sábado, 19 de octubre de 2019
HAN PERDIDO EL CONTROL
Día 5 de protestas.
Más de medio millón de personas se manifiestan en Barcelona. Pacíficamente.
A unos quince minutos a pie, muy cerca de la plaza Urquinaona, comienzan cargas contra un grupo que rondará los mil.
Ocho horas después, el lugar parece un campo de batalla: semáforos y señales de tráfico destrozados; contenedores quemados, piedras en lugar de aceras. Los policías han golpeado indiscriminadamente a la gente. Bolas de foam, pelotas de goma; heridos. Palizas innecesarias. Un periodista de El País detenido.
Han perdido el control. No sólo los policías; está claro. Se piden condenas a la violencia sin mencionar la que lleva a cabo la policía. Algunos o muchos -mandos y antidisturbios- pensarán que estos independentistas se merecen todos los palos. La mayoría de los policías, tras cinco días de protestas, estarán agotados. Falta de previsión, sin duda. Y manifestantes, muy bien preparados, que estaban dispuestos de manera pacífica y unos pocos, utilizando medios más combativos y agresivos, a protestar de manera continuada. Y este es el resultado. Pero los policías no son los principales culpables. Estoy hablando de los políticos.
Nunca ha quedado más claro la incompetencia de los que nos gobiernan. De los españoles, ¿qué se puede decir? La derecha, llamando a los catalanes independentistas, terroristas y violentos, cuando todos sabemos que en general han tenido una paciencia infinita. Y los medios de comunicación alimentando una realidad falsa y tergiversada. ¿Les han hecho caso después de más de una década pidiendo votar, simplemente? Como quien oye llover. Cientos de manifestaciones pacíficas y los han ninguneado. Y no sólo eso.
Jordi Cuixart y Jordi Sánchez, por ser pacíficos, estarán 9 años en la cárcel. ¿Qué esperaban, que la gente ante esa injusticia, después de tanta humillación, protestaran un día y luego se fueran a su casa? Y la izquierda, si se la puede llamar así, mirando a otro lado, criticando a los que sí intentan cambiar las cosas, sin que ellos hayan hecho una mierda.
¿Y los políticos catalanes? Empezaron apoyando el movimiento, porque les venía bien, hasta que se dieron cuenta el 1 de octubre del 2017 que podían perder el control; se les había ido de las manos. Durante dos años se han movido entre la impotencia, la cobardía y los intereses partidistas de cada cual. Y ahora, con la gente enfadada, dejan hacer a los Mossos, su policía, justificándolos, permitiendo que sus propios votantes o los hijos de sus votantes reciban los golpes.
Es una vergüenza lo que está ocurriendo en este país.
Y es difícil saber qué pasará en los próximos días.
La solución es muy sencilla. Siempre ha sido la misma: un referéndum acordado. Pero empiezo a tener la sensación de que, si las cosas siguen así, se acabarán yendo, sin necesidad de tal referéndum. ¿Cómo quieres convencer a más de la mitad de los catalanes de que se queden en España? ¿Dándoles palos? ¿Prohibiendo derechos fundamentales o recortándolos? Sí, parece una manera muy inteligente de solucionar el problema.
Está en juego la democracia o lo poco que queda de ella. Y quien no quiera verlo, está ciego y sordo. Y mudo. Luego, vendrán a por nosotros. Y nos mereceremos lo que nos pase.
Mañana será el sexto día de protesta.
domingo, 29 de septiembre de 2019
NARUSE: TORMENTO Y CUANDO UNA MUJER SUBE LAS ESCALERAS
Hace unos meses comencé a ver películas de Naruse. No es tan conocido como Kurasawa, Mizoguchi u Ozu, pero merece estar a su misma altura.
Hablé entonces de su última película, Nubes dispersas.
Imagino que ahora puedo decir que he visto sus mejores obras. Y entre ellas, sin duda, están Tormento y Cuando sube las escaleras.
En todas las películas de Naruse, el centro de la historia gira alrededor de una mujer.
Ellas siempre son más interesantes. De eso no me cabe duda.
Y las mujeres de Naruse, por supuesto, son modernas, toman decisiones, se arriesgan. Y, aunque fracasen, no se rinden. Tienen que continuar. Así son las reglas. Así es la vida.
Muchas de ellas son viudas; se casaron pronto. Y ahora, en un mundo en plena transformación -donde el dinero es el fin último de casi todas las relaciones-, tras un largo duelo, sienten la necesidad de empezar de nuevo. Se equivocan. Tienen miedo. Se arrepienten.
Son fuertes; los hombres de los que se enamoran, no tanto. Y aún así, los comprendemos. Las convenciones sociales pueden aplastarnos. Y ellos, en un mundo cambiante, no tienen tanta fortaleza ni capacidad de adaptación. Ni tanto valor.
En Tormento esas convenciones y sus dudas destruyen al hombre que ama, más frágil de lo que aparenta; y ella no podrá impedirlo.
En Cuando una mujer sube las escaleras hay tres hombres. El primero miente e inventa un mundo falso que se derrumba enseguida, como un castillo de naipes; otro sólo es capaz de idealizarla, inventa a una mujer que no existe; el último se debe a una familia a la que no puede abandonar.
El drama contado con elegancia, sin estridencias.
Naruse, sin duda, es uno de los grandes.
El drama contado con elegancia, sin estridencias.
Naruse, sin duda, es uno de los grandes.
LA POR I LA COVARDIA
Quan la por no és innocent, ja no és por, és covardia.
Joan Fuster.
Es un texto, este, el de Martin Niemöller, preciso, claro, revelador; tal vez porque sucede una y otra vez. Ahora mismo está ocurriendo, muy cerca de ti, aunque no lo sepas, aunque mires a otro lado...
La operación de la guardia civil contra el independentismo catalán, las manifestaciones y huelgas contra el cambio climático, las muertes en el Mediterráneo son un reflejo del mundo en el que vivimos. Y nos miramos en el espejo. Y sólo vemos miedo y cobardía. Somos así. Héroes y villanos, al mismo tiempo.
El capitalismo es un monstruo inteligente; o, al menos, quienes mueven sus hilos. ¿Que hay un problema global con el clima? Pues nada, unos lo negamos; otros, hacemos negocio con él. Las voces disidentes, como la de Greta Thunberg, se asimilan al discurso oficial, bien amparado por los medios de comunicación. Aunque, en el fondo, las medidas que se tomen no pondrán en peligro la esencia del modelo: explotación, consumismo, democracia dirigida.
Detener una maquinaria como esta es una empresa titánica. Sin embargo, hay que intentarlo. Los jóvenes deben hacerlo.
Recordemos que habrá quien vaya más allá y denuncie a los culpables; muchos, antes de Greta y ahora mismo, se atreven a dar nombres y señalarlos. Como Berta Cáceres. Y acaban en la cárcel o asesinados. Nadie habla de ellos.
Guardamos silencio. No protestamos.
Y a veces compramos en los negocios de sus asesinos.
Sobre el asunto catalán, dos historias paralelas.
En la primera, son terroristas. Sólo con filtraciones policiales y confesiones, que no sabemos cómo se han conseguido. Por el momento, no hay pruebas de peso. No hay bombas, no hay muertos. Sólo deseos y planes hipotéticos, inventados por no sabemos quién. Sin embargo, la propaganda ya los ha condenado.
Su objetivo es otro: provocar el miedo; controlar, mantener el modelo sin variaciones importantes. Engañarnos, para seguir haciendo lo mismo.
En la segunda, son víctimas, chivos expiatorios útiles. Ya sabes lo que te pasará si te atreves a enfrentarte a nosotros. Atente a las consecuencias.
¿Qué han hecho o dicho la gente de izquierda, preocupada por el Brexit, el cambio climático, críticos con Trump o Boris Johnson o con Vox o Salvini? Nada.
No es mi problema; no es asunto mío. Nos ponen en peligro... Son la derecha... Son egoístas, insolidarios... Hay que condenar la violencia... aunque no exista.
Guardamos silencio. No protestamos. Por miedo, por cobardía. O por egoísmo.
Mueren miles de personas en el Mediterráneo. Se les ponen trabas para llegar a la tierra prometida de Europa. Cientos mueren. Y cuando llegan, los esperan CIES, centros de detención, explotación laboral.
No es mi problema; no es asunto mío. Nos ponen en peligro... Se aprovechan de nosotros, nos quitan lo nuestro...
Guardamos silencio. No protestamos. O los olvidamos.
En un mes y pico se nos convoca para votar. ¿Votar para qué? Que no nos engañen. No es para parar a la derecha. No es para mejorar la política. No es para cambiar el mundo.
El sistema necesita consolidarse, aunque sus pies sean de barro. Y hará todo lo posible para que ocurra. Apoyando en los medios a un nuevo partido, el de Errejón; reforzando al PSOE o al PP; tomando las medidas oportunas -155, control de la información, vendiendo humo- para que no se desmande el problema catalán o cualquier otro.
El resultado debe consolidar el modelo. Ningún cambio. Monarquía privilegiada, los mismos en las estructuras judiciales, políticas y económicas; medidas al servicio de los grandes intereses.
Quizá haya alguno decorativo, como sacar a Franco del Valle de los Caídos.
La hipocresía no tiene límites.
"Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".
"¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tentativas punteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual, pese a que todo habrá cambiado".
"Una de esas batallas que se libran para que todo siga como está".
Y si unos pocos acaban en la cárcel o mueren...
No es mi problema; no es asunto mío. Nos ponen en peligro...
Guardamos silencio. No protestamos.
... Cuando vinieron a buscarme, no había nadie que pudiera...
Aún depende de nosotros que eso no ocurra.
Todavía...
sábado, 21 de septiembre de 2019
LABORDETA Y UN PAÍS EN LA MOCHILA
Durante el mes de septiembre están reponiendo Un país en la mochila.
Veinte, treinta años nos separan.
Después Labordeta iría al Congreso, daría varias lecciones morales a unos políticos corruptos y soberbios y se retiraría para morir dos años después.
Hay en esta serie un aroma de vino añejo. De esos que dejan poso.
Técnicamente, por supuesto, se nota el paso del tiempo, pero, incluso eso se agradece. Las entrevistas duran muy poco y a veces los cortes son bruscos, pero, sin duda, sabe elegir a la persona adecuada. No son gente rica ni cultivada. Son personas normales: agricultores, pastores; jubilados, ancianas y ancianos. Parejas que huyen al campo para empezar una nueva vida. Jóvenes que heredan los oficios de sus mayores, pesimistas, la mayoría; adaptándose a los nuevos tiempos. Y con ellos bebe un vino, comparte un trozo de queso o, como invitado, come las migas que acaban de preparar.
Él es uno de ellos. Y ellos lo saben.
¿Y qué decir de Labordeta? Con su cultura y curiosidad. Serio o sonriente, cuando habla con la gente. Irónico o crítico, cuando nos describe el abandono de algunos pueblos por los que pasa o la desidia de muchos políticos. Reflexivo. Sobre un puente o en una mina abandonada. Sentado en el banco de piedra o bebiendo agua de una fuente. A veces recita un poema; otras, canta una canción o escucha a quien entona una melodía perdida. Como en este capítulo, en el que un hombre, al principio, toca una dulzaina y, en la conclusión, él mismo, al borde de un acantilado, nos recuerda una de sus composiciones más conocidas.
SANTANDER
Hay gente que no muere; está viva, con nosotros.
Y lo que hicieron, no envejece, sino que conserva lo más importante: su esencia, su dignidad, su humanidad.
martes, 10 de septiembre de 2019
IÑIGO MUGURUZA Y CAMILO SESTO
No hubiera escrito nada, ni siquiera me hubiera planteado empezar esta entrada, si no hubiera sido por dos hechos que han sucedido esta mañana.
El primero fue la lectura de un texto de Carmen Rigalt, criticado muy duramente por una de mis "amistades" de facebook.
Melancolía de Carmen Rigalt.
Quizá pueda criticarse la falta de tacto de la periodista-escritora, pero la dureza de los comentarios me sorprendió. Entre otras cosas, porque casi todo lo que dice es verdad. Imagino que cuesta aceptar que nuestros mitos sean ridiculizados y mucho más con el cadáver presente, pero a algunos les falta el humor y el sentido crítico, cuando más conviene tenerlo. Y hay demasiada gente, aunque se digan de izquierdas, dispuesta a condenar a la hoguera a los demás,
Camilo Sesto es un mito, sobre todo, para la generación de mis padres. Hay varios nombres -sólo menciono los masculinos, porque hay muchos femeninos- que representan la canción melódica. Julio Iglesias, Raphael, Nino Bravo... Destaco al Dúo Dinámico por razones personales y sentimentales que bien conocen los que han leído este blog alguna vez.
Fue un cantante de masas, que alcanzó éxito y dinero. Y al contrario que Raphael que sí ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos, los últimos años de Camilo Sesto fueron lamentables. Verle en una entrevista te provocaba pena y horror a partes iguales.
Fue uno de los cantantes de la "mayoría social" de este país.
Tanto que esta mañana, en el metro, cuando un tipo entró en el vagón con su guitarra, a todos nos pareció normal que cantara la archiconocida "Vivir así es vivir de amor" como homenaje.
Y entonces me hice una pregunta: ¿Este hombre se atrevería a cantar alguna de Iñigo Muguruza y hacerle otro merecido homenaje? Y me di cuenta de que sería imposible. Quizá en el metro de Bilbao o en el de Barcelona; con suerte... En el de Madrid, pocos le aplaudirían. Sobre todo, porque sus canciones están en euskera. Y si se atreviera a cantar Sarri, Sarri no creo que gustara a muchos de sus oyentes, si conocieran el origen de la canción. Es posible que en alguna casa okupada le aplaudieran, como mucho.
Vayamos al mundo de los Muguruza. Porque son tres hermanos. El más combativo, Fermín. El más "clásico", Jabier y el más rockero que fue Iñigo. Por poner etiquetas; que ya se sabe, las etiquetas no sirven casi nunca. Tal vez a los periodistas y a los políticos.
Los años ochenta en el País Vasco no se entenderían sin Kortatu o Negu Gorriak. Hay toda una generación, la nuestra, allí, en el Norte, que cantaba sus canciones reivindicativas. Y que las seguirá cantando. Con intentos de censura, incluso hace un año, por parte de la derecha española.
Es otro mito, sin duda, pero este pertenece a "la minoría social" de este país.
Visto así, alguien podría decir: Este país es plural.
¡Y una mierda!
Hay una España que cantará las melodías de Camilo Sesto. Y hay muchos vascos, muchos catalanes y algunos pocos españoles que bailarán las canciones de Iñigo Muguruza.
Y nadie en las necrológicas mencionará este detalle.
Un detalle que nos define mejor que ningún otro.
Lamentablemente. Trágicamente.
sábado, 31 de agosto de 2019
EL HOTEL JUNTO AL RÍO Y STONER: LA VIDA QUE PASA
Tanto en la recién estrenada Hotel by the river del director coreano Hong-Sang Soo, como en la novela de John Williams, Stoner, encuentro un vínculo, unos lazos que nos llevan de la mano, mucho más allá de lo que esperábamos al empezar.
En las dos la vida, simplemente, pasa.
Hay más, claro.
Desde el principio sabemos cómo terminará la historia: los protagonistas morirán. El final no nos sorprende; es el único posible, el que nos espera a todos.
La forma en que nos lo cuentan.
El director coreano, a su manera, con conversaciones entre los cinco personajes: dos amigas, por un lado, hablan de la ruptura de una de ellas; un padres y sus dos hijos, por el otro, aunque no sepan, se están despidiendo.
Stoner lo hace bajo una fina lluvia.
No ocurre nada extraordinario a lo largo de la vida de William Stoner. Sólo cuatro o cinco acontecimientos, vividos tal vez con mayor intensidad. Y una lejana indiferencia.
La pasión de los protagonistas.
En la película, por la poesía. En el libro, por la enseñanza y la literatura.
Poco a poco. Una lluvia fina. Pausado, gradual, paulatino.
El ritmo y el fluir de la vida.
¿No debe aspirar el arte y cualquier expresión artística a enseñárnoslo?
A veces se consigue.
Escribiendo un poema o acariciando un libro...
viernes, 30 de agosto de 2019
UNA FOTOGRAFÍA
Me gusta la sencillez.
Esta película lo es.
Si alguien viera el trailer de Una fotografía pensaría de inmediato: una película romántica melosa y sentimental. Y un servidor diría: ¡Paso, tengo cosas mejores que ver!
Se equivocaría.
La historia, sí lo sé, no es muy original. Veamos. Es el clásico chico conoce a chica; con una abuela que quiere casar al chico. Él decide pedirle a la chica que se haga pasar por su novia. Por supuesto, se enamoran durante el proceso. Nada que no hayamos visto antes en Hollywood. Como estamos en la India y siguiendo los cánones de Bollywood, el chico es pobre y la chica es universitaria y pertenece a la clase alta; es decir, un amor imposible. Y los matrimonios son concertados dentro de la misma clase social, no lo olvidemos. Visto así, lo normal es que alguien me preguntara: ¿Y estás escribiendo una entrada por esto?
Ya lo he dicho al principio. Es sencilla. Y me gusta que lo sea.
Y la forma, es decir, el ritmo y el tono lo cambian todo. No deberíamos olvidarlo.
El director, Ritesh Batra -que ha trabajado en Estados Unidos y Gran Bretaña-, se decide por la contención.
En los actores -gestos mínimos, miradas; palabras, las justas; emociones, controladas-. Los personajes no irán más allá de cogerse de la mano, una cita en el cine y otra, en casa de él, donde -no se imaginen otra cosa- sólo comerán un kebab del puesto de la esquina. Es la India y sus personajes aceptan las reglas de juego: las sociales, por supuesto.
En la forma también aparece esa contención -planos fijos en los personajes, mientras la realidad se mueve a su alrededor; se elimina lo superfluo con ayuda de elipsis inteligentes; los diálogos son simples, nos cuentan sólo lo que es necesario para que los personajes evolucionen-.
Tampoco es una obra de autor; no se confundan. El humor busca al gran público; no se pretende una profunda crítica social al sistema de castas o contarnos un amor trágico. La música acompaña las emociones de los personajes. Y los actores son conocidos en Bollywood. Ahí, está claro, perdemos guiños cinéfilos que en la India sí comprenderán.
¿Y qué decir del final? Un acierto. Se evita lo que cualquier espectador esperaría. Deja a los personajes en un punto; han cambiado y lo saben. No hay un gran final. Y termina con un sencillo flashback.
Habrá a quien no le guste; en realidad, parece que no pase nada, pero es como la lluvia fina. Piensas que no te va a mojar, pero acabarás empapado.
No todos las películas deben transformarnos o cambiar el mundo; algunas se contentan con hacerlo más amable. Esta es una de ellas.
Y se agradece.
jueves, 29 de agosto de 2019
EL FINAL DEL VERANO
Aunque es cierto que Verano Azul ha tenido muchas reposiciones, esta -la que hoy acaba de terminar- ha coincidido con el cuarenta aniversario de su rodaje. Y 40 años es ese momento de la vida en la que tomas conciencia de que empieza el lento declive. Ya no eres tan joven; y pronto llegará la vejez y la muerte. El tiempo, cuando sientes que te encuentras intelectualmente en el mejor momento de tu vida, se te empieza a escapar de las manos. Muchas personas a las que quisiste han desaparecido; están muertas.
Te hallas, como diría el poeta, en la mitad del camino...
Verano Azul es una serie diferente en muchos sentidos. Hay tres formas de verla.
En primer lugar, estéticamente. Es evidente que en ese sentido ha envejecido. Cuarenta años después, nuestra visión ha cambiado. En el tratamiento fotográfico de las escenas, en el uso de la cámara fija o el zoom. Técnicamente nadie admitiría hoy la estética de Verano Azul; es otra época y su mirada es diferente.
Además, creo que no es la mejor serie de esa época, si me ciño al contenido. Creo que La huella del crimen es mucho mejor -tiene capítulos de gran calidad-; y fuera de España, Retorno a Bridshead o Yo, Claudio -aunque estas últimas parten de obras literarias de gran envergadura- tienen más calado; sin embargo, para mí es un buen ejemplo de serie familiar de la Transición.
Y con esto, me centro en el segundo aspecto.
La serie es el discurso oficial progresista de esa época, el correcto. No en el terreno político -que se evita de manera muy inteligente; si no, no hubiera tenido tanto éxito-, sino, más bien, en el sociológico.
Y dejo a un lado, la muerte de Chanquete, que fue un hito para nuestra generación. O el No nos moverán. Que todavía dan que hablar entre risas y lágrimas.
Desde esa perspectiva podemos contemplarnos a nosotros mismos y observar cómo hemos cambiado. No siempre a mejor.
Sin móvil. Alguien se imagina a Pancho escribiendo un wasap del tipo: Chanquete ha muerto? No sería lo mismo. Existía vida antes de la explosión tecnológica de las últimas décadas.
Entonces había más negocios a pie de calle; ahora, más centros comerciales. Aunque el lugar elegido intenta representar el pueblo que todavía no ha sido devorado por el turismo de masas, ya en los ochenta ese turismo estaba teñido de corrupción, pesadillas arquitectónicas y destrucción del medio ambiente. La masificación estaba a la vuelta de la esquina. Y no lo hemos parado.
Estaba el sueño de la segunda vivienda en la playa y el coche para la familia. Ahora mucha gente es desahuciada o tiene hipotecas de treinta años. Del "ponte a trabajar" de los padres a "no hay trabajo y con los que tienes no llegas a 1000 euros" de los jóvenes actuales.
No aparecen inmigrantes -como mucho, en uno de los capítulos, un grupo de hippies que van en moto-; y mucho menos, homosexuales; así que no hay opción para hablar de racismo o homofobia o violencia de género -aunque está todavía la educación "a base de hostias"-; sin embargo, hay cierto desprecio hacia el otro -expresiones como "el del pueblo", "la divorciada", "la pintora", "los barbudos"- en los personajes adultos -los padres- de la ciudad que deja traslucir esa capa de franquismo sociológico bien asentada tras cuarenta años de dictadura y reforzada, creo, tras cuarenta años de Transición, aunque ahora los objetivos a despreciar o perseguir sean otros.
Los protagonistas van en bicicleta, pero nadie más. Las familias representan más o menos los estereotipos que se esperan; los padres de Beatriz y Tito serían los más progresistas; los de Javi, conservadores -el padre es un nuevo capitalista, el individualista que se ha hecho a sí mismo-. Las mujeres son las señoras de la casa -no trabajan; no hay espacio para el feminismo todavía-. Encontramos, por supuesto al chico del pueblo, el currante, Pancho.
Julia y Chanquete serían, un poco, como la intelectual -con sus canciones amables- y el hombre del pueblo, sabio y sensato, aunque, en este caso, los guionistas y los actores -Ferrandis y María Garralón están maravillosos- saben crear personajes que van más allá de ese estereotipo inicial. Y por eso, siguen atrayéndonos.
Algunas expresiones lingüísticas -las de los adolescentes o niños que éramos- ya no se utilizan o nos hacen gracia; tiene un regusto a tiempos pasados.
El humor era indispensable. El dúo humorístico -el de Piraña y Tito- sigue siendo impagable. Estos no han envejecido.
Hay temas tratados por primera vez para la época en un estado muy embrionario: el ecologismo, la corrupción urbanística. Y otros, ya superados o en situaciones ya superadas: el divorcio, la sexualidad del adolescente, los extraterrestres, la violencia, la maternidad sin pareja, el conflicto generacional, el peso de la fama, los medios de comunicación.
La religión -la existencia de Dios o lo que hay más allá- es tratado con respeto; a veces, a través de cuentos o fábulas. Otras, en conversaciones razonadas y sencillas; con argumentos, no impuestas.
Siendo una serie familiar los temas no podían llegar más allá de un planteamiento que sirviera para darlo a conocer, sin molestar a nadie ni profundizar en exceso. Y así se hace. Se admite el discurso moral y comprensivo -sobre todo, cuando hablan Julia o Chanquete-, pero no desentona demasiado en el tono general de la serie.
También es cierto, como conclusión, que nosotros y la sociedad, en general, en estos 40 años hemos cambiado. Somos más cínicos, más escépticos. El futuro parece más oscuro.
Finalmente, en tercer lugar, está la parte emocional. Y esta, sí nos ha sobrevivido.
Sobre todo para aquel que la vivió como una parte de su infancia o educación sentimental. Recuerdo dónde y cuándo lo vi por primera vez; los domingos por la tarde en el salón de mi casa. El espacio -el de mi infancia- está indisolublemente unido a una emoción que va mucho más allá del valor intrínseco de la serie. Dos de las personas con las que vi Verano azul, ese primer Verano azul, en el otoño-invierno del 81-82 ya no están aquí.
Por eso continúo llorando, cuando muere Chanquete o cuando el verano se acaba al son del Dúo Dinámico, el grupo preferido de mi madre.
O me enternezco con la ingenua historia de amor entre Pancho y Beatriz. Ahora estarían follando y no pararían de soltar tacos y de drogarse, como en Euphoria.
Sus conflictos no se resolverían con una charla de Julia. Los tiempos han cambiado.
Visto ahora, tiene muchos defectos, como he dicho, pero con la mirada del adulto en que me he convertido, reconozco que hay un personaje que probablemente cuando se estrenó me resultó lejano. Chanquete era el mito. Los adolescentes o los niños éramos nosotros. ¿Y Julia? Es evidente que detrás de Julia estaban Mercero y sus guionistas. En el primer capítulo es ella quien con su voz en off nos habla del "mejor verano de su vida". En los mejores -que siguen funcionando muy bien-, Algo se muere en el alma, El final del verano o No nos moverán su papel es fundamental.
Tal vez lo que ocurre es que Julia ya soy yo mismo.
No puedo cerrar los ojos, cuando ellos piensan en Chanquete, después de enterrarle, porque no me puedo engañar.
Aunque no mueran del todo, como le dice Julia a Tito, ellos sí están muertos. No puedo verlos, no puedo oírlos, no puedo escuchar ni su acordeón, ni su voz ni su risa. Él no volverá a pescar en el mar. Él no volverá a traernos el pan. Ella no volverá a bañarse en la playa.
Y por eso, Julia tampoco cierra los ojos en ese plano final.
Aunque les diga, al final del verano, que tal vez se vuelvan a ver, todos sabemos que no ocurrirá. Olvidaremos. Nuestras vidas y las suyas se separarán.
Sin embargo, al final, entonces sí, después de ver imágenes del pueblo, desde el coche, Julia cierra los ojos.
Ha comprendido que ese verano ha pasado. Y sólo nos queda el recuerdo. Amable, triste, nostálgico. Agridulce.
"Aunque ya nada pueda devolver la gloria del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse; porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo..."
Visto ahora, tiene muchos defectos, como he dicho, pero con la mirada del adulto en que me he convertido, reconozco que hay un personaje que probablemente cuando se estrenó me resultó lejano. Chanquete era el mito. Los adolescentes o los niños éramos nosotros. ¿Y Julia? Es evidente que detrás de Julia estaban Mercero y sus guionistas. En el primer capítulo es ella quien con su voz en off nos habla del "mejor verano de su vida". En los mejores -que siguen funcionando muy bien-, Algo se muere en el alma, El final del verano o No nos moverán su papel es fundamental.
Tal vez lo que ocurre es que Julia ya soy yo mismo.
No puedo cerrar los ojos, cuando ellos piensan en Chanquete, después de enterrarle, porque no me puedo engañar.
Aunque no mueran del todo, como le dice Julia a Tito, ellos sí están muertos. No puedo verlos, no puedo oírlos, no puedo escuchar ni su acordeón, ni su voz ni su risa. Él no volverá a pescar en el mar. Él no volverá a traernos el pan. Ella no volverá a bañarse en la playa.
Y por eso, Julia tampoco cierra los ojos en ese plano final.
Aunque les diga, al final del verano, que tal vez se vuelvan a ver, todos sabemos que no ocurrirá. Olvidaremos. Nuestras vidas y las suyas se separarán.
Sin embargo, al final, entonces sí, después de ver imágenes del pueblo, desde el coche, Julia cierra los ojos.
Ha comprendido que ese verano ha pasado. Y sólo nos queda el recuerdo. Amable, triste, nostálgico. Agridulce.
"Aunque ya nada pueda devolver la gloria del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse; porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo..."
Y abrir los ojos de nuevo.
El final del verano, de nuestro verano ha llegado.
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