viernes, 25 de diciembre de 2020

KIESLOWSKI II: PRIMEROS LARGOMETRAJES

 


El primero sería, más bien, un mediometraje, El personal. 

Un joven entra como ayudante de vestuario en las bambalinas de un teatro. Aún reconocemos al Kieslowski documentalista, cuando vemos una asamblea de trabajadores en plena acción o elige un formato visual, con la cámara en mano, captando los entresijos de ese microcosmos. 


Pero es una obra de ficción y tenemos un conflicto ético. El personaje deberá tomar una decisión: integrarse en el sistema, aceptar las reglas de juego, que suponen, en su caso, traicionar a un amigo, -aunque eso le dará oportunidad de ofrecer y aportar su pasión y su talento a otras personas, haciendo realidad su sueño- o ser apartado como un paria. 


El último plano, fijo, con una luz tenue, sutil, cuidada, al más puro estilo Kieslowski, es un final abierto. Habrá un antes y un después de esa decisión... 

En su primer largometraje, La cicatriz, no desaparece tampoco el tono documental. La vemos en las reuniones y en el formato sobrio, al que nos tiene acostumbrados. 

Esta es la historia de un arquitecto y de los intereses urbanísticos que rondan alrededor de un proyecto controvertido, el cual defiende, a pesar de las concesiones que debe hacer para que salga adelante.


Nos cuentan también de manera muy tangencial una historia del pasado. Dejó una huella profunda en su familia; en su esposa o en su hija, obligada a abortar. 

Y, claro, la corrupción de las instituciones está ahí. 

Quizá el mensaje está resumido en la última conversación con el periodista, un tipo íntegro, que quiere dar a conocer esa realidad ocultada por los burucratas de turno. "¿Cuándo dejó de hacer lo que quería?", le pregunta. El protagonista no tiene respuesta. 

Al final, es defenestrado y encuentra en su nieto, en el entorno familiar, la libertad; quizá, la única posible en ese entorno podrido... 

En El aficionado, el carácter documental aparece reflejado en el mismo protagonista. Un hombre normal, con una vida tranquila, que acaba transformada por una pasión: la del cine. 

Empieza a rodar documentales; se decide por contar lo que le rodea: primero, graba a su familia y amigos. Después, la fábrica donde trabaja. Al final, cuando otros comienzan a interesarse por su trabajo, el entorno, el barrio, la ciudad. Pierde a su familia en el camino, pero lo acepta a cambio de la pasión que ocupa toda su vida. 

La corrupción sale a la luz, y empieza a sentirse como un artista, dispuesto a denunciar las carencias que contempla, con una mirada personal; pero nada es tan simple. El director de la fábrica no es un explotador ni un censor de la creatividad del protagonista; en realidad, es un tipo muy consciente de los engranajes del sistema: si quieres conseguir algo en este mundo, debes sacrificar tu libertad. No hay absolutos. No hay buenos ni malos. 


El último plano es el giro final que sólo un talento como el de Kieslowski haría. Si no puedes contar lo que hay a tu alrededor con absoluta libertad creativa -de eso seguramente él mismo era muy consciente-, porque todo tiene sus consecuencias y hay gente que es sacrificada o a la que decepcionas, quizá lo único que queda es girar la cámara y contar tu propia historia. 

Hay mucho más, sin duda, en una obra con múltiples interpretaciones, que nos recuerda ya sus obras de madurez. 

Cuando un amigo, que acaba de perder a su madre, le pide a nuestro protagonista ver lo que rodó unos días antes, de manera mágica se da cuenta, toma conciencia de qué es el cine. 

Ha recuperado a su madre; la ha vuelto a ver, viva... Y le dice, emocionado.

"Lo que haces es hermoso"...

jueves, 24 de diciembre de 2020

UN PÁJARO EXTRAÑO

 


Hace seis años la Navidad dejó de existir. 

Quedan algunos rituales, huecos, vacíos; huellas inútiles que dejamos en la tierra húmeda. Se niegan a desaparecer: poemas imaginados, sueños de un niño. Alguna felicitación, cenas sobrias, la visita a su tumba el día de Navidad, las uvas; el miedo de Yume, nuestro gato, a los petardos, el roscón...

Una nueva familia le daría sentido; una pareja, un hijo... Improbable; más bien, parece imposible.  ¿Pensará ella en mí?... 

"Sé feliz", me dicen. La felicidad es un pájaro extraño, ajeno, distante... La encuentras en una rama, al borde del precipicio.

Vuelvo a leer La vergüenza de Annie Ernaux. También sentí vergüenza, hace mucho tiempo. Me refugié entonces en la cultura, en el cine, en los libros... 

Mi madre, en cambio, se negaba a desaparecer; recreaba un mundo, lo hacía suyo, lo compartía con nosotros. En ese tiempo la observaba escéptico, muy lejos... Los excesos, la comida y bebida a granel, las espumas y el ruido; letras absurdas de villancicos, conversaciones ridículas, chistes tontos; decoración navideña, el belén, espacios teatrales. 

Sí, se representaba una obra...

Escenas de entonces, tristezas del porvenir... 

Rituales, recuerdos que se difuminan, se pierden... Palabras y cuerpos desenfocados... 

Quedan el olvido, el paso del tiempo, la muerte...

Los echo de menos... 


miércoles, 23 de diciembre de 2020

HONG SANG SOO: SENCILLEZ Y PROFUNDIDAD



Si algo sorprende cuando descubres el cine de Hong Sang Soo, es la sencillez de sus historias.

Siempre encuentras los mismos elementos: relaciones de pareja, amistades, largas conversaciones en restaurantes -mientras se come muy bien y se bebe, casi siempre demasiado... Eso libera a los personajes de la ferrea educación oriental y les anima a cometer excesos verbales, o de otro tipo, de los que se arrepienten muchas veces-. 

Hay también desde el principio de su filmografía un interés por la repetición o la rima. Observar el mismo hecho desde diferentes perspectivas o con finales alternativos e historias paralelas en las que los mismos actores o idéntico espacio sirven para contar algo parecido o completamente diferente. Volver al pasado, a un pasado del que queremos alejarnos, pero al que necesitamos regresar, es otra de sus obsesiones. El tiempo y el espacio es el mismo y siempre es diferente.

Nos parece que estamos ante historias sencillas en las que trabaja con pocos espacios, cuatro o cinco personajes y escasos medios y, sin embargo, el guion, la clave de toda obra, gira sobre sí mismo y nos sorprende volviendo al mismo punto. Al final, resulta que todo era más complejo y profundo de lo que pensábamos. En este caso, más que en ningún otro director, las apariencias engañan... 

Si al principio de su filmografía los personajes masculinos tenían más presencia, en sus últimas películas son ellas las que construyen la narrativa. Tal vez, en este caso, tengamos que hablar de una madurez; todos sabemos que ellas, como personajes, son más complejas e interesantes. Contradictorias, saben y no saben lo que quieren. Han tomado decisiones y se arrepienten. Giran sobre sí mismas y vuelven al mismo punto. Sí, siempre dan más juego; sobre todo, si hablamos, del mundo emocional. O de la vida. 

Sería difícil elegir entre su amplia filmografía que mi hermano y yo hemos visto completa en estos últimos dos meses -como Woody Allen ha hecho una película al año y no hay ninguna que esté mal-, pero haré una elección. Elegir es vivir, ya se sabe... 

En Ahora sí, antes no, hay una segunda oportunidad para los personajes. Es un juego que Hong Sang Soo ha hecho desde el principio de su filmografía. Aquí se decide por dos personajes que caminan juntos a lo largo de un día entero en dos historias paralelas. La palabra y los gestos los acercan o los alejan. El azar se encarga del resto. 


En La película de Oki asistimos a un triple juego de miradas; tres películas diferentes se mezclan, tres puntos de vista sobre un mismo hecho, transformado por la perspectiva de cada uno. ¿Cuál es la verdadera? Probablemente todas las miradas lo sean.


En la playa sola de noche sitúa a su actual pareja en el centro de atención, como protagonista central, sin matices. 


No se deja de hablar de ruptura y un amor roto: la decepción, el dolor, la desesperación. 


Es la calidez de la mirada lo que me atrae de esta película. 


En las dos últimas tengo la sensación de que Hong Sang Soo ha empezado a transitar por un camino diferente. 

En la penúltima, El hotel a orillas de un río, aunque aparezcan también sus temas favoritos, el personaje principal es un hombre que va a morir. Y un padre que quiere volver a ver a sus hijos, antes de que eso ocurra. Quizá por primera vez en su filmografía hay una reflexión sobre la muerte y el paso del tiempo.


En la última, La mujer que huyó, las mujeres monopolizan la historia. Una, la protagonista, visita a tres amigas a las que no veía desde hacía tiempo. Cuatro vidas, contadas, como sólo sabe hacerlo un director que domina su oficio como pocos. Sin necesidad de enfatizar o remarcar nada, al final, la sensación es que la vida ha fluido, sin más. 



El último plano del mar; el sonido rítmico de las olas nos lleva de la sencillez a la profundidad de las emociones. 


A la vida. 



domingo, 20 de diciembre de 2020

KIESLOWSKI I: CORTOS Y DOCUMENTALES

 


En marzo de 2021 se cumplirán los 25 años de la muerte de Kieslowski. Dejó tanto en mi hermano como en mí una huella muy profunda. Lamenté su muerte. El paso del tiempo no me ha hecho olvidarla. Su percepción de la realidad era la de un humanista cristiano. Aunque mi elección fuera ya, por entonces, la de un ateísmo consecuente y rebelde, su mirada, cercana, solidaria con el dolor y la soledad, continúa emocionándome. No hay prejuicios en mi relación con Kieslowski. Nunca los hubo. 


Hemos empezado a repasar su obra completa. Tal vez no muchos sepan que antes de la ficción hizo documentales para la televisión polaca.


En su primera etapa, en la escuela de cine, rodó varios cortos. Dos historias de amor muy sencillas, una de ellas, El tranvia, 

y un primer documental donde ya aparece la crítica, nada velada, a una burocracia absurda y opresiva: La oficina. 


Al salir de la escuela empieza a rodar documentales. La burocracia, la falta de medios materiales, la incomunicación y la distancia entre el ideal comunista y la realidad a veces aparece con gran crudeza. Para mí destacan dos:
En Currículum Vitae asistimos a un juicio. Un hombre es investigado; puede ser expulsado del Partido. La vida privada no existe. Nada escapa al control del Sistema. 


En El hospital la dureza la vemos en los aspectos formales. Sin música o una planificación cuidada, no esperemos idealizaciones o loas al esfuerzo humano, tan en boga en estos tiempos tan políticamente correctos. Los médicos y enfermeras de Urgencias hacen lo que pueden con lo que tienen. Son humanos, secos, incluso, desagradables, sin dejar de ser excelentes profesionales. Sorprende que, a pesar de la censura, pudiera hacer estos documentales con una libertad que, seguramente, ahora mismo no tendría. El libre mercado impone una censura más sutil: la económica... O el pensamiento amable que contente a todos... 


Después de El hospital empezó a rodar películas de ficción. Y en los pocos documentales que hizo en ese periodo inicial de aprendizaje hay un cambio fundamental. Notamos ya una visión diferente sin que abandone completamente su actitud crítica. 
En Punto de vista de un portero de noche, es decir, lo que llamaríamos ahora un vigilante, tenemos más que la historia de un elemento del engranaje de un sistema represivo, a un personaje de Kieslowski, a un hombre solitario y sin expectativas, mediocre. Le falta tomar conciencia, como sí veremos en sus películas de ficción, para convertirse en un personaje. 
Parte de ese juego de miradas, está en una pregunta repetida a diferentes personas: desde un bebé recién nacido hasta una mujer de 100 años. ¿Qué deseas para el futuro? Cabezas parlantes. 


Las respuestas construyen una visión poliédrica de los deseos de los polacos, a unos años de la caída del Muro. Las personas se convertirán en los años ochenta en el centro de sus historias. Es probable que siempre lo fueran...

En la estación, en el giro final, cuando tras contemplar durante diez minutos a los pasajeros que transitan por una estación de tren, de repente, Kieslowski nos muestra al hombre que vigila, detrás de las cámaras, ese último gesto, nos hace pensar no tanto en la mirada que controla, sino en el propio Kieslowski. Ya no es un documentalista, sino un creador con un mundo propio y personal. 


Y esa será su mirada a partir de entonces. 






lunes, 9 de noviembre de 2020

ANTIDISTURBIOS Y PATRIA

 

Imagino que serán las dos series de este año. Así que, vistas ya, puedo dar una opinión.

Lo haré desde dos perspectivas. La primera será ideológica; la segunda, artística.

Todo producto, toda obra de arte tiene una interpretación política, incluso aunque pretenda ser apolítica. Nadie es completamente objetivo, cuando elige una determinada visión de la realidad. Somos subjetivos y, además, quizá sería necesario que no lo ocultáramos. Y, sin embargo, parece conveniente hacerlo, ya sea porque queramos distanciarnos de cierto arte comprometido, o por razones económicas o sociales; quizá temiendo que ese compromiso nos ponga en un brete o limite nuestra presencia en el mundo.

Las dos series ocultan una visión, pero no lo hacen completamente. Si te fijas con atención, puedes observar lo que hay en la trastienda, los hilos que se mueven...

En Antidisturbios, a pesar de su formato de género -un thriller a la americana que se interesa más por la corrupción institucionalizada-, lo que encontramos es un mensaje muy sencillo: el sistema, el statu quo puede limpiar la podedumbre desde dentro -si no, habría que asumir algo inconcebible, que vivimos en una farsa-, aunque, está claro, tiene sus limitaciones y hay que aceptar ciertas reglas y asumir que no es posible cambiarlo del todo, si quieres medrar y sobrevivir.

Más o menos, como lo han interpretado los americanos desde hace mucho tiempo. 

Que los antidisturbios sean violentos y representantes de la represión más salvaje es sólo una excusa para hablar de otros temas. Que se les intente humanizar es loable y hasta resulta creíble -no pueden evitar ser cómo son- con algún toque de humor al final -el famoso "Piolín"-. 

Quizá hubiera faltado ver la otra parte de manera más compleja -los que luchan contra los desahucios o los inmigrantes sin papeles-, pero entonces el tono hubiera sido otro; estaríamos no ante una serie de género, sino ante otra de carácter social y tal vez, entonces, no hubiera tenido tantos espectadores.


Patria se apoya en una novela, que ya, de por sí misma, es parcial. Nos encontramos ante una perspectiva sobre el conflicto vasco tan respetable como cualquier otra. Quizá el problema es que, del Ebro para abajo es la única que existe, la que se ha alimentado en los medios durante décadas. Tampoco se plantean otras visiones, que existen, y que sería muy interesante que se difundieran. Por el momento, no interesa...

Dejo aquí la de Asier eta biok, muy diferente y, en mi opinión, más interesante. 

ASIER ETA BIOK

En cuanto a Antidisturbios, si asumimos el presupuesto ideológico, nada que objetar. Es una serie que funciona, muy bien dirigida y que se devora con placer. Me surge cierta duda en el desarrollo de alguno de los antidisturbios, pero el personaje central, la investigadora de asuntos internos, te atrapa y no creo, en el fondo, que Sorogoyen busque otra cosa que entretener, y eso lo consigue sin problemas.

En Patria se busca algo más: emocionar. Si asumes los postulados, quizá lo consiga, pero, sin haber leído la novela, lo que veo son estereotipos. Tanto en el planteamiento general sobre el conflicto -los buenos, las víctimas de ETA (que son no sólo los familiares de las víctimas directas, sino también las familias de los presos) frente a ETA, el gran mal- como en los personajes con reacciones y discursos o diálogos, que no me convencen y tampoco encajan con la realidad que conozco. Es cierto que hay otras realidades y otros personajes. Se tiende a la simplificación en el tema y eso empobrece las historias de este tipo. Los grises requieren más tiempo y venden menos... 

Hay una virtud, que, tal vez, también esté en la novela: la estructura -yendo constantemente del pasado al presente- y, además, el papel coral de todos los personajes -un intento, fallido, de que la perspectiva sea múltiple-. Y los actores que,  -sobre todo, las dos madres- hacen creíbles unos personajes que sin esa carga ideológica serían, por sí mismos, bastante interesantes y humanos, muy humanos. 

Errores de dirección artística me parecen más leves. Por supuesto, se habla de tortura - aquí, al menos, hay alguna escena-, de asesinatos del GAL, de manipulación periodística, pero, en general, no se ven. Y eso siempre dejará coja cualquier visión, ya sea porque no se atrevan a mostrarlo con toda su crudeza o porque no encaje en los intereses crematísticos de la serie. 

El discurso ideológico se reduce a estereotipos; un buen ejemplo es la conversación sobre el euskera de un cura con uno de los personajes; ¡cómo si un escritor euskaldun necesitara que le echaran ese sermón! O que no hablen euskera en un pueblo de Guipúzcoa... llamándose a sí mismos euskaldunes... Pero eso, me temo, está ya en la novela y seguramente es uno de sus defectos. Es una novela-tesis con diálogos previsibles e imposibles, ridículos y tendenciosos, si profundizas en este complejo conflicto. 

Tal vez esos diálogos sobran; hay demasiadas palabras y pocos silencios... Por eso, el final es un buen final. 

Imagino que, aunque no se difundan tanto, otros habrán de contar más historias sobre esta tragedia colectiva.

Necesitamos contarlas; porque son muchas las que aún están por llegar. Y no serán el discurso oficial como esta; esperemos que maduren y con el tiempo, sean más complejas.

Como la misma realidad... 


domingo, 18 de octubre de 2020

AYKA Y LA ROSA PURPURA DEL CAIRO

 


Recupero la última entrada. Vuelvo a los finales. 

Acabo de ver una película del 2018, Ayka. 


Es incómoda, brutal, dura. No hay ni siquiera un espacio, una mínima rendija para la esperanza. Bebe, tanto formal como temáticamente, de la tradición que abrieron en los años noventa los hermanos Dardanne, sobre todo con su Rosetta. 



Pero, al menos, allí, las lágrimas encontraban a alguien que las comprendiera, a una persona que se pusiera en su lugar. La empatía, la humanidad llegaba, tarde, pero, al menos, la teníamos al final. 

Aquí, aunque haya algún personaje que nos haga concebir esperanzas, este no puede hacer nada. Hay demasiado dolor y egoísmo; el frío de Moscú te deja helado: la supervivencia, sin más, de una mujer sin trabajo, sin derechos, sin refugio, sin familia que la pueda ayudar, acosada por mafiosos que le exigen un dinero que nunca podrá pagar, con un bebé recién nacido, al que abandona, en un primer momento. Sus lágrimas son el final. 


¿Hay una decisión moral o ética en salvar al niño en esa última escena o es puro instinto maternal, irracional, inútil? Su desesperación sólo encuentra soledad. Nadie la ayudará... 

Después de ver esta película necesito volver al final de La rosa púrpura del Cairo. ¿El cine nos puede salvar? 


Seguramente, no. Hay millones de personas que mueren, morirán en los próximos días, semanas, meses, abandonadas, solas, sin esperanza; sí, es un mundo despiadado el que tenemos, un sistema brutal que sacrifica a millones de personas en el altar de la economía de mercado. Antes y ahora. 

Y, sin embargo, necesitamos la sonrisa final de Mia Farrow, la que imaginó Woody Allen. Necesitamos pensar que el mundo que hemos creado no es tan terrible, que no es una pesadilla concebida por monstruos con rostros humanos; que tal vez la Humanidad tenga su razón de ser, un sentido. Que valga la pena que hayamos existido como especie. 

Necesitamos esa sonrisa... 


domingo, 6 de septiembre de 2020

FINALES



Los finales son importantes. Hay que saber cerrar una historia. En la vida real no es fácil hacerlo y no suelen salir tan bien como en la ficción; por eso, cuando terminan, no nos damos cuenta de que se han acabado o, si nos damos cuenta, ya no somos los mismos y te decepcionan. Tal vez por eso, prefiero el cine.
A veces los finales surgen de repente -aunque haya detrás mucho trabajo-, como en Casablanca. Otras veces se criba, tras horas y horas de una búsqueda infernal. O aparece desde el principio, antes de que haya siquiera una historia que contar.
Puede haber películas terribles con finales maravillosos -si has sido capaz de llegar hasta allí-. O películas muy interesantes o que te atrapan desde el principio con conclusiones decepcionantes, en un primer momento. Un buen ejemplo de este último sería la última película del gran guionista Charles Kaufmann, autor de Olvídate de mí, llamada, no sin retranca, Pienso en el final. Aunque es posible que, en este caso, sea intencionado... Y estemos ante una parodia de Una mente maravillosa... El final es un juego con el espectador metalingüístico, cinéfilo y atrevido.


Estaríamos ante un sueño o una pesadilla con múltiples referencias al mundo de Kaufmann y juegos espacio temporales y, como no puede ser de otra manera, el final es fallido, falso, porque la vida, parece decirnos el autor, o la ficción o el sueño son como son: una representación absurda y surrealista...

Otras veces, no muchas, el final te emociona. Elijo dos clásicos -que he vuelto a disfrutar esta semana-, pero también puede ocurrir con películas más modernas o lejos del engranaje de Hollywood. Si quieres contar algo importante y que deje huella, basta con contarlo de otra manera. Kaufmann lo hace; Wilder y Allen también supieron hacerlo. Y para eso, necesitas un buen final...

Manhattan de Woody Allen.


-"...No todo el mundo se corrompe. Tienes que tener un poco de fe en la gente..."

El apartamento de Billy Wilder.


-La adoro... 
-¡Cállese y reparta!

¡Ay, los finales! El último suspiro de la vida...

PELESJAN: EL CONFLICTO CON EL TIEMPO


El ritmo es un aliado de la memoria, dice Irene Vallejo en su interesante ensayo sobre los libros en la Antigüedad, El infinito en un junco. Aunque se refiera a Homero, encaja perfectamente en la obra del autor armenio Pelesjan.
¿Cómo se podría entender la obra de Pelesjan, sino es a través del ritmo? No hay palabras en su filmografía, sólo montaje y música.
Siempre se apoya en opuestos.
Alegría y tristeza, luz



y sombras,



distancia y unión, pasado y nostalgia -suele utilizar Pelasjan imágenes de archivo- y presente, sobre todo, en su obra más redonda, Nosotros, una mirada hacia su propio pueblo,



realismo y experimentación.



Entre la tierra



y el cielo. 

Observar la realidad es también interpretarla, darle forma, transformarla. Pelesjan lo hace. Como el tiempo.
Y así, nos transforma a nosotros también.