viernes, 6 de mayo de 2016

A TODOS LOS DIOSES DE ROMA. NUEVE DÍAS EN ROMA. DÍAS 4 Y 5.


I

22 de abril de 2016

Noto vibraciones en la habitación. ¿Será la resaca por la borrachera de anoche? ¿La reminiscencia de un sueño erótico nocturno o por una noche loca con una mujer de bandera?

No, no es nada de eso. Ni bebo tanto ni mis sueños son tan interesantes. Y de conquistas, mejor pasemos un tupido velo por el asunto.

No puedo asegurarlo, pero debe ser el metro. Las obras de la línea C se hacen eternas. Sólo hay dos líneas de metro, porque en cuanto las excavadoras levantan un poco de terreno, se encuentran con piedras de incalculable valor arqueológico y todo se paraliza y hay que volver a planificar un nuevo recorrido.

Me ducho y desayuno. En dos paradas estoy frente a las ruinas de las termas de Caracalla. Se alzan como un esqueleto, orgulloso, gallardo. Caracalla quiso pasar a la posteridad levantando un monumento público del que disfrutaron generaciones. Sus termas responden al planteamiento convencional: los baños fríos, templados, calientes. Y espacios para el ocio: bibliotecas, saunas, jardines...

                                                      


Caracalla asesinó a su hermano delante de su madre. Fue brutal y despiadado. Eran tiempos duros, que requerían de mano de hierro para mantenerse en el poder. No le sirvió de mucho; se granjeó poderosos enemigos, incluso, en el ejército. Su asesinato estuvo a la altura de sus crímenes; mientras hacía sus necesidades, -no hay muerte más humillante que la que tuvo- un hombre de su guardia, probablemente pagado por los verdaderos conspiradores, lo apuñaló. A continuación, mataron al asesino con una jabalina, cuando intentaba huir. Una conspiración en toda regla, vamos. Como Kennedy y Lee Harvey Oswald.

Las cornejas, los cuervos levantan el vuelo entre las cúpulas y los arcos que han sobrevivido al paso del tiempo. Las lagartijas encuentran un escondite entre los huecos y las junturas. El ruido del tráfico, a lo lejos, de un viernes por la mañana.

Hoy quiero ir al campo. Y sí, con que camines un rato sales de Roma y retornas a las viejas raíces en las que Roma se fundó. Tal como Cincinato la conoció. O casi...

Salgo del caos circulatorio. Para dirigirte a la Vía Appia Antica debes superar un cruce. Los semáforos ayudan; que la luz verde sólo dure cinco segundos, no tanto. Tras hacerte una buena carrera y demostrarte a ti mismo unas dotes de atleta que desconocías, encaminas tus pasos hacia la puerta de San Sebastián. Dudas en esperar al autobús 118. Tarda demasiado tiempo y aún eres joven y con buena disposición para el esfuerzo físico; tu ánimo ha decidido: ¡Viva el camino!

El día acompaña. El tiempo es primaveral. En sombra, una ligera brisa. Bajo el sol, un picorcillo alegre. A un lado y a otro, fincas o chalets de personajes influyentes. El Mausoleo de los Escipiones como único reclamo turístico.

La puerta de San Sebastián te devuelve a la Via Appia Antica. Hay un grupo numeroso de alumnos, acompañado de cuatro profesores. Parecen dispuestos a caminar.

El primer tramo no es muy alentador. La frecuencia del tráfico es muy alta. Y el espacio para el peatón, escaso. Vamos en fila de a uno. Como mi ritmo es más animado que el de estos muchachos, tengo que estar atento cuando los adelanto a los coches que me vienen de frente. Caminar exige estar con todos los sentidos alerta.

Llegamos al lugar donde Jesús le dijo a Pedro: Quo vadis? Es un cruce de caminos. Probablemente lo fue hace dos mil años. La Vía Appia continúa por la izquierda. La carretera se estrecha; la acera, también. Mi constitución -soy bastante delgado- permite que sobreviva a los carros con motor; el caminante atisba la salvación. Uno no sabe cómo ha llegado a la primera parada del recorrido: las catacumbas de San Calixto.

Lo tienen muy bien organizado. Hay visitas guiadas en italiano, español, alemán, francés. Elijo la de italiano; tengo que practicar. El grupo lo formamos tres amigos de Perugia, un servidor y un grupo de alumnos de Bachillerato de Ciencias de Siena. El recorrido es rápido. Nos detenemos puntualmente en alguna tumba o capilla. La guía se para ante una lápida escrita en latín. Los estudiantes no tienen ni idea de latín. La guía lo intenta.

- Esto es nominativo. Y esto es dativo. Números romanos seguido de annis. Entonces, ¿cómo se traduce?... Bene merenti, que significa...

Silencio. Los chicos italianos de Ciencias no saben latín. Estamos perdidos...

A unos metros están las catacumbas de San Sebastián. Mucho menos interesantes. Destaca un cenotafio subterráneo, construido por un senador para toda su familia, incluidos sus libertos.

La carretera se acabó. Encontraré algún coche que se cuela -dos turistas se hacen una fotografía, subidos a un coche; siempre podrán decir que “caminaron” por la Vía Appia-, pero a partir de este momento, el camino es peatonal. Sólo me cruzaré con ciclistas y parejas de caminantes.



A un lado y a otro vas encontrando lugares en los que detener tu mirada. El circo de Majencio y la tumba que construyó para su hijo Rómulo. La tumba de Cecilia Metella. La tumba de los Veti.

                                                 

Hay zonas más restauradas, con baldosas, colocadas como si no hubiera pasado el tiempo por ellas. Otras torturan tus maltrechos pies.


La Villa Quintili o de Cómodo será la parada final. Cómodo se enamoró de la villa y se la “compró” a sus propietarios. Comprar es una forma sutil de decir que se la quitó. 





Cómodo, sin duda, sabía cómo convencer a la gente. Parece que en verano disfrutaba de las ventajas que le ofrecía vivir lejos de Roma y que allí entrenaba con gladiadores -una de sus grandes pasiones-.

Cuando salgo de la villa, me encuentro con un grupo numeroso de cabras. ¿No querías ir al campo? Pues, aquí lo tienes. 

                                                

Un pastor alemán surge de repente en el horizonte y empieza a perseguirlas; al principio, pienso que es el perro del pastor o pastora que aparecerá de repente con su flauta en la mano, pero no... pronto escucho la voz de su propietario, llamándole insistentemente. El pastor alemán se obsesiona con una cabrita; al final, la deja escapar y obedece la voz de su amo. La cabra se queda quieta, mirándole, mientras se marcha. Las otras se han alejado de la Vía Appia. La cabrita, sola, descolgada, vuelve con sus compañeras.

Vuelvo a verlo más tarde. El propietario, que aprovecha para hacer footing. El pastor alemán abriendo el camino. Y otro perrito, más lanudo, con la lengua fuera, intentando no perderlos de vista.

La vuelta a la ciudad es más cansada. Una siesta y una ducha siempre es de agradecer, después de una ardua caminata.

Promocionan una fiesta de la Naturaleza en Villa Giulia. Hago una escapada. Encuentro tenderetes con comida y bebida vegetariana y un concierto de pop. Todo muy políticamente correcto. Me aburre; así que prefiero pasear por Roma.

Ya es de noche.

En Vía del Corso me cruzo con parejas que han hecho sus compras. Ellas, con las bolsas de tiendas de marca, apoyándose en los brazos de sus compañeros.

Un indigente me dice que quiere enseñarme algo. Se lo agradezco, pero rechazo su oferta. ¿Qué querría mostrarme? Siempre me quedará la duda...

Rastros del pasado. La sede del PCI, Partido Comunista Italiano, ahora pertenece a la coalición de izquierdas que detenta el poder. Gramsci sustituido por Renzi; es la música de nuestros tiempos.



Sólo queda una placa que lo recuerda.

En la antigua Suburra el ambiente nocturno está en su punto álgido. Parece una zona de marcha. Vendedores ambulantes meditan en las escaleras sobre el sentido de la existencia. Un tipo duerme su borrachera, apoyado en la barandilla.

Vuelvo a notar las vibraciones en la habitación. Cierro los ojos...


II.

...Llegamos a la cúpula, el tercer nivel del espacio interior, el elemento que distingue al Panteón.

Se compone de cinco filas de casetones, que decrecen a medida que se acercan al punto más alto, el centro, donde encuentran un óculo de nueve metros de diámetro. Se piensa que estarían forrados de bronce.

En el exterior se arranca desde una sobreelevación del muro con siete anillos superpuestos. El primer anillo debía estar cubierto de mármol; el resto, con bronce, perdido a excepción de la zona del óculo.

¿Cómo se sostiene la cúpula? Hay varios elementos arquitectónicos que lo explican.

En primer lugar, los muros de opera latericia, -hormigón y ladrillos- ocultos en un primer nivel tras los nichos, pero que cumplen una función más importante, la de sostener el peso de la cúpula a través de arcos de descarga, visibles en la parte posterior del edificio en la actualidad.

Por otro lado, los anillos están construídos de manera parcial y sucesiva, sosteniendo cada uno de ellos al otro. Y la abertura de casetones, los nichos, las ventanas e, incluso, el óculo, además de su aparente función decorativa -aunque se hayan perdido con el paso del tiempo los elementos que los integraban- aligeraban el peso de los anillos.

El material utilizado también tiene su importancia. Hormigón, tufo y escoria volcánica. Es un hormigón mezclado con agua y los elementos señalados. Eso permitía más resistencia y más porosidad al ser mezclado con otros materiales. Se disminuyó el espesor utilizando piedra pómez en lugar de la piedra travertina más pesada y, para concluir, se reduce el peso de los materiales de manera progresiva desde la base hasta el óculo.

Son procedimientos que se utilizaban ya en los edificios termales de la época y que los ingenieros romanos habían aprendido tras largos siglos de experiencia constructiva. Es Adriano quien toma la decisión de que se utilicen por primera vez en la construcción de un templo.


III.

Una noche.

El sueño es ligero; no logro que sea continuo y profundo.

Tu respiración es un leve parpadeo, un hilo fino que se rompe, se diluye. Una ligera punzada cerca del corazón. Imágenes que se evaporan. Aire que se escapa. Susurros. Oscuridad intuída a través de la luz.

Amanece. La vida sigue, continúas vivo...


IV.

23 de abril de 2016.

Para llegar a Villa Adriana, has de subir al metro y a un autobús interurbano; me deja a unos diez minutos de la entrada.

Hoy es un día nuboso; amenaza lluvia. Invita a la nostalgia. Muy apropiado, porque las ruinas de la Villa de Adriano son las ruinas de un tiempo perdido, desaparecido, aniquilado...

Adriano eligió bien el lugar, cerca de las montañas, lejos de los conflictos de una Roma que le despreciaba.

Han descubierto recientemente un complejo constituido por templos y pórticos. Parecen ligados a Antinoo y su culto.

El Canopo es el límite. Más allá, se encuentra la zona que Adriano concedió y reservó para su esposa, Sabina. No se puede visitar; es propiedad privada.



A un lado y otro del Canopo, me fijo en una chica que se hace selfies. Y en un chico, que se sienta y reflexiona sobre la caducidad del mundo. O eso parece.

Recorro los espacios que Adriano levantó como homenaje a lo que más amaba y que no pudo ver terminar. Teatro, termas, habitaciones privadas, salones de recepción, bibliotecas... 

                                                 

Una ciudad construida a su medida, aislada de todo y de todos. Le imaginamos caminando por las noches. Un viejo solitario, acercándose a la muerte, asumiéndola con entereza y desesperación.

Unas gotas de lluvia caen al salir de Villa Adriana.

De camino decido visitar Santa Constanza. Como Santa Agnese ambas iglesias están vinculadas a la figura de Constantino y su madre. La iglesia está abierta; coincido con un duelo y una misa en memoria de un fallecido. Ropas negras, rostros serios y meditabundos. Un mosaico brillante que promete la resurreción de los muertos y un juicio final a todos los hombres.

El Museo Nacional Romano es una delicia. No sólo te ofrece escultura -encuentras las mejores aportaciones y copias de época romana-, o mosaico. Además en la planta segunda tienes la mejor pintura parietal que se ha podido conservar.

Por supuesto, entre las esculturas, están Augusto como Pontífice Máximo o una copia del Discóbolo o Níobide moribunda. Prefiero una Musa con el hombro al descubierto o una koré que lleva un peplo muy sugerente.

                                     

De la pintura destacan los de la Villa de Livia. La Naturaleza en su faceta más delicada y elegante.

Que también aparece en una tumba en la zona del Vaticano.

                                                


Más variadad temática observamos en las que se encontraron en la Villa de la Farnesina; son de una riqueza sorprendente. Se piensa que pudo ser una residencia de verano de Augusto y su familia en la zona del Trastevere.


Las dos son reconstrucciones que aprovechan un amplio espacio para acercarnos, aunque sólo sea de manera tímida, lo que pudieron ver los romanos que la visitaron o habitaron.

También podemos admirar una máscara crisoelefantina o la explicación extensa de una historia desconocida por el gran público: la de los barcos del lago Nemi, recuperados en los años 30, del fondo del lago 



-fueron verdaderos palacios flotantes para uso y disfrute del emperador Calígula, de los que se hace eco Suetonio en La vida de Calígula, XXXVII.2- y, lamentablemente, destruidos durante la segunda guerra mundial durante un bombardeo o un incendio provocado.



                        



V.

Llueve al otro lado del cristal. 
En los sueños se cuelan las gotas de lluvia: tal vez sean resquicios de felicidad. 
Las noches primaverales en Roma arrullan tu sueño.


jueves, 5 de mayo de 2016

A TODOS LOS DIOSES. NUEVE DÍAS EN ROMA. DÍA 3



21 de abril de 2016
2769 Aniversario de la fundación de Roma.

En el desayuno coincido con Tuba, una chica de Estambul. Es morena, independiente, agradable de trato. No la volveré a ver... una pena. La ayudé con la cafetera, ya que no conseguía introducir las capsulas sin que se le estropearan. Demostré una pericia sorprendente, teniendo en cuenta mi incapacidad para asuntos prácticos de esta índole.

Esperaba un día festivo. No noté menos tráfico; parecía un día laborable como cualquier otro. Y mucho más, cuando decidí dedicar esa mañana a visitar las ruinas del antiguo puerto de Roma, Ostia Antica.

Coincidía con una huelga parcial -sólo por la mañana- de transporte público en la región. Si no hubiera sido por los carteles que especificaban los servicios mínimos, y algún aviso por megafonía, ni me hubiera enterado. Las huelgas ya no golpean como las de antes; no paralizan el mundo, no detienen el engranaje del capitalismo: son inútiles.

En el tren, de camino a las ruinas, a mi lado se encuentra una pareja de franceses con un niño y una niña de unos ocho, diez años. Miran las fotografías que se acaban de hacer junto a la Pirámide de Cestio. Envían mensajes, consultan datos. La comunicación entre generaciones se establece a través de las nuevas tecnologías.

Se nos unen a la entrada grupos de alumnos de todas las edades. Cuando compro la entrada, en la taquilla, las profesoras, obligadas a esperar, lamentan las dificultades que encuentran para entrar, aunque han hecho la reserva con antelación. Algún fallo técnico de última hora. Entro sin pagar un duro con la Roma Card.

Vuelvo a Ostia Antica casi veinte años después. Desde el principio me doy cuenta de que hay más zonas excavadas en un espacio, ya de por sí, inmenso. Mosaicos, pinturas, esculturas. Zonas menos transitadas. Algunas, muy protegidas; otras, no tanto.

Tengo en la memoria las fotos que hice la última vez que vine, con la cámara analógica, una Zenit. Recorro esos mismos espacios: el teatro, el templo de Ceres, el de Augusto, el Capitolio.



Esta vez hay mucho más. Atravieso de Este a Oeste la ciudad. La Vía Ostiense, de un lado a otro de la muralla, la decumanus máxima, donde se situaban los comerciantes y vendedores. 






Un adolescente alemán sube a una pared y empieza a hacer el equilibrista; risas de sus compañeros. Miro a otro lado, sonrío.

Llego al final de la ciudad. Descubro lo que se ha interpretado como un termopolium y, junto a él, una caupona, lo que ahora llamaríamos un establecimiento de alimentos pre-cocinados y un alojamiento para viajeros agotados y exhaustos. Sin duda, bien elegido el lugar, a dos pasos de la playa donde desembarcarían los marineros y comerciantes.

                                                   


Me acerco al límite de la zona arqueológica. Una valla nos separa de la carretera. Hace dos mil años en ese mismo lugar podrías escuchar el sonido de las olas del mar. Ahora se encuentran a más de dos kilómetros.
Estoy solo. Nadie llega tan lejos. Monumentos funerarios -estamos a las afueras de Ostia Antica, no lo olvidemos- y unas termas, también muy bien situadas, para calmar y relajar a todo aquel que llegara de una larga y peligrosa travesía marítima.

Disfruto unos minutos de la soledad. 



Una ligera brisa mueve las briznas de hierba, las amapolas rojas que florecen entre las ruinas. Los motores de los automóviles se transforman en olas que rompen en la orilla. Un avión acaba de despegar del cercano aeropuerto de Fiumicino.

Vuelvo a la ciudad y a la realidad cotidiana. Nada más traspasar la puerta de la muralla, me encuentro con un grupo de alemanes que, acompañados por dos guías entran en una casa, situada en una calle lateral, paralela a la decumanus. No puedo entrar en la domus, pero curioseo por los alrededores, para saber qué hay en su interior.

Atravieso una zona sin excavar -tal vez fuera un peristilo o un jardín, por la distribución del resto de las habitaciones- y, tras rodear el edificio, al otro lado de la valla, puedo distinguir habitaciones con pinturas parietales. Conservan el color original.



Otras, a unos metros, no están tan protegidas. Puedo acercarme a ellas, incluso, tocarlas. Sentir el tacto de una pintura es un placer que los museos -me parece normal, si lo hiciéramos todos, en unos meses, no quedaría nada de las Meninas- no nos permiten. Con mucho cuidado -aunque la pintura no sea muy especial, sólo es una figura femenina, tal vez una Venus- mis dedos recorren sus formas. Es un tacto seco, árido. No es más que una pared pintada. 

                                        





Tal vez si cierras los ojos, puedes imaginarte en el interior de una habitación, un triclinium. A tu alrededor está preparado todo; el propietario aún no ha llegado y, mientras lo esperas, has empezado a recorrer con la vista el espacio al que los esclavos te han llevado.



Te has levantado; sientes curiosidad. Llegas a la Venus. La acaricias; es tan realista. Los colores te ciegan. No estás acostumbrado a colores tan chillones: rojo, amarillo...


Escuchas una voz a tu espalda.

-¿Te gusta la decoración?

Abro los ojos. No hay nadie más allí. Sólo unos gritos lejanos de niños...

Atravieso otras termas. Hay más de diez en Ostia Antica. Existía demanda, sin duda. En un pasillo, dos pinturas de aurigas, protegidas por un cristal. A su lado, una piscina; al fondo, un nacimiento de Venus.



 El calor de la conversación, el agua templada; el marinero se relaja y medita si tiene dinero suficiente para pagar a la prostituta que ejerce a dos calles. Columba -ese es su apodo-...

-¿Columba habrá subido los precios? ¿Me recordará de la última vez?

Tal vez sea un romántico nuestro marinero; o tal vez, simplemente quiera follar sin más. Dejo a nuestro joven chicuelo, aventurero en ciernes, con sus pensamientos...

                                                    


Cuanto más te acercas al Capitolio, más grupos encuentras. Una pareja de argentinos está rodando un reportaje sobre Ostía Antica. Se han subido a lo que debía ser el segundo piso de una tienda que da al Cardo, la vía que llevaba de Norte a Sur y que comunicaba el Capitolio con una zona portuaria.

                                                   

Desde esa atalaya podemos contemplar la desembocadura del Tíber. Aún hoy puedes ver barcos y algunas lanchas en ese lugar.

Me cruzo con varios grupos de niños.

En una taberna restaurada, la guía les explica, colocándose a un lado del mostrador, qué se vendían en estos establecimientos. Los niños se divierten; hasta piden un refresco. Un avituallamiento, un poco de sólido tampoco me vendría mal. La tabernera hoy no está. Tal vez otro día...



Atravieso el Capitolio. Tres niños se han adelantado al resto.
Palabras de uno de ellos; tendrá unos catorce años, serio, la mirada seca. Me sorprenden esas palabras. Se dirige a los otros dos.

- Lei parla da sola. “Ella habla sola... yo no hablo con ella... Está loca”

Me asustan no tanto las frases que ha pronunciado, sino el tono. Es de un desprecio brutal, despiadado, cortante. Sé lo que ese niño quiere decir en el fondo. “Yo no soy raro; ella lo es. Hago como si la escuchara, pero me da pena”. No es un niño el que habla; es un adulto que aparta a quien pone en peligro su supervivencia social.

Recojo de una domus -debía ser de personajes importantes de la ciudad, porque se encuentra detrás del templo a Augusto y a dos pasos de las Termas Principales- unas teselas, despegadas de un mosaico, abandonado. Son un regalo para una amiga, que colecciona piedras de viajeros. Las introduzco en el bolsillo de la chaqueta; han comenzado su viaje...

Estoy en el tren. Una madre que tendrá unos treinta años, habla por el móvil con una amiga; está muy preocupada. De pie, su conversación está llena de gestos de impotencia, ira, nervios; la voz es la de una mujer fuerte, que no encuentra salidas fáciles a los problemas que le acucian. Se queja de otra persona -no identifico si es del trabajo o un familiar-; entiendo más su situación cuando veo a su lado, sentados, junto a una mujer de cincuenta años -tal vez la abuela- a tres niños de entre uno a ocho años. Está pidiendo ayuda a gritos...

Me tomo un refrigerio frente a la pirámide de Cestio. Cestio era un panadero y decidió al estilo faraónico -Cleopatra y la victoria de Augusto sobre Egipto lo había puesto de moda- construirse una tumba a su medida. Son curiosos los relieves que describen la vida diaria del panadero. Como réplica, a la manera de una rima, a su lado se encuentra el cementerio no católico. Ahí están las tumbas de escritores románticos: las del hijo de Goethe, Keats -su nombre está escrito en el agua- Shelley, la de Gramsci....

Me enternece la tumba del hijo de Shelley. 



Dos fechas, la del nacimiento y la de su fallecimiento. Un nombre y sus dos apellidos. Hijo del poeta y de Mary Shelley, la autora de Frankestein. Murió de malaria a los tres años. Sólo es una lápida en el suelo; nada más.

Por la tarde, me apetece dar una vuelta por el centro. Hoy, por el día que es, hay entrada libre al Mercado de Trajano.

Recorro los espacios del primer centro comercial de la historia. Ahora sus tiendas son utilizadas para exposiciones de arte contemporáneo o para contarnos la historia y los descubrimientos arqueológicos del cercano foro de Augusto. Desconocía que Augusto tuviera un espacio dedicado a él, a un lado del templo de Marte Ultor, junto a los pórticos.

Un coro canta soul donde en otro tiempo venderían joyas y gemas. En el pórtico principal se nos ofrece una representación de mimos. Una pareja. El actor mueve las piernas y manos de la chica como si fuera una muñeca. ¿Tal vez es el mito de Pigmalión? Lo hacen con mucha gracia y desparpajo. Detrás del escenario esperan un grupo de chicas, vestidas como romanas. Imagino un desfile de modas o tal vez un baile. No podré verlo; he reservado una visita guiada.

Es una domus de un senador cerca del foro Trajano. En realidad son dos, aunque separadas por el muro de un palacio renacentista. Se conserva una calle romana, sin salida, e, incluso, dos columnas del antiguo templo de Trajano del que no se tenían noticias, aunque se pensaba -como así ha sido- que se encontraban bajo el edificio que actualmente ocupa el Palazzo Valentini.

Ayuda para que la visita se te haga corta que aprovechen las nuevas tecnologías -proyecciones, vídeos- que introducen más fácilmente los descubrimientos arqueológicos al gran público. Así sí es atractivo el mundo antiguo...


Tomo un fettucine -exquisito- y un tiramisú.

Aprovecho que tengo entrada libre al metro -la Roma Card la incluye- y me voy a la otra punta de Roma, al Vaticano. Es de noche. Aún recuerdo de ese primer encuentro con Roma, hace más de veinte años, cuando después de caminar un par de horas, giré en una esquina y me encontré sin esperármelo, de sopetón -iba sin mapa, me dejaba llevar sin más- la impresionante plaza de San Pedro. Eran las dos de la mañana. 



No lo he olvidado. Nunca lo olvidaré.

Camino hacia el centro: Castillo de Sant'Angelo, Piazza Navona, Panteón, columna de Trajano, foro republicano.

                                               


Me siento muy cansado. Me dejó arrastrar por Morfeo.

miércoles, 4 de mayo de 2016

A TODOS LOS DIOSES. NUEVE DÍAS EN ROMA. DÍA 2.




20 de abril de 2016

Los museos de Roma con una única excepción -los Vaticanos- son mucho más humanos, menos mastodónticos que los de otras ciudades europeas. El Louvre, el Metropolitan de Nueva York, el Museo Británico, el Prado... No puedes contenerlos entre las manos; te agobian, te saturan. Roma tiene tanto que ha decidido sabiamente distribuirlo en espacios diferentes.

No es posible contar ni ver todo lo que estos museos contienen. Necesitarías meses, tal vez, años para profundizar, comprender, disfrutar de cada uno de los detalles, de cada escultura, pintura, cerámica... Toda una vida. Y, como es de suponer, la vida es mucho más que el interior de unos museos, aunque sean tan ricos y variados como los de Roma.

Los Museos Capitolinos.

Situados en la mismísima colina Capitolina. No rechaza su pasado; lo asume. Lo convierte en una parte del mismo. Integrados en las salas encontramos las ruinas del templo de Júpiter, el de Veoive o el de Juno Moneta, sin olvidar el Tabularium.

Del templo de Júpiter sólo queda el basamento. Y, aún así, ¡qué impresión de grandeza dejan en tu retina! Era el templo del Dios de Dioses; era el símbolo del poder de Roma, del Dios que les proporcionaba el dominio del Mediterráneo. Sólo puedes imaginar la reacción de asombro y admiración que provocaría en aquellos que pudieron verlo. Y el terror que los enemigos de Roma sentirían al contemplarlo. Pensarían: Quien es capaz de construir esto, nos someterá sin compasión. Y no se equivocaban. Aunque los partos y los germanos no se amilanaran y conservaran su independencia a pesar de todo.

Del Tabularium no queda más que un largo pasillo que aprovecha todas las posibilidades arquitectónicas que Roma había aprendido de los pueblos conquistados: el arco, la bóveda, el uso del ladrillo y el mortero. Me emociona este lugar. No por lo que veo ahora, sino por lo que estuvo aquí. Documentos oficiales, pergaminos, papiros, la recopilación sistemática y continua de siglos y siglos de historia. Todo eso se ha perdido, pero estuvo allí, ocupó ese lugar. Y su presencia no ha quedado diluida por el tiempo.

Acepto que cada uno tiene sus preferencias. Algunos recordarán a sus lectores u oyentes que pueden ver a la Loba Capitolina cuyo origen etrusco se puso en duda. O a una Medusa de Bernini, que retrata a un ser humano dolorido más que a un monstruo, o los retratos de las damas de época flavia, elegantes y refinados. ¿Qué decir de esa mano inmensa de Constantino apuntando al cielo, separada del cuerpo al que perteneció? ¿Y la estatua de un Marco Aurelio en bronce, seguro, firme, conservada sólo porque los cristianos creyeron que era de Constantino?

A mí me gusta más un mosaico, sencillo en su disposición que representa una escena cotidiana: palomas que beben de una fuente. 



O la estatua encantadora de un chico que alza su pierna izquierda y la apoya sobre la derecha para quitarse, simplemente, la espina de un pie. O la del Gálata Capitolino, un bárbaro, herido de muerte, en su último gesto, digno, sereno. O la voluptuosidad de la Venus Capitolina o púdica. 

Todos ellos aspiran a captar un momento, un instante. Y lo consiguen...

Me cruzo esa mañana con muchos grupos de estudiantes. No sé si la mejor manera de enseñarles el mundo antiguo es obligarlos a hacer visitas de este tipo. Veo caras cansadas, agotadas, ajenas al espacio en el que se encuentran o a muchachos subiendo y bajando escaleras, huyendo tal vez del profesor o del guía, aprovechando el tiempo libre que les han concedido, riendo y bromeando.

Si queremos un pueblo culto, que no sea manipulado, necesitaríamos que conocieran toda la riqueza cultural que Occidente ha aportado hasta ahora. Que la historia no se olvide y que seamos conscientes del pasado del que venimos; sin embargo, a veces, pienso que es una batalla perdida. La minoría cultivada, los pocos que descubran y adquieran esa cultura, están condenados a ser sólo eso: una inmensa minoría. En las nuevas generaciones, como en las anteriores, la mayoría acabará por olvidar y enterrar el pasado. Y, con todo, hay que despertar esa sensibilidad o, al menos, intentarlo...

La Cripta Balbi es un lugar curioso, aunque sólo lo sea para apasionados por la arqueología y las excavaciones. La evolución de ese espacio a lo largo de los siglos es un buen ejemplo de lo que ha ocurrido en toda Roma. Fue un templo pagano, luego, un templo de Isis, iglesia cristiana, viviendas medievales adosadas, palacio renacentista. Restos de todas esas épocas puedes encontrarlas en ese espacio, una sucesión de estratos, mientras subes y bajas escaleras. Incluso unas canalizaciones y las trazas de un acueducto de época augústea.

El largo Argentina es una plaza abierta, abierta en canal literalmente. Es una excavación que cualquiera que pase puede contemplar al otro lado de unas vallas. Han mejorado la información con paneles explicativos y, como era de esperar, han hecho descubrimientos en estos últimos años. Los cuatro templos, uno de ellos, circular, siguen allí, con sus restauraciones.

Eso sí, hay dos cosas que no han cambiado. Julio César fue asesinado muy cerca -eso es un hecho que nadie discute-. Las fuentes -Suetonio, Plutarco- coinciden que ocurrió en un edificio anexo al pórtico de Pompeyo que ahora se encuentra debajo del Teatro Argentina. Otra son los gatos, que los romanos protegen y alimentan. Es la colonia de gatos más numerosa de Roma, aunque he visto menos que en otras visitas. O se están domesticando o están desapareciendo.

La visita diaria del Panteón. Como siempre contemplar el interior me devuelve al ritmo lento, sereno, fluido...

En la plaza de Santa María sopra Minerva está el obelisco y el elefante de Bernini, símbolo de la inteligencia y la constancia de la fe.

Santa María sopra Minerva. Antiguo templo de Minerva, diosa de la sabiduría. En el interior otros Bernini y una obra del joven Miguel Ángel. Me conmueven los restos de Santa Catalina de Siena.

El escultor ha sabido plasmar una serenidad y tranquilidad que contrasta con la dureza y el realismo que encontraré en otra tumba similar, esa misma tarde, en la iglesia de Santa María della Victoria, la de una mujer con un vestido azul, en el instante de la muerte: la boca abierta, una herida en el cuello, ojos cerrados, la corona de flores blancas. 

                                          


Es un cuerpo conservado en formol. He visto dos veces algo así: con mi padre y con mi madre. Mis labios tiemblan. No hay serenidad alguna; sólo la constatación de que algún día nuestro cuerpo llegará a ese estado. La muerte nos espera...

O el placer o el éxtasis. La Santa Teresa de Bernini, a unos pasos solamente. 



La vida y la muerte de dos mujeres, 


una junta a la otra.






Cuando contemplas pinturas con cierta parsimonia y tranquilidad, con el paso de tiempo la mirada va adquiriendo una sensibilidad que, al principio, uno pensaba que no conseguiría. Por ejemplo, si ves en una capilla o en una sala del museo Barberini a Caravaggio y, luego, en la siguiente a Lippi, descubres las diferencias, a veces, sutiles, entre el artesano y el genio. 



Un experto podría proporcionarnos elementos de juicio que nos servirían para desentrañar la técnica utilizada. Bien sabemos que no es eso lo que los separa. ¿Por qué partiendo de temas parecidos o idénticos, uno refleja sólo una visión pálida, aunque digna, de la realidad que quiere transmitir y el otro, brilla con tanta intensidad que acabas ciego y sordo y mudo. ¿Es el punto de vista, la elección de los modelos, el tratamiento de la luz, los juegos de líneas, el uso del color? Sí y no. También es algo indefinible que ningún experto podrá explicar, que nos hace disfrutar de un cuadro más allá de la técnica; el misterio del arte que nos remueve por dentro, que nos transforma sin que podamos evitarlo.

Contemplo a la Fornarina, pintada por Rafael. 



El pintor amó a esa mujer. Y esa mujer le amó. No necesitas más. La complicidad de una pareja resumida con la mirada de una mujer.  

El Palazzo Altemps es un palacio renacentista. Como suele ocurrir, uno entra en este palacio para disfrutar de su colección de arte y escultura antigua.

El Trono Ludovisi es un buen ejemplo de la elegancia del mundo griego. Lo que es posible hacer con un trozo de mármol, si tienes talento: insuflarle vida. No hay otro bajorrelieve que me emocione de tal manera.

La parte frontal representa el nacimiento de Afrodita. 



¿Qué nos queda? El rostro de Afrodita mirando a dos mujeres, las Horas, que la ayudan a levantarse, apoyándose en ellas; sus pechos, desnudos. El resto, cubierto por un lienzo. Lo que más me gusta de esta imagen en relieve es la transparencia de las telas. ¿Cómo es posible que el escultor haya sido capaz de crear unas ropas que parecen reales y nos permiten contemplar y disfrutar de las formas de los cuerpos que hay tras ellas?

Las imagenes laterales son, por un lado, la de una mujer cubierta con un velo delante de un incensario; en la otra, una flautista desnuda, con el típico aulós, y las piernas cruzadas.



Hasta los pequeños detalles me asombran; la flautista sólo lleva un peinado en forma de moño que destaca mucho más su desnudez. Además apoya su cuerpo en lo que parece un cojín. Se la nota muy relajada, como si disfrutara de una pasión, concentrada. Notas la música, fluyendo por sus venas. Escuchas la melodía. La mujer vestida, al otro lado, prepara el incienso. Se apoya en otro cojín, paralelo al de su compañera. La mirada también es concentrada; nos encontramos ante el instante, detenido en el tiempo, de dos mujeres, captado por un artista y un escultor genial.

Otra obra del Palazzo Altemps a la que siempre dedico minutos es el relieve del sarcófago Ludovisi.




La primera impresión podría confundirnos: sólo vemos guerreros, romanos y bárbaros, mezclados, en una batalla terrible. Hay que fijarse más. Esperar, mirar los detalles, uno a uno. Es un excelente ejemplo de la iconografía militar. Los romanos, cabello corto. Los bárbaros, cabellos largos y barba poblada. El protagonista, -según los expertos, tal vez alguno de los hijos del emperador Decio- en el centro de la composición, en la parte alta. Y en un espacio que no supera los dos metros de largo y el metro de alto, bárbaros y romanos. Cada uno con su propia personalidad, con la función que le corresponde. El dolor, la dignidad, la fuerza, el movimiento. Aunque sea la muerte el tema central de este relieve, ¡cuánta vitalidad hay en las formas!


El Galo Ludovisi, frente a él, encontrado en la Domus Áurea. El suicidio de un bárbaro, tras haber matado a su esposa. La dignidad del enemigo, su valor, para resaltar el nuestro.

Villa Giulia es la zona verde más importante de Roma. Entre sus árboles y mientras disfrutamos de la primavera que se acerca, a su manera, dubitativa, sin atreverse a extender el manto de color que le caracteriza, podemos visitar algunos museos. Hay uno al que nunca dejo de ir: el Etrusco.

Hay una palabra que define a este pueblo: elegancia. 


                                             


Su sonrisa, la que nos ofrecen, más allá de la muerte, es un gesto que siempre me los ha hecho muy cercanos. Los romanos aprendieron mucho de los etruscos. La religión, muchas de sus ceremonias, incluso la lucha de gladiadores, -que en un principio no dejaba de ser un sacrificio ritual o expiatorio-, el alfabeto. Grecia, antes de ser conquistada, llegó a Roma, a través de los etruscos. La Historia de los primeros siglos del que sería el gran imperio del Mediterráneo es etrusca, no romana.

Los etruscos, al menos, su clase dirigente, tenían una sensibilidad mucho más acusada que la de los duros y rígidos romanos. Se nota que disfrutaban de la vida, porque al enterrarse, dejaban un rastro en sus pinturas, en sus esculturas, del amor que sentían por ella. 

                                           


Sus dioses sonreían; ellos sonreían. La vida se terminó, pero habia valido la pena.

Al salir del museo, sigo viendo la sonrisa en una Naturaleza que se despereza, poco a poco. Me topo con otro rodaje cerca de Villa Giulia. Algunas chicas jóvenes están ya tomando el sol; no quieren esperar al verano. Se lo quieren llevar con ellas a sus casas, aunque sólo sea un trocito pequeño.

Me da tiempo a bajar hasta Termini. En el museo de lasTermas de Diocleciano, en un pórtico, dos jóvenes, un chico y una chica, tal vez estudiantes de Arte, hacen bocetos de las estatuas antiguas, colocadas en las paredes del recinto. En el museo, lápidas funerarias y alguna reconstrucción de tumbas, salvadas de la destrucción. El entorno son las ruinas, el esqueleto de uno de los espacios termales más impresionantes de la Antigüedad. Parte de su estructura, el frigidarium, aún sobrevive en la iglesia de Santa María de los Ángeles.

En la salas veo los huesos de un gato. O los monumentos funerarios de una pareja. 



La recuerdo. Captaron mi atención en una visita anterior. Juntos, contemplan la eternidad. Y lo seguirán haciendo...

Hay alguna novedad. Tienen preparada una actividad en 3D sobre la casa de Livia, la de ad Gallinas Albas. Hay que acercarse a las nuevas generaciones; una sucesión de lápidas y estatuas puede llegar a ser agotador y aburrido, incluso para alguien tan interesado como lo pueda ser yo.

Y un Conócete a tí mismo. 



De camino al restaurante, descubro una excavación cerca del foro Trajano, enfrente de la Piazza Venezia. Los arqueólogos piensan que podría ser un auditorio, construído por Adriano.

En el restaurante Antonio, cerca del Panteón, disfruto del bacón entre la salsa de los rigatoni que he pedido. Me encanta cómo cruje el bacon al masticarlo. No sé cómo lo consiguen; es una experiencia culinaria maravillosa. Me hubiera gustado completarlo con un tiramisú. No fue posible.

El sitio responde al prototipo que voy observando en los restaurantes italianos. Fotografías de actores romanos e imágenes de películas, disfrutando de comida italiana, por supuesto; alguna fotografía de Vacaciones en Roma con Audrey Hepburn no puede faltar. Aparecen en las paredes también los propietarios haciéndose fotografías con famosos, aunque la mayoría no los reconozco.

En este restaurante -en casi todos- quienes llevan la voz cantante son las mujeres. En este caso, la propietaria y una encargada. El marido, tal vez el co-propietario, se pasea entre las mesas, pero sin que haya ningún género de dudas, intuyes que si la supervivencia del negocio dependiera de él, ya habría cerrado hace tiempo. Es simpático y, me temo, también un inútil. Ellas son el alma y el motor del negocio. En general, te acogen y te tratan bien. Y disfrutas de la comida, que es lo esencial.

No puede faltar un paseo de noche por Roma. Me gusta perderme por calles poco transitadas, vacías, silenciosas. También atravieso lugares atestados de gente: Piazza del Panteón, Piazza Navona, la Fontana di Trevi -aprovecho para tirar una moneda, como debe hacerse, de espaldas, de derecha a izquierda. Y, si es posible, echando un vistazo para ver dónde ha caído-.

Llego hasta la Plaza de España. Está en obras. No puede uno subir por las escaleras y hacer como Gregory Peck, que se encuentra por casualidad a Audrey Hepburn. Habrá que dejarlo para otra ocasión. Tal vez entonces encuentre a mi Audrey Hepburn...

De vuelta al catre, asisto a una discusión entre una pareja de españoles. Sólo escucho unas cuantas palabras.

- Ni te lo crees -replica la chica.

Es morena; tiene carácter. Él, rubio, con cierta hechura, guapo, mantiene la tranquilidad; parece consciente de que ha metido la pata y quiere arreglarlo.

La chica intenta zafarse. Él se disculpa. Han bajado el tono de voz; ya no puedo escuchar sus palabras. Ella mantiene las distancias, se apoya en la pared; le atiende. El chico tendrá una oportunidad.

Ella al escuchar unas palabras, se tapa la cara. Llora. Está pidiendo que la abracen. Él se acerca con cuidado; la toca levemente en el hombro. Nota la tensión. Aún no es el momento, piensa. Continúa hablándola; palabras tranquilas. Ella se recupera; alza el rostro. Tiene los brazos cruzados, y permanece en silencio.

Los dejo en la esquina de una calle solitaria, a dos pasos de la Plaza de España. En ese espacio, dos cuerpos se escuchan. Tal vez se reconcilien...