan acercarse al público y a sus preocupaciones actuales. Y se nota demasiado.
La historia central que gira en torno a la maternidad, la pérdida de un hijo, se sostiene con dos buenas interpretaciones; sobre todo, la de una Penélope Cruz, contenida, en un personaje que es complejo y ambiguo; y aún así, no logra que te identifiques plenamente con ella. Todo es convencional. Y el final "feliz", al menos para los protagonistas, es forzado. Tienes la sensación de que Almodóvar ha perdido chispa. Cualquier otro podría haber hecho esta película y no hubiera habido demasiadas diferencias. Y eso, si hablamos de Almodóvar, debería preocuparle.
Algo diferente debo decir de otros dos directores con amplia trayectoria. El contador de cartas de Paul Schrader y el poder del perro de Jane Campion.
Paul Schrader se apoya en una puesta de escena sobria; y es todo un reto teniendo en cuenta que el argumento se mueve en un mundo, el de los casinos, que podría haberle llevado a movimientos de cámara compulsivos y a planos generales al estilo de su productor y amigo Scorsese. Los hay; son inevitables, pero el mayor acierto del guión está en un personaje encerrado en sí mismo. Y esas son las mejores escenas. La cárcel se convierte en una metáfora que recorre toda la película -tanto la de Abu Ghraib como las militares, sin olvidar las habitaciones de hotel en las que se encierra el personaje-. No puede evitar cierto tratamiento convencional, sobre todo, en los otros dos personajes secundarios, pero el protagonista y Schrader te atrapan hasta el tramo final.
Antes de terminar con Campion, incluyo a Sorrentino que ha estrenado Fue la mano de Dios.
Hay grandes aciertos; la primera media hora felliniana por los cuatro costados es agradable; incluso, divertida. Es brutal cómo nos cuenta lo que fue el punto de partida de la historia; según parece los padres de Sorrentino murieron asfixiados por un escape de gas y él se salvó, porque fue a ver un partido de Maradona. Quien ha perdido de manera repentina a un ser querido, como a mí me ocurrió hace siete años, reconoce ese dolor. Y Sorrentino sabe contarlo muy bien. Algún personaje, como el director teatral, provocador, un maestro espontáneo, vale su peso en oro. Pero hay otros momentos en que Sorrentino se recrea demasiado en sí mismo y, entonces, a ratos, me alejo de la historia.
De mayor complejidad es el retorno de Jane Campion.
El punto de partida es una gran novela, un clásico norteamericano, según parece, y eso se nota. Campion lo aprovecha, construyendo personajes retorcidos, contradictorios, crueles. Tanto la madre, que se casa con un rico terrateniente, como el hijo adolescente lo son y, en este último caso, su evolución es magistral; y también el vaquero, hermano del terrateniente, que no es capaz de adaptarse a ese nuevo mundo que se avecina; nunca es consciente ni quiere admitir que su masculinidad es frágil y eso le condena. Una trama que al comienzo se apoya claramente en el enfrentamiento entre la madre y el vaquero, al final acaba girando en una dirección muy distinta, cuando se nos coloca en primer plano al adolescente. Jane Campion sabe dar, además, al espacio una entidad propia. Sin duda, mantiene el interés hasta el final, dejando ese sabor amargo que siempre te deja quien ha sabido mostrarte el lado oscuro que todos tenemos y que no somos capaces de admitir, ni siquiera ante nosotros mismos.
"... pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad".
El mundo de ayer, Stefan Zweig.
Supe de Zweig hace tiempo, siendo adolescente, porque es el escritor de algunas biografías apasionantes. La de María Antonieta, la de Erasmo -casi una autobiografía espiritual-, María Estuardo... También de ensayos, novelas y narraciones cortas -la que más destaca es Carta de una desconocida, cuya versión cinematográfica de Ophuls, logra emocionarnos todavía-.
Hay una película sobre sus últimos años, Farewell to Europe. He olvidado gran parte de ella, pero recuerdo, sobre todo, el final: un plano secuencia de diez minutos que nos permite entrar en la habitación donde se suicidaron él y su esposa a la mañana siguiente. Me dejó impactado.
El final de El mundo de ayer de Stefan Zweig cierra una autobiografía muy peculiar por muchas y variadas razones.
La primera es el hombre; un judío, gran escritor, que trató y fue íntimo amigo de grandes personalidades de su época -Freud, Richard Strauss, Rilke...-, europeísta y humanista en un mundo en el que la concordia y el diálogo fueron arrastrados y pisoteados por el salvajismo y la crueldad, donde él mismo se convirtió en un "paria", un "exiliado", un inmigrante.
La segunda es la calidad literaria de lo escrito.
Podemos recuperar en sus páginas a personajes que él conoció; sus descripciones nos traen una visión de ellos tan real que nos sorprende, tal vez porque sólo hemos leído sus obras y no imaginamos ni remotamente las personas de carne y hueso que había tras ellas. Algunas son tan vívidas, sobre todo al definir su carácter, que nos parece estar allí mismo junto a Zweig. Las de Freud, Croce, Gorki, Richard Strauss o las de sus amigos Rolland o Verhoeven nos dejan esa sensación, ese poso.
Es capaz como pocos de describir un ambiente. Lo hace cuando nos traslada a la época "dorada", anterior a la primera guerra mundial. Esa Viena y esa Europa confiada, ingenua, encorsetada en ámbitos tan decisivos como la educación o la sexualidad, ligera y despreocupada en sus teatros y tabernas y que acabará por desaparecer. Consigue llevarnos al periodo de "entreguerras", el de las hambrunas y las "revoluciones" y revueltas de nazis y comunistas; el de la ilusión breve de una prosperidad trufada de peligros y terrores, el que llevó a Hitler y Stalin al poder. Fue testigo de cómo el último emperador de los Habsburgo abandonaba Austria y de cómo los nazis se hacían dueños de las mentes y corazones de sus contemporáneos.
Ningún libro de historia es capaz de contarnos tanto y tan bien como lo hace Zweig con su prosa sobria y sencilla.
No hay nada que sobre en este libro. Las anécdotas y detalles nos ayudan a entender ese mundo mejor que los grandes acontecimientos históricos o la propaganda o las narraciones ficticias o novelas históricas.
Su pasión por los grandes artistas del pasado y su interés por conocer el origen de la creación -el misterio de la creación como él lo llama-, le llevó a coleccionar sus manuscritos; tenía los de Balzac, Beethoven, Mozart, Goethe...
¿Tal vez los suyos, -en la imagen inicial tenemos el de sus Diarios- nos ayudarían a comprender su talento, su espíritu?
Por último, mientras leemos el libro, nos damos cuenta que ese mundo del que habla, el nuevo mundo en el que se había impuesto la desconfianza y en el que la libertad individual quedaba constreñida y pisoteada, donde el desastre se veía venir, aunque todos negaran su existencia, es también el nuestro.
"La estoy olvidando. Al principio, sí, me acordaba de ella todos los días, pero ahora... la he perdido".
Mi madre está pensando en la abuela.
Yo mismo le acababa de confesar: "Hubo meses, años en los que estaba convencido de que la abuela seguía viva. Creé, mientras soñaba, una vida paralela con ella que nunca existió".
Era extraño estar con mi madre, verla, incluso hablar de estas cosas; incluso podía escuchar al otro lado del pasillo la voz de mi padre.
"Creía que estabais muertos".
"No, ya ves que estamos aquí... Debes haberlo soñado..."
Abro los ojos.
Sí, aquí están muertos. Reconstruyo casi todo el sueño, mientras me ducho. Durante un par de horas me pregunto, confuso, qué es real, si lo que he soñado o lo que estoy viviendo.
Fuera, en la calle, hace frío. Ha llegado el invierno.
Me duele el talón; camino con dificultad desde hace un mes. Envejezco. Doy una clase de griego. Escucho los gritos de un grupo de adolescentes en el patio.
Mi mente, mi cuerpo se adapta, acepta las reglas de este mundo.
Me veo obligado a asumir esta realidad en la que ellos ya no están.
Esquirlas nace del pasado, del dolor colectivo, del dolor familiar.
En noviembre de 1995 en Río Tercero, Córdoba, Argentina, estalló una fábrica militar, que se encontraba muy cerca de la población. Siete muertos y centenares de heridos.
Por entonces Natalia Garayalde tenía doce años. Cogió la cámara de su padre y comenzó a grabar. En principio era un juego... hasta que dejó de serlo.
Años después recuperó las cintas grabadas por su padre y ella misma y las ha convertido en un documento que va mucho más allá de la denuncia política.
Si bien es cierto que Menem y otros muchos a su alrededor -entre ellos, la propia judicatura- ocultaron que fue consecuencia de un negocio turbio en el que estaban implicados, detrás de este telón de fondo hay una historia familiar que, pasados los años, dejó una herida sin curar.
El mundo ideal de la infancia se cerró tras esta tragedia. Las muertes familiares, el cáncer, las mentiras oficiales, la pérdida de la inocencia.
Lo cuenta con sobriedad, sin sentimentalismos, aunque en esta historia haya emociones íntimas y dolorosas. Pérdidas y ausencias, narradas con sencillez.
En La primera noche, un niño entra en el metro, siguiendo a una niña, y se queda allí hasta que amanece. Música de Delerue, sutil, delicada: un abrazo en medio de la noche. Dirigido por Franju: una mirada tierna.
Historia que contiene en escasos veinte minutos toda la magia de la infancia: el descubrimiento, la ingenuidad, los sueños. Pero la mirada es la de un adulto, consciente de que siempre sentiremos una frustración inmensa, cuando nos hagamos mayores; que perderemos lo que deseamos, aunque nos esforcemos en apretarlo y agarrarlo desesperadamente entre los dedos; que la tristeza y la nostalgia irán dejando esquirlas en el cuerpo.
Y no podremos evitarlo.
Y, aún así, siempre nos quedará ese momento, ese tiempo utópico, en que el mundo era perfecto, o eso pensábamos...
Oliveira que vivió más allá de los cien años -y dirigió algunas películas hasta esa edad- no es un director fácil. Es más, a veces, te resulta pesado y aburrido.
Amor de perdición, basada en la novela de Castello Branco, sí funciona a pesar del estilo parco y seco del director portugués. Y eso es gracias, seguramente, al punto de partida.
Castello Branco, autor decimonónico, bebe de las fuentes de la novela realista de Balzac. Disecciona las emociones e intereses humanos y no oculta en sus historias una crítica feroz al sistema de valores reaccionario y esclerotizado de una época moribunda que se negaba a desaparecer. En esta novela el protagonista es su tío, cuya historia, como él mismo cuenta, era una de esas narraciones familiares que escuchaba de niño en casa. No fue su primera novela. Su obra literaria comienza con Misterios de Lisboa de la que también tenemos una magnífica versión cinematográfica, la de Raoul Ruiz.
Raoul Ruiz se deja llevar por esa novela río de Branco -con el Tajo al fondo- para jugar con el espectador. El humor y las referencias metalingüísticas fluyen durante las cuatro largas horas de metraje. No hay tiempo para aburrirse con personajes que se cruzan y se encuentran, se separan y se alejan y en el que el azar se convierte en un protagonista más y la tragedia, el deseo, el amor correspondido y no correspondido, la muerte se entretejen de una manera maravillosa.
La novela de Historia de perdición es más líneal y Oliveira elige un estilo más depurado, bressoniano por llamarlo de alguna manera. Funciona, a pesar de todo. Los personajes parecen condenados a su destino trágico y nada pueden hacer por evitarlo.
En este caso, la elección de Oliveira es acertada. Quedamos atrapados, como ellos, en una red social obsesiva y agobiante. Con planos fijos, secuencias largas; no podemos escapar, como los personajes de esta triste historia familiar, con el Duero, como fondo de la representación.
Cambiando de tercio y volviendo al presente, Cèline Sciamma ha presentado en Donosti su nueva película, Petite Mère. Muchos dirán que sólo es una pequeña joya -no sólo porque el personaje principal sea una niña o por su metraje, que no llega a la hora y media- y estarán en lo cierto. Sin embargo, aunque no la considerarán lo mejor de su filmografía y, por tanto, no ganará muchos premios a causa de la humildad del planteamiento, se equivocarán. En lo pequeño a veces encontramos las claves de una gran artista.
La muerte de la abuela obliga a madre e hija -la nieta, nuestra protagonista, Nelly- a visitar la casa familiar, en el campo, donde la fallecida vivió sus últimos años. Desde el principio se establece una relación muy estrecha entre la madre y la niña. Cuando la madre desaparece, deprimida por la pérdida -el padre se queda, aunque su papel es secundario-, Nelly encuentra a otra niña en los alrededores. Pronto se da cuenta de que ha hecho un viaje en el tiempo: esa nueva amiga es su madre. La forma de descubrírnoslo es tan sencilla como elegante. El espacio cambia en esos viajes temporales, pero de manera muy sutil. Es la misma casa y, al mismo tiempo, no lo es.
Todo resulta perfectamente creíble y no necesita de efectos especiales ni grandes medios. A Sciamma solo le interesan las emociones y el frágil y, al mismo tiempo, firme hilo que une a una madre y a su hija.
Sencilla, elegante, sin necesidad de resaltar lo obvio, la película va mucho más allá de lo que parece a primera vista. Se habla de la pérdida de los seres queridos, de cómo despedirte de alguien amado que va a morir, del paso del tiempo, de las relaciones familiares, de los secretos olvidados, de la madurez y el descubrimiento de uno mismo. Y Sciamma lo hace con sobriedad.
En la sencillez, casi siempre, encontramos el verdadero talento. Y Sciamma, sin duda, lo tiene.
La adolescencia es un momento complicado. Todo es posible y una sorpresa y un riesgo. Las emociones son difíciles de controlar. La vida gira a tu alrededor y no sabes qué hacer. Si te equivocas, los errores no pesan tanto... Aunque entonces, cuando somos jóvenes, lo parezca...
Jonás Trueba ha presentado su nuevo trabajo en colaboración con un grupo de adolescentes en el festival de Donosti. Más de cinco años compartiendo cambios y perspectivas con ellos. Hace un par de años vi un primer esbozo, aún sin montar ni definir del todo.
No puedo decir mucho de la versión que ha presentado, Quien lo impide, en el festival de San Sebastián. En primer lugar, porque ha reducido horas de metraje en una hora y media escasa. En segundo lugar, ha añadido los años de la pandemia a esa visión de la adolescencia.
Sin embargo, no creo que ni el tono ni el planteamiento haya variado, por el trailer, que sí he visto. Y sé lo que me gustó y lo que no me gustó de esa propuesta...
Y para eso, para decir lo que me pareció, me apoyo en otro experimento colaborativo: el de Jean Gabriel Periot, Nos defaites; Nuestras derrotas.
Periot es un director muy interesante. Se movió al principio en el mundo del video-arte experimental. Lo que nos ofrece es un punto de visto directo, comprometido, político en el sentido más amplio y honrado del término.
Lo experimental va de la mano con su interés por la historia y el cine o la fotografía en casi toda su obra. Queda claro en este cortometraje de diez minutos sobre Hiroshima.
Si queremos entender el presente, hay que comprender y profundizar en nuestro pasado. Lo demás es mirar a otro lado y justificarnos, mientras lo hacemos. Y son muchos -artistas o no- los que prefieren no comprometerse o no molestar al poder establecido o al fascismo que empieza a sernos familiar en el día a día, aunque oculte su rostro de manera más o menos sutil.
Esta actitud de Periot es cada más evidente en sus largometrajes documentales o de ficción. El cuarto, Regreso a Reims, aún por estrenar, y que también se puede ver estos días en Donosti, en la sección Tabacalera, recorre la historia de la clase obrera francesa desde los años 50,partiendo de una novela-ensayo de Didier Eribon.
Aquí, en este enlace, hay algunos clips o escenas del documental.
Periot, sin abandonar algunas ideas -experimentales y bastante atractivas de sus primeras obras-, toma desde hace unos años un camino contundente o, por decirlo de otra manera, narrativo.
El punto de partida de Nos defaits es parecido al de Jonás, pero Periot va más allá, en mi opinión. Trueba se queda en la superficie; nos habla, teniendo como referencia ese nuevo género tan de moda hoy en día en el que la ficción y el documental se mezclan, de una realidad compleja y que merece ser tratada desde nuevas perspectivas, sin duda. Son ellos, los chicos, quienes nos cuentan sus experiencias, su visión del mundo, y eso da frescura a lo que vemos, pero Trueba marca un tono general y este es amable, agradable, asumible para un gran público. Y para mí esa decisión es decepcionante.
Periot es más valiente. Va mucho más lejos en todos los sentidos. Primero, porque su apuesta estética es mucho más interesante. Su punto de partida es metalingüístico; propone a un grupo de adolescentes que interpreten escenas de películas políticas y comprometidas de los años sesenta y setenta. Y lo hacen muy bien. La vuelta de tuerca viene a continuación, por supuesto. ¿Qué piensan ellos, como jóvenes, ahora en el siglo XXI, de los conceptos que estaban de moda entre los adolescentes de hace dos generaciones: revolución, rebeldía, comunismo, capitalismo? ¿Son posibles en la actualidad?
Las respuestas retratan muy bien a una generación con unas expectativas que nada tienen que ver con las de sus abuelos. La decepción, la sensación de que no se puede cambiar nada, la desilusión por lo político, la ignorancia de conceptos claves.
Trueba se queda en el presente; no arriesga. Tal vez porque prefiere el punto de vista del adolescente y desecha el más maduro y crítico. Periot, en cambio, mira al pasado, lo reinterpreta, da sentido a este presente en el que sólo nos caben derrotas. O, si acaso, aunque sepamos que vamos a perder, luchas dignas.
Trueba no es valiente o, más bien, en Quien lo impide es simplemente un director -aunque venda otra cosa y hable de experimentos; es cierto que comparado con otros documentales españoles ofrece algo diferente- bien asentado en el sistema o que no ha querido complicarse la vida -solo pretendía escuchar a esos jóvenes, sin hacer juicios de valor-. En resumidas cuentas, ha buscado un producto que guste a todos: a sus chicos y al gran público. Es una elección, respetable, sin duda, pero cobarde en el fondo, de un creador, que, sin embargo, en el resto de su filmografía camina por el alambre y en los márgenes de la industria y lo comercial.
Periot da un paso más. El compromiso es eso. Mostrar la realidad, hablar de política, la de verdad, la que nos afecta a todos, aunque no guste lo que digas, aunque resulte incómoda o, precisamente, por eso. Quitar las máscaras a una realidad que no deja de ocultarse bajo eufemismos y buenas intenciones.
Lo demás es farsa.
Lo siento, Jonás. Aquí has sido un farsante. Como la Holly de Desayuno con diamantes.
Periot, por el contrario, no.
Esa es la diferencia entre una representación y el compromiso.