sábado, 15 de diciembre de 2018

SALVAR EL HOSPITALILLO


Hoy he estado ayudando a unos cuantos taranconeros que se han puesto a medio y largo plazo un objetivo muy digno: salvar un edificio abandonado y convertirlo en un espacio para la memoria.
Intereses de todo tipo, cobardías, excusas han llevado a una situación de deterioro grave para un lugar que debería ser preservado, si hubiera un cierto respeto a nuestro pasado.

Se ha presentado una exposición de fotografías en el que se muestra el estado actual del Hospitalillo.


Y otra exposición con fotografías que se hicieron durante la Guerra Civil, acompañadas de algunos testimonios y datos.


Y una escultura. Una cepa: símbolo de algo que si no se cuida, muere. Como nuestra memoria.









También se ha repartido un relato escrito por mí: Febrero de 1937 en el que Regina, mi tía-abuela, es la protagonista. Estoy orgulloso de haber hecho esta aportación. Gracias por contar conmigo. Quien quiera volver a leerlo, lo encontrará en este ENLACE:
                                                             

Se ha limpiado y podado parte de la zona y se ha pintado la valla. Queda trabajo por hacer, pero esto no ha hecho nada más que empezar. Y ellos lo saben. Llevan toda una vida luchando por causas justas.

Al final somos las personas las que podemos poner en marcha cualquier cosa, si nos unimos. No basta con que nos quejemos: hay que moverse, implicarse, mojarse, mancharse... 

Entré por primera vez en el interior del Hospitalillo. Estar en las mismas salas donde Regina, mi tía-abuela, vivió una parte importante de su vida, es emocionante, aunque el edificio esté tan deteriorado. También pude comprobar que merece una oportunidad; debería convertirse en un lugar que los taranconeros puedan disfrutar como un bien común, compartiendo un pasado, aceptando lo que fue.


                                        



Así que ¡ánimo! Yo también me esfuerzo, aunque sea a través de la escritura, en recuperar ese pasado, compartirlo, devolverle la vida. Porque algo sólo muere, si lo abandonamos y lo olvidamos. 
No lo hagamos...


                                                                                                 

sábado, 8 de diciembre de 2018

REALIDAD Y FICCIÓN


Realidad: Dinamarca planea enviar a número de inmigrantes indeterminado a una isla desierta. La ultraderecha crece en el mundo. El capitalismo es el gran vencedor de todas las batallas. Vivimos en burbujas de opinión, más o menos dirigidas, encerrados, ajenos a los demás...

Estoy escribiendo una novela; llevo unas ochenta páginas. Mira al pasado, al pasado de mi familia materna, a mi propio pasado, al de este país. Me está costando terminarla; ni siquiera sé si lograré que alguien la lea, algún día. No me ayuda, no me anima pensar en esta posibilidad, pero eso es otra historia...
Hay otra en el tintero desde hace un par de años. Mira al futuro. Es ciencia ficción. Tengo un esquema básico con personajes, situaciones, desarrollos argumentales, dos finales alternativos. Algunas páginas, muy deslavazadas. Me cuesta ponerme a escribirla. No sé si alguna vez lo conseguiré.
Lo que sí sé es cómo quería empezarla.
Capítulo primero.
En medio de una gran crisis económica miles, millones de inmigrantes son trasladados a islas en medio del Mediterráneo, del Pacífico o del Atlántico; sobre todo, a campos de concentración. Oficialmente trabajan en fábricas cuyos productos llegan a los países ricos, productos que son vendidos a precios "razonables". Eso es lo que les dicen a los inmigrantes, cuando llegan a las islas. Eso es lo que dicen a sus ciudadanos  los medios y los políticos, los empresarios, cuando justifican estas medidas.
La realidad es otra: la mayoría de los inmigrantes -mujeres, niños, ancianos- son eliminados e incinerados a las pocas horas de entrar. En los continentes hay quien lo sabe y no le importa o lo justifica; y hay quien prefiere no saberlo. También hay quien se rebela...

Me pregunto si, en el fondo, ya se está escribiendo esta historia. Ya la estamos escribiendo...

jueves, 22 de noviembre de 2018

TOKYO MONOGATARI



Ayer vi Tokio Monogatari en la 2; se podria traducir algo así como Historias de Tokio. 

Me emocioné.

No es raro; Tokio Monogatari siempre me ha removido por dentro. Habla de la familia, el egoísmo al que nos conduce la vida cotidiana y el dinero, la generosidad más allá de los intereses particulares, el choque entre el ritmo de la ciudad y el de la vida; la vejez, el amor, la muerte, la incomprensión o el olvido entre generaciones, entre padres e hijos; la amistad de dos mujeres, unidas por un carácter y una forma de ver el mundo similar, cómo afrontar la pérdida de un ser querido y rehacer tu vida y, por supuesto, el paso del tiempo.

Más que otras veces me conmovió la muerte de la madre. Es normal. Creo que, en otras ocasiones, -excepto, la última vez, en mayo del 2015, en Barcelona, junto a una amiga, en la filmoteca, y recuerdo que me ocurrió lo mismo- mi madre no había muerto, con lo cual puedo compartir esa experiencia con los protagonistas -ahora, sí- y liberarme a través de las lágrimas.


Sin embargo, con más distancia, menos atrapado por el dolor reciente como en esa última ocasión, pude descubrir otros aspectos, porque es una película que siempre te abre caminos nuevos; tus experiencias se mezclan con el relato y, sin que haya cambiado un fotograma, la visión es diferente, porque tú has cambiado. Por ejemplo, los hijos mayores que siempre me parecieron egoístas y simples, el estereotipo típico, no lo son tanto; tienen sus razones. Puede que te resulten irritantes o desagradables, pero comprendes su punto de vista. Incluso, en alguno de sus gestos, me vi a mí mismo. Yo actué así, cuando murió ella... , pensé, ayer.


Sí, la vida es decepcionante... Contemplé mi reflejo en algunas de sus palabras y acciones. No estuve a la altura, fui egoísta; es cierto, no siempre nos sentimos orgullosos de lo que hemos hecho por ellos ni de las reacciones que tenemos, cuando ya no están. Reconocemos, al ver a estos personajes, los errores que cometimos, sin ser conscientes, aunque ahora nos demos cuenta y ya sea demasiado tarde.


Por supuesto, la amistad entre las dos mujeres de la fotografía -una mujer madura, Noriko, consciente de que la vida nos obliga a tomar decisiones desagradables y la otra, joven, decepcionada con sus hermanos mayores-, es quizá uno de los detalles más hermosos de la película. El único momento en que dos de los personajes se tocan -dejando un lado y sin despreciarlo, cuando la nuera, Noriko, le hace un masaje a la madre de su marido, fallecido en la guerra, el día antes de que la anciana vuelva a su pueblo, donde morirá días después-, es cuando estas dos mujeres, Noriko y la hija menor, se cogen de la mano y prometen visitarse y mantener el contacto. Ozu nos lo muestra sin marcarlo, sin enfatizarlo; sólo con un plano, a cierta distancia, con respeto.

Sobriedad expresiva. Una abuela y un nieto juegan; el fondo es un espacio en el que se mueven la que va a morir -y lo intuye- y el que acaba de nacer.
Ropa tendida; el sonido del tren: una rima, una presencia constante; el paisaje; dos ancianos, sentados al borde de un murete lo contemplan y, luego, caminan, al borde del precipicio; un barco pasa, mientras el río sigue su curso; el anciano disfruta del amanecer, horas después de haber perdido a su mujer y se siente dichoso -el amanecer ha sido hermoso- y triste, porque sabe que, a partir de ese momento, estará muy solo. Ya no podrá compartir ningún amanecer, ningún recuerdo, nada, con ella.



El final, como toda la película, es sencillo, depurado. No necesita más.


La vida sigue su curso. Y así debe ser...

lunes, 1 de octubre de 2018

UN AÑO DESPUÉS


Un año. Mucho o poco tiempo; depende del punto de vista. Ya se sabe que el tiempo es flexible, subjetivo, interpretable...

Esta entrada pretende abrir reflexiones; no es propaganda. Ni independentista ni nacionalista española. Para eso ya están los medios de comunicación o los discursos políticos.

Primero contaré mi visión. Ya la narré con fotografías y comentarios, estando allí, en el barrio del Raval. No ha cambiado demasiado mi perspectiva. A lo largo de este año ya lo he comentado a amigos o gente de izquierda, que criticaban el nacionalismo -el de otros, no el suyo-, y no veían el aspecto positivo de esta manifestación popular y colectiva, independiente, paralela, y que quienes la alentaron o se vieron obligados a subirse al carro en el último momento, ese día no la controlaron. ¿Fue una revolución burguesa que duró un día? Puede ser. Pero la revolución, aunque sea burguesa, es peligrosa para el poder, para cualquier poder, aunque luego pretenda ser ella misma gobierno.

Sí, fue un momento de rebelión popular. Podemos considerar que el objetivo es erróneo. Es posible, pero, lamentablemente, el único elemento de rebeldía en esta España adormecida en los últimos 365 días han sido los catalanes y los jubilados y pensionistas. Da que pensar.

Simbólico fue un objeto: la urna. En medios catalanes y alguno vasco, hoy mismo, se cuenta cómo llegaron a Cataluña. Y fue gracias no a unos políticos ni a unas instituciones que protegen sus intereses -como bien se está viendo en estos momentos-, aunque pusieran el dinero, sino a gente normal y corriente bien organizada. Este es el artículo.

¿DÓNDE ESTÁN LAS PUTAS URNAS?

Esto debería hacernos reflexionar a los que pensamos que otro mundo es posible o debería serlo, a los que creemos que vamos de cabeza al desastre sino cambiamos este sistema de raíz, desde la raíz.

Me parece también muy interesante la reflexión que hoy en Público escriben un griego y una catalana, que el mismo Julio Anguita podría suscribir. La izquierda, dormida, adocenada, -Podemos es un buen ejemplo- debería asumir lo que significó esos dos referéndum y por qué triunfaron y, después, se convirtieron en papel mojado. Quien manda es el dinero y quién lo mueve.

LECCIONES PARA EL MOVIMIENTO POPULAR

Un referéndum no es malo per se, como repite una y otra vez un viejo amigo mío de la adolescencia, obsesionado, con razón, por el Brexit. Lo malo es el objetivo. Grecia y Cataluña, de manera diferente, buscaban más autonomía, más control del dinero, que siempre es la clave de todo o casi todo. En Grecia era la desesperación; en Cataluña y, también, en Gran Bretaña, es el que no se fía del "tutor" que le lleva las cuentas. Y se ha propuesto llevarlas por sí mismo. En la isla, desde la derecha. En Cataluña, no se sabe...
A Grecia se le impuso unas condiciones económicas férreas; a Cataluña, un "no cuela", tendréis que esperar. La pregunta es si en Cataluña, aunque el movimiento de izquierdas es bastante potente, no acabarán llevándose el gato al agua los de siempre.
Lo sabremos. Si Cataluña es independiente en unos pocos años, sólo lo será a costa de crear un Estado conservador, que protegerá sus intereses. Eso sí, se librarán de nosotros, -como Estado, no de las personas, me explico- al que considera seguramente un peso muerto. ¿Llegaría una República entonces también aquí? ¿De qué nos serviría, si es una República de derechas?
Es esa visión, demasiado parcial, sin embargo, aunque insinúe cambios, la que aparece en el siguiente artículo.

CRÓNICA DE UN RESCATE ANUNCIADO

pero olvida que un nuevo Estado no supondrá más justicia social, si los que dirigen el cotarro son los mismos.

Ni el segundo ni el tercer artículo tienen en cuenta el papel geoestratégico de las tres grandes potencias: China, Rusia y Estados Unidos. A Europa, probablemente, no le interesa la democracia, pero debe aparentar. Las otras tres potencias no lo necesitan.

Y volvemos al 1 de octubre. Si alguien, todavía, sigue leyéndome y ha terminado los tres artículos -largos, sin duda-, tal vez llegue a hacerse una pregunta: ¿Qué hacemos?

No lo sé. Veo fascismos -Brasil es un buen ejemplo- que se imponen convirtiendo la democracia en papel mojado -ya no necesitan golpes de Estado sangrientos, aunque se insinúen en Venezuela-. Veo recortes de libertades aquí y en Europa. No digamos en otros países menos respetuosos. Veo a gente que se enriquece -que Felipe VI se subiera el sueldo hace unos días o su padre salga sano y salvo de una investigación sobre corrupción, es quizá más una anécdota-.

También, es cierto, hay gestos de rebeldía. Pensemos lo que pensemos, y yendo más allá de lo que pensaban sus políticos, hace un año, los hubo en Cataluña.
Y eso es lo que viví.

Si fuéramos pesimistas, llegaríamos a la conclusión de que estamos condenados a hundirnos. Una nueva crisis económica podría acelerar el proceso, que nos podría llevar a un autoritarismo cada vez más acentuado.

Siendo optimistas, es posible que esos actos de rebeldía colectivos puedan darse más a menudo. Y surjan democracias participativas y no estructuras económicas al servicio de unos pocos, y que aceptamos, mientras no nos afecte demasiado. ¿Vender armas a un país que bombardea y mata a niños nos hace más democráticos? ¿Por qué miramos a otro lado? ¿Para no perder el empleo, la casa, pagar la hipoteca, tomarse una cerveza en el bar de la esquina, ver a nuestro equipo favorito en la televisión?

El tiempo, subjetivo, flexible, humano, nos dará la respuesta.
O quizá, como diría el poeta y cantante, esté en el viento...

viernes, 31 de agosto de 2018

PETRÓLEO: COLAPSO O TRANSFORMACIÓN



Ayer por la mañana, aprovechando los últimos días que me quedan de la excedencia voluntaria, leí en twitter una reseña de David Fernández que se encuentra en el siguiente enlace:

RESEÑA

Despertó mi interés y fui a comprar el libro esa misma tarde. En realidad, son tres conferencias que formaron parte de un seminario del MACBA. Se pueden escuchar en su página web.

SEMINARIO PETRÓLEO

Son tres perspectivas diferentes que giran alrededor de una realidad que casi nadie quiere ver ni asumir. El capitalismo, el sistema en el que vivimos se agota y nos destruye. Puede parecer que es inmortal, invencible -¿acaso no vemos a miles y miles de personas en las grandes ciudades occidentales comprar en los centros comerciales, comer en restaurantes, beber en los bares? ¿No es cierto que cada vez hay más turistas, más viajes en avión o que los beneficios y las ganancias -a pesar de que estemos hipotecados- parezcan no tener fin?-.
Sin embargo, los avisos -la crisis del 2008 fue una llamada de atención- están ahí, si queremos verlos: cambio climático, desaparición de ecosistemas, contaminación, agotamiento de los recursos y energías; la explotación de los petróleos no convencionales -fracking- no sólo afecta al ecosistema, también está demostrando poca rentabilidad; escasa viabilidad de las renovables, consumismo sin freno, deceleración de las economías, explotación turística que está llegando al límite en los cascos históricos, subida de precios de las viviendas y los alquileres, corrupción sistémica y separación cada vez mayor entre la élite económica, el 1% de la población, y los más pobres, entre los países ricos y el resto, la gran mayoría. Por poner un ejemplo, ¿sería posible mantener los viajes en avión, los más contaminantes, sin la ayuda del petróleo? ¿Hay una alternativa ecológica en un futuro cercano?

El problema, como dirían los dos Marx, -tanto Groucho como Karl- es el capitalismo, este sistema económico que nos puede llevar al desastre, a la extinción.
En un apartado, escrito por Emilio Santiago Muíño, y tomado de Íñigo Capellán y alii, se exponen cuatro hipótesis de futuro:
La primera cree que es posible un crecimiento económico infinito, que nuestro planeta -u otros planetas- nos seguirá aportando recursos de manera indefinida. No debe haber límites a su explotación.
La segunda -una perspectiva socialdemócrata -aboga por un crecimiento económico regulado, controlado. Algo así como soluciones parciales o mejoras marginales dentro del estrecho margen que permite el sistema a cambio de acuerdos. Algo así como "darnos tiempo".
En realidad, sería fácil situar cada una de estas dos en una ideología política determinada. No hace falta que yo lo haga; llevan décadas haciéndolo, con el beneplácito y la colaboración de la mayor parte de la población.

La tercera y la cuarta son más creíbles. Serían lo que yo renombro, el colapso o la transformación.
El colapso sería "una dinámica de desglobalización y repliegue alrededor de la soberanía nacional para incentivar la competencia y, finalmente, la guerra por los recursos escasos".
Es fácil ver lo que eso supone. Yemen, Siria, Ucrania, Venezuela, Irak, Afganistán, Corea del Sur, la marea conservadora en Latinoamérica, el brexit, los inmigrantes de Ceuta y el Mediterráneo, los "espaldas mojadas", el auge de la ultraderecha, las tensiones nacionales y territoriales -Cataluña sólo es uno de los posibles ejemplos-, el recorte de libertades sociales, laborales -sueldos miserables, contratos basura- o fundamentales -libertad de expresión, control o manipulación de la información, sea por saturación u ocultamiento-. Bajo estas condiciones, que ya se dan, el futuro llevaría a "una alianza de las élites con sectores populares empobrecidos, convenientemente enfrentados con otros sectores populares también empobrecidos, pero convertidos en enemigo interno". Por otro lado, "salidas de tipo dictatorial, basado en un férreo autoritarismo interior, combinado con un militarismo militar exterior... El nuevo shock energético vendrá seguido de una dura recesión económica que profundizará en la fractura social... la respuesta, como siempre, será externalizar sufrimiento social, devaluación interna y abaratamiento de la fuerza de trabajo, tensiones centrífugas entre territorios ricos y pobres, agudización del conflicto bélico en todas sus formas". 
En realidad sería lo que Emilio Santiago llama "prepararse para matar". Ya lo estamos haciendo, nos dice. Nuestra cultura del weekend -usar el coche el fin de semana para escapar de nuestras ciudades, por ejemplo,- está alimentada con las guerras. ¿De dónde viene el petróleo de nuestros coches? De las guerras en Oriente Medio. "Nuestros ejércitos sí matan en nuestro nombre". 

La transformación aboga por "una desglobalización cooperativa basada en la descentralización de los gobiernos, el incremento de la cooperación, el fin del crecimiento económico y el cambio masivo de estilos de vida en un sentido ecológico". O dicho de otra manera, prepararse para empobrecerse un poco; vivir bien con menos. O como dice Riechmann: "Menos segundas viviendas, más años sabáticos". Eso supone como afirma el propio Riechmann que cambiemos nuestra mentalidad, "fuera del horizonte del consumismo totalitario". O "poder aprovechar una ventaja, al precio de dañar a otro, y no hacerlo: eso es lo que nos humaniza". O, más fácil, por ejemplo, dejar el coche e ir en bici o transporte colectivo. Yayo Herrero, por su lado, desde el feminismo, habla de una actitud colaborativa frente a la estructura patriarcal y explotadora de los recursos y el medio ambiente.

El ser humano es egoísta; el capitalismo lo sabe y lo aprovecha. Si sólo fuéramos eso, los políticos, las multinacionales, los Estados y los medios de comunicación, cabalgando en el cortoplacismo nos llevarán al desastre. Tendremos guerras, hambrunas, genocidios, desastres ecológicos -más cerca de lo que pensamos- en unas pocas generaciones o quizá, en décadas. La distopía. Sin vuelta atrás.

Existe otra posibilidad; el ser humano es también generoso, colaborativo, busca el acuerdo; sabe que depende de los demás. No sólo las guerras; la ayuda mutua nos ha traído aquí como especie. ¿Seremos capaces de destruir de raíz un sistema como el capitalista y plantear alternativas viables? ¿O él nos destruirá antes a nosotros?

Quizá ha llegado el momento de ser utópicos. Todos los días.




jueves, 23 de agosto de 2018

ELISA K


Elisa K está basada en una novela de la escritora catalana Lolita Bosch.
Elisa K trata de una violación; la sufre una niña de once años. Es violada por el amigo de su padre, sin que éste se entere. La madre intuye que algo ha ocurrido, pero no logra que su hija lo cuente.
Elisa K olvida, se protege.
Elisa K recuerda todo catorce años después; lo vomita.

Sabemos lo que va a ocurrir: la violación, el recuerdo que vuelve de repente. La voz en off - el narrador cuenta lo que la niña no puede articular- nos avisa con antelación.
No vemos la violación; la reacción de la niña y de la mujer adulta nos hace comprender su dolor.
Es una película sensorial: los sonidos, los olores nos devuelven al pasado...

Este punto de vista es lo que distingue a esta película de otras, la que hace que sea diferente.

Hay dos escenas con el padre que me emocionaron.
En la primera, él se despide de sus hijos -incluida Elisa- en la estación de tren. El padre lo ignora; nosotros sí lo sabemos: su hija ha sido violada el día anterior. Cuando se pone el tren en marcha, les hace muecas a través de la ventanilla para que se rían...


Años después su hija le cuenta lo que ocurrió. No escuchamos gran parte de la conversación; los vemos a través de otro cristal, el de un bar. El padre se derrumba.

Elisa K. Magnífica literatura; gran cine.




domingo, 29 de julio de 2018

LOS ESPACIOS VACÍOS Y EL TIEMPO


En el 2017 Kogonada estrenó su opera prima, Columbus.
Antes había hecho vídeo-ensayos sobre directores tan conocidos como Bergman, Bresson, Ozu, Anderson, Linklater, Kubrick...

Me gusta el que se llama "Las manos de Bresson". Parece como si las manos, por sí mismas, te pidieran contar historias...

Hands of Bresson from kogonada on Vimeo.

Kogonada bebe de todos ellos en su opera prima, pero no dejo de pensar que hay una relación muy estrecha con el que dedica a Linklater y a esa trilogía tan peculiar que va de Antes del amanecer a Antes del anochecer; se incorporan, por un lado, reflexiones sobre el tiempo y, por otro, imágenes de películas que nos recuerdan la interrelación que existe entre esos dos vectores: el tiempo y el espacio.


Linklater // On Cinema & Time from kogonada on Vimeo.

Columbus se sitúa en ese marco. La historia es sencilla. Dos personajes, Casey y Jin, en una etapa diferente de sus vidas, deben asumir la relación que mantienen con sus progenitores; la amistad, por el camino, surge entre ellos. Quizá lo que la diferencia de otras películas underground es la elección intencionada de los espacios: la arquitectura modernista de Columbus.



Esos espacios se llenan con sus palabras; incluso, cuando los personajes desaparecen, no están vacíos. El tiempo se ha encargado de darles un sentido que antes no tenían.

Casualmente -o no- vi al día siguiente El árbol de las cerezas de Marc Recha.

Aunque hay otros temas -el de la infancia es una de las obsesiones de Recha en toda su obra- encuentro una idea parecida: el tiempo de los hombres y el tiempo de la naturaleza; los espacios, como hilo y laberinto. En este caso, a veces, se amalgaman; en otras, se separan.

En el documental sobre mi familia, el que me hubiera gustado hacer, los espacios y las fotografías tendrían que haber sido el único elemento visual; no sólo el esqueleto argumental. El tiempo -esa clave sin la que no se puede entender el cine- y mi voz se hubieran encargado de transformar la mirada.

Los espacios nunca están vacíos; forman parte de nuestra memoria, aunque los abandonemos.

Adquieren un significado diferente, nuevo.

¿Sobrevivirá esa mirada, cuando ya no estemos?






martes, 19 de junio de 2018

FEBRERO DEL 37. HOSPITALILLO.


            Suenan las sirenas. Se acercan aviones enemigos. Las bombas están al caer. Literalmente. Regina durante unos segundos se ha quedado quieta, paralizada, en medio de la calle. Como si así, convirtiéndose en una estatua de sal, nada le pudiera pasar. Hombres y mujeres, corriendo, alejándose de los lugares despejados, buscando protección en los refugios. Está lejos del de la estación. El del Hospitalillo le quedaría más cerca. No sabe qué hacer hasta que una mujer, una amiga de su madre, le grita a su derecha.

            -Regina, ¡corre, sal de ahí! Te van a ametrallar.

            Regina, por fin, reacciona. Empieza a correr en dirección al Hospitalillo. En menos de un minuto, estará en la puerta del refugio; choca, en la verja de entrada, con un vecino. Acaba de salir de su camioneta; la ha abandonado en medio de la calle.

Regina ya puede escuchar el sonido del motor. Los reconoce. Todo el mundo ha acabado por distinguir los aviones del enemigo, alemanes o italianos. No son de fabricación rusa, un Tupolev o un Polikarpov. Es un Heinkel o, tal vez, dos. Su ruido es inconfundible; a veces el motor imita las ráfagas de la ametralladora, antes de que estas se produzcan.

            Regina alza la vista hacia el cielo en dirección a la estación de tren. Ve caer una bomba; el lugar donde va a estallar no estará a más de quinientos metros de allí. Regina se echa a tierra y se cubre la cabeza con las manos. Nota la detonación. La tierra tiembla. Vuelve a levantarse y sin girar la cabeza, busca la puerta del refugio. La golpea con fuerza; le abren enseguida. Es una de las monjas.

            -¡Pasa, rápido!

            Nada más entrar y cerrar la puerta, hay otra fuerte explosión.

            -Esa ha sido aquí al lado, muy cerca.

            Elisa ha pronunciado estas últimas palabras. Mira, asustada, a Regina. La abraza con fuerza. Elisa es como una hermana, aunque, en realidad, sea su prima. Tiene dos años menos que Regina. Muchas noches han dormido juntas, cuando se quedaba sola en casa, porque su madre había muerto de disentería, nada más nacer, y el padre de Elisa –fuera porque no asimilaba la pérdida de su mujer o porque nunca había sido muy responsable- se emborrachaba en la taberna, la que estaba enfrente de la plaza del Ayuntamiento, y se perdía por las calles de Tarancón hasta altas horas de la madrugada. Muchas veces se lo encontraban borracho, tirado en el suelo.

Tanto Elisa, su hija, como Fernanda, su hermana, lo daban por imposible; así que en cuanto Fernanda veía a su sobrina en la calle, le preguntaba.

-¿Estas sola?

Elisa asentía.

-¡Ven, anda! Cenas con nosotros. Y esta noche duermes con Regina.

Y así lo hacía. Cenaba con la familia Solera y, luego, se subía a la habitación de Regina y dormía con ella.

-¿Qué haces aquí, Eli?

Regina acaricia la mejilla de su prima.

-Venía a buscarte, Regi. Pensaba que ya estabas aquí.

-No, hoy entraba más tarde.

Regina se ha ido habituando a la oscuridad y a la escasa iluminación del habitáculo. Han empezado a escucharse en el exterior los disparos de los antiaereos. Sólo hay dos lámparas que funcionan con electricidad, instaladas hace un par de meses, pero que no proporcionan suficiente luz. En el interior del refugio –bastante estrecho y en el que no tienes más remedio que agacharte o estar en cuclillas- no habrá más de diez personas, entre enfermeras, monjas y dos médicos. Falta el médico jefe. Esto no le sorprende a Regina; si había enfermos, se negaba a bajar al refugio y se quedaba con ellos en la primera planta del Hospitalillo, durante los bombardeos. Ahora mismo no tendrían a más de tres. Seguramente después de los bombardeos, llegarán más.

Escuchan una ráfaga de ametralladoras, lejana, a la altura de la gasolinera. Y la explosión de otras dos o tres bombas. Esperan un par de minutos.

-Me parece que ya podemos salir –dice uno de los médicos.

En cuanto termina la frase, el sonido de la sirena confirma el final oficial del bombardeo.

-Esta vez no ha sido mucho.

Desde la batalla de Madrid dos o tres veces a la semana recibían la “visita” de estos aviones. Casi siempre soltaban las bombas en las zonas estratégicas –la estación, la gasolinera, la fábrica- y no volvían a aparecer en todo el día.

Cuando sale del refugio –sólo ha bajado hasta ese día unas cuatro veces- Regina llena sus pulmones. Como si dentro se hubiera quedado sin oxígeno y necesitara recuperarlo de golpe.

-Me voy, prima. Le diré a la tía que estás bien.

Se besan en la mejilla. Elisa sabe que Regina tendrá que quedarse; siempre después de un bombardeo llegan heridos o moribundos.

El edificio del Hospitalillo tiene dos plantas. En la segunda, se sitúan los alojamientos de las monjas, internas, y que a pesar del anticlericarismo extendido en zona republicana, el capitán militar, Agustín Verno, ha decidido mantener.

La primera planta se compone de una sala de operaciones, -en muy buen estado y con la última tecnología-, y varias zonas para el cuidado de los heridos –habrá unas dos decenas de camas, bien acondicionadas-. La planta baja es el espacio dedicado a cocina, lavandería, infraestructura, servicios e intendencia. Se han colocado tablones de madera en los cristales de las ventanas para protegerlos de las explosiones.

A la entrada, los espera el médico jefe.

-¡Preparados para lo que nos llegue! ¡Ernesto, -está hablando con uno de los médicos- llévate a una de las monjas en la ambulancia! ¡Ve hacia la gasolinera! Allí puede haber heridos.

Regina se limpia las manos con jabón y alcohol en uno de los lavabos de la entrada posterior. Se coloca la bata de enfermera y los guantes. Son gestos que ya ha acabado por sincronizar, mecánicos. Al principio, hasta que no los has hecho tuyos, parece como si cada movimiento fuera forzado. Ahora forman parte de un engranaje, perfectamente engrasado, que Regina ya domina con soltura. La espera será breve. Llegan dos hombres en un coche privado. Regina los reconoce; trabajan en las vías del ferrocarril. Han traído a un herido desde la estación: es Juan, un jornalero.

-Los hijos de puta le han pillado en el andén, esperando a su hermana.

El otro médico se hace cargo del herido. Con ayuda de sus dos compañeros, lo colocan en la camilla. Es trasladado a la sala de curas. El médico, joven, curtido, llama a una de las monjas y a Regina.

-Vosotras, ¡ayudadme!

Regina ha adquirido pericia. Ya no necesita órdenes de ningún tipo. Sabe lo que tiene que hacer. Los gritos –el del herido, el de sus compañeros-, el ajetreo, los movimientos rápidos y precisos del médico no la asustan. En noviembre y diciembre ya empezaron a recibir a algunos heridos, de menor consideración, desde la capital, los que los hospitales de Madrid no podían acoger. El primer día se sintió perdida, confusa; a la semana, se comportaba como si este papel lo hubiera representado toda su vida.

El primer paso es detener la hemorragia. No parece grave. Al menos, a simple vista. Corta la tela desinfectada, prepara el agua caliente. Se sitúa muy cerca del médico que ha empezado a examinar la herida de la pierna. El hombre no ha perdido la conciencia; responde a las preguntas del médico.

-Creo que me ha entrado alguna esquirla. Me duele.

El médico comprueba la herida. La limpia con mucho cuidado, examinándola detenidamente. Es meticuloso. Regina lo conoce.

-No veo nada. Puede que sólo te haya rozado. De todas formas, necesito más luz.

La monja, sor Remedios, se acerca con una lámpara. La coloca cerca de la herida. Mientras tanto, Regina ya tiene preparado y esterilizado el material, por si es necesario realizar alguna incisión u operación. El médico aprieta la zona de la herida. El paciente no nota dolor.

-Has tenido suerte, Juan. Sólo te ha rozado. De todas formas, te vas a quedar un par de horas, por si acaso.

El médico se gira hacia Regina. Hace un gesto con la mano; Regina sabe lo que significa. Puede retirarse y ver si necesitan su ayuda en otro sitio. Con la presencia de la monja, le basta.

Al salir de la sala, entran dos heridos, traídos de la gasolinera. Uno sólo tiene  heridas superficiales en la cara y el codo. El otro, en cambio, entra, tendido sobre una camilla. Está desangrándose. La explosión le ha impactado en el estómago. Tiene muy mala pinta. De inmediato, Regina recibe la orden del médico jefe.

-¡Prepárate para operar!

Se lava concienzudamente; luego, entra en una habitación, más pequeña. El herido más grave ya ha sido colocado de espaldas a la puerta, en el interior. Su cuerpo está temblando; el médico le administra un tranquilizante. Cierran la puerta, encienden los focos. Un médico y dos enfermeras. Regina y una mujer de cuarenta años, Marisa, vecina de uno de sus tíos –ella, sí, con titulación-, acompañan al médico jefe, que ha asumido la responsabilidad de la operación. Regina se ocupara de la parte más sencilla: limpieza de material, higiene. Todo lo que no pueda llevar a cabo la enfermera principal.

Aunque lo hacen de la manera más rápida posible, tardan más de diez minutos en cortar la hemorragia. Saben que tal vez ha perdido mucha sangre, y, además, la herida puede ser muy profunda, sin contar los fragmentos de bala que tenga en el cuerpo. La operación es larga: dura casi dos horas. Cuando terminan, el paciente se ha estabilizado. Tendrán que esperar a las próximas cuarenta y ocho horas. Han hecho todo lo posible.

-Puedes irte, Regina. Por hoy no vamos a tener más –le dice Marisa.

Regina, en la planta baja, se ha quitado la bata y los guantes; los tira al contenedor. Sale del edificio, a la parte posterior; se lava las manos. Nota un poco de sangre en el brazo derecho y a la altura de los codos.

La primera vez que ves la sangre –y así le ocurrió a Regina- te asustas. No sabes si es la tuya o la de otro. Es tanta. El miedo te atenaza. Hay quien lo deja y no vuelve a ese lugar. No sirve para esto; pero Regina sabe que podría ser una gran profesional, si la dejaran. Se siente a gusto, se mueve como pez en el agua. Había pasado la primera prueba.

Al terminar de secarse en el lavabo, saluda a Marina. No había advertido su presencia. Está echando una calada, a su derecha, apoyada en un murete. Últimamente, la ve, de vez en cuando, en el Hospitalillo. Viene con menos frecuencia que Regina. Se ha incorporado hace un par de semanas. No se le ha dado mal en estos primeros días. No la trató demasiado cuando coincidieron hace años –muchos, toda una vida, si lo piensa ahora Regina- en el colegio.

Es una chica divertida. A Regina le hace reír muy a menudo, cuando salen de fiesta algún fin de semana por el centro del pueblo, acompañadas por alguna carabina, la madre de Marina o la tía de Regina. Marina le ofrece un cigarrillo. Regina lo rechaza; le sienta mal. No le gusta fumar.

-Habéis estado dos horas. ¿Vivirá?

Regina mueve los hombros hacia delante. Su rostro refleja más cansancio que duda. La respuesta podría interpretarse como un “¡quién sabe!”, algo ambiguo. Marina no insiste. Ha aprendido a dejar espacio para el que sale de una operación complicada. La gente en ese momento no suele tener ganas de hablar mucho.

-Mientras estabais dentro, han traído a la mujer de Dositeo. Dositeo Moreno, el vecino de tus primos.

Regina lo recordaba vagamente. Vivía en el barrio de la Cruz, frente a la iglesia. Se había incorporado como voluntario al frente. Su mujer era achaparrada, morena, tímida. Estaba embarazada de ocho meses.

-¿Qué le ha ocurrido? 

-Ha dado a luz en el refugio de la estación. Ha tenido suerte; había un médico y todo ha salido bien. Le han puesto unos puntos y le han dado el alta. La niña es guapilla.

-¿Cómo la va a llamar?

-La llamará Amparo, como su abuela.

Dositeo se encontraba, por entonces, en Valencia; luego, lo trasladarían a Cataluña. Al hundirse el frente republicano, se exiliará en Francia, donde acabará en un campo de refugiados. Lo alistarán, nada más empezar la segunda guerra mundial, en un batallón de trabajadores, cuya misión será reforzar las obras de fortificación en la frontera con Alemania. Los nazis, al hundirse el frente, lo apresarán cerca de Dunquerque. Morirá en el campo de concentración de Mauthausen en agosto del 42. Nunca conocerá a su hija Amparo.

-Lo acaban de decir por la radio. –dijo Marina.

-¿El qué? –preguntó Regina.

-Los fascistas han atacado posiciones en el Jarama. Quieren cortar las vías de comunicación, sobre todo la nacional a Valencia.

Regina sabe lo que eso significa. Desde mañana llegarán cientos de heridos a los hospitales de Tarancón y Uclés. Serán días muy duros. Sí, necesitará descansar.

-He cambiado de opinión. ¡Dame un cigarrillo!

Lo enciende y aspira el humo. Regina mira las vías del tren; por allí llegarán los vagones y los heridos y los muertos. Mañana habrá gritos, sangre, movimiento. Hombres jóvenes en camillas, en las salas, en los pasillos. Verá morir a esos soldados, que días antes marchaban al frente, ilusionados…

No imagina Regina que ese lugar, donde se salvarán tantas vidas durante estos duros años, será abandonado. Que habrá quien quiera aprovecharlo –como sucede casi siempre- para ganar dinero, vendiéndolo a una constructora o a una empresa privada. Especulación para enriquecer a unos pocos, mientras la mayoría miran a otro lado. Que estarán también quienes quieran convertirlo en un centro para la memoria, que sea recuerdo de aquellos que murieron durante esos años de la guerra y los de la posguerra, asesinados, ajusticiados, fusilados, torturados.

Y, con el tiempo, acompañado por la dejadez y la desidia, la hipocresía y el fingimiento –camaradas inseparables- el Hospitalillo se convertirá en un edificio en ruinas, como tantos otros. Olvidado, despreciado, será un ejemplo de la estupidez y los intereses humanos, paradigma de la cobardía, el miedo y el egoísmo.

Regina apaga el cigarrillo en la pared encalada y respira profundamente. Llena sus pulmones con todo el aire del que es capaz. Lo va a necesitar.