viernes, 6 de abril de 2018

UNA VIDA SILENCIOSA

CRÍSPULA SOLERA PÉREZ
Tarancón, 1906-Madrid 1972

            Hija primogénita de Alejandro y Fernanda. Nació en un entorno pobre: una familia de jornaleros. Sólo cuando cumplió los diez años, su padre consiguió el trabajo de peón caminero, que le proporcionaba un sueldo más cuantioso. Antes de que le trasladaran a la zona de Huelves a donde llevaría a todos los suyos, la madre consiguió para Críspula un trabajo como sirvienta con la Condesa de Riánsares. Necesitaban a una chica en el palacete; sustituiría a otra que se iba a casar ese mismo año. Estamos en 1920. Críspula tenía catorce años.

La Condesa, que fue la sexta del tronco familiar, nació en 1911. Sería una niña de ocho o nueve años, cuando Críspula la conoció. Críspula trabajaría primero, para su madre y luego, para la hija, cuyo nombre completo era Patricia Bertrán de Lis y Pidal. Un título, herencia de un famoso braguetazo del duque de Riánsares con la reina Isabel II, adquirido por unos banqueros de larga tradición liberal. Poco más hay de ella que una necrológica en el ABC del 26 de diciembre de 2006 en la que se destaca su espíritu abierto, su sencillez, bondad y cultura. Una mujer dedicada a sus hijos y con lazos familiares muy extensos, entre los que destacan nobles de alcurnia y científicos españoles como Gregorio Marañón. Y un retrato de los años treinta –tendría unos veinte años- con labios sensuales, nariz elegante y fina y unos ojos negros. Rizos en el pelo y un gorrito, ligeramente ladeado.

Quedan fotografías antiguas de esta casa palacete de Tarancón. Dos pisos con balcones enrejados. Un patio interior con columnas toscanas, azulejos, vidrieras, una fuente rematada por lo que parece un pelícano. Fue abandonado y derribado como tantos otros edificios de esta población manchega. ¿Qué habrá sido de todo eso? ¿Dónde acabó? ¿En un vertedero?

La condesa de Retamoso -otro de sus innumerables títulos- se quedaba poco en Tarancón. Debía parecerle una vida muy aburrida la de este pueblo meseteño. Estaba más en Madrid y los veranos los pasaba en Santander. Juan Daguerre era el chofer; conducía un coche de caballos, primero y, después, con motor, y solía llevar a la condesa de Madrid a Tarancón. La Condesa le llamaba Juanito. La familiaridad que se tiene hacia el que se considera de una clase inferior. Sería entonces, cuando Juan y Críspula se vieron por primera vez. Imagino que con el tiempo la condesa se llevaría a Críspula con ella a Madrid y, en verano, al Norte.

Finales de los años veinte. Críspula y Juan ya eran novios; habían ido con sus señores a Santander. En la playa del Sardinero, Críspula se encontraba con otra doncella, cuando vieron a Juanito y a una chica del pueblo, cogidos del brazo. Se reconocieron -él bajó la mirada o la volvió a otro lado-, pero no se dijeron nada en ese momento.

-¿No es ese tu novio? –dijo la compañera.

-Sí -dijo Críspula.

-¿Y no vas a decirle nada?

-Yo no tengo nada que decirle –replicó, orgullosa.

Unas horas después, Juan quiso justificarse ante ella.

-Te habrán dicho que estoy con otra chica. No les hagas caso, porque con la que me voy a casar, va a ser contigo.

Y así fue.

¿Cuándo llegó Críspula a Madrid? En 1924 ya no está empadronada en Tarancón junto a sus padres y hermanos. Por tanto, entre los dieciséis y los dieciocho años debió trasladarse al barrio céntrico, donde la condesa tendría su residencia en Madrid, probablemente en el de Serrano. En 1930 ya se ha casado con Juan y viven en la calle Velázquez.

Sus hijas, María y Valentina, nacieron en el 32 y 34. Juan trabajaba de conductor. Al principio, seguiría con la señora. Después, es posible que se encargara de trasladar los materiales o los productos de los negocios que tendrían sus hermanos a unos metros, en la calle Velázquez, en el número 20. O a Barcelona, a la que, según parece, iba a menudo por el mismo motivo.

A principios de julio del 36 Críspula y sus hijas se marchan a Torrelavega. Allí vivía gran parte de la familia de Juan: uno de sus hermanos, dos de sus hermanas y sus padres. Juan se quedaría a trabajar todo ese caluroso mes de julio como chofer u obrero conductor –esa es la profesión que aparece en el padrón de ese año- y en agosto tenía la intención de buscar un hueco y pasar un par de semanas con ellas. No pudo ser.

El dieciocho de julio del 36 hubo un golpe de estado; era el comienzo de una guerra civil. Críspula había quedado aislada del resto de la zona republicana, del lugar donde tenían su casa, en Madrid y de sus familiares, en Tarancón. Había que tomar una decisión.

Críspula quería marcharse; sus suegros le aconsejaron que no lo hiciera. Ella no les escuchó; era testaruda. Cuando tomaba una determinación, nadie podía hacerla cambiar de opinión. No estaba dispuesta a quedarse de brazos cruzados. Antes de que los frentes se consolidaran, Críspula se puso a caminar con sus dos hijas. Iba con una maleta y un cesto, un capazo, en los que llevaba ropa y comida a la espalda, mientras protegía a la más pequeña, que apenas tenía un año y medio, apretándola con fuerza a su pecho, y cogía de la mano a María. Su destino sólo podía ser uno: Tarancón, la casa de sus padres. Eso me dijo Loly, sobrina de Críspula. Aunque Valentina, su hija, me aseguraba, que no fueron allí, sino a Barcelona, donde un familiar de Miguel, el marido de Riánsares, los podría acoger. ¿Es una confusión? ¿Quién estaba equivocada? Los recuerdos que ambas describieron son tan creíbles que cualquiera de las dos versiones es posible. Ya no hay testimonios directos. Quienes lo vivieron están muertos. Y Valentina era muy pequeña.

Doy más verosimilitud a que fuera Tarancón el final de ese viaje. Es un camino que ella podía reconocer. Cuando era pequeña e, incluso, más tarde, cuando visitaba a la familia, su padre le enseñaba planos de carreteras. Sentía curiosidad por todos esos datos que a otros aburrían y, casi sin proponérselo, memorizo muchos de ellos. Sabía dónde podía encontrar refugios o casillas. Encontró una utilidad inesperada a lo que en principio sólo era un juego infantil.

No sé cuánto tiempo tardó en recorrer los casi quinientos kilómetros que hay entre la costa y el pueblo que la vio nacer. Tengo en cuenta que no iba sola; llevaba en sus brazos a una niña recién nacida, Valentina. Y de la mano, a otra de cuatro, María. Y un cesto y una maleta con enseres. Una mujer y dos niñas atravesando media España, mientras los cadáveres empezaban a llenar las cunetas de todo el país.

Se escondían de día. Buscaban corrales, refugios abandonados. Evitaban el contacto con soldados o grupos aislados, ocultándose en las montañas. En las primeras semanas los controles de los dos bandos no serían tan exhaustivos, como ocurriría más tarde. Caminaban por la noche. Lo harían con alguna linterna o aprovechando la luz de la luna. Por sendas o carreteras secundarias. Se esconderían, si veían que venía algún vehículo.

Evitó Madrid, donde – seguramente, y con razón- pensó que la presencia militar sería más intensa y buscó zonas menos pobladas, por la provincia de Soria o Guadalajara. Es posible que en algunos tramos recibieran la ayuda de algún buen samaritano o atenciones de las mujeres de los pueblos por los que pasaban y que se compadecían del estado en el que los encontraban. Aunque no creo que ocurriera muy a menudo, si es que sucedió. Cualquiera podría denunciarla y todo su esfuerzo se iría al garete.

¿Qué comerían? Si se llevó alimentos con ella, se acabarían en unos días; tal vez podrían aguantar un par de semanas con fruta, huevos, queso. ¿Cogería frutos del campo, entraría en algún hayedo, olivar o castañar y recogería de noche, sin que nadie la viera, aceitunas, castañas o hayucos? ¿Atravesaría viñedos y se llevaría con ella uvas con las que alimentarse? ¿Buscaría vacas que estuvieran pastando al aire libre y las ordeñaría cuando necesitaba leche para sus hijas? Aunque es una posibilidad, no creo que robara; por la educación que había recibido eso sería un pecado o algo indigno o despreciable. Su orgullo no le hubiera permitido vivir con ese peso en la conciencia. Honradez e integridad, incluso en esas circunstancias. Inflexible y dura como el pedernal. No me la imagino de otra manera.

Las noches en agosto o septiembre aún no son tan frías ni lluviosas como en otoño, pero los tramos por los que caminaron no serían fáciles. Y si algún día llovió, por la noche encontrarían fango y barro. Cuando amanecía, buscaría un sitio donde refugiarse y esconderse. Y allí pasaría el día, tensa, protegiendo el sueño de sus hijas, rezando para que no las atraparan o mataran. Era una mujer fuerte, decidida, valiente. Se crecía ante la adversidad. No se rindió.

Pongamos que tardaron un mes o más en llegar a Tarancón. A mediados de septiembre.

Críspula llegaría por la carretera, tal vez, al amanecer. Desde hacía unas horas, todo le resultaba conocido: los campos, el cielo, las casillas. Lo primero que encontraría antes de entrar en el pueblo, sería el edificio donde trabajaba su padre. Un vecino la reconoció. Se asustó al verlas.

-¿Está mi padre? –preguntó Críspula.

-No, está en la carretera, cerca de Mela. ¿De dónde vienes, muchacha? –exclamaría el vecino.

Lo que veía era una mujer y dos niñas en un estado lamentable. Estaban famélicas, agotadas, llenas de piojos.

-Te acompaño a la casa. Tu madre tiene que estar allí.

Su madre, Fernanda, la abrazó, nada más verla. No sabía nada, ni de ella ni de las niñas. Alguien le había dicho que ya no estaban en el norte. Se había imaginado lo peor. Críspula se agarraba a la maleta, al cesto, a la ropa como si fuera lo más preciado del mundo. Nadie le iba a arrebatar sus pertenencias más queridas: lo que le había costado salvar con tanto sufrimiento, hambre y dolor. Fernanda hizo que entrara en razón y lo quemaron todo: la maleta, el cesto, la ropa.

Nunca más quiso hablar de ello. Críspula era una mujer, que acababa de cumplir treinta años y que había atravesado media España para salvarse a sí misma y a sus hijas. Hubo muchos actos durante esa guerra: heroicos y viles, generosos y egoístas, brutales y valientes. Críspula protagonizó uno de esos actos, que sólo son posibles, cuando está en juego tu vida y la de los tuyos.

Madrid, en unos meses, sería frente de guerra. ¿Volvieron a su casa de la calle Velázquez? Es posible. Sufrirían los bombardeos. Hay una estación de metro cercana. Imagino que se refugiarían allí. Durante la guerra sé que Juan se alistó o tal vez no tuvo más remedio que participar como miliciano. Quizá en los peores momentos prefirieron que las niñas y Críspula estuvieran en Tarancón, mientras Juan, quizá de conductor, colaboraba con el ejército republicano y se quedaba en la capital.

Lo único seguro es que con el final de la guerra los veo viviendo a los cuatro allí; primero, con Regina y luego, con Pepe. Juan trabaja de conductor para una tienda de la calle Velázquez, 20. Con toda seguridad y teniendo en cuenta que había una lechería, propiedad de su hermano, mientras vivía, y de su cuñada, a su muerte, se ocuparía del transporte de productos lácteos.

No tengo ni una sola fotografía de Críspula de esa época. Ninguna. La primera que tengo es en el patio de Padre Oltra, a los meses del nacimiento de María, su sobrina, mi madre y, más tarde, en la boda de Rosa, su hermana menor. Y eso me impide imaginar cómo sería de joven.

Valentina recordaba de manera borrosa una foto de estudio que tiene en algún lugar, entre sus objetos desperdigados, y que hace años que no ha vuelto a ver: la de la boda de sus padres. Críspula entonces no tendría más de veinte años. Ningún detalle de los rostros le viene a la cabeza; sólo un sombrero extraño que llevó su padre ese día y que le hacía gracia, cuando lo contemplaba.

Unos meses después de que escribiera estas últimas líneas, Loly me mostró una fotografía de estudio. Y me dijo:

-Esta es Críspula, de joven.



Por fin, tenía delante una fotografía de Críspula. No habría cumplido ni los dieciocho en esa foto. Me emocionó. Era guapísima. Nadie podía imaginar, ni siquiera ella, qué aspecto tendría veinte años después; uno, muy diferente. La veo, a excepción de esta fotografía, por tanto, cuando ya tiene más de cuarenta años. Y parece una anciana. Había envejecido prematuramente. No sé por qué no aparece antes. ¿Perdió esas fotos en la odisea que vivió durante la guerra? ¿Las rompió? ¿Se negaba a salir en ellas?

En los años cuarenta recibió en su casa a Regina. La protegió. Nadie sabía si irían a por ella ya que la habían tenido unas horas en un centro de detención, en Tarancón. Se temió lo peor y se marchó a Madrid. Críspula le buscó un trabajo en la calle Velázquez.

Críspula conoció a José Sinde, casi al mismo tiempo que Regina. Vivió, desde el principio, la historia de amor de su hermano y Pepe. Regina le pidió permiso –Críspula era la hermana mayor y, en ausencia de sus padres, sus hermanas Regina, Riansares, Dolores y Rosa confiaban en ella- y Críspula se lo concedió.

Cuando Pepe fue encarcelado, apoyó a Regina. Incluso, cuando la familia de Pepe se negó a acogerlo, años después, al salir de la cárcel, muy enfermo. Críspula no lo dudó. Pepe era un hombre honrado y valiente; no merecía acabar en la calle. Le facilitó una habitación –en la que estaban sus hijas hasta entonces-, mientras Regina dormía como interna en la casa donde trabajaba, la de un fiscal del Tribunal Supremo.

Juan y Críspula hicieron todo lo posible para que Pepe estuviera con Regina, pero no vivió, tras salir de la cárcel, más de año y medio. Lo llevaron al hospital, cuando ya no había esperanzas, para que sus hijas no lo vieran morir; estuvieron con él hasta que perdió el conocimiento. Lo lloraron y lo enterraron.

A finales de los sesenta, Regina buscó consejo, como siempre, en Críspula. Se había casado, años antes, con Ángel, un hombre que la abandonó, en cuanto supo que no podría darle hijos. Ya no vivían juntos.

Unos meses después de la separación formal –no existía el divorcio; no sería legal hasta los años ochenta-, le confesó a su hermana que le gustaba un hombre, José Luis. Le parecía atractivo, pero no le agradaba demasiado la idea de ser su amante o un lío pasajero. Él tenía mujer, pero estaba en el hospital, muy enferma: cáncer de pecho. Le daban unos meses de vida. Parecía que José Luis buscaba un hombro donde llorar. Regina se sentía halagada, pero no sabía a qué atenerse y empezaba a agobiarle su insistencia.

Críspula la escuchó. Y al día siguiente bajó a la calle, se dirigió a la estación de metro donde trabajaba José Luis, como taquillero, y habló con él. Fue una conversación en la que Críspula le dejó las cosas claras. Debió decirle algo parecido a esto.

-Mientras estés casado, ¡deja en paz a mi hermana! Si no, atente a las consecuencias.

O así me lo imagino. Críspula era de armas tomar. “Evitaremos el escándalo”, pensó José Luis. A partir de ese día no volvió a molestar a Regina. Cuando murió su esposa, esta vez sí, Regina aceptó salir con José Luis, cuando se lo volvió a proponer.

En los años cincuenta y sesenta, encuentro más a menudo a Críspula en las fotografías conservadas. Siempre viste de negro. Muy sencilla y sobria. Con el pelo recogido por delante, en lo que sería una permanente. Una boca fina y una nariz bastante pronunciada. Valentina, su hija, me contó cómo era ella. Lo dirigía todo, organizaba la casa en cada uno de sus detalles. Nada escapaba a su control.

De carácter serio y responsable. Y muy discreta. Dura y exigente consigo misma y con los demás. Trabajadora hasta la extenuación. Seca, cortante, si se lo proponía. De pocas palabras. Creo que asumió desde el principio la responsabilidad y la carga que suponía ser la primogénita: proteger a su familia y a sus hermanas.

Cuando su papel de madre quedó en segundo plano, la veo más relajada en las fotos, como si pudiera confiarse y permitiera que una cámara mostrara un rostro más amable, menos tenso. Tampoco descarto que, en el fondo, fuera simplemente una mujer tímida. Timidez que nunca superó y que protegía tras una coraza de fortaleza y hosquedad ante la gran mayoría de los que la conocían. Para sus hermanas, sus hijas y su marido, era, en cambio, una mujer más sensible y tierna de lo que aparentaba.


            Fuera como fuera, no puedo más que admirarla. Asistió a mi bautizo, en septiembre del 72. Fue su último acto familiar, porque esta vida silenciosa, esta mujer a la que no conocí, murió en diciembre de ese mismo año, cuatro meses después de mi nacimiento. 

miércoles, 4 de abril de 2018

UN ESCRITOR


PIETRO LENDANOWSKI
Cracovia, 1955-Giverny, 2026

            Soñé a Pietro entre las fiebres de una gripe el diecinueve de febrero del año 2017. ¿Lo soñé o lo recordé? Uno ya no sabe si los personajes son reales o, acaban siéndolo, al formar parte de nuestros sueños…



            Pietro nació en la ciudad de Cracovia. Hijo de un padre liberal y una madre católica. De su infancia tenemos pocos datos, a no ser los que él ha ido contando en sus libros. Recuerda los juegos con su madre, la biblioteca de su padre, las misas de los domingos, los discursos comunistas. Son visiones parciales en los que se mezclan la nieve del invierno con el interior de las iglesias, frescas en verano. 

            Cracovia es una ciudad fría, distante, cruel.

Su padre murió joven: cáncer de páncreas. Pietro no tendría más de quince años. Recuerda la imagen de su padre, en el féretro, “un trozo de hielo dorado”, como lo describe en su última obra. Su madre, a partir de entonces, buscó refugio en la religión. 

Pietro no entendía el mundo de su madre, conservador y opresivo, ni se sentía a gusto en la realidad política de la Polonia de los años setenta. Se inscribió en un curso de cine en Lodz y en otro de literatura en Varsovia. Fue allí donde conoció a Kieslowski durante el rodaje de su primera película, El pasaje subterráneo, en 1973, -aún era un gran desconocido para el gran público; sólo había realizado documentales de obreros-. En una conversación que Pietro recordó toda su vida, Kieslowski le recomendó salir de Polonia. Ya había terminado los estudios obligatorios y deseaba –como todo joven- marcharse y conocer otros lugares.

A los veinte años, en 1975, consiguió escapar de su patria y llegó a París. No contó cómo lo hizo, aunque algunos amigos aseguran que entró a Occidente por Austria, con ayuda de un grupo que facilitaba el paso por la frontera. Los primeros meses en Francia fueron duros. Hubo días que durmió en la calle. Afortunadamente, una mujer madura, Marie Schelling, secretaria de una editorial, lo acogió y le presentó a varias personas del mundo literario. Fueron amantes durante un periodo breve de tiempo; después, conservaron una amistad que duraría hasta la muerte de Marie en el 2002. Superado ese mal momento, consiguió una beca que le permitió, entre trabajos eventuales, sobrevivir durante más de una década.

            Sus primeras obras como escritor giran en torno a la conciencia, la incomodidad de no sentirse a gusto en ningún sitio. No sólo hay veladas críticas al comunismo, sino también al capitalismo que ya le había decepcionado. Desde el principio revela un gusto muy personal por el estilo sobrio y la frase simple y concisa.

            La obra que le consolidaría, su cuarta novela, es Marcas (1985), quizá su creación más autobiográfica. En ella, muestra un talento sorprendente en el uso de la primera persona y un sentido del humor peculiar. Mezcla referencias literarias con experiencias y anécdotas personales. Aparece la figura de un padre querido y ausente y la de una madre opresiva y compleja. Ganó el premio de la Crítica francesa.

No volvió a recuperar una temática tan íntima. Si bien es cierto que en muchas de sus obras se pueden extraer anécdotas de su vida privada, nunca lo hizo de manera tan directa como en esta obra. A partir de Marcas buscó más ocultar, insinuar, recrear una realidad paralela.

            Ese cambio de rumbo ya aparece en su siguiente obra, Dirección prohibida (1988). Obra de madurez en la que refleja un gran talento visual, cercano a la expresión cinematográfica, pero sin perder la profundidad literaria ni metafórica de su novela anterior.

            Fue en esas fechas cuando conoció a la que sería su única pareja conocida, con la que contraería matrimonio un año después. Sally Jacob era una mujer decidida, segura de sí misma. Artista conceptual que atraía interés no sólo por sus obras, sino también con sus extravagancias y provocaciones. Ella, como muchas mujeres de esta época, independientes y liberadas, tras siglos de silencio impuesto, necesitaba expresar su visión del mundo. Era su forma de reivindicarse a sí misma como mujer y como artista. Su opuesto era Pietro, mucho más serio, cohibido, introvertido, discreto. Encajaron muy bien. En los años noventa tuvieron dos hijos, un niño y una niña, a los que llamaron Charles y Tina.

            Con la caída del muro, Pietro volvió en dos ocasiones a Polonia. Confirmó lo que ya esperaba. Al dios comunista le había sustituido una idea similar: la de un capitalismo frío y despiadado, al que se le añadía un catolicismo trasnochado y conservador. Encontró un buen ejemplo del carácter polaco en su propia madre. Lograron suavizar las aristas que había entre ellos, pero Pietro también fue consciente de la distancia insalvable entre madre e hijo. Ella le visitaría todos los inviernos en París para disfrutar de sus nietos, pero Pietro se negaría a volver a Polonia, hasta muchos años después, cuando tuvo que enterrarla, en la tumba de su padre.

            Mantuvo con Kieslowski una amistad por carta que se profundizó cuando el director de cine comenzó a rodar en Francia La doble vida de Verónica y su trilogía: Azul, Blanco y Rojo. Kieslowski y Pietro mostraban una clara tendencia en sus obras hacia la comprensión del género humano. Pietro, incidía, en las suyas -eso también sucede en Kieslowski, aunque, al final, haya un poso de esperanza-, en la incapacidad del hombre para comprender al semejante y en su soledad, “condena irremediable”, según sus propias palabras.

Incluso, Pietro aseguraba en sus entrevistas, que tarde o temprano, desapareceríamos como especie. Kieslowski, en cambio, pensaba que las crisis son el fondo de una curva que vuelve a alzarse y a caer, indefinidamente. Compartían un profundo pesimismo y escepticismo sobre la realidad y la política. Ambos creían que el más allá es un secreto que debe permanecer en el misterio. Y que el arte, sea literatura o cine, es no saber e intentar comprender.

Su amistad terminó con la muerte repentina de Kieslowski. Pietro había entendido su retiro meses antes. Su amigo estaba agotado, harto, enfermo. No le sorprendió su muerte. La lamentó y la lloró, más que muchos de sus aduladores.

Escribió un opúsculo contra la religión. 

            No volvió a ser tan explícito. Su propia madre le reprochó un discurso tan duro y no le habló en varios meses y, cuando recuperó el contacto con su hijo, lanzaba dardos envenenados, para que Pietro se sintiera culpable. Era como un niño que hubiera cometido una travesura y su madre, por supuesto, le echaba un rapapolvo. Lo superó. No se retractó. Aprendió a convivir con los sutiles comentarios y críticas de su progenitora y de los más fanáticos defensores de la pureza religiosa, fuera la cristiana o la del Islam.

            En sus obras literarias, en cambio, su estilo se depuró. Un buen ejemplo es su descripción de una gota o de un rayo de luz, al modo de un haiku, quizá una de las mayores joyas literarias del conjunto de su novelística. Los expertos lo llamaron realismo simbólico o poesía concentrada.

            Se le aparecía por entonces todas las noches, mientras dormía, un artista chino, pintor de acuarelas, Fing Mao. Fing se ofrecía a Pietro para describirle, como nadie lo había hecho antes, lo que la naturaleza regala a nuestros sentidos; pero lo que le mostraría no sería sólo un mero reflejo del mundo sensible, sino que iría más allá y profundizaría en sus claroscuros. Alcanzaría con su ayuda la realidad profunda de las cosas. Al despertar, Pietro sentía tristeza; echaba de menos a un amigo.

            Durante la primera década del siglo XXI dio clases semestrales en Estados Unidos, sobre todo en la costa Este: Washington, Boston, Nueva York. Al mismo tiempo, su esposa Sally vendía sus obras por precios desorbitados; triunfaba como deseaba, siendo el centro de atención. Los éxitos de Pietro eran más humildes. Tenía a muchos lectores fieles que disfrutaban de sus obras y eso le permitía vivir, sin necesidad de grandes gastos. Su relación de pareja funcionaba quizá precisamente, porque eran muy diferentes.

            En 2018, publicó Placas, la obra en la que resumía toda su concepción vital. Quinientas páginas en las que construía un edificio inmenso, equilibrado y sencillo. Algunos críticos la comparaban con la obra de Paul Auster, 4, 3, 2, 1…, pero la perspectiva de Pietro era sutil; su melodía, el tono de la obra buscaba más la sugerencia. Toda la crítica lo aplaudió. Ganó el Goncourt. 

            Ese mismo año, su madre murió. La vio en el féretro, como había visto a su padre, cuarenta y cinco años atrás. Cuando la besó en la frente, notó “el mismo trozo de hielo”, pero ya no era dorado, sino gris ceniza.

            Paseó por Cracovia, en febrero del 2019, al asistir a un homenaje que le hizo un amigo en la Universidad. No participaron más de cuarenta personas. Los medios de comunicación le ignoraron. La única mención fue la de un crítico que le consideró un autor “pretencioso y henchido de vanidad”. La parte final del artículo explicaba mucho mejor la razón de este desprecio. “Es un autor ajeno a nuestras esencias, un traidor a su pueblo y sus valores”.

            Tras la conferencia, se despidió de su amigo y paseó, en solitario, por las calles de Cracovia, las que había conocido de niño. Notó muchos cambios. No había más que monumentos, placas, carteles que convertían al fallecido papa polaco en un modelo de virtud y santidad. Y un capitalismo enfermizo, devorado por los jóvenes polacos con los que se cruzaba en ese sábado noctámbulo. Se sorprendió al ver una iglesia abierta, la de Santa Ana. Entró en su interior. Se encontraba casi vacía. Sólo una mujer, al fondo, en el lado derecho, arrodillada, rezaba. Pietro hizo lo mismo. Cerró los ojos y deseó que Dios lo mirara y lo comprendiera
           
            En el año 2022 ganó el premio Nobel. En su discurso tomó prestado muchas de las referencias de su viejo opúsculo. 

            Su hija se dedicó a la enseñanza en institutos públicos del extrarradio parisino. Pietro, por esto, pensaba que era una heroína; siempre fue su preferida. Su hijo siguió más la rama materna y entró en la facultad de Artes para renegar enseguida de las normas de una escuela –en eso se parecía a su padre- y buscar un estilo muy personal, entre la abstracción y el simbolismo.

            En el 2025 publicó la que sería su última obra, Huecos. Grado de estilización máximo. Palabras, sílabas, letras, sonidos… Imágenes visuales y verbales que, a veces, recuerdan al dadaísmo, con su vena rebelde y transgresora, y, en otros casos, recoge una larga tradición del siglo XX que recibe un nombre muy apropiado entre los críticos: la “sospecha de la palabra”. Se intuye en estas últimas líneas que escribió bajo la influencia de autores como Heimrad Bäcker o filósofos como Walter Benjamin o Wittgenstein. Lendanowski asumió que la palabra y el uso que se estaba haciendo de ella –en los medios de comunicación, en la vida diaria- la había convertido en un elemento manipulable y carente de sentido.

Sólo quedaba callarse y recuperar la magia del lenguaje, los “huecos” entre las palabras, los espacios en blanco. “El silencio se transforma en el único “sonido” posible, la única rebelión aceptable, el único refugio”. Como demuestra en esta última novela-ensayo, al contrario que otros escritores e intelectuales, que acaban limitándose y aceptando el statu quo, viviendo de las rentas de sus primeras novelas de juventud, Lendanowski nunca dejó de experimentar hasta el final de su vida.

            Cinco años antes de su muerte Pietro convenció a su mujer y se retiraron a una casa de campo, a las afueras de Paris, en un pueblo llamado Giverny, conocido por ser también el refugio del pintor impresionista Monet.

            No pudo disfrutarlo mucho tiempo. Se le diagnosticó cáncer de colon. Le dieron unos pocos meses de vida. El dolor era insoportable. Pidió a su mujer y a sus hijos que lo ayudaran a morir. Lo llaman eutanasia. Aún no era legal, por entonces, en Francia, pero Sally no dudó. Sus hijos, tampoco. Lo hicieron. Encontraron a una mujer, una amiga de su hija Tina, que les facilitó el material necesario para llevarlo a cabo.

Allí, en su cama, escuchando una melodía de Mozart, junto a las personas que más amaba –sus hijos y su mujer-, Pietro Lendanowski, ganador del Nobel, escritor de prestigio, amigo de Fing Mao, murió sedado, plácidamente, una mañana de marzo, cuando los brotes de su jardín se asomaban con timidez y sus cerezos y almendros comenzaban a florecer.

Relato escrito por Santiago Solera. 
Febrero 2017-abril 2018.


jueves, 8 de marzo de 2018

EN ESTE RINCÓN DEL MUNDO


Hay películas que cuando terminas de verlas te dejan una sensación agradable: la vida no es tan terrible como pueda parecernos a veces.

Esta es una de ellas. Y, aún así, bajo esa capa de ligereza se intuyen, se insinúan las tragedias: Hiroshima, los bombardeos sobre población civil, las dificultades de abastecimiento, la prostitución, el hambre, en tiempos de guerra...


La mirada es original: es la de una mujer que no ha dejado de ser una niña, que no quiere perder esa ternura e ingenuidad que olvidamos en el baúl de los recuerdos cuando nos hacemos mayores. ¿Es naïf? No tanto. La muerte está presente; también, el dolor, -quizá los momentos visualmente más poderosos y líricos, como la muerte de uno de los personajes o una idea obsesiva, alrededor de su mano, que atenaza a la protagonista después de esta muerte o la descripción de los bombardeos- pero ese no es el tono general ni la melodía de esta película japonesa de animación. La protagonista expresa y refleja el mundo a través de sus dibujos y, gracias a ellos, asistimos a un mundo paralelo, brillante, luminoso. También vemos -es una mujer; no es casual la elección- la vida cotidiana, las bromas, los placeres y las preocupaciones diarias, los pequeños detalles sin importancia, que casi siempre, son los más trascendentales.

Nostalgia, ternura, optimismo. Es difícil captarlos y reflejarlos en una pantalla con tanta elegancia como aquí.

La vida, a pesar de la violencia y el dolor y la ausencia y la muerte, sigue, continúa. Y así debería ser...

miércoles, 28 de febrero de 2018

BERLINALE 2018




Subo al avión. En el viaje leo Vernon Subatex de Virgine Despentes. Distingo en el estilo poses calculadas, un lenguaje directo, monólogos cínicos, una mirada escéptica. Crea personajes con muy poco; sabe mirar... Al llegar a Berlín hace frío; la temperatura no llega ni a los dos grados...



Comerciales, más o menos...

Figlia mia es la historia de dos mujeres opuestas y una niña, su hija, en pleno aprendizaje. Sin mucho más. Nada nuevo, quizá. Y el final me parece muy forzado para que sea feliz, como desea el director.

The real state que parte de una idea curiosa –una herencia que es, más bien, un marrón, acompañada además de parientes desquiciados – se queda a medias. Al principio, parece una comedia con algún toque dramático y, finalmente, se convierte en una historia absurda sin mucha gracia. Podría haber sido una gran comedia negra en manos de un Berlanga o un Alex de la Iglesia. 

Con Grass, el director de The day after, Right now, wrong then o On the beach nos ha presentado un divertimento, en comparación con las tres anteriores; incluso es posible que sea una especie de síntesis o recopilatorio. Hay conflictos de pareja, crisis, reconciliaciones, como siempre hace en sus películas, concentrados en esta ocasión en un único espacio. Cuatro historias con diálogos breves, divertidos, dramáticos. Amable. No aspira a más; cierra un ciclo o tal vez sea el comienzo de una nueva etapa para su director: una obra de transición.

Mi hermano... es un idiota me produce desconcierto. Los personajes, dos gemelos adolescentes, hablan de filosofía; para mí, la parte más interesante. Leen textos sobre el tiempo y el azar de Agustín o Leibniz o Kant con imágenes de la naturaleza, muy atractivas visualmente. Otras veces me recuerda a una historia de iniciación con sexo y muerte. Al final, se decide por una película de psicópatas adolescentes. Y en la última secuencia todo cambia de sentido; encuentra de repente, cuando ya no había esperanza, un final perfecto y hermoso. En tres horas quiso hacer muchas películas; no siempre acierta, aunque, a veces, seduzca y atrape.


Madeline Madeline se centra en Madeline, una adolescente con graves problemas mentales y eso influye en el estilo elegido, que se adapta al personaje: confuso y desconcertante. Esta Madeline, además, es una gran actriz y esto permite hablar de la enfermedad mental, el teatro, la realidad y la imaginación. Lo mejor es la joven interprete, todo un hallazgo. Lo peor, sin duda, los dos personajes adultos, tanto la madre como la maestra o profesora de interpretación. Las actrices no logran salvarlos. Acaban siendo demasiado previsibles, simples; se quedan en la visión que Madeline tiene de ellas.


Museo, que ganó el premio a mejor guión, se podría definir como una película con actor famoso, Gael García Bernal. Es así, y también una mescolanza de apariencias. Es una road movie, una película de género, una historia de perdedores con algún toque experimental y de humor o juegos metalingüísticos. No aprovecha todas sus posibilidades; tampoco creo que lo pretenda. Sólo busca un gran público. Lo encontrará.


En Tres días en Quiberon no puedo ser objetivo. Romy Schneider siempre me emociona, aunque sólo sea un personaje. Despierta ese sentimiento de protección y ternura que forma parte de mi forma de ser. También le ocurre a su directora. Cuenta tres días de la vida de Romy en un sanatorio con sutileza y ternura y cariño. Los otros tres personajes están desarrollados y bien interpretados, pero es la actriz que interpreta a Romy quien la hace creíble: compleja, contradictoria, emotiva, tierna, torturada, cruel, infantil. Y, aún así, muy cercana. El final es optimista como si la directora le hubiera ofrecido una oportunidad para ser feliz; todos sabemos que eso no ocurrió. Hubiera preferido un final más acorde con la realidad o, por lo menos, ambigüo.


Termino este primer apartado con Utoya. Durante hora y media con una cámara en mano y un único plano secuencia seguimos a la protagonista en medio de una pesadilla: la matanza de más de ochenta chicos a manos de un ultra derechista en la isla de Utoya. Que esté basado en un hecho real, podía hacer que la película se convirtiera en un drama o algo peor, con apariencia televisiva. No es así. Es una magnífica película de un género muy concreto: el de terror. Hay detrás un excelente pulso narrativo, midiendo los tiempos, las pausas, la tensión. Además, es respetuoso. No busca la sangre; le interesa la emoción, el pánico. Te atrapa. Hubiera merecido algún premio...


Me gusta pasear por las ciudades los domingos por la mañana. Sin coches, sin tráfico; la mayoría de sus habitantes duermen. Algunos pasean, tranquilos, relajados. No es una ciudad en su estado habitual; parece como si descansara. Esa sensación la he tenido en muchas ciudades: en Nueva York, en Kyoto, en Buenos Aires, en San Francisco, en Berlín... Y siempre es la misma. Ella duerme. Y miras con otros ojos a las ciudades que duermen; como a las personas a las que amas...


Documentales ficción o algo parecido...



Treinta lumes de Diana Coucedo entraría en esta categoría. Y, aunque Con el viento otra película española, de Meritxell Corell no sea estrictamente un documental, sí se pueden comparar ambas de alguna manera.

A las dos les interesa mostrar, reflejar, antes de que desaparezca, un mundo rural. Se recuperan recuerdos y lo hace la generación de los nietos, urbanitas, volviendo al lugar de donde vinieron sus padres y abuelos. Me resulta familiar; yo también, a mi manera, lo he hecho. En las dos, el paisaje es otro personaje. Se trabaja con actores no profesionales, que, en gran parte, se interpretan a sí mismos y mezclan ficción y realidad. Tampoco olvido el papel del sonido, fundamental, en las dos películas. Las diferencias estarían más en detalles menores. Treinta lumes utiliza la voz en off como un engarce lírico con la realidad, más cotidiana, que gira alrededor del día de los difuntos. Se mueve entre el lirismo y lo mágico, lo etnológico y el día a día. Con el viento apuesta por un drama en el que la música y Pina Bausch y el baile acompañan y hacen crecer a la protagonista. Es sencilla, emotiva; se mueve mejor entre los silencios y los gestos que con las palabras. Los personajes secundarios se diluyen; sólo tienen fuerza la protagonista y su madre: dos actrices no profesionales. Y el paisaje, omnipresente, duro, terrible y hermoso, y el sonido y la música.

Footballinfinit tiene una apariencia ligera; el protagonista es un tipo excéntrico al que le gustaría cambiar la historia del fútbol. 

En realidad, sabemos que es un tipo encantador, pero condenado al fracaso desde el principio. Sin embargo, en un giro final, con ayuda, simplemente, de una voz en off y la imagen de una carretera vacía, se insinúa que tras lo que hemos visto había algo más: libertad, sueños, seguridad, deficiencias de un sistema, de unas reglas de juego. Sugiere, insinúa...


Contemplo a última hora de la tarde frente al Museo de la Topografía del terror, en el que se exponen fotografías del horror nazi, las ruinas del antiguo cuartel de la Gestapo y las S.S. A unos metros, restos del muro de Berlín. Es un lugar para el recuerdo, de los muchos que he visto en los países que he visitado: Argentina, Japón, Estados Unidos, Alemania, pero esa necesidad de recordar, de no olvidar, no se aparece con tanta claridad en todos los sitios. Algunos recuerdan a medias y optan por mirar a otro lado. España es uno de esos sitios. Se prefiere una memoria parcial a otra completa; por eso, hay dos Españas. Y las seguirá habiendo, porque no hay interés en que cambie...


Experimentales y documentales puros.

Los dos ejemplos de experimentación son valientes y, al mismo tiempo, condenados a que sólo los vean los amantes de estas propuestas alternativas. Aún así, son estas apuestas las que renuevan el cine. Siempre lo han hecho.

Notes on an apperance es atractivo por los aspectos formales: guiños metalingüísticos, uso de diferentes formatos como el vídeo casero, los recortes de periódico, el diario, planificación simple, incluso algo desaliñada. Te fijas más en esos detalles visuales, como ocurre con la conversación escuchada en off, mientras vemos cómo se llena la mesa de una cafetería con los objetos que utilizan las protagonistas de ese diálogo. O los mapas o dibujos que resumen los viajes de los personajes. O los planos fijos en las calles de Nueva York. El contenido no es más que una excusa para utilizar todos esos recursos.


The green fog es un juego metalinguïstico; parte de la historia de Vértigo, contada escena por escena, pero sólo utiliza en todo el metraje uno de sus planos. Para el resto aprovecha los planos de decenas de otras películas. Una demostración de montaje asombrosa con muchos guiños a los cinéfilos. Te obliga a llegar a una reflexión: si las películas que recordamos no son más que trozos a los que damos sentido, cuando los integramos en una narración, aunque no formen parte del mismo conjunto.

Los dos documentales puros tratan temas candentes. El Dorado habla de la inmigración ilegal.



El silencio de los otros se interesa por el robo de bebés, la memoria histórica, la transición española fallida. Ganó el premio del Público de la sección Panorama; lo entiendo, porque en la sesión que vi la mitad del público se levantó y aplaudió a los dos directores durante un minuto.

Estos dos documentales, que podríamos llamar tradicionales, adolecen del mismo defecto: buscan un espectador televisivo, desean a un público amplio. No es una decisión errónea, pero cinematograficamente no aportan nada nuevo. Me recuerda mucho al estilo del programa Salvados y, también, a sus objetivos. Denuncia social, pero no vayamos demasiado lejos, porque me podría quedar sin trabajo. Progresismo bienintencionado y, en el fondo, muy cobarde, asumible y aceptable para los que dirigen el mundo. No les hará daño. Y los espectadores de estos productos... Nada cambiará; nos irritará y, al día siguiente, seguiremos igual. Alguno pensará que ha mejorado algo y se ha transformado un poquito su realidad; en el fondo, sólo se habrá calmado su mala conciencia.

Me gusta en el Dorado que establezca, como una especie de ligazón o rima a lo largo de la narración, la historia de la niña italiana que él conoció, de pequeño, cuando ella tuvo que huir, al ser judía, a la Suiza de los años cuarenta del pasado siglo. Es un recuerdo sincero con fotografías en blanco y negro que encajan muy bien; le aporta una elegancia y una originalidad de la que carece el resto. Denuncia que gustará a los progresistas, les hará meditar sobre la injusticia del sistema, para, a continuación, olvidar que el tomate que mastican, en la comida o en la cena, ellos lo han comprado más barato porque los inmigrantes que lo han sacado de la tierra trabajaron por una miseria. Hipocresía o, simplemente, nuestras contradicciones.

En el silencio de los otros hay buenas ideas. Por ejemplo, mostrar que Aznar, Rajoy y Felipe VI nos cuentan las mismas mentiras y pertenecen a la misma élite es algo que podría llevarles a la cárcel a sus directores, tal como están las cosas.

Es posible que si la venden en España, censuren esa secuencia. Las dos abuelas que quieren recuperar la memoria de sus padres, desenterrarlos de fosas comunes, más de ochenta años después, son de una fortaleza y una dignidad que merecerían mejor suerte. Es muy didáctica; nos cuenta que la ley de Amnistía favoreció más a los herederos del franquismo que a sus rivales políticos. Y que olvidó a miles de personas que aún hoy tienen a sus familiares en fosas comunes, porque, como bien se dice, “en el pueblo el alcalde, la guardia civil, el empresario no cambiaron del franquismo a la democracia. Eran las mismas personas, los que mataron a mi madre...”. 

Y no pidieron perdón y ellos y sus herederos ponen trabas para desenterrar a los muertos. Se soslayan aspectos: se torturó en democracia, no sólo hasta el 77; los socialistas asumieron el discurso de la derecha española; los jueces son parte del problema. La herida no se cierra; y no se cerrará, porque en los vencedores y sus herederos sólo caben la humillación del otro y la soberbia propia.


Julián, el de los ojos dulces: Julian, sweeteyes. Así aparece su nombre en el móvil de una chica colombiana que se encuentra delante de mí, en la sala de cine. Tendrá unos treinta años; clase media-alta, antepasados europeos. Está nerviosa, mientras le espera, impaciente. Se levanta; sale fuera. Vuelven a los cinco minutos, se sientan. Ella no para de moverse. Aún queda un rato para el comienzo de la película. Ella se gira y no deja de mirarle; le escucha con atención, cuando él habla. Ríe cuando el chico, un europeo del Norte, rubio, con un buen conocimiento del español, hace un comentario divertido. Se toca el pelo, se apoya en su hombro, le besa, le coge de la mano. Hay otros momentos en que no para de hablar: está interesada en encontrar un proyecto de documental, producirlo. Le gusta agradar y, al mismo tiempo, ser el centro de atención. Las luces se apagan; de vez en cuando cuchichean, comentan alguna cosa. Él apoya su mano en la de ella que la ha dejado, sin ninguna intención, sobre su pierna derecha...

Cuando salgo del cine detengo mi mirada en algunos seres anónimos. Un chico en silla de ruedas pide limosna en el tren. Desprende a su alrededor un olor terrible, nauseabundo. Hay quien no puede soportarlo, como una chica joven, y se aleja; busca la puerta de salida. Su novio le pide más discreción en los gestos de asco que ella repite sin cesar. Pasa otro sin techo, con un periódico en la mano; y un tercero, duerme en uno de los asientos, desmadejado. Su cuerpo me recuerda al de un títere, al de un muñeco sin vida. Otros, muchos, duermen en la calle, protegidos por sacos de dormir de las bajas temperaturas de estos días. Víctimas del capitalismo...


Rarezas y joyas.

Touch me not ha ganado el Oso de Oro.



Sí me parece un documental ficción que arriesga. No tanto en el aspecto formal, sino en el contenido. Es atrevido y valiente. Habla de sexo, emociones y sobre las barreras mentales y físicas que nos hacen infelices. Lo cuenta con naturalidad y sencillez, jugando con el espectador, mostrándonos un doble espejo en el que no sólo contemplamos a los personajes elegidos, sino también a la directora y nosotros mismos. Me parece un digno Oso de Oro, aunque haya quien no le pueda gustar.



Lav Díaz también podría haberlo conseguido, pero era imposible. Hubiera ganado una película de cuatro horas, un musical extraño y provocador. Planos fijos larguísimos y el estilo de este director ya conocido por sus seguidores para hablar de represión y el asesinato y desaparición de dos de sus amigos, un poeta y una doctora, durante la dictadura filipina por grupos paramilitares. Consigue momentos emotivos y de gran fuerza visual. Quizá los más potentes que haya visto durante el festival, a pesar de su aparente sencillez formal.



Minatomachi. Descubrí a este documentalista, Soda, en Florencia, en un festival en octubre. Sigue a sus personajes intentando manipular lo menos posible. Consigue con muy poco que las personas que aparezcan nos sean cercanos, tiernos, reales, vivos. Los observa con cariño, sin juzgarlos. No quiere cambiar la historia del cine; le basta con reflejar la realidad que él contempla. Y lo consigue.


Termino de escribir estas líneas en Hengelo, en la casa de mi amigo José y su esposa África, a unos kilómetros de la frontera con Alemania, en Holanda. Es lunes. He estado muy a gusto con él, a solas, este fin de semana; se dice gezellig en holandés. Me ha llevado por los lugares de su infancia; donde sus padres, como los míos en Italia o Suiza, trabajaron para regresar algún día a España. Y ahora son él y su mujer, los inmigrantes. Y su hija Gabriela.
El padre de José está en estos momentos en el hospital de Móstoles, el lugar que compartimos durante nuestra juventud; tiene 82 años y se recupera de un infarto intestinal. José quiere estar con él, abrazarle, cogerle de la mano, animarle para que no se rinda y siga viviendo. También está lejos de su mujer y de su niña. Desde hace tres semanas las dos se encuentran en España; ella quiere terminar su doctorado. José, aunque, como todo solitario -y él también lo es, al igual que yo- disfrute estando solo, en su casa, tranquilo, relajado, los echa de menos. Así que se ha marchado. Me ha dejado las llaves de su casa.

La temperatura no baja de un grado bajo cero; el cielo está despejado. De vez en cuando, se acerca una nube, nieva, pero no consigue cuajar.

Aquí, lejos de mi casa, he soñado con mis padres; he soñado que volvía a una clase de instituto; he soñado que me subía a una bici y me dejaba llevar; he soñado que volvia a ser un niño...


jueves, 15 de febrero de 2018

LA ENFERMEDAD DEL DOMINGO




Conocí a Ramón Salazar en la ECAM, en el primer año de un curso de guion. Éramos una clase de diez o doce alumnos, unos privilegiados, porque teníamos la oportunidad de entrar en el mundo del cine. Yo la desaproveché o no estaba preparado. ¡Quién sabe!

Sin embargo, Ramón tenía un objetivo claro. Era un tipo que sabía lo que quería. Le gustaba ser el centro de atención, demostrar su talento, contarnos su mundo interior y decirnos con sus gestos y palabras que era el más interesante de todos los que estábamos allí. Lo era; las historias que nos leyó durante esas sesiones eran bastante atractivas y originales. Te encontrabas ante un gran manipulador que medía los tiempos; también sabía quién le podía ayudar para conseguir su objetivo: ser director de cine y quién no. Interpretaba un papel, el de rebelde al sistema, -que en esos momentos representaba Méndez Leite, el director de entonces en la ECAM-, y lo hacía muy bien. En el fondo, tenía mucho más de trepa, porque no ponía en tela de juicio las reglas de juego. Es de esos tipos que, en el momento de la verdad, aunque parezca un rebelde, apoyará al poderoso para proteger sus intereses. Eso sí, con muchísimo talento.

Por supuesto, cuando no pude pasar al segundo año, dejé de verle. Yo no era muy interesante para lo que él pretendía. Él consiguió los contactos adecuados y llegó a ser director. Lo es. Sabe hacerlo y muy bien. Lo demostró con una estética pseudoalmodovariana en Piedras Veinte centímetros. Ganó numerosos premios; se convirtió en una nueva promesa. Y, de repente, algo sucedió. ¿Descubrió las mentiras de la industria? Es posible que empezara a encontrarse con puertas cerradas o sufriera una profunda crisis interior o tal vez ambas cosas. Y tuvo que cambiar el registro. Y Ramón Salazar puede ser muchas cosas, pero es un tipo muy inteligente. Se adaptó. Diez años después rodó con muy pocos medios 10.000 noches a ninguna parte. Cuatro años después ha convencido a dos grandes actrices para hacer La enfermedad del domingo. 

Ramón Salazar ha madurado. Sí, todos lo hemos hecho. A los veinte años tendría más vanidad; la cresta sería más alta. Hoy habrá aprendido con los golpes a mirar con más humildad, pero hay aspectos en los que no cambiamos. Hace veinte años yo tenía virtudes y defectos de los que no he podido librarme. Él, tampoco.

Es una buena película esta, La enfermedad del domingo, que estrenará en una semana y que se verá en Berlín. Asistí al preestreno este martes.

Tiene grandes cualidades porque Ramón Salazar, como hace veinte años, cuando le conocí, es un director con talento. Sabe contar una historia, llevarla a su terreno, elegir con inteligencia a sus actrices, dejarlas hacer, tratarlas con respeto. Todo eso es cierto. Barbara Lennie y Susi Sánchez están magníficas y estoy seguro que es también gracias a él. La historia te atrapa; logra, sobre todo al principio, provocarte inquietud, desasosiego.

Y, sin embargo, al final, no logró emocionarme. Tiene un defecto, que, curiosamente, es su mayor virtud. Ramón sabe que es original, que tiene un mundo propio; no ignora su talento. Y, a veces, necesita demostrárnoslo. Su esteticismo -ha pasado de la rebeldía y la falsa espontaneidad de sus primeras películas a un sobrio clasicismo- me aleja. No logra conmoverme. Hay frialdad en su mirada, una enorme distancia, aunque pretenda, como lo hacía hace veinte años, contarnos sus emociones más sinceras. Representa un papel. En eso no ha cambiado.

Pasan veinte años y, aunque maduramos, no dejamos de ser quiénes somos. Ni lo dejaremos de ser, para bien o para mal.


miércoles, 10 de enero de 2018

MUJERES SUPERVIVIENTES


Me encuentro ante los testimonios de tres mujeres. Podría mencionar también la Suite francesa de Iréne Némirovsky, pero, en este caso, es un obra literaria, una creación de ficción, aunque tenga un importante valor documental; así que entraría, por tanto, en una categoría distinta.

¿Qué tienen en común estas tres obras redescubiertas, al igual que la de Némirovsky, a principios de este siglo, más de cincuenta años después de que fueran escritas: el diario de Hèlene Berr, la odisea de Françoise Frenkel y las anotaciones de una mujer alemana en el Berlín arrasado y ocupado por los rusos?

En primer lugar, es una visión femenina. Son mujeres quienes hablan y encuentran en el diario el formato adecuado para expresar lo que ven a su alrededor. Eso les proporciona una gran libertad. No están obligadas a contentar a nadie ni ocultan nada. Son, además, una voz diferente. Nos cuentan el día a día, la vida cotidiana.

Las tres tienen una gran capacidad de observación y no se contentan con unas pocas anécdotas y una mirada de soslayo; saben ver más allá, reflexionan, se preguntan sobre su propia condición y la de la sociedad en la que viven, la que surgirá después del horror. Son pesimistas -es inevitable- y, aún así, se agarran a la vida con todas sus fuerzas.

El muestrario de personajes que nos presentan las tres es muy variado. Los seres humanos, en circunstancias límite, podemos ser solidarios, y también egoístas. Unos colaboran con el mal por ignorancia; otros, para justificarse. La mayoría miran a otro lado para salvar el pellejo. Las tres tratan con gente así. En realidad, no hay héroes; sólo supervivientes. No es una visión luminosa, sino oscura.

Hèlene nos recuerda a Anna Frank. Murió como ella, en Bergen Belsen, poco antes de que llegaran los rusos. El testimonio de Hèlene sólo se publicó a principios de este siglo. Anna Frank aún es una adolescente que sueña. Hèlene, más madura, con más años, intuye que no volverá a ver a su prometido y le deja una especie de testamento que él leerá, cuando desembarque con los aliados. Y es con esas palabras, gracias a ellas, por las que ha sobrevivido. Quizá de las tres es quien tiene más talento literario, más profundidad emocional, más fuerza en las ideas que expone. Hèlene es capaz de escribir una página en la que describe con ternura y placer una tarde de primavera, a las afueras de París, un pequeño atisbo de esperanza, y, reflexiona, un poco más adelante, sobre la hipocresía de una sociedad enferma que mira a otro lado. Un buen ejemplo es cuando cuenta que una mujer mayor, buena persona -¿quién no lo era?- justifica la entrega de judíos y su transporte a campos de concentración con esa frase tan conocida y tan repetida antes, ahora y siempre: "algo habrán hecho", hasta que ve, con sus propios ojos, cómo se han llevado también a una mujer y a su niño recién nacido. Y no lo entiende. Y dice por primera vez: "Eso es injusto". Hélene no puede evitar pensar para sí misma, irónica, dolida: "¿Y antes no lo era?". 

Françoise Frenkel, también judía, no tiene tanto talento, pero sabe, con muy poco, describir a las personas que encuentra en su viaje de salvación desde París hasta Suiza. Sólo necesita dos frases, un párrafo para definir una personalidad. El carácter se demuestra con los hechos. Hay quien se arriesga por salvarla; y hay quien se aprovecha de su situación. Y quienes la traicionan o delatan. En la frontera suiza, en su primer intento fallido, Françoise Frenkel transcribe una conversación que tienen los funcionarios franceses; hablan con el grupo de judíos retenidos, a los que entregarán sin miramientos en unas horas. "Al fin y al cabo, sólo tendréis que trabajar... nos complicáis la vida... ya tenemos bastante con lo nuestro... sólo pensáis en vosotros...". Buenos funcionarios que seguirían cumpliendo las ordenes, cuando lleguen los aliados y que no sentirán ningún remordimiento. Justificarse siempre será muy fácil. Lo hacemos continuamente...

Quizá el testimonio más brutal es el de la mujer anónima que escribió "Una mujer en Berlín". Tiene una gran virtud; es despiadada con lo que ve. Los hombres alemanes son impotentes; le parecen muñecos ridículos, tiernos. "Nos merecemos lo que tenemos", se dicen las mujeres entre ellas. La autora se asombra del engranaje perfecto que crearon los nazis en los campos de concentración, el que empieza a a conocer por la radio, "tan metódico...". Hay gestos de solidaridad y egoísmo que ella observa, -¡cómo no!- en la calle, en el vecindario, en las casas. Se entierra a los muertos donde se puede. El olor de un cadáver en descomposición no es dulzón, sino "un puñetazo". Sí, sin duda, lo es. Lo sé por experiencia. Ese olor, el del cuerpo de mi madre descomponiéndose, nunca lo olvidaré. Yo diría, aún más, que es una patada en el estómago. No hay otra forma de describirlo...

A los rusos los dibuja, -no a todos- como unos salvajes, aunque luego tenga hacia ellos sentimientos encontrados. Descubre que, en el fondo, más allá del primer sentimiento de venganza, -ellas sólo han sido el chivo expiatorio de los crímenes que antes cometieron "sus soldados"-, son sólo hombres, como los demás, o niños, tan torpes y manejables como lo son todos. Mantiene la frialdad cuando describe las violaciones que sufre. No se avergüenza al decir que se siente como una prostituta; no tiene más remedio para seguir adelante. Sorprenden las conversaciones entre las mujeres, la complicidad entre ellas, cuando hablan de las violaciones, los chistes para compartir ese dolor. "En cuanto empezamos a hablar nos preguntamos: -¿Cuántas veces te han violado? -Sólo una. ¿Y a ti? -Yo he perdido la cuenta... El humor no impide que tenga algún tic obsesivo, después de ser violada por un ruso... "me gustaría frotar muy fuerte mi piel con jabón ... quizá así me sentiría mejor". O tras su primer violación doble confiesa a sus vecinos. "Estoy viva, ¿no? Todo pasa...". 

El hambre es su primera preocupación. Y la primera regla es seguir viva. El novio, que vuelve del frente, cuando la situación se está normalizando, no la entiende. "Todas habéis perdido la vergüenza". Sí, con la vergûenza no se come. Se siente helada, cuando él le abraza por primera vez, tras mucho tiempo.

Hay quien se suicida; hay quien se hunde en la depresión. Ella, no. Se sube al primer tren y al primer tranvía, al mes de terminar la guerra. Y lo disfruta. Se echa en la terraza y siente en su piel el calor del sol.

"Yo sólo sé que quiero sobrevivir...".

Y lo hizo. No hay nada más que añadir...


domingo, 7 de enero de 2018

RECUERDOS


No sé cuál fue la palabra que me impulsó a llevarme este libro de la biblioteca. ¿Sería "Miguel Hernández" o "viuda". No, no lo creo. Entonces, sería "Recuerdos". Hasta es posible que lo que me atrajera del libro fuera, más bien, esta fotografía de estudio que aparece en la portada...


Me recordaba a otras que tengo en los álbumes de mi tía-abuela Regina o de mi abuelo, hechas seguramente en la misma época, en los años treinta o cuarenta del siglo pasado.

Por supuesto, uno espera que le hablen de Miguel Hernández y sí, aparece él también, pero el que conoció Josefina, su esposa. ¿Fue el único Miguel Hernández que existió? No, claro. Ella no trató tanto con el intelectual, ni con el que viajaba a Rusia o participaba en los homenajes o lecturas en Madrid o Barcelona, pero sí conoció al Miguel Hernández más cercano, el que se moría, en una enfermería de la cárcel de Alicante, echando de menos a su hijo, o con los pies negros, heraldo de la muerte; el que caminaba o iba en bici o volvía a casa, después de sus viajes por España, durante la guerra civil, con una sonrisa en los labios; el que no podía alejarse de su Orihuela natal. Y en este libro, esta mujer, sobre todo, habla de su tierra y de su gente, que era la suya, la de ambos.

No es una intelectual ni una mujer cultivada ni tiene un estilo literario inolvidable y personal. No lo pretende. En realidad, es una sucesión de anécdotas y recuerdos deslavazados, sin una idea que los aglutine, pero esa es quizá su virtud. No hace juicios de valor ni busca moralejas o aprendizajes que nos hagan mejores, a ella o a nosotros, sus lectores. Sólo nos ofrece su testimonio: el de una mujer corriente. Y el de una época en la que la gente moría por enfermedades de las que hoy sólo conocemos el nombre, o en la que todas las familias enterraban a uno, dos o tres recién nacidos que no llegaban al año. Podría haberlo escrito mi abuela o cualquiera de mis tías-abuelas. ¿No perdieron también mis bisabuelos a tres niños de los que sólo quedan sus nombres y nada más, en un documento parroquial? ¿Rosa, otra de mis tías-abuelas, o mi propia abuela no perdieron también a algunos de sus hijos, como le ocurrió a Josefina?

Josefina nos habla de sus vecinos, sobre todo los de Cox, la pobreza del día a día -cómo se quitaban los piojos, sentados en una silla, o cómo conseguían el agua, buscándola en pozos-, los rumores en los mentideros -por ejemplo, la historia de la hermana de unos curas que se casó con un tipo más joven que ella y que, al cabo del tiempo, la dejó sin el dinero de la herencia que le correspondía y, aunque sus hermanos después no querían saber nada de esta mujer, sin embargo, la otra hermana la daba de comer, sin que estos tuvieran conocimiento-, las costumbres, la vestimenta, las tradiciones, las rencillas personales, los juegos, los juguetes de los niños, las familias del pueblo y sus vicisitudes...

Pero, sobre todo, es el testimonio de una mujer sencilla. No oculta sus defectos; se la nota rencorosa con aquellos que la utilizaron o la engañaron para hacer ediciones espurias o dijeron falsedades o mencionaron datos falsos de la vida de Miguel, sin contrastar esa información con ella. Dice sus nombres y apellidos. Y lo hace a propósito. No oculta que algunos de ellos se atrevieron a llamarla analfabeta. Y no puede evitar decirlo también. También es justa con aquellos que no abandonaron al poeta o que la trataron con respeto. Sobre todo, con Vicente Aleixandre.

Aparece su timidez y su tozudez. Su pesimismo y simplicidad. Es sincera e ingenua, resentida y desconfiada. Es orgullosa -se niega a pedir favores; no va en su carácter-. Preocupada por el qué dirán. En todos estos rasgos o en casi todos, se nota que fue muy diferente a su marido, al poeta. Y ella es consciente.

Cuenta que en una ocasión se avergonzó de Miguel, porque acababa de comprarse un par de alpargatas, un calzado de labriego, por entonces, y no lo ocultaba; incluso los llevaba atados a la espalda para que todo el mundo lo viera, -ser sirvienta, por ejemplo, según cuenta, también era un desdoro; trabajó, años después, para sobrevivir, cosiendo vestidos para una tienda y sus propietarias decían que los vestidos venían de la capital o de París, aunque era ella quien los hacía; así que tenía que ocultarse y esconderse, mientras los cosía-.

Volvamos a la anécdota con Miguel. Josefina, enfadada, se niega a pasear con él, se separan y, al final, van a casa de su madre, cada uno por su lado. Ella llega antes y, cuando ve que Miguel se está acercando a la casa, el poeta se cruza con un amigo y se entretiene un rato con él. Los dos hombres bromean y ríen. Miguel parece haberse olvidado de la rencilla. No hay ningún comentario por parte de Josefina; pasa sin solución de continuidad a otra anécdota, aunque uno imagina que ella piensa: "Yo era así y él era así. Ya está". En realidad, estos detalles la hacen más humana.

Sueña con él. Y lo abraza en sueños. Y escucha su risa. Y vislumbra a Miguel, escribiendo a máquina. Y se le acerca por detrás. Y ríen juntos. Y le gustaría no despertarse.

Creyendo morir, veinte años antes de que ocurriera, se tumba en la cama, con los brazos en cruz, sobre el pecho, para facilitarle el trabajo al enterrador. Una noche en la que su hijo se había ido a Madrid, se despierta de una pesadilla y mira debajo de la cama; tiene miedo de que se la lleven. Nos cuenta la primera vez que cocinó para su marido, preocupada porque no le saliera bien el guiso que preparaba, o describe la casa donde vivió con el suelo de tierra, sin agua, electricidad, o la muerte de una cabrita a la que cuidó, aplastada por unos niños, unos salvajes, que, en cambio, cuando sean mayores, irán todos juntos, cada año, al cementerio y llevarán flores a la tumba de su madre; detesta los toros con un comentario que hoy podría ser considerado incitación al odio "si le pasa algo al torero, se lo ha buscado, por hacer daño a un pobre animal" o cómo le contaron a Josefina el asesinato de su padre a manos de unos milicianos anarquistas, narrado, tanto una anécdota como la otra, con la misma sencillez, sin detalles superfluos.

A veces tenía la sensación que Críspula -a la que tanto se parece Josefina- o Regina o Riánsares o Rosa, cualquiera de mis tías-abuelas, me estaba contando estos recuerdos.

Hay un momento en que Josefina habla de la educación de sus padres; que en la mesa no se podía chistar y que el padre era respetado y te pegaba sin miramientos. O cuando su padre le enseña a leer y a sumar y a restar. Estoy viendo a Regina, cuando una tarde de invierno, me lo contó, con esas mismas palabras, casi...

Es el testimonio de una mujer sencilla. Y de una época. Parece lejana, pero quizá no lo estemos tanto...