jueves, 5 de mayo de 2016

A TODOS LOS DIOSES. NUEVE DÍAS EN ROMA. DÍA 3



21 de abril de 2016
2769 Aniversario de la fundación de Roma.

En el desayuno coincido con Tuba, una chica de Estambul. Es morena, independiente, agradable de trato. No la volveré a ver... una pena. La ayudé con la cafetera, ya que no conseguía introducir las capsulas sin que se le estropearan. Demostré una pericia sorprendente, teniendo en cuenta mi incapacidad para asuntos prácticos de esta índole.

Esperaba un día festivo. No noté menos tráfico; parecía un día laborable como cualquier otro. Y mucho más, cuando decidí dedicar esa mañana a visitar las ruinas del antiguo puerto de Roma, Ostia Antica.

Coincidía con una huelga parcial -sólo por la mañana- de transporte público en la región. Si no hubiera sido por los carteles que especificaban los servicios mínimos, y algún aviso por megafonía, ni me hubiera enterado. Las huelgas ya no golpean como las de antes; no paralizan el mundo, no detienen el engranaje del capitalismo: son inútiles.

En el tren, de camino a las ruinas, a mi lado se encuentra una pareja de franceses con un niño y una niña de unos ocho, diez años. Miran las fotografías que se acaban de hacer junto a la Pirámide de Cestio. Envían mensajes, consultan datos. La comunicación entre generaciones se establece a través de las nuevas tecnologías.

Se nos unen a la entrada grupos de alumnos de todas las edades. Cuando compro la entrada, en la taquilla, las profesoras, obligadas a esperar, lamentan las dificultades que encuentran para entrar, aunque han hecho la reserva con antelación. Algún fallo técnico de última hora. Entro sin pagar un duro con la Roma Card.

Vuelvo a Ostia Antica casi veinte años después. Desde el principio me doy cuenta de que hay más zonas excavadas en un espacio, ya de por sí, inmenso. Mosaicos, pinturas, esculturas. Zonas menos transitadas. Algunas, muy protegidas; otras, no tanto.

Tengo en la memoria las fotos que hice la última vez que vine, con la cámara analógica, una Zenit. Recorro esos mismos espacios: el teatro, el templo de Ceres, el de Augusto, el Capitolio.



Esta vez hay mucho más. Atravieso de Este a Oeste la ciudad. La Vía Ostiense, de un lado a otro de la muralla, la decumanus máxima, donde se situaban los comerciantes y vendedores. 






Un adolescente alemán sube a una pared y empieza a hacer el equilibrista; risas de sus compañeros. Miro a otro lado, sonrío.

Llego al final de la ciudad. Descubro lo que se ha interpretado como un termopolium y, junto a él, una caupona, lo que ahora llamaríamos un establecimiento de alimentos pre-cocinados y un alojamiento para viajeros agotados y exhaustos. Sin duda, bien elegido el lugar, a dos pasos de la playa donde desembarcarían los marineros y comerciantes.

                                                   


Me acerco al límite de la zona arqueológica. Una valla nos separa de la carretera. Hace dos mil años en ese mismo lugar podrías escuchar el sonido de las olas del mar. Ahora se encuentran a más de dos kilómetros.
Estoy solo. Nadie llega tan lejos. Monumentos funerarios -estamos a las afueras de Ostia Antica, no lo olvidemos- y unas termas, también muy bien situadas, para calmar y relajar a todo aquel que llegara de una larga y peligrosa travesía marítima.

Disfruto unos minutos de la soledad. 



Una ligera brisa mueve las briznas de hierba, las amapolas rojas que florecen entre las ruinas. Los motores de los automóviles se transforman en olas que rompen en la orilla. Un avión acaba de despegar del cercano aeropuerto de Fiumicino.

Vuelvo a la ciudad y a la realidad cotidiana. Nada más traspasar la puerta de la muralla, me encuentro con un grupo de alemanes que, acompañados por dos guías entran en una casa, situada en una calle lateral, paralela a la decumanus. No puedo entrar en la domus, pero curioseo por los alrededores, para saber qué hay en su interior.

Atravieso una zona sin excavar -tal vez fuera un peristilo o un jardín, por la distribución del resto de las habitaciones- y, tras rodear el edificio, al otro lado de la valla, puedo distinguir habitaciones con pinturas parietales. Conservan el color original.



Otras, a unos metros, no están tan protegidas. Puedo acercarme a ellas, incluso, tocarlas. Sentir el tacto de una pintura es un placer que los museos -me parece normal, si lo hiciéramos todos, en unos meses, no quedaría nada de las Meninas- no nos permiten. Con mucho cuidado -aunque la pintura no sea muy especial, sólo es una figura femenina, tal vez una Venus- mis dedos recorren sus formas. Es un tacto seco, árido. No es más que una pared pintada. 

                                        





Tal vez si cierras los ojos, puedes imaginarte en el interior de una habitación, un triclinium. A tu alrededor está preparado todo; el propietario aún no ha llegado y, mientras lo esperas, has empezado a recorrer con la vista el espacio al que los esclavos te han llevado.



Te has levantado; sientes curiosidad. Llegas a la Venus. La acaricias; es tan realista. Los colores te ciegan. No estás acostumbrado a colores tan chillones: rojo, amarillo...


Escuchas una voz a tu espalda.

-¿Te gusta la decoración?

Abro los ojos. No hay nadie más allí. Sólo unos gritos lejanos de niños...

Atravieso otras termas. Hay más de diez en Ostia Antica. Existía demanda, sin duda. En un pasillo, dos pinturas de aurigas, protegidas por un cristal. A su lado, una piscina; al fondo, un nacimiento de Venus.



 El calor de la conversación, el agua templada; el marinero se relaja y medita si tiene dinero suficiente para pagar a la prostituta que ejerce a dos calles. Columba -ese es su apodo-...

-¿Columba habrá subido los precios? ¿Me recordará de la última vez?

Tal vez sea un romántico nuestro marinero; o tal vez, simplemente quiera follar sin más. Dejo a nuestro joven chicuelo, aventurero en ciernes, con sus pensamientos...

                                                    


Cuanto más te acercas al Capitolio, más grupos encuentras. Una pareja de argentinos está rodando un reportaje sobre Ostía Antica. Se han subido a lo que debía ser el segundo piso de una tienda que da al Cardo, la vía que llevaba de Norte a Sur y que comunicaba el Capitolio con una zona portuaria.

                                                   

Desde esa atalaya podemos contemplar la desembocadura del Tíber. Aún hoy puedes ver barcos y algunas lanchas en ese lugar.

Me cruzo con varios grupos de niños.

En una taberna restaurada, la guía les explica, colocándose a un lado del mostrador, qué se vendían en estos establecimientos. Los niños se divierten; hasta piden un refresco. Un avituallamiento, un poco de sólido tampoco me vendría mal. La tabernera hoy no está. Tal vez otro día...



Atravieso el Capitolio. Tres niños se han adelantado al resto.
Palabras de uno de ellos; tendrá unos catorce años, serio, la mirada seca. Me sorprenden esas palabras. Se dirige a los otros dos.

- Lei parla da sola. “Ella habla sola... yo no hablo con ella... Está loca”

Me asustan no tanto las frases que ha pronunciado, sino el tono. Es de un desprecio brutal, despiadado, cortante. Sé lo que ese niño quiere decir en el fondo. “Yo no soy raro; ella lo es. Hago como si la escuchara, pero me da pena”. No es un niño el que habla; es un adulto que aparta a quien pone en peligro su supervivencia social.

Recojo de una domus -debía ser de personajes importantes de la ciudad, porque se encuentra detrás del templo a Augusto y a dos pasos de las Termas Principales- unas teselas, despegadas de un mosaico, abandonado. Son un regalo para una amiga, que colecciona piedras de viajeros. Las introduzco en el bolsillo de la chaqueta; han comenzado su viaje...

Estoy en el tren. Una madre que tendrá unos treinta años, habla por el móvil con una amiga; está muy preocupada. De pie, su conversación está llena de gestos de impotencia, ira, nervios; la voz es la de una mujer fuerte, que no encuentra salidas fáciles a los problemas que le acucian. Se queja de otra persona -no identifico si es del trabajo o un familiar-; entiendo más su situación cuando veo a su lado, sentados, junto a una mujer de cincuenta años -tal vez la abuela- a tres niños de entre uno a ocho años. Está pidiendo ayuda a gritos...

Me tomo un refrigerio frente a la pirámide de Cestio. Cestio era un panadero y decidió al estilo faraónico -Cleopatra y la victoria de Augusto sobre Egipto lo había puesto de moda- construirse una tumba a su medida. Son curiosos los relieves que describen la vida diaria del panadero. Como réplica, a la manera de una rima, a su lado se encuentra el cementerio no católico. Ahí están las tumbas de escritores románticos: las del hijo de Goethe, Keats -su nombre está escrito en el agua- Shelley, la de Gramsci....

Me enternece la tumba del hijo de Shelley. 



Dos fechas, la del nacimiento y la de su fallecimiento. Un nombre y sus dos apellidos. Hijo del poeta y de Mary Shelley, la autora de Frankestein. Murió de malaria a los tres años. Sólo es una lápida en el suelo; nada más.

Por la tarde, me apetece dar una vuelta por el centro. Hoy, por el día que es, hay entrada libre al Mercado de Trajano.

Recorro los espacios del primer centro comercial de la historia. Ahora sus tiendas son utilizadas para exposiciones de arte contemporáneo o para contarnos la historia y los descubrimientos arqueológicos del cercano foro de Augusto. Desconocía que Augusto tuviera un espacio dedicado a él, a un lado del templo de Marte Ultor, junto a los pórticos.

Un coro canta soul donde en otro tiempo venderían joyas y gemas. En el pórtico principal se nos ofrece una representación de mimos. Una pareja. El actor mueve las piernas y manos de la chica como si fuera una muñeca. ¿Tal vez es el mito de Pigmalión? Lo hacen con mucha gracia y desparpajo. Detrás del escenario esperan un grupo de chicas, vestidas como romanas. Imagino un desfile de modas o tal vez un baile. No podré verlo; he reservado una visita guiada.

Es una domus de un senador cerca del foro Trajano. En realidad son dos, aunque separadas por el muro de un palacio renacentista. Se conserva una calle romana, sin salida, e, incluso, dos columnas del antiguo templo de Trajano del que no se tenían noticias, aunque se pensaba -como así ha sido- que se encontraban bajo el edificio que actualmente ocupa el Palazzo Valentini.

Ayuda para que la visita se te haga corta que aprovechen las nuevas tecnologías -proyecciones, vídeos- que introducen más fácilmente los descubrimientos arqueológicos al gran público. Así sí es atractivo el mundo antiguo...


Tomo un fettucine -exquisito- y un tiramisú.

Aprovecho que tengo entrada libre al metro -la Roma Card la incluye- y me voy a la otra punta de Roma, al Vaticano. Es de noche. Aún recuerdo de ese primer encuentro con Roma, hace más de veinte años, cuando después de caminar un par de horas, giré en una esquina y me encontré sin esperármelo, de sopetón -iba sin mapa, me dejaba llevar sin más- la impresionante plaza de San Pedro. Eran las dos de la mañana. 



No lo he olvidado. Nunca lo olvidaré.

Camino hacia el centro: Castillo de Sant'Angelo, Piazza Navona, Panteón, columna de Trajano, foro republicano.

                                               


Me siento muy cansado. Me dejó arrastrar por Morfeo.

miércoles, 4 de mayo de 2016

A TODOS LOS DIOSES. NUEVE DÍAS EN ROMA. DÍA 2.




20 de abril de 2016

Los museos de Roma con una única excepción -los Vaticanos- son mucho más humanos, menos mastodónticos que los de otras ciudades europeas. El Louvre, el Metropolitan de Nueva York, el Museo Británico, el Prado... No puedes contenerlos entre las manos; te agobian, te saturan. Roma tiene tanto que ha decidido sabiamente distribuirlo en espacios diferentes.

No es posible contar ni ver todo lo que estos museos contienen. Necesitarías meses, tal vez, años para profundizar, comprender, disfrutar de cada uno de los detalles, de cada escultura, pintura, cerámica... Toda una vida. Y, como es de suponer, la vida es mucho más que el interior de unos museos, aunque sean tan ricos y variados como los de Roma.

Los Museos Capitolinos.

Situados en la mismísima colina Capitolina. No rechaza su pasado; lo asume. Lo convierte en una parte del mismo. Integrados en las salas encontramos las ruinas del templo de Júpiter, el de Veoive o el de Juno Moneta, sin olvidar el Tabularium.

Del templo de Júpiter sólo queda el basamento. Y, aún así, ¡qué impresión de grandeza dejan en tu retina! Era el templo del Dios de Dioses; era el símbolo del poder de Roma, del Dios que les proporcionaba el dominio del Mediterráneo. Sólo puedes imaginar la reacción de asombro y admiración que provocaría en aquellos que pudieron verlo. Y el terror que los enemigos de Roma sentirían al contemplarlo. Pensarían: Quien es capaz de construir esto, nos someterá sin compasión. Y no se equivocaban. Aunque los partos y los germanos no se amilanaran y conservaran su independencia a pesar de todo.

Del Tabularium no queda más que un largo pasillo que aprovecha todas las posibilidades arquitectónicas que Roma había aprendido de los pueblos conquistados: el arco, la bóveda, el uso del ladrillo y el mortero. Me emociona este lugar. No por lo que veo ahora, sino por lo que estuvo aquí. Documentos oficiales, pergaminos, papiros, la recopilación sistemática y continua de siglos y siglos de historia. Todo eso se ha perdido, pero estuvo allí, ocupó ese lugar. Y su presencia no ha quedado diluida por el tiempo.

Acepto que cada uno tiene sus preferencias. Algunos recordarán a sus lectores u oyentes que pueden ver a la Loba Capitolina cuyo origen etrusco se puso en duda. O a una Medusa de Bernini, que retrata a un ser humano dolorido más que a un monstruo, o los retratos de las damas de época flavia, elegantes y refinados. ¿Qué decir de esa mano inmensa de Constantino apuntando al cielo, separada del cuerpo al que perteneció? ¿Y la estatua de un Marco Aurelio en bronce, seguro, firme, conservada sólo porque los cristianos creyeron que era de Constantino?

A mí me gusta más un mosaico, sencillo en su disposición que representa una escena cotidiana: palomas que beben de una fuente. 



O la estatua encantadora de un chico que alza su pierna izquierda y la apoya sobre la derecha para quitarse, simplemente, la espina de un pie. O la del Gálata Capitolino, un bárbaro, herido de muerte, en su último gesto, digno, sereno. O la voluptuosidad de la Venus Capitolina o púdica. 

Todos ellos aspiran a captar un momento, un instante. Y lo consiguen...

Me cruzo esa mañana con muchos grupos de estudiantes. No sé si la mejor manera de enseñarles el mundo antiguo es obligarlos a hacer visitas de este tipo. Veo caras cansadas, agotadas, ajenas al espacio en el que se encuentran o a muchachos subiendo y bajando escaleras, huyendo tal vez del profesor o del guía, aprovechando el tiempo libre que les han concedido, riendo y bromeando.

Si queremos un pueblo culto, que no sea manipulado, necesitaríamos que conocieran toda la riqueza cultural que Occidente ha aportado hasta ahora. Que la historia no se olvide y que seamos conscientes del pasado del que venimos; sin embargo, a veces, pienso que es una batalla perdida. La minoría cultivada, los pocos que descubran y adquieran esa cultura, están condenados a ser sólo eso: una inmensa minoría. En las nuevas generaciones, como en las anteriores, la mayoría acabará por olvidar y enterrar el pasado. Y, con todo, hay que despertar esa sensibilidad o, al menos, intentarlo...

La Cripta Balbi es un lugar curioso, aunque sólo lo sea para apasionados por la arqueología y las excavaciones. La evolución de ese espacio a lo largo de los siglos es un buen ejemplo de lo que ha ocurrido en toda Roma. Fue un templo pagano, luego, un templo de Isis, iglesia cristiana, viviendas medievales adosadas, palacio renacentista. Restos de todas esas épocas puedes encontrarlas en ese espacio, una sucesión de estratos, mientras subes y bajas escaleras. Incluso unas canalizaciones y las trazas de un acueducto de época augústea.

El largo Argentina es una plaza abierta, abierta en canal literalmente. Es una excavación que cualquiera que pase puede contemplar al otro lado de unas vallas. Han mejorado la información con paneles explicativos y, como era de esperar, han hecho descubrimientos en estos últimos años. Los cuatro templos, uno de ellos, circular, siguen allí, con sus restauraciones.

Eso sí, hay dos cosas que no han cambiado. Julio César fue asesinado muy cerca -eso es un hecho que nadie discute-. Las fuentes -Suetonio, Plutarco- coinciden que ocurrió en un edificio anexo al pórtico de Pompeyo que ahora se encuentra debajo del Teatro Argentina. Otra son los gatos, que los romanos protegen y alimentan. Es la colonia de gatos más numerosa de Roma, aunque he visto menos que en otras visitas. O se están domesticando o están desapareciendo.

La visita diaria del Panteón. Como siempre contemplar el interior me devuelve al ritmo lento, sereno, fluido...

En la plaza de Santa María sopra Minerva está el obelisco y el elefante de Bernini, símbolo de la inteligencia y la constancia de la fe.

Santa María sopra Minerva. Antiguo templo de Minerva, diosa de la sabiduría. En el interior otros Bernini y una obra del joven Miguel Ángel. Me conmueven los restos de Santa Catalina de Siena.

El escultor ha sabido plasmar una serenidad y tranquilidad que contrasta con la dureza y el realismo que encontraré en otra tumba similar, esa misma tarde, en la iglesia de Santa María della Victoria, la de una mujer con un vestido azul, en el instante de la muerte: la boca abierta, una herida en el cuello, ojos cerrados, la corona de flores blancas. 

                                          


Es un cuerpo conservado en formol. He visto dos veces algo así: con mi padre y con mi madre. Mis labios tiemblan. No hay serenidad alguna; sólo la constatación de que algún día nuestro cuerpo llegará a ese estado. La muerte nos espera...

O el placer o el éxtasis. La Santa Teresa de Bernini, a unos pasos solamente. 



La vida y la muerte de dos mujeres, 


una junta a la otra.






Cuando contemplas pinturas con cierta parsimonia y tranquilidad, con el paso de tiempo la mirada va adquiriendo una sensibilidad que, al principio, uno pensaba que no conseguiría. Por ejemplo, si ves en una capilla o en una sala del museo Barberini a Caravaggio y, luego, en la siguiente a Lippi, descubres las diferencias, a veces, sutiles, entre el artesano y el genio. 



Un experto podría proporcionarnos elementos de juicio que nos servirían para desentrañar la técnica utilizada. Bien sabemos que no es eso lo que los separa. ¿Por qué partiendo de temas parecidos o idénticos, uno refleja sólo una visión pálida, aunque digna, de la realidad que quiere transmitir y el otro, brilla con tanta intensidad que acabas ciego y sordo y mudo. ¿Es el punto de vista, la elección de los modelos, el tratamiento de la luz, los juegos de líneas, el uso del color? Sí y no. También es algo indefinible que ningún experto podrá explicar, que nos hace disfrutar de un cuadro más allá de la técnica; el misterio del arte que nos remueve por dentro, que nos transforma sin que podamos evitarlo.

Contemplo a la Fornarina, pintada por Rafael. 



El pintor amó a esa mujer. Y esa mujer le amó. No necesitas más. La complicidad de una pareja resumida con la mirada de una mujer.  

El Palazzo Altemps es un palacio renacentista. Como suele ocurrir, uno entra en este palacio para disfrutar de su colección de arte y escultura antigua.

El Trono Ludovisi es un buen ejemplo de la elegancia del mundo griego. Lo que es posible hacer con un trozo de mármol, si tienes talento: insuflarle vida. No hay otro bajorrelieve que me emocione de tal manera.

La parte frontal representa el nacimiento de Afrodita. 



¿Qué nos queda? El rostro de Afrodita mirando a dos mujeres, las Horas, que la ayudan a levantarse, apoyándose en ellas; sus pechos, desnudos. El resto, cubierto por un lienzo. Lo que más me gusta de esta imagen en relieve es la transparencia de las telas. ¿Cómo es posible que el escultor haya sido capaz de crear unas ropas que parecen reales y nos permiten contemplar y disfrutar de las formas de los cuerpos que hay tras ellas?

Las imagenes laterales son, por un lado, la de una mujer cubierta con un velo delante de un incensario; en la otra, una flautista desnuda, con el típico aulós, y las piernas cruzadas.



Hasta los pequeños detalles me asombran; la flautista sólo lleva un peinado en forma de moño que destaca mucho más su desnudez. Además apoya su cuerpo en lo que parece un cojín. Se la nota muy relajada, como si disfrutara de una pasión, concentrada. Notas la música, fluyendo por sus venas. Escuchas la melodía. La mujer vestida, al otro lado, prepara el incienso. Se apoya en otro cojín, paralelo al de su compañera. La mirada también es concentrada; nos encontramos ante el instante, detenido en el tiempo, de dos mujeres, captado por un artista y un escultor genial.

Otra obra del Palazzo Altemps a la que siempre dedico minutos es el relieve del sarcófago Ludovisi.




La primera impresión podría confundirnos: sólo vemos guerreros, romanos y bárbaros, mezclados, en una batalla terrible. Hay que fijarse más. Esperar, mirar los detalles, uno a uno. Es un excelente ejemplo de la iconografía militar. Los romanos, cabello corto. Los bárbaros, cabellos largos y barba poblada. El protagonista, -según los expertos, tal vez alguno de los hijos del emperador Decio- en el centro de la composición, en la parte alta. Y en un espacio que no supera los dos metros de largo y el metro de alto, bárbaros y romanos. Cada uno con su propia personalidad, con la función que le corresponde. El dolor, la dignidad, la fuerza, el movimiento. Aunque sea la muerte el tema central de este relieve, ¡cuánta vitalidad hay en las formas!


El Galo Ludovisi, frente a él, encontrado en la Domus Áurea. El suicidio de un bárbaro, tras haber matado a su esposa. La dignidad del enemigo, su valor, para resaltar el nuestro.

Villa Giulia es la zona verde más importante de Roma. Entre sus árboles y mientras disfrutamos de la primavera que se acerca, a su manera, dubitativa, sin atreverse a extender el manto de color que le caracteriza, podemos visitar algunos museos. Hay uno al que nunca dejo de ir: el Etrusco.

Hay una palabra que define a este pueblo: elegancia. 


                                             


Su sonrisa, la que nos ofrecen, más allá de la muerte, es un gesto que siempre me los ha hecho muy cercanos. Los romanos aprendieron mucho de los etruscos. La religión, muchas de sus ceremonias, incluso la lucha de gladiadores, -que en un principio no dejaba de ser un sacrificio ritual o expiatorio-, el alfabeto. Grecia, antes de ser conquistada, llegó a Roma, a través de los etruscos. La Historia de los primeros siglos del que sería el gran imperio del Mediterráneo es etrusca, no romana.

Los etruscos, al menos, su clase dirigente, tenían una sensibilidad mucho más acusada que la de los duros y rígidos romanos. Se nota que disfrutaban de la vida, porque al enterrarse, dejaban un rastro en sus pinturas, en sus esculturas, del amor que sentían por ella. 

                                           


Sus dioses sonreían; ellos sonreían. La vida se terminó, pero habia valido la pena.

Al salir del museo, sigo viendo la sonrisa en una Naturaleza que se despereza, poco a poco. Me topo con otro rodaje cerca de Villa Giulia. Algunas chicas jóvenes están ya tomando el sol; no quieren esperar al verano. Se lo quieren llevar con ellas a sus casas, aunque sólo sea un trocito pequeño.

Me da tiempo a bajar hasta Termini. En el museo de lasTermas de Diocleciano, en un pórtico, dos jóvenes, un chico y una chica, tal vez estudiantes de Arte, hacen bocetos de las estatuas antiguas, colocadas en las paredes del recinto. En el museo, lápidas funerarias y alguna reconstrucción de tumbas, salvadas de la destrucción. El entorno son las ruinas, el esqueleto de uno de los espacios termales más impresionantes de la Antigüedad. Parte de su estructura, el frigidarium, aún sobrevive en la iglesia de Santa María de los Ángeles.

En la salas veo los huesos de un gato. O los monumentos funerarios de una pareja. 



La recuerdo. Captaron mi atención en una visita anterior. Juntos, contemplan la eternidad. Y lo seguirán haciendo...

Hay alguna novedad. Tienen preparada una actividad en 3D sobre la casa de Livia, la de ad Gallinas Albas. Hay que acercarse a las nuevas generaciones; una sucesión de lápidas y estatuas puede llegar a ser agotador y aburrido, incluso para alguien tan interesado como lo pueda ser yo.

Y un Conócete a tí mismo. 



De camino al restaurante, descubro una excavación cerca del foro Trajano, enfrente de la Piazza Venezia. Los arqueólogos piensan que podría ser un auditorio, construído por Adriano.

En el restaurante Antonio, cerca del Panteón, disfruto del bacón entre la salsa de los rigatoni que he pedido. Me encanta cómo cruje el bacon al masticarlo. No sé cómo lo consiguen; es una experiencia culinaria maravillosa. Me hubiera gustado completarlo con un tiramisú. No fue posible.

El sitio responde al prototipo que voy observando en los restaurantes italianos. Fotografías de actores romanos e imágenes de películas, disfrutando de comida italiana, por supuesto; alguna fotografía de Vacaciones en Roma con Audrey Hepburn no puede faltar. Aparecen en las paredes también los propietarios haciéndose fotografías con famosos, aunque la mayoría no los reconozco.

En este restaurante -en casi todos- quienes llevan la voz cantante son las mujeres. En este caso, la propietaria y una encargada. El marido, tal vez el co-propietario, se pasea entre las mesas, pero sin que haya ningún género de dudas, intuyes que si la supervivencia del negocio dependiera de él, ya habría cerrado hace tiempo. Es simpático y, me temo, también un inútil. Ellas son el alma y el motor del negocio. En general, te acogen y te tratan bien. Y disfrutas de la comida, que es lo esencial.

No puede faltar un paseo de noche por Roma. Me gusta perderme por calles poco transitadas, vacías, silenciosas. También atravieso lugares atestados de gente: Piazza del Panteón, Piazza Navona, la Fontana di Trevi -aprovecho para tirar una moneda, como debe hacerse, de espaldas, de derecha a izquierda. Y, si es posible, echando un vistazo para ver dónde ha caído-.

Llego hasta la Plaza de España. Está en obras. No puede uno subir por las escaleras y hacer como Gregory Peck, que se encuentra por casualidad a Audrey Hepburn. Habrá que dejarlo para otra ocasión. Tal vez entonces encuentre a mi Audrey Hepburn...

De vuelta al catre, asisto a una discusión entre una pareja de españoles. Sólo escucho unas cuantas palabras.

- Ni te lo crees -replica la chica.

Es morena; tiene carácter. Él, rubio, con cierta hechura, guapo, mantiene la tranquilidad; parece consciente de que ha metido la pata y quiere arreglarlo.

La chica intenta zafarse. Él se disculpa. Han bajado el tono de voz; ya no puedo escuchar sus palabras. Ella mantiene las distancias, se apoya en la pared; le atiende. El chico tendrá una oportunidad.

Ella al escuchar unas palabras, se tapa la cara. Llora. Está pidiendo que la abracen. Él se acerca con cuidado; la toca levemente en el hombro. Nota la tensión. Aún no es el momento, piensa. Continúa hablándola; palabras tranquilas. Ella se recupera; alza el rostro. Tiene los brazos cruzados, y permanece en silencio.

Los dejo en la esquina de una calle solitaria, a dos pasos de la Plaza de España. En ese espacio, dos cuerpos se escuchan. Tal vez se reconcilien...  

domingo, 1 de mayo de 2016

A TODOS LOS DIOSES. NUEVE DÍAS EN ROMA. DÍA 1



19 de abril de 2016

I.

El viaje continúa. ¿Cómo empieza un viaje? ¿Cuándo termina?

Me adormezco en el avión. Cierro los ojos. Un gesto de ternura de mi madre; acaricia mi frente.

Te despiertas. Escuchas el ronroneo del motor. Idea fija. No se aparta. Los ojos abiertos. La lengua se te ha secado. No recuerdas el sueño; lo acabas de perder. Se te ha escapado de entre los dedos. Los oídos se llenan de aire.

Miras por la ventanilla. Azul oscuro. Mar en calma. Sólo ves remolinos, reflejos de luz, arrugas en la piel del mar. Una capa fina y brillante separa el cielo del agua. Se vislumbra el horizonte.

La mano escribe. Un círculo de luz ilumina tu muñeca. Los dedos permanecen en la sombra, las palabras fluyen, se graban en la hoja del cuadernillo…

Una amable azafata recorre el pasillo. Tendrá unos cuarenta años; lleva recogido el pelo en una cola de caballo, tiene patas de gallo alrededor de los ojos y arrugas, marcadas en el cuello. El paso del tiempo no se puede ocultar. Se ha quedado sin café y hace un mohín, encantador; es su respuesta a la contrariedad.

Un niño aupado por su madre en volandas. Espera a entrar en el baño. Imágenes opuestas del vuelo de Buenos Aires, el último vuelo de mi madre: niños jugando por el pasillo, gestos de desprecio de la azafata. Las aparto. Lejanas y cercanas.

Allí, aquí. El pasado no existe. El futuro aún no ha llegado. Presente. El que viene ahora mismo. El que recordaré cuando pase a limpio estos apuntes en el salón de mi casa.

Los oídos se abren. Los tímpanos se quiebran en mil trozos. El motor ruge. Nos acercamos a la orilla. Sombras de nubes cubren la vegetación y las ruinas de Ostia Antica, el antiguo puerto de Roma.

El avión golpea la tierra.


II.

El tren rápido Leonardo da Vinci me acerca a Termini. Reconozco en el trayecto detalles de la ciudad: árboles en forma de cono invertido, arquitectura de barrio periférico, muy propia de los años sesenta o setenta. Sí, estoy en Roma, por si tenía alguna duda. Despierto, con los sentidos a flor de piel, abiertos a las sensaciones que lleguen. Un hombre, a mi izquierda, bien trajeado, habla por el móvil. Parece que con un compañero de trabajo.

Al otro lado de la ventanilla logro distinguir a un guardia de seguridad; se ha apartado y entre las vías, en un descampado, también habla por teléfono. ¿Con un amigo, una esposa, un amante?

Noto, al llegar a la estación central, más seguridad de la habitual. Y no sólo allí, también en las calles. Observo la presencia de soldados –siempre, en pareja-, con fusiles en la mano. Forman parte de una operación especial llamada “Calles seguras”. Los atentados de París y Bruselas, imagino, han sido la causa de esta singular vigilancia. Al principio tengo una sensación extraña e incómoda: me inquieta encontrarme con hombres armados a la vuelta de la esquina o al bajar al andén; nunca sabes qué pueden hacer con sus armas. Con el tiempo y a lo largo de los días, iré olvidando que te puedes tropezar con ellos en algunas zonas, -las más transitadas de la ciudad- o en las bocas de metro. Como si pasaran a ser cotidianos, corrientes y, al igual que algunos animales, acabaran formando parte del ecosistema urbano, camuflándose, discretos, sin hacer ruido. Debería preocuparnos la facilidad con la que asumimos una situación tan anormal: unos soldados, que patrullan en tiempos de paz por las calles de una ciudad moderna y europea. Todo ha cambiado; ellos nos están cambiando. El miedo. El miedo mueve los hilos. Y no nos damos cuenta.

Atravieso a toda velocidad los metros, semáforos, pasos de cebra que me separan del alojamiento que he reservado en la calle Cavour. Aprecio el tráfico habitual de un día de diario. Nada que le diferencie de Madrid o Barcelona.

Llego al Bed and Breakfast. Chiara, una de las dueñas, me recomienda un par de restaurantes de la zona. La comida será mi primer objetivo...

III.

Amatriciana. La pasta al dente. En España, solemos cocerla más tiempo. Me encanta el sabor del tomate. Añado al plato, un cuarto de litro del vino de la casa, guardado, protegido en una jarrita de cristal. Me sienta bien; alcanzo ese “puntito” justo en el que la sangre fluye y baila por tu cuerpo. Es agradable la temperatura a esta hora, la una de la tarde. El cielo no está demasiado cubierto.

El restaurante, La vaca embriagada, se encuentra en la Vía Urbana, paralela a Cavour. Hace más de veinte años, viví en el número 96 durante dos semanas en una habitación alquilada. Tengo recuerdos parciales y muy desvaídos de esa primera mirada a Roma. Era joven, muy joven. Estaba perdido...

Al llegar a las puertas de las iglesias de San Pietro in Vincoli y San Clemente, me las encuentro cerradas. Volveré otro día. A unos metros de San Pietro está la facultad de Arquitectura. Hoy es día laborable, así que los universitarios pululan por los alrededores.

Primeras impresiones de un día primaveral. Grupos de mujeres, parejas cogidas de la mano. Un beso. Fotografías con el Coliseo al fondo. Piernas al aire, sin nada que las oculte; piel que brilla, reflejo de la luz en la carne. Tentaciones.

Hay más inmigrantes que hace veinte años: africanos, paquistaníes, chinos... En el Esquilino copan todas las tiendas de ultramarinos. Y no digamos los que se sitúan cerca de los grandes monumentos de la ciudad en busca y captura del turista.

Observo carteles electorales en los muros. O ha habido o habrá elecciones municipales. En uno de ellos una frase que me hace temblar: Roma para los romanos. Fuera inmigrantes. Uno espera que sólo sea una excepción: el cartel electoral de un partido minoritario; sin embargo, los hechos de estos días en los que Europa levanta muros en las fronteras del Mediterráneo, presagia nubes muy oscuras sobre nuestro futuro. Roma, como ha sido siempre, es un reflejo de nosotros mismos.

Espero unos minutos para entrar en la Basílica de Santa María Maggiore. Medidas de seguridad para evitar posibles atentados. La paciencia que hay que tener en los aeropuertos me la encuentro ahora a plena luz del día, ante la fachada de una de las iglesias más importantes de Roma. El interior no me enamora. Siempre he preferido las iglesias en las que la intimidad del espacio devuelve tu propia mirada. En estas otras, te sientes muy pequeño y, al mismo tiempo, muy distante, lejos del Dios único. Incitan más al ateísmo que a una fe sincera.

Un hombre, un japonés dispara su cámara de fotos a todas las esquinas, sin descanso, sin pausa. ¿Disfrutará por el simple hecho de apretar el botón? Sus fotografías no tendrán vida. Para hacer una foto, primero debes mirar. Después, apretar el botón. Y a continuación, tienes que volver a mirar de otra manera. Este hombre no sabe hacer fotografías. Podrá enseñarlas para afirmar que ha estado en Roma, pero no habrá estado... sólo habrá pasado por Roma.

De nuevo me hallo delante del Panteón. En el interior del Panteón. Protegido por el Panteón. Debajo de su óculo, del ojo que todo lo ve, del ojo que nos permite ver más allá de nosotros mismos. Es el centro del mundo. Desde aquí la Tierra, en movimientos concéntricos, elípticos, se mueve hacia las estrellas...

En San Luis de los Franceses están restaurando un cuadro de Caravaggio, La vocación de San Mateo. Si ves un cuadro de Caravaggio, todo lo demás te parecerá mediocre y vulgar.

Caravaggio no era un buen tipo. O era un anarquista. ¿Quién sabe? Hay opiniones para todos los gustos. Amigo de prostitutas e indigentes; los utilizaba en sus cuadros como modelos. Los convertía en santos o vírgenes. Les proporcionaba la inmortalidad. Mató a un hombre en una pelea callejera. Tenía esa pasión capaz de crear una obra de arte y, al mismo tiempo, destruir salvajemente todo lo que encontrara a su paso.

Y esa pasión nos atrae y nos repele. Ese es su talento. Y pocos lo tienen.

En la Piazza Navona un mimo actúa en la calle. La Piazza Navona fue un circo, el de Domiciano. Las carreras de carros han sido sustituidas por representaciones de todo tipo. Los mimos en la antigua Roma solían ser una de las actividades preferidas por la plebe. Sus temas, a menudo, soeces, despertaban la risa y la burla. A veces, la crítica de las escenas representadas llegaban a tocar al poder establecido o a personas influyentes. Algo de eso queda en la estatua del Paschino, a unos metros de la Piazza. Voces escritas en un papel que protestan, en los tiempos de internet, por las injusticias. Voces en el desierto. Voces calladas. Gritos sordos.

Paso al otro lado del Tíber, al Trastevere. Santa María de Trastevere me agrada. Sus mosaicos relajan la mirada, la suavizan. Tal vez ayude a tener esa impresión el entorno: el barrio conserva un aire de sencillez que otras zonas de Roma han perdido.

Siento la humedad del Tíber en la piel. Respiro el aire del mar, que llega por los huecos del río. Las gaviotas, en busca de comida, vienen de allí, y se paran ante nosotros en busca de un pedazo, un alimento que las mantenga en pie. Hago una parada. Bebo un zumo de naranja junto a la orilla. Al otro lado de la calle, en un palacio, propiedad, tal vez, en otro tiempo de nobles o vicarios de Cristo, una mujer joven baila. Aparece y desaparece de la ventana. ¿Será un fantasma, un reflejo? Al otro lado del espejo, una vida desconocida salta, baila, vive...

Atravieso la isla Tiberina, refugio de enfermos en otro tiempo. He vuelto a la Roma de este lado del Tíber. Me encuentro con un rodaje frente el Templo de Vesta -mal llamado de Hércules- y el de la Fortuna Viril. Son unos diez estudiantes. Debe ser un corto de ficción. Un hombre mayor, con canas -puede que sea el profesor-, les marca determinadas pautas. Al actor, a la chica que lleva la cámara...

A unos metros, la fachada del teatro de Marcelo. El primer heredero de Octavio, muerto prematuramente. A unos metros, el pórtico de Octavia, la hermana del emperador, la madre de Marcelo. Una madre y un hijo. Los monumentos que los recuerdan. Octavia, al morir su hijo, se retiró de la vida publica. Cuando Virgilio leyó un trozo de la Eneida, en el que mencionaba el fallecimiento, la madre se emocionó y no pudo soportar su dolor, desmayándose. No puedo dejar de pensar que Livia también estaba allí, en esa misma lectura, junto al emperador, su marido. Eran dos mujeres muy diferentes. Livia era mucho más astuta; no permitía que las emociones le apartaran de su objetivo.

Ahora entre las ruinas de los monumentos dedicados a la madre y al hijo no veo más que roca, y ruinas. Y amapolas rojas...

El foro republicano al atardecer. Luz y sombras en el Capitolio. La luz ilumina el pelo de las mujeres; las convierte en diosas o santas. Diosas y santas a mi lado. Despierto. Es sólo un delirio romano. Sin duda, necesito ya llenar el estómago...

Ceno alcachofas a la romana y pido macedonia de postre en la Osteria della Suburra, de nuevo en la Vía Urbana. No logra convencerme del todo. Las alcachofas nunca han sido mi comida preferida.

El cuerpo está agotado. Que descanse. El de mañana será otro día...


miércoles, 23 de marzo de 2016

EL TRIBUNAL



Hay películas que desaparecen enseguida de la cartelera porque no reciben la atención de los grandes medios. Una de ellas, me temo, será El tribunal de Chaitanya Tamhane.

El tribunal es una película peculiar.

Nos encontramos en la India. Tenemos ante nuestros ojos una cultura muy diferente a la nuestra y, sobre todo, una estructura legal en el que de manera sutil funciona un sistema de castas y un racismo despiadados. La justicia no existe, porque toda la sociedad es injusta. Y quien se rebela, quien protesta pacíficamente, se convierte en un enemigo y, por tanto, puede ser juzgado y condenado. Aquí se muestra con claridad para qué sirven en muchos países las leyes anti-terroristas. No para perseguir a los fanáticos, sino para condenar al silencio a la disidencia, a los que protestan contra el orden establecido.


Por otra parte, te sorprende desde el primer plano la sencillez y sobriedad formal de la obra. Hay un estilo y un joven director con talento. Su apuesta: planos fijos. Su objetivo: quiere observar la realidad.

La realidad de los personajes.


En primer lugar, la del profesor y cantautor-aedo-poeta, que acabará con sus huesos en la cárcel, rebelde impenitente hasta el final. A continuación, la vida cotidiana de su abogado, defensor de causas perdidas, solitario en su vida privada, consciente de su impotencia y, aún así, insiste en darse de cabezazos contra los falsos testigos, las pruebas dispuestas ad hoc, las leyes o la censura. Y la vida de la fiscal, madre de familia que quiere promocionarse y alcanzar un puesto de juez que le asegure un buen nivel económico, indiferente -como millones de personas- a la ética o a la justicia. Y el juez, disfrutando con los suyos, de los bienes y las riquezas que le permite su desahogada posición social.

Y la realidad de la India.

La vida cotidiana de estos personajes nos muestra una sociedad patriarcal, machista, xenófoba, clasista...

Y entre medias, las sesiones del juicio. Juicios que se alargan meses, años, con el acusado en la cárcel. Muchos morirán allí; otros, saldrán de ella tras años de condena injusta. La justicia o los mecanismos del poder judicial aparentan equidad; es falso. No puede funcionar ningún sistema judicial si la sociedad que hay detrás lo condena a la impotencia.

El tribunal como reflejo de una democracia inútil.

Tal vez se parece demasiado a las nuestras...





sábado, 19 de marzo de 2016

LA LEY DEL MERCADO: LA ÉTICA




La política. La palabra viene del término griego πόλις. La ciudad, el ciudadano.

El concepto de política ha quedado circunscrito en los últimos decenios al político profesional y los partidos e ideologías: su corrupción, intereses... Hemos olvidado que hacemos política, incluso con nuestra indiferencia. No somos inocentes. Nadie lo es.

Hay quien hace cine político, en el sentido más noble del término. Muestra la realidad, por supuesto, desde un punto de vista. Nada es objetivo; somos subjetivos, lo queramos o no.

El documental es una opción. Siempre lo ha sido, desde los primeros planos rodados por los hermanos Lumiere.

Kieslowski al que recordamos estos días, porque se ha cumplido hace poco veinte años de su muerte, empezó en el documental. Acabó en la ficción, consciente de que el documental no muestra toda la realidad, sólo una parte de ella.



La denuncia de la realidad y el deseo de cambiarla -una ilusión, tal vez- puede ser uno de los motivos que empujen a muchos hacia este género. Otros hermanos, los Dardenne, han alcanzado una calidad asombrosa en cada una de sus películas. Ellos también empezaron en el documental, pero cambiaron a la ficción, porque para ellos la realidad es el punto de partida y el punto de llegada.

En Dos días y una noche, su últíma película, el tema era el paro. O la supervivencia. Es un tema clave en toda su filmografía.



Lo es también en La ley del mercado. No es tan redonda como la de los Dardanne, pero la realidad de un parado, su vida social y privada aparecen ante nuestros ojos de manera muy digna.



En el final de ambas los dos personajes deben tomar una decisión ética.

¿Acepto las reglas del juego de este sistema capitalista y jodo la vida a los demás, protegiéndome a mí mismo? ¿O rompo la baraja, me aparto, sabiendo que eso significa que estaré de nuevo en el paro?
¿Me convierto en un elemento más del engranaje, disfrutando de una situación cómoda, aunque eso signifique olvidarme del sufrimiento de otros? ¿O decido ser libre, aunque eso suponga tener dificultades para llegar a fin de mes?

Todos, antes o después, tomamos una decisión parecida. Nadie es inocente.

Nuestros dos personajes son valientes. Apuestan por la libertad; son héroes, pero no sabemos lo que ocurre después. Mañana estarán solos; no habrá aplausos. Tendrán que seguir buscando trabajo y recibir portazos y desprecio. Los finales son abiertos, porque ahora no creemos en la política.

Sólo nos queda la ética y la humanidad.



lunes, 14 de marzo de 2016

ALMAS GEMELAS


Leyendo a Ann Mary Clark Bremer -por la recomendación de una amiga- me veo reflejado en un espejo.

No es la primera vez...

Era un niño.
Soñaba con viajar y revelar misterios ocultos. Agatha Christie, Conan Doyle y Julio Verne alimentaron mis primeros años. El viaje era una palabra mágica, la única posible.
Encerrado en mi habitación -la cárcel de mi infancia- devorando palabras y palabras, resguardado y protegido entre las páginas de los libros, sus personajes se convertían en mis almas gemelas.
Yo los acompañaba; era parte de ellos...

Mi adolescencia.
Nietzsche me hizo volar en pedazos. Arrasó con todo. Entonces murieron Dios y la fe. Sé que no volverán.
Mis padres dejaron de ser dioses.
Era la rebeldía y la pasión. La locura y el miedo. Un huracán que me atrapaba en sus redes y, al mismo tiempo, me obligaba a escapar y a huir, sin mirar lo que dejaba atrás...

No todo se quedó allí. Algunos miedos me acompañaron. Y aún me acompañan.

Con los años descubrí a Virgina Woolf.
Admiraba su estilo, pero aún más, esa sensibilidad suya, a flor de piel; sus palabras llegaban hasta lo más profundo de mí mismo.
Compartía emociones, desesperación, su fragilidad... El mundo se cuarteaba y la belleza se me escapaba de entre las manos...

Ovidio llegó en el momento adecuado. Empecé a aceptarme como soy. Empecé a aceptar a mis padres, a comprender su vulnerabilidad. La humanidad me salvó.
Y Ovidio era el autor ideal: el hombre que amaba la vida, ligero y tierno, lujurioso y picante, amable y pasional, encantador. Y también quise al Ovidio desterrado, que echa de menos desde Tomi, la Roma que ha perdido; el mundo que amó y al que nunca podrá volver.

Mis padres murieron. Los echaba de menos...

Modiano. Su París de juventud. El misterio de sus novelas es una excusa. Él vuelve a París para recuperar lo que tuvo, lo que ya no existe, lo que se fue.
Se nos escapan de las manos. Los muertos se alejan de nosotros. El tiempo, ese canalla, los hace eternos; y a nosotros no nos perdona.

Bremer es mi última alma gemela. Un estilo sencillo: una filigrana elegante, sobria, breve, contada en primera persona.
Habla de amores imposibles, frustrados por el destino, la muerte y el miedo.
La literatura es compañía, placer y refugio. Allí también encontramos a nuestras almas gemelas.

Bremer recuerda a sus muertos -padres, el tío, su gran amor, amores fugaces, -sombras del pasado: no puede alejarlos. No quiere separarse de ellos.

"¿En verdad éramos lo mismo, la misma "cosa", la misma carne, la misma derrota?

Soy ellos. Ellos. Yo.

miércoles, 9 de marzo de 2016

LA MIRADA: AMÉLIE NOTHOMB, MIA MADRE, CAROL


Estoy en el vagón de metro. Abro el libro de Amélie Nothomb, Metafísica de los tubos. 
Leo estas palabras:

¿Qué es la mirada? Ninguna palabra puede aproximarse a su esencia. Y, sin embargo, la mirada existe... ¿Cuál es la diferencia entre los ojos que poseen una mirada y los ojos que no la poseen? Esta diferencia tiene un nombre: la vida. La vida comienza donde empieza la mirada...

Llego a la cola del cine. Me decido por Mia madre. 


Es la historia de una madre que se muere poco a poco. Sus dos hijos van preparándose para lo inevitable que, por supuesto, al final, llega...
La nieta se ha despertado; se encuentra en la cama. Escucha por teléfono la noticia: su abuela ha muerto. Yo también escuché en la cama, a oscuras, cómo mi madre recibía la noticia de la muerte de Rosa, mi tía-abuela...
El cadáver de la madre está tendido en la cama. Sus ojos están cerrados. Yo cerré los ojos de mi madre.

...los ojos que no poseen una mirada... 

Su vida terminó donde terminó su mirada...

Mi recuerdo le conserva la existencia...

La hija sueña con la madre.
Le pregunta: ¿En qué estás pensando? En que stai pensando? La madre le responde: En el futuro...
En la mirada de la hija hay miedo.
El futuro a veces nos produce estupor y temblores...

                                                             _______________

Raúl ha comprado las entradas para Carol de Todd Haynes, adaptación de una novela de Patricia Highsmith.




Dos mujeres, una joven y otra madura, se enamoran en el Nueva York de los años 50.

Se separan.

Las cosas cambian. Nadie tiene la culpa...

Unos meses después hay una posibilidad de reconciliación. La mujer madura es independiente; la mujer joven, también. Podrían vivir juntas. La mujer joven duda durante unas horas; al final, se decide.

Busca a la mujer madura en un restaurante. La encuentra; está al fondo, sentada a una mesa con algunos amigos. La mujer joven camina hacia la mesa.

Sus miradas se cruzan.
Un instante, detenido en el tiempo como una fotografía: la eternidad es posible.

Los ojos de ambas poseen una mirada: están vivas...

Un futuro lleno de temblores.
Su vida comienza con esta mirada...